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GABRIEL GARCIA MARQUEZ

Relato de un náufrago

que estuvo diez días a la deriva en una balsa sin comer ni beber,

que fue proclamado héroe de la patria, besado por las reinas de la

belleza y hecho rico por la publicidad, y luego aborrecido por el

gobierno y olvidado para siempre.

La historia de esta historia

El 28 de febrero de 1955 se conoció la noticia de que ocho miembros de la tripulación del

destructor "Caldas", de la marina de guerra de Colombia, hablan caído al agua y

desaparecido a causa de una tormenta en el mar Caribe. La nave viajaba desde Mobile,

Estados Unidos, donde había sido sometida a reparaciones, hacia el puerto colombiano de

Cartagena, a donde llegó sin retraso dos horas después de la tragedia. La búsqueda de los

náufragos se inició de inmediato, con la colaboración de las fuerzas norteamericanas del

Canal de Panamá. que hacen oficios de control militar y otras obras de caridad en del sur

del Caribe. Al cabo de cuatro días se desistió de la búsqueda, y los marineros perdidos

fueron declarados oficialmente muertos. Una semana más tarde, sin embargo, uno de ellos

apareció moribundo en una playa desierta del norte de Colombia, después de permanecer

diez días sin comer ni beber en una balsa a la deriva. Se llamaba Luis Alejandro Velasco.

Este libro es la reconstrucción periodística de lo que él me contó, tal como fue publicada un

mes después del desastre por el diario El Espectador de Bogotá.

Lo que no sabíamos ni el náufrago ni yo cuando tratábamos de reconstruir minuto a minuto

su, aventura, era que aquel rastreo agotador había de conducirnos a una nueva aventura que

causó un cierto revuelo en el país, que a él le costó su gloria y su carrera y que a mí pudo

costarme el pellejo. Colombia estaba entonces bajo la dictadura militar y folclórica del

general Gustavo Rojas Pinilla, cuyas dos hazañas más memorables fueron una matanza de

estudiantes en el centro de la capital cuando el ejército desbarató a balazos una

manifestación pacífica, y el asesinato por la policía secreta de un número nunca establecido

de taurófilos dominicales, que abucheaban a la hija del dictador en la plaza de toros. La

prensa estaba censurada, y el problema diario de los periódicos de oposición era encontrar

asuntos sin gérmenes políticos para entretener a los lectores. En El Espectador, los

encargados de ese honorable trabajo de panadería éramos Guillermo Cano, director; José

Salgar, jefe de redacción, y yo, reportero de planta. Ninguno era mayor de 30 años.

Cuando Luis Alejandro Velasco llegó por sus propios pies a preguntarnos cuánto le

pagábamos por su cuento, lo recibimos como lo que era: una noticia refrita. Las fuerzas

armadas lo habían secuestrado varías semanas en un hospital naval, y sólo había podido

hablar con los periodistas del régimen, y con uno de oposición que se había disfrazado de

médico. , El cuento había sido contado a pedazos muchas veces, estaba manoseado y

pervertido, y los lectores parecían hartos de un héroe que se alquilaba para anunciar relojes,

porque el suyo no se atrasó a la intemperie; que aparecía en anuncios de zapatos, porque los

suyos eran tan fuertes que no los pudo desgarrar para comérselos, y en otras muchas

porquerías de publicidad. Había sido condecorado, había hecho discursos patrióticos por

radio, lo habían mostrado en la televisión como ejemplo de las generaciones futuras, y lo

habían paseado entre flores y músicas por medio país para que firmara autógrafos y lo

besaran las reinas de la belleza. Había recaudado una pequeña fortuna. Si venía a nosotros

sin que lo llamáramos, después de haberlo buscado tanto, era previsible que ya no tenla

mucho que contar, que sería capaz de inventar cualquier cosa Por dinero, y que el gobierno

le había señalado muy bien los límites de su declaración. Lo mandamos por donde vino. De

pronto, al impulso de una corazonada, Guillermo Cano lo alcanzó en las escaleras, aceptó el

trato, y me lo puso en las manos. Fue como si me hubiera dado una bomba de relojería.

Mi primera sorpresa fue que aquel muchacho de 20 años, macizo, con más cara de

trompetista que de héroe de la patria, tenía un instinto excepcional del arte de narrar, una

capacidad de síntesis y una memoria asombrosa-s, y bastante dignidad silvestre como para

sonreírse de su propio heroísmo. En 20 sesiones de seis horas diarias, durante las cuales yo

tomaba notas y soltaba preguntas tramposas para detectar sus contradicciones, logramos

reconstruir el relato compacto y verídico de sus diez días en el mar. Era tan minucioso y

apasionante, que mi único problema literario sería conseguir que el lector lo creyera. No fue

sólo por eso, sino también porque nos pareció justo, que acordamos escribirlo en primera

persona y firmado por él. Esta es, en realidad, la primera vez que mi nombre aparece

vinculado a este texto.

La segunda sorpresa, que fue la mejor, la tuve al cuarto día de trabajo, cuando le pedí a

Luis Alejandro Velasco que me describiera la tormenta que ocasionó el desastre.

Consciente de que la declaración valía su peso en oro, me replicó, con una sonrisa: "Es que

no había tormenta". Así era: los servicios meteorológicos nos confirmaron que aquel había

sido uno más de los febreros mansos y diáfanos del Caribe. La verdad, nunca publicada

hasta entonces, era que la nave dio un bandazo por el viento en la mar gruesa, se soltó la

carga mal estibada en cubierta, y los ocho marineros cayeron al mar. Esa revelación

implicaba tres faltas enormes: primero, estaba prohibido transportar carga en un destructor;

segundo, fue a causa del sobrepeso que la nave no pudo maniobrar para rescatar a los

náufragos, y tercero, era carga de contrabando: neveras, televisores, lavadoras. Estaba claro

que el relato, como el destructor, llevaba también mal amarrada una carga política y moral

que no habíamos previsto.

La historia, dividida en episodios, se publicó en catorce días consecutivos. El propio

gobierno celebró al principio la consagración literaria de su héroe. Luego, cuando se

publicó la verdad, habría sido una trastada política impedir que se continuara la serie: la

circulación del periódico estaba casi doblada, y había frente al edificio una rebatiña de

lectores que compraban los números atrasados para conservar la colección completa. La

dictadura, de acuerdo con una tradición muy propia de los gobiernos colombianos, se

conformó con remendar la verdad con la retórica: desmintió en un comunicado solemne

que el destructor llevara mercancía de contrabando. Buscando el modo de sustentar

nuestros cargos, le pedimos a Luis Alejandro Velasco la lista de sus compañeros de

tripulación que tuvieran cámaras fotográficas. Aunque muchos pasaban vacaciones en

distintos lugares del país, logramos encontrarlos para comprar las fotos que habían tomado

durante el viaje. Una semana después de publicado en episodios, apareció el relato

completo en un suplemento especial, ilustrado con las fotos compradas a los marineros. Al

fondo de los grupos de amigos en alta mar, se veían sin la menor posibilidad de equívocos,

inclusive con sus marcas de fábrica, las cajas de mercancía de contrabando. La dictadura

acusó el golpe con una serie de represalias drásticas que habían de culminar, meses

después, con la clausura del periódico.

A pesar de las presiones, las amenazas y las más seductoras tentativas de soborno, Luis

Alejandro Velasco no desmintió una línea del relato. Tuvo que abandonar la marina, que

era el único trabajo que sabía hacer, y se desbarrancó en el olvido de la vida común. Antes

de dos años cayó la dictadura y Colombia quedó a merced de otros regímenes mejor

vestidos pero no mucho más justos, mientras yo iniciaba en París este exilio errante y un

poco nostálgico que tanto se parece también a una balsa a la deriva. Nadie volvió a saber

nada del náufrago solitario, hasta hace unos pocos meses en que un periodista extraviado lo

encontró detrás de un escritorio en una empresa de autobuses. He visto esa foto: ha

aumentado de peso y de edad, y se nota que la vida le ha pasado por dentro, pero le ha

dejado el aura serena del héroe que tuvo el valor de dinamitar su propia estatua;

Yo no había vuelto a leer este relato desde hace quince años. Me parece bastante digno para

ser publicado, pero no' acabo de comprender la utilidad de su publicación. Me deprime la

idea de que a los editores no les interese tanto el mérito del texto como el nombre con que

está firmado, que muy a mi pesar es el mismo de un escritor de moda. Si ahora se imprime

en forma de libro es porque dije sí sin pensarlo muy bien, y no soy un hombre con dos

palabras.

G. G. M.

Barcelona, febrero 1970

I

Cómo eran mis compañeros muertos en el mar

El 22 de febrero se nos anunció que regresaríamos a Colombia. Teníamos ocho meses de

estar en Mobile, Alabama, Estados Unidos, donde el A.R.C. "Caldas" fue sometido a

reparaciones electrónicas y de sus armamentos. Mientras reparaban el buque, los miembros

de la tripulación recibíamos una instrucción especial. En los días de franquicia hacíamos lo

que hacen todos los marineros en tierra: íbamos al cine con la novia y nos reuníamos

después en "Joe Palooka", una taberna del puerto, donde tomábamos whisky y armábamos

tina bronca de vez en cuando.

Mi novia se llamaba Mary Address, la conocí dos meses después de estar en Mobile, por

intermedio de la novia de otro marino.

Aunque tenía una gran facilidad para aprender el castellano, creo que Mary Address no

supo nunca por qué mis amigos le decían "María Dirección". Cada vez que tenía franquicia

la invítaba al cine, aunque ella prefería que la invitara a comer helados. Nos entendíamos

en mi medio inglés y en su medio español, pero nos entendíamos siempre, en el cine o

comiendo helados.

Sólo una vez no fui al cine con Mary: la noche que vimos "El Motín del Caine". A un grupo

de mis compañeros le habían dicho que era una buena película sobre la vida en un

barreminas. Por eso fuimos a verla. Pero lo mejor de la película no era el barreminas sino la

tempestad. Todos estuvimos de acuerdo en que lo indicado en un caso como el de esa

tempestad era modificar el rumbo del buque, como lo hicieron los amotinados. Pero ni yo

ni ninguno de mis compañeros había estado nunca en una tempestad corno aquella, de

manera que nada en la película nos impresionó tanto como la tempestad. Cuando

regresamos a dormir, el marino Diego Velázquez, que estaba muy impresionado con la

película, pensando que dentro de pocos días estaríamos en el mar, nos dijo: -¿Qué tal si nos

sucediese una cosa como esa.

Confieso que yo también estaba impresionado. En ocho meses había perdido la costumbre

del mar. No sentía miedo, pues el instructor nos había enseñado a defendernos en un

naufragio. Sin embargo, no era normal la inquietud que sentía aquella noche en que vimos

"El Motín del Caine".

No quiero decir que desde ese instante empecé a presentir la catástrofe. Pero la verdad es

que nunca había sentido tanto temor frente a la proximidad de un viaje. En Bogotá, cuando

era niño y veía las ilustraciones de los libros, nunca se me ocurrió que alguien pudiera

encontrar la muerte en el mar. Por el contrario, pensaba en él con mucha confianza. Y

desde cuando ingresé en la marina, hace casi doce años, no había sentido nunca ningún

trastorno durante el viaje.

Pero no me avergüenzo de confesar que sentí algo muy parecido al miedo después que vi

"El Motín del Caine". Tendido boca arriba en mi litera -la más alta de todas- pensaba en mi

familia y en la travesía que debíamos efectuar antes de llegar a Cartagena. No podía dormir.

Con la cabeza apoyada en las manos oía el suave batir del agua contra el muelle, y la

respiración tranquila de los cuarenta marinos que dormían en el mismo salón. Debajo de mi

litera, el marinero primero Luis Rengifo roncaba como un trombón. No sé qué soñaba, pero

seguramente no habría podido dormir tan tranquilo si hubiera sabido que ocho días después

estaría muerto en el fondo del mar.

La inquietud me duró toda la semana. El día del viaje se aproximaba con alarmante rapidez

y yo trataba de infundirme seguridad en la conversación con mis compañeros. El A.R.C.

"Caldas" estaba listo para partir. Durante esos días se hablaba con más insistencia de

nuestras familias, de Colombia y de nuestros proyectos para el regreso. Poco a poco se iba

cargando el buque con regalos que traíamos a nuestras casas: radios, neveras, lavadoras y

estufas, especialmente. Yo traía una radio.

Ante la proximidad de la fecha de partida, sin poder deshacerme de mis preocupaciones,

tomé una determinación: tan pronto como llegara a Cartagena abandonaría la marina. No

volvería a someterme a los riesgos de la navegación. La noche antes de partir fui a

despedirme de Mary, a. quien pensé comunicarle mis temores y mi determinación. Pero no

lo hice, porque le prometí volver y no me habría creído si le- hubiera dicho que estaba

dispuesto a no navegar jamás. Al único que comuniqué mi determinación fue a mi amigo

íntimo, el marinero segundo Ramón Herrera, quien me confesó que también había decidido

abandonar la marina tan pronto como llegara a Cartagena. Compartiendo nuestros temores,

Ramón Herrera y yo nos fuimos con el marinero Diego Velázquez a tomarnos un whisky de

despedida en "Joe Palooka".

Pensábamos tomarnos un whisky, pero nos tomamos cinco botellas. Nuestras amigas de

casi todas las noches 'conocían la noticía de nuestro viaje y decidieron despedirse,

emborracharse y llorar en prueba de gratitud. El director de la orquesta, un hombre serio,

con unos anteojos que no le permitían parecer un músico, tocó en nuestro honor un

programa de mambos y tangos, creyendo que era música colombiana. Nuestras amigas

lloraron y tomaron whisky de a dólar y medio la botella.

Como en esa última semanas nos habían pagado tres veces, nosotros resolvimos echar la

casa por la ventana. Yo, porque estaba preocupado y quería emborracharme. Ramón

Herrera porque estaba alegre, -corno siempre, porque era de Arjona y sabía tocar el tambor

y tenía una singular habilidad para imitar a todos los cantantes de moda.

Un poco antes de retirarnos, un marinero norteamericano se acercó a la mesa y le pidió

permiso a Ramón Herrera para bailar con su pareja, una rubia enorme, que era la que menos

bebía y la que más lloraba -¡sinceramente!-. El norteamericano pidió permiso en inglés, y

Ramón Herrera le dio una sacudida, diciendo en español: "¡No entiendo un carajo! "

Fue una de1as mejores broncas de Mobile, con sillas rotas en la cabeza, radiopatrullas y

policías. Ramón Herrera, que logró ponerle dos buenos pescozones al norteamericano,

regresó al buque a la una de la madrugada, imitando a Daniel Santos. Dijo que era la última

vez que se embarcaba. Y, en realidad, fue la última.

A las tres de la madrugada del 24 de febrero zarpó el A.R.C. "Caldas" del puerto de

Mobile, rumbo a Cartagena. Todos sentíamos la felicidad de regresar a casa. Todos

traíamos regalos. El cabo primero Miguel Ortega, artillero, parecía el más alegre de todos.

