venmarktec - El Ahogado

EL RINCÓN DEL LIBRO
=> Nido de Avispas
=> El Club de los Martes
=> La casa del idolo de astarte
=> Lingotes de Oro
=> Manchas de sangre en el suelo
=> Poirot infringe la ley
=> Martín Rivas
=> El Lazarillo de Tormes
=> Carmina Burana
=> Poema de mio Cid
=> El Flaustista de Hamelin
=> Robin Hood
=> Calila y dimna
=> El poema de Gilgamesh
=> Cuerpos Superiores
=> Libro de Buen Amor
=> La Vida es Sueño
=> El Médico de su Honra
=> Romeo y Julieta
=> Hamlet
=> Otelo
=> La Fierecilla Domada
=> La Tempestad
=> Los Miserables
=> El Rey se divierte
=> Amante Liberal
=> El Coloquio de los Perros
=> Entremeses
=> La Española Inglesa
=> La Fuerza de la Sangre
=> La Gitanilla
=> La Ilustre Fregona
=> Licenciado Vidriera
=> Los Baños de Argel
=> Rinconete y Cortadillo
=> Niebla
=> La tía Tula
=> Abel Sánchez
=> San Manuel Bueno,Mártir
=> Verdad y Vida
=> El Médico a Palos
=> Las Preciosas Ridículas
=> El Vendedor más grande del mundo
=> El Milagro más grande del Mundo
=> Veinte poemas de amor y una canción desesperada
=> 100 Sonetos de Amor
=> Coplas de Jorge Manrique
=> El caballero de Olmedo
=> El arte de hacer Comedia
=> Noche de San Juan
=> El Vaso de Leche
=> Egloga I
=> Egloga III
=> Sonetos
=> Cuentos
=> El Hijo
=> Divina Comedia
=> La Vida Nueva
=> El Convivio
=> Corazón
=> Palomita Blanca
=> Bodas de Sangre
=> La casa de Bernarda Alba
=> La Zapatera Prodigiosa
=> Libro de Poemas
=> Poeta en Nueva York
=> Gitano
=> Viaje a la Luna
=> Yerma
=> Cuento de Navidad
=> Historia de dos Ciudades
=> Oliver Twist
=> Tiempos Difíciles
=> El Origen de las Especies
=> El Misterio de la Atlántida
=> Las Letanias de Satan
=> Poemas en Prosa
=> Los Cuatro Siete
=> Las Enseñanzas de Don Juan
=> Una Realidad Aparte
=> Viaje a Ixtlán
=> Relatos de Poder
=> Drácula
=> El Huésped de Drácula
=> La Joya de las siete Estrellas
=> Bailén
=> Miau
=> Misericordia
=> Trafalgar
=> Tristana
=> El Ahogado
=> El Rapto del Sol
=> En la Rueda
=> Irredención
=> Las Nieves eternas
=> Vísperas de Difuntos
=> La Chascuda
=> Bajo el Puente
=> El Trueno entre las Hojas
=> Kurupí
=> Sherlock Holmes
=> El Sabueso de los Baskerville
=> El Gato del Brasil
=> El experimento de Dr. Kleinplatz
=> El caso de Lady Sannox
=> El Carbunclo Azul
=> El aristócrata solterón
=> El Mundo Perdido
=> Memorias de una Pulga
=> Robinson Crusoe
=> La Celestina
=> El gran Inquisidor
=> El Jugador
=> El sueño del Príncipe
=> Memorias del Subsuelo
=> Noches Blancas
=> Novela en nueve cartas
=> El Alguacil Endemoniado
=> El Mundo por Dentro
=> Gracias y desgracias del ojo del culo
=> Juguetes de la Niñez
=> Poemas
=> Sueño de la Muerte
=> El artista del Hambre
=> Josefina la Cantora o el pueblo de los ratones
=> La Condena
=> La Metamorfosis
=> Ser Feliz
=> Un Medico Rural
=> Varios Cuentos
=> Brevísima relación de la destrucción de las indias
=> Crepúsculos de los ídolos
=> Chile, el golpe y los gringos
=> Crónica de una muerte anunciada
=> Cuentos de Camino
=> Del amor y otros demonios
=> Doce cuentos peregrinos
=> El amor en tiempos de cólera
=> El coronel no tiene quien le escriba
=> El olor de la Güayaba
=> El otoño del Patriarca
=> En Venezuela
=> Escritos Diversos
=> La Hojarasca
=> Eréndira y su Abuela Desalmada
=> La siesta de los Martes
=> Los funerales de la Mamá grande
=> Memoria de mis putas tristes
=> Muerte constante más allá del Amor
=> Ojos de perro azul
=> Relato de un náufrago
=> Todos los Cuentos
=> Un Hombre ha muerto de muerte natural
=> Alibech o la nueva conversa
=> de las mujeres ilustres en Romance
=> Madame Bovery
=> La leyenda de san Julian el Hospitalario
=> El Horla
=> El Lobo
=> El Miedo
=> ¿Fue un Sueño?
=> La Cabellera
=> La Mano
=> El nuevo acelerador
=> La Maquina del tiempo
=> Los depredadores del mar
=> Las Habichuelas Mágicas
=> Cuentos Indiscretos
=> La Conversión de Casanova
=> Demian
=> Siddaharta
=> Cuentos Maravillosos.
=> Narciso y goldmundo
=> La Ruta Interior
=> La explicación de la tabla de la esmeralda
=> El Zarco
=> Oye Dios!
=> 26 cuentos para pensar
=> La ilíada (parte 1)
=> La ilíada (parte 2)
=> La odisea (parte 1)
=> La odisea (parte 2)
=> Don Quijote de la Mancha (Resumen)
=> Metodo silva de control mental
=> EL CÓDIGO SECRETO DE LA BIBLIA
=> ROCKEROS CELESTES
INCREIBLE
ENIGMAS?
VENMARKTEC
GALERIA
EL RINCON DE LOS NIÑOS
EL RINCÓN DE LA ABUELA
PARIS HILTON
Contacto
Encuestas
web amigas
FOTOGRAFIAS



