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LOS DEPREDADORES DEL MAR

H. G. Wells

1

Hasta el extraordinario acontecimiento de Sidmouth, la ciencia conocía

solo genéricamente a la peculiar especie de los Haploteuthis ferox, y

ese conocimiento se fundaba en un tentáculo semidigerido obtenido

cerca de las Azores, y en un cuerpo putrefacto picoteado por los

pájaros y mordido por los peces, hallado en 1896 por el señor

Jennings, cerca de Land's End.

Sin duda, no hay área de la ciencia biológica en la que estemos tan a

oscuras como en la referida a los cefalópodos de las profundidades.

Fue un simple accidente, por ejemplo, lo que originó que el Príncipe de

Mónaco descubriera, en el verano de 1895, una docena de nuevas

variedades; descubrimiento en el que se incluyó el tentáculo ya

mencionado. Sucedió que unos cazadores de cachalotes mataron a

una de estas bestias cerca de Terceira, y en sus últimos estertores, el

cachalote casi embistió el yate del Príncipe, le erró, rodó debajo de él y

murió a menos de veinte metros del timón. En su agonía, regurgitó una

serie de grandes objetos que el Príncipe, percibiendo vagamente que

podrían ser extraños e importantes, pudo rescatar, gracias a una feliz

ocurrencia antes de que se hundieran. Puso las hélices en marcha,

manteniendo los objetos a flote en los remolinos que éstas creaban,

hasta que pudo bajarse un bote. Y los especimenes eran cefalópodos

completos y fragmentos de cefalópodos, algunos de proporciones

gigantescas, ¡y casi todos desconocidos para la ciencia!

Parecería, por cierto, que estas grandes y ágiles criaturas de las

profundidades del mar, tienen, en su gran mayoría, que seguir siendo

desconocidas para nosotros, ya que bajo el agua eluden las redes, y

solo se obtienen especimenes por accidentes tan infrecuentes y

casuales como éste. En el caso del Haploteuthis ferox, por ejemplo,

aún seguimos ignorando por completo su hábitat, tal como ignoramos

los hábitos de cría del arenque o las rutas marinas del salmón. Y los

zoólogos son totalmente incapaces de explicar su súbita aparición en

nuestras costas. Probablemente se hayan elevado de las

profundidades coaccionados por una migración causada por el hambre.

Pero tal vez sea mejor eludir discusiones necesariamente

inconcluyentes, y abocarnos de inmediato a nuestra narración.

El primer ser humano que vio a un Haploteuthis vivo - es decir, el

primer ser humano, que sobrevivió, porque ya no puede haber dudas

de que la ola de fatales ahogos y accidentes de botes que se extendió

por la costa de Cornwall y Devon a principios de mayo se debió a esta

causa - fue un comerciante de té retirado, de nombre Fison, que se

alojaba en una casa de pensión de Sidmouth. Era de tarde, y caminaba

por el sendero de los acantilados entre Sidmouth y Ladram Bay. En

esta zona, los acantilados son muy elevados, pero en cierto lugar,

sobre la roja cara de uno de ellos, se ha construido una especie de

escalera. El señor Fison estaba aproximándose a ella, cuando algo,

que al principio le pareció una bandada de pájaros luchando por un

fragmento de comida que relucía de color blanco rosáceo bajo la luz del

sol, le llamó la atención. Acababa de bajar la marea, y el objeto se

hallaba no solo muy por debajo de él, sino también muy lejos, más allá

de una estéril extensión de arrecifes rocosos cubiertos de algas y

entremezclados con estanques donde brillaba plateada el agua que

había dejado la marea. Y además, el señor Fison estaba encandilado

por el reflejo del agua que se extendía más allá.

Un minuto más tarde, cuando volvió a mirar, advirtió que su juicio era

errado, pues por encima de la lucha volaban en círculo varios pájaros,

grajos y gaviotas en su mayoría; estas últimas brillaban

enceguecedoramente cuando el sol caía sobre sus alas, y los pájaros

parecían diminutos comparados con el objeto que se debatía. Y su

curiosidad aumentó, tal vez, al ver que su primera explicación había

sido insuficiente.