Creo que ningún marino ha sido nunca más juicioso que el cabo Miguel Ortega. Durante

sus ocho meses en Mobile no despilfarró un dólar. Todo el dinero que recibió lo invirtió en

regalos para su esposa, que le esperaba en Cartagena. Esa madrugada, cuando nos

embarcamos, el cabo Miguel Ortega estaba en el puente, precisamente hablando de su

esposa y sus hijos, lo cual no era una casualidad, porque nunca hablaba de otra cosa. Traía

una nevera, una lavadora automática, y una radio y una estufa. Doce horas después el cabo

Miguel Ortega estaría tumbado en su litera, muriéndose del mareo. Y setenta y dos horas

después estaría muerto en el fondo del mar.

Los invitados de la muerte

Cuando un buque zarpa se le da la orden: "Servicio personal a sus puestos de buque". Cada

uno permanece en su puesto hasta cuando la nave sale del puerto. Silencioso en mi puesto,

frente a la torre de los torpedos, yo veía perderse en la niebla las luces de Mobile, pero no

pensaba en Mary. Pensaba en el mar. Sabía que al día siguiente estaríamos en el golfo de

México y que por esta época del año es una ruta peligrosa. Hasta el amanecer no vi al

teniente de fragata Jaime Martínez Diago, segundo oficial de operaciones, que fue el único

oficial muerto en la catástrofe. Era un hombre alto, fornido y silencioso, a quien vi en muy

pocas ocasiones. Sabía que era natural del Tolíma y una excelente persona.

En cambio, esa madrugada vi al suboficial primero Julio Amador Caraballo, segundo

contramaestre, alto y bien plantado, que pasó junto a mí, contempló por un instante las

últimas luces de Mobile y se dirigió a su puesto. Creo que fue la última vez que lo vi en el

buque.

Ninguno de los tripulantes del "Caldas" manifestaba su alegría del regreso más

estrepitosamente que el suboficial Elías Sabogal, jefe de maquinistas. Era un lobo de mar.

Pequeño, de piel curtida, robusto y conversador. Tenía alrededor de 40 años y creo que la

mayoría de ellos los pasó conversando.

El suboficial Sabogal tenía motivos para estar más contento que nadie. En Cartagena lo

esperaban su esposa y sus seis hijos. Pero sólo conocía cinco: el menor había nacido

mientras nos encontrábamos en Mobile.

Hasta el amanecer el viaje fue perfectamente tranquilo. En una hora me había

acostumbrado nuevamente a la navegación. Las luces de Mobile se perdían en la distancia

entre la niebla de un día tranquilo y por el oriente se veía el sol, que empezaba a levantarse.

Ahora no me sentía inquieto, sino fatigado. No había dormido en toda la noche. Tenía sed.

Y un mal recuerdo del whisky.

A las seis de la mañana salimos del puerto.

Entonces se dio la orden: "Servicio personal, retirarse. Guardias de mar, a sus puestos"

Tan pronto como oí la orden me dirigí al dormitorio. Debajo de mi litera, sentado, estaba

Luis Rengífo, frotándose los ojitos para acabar de despertar.

-¿Por dónde vamos? -me preguntó Luis Rengifo.

Le dije que acabábamos de salir del puerto. Luego subí a mi litera y traté de dormir.

Luis Rengifo era un marino completo. Había nacido en Chocó, lejos del mar, pero llevaba

el mar en la sangre. Cuando el "Caldas" entró en reparación en Mobile, Luis Rengifo no

formaba parte de su tripulación. Se encontraba en Washington, haciendo un curso de

armería. Era serio, estudioso y hablaba el inglés tan correctamente como el castellano.

El 15 de marzo se graduó de ingeniero civil en Washington. Allí se casó, con una dama

dominicana, en 1952. Cuando el destructor "Caldas" fue reparado, Luis Rengifo viajó de

Washington y fue incorporado a la tripulación. Me había dicho, pocos días antes de salir de

Mobile, que lo primero que haría al llegar a Colombia sería adelantar las gestiones para

trasladar a su esposa a Cartagena.

Como tenía tanto tiempo de no viajar, yo estaba seguro de que Luis Rengífo sufriría de

mareos. Esa primera madrugada de nuestro viaje, mientras se vestía, me preguntó:

-¿Todavía no te has mareado?

Le respondí que no. Rengifo dijo, entonces:

-Dentro de dos o tres horas te veré con la lengua afuera.

-Así te veré yo a ti -le dije. Y él respondió:

-El- día que yo me maree, ese día se marea el mar.

Acostado en mi litera, tratando de conciliar el sueño, yo volví a acordarme de la tempestad.

Renacieron mis temores de la noche anterior. Otra vez preocupado, me volví hacía donde

Luis Rengifo acababa de vestirse y le dije:

-Ten cuidado. No vaya y sea que la lengua te castigue.

II

Mis últimos minutos a bordo del "barco lobo"

"Ya estamos en el golfo", me dijo uno de mis compañeros cuando me levanté a almorzar, el

26 de febrero. El día anterior había sentido un poco de temor por el tiempo del golfo de

México. Pero el destructor, a pesar de que se movía un poco, se deslizaba con suavidad.

Pensé con alegría que mis temores habían sido infundados y salí a cubierta. La silueta de la

costa se había borrado. Sólo el mar verde y el cielo azul se extendían en torno a nosotros.

Sin embargo, en la media cubierta, el cabo Miguel Ortega estaba sentado, pálido y

desencajado. luchando con el mareo. Eso había empezado desde antes. Desde cuando

todavía no hablan desaparecido las luces de Mobíle, y durante las últimas veinticuatro

horas, el cabo Miguel Ortega no había podido mantenerse en pie, a pesar de que no era un

novato en el mar.

Miguel Ortega había estado en Corea, en la fragata "Almirante Padilla". Había viajado

mucho y estaba familiarizado con el mar. Sin embargo, a pesar de que el golfo estaba

tranquilo, fue preciso ayudarlo a moverse para que pudiera prestar la guardia. Parecía un

agonizante. No toleraba ninguna clase de alimentos y sus compañeros de guardia lo

sentábamos en la popa o en la media cubierta, hasta cuando se recibía la orden de

trasladarlo al dormitorio. Entonces se tendía boca abajo en su litera, con la cabeza hacia

afuera, esperando la vomitona.

Creo que fue Ramón Herrera quien me dijo, el 26 en la noche que la cosa se pondría dura

en el Caribe. De acuerdo con nuestros cálculos, saldríamos del golfo de México después de

la media noche. En mi puesto de guardia, frente a la torre de los torpedos, yo pensaba con

optimismo en nuestra llegada a Cartagena. La noche era clara, y el cielo, alto y redondo,

estaba lleno de estrellas. Desde cuando ingresé en la marina. me aficioné a identificar las

estrellas. Desde esa noche me di gusto, mientras el A. R. C. "Caldas" avanzaba

serenamente hacia el Caribe.

Creo que un viejo marinero que haya viajado por todo el inundo, puede saber en qué mar

se encuentra por la manera de moverse el barco. La experiencia en ese mar donde hice mis

primeras armas, me indicó que estábamos en el Caribe. Miré el reloj. Eran las doce y treinta

minutos de la noche. Las doce y treinta y uno de la madrugada del 27 de febrero. Aunque el

buque no se hubiera movido tanto, yo hubiera sabido que estábamos en el Caribe. Pero se

movía. Yo, que nunca he sentido mareos, empecé a sentirme intranquilo. Sentí un extrafio

presentimiento. Y sin saber por qué, me acordé entonces del cabo Miguel Ortega, que

estaba allá abajo, en su litera, echando el estómago por la boca.

A las seis de la mañana el destructor se movía como un cascarón. Luis Rengifo estaba

despierto, una litera debajo de la mía.

-Gordo -me dijo-. ¿Todavía no te has mareado?

Le dije que no. Pero le manifesté mis temores. Rengifo, que, como he dicho, era ingeniero,

muy estudioso y buen marino, me hizo entonces una exposición de los motivos por los

cuales no había el menor peligro de que al "Caldas" le ocurriera un accidente en el Caribe.

"Es un barco lobo", me dijo. Y me recordó que durante la guerra, en esas mismas aguas, el

destructor colombiano había hundido un submarino alemán.

"Es un buque seguro", decía Luis Rengífo. Y yo, acostado en mi litera, sin poder dormir a

causa de los movimientos de la nave, me sentía seguro con sus palabras. Pero el viento era

cada vez más fuerte a babor, y yo me imaginaba cómo estaría el---Caldas" en medio de

aquel tremendo oleaje. En ese momento me acordé de "El Motín del Caine".

A pesar de que el tiempo no varió durante todo el día, la navegación era normal. Cuando

prestaba la guardia me puse a hacer proyectos para cuando llegara a Cartagena. Le

escribiría a Mary. Pensaba escribirle dos veces por semana, pues nunca he sido perezoso

para escribir. Desde cuando ingresé en la marina, le he escrito todas las semanas a mi

familia de Bogotá. Les he escrito a mis amigos del barrio Olaya cartas frecuentes y largas.

De manera que le escribiría a Mary, pensé, y saqué en horas la cuenta del tiempo que nos

faltaba para llegar a Cartagena: nos faltaban exactamente 24 horas. Aquella era mi

penúltima guardia.

Ramón Herrera me ayudó a arrastrar al cabo Miguel Ortega hacia su litera. Estaba cada vez

peor. Desde cuando salimos de Mobile, tres días antes, no había probado alimentos. Casi no

podía hablar y tenía el rostro verde y descompuesto.

Empieza el baile

El baile empezó a las diez de la noche. Durante todo el día el "Caldas" se había movido,

pero no tanto como en esa noche del 27 de febrero en que yo, desvelado en mi litera,

pensaba con pavor en la gente que estaba de guardia en cubierta. Yo sabía que ninguno de

los marineros que estaban allí, en sus literas, había podido conciliar el sueño. Un poco antes

de las doce le dije a Luis Rengifo, mi vecino de abajo:

-¿Todavía no te has mareado?

Como lo había supuesto, Luis Rengifo tampoco podía dormir. Pero a pesar dél movimiento

del barco, no había perdido el buen humor. Dijo:

-Ya te dije que el día que yo me maree, ese día se marea el mar.

Era una frase que repetía con frecuencia. Pero esa noche casi no tuvo tiempo de terminarla.

He dicho que sentía inquietud. He dicho que sentía algo muy parecido al miedo. Pero no me

cabe la menor duda de lo que sentí a la media noche del 27, cuando a través de los

altoparlantes se dio una orden general:

"Todo el personal pasarse al lado de babor".. Yo sabía lo que significaba esa orden. El

barco estaba escorando peligrosamente a estribor y se trataba de equilibrarlo con nuestro

peso. Por primera vez, en dos años de navegación, tuve un verdadero miedo de¡ mar. El

viento silbaba, allá arriba, donde el personal de cubierta debía estar empapado y tiritando.

Tan pronto como oí la orden salté de la tarima. Con mucha calma, Luis Rengifo se puso en

pie y se fue a una de las tarimas de babor, que estaban desocupadas, porque pertenecían al

personal de guardia. Agarrándome a las otras literas, traté de caminar, pero en ese instante

me acordé de Miguel Ortega.

No podía moverse. Cuando oyó la orden había tratado de levantarse, pero había caído

nuevamente en su litera, vencido por el mareo y el agotamiento. Lo ayudé a incorporarse y

lo coloqué en su litera de babor. Con la voz apagada me dijo que se sentía muy mal.

-Vamos a conseguir que no hagas la guardia -le dije.

Puede parecer un mal chiste, -pero si Miguel Ortega se hubiera quedado en su litera, ahora

no estaría muerto.

Sin haber dormido un minuto, a las 4 de la madrugada del 28 nos reunimos en popa seis de

la guardia disponible. Entre ellos Ramón Herrera, mi compañero de todos los días. El

suboficial de guardia era Guillermo Rozo. Aquella fue mí última misión a bordo. Sabía que

a las 2 de la tarde estaríamos en Cartagena. Pensaba dormir tan pronto como entregara la

guardia, para poder divertirme esa noche en tierra firme, después de ocho meses de

ausencia. A las 5.30 de la madrugada fui a pasar revista a los bajos fondos acompañado por

un grumete. A las 7 relevamos los puestos de servicio efectivo para desayunar. A las 8

volvieron a relevarnos. Exactamente a esa hora entregué mi última guardia, sin novedad, a

pesar de que la brisa arreciaba y de que las olas, cada vez más altas, reventaban en el puente

y bañaban la cubierta.

En popa estaba Ramón Herrera. Allí estaba también, como salvavidas de guardia, Luis

Rengifo, con los auriculares puestos. En la media cubierta, recostado, agonizando con su

eterno mareo, estaba el cabo Miguel Ortega. En ese lugar se sentía menos el movimiento.

Conversé un momento con el marinero segundo Eduardo Castillo, almacenista, soltero,

bogotano y muy reservado. No recuerdo de qué hablábamos. Sólo sé que desde ese instante

no volvimos a vernos, hasta cuando se hundió en el mar, pocas horas después.

Ramón Herrera estaba recogiendo unos cartones para cubrirse con ellos y tratar de dormir.

Con el movimiento era imposible descansar en los dormitorios. Las olas, cada vez más

fuertes y altas, estallaban en la cubierta. Entre las neveras, las lavadoras y las estufas,

fuertemente aseguradas en la popa, Ramón Herrera y yo nos acostamos, bien ajustados,

para evitar que nos arrastrara una ola. Tendido boca arriba yo contemplaba el cielo. Me

sentía más tranquilo, acostado, con la seguridad de que dentro de pocas horas estaríamos en

la bahía de Cartagena. No había tempestad; el día estaba perfectamente claro, la visibilidad

era completa y el cielo estaba profundamente azul. Ahora ni siquiera me apretaban las

botas, pues me las había cambiado por unos zapatos de caucho después de que entregué la

guardia.

Un minuto de silencio

Luis Rengífo me preguntó la hora. Eran las once y media. Desde hacía una hora el buque

empezó a escorar, a inclinarse peligrosamente a estribor. A través de los altavoces se repitió

la orden de la noche anterior: "Todo el personal ponerse al lado de babor", Ramón Herrera

y yo no nos movimos, porque estábamos de ese lado.

Pensé en el cabo Miguel Ortega, a quien un momento antes había visto a estribor, pero casi

en el mismo instante lo vi pasar tambaleando. Se tumbó a babor, agonizando con su mareo.

En ese instante el buque se inclinó pavorosamente; se fue. Aguanté la respiración. Una ola

enorme reventó sobre nosotros y quedamos empapados, como si acabáramos de salir del

mar. Con mucha lentitud, trabajosamente, el destructor recobró su posición normal. En la

guardia, Luis Rengifo estaba lívido. Dijo, nerviosamente:

-¡Qué vaina! Este buque se está yendo y no quiere volver.

Era la primera vez que veía nervioso a Luis Rengifo. Junto a mí, Ramón Herrera, pensativo,

enteramente mojado, permanecía silencioso. Hubo un instante de silencio total. Luego,

Ramón Herrera dijo:

-A la hora que manden cortar cabos para que la carga se vaya al agua, yo soy el primero en

cortar.

Eran las once y cincuenta minutos.

Yo también pensaba que de un momento a otro ordenarían cortar las amarras de la carga.

