venmarktec - Trafalgar

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T R A F A L G A R

B E N I T O P É R E Z 

G A L D Ó S

T R A F A L G A R

3

I

Se me permitirá que antes de referir el gran suceso

de que fui testigo, diga algunas palabras sobre

mi infancia, explicando por qué extraña manera me

llevaron los azares de la vida a presenciar la terrible

catástrofe de nuestra marina.

Al hablar de mí nacimiento, no imitaré a la mayor

parte de los que cuentan hechos de su propia

vida, quienes empiezan nombrando su parentela, las

más veces noble, siempre hidalga, por lo menos, si

no se dicen descendientes del mismo emperador de

Trapisonda. Yo, en esta parte, no puedo adornar mi

libro con sonoros apellidos; y, fuera de mi madre, a

quien conocí por poco tiempo, no tengo noticia de

ninguno de mis ascendientes, si no es de Adán, cuyo

parentesco me parece indiscutible. Doy principio,

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

4

pues, a mi historia como Pablos, el buscón de Segovia:

afortunadamente, Dios ha querido que en esto

solo nos parezcamos.

Yo nací en Cádiz, y en el famoso barrio de la

Viña, que no es hoy, ni menos era entonces, academia

de buenas costumbres. La memoria no me da

luz alguna sobre mi persona y mis acciones en la

niñez, sino desde la edad de seis años; y si recuerdo

esta fecha es porque la asocio a un suceso naval de

que oí hablar entonces: el combate del cabo de San

Vicente, acaecido en 1797.

Dirigiendo una mirada hacía lo que fue, con la

curiosidad y el interés propios de quien se observa,

imagen confusa y borrosa, en el cuadro de las cosas

pasadas, me veo jugando en la Caleta con otros chicos

de mi edad, poco más o menos. Aquello era para

mí la vida entera; más aún: la vida normal de

nuestra privilegiada especie; y los que no vivían como

yo, me parecían seres excepcionales del humano

linaje, pues en mi infantil inocencia y desconocimiento

del mundo, yo tenía la creencia de que el

hombre había sido criado para la mar, habiéndole

asignado la Providencia, como supremo ejercicio de

su cuerpo, la natación, y como constante empleo de

su espíritu el buscar y coger cangrejos, ya para

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5

arrancarles y vender sus estimadas bocas, que llaman

de la Isla, ya para propia satisfacción y regalo,

mezclando así lo agradable con lo útil.

La sociedad en que yo me crié era, pues, de lo

más rudo, incipiente y soez que puede imaginarse,

hasta ta1 punto, que los chicos de la Caleta éramos

considerados como más canallas que los que ejercían

igual industria y desafiaban con igual brío los

elementos en Puntales; y por esta diferencia, uno y

otro bando nos considerábamos rivales, y a veces

mediamos nuestras fuerzas en la Puerta de Tierra

con grandes y ruidosas pedreas, que manchaban el

suelo de heroica sangre.

Cuando tuve edad para meterme de cabeza en

los negocios por cuenta propia, con objeto de ganar

honradamente algunos cuartos, recuerdo que lucí mi

travesura en el muelle sirviendo de introductor de

embajadores a los muchos ingleses que entonces,

como ahora, nos visitaban. El muelle era una escuela

ateniense para despabilarse en pocos años, y

yo no fui de los alumnos menos aprovechados en

aquel vasto ramo del saber humano, así como tampoco

dejé de sobresalir en el merodeo de la fruta,

para lo cual ofrecía ancho campo a nuestra iniciativa

y altas especulaciones la plaza de San Juan de Dios.

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

6

Pero quiero poner punto en esta parte de mi historia,

pues hoy recuerdo con vergüenza tan grande

envilecimiento, y doy gracias a Dios de que me librara

pronto, de él, llevándome por más noble camino.

Entre las impresiones que conservo está muy

fijo en mi memoria el placer entusiasta que me causaba

la vista de los barcos de guerra cuando se fondeaban

frente a Cádiz o en San Fernando. Como

nunca pude satisfacer mi curiosidad viendo de cerca

aquellas formidables máquinas, yo me las representaba

de un modo fantástico y absurdo, suponiéndolas

llenas de misterios.

Afanosos por imitar las grandes cosas de los

hombres, los chicos hacíamos también nuestras escuadras

con pequeñas naves, rudamente talladas, a

que poníamos velas de papel o trapo, marinándolas

con mucha decisión y seriedad en cualquier charco

de Puntales ola Caleta. Para que todo fuera completo,

cuando venia algún cuarto a nuestras manos

por cualquiera de las vías industriales que nos eran

propias, comprábamos pólvora en casa de la tía

Coscoja, de la calle del Torno de Santa María, y con

este ingrediente hacíamos una completa fiesta naval.

Nuestras flotas se lanzaban a tomar viento en océaT

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nos de tres varas de ancho; disparaban sus piezas de

caña; se chocaban reme- dando sangrientos abordajes,

en que se batía con gloria su imaginaria tripulación;

cubría las el humo ,dejando ver las banderas,

hechas con el primer trapo de color encontrado en

los basureros, y en tanto nosotros bailábamos de

regocijo en la costa, al estruendo de la artillería, figurándonos

ser las naciones a que correspondían

aquellos barcos, y creyendo que en el mundo de los

hombres y de las cosas grandes las naciones bailarían

lo mismo presenciando la victoria de sus queridas

escuadras. Los chicos ven todo de un modo

singular.

Aquélla era época de grandes combates navales,

pues había uno cada año y alguna escaramuza cada

mes. Yo me figuraba que las escuadras se batían

unas con otras pura y simplemente porque les daba

la gana, o con objeto de probar su valor, como dos

guapos que se citan fuera de puertas para darse de

navajazos. Me río recordando mis extravagantes

ideas respecto a las cosas de aquel tiempo. Oía hablar

mucho de Napoleón. ¿Y cómo creen ustedes

que me lo figuraba? Pues nada 4menos que igual en

todo a los contrabandistas que, procedentes del

campo de Gibraltar, se veían en el barrio de la Viña

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con harta frecuencia; me lo figuraba caballero en un

potro jerezano, con su manta, polainas, sombrero

de fieltro y el correspondiente trabuco. Según mis

ideas, con este pergeño, y seguido de otros aventureros

del mismo empaque, aquel hombre, que todos

pintaban como extraordinario, conquistaba la Europa,

es decir una gran isla, dentro de la cual estaban

otras islas, que eran las naciones; a saber: Inglaterra,

Génova, Londres, Francia, Malta, la tierra del

Moro, América, Gibraltar, Mahón, Rusia, Tolón, etc.

You había formado esta geografía a mi antojo, según

ocedencías más frecuentes de los barcos, con

pasajeros hacía algún trato; y no necesito decir entre

todas estas naciones o islas, España era la mejorcita,

por lo cual los ingleses, unos a modo de salteadores

de caminos, querían cogérsela para sí. Hablando de

esto y otros asuntos diplomáticos, yo y mis colegas

de la Caleta decíamos mil frases inspiradas en,, el

más ardiente patriotismo.

Pero no quiero cansar al lector con pormenores

que sólo se refieren a mis particulares impresiones, y

voy a concluir de hablar de mí. El único ser que

compensaba la miseria de mi existencia con un desinteresado

afecto era mi madre. Sólo recuerdo de

ella que era muy hermosa, o al menos a mí me lo

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9

parecía. Desde que quedó viuda se mantenía y me

mantenía lavando y componiendo la ropa de algunos

marineros. Su amor por mi debía de ser muy

grande. Caí gravemente enfermo de la fiebre amarilla

que entonces asolaba a Andalucía, y cuando me

puse bueno me llevó como en procesión a oír misa

a la Catedral vieja, por cuyo pavimento me hizo andar

de rodillas más de una hora, y en el mismo retablo

en que la oímos puso, en calidad de exvoto, un

niño de cera, que yo creí mi perfecto retrato.

Mi madre tenía un hermano, y si aquélla era

buena, éste era malo, y muy cruel por añadidura. No

puedo recordar a mi tío sin espanto, y por algunos

incidentes sueltos que conservo en la memoria, colijo

que aquel hombre debió de haber cometido un

crimen en la época a que me refiero. Era marinero, y

cuando estaba en Cádiz y en tierra venía a casa borracho

como una cuba y nos trataba fieramente: a su

hermana, de palabra, diciéndole los más horrendos

vocablos, y a mí, de obra, castigándome sin motivo

Mi madre debió padecer mucho con las atrocidades

de su hermano, y esto, unido al trabajo tan

penoso como mezquinamente retribuido, aceleró su

final, el cual dejó indeleble impresión en mi espíritu,

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10

aunque mi memoria puede hoy apreciarlo sólo de

un modo vago.

En aquella edad de miseria y vagancia, yo no me

quedaba más que en jugar junto a la mar o en correr

por las calles. Mis únicas contrariedades eran las que

pudieran ocasionarme un bofetón de mi tío, un regaño

de mi madre o cualquier contratiempo en la

organización de mis escuadras del espíritu no había

conocido aún ninguna emoción fuerte y verdaderamente

honda, hasta que la pérdida de mi madre me

presentó a la vida humana bajo un aspecto muy distinto

del que hasta entonces había tenido para mí.

Por eso la impresión sentida no se ha borrado nunca

de mi alma. Transcurridos tantos años, recuerdo

aún, como se recuerdan las medrosas imágenes de

un mal sueño, que mi madre yacía postrada con no

sé qué padecimiento; recuerdo haber visto entrar en

casa unas mujeres, cuyos nombres y condición no

puedo decir; recuerdo oír lamentos de dolor, y sentirme

yo mismo en los brazos de mi madre, recuerdo

también, refiriéndolo a todo mi cuerpo, el

contacto de unas manos muy frías, pero muy frías.

Creo que después me sacaron de allí; y con estas

indecisas memorias se asocia la vista de unas velas

amarillas que daban pavorosa claridad en medio del

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11

día, el rumor de unos rezos, el cuchicheo de 4iunas

viejas charlatanas, las carcajadas de marineros

ebrios, y después de esto la triste noción de la orfandad,

la idea de hallarme solo y abandonado en el

mundo, idea que embargó mi pobre espíritu por

algún tiempo.

No tengo presente lo que hizo mi tío en aquellos

días. Sólo sé que sus crueldades conmigo se redoblaron

hasta tal punto que, cansándome de sus

malos tratos, me evadí de la casa, deseoso de buscar

fortuna. Me fui a San Fernando; de allí a Puerto Real.

Juntéme con la gente más perdida de aquellas

playas, fecundas en héroes de encrucijada, y no sé

cómo ni por qué motivo fui a parar con ellos a Medina-

Sidonia, donde hallándonos cierto día en una

taberna se presentaron algunos soldados de marina

que hacían la leva, y nos desbandamos, refugiándose

cada cual donde pudo. Mi buena estrella me llevó a

cierta casa, cuyos dueños, se apiadaron de mí, mostrándome

gran interés, sin duda por el relato que de

rodillas, bañado en lágrimas y con ademán suplicante,

hice de mi triste estado, de mi vida y, sobre

todo, de mis desgracias.

Aquellos señores me tomaron bajo su protección,

librándome de la leva, y desde entonces quedé

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a su servicio. Con ellos me trasladé a Vejer de la

Frontera, lugar de su residencia, pues sólo estaban

de paso en Medisa-Sidonia.

Mis ángeles tutelares fueron don Alonso Gutiérrez

de Cisniega, capitán de navío, retirado del servicio,

y su mujer, ambos de avanzada edad.

Enseñáronme muchas cosas que no sabía, y como

me tomaran cariño, al poco tiempo adquirí plaza de

paje del señor don Alonso, al cual acompañaba en

su paseo diario, pues el buen inválido no movía el

brazo derecho, y con mucho trabajo la pierna correspondiente.

No sé qué hallaba para despertar su

interés. Sin duda mis pocos años, mi orfandad y

también la docilidad con que les obedecía, fueron

parte a merecer una benevolencia que he vivido

siempre profundamente agradecido. Hay que añadir

a las causas de aquel cariño, aunque me esté mal el

decirlo, que yo, no obstante haber vivido hasta entonces

en contacto con la más desarrapada canalla,

tenía cierta cultura o delicadeza ingénita, que en poco

tiempo me hizo cambiar de modales, hasta el

punto de que algunos años después, a pesar de la

falta de todo estudio, hallábame en disposición de

poder pasar por persona bien nacida.

T R A F A L G A R

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Cuatro años hacía que estaba en la casa cuando

ocurrió lo que voy a referir. No me exija el lector

una exactitud que tengo por imposible, tratándose

de sucesos ocurridos en la primera edad y narrados

en el ocaso de la existencia, cuando cercano a mi fin,

después de una larga vida, siento que el hielo de la

senectud entorpece mi mano al manejar la pluma,

mientras el entendimiento, aterido, intenta engañarse,

buscando en el regalo de dulces o ardientes memorias

un pasajero rejuvenecimiento. Como

aquellos viejos verdes que creen despertar su voluptuosidad

dormida engañando los sentidos con la

contemplación de hermosuras pintadas, así intentaré

dar interés y lozanía a los mustios pensamientos de

mi ancianidad, recalentándolos con la representación

de antiguas grandezas.

Y el efecto es inmediato. ¡Maravillosa superchería!

de la imaginación! Como quien repasa hojas hace

tiempo dobladas de un libro que se leyó, así miro

con curiosidad y asombro los años que fueron; y

mientras dura el embeleso de esta contemplación,

parece que un genio amigo viene y me quita de encima

la pesadumbre de los años, aligerando la carga

de mi ancianidad, que tanto agobia el cuerpo como

el alma. Esta sangre, tibio y perezoso humor que

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hoy apenas presta escasa animación a mi caduco

organismo, se enardece, se agita, circula, bulle, corre

y palpita en mis venas con acelerada pulsación. Parece

que en mi cerebro entra de improviso una gran

luz que ilumina y da forma a mil ignorados prodigios,

como la antorcha del viajero que, esclareciendo

la oscura cueva, da a conocer las maravillas de la

Geología tan de repente, que parece que las crea. Y

al mismo tiempo mi corazón, muerto por las grandes

sensaciones, se levanta, Lázaro llamado por voz

divina, y se me sacude en el pecho, causándome a la

vez dolor y alegría.

Soy joven; el tiempo no ha pasado; tengo frente

a mí los principales hechos de mi mocedad; estrecho

la mano de antiguos amigos; en mi ánimo se

reproducen las emociones dulces o terribles de la

juventud, el ardor del triunfo, el pesar de la derrota,

las grandes alegrías así como las grandes penas, asociadas

en los recuerdos como lo están en la vida.

Sobre todos mis sentimientos domina uno: el que

dirigió siempre mis acciones durante aquel azaroso

período comprendido entre 1805 y 1834. Cercano al

sepulcro, y considerándome el más inútil de los

hombres, aún haces brotar lágrimas en mis ojos,

amor santo de la patria! En cambio, yo aun puedo

T R A F A L G A R

15

consagrarte una palabra, maldiciendo al ruin escéptico

que te niega y al filósofo corrompido que te

confunde con los intereses de un día.

A este sentimiento consagré mi edad viril, y a él

consagro esta faena de mis últimos años, poniéndole

por genio tutelar o ángel custodio de mi existencia

escrita, ya que lo fue de mi existencia real.

Muchas cosas voy a contar. ¡Trafalgar, Bailén, Madrid,

Zaragoza, Gerona, Arapiles!.. De todo esto

diré alguna cosa, si no os falta la paciencia. Mi relato

no será tan bello como debiera, pero haré lo posible

para que sea verdadero.

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

16

II

En uno de los primeros días de octubre de aquel

funesto (1805), mi noble amo me llamó a su cuarto,

y mirándome con su habitual severidad (cualidad

tan sólo aparente, pues su carácter era sumamente

blando), me dijo:

-Gabriel, ¿eres tú hombre de valor?

No supe al principio qué contestar, porque, a

decir verdad, en mis catorce años de vida no se me

había presentado aún ocasión de asombrar el mundo

con ningún hecho heroico; pero al oírme llamar

hombre me llenó de orgullo, y pareciéndome al

mismo tiempo indecoroso negar mi valor ante persona

que lo tenía en tan alto grado, contesté con

pueril arrogancia:

-Sí, mi amo: soy hombre de valor.

T R A F A L G A R

17

Entonces aquel insigne varón, que había derramado

su sangre en cien combates gloriosos, sin que

por esto se desdeñara de tratar confiadamente a su

leal criado, sonrió ante mí hízome seña de que me

sentara, y ya iba a poner en mi conocimiento alguna

importante resolución, cuando su esposa y mi ama

doña Francisca entró de súbito en el despacho para

dar mayor interés a la conferencia, y comenzó a hablar

destempladamente en estos términos:

-No, no irás...; te aseguro que no irás a la escuadra.

¡Pues no faltaba más! ... ¡A tus años y cuando te

has retirado del servicio por viejo... ¡Ay, Alonsito,

has llegado a los setenta y ya no estás para fiestas!

Me parece que aun estoy viendo a aquella respetable

cuanto iracundo señora con su gran papalina,

su saya de organdí, sus rizos blancos y su lunar

peludo a un lado de la barba. Cito estos cuatro detalles

heterogéneos porque sin ellos no puede representársela

mi memoria. Era una mujer hermosa en la

vejez, como la Santa Ana, de Murillo, y su belleza

respetable habría sido perfecta, y la comparación

con la madre de la Virgen exacta, si - mi ama hubiese

sido muda como una pintura.

Don Alonso, algo acobardado, como de costumbre

siempre que la oía, le contestó:

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

18

-Necesito ir, Paquita. Según la carta que acabo

de recibir de ese buen Churruca, la escuadra combinada,

debe o salir de Cádiz provocando el combate

ingleses, o esperarles en la bahía. De todos modos,

la cosa va a ser sonada.

-Bueno, me alegro - repuso doña Francisca. Ahí

están Gravina, Valdés, Cisneros, Churruca, Alcalá

Galiano y Álava. Que machaquen duro sobre esos

perros ingleses. Pero tú estás hecho un trasto viejo,

que no sirves para maldita de Dios la cosa. Todavía

no puedes mover el brazo izquierdo que te dislocaron

en el cabo de San Vicente.

Mi amo movió el brazo izquierdo con un gesto

académico y guerrero, para probar que lo tenía expedito.

Pero doña Francisca, no convencida con tan

endeble argumento, continuó chillando en estos

términos:

-No, no irás a la escuadra, porque allí no hacen

falta estantiguas como tú. Si tuvieras cuarenta años,

como cuando fuiste a la Tierra del Fuego y me trajiste

aquellos collares verdes de los indios... Pero

ahora ya sé yo que ese calzonazos de Marcial te ha

calentado los cascos anoche y esta mañana, hablándote

de batallas. Me parece que el señor Marcial y yo

tenemos que reñir Vuélvase él a los barcos, si quieT

R A F A L G A R

19

re, para que le quiten la pierna que le queda... ¡Oh,

San José bendito! ¡Si en mis quince hubiera sabido

yo lo que era la gente de mar! ... ¡Qué tormento! ¡Ni

un día de reposo! Se casa una para vivir con su marido,

y a lo mejor viene un despacho de Madrid que

en dos palotadas me lo manda qué sé yo adónde, a

la Patagonia, al Japón o al mismo infierno. Está una

diez o doce meses sin verle, y al fin, si no le comen

los señores salvajes, vuelve hecho una miseria, tan

enfermo amarillo, que no sabe una qué hacer para

volverle a su color natural... Pero pájaro viejo no

entra en jaula, y de repente viene otro despachito de

Madrid... Vaya usted a Tolón, a Brest, a Nápoles,

acá o acullá, donde le da la gana al bribonazo del

Primer Cónsul... ¡Ah, si todos hicieran lo que yo

digo, qué pronto las pagaría todas juntas ese caballerito

que trae tan revuelto al mundo!

Mi amo miró sonriendo una mala estampa clavada

en la pared, y que, torpemente iluminada por

ignoto' artista, representaba al emperador Napoleón,

caballero en un corcel verde, con el célebre

redingote embadurnado de bemellón. Sin duda la

impresión que dejó en aquella obra de arte, que

contemplé durante cuatro años, fue causa de que

modificara mis ideas respecto -al. traje de contraB

E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

20

bandista del gran hombre, y en lo sucesivo me lo

representé vestido de cardenal y montado en un

caballo verde.

-Esto no es vivir - continuó doña Francisca, agitando

los brazos - Dios me perdone, pero aborrezco

el mar, aunque dicen que es una de sus mejores

obras. ¡No sé para qué sirve la Santa Inquisición si

no convierte en cenizas esos endiablados barcos de

guerra! Pero vengan acá y díganme: ¿Para qué es eso

de estarse arrojando balas y más balas sin más ni

más, puestos sobre cuatro tablas que si se quiebran

arrojan al mar centenares de infelices? ¿No es esto

tentar a Dios? ¡Y estos hombres se vuelven locos

cuando oyen un cañonazo! ¡Bonita gracia! A mí se

me estremecen las carnes cuando los oigo, y si todos

pensaran como yo, no habría más guerras en el

mar... y todos los cañones se convertirían en campanas.

Mira, Alonso -añadió, deteniéndose ante su

marido -, me parece que ya os han derrotado bastantes

veces. ¿Queréis otra? Tú y esos otros tan locos

como tú, ¿no estáis satisfechos después de la del

14?1

1 Así se llamaba al combate del cabo de San Vicente.

T R A F A L G A R

21

Don Alonso apretó los puños al oír aquel triste

recuerdo, y no profirió un juramento de marino por

respeto a su esposa.

-La culpa de tu obstinación en ir a la escuadra

-añadió la dama cada vez más furiosa- la tiene el picarán

de Marcial, ese endiablado marinero, que debió

ahogarse cien veces, y cien veces se ha salvado

para tormento mío. Si él quiere volver a embarcarse

con su pierna de palo, su brazo roto, su ojo de menos

y sus cincuenta heridas, que vaya en buen hora,

y Dios quiera que no vuelva a parecer por aquí...;

pero tú -no irás, Alonso, tú no irás, porque estás

enfermo y porque has servido bastante al rey, quien

por cierto te ha recompensado muy mal; y yo que tú

le tirarlaa1 ara al señor generalísimo de mar y tierra

los galones de capitán de navío que tienes desde

hace diez años A fe que debían haberte hecho almirante,

cuando menos, que harto lo merecías cuando

fuiste a la expedición de África y me trajiste aquellas

cuentas azules, que, con los collares de los indios,

me sirvieron para adornar la urna de la Virgen del

Carmen.

-Sea o no almirante, yo debo ir a la escuadra, Paquita

-dijo mi amo-. Yo no puedo faltar a ese comB

E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

22

bate. Tengo que cobrar a los ingleses cierta cuenta

atrasada.

-¡Bueno estás tú para cobrar estas cuentas! -

contestó mi ama -. ¡Un hombre enfermo y medio

baldado! ...

-Gabriel irá conmigo -añadió don Alonso, mirándome

de un modo que infundía valor.

Yo hice un gesto que indicaba mi conformidad

con tan heroico proyecto; pero cuidé de que no me

viera doña Francisca, la cual me habría hecho notar

el irresistible peso de su mano si observara mis disposiciones

belicosas.

Ésta, al ver que su esposo parecía resuelto, se

enfureció más; juró que si volviera a nacer no se

casaría con ningún marino; dijo mil pestes del emperador,

de nuestro amado rey, del príncipe de la

paz, de todos los signatarios del Tratado de subsidios,

y terminó asegurando al valiente marino que

Dios le castigaría por su insensata temeridad.

Durante el diálogo que he referido, sin responder

de su exactitud, pues sólo me fundo en vagos recuerdos,

una tos recia y perruna, resonando en la

habitación inmediata, anunciaba que Marcial, el mareante

viejo, ola desde muy cerca la ardiente declamación

de mi ama, que le había citado bastantes

T R A F A L G A R

23

veces con comentarios poco benévolos. Deseoso de

tomar parte en la conversación, para lo cual le autorizaba

la confianza que tenía en la casa, abrió la

puerta y se presentó en el cuarto de mi amo.

Antes de pasar adelante, quiero dar de éste algunas

noticias, así como de su hidalga consorte, para

mejor conocimiento de lo que va a pasar.

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

24

III

Don Alonso Gutiérrez de Cisniega pertenecía a

una antigua familia del mismo Vejer. Consagráronle

a la carrera naval, y desde su juventud, siendo guardia

marina, se distinguió honrosamente en el ataque

que los ingleses dirigieron contra La Habana en

1748. Formó parte de la expedición que salió de

Cartagena contra Argel en 1775, y también se halló

en el ataque de Gibraltar por el duque de Crillon, en

1782. Embarcóse más tarde para la expedición al

estrecho de Magallanes en la corbeta Santa María de

la Cabeza, que mandaba don Antonio de Córdova;

también se halló en los gloriosos combates que

sostuvo la escuadra angloespañola contra la francesa

delante de Tolón, en 1793, y, por último, terminó

su gloriosa carrera en el desastroso encuentro del

T R A F A L G A R

25

cabo de San Vicente, mandando el navío Mejicano,

uno de los que tuvieron que rendirse.