Como no tenía otra cosa que hacer más que entretenerse, decidió que

ese objeto, fuera lo que fuere, sería la meta de su caminata de esa

tarde, en lugar de Ladram Bay, pensando que tal vez fuera alguna

variedad de pez grande, varado en la playa por azar, y agitándose en

su agonía. Y por lo tanto se apresuró a descender por la empinada

escalera, deteniéndose a intervalos de alrededor de nueve metros para

recuperar el aliento y vigilar el misterioso movimiento. Al pie del

acantilado se halló, por supuesto, más próximo que antes de su

objetivo; pero, por otra parte, éste aparecía ahora contra el cielo

incandescente, bajo el sol, haciéndose confuso e indistinto. Lo que era

rosáceo de él estaba ahora oculto tras un escollo de guijarros cubiertos

de algas. Pero pudo percibir que estaba formado por siete cuerpos

redondos, separados o conectados, y que los pájaros graznaban y

gritaban constantemente, pero parecían temerosos de acercarse

demasiado.

El señor Fison, acuciado por la curiosidad, comenzó a abrirse paso por

entre las rocas gastadas por las olas y, descubriendo que las algas que

las cubrían densamente las volvían en extremo resbalosas, se detuvo,

se despojó de sus zapatos y sus medias, y se enrolló los pantalones

encima de las rodillas. Su propósito era, por supuesto, solo evitar una

caída en los estanques rocosos que lo rodeaban y tal vez se sintiera

complacido, como todos los hombres, de tener una excusa para revivir,

aunque fuera por un momento, las sensaciones de la infancia. De

cualquier modo, es a esto, sin duda, a lo que el señor Fison debe su

vida.

Se aproximó a su meta con la absoluta seguridad que este país da a

sus habitantes para enfrentarse a todas las formas de vida animal. Los

cuerpos redondos se movían de un lado a otro, pero solo cuando el

señor Fison hubo traspuesto el escollo de guijarros que ya mencioné,

advirtió la horrible naturaleza de su descubrimiento. Fue bastante

repentino.

Cuando llegó a la cima de la loma, los cuerpos redondos se separaron,

mostrando que el objeto rosáceo era un cuerpo humano parcialmente

devorado, aunque fue incapaz de distinguir si era un hombre o una

mujer. Y los cuerpos redondos eran unas criaturas desconocidas y de

aspecto terrible, de forma semejante a la de un pulpo, y con enormes

tentáculos, muy largos y flexibles, que se enrollaban copiosamente

sobre el suelo. La piel era de una textura reluciente, desagradable a la

vista, como cuero lustrado. La curvatura inferior de la boca rodeada de

tentáculos, la curiosa excrecencia de la curvatura, los tentáculos, y los

grandes ojos inteligentes sugerían grotescamente un rostro. Su cuerpo

tenía el tamaño de un cerdo grande, y los tentáculos le parecieron de

varios metros de longitud. Había, cree el señor Fison, al menos siete u

ocho de estas criaturas. Veinte metros más allá, entre el oleaje de la

marea que ahora ascendía, dos más emergían del mar.

Sus cuerpos yacían laxamente sobre las rocas, y sus ojos lo

contemplaban con maligno interés: pero aparentemente el señor Fison

no tuvo miedo, o no advirtió que estaba en peligro. Probablemente, su

confianza puede atribuirse a la lasitud de la actitud de esas criaturas.

Pero estaba horrorizado, por supuesto, e intensamente excitado e

indignado ante esas criaturas repelentes que devoraban carne humana.

Pensó que se habrían encontrado por azar con el cadáver de un

ahogado. Les gritó, con la idea de alejarlas y, viendo que no se movían

de su alrededor, recogió un pedrusco redondo y se lo arrojó a una de

ellas.

Y entonces, desenrollando lentamente sus tentáculos, todas

empezaron a moverse hacia él, reptando deliberadamente al principio,

y ronroneando suavemente una a otra.

En un momento, el señor Fison advirtió que estaba en peligro. Gritó

otra vez, arrojó sus botas y con un salto comenzó a alejarse. A veinte

metros se detuvo y se volvió, juzgando lentas a las criaturas, y ¡mirad!

¡los tentáculos de la primera ya aparecían por encima de la loma sobre

la que había estado parado!

Ante esto volvió a gritar, pero ya no era un grito de amenaza sino de

temor, y comenzó a saltar, corriendo, resbalando, vadeando el desigual

terreno que lo separaba de la playa. Repentinamente, los altos y rojos

acantilados parecían muy distantes, y vio, como si fueran criaturas de

otro mundo, a dos diminutos trabajadores ocupados en la reparación,

de la escalera, que muy poco sospechaban la lucha por la vida que

había comenzado debajo de ellos. En un momento pudo oír que las

criaturas chapoteaban en un estanque a menos de cuatro metros

detrás de él, y otra vez resbaló y casi cayó.