Es lo que se llama "zafarrancho de aligeramiento". Radios, neveras y estufas habrían caído

al agua tan pronto como hubieran dado la orden. Pensé que en ese caso tendría que bajar al

dormitorio, pues en la popa estábamos seguros porque habíamos logrado asegurarnos entre

las neveras y las estufas. Sin ellas nos habría arrastrado la ola.

El buque seguía defendiéndose del oleaje, pero cada vez escoraba más. Ramón Herrera

rodó una carpa y se cubrió con ella. Una nueva ola, más grande que la anterior, volvió a

reventar sobre nosotros, que ya estábamos protegidos por la carpa. Me sujeté la cabeza con

las manos, mientras pasaba la ola, y medio minuto después carraspearon los altavoces.

"Van a dar la orden de cortar la carga", pensé. Pero la orden fue otra, dada con una voz

segura y reposada: "-Personal que transita en cubierta, usar salvavidas".

Calmadamente, Luis Rengifo sostuvo con una mano los auriculares y se puso el salvavidas

con la otra. Como después de cada ola grande, yo sentía primero un gran vacío y después

un profundo silencio. Vi a Luis Rengifo que, con el salvavidas puesto, volvió a colocarse

los auriculares. Entonces cerré los ojos y oí perfectamente el tic-tac de mi reloj.

Escuché el reloj durante un minuto, aproximadamente. Ramón Herrera no se movía.

Calculé que debla faltar un cuarto para las doce. Dos horas para llegar a Cartagena. El

buque pareció suspendido en el aire un segundo. Saqué la mano para mirar la hora, pero en

ese instante no vi el brazo, ni la mano, ni el reloj. No vi la ola. Sentí que la nave se iba del

todo y que la carga en que me apoyaba se estaba rodando. Me puse en pie, en una fracción

de segundo, y el agua me llegaba al cuello. Con los ojos desorbitados, verde y silencioso, vi

a Luis Rengifo que trataba de sobresalir, sosteniendo los auriculares en alto. Entonces el

agua me cubrió por completo y empecé a nadar hacia arriba.

Tratando de salir a flote, nadé hacía arriba por espacio de uno, dos, tres segundos. Seguí

nadando hacia arriba. Me faltaba aire. Me asfixiaba. Traté de amarrarme a la carga, pero ya

la carga no estaba allí. Ya no había nada alrededor. Cuando salí a flote no vi en torno mío

nada distinto del mar. Un segundo después, como a cien metros de distancia, el buque

surgió de entre las olas, chorreando agua por todos lados, como un submarino. Sólo

entonces me di cuenta de que había caído al agua.

III

Viendo, ahogarse a cuatro de mis compañeros

Mí primera impresión fue la de estar absolutamente solo en la mitad del mar.

Sosteniéndome a flote vi que otra ola reventaba contra. el destructor, y que éste, como a

200 metros del lugar en que me encontraba, se precipitaba en un abismo y desaparecía de

mi vista. Pensé que se había hundido. Y un momento después, confirmando mi

pensamiento, surgieron en torno a mí numerosas cajas de la mercancía con que el destructor

habla sido cargado en Mobile. Me sostuve a flote entre cajas de ropa, radios, neveras y toda

clase de utensilios domésticos que saltaban confusamente, batidos por las olas. No tuve en

ese instante ninguna idea precisa de lo que estaba sucediendo. Un poco atolondrado, me

aferré a una. de las cajas flotantes y estúpidamente me puse a contemplar el mar.

El día era de una claridad perfecta. Salvo el fuerte oleaje producido por la brisa y la

mercancía dispersa en la superficie, no había nada en ese lugar que pareciera un naufragio.

De pronto comencé a oír gritos cercanos. A través del cortante silbido del viento reconocí

perfectamente la voz de Julio Amador Caraballo, el alto y bien plantado segundo

contramaestre, que le gritaba a alguien:

-Agárrese de ahí, por debajo del salvavidas.

Fue como si en ese instante hubiera despertado de un profundo sueño de un minuto. Me di

cuenta de que no estaba solo en el mar. Allí, a pocos metros de distancia, mis compañeros

se gritaban unos a otros, manteniéndose a flote. Rápidamente comencé a pensar. No podía

nadar hacia ningún lado. Sabía que estábamos a casi 200 millas de Cartagena, pero tenía

confundido el sentido de la orientación. Sin embargo, todavía no sentía miedo. Por un

momento pensé que podría estar aferrado a la caja indefinidamente, hasta cuando vinieran

en nuestro auxilio. Me tranquilizaba saber que alrededor de mí otros marinos se

encontraban en iguales circunstancias. Entonces fue cuando vi la balsa.

Eran dos, aparejadas, como a siete metros de distancia la una de la otra. Aparecieron

inesperadamente en la cresta de una ola, del lado donde gritaban mis compañeros. Me

pareció extraño que ninguno de ellos hubiera podido alcanzarlas. En un segundo, una de las

balsas desaparecía de mi vista. Vacilé entre correr el riesgo de nadar hacia' la otra o

permanecer seguro, agarrado a la caja. Pero antes de que hubiera tenido tiempo de tomar

una determinación, me encontré nadando hacia la última balsa visible, cada vez más lejana.

Nadé por espacio de tres minutos. Por un instante dejé de ver la balsa, pero procuré no

perder la dirección. Bruscamente, un golpe de la, ola la puso al lado mío, blanca, enorme y

vacía. Me agarré con fuerza al enjaretado y traté de saltar al interior. Sólo lo logré a la

tercera tentativa. Ya dentro de la balsa, jadeante, azotado por la brisa, implacable y helada,

me incorporé trabajosamente. Entonces vi a tres de mis compañeros al rededor de la balsa,

tratando de alcanzarla.

Los reconocí al instante. Eduardo Castillo, el almacenista, se agarraba fuertemente al cuello

de Julio Amador Caraballo. Este, que estaba de guardia efectiva cuando ocurrió el

accidente, tenía puesto el salvavidas. Gritaba: "Agarrase duro, Castillo". Flotaban entre la

mercancía dispersa, como a diez metros de distancia.

Del otro lado estaba Luis Rengifo. Pocos minutos antes lo había visto en el destructor,

tratando de sobresalir con los auriculares levantados en la mano derecha. Con su serenidad

habitual, con esa confianza de buen marinero con que decía que antes que él se marearía el

mar, se había quitado la camisa para nadar mejor, pero había perdido el salvavidas. Aunque

no lo hubiera visto, lo habría reconocido por su grito:

-Gordo, rema para este lado.

Rápidamente agarré los remos y traté de acercarme a ellos. Julio Amador, con Eduardo

Castillo fuertemente colgado del cuello, se aproximaba a la balsa. Mucho más allá, pequeño

y desolado, vi al cuarto de mis compañeros: Ramón Herrera, que me hacía señas con la

mano, agarrado a una caja.

¡Sólo tres metros!

Si hubiera tenido que decidirlo, no habría sabido por cuál de mis compañeros empezar.

Pero cuando vi a Ramón Herrera, el de la bronca en Mobile, el alegre muchacho de Arjona

que pocos minutos antes estaba conmigo en la popa, empecé a remar con desesperación.

Pero la balsa tenía casi 2 metros de largo. Era muy pesada en aquel mar encabritado y yo

tenía que remar contra la brisa. Creo que no logré hacerla avanzar un metro. Desesperado,

miré otra vez alrededor y ya Ramón Herrera había desaparecido de la superficie. Sólo Luis

Rengifo nadaba con seguridad hasta la balsa. Yo estaba seguro de que la alcanzaría. Lo

había oído roncar como un trombón, debajo de mi tarima, y estaba convencido de que su

serenidad era más fuerte que el mar.

En cambio, Julio Amador luchaba con Eduardo Castillo para que no se soltara de su cuello.

Estaban a menos de tres metros.

Pensé que si se acercaban un poco más podría tenderles un remo para que se agarrasen.

Pero en ese instante una ola gigantesca suspendió la balsa en el aire y vi, desde la cresta

enorme, el mástil del destructor, que se alejaba. Cuando volví a descender, Julio Amador

había desaparecido, con Eduardo Castillo agarrado al cuello. Solo, a dos metros de

distancia, Luis Rengifo seguía nadando serenamente hacia la balsa.

No sé por qué hice esa cosa absurda: sabiendo que no podía avanzar, metí el remo en el

agua, como tratando de evitar que la balsa se moviera, como tratando de clavarla en su

sitio. Luis Rengifo, fatigado, se detuvo un instante, levantó la mano como cuando sostenía

en ella los auriculares, y me gritó otra vez:

-¡Rema para acá, gordo!

La brisa venía en la misma dirección. Le grité que no podía remar contra la brisa, que

hiciera un último esfuerzo, pero tuve la sensación de que no me oyó. Las cajas de

mercancías habían desaparecido y la balsa bailaba de un lado a otro, batida por las olas. En

un instante estuve a más de cinco metros de Luis Rengífo, y lo perdí de vista. Pero apareció

por otro lado, todavía sin desesperarse, hundiéndose contra las olas para evitar que lo

alejaran. Yo estaba de pie, ahora con el remo en alto, esperando que Luis Rengifo se

acercara lo suficiente como para que pudiera alcanzarlo. Pero entonces noté que se fatigaba,

se desesperaba. Volvió a gritarme, hundiéndose ya:

-¡Gordo... Gordo...

Traté de remar., pero seguía siendo inútil, como la primera vez. Hice un último esfuerzo

para que Luis Rengifo alcanzara el remo, pero la mano levantada, la que pocos -Minutos

antes había tratado de evitar que se hundieran los auriculares, se hundió en ese momento

para siempre, a menos de dos metros del remo...

No sé cuánto tiempo estuve así, parado, haciendo equilibrio en la balsa, con el rerno

levantado. Examinaba el agua. Esperaba que de un -momento a otro surgiera alguien en la

superficie. Pero el mar estaba limpio y el viento, cada vez más fuerte, golpeaba contra mi

camisa con un aullido de perro. La mercancía había desaparecido. El mástil, cada vez más

distante, me indicó que el destructor no se había hundido, como lo creí al principio. Me

sentí tranquilo: pensé que dentro de un momento vendrían a buscarme. Pensé que alguno de

mis compañeros había logrado alcanzar la otra balsa. No había razón para que no lo

hubíeran logrado. No eran balsas dotadas, porque la verdad es que ninguna de las balsas del

destructor estaba dotada. Pero había seis en total, aparte de los botes y balleneras. Pensaba

que era enteramente normal que algunos. de mis compañeros hubieran alcanzado las otras

balsas, como alcancé yo la mía, y que acaso el destructor nos estuviera buscando.

De pronto me di, cuenta del sol. Un sol caliente y metálico, del puro mediodía. Atontado,

todavía sin recobrarme por completo, miré el reloj. Eran las doce clavadas.

Solo

La última vez que Luis Rengífo me preguntó la hora, en el destructor, eran las once y

media. Vi nuevamente la hora a las once y cincuenta, y todavía no había ocurrido la

catástrofe. Cuando miré el reloj en la balsa, eran las doce en punto. Me pareció que hacía

mucho tiempo que todo había ocurrido, pero en realidad sólo habían transcurrido diez

minutos desde el instante en que vi por última vez el reloj, en la popa del destructor, y el

instante en que alcancé la balsa, y traté de salvar a mis compañeros, y me quedé allí,

inmóvil, de pie en la balsa, viendo el mar vacío, oyendo el cortante aullido del viento y

pensando que' transcurrirían por lo menos dos o tres horas antes de que vinieran a

rescatarme.

"Dos o tres horas", calculé. Me pareció un tiempo desproporcionadamente largo para estar

solo en el mar. Pero traté de resignarme. No tenía alimentos ni agua y pensaba que antes de

las tres de la tarde la sed sería abrasadora. El sol. me ardía en la cabeza, me empezaba a

quemar la piel, seca y endurecida por la sal. Como en la caída había perdido la gorra, volví

a mojarme la cabeza y me senté al borde de la balsa, mientras venían a rescatarme.

Sólo entonces sentí el dolor en la rodilla derecha. Mi grueso pantalón de dril azul estaba

mojado, de manera que me costó trabajo enrollarlo hasta más- arriba de la rodilla. Pero

cuando lo logré me sentí sobresaltado: tenía una* herida honda, en forma de medialuna, en

la parte inferior de la rodilla. No sé sí tropecé con el borde del barco. No sé si me hice la

herida al caer al agua. Sólo sé que no me di cuenta de ella sino cuando ya estaba sentado en

la balsa, y que a pesar de que me ardía un poco, había dejado de sangrar y estaba

perfectamente seca, me imagino que a causa de la sal marina. Sin saber en qué pensar, me

puse a hacer un inventario de mis cosas. Quería saber con qué contaba en la soledad del

mar. En primer término, contaba con mi reloj, que funcionaba a precisión y que no podía

dejar de mirar a cada dos, tres minutos. Tenía, además de mi anillo de oro, comprado en

Cartagena el año pasado, mi cadena con la medalla de la Virgen del Carmen, también

comprada en Cartagena a otro marino por treinta y cinco pesos. En los bolsillos no tenía

más que las llaves de mi armario del destructor, y tres tarjetas que me dieron en un almacén

de Mobile, un día del mes de enero en que fui de compras con Mary Address. Como no

tenía nada que hacer, me puse a leer las tarjetas para distraerme mientras me rescataban. No

sé por qué me pareció que eran como un mensaje en clave que los náufragos echan al mar

dentro de una botella. Y creo que si en ese instante hubiera tenido una botella, hubiera

metido dentro una de las tarjetas, jugando al náufrago, para tener esa noche algo divertido

que contarles a mis amigos en Cartagena.

IV

Mi primera noche solo en el Caríbe

A las cuatro de la tarde se calmó la brisa. Corno no veía nada más que agua y cielo, como

no tenía puntos de referencia, transcurrieron mas de dos horas antes de que me diera cuenta

de que la balsa estaba avanzando. Pero en realidad, desde el momento en que me encontré

dentro de ella, empezó a moverse en línea recta, empujada por la brisa, a una velocidad

mayor de la que yo habría podido imprimirle con los remos. Sin embargo, no tenía la menor

idea sobre mi dirección ni posición. No sabia sí la balsa avanzaba hacia la costa o hacia el

interior del Caribe. Esto último me parecía lo más probable, pues siempre habla

considerado imposible que el mar arrojara a la tierra alguna cosa que hubiera penetrado 200

millas, y menos sí esa cosa era algo tan pesado como un hombre en una balsa.

Durante mis primeras dos horas seguí mentalmente, minuto a minuto, el viaje del

destructor. Pensé que si habían telegrafiado a Cartagena, habían dado la posición exacta del

lugar en que ocurrió el accidente, y que desde ese momento habían enviado aviones y

helicópteros a rescatarnos. Hice mis cálculos: antes de una hora los aviones estarían allí,

dando vueltas sobre mi cabeza.

A la una de la tarde me senté en la balsa a escrutar el horizonte. Solté los tres remos y los

puse en el interior, listo a remar en la dirección en que aparecieran los aviones. Los minutos

eran largos e intensos. El sol me abrasaba el rostro y las espaldas y los labios me ardían,

cuarteados por la sal. Pero en ese momento no sentía sed ni hambre. La única necesidad que

sentía era la de que aparecieran los aviones. Ya tenía mi plan: cuando los viera aparecer

trataría de remar hacia ellos, luego, cuando estuvieran sobre mí, me pondría de pie en la

balsa y les haría señales con la camisa. Para estar preparado, para no perder un minuto, me

desabotoné la camisa y seguí sentado en la borda, escrutando el horizonte por todos lados,

pues no tenía la menor idea de la dirección en que aparecerían los aviones.