Desde entonces mi amo, que no había ascendido

conforme a su trabajosa y dilatada carrera, se

retiró del servicio. De resultas de las heridas recibidas

en aquella triste jornada, cayó enfermo del cuerpo,

y más gravemente del alma, a consecuencia del

pesar de la derrota. Curábale su esposa con amor,

aunque no sin gritos, pues el maldecir a la marina y

a sus navegantes era en su boca tan habitual como

los dulces nombres de Jesús y María en boca de un

devoto.

Era doña Francisca una señora excelente, ejemplar,

de noble origen, devota y temerosa de Dios,

como todas las hembras de aquel tiempo; caritativa

y discreta, pero con el más arisco y endemoniado

genio que he conocido en mi vida. Francamente, yo

no considero como ingénito aquel iracundo temperamento,

sino antes bien, creado por los disgustos

que la ocasionó la desabrida profesión de su esposo;

y es preciso confesar que no se quejaba sin razón,

pues aquel matrimonio, que durante cincuenta años

habría podido dar veinte hijos al mundo y a Dios,

tuvo que contentarse con uno solo: la encantadora y

sin par Rosita, -de quien hablaré después. Por estas

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

26

y otras razones, doña Francisca pedía al cielo en sus

diarias oraciones el aniquilamiento de todas las escuadras

europeas.

En tanto, el héroe se consumía tristemente en

Vejer, viendo sus laureles apolillados y roídos de

ratones, y meditaba y discurría a todas horas sobre

un tema importante, es decir, que si Córdova, comandante

de nuestra escuadra, hubiera mandado

orzar a babor, en vez de ordenar la maniobra a estribor,

los navíos Mejicano, San José, San Nicolás y San

Isidro no habrían caído en poder de los ingleses, y el

almirante inglés Jerwis habría sido derrotado. Su

mujer, Marcial, hasta yo mismo, extralimitándome

en mis atribuciones, le decíamos que la cosa no tenía

duda, a ver si dándonos por convencidos se

templaba el vivo ardor de su manía; pero ni por

esas: su manía le acompañó al sepulcro.

Pasaron ocho años después de aquel desastre, y

la noticia de que la escuadra combinada iba a tener

un encuentro decisivo con los ingleses produjo en él

cierta excitación que parecía rejuvenecerle. Dio,

pues, en la flor de que había de ir a la escuadra para

presenciar la indudable derrota de sus mortales

enemigos; y aunque su esposa trataba de disuadirle,

como he dicho, era imposible desviarle de tan estraT

R A F A L G A R

27

falario propósito. Para dar a comprender cuán

vehemente era su deseo, basta decir que osaba contrariar,

aunque evitando toda disputa, la firme voluntad

de doña Francisca; y debo advertir, para que

se tenga idea de la obstinación de mi amo, que éste

no tenía miedo a los ingleses, ni a los franceses, ni a

los argelinos, ni a los salvajes del estrecho de Magallanes,

ni al mar Irritado, ni a los monstruos acuáticos,

ni a la ruidosa tempestad, ni al cielo, ni a la

tierra; no tenía miedo a cosa alguna creada por Dios

más que a su bendita mujer.

Réstame hablar ahora del marinero Marcial,

objeto del odio más vivo por parte de doña Francisca,

pero cariñosa y fraternalmente amado por mi

amo don Alonso, con quien había servido.

Marcial (nunca supe su apellido), llamado entre

los marineros Mediohombre, había sido contramaestre

en los barcos de guerra durante cuarenta

años. En la época de mi narración, la facha de este

héroe de los mares era de lo más singular que puede

imaginarse. Figúrense ustedes, señores míos, un

hombre viejo, más bien alto que bajo, con una pierna

de palo, el brazo izquierdo cortado a cercén más

abajo del codo, un ojo menos, la cara garabateada

por multitud de chirlos en todas direcciones y con

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

28

desorden trazados por armas enemigas de diferentes

clases, con la tez morena y curtida, como la de

todos los marinos viejos; con una voz ronca, hueca

y perezosa, que no se parecía a la de ningún habitante

racional de tierra firme, y podrán formarse

idea de este personaje, cuyo recuerdo me hace deplorar

la sequedad de mi paleta, pues a fe que merece

ser pintado por un diestro retratista. No puedo

decir si su aspecto hacía reír o imponía respeto: creo

que ambas cosas a la vez, y según como se le mirase.

Puede decirse que su vida era la historia de la

marina española en la última parte del siglo pasado

y principios del presente; historia en cuyas páginas

las gloriosas acciones alternan con lamentables desdichas.

Marcial había navegado en el Conde de Regla,

en el San Joaquín, en el Real Carlos, en el Trinidad y en

otros heroicos y desgraciados barcos que, al parecer

derrotados con honra o destruídos por la alevosía,

sumergieron con sus viejas tablas el poderío naval

de España. Además de las campañas en que tomó

parte con mi amo, Mediohombre había asistido a

otras muchas, tales como la expedición a la Martinica,

la acción de Finisterre y antes al terrible episodio

del Estrecho, en la noche del 12 de julio de 1801, y

al combate de Santa María, en 5 de octubre de 1804.

T R A F A L G A R

29

A la edad de sesenta y seis años se retiró del servicio,

mas no por falta de bríos, sino porque ya se

hallaba completamente desarbolado y fuera de combate.

Él y mi amo eran en tierra dos buenos amigos;

y como la hija única del contramaestre se hallase

casada con un antiguo criado de la casa, resultando

de esta unión un nieto, Mediohombre se decidió a

echar para siempre el ancla, como un viejo pontón

inútil para la guerra, y hasta llegó a hacerse la ilusión

de que le gustaba la paz. Bastaba verle para comprender

que el empleo más difícil que podía darse a

aquel resto glorioso de un héroe era el de cuidar

chiquillos; y, en efecto, Marcial no hacía otra cosa

que cargar, distraer y dormir a su nieto, para cuya

faena le bastaban sus canciones marineras, sazonadas

con algún juramento propio del oficio.

Mas al saber que la escuadra combinada se apercibía

para un gran combate, sintió renacer en su pecho

el amortiguado entusiasmo, y soñó que se hallaba

mandando la marinería en el alcázar de proa del

Santísima Trinidad. Como notase en don Alonso

iguales síntomas de recrudecimiento, se franqueó

con él, y desde entonces pasaban gran parte del día

y de la noche comunicándose, así las noticias recibidas

como las propias sensaciones, refiriendo hechos

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

30

pasados, haciendo conjeturas sobre los venideros y

soñando despiertos, como dos grumetes que en íntima

confidencia calculan el modo de llegar a almirantes.

En estas encerronas, que traían a doña Francisca

muy alarmada, nació el proyecto de embarcarse en

la escuadra para presenciar el próximo combate. Ya

saben ustedes la opinión de mi ama y las mil picardías

que dijo del marinero embaucador; ya saben

que don Alonso insistía en poner en ejecución tan

atrevido pensamiento, acompañado de su paje, y

ahora me resta referir lo que todos dijeron cuando

Marcial se presentó a defender la guerra contra el

vergonzoso statu quo de doña Francisca.

T R A F A L G A R

31

IV

Señor Marcial -dijo ésta con redoblado furor- si

quiere usted ir a la escuadra a que le den la última

mano, puede embarcar cuando quiera; pero lo que

es éste no irá.

-Bueno -contestó el marinero, que se había sentado

en el borde de una silla, ocupando sólo el espacio

necesario para sostenerse-, iré yo solo. El demonio

me lleve si me quedo sin echar el catalejo a la

fiesta.

Después añadió con expresión de júbilo:

-Tenemos quince navíos, y los francesitos veinticinco

barcos. Si todos fueran nuestros, no era preciso

tanto... ¡Cuarenta buques y mucho corazón

embarcado!

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

32

Como se comunica el fuego de una mecha a otra

que está cercana, así el entusiasmo que irradió de

Marcial encendió los dos, ya por la edad amortiguados,

de mi buen amo.

-Pero el Señorito -continuó Mediohombre- traerá

muchos también. Así me gustan a mí las funciones:

mucha madera donde mandar balas y mucho

jumo de pólvora que caliente el aire cuando hace frío.

Se me había olvidado decir que Marcial, como

casi todos los marinos, usaba un vocabulario formado

por los más peregrinos terminachos, pues es

costumbre en la gente de mar de todos los países

desfigurar la lengua patria hasta convertirla en caricatura.

Observando la mayor parte de las voces

usadas por los navegantes, se ve que son simplemente

corruptelas de las palabras más comunes,

adaptadas a su temperamento arrebatado y enérgico,

siempre propenso a abreviar todas las funciones de

la vida, y especialmente el lenguaje. Oyéndoles hablar

me ha parecido a veces que la lengua es un órgano

que les estorba.

Marcial, como digo, convertía los nombres en

verbos, y éstos en nombres, sin consultar con la

Academia. Asimismo aplicaba el vocabulario de la

navegación a todos los actos de la vida, asimilando

T R A F A L G A R

33

el navío con el hombre, en virtud de una forzada

analogía entre las partes de aquél y los miembros de

éste. Por ejemplo, hablando de la pérdida de su ojo,

decía que había cerrado el portalón de estribor, y para

expresarla rotura del brazo, decía que se había quedado

sin la serviola de babor. Para él el corazón, residencia

del valor y del heroísmo, era el pañol de la

pólvora, así como el estómago, el pañol del viscocho. Al

menos estas frases las entendían los marineros; pero

había otras, hijas de su propia inventiva fílológica,

de él sólo conocidas y en todo su valor apreciadas

¿Quién podría comprender lo que significaban patigurbiar

,chingurría y otros feroces nombres del mismo

jaez? Yo creo, aunque no lo aseguro, que con el

primero significaba dudar, y con el segundo, tristeza.

La acción de embriagarse la denominaba de mil

maneras distintas, y entre éstas la más común era

ponerse la casaca, idiotismo cuyo sentido no hallarán

mis lectores, si no les explico que, habiéndole merecido

los marinos ingleses el dictado de casacones, sin

duda a causa de su uniforme, al decir ponerse la casaca

por emborracharse, quería significar Marcial una

acción común y corriente entre sus enemigos. A los

almirantes extranjeros les llamaba con estrafalarios

nombres, ya creados por él, ya traducidos a su maB

E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

34

nera, fijándose en semejanzas de sonido. A Nelson

le llamaba el Señorito, voz que indicaba cierta consideración

o respeto Collingwood el tío Calambre, frase

que a él le parecía exacta traducción del inglés; a

Jerwis le nombraba como los mismos ingleses, esto

es ,viejo zorro; a Calder el tío Perol, porque encontraba

mucha relación entre las dos voces; y siguiendo un

sistema lingüístico enteramente opuesto, designaba

a Villeneuve, jefe de la escuadra combinada, con el

apodo de Monsieur Corneta, nombre tomado de un

sainete cuya representación asistió Marcial en Cádiz.

En fin, tales eran los disparates que salían de su boca,

que me veré obligado, para evitar explicaciones

enojosas, a substituir sus frases con las usuales,

cuando refiera las conversaciones que de él recuerdo.

Sigamos ahora. Doña Francisca, haciéndose

cruces, dijo así:

-¡Cuarenta navíos! Eso es tentar a la Divina Providencia.

¡Jesús!, y lo menos tendrán cuarenta mil

cañones, para que estos enemigos se maten unos a

otros.

-Lo que es como Mr. Corneta tenga bien provistos

los pañoles de la pólvora - contestó Marcial

señalando al corazón -, ya se van a reír esos señores

T R A F A L G A R

35

casacones. No será ésta como la del cabo de San

Vicente.

-Hay que tener en cuenta - dijo mi amo con placer,

viendo mencionado su tema favorito - que si el

almirante Córdova hubiera mandado virar a babor a

los navíos San José y Mejicano, el señor de Jerwis no

se habría llamado Lord Conde de San Vicente. De

eso estoy bien seguro, y tengo datos para asegurar

que con la maniobra a babor hubiéramos salido

victoriosos.

-¡Victoriosos! - exclamó con desdén doña Francisca

-. Si pueden ellos más... Estos bravucones parece

que se quieren comer el mundo, y en cuanto

-salen al mar parece que no tienen bastantes costillas

para recibir los porrazos de los ingleses.

-¡No! - dijo Mediohombre enérgicamente y cerrando

el puño con gesto amenazador -. ¡Si no fueran

por sus muchas astucias y picardías!... Nosotros

vamos siempre contra ellos con el alma a un largo,

pues, con nobleza, bandera izada y manos limpias.

El inglés no se larguea, y siempre ataca por sorpresa,

buscando las aguas malas y las horas de cerrazón.

Así fue la del Estrecho, que nos tienen que pagar.

Nosotros navegábamos confiados, porque ni de

perros herejes moros se teme la traición, cuantimás

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

36

de un inglés que es civil y al modo de cristiano. Pero

no; el que ataca a traición no es cristiano, sino un

salteador de caminos. Figúrese usted, señora - añadió

dirigiéndose a doña Francisca para obtener su

benevolencia -, que salimos de Cádiz para auxiliar a

la escuadra francesa, que se había refugiado en Algeciras,

perseguida por los ingleses. Hace de esto

cuatro años, y entavía tengo tal coraje que la sangre

se me emborbota cuando lo recuerdo. Yo iba en el

Real Carlos, de 112 cañones, que mandaba Ezguerra,

y además llevábamos el San Hermenegildo, de 112

también; el San Fernando, el Argonauta, el San Agustín y

la fragata Sabina. Unidos con la escuadra francesa,

que tenía cuatro navíos!, tres fragatas y un bergantín,

salimos de Algeciras para Cádiz a las doce del día, y

como el tiempo era flojo, nos anocheció más acá de

punta Carnero. La noche estaba más negra que un

barril de chapapote; pero como el tiempo era bueno,

no nos importaba navegar a oscuras. Casi toda la

tripulación dormía; me acuerdo que estaba yo en el

castillo de proa hablando con mi primo Pepe Débora,

que me contaba las perradas de su suegra, y desde

allí vi las luces del San Hermenegildo, que navegaba

a estribor como a tiro de cañón. Los demás barcos

iban delante. Pusque lo que menos creíamos era que

T R A F A L G A R

37

los casacones habían salido de Gibraltar tras de nosotros

y nos daban caza. ¿Ni cómo los habíamos de

ver, si tenían apagadas las luces y se nos acercaban

sin que nos percatáramos de ello? De repente, y aunque

la noche estaba muy oscura, me pareció ver..., yo

siempre he tenido un farol como un lince..., me pareció

que un barco pasaba entre nosotros y el San

Hermenegildo. «José Débora -dije a mi compañero -: o

yo estoy viendo pantasmas, o tenemos un barco inglés

por estribor».

José Débora miró y me dijo:

-Que el palo mayor se caiga por la fogonadura y

me parta si hay por estribor más barco que el San

Hermenegildo.

-Pues por sí o por no -dije - voy a avisarle al

oficial que está de cuarto.

No había acabado de decirlo, cuando, ipataplús!..

sentimos el musiqueo de toda una andanada

que nos soplaron por el costado. En un minuto la

tripulación se levantó...; cada uno a su puesto. ..

¡Qué batahola, señora doña Francisca! Me alegrara

de que usted lo hubiera visto para que supiera cómo

son estas cosas. Todos jurábamos como demonios y

pedíamos a Dios que nos pusiera un cañón en cada

dedo para contestar al ataque. Ezguerra subió al alB

E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

38

cázar y mandó disparar la andanada de estribor...

¡ Zapataplús! La andanada de estribor disparó en seguida,

y al poco rato nos contestaron... Pero en

aquella trapisonda no vimos que con el primer disparo

nos habían soplado a bordo unas endiabladas

materias comestibles (combustibles quería decir), que

cayeron sobre el buque como si estuviera lloviendo

fuego. Al ver que ardía nuestro navío, se nos redobló

la rabia y cargamos de nuevo la andanada, y

otra, y otra. ¡Ah, señora doña Francisca! ¡Bonito se

puso aquello...! Nuestro comandante mandó meter

sobre estribor para atacar al abordaje al buque enemigo.

Aquí te quiero ver... Yo estaba en mis glorias...

En un guiñar del ojo preparamos las hachas y picas

para el abordaje...; el barco enemigo se nos venía

encima, lo cual me encabrilló (me alegró) el alma, porque

así nos enredaríamos más pronto., . Mete, mete

a estribor...; ¡qué julepe! Principiaba a amanecer; ya

los penoles se besaban; ya estaban dispuestos los

grupos, cuando oímos juramentos españoles a bordo

del buque enemigo. Entonces nos quedamos

todos tiesos de espanto, porque vimos que el barco

con que nos batíamos era el mismo San Hermenegildo.

T R A F A L G A R

39

-Eso sí que estuvo bueno -dijo doña Francisca,

mostrando algún interés en la narración- ¿Y cómo

fueron tan burros que uno y otro. . . ?

Diré a usted: no tuvimos tiempo de andar con

palabreo. El fuego del Real, Carlos se pasó al San

Hermenegildo, y entonces ¡Virgen del Carmen, la

que se armó! ¡A las lanchas!, gritaron muchos. El

fuego estaba ya ras con ras con la santabárbara, y

esta señora no se anda con bromas... Nosotros jurábamos,

-gritábamos insultando a Dios, a la Virgen y

a todos los santos, porque así parece que se desahoga

uno cuando está lleno de coraje hasta la escotilla.

-¡Jesús, María y José! ¡Qué horror! -exclamó mi

ama -. ¿Y se salvaron?

-Nos salvamos cuarenta en la falúa y seis o siete

en el chinchorro; éstos recogieron al segundo del

San Hermenegildo. José Débora se aferró a un pedazo

de palo y arribó más muerto que vivo a las playas de

Marruecos.

-¿Y los demás?

-Los demás..., la mar es grande y en ella cabe

mucha gente. Dos mil hombres apagaron fuegos aquel

día, entre ellos nuestro comandante Ezguerra, y

Emparán, el del otro barco.

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

40

Válgame Dios! - dijo doña Francisca que bien

empleado les está, por andarse en esos juegos. Si se

estuvieran quietecitos en sus casas como Dios manda...

-Pues la causa de este desastre -dijo don Alonso,

que gustaba de interesar a su mujer en tan dramáticos

sucesos - fue la siguiente: Los ingleses, validos

de la oscuridad de la noche, dispusieron que el

navío Soberbio, el más ligero de los que traían, apagara

sus luces y se colocara entre nuestros dos hermosos

barcos. Así lo hizo: disparó sus dos andanadas,

puso su aparejo en facha con mucha presteza, orzando

al mismo tiempo para librarse de la contestación.

El Real Carlos y el San Hermenegildo, viéndose

atacados inesperadamente, hicieron fuego; pero se

estuvieron batiendo el uno contra el otro, hasta que

cerca del amanecer y estando a punto de abordarse,

se reconocieron que tan detalladamente te ha contado

Marcial.

-¡Oh, y qué bien os la jugaron! -dijo la dama -.

Estuvo bueno, aunque eso no es de gente noble.

-¡Qué ha de ser! -añadió Mediohombre-. Entonces

yo no los quería bien; pero dende esa noche...

Si están ellos en el cielo, no quiero ir al cielo, manque

me condene para toda la eternidad.

T R A F A L G A R

41

-Pues ¿y la captura de las cuatro fragatas que

venían de Río de la Plata? - dijo don Alonso animando

a Marcial ¡al para que continuara sus narraciones.

-También en ésa me encontré - contestó el ma1

rino -, y allí me dejaron sin piernas. También entonces

nos cogieron desprevenidos, y como estábamos

en tiempo de paz, navegábamos muy tranquilos,

contando ya las horas que nos faltaban para

llegar, cuando de pronto... Le diré a usted cómo fue,

señora doña Francisca, para que vea las mañas de

esa gente. Después de lo del Estrecho me embarqué

en la Fama para Montevideo, y ya hacia mucho

tiempo que estábamos allí, cuando el jefe de la escuadra

recibió orden de traer a España los caudales

de Lima y Buenos Aires. El viaje fue muy bueno, y

no tuvimos más percance que unas calenturillas, que

no mataron ni tanto así de hombre... Traíamos mucho

dinero del rey y de particulares, y también lo

que llamamos la caja de soldadas, que son los ahorrillos

de la tropa que sirve en las Américas. Por junto,

si no me engaño, eran cosa de cinco millones de

pesos, como quien no dice nada, y además traíamos

pieles de lobo, lana de vicuña, cascarilla, barras de

estaño y cobre y maderas finas... Pues, señor, desB

E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

42

pués de cincuenta días de navegación, el 5 de octubre

vimos tierra, y ya contábamos entraren Cádiz al

día siguiente, cuando cátate que hacia el Nordeste se

nos presentan cuatro señoras fragatas. Aunque era

tiempo de paz, y nuestro capitán, don Miguel de

Zapiaín, parecía no tener maldito el recelo, yo, que

soy perro viejo en la mar, llamé a Débora y le dije

que el tiempo me olía a pólvora... Bueno, cuando las

fragatas inglesas estuvieron cerca, el general mandó

hacer zafarrancho; la Fama iba delante, y al poco

rato nos encontramos a tiro de pistola de una de las

inglesas por barlovento.

Entonces el capitán inglés nos habló con su bocina

y nos dijo, ¡pues mire usted que me gustó la

franqueza!..., nos dijo que nos pusiéramos en facha,

porque nos iba a atacar. Hizo mil preguntas; pero le

dijimos que no nos daba la gana de contestar. A todo

esto, las otras tres fragatas enemigas se habían

acercado a las nuestras de tal manera que cada una

de las inglesas tenía otra española por el costado de

sotavento.

-Su posición no podía ser mejor - apuntó mi

amo.

-Eso digo yo - continuó Marcial -. El jefe de

nuestra escuadra, don José Bustamente, anduvo poT

R A F A L G A R

43

co listo, que si hubiera sido yo... Pues, señor, el comodón

(quería decir el comodoro) inglés envió de la

Medea un oficialillo de estos de cola de abadejo, el

cual, sin andarse en chiquitas, dijo que aunque estaba

declarada la guerra, el comodón tenía orden de apresarnos.

Eso sí que se llama ser inglés. El combate

empezó al poco rato; nuestra fragata recibió la primera

andanada por babor; se le contestó al saludo, y

cañonazo va, cañonazo viene...; lo cierto del caso es

que no metimos en un puño a aquellos herejes por

mor de que el demonio fue y pegó fuego a la santabárbara

de la Mercedes que se voló en un suspiro, y

todos, con este suceso, nos afligimos tanto, sintiéndonos

tan apocados. no por falta de valor, sino por

aquello que dicen... en la moral pues... denque el mismo

momento nos vimos perdidos. Nuestra fragata

tenía las velas con más agujeros que capa vieja, los

cabos rotos, cinco pies de agua en bodega, el palo

de mesana tendido, tres balazos a flor de agua y

bastantes muertos y heridos. A pesar de esto, seguíamos

la cuchipanda con el inglés; pero cuando vimos

que la Medea y la Clara, no pudiendo resistir la

chamusquina, arriaban bandera, forzamos de vela y

nos retiramos defendiéndonos como podíamos. La

maldita fragata inglesa nos daba caza, y como era

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

44

más velera que la nuestra, no pudimos zafarnos y

tuvimos también que arriar el trapo a las tres de la

tarde, cuando ya nos habían matado mucha gente, y

yo estaba medio muerto sobre el sollado, porque a

una bala le dio la gana de quitarme mi pierna. Aquellos

condenados nos llevaron a Inglaterra, no como

presos, sino como detenidos; pero carta va, carta

viene entre Londres y Madrid, lo cierto es que se

quedaron con el dinero, y me parece que cuando a

mí me nazca otra pierna, entonces el rey de España

les verá la punta del pelo a los cinco millones de

pesos.

-¡Pobre hombre!... ¿Y entonces perdiste la pata?

le dijo compasivamente doña Francisca.

-Sí, señora; los ingleses, sabiendo que yo no era

bailarín, creyeron que tenía bastante con una. En la

travesía me curaron bien; en un pueblo que llaman

Plinmuf (Plymouth) estuve seis meses en el pontón,

con el petate liado y la patente para el otro mundo

en el bolsillo... Pero Dios no quiso que me fuera a

pique tan pronto; un físico inglés me puso esta pierna

de palo, que es mejor que la otra, porque aquélla

me dolía de la condenada reuma, y ésta, a Dios gracias,

no duele aunque la echen una descarga de metralla.