 

EL AHOGADO - Baldomero Lillo

 

BALDOMERO LILLO. Escritor chileno. Nació en Lota el 6 de enero de 1867. Publicó su primer cuento, “Juan Fariña”, en 1903.

Su producción literaria alcanza los cuarenta y cinco cuentos.

En 1904 publicó “Subterra”, colección de cuentos sobre la vida minera, que logró el mayor éxito editorial y de crítica. Otros cuentos los publicó con el título de “Subsole” (1907). A esta colección pertenece “El ahogado”. Más cuentos suyos fueron publicados en el libro “El Hallazgo y otros Cuentos del Mar”, (1956).

  

 

 

Este texto digital es de DOMINIO PÚBLICO en Chile por cumplirse más de 50 años de la muerte de su autor. Sin embargo no todas las leyes de Copyright son iguales en los diferentes países del mundo. Infórmese de la situación de su país antes de la distribución pública de este texto.


EL AHOGADO

Baldomero Lillo

Sebastián dejó el montón de redes sobre el cual estaba sentado y se acercó al barquichuelo. Una vez junto a él extrajo un remo y lo colocó bajo la proa para facilitar el deslizamiento. En seguida se encaminó a la popa, apoyó en ella su espalda y empujó vigorosamente. Sus pies desnudos se enterraron en la arena húmeda y el botecillo, obedeciendo al impulso, resbaló sobre aquella especie de riel con la ligereza de una pluma. Tres veces repitió la operación.

A la tercera recogió el remo y saltó a bordo del esquife que una ola había puesto a flote, empezó a cinglar con lentitud, fijando delante de sí una mirada vaga, inexpresiva, como si soñase despierto.