Así llegaron las dos. La brisa seguía aullando, y por encima del aullido de la brisa yo seguía

oyendo la voz de Luis Rengifo: "Gordo, rema para este lado". La oía con perfecta claridad,

como si estuviera allí, a dos metros de distancia, tratando de alcanzar el remo. Pero yo sabía

que cuando el viento aúlla en el mar, cuando las olas se rompen contra los acantilados, uno

sigue oyendo las voces que recuerda. Y las sigue oyendo con enloquecedora persistencia:

"Gordo, rema para este lado".

A las tres empecé a desesperarme. Sabía que a esa hora el destructor estaba en los muelles

de Cartagena. Mis compañeros, felices por el regreso, se dispersarían dentro de pocos

momentos por la ciudad. Tuve la sensación de que todos estaban pensando en mí, y esa idea

me infundió ánimo y paciencia para esperar hasta las cuatro. Aunque no hubieran

telegrafiado, aunque no se hubieran dado cuenta de que caímos al agua, lo habrían

advertido en el momento de atracar, cuando toda la tripulación debía de estar en cubierta.

Eso pudo ser a las tres, a más tardar; inmediatamente habrían dado el aviso. Por mucho que

hubieran demorado los aviones en despegar, antes de medía hora estarían volando hacía el

lugar del accidente. Así que a las cuatro -a más tardar a las cuatro y medía- estarían volando

sobre mi cabeza. Seguí escrutando el horizonte, hasta cuando cesó la brisa y me sentí

envuelto en un inmenso y sordo rumor. Sólo entonces dejé de oír el grito de Luis Rengifo.

La gran noche

Al principio me pareció que era imposible permanecer tres horas solo en el mar. Pero a las

cinco, cuando ya habían transcurrido cinco horas, me pareció que aún podía esperar una

hora más. El sol estaba descendiendo. Se puso rojo y grande en el ocaso, y entonces

empecé a orientarme. Ahora sabía por donde aparecerían los aviones: puse el sol a mi

izquierda y miré en línea recta, sin moverme, sin desviar la vista un solo instante, sin

atreverme a pestañar, en la dirección en que debía de estar Cartagena, según mi orientación.

A las seis me dolían los ojos. Pero seguía mirando. Incluso después de que empezó a

oscurecer, seguí mirando con una paciencia dura y rebelde. Sabía que entonces no vería los

aviones, pero vería las luces verdes v rojas, avanzando hacía mí, antes de percibir el ruido

de sus motores. Quería ver las luces, sin pensar que desde los aviones no podrían verme en

la oscuridad. De pronto el cielo se puso rojo, y yo seguía escrutando el horizonte. Luego se

puso color de violetas oscuras, y yo seguía mirando. A un lado de la balsa, como un

diamante amarillo en el cielo color de vino, fija y cuadrada, apareció la primera estrella.

Fue como una señal. Inmediatamente después, la noche, apretada y tensa, se derrumbó

sobre el mar.

Mí primera impresión, al darme cuenta de que estaba sumergido en la oscuridad, de que ya

no podía ver la palma de mi mano, fue la de que no podría dominar el terror. Por el ruido

del agua contra la borda, sabía que la balsa seguía avanzando lenta pero incansablemente.

Hundido en las tinieblas, me di cuenta entonces de que no había estado tan solo en las horas

del día. Estaba más solo en la oscuridad, en la balsa que no veía pero que sentía debajo de

mí, deslizándose sordamente sobre un mar espeso y poblado de animales extraños. Para

sentirme menos solo me puse a mirar el cuadrante de mi reloj. Eran las siete menos diez.

Mucho tiempo después, como a las dos, a las tres horas, eran las siete menos cinco. Cuando

el minutero llegó al número doce eran las siete en punto y el cielo estaba apretado de

estrellas. Pero a mí me parecía que había transcurrido tanto tiempo que ya era hora de que

empezara a amanecer. Desesperadamente, seguía pensando en los aviones.

Empecé a sentir frío. Es imposible permanecer seco un minuto dentro de una balsa. Incluso

cuando uno se sienta en la borda medio cuerpo queda dentro del agua, porque el piso de la

balsa cuelga como una canasta, más de medio metro por debajo de la superficie. A las ocho

de la noche el agua era menos fría que el aire. Yo sabía que en el piso de la balsa estaría a

salvo de animales, porque la red que protege el piso les impide acercarse. Pero eso se

aprende en la escuela y se cree en la escuela, cuando el instructor hace la demostración en

un modelo reducido de la balsa, y uno está sentado en un banco, entre cuarenta compañeros

y a las dos de la tarde. Pero cuando se está solo en el mar, a las ocho de -la noche y sin

esperanza, se piensa que no hay ninguna lógica en las palabras del instructor. Yo sabía que

tenía medio cuerpo metido en un mundo que no pertenecía a los hombres sino a los

animales del mar y a pesar del viento helado que me azotaba la camisa no me atrevía a

moverme de la borda. Según el instructor, ése es el lugar menos seguro de la balsa. Pero,

con todo, sólo allí me sentía más lejos de los animales: esos animales enormes y

desconocidos que oía pasar misteriosamente junto a la balsa.

Esa noche me costó trabajo encontrar la Osa Menor, perdida en una confusa e interminable

marafia de estrellas. Nunca había visto tantas. En toda la extensión del cielo era difícil

encontrar un punto vacío. Pero desde cuando localicé la Osa Menor no me atreví a mirar

hacía otro lado. No sé por qué me sentía menos solo mirando la Osa Menor. En Cartagena,

cuando teníamos franquicia, nos sentábamos en el puente de Manga a la madrugada,

mientras Ramón Herrera cantaba, imitando a Daniel Santos, y alguien lo acompañaba con

una guitarra. Sentado en el borde de la piedra, yo descubría siempre la Osa Menor, por los

lados del Cerro de la Popa. Esa noche, en el borde de la balsa, sentí por un instante como si

estuviera en el puente de Manga, como si Ramón Herrera hubiera estado junto a mí,

cantando acompañado por una guitarra, y como si la Osa Menor no hubiera estado a 200

millas de la tierra, sino sobre el Cerro de la Popa. Pensaba que a esa hora alguien estaba

mirando la Osa Menor en Cartagena, como yo la miraba en el mar, y esa idea hacía que me

sintiera menos solo.

Lo que hizo más larga mi primera noche en el mar fue que en ella no ocurrió absolutamente

nada. Es imposible describir una noche en una balsa, cuando nada sucede y se tiene terror a

los animales, y se tiene un reloj fosforescente que es imposible dejar de mirar un solo

minuto. La noche del 28 de febrero -que fue mi primera noche en el mar miré al reloj cada

minuto. Era una tortura. Desesperadamente resolví quitármelo, guardarlo en el bolsillo para

no estar pendiente de la hora. Cuando me pareció que era imposible resistir, faltaban 20

minutos para las nueve de la noche. Todavía no sentía sed ni hambre y estaba seguro de que

podría resistir hasta el día siguiente, cuando vinieran los aviones. Pero pensaba que me

volvería loco el reloj. Preso de angustia, me lo quité de la muñeca para echármelo al

bolsillo, pero cuando lo tuve en la mano se me ocurrió que lo mejor era arrojarlo al mar.

Vacilé un instante. Luego sentí terror: pensé que estarla más solo sin el reloj. Volví a

ponérmelo en la muñeca y segui mirándolo, minuto a minuto, como esa tarde había estado

mirando el horizonte en espera de los aviones; hasta cuando me dolieron los ojos.

Después de las doce sentí deseos de llorar. No había dormido un segundo, pero ni siquiera

lo había intentado. Con la misma esperanza con que esa tarde esperé ver aviones en el

horizonte, estuve esa madrugada buscando luces de barcos. Permanecí largas horas

escrutando el mar; un mar tranquilo, inmenso y silencioso, pero no vi una sola luz distinta

de las estrellas. El frío fue más intenso en las horas de la madrugada y me parecía que mi

cuerpo se había vuelto resplandeciente, con todo el sol de la tarde incrustado debajo de la

piel. Con el f río me ardía más. La rodilla derecha empezó a dolerme después de las doce y

sentía como si el agua hubiera penetrado hasta los huesos. Pero esas eran sensaciones

remotas. No pensaba tanto en mi cuerpo como en las luces de los barcos. Y pensaba que en

medio de aquella soledad infinita, en medio del oscuro rumor del mar, no necesitaba sino

ver la luz de un barco, para dar un grito que se habría oído a cualquier distancia.

La luz de cada día

No amaneció lentamente, como en la tierra. El cielo se puso pálido, desaparecieron las

primeras estrellas y yo seguía mirando primero el reloj y luego el horizonte. Aparecieron

los contornos del mar habían transcurrido doce horas, pero me parecía imposible. Es

imposible que la noche sea tan larga como el día. Se necesita haber pasado una noche en el

mar, sentado en una balsa y contemplando un reloj, para saber que la noche es

desmesuradamente más larga que el día. Pero de pronto empieza a amanecer, y entonces

uno se siente demasiado cansado para saber que está amaneciendo.

Eso me ocurrió en aquella primera noche de la balsa. Cuando empezó a amanecer ya nada

me importaba. No pensé ni en el agua ni en la comida. No pensé en nada hasta cuando el

viento empezó a ponerse tibio y la superficie del mar se volvió lisa y dorada. No había

dormido un segundo en toda la noche, pero en aquel instante sentí como si hubiera

despertado. Cuando me estiré en la balsa los huesos me dolían. Me dolía la piel. Pero el día

era resplandeciente y tibio, y en medio de la claridad, del rumor del viento que empezaba a

levantarse, yo me sentía con renovadas fuerzas para esperar. Y me sentí profundamente

acompañado en la balsa. Por primera vez en los 20 años de mi vida me sentí entonces

perfectamente feliz.

La balsa seguía avanzando, no podía calcular cuánto había avanzado durante la noche, pero

todo seguía siendo igual en el horizonte, como si no me hubiera movido un centímetro. A

las siete de la mañana pensé en el destructor. Era la hora del desayuno. Pensaba que mis

compañeros estaban sentados en la mesa comiéndose una manzana. Después nos llevarían

huevos. Después carne. Después pan y café con leche. La boca se me llenó de saliva y sentí

una torcedura leve en el estómago. Para - distraer aquella idea me sumergí en el fondo de la

balsa hasta el cuello. El agua fresca en la espalda abrasada me hizo sentir fuerte y aliviado.

Estuve así largo tiempo, sumergido, preguntándome por qué me f ui a la popa con Ramón

Herrera, en lugar de acostarme en mi litera. Reconstruí minuto a minuto la tragedia y me

consideré como un estúpido. No había ninguna razón para que yo hubiera sido una de las

víctimas: no estaba de guardia, no tenía obligación de estar en cubierta. Pensé que todo

había sido por culpa de la mala suerte y entonces volví a sentir un poco de angustia. Pero

cuando miré el reloj volví a tranquilizarme. El día avanzaba rápidamente: eran las once y

media.

Un punto negro en el horizonte

La proximidad del mediodía me hizo pensar otra vez en Cartagena. Pensé que era imposible

que no hubieran advertido mi desaparición. Hasta llegué a lamentar el haber alcanzado la

balsa, pues me imaginé por un instante que mis compañeros habían sido rescatados, y que

el único que andaba a la deriva era yo, porque la balsa había sido empujada por la brisa.

Incluso atribuí a la mala suerte el haber alcanzado la balsa.

No había acabado de madurar esa idea cuando creí ver un punto en el horizonte. Me

incorporé con la vista fija en aquel punto negro que avanzaba. Eran las once y cincuenta.

Miré con tanta intensidad, que en un momento el cielo se llenó de puntos luminosos. Pero

el punto negro seguía avanzando, directamente hacia la balsa. Dos minutos después de

haberlo descubierto empecé a ver perfectamente su forma. A medida que se acercaba por el

cielo, luminoso y azul, lanzaba cegadores destellos metálicos. Poco a poco se fue

definiendo entre los otros puntos luminosos. Me dolía el cuello y ya no soportaba el

resplandor del cielo en los ojos. Pero seguía mirándolo: era brillante, veloz, y venía

directamente hacia la balsa. En ese instante no me sentí feliz. No sentí una emoción

desbordada. Sentí una gran lucidez y una serenidad extraordinaria, de pie en la balsa,

mientras el avión se acercaba. Calmadamente me quité la camisa. Tenía la sensación de que

sabía cuál era el instante preciso en que debía empezar a hacer señas con la camisa.

Permanecí un minuto, dos minutos, con la camisa en la mano, esperando a que el avión se

acercara un poco más. Venía directamente hacia la balsa. Cuando levanté el brazo y empecé

a agitar la camisa, oía perfectamente, por encima del ruido de las olas, el creciente y

vibrante ruido de sus motores.

V

Yo tuve un compañero a bordo de la balsa

Agité la camisa desesperadamente, durante cinco minutos por lo menos. Pero pronto me di

cuenta de que me había equivocado: el avión no venía hacia la balsa. Cuando vi crecer el

punto negro me pareció que pasaría por encima de mí cabeza. Pero pasó muy distante y a

una altura desde la cual era imposible que me vieran. Luego dio una larga vuelta, tomó la

dirección de regreso y empezó a perderse en el mismo lugar del cielo por ,donde había

aparecido. De pie en la balsa, expuesto al sol ardiente, estuve mirando el punto negro. sin

pensar en nada, hasta cuando se borró por completo en el horizonte. Entonces volví a

sentarme. Me sentí desgraciado, pero como aún no había perdido la esperanza, decidí tomar

precauciones para protegerme del sol. En primer término no debía exponer los pulmones a

los rayos solares. Eran las doce del día. Llevaba exactamente 24 horas en la balsa. Me

acosté de cara al cielo en la borda y me puse sobre el rostro la camisa húmeda. No traté de

dormir porque sabía el peligro que me amenazaba si me quedaba dormido en la borda.

Pensé en el avión: no estaba muy seguro de que me estuviera buscando. No me fue posible

identificarlo.

Allí, acostado en la borda, sentí por primera vez la tortura de la sed. Al principio fue la

saliva espesa y la sequedad en la garganta. Me provocó tomar agua del mar, pero sabía que

me perjudicaba. Podría tomar un poco, más tarde. De pronto me olvidé de la sed. Allí

mismo, sobre mi cabeza, más fuerte que el ruido de las olas, oí el ruido de otro avión.

Emocionado, me incorporé en la balsa. El avión se acercaba, por donde había llegado el

otro, pero este venía directamente hacia la balsa. En el instante en que pasó sobre mi cabeza

volví a agitar la camisa. Pero iba demasiado alto. Pasó de largo; se fue; desapareció. Luego

dio la vuelta y lo vi de perfil sobre el horizonte, volando en la dirección en que había

llegado. "Ahora me están buscando", pensé. Y esperé en la borda, con la camisa en la

mano, a que llegaran nuevos aviones.

Algo había sacado en claro de los aviones: aparecían y desaparecían por un mismo punto.