En cuanto a dureza, creo que la tiene, aunque

T R A F A L G A R

45

entavía no se me ha puesto delante la popa de ningún

inglés para probarla.

-Muy bravo estás -dijo mi ama -; quiera Dios no

pierdas también la otra. El que busca el peligro...

Concluida la relación de Marcial, se trabó de

nuevo la disputa sobre si mi amo iría o no a la escuadra.

Persistía doña Francisca en la negativa, y

don Alonso, que en presencia de su digna esposa

era manso como un cordero, buscaba pretextos y

alegaba toda clase de razones para convencerla.

-Iremos sólo a ver, mujer, nada más que a verdecía

el héroe con mirada suplicante.

-Dejémonos de fiestas -le contestaba su esposa

-.

Buen par de esperpentos estáis los dos.

-La escuadra combinada - dijo Marcial - se quedará

en Cádiz, y ellos tratarán de forzar la entrada.

Pues entonces - añadió mi ama - pueden verla

función desde la muralla de Cádiz; pero lo que es en

los barquitos... Digo que no y que no, Alonso. En

cuarenta años de casados no me has visto enojada

(la veía todos los días); pero ahora te juro que si vas

a bordo...haz cuenta dé que Paquita no existe para ti.

-Mujer! -exclamó con aflicción mi amo - ¡Y he

de morirme, sin tener ese gusto!

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

46

-Bonito gusto, hombre de Dios! ¡Ver cómo se

matan esos locos! Si el rey de las Españas me hiciera

caso, mandaría a paseo a los ingleses y les diría:

«Mis vasallos queridos no están aquí para que ustedes

se diviertan con ellos. Métanse ustedes en faena

unos con otros si quieren juego». ¿Qué creen? Yo,

aunque tonta, bien sé lo que hay aquí, y es que el

Primer Cónsul, Emperador, Sultán o lo que sea,

quiere acometer a los ingleses, y como no tiene

hombres de alma para el caso, ha embaucado a

nuestro buen rey para que le preste los suyos, y la

verdad es que nos está fastidiando con sus guerras

marítimas. Díganme ustedes: ¿a España qué le va ni

le viene en esto? ¿Por qué ha de estar todos los días

cañonazo y más cañonazo por una simpleza? Antes

de esas picardías que Marcial ha contado, ¿qué daño

nos habían hecho los ingleses? ¡Ah, si hicieran caso

de lo que yo digo, el señor de Bonaparte armarla la

guerra solo, o si no que no la armara!

-Es verdad - dijo mi amo - que la alianza con

Francia nos está haciendo mucho daño, pues si algún

provecho resulta es para nuestra aliada, mientras

todos los desastres son para nosotros.

-Entonces, tontos rematados, ¿para qué se os

calientan las pajarillas con esta guerra?

T R A F A L G A R

47

-El honor de nuestra nación está empeñado

contestó don Alonso -, y una vez metidos en la danza,

sería una mengua volver atrás. Cuando estuve el

mes pasado en Cádiz en el bautizo de la hija de mi

primo, me decía Churruca: <Esta alianza con Francia

y el maldito Tratado de San Isdefonsó, que por

la astucia de Bonaparte y la debilidad de Godoy se

ha convertido en Tratado de subsidios, serán nuestra

ruina, serán la ruina de nuestra escuadra, si Dios

no lo remedia, y, por tanto, la ruina de nuestras colonias

y del comercio español en América. Pero, a

pesar de todo, es preciso seguir adelante».

-Bien digo yo - añadió doña Francisca - que ese

Príncipe de la Paz se está metiendo en cosas que no

entiende. Ya se ve, ¡un hombre sin estudios! Mi

hermano el arcediano, que es partidario del príncipe

Fernando, dice que ese señor Godoy es un alma de

cántaro, y que no ha estudiado latín ni teología, pues

todo su saber se reduce a tocar la guitarra y a conocer

los veintidós modos de bailar la gavota. Parece

que por su linda cara le han hecho primer ministro.

Así andan las cosas de España; luego hambre y más

hambre..., todo tan caro. .., la fiebre amarilla asolando

a Andalucía... Está esto bonito, sí señor... Y

de ello tienen ustedes la culpa - continuó engrosanB

E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

48

do la voz y poniéndose muy encarnada sí señor,

ustedes que ofenden a Dios matando tanta gente;

ustedes, que si en vez de meterse en esos endiablados

barcos se fueran a la iglesia a rezar el rosario,

no, andaría Patillas tan suelto por España haciendo

diabluras.

-Tú irás a Cádiz también -dijo don Alonso, ansiogo,

de despertar el entusiasmo en el pecho de su

mujer irás a casa de Flora, y desde el mirador podrás

ver cómodamente el combate, el humo, los fogonazos

las banderas... Es cosa muy bonita.

-Gracias, gracias!- Me caería muerta de miedo.

-Aquí nos estaremos quietos, que el que busca el

peligro en él perece.

Así terminó aquel diálogo, cuyos pormenores he

conservado en mi memoria, a pesar del tiempo

transcurrido. Mas acontece con frecuencia que los

hechos4 muy remotos, correspondientes a nuestra

infancia, permanecen grabados en la imaginación

con mayor fijeza que los presenciados en edad madura

y cuando predomina sobre todas las facultades

la razón.

Aquella noche don Alonso y Marcial siguieron

conferenciando en los pocos ratos que la recelosa

doña Francisca, les dejaba solos. Cuando ésta fue a

T R A F A L G A R

49

la parroquia para asistir a la novena, según su piadosa

costumbre, los dos marinos respiraron con libertad

como escolares bulliciosos que pierden de

vista al maestro. Encerráronse en el despacho, sacaron

unos mapas y estuvieron examinándolos con

gran atención; luego leyeron ciertos papeles en que

había los nombres de muchos barcos ingleses con la

cifra de sus cañones y tripulantes, y durante su calurosa

conferencia, en que alternaba la lectura con los

más enérgicos comentarios, noté que ideaban el

plan de un combate naval.

Marcial imitaba con los gestos de su brazo y

medio la marcha de las escuadras, la explosión de

las andanadas; con su cabeza, el balance de los barcos

combatientes; con su cuerpo, la caída de costado

del buque que se va a pique; con su mano, el

subir y bajar de las banderas de señal; con un ligero

silbido, el mando del contramaestre; con los porrazos

de su pie de palo contra el suelo, el estruendo

del cañón; con su lengua estropajosa, los juramentos

y singulares voces del combate; y como mi amo le

secundase en esta tarea con la mayor gravedad, quise

yo también echar mi cuarto a espadas, alentado

por el ejemplo y dando natural desahogo a esa necesidad

devoradora de meter ruido que domina el

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

50

temperamento de los chicos con absoluto imperio.

Sin poderme contener, viendo el entusiasmo de los

dos marinos, comencé a dar vueltas por la habitación,

pues la confianza con que por mi amo era tratado

me autorizaba a ello; remedé con la cabeza y

los brazos la disposición de una nave que cine el

viento, y al mismo tiempo profería, ahuecando la

voz, los retumbantes monosílabos que más se parecen

al ruido de un cañonazo, tales como bum...bum

Mi respetable amo y el mutilado marinero tan niños

como yo en aquella ocasión, no pararon mientes en

lo que yo hacía, pues harto les embargaban sus propios

pensamientos. ¡Cuánto me he reído después

recordando aquella escena, y cuán cierto es, por lo

que respecta a mis compañeros en aquel juego, que

el entusiasmo de la ancianidad convierte a los viejos

en niños, renovando las travesuras de la cuna al

borde mismo del sepulcro!

Muy enfrascados estaban ellos en su conferencia,

cuando sintieron los pasos de doña Francisco

que volvía de la novena.

-¡Que viene! - exclamó Marcial, con terror.

Y al punto guardaron los planos, disimulando

su excitación, y pusiéronse a hablar de cosas indiferentes.

Pero yo, bien porque la sangre juvenil no

T R A F A L G A R

51

podía aplacarse fácilmente, bien porque no observé

a tiempo, la entrada de mi ama... seguí en medio del

cuarto demostrando mi enajenación con frases como

éstas, pronunciadas con el mayor desparpajo:

«¡La mura a estribor!... ¡Orza!... ¡La andanada de

sotavento!... ¡Fuego!... ¡Bum, bum!... » Ella se llegó a

mí furiosa, y sin previo aviso me descargó en la popa

la andanada de su mano derecha con tan buena

puntería, que me hizo ver las estrellas.

-¡También tú! - gritó valupeándome sin compasión-

Ya ves - añadió mirando a su marido con

centelleantes ojos -: tú le enseñas a que pierda el

respeto... ¿Te has creído que estás todavía en la Caleta,

pedazo de zascandil?

La zurra continuó en la forma siguiente: yo caminando

a la cocina, lloroso y avergonzado, después

de arriada la bandera de mi dignidad, y sin

pensar en defenderme contra tan superior enemigo;

doña Francisca detrás dándome caza y poniendo a

prueba mi pescuezo con los repetidos golpes de su

mano. En la eché el ancla, lloroso, considerando

cuán mal había concluido mi combate naval.

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

52

V

Para oponerse a la insensata determinación de

marido, dolía Francisca no se fundaba, sino en las

razones anteriormente expuestas; tenía, además de

aquéllas, otra poderosísima, que no indicó en el

diálogo quizá por demasiado sabida.

Pero el lector no la sabe y voy a decírsela. Creo

haber escrito que mis amos tenían una hija. Pues

bien: esta hija se llamaba Rosita, de edad poco mayor

que la mía, pues apenas pasaba de los quince

años, y ya estaba concertado su matrimonio con un

joven oficial de artillería llamado Malespina, de una

familia de Medina-Sidonía, lejanamente emparentada

con la deY¡11,ffil ama. Hablase fijado la boda

para fin de octubre, y, ya se comprende que la auT

R A F A L G A R

53

sencia del padre de la novia abría sido inconveniente

en tan solemnes días.

Voy a decir algo de mi señorita, de su novio, de

sus amores, de su proyectado enlace y... ¡ay!, aquí

mis recuerdos toman un tinte melancólico, evocando

en % mi fantasía imágenes importunas y exóticas

como sí vinieran de otro mundo, despertando en mi

cansado pecho sensaciones que, a decir verdad, ignoro

si traen a mi espíritu alegría o tristeza. Estas

ardientes memorias, que parecen agostarse hoy en

mi cerebro, como flores tropicales trasplantadas al

Norte helado, me hacen a veces reír y a veces me

hacen pensar... Pero contemos, que el lector se cansa

de reflexiones enojosas sobre lo que a un solo

mortal interesa.

Rosita era lindísima. Recuerdo perfectamente su

hermosura, aunque me sería muy difícil describir sus

acciones. Parece que la veo sonreír delante de mí. La

singular expresión de su rostro, a la de ningún otro

parecida, es para mí, por la claridad con que se ofrece

a mi entendimiento, como una de esas nociones

primitivas, que parece hemos traído de otro mundo,

o nos han sido infundidas por misterioso poder

desde la cuna. Y, sin embargo, no respondo de poderlo

pintar, porque lo que fue real ha quedado coB

E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

54

mo una idea indeterminada en mi cabeza, y nada

nos fascina tanto, así como nada se escapa tan sutilmente

a toda apreciación descriptiva, como un

ideal querido.

.Al entrar en la casa, creí que Rosita pertenecía a

un orden de criaturas superior. Explicaré mis pensamientos

para que se admiren ustedes de mi simpleza.

Cuando somos niños, y un nuevo ser viene al

mundo en nuestra casa, las personas mayores nos

dicen que le han traído de Francia, de París o de

Inglaterra. Engañado yo como todos acerca de tan

singular modo de perpetuar la especie, creía que los

niños venían por encargo, empaquetados en un cajoncito,

un fardo de quincalla. Pues bien: contemplando

por primera vez a la hija de mis amos,

discurri que tan bella persona no podía haber venido

de la fábrica de donde venimos todos, es decir,

de París o de Inglaterra, y me persuadí de la existencia

de alguna región encantadora, donde artífices

divinos sabían labrar tan hermosos ejemplares de la

persona humana.

Como niños ambos, aunque de distinta condición,

pronto nos tratamos con la confianza propia

de la edad, y mi mayor dicha consistía en jugar con

ella, sufriendo todas sus impertinencias, que eran

T R A F A L G A R

55

muchas, pues en nuestros juegos nunca se confundían

las clases: ella era siempre señorita y yo siempre

criado; así es que yo llevaba la peor parte, y si

había golpes, -no es preciso indicar aquí quién los

recibía.

Ir a buscarla al salir de la escuela para acompañarla

a casa era mi sueño de oro; y cuando por alguna

ocupación imprevista se encargaba a otra

persona tan Í dulce comisión, mi pena era tan profunda,

que yo la equiparaba a las mayores penas que

pueden pasarse en la vida siendo hombre, y decía:

«Es imposible que cuando yo sea grande experimente

desgracia mayor>. Subir por orden suya al

naranjo del patio para coger los azahares de las más

altas ramas, era para mí la mayor de las delicias, posición

o preeminencia superior a la del mejor rey de

la tierra subido en su trono de oro; y no recuerdo

alborozo comparable al que me causaba obligándome

a correr tras ella en ese divino e inmortal juego

que llaman escondite. Si ella corría como una

gacela, yo volaba como un pájaro para cogerla más

pronto, asiéndola por la parte de su cuerpo que encontraba

más a mano. Cuando se trocaban los papeles,

cuando ella era la perseguidora y a mí me

correspondía el ser cogido, se duplicaban las inoB

E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

56

centes y puras delicias de aquel juego sublime, y el

paraje, más obscuro y feo, donde yo, encogido y

palpitante, -esperaba la impresión de sus brazos ansiosos

de estrecharme, era para mí un verdadero

paraíso. Añadiré que jamás, durante aquellas escenas,

tuve un pensamiento, una sensación que no

emanara del más refinado idealismo.

¿Y qué diré de su canto? Desde muy niña acostumbraba

a cantar el ole y las cañas con la maestría de

los ruiseñores, que lo saben todo en materia de música,

sin haber aprendido nada. Todos le alababan

aquella habilidad y formaban corro para oírla; pero

a mí me ofendían los aplausos de sus admiradores, y

hubiera deseado que enmudeciera para los demás.

Era aquel canto un gorjeo melancólico, aun modulado

por su voz infantil. La nota, que repercutía sobre

sí misma, enredándose y desenredándose como

un hilo sonoro, se perdía subiendo y se desvanecía

alejándose para volver descendiendo con timbre

grave. Parecía emitida por una avecilla que se remontara

primero al cielo y que después cantara en

nuestro propio oído. El alma, si se me permite emplear

un símil vulgar, parecía que se alargaba siguiendo

el sonido y se contraía después

retrocediendo ante él, pero siempre pendiente de la

T R A F A L G A R

57

melodía y asociando la música a la hermosa cantora.

Tan singular era el efecto, que para mí el oírla cantar,

sobre todo en presencia de otras personas, era

casi una mortificación.

Teníamos la misma edad, poco más o menos,

como he dicho, pues sólo excedía la suya a la mía en

unos ocho o nueve meses. Pero yo era pequeñuelo y

raquítico, mientras ella se desarrollaba con mucha

lozanía, y así, al cumplirse los tres años de mi residencia

en la casa, ella parecía de mucha más edad

que yo. Estos tres años se pasaron sin sospechar

nosotros que íbamos creciendo, y nuestros juegos

no se interrumpían, pues ella era más traviesa que

yo, y su madre la reñía, procurando sujetarla y hacerla

trabajar.

Al cabo de los tres años advertí que las formas

de mi idolatrada señorita se ensanchaban y redondeaban,

completando la hermosura de su cuerpo; su

rostro se puso más encendido, más lleno, más tibio;

sus grandes ojos, más vivos, si bien con la mirada

menos errátil y voluble; su andar, más reposado; sus

movimientos, no sé si más o menos ligeros, pero

ciertamente distintos, aunque no podía entonces, ni

puedo ahora, apreciar en qué consistía la diferencia.

Pero ninguno de estos accidentes me confundió

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

58

tanto como la transformación de su voz, que adquirió

cierta sonora gravedad, bien distinta de aquel

travieso y alegre chillido con que llamaba antes,

trastornándome el juicio y obligándome a olvidar

mis quehaceres para acudir al juego. El capullo se

convertía en rosa.

Un día, mil veces funesto, mil veces lúgubre, mi

amita se presentó ante mí con traje bajo. Aquella

transfiguración produjo en mí tal impresión, que en

todo el día no hablé una palabra. Estaba serio como

un hombre que ha sido vilmente engañado, y mi

enojo contra ella era tan grande, que en mis soliloquios

probaba con fuertes razones que el rápido

crecimiento de mi amita era una felonía. Se despertó

en mí la fiebre del raciocinar, y sobre aquel tema

controvertía apasionadamente conmigo mismo en el

silencio de mis insomnios. Lo que más me aturdía

era ver que con unas cuantas varas de tela había variado

por completo su carácter. Aquel día, mil veces

desgraciado, me habló en tono ceremonioso, ordenándome

con gravedad, y hasta con displicencia, las

faenas que menos me gustaban; y ella, que tantas

veces fue cómplice y encubridora de mi holgazanería,

me reprendía entonces por perezoso. ¡Y a todas

éstas, ni una sonrisa, ni un salto, ni una monada, ni

T R A F A L G A R

59

una veloz carrera, ni un poco de ole, ni esconderse

de mí para que la buscara, ni fingirse enfadada para

reírse después, ni una disputilla, ni siquiera un pescozón

con su blanda manecita. ¡Terribles crisis de la

existencia! ¡Ella se había convertido en mujer y yo

continuaba siendo niño!

No necesito decir que se acabaron los retozos y

los juegos; ya no volví a subir al naranjo, cuyos azahares

crecieron tranquilos, libres de mi enamorada

rapacidad, desarrollando con lozanía sus hojas y

con todo lujo su provocativa fragancia; ya no corrimos

más por el patio, ni hice más viajes a la escuela

para traerla a casa, tan orgulloso de mi comisión,

que la hubiera defendido contra un ejército, si éste

hubiera intentado quitármela. Desde entonces Rosita

andaba con la mayor circunspección y gravedad;

varias veces noté que al subir una escalera delante

de mí cuidaba de no mostrar ni una línea, ni una

pulgada más arriba de su hermoso tobillo, y este

sistema de fraudulenta ocultación era una ofensa a la

dignidad de aquel cuyos ojos habían visto algo más

arriba. Ahora me río considerando cómo se me

partía el corazón con aquellas cosas.

Pero aun habían de ocurrir más terribles desventuras.

Al año de su transformación, la tía MartiB

E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

60

na, Rosario la cocinera, Marcial y otros personajes

de la servidumbre, se ocupaban un día de cierto

grave asunto. Aplicando mi diligente oído, luego me

enteré de que corrían rumores alarmantes: la señorita

se iba a casar. La cosa era inaudita, porque yo

no le conocía ningún novio. Pero entonces lo arreglaban

todo los padres, y lo raro es que a veces no

salía del todo mal.

Pues un joven de gran familia pidió su mano, y

mis amos se la concedieron. Este joven vino a casa

acompañado de sus padres, que eran una especie de,

condes o marqueses con un titulo retumbante. El

pretendiente traía su uniforme de Marina, en cuyo

honroso Cuerpo servía; pero, a pesar de tan elegante

jaez, su facha era muy poco agradable. Así debió

parecerle a mi amita, pues desde un principio mostró

repugnancia hacia aquella boda. Su madre trataba

de convencerla, pero inútilmente, y le hacía la

más acabada pintura de las buenas prendas del novio,

de su alto linaje y grandes riquezas. La niña no

se convencía, y a estas razones oponía otras muy

cuerdas.

Pero la pícara se callaba lo principal, y lo principal

era que tenía otro novio, a quien de veras amaba.

Este otro era un oficial de Artillería, llamado don

T R A F A L G A R

61

Rafael Malespina, de muy buena presencia y gentil

figura. Mi amita le había conocido en la iglesia, y el

pérfido amor se apoderó de ella mientras rezaba;

pues siempre fue el templo lugar muy a propósito,

por su poético y misterioso recinto, para abrir de

par en par al amor las puertas del alma. Malespina

rondaba la casa, lo cual observé yo varias veces; y

tanto se habló en Vejer de estos amores, que el otro

lo supo, y se desafiaron. Mis amos supieron todo

cuando llegó a casa la noticia de que Malespina había

herido mortalmente a su rival.

El escándalo fue grande. La religiosidad de mis

amos se escandalizó tanto con aquel hecho, que no

pudieron disimular su enojo, y Rosita fue la víctima

principal. Pero pasaron meses y más meses; el herido

curó, y como Malespina fuese también persona

bien nacida y rica, se notaron en la atmósfera política

de la casa barruntos de que el joven don Rafael

iba a entrar en ella. Renunciaron al enlace los padres

del herido, y en cambio el del vencedor se presentó

en casa a pedir para su hijo la mano de mi querida

amita. Después de algunas dilaciones, se la concedieron.

Me acuerdo de cuando fue allí el viejo Malespina.

Era un señor muy seco y estirado, con chupa de

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

62

treinta colores, muchos colgajos en el reloj, gran

coleto, y una nariz muy larga y afilada, con la cual

parecía olfatear a las personas que le sostenían la

conversación. Hablaba por los codos y no dejaba

meter baza a los demás; él se lo decía todo, y no se

podía elogiar cosa alguna, porque al punto salía diciendo

que tenía otra mejor. Desde entonces le taché

por hombre vanidoso y mentirosísimo, como

tuve ocasión de ver claramente más tarde. Mis amos

le recibieron con agasajo, lo mismo que a su hijo,

que con él venía. Desde entonces el novio siguió

yendo a casa todos los días, solo o en compañía de

su padre.

Nueva transformación de mi amita. Su indiferencia

hacia mí era tan marcada, que tocaba los límites

del menosprecio. Entonces eché de ver

claramente por primera vez, maldiciéndola, la humildad

de mi condición; trataba de explicarme el

derecho que tenían a la superioridad los que realmente

eran superiores, y me 3 preguntaba, lleno de

angustia, si era justo que otros fueran nobles y ricos

y sabios mientras yo tenía por abolengo la Caleta,

por única fortuna mi persona y apenas sabía leer.

Viendo la recompensa que tenía mi ardiente cariño,

comprendí que a nada podía aspirar en el mundo, y

T R A F A L G A R

63

sólo más tarde adquirí la firme convicción de que un

grande y constante esfuerzo mío me daría quizás

todo aquello que no poseía.

En vista del despego con que ella me trataba

perdí la confianza; no me atrevía a desplegar los

labios en su presencia, y me infundía mucho más

respeto que sus padres. Entretanto, yo observaba

con atención los indicios del amor que la dominaba.

Cuando él tardaba, yo que la veía impaciente y triste;

al menor rumor indicase la aproximación de alguno

se encendía su hermoso semblante y sus negros ojos

brillaban con ansiedad y esperanza. Si él entraba al

fin, le era imposible a ella disimular su alegría, y

lueg9 se estaban charlando horas y más horas,

siempre en presencia de dolía Francisca, pues a mi

señorita no se le consentían coloquios a solas ni por

las rejas.

También había correspondencia larga, y lo peor

del caso es que yo era el correo de los dos amantes.

¡Aquello me daba una rabia...! Según la consigna, yo

salía a la plaza, y allí encontraba, más puntual que un

reloj, al señorito Malespina, el cual me daba una esquela

para entregarla a mi señorita. Cumplía mi encargo,

y ella me daba otra para llevarla a él. ¡Cuántas

veces sentía tentaciones de quemar aquellas cartas,

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

64

no llevándolas a su destino! Pero por mi suerte, tuve

serenidad para dominar tan feo propósito.

No necesito decir que yo odiaba a Malespina.

Desde que le veía entrar sentía mi sangre enardecida,

y siempre que me ordenaba algo, hacíalo con los

peores modos posibles, deseoso de significarle mi

alto enojo. Este despego, que a ellos les parecía mala

crianza y a mí un arranque de entereza, propio de

elevados corazones, me proporcionó algunas reprimendas,

y, sobre todo, dio origen a una frase de

mi señorita, que se me clavó en el corazón como

una dolorosa espina. En cierta ocasión le oí decir:

-Este chico está tan echado a perder, que será

preciso mandarle fuera de casa.

Al fin se fijó el día para la boda, y unos cuantos

antes del señalado ocurrió lo que ya conté y el proyecto

de mi amo. Por esto se comprenderá que doña

Francisca tenía razones poderosas, además de la

poca salud de su marido, para impedirle ir a la escuadra.