Lo persiguieron hasta el pie de los acantilados y solo desistieron

cuando llegó junto a los trabajadores al pie de la escalera que ascendía

por la ladera. Los tres hombres las apedrearon durante un rato, y luego

se apresuraron a ascender hasta la cima del acantilado, tomando el

sendero hasta Sidmouth, para conseguir ayuda y un bote, y para

rescatar el cuerpo profanado de las garras de esas abominables

criaturas.

2

Y, como si no hubiese pasado peligros suficientes ese día, el señor

Fison salió con el bote para señalar el lugar exacto de su aventura.

Como había marea baja, necesitaron hacer un rodeo considerable para

aproximarse al lugar, y para cuando llegaron a la escalera, el cuerpo

mutilado había desaparecido. El agua ascendía ahora, sumergiendo

una laja de piedra tras otra, y los cuatro hombres del bote - es decir los

trabajadores, el botero y el señor Fison - traspasaron su atención de los

puntos de referencia de la costa hacia el agua que se extendía por

debajo de la quilla.

Al principio no pudieron ver otra cosa más que una oscura jungla de

laminaria, y algún pez que pasaba ocasionalmente como una saeta.

Estaban ansiosos de aventura, y expresaron libremente su disgusto.

Pero de inmediato vieron a uno de los monstruos que nadaba hacia el

mar, con un movimiento de giro que le sugirió al señor Fison el

retorcido giro de un globo cautivo. Casi de inmediato, las ondulantes

hojas de laminaria se agitaron extraordinariamente, apartándose por un

momento, y tres de las bestias se hicieron oscuramente visibles,

luchando por lo que tal vez fuera un fragmento del hombre ahogado. En

un momento, las oscuras cintas verde oliva habían vuelto a cubrir el

contorsionado grupo.

Ante eso, los cuatro hombres, grandemente excitados, comenzaron a

gritar y a golpear el agua con los remos, y de inmediato vieron un

tumultuoso movimiento entre las algas. Desistieron de ver con mayor

claridad, y tan pronto como el agua se aquietó, les pareció advertir que

todo el fondo del mar, a través de las algas, estaba cubierto de ojos.

- ¡Horribles cerdos! - gritó uno de los hombres - ¡Qué, hay docenas!

En seguida, las cosas empezaron a elevarse en el agua que rodeaba a

los hombres. Desde entonces, el señor Fison ha descripto al escritor

esta alarmante erupción surgida del ondulante banco de laminaria. A él

le pareció que duraba un tiempo considerable, pero es probable que

fuera un asunto de pocos segundos. Luego estas cosas se hicieron

más grandes hasta que el fondo del mar se perdió bajo sus formas

entremezcladas, y la punta de los tentáculos se elevó aquí y allá por

encima del oleaje.

Una de las criaturas se acercó audazmente al bote y, aferrándose de él

con tres de sus tentáculos prestos a succionar, lanzó otros cuatro por

encima de la borda, como si tuviera la intención de hacer zozobrar el

bote o encaramarse en él. De inmediato, el señor Fison tomó el bichero

y, golpeando con furia los tentáculos, la obligó a desistir. Fue golpeado

en la espalda y casi lanzado sobre la borda por el botero, quien estaba

usando el remo para resistir un ataque similar al otro costado del bote.

Pero ante esto, los tentáculos de ambos lados soltaron su presa de

inmediato, se deslizaron fuera de la vista y chapotearon en el agua.

- Será mejor que salgamos de aquí - dijo el señor Fison, que temblaba

con violencia. Se dirigió a la barra del timón, mientras que el botero y

uno de los trabajadores se sentaban y comenzaban a remar. El otro

trabajador permaneció a proa del bote, con el bichero, presto a golpear

cualquier tentáculo que apareciera. Nada más parece haberse dicho. El

señor Fison había expresado el sentimiento común sin necesidad de

rectificación. De talante sombrío y temeroso, con rostros blancos y

demudados, los cuatro hombres se dispusieron a escapar de la

posición en que tan imprudentemente se habían colocado.