Eso significaba que allí estaba la tierra. Ahora sabía hacía dónde debía dírigirme. ¿Pero

cómo? Por mucho que la balsa hubiera avanzado durante la noche, debía estar aún muy

lejos de la costa. Sabía en qué dirección encontrarla, pero ignoraba en absoluto cuánto

tiempo debía remar, con aquel sol que empezaba a ampollarme la piel y con aquella hambre

que me dolía en el estómago. Y sobre todo, con aquella sed. Cada vez me resultaba más

difícil respirar.

A las 12.35, sin que yo hubiera advertido en qué momento, llegó un enorme avión negro,

con pontones de acuatizaje, pasó bramando por encima de mi cabeza. El corazón me dio un

salto. Lo vi perfectamente. El día era muy claro, de manera que pude ver nítidamente la

cabeza de un hombre asomado a la cabina, examinando el mar con un par de binóculos

negros. Pasó tan bajo, tan cerca de mi, que me pareció sentir en el rostro el fuerte aletazo de

sus motores. Lo identifiqué perfectamente por las letras de sus alas: era un avión del

servicio de guardacostas de la Zona del Canal.

Cuando se alejó trepidando hacia el interior del Caribe no dudé un solo instante de que el

hombre de los binóculos me había visto agitar la camisa. -¡Me han descubierto!", grité,

dichoso, todavía agitando la camisa. Loco de emoción, me puse a dar saltos en la balsa.

¡Me habían visto!

Antes de cinco minutos, el mismo avión negro volvió a pasar en la dirección contraria, a

igual altura que la primera vez. Volaba inclinado sobre el ala izquierda y en la ventanilla de

ese lado vi de nuevo, perfectamente, al hombre que examinaba el mar con los binóculos.

Volví a agitar la camisa. Ahora no la agitaba desesperadamente. La agitaba con calma, no

como sí estuviera pidiendo auxilio, sino como lanzando un emocionado saludo de

agradecimiento a mis descubridores.

A medida que avanzaba me pareció que iba perdiendo altura. Por un momento estuvo

volando en línea recta, casi al nivel del agua. Pensé que estaba acuatizando y me preparé a

remar hacía el lugar en que descendiera. Pero un instante después volvió a tomar altura, dio

la vuelta y pasó por tercera vez sobre mi cabeza. Entonces no agité la camisa con

desesperación. Aguardé que estuviera exactamente sobre la balsa. Le hice una breve señal y

esperé que pasara de nuevo, cada vez más bajo. Pero ocurrió todo lo contrarío: tomó altura

rápidamente y se perdió por donde había aparecido. Sin embargo, no tenía por qué

preocuparme. Estaba seguro de que me habían visto. Era imposible que no me hubieran

visto, volando tan bajo y exactamente sobre la balsa. Tranquilo, despreocupado y feliz, me

senté a esperar.

Esperé una hora. Había sacado una conclusión muy importante: el punto donde aparecieron

los primeros aviones estaba sin duda sobre Cartagena. El punto por donde desapareció el

avión negro estaba sobre Panamá. Calculé que remando en línea recta, desviándome un

poco de la dirección de la brisa llegaría aproximadamente al balneario de Tolú. Ese era más

o menos el punto intermedio entre los dos puntos por donde desaparecieron los aviones.

Habla calculado que en una hora estarían rescatándome. Pero la hora pasó sin que nada

ocurriera en el mar azul, limpio y perfectamente tranquilo. Pasaron dos horas más. Y otra y

otra, durante las cuales no me moví un segundo de la borda. Estuve tenso, escrutando el

horizonte sin pestañear. El sol empezó a descender a las cinco de la tarde. Aún no perdía las

esperanzas, pero comencé a sentirme intranquilo. Estaba seguro de que me habían visto

desde el avión negro, pero no me explicaba cómo había transcurrido tanto tiempo sin que

vinieran a rescatarme. Sentía la garganta seca. Cada vez me resultaba más difícil respirar.

Estaba distraído, mirando el horizonte, cuando, sin saber por qué, di un salto y caí en el

centro de la balsa. Lentamente, como cazando una presa, la aleta dé un tiburón se deslizaba

a lo largo de la borda.

Los tiburones llegan a las cinco

Fue el primer animal que vi, casi treinta horas después de estar en la balsa. La aleta de un

tiburón infunde terror porque uno conoce la voracidad de la fiera. Pero realmente nada

parece más inofensivo que la aleta de un tiburón. No parece algo que formara parte de un

animal, y menos de una fiera. Es verde y era como la corteza de un árbol. Cuando la vi

pasar orillando la borda, tuve la sensación de que tenía un sabor fresco y un poco amargo,

como el de una corteza vegetal. Eran más de las cinco. El mar estaba sereno al atardecer.

Otros tiburones se acercaron a la balsa, pacientemente, y estuvieron merodeando hasta

cuando anocheció por completo. Ya no había luces, pero los sentía rondar en la oscuridad,

rasgando la superficie tranquila con el filo de sus aletas.

Desde ese momento no volví a sentarme en la borda después de las cinco de la tarde.

Mañana, pasado mañana y aún dentro de cuatro días, tendría suficiente experiencia para

saber que los tiburones son unos animales puntuales: llegarían un poco después de las

cinco y desaparecerían con la oscuridad.

Al atardecer, el agua transparente ofrece un hermoso espectáculo. Peces de todos los

colores se acercaban a la balsa. Enormes peces amarillos y verdes; peces rayados de azul y

rojo, redondos. diminutos, acompañaban la balsa hasta el anochecer. A veces había un

relámpago metálico, un chorro de agua sanguinolenta saltaba por la borda y los pedazos de

un pez destrozado por el tiburón flotaban un segundo junto a la balsa. Entonces una

incalculable cantidad de peces menores se precipitaban sobre los desperdicios. En aquel

momento yo habría vendido el alma por el pedazo más pequeño de las sobras del tiburón.

Era mi segunda noche en el mar. Noche de hambre y de sed y de desesperación. Me sentí

abandonado, después de, que me aferré obstinadamente a la esperanza de los aviones. Sólo

esa noche decidí que con lo único que contaba para salvarme era con mi voluntad y con los

restos de mis fuerzas.

Una cosa me asombraba: me sentía un poco débil, pero no agotado. Llevaba casi cuarenta

horas sin agua ni alimentos y más de dos noches y dos días sin dormir, pues había estado en

vigilia toda la noche anterior al accidente. Sin embargo yo me sentía capaz de remar.

Volví a buscar la Osa Menor. Fijé la vista en ella y empecé a remar. Había brisa pero no

corría en la misma dirección que yo debía imprimirle a la balsa para navegar directamente

hacia la Osa Menor. Fijé los dos remos en la borda y comencé a remar a las diez de la

noche. Remé al principio desesperadamente. Luego con más calma, fija la vista en la Osa

Menor, que, según mis cálculos, brillaba exactamente sobre el Cerro de la Popa.

Por el ruido del agua sabía que estaba avanzando. Cuando me fatigaba cruzaba los remos y

recostaba la cabeza para descansar. Luego agarraba los remos con más fuerza y con más

esperanza. A las doce de la noche seguía remando.

Un compañero en la balsa

Casi a las dos me sentí completamente agotado. Crucé los remos y traté de dormir. En ese

momento había aumentado la sed. El hambre no me molestaba. Me molestaba la sed. Me

sentí tan cansado que apoyé la cabeza en, el remo y me dispuse a morir. Entonces fue

cuando vi, sentado en la cubierta del destructor al marinero Jaime Manjarrés, que me

mostraba con el índice la dirección del puerto. Jaime Manjarrés, bogotano, es uno de mís

amigos más antiguos en la marina. Con frecuencia pensaba en los compañeros que trataron

de abordar la balsa. Me preguntaba si habrían alcanzado la otra balsa, si el destructor los

había recogido o si los habían localizado los aviones. Pero nunca había pensado en Jaime

Manjarrés. Sin embargo, tan pronto como cerraba los ojos aparecía Jaime Manjarrés,

sonriente, primero señalándome la dirección del puerto y luego sentado en el comedor,

frente a mí, con un plato de frutas y huevos revueltos en la mano.

Al principio fue un sueño. Cerraba los ojos, dormía durante breves minutos y aparecía

siempre, puntual y en la misma posición, Jaime Manjarrés. Por fin decidí hablarle..

No recuerdo qué le pregunté en esa primera ocasión. No recuerdo tampoco qué me

respondió. Pero sé que estábamos conversando en la cubierta y de pronto vino el golpe de

la ola, la ola fatal de las 11.55, y desperté sobresaltado, agarrándome con todas mis fuerzas

al enjaretado para no caer al mar.

Pero antes del amanecer se oscureció el cielo. No pude dormir más porque me sentía

agotado, incluso para dormir. En medio de las tinieblas dejé de ver el otro extremo de la

balsa. Pero seguí mirando hacia la oscuridad, tratando de penetrarla. Entonces fue cuando

vi perfectamente, en el extremo de la borda, a Jaime Manjarrés, sentado, con su uniforme

de trabajo: 'pantalón y camisa azules, y la gorra ligeramente inclinada sobre la oreja

derecha, en la que se leía claramente, a pesar de la oscuridad: "A. R. C. Caldas".

-Hola -le dije sin sobresaltarme. Seguro de que Jaime Manjarrés estaba allí. Seguro de que

allí había estado siempre.

Sí esto hubiera sido un sueño no tendría ninguna importancia. Sé que estaba completamente

despierto, completamente lúcido, y que oía el silbido del viento y el ruido del mar sobre mi

cabeza. Sentía el hambre y la sed. Y no me cabía la menor duda de que Jaime Manjarrés

viajaba conmigo en la balsa.

-¿Por qué no tomaste bastante agua en el buque? -me preguntó.

-Porque estábamos llegando a Cartagena -le respondí, Estaba acostado en la popa con

Ramón Herrera.

No era una aparición. Yo no sentía miedo. Me parecía una tontería que antes me hubiera

sentido solo en la balsa, sin saber que otro marinero estaba conmigo.

-¿Por qué no comiste? -me preguntó Jaime Manjarrés.

Recuerdo perfectamente que le dije:

-Porque no quisieron darme comida. Pedí manzanas y helados y no quisieron dármelos. No

sé dónde los tenían escondidos.

Jaime Manjarrés no respondió nada. Estuvo silencioso un momento. Volvió a señalarme

hacia donde quedaba Cartagena. Yo seguí la dirección de su mano y vi las luces del puerto,

las boyas de la bahía bailando sobre el agua. "Ya llegamos", dije, y seguí mirando

intensamente las luces del puerto, sin emoción, sin alegría, como si estuviera llegando

después de un viaje normal. Le pedí a Jaime Manjarrés que remáramos un poco. Pero ya no

estaba ahí. Se había ido. Yo estaba solo en la balsa y las luces del puerto eran los primeros

rayos del sol. Los primeros rayos de mi tercer día de soledad en el mar.

VI

Un barco de rescate

Y una isla de caníbales

Al principio llevaba la cuenta de los días por la recapitulación de los acontecimientos: el

primer día, 28 de febrero, fue el del accidente. El segundo el de los aviones. El tercero fue

el más desesperante de todos: no ocurrió nada de particular. La balsa avanzó impulsada por

la brisa. Yo no tenía fuerzas para remar. El día se nubló, sentí frío y como no veía el sol

perdí la orientación. Esa mañana no hubiera podido saber por dónde venían los aviones.

Una balsa no tiene popa ni proa. Es cuadrada y a veces navega de lado, gira sobre sí misma

imperceptiblemente, y como no hay puntos de referencia no se sabe sí avanza o retrocede.

El mar es igual por todos lados. A veces me acostaba en la parte posterior de la borda, en

relación con el sentido en que avanzaba la balsa. Me cubría el rostro con la camisa. Cuando

me incorporaba, la balsa había avanzado hacia donde yo me encontraba acostado. Entonces

yo no sabía sí la balsa había cambiado de dirección ni si había girado sobre sí misma. Algo

semejante me ocurrió con el tiempo después del tercer día.

Al mediodía decidí hacer dos cosas: primero, clavé un remo en uno de los extremos de la

balsa, para saber si avanzaba siempre en un mismo sentido. Segundo, hice con las llaves, en

la borda, una raya para cada día que pasaba, y marqué la fecha. Tracé la primera raya y

puse un número: 28.

Tracé la segunda raya y puse otro número: 29. Al tercer día, junto a la tercera raya, puse el

número 30. Fue otra confusión. Yo creí que estábamos en el día 30 y en realidad era el 2 de

marzo. Sólo lo advertí al cuarto día, cuando dudé si el mes que acababa de concluir tenía 30

o 31 días. Sólo entonces recordé que era febrero, y aunque ahora parezca una tontería, aquel

error me confundió el sentido del tiempo. Al cuarto día ya no estaba muy seguro de mis

cuentas en relación con los días que llevaba de estar en la balsa.

¿Eran tres? ¿Eran cuatro? ¿Eran cinco? De acuerdo con las rayas, fuera febrero o marzo,

llevaba tres días. Pero no estaba muy seguro, por lo mismo que no estaba seguro de sí la

balsa avanzaba o retrocedía. Preferí dejar las cosas como estaban, para evitar nuevas

confusiones, y perdí definitivamente las esperanzas de que me rescataran.

Aún no había comido ni bebido. Ya no quería pensar, me costaba trabajo organizar las

ideas. La piel, abrasada por el sol, me ardía terriblemente, llena de ampollas. En la Base

Naval el instructor nos había advertido que debía procurarse a toda costa no exponer los

pulmones a los rayos del sol. Esa era una de mis preocupaciones. Me había quitado 1a

camisa, siempre mojada, y me la había amarrado a la cintura, pues me molestaba su

contacto en la piel. Como llevaba cuatro días de sed y ya me era materialmente imposible

respirar y sentía un dolor profundo en la garganta, en el pecho y debajo de las clavículas, al

cuarto día tomé un poco de agua salada. Esa agua no calma la sed, pero refresca. Había

demorado tanto tiempo en tomarla porque sabía que la segunda vez debía tomar menos

cantidad, y sólo cuando hubieran transcurrido muchas horas.

Todos los días, con asombrosa puntualidad, los tiburones llegaban i las cinco. Había

entonces un festín en torno a la balsa. Peces enormes saltaban fuera del agua y pocos

momentos después resurgían destrozados. Los tiburones, enloquecidos, se precipitaban

sordamente contra la superficie sanguinolenta. Todavía no habían tratado de romper la

balsa, pero se sentían atraídos por ella porque era de color blanco. Todo el mundo sabe que

los tiburones atacan de preferencia los objetos blancos. El tiburón es miope, de manera que

sólo puede ver las cosas blancas o brillantes. Esa era otra recomendación del instructor:

-Hay que esconder las cosas brillantes para no llamar la atención de los tiburones.

Yo no llevaba cosas brillantes. Hasta el cuadrante de mi reloj es oscuro. Pero me habría

sentido tranquilo si hubiera tenido cosas blancas para arrojar al agua, lejos de la balsa, en

caso de que los tiburones hubieran tratado de saltar por la borda. Por si acaso, desde el

cuarto día estuve siempre con el remo listo para defenderme, después de las cinco de la

tarde.

¡Barco a la vista!