T R A F A L G A R

65

VI

Recuerdo muy bien que al día siguiente de los

pescozones que me aplicó doña Francisca, movida

del espectáculo de mi irreverencia y de su profundo

odio a las guerras marítimas, salí acompañando a mi

amo en su paseo de mediodía. Él me daba el brazo,

y a su lado iba Marcial: los tres caminábamos lentamente,

conforme al flojo andar de don Alonso y a la

poca destreza de la pierna postiza del marinero. Parecía

aquello una de esas procesiones en que marcha,

sobre vacilante palanquín, un grupo de santos

viejos y apolillados, que amenazan venirse al suelo

en cuanto se acelere un poco el paso de los que les

llevan. Los dos viejos no tenían expedito y vividor

más que el corazón, que funcionaba como una máquina

recién salida del taller. Era una aguja imantaB

E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

66

da, que, a pesar de su fuerte potencia y exacto movimiento,

no podía hacer navegar bien el casco viejo

y averiado en que iba embarcada.

Durante el paseo, mi amo, después de haber

asegurado con su habitual aplomo que sí el almirante.

Córdova, en vez de mandar virar a estribor

hubiera mandado virar a babor, la batalla del 14 no

se habría perdido, entabló la conversación sobre el

famoso proyecto, y aunque no dijeron claramente su

propósito, sin duda por estar yo delante, comprendí

por algunas palabras sueltas que trataban de ponerlo

en ejecución a cencerros tapados, marchándose de

la casa lindamente una mañana, sin que mi ama lo

advirtiese.

Regresamos a la casa y allí se habló de cosas

muy distintas. Mi amo, que siempre era complaciente

con su mujer, lo fue aquel día más que nunca.

No decía doña Francisca cosa alguna, aunque fuera

insignificante, sin que él lo celebrara con risas inoportunas.

Hasta me parece que la regaló algunas

fruslerías, demostrando en todos sus actos el deseo

de tenerla contenta; sin duda por esta misma complacencia

oficiosa mi ama estaba díscola y regañona

cual nunca la había yo visto. No era posible transacción

honrosa. Por no sé qué fútil motivo, riñó con

T R A F A L G A R

67

Marcial, intimándole la inmediata salida de la casa;

también dijo terribles cosas a su marido, y durante

la comida, aunque éste celebraba todos los platos

con desusado calor, la implacable dama no cesaba

de gruñir.

Llegada la hora de rezar el rosario, acto solemne

que se verificaba en el comedor con asistencia de

todos los de la casa, mi amo, que otras veces solía

dormirse murmurando perezosamente los Pater-

noster, lo cual le valía algunas reprimendas, estuvo

aquella noche muy despabilado y rezó con verdadero

empeño, haciendo que su voz se oyera entre todas

las demás.

Otra cosa pasó que se me ha quedado muy presente.

Las paredes de la casa hallábanse adornadas

con dos clases de objetos: estampas de santos y mapas;

la corte celestial por un lado, y. todos los derroteros

de Europa y América por otro. Después de

comer, mi amo estaba en la galería contemplando

una carta de navegación, y recorría con su vacilante

dedo las líneas, cuando doña Francisca, que algo

sospechaba del proyecto de escapatoria, y además

ponía el grito en el cielo siempre que sorprendía a

su marido en flagrante delito de entusiasmo náutico,

llegó por detrás, y, abriendo los brazos, exclamó:

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

68

-Hombre de Dios! Cuando digo que tú me andas

buscando... Pues te juro que si me buscas me

encontrarás.

-Pero, mujer - repuso temblando mi amo estaba

aquí mirando el derrotero de Alcalá Galiano y de

Valdés en las goletas Sutil y Mejicana, cuando fueron

a reconocer el estrecho de Fuca. Es un viaje muy

bonito; me parece que te lo he contado.

-Cuando digo que voy a quemar todos esos papelotes

- añadió doña Francisca -. ¡Mal hayan los

viajes y el perro judío que los inventó! Mejor pensaras

en las cosas de Dios, que al fin y al cabo no eres

ningún niño. ¡Qué hombre, Santo Dios, qué hombre!

No pasé de esto. Yo andaba también por allí

cerca; pero no recuerdo bien si mi ama desahogó su

furor en mi humilde persona, demostrándome una

vez más la elasticidad de mis orejas y la ligereza de

sus manos. Ello es que estas caricias menudeaban

tanto, que no hago memoria de si recibí alguna en

aquella ocasión; lo que sí recuerdo es que mi señor,

a pesar de haber redoblado sus amabilidades, no

consiguió ablandar a su consorte.

No he dicho nada de mi amita. Pues sépase que

estaba muy triste, porque el señor de Malespina no

T R A F A L G A R

69

había parecido aquel día, ni escrito carta alguna,

siendo inútiles todas mis pesquisas para hallarle en

la 11plaza. Llegó la noche, y con ella la tristeza al

alma de Rosita, pues ya no había esperanza de verle

hasta el día siguiente. Mas de pronto, y cuando se

había dado orden para la cena, sonaron fuertes aldazonazos

en la puerta; fui a abrir corriendo, y era

él. Antes de abrirle, mi odio le había conocido.

Aún me parece que le estoy viendo cuando se

presentó delante de mí, sacudiendo su capa, mojada

por la lluvia. Siempre que le traigo a la memoria se

me representa como le vi en aquella ocasión. Hablando

con imparcialidad, diré que era un joven

realmente hermoso, de presencia noble, modales

airosos, mirada afable, algo frío y reservado en apariencia,

poco risueño y sumamente cortés, con

aquella cortesía grave y un poco finchada de los nobles

de antaño. Traía aquella noche la chaqueta faldonada,

el calzón corto con botas, el sombrero

portugués y riquísima capa de grana con forros de

seda, que era la prenda más elegante entre los señoritos

de la época.

Desde que entró, conocí que algo grave ocurría.

Pasó al comedor, y todos se maravillaron de verle a

tal hora, pues jamás había venido de noche. Mi

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

70

amita no tuvo de alegría más que el tiempo necesario

para comprender que el motivo de visita tan

inesperada no podía ser lisonjero.

-Vengo a despedirme - dijo Malespina.

Todos se quedaron como lelos, y Rosita más

blanca, que el papel en que escribo; después, encendida

como la grana, y luego pálida otra vez como

una muerta.

-¿Pues qué pasa? ¿Adónde va usted, señor don

Rafael? - le preguntó mi ama.

Debo haber dicho que Malespína era oficial de

Artillería, pero no que estaba de guarnición en Cádiz

y con licencia en Vejer.

-Como la escuadra carece de personal - añadióhan

dado orden para que nos embarquemos con

objeto de hacer allí el servicio. Se cree que el combate

es inevitable, y la mayor parte de los navíos

tienen falta de artilleros.

-Jesús, María y José! - exclamó doña Francisca

-más muerta que viva -. ¿También a usted se le llevan?

Pues me gusta. Pero usted es de tierra, amiguito.

Dígales usted que se entiendan ellos; que si no

tienen -gente, que la busquen. Pues a fe que es bonita

lae broma.

T R A F A L G A R

71

-Pero, mujer - dijo tímidamente don Alonso ¿no

ves que es preciso... ?

No pudo seguir, porque doña Francisca, que

sentía desbordarse el vaso de su enojo, apostrofó a

todas las Potencias terrestres.

A ti todo te parece bien con tal que sea para los

dichosos barcos de guerra. ¿Pero quién, pero quién

es el demonio del infierno que ha mandado vayan a

bordo los oficiales de tierra? A mi no me digan, eso

es cosa del señor Bonaparte. Ninguno de aca pudo

haber inventado tal daiblura. Pero vaya usted y diga

que se va a casar. A ver –añadiódirigiéndose a su

marido- escribe a Gravina decéndole que este joven

no puede ir a la escuadra.

Y como viera que su marido se encogía de

hombros indicando que la cosa era sumamente grave,

exclamó: -No sirves para nada. Jesús! Si yo gastara

calzones, me plantaba en Cádiz y le sacaba a

usted del apuro.

Rosita ni decía palabra. Yo, que la observaba

atentamente, conocí la gran turbación de su espíritu.

No quitaba los ojos de su novio, y a no impedírselo

la etiqueta, y el buen parecer, habría llorado ruidosamente,

desahogando la pena de su corazón oprimido.

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

72

-Los militares- dijo don Alonso- son esclavos

de su deber, y la partida exige a este joven que se

embarque para defenderla. En el próximo combate

alcanzará usted mucha gloria e ilustrará su nombre

con alguna hazaña que quede en la Historia para

ejemplo de las generaciones futuras. -Si, eso es- dijo

doña Francisca remendando el tono grandilocuente

con que mi amo había pronunciado las anteriores

palabras - Si, ¿y todo por qué? Porque se les antoja a

esos zánganos de Madrid. Que vengan ellos a disparar

los cañones y a hacer la guerra...¿Y cuando marcha

usted?

- Mañana mismo. Me han retirado la licencia,

ordenándome que me presente al instante en Cádiz.

Imposible pintar con palabras ni por escrito lo

que vi en el semblante de mi señorita cuando aquellas

frases oyó. Los dos novios se miraron, y un largo

y triste silencio siguió al anuncio de la próxima

partida.

–Esto no se puede sufrir- dijo doña Francisca-

Por último, llevarán a los paisanos, y si se les antoja,

también a las mujeres...Señor –prosiguió mirando a

cielo con ademán de pitonisa -, no creo ofenderte si

digo que maldito el que inventó los barcos, maldito

el mar en que navegan, y más maldito el que hizo el

T R A F A L G A R

73

primer cañón para dar esos estampidos que la vuelven

a una loca, y para matar a tantos pobrecitos que

no hecho ningún daño.

Don Alonso miró a Malespina, buscando en su

semblante una expresión de protesta contra los insultos

dirigidos a la noble Artillería, Después dijo:

-Lo malo será que los navíos carezcan también

de buen material; y sería lamentable...

Marcial, que oía la conversación desde la puerta,

no pudo contenerse y entró diciendo:

-¿Qué ha de faltar¿ El Trinidad tiene 140 cañones:

32 de a 36, 34 de a 24, 36 de a 12, 18 de a 30 y

10 obuses de a 24. El Príncipe de Asturias, 118; el

Santa Ana, 120; el Rayo, 100; el Nepomuceno, el San...

-¿Quién le mete a usted aquí, señor Marcial chilló

doña Francisca -, ni qué nos importa si tienen

cincuenta u ochenta?

Marcial continuó, a pesar de esto, su guerrera

estadística, pero en voz baja, dirigiéndose sólo a mi

amo, el cual no se atrevía a expresar su aprobación.

Ella siguió hablando así:

-Pero, don Rafael, no vaya usted, por Dios. Diga

usted que es de tierra, que se va a casar. Si Napoleón

quiere guerra, que la haga él solo; que venga y diga:

<Aquí estoy yo: mátenme ustedes, señores Ingleses,

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

74

o déjense matar por mí». ¿Por qué ha de estar España

sujeta a los antojos de ese caballero?

-Verdaderamente - dijo Malespina -, nuestra

unión con Francia ha sido hasta ahora desastrosa.

-¿Pues para qué la han hecho? Bien dicen que

ese Godoy es hombre sin estudios. ¡Si creerá él que

se gobierna una nación tocando la guitarra!

-Después de la paz de Basilea - continuó el joven

-, nos vimos obligados a enemistarnos con los

ingleses, que batieron nuestra escuadra en el cabo de

San Vicente.

-¡Alto allá! - declaró don Alonso, dando un

fuerte, puñetazo en la mesa -. Si el almirante Córdova

hubiera mandado orzar sobre babor a los navíos

de la vanguardia, según lo que pedían las más vulgares

leyes de la estrategia, la victoria hubiera sido

nuestra. Eso lo tengo probado hasta la saciedad, y

en el momento del combate hice constar mi opinión.

Quede, pues, cada cual en su lugar.

-Lo cierto es que se perdió la batalla -prosiguió

Malespina -. Este desastre no habría sido de grandes

consecuencias, si después la Corte de España no

hubiera celebrado con la República francesa el Tratado

de San Ildefonso, que nos puso a merced del

Primer Cónsul, obligándonos a. prestarle ayuda en

T R A F A L G A R

75

guerras que a él solo y a su grande ambición interesan.

La paz de Amiens no fue más que una tregua.

Inglaterra y Francia volvieron a declararse la guerra,

y entonces Napoleón exigió nuestra ayuda. Quisimos

ser neutrales, pues aquel convenio a nada obligaba

en la segunda guerra; pero él con tanta energía

solicitó nuestra cooperación, que para aplacarle tuvo

el Rey que convenir en dar a Francia un subsidio de

cien millones de reales, lo que equivalía a comprar a

peso de oro la neutralidad. Pero ni aun así la compramos.

A pesar de tan gran sacrificio, fuimos

arrastrados a la guerra. Inglaterra nos obligó a ello,

apresando inoportunamente cuatro fragatas que venían

de América cargadas de caudales. Después de

aquel acto de piratería, la Corte de Madrid no tuvo

más remedio que echarse en brazos de Napoleón, el

cual no deseaba otra cosa. Nuestra Marina quedó al

arbitrio del Primer Cónsul, ya emperador, quien,

aspirando a vencer por el engaño a los ingleses, dispuso

que la escuadra combinada partiese a la Martinica,

con objeto de alejar de Europa a los marinos

de la Gran Bretaña. Con esta estratagema pensaba

realizar su anhelado desembarco en esta isla; mas

tan hábil plan no sirvió sino para demostrar la impericia

y cobardía del almirante francés, el cual, de

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

76

regreso a Europa, no quiso compartir con nuestros

navíos la gloria del combate de Finisterre. Ahora, se

un las órdenes del Emperador, la escuadra combinada

debía hallarse en Brest. Dícese que Napoleón

está furioso con su almirante, y que piensa relevarle

inmediatamente.

-Pero, según dicen - indicó Marcial -, Mr. Corneta

quiere pintarla y busca una acción de guerra

que haga olvidar sus faltas. Yo me alegro, pues de

ese modo se verá quién puede y quién no puede.

-Lo indudable - prosiguió Malespina - es que la

escuadra inglesa anda cerca y con intento de bloquear

a Cádiz. Los marinos españoles opinan que

nuestra escuadra no debe salir de la bahía, donde

hay probabilidades de que venza. Mas el francés

parece que se obstina en salir.

-Veremos dijo mi amo- De todos modos el

combate será glorioso.

- Glorioso, sí - contestó Malespina Pero ¿quién

asegura que sea afortunado? Los marinos se forjan

ilusiones, y, quizá por estar demasiado cerca, no

conocen la inferioridad de nuestro armamento

frente al de los ingleses. Éstos, además de una soberbia

artillería, tienen todo lo necesario para reponer

prontamente sus averías. No digamos nada en

T R A F A L G A R

77

cuanto al personal: el de nuestros enemigos es inmejorable,

compuesto todo de viejos y muy expertos

marinos, mientras que muchos de los navíos

españoles están tripulados en gran parte por gente

de leva, siempre holgazana y que apenas sabe el oficio;

el Cuerpo de infantería tampoco es un modelo,

pues las plazas vacantes se han llenado con tropa de

tierra, muy valerosa, sin duda, pero que se marea.

-En fin - dijo mi amo -, dentro de algunos días

sabremos lo que ha de resultar de esto.

-Lo que ha de resultar ya lo sé yo - observó doña

Francisca -. Que esos caballeros, sin dejar de decir

que han alcanzado mucha gloria, volverán a casa

con la cabeza rota.

-Mujer, ¿tú qué entiendes de eso? - dijo don

Alonso sin poder contener un arrebato de enojo,

que sólo duró un instante.

Más que tú! - contestó vivamente ella -. Pero

Dios querrá preservarle a usted, señor don Rafael,

para que vuelva sano y salvo.

Esta conversación ocurría durante la cena, la

cual fue muy triste; y después de lo referido, los

cuatro personajes no dijeron una palabra. Concluída

aquélla, se verificó la despedida, que fue ternísima, y

por un favor especial, propio de aquella ocasión

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

78

solemne, los bondadosos padres dejaron solos a los

novios, permitiéndoles despedirse a sus anchas y sin

testigos, para que el disimulo no les obligara a omitir

algún accidente que fuera desahogo a su profunda

pena. Por más que hice no pude asistir al acto, y

me es, por tanto, desconocido lo que en él pasó;

pero es fácil presumir que habría todas las ternezas

imaginables por una y otra parte.

Cuando Malespina salió del cuarto, estaba más

pálido que un difunto. Despidióse a toda prisa de

mis amos, que le Abrazaron con el mayor cariño y

se fue. Cuando acudimos adonde estaba mi amita, la

encontramos hecha un mar de lágrimas: tan grande

era su dolor, que los cariñosos padres no pudieron

-calmar su espíritu con ingeniosas razones, ni atemperar

su cuerpo con los cordiales que traje a toda

prisa de la botica. Confieso que, profundamente

apenado, yo también, al ver la desgracia de los pobres

amantes, se amortiguó en mi pecho el rencorcillo

que me inspiraba Malespina. El corazón de un,

niño perdona fácilmente, y el mío era el menos dispuesto

a los sentimientos dulces y expansivos.

T R A F A L G A R

79

VII

A la mañana siguiente se me preparaba una gran

sorpresa, y a mi ama el más fuerte berrinche que

creo tuvo en su vida. Cuando me levanté, vi que don

Alonso estaba amabilísimo y su esposa más irritada

que de costumbre. Cuando ésta se fue a misa con

Rosita, advertí que el señor se daba gran prisa por

meter en una maleta algunas camisas y otras prendas

de vestir, entre las cuales iba su uniforme. Yo le

ayudé y aquello me olió a escapatoria, aunque me

sorprendía no ver a Marcial por ninguna parte. No

tardé, sin embargo, en explicarme su ausencia, pues

don Alonso, una vez arreglado su breve equipaje, se

mostró muy impaciente hasta que al fin apareció el

marinero diciendo: «Ahí está el coche. Vámonos

antes que ella venga».

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

80

Cargué la maleta, y en un santiamén don Alonso,

Marcial y yo salimos por la puerta del corral para

no ser vistos; nos subimos a la calesa, y ésta partió

tan a escape como lo permitía la escualidez del rocín

que la arrastraba y la procelosa configuración del

camino. Éste, si para caballerías era malo, para coches,

perverso; pero a pesar de los fuertes tumbos y

arcadas, apretamos el paso, y hasta que no perdimos

- de vista el pueblo, no se alivió algún tanto el martirio

de nuestros cuerpos.

Aquel viaje me gustaba extraordinariamente,

porque a los chicos toda novedad les trastorna el

juicio. Marcial no cabía en sí de gozo, y mi amo, que

al principio manifestó su alborozo casi con menos

gravedad que yo, se entristeció bastante cuando dejó

de ver el pueblo. De vez en cuando decía:

-¡Y ella tan ajena de esto! Qué dirá cuando llegue

a casa y no nos encuentre!

A mí se me ensanchaba el pecho con la vista del

paisaje, con la alegría y frescura de la mañana y, sobre

todo, con la idea de ver pronto a Cádiz y su incomparable

bahía poblada de naves; sus calles bulliciosas

y alegres; su Caleta, que simbolizaba para mí

en un tiempo lo más hermoso dé la vida, la libertad;

su plaza, su muelle y demás sitios para mí muy amaT

R A F A L G A R

81

dos. No habíamos andado tres leguas cuando alcanzamos

a ver dos caballeros montados en soberbios

alazanes, que viniendo tras nosotros se nos juntaron

en poco tiempo. Al punto reconocimos a Malespina

y a su padre, aquel señor alto, estirado y muy charlatán,

de quien antes hablé. Ambos se asombraron

de ver a don Alonso, y mucho más cuando éste les

dijo que iba a Cádiz para embarcarse. Recibió la noticia

con pesadumbre el hijo; mas el padre, que, según

entonces comprendí, era un rematado

fanfarrón, felicitó a mi amo muy campanudamente,

llamándole flor de los navegantes, espejo de los marinos

y honra de la patria. A los señores les dieron

lo que había, y a Marcial y a mí lo que sobraba, que

no era mucho. Como yo servía la mesa, pude oír la

conversación, y entonces conocí mejor el carácter

del viejo Malespina, quien si primero pasó a mis

ojos como un embustero lleno de vanidad ,después

me pareció el más gracioso charlatán que he oído en

mi vida.

El futuro suegro de mi amita, don José María

Malespina, que no tenía parentesco con el célebre

marino del mismo apellido, era coronel de artillería

retirado, y cifraba todo su orgullo en conocer a fondo

aquella terrible arma y manejarla como nadie.

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

82

Tratando de este asunto era como más lucía su imaginación

y gran desparpajo para mentir.

-Los artilleros - decía sin suspender por un momento

la acción de engullir - hacen mucha falta

abordo. ¿Qué es de un barco sin artillería? Pero

donde hay que ver los efectos de esta invención

admirable de la humana inteligencia es en tierra, señor

don Alonso. Cuando la guerra del Rosellón..., ya

sabe usted que tomé parte en aquella -campaña y

que todos los triunfos se debieron a mi acierto en el

manejo de la artillería ... La batalla de Masdeu, ¿por

qué cree usted que se ganó? El general Ricardos me

situó en una colina con cuatro piezas, mandándome

que no hiciera fuego sino cuando él me lo ordenara.

Pero yo, que veía las cosas de otra manera, me estuve

callandito hasta que una columna francesa vino a

colocarse delante de mí en tal disposición, que mis

disparos podían enfilarla de un extremo a otro. Los

franceses forman la línea con gran perfección. Tomé

bien la puntería con una de las piezas, dirigiendo

la mira a la cabeza del primer soldado... ¿Comprende

usted?... Como la línea era tan perfecta, disparé, y

izas!, la balase llevó ciento cuarenta y dos cabezas, y

no cayeron más porque el extremo de la línea se

movió un poco.

T R A F A L G A R

83

Aquello produjo gran consternación en los

enemigos; pero como éstos no comprendían mi estrategia

ni podían verme en el sitio donde estaba,

enviaron otra columna a atacar las tropas que estaban

a mi derecha, y aquella columna tuvo la misma

suerte, y otra, y otra, hasta que se ganó la batalla.

-Es maravilloso - dijo mi amo, quien, conociendo

la magnitud de la bola, no quiso, sin embargo,

desmentir a su amigo.

-Pues en la segunda campaña, al mando del

conde de la Unión, también escarmenté de lo lindo

a los republicanos. La defensa de Boulou no nos

salió bien, porque se nos acabaron las municiones;

yo, con todo ,hice un gran destrozo cargando una

pieza con las llaves de la iglesia; pero éstas no eran

muchas, y al fin, como un recurso de desesperación,

metí en el ánima del cañón mis llaves, mi reloj, mi

dinero, cuantas baratijas encontré en los bolsillos, y,

por último, hasta mis cruces. Lo particular es que

una de éstas fue a estamparse en el pecho de un general

francés, donde se le quedó como pegada y sin

hacerle daño. Él la conservó, y cuando fue a París, la

Convención le condenó no sé si a muerte o a destierro

por haber admitido condecoraciones de un gobierno

enemigo.

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

84

-¡Qué diablura! - murmuró mi amo recreándose

con tan chuscas invenciones.

-Cuando estuve en Inglaterra... - continuó el

viejo Malespina -, ya sabe usted que el Gobierno

inglés me mandó llamar para perfeccionar la artillería

de aquel país... todos los días comía con Pitt, con

Burke, con lord Nerth, con el general Conwallis y

otros personajes importantes, que me llamaban el

chistoso español. Recuerdo que una vez, estando en

Palacio, me suplicaron que les mostrase cómo era

una corrida de toros, y tuve que capear, picar y matar

una silla, lo cual divirtió mucho a toda la Corte,

especialmente al rey Jorge III, quien era muy amigote

mío, y siempre me decía que le mandase a buscar

a mi tierra aceitunas buenas. ¡Oh!, tenía mucha

confianza conmigo. Todo -su empeño era que le

enseñase palabras de español, y sobre todo algunas

de ésta nuestra graciosa Andalucía; pero nunca pudo

aprender más que otro toro y vengan esos cinco,

frase con que me saludaba todos los días cuando iba

a almorzar con él pescadillas y unas cañitas de Jerez.

-¿Eso almorzaba?

-Era lo que le gustaba más. Yo hacía llevar de

Cádiz embotellada la pescadilla; conservábase muy

T R A F A L G A R

85

bien con un específico que inventé, cuya receta tengo

e casa.

-Maravilloso. ¿Y reformó usted la artillería inglesa?

- preguntó mi amo, alentándole a seguir, porque

le divertía mucho.

Completamente. Allí inventé un cañón que no

llegó a dispararse, porque todo Londres, incluso la

Corte y los ministros, vinieron a suplicarme que no

hiciera la prueba por temor a que del estremecimiento

cayeran al suelo muchas casas.

-¿De modo que tan gran pieza ha quedado relegada

al olvido?

comprarla el Emperador de Rusia; pero no fue

posible moverla del sitio en que estaba.

-Pues bien podía usted sacarnos del apuro inventando

un cañón que destruyera de un disparo la

escuadra inglesa.