Pero apenas si los remos llegaron a tocar el agua antes que fueran

inmovilizados por oscuras y serpentinas sogas ahusadas, que también

rodearon el timón; y otra vez volvieron los tentáculos, reptando por los

lados con un movimiento rizado. Los hombres asieron los remos y

tiraron, pero era como tratar de mover un bote en una flotante balsa de

algas.

- ¡Auxilio aquí! - gritó el botero, y el señor Fison y el segundo trabajador

corrieron a añadir sus fuerzas al remo.

Luego el hombre del bichero - su nombre era Ewan, o Ewen - saltó con

una maldición, y comenzó a golpear hacia abajo, por encima de la

borda, hacia el banco de tentáculos que ahora se apiñaba contra el

fondo del bote. Y, al mismo tiempo, ambos remeros se pusieron de pie

para tratar de conseguir una oportunidad mejor de recobrar sus remos.

El botero le entregó el suyo al señor Fison, quien se esforzó

desesperadamente, en tanto el hombre sacaba una enorme navaja y,

recostándose sobre la borda, comenzaba a acuchillar los brazos que

brotaban del mango del remo.

El señor Fison, que se tambaleaba con el tembloroso balanceo del

bote, con los dientes apretados, casi sin aliento, y las venas de la mano

resaltándole mientras tiraba del remo, miró de repente hacia mar

abierto. Y allí, a menos de cincuenta metros, había un gran bote que se

encaminaba hacia ellos, con tres mujeres y un niño pequeño a bordo.

Un botero remaba, y un hombrecito que tenía una cinta rosa en el

sombrero, estaba a proa, saludándolos. Por un momento, por supuesto,

el señor Fison pensó en ayuda, y luego pensó en el niño. Dejó

entonces su remo, alzó ambos brazos en un gesto frenético, y gritó al

grupo que se mantuviera alejado «¡en nombre de Dios!» Dice mucho

de la modestia y valor del señor Fison el hecho de que no parece

advertir que haya habido nada de heroísmo en su actuación de ese

momento. El remo que había soltado fue inmediatamente atraído hacia

abajo, y luego reapareció flotando a veinte metros de distancia.

En el mismo momento, el señor Fison sintió que el bote se inclinaba

violentamente bajo sus pies y un ronco grito, el prolongado grito de

terror de Hill, el botero, hizo que olvidara por completo el grupo de

excursionistas. Se volvió y vio a Hill acuclillado junto a la agarradera

delantera del remo, con el brazo derecho por encima de la borda, y

fuertemente atraído hacia abajo. El botero emitió entonces una

sucesión de agudos y cortos gritos:

- ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!

El señor Fison cree que debía haber estado acuchillando a los

tentáculos por debajo de la línea del agua cuando fue atrapado por

ellos, pero, por supuesto, es imposible decir con certeza lo que pasó. El

bote estaba levantado de un costado, de modo que la borda estaba a

diez centímetros del agua, y tanto Ewan como el otro trabajador

golpeaban el agua con el bichero y el remo a ambos lados del brazo de

Hill. Instintivamente, el señor Fison se ubicó para equilibrar el peso.

Entonces Hill, quien era un hombre macizo y poderoso, hizo un

esfuerzo desesperado, y se puso casi de pie. Alzó el brazo, por cierto,

completamente fuera del agua. De él pendía una complicada maraña

de lianas pardas; y los ojos de una de las bestias que lo asían, se

vieron momentáneamente en la superficie, brillando con fuerza y

determinación. El bote se inclinó más y más, y el agua marrón verdosa

se precipitó en cascada por un lado. Entonces Hill resbaló y cayó sobre

sus costillas contra el costado, y su brazo y la masa de tentáculos

volvieron a chapotear en el agua. Hill rodó sobre la borda; una de sus

botas golpeó al señor Fison en la rodilla, cuando este caballero se

abalanzaba para asirlo, y en un momento más otros tentáculos se

habían enrollado en su cintura y en su cuello, y luego de una convulsa

y breve lucha, durante la que el bote estuvo a punto de zozobrar, Hill

fue lanzado por encima de la borda. El bote se enderezó con un

violento sacudón que casi hace caer al señor Fison por el otro lado,

ocultando de sus ojos la lucha acuática.