Mas, aquella inconsciencia era sólo aparente. En su cerebro las ideas fulguraban como relámpagos. La visión del pasado surgía en su espíritu, luminosa, clara y precisa. Ningún detalle quedaba en la sombra y algunos presentábanle una faz nueva hasta entonces no sospechada. Poco a poco la luz se hacía en su espíritu y reconocía con amargura que su candorosidad y buena fe eran las únicas culpables de su desdicha.

El bote, que se deslizaba lentamente, impulsado por el rítmico vaivén del remo, doblaba en ese instante el pequeño promontorio que separaba la minúscula caleta de la Ensenada de los Pescadores. Era una hermosa y fría mañana de julio. El sol muy inclinado al septentrión, ascendía en un cielo azul de un brillo y suavidad de raso. Como hálito de fresca boca de mujer, su resplandor, de una tibieza sutil, acariciaba oblicuamente, empañando con un vaho de tenue neblina el terso cristal de las aguas. En la playa de la ensenada, las chalupas pescadoras descansaban en su lecho de arena ostentando la graciosa y curva línea de sus proas. Más allá, al abrigo de los vientos reinantes, estaba el caserío. Sebastián clavó con avidez los ojos sobre una pequeña eminencia, donde se alzaba una rústica casita cuya techumbre de zinc y muros de ladrillos rojos acusaban en sus poseedores cierto bienestar. En la puerta de la habitación apareció una blanca y esbelta figura de mujer. El pescador la contempló un instante, fruncido el ceño, hosca la mirada y, de pronto, con un brusco movimiento del remo torció el rumbo y navegó en línea recta hacia el sur. Durante algún tiempo cingló con brioso esfuerzo; el barquichuelo parecía volar sobre la bruñida sabana líquida y muy luego el promontorio, el caserío y la ensenada quedaron muy lejos, a muchos cables por la popa. Entonces, soltó el remo y se sentó en uno de los bancos. Su actitud era meditabunda. En su rostro tostado que la rizada y oscura barba encuadraba en un marco de ébano, brillaban los ojos de un color verde pálido con expresión inquieta y obsesionadora. Todo su traje consistía en una vieja gorra marinera, un pantalón de pana y una rayada camiseta que modelaba su airoso busto lleno de vigor y juventud.

El bote, entregado a la corriente, derivaba a lo largo de la costa erizada de arrecifes, donde el suave oleaje se quebraba blandamente. Sebastián, recogido en sí mismo, fijaba en aquellos parajes, para él tan familiares, una mirada de intensa melancolía. Y de pronto la vieja historia de sus amores surgió en su espíritu viva y palpitante, como si datara sólo de ayer. Ella empezó cuando Magdalena era una chicuela débil, de aspecto enfermizo. Él, por el contrario, era ya crecido y su cuerpo sano y membrudo tenía la fortaleza y flexibilidad de un mástil. El contacto diario de las comunes tareas había ido transformando aquel afecto fraternal en un amor apasionado y ardiente. Como hijos ambos de pobres pescadores, su mutuo cariño no encontró en la diferencia de fortunas obstáculos ni entorpecimientos. Fue, pues, sin oposición, novio oficial de Magdalena, quien era toda una mujer. Ni sombra quedaba en ella de la joven­cilla esmirriada, a quien tenía que proteger a cada paso de las bromas de sus compañeros. La transformación había sido completa. Alta, de formas armoniosas, con su bello ros­tro y sus grandes ojos oscuros, era la joya de la caleta. Entonces fue cuando aquella herencia inesperada, recaída en la madre de su novia, vino a modificar en parte este esta­do de cosas. Experimentó una corazonada de mal augurio, cuando le dieron la noticia. Los hechos vinieron a confir­mar bien pronto aquel presagio. El ajuar de Magdalena se transformó completamente. Los burdos zuecos fueron reemplazados por botines de charol y los trajes de percal cedieron el campo a las costosas telas de lana. Este cambio debíase en gran parte a la vanidad materna, que quería a toda costa hacer de la zafia pescadorcilla una señorita de pueblo. De aquí partieron los primeros tropiezos para el proyectado matrimonio. A juicio de la futura suegra, éste no debía efec­tuarse hasta que Sebastián no fuese propietario de una cha­lupa que reemplazase su misérrimo cachucho, el cual, según ella, era un viejo cascarón y no valía tres cuartillos.