-¡Oh! - contestó Malespina En eso estoy pensando,

y creo que podré realizar mi pensamiento. Ya

le mostraré a usted los cálculos que tengo hechos,

no sólo para aumentar hasta un extremo fabuloso el

calibre de las piezas de artillería, sino para construir

placas de resistencia que defiendan los barcos y los

castillos. Es el pensamiento de toda mi vida.

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

86

A todas éstas habían concluido de comer. Nos

zampamos en un santiamén Marcial y yo las sobras,

y seguimos el viaje, ellos a caballo, marchando al

estribo, y nosotros como antes, en nuestra derrengada

calesa. La comida y los frecuentes tragos con

que la roció excitaron más aún la vena inventora del

viejo Malespina, quien por todo el camino siguió

espetándonos sus grandes paparruchas. La conversación

volvió al tema por donde había empezado: a

la guerra del Rosellón; y como don José se apresurara

a referir nuevas proezas, mi amo, cansado ya de

tanto mentir, quiso desviarle de aquella materia, y

dijo: ,desastrosa e impolítica. ¡Más nos hubiera valido

no haberla emprendido!

Oh! - exclamó Malespina -. El conde de Aranda,

como usted sabe, condenó desde el principio

esta funesta guerra con la República. ¡Cuánto hemos

hablado de esta cuestión!. . ., porque somos amigos

desde la infancia. Cuando yo estuve en Aragón, pasamos

siete meses juntos cazando en el Moncayo.

Precisamente hice construir para él una escopeta

singular.

-Sí, Aranda se opuso siempre - dijo mi amo, atajándole

en el peligroso camino de la balística.

T R A F A L G A R

87

-En efecto -continuó el mentiroso -; y si aquel

eminente defendió con tanto calor la paz con los

republicanos, fue porque yo se lo aconsejé, convenciéndole

antes de la inoportunidad de la guerra.

Mas Godoy, que ya entonces era valido, se obstinó

en proseguirla, sólo por llevarnos la contraria, según

he entendido después. Lo más gracioso es que el

mismo Godoy se vio obligado a concluir la guerra

en el verano del 95, cuando comprendió su ineficacia,

y entonces se adjudicó a sí mismo el retumbante

título de Príncipe de la Paz.

-¡Qué faltos estamos, amigo don José María dijo

mi amo de un buen hombre de Estado a la altura de

las circunstancias, un hombre que no nos entrometa

en guerras inútiles y mantenga incólume la dignidad

de la Corona!

-Pues cuando yo estuve en Madrid el año último,

e1 embustero - me hicieron proposiciones para

desempeñar la Secretaría de Estado. La reina tenía

gran empeño en ello, y el rey no dijo nada... Todos

los días le acompañaba al Pardo para tirar un par de

tiros... Hasta el mismo Godoy se hubiera conformado,

conociendo mí superioridad; y si no, no me habría

faltado un castillito donde encerrarle para que

no me diera que hacer. Pero yo rehusé, prefiriendo

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

88

vivir tranquilo en mi pueblo, y dejé los negocios

públicos en manos de Godoy. Ahí tiene usted un

hombre cuyo padre fue mozo de mulas en la dehesa

que mi suegro tenía en Extremadura.

-No sabía... - dijo don Alonso -. Aunque hombre

oscuro, yo creí que el Príncipe de la Paz pertenecía

a una familia de hidalgos, de escasa fortuna,

pero de buenos principios.

Así continuó el diálogo: el señor Malespina soltando

unas bolas como templos, y mi amo oyéndolas

con santa calma, pareciendo unas veces

enfadado y otras complacido de escuchar tanto disparate.

Si mal no recuerdo, también dijo don José

María que había aconsejado a Napoleón el atrevido

hecho del 18 brumario.

Con estas y otras cosas nos anocheció en Chiclana,

y mi amo, atrozmente quebrantado y molido a

causa del movimiento del fementido calesín, se quedó

en dicho pueblo, mientras los demás siguieron,

deseosos de llegar a Cádiz en la misma noche.

Mientras cenaron endilga Malespina nuevas mentiras,

y pude observar que su hijo las ola con pena,

como abochornado de tener por padre el más grande

embustero que crió la tierra. Despidiéronse ellos;

nosotros descansamos hasta el día siguiente por la

T R A F A L G A R

89

madrugada, hora en que proseguimos nuestro camino;

y como éste era mucho más cómodo y expedito

desde Chiclana a Cádiz que en el tramo recorrido,

llegamos al término de nuestro viaje a eso de las

once del día, sin novedad en la salud y con el alma

alegre.

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

90

VIII

No puedo describir el entusiasmo que despertó

en mi alma la vuelta a Cádiz. En cuanto pude disponer

de un rato de libertad, después que mi amo

quedó instalado en casa de su prima, salí a las calles

y corrí por ellas sin dirección fija, embriagado con la

atmósfera de mi ciudad querida.

Después de ausencia tan larga, lo que había

visto tantas veces embelesaba mi atención como

cosa nueva y extremadamente hermosa. En cuantas

persona encontraba al paso veía un rostro amigo, y

todo era para mí simpático y risueño: los hombres,

las mujeres, los viejos, los niños, los perros, hasta

las casas, pues mi imaginación juvenil observaba en

ello no sé qué de personal y animado, se me representaban

como seres sensibles; parecíame que partiT

R A F A L G A R

91

cipaban del general contento por mi llegada, remedando

en sus balcones y ventanas las facciones de

un semblante alborozado. Mi espíritu veía reflejar

en todo lo exterior su propia alegría.

Corría por las calles con gran ansiedad, como si

en un minuto quisiera verlas todas. En la plaza de

San Juan de Dios compré algunas golosinas, más

que por el gusto de comerlas, por la satisfacción de

presentarme regenerado ante las vendedoras, a

quienes me dirigí como antiguo amigo, reconociendo

a algunas como favorecedoras en mi anterior

miseria y a otras como víctimas, aun no aplacadas,

de mi inocente afición al merodeo. Las más no se

acordaban de mí; pero algunas me recibieron con

injurias, recordando las proezas de mi niñez y haciendo

comentarios tan chistosos sobre mi nuevo

empaque y la gravedad de mi persona, que tuve que

alejarme a toda prisa, no sin que lastimaran mi decoro

algunas cáscaras de frutas lanzadas por experta

mano contra mi traje nuevo. Como tenía la conciencia

de mi formalidad, estas burlas más bien me causaron

orgullo que pena.

Recorrí luego la muralla y conté todos los barcos

fondeados a la vista. Hablé con cuantos marineros

hallé al paso, -diciéndoles que yo también iba a

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

92

la escuadra, y preguntándoles con tono muy enfático

si había recalado la escuadra de Nelson. Después les

dije que Mr. Corneta era un cobarde y que la próxima

función sería buena.

Llegué por fin a la Caleta, y allí mi alegría no tuvo

límites. Bajé a la playa, y quitándome los zapatos,

salté de peñasco en peñasco; busqué a mis antiguos

amigos de ambos sexos, mas no encontré sino muy

pocos: unos eran ya hombres y habían abrazado

mejor carrera; otros habían sido embarcados por la

leva, y los que quedaban apenas me reconocieron.

La movible superficie del agua despertaba en mi

pecho sensaciones voluptuosas. Sin poder resistir la

tentación, y compelido por la misteriosa atracción

del mar, cuyoe1 ente rumor me ha parecido siempre,

no sé por qué, una voz que solicita dulcemente en la

bonanza, o llama con imperiosa cólera en la tempestad,

me desnudé a toda prisa y me lancé en él

como quien se arroja en los brazos de una persona

querida.

Nadé más de una hora, experimentando i4n placer

indecible, y, vistiéndome luego, seguí mi paseo

hacia el barrio de la Viña, en cuyas edificantes tabernas

encontré algunos de los más célebres perdidos

de mi glorioso tiempo. Hablando con ellos, yo

T R A F A L G A R

93

me las echaba de hombre de pro, y como tal gasté

en obsequiarles1 los pocos cuartos que tenía. Preguntéles

por mi tío, mas no me dieron noticia alguna

de su señoría; y luego que hubimos charlado un

poco, me hicieron beber una copa de aguardiente,

que al punto dio con mi pobre cuerpo en tierra.

Durante el período más fuerte de mi embriaguez,

creo que aquellos tunantes se rieron de mí

cuanto les dio la gana; pero una vez que me serene

un poco, salí avergonzadísimo de la taberna. Aunque

andaba muy difícilmente, quise pasar por mi

antigua casa, y vi en la puerta a una mujer andrajosa

que freía sangre y tripas. Conmovido en presencia

de mi morada natal, no pude contener el llanto, lo

cual, visto por aquella mujer sin entrañas, se le figuró

burla o estratagema para robarle sus frituras. Tuve,

por tanto, que librarme de sus manos con la

ligereza de mis pies, dejando para mejor ocasión el

desahogo de mis sentimientos.

Quise ver después la Catedral vieja, a la cual se

refería uno de los más tiernos recuerdos de mi ny

entré en ella: su recinto me pareció encantador, y

jamás he recorrido las naves de templo alguno con

tan religiosa veneración. Creo que me dieron fuertes

ganas de rezar, y que lo hice en efecto, arrodillánB

E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

94

dome en el altar donde mi madre había puesto un

exvoto por mi salvación. El personaje de cera que

yo creía mi perfecto retrato estaba allí colgado, y

ocupaba supuesto con la gravedad de las cosas santas;

pero se me parecía como un huevo a una castaña.

Aquel muñequito, que simbolizaba la piedad y el

amor materno, me infundía, sin embargo, el respeto

más vivo. Recé un rato de rodillas acordándome de

los padecimientos y de la muerte de mi buena madre,

que ya gozaba de Dios en el cielo; pero como

mi cabeza no estaba buena, a causa de los vapores

del maldito aguardiente, al levantarme me caí, y un

sacristán empedernido me puso bonitamente en la

calle. En pocas zancadas me trasladé a la del Fideo,

donde residíamos, y mi amo, al verme entrar, me

reprendió por mi larga ausencia. Si aquella falta hubiera

sido cometida ante doña Francisca, no me habría

librado de una fuerte paliza; pero mi amo era

tolerante, y no me castigaba nunca, quizá porque

tenía la conciencia de ser tan niño como yo.

Habíamos ido a residir en casa de la prima de

mi amo, la cual era una señora, a quien el lector me

permitirá describir con alguna prolijidad, por ser

tipo que lo merece. Doña Flora de Cisniega era una

vieja que se empeñaba en permanecer joven: tenía

T R A F A L G A R

95

más de cincuenta años; pero ponía en práctica todos

los artificios imaginables para engañar al mundo,

aparentando la mitad de aquella cifra aterradora.

Decir cuánto inventaba la ciencia y el arte en armónico

consorcio para conseguir tal objeto, no es empresa

que corresponde a mis escasas fuerzas.

Enumerar los rizos, moñas, lazos, trapos, adobos,

bermellones, aguas y de mas extraños cuerpos que

concurrían a la grande obra de su monumental restauración,

fatigaría la más diestra fantasía: quédese

esto, pues, para las plumas de los novelistas, si es

que la historia, buscadora de las grandes cosas, no

se apropia tan hermoso asunto. Respecto a su físico,

lo más presente que tengo es el conjunto de su rostro,

en que parecían haber puesto su rosicler todos

los pinceles de las academias presentes y pretéritas.

También recuerdo que al hablar hacía con los labios

un mohín, un repliegue, un mimo, cuyo objeto era o

achicar con gracia la descomunal boca, o tapar el

estrago de la dentadura, de cuyas filas desertaban

todos los años un par de dientes; pero aquella supina

estratagema de la presunción era tan poco afortunada

que antes la afeaba que la embellecía.

Vestía con lujo, y en su peinado se gastaban los

polvos por almudes, y como no tenía malas carnes,

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

96

a juzgar por lo que pregonaba el ancho escote y por

lo que dejaban transparentar las gasas, todo su empeño

consistía en lucir aquellas partes menos sensibles

a la injuriosa acción del tiempo, para cuyo objeto

tenía un arte maravilloso.

Era doña Flora persona muy prendada de las

cosas antiguas; muy devota, aunque no con la santa

piedad de mí doña Francisca, y grandemente se diferenciaba

de mi ama, pues así como ésta aborrecía

las glorias navales, aquélla era entusiasta por todos

los hombres de guerra en general y por los marinos

en particular. Inflamada en amor patriótico, ya que

en la madurez de su existencia no podía aspirar al

calorcillo de otro amor, y orgullosa en extremo, como

mujer y como dama española, el sentimiento

nacional se asociaba en su espíritu al estampido de

los cañones, y creía que la grandeza de los pueblos

se medía por libras de pólvora. Como no tenía hijos,

ocupaban su vida los chismes de vecinos, traídos

y llevados en pequeño círculo de dos o tres

cotorrones como ella, y se distraía también con su

sistemática afición a hablar de las cosas públicas.

Entonces no había periódicos, y las ideas políticas,

así como las noticias, circulaban de viva voz, desfiT

R A F A L G A R

97

gurándose entonces más que ahora, porque siempre

fue la palabra más mentirosa que la imprenta.

En todas las ciudades populosas, y especialmente

en Cádiz, que era entonces la más culta, había

muchas personas desocupadas que eran depositarias

de las noticias de Madrid y París, y las llevaban y

traían diligentes vehículos, enorgulleciéndose con

una misión que les daba gran importancia. Algunos

de éstos, a modo de vivientes periódicos, concurrían

a casa de aquella señora por las tardes, y esto,

además del buen chocolate y mejores bollos, atraía a

otros, ansiosos de saber lo que pasaba. Doña Flora,

ya que no podía inspirar una pasión formal ni quitarse

de encima la gravosa pesadumbre de sus cincuenta

años, no hubiera trocado aquel papel por

otro alguno, pues el centro general de las noticias

casi equivalía en aquel tiempo a la majestad de un

trono.

Doña Flora y doña Francisca se aborrecían cordialmente,

como comprenderá quien considere el

exaltado militarismo de la una y el pacífico apocamiento

de la otra. Por esto, hablando con su primo

en el día de nuestra llegada, le decía la vieja:

-Si tú hubieras hecho caso siempre de tu mujer,

todavía serías guardia marina. ¡Qué carácter! Si yo

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

98

fuera hombre y casado con mujer semejante, reventaría

como una bomba. Has hecho bien en no seguir

su consejo y en venir a la escuadra. Todavía eres

joven, Alonsito; todavía puedes alcanzar el grado de

brigadier, que tendrías ya de seguro si Paca no te

hubiese echado una calza como a los pollos para

que no salgan del corral.

Después, como mi amo, impulsado por su gran

curiosidad, le pidiese noticias, ella le dijo:

-Lo principal es que todos los marinos de aquí

están muy descontentos del almirante francés, que

ha probado su ineptitud en el viaje a la Martinica y

en el combate de Finisterre. Tal es su timidez y el

miedo que tiene a los ingleses, que al entrar aquí la

escuadra combinada en agosto último no se atrevió

a apresar el crucero inglés mandado por Collingwood,

y que sólo constaba de tres navíos. Toda nuestra

oficialidad está muy mal, por verse obligada a servir

a las órdenes de semejante hombre. Fue Gravina a

Madrid a decírselo a Godoy, previendo grandes

desaires si no ponía al frente de la escuadra un

hombre más apto; pero el ministro le contestó cualquier

cosa, porque no se atreve a resolver nada; y

como Bonaparte anda metido con los austríacos,

mientras él no decida. . . Dicen que éste también

T R A F A L G A R

99

está muy descontento de Villeneuve y que ha determinado

destituirle; pero entretanto... ¡Ah! Napoleón

debiera confiar el mando de la escuadra a algún español:

a ti, por ejemplo, Alonsito, dándote tres o

cuatro grados de mogollón,! -que a fe bien merecidos

los tienes

- ¡Oh, yo no soy para eso! -dijo mi amo con su

habitual modestia.

- O a Gravina, o a Churruca, que dicen es tan

buen marino. Si no, me temo que esto acabará mal.

Aquí no pueden ver a los franceses. Figúrate que

cuando llegaron los barcos de Villeneuve carecían

de víveres y municiones, y en el arsenal no se las

quisieron dar. Acudieron en queja a Madrid; y como

Godoy hace más que lo que quiere el embajador

francés, Mr. de Bernouville, dio orden para que se

entregara a nuestros aliados cuanto necesitasen. Mas

ni por esas. El intendente de marina y el comandante

de artillería dicen que no darán nada mientras

Villeneuve no lo pague en moneda contante y sonante.

Así, así; me parece que está muy bien parlado.

¡Pues no faltaba más sino que esos señores, con sus

manos lavadas, se fueran a llevar lo poco que tenemos!

¡Bonitos están los tiempos! Ahora cuesta todo

un ojo de la cara; la fiebre amarilla, por un lado, y

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

100

los malos tiempos! por otro, han puesto a Andalucía

en tal estado, que toda ella no vale una aljofifa; y

luego añada usted a esto los desastres de la guerra.

Verdad es que el honor nacional es lo primero, y es

preciso seguir adelante para vengar los agravios recibidos.

No me quiero acordar de lo del cabo de

Finisterre, donde por la cobardía de nuestros aliados

perdimos el Firmey el Rafael, dos navíos como

dos soles; ni de la voladura del Real Carlos, que fue

una -traición tal, que ni entre moros berberiscos

pasaría igual; ni del robo de las cuatro fragatas, ni

del combate del cabo de...

Lo que es eso... - dijo mi amo interrumpiéndola

vivamente -. Es preciso que cada cual quede en su

lugar. Si el almirante Córdova hubiera mandado virar

por...

-Sí, sí, ya sé - dijo doña Flora, que habla oído

muchas veces lo mismo en boca de mi amo -. Habrá

que darles la gran paliza, y se la daréis. Me parece

que vas a cubrirte de gloria. Así haremos rabiar a

Paca.

- Yo no sirvo para el combate -dijo mi amo con

tristeza Vengo tan sólo a presenciarlo por pura afición

y por el entusiasmo, que me inspiran nuestras

queridas banderas.

T R A F A L G A R

101

Al día siguiente de nuestra llegada recibió mi

amo la visita de un brigadier de marina, amigo antiguo,

cuya fisonomía no olvidaré jamás, a pesar de

no haberle visto más que en aquella ocasión. Era un

hombre como de cuarenta y cinco años, de semblante

hermoso y afable, con tal expresión de tristeza,

que era imposible verle sin sentir irresistible

inclinación a amarle. No usaba peluca, y sus abundantes

cabellos rubios, no martirizados por las tenazas

del peluquero para tomar la forma de ala de

pichón, se recogían concierto abandono en una gran

coleta, y estaban inundados de polvos con menos

arte del que la presunción propia de la época exigía.

Eran grandes y azules sus ojos; su nariz, muy fina,

de perfecta forma y un poco larga, sin que esto le

afeara; antes bien, parecía ennoblecer su expresivo

semblante. Su barba, afeitada con esmero, era algo

puntiaguda, aumentando así el conjunto melancólico

de su rostro oval, que indicaba más bien delicadeza

que energía. Este noble continente era realzado

por una urbanidad en los modales, por una grave

cortesanía de que ustedes no pueden formar idea

por la estirada fatuidad de los señores del día, ni por

la movible elegancia de nuestra dorada juventud.

Tenía el cuerpo pequeño, delgado y como enfermiB

E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

102

zo. Más que guerrero, aparentaba ser hombre de

estudio, y su frente, que sin, duda encerraba altos y

delicados pensamientos, no parecía la más propia

para arrostrar los horrores de una batalla. Su endeble

constitución, que sin duda contenía un espíritu

privilegiado, parecía destinada a sucumbir conmovida

al primer choque. Y, sin embargo, según después

supe, aquel hombre tenía tanto corazón como

inteligencia. Era Churruca.

El uniforme del héroe demostraba, sin ser viejo

ni raído, algunos años de honroso servicio. Después,

cuando le oí decir, por cierto sin tono de queja,

que el Gobierno le debía nueve pagas, me

expliqué aquel deterioro. Mi amo le preguntó por su

mujer, y de su contestación deduje que se había casado

poco antes, por cuya razón le compadecí, pareciéndome

muy atroz que se le mandara al combate

en tan felices días. Habló luego de su barco, el San

Juan Nepomuceno, al que mostró igual cariño que a su

joven esposa, pues, según dijo,- él lo había compuesto

y arreglado a su gusto, por privilegio especial,

haciendo de él uno de los primeros barcos de la

armada española.

Hablaron luego del tema ordinario en aquellos

días de si salía o no salía la escuadra, y el marino se

T R A F A L G A R

103

expresó largamente con estas palabras, cuya substancia

guardo en la memoria, y que después, con

datos y noticias históricas, he podido restablecer

con la posible exactitud:

-El almirante francés - dijo Churruca -, no sabiendo

qué resolución tomar, y deseando hacer algo

que ponga en olvido sus errores, se ha mostrado,

desde que estamos aquí, partidario de salir en busca

de los ingleses. El 8 de octubre escribió a Gravina,

diciéndole que deseaba celebrar a bordo del Bucentauro

un consejo de guerra para acordar lo que fuera

más conveniente. En efecto: Gravina acudió al consejo,

llevando al teniente general Alava, a los jefes

de escuadra Escaño y Cisneros, al brigadier Galiano

y a mí. De la escuadra francesa estaban los almirantes

Dumanoir y Magon, y los capitanes de navío

Cosmao, Maistral, Villiegris y Prigny.

»Habiendo mostrado Villeneuve el deseo de salir,

nos opusimos todos los españoles. La discusión

fue muy viva y acalorada, y Alcalá Galiano cruzó

con el almirante Magon palabras bastante duras, que

ocasionarán un lance de honor si antes no les ponemos

en paz. Mucho disgustó a Villeneuve nuestra

oposición, y también en el calor de la discusión dijo

frases descompuestas, a que contestó Gravina del

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

104

modo más enérgico... Es curioso el empeño de esos

señores de hacerse a la mar en busca de un enemigo

poderoso, cuando en el combate de Finisterre nos

abandonaron, quitándonos la ocasión de vencer si

nos auxiliaran a tiempo. Además, hay otras razones,

que yo expuse en el consejo, y son que la estación

avanza; que la posición más ventajosa para nosotros

es permanecer en la bahía, obligándoles a un bloqueo

que no podrán resistir, mayormente si bloquean

también a Tolón y Cartagena. Es preciso que

confesemos con dolor la superioridad de la marina

inglesa, por la perfección del armamento, por la excelente

dotación de sus buques y, sobre todo, por la

unidad con que operan sus escuadras. Nosotros,

con gente en gran parte menos diestra, con armamento

imperfecto y mandados por un jefe que descontenta

a todos, podríamos. sin embargo ,hacer la

guerra a la defensiva dentro de la bahía. Pero será

preciso obedecer, conforme a la ciega sumisión de

la Corte de Madrid, y poner barcos y marinos a merced

de los planes de Bonaparte, que no nos ha dado,

en cambio de esta esclavitud, un jefe digno de

tantos sacrificios. Saldremos, si se empeña Villeneuve;

pero si los resultados son desastrosos, quedará

consignada, para descargo nuestro, la oposición que

T R A F A L G A R

105

hemos hecho al insensato proyecto del jefe de la

escuadra combinada. Villeneuve se ha entregado a la

desesperación; su amo le ha dicho cosas muy duras,

y la noticia de que va a ser relevado le induce a cometer

las mayores locuras, esperando reconquistar

en un día su perdida reputación por la victoria o por

la muerte.

Así se expresó el amigo de mi amo. Sus palabras

hicieron en mí grande impresión, pues con ser niño,

yo prestaba gran interés a aquellos sucesos, y después,

leyendo en la Historia lo mismo de que fui

testigo, he auxiliado mi memoria con datos auténticos,

y puedo narrar con bastante exactitud.

Cuando Churruca se marchó, doña Flora y mi

amo hicieron de él grandes elogios, encomiando

sobre todo su expedición a la América meridional,

para hacer el mapa de aquellos mares. Según les oí

decir. los méritos de Churruca como sabio y como

marino eran tantos, que el mismo Napoleón le hizo

un precioso regalo y le colmó de atenciones. Pero

dejemos al marino y volvamos a doña Flora.

A los dos días de estar allí noté un fenómeno

queme disgustó sobremanera, y fue que la prima de

mi amo comenzó a prendarse de mí, es decir, que

me encontró pintiparado para ser su paje. No cesaB

E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

106

ba de hacerme toda clase de caricias, y al saber que

yo también iba a la escuadra, se lamentó de ello, jurando

que sería una lástima que perdiese un brazo,

pierna o alguna otra parte no menos importante de

mi persona, si no perdía la vida. Aquella antipatriótica

compasión me indignó, Y aun creo que dije algunas

palabras para expresar que estaba inflamado

en guerrero ardor. Mis baladronadas hicieron gracia

a la vieja, y me dio mil golosinas para quitarme el

mal humor.