Se tambaleó durante un momento, tratando de recuperar el equilibrio, y

mientras lo hacía, advirtió que la lucha y la marea ascendente habían

vuelto a llevarlos hasta las rocas cubiertas de algas. A menos de cuatro

metros, una laja de rocas aún se alzaba con rítmicos movimientos por

encima del oleaje de la marea. En un momento, el señor Fison asió el

remo de Ewan, dio una poderosa palada y luego, dejándolo caer, corrió

hacia la proa y saltó. Sintió que sus pies resbalaban sobre la roca y,

con un esfuerzo frenético, saltó hacia otra masa más allá. Tropezó,

cayó de rodillas, y volvió a levantarse.

- ¡Cuidado! - gritó alguien, y un gran cuerpo parduzco lo golpeó. Uno de

los trabajadores lo había golpeado, sumergiéndolo en uno de los

estanques, y mientras descendía oyó gritos ahogados, lejanos, que en

ese momento creyó que provenían de Hill. Luego se maravilló de la

agudeza y variedad de la voz de Hill. Alguien saltó por encima de él, y

una curva avalancha de agua espumosa se derramó encima de su

cuerpo, y pasó. Se puso de pie chorreando agua y, sin mirar hacia el

mar, corrió hacia la costa con tanta rapidez como le permitió su terror.

Ante él, sobre el liso espacio sembrado de rocas, tropezaban los dos

trabajadores uno doce metros por delante del otro.

Finalmente miró por encima del hombro y, viendo que no lo perseguían,

se dio vuelta. Estaba atónito. Desde el momento en que los

cefalópodos habían emergido del agua, había actuado con demasiada

rapidez para comprender plenamente sus actos. Ahora le parecía que

había salido repentinamente de un mal sueño.

Porque allí estaba el cielo, sin una nube y refulgiendo bajo el sol de la

tarde, el mar hinchado bajo su brillo despiadado, la suave espuma

cremosa de la rompiente, y los bajos, largos, oscuros escollos de roca.

El bote flotaba, derecho, elevándose y cayendo suavemente sobre el

oleaje a casi doce metros de la costa. Hill y los monstruos, toda la

tensión y el tumulto de esa despiadada lucha por la vida, se habían

desvanecido como si no hubieran existido jamás.

El corazón del señor Fison golpeaba con violencia; latía hasta en la

punta de sus dedos, y respiraba profundamente.

Faltaba algo. Durante algunos segundos no pudo pensar con claridad

qué era. Sol, cielo, mar, rocas... ¿qué era? Luego recordó el bote de los

excursionistas. Había desaparecido. Se preguntó si no lo habría

imaginado. Se volvió, y vio a los dos trabajadores de pie, juntos, bajo

las elevadas masas de los altos acantilados rosados. Vaciló pensando

si haría un último intento de salvar a Hill. Su excitación física pareció

abandonarlo repentinamente, dejándolo indefenso y vacío. Se dirigió

hacia la costa, tropezando y vadeando hacia sus dos compañeros.

Miró hacia atrás una vez más, y ahora había dos botes a flote, y el más

distante cabeceaba torpemente, con el fondo hacia arriba.