El mozo no pudo menos que someterse a esta exigencia; mas, con el entusiasmo del amor y la juventud, creyó que muy pronto se encontraría en estado de satisfacerla.

El bote arrastrado por la corriente, presentaba la proa a la costa y Sebastián vio de improviso en la azul lejanía desta­carse los masteleros de los buques anclados en el puerto. Cortó aquel panorama el hilo de sus recuerdos, reanudán­dose en seguida la historia en la época en que apareció el otro. Un día irrumpió en compañía de unos cuantos calave­ras en la Ensenada de los Pescadores. Decíase marinero licenciado de un buque de guerra y mostrábase muy orgu­lloso de sus aventuras y de sus viajes. Con su fiero aspecto de perdonavidas, impúsose por el temor en aquellas pacíficas y sencillas gentes. Muy luego diose en cortejar a Magdalena, mas la joven, a quien repugnaba la aguarden­tosa figura del valentón, contestó a sus galanteos con el más soberano desprecio.

Un suspiro se escapó del pecho del pescador. Entornó los ojos, y un episodio grabado profundamente en su memoria, se presentó a su imaginación.

Un domingo por la mañana, de vuelta de la misa, mar­chando las muchachas adelante y los mozos atrás por el angosto sendero de la capilla, oyó, de repente, la voz aira­da de la joven que lo llamaba.

—¡Sebastián, Sebastián!

De un salto salvó el espacio que de ella lo separaba y vio al aborrecido rival que, sujetando por un brazo a la indig­nada muchacha, trataba, entre las risas de las demás, de cogerla por la cintura.

La escena del pugilato aparecíasele envuelta en una espesa bruma. Todo había sido cosa de un momento. Entre la admiración de todos hizo morder el polvo al cínico galanteador y si no se lo arrancan de entre las manos, habrían allí, probablemente, terminado todas sus valentías.

Por algún tiempo nada se supo de él hasta que llegó la noticia de que, jurando vengarse de su descalabro, se había embarcado a bordo de un ballenero que zarpaba para una larga expedición a los mares del sur.

Sebastián alzó la cabeza. De la ribera ascendía una lige­ra niebla que iba perdiéndose en los flancos de la escarpa­da costa. Ahora venía una época de relativa calma. Entregado con ardor al trabajo, procuraba reunir el dinero necesario para adquirir una embarcación de más valía que el diminuto cachucho. Mas, esto iba para largo y empeza­ba a comprender que con sólo el trabajo de sus manos tal vez no la conseguiría nunca. Entonces la sorda hostilidad de la madre de Magdalena, aquella vieja avarienta y vani­dosa a la vez, se hizo de día en día más desembozada y tenaz. Él no era un partido digno para su hija. Con su inex­periencia de muchacho y seguro del afecto de Magdalena, burlábase de aquella oposición. Ahora comprendía cuán torpe había sido al despreciar tan temible adversario. Mas, ya era tarde para remediar el mal. Sólo le restaba la vengan­za. Al llegar a este punto, un relámpago pareció animar las apagadas pupilas del pescador. En su rostro se dibujó una expresión de amenaza y de cólera intensa y honda. Mas esta excitación fue pasajera y volvió a abismarse en sus reflexio­nes. La escena de la taberna lo sumió en una profunda medi­tación. Aunque esa tarde había bebido copiosamente, recordaba todos los detalles. En medio de su embriaguez el padre de la joven había soltado la verdad, brutalmente. Hacía un mes que había llegado la carta. Estaba fechada a bordo del ballenero y había sido traída por una goleta que había com­pletado, primero que el bergantín, su cargamento. Estaba dirigida a la madre de Magdalena y en ella decía su rival que la expedición a la cual pertenecía, había realizado ganancias fabulosas de las cuales correspondíale, en su calidad de con­tramaestre, una no pequeña parte. Relataba algunas inciden­cias del viaje y concluía solicitando a Magdalena en matri­monio, pues sus intenciones eran establecerse en la ensena­da e invertir su capital en grandes empresas de pesca, a las cuales asociaría a su futuro suegro.