Al día siguiente me obligó a limpiar la jaula de

su loro; discreto animal que hablaba como un teólogo

y nos despertaba a todos por la mañana, gritando:

Perro inglés, perro inglés. Luego me llevó consigo a

misa, haciéndome cargar la banqueta, y en la iglesia

no cesaba de volver la cabeza para -ver si estaba por

allí. Después me hizo asistir a su tocador, ante cuya

operación me quedé espantado, viendo el catafalco

de rizos y moños que el peluquero armó en su cabeza.

Advirtiendo el indiscreto estupor con que yo

contemplaba la habilidad del maestro, verdadero

arquitecto de las cabezas, doña Flora se rió mucho,

y me dijo que en vez de pensar en ir a la escuadra,

debía quedarme con ella para ser su paje; añadió que

debía aprender a peinarla, y que con el oficio de

T R A F A L G A R

107

maestro peluquero podía ganarme la vida y ser un

verdadero personaje.

No me sedujeron tales proposiciones, y le dije

concierta rudeza que más quería ser soldado que

peluquero. Esto le agradó, y como le daba el peine

por las cosas patrióticas y militares, redobló su

afecto hacia mí. A pesar de que allí se me trataba

con mimo, confieso que me, cargaba a más no poder

la tal doña Flora, y que a sus almibaradas finezas

prefería los rudos pescozones de mi iracunda doña

Francisca.

Era natural: su intempestivo cariño, sus dengues,

la insistencia con que solicitaba mi compañía,

diciendo que le encantaba mi conversación y persona,

me impedían seguir a mi amo en sus visitas a

bordo. Le acompañaba en tan dulce ocupación un

criado de suprima, y en tanto yo, sin libertad para

correr por Cádiz como hubiera deseado, me aburría

en la asa, en compañía del loro de doña Flora y de

los señores que iban allá por las tardes a decir si

saldría o no la escuadra y otras cosas menos manoseadas,

si bien más frívolas.

Mi disgusto llegó a la desesperación cuando vi

que Marcial venía a casa, y que con él iba mi amo a

bordo, aunque no para embarcarse definitivamente;

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

108

cuando esto ocurría, y cuando mi alma atribulada

acariciaba aún la débil esperanza de formar parte de

aquella expedición, doña Flora se empeñó en llevarme

a pasear a la alameda y también al Carmen a

rezar vísperas.

Esto me era insoportable, tanto más cuanto que

yo soñaba con poner en ejecución cierto atrevido

proyectillo, que consistía en ir a visitar por cuenta

propia uno de los, navíos, llevado por algún marinero

conocido, que esperaba encontrar en el muelle.

Salí con la vieja, y al pasar por la muralla deteníame

para ver los barcos; mas no me era posible entregarme

a las delicias de aquel espectáculo, por tener

que contestar a las mil preguntas de doña Flora, que

ya me tenía mareado. Durante el paseo se le unieron

algunos jóvenes y señores mayores. Parecían muy

encopetados, y eran las personas a la moda en Cádiz,

todos muy discretos y elegantes. Alguno de

ellos era poeta, o mejor dicho, todos hacían versos,

aunque malos, y me parece que les oí hablar de

cierta Academia en que se reunían para tirotearse

con sus estrofas, entretenimiento que no hacía daño

a nadie.

Como yo observaba todo, me fijé en la extraña

figura de aquellos hombres, en sus afeminados gesT

R A F A L G A R

109

tos, y, sobre todo, en sus trajes, que me parecieron

extravagantísimos. No eran muchas las personas

que vestían de aquella manera en Cádiz, y pensando

después en la diferencia que había entre aquellos

arreos y los ordinarios de la gente que yo había visto

siempre, comprendí que consistía en que éstos vestían

a la española y los amigos de doña Flora conforme

a la moda de Madrid y de París. Lo que

primero atrajo mis miradas fue la extrañeza de sus

bastones, que eran unos garrotes retorcidos y con

gruesísimos nudos. No se les veía la barba, porque

la tapaba la corbata, especie de chal, que, dando varias

vueltas alrededor del cuello y prolongándose

ante los labios, formaba una especie de cesta, una

bandeja o más bien bacía en que descansaba la cara.

El peinado consistía en un artificioso desorden, y

más que con peine, parecía que se lo habían aderezado

con una escoba; las puntas del sombrero les

tocaban los hombros; las casacas, altísimas de talle,

casi barrían el suelo con sus faldones; las botas terminaban

en punta; de los bolsillos de su chaleco

pendían multitud de dijes y sellos; sus calzones listados

se atacaban a la rodilla con un enorme lazo, y

para que tales figuras fueran completos mamarrachos,

todos llevaban un lente, que durante la conB

E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

110

versación acercaban repetidas veces al ojo derecho,

cerrando el siniestro, aunque en entrambos tuvieran

muy buena vista.

La conversación de aquellos personajes versó

sobre la salida de la escuadra, alternando con este

asunto la relación de no sé qué baile o fiesta que

ponderaron mucho, siendo uno de ellos objeto de

grandes alabanzas por lo bien que hacía trenzas con

sus ligeras piernas, bailando la gavota.

Después de haber charlado mucho, entraron

con doña Flora en la iglesia del Carmen, y allí, sacando

cada cual su rosario, rezaron que se las pelaban

un buen espacio de tiempo, y alguno de ellos

me aplicó lindamente un coscorrón en la coronilla,

porque, en vez de orar tan devotamente como ellos,

prestaba demasiada atención a dos moscas que revoloteaban

alrededor del rizo culminante del peinado

de doña Flora. Salimos, después de haber oído

un enojoso sermón, que ellos celebraron como obra

maestra; paseamos de nuevo; continuó la charla más

vivamente, porque se nos unieron unas damas vestidas

por el mismo estilo, y entre todos se armó tan

ruidosa algazara de galanterías, frases y sutilezas,

mezcladas con algún verso insulso, que no puedo

recordarlas.

T R A F A L G A R

111

¡Y en tanto Marcial y mi querido amo trataban

de fijar día y hora para trasladarse definitivamente

abordo! ¡Y yo estaba expuesto a quedarme en tierra,

sujeto a los antojos de aquella vieja que me empalagaba

con su insulso cariño! ¿Creerán ustedes que

aquella noche insistió en. que debía quedarme para

siempre a su servicio? ¿Creerán ustedes que aseguró

que me quería mucho, y me dio como prueba algunos

afectuosos abrazos y besos, ordenándome que

no lo dijera a nadie? ¡Horribles contradicciones de

la vida!, pensaba yo al considerar cuán feliz habría

sido si mi amita me hubiera tratado de aquella manera.

Yo ,turbado hasta lo sumo, le dije que quería ir

a la escuadra, y que cuando volviese me podría querer

a»P su antojo; pero que si no me dejaba realizar

mi deseo, la aborrecería tanto así, y extendí los brazos

para expresar una cantidad muy grande de aborrecimiento.

Luego, como entrase inesperadamente mi amo,

yo, juzgando llegada la ocasión de lograr mi objeto

por medio de un arranque oratorio, que había cuidado

de preparar, me arrodillé delante de él, diciéndole

en el tono más patético que, si no me llevaba a

bordo, me arrojaría desesperado al mar.

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

112

Mi amo se rió de la ocurrencia; su prima, haciendo

mimos con la boca, fingió cierta hilaridad

que le afeaba el rostro amojamado, y consintió al

fin. Dióme mil golosinas para que comiese a bordo;

me encargó que huyese de los sitios de peligro, y no

dijo una palabra más contraria a mi embarque, que

se verificó a la mañana siguiente muy temprano.

T R A F A L G A R

113

IX

Octubre era el mes, y 18 el día. De esta fecha no

me queda duda, porque al día siguiente salió la escuadra.

Nos levantamos muy temprano y fuimos al

muelle, donde esperaba un bote que nos condujo a

bordo.

Figúrense ustedes cuál sería mi estupor, ¡qué digo,

estupor!, mi entusiasmo, mi enajenación, cuando

me vi cerca del Santísima Trinidad, el mayor barco del

mundo, aquel alcázar de madera, que visto de lejos

se representaba en mi imaginación como una fabrica

portentosa, sobrenatural, único monstruo digno de

la majestad de los mares. Cuando nuestro bote pasaba

junto a un navío, yo le examinaba con cierto religioso

asombro, admirado de ver tan grandes los

cascos que me parecían tan pequeñitos desde la muB

E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

114

ralla; en otras ocasiones me parecían más chicos de

lo que mi fantasía los había forjado. El inquieto entusiasmo

de que estaba poseído me expuso a caer al

agua, cuando contemplaba con arrobamiento un

figurón de proa, objeto que más que otro alguno

fascinaba mi atención.

Por fin llegamos al Trinidad. A medida que nos

acercábamos, las formas de aquel coloso iban aumentando,

y cuando la lancha se puso al costado,

confundida en el espacio de mar donde se proyectaba,

cual en negro y horrible cristal, la sombra del

navío; cuando vi cómo se sumergía el inmóvil casco

en el agua sombría que azotaba suavemente los

costados; cuando alcé la vista y vi las tres filas de

cañones asomando sus bocas amenazadoras, por las

portas, mi entusiasmo se trocó en miedo, púseme

pálido y quedé miento asido al brazo de mi amo.

Pero en cuanto subimos y me hallé sobre cubierta,

se me ensanchó el corazón. La airosa y altísima

arboladura, la animación del alcázar, la vista

del cielo y la bahía, el admirable orden de cuantos

objetos ocupaban la cubierta, desde los coys puestos

en fila sobre la obra muerta, hasta los cabrestantes,

bombas, mangas, escotillas; la variedad de uniformes;

todo, en fin, me suspendió de tal modo, que

T R A F A L G A R

115

por un buen rato estuve absorto en la contemplación

de tan hermosa máquina, sin acordarme de nada

más.

Los presentes no pueden hacerse cargo de

aquellos magníficos barcos, ni menos del Santísima

Trinidad, por las malas estampas en que los han visto

representados. Tampoco se parecen nada a los buques

guerreros de hoy, cubiertos con su pesado arnés

de hierro, largos, monótonos, negros, y sin

accidentes muy visibles en su vasta extensión, por lo

cual me han parecido a veces inmensos ataúdes flotantes.

Creados por una época positivista, y adecuados

a la ciencia náuticomilitar de estos tiempos, que

mediante el vapor ha anulado las maniobras, fiando

el éxito del combate al poder y empuje de los navíos,

los barcos de hoy son simples máquinas de

guerra, mientras los de aquel tiempo eran el guerrero

mismo, armado de todas armas de ataque y defensa,

pero confiando principalmente en su destreza

y valor.

Yo, que observo cuanto veo, he tenido siempre

la costumbre de asociar, hasta un extremo exagerado,

ideas con imágenes, cosas con personas, aunque

pertenezcan a las más inasociables categorías. Viendo

más tarde las catedrales llamadas góticas de

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

116

nuestra, Castilla, y las de Flandes, y observando con

qué imponente majestad se destaca su compleja y

sutil fábrica entre las construcciones del gusto moderno,

levantadas por la utilidad, tales como bancos,

hospitales y cuarteles, no he podido menos de traer

a la memoria las distintas clases de naves que he

visto en mi larga vida, y he comparado las antiguas

con las catedrales góticas. Sus formas, que se prolongan

hacia arriba; el predominio de las líneas verticales

sobre las horizontales; cierto inexplicable

idealismo, algo de histórico y religioso a la vez,

mezclado con la complicación de líneas y el juego

de colores que combina a su capricho el sol, han

determinado esta asociación extravagante, que yo

me explico por la huella de romanticismo que dejan

en el espíritu las impresiones de la niñez.

El Santísima Trinidad era un navío de cuatro

puentes. Los mayores del mundo eran de tres. Aquel

coloso, construido en La Habana, con las más ricas

maderas de Cuba, en 1769, contaba treinta y seis

años de honrosos servicios. Tenía 220 pies (61 metros)

de eslora, es decir, de popa a proa; 58 pies de

manga (ancho) y 28 de puntal (altura desde la quilla

a la cubierta), dimensiones extraordinarias que entonces

no tenía ningún buque del mundo. Sus podeT

R A F A L G A R

117

rosas cuadernas, que eran un verdadero bosque,

sustentaban cuatro pisos. En sus costados, que eran

fortísimas murallas de madera, se habían abierto al

construirlo 116 troneras: cuando se le reformó,

agrandándolo en 1796, se le abrieron 130, y artillado

de nuevo en 1805, tenía sobre sus costados,

cuando yo le vi, 140 bocas de fuego, entre cañones y

carronadas. El interior era maravilloso por la distribución

de los diversos compartimientos, ya fuesen

puentes para la artillería, sollados para la tripulación,

pañoles para depósitos de víveres, cámara para los

jefes, cocinas, enfermería y demás servicios. Me

quedé absorto recorriendo las galerías y demás escondrijos

de aquel Escorial de los mares. Las cámaras

situadas a popa eran un pequeño palacio por

dentro, y por fuera una especie de fantástico alcázar;

los balconajes, los pabellones de las esquinas de

popa, semejantes a las linternas de un castillo ojival,

eran como grandes jaulas abiertas al mar, y desde

donde la vista podía recorrer las tres cuartas partes

del horizonte.

Nada más grandioso que la arboladura, aquellos

mástiles gigantescos, lanzados hacia el cielo, como

un reto a la tempestad. Parecía que el viento no había

de tener fuerza para impulsar sus enormes gaB

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118

vias. La vista se mareaba y se perdía contemplando

la inmensa madeja que formaban en la arboladura

los obenques, estáis, brazas, burdas, amantillos y

drizas que servían para sostener y mover el velamen.

Yo estaba absorto en la contemplación de tanta

maravilla, cuando sentí un fuerte golpe en la nuca.

Creí que el palo mayor se me había caído encima.

Volví la vista atontado y lancé una exclamación

de horror al ver a un hombre que me tiraba de las

orejas como si quisiera levantarme en el aire. Era mi

tío.

-¿Qué buscas tú aquí, lombriz? -me dijo en el

suave tono que le era habitual -. ¿Quieres aprender

el oficio? Oye, Juan - añadió dirigiéndose a un marinero

de feroz aspecto -, súbeme a este galápago a

la verga mayor para que se pasee por ella.

Yo eludí como pude el compromiso de pasear

por la verga, y le expliqué con la mayor cortesía que

hallándome al servicio de don Alonso Gutiérrez de

Cisniega, había venido a bordo en su compañía.

Tres o cuatro marineros, amigos de mi simpático

tío, quisieron maltratarme, por lo que resolví alejarme

de tan distinguida sociedad, y me marché a la

cámara en busca de mi amo. Los oficiales hacían su

T R A F A L G A R

119

tocado, no menos difícil a bordo que en tierra, y

cuando yo veía a los pajes ocupados en empolvar

las cabezas de los héroes a quienes servían, me pregunté

si aquella operación no era la menos a propósito

dentro de un buque, donde todos los instantes

son preciosos y donde estorba siempre todo lo que

no sea de inmediata necesidad para el servicio.

Pero la moda era entonces tan tirana como ahora,

y aun en aquel tiempo imponía de un modo

apremiante sus enfadosas ridiculeces. Hasta el soldado

tenía que emplear un tiempo precioso en hacerse

el coleto. ¡Pobres hombres! Yo les vi puestos

en fila unos tras otros, arreglando cada cual el coleto

del que tenía delante, medio ingenioso que remataba

las operaciones en poco tiempo. Después se encasquetaban

el sombrero de pieles, pesada mole, cuyo

objeto nunca me pude explicar, y luego iban a sus

puestos, si tenían que hacer guardia, o a pasearse

por el estaban libres de servicio. Los marineros

aquel ridículo apéndice capilar, y su seme parece que

no se ha modificado aquella fecha.

En la cámara, mi amo hablaba acaloradamente

con el comandante del buque, don Francisco Javier

Uriarte, y con el jefe de escuadra, don Baltasard Hidalgo

de Cisneros. Según lo poco que,o1, no, me

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

120

duda de que el general francés había dado orden de

salida para la mañana siguiente.

Esto alegró mucho a Marcial, que junto con

otros viejos marineros en el castillo de proa disertaba

ampulosamente sobre el próximo combate. Tal

sociedad me agradaba más que la de mi interesante

tío, porque los colegas de Mediohombre no se permitían

bromas pesadas con mi persona. Esta sola

diferencia hacía comprender la diversa procedencia

de los tripulantes, pues mientras unos eran marineros

de pura raza, llevados allí por la matrícula o enganche

voluntario, los otros eran gente de leva, casi

siempre holgazana, díscola, de perversas costumbres

y mal conocedora del oficio. Con los primeros

hacía yo mejores migas que con los segundos, y

asistía a todas las conferencias de Marcial. Si no temiera

cansar al lector, le referirla la explicación que

éste dio de las causas diplomáticas y políticas de la

guerra, parafraseando del modo más cómico posible

lo que había oído algunas noches antes de boca de

Malespina en casa de mis amos. Por él supe que el

novio de mi amita se había embarcado en el Nepomuceno.

Todas las conferencias terminaban en un solo

punto: el próximo combate. La escuadra debía salir

T R A F A L G A R

121

al día siguiente; ¡qué placer! Navegar en aquel gigantesco

barco, el mayor del mundo; presenciar una

batalla en medio de los mares; ver cómo era la batalla,

cómo se disparaban los cañones, cómo se apresaban

los buques enemigos ... ¡Qué hermosa fiesta!,

y luego volver a Cádiz cubiertos de gloria... Decir a

cuantos quisieran oírme: «Yo estuve en la escuadra,

lo vi todo. »decírselo también a mi amita, contándole

la grandiosa escena, y excitando su atención, su

curiosidad, su interés... ; decirle también: «Yo me

hallé en los sitios de mayor peligro, y no temblaba

por eso»; ver cómo se altera, cómo palidece y se

asusta oyendo referir los horrores del combate, y

luego mirar con desdén a todos los que digan:

«¡Contad, Gabrielito, esa cosa tan tremenda! ... »

¡Oh!, esto era más de lo que necesitaba mi imaginación

para enloquecer... Digo francamente que en

aquel día no me hubiera cambiado por Nelson.

Amaneció el 19, que fue para mi felicísimo, y no

había aún amanecido cuando yo estaba en el alcázar

de popa con mi amo, que quiso presenciar la maniobra.

Después del baldeo comenzó la operación de

levar el buque. Se izaron las grandes gavias, y el pesado

molinete, girando con su agudo chirrido,

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

122

arrancaba la poderosa áncora del fondo de la bahía.

Corrían los marineros por las vergas; manejaban

otros las brazas, prontos a la voz del contramaestre,

y todas las voces del navío, antes mudas, llenaban el

aire con espantosa algarabía. Los pitos, la campana

de proa, el discorde concierto de mil voces humanas,

mezcladas con el rechinar de los motones; el

crujido de los cabos, el trapeo de las velas azotando

los palos antes de henchirse impelidas por el viento,

todos estos varios sones acompañaron los primeros

pasos del colosal navío.

Pequeñas olas acariciaban sus costados, y la

mole majestuosa comenzó a deslizarse por la bahía

sin darla menor cabezada, sin ningún vaivén de

costado, con marcha grave y solemne, que sólo podía

apreciarse comparativamente observando la

traslación imaginaría de los buques mercantes anclados

y del paisaje.

Al mismo tiempo se dirigía la vista en derredor,

y ¡qué espectáculo, Dios mío!: treinta y dos navíos,

cinco fragatas y dos bergantines, entre españoles y

franceses, colocados delante, detrás y a nuestro costado,

se cubrían de velas y marchaban también impelidos

por el escaso viento. No he visto mañana

más hermosa. El sol inundaba de luz la magnífica

T R A F A L G A R

123

rada; un ligero matiz de púrpura teñía la superficie

de las aguas hacia Oriente, y la cadena de colinas y

lejanos montes que limitan el horizonte hacia la

parte del puerto permanecían aún encendidos por el

fuego de la pasada aurora; el cielo limpio apenas

tenía algunas nubes rojas y doradas por Levante; el

mar azul estaba tranquilo, y sobre este mar, y bajo

aquel cielo las cuarenta naves, con sus blancos velámenes,

emprendían la marcha, formando el más

vistoso escuadrón que puede presentarse ante humanos

ojos.

No andaban todos los bajeles con igual paso.

Unos se adelantaban, otros tardaron mucho en moverse;

pasaban algunos junto a nosotros, mientras

los había que se quedaban detrás. La lentitud de su

marcha; la altura de su aparejo, cubierto de lona;

cierta misteriosa armonía que mis oídos de niño

percibían saliendo de los gloriosos cascos, especie

de himno que sin duda resonaba dentro de mí mismo;

la claridad del día, la frescura del ambiente, la

belleza del mar, que fuera de la bahía parecía agitarse

con gentil alborozo a la aproximación de la flota,

formaban el más imponente cuadro que puede imaginarse.

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

124

Cádiz, en tanto, como un panorama giratorio, se

escorzaba a nuestra vista, presentándonos sucesivamente

las distintas facetas de su vasto circuito. El

sol, encendiendo los vidrios de sus mil miradores,

salpicaba la ciudad con polvos de oro, y su blanca

mole se destacaba tan limpia y pura sobre las aguas,

que parecía haber sido creada en aquel momento o

sacada del mar como la fantástica ciudad de San

Jenaro. Vi el desarrollo de la muralla desde el muelle

hasta el castillo de Santa Catalina; reconocí el baluarte

del Bonete, el baluarte del Orejón, la Caleta, y

me llené de orgullo considerando de dónde había

salido y dónde estaba.

Al mismo tiempo llegaba a mis oídos como música

misteriosa el son de las campanas de la ciudad

medio despierta, tocando a misa, con esa algazara

charlatana de las campanas de un gran pueblo. Ya

expresaban alegría, como un saludo de buen viaje, y

yo escuchaba el rumor cual si fuese de humanas voces

que nos daban la despedida, ya me parecían sonar

tristes y acongojadas anunciándonos una

desgracia, y a medida que nos alejábamos, aquella

música se iba apagando, hasta que se extinguió difundida

en el inmenso espacio.

T R A F A L G A R

125

La escuadra salía lentamente: algunos barcos

emplearon muchas horas para hallarse fuera. Marcial,

durante la salida, iba haciendo comentarios sobre

cada buque, observando su marcha,

motejándoles si eran pesados, animándoles con paternales

consejos si eran ligeros y zarpaban pronto.

-¡Qué pesado está D. Federico! - decía observando

el Príncipe de Asturias, mandado por Gravina ¡Allá

va Mr. Corneta! - exclamaba mirando al Bucentauro,

navío general -. ¡Bien haiga quien te puso Rayo! - decía

irónicamente, mirando al navío de este nombre,

que era el más pesado de toda la escuadra- Bien por

papá Ignacio! - añadía dirigiéndose al Santa Ana, que

montaba Alava -. ¡Echa toda la gavia, pedazo de

tonina! - decía contemplando el navío de Dumanoir

-. Este gabacho tiene un peluquero para rizar la gavia

y carga las velas con tenacillas.

El cielo se enturbió por la tarde, y al anochecer,

hallándonos ya a gran distancia, vimos a Cádiz perderse

poco a poco entre la bruma, hasta que se confundieron

con las tintas de la noche sus últimos

contornos. La escuadra tomó rumbo al Sur.

Por la noche no me separé de él, una vez que

dejé a mi amo muy bien arrellanado en su camarote.

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

126

Rodeado de dos colegas y admiradores, les explicaba

el plan de Villeneuve del modo siguiente:

-Mr. Corneta ha dividido la escuadra en cuatro

cuerpos. La vanguardia, que es mandada por Álava,

tiene siete navíos; el centro, que lleva siete, y lo manda

Mr. Corneta en persona; la retaguardia, también

de siete, que va mandada por Dumanoir, y el cuerpo

de reserva, compuesto de doce navíos, que manda

don Federico. No me parece que está esto mal pensado.

Por supuesto que van los barcos españoles

mezclados con los gabachos, para que no nos dejen

en las astas del toro, como sucedió en Finisterre.

>Según me ha referido don Alfonso, el francés

ha dicho que si el enemigo se nos presenta a sotavento,

formaremos la línea de batalla y caeremos

sobre él ... Esto está muy guapo, dicho en el camarote;

pero ya ... ¿El Señorito va a ser tan buey que se

nos presente a sotavento? Sí, porque tiene poco

farol (inteligencia) su señoría para dejarse pescar así...