3

Así fue como el Haploteuthis ferox hizo su aparición en la costa de

Devonshire. Hasta ahora, ésta ha sido su agresión más seria. El relato

del señor Fison, junto con la ola de accidentes de botes y bañistas a la

que ya he aludido, y la ausencia de peces en las costas de Socnish ese

año señalan claramente la presencia de un cardumen de estos voraces

monstruos de las profundidades merodeando lentamente a lo largo de

la línea de la marea, junto a la costa. Una migración de hambre ha sido

sugerida, lo sé, como la causa que los trajo hasta aquí; pero, por mi

parte, prefiero creer en la teoría alternativa de Hemsley. Hemsley

sostiene que un cardumen o banco de estas criaturas puede haberse

aficionado a la carne humana por accidente, cuando un barco zozobró

entre ellas; y ha vagado en busca de carne humana fuera de su zona

acostumbrada; yendo paralelamente a los barcos o siguiéndolos, ha

llegado a nuestras costas en la estela del tráfico del Atlántico. Pero

discutir los convincentes argumentos de Hemsley, admirablemente

explicados, estaría fuera de lugar aquí. Aparentemente, el apetito del

cardumen fue satisfecho por las once personas que atraparon - pues

en la medida que puede afirmarse, había diez personas en el segundo

bote -, y por cierto que las criaturas no dieron más muestras de su

presencia cerca de Sidmouth ese día. La costa entre Seaton y Budleigh

Salterton fue patrullada toda esa tarde y esa noche por cuatro botes del

Servicio Preventivo, tripulados por hombres armados con arpones y

machetes, y a medida que la noche avanzaba, un número de

expediciones igualmente equipadas, organizadas privadamente, se

unieron a ellos. El señor Fison no tomó parte en ninguna de estas

expediciones. Alrededor de medianoche, se oyeron excitadas voces

provenientes de un bote situado a unas dos millas al sudeste de

Sidmouth, y se vio un farol que se agitaba de una manera extraña, de

lado a lado y de arriba abajo. Los botes más próximos se apresuraron a

llegar hasta el sitio de la alarma. Los audaces ocupantes del bote, un

marinero, un cura y dos escolares, habían visto realmente cómo los

monstruos pasaban por debajo del bote. Aparentemente, las criaturas

eran, como la mayoría de los organismos de las profundidades,

fosforescentes, y habían pasado flotando, a cinco pies de profundidad,

como hechas de rayos de luna a través de la negrura del agua, con los

tentáculos retraídos como si durmieran, girando y girando, y

moviéndose lentamente hacia el sudeste en una formación cuneiforme.

Los tripulantes del bote relataron esto por gestos, en forma

fragmentaria, ya que primero se les acercó un bote y luego otro.

Finalmente, una pequeña flota de ocho o nueve botes se reunió a su

alrededor, y de ella se elevó un tumulto, como la cháchara de un

mercado, que quebró el silencio de la noche. Había muy poco ánimo

para perseguir al cardumen, la gente no tenía armas ni experiencia

para una cacería tan dudosa, y casi inmediatamente - puede ser que

con alivio - los botes regresaron a la costa.

Y ahora diremos lo que tal vez sea el hecho más admirable de toda

esta asombrosa incursión. No tenemos la más ligera idea de los

siguientes movimientos del cardumen, a pesar de que toda la costa

sudoeste estaba alerta. Pero puede, tal vez, ser significativo que un

cachalote haya sido hallado en Sark el tres de junio. Dos semanas y

tres días después del incidente de Sidmouth, un Haploteuthis vivo llegó

a la costa sobre las arenas de Calais. Estaba vivo, porque varios

testigos vieron que sus tentáculos se movían convulsivamente. Pero es

probable que estuviera agonizando. Un caballero llamado Pouchet

consiguió un rifle y le disparó.

Esa fue la última aparición de un Haploteuthis vivo. No se vieron otros

en las costas francesas. El 15 de junio, un cadáver, casi completo, fue

llevado por el mar hasta la costa, cerca de Torquay, y pocos días más

tarde, un bote de la estación Marina de Biología, dragando Plymouth,

recogió un espécimen descompuesto, profundamente desgarrado por

una herida de machete. Cómo había hallado la muerte el aludido

espécimen, es imposible decir. Y el último día de junio, el señor Egbert

Caine, un artista que se bañaba en Newlyn, alzó los brazos, gritó, y fue

arrastrado bajo el agua. Un amigo que lo acompañaba no hizo ningún

intento de salvarlo, sino que nadó de inmediato hacia la costa. Este es

el último hecho para relatar acerca de esta extraordinaria incursión de

las profundidades del mar. Si fue realmente la última de estas horribles

criaturas es, hasta ahora, prematuro decirlo. Pero se cree, y

ciertamente debe esperarse, que han retornado ahora, y para siempre,

a las sombrías profundidades del mar, desde donde tan extraña y

misteriosamente se elevaron.

FIN

El sabio no dice lo que sabe, y el necio no sabe lo que dice.

Si los hombres han nacido con dos ojos, dos orejas y una sola lengua es porque se debe escuchar y mirar dos veces antes de hablar

Lo que importa verdaderamente en la vida no son los objetivos que nos marcamos, sino los caminos que seguimos para lograrlo.

Hay dos cosas que son infinitas: el universo y la estupidez humana; de la primera no estoy muy seguro.

Hay dos cosas que son infinitas: el universo y la estupidez humana; de la primera no estoy muy seguro.

El nacimiento y la muerte no son dos estados distintos, sino dos aspectos del mismo estado

Las personas son como la Luna. Siempre tienen un lado oscuro que no enseñan a nadie.

Las conversaciones son siempre peligrosas si se tiene algo que ocultar

El saber y la razón hablan, la ignorancia y el error gritan.

Todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de mofa

Algunas personas son tan falsas que ya no distinguen que lo que piensan es justamente lo contrario de lo que dicen.

Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no escucha.


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