El viejo terminó su confidencia diciendo que Magdalena, que había empezado por rechazar abiertamen­te todo compromiso con el marinero, había ido, poco a poco, cediendo a las instancias maternales y a la sazón, aunque no mostraba gran entusiasmo por el nuevo y venta­joso partido que se le proporcionaba, su repugnancia se había debilitado en gran parte. Todo aquello, dicho por la estropajosa voz del viejo que excusaba su debilidad con la voluntad indomable de su mujer, a la cual había estado siempre subordinado, le produjo el efecto de un mazazo en el cerebro. Mas luego estalló en él una ira terrible. De un empellón derribó al vejete que quería retenerlo, y se aba­lanzó a comprobar, de la propia boca de Magdalena, la veracidad de aquella noticia. Pero la excitación producida por la cólera y las libaciones convirtió aquella explicación en reyerta, que terminó en un rompimiento definitivo.

A las palabras duras que le dirigiera, contestó la joven con otras ásperas e incisivas que lo volvieron loco furioso Aquella actitud suya había sido una nueva torpeza, pues tenía la convicción íntima de que Magdalena lo amaba, siendo la maléfica influencia de su madre la que la aparta­ba de su brazos. ¡Si él tuviese algún dinero! Y el deseo furioso de ser rico, de poseer riquezas, penetró como un dardo en su cerebro sobreexcitado. ¡Ah, si pudiera evocar a los espíritus infernales, no titubearía un instante en vender su sangre, su alma, a cambio de ese puñado de oro, cuya falta era la causa única de su infelicidad! Pensó en los teso­ros que guardaba avaro en su seno el mar. En las leyendas fantásticas de cofres llenos de corales y de perlas, flotando a merced de las olas y que el genio de las aguas ponía al alcance de un humilde pescador.

El insomnio de la noche, los efectos de la orgía de la vís­pera, el derrumbe de sus esperanzas y los atroces celos que le atenaceaban el alma, marcaban sus huellas profundas en su semblante. Sentía una sed vivísima. Se levantó del banco y buscó debajo de la proa, extrayendo de un escondite hábilmente disimulado una botella. Quitó la tapa y bebió con ansia. Poco a poco su rostro pálido se coloreó. Un prin­cipio de embriaguez sé pintó en sus verdosas pupilas. Cogió el remo y se puso a cinglar para salir de la corriente y acercarse más a la costa. De improviso, al doblar un cor­dón de arrecifes, distinguió por la proa, flotando sobre el agua, un objeto redondeado que llamó poderosamente su atención. Con un golpe de remo enderezó el rumbo y mar­chó en línea recta en demanda de aquello que despertaba su curiosidad. A medida que se aproximaba, su extrañeza se convertía en asombro. Luego, toda duda fuele ya imposible: lo que sobresalía del agua a pocos metros de él era la cabeza de un hombre. Se acercó un poco más y un espectáculo extraño se presentó ante su vista. Un joven, casi niño, completamente desnudo, yacía sumergido hasta el cuello en las frías y salobres ondas. Su posición casi vertical se debía a un salvavidas sujeto debajo de los brazos, en el que se destacaba con letras azules este nombre: "Fany".

Es un desertor, pensó Sebastián, recordando la fragata que al anochecer del día anterior había anclado cerca de la costa. Buscó con la vista el barco y lo distinguió navegando a velas desplegadas afuera del golfo. Como el nordeste que lo obligara a recalar allí cambiase horas después, había levado anclas y emprendido de nuevo su ruta desconocida.

Sin mucho esfuerzo se imaginó el pescador al grumetillo descolgándose del portalón de la nave a las altas horas de la noche. Mas, el fugitivo no había contado con la frialdad del agua, ni con la engañosa proximidad de la costa.