Veremos a ver si vemos lo que espera el francés. . Si el

enemigo se presenta a barlovento y nos ataca, debemos

esperarle en línea de batalla; y como tendrá

que dividirse para atacarnos, si no consigue romper

nuestra línea, nos será muy fácil vencerle. A ese señor

todo le parece fácil. (Rumores.) Dice también

T R A F A L G A R

127

que no hará señales, y que todo lo espera de cada

capitán. ¡Si iremos a ver lo que yo vengo predicando

desde que se hicieron esos malditos Tratados de

sursillos, y es que..., más vale callar! ... ¡Quiera Dios! ...

Ya les he dicho a ustedes que Mr. Corneta no sabe

lo que tiene entre manos, y que no le caben cincuenta

barcos en la cabeza. ¡Cuidado con un almirante

que llama a sus capitanes el día antes de una

batalla y les dice que haga cada uno lo que le diere la

gana! ... Pos pa eso... (Grandes muestras de asentimiento.)

En fin, allá veremos... Pero vengan acá ustedes

y díganme: si nosotros, los españoles,

queremos desfondar a unos cuantos barcos ingleses,

¿no nos bastamos y nos sobramos para ello? Pues

¿a cuenta qué hemos de juntarnos con franceses que

no nos dejan hacer lo que nos sale de dentro, sino que

hemos de ir a remolque de sus señorías? Siempre di

cuando fuimos con ellos, siempre di cuando salimos

destaponados... En fin. . ., ¡Dios y la Virgen del Carmen

vayan con nosotros y nos libren de amigos

franceses para siempre jamás amén>. (Grandes

aplausos.)

Todos asistieron a su opinión. Su conferencia

duró hasta hora avanzada, elevándose desde la profesión

naval hasta la ciencia diplomática. La noche

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

128

fue serena, y navegábamos con viento fresco. Se me

permitirá que al hablar de la escuadra diga nosotros.

Yo estaba tan orgulloso de encontrarme a bordo del

Santísima Trinidad, que me llegué a figurar que iba a

desempeñar algún papel importante en tan alta ocasión,

y por eso no dejaba de gallardearme con los

marineros, haciéndoles ver que yo estaba allí para

alguna cosa útil.

T R A F A L G A R

129

X

Al amanecer del día 20 el viento soplaba con

mucha fuerza, y por esta causa los navíos estaban

muy distantes unos de otros. Mas habiéndose calmado

el viento poco después de mediodía, el buque

almirante hizo señales de que se formasen las cinco

columnas: vanguardia, centro, retaguardia y los dos

cuerpos que componían la reserva.

Yo me deleitaba viendo cómo acudían dócilmente

a la formación aquellas moles, y aunque a

causa de la diversidad de sus condiciones marineras

las maniobras no eran muy rápidas y las líneas formadas

poco perfectas, siempre causaba admiración

contemplar aquel ejercicio. El viento soplaba del

SO., según dijo Marcial, que lo había profetizado

desde por la mañana, j la escuadra, recibiéndole por

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

130

estribor, marchó en dirección del Estrecho. Por la

noche se vieron algunas luces, y al amanecer del 21

vimos veintisiete navíos por barlovento, entre los

cuales Marcial designó siete e tres puentes. A eso de

las ocho, los treinta tres barcos de la flota enemiga

estaban a la vista, formados en dos columnas.

Nuestra escuadra formaba una larguísima línea, y,

según las apariencias, las dos columnas de Nelson,

dispuestas en forma de cuña, avanzaban como si

quisieran cortar nuestra línea por el centro y retaguardia.

Tal era la situación de ambos contendientes

cuando el Bucentauro hizo señal de virar en redondo.

Ustedes quizás no entiendan esto; pero les diré que

consistía en variar diametralmente de rumbo, es decir,

que si antes el viento impulsaba nuestros navíos

por estribor, después de aquel movimiento nos daba

por babor, de modo que marchábamos en dirección

casi opuesta a la que antes teníamos. Las proas se

dirigían al N., y este movimiento, cuyo objeto era

tener a Cádiz bajo el viento, para arribar a él en caso

de desgracia, fue muy criticado a bordo del Trinidad,

y especialmente por Marcial, que decía:

-Ya se esparrancló la línea de batalla, que antes era

mala y ahora es peor.

T R A F A L G A R

131

Efectivamente, la vanguardia se convirtió en

retaguardia, y la escuadra de reserva, que era la mejor,

según oí decir, quedó a la cola. Como el viento

era flojo, los barcos de diversa andadura y la tripulación

poco diestra, la nueva línea no pudo formarse

ni con rapidez ni con precisión: unos navíos andaban

muy aprisa y se precipitaban sobre el delantero;

otros marchaban poco, rezagándose, o se desviaban,

dejando un gran claro que rompía la línea antes

de que el ase el trabajo de hacerlo.

Se mandó restablecer el orden; pero por obediente

que sea un buque, no es tan fácil de manejar

como un caballo. Con este motivo, y observando las

maniobras de los barcos más cercanos. Mediohombre

decía:

-La línea es más larga que el Camino de Santiago.

Si el Señorito la corta, ¡adiós mi bandera!, perderíamos

hasta el modo de andar, manque los pelos se

nos hicieran cañones. Señores, nos van a dar julepe

el centro. ¿Cómo pueden venir a ayudarnos el Juan y

el Bahama, que están a la cola, ni el Neptuno ni el Rayo,

que están a la cabeza? (Rumores de aprobación.)

Además, estamos a sotavento, y los pueden elegir el

punto que quieran para Bastante haremos nosotros

con defendernos como podamos. Lo que digo es

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

132

que Dios nos saque bien y nos libre de franceses

por siempre jamás amén Jesús.

El sol avanzaba hacia el cenit, y el enemigo estaba

ya encima.

-¿Les parece a ustedes que ésta es hora de empezar

un combate? ¡Las doce del día! - exclamaba

con ira el marinero, aunque no se atrevía a hacer

demasiado pública su demostración, ni estas conferencias

pasaban de un pequeño círculo, dentro del

cual yo, llevado de mi sempiterna insaciable curiosidad,

me había ingerido.

No sé por qué me pareció advertir en todos los

semblantes cierta expresión de disgusto. Los oficiales,

en el alcázar de popa, y los marineros y contramaestres,

en el de proa, observaban los navíos

sotaventados y fuera de línea, entre los cuales había

cuatro pertenecientes al centro.

Se me había olvidado mencionar una operación

preliminar del combate, en la cual tomé parte. Hecho

por la mañana el zafarrancho, preparado ya todo

lo concerniente al servicio de piezas y lo relativo

a maniobras, oí que dijeron:

«¡La arena, extender la arena>

Marcial me tiró de la oreja, y llevándome a una

escotilla, me hizo colocar en línea con algunos maT

R A F A L G A R

133

rinerillos de leva, grumetes y gente de poco más o

menos. Desde la escotilla hasta el fondo de la bodega

se habían colocado, escalonados en los entrepuentes,

algunos marineros, y de este modo iban

sacando los sacos de arena. Uno se lo daba al que

tenía al lado, éste al siguiente, y de este modo se sacaba

rápidamente y sin trabajo cuanto se quisiera.

Pasando de mano en mano, subieron de la bodega

multitud de sacos, y mi sorpresa fue grande cuando

vi que los vaciaban sobre la cubierta, sobre el alcázar

y castillos, extendiendo la arena hasta cubrir toda

la superficie de los tablones. Lo mismo hicieron

en los entrepuentes. Por satisfacer mi curiosidad,

pregunté al grumete que tenía al lado:

-Es para la sangre - me contestó con indiferencia.

-¡Para la sangre! - repetí yo, sin poder reprimir

un movimiento de terror.

Miré la arena; miré a los marineros, que con

gran algazara se ocupaban de aquella faena, y por un

instante me sentí cobarde. Sin embargo, la imaginación,

que entonces predominaba en mí, alejó de mi

espíritu todo temor, y no pensé más que en triunfos

y agradables sorpresas.

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

134

El servicio de los cañones estaba listo, y advertí

también que las municiones pasaban de los pañoles

al entrepuente por medio de una cadena humana,

semejante a la que había sacado la arena del fondo

del buque.

Los ingleses avanzaban para atacarnos en dos

grupos. Uno se dirigía hacia nosotros, y traía en su

cabeza, o en el vértice de la cuña, un gran navío con

insignia de almirante. Después supe que era el Victory

y que lo mandaba Nelson. El otro traía a su

frente el Royal Sovereign, mandado por Collingwood.

Todos estos hombres, así como las particularidades

estratégicas del combate, han sido estudiados

por mí más tarde.

Mis recuerdos, que son clarísimos en todo lo

pintoresco y material, apenas me sirven en lo relativo

a operaciones que entonces no comprendía. Lo e

oí con frecuencia de boca de Marcial, unido a lo que

después he sabido, pudo darme a conocer la formación.

de nuestra escuadra; y para que ustedes lo

comprendan bien, les pongo aquí una lista de nuestros

navíos, indicando los desviados, que dejaban

un claro, la nacionalidad y la forma en que fuimos

atacados.

Poco más o menos, era así:

T R A F A L G A R

135

Neptuno, E..............

Scipion, F................

Rayo, E...................

Formidable, F.........

Duguay, F................

Mont-Blanc, F.........

Asís, E....................

PRIMER CUERPO Agustín E................

Mandado por Nelson Héros, F...................

Trinidad, E..............

Victory Bucentauro, F..........

Neptune, F...............

Redoutable, F..........

Intrépide, F..............

SEGUNDO CUERPO Leandro, E..............

Mandado por Collingwoord

Justo, E......................

Royal Sovereign Indomptable, F..........

Santa Ana, E .............

Fougueux,F...............

Monarca, E...............

Plutón, F...................

Bahama, E.................

Aigle, F.....................

Montañés, E..............

Algeciras, E...............

Argonauta, E.............

Swift-Sure, F.............

Argonaute, F............

Ildefonso, E..............

Achilles, F................

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

136

Príncipe de Asturias, E....

Berwick, F.......................

Nepomuceno, E...............

Eran las doce menos cuarto. El terrible instante

se aproximaba. La ansiedad era general, y no digo

esto juzgando por lo que pasaba en mi espíritu, pues

atento a los movimientos del navío en que se decía

estaba Nelson, no pude por un buen rato darme

cuenta -de lo que pasaba a mi alrededor.

De repente nuestro comandante dio una orden

terrible. La repitieron los contramaestres. Los marineros

corrieron hacia los cabos, chillaron los motones,

trapearon las gavias.

-¡En facha, en facha! - exclamó Marcial, lanzando

con energía un juramento -. ¡Ese condenado se

nos quiere meter por la popa!

Al punto comprendí que se había mandado detenerla

marcha del Trinidad para estrecharle contra

el, Bucentauro que venía detrás, porque el Victory parecía

venir dispuesto a cortar la línea por entre los

dos navíos.

Al ver la maniobra de nuestro buque, pude observar

que gran parte de la tripulación no tenía toda

aquella desenvoltura propia de los marineros famiT

R A F A L G A R

137

liarizados, como Marcial, con la guerra y con la

tempestad. Entre los soldados vi algunos que sentían

el malestar del mareo y se agarraban a los

obenques para no caer. Verdad es que había gente

muy decidida, especialmente en la clase de voluntarios;

pero, por lo común, todos eran de leva; obedecían

las órdenes como de mala gana, y estoy seguro

de que no tenían ni el más leve sentimiento del patriotismo.

No les hizo dignos del combate más que

el combate mismo, como advertí después. A pesar

del distinto temple moral de aquellos hombres, creo

que en los solemnes momentos que precedieron al

primer cañonazo, la idea de Dios estaba en todas las

cabezas.

Por lo que a mí toca, en toda la vida ha experimentado

mi alma sensaciones iguales a las de aquel

momento. A pesar de mis pocos años, me hallaba

en disposición de comprender la gravedad del suceso,

y por primera vez, después que existía, altas concepciones,

elevadas imágenes y generosos

pensamientos ocuparon mi mente. La persuasión de

la victoria estaba tan arraigada en mi ánimo, que me

inspiraban cierta lástima los ingleses, y les admiraba

al verles buscar con tanto afán una muerte segura.

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

138

Por primera vez entonces percibí con completa

claridad la idea de la patria, y mi corazón respondió

a ella con espontáneos sentimientos, nuevos hasta

aquel momento en mi alma. Hasta entonces la patria

se me representaba en las personas que gobernaban

la nación, tales como el Rey y su célebre ministro, a

quienes no consideraba con igual respeto. Como yo

no sabía más Historia que la que aprendí en la Caleta,

para mí era de ley que debía uno entusiasmarse

al oír que los españoles habían matado muchos moros

primero, y gran pacotilla de ingleses y franceses

después. Me representaba, pues, a mi país como

muy valiente; pero el valor que yo concebía era tan

parecido a la barbarie como un huevo a otro huevo.

Con tales pensamientos, el patriotismo no era para

mí más que el orgullo de pertenecer a aquélla casta

de matadores de moros.

Pero en el momento que precedió al combate,

comprendí todo lo que aquella divina palabra significaba,

y la idea de nacionalidad se abrió paso en mi

espíritu, iluminándolo, y descubriendo infinitas maravillas,

como el sol que disipa la noche, y saca de la

obscuridad un hermoso paisaje. Me representé a mi

país como una inmensa tierra poblada de gentes,

todos fraternalmente unidos; me representé la soT

R A F A L G A R

139

ciedad dividida en familias, en las cuales había esposas

que mantener, hijos que educar, hacienda que

conservar, honra que defender; me hice cargo de un

pacto establecido entretantos seres para ayudarse y

sostenerse contra un ataque de fuera, y comprendí

que por todos habían sido hechos aquellos barcos

para defender la patria, es decir, el terreno en que

ponían sus plantas, el surco regado con su sudor, la

casa donde vivían sus ancianos padres, el huerto

donde jugaban sus hijos, la colonia descubierta y

conquistada por sus ascendientes, el puerto donde

amarraban su embarcación fatigada del largo viaje,

el almacén donde depositaban sus riquezas; la iglesia,

sarcófago de sus mayores, habitáculo de sus

santos y arca de sus creencias; la plaza, recinto de

sus alegres pasatiempos; el hogar doméstico, cuyos

antiguos muebles, transmitidos de generación en

generación, parecen el símbolo de la perpetuidad de

las naciones; la cocina, en cuyas paredes ahumadas

parece que no se extingue nunca el eco de los

cuentos con que las abuelas amansan la travesura e

inquietud de los nietos; la calle, donde se ve desfilar

caras amigas; el campo, el mar, el cielo; todo cuanto

desde el nacer se asocia a nuestra existencia desde el

pesebre de un animal querido hasta el trono de reB

E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

140

yes patriarcales; todos los objetos en que vive prolongándose

nuestra alma, como si el propio cuerpo

n ole bastara.

Yo creía también que las cuestiones que España

tenía con Francia o con Inglaterra eran siempre porque

alguna de estas naciones quería quitarnos algo,

en lo cual no iba del todo descaminado. Parecíame,

por tanto, tan legítima la defensa como brutal la

agresión; como había oído decir que la justicia triunfaba

siempre, no dudaba de la victoria. Mirando

nuestras banderas rojas y amarillas, los colores

combinados que mejor representan al fuego, sentí

que mi pecho se ensanchaba; no pude contener algunas

lágrimas de entusiasmo; me acordé de Cádiz,

de Vejer; me acordé de todos los españoles, a quienes

consideraba asomados a una gran azotea, contemplándonos

con ansiedad; y todas estas ideas y

sensaciones llevaron finalmente mi espíritu hacia

Dios, a quien dirigí una oración que no era Padrenuestro

ni Avemaría, sino algo nuevo que a mi se me

ocurrió entonces. Un repentino estruendo me sacó

de mi arrobamiento, haciéndome estremecer con

violentísima sacudida. Había sonado el primer cañonazo.

T R A F A L G A R

141

XI

Un navío de la retaguardia disparó el primer tiro

contra el Royal Soverreign, que mandaba Collingwood.

Mientras trababa combate con éste el Santa Ana, el

Victory se dirigía contra nosotros. En el Trinidad todos

demostraban gran ansiedad por comenzar el

fuego; pero nuestro comandante esperaba el momento

más favorable. Como si unos navíos se lo

comunicaran a los otros, cual piezas pirotécnicas

enlazadas por una mecha común, el fuego se corrió

desde el Santa Ana hasta los dos extremos de la línea.

El Victory atacó primero al Redoutable, francés, y

rechazado por éste, vino a quedar frente a nuestro

costado p 'barlovento. El momento terrible había

llegado: cien voces dijeron ¡fuego!, repitiendo como

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

142

un eco infernal la del comandante, y la andanada

lanzó cincuenta proyectiles sobre el navío inglés.

Por un instante el humo me quitó la vista del enemigo.

Pero éste, ciego de coraje, se venia sobre nosotros

viento en popa. Al llegar a tiro de fusil, orzó y

nos descargó su andanada. En el tiempo que medió

de uno a otro disparo, la tripulación, que había podido

observar el daño hecho al enemigo, redobló su

entusiasmo. Los cañones se servían con presteza,

aunque no sin cierto entorpecimiento, hijo de la poca

práctica de algunos cabos de cañón. Marcial hubiera

tomado por su cuenta de buena gana la

empresa de servir una de las piezas de cubierta; pero

su cuerpo mutilado no era capaz de responder al

heroísmo de su alma. Se contentaba con vigilar el

servicio de la cartuchería, y con su voz y con su

gesto alentaba a los que servían las piezas.

El Bucentauro, que estaba a nuestra popa, hacía

fuego igualmente sobre el Victory y el Temerary,

otro4poderoso navío inglés. Parecía que el navío de

Nelson iba a caer en nuestro poder, porque la artillería

del Trinidad le había destrozado el aparejo, y

vimos con orgullo que perdía su palo de mesana.

En el ardor de aquel primer encuentro, apenas

advertí que algunos de nuestros marineros caían

T R A F A L G A R

143

heridos o muertos. Yo, puesto en el lugar donde

creía estorbar menos, no cesaba de contemplar al

comandante, que mandaba desde el alcázar con serenidad

heroica, y me admiraba de ver a mi amo con

menos calma, pero con más entusiasmo, alentando a

oficiales y marineros con su ronca vocecilla.

-¡Ah! - dije Yo para mí -. ¡Si te viera ahora doña

Francisca!

Confesaré que yo tenía momentos de un miedo

terrible, en que me hubiera escondido nada menos

que en el mismo fondo de la bodega, y otros de

cierto delirante arrojo en que me arriesgaba a ver

desde los sitios de mayor peligro aquel gran espectáculo.

Pero, dejando a un lado mi humilde persona,

voy a narrar el momento más terrible de nuestra

lucha con el Victory. El Trinidad le destrozaba con

mucha fortuna, cuando el Temerary, ejecutando una

habilísima maniobra, se interpuso entre los dos

combatientes, salvando a su compañero de nuestras

balas. En seguida se dirigió a cortar la línea por la

popa del Trinidad, y como el Bucentauro, durante el

fuego, se había estrechado contra éste hasta el punto

de tocarse los penoles, resultó un gran claro, por

donde se precipitó el Temerary, que viro prontamente,

y colocándose a nuestra aleta de babor, nos disB

E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

144

paró por aquel costado, hasta entonces ileso. Al

mismo tiempo, el Neptune, otro poderoso navío inglés,

colocóse donde antes estaba el Victory; éste se

sotaventó, de modo que en un momento el Trinidad

se encontró rodeado de enemigos que le acribillaban

por todos lados

En el semblante de mi amo, en la sublime cólera

de Uriarte, en los juramentos de los marineros amigos

de Marcial, conocí que estábamos perdidos, y la

idea de la derrota angustió mi alma. La línea de la

escuadra combinada se hallaba rota por varios

puntos, y al orden imperfecto con que se había formado

después de la vira en -redondo, sucedió el

más terrible desorden. Estábamos envueltos por el

enemigo, cuya artillería lanzaba una espantosa lluvia

de balas y de metralla sobre nuestro navío, lo mismo

que sobre el Bucentauro. El Agustín, el Héros y el

Leandro se batían lejos de nosotros, en posición algo

desahogada, mientras el Trinidad, lo mismo que el

navío almirante, sin poder disponer de sus movimientos,

cogidos en terrible escaramuza por el genio

del gran Nelson, luchaban heroicamente, no ya

buscando una victoria imposible, sino movidos por

el afán de perecer con honra.

T R A F A L G A R

145

Los cabellos blancos que hoy cubren mi cabeza

se erizan todavía al recordar aquellas tremendas horas,

principalmente desde las dos a las cuatro de la

tarde. Se me representaban los barcos, no como ciegas

máquinas de guerra, obedientes al hombre, sino

como verdaderos gigantes, seres vivos y monstruosos

que luchaban por sí, poniendo en acción, como

ágiles miembros, su velamen, y cual terribles armas,

la poderosa artillería de sus costados. Mirándolos,

mi imaginación no podía menos de personalizarlos,

y aun ahora me parece que los veo acercarse, desafiarse,

orzar con ímpetu para descargar su andanada,

lanzarse al abordaje con ademán provocativo, retroceder

con ardiente coraje para tomar más fuerza,

mofarse del enemigo, increparle; me parece que les

veo expresar el dolor de la herida, o exhalar noblemente

el gemido de la muerte, como el gladiador

que no olvida el decoro en la agonía; me parece oír

el rumor de las tripulaciones, como la voz que sale

de un pecho irritado, a veces alarido de entusiasmo,

a veces sordo mugido de desesperación, precursor

de exterminio; ahora himno de júbilo que indica la

victoria, después algazara rabiosa que se pierde en el

espacio, haciendo lugar a un terrible silencio que

anuncia la vergüenza de la derrota.

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

146

El espectáculo que ofrecía el interior del Santísima

Trinidad era el de un infierno. Las maniobras habían

sido abandonadas, porque el barco no se

movía ni podía moverse. Todo el empeño consistía

en servir las piezas con la mayor presteza posible,

correspondiendo así al estrago que hacían los proyectiles

enemigos. La metralla inglesa rasgaba el velamen,

como si grandes e invisibles uñas le hicieran

trizas. Los pedazos de obra muerta, los trozos de

madera, los gruesos obenques segados cual haces de

espigas, los motones que caían, los trozos de velamen,

los hierros, cabos y demás despojos arrancados

de su sitio por el cañón enemigo, llenaban la

cubierta, donde apenas había espacio para moverse.

De minuto en minuto caían al suelo o al mar multitud

de hombres llenos de vida; las blasfemias de los

combatientes se mezclaban a los lamentos de los

heridos, de tal modo que no era posible distinguir si

insultaban a Dios los que morían o le llamaban con

angustia los que luchaban.

Yo tuve que prestar auxilio en una faena tristísima,

cual era la de transportar heridos a la bodega,

donde estaba la enfermería. Algunos morían antes

de llegar a ella, y otros tenían que sufrir dolorosas

operaciones antes de poder reposar un momento su

T R A F A L G A R

147

cuerpo fatigado. También tuve la indecible satisfacción

de ayudar a los carpinteros, que a toda prisa

procuraban aplicar, tapones a los agujeros hechos

en el casco; pero por causa de mi poca fuerza no

eran aquellos auxilios tan eficaces como yo habría

deseado.

La sangre corría en abundancia por la cubierta y

los puentes, y a pesar de la arena, el movimiento del

buque la llevaba de aquí para allí, formando fatídicos

dibujos. Las balas de cañón, de tan cerca disparadas,

mutilaban horriblemente los cuerpos, y era

frecuente ver rodar a alguno, arrancada a cercén la

cabeza, cuando la violencia del proyectil no arrojaba

la víctima al mar, entre cuyas ondas debía perderse

casi sin dolor la última noción de la vida. Otras balas

rebotaban contra un palo o contra la obra

muerta, levantando granizada de astillas que herían

como flechas. La fusilería de las cofas y la metralla

de las carronadas esparcían otra muerte menos rápida

y más dolorosa, y fue raro el que no salió marcado

más o menos gravemente por el plomo y el

hierro de nuestros enemigos.

De tal suerte combatida y sin poder de ningún

modo devolver iguales destrozos, la tripulación,

aquella alma del buque, se sentía perecer, agonizar

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

148

con desesperado coraje, y el navío mismo, aquel

cuerpo glorioso, retemblaba al golpe de las balas.

Yo le sentía estremecerse en la terrible lucha: crujían

sus cuadernas, estallaban sus baos, rechinaban sus

puntales a manera de miembros que retuerce el dolor,

y la cubierta trepidaba bajo mis pies con ruidosa

palpitación, como si a todo el inmenso cuerpo del

buque se comunicara la indignación y los dolores de

sus tripulantes. En tanto, el agua penetraba por los

mil agujeros y grietas del casco acribillado y comenzaba

a inundar la bodega.

El Bucentauro, navío general, se rindió a nuestra

vista. Villeneuve había arriado bandera. Una vez entregado

el jefe de la escuadra, ¿qué esperanza quedaba

a los buques? El pabellón francés desapareció de

la popa de aquel gallardo navío, y cesaron sus fuegos.