Durante la noche cruzaba un remo en la balsa y trataba de dormir. No sé sí eso ocurriría

solamente cuando estaba dormido o también, cuando estaba despierto, pero todas las

noches veía a Jaime Manjarrés. Conversábamos breves minutos, sobre cualquier cosa, y

luego desaparecía. Ya me había acostumbrado a sus visitas. Cuando salía el sol me

imaginaba que eran alucinaciones. Pero de noche no me cabía la menor duda de que Jaime

Manjarrés estaba allí, en la borda, conversando conmigo. El también trataba de dormir, en

la madrugada del quinto día. Cabeceaba en silencio, recostado en el otro remo. De pronto se

puso a escrutar el mar. Me dijo:

-¡Mira!

Yo levanté la vista. Como a 30 kilómetros de la balsa, avanzando en el mismo sentido de la

brisa, vi las intermitentes pero inconfundibles luces de un barco.

Hacía horas que no me sentía con fuerzas para remar. Pero al ver las luces me incorporé en

la balsa, sujeté fuertemente los remos y traté de dirigirme hacia el barco. Lo veía avanzar

lentamente, y por un instante no sólo vi las luces del mástil, sino la sombra del mismo

avanzando contra los primeros resplandores del amanecer.

La brisa me ofrecía una fuerte resistencia. A pesar de que remé con desesperación, con una

fuerza que no me pertenecía después de más de cuatro días sin comer ni dormir, creo que

no logré desviar la balsa ni un metro de la dirección que le imprimía la brisa.

Las luces eran cada vez más lejanas, empecé a sudar. Empecé a sentirme agotado. A los

veinte minutos, las luces habían desaparecido por completo. Las estrellas empezaron a

apagarse y el cielo se tiñó de un gris intenso. Desolado en medio del mar, solté los remos,

me puse de pie, azotado por el helado viento de la madrugada, y durante breves minutos

estuve gritando como un loco.

Cuando vi el sol de nuevo, estaba otra vez recostado en el remo. Me sentía completamente

extenuado. Ahora no esperaba la salvación por ningún lado y sentía deseos de morir. Sin

embargo, algo extraño me ocurría cuando sentía deseos de morir: inmediatamente

empezaba a pensar en un peligro. Ese pensamiento me infundía renovadas fuerzas para

resistir.

En la mañana de mi quinto día, estuve dispuesto a desviar la dirección de la balsa, por

cualquier medio. Se me ocurrió que si continuaba en dirección a la brisa, llegaría a una isla

habitada por caníbales. En Mobile, en una revista cuyo nombre he olvidado, leí el relato de

un náufrago que fue devorado por los antropófagos. Pero no era en ese relato en lo que

pensaba. Pensaba en "El Marinero Renegado", un libro que leí en Bogotá, hace dos años.

Esa es la historia de un marinero que durante la guerra, después de que su barco chocó

contra una mina, logró nadar hasta una isla cercana. Allí permanece 24 horas,

alimentándose de frutas silvestres, hasta cuando lo descubren los caníbales, lo echan en una

olla de agua hirviendo y lo cuecen vivo. Comencé a pensar instantáneamente en esa isla. Ya

no podía imaginarme la costa sino como un territorio poblado de caníbales. Por primera vez

durante mis cinco días de soledad en el mar, mi terror cambió de dirección: ahora no tenía

tanto miedo al mar como a la tierra.

Al medio día estuve recostado en la borda, aletargado por el sol, el hambre y la sed. No

pensaba en nada. No tenía sentido del tiempo ni de la dirección. Traté de ponerme en pie,

para probar las fuerzas, y tuve la sensación de que no podía con mi cuerpo.

"Este es el momento", pensé. Y, en realidad, me pareció que ese era el momento más

temible de todos los que nos había explicado el instructor: el momento de amarrarse a la

balsa. Hay un instante en que ya no se siente la sed ni el hambre. Un momento en que no se

sienten ni los implacables mordiscos del sol en la piel ampollada. No se piensa. No se tiene

ninguna noción de los sentimientos. Pero aún no se pierden las esperanzas. Todavía queda

el recurso final de soltar los cabos del enjaretado y amarrarse a la balsa. Durante la guerra

muchos cadáveres fueron encontrados así, descompuestos y picoteados por las aves, pero

fuertemente amarrados a la balsa.

Pensé que todavía tenía fuerzas para esperar hasta la noche sin necesidad de amarrarme. Me

rodé hasta el fondo de la balsa, estiré las piernas y permanecí sumergido hasta el cuello

varias horas. Al contacto del sol, la herida de la rodilla empezó a dolerme. Fue como si

hubiera despertado. Y como sí ese dolor me hubiera dado una nueva noción de la vida.

Poco a poco, al contacto del agua fresca, fui recobrando las fuerzas. Entonces sentía una

fuerte torcedura en el estómago y el vientre se me movió, agitado por un rumor largo y

profundo. Traté de soportarlo, pero me fue imposible.

Con mucha dificultad me incorporé, me desabroché el cinturón, me desajusté los pantalones

y sentí un grande alivio con la descarga del vientre. Era la primera vez en cinco días. Y por

primera vez en cinco días los peces, desesperados, golpearon contra la borda, tratando de

romper los sólidos cabos de la malla.

Siete gaviotas

La visión de los peces, brillantes y cercanos, me revolvía el hambre. Por primera vez sentí

una verdadera desesperación. Por lo menos ahora tenía una carnada. Olvidé la extenuación,

agarré un remo y me preparé a agotar los últimos vestigios de mis fuerzas con un golpe

certero en la cabeza de uno de los peces que saltaban contra la borda, en una furiosa

rebatifia. No sé cuántas veces descargué el remo. Sentía que en cada golpe acertaba, pero

esperaba inútilmente localizar la presa. Allí había un terrible festín de peces que se

devoraban entre si, y un tiburón panza arriba, sacando un suculento partido en el agua

revuelta.

La presencia del tiburón me hizo desistir de mí propósito. Decepcionado, solté el remo y

me acosté en la borda. A los pocos minutos sentí una terrible alegría: siete gaviotas volaban

sobre la balsa.

Para un hambriento marino solitario en el mar, la presencia de las gaviotas es un mensaje

de esperanza. De ordinario, una bandada de gaviotas acompafia a los barcos, pero sólo

hasta el segundo día de navegación. Siete gaviotas sobre la balsa significaban la proxímídad

de la tierra.

Si hubiera tenido fuerzas me habría puesto a remar. Pero estaba extenuado. Apenas sí podía

sostenerme unos pocos minutos en pie. Convencido de que estaba a menos de dos días de

navegación, de que me estaba aproximando a la tierra, tomé otro poco de agua en la cuenca

de la mano y volví a acostarme en la borda, de cara al cielo, para que el sol no me diera en

los pulmones. No me cubrí el rostro con la camisa porque quería seguir viendo las gaviotas

que volaban lentamente, en ángulo agudo, internándose en el mar. Era la una de la tarde de

mi quinto día en el mar.

No sé en qué momento llegó. Yo estaba acostado en la balsa, como a las cinco de la tarde, y

me disponía a descender al interior antes de que llegaran los tiburones. Pero entonces vi una

pequeña gaviota, como del tamaño de mi mano, que volaba en torno a la balsa y se paraba

por breves minutos en el otro extremo de la borda.

La boca se me llenó de una saliva helada. No tenía cómo capturar aquella gaviota. Ningún

instrumento, salvo mis manos y mi astucia, agudizada por el hambre. Las otras gaviotas

habían desaparecido. Sólo quedaba esa pequeña, color café, de plumas brillantes, que daba

saltos en la borda.

Permanecí absolutamente inmóvil. Me parecía sentir por mi hombro el filo de la aleta del

tiburón puntual que desde las cinco debía de estar allí. Pero decidí correr el riesgo. Ni

siquiera me atrevía a mirar la gaviota, para que no advirtiera el movimiento de mi cabeza.

La vi pasar, muy baja, por encima de mi cuerpo. La vi alejarse, desaparecer en el cielo.

Pero yo no perdí la esperanza. No se me ocurría cómo iba a despedazarla. Sabia que tenla

hambre y que si permanecía completamente inmóvil la gaviota se pasearía al alcance de mi

mano.

Esperé más de media hora, creo. La vi aparecer y desaparecer varias veces. Hubo un

momento en que sentí, junto a mi cabeza, el aletazo del tiburón, despedazando un pez. Pero

en lugar de miedo sentí más hambre. La gaviota saltaba por la borda. Era el atardecer de mi

quinto día en el mar. Cinco días sin

comer. A pesar de mí emoción, a pesar de que el corazón me golpeaba dentro del pecho,

permanecí inmóvil, como un muerto, mientras sentía acercarse la gaviota. 1

Yo estaba estirado en la borda, con las manos en los muslos. Estoy seguro de que durante

media hora ni siquiera me atreví a parpadear. El cielo se ponía brillante y me maltrataba la

vista, pero no me atrevía a cerrar los ojos en aquel momento de tensión. La gaviota estaba

picoteándome los zapatos.

Había transcurrido una larga e intensa medía hora, cuando sentí que la gaviota se me paró

en la pierna. Suavemente me picoteó el pantalón. Yo seguía absolutamente inmóvil cuando

me dio un picotazo seco y fuerte en la rodilla. Estuve a punto de saltar a causa de la herida.

Pero logré soportar el dolor. Luego, se rodó hasta mi muslo derecho, a cinco o seis

centímetros de mi mano. Entonces corté la respiración e imperceptiblemente, con una

tensión desesperada, empecé a deslizar la mano.

VII

Los desesperados recursos de un hambriento

Si uno se acuesta en una plaza con la esperanza de capturar una gaviota, puede estarse allí

toda la vida sin lograrlo. Pero a cien millas de la costa es distinto. Las gaviotas tienen

afinado el instinto de conservación en tierra firme. En el mar son animales confiados.

Yo estaba tan inmóvil que probablemente aquella gaviota pequeña y juguetona que se posó

en mi muslo, creyó que estaba muerto. Yo la estaba viendo en mí muslo. Me picoteaba el

pantalón, pero no me hacía daño. Seguí deslizando la mano, Bruscamente, en el instante

preciso en que la gaviota se dio cuenta del peligro y trató de levantar el vuelo, la agarré por

un ala, salté al interior de la balsa y me dispuse a devorarla.

Cuando esperaba que se posara en mi muslo, estaba seguro de que sí llegaba a capturarla

me la comería viva, sin quitarle las plumas. Estaba hambriento y la misma idea de la sangre

del animal me exaltaba la sed. Pero cuando ya la tuve entre las manos, cuando sentí la

palpitación de su cuerpo caliente, cuando vi sus redondos y brillantes ojos pardos, tuve un

momento de vacilación.

Cierta vez estaba yo en cubierta con una carabina, tratando de cazar una de las gaviotas que

seguían al barco. El jefe de armas del destructor, un marinero experimentado, me dijo:

-No seas infame. La gaviota para el marinero es como ver tierra. No es digno de un marino

matar una gaviota.

Yo me acordaba de aquel momento, de las palabras del jefe de armas, cuando estaba en la

balsa con la gaviota capturada, dispuesto a darle muerte y despresarla. A pesar de que

llevaba cinco días sin comer, las palabras del jefe de armas resonaban en mis oídos, como si

las estuviera oyendo. Pero en aquel momento el hambre era más fuerte que todo. Le agarré

fuertemente la cabeza al animal y empecé a torcerle el pescuezo, como a una gallina.

Era demasiado frágil. A la primera vuelta sentí que se le destrozaron los huesos del cuello.

A la segunda vuelta sentí su sangre, viva y caliente, chorreándome por entre los dedos.

Tuve lástima. Aquello parecía un asesinato. La cabeza, aún palpitante, se desprendió del

cuerpo y quedó latiendo en mi mano.

El chorro de sangre en la balsa soliviantó a los peces. La blanca y brillante panza de un

tiburón pasó rozando la borda. En ese instante, un tiburón, enloquecido por el olor de la

sangre, puede cortar de un mordisco una lámina de acero. Como sus mandíbulas están

colocadas debajo del cuerpo, tiene que voltearse para comer. Pero como es miope y voraz,

cuando se voltea panza arriba arrastra todo lo que encuentra a su paso. Tengo la impresión

de que en ese momento el tiburón trató de embestir la balsa. Aterrorizado, le eché la cabeza

de la gaviota y vi, a pocos centímetros de la borda la tremenda rebatiña de aquellos

animales enormes-que se disputaban una cabeza de gaviota, más pequeña que un huevo.

Lo primero que traté de hacer fue desplumarla. Era excesivamente liviana y los huesos tan

frágiles que podían despedazarse con los dedos. Trataba de arrancarle las plumas, pero

estaban adheridas a la piel, delicada y blanca, de tal modo que la carne se desprendía con

las plumas ensangrentadas. La sustancia negra y viscosa en los dedos me produjo una

sensación de repugnancia.

Es fácil decir que después de cinco días de hambre uno es capaz de comer cualquier cosa.

Pero por muy hambriento que uno esté siente asco de un revoltijo de plumas de sangre

caliente, con un intenso olor a pescado crudo y a sarna.

Al principio, traté de desplumarla cuidadosamente, con cierto método. Pero no contaba con

la fragilidad de su piel. Quitándole las plumas empezó a deshacérseme entre las manos. La

lavé dentro de la balsa. La despresé de un solo tirón y la presencia de sus rozados

intestinos, de sus vísceras azules, me revolvió el estómago. Me llevé a la boca una hilaza de

muslo, pero no pude tragarlo. Era simple. Me pareció que estaba masticando una rana. Sin

poder disimular la repugnancia, arrojé el pedazo que tenía en la boca y permanecí largo rato

inmóvil, con aquel repugnante amasijo de plumas y huesos sangrientos en la mano.

Lo primero que se me ocurrió fue que aquello que no podía comerme me serviría de

carnada. Pero no tenía ningún elemento de pesca. Si al menos hubiera tenido un alfiler. Un

pedazo de alambre. Pero no tenía nada distinto de las llaves, el reloj, el anillo y las tres

tarjetas del almacén de Mobile.

Pensé en el cinturón. Pensé que podía improvisar un anzuelo con la hebilla. Pero mis

esfuerzos fueron inútiles. Era imposible improvisar un anzuelo con el cinturón. Estaba

anocheciendo y los peces, enloquecidos por el olor de la sangre, daban saltos en torno a la

balsa. Cuando oscureció por completo arrojé al agua los restos de la gaviota y me acosté a

morir. Mientras preparaba el remo para acostarme oía la sorda guerra de los animales

disputándose los huesos que no me había podido comer.

Creo que esa noche hubiera muerto de agotamiento y desesperación. Un viento fuerte se

levantó desde las primeras horas. La balsa daba tumbos, mientras yo, sin pensar siquiera en

la precaución de amarrarme a los cabos, yacía exhausto dentro del agua, apenas con los pies

y la cabeza fuera de ella.

Pero después de la media noche hubo un cambio: salió la luna. Desde el día del accidente

fue la primera noche. Bajo la claridad azul, la superficie del mar recobra un aspecto

espectral. Esa noche no vino Jaime Manjarrés. Estuve solo, desesperado, abandonado a mi

suerte en el fondo de la balsa.

Sin embargo, cada vez que se me derrumbaba el ánimo, ocurría algo que me hacía renacer

mí esperanza. Esa noche fue el reflejo de la luna en las olas. El mar estaba picado y en cada

ola me parecía ver la luz de un barco. Hacía dos noches que había perdido las esperanzas de

que me rescatara un barco. Sin embargo, a todo lo largo de aquella noche transparentada

por la luz de la luna -mi sexta noche en el mar- estuve escrutando el horizonte

desesperadamente, casi con tanta intensidad y tanta fe como en la primera. Si ahora me

encontrara en las mismas circunstancias moriría de desesperación: ahora sé que la ruta por

donde navega la balsa no es ruta de ningún barco.

Yo era un muerto

No recuerdo el amanecer del sexto día. Tengo una idea nebulosa de que durante toda la

mañana estuve postrado en el fondo de la balsa, entre la vida y la muerte. En esos

momentos pensaba en mi familia y la veía tal como me han contado ahora que estuvo

durante los días de mi desaparición. No me tomó por sorpresa la noticia de que me habían

hecho honras fúnebres. En aquella mí sexta mañana de soledad en el mar, pensé que todo

eso estaba ocurriendo. Sabía que a mi familia le habían comunicado la noticia de mi

desaparición. Como los aviones no habían vuelto sabía que habían desistido de la búsqueda

y que me habían declarado muerto.

Nada de eso era falso, hasta cierto punto. En todo momento traté de defenderme. Siempre

encontré un recurso para sobrevivir, un punto de apoyo, por insignificante que fuera, para

seguir esperando. Pero al sexto día ya no esperaba nada. Yo era un muerto en la balsa.

En la tarde, pensando en que pronto serían las cinco y volverían los tiburones, hice un

desesperado esfuerzo por incorporarme para amarrarme a la borda. En Cartagena, hace dos

años, vi en la playa los restos de un hombre destrozado por el tiburón. No quería morir así.

No quería ser repartido en pedazos entre un montón de animales insaciables.

Iban a ser las cinco. Puntuales, los. tiburones estaban allí, rondando la balsa. Me incorporé

trabajosamente para desatar los cabos del enjaretado. La tarde era fresca. El mar, tranquilo.

Me sentí ligeramente tonificado. Súbitamente, vi otra vez las siete gaviotas del día anterior

y esa visión me infundió renovados deseos de vivir.

En ese instante me hubiera comido cualquier cosa. Me molestaba el hambre. Pero era peor

la garganta estragada y el dolor en las mandíbulas, endurecidas por la falta de ejercicio.

Necesitaba masticar algo. Traté de arrancar tiras del caucho de mis zapatos, pero no tenía

con qué cortarlas. Entonces fue cuando me acordé de las tarjetas del almacén de Mobile.

Estaban en uno de los bolsillos de mi pantalón, casi completamente deshechas por la

humedad. Las despedacé, me las llevé a la boca y empecé a masticar. Aquello fue como un

milagro: la garganta se alivió un poco y la boca se me llenó de saliva. Lentamente seguí

masticando, como si fuera chicle. Al primer mordisco me dolieron las mandíbulas.

Pero después, a medida que masticaba la tarjeta que guardé sin saber por qué desde el día

en que salí de compras con Mary Address, me sentí más fuerte y optimista. Pensaba

seguirlas masticando indefinidamente para aliviar el dolor de las mandíbulas. Pero me

pareció un despilfarro arrojarlas al mar. Sentí bajar hasta el estómago la minúscula papilla

de cartón molido y desde ese instante tuve la sensación de que me salvaría, de que no sería

destrozado por los tiburones.

¿A qué saben los zapatos?

El alivio que experimenté con las tarjetas me agudizó la imaginación para seguir buscando

cosas de comer. Si hubiera tenido una navaja habría despedazado los zapatos y hubiera

masticado tiras de caucho. Era lo más provocativo que tenía al alcance de la mano. Traté de

separar con las llaves la suela blanca y limpia. Pero los esfuerzos fueron inútiles. Era

imposible arrancar una tira de ese caucho sólidamente fundido a la tela.

Desesperadamente, mordí el cinturón hasta cuando me dolieron los dientes. No pude

arrancar ni un bocado. En ese momento debí parecer una fiera, tratando de arrancar con los

dientes pedazos de zapatos, del cinturón y la camisa. Ya al anochecer, me quité la ropa,

completamente empapada. Quedé en pantaloncillos. No sé sí atribuírselo a las tarjetas, pero

casi inmediatamente después estaba durmiendo. En mí séptima noche, acaso porque ya

estaba acostumbrado a la incomodidad de la balsa, acaso porque estaba agotado después de

siete noches de vigilia, dormí profundamente durante largas horas. A veces me despertaba

la ola; daba un salto, alarmado, sintiendo que la fuerza del golpe me arrastraba al agua.

Pero inmediatamente después recobraba el sueño.

Por fin amaneció mi séptimo día en el mar. No sé por qué estaba seguro de que no sería el

último. El mar estaba tranquilo y nublado, y cuando el sol salió, como a las ocho de la

mañana, me sentía reconfortado por el buen sueño de la noche reciente. Contra el cielo

plomizo y bajo pasaron sobre la balsa las siete gaviotas.

Dos días antes había sentido una gran alegría con la presencia de las siete gaviotas. Pero

cuando las vi por tercera vez, después de haberlas visto durante dos días consecutivos, sentí

renacer el terror. Son siete gaviotas perdidas", pensé. Lo pensé con desesperación. Todo

marino sabe que a veces una bandada de gaviotas se pierde en el mar y vuela sin dirección

durante varios días, hasta cuando siguen un barco que les indica la dirección del puerto. Tal

vez aquellas gaviotas que había visto durante tres días eran las mismas todos los días,

perdidas en el mar. Eso significaba que cada vez mí balsa se encontraba a mayor distancia

de la tierra.

VIII

Mi lucha con los tiburones por un pescado

La idea de que en lugar de acercarme a la costa me había estado internando en el mar

durante siete días me derrumbó la resolución de seguir luchando. Pero cuando uno se siente

al borde de la muerte se afianza el instinto de conservación. Por varias razones aquel día -

mi séptimo día- era muy distinto de los anteriores: el mar estaba calmado y oscuro; el sol

me abrasaba la piel, era tibio y sedante y una brisa tenue empujaba la balsa con suavidad y

me aliviaba un poco de las quemaduras.

También los peces eran diferentes. Desde muy temprano escoltaban la balsa. Nadaban

superficialmente. Yo los veía con claridad: peces azules, pardos y rojos. Los había de todos

los colores, de todas las formas y tamaños. Navegando junto a ellos, la balsa parecía

deslizarse sobre un acuario.

No sé si después de siete días sin comer, a la deriva en el mar, uno llega a acostumbrarse a

esa vida. Me parece que sí. La desesperación del día anterior fue sustituida por una

resignación pastosa y sin sentido. Yo estaba seguro de que todo era distinto, de que el mar y

el cielo habían dejado de ser hostiles, y de que los peces que me acompañaban en el viaje

eran peces amigos. Mis viejos conocidos de siete días.

Esa mañana no pensé en arribar a ninguna parte. Estaba seguro de que la balsa había

llegado a una región sin barcos, en la que se extraviaban hasta las gaviotas.

Pensaba, sin embargo, que después de haber estado siete días a la deriva, llegaría a

acostumbrarme al mar, a mi angustioso método de vida, sin necesidad de agudizar el

ingenio para subsistir. Después de todo había subsistido una semana contra viento y marea.

¿Por qué no podía seguir viviendo indefinidamente en una balsa? Los peces nadaban en la

superficie, el mar estaba limpio y sereno. Había tantos animales hermosos y provocativos

en torno a la embarcación que me parecía que podría agarrarlos a puñados no había ningún

tiburón a la vista. Confiadamente, metí la mano en el agua y traté de agarrar un pez

redondo, de un azul brillante, de no más de veinte centímetros. Fue como si hubiera tirado

una piedra. Todos los peces se hundieron precipitadamente. Desaparecieron en el agua,

momentáneamente revuelta. Luego, poco a poco, volvieron a la superficie.

Pensé que necesitaba un poco de astucia para pescar con la mano. Debajo del agua la mano

no tenía la misma fuerza ni la misma habilidad. Seleccionaba un pez en el montón. Trataba

de agarrarlo. Y lo agarraba, en efecto. Pero lo sentía escapar de entre mis dedos, con una

rapidez y una agilidad que me desconcertaban. Estuve así, paciente, sin apresurarme,

tratando de capturar un pez. No pensaba en el tiburón, que acaso estaba allí, en el fondo,

aguardando que yo hundiera el brazo hasta el codo para llevárselo de un mordisco certero.

Hasta un poco después de las diez estuve ocupado en la tarea de capturar el pez. Pero fue

inútil. Me mordisqueaban los dedos, primero suavemente, como cuando triscan en una

carnada. Después con más fuerza. Un pez de medio metro, liso y plateado, de afilados

dientes menudos, me desgarró la piel del pulgar. Entonces me di cuenta de que los

mordiscos de los otros peces no habían sido inofensivos. En todos los dedos tenía pequeñas

desgarraduras sangrantes.

¡Un tiburón en la balsa!

No sé sí fue mi sangre, pero un momento después había una revolución de tiburones

alrededor de la balsa. Nunca había visto tantos. Nunca los había visto dar muestras de

semejante voracidad. Saltaban como delfines, persiguiendo, devorando peces junto a la

borda. Atemorizado, me senté en el interior de la balsa y me puse a contemplar la masacre.

La cosa ocurrió tan violentamente que no me di cuenta en qué momento el tiburón saltó

fuera del agua, dio un fuerte coletazo, y la balsa, tambaleante, se hundió en la espuma

brillante. En medio del resplandor del maretazo que estalló contra la borda alcancé a ver un

relámpago metálico. Instintivamente, agarré un remo y me puse a descargar el golpe de

muerte: estaba seguro de que el tiburón se había metido en la balsa. Pero en un instante vi

la aleta enorme que sobresalía por la borda y me di cuenta de lo que había pasado.

Perseguido por el tiburón, un pez brillante y verde, como de medio metro de longitud, había

saltado dentro de la balsa.

Con todas mis fuerzas descargué el primer golpe de remo en su cabeza.

No es fácil darle muerte a un pez dentro de una balsa. A cada golpe la embarcación

tambaleaba; amenazaba con dar la vuelta de campana. El momento era tremendamente

peligroso. Necesitaba de todas mis fuerzas y de toda mi lucidez. Si descargaba los golpes

alocadamente la balsa podía voltearse. Yo habría caído en un agua revuelta de tiburones

hambrientos. Pero si no golpeaba con precisión se me escapaba la presa. Estaba entre la

vida y la muerte. O caía entre las fauces de los tiburones, o tenía cuatro libras -de pescado

fresco para saciar mi hambre de siete días.

Me apoyé firmemente en la borda y descargué el segundo golpe. Sentí la madera del remo

incrustarse en los huesos de la cabeza del pez. La balsa tambaleó. Los tiburones se

sacudieron bajo el piso. Pero yo estaba firmemente recostado a la borda. Cuando la

embarcación recobró la estabilidad el pez seguía vivo, en el centro de la balsa. En la agonía,

un pez puede saltar más alto y más lejos que nunca. Yo sabía que el tercer golpe tenía que

ser certero o perdería la presa para siempre.

De un salto quedé sentado en el piso, así tendría mayores probabilidades de, agarrarlo. Lo

habría capturado con los pies, entre las rodillas o con los dientes, sí hubiera sido necesario.

Me aseguré firmemente al piso. Tratando de no errar, convencido de que mi vida dependía

de aquel golpe, dejé caer el remo con todas mis fuerzas. El animal quedó inmóvil con el

impacto y un hilo de sangre oscura tiñó el agua de la balsa.

Yo mismo sentí el olor de la sangre. Pero lo sintieron también los tiburones. Por primera

vez en ese instante, con cuatro libras de pescado a mí disposición, sentí un incontenible

terror: enloquecidos por el olor de la sangre los tiburones se lanzaban con todas sus fuerzas

contra el piso. La balsa tambaleaba. Yo sabía que de un momento a otro podía dar la vuelta

de campana. Sería cosa de un segundo. En menos de lo que dura un relámpago yo habría

sido despedazado por las tres hileras de dientes de acero que tiene un tiburón en cada

mandíbula.

Sin embargo, el apremio del hambre era entonces superior a todo. Apreté el pescado entre

las piernas y me apliqué, tambaleando, a la difícil tarea de equilibrar la balsa cada vez que

sufría una nueva arremetida de las fieras. Aquello duró varios minutos. Cada vez que la

embarcación se estabilizaba, yo echaba por la borda el agua sanguinolenta. Poco a poco la

superficie quedó limpia y las fieras se aplacaron. Pero debía cuidarme: una pavorosa aleta

de tiburón la más grande aleta de tiburón o de animal alguno que haya visto en mi vidasobresalía

más de un metro por encima de la borda. Nadaba apaciblemente, pero yo sabía

que si percibía de nuevo el olor de la sangre habría dado una sacudida que hubiera volteado

la balsa. Con grandes precauciones me dispuse a despresar mi pescado.

Un animal de medio metro está protegido por una dura costra de escamas. Cuando uno trata

de arrancarlas siente que están adheridas a la carne, como láminas de acero. Yo no disponía

de ningún instrumento cortante. Traté de quitarle las escamas con las llaves, pero ni

siquiera conseguí desajustarlas. Mientras tanto, me di cuenta de que nunca había visto un

pez como aquel: era de un verde intenso, sólidamente escamado. Desde niño he relacionado

el color verde con los venenos. Es increíble, pero a pesar de que el estómago me palpitaba

dolorosamente con la simple perspectiva de un bocado de pescado fresco, tuve un momento

de vacilación ante la idea de que aquel extraño animal fuera un animal venenoso.

Mi pobre cuerpo

Sin embargo, el hambre es soportable cuando no se tienen esperanzas de encontrar

alimentos. Nunca había sido tan implacable como en aquel momento en que yo, sentado en

el fondo de la balsa, trataba de romper la carne verde y brillante con las llaves.

Al cabo de pocos minutos comprendí que necesitaba proceder con más violencia si en

realidad quería comerme mi. presa. Me puse en pie, le pisé fuertemente la cola y le meti el

cabo de uno de los remos en las agallas, Tenía una caparazón gruesa y resistente.

Barrenando con el cabo del remo logré por fin destrozarle las agallas. Me di cuenta de que

todavía no estaba muerto. Le descargué otro golpe en la cabeza. Luego traté de arrancarle

las duras láminas protectoras de las agallas y en ese momento no supe si la sangre que

corría por mis dedos era mía o del pescado. Yo tenía las manos heridas y en carne viva los

extremos de los dedos.

La sangre volvió a revolver el hambre de los tiburones. Cuesta trabajo creer que en aquel

momento, sintiendo en torno de mí la furia de las bestias hambrientas, sintiendo

repugnancia por la carne ensangrentada, estuve a punto de echar el pescado a los tiburones,

como lo hice con la gaviota. Me sentía desesperado, impotente ante aquel cuerpo sólido,

impenetrable.

Lo exploré minuciosamente, buscando sus partes blandas. Al fin encontré un resquicio

debajo de las agallas; con el dedo empecé a sacarle las tripas. Las vísceras de un pez son

blandas e inconsistentes. Se dice que si a un tiburón se le da un fuerte tirón en la cola, el

estómago y los intestinos salen despedidos por la boca. En Cartagena he visto tiburones

colgados de la cola, con una enorme, oscura y viscosa masa de vísceras pendiente de la

mandíbula.

Por fortuna, las vísceras de mi pescado eran tan blandas como las de los tiburones. En un

momento las saqué con el dedo. Era una hembra: entre las vísceras había un sartal de

huevos. Cuando estuvo completamente destripado le di el primer mordisco. No pude

penetrar la corteza de escamas. Pero a la segunda tentativa, con renovadas fuerzas, mordía

desesperadamente, hasta cuando me dolieron las mandíbulas. Entonces logré arrancar el

primer bocado y empecé a masticar la carne fría y dura.

Masticaba con asco. Siempre me ha repugnado el olor a pescado crudo. Pero el sabor es

todavía más repugnante: tiene un remoto sabor a chontaduro crudo, pero más desabrido y

viscoso. Nadie se ha comido nunca un pescado vivo. Pero cuando masticaba el primer

alimento que llegaba a mi boca en siete días, tuve por primera vez en mi vida la repugnante

certidumbre de que me estaba comiendo un pescado vivo.

El primer pedazo me produjo alivio inmediato. Di un nuevo mordisco y volví a masticar.

Un momento antes había pensado que era capaz de comerme un tiburón entero. Pero al

segundo bocado me sentí leno. Mi terrible hambre de siete días se aplacó en un instante.

Volví a sentirme fuerte, como el primer día.

Ahora sé que el pescado crudo calma la sed. Antes no lo sabía, pero observé que el pescado

no sólo me había aplacado el hambre sino también la sed. Estaba satisfecho y optimista.

Aún me quedaba alimento para mucho tiempo, puesto que apenas había dado dos

mordiscos en un animal de medio metro.

Decidí envolverlo en la camisa y dejarlo en el fondo de la balsa, para que se mantuviera

fresco. Pero antes había que lavarlo. Distraídamente, lo agarré por la cola y lo sumergí una

vez por fuera de la borda. Pero la sangre estaba coagulada entre las escamas. Habla que

estregarlo. Ingenuamente volví a sumergirlo. Y entonces fue cuando sentí la embestida y el

violento tabletazo de las mandíbulas del tiburón. Apreté la cola del pescado con todas mis

fuerzas.. El tirón de la fiera me hizo perder el equilibrio. Me di un golpe contra la borda,

pero seguí agarrando a mi alimento. Lo defendí como una fiera. No pensé en esa fracción

de segundo que un nuevo mordisco del tiburón podía arrancarme el brazo desde el hombro.

Volví a tirar con todas mis fuerzas, pero ya no había nada en mis manos. El tiburón se había

llevado mí presa. Enfurecido, loco de desesperación y de rabia agarré entonces un remo y

descargué un golpe tremendo en la cabeza del tiburón, cuando volvió a pasar junto a la

borda. La fiera dio un salto. Se volvió furiosamente y de un solo mordisco, seco y violento,

despedazó y se tragó la mitad del remo.

IX

Comienza a cambiar el color del agua

Con el remo roto, desesperado por la furia, seguí golpeando el agua. Tenía necesidad de

vengarme de los tiburones que me habían arrebatado de las manos el único alimento de que

disponía. Iban a ser las cinco de la tarde de mi séptimo día en el mar. Dentro de un

momento vendrían los tiburones en masa. Yo me sentía fuerte con los dos pedazos que

logré comer, y la ira ocasionada por la pérdida del resto de pescado me daba un extraño

ánimo para luchar. Había dos remos más en la balsa. Pensé cambiar por otro el remo

partido por el mordisco del tiburón para seguir batallando con las fieras. Pero el instinto de

conservación fue más fuerte que el furor: pensé que podría perder los otros remos y no

sabía en qué momento podía necesitarlos.

El anochecer fue igual al de todos los días. Pero la noche fue más oscura. El mar estaba

borrascoso. Amenazaba lluvia. Pensando en que de un momento a otro podría disponer de

agua potable me quité los- zapatos y la camisa, para tener donde recogerla. Era lo que en

tierra firme se llama "una noche de perros". En el mar debe llamarse "una noche de

tiburones".

Antes de las nueve empezó a soplar el viento helado. Traté de resistir en el fondo de la

balsa, pero no fue posible. El frío me penetraba hasta el fondo de los huesos. Tuve que

ponerme la camisa y los zapatos, y resignarme a la idea de que la lluvia me tomarla por

sorpresa y no tendría en qué recoger el agua.

El oleaje era más fuerte que en la tarde del 28 de febrero, día del accidente. La balsa parecía

una cáscara en el mar picado y sucio.

No podía dormir. Me había hundido en el agua hasta el cuello, porque el aire estaba cada.

vez más helado. Temblaba. Hubo un momento en que pensé que no podría resistir el frío y

empecé a hacer ejercicios gimnásticos, para tratar de entrar en calor. Pero era imposible.

Me sentía muy débil. Debía agarrarme fuertemente a la borda para evitar que el fuerte

oleaje me arrojara al agua. Tenia la cabeza apoyada en el remo destrozado por el tiburón.

Los otros estaban en el fondo de la balsa.

Antes de la media noche arreció el vendaval, el cielo se puso denso y de un color gris

profundo, y el aire húmedo, pero no había caído ni una sola gota. Pocos minutos después de

las doce de la noche una ola enorme -tan grande como la que barrió la cubierta del

destructor- levantó la balsa como una cáscara de plátano, la enderezó primero hacia arriba,

y en una fracción de segundo la hizo dar una vuelta de campana.

Me di cuenta de todo cuando estaba en el agua, nadando hacía arriba, como en la tarde del

accidente. Nadé desesperadamente, salí a la superficie y me sentí morir de terror: no vi la

balsa. Vi las enormes olas negras sobre mi cabeza y me acordé de Luis Rengifo. un hombre

fuerte, un buen nadador bien alimentado que no pudo alcanzar la balsa a dos metros de

distancia. Me había desorientado y estaba buscando la balsa por el lado contrario. Detrás de

mí, como a un metro de distancia, la balsa apareció en la superficie, liviana, batida por las

olas. La alcancé en dos brazadas. Dos brazadas se dan en dos segundos, pero aquellos

fueron dos segundos eternos. Tan. asustado estaba que de un salto me encontré jadeando,

completamente mojado, en el fondo de la embarcación. El corazón me daba tumbos dentro

del pecho y no podía respirar.

Mi buena estrella

No tenía nada que decir contra mi suerte. Si aquella vuelta de campana hubiera sido a las

cinco de la tarde, me hubieran descuartizado los tiburones. Pero a las doce de la noche los

animales están en paz, Y mucho más cuando está el mar picado.

Cuando me sentí de nuevo en la balsa tenía fuertemente agarrado el remo que destrozó el

tiburón. La cosa ocurrió con tanta rapidez que todos mis movimientos fueron instintivos.

Más tarde recordé que al caer al agua el remo- me golpeó la cabeza y lo capturé cuando

empezaba a hundirme. Fue el único remo que quedó en la balsa. Los otros dos habían

quedado en el mar.

Para no perder ni siquiera ese pedazo de palo destrozado por los tiburones lo amarré

fuertemente con uno de los cabos sueltos del enjaretado. El mar seguía embravecido. Por

esta vez había tenido suerte. Tal vez si la balsa volvía a voltearse no lograría alcanzarla.

Pensando en eso solté el cinturón y me até fuertemente a los cabos del enjaretado.

Las olas siguieron aventando contra la borda. La balsa bailaba en el mar bravo y turbio,

pero yo estaba seguro, amarrado. con un cinturón al enjaretado. El remo también estaba

seguro. Haciendo esfuerzos por no dejar que de nuevo se volteara la embarcación, pensaba

que estuve a punto de perder la camisa y los zapatos. De no haber sido por el f río habría

estado en el fondo de la balsa cuando esta dio la vuelta de campana, y junto con los dos

remos habría caído al mar.

Es perfectamente normal que una balsa dé la vuelta de campana en un mar picado. Es una

embarcación fabricada de corcho y forrada en una tela impermeabilizada con pintura

blanca. Pero el piso no es fijo, sino que cuelga del marco de corcho, como una canasta. La

balsa puede dar vueltas en el agua, pero el piso recobra inmediatamente la posición normal.

El único peligro es el de perder la balsa. Yo pensaba por eso que mientras estuviera

amarrado al enjaretado la balsa podía dar mil vueltas sin peligro de que yo la perdiera.

Eso era cierto. Pero había algo que yo no había perdido de vista: un cuarto de hora después

de la primera, la balsa dio una segunda y espectacular vuelta de campana. Primero me sentí

suspendido en el aire helado y húmedo, azotado por el vendaval. Vi ante mis ojos el abismo

y comprendí de qué lado se iba a voltear la balsa. Traté de navegar hacia el otro lado, para

equilibrar la embarcación, pero me lo impidió la fuerte correa de cuero amarrada al

enjaretado. En un instante comprendí lo que estaba pasando: la balsa se había volteado por

completo. Yo estaba en el fondo, amarrado firmemente a la borda. Me estaba ahogando y

mis manos buscaban en vano la hebilla del cinturón para soltarla.

Desesperadamente, pero tratando de no atolondrarme, traté de abrir la hebilla. Sabía que no

disponía de mucho tiempo: en buen estado físico puedo durar más de ochenta segundos

bajo el agua. Había dejado de respirar desde el momento en que me sentí en el fondo de la

balsa. Iban por lo menos cinco segundos. Corrí la mano alrededor de la cintura y creo que

en menos de un segundo encontré el cinturón. En otro segundo encontré la hebilla. Estaba

ajustada contra el enjaretado, de manera que yo debía suspenderme de la balsa con la otra

mano para aflojar la presión. Tardé mucho en encontrar de donde agarrarme fuertemente.

Luego me suspendí a pulso con el brazo izquierdo. La mano derecha encontró la hebilla, se

orientó rápidamente y aflojó la correa. Manteniendo la hebilla abierta dejé caer de nuevo el

cuerpo hacia el fondo, sin soltarme de la borda, y en una fracción de segundo me sentí libre

del enjaretado. Sentía que me estallaban los pulmones. Con un último esfuerzo me agarré

de la borda con las dos manos; me suspendí con todas mis fuerzas, todavía sin respirar.

Involuntariamente, con mi peso no logré otra cosa que voltear de nuevo la balsa. Y yo volví

a quedar debajo de ella.

Estaba tragando agua. La garganta, destrozada por la sed, me ardía terriblemente. Pero

apenas si me daba cuenta. Lo importante era no soltar la balsa. Logré sacar la cabeza. Tomé

aire. Me sentí agotado. No creí que tuviera fuerzas para subir por la borda. Pero estaba al

mismo tiempo aterrorizado, metido en el agua que pocas horas antes había visto infestada

de tiburones. Seguro de que aquel día sería el último esfuerzo que debía hacer en mí vida,

apelé a mis últimos vestigios de energía, me suspendí en la borda y caí exhausto en el fondo

de la balsa.

No sé cuánto tiempo estuve así, acostado de cara al cielo, con la garganta dolorida y los

extremos de los dedos palpitándome profundamente, en carne viva. Sólo sé que tenía dos

preocupaciones al mismo tiempo: que me descansaran los pulmones y que no se volviera a

voltear la balsa.

El sol del amanecer

Así amaneció mi octavo día en el mar. Fue una mañana tempestuosa. Si hubiera llovido no

hubiera dispuesto de fuerzas para recoger el agua. Pero sentía que la lluvia me habría

tonificado. Sin embargo, no cayó ni una gota, a pesar de que la humedad del aire era como

un anuncio de la lluvia inminente. El mar seguía picado al amanecer. No se calmó hasta

después de las ocho de la mañana. Pero entonces salió el sol y el cielo recobró su color azul

intenso.

Completamente agotado me incliné sobre la borda y tomé varios sorbos de agua de mar.

Ahora sé que es conveniente para el organismo. Pero entonces lo ignoraba, y sólo recurría a

ella cuando me desesperaba el dolor en el cuello. Después de siete días sin tomar agua, la

sed es una sensación distinta, es un dolor profundo en la garganta, en el esternón y

especialmente debajo de las clavículas. Y es la desesperación de la asfixia. El agua de mar

me aliviaba el dolor.

Después de la tormenta el mar amanece azul, como en los cuadros. Cerca de la costa se ven

flotar mansamente troncos y raíces, arrancados por la tormenta. Las gaviotas salen a volar

sobre el mar. Esa mañana, cuando cesó la brisa, la superficie del agua se volvió metálica y

la balsa se deslizó suavemente en línea recta. El viento tibio me reconfortó el cuerpo y el

espíritu.

Una gaviota grande, oscura y vieja voló sobre la balsa. Entonces no pude dudar de que me

encontraba cerca de tierra. La gaviota que había capturado unos días antes era un animal

joven. A esa edad tienen un formidable alcance de vuelo. Se les puede encontrar a muchas

millas en el interior. Pero una gaviota vieja, grande y pesada como la que volaba sobre la

balsa en mi octavo día era de aquellas que no se alejaban cien millas de la costa. Me sentí

con renovadas fuerzas para resistir. Lo mismo que los primeros días, me puse a escrutar el

horizonte. Grandes cantidades de gaviotas se acercaban por todos lados.

Me sentí acompañado y alegre. No tenía hambre. Con más frecuencia que antes tomaba

sorbos de agua de mar. Me sentía acompañado en medio de aquella cantidad de gaviotas

que volaban en torno a mi cabeza. Me acordé de Mary Address. ¿Qué habrá sido de ella?",

me preguntaba, recordando su voz cuando me ayudaba a traducir los diálogos de las

películas. Precisamente ese día 1 único que me acordé de Mary Address sin ningún motivo,

apenas porque el cielo estaba lleno de gaviotas- Mary estaba en el templo católico de

Mobile ordenando una misa por el descanso de mi alma. Aquella misa -según me escribió

Mary a Cartagena- se dijo el octavo día de mi desaparición. Fue por el descanso de mi

alma. Y ahora también creo que fue por el descanso de mi cuerpo, pues aquella mañana,

mientras yo me acordaba de Mary Address y ella asistía a una misa en Mobile, yo me sentía

dichoso en el mar, viendo las gaviotas que anunciaban la cercanía de la tierra.

Durante casi todo el día estuve sentado en la borda, escrutando el horizonte. El día era de

una asombrosa claridad. Estaba seguro de que habría visto la tierra desde una distancia de

cincuenta millas. La balsa había cobrado una velocidad que no habrían podido imprimirle

dos hombres con cuatro remos. Navegaba en línea recta, como impulsada por un motor, en

una superficie lisa y azul.

Después de estar siete días en una balsa, uno - es capaz de advertir el cambio más

imperceptible en el color del agua. El siete de marzo, a las 3.30 de la tarde, advertí que la

balsa entraba en una zona donde el agua no era azul, sino de un verde oscuro. Hubo un

instante en que vi el límite: de este lado, la superficie azul que había visto durante siete

días; del otro, la superficie verdosa y aparentemente más