Sebastián contempló el cuerpo amoratado y rígido que se destacaba a través del agua transparente, y viendo que las azules pupilas del náufrago se clavaban en las suyas suplicantes, le dirigió algunas palabras en esa jerga tan común a la gente de mar. Pero de aquella boca, cuyos labios recogidos mostraban los blancos dientes, no brotó ningún sonido. La vida del grumete parecía haberse refugiado toda entera en sus inquietos y móviles ojos, cuya imploración muda hizo por un instante olvidar a Sebastián sus propios pesares.

Se inclinó para desembarazarlo del paquete de ropas que tenía atado a la espalda, pero, no pudiendo desatar los nudos, buscó la navaja del marinero, guiándose por el cordón que asomaba entre los pliegues del traje de sarga azul. Tiró de aquel cordón y, mientras una extremidad quedaba fija en las ropas, en la otra apareció la navaja unida o otro objeto pesado y brillante. Era un portamonedas de mallas metálicas que Sebastián, casi sin darse cuenta de lo que hacía, abrió oprimiendo el resorte. Su contenido, una gruesa cantidad de monedas de oro, lo maravilló. Mentalmente trató de calcular el valor de aquellos áureos discos y de súbito se echó a temblar. Una idea siniestra acababa de herir su cerebro, dejándolo deslumbrado. Mientras su cabeza ardía, un frío glacial comenzó a descender a lo largo de sus extremidades. Una sed ardiente le abrasó las fauces. Cogió la botella y llevándola a sus labios, bebió el líquido que encerraba hasta la última gota. Casi instantáneamente cesó el nervioso temblor y su mirada adquirió una fijeza extraña de alucinado. Ya no pensaba en el náufrago. El mar, los arrecifes, la gallarda nave, todo aquel panorama habíase desvanecido, borrándose de su vista como una niebla lejana. Veíase triunfante junto a Magdalena que le sonreía ruborosa a través de su blanco velo de desposada. Era el día de boda. La magnífica chalupa que los conducía de regreso del puerto era de su propiedad y volaba sobre las aguas, impulsada por sus ocho remos como una rauda gaviota.

De repente, su rostro transfigurado por una felicidad suprema se ensombreció. Conservando en la diestra la navaja y el portamonedas, su mirada se clavó en el náufrago dura y fulgurante como la hoja de un puñal. Mientras hacía jugar el muelle del arma, aquel rostro juvenil vuelto hacia él con expresión de angustioso terror le pareció el genio del mal que surgía de su antro, en las profundidades, para arrebatarle la felicidad. Un simple tajo en el caucho del salvavidas y aquel obstáculo desaparecería para siempre. Durante un minuto vaciló. Todo lo que en él había de generoso y noble pugnó por sobreponerse en la terrible lucha que se libraba en su corazón. Un golpe sordo en el agua hízole estremecer. Un gran pájaro marino se levantaba de un círculo de hirviente espuma, llevando en su férreo pico un vívido y plateado pez. Siguió al ave en su vuelo y, de súbito, su cuerpo vibró de pies a cabeza, como si hubiese recibido el choque de una corriente galvánica. En el blanco velamen del barco, hundiéndose en el horizonte, vio al ballenero que volvía. Sus ojos adquirieron otra vez aque­lla inmóvil fijeza. Contemplaba de nuevo a Magdalena ata­viada con su traje de novia, pero ya no era él el que estaba a su lado, junto al lecho nupcial, sino el otro. Mirábala son­reír mientras aquel rostro bestial, convulso por el deseo, se aproximaba al de ella, fresco y purpúreo como una rosa. Vio, en seguida, cómo una mano, más bien una garra, en cuyo dorso había grabada una ancha ancla, se posaba en el blanco y nacarado seno...

Un sordo rugido se escapó por entre sus dientes apreta­dos y se inclinó veloz sobre la borda. El salvavidas se desinfló instantáneamente; la rubia cabeza se hundió en el agua y Sebastián vio durante un segundo los ojos azules del náufrago crecer, aumentar, salirse casi de las órbitas, sin que pudiera apartar sus ojos de la terrífica visión. El cuer­po inclinábase de espaldas hasta tomar la posición horizontal y, de pronto, le pareció que el descenso se interrumpía, sintiendo, al mismo tiempo, en la diestra un leve tirón. Desencogió las falanges y la navaja y el portamonedas atraído por el delgado cordoncillo, saltaron por encima de la borda y desaparecieron en el mar.

Con la vista extraviada, desencajado el semblante, el pescador, dando un brinco, qué casi hace zozobrar la embarcación, se precipitó sobre el remo y comenzó a cin­glar desesperadamente.

 

 

Seis días han transcurrido. Sebastián, sentado en el banco de popa de su esquife, déjase arrastrar por la corrien­te en dirección al sur. Los ojos del pescador tienen un bri­llo y expresión extraños. Su lívido semblante, azorado e inquieto, sufre continuas transmutaciones. Sus ropas, en desorden, están cubiertas de fango. A veces sus miembros se crispan convulsivamente, los ojos parecen saltársele de las órbitas y se vuelve con presteza a la derecha o a la izquierda buscando la causa de aquel estruendo que, como un pistoletazo, acaba de resonar en sus oídos. Su existencia, durante la semana que acaba de transcurrir, ha sido una orgía continua. Aquella mañana se encontró tirado en el arroyo frente a la taberna. Se levantó y echó a andar como un autómata. Una vez en la caleta, un leve esfuerzo le bastó para que flotara el bote, pues la marea comenzaba ya a lamer su filosa quilla. Sentado en el banco, nada recuerda, en nada piensa. En su cerebro hay un enorme vacío y ve las más extrañas y raras figuras desfilar por delante de sus ojos. Todo lo que mira se transforma al punto en algo extrava­gante. El dorso de un arrecife es un disforme monstruo que le acecha a la distancia y la extremidad del remo se con­vierte en un diablillo que le hace burlescos visajes. Por todas partes seres extraños, con vestimentas azules o escar­latas, bailan infernales zarabandas.

De súbito, un halcón marino se precipita de lo alto y se hunde en el agua, a pocos metros de un arrecife. El ruido de la caída y el blanco penacho de espuma que levanta el cho­que producen en el pescador una agitación extraordinaria. Mira con ojos extraviados y el sopor de su espíritu se desva­nece. Está en el sitio y muy cerca del escollo junto al cual se hundiera la rubia cabeza del náufrago. Y estremecido, presa de infinito terror, se acurruca en el fondo del bote. Aunque la vista del mar le causa invencible pavura, una fuerza más poderosa que su voluntad lo obliga a alzar poco a poco la cabeza. El temblor de sus miembros y el castañeteo de sus dientes aumentan a medida que se asoma sobre la borda. Trata de rebelarse, pero, vencido, dominado por aquel irre­sistible poder, quédase inmóvil, con las pupilas inmensa­mente dilatadas fijas en el agua que acaricia los costados del bote con chasquidos que asemejan amorosos ósculos.

En un principio sólo ve una masa líquida, de un matiz de esmeralda intenso. Mas, a medida que su vista se hunde en ella, las capas del agua se toman más y más transparentes. Muy luego divisa el fondo de arena tapizado de conchas marinas y de pronto algo confuso, de un tinte blanquecino, que destaca allí abajo, atrae toda su atención. Como a través de un cristal empañado, que va perdiendo gradualmente su opacidad, los contornos de aquel objeto informe se precisan, adquieren relieve y el conjunto se destaca poco a poco con claridad y nitidez.

De súbito una terrible sacudida agita de pies a cabeza a Sebastián... El cuerpo está acostado de espaldas, con las piernas entreabiertas y los brazos en cruz. Su boca, sin labios, muestra dos hileras de dientes afilados y blancos, y de sus órbitas vacías brotan dos llamas que van a clavarse, como otros tantos dardos, en las verdes pupilas del homicida, quien, en el paroxismo del terror, trata inútilmente de sacudir la inercia de sus miembros y huir de la pavorosa visión.

Una fatal fascinación lo posee; quisiera cerrar los ojos, apartarse de la borda, pero ni uno solo de sus músculos le obedece.

Y el muerto sube. Abandona suavemente su lecho de conchas y asciende en línea recta a la superficie sin cambiar de postura, extendido de espaldas, con las piernas entreabiertas y los brazos en cruz. En su horrible rostro hay una expresión de venganza implacable, de aguada ferocidad. Un sordo estertor brota de la garganta de Sebastián. Su cuerpo tiembla como el de un epiléptico, mas no puede apartarse del flanco del bote.

Y el ahogado sube, sube cada vez más a prisa. Ya está a diez brazas, ya está a cinco, luego a dos. Y en el instante en que los brazos del muerto se tienden para cogerle en un abrazo mortal, el pescador, dando un tremendo salto, va a caer de pie sobre la popa de la embarcación. De ahí brinca a un arrecife, donde el bote abandonado a sí mismo ha ido a chocar y, ganando la parte más alta de la roca, mira despavorido a su derredor. Mas, apenas su vista se ha posado en el borde del agua, cuando salta de allí a la parte opuesta para volver al mismo sitio un segundo después y, loco de terror, de un arrecife pasa otro, con los cabellos erizados, flotando al viento.

Es que él está ahí y lo persigue. El agua hierve en torno de los escollos con las arremetidas del ahogado que azota las olas como un delfín. Está en todas partes, a derecha e izquierda, delante y detrás. Sebastián oye rechinar sus dientes y ve, a través del agua, el cuerpo hinchado, monstruoso, con sus largos brazos prestos a asirle al menor descuido o al más ligero traspié. Y para evitarlo salta, se escurre, se agazapa, corre de aquí para allá desatentado, sin encontrar un refugio contra la horrenda y espantable aparición.

De improviso se encuentra preso en un arrecife solitario. La marea le ha interceptado el paso y no puede ya avanzar ni retroceder. A medida que el agua sube y el peñasco se hunde, el ahogado estrecha el cerco y redobla sus acometidas. Varias veces el pescador ha creído sentir en sus desnudas piernas el contacto frío y viscoso de aquellos brazos que, como los tentáculos de un pulpo, se tienden hacia él con una avidez implacable. El fugitivo multiplica sus movimientos, su pecho jadea, la fatiga lo abruma. De pronto, mientras agita sus manos en el vacío y lanza un pavoroso grito, una ola viene a chocar contra sus piernas y lo precipita de cabeza al mar.

Mientras el sol distánciase cada vez más de la cima de los acantilados, el bote se aproxima con lentitud a la playa, sacudido por el espumoso oleaje, sobre el cual los halcones del océano se deslizan silenciosos, escudriñando las profundidades.

 

 

F I N

El sabio no dice lo que sabe, y el necio no sabe lo que dice.

Si los hombres han nacido con dos ojos, dos orejas y una sola lengua es porque se debe escuchar y mirar dos veces antes de hablar

Lo que importa verdaderamente en la vida no son los objetivos que nos marcamos, sino los caminos que seguimos para lograrlo.

Hay dos cosas que son infinitas: el universo y la estupidez humana; de la primera no estoy muy seguro.

Hay dos cosas que son infinitas: el universo y la estupidez humana; de la primera no estoy muy seguro.

El nacimiento y la muerte no son dos estados distintos, sino dos aspectos del mismo estado

Las personas son como la Luna. Siempre tienen un lado oscuro que no enseñan a nadie.

Las conversaciones son siempre peligrosas si se tiene algo que ocultar

El saber y la razón hablan, la ignorancia y el error gritan.

Todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de mofa

Algunas personas son tan falsas que ya no distinguen que lo que piensan es justamente lo contrario de lo que dicen.

Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no escucha.


=> ¿Desea una página web gratis? Pues, haz clic aquí! <=
VENMARKTEC-LIBROS