El San Agustín y el Héros se sostenían todavía, y

el Rayo y el Neptuno, pertenecientes a la vanguardia,

que habían venido a auxiliarnos, intentaron en vano

salvarnos de los navíos enemigos, que nos asediaban.

Yo pude observar la parte del combate más

inmediata al Santísima Trinidad, porque del resto de

la línea no era posible ver nada. El viento parecía

haberse detenido, y el humo se quedaba, sobre

nuestras cabezas, envolviéndonos en su espesa

T R A F A L G A R

149

blancura, que las miradas no podían penetrar. Distinguíamos

tan sólo el aparejo de algunos buques

lejanos, aumentados de un modo inexplicable por

no sé qué efecto óptico, o porque el pavor de aquel

sublime momento agrandaba todos los objetos.

Disipóse por un momento la densa penumbra,

¡pero de qué manera tan terrible! Detonación espantosa,

más fuerte que la de los mil cañones de la

escuadra disparando a un tiempo, paralizó a todos,

produciendo general terror. Cuando el oído recibió

tan fuerte impresión, claridad vivísima habla iluminado

el ancho espacio ocupado, por las dos flotas,

rasgando el velo de humo, y presentóse a nuestros

ojos todo el panorama del combate. La terrible explosión

había ocurrido hacia el Sur, en el sitio ocupado

antes por la retaguardia.

-Se ha volado un navío - dijeron todos.

Las opiniones fueron diversas, y se dudaba si el

buque volado era el Santa Ana, el Argonauta, el Ildefonso

o el Bahama. Después se supo que había sido el

francés nombrado Achilles. La expansión de los gases

desparramó por mar y cielo en pedazos mil

cuanto momentos antes constituía un hermoso navío

con 74 cañones y 600 hombres de tripulación.

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

150

Algunos segundos después de la explosión, ya

no pensábamos más que en nosotros mismos.

Rendido el Bucentauro, todo el fuego enemigo se

dirigió contra nuestro navío, cuya pérdida era ya segura.

El entusiasmo de los primeros momentos se

había apagado en mí, y mi corazón se llenó de un

terror que me paralizaba, ahogando todas las funciones

de mi espíritu, excepto la curiosidad. Ésta era

tan irresistible que me obligó a salir a los sitios de

mayor peligro. De poco servía ya mi escaso auxilio,

pues ni aun se trasladaban los heridos a la bodega,

por ser muchos, y las piezas exigían el servicio de

cuantos conservaban un poco de fuerza. Entre éstos

vi a Marcial que se multiplicaba gritando y moviéndose

conforme a su poca agilidad, y era a la vez

contramaestre, marinero, artillero, carpintero y

cuanto había que ser en tan terribles instantes. Nunca

cruel que desempeñara funciones correspondientes

a tantos hombres el que no podía

considerarse sino como la mitad de un cuerpo humano.

Un astillazo le había herido en la cabeza, y la

sangre, tiñéndole la cara, le daba horrible aspecto.

Yo le vi agitar sus labios, bebiendo aquel líquido, y

luego lo escupía con furia fuera del portalón, como

T R A F A L G A R

151

si también quisiera herir a salivazos a nuestros enemigos.

Lo que más me asombraba, causándome cierto

espanto, era que Marcial, aun en aquella escena de

desolación, profería frases de buen humor, no sé si

por alentar a sus decaídos compañeros o porque de

este modo acostumbraba alentarse a sí mismo.

Cayó con estruendo el palo de trinquete, ocupando

el castillo de proa con la balumba de su aparejo,

y Marcial dijo:

-Muchachos, vengan las hachas. Metamos este

mueble en la alcoba.

Al punto se cortaron los cabos,- y el mástil cayó

al mar.

Y viendo que arreciaba el fuego, gritó dirigiéndose

a un pañolero que se había convertido en cabo

de canon:

-Pero Abad, mándales el vino a esos casacones

para que nos dejen en paz.

Y a un soldado que yacía como muerto, por el

dolor de sus heridas y la angustia del mareo, le dijo

aplicándole el botafuego a la nariz:

-Huele una hojita de azahar, camarada, para que

se te pase el desmayo. ¿Quieres dar un paseo en

bote? Anda: Nelson nos convida a echar unas cañas.

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

152

Esto pasaba en el combés. Alcé la vista al alcázar

de popa, y vi que el general Cisneros había caído.

Precipitadamente le bajaron dos marineros a la

cámara. Mi amo continuaba inmóvil en su puesto;

pero de su brazo izquierdo manaba mucha sangre.

Corrí hacia él para auxiliarle, y antes que yo llegase

un oficial se le acercó, intentando convencerle de

que debía bajar a la cámara. No había éste pronunciado

dos palabras, cuando una bala le llevó la mitad

de la cabeza, y su sangre salpicó mi rostro.

Entonces don Alonso se retiró, tan pálido como el

cadáver de su amigo, que yacía mutilado en el piso

del alcázar.

Cuando bajó mi amo, el comandante quedó solo

arriba, con tal presencia de ánimo que no pude menos

de contemplarle un rato, asombrado de tanto

valor. Con la cabeza descubierta, el rostro pálido, la

mirada ardiente, la acción enérgica, permanecía en

su puesto dirigiendo aquella acción desesperada que

no podía ganarse ya. Tan horroroso desastre había

de verificarse con orden, y el comandante era la

autoridad que reglamentaba el heroísmo. Su voz

dirigía a la tripulación en aquella contienda del honor

y la muerte.

T R A F A L G A R

153

Un oficial que mandaba en la primera batería

subió a tomar órdenes, y antes de hablar cayó

muerto a los pies de su jefe; otro guardia marina que

estaba a su lado cayó también mal herido, y Uriarte

quedó al fin enteramente solo en el alcázar, cubierto

de muertos y heridos. Ni aun entonces se apartó su

vista de los barcos ingleses ni de los movimientos

de nuestra artillería; y el imponente aspecto del alcázar

y toldilla, donde agonizaban sus amigos y subalternos,

no conmovió su pecho varonil, ni

quebrantó su enérgica resolución de sostener el fuego

hasta perecer. ¡Ah!, recordando yo después la

serenidad y estoicismo de don Francisco Javier

Uriarte, he podido comprender todo lo que nos

cuentan de los heroicos capitanes de la antigüedad.

Entonces no conocía yo la palabra sublimidad, pero

viendo a nuestro comandante comprendí que todos

los idiomas deben tener un hermoso vocablo para

expresar aquella grandeza de alma que me parecía

favor rara vez otorgado por Dios al hombre miserable.

Entretanto, gran parte de los cañones había cesado

de hacer, fuego, porque la mitad de la gente

estaba fuera de combate. Tal vez no me hubiera fijado

en esta circunstancia, si habiendo salido de la

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

154

cámara, impulsado por mi curiosidad, no sintiera

una voz que con acento terrible me dijo: <Gabrielillo!,

aquí!»Marcial me llamaba; acudí prontamente, y

le hallé empeñado en servir uno de los cañones que

había quedado sin gente. Una bala había llevado a

Mediohombre la punta de su pierna de palo, lo cual

le hacía ¡Si llego a traer la de carne y hueso! ...

Dos marinos muertos yacían a su lado; un tercero,

gravemente herido, se esforzaba en seguir sirviendo

la pieza.

-Compadre - le dijo Marcial -, ya tú no puedes ni

encender una colilla.

Arrancó el botafuego de manos del herido y me

lo entregó, diciendo:

-Toma, Gabrielillo; si tienes miedo, vas al agua.

Esto diciendo, cargó el cañón con toda la prisa

que le fue posible, ayudado de un grumete que estaba

casi ileso; lo cebaron y apuntaron; ambos exclamaron:

«Fuego»; acerqué la mecha, y el cañón

disparó.

- Se repitió la operación por segunda y tercera

vez, y el ruido del cañón, disparado por mí, retumbó

de un modo extraordinario en mi alma. El considerarme

no ya espectador, sino actor decidido en

tan grandiosa tragedia, disipó por un instante el

T R A F A L G A R

155

miedo, y me sentí con grandes bríos, al menos con

la firma resolución de aparentarlos. Desde entonces

conocí que el heroísmo es casi siempre una forma

del pundonor. Marcial y otros me miraban; era preciso

que me hiciera digno de fijar su atención.

-¡Ah! -decía yo para mí con orgullo -. Si mi

amita pudiera verme ahora... ¡Qué valiente estoy

disparando cañonazos como un hombre!... Lo menos

habré mandado al otro mundo dos docenas de

ingleses.

Pero estos nobles pensamientos me ocuparon

muy poco tiempo, porque Marcial, cuya fatigada

naturaleza comenzaba a rendirse después de su esfuerzo

respiró con ansia, se secó la sangre que afluía

en abundancia de su cabeza, cerré los ojos, sus brazos

se extendieron. con desmayo, y dijo:

-No puedo más: se me sube la pólvora a la toldilla

(la cabeza). Gabriel, tráeme agua.

Corrí a buscar el agua, y cuando se la traje bebió,

con ansia. Pareció tomar con esto nuevas fuerzas;

íbamos a seguir, cuando un gran estrépito nos

dejó sin movimiento. El palo mayor, tronchado por

la fogonadura, cayó sobre el combés, y tras él el de

mesana. El navío quedó lleno de escombros y el

desorden fue espantoso.

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

156

Felizmente quedé en hueco y sin recibir más que

una ligera herida en la cabeza, la cual aunque me

aturdió al principio, no me impidió apartar los trozos

de vela y cabos que habían caído sobre mí. Los

marineros y soldados de cubierta pugnaban por desalojar

tan enorme masa de cuerpos inútiles, y desde

entonces sólo la artillería de las baterías bajas sostuvo

el fuego. Salí como pude, busqué a Marcial, no le

hallé, y habiendo fijado mis ojos en el alcázar, noté

que el comandante ya no estaba allí. Gravemente

herido de un astillazo en la cabeza, había caído exánime,

y al punto dos marineros subieron para trasladarle

a la cámara. Corrí también allá, y entonces un

casco de metralla me hirió en el hombro, lo que me

asustó en extremo, creyendo que mi herida era

mortal y que iba a exhalar el último suspiro. Mi turbación

no me impidió entrar en la cámara, donde

por la mucha sangre que brotaba de mi herida me

debilité, quedando por un momento desvanecido.

En aquel pasajero letargo seguí oyendo el estrépito

de los cañones de k, segunda y tercera batería, y

después una voz que decía con furia:

-¡Abordaje!. ¡las picas!. . ., ¡las hachas!

Después la confusión fue tan grande, que no

pude distinguir lo que pertenecía a las voces humaT

R A F A L G A R

157

nas en tan descomunal concierto. Pero no sé cómo,

sin salir de aquel estado de somnolencia, me hice

cargo de que se creía todo perdido, y de que los oficiales

se hallaban reunidos en la cámara para acordar

la rendición, y también puedo asegurar que si no

fue invento de mi fantasía, entonces trastornada,

resonó en el combés Y una voz que decía: «El Trinidad

no se rinde». De fijo fue la voz de Marcial, si es

que realmente dijo alguien tal cosa.

Me sentí despertar, y vi a mi amo arrojado sobre

uno de los sofás de la cámara, con la cabeza oculta

entre las manos en ademán de desesperación y sin

cuidarse de su herida.

Acerquéme a él, y el infeliz anciano no halló

mejor modo de expresar su desconsuelo que abrazándome

paternalmente, como si ambos estuviéramos

cercanos a la muerte. Él, por lo menos, creo

que se consideraba próximo a morir de puro dolor,

porque su herida no tenía la menor gravedad. Yo le

consolé como pude, diciendo que si la acción no se

había ganado, no fue porque yo dejara de matar

bastantes ingleses con mi cañoncito, y añadí que

para otra vez seríamos más afortunados; pueriles

razones que no calmaron su agitación.

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

158

Saliendo afuera en busca de agua para mi amo,

presencié el acto de arriar la bandera, que aun flotaba

en la cangreja, uno de los pocos restos de arboladura

que con el tronco de mesana quedaba en pie,

Aquel lienzo glorioso, ya agujereado por mil partes,

señal de nuestra honra, que congregaba bajo sus

pliegues a todos los combatientes, descendió del

mástil para no izarse más. La idea de un orgullo

abatido, de un ánimo esforzado que sucumbe ante

fuerzas superiores, no puede encontrar imagen más

perfecta para representarse a los ojos humanos que

la que aquel oriflama que se abate y desaparece como

un sol que se pone.

El de aquella tarde tristísima, tocando al término

de su carrera en el momento de nuestra rendición,

iluminó nuestra bandera con su último rayo.

El fuego cesó y los ingleses penetraron en el

barco, vencido.

T R A F A L G A R

159

XII

Cuando el espíritu, reposando de la agitación

del combate, tuvo tiempo de dar paso a la compasión,

al frío terror producido por la vista de tan

grande estrago, se presentó a los ojos de cuantos

quedamos vivos la escena del navío en toda la horrenda

majestad. Hasta entonces los ánimos no se

habían ocupado más que la defensa; mas cuando el

fuego cesó, se pudo advertir el gran destrozo del

casco, que" dando entrada al agua por sus mil averías,

se hundía, amenazando sepultarnos a todos,

vivos y muertos, en el fondo del mar. Apenas entraron

en él los ingleses, un grito resonó unánime, proferido

por nuestros marinos:

-¡A las bombas!

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

160

Todos los que podíamos acudimos a ellas y trabamos

con ardor; pero aquellas máquinas imperfectas

desalojaban una cantidad de agua bastante menor

que la que entraba. De repente un grito, aun más

terrible que el anterior, nos llenó de espanto. Ya dije

que los heridos se habían transportado al último sollado,

lugar que, por hallarse bajo la línea de flotación,

está libre de la acción de las balas. El agua invadía

rápidamente aquel recinto, y algunos marinos

asomaron por la escotilla, gritando:

-¡Que se ahogan los heridos!

La mayor parte de la tripulación vaciló entre seguir

desalojando el agua y acudir en socorro de

aquellos desgraciados, y no sé qué habría sido de

ellos, si la gente de un navío inglés no hubiera acudido

en nuestro auxilio. Éstos no sólo transportaron

los heridos a la tercera y a la segunda batería,

sino que también pusieron mano a las bombas,

mientras sus carpinteros trataban de reparar algunas

de las averías del casco.

Rendido de cansancio y juzgando que don

Alonso podía necesitar de mí, fui a la cámara. Entonces

vi a algunos ingleses ocupados en poner el

pabellón británico en la popa del Santísima Trinidad.

Como cuento con que el lector benévolo me ha de

T R A F A L G A R

161

perdonar que apunte aquí mis impresiones, diré que

aquello me hizo pensar un poco. Siempre se me habían

representado los ingleses como verdaderos

piratas o salteadores de los mares, gentezuela aventurera

que no constituía nación y que vivía del merodeo.

Cuando vi el orgullo con que enarbolaron su

pabellón, saludándole con vivas aclamaciones;

cuando advertí el gozo y la satisfacción que les causaba

haber apresado el más grande y glorioso barco

que hasta entonces surcó los mares, pensé que también

ellos tendrían su patria querida, que ésta les

habría confiado la defensa de su honor; me pareció

que en aquella tierra, para mí misteriosa, que se llamaba

Inglaterra, habían de existir, como en España,

muchas gentes honradas, un rey paternal, y las madres,

las hijas, las esposas, las hermanas de tan valientes

marinos; los cuales, esperando con ansiedad

su vuelta, rogarían a Dios que les concediera la victoria.

En la cámara encontré a mi señor más tranquilo.

Los oficiales ingleses que habían entrado allí trataban

a los nuestros con delicada cortesía, y según entendí,

querían transbordar los heridos a algún barco

enemigo. Uno de aquellos oficiales se acercó a mi

amo como queriendo reconocerle, y le saludó en

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

162

español. medianamente correcto, recordándole una

amistad antigua. Contestó don Alonso a sus finuras

con gravedad, y después quiso enterarse por él de

los pormenores del combate.

-¿Pero qué ha sido de la reserva? ¿Qué ha hecho

Gravina? -preguntó mi amo.

-Gravina se ha retirado con algunos navíos

contestó el inglés.

-De la vanguardia sólo han venido a auxiliarnos

el Rayo y el Neptuno.

-Los cuatro franceses, Duguay, Trouin, Mont-Blane,

Scipion y Formidable, son los únicos que no han entrado

en acción.

-Pero Gravina, Gravina, ¿qué es de Gravina?-

insistió mi amo.

-Se ha retirado en el Príncipe de Asturias; mas

como se le ha dado caza, ignoro si habrá llegado a

Cádiz.

-¿Y el San Ildefonso?

-Ha sido apresado.

-¿Y el Santa Ana?

-También ha sido apresado.

¡Vive Dios! - exclamó don Alonso sin poder

disimular su enojo-. Apuesto a que no ha sido apresado

el Nepomuceno.

T R A F A L G A R

163

-También lo ha sido.

-¡Oh!..., ¿está usted seguro de ello? ¿Y Churruca?

-Ha muerto - contestó el inglés con tristeza.

-¡Oh... ! ¡Ha muerto! ¡Ha muerto Churruca!

exclamó mi amo con angustiosa perplejidad -.

Pero el Bahama se habrá salvado, el Bahama habrá

vuelto ileso a Cádiz.

-También ha sido apresado.

-¡También! ¿Y Galiano? Galiano es un héroe y

un sabio.

-Sí -repuso sombríamente el inglés -, pero ha,

muerto también.

-¿Y qué es del Montañés? ¿Qué ha sido de Alcedo?

-Alcedo..., también ha muerto.

Mi amo no pudo reprimir la expresión de su

profunda pena; y como la avanzada edad amenguaba

en él la presencia de ánimo propia de tan terribles

momentos, hubo de pasar por la pequeña

mengua de derramar algunas lágrimas, triste obsequio

a sus compañeros. No es impropio el llanto en

las grandes almas, antes bien, indica el consorcio

fecundo de la delicadeza de sentimientos con la

energía de carácter. Mi amo lloró como hombre,

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

164

después de haber cumplido con su deber como marino.

Mas reponiéndose de aquel abatimiento, y

buscando alguna razón con que devolver al inglés la

pesadumbre que éste le causara, dijo:

-Pero ustedes no habrán sufrido menos que nosotros.

Nuestros enemigos habrán tenido pérdidas

de consideración.

-Una sobre todo irreparable - contestó el inglés

con tanta congoja como la de don Alonso -. Hemos

perdido al primero de nuestros marinos, al valiente

entre los valientes, al heroico' al divino, al sublime

almirante Nelson. Y con tan poca entereza como mi

amo, el oficial inglés no se cuidó de disimular su

inmensa pena: cubrióse la cara con las manos y lloró,

con toda la expresiva franqueza del verdadero

dolor, al jefe, al protector y al amigo.

Nelson, herido mortalmente en mitad del combate,

según después supe, por una bala de fusil que

le atravesó el pecho y se fijó en la espina dorsal, dijo

al capitán Hardy: «Se acabó; al fin lo han conseguido

». Su agonía se prolongó hasta el caer de la tarde;

no perdió ninguno de los pormenores del combate,

ni se extinguió su genio de militar y de marino, sino

cuando la última fugitiva palpitación de la vida se

disipó en su cuerpo herido. Atormentado por hoT

R A F A L G A R

165

rribles dolores, no dejó de dictar órdenes, enterándose

de los movimientos de ambas escuadras, y

cuando se le hizo saber el triunfo de la suya, exclamó:

«¡Bendito sea Dios; he cumplido con mi deber

Un cuarto de hora después expiraba el primer

marino de nuestro siglo.

Perdóneseme la digresión. El lector extrañará

que no conociéramos la suerte de muchos buques

de la escuadra combinada. Nada más natural que

nuestra ignorancia, por causa de la desmesurada

longitud de la línea de combate, y además el sistema

de luchas parciales adoptado por los ingleses. Sus

navíos se habían mezclado con los nuestros, y como

la contienda era a tiro de fusil, el buque enemigo que

nos batía ocultaba la vista del resto de la escuadra,

además de que el humo espesísimo nos impedía ver

cuanto no se hallara en paraje cercano.

Al anochecer, y cuando aun el cañoneo no había

cesado, distinguíamos algunos navíos, que pasaban

a un largo como fantasmas, unos con media arboladura,

otros completamente desarbolados. La bruma,

el humo, el mismo aturdimiento de nuestras cabezas,

nos impedía distinguir si eran españoles o enemigos;

y cuando la luz de un fogonazo lejano

iluminaba a trechos aquel panorama temeroso, noB

E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

166

tábamos que aun seguía la lucha con encarnizamiento

entre grupos de navíos aislados; que otros

corrían sin concierto ni rumbo, llevados por el temporal,

y que alguno de los nuestros era remolcado

por otro inglés en dirección al sur.

Vino la noche, y con ella aumentó la gravedad y

el horror de nuestra situación. Parecía que la Naturaleza

habla de sernos propicia después de tratas

desgracias; pero, por el contrario, desencadenáronse

con furia los elementos, como si el cielo creyera que

aun no era bastante grande el número de nuestras

desdichas. Desatóse un recio temporal, y viento y

agua, hondamente agitados, azotaron el buque, que,-

incapaz de maniobra, fluctuaba a merced de las olas.

Los vaivenes eran tan fuertes que se hacía difícil el

trabajo, lo cual, unido al cansancio de la tripulación,

empeoraba nuestro estado de hora en hora. Un navío

inglés, que después supe se llamaba Prince, trató

de remolcar el Trinidad; pero sus esfuerzos fueron

inútiles, y tuvo que alejarse por temor a un choque

que habría sido funesto para ambos buques.

Entretanto no era posible tomar alimento alguno,

y yo me moría de hambre, porque los demás,

indiferentes a todo lo que no fuera el peligro, apenas

se cuidaban de cosa tan importante. No me atrevía a

T R A F A L G A R

167

pedir un pedazo de pan por temor de parecer importuno,

y al mismo tiempo, sin vergüenza lo confieso,

dirigía mi escrutadora observación a todos los

sitios donde colegía que podían existir provisiones

de boca. Apretado por la necesidad, me arriesgué a

hacer una visita a los pañoles del bizcocho, y ¿cuál

no sería mi asombro cuando vi que Marcial estaba

allí, trasegando a su estómago lo primero que encontró

a mano? El anciano estaba herido de poca

gravedad, y aunque una bala le había llevado el pie

derecho, como éste no era otra cosa que la extremidad

de la pierna de palo, el cuerpo de Marcial sólo

estaba con tal percance un poco más cojo.

-Toma, Gabrielillo -me dijo, llenándome el seno

de galletas -: barco sin lastre no navega.

En seguida empiné una botella y bebió con delicia.

Salimos del pañol, y vi que no éramos nosotros

solos los que visitaban aquel lugar, pues todo indicaba

que un desordenado pillaje había ocurrido allí

momentos antes.

Reparadas mis fuerzas, pude pensar en servir de

algo, poniendo mano a las bombas o ayudando a los

carpinteros. Trabajosamente se enmendaron algunas

averías con auxilio de los ingleses, que vigilaban

B E N I T O P É R E Z G A L D Ó S

168

todo, y según después comprendí, no perdían de

vista a algunos de nuestros marineros, porque temían

que s sublevasen, represando el navío, en lo

cual los enemigos demostraban más suspicacias que

buen sentido; pues menester era haber perdido el

juicio para intentar represar un buque en tal estado.

Ello es que los casacones acudían a todas partes y no

perdían movimiento alguno.

Entrada la noche, y hallándome transido de frío,

abandoné la cubierta, donde apenas podía tenerme,

y corría además el peligro de ser arrebatado por un

golpe de mar, y me retiré a la cámara. Mi primera

intención fue dormir un poco, pero ¿quién dormía

en aquella noche?

En la cámara todo era confusión, lo mismo que

en el combés. Los sanos asistían a los heridos, y

estos, molestados a la vez por sus dolores y por el

movimiento del buque, que les impedía todo reposo,

ofrecían tan triste aspecto, que a su vista era imposible

entregarse al descanso. En un lado de la

cámara yacían cubiertos con el pabellón nacional,

los oficiales muertos. Entre tanta desolación, ante el

espectáculo de tantos dolores, había en aquellos cadáveres

no sé qué de envidiable: ellos solos descansaban

a bordo del Trinidad, y todo les era ajeno,

T R A F A L G A R

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fatigas y penas, la vergüenza de la derrota y los padecimientos

físicos. La bandera que les servía de

ilustre mortaja parecía ponerles fuera de aquella esfera

de responsabilidad, de mengua y desesperación

en que todos nos encontrábamos. Nada les afectaba

el peligro que corría la nave, porque ésta no era ya

más que su ataúd.

Los oficiales muertos eran: don Juan Cisniega,

teniente de navío, el cual no tenía parentesco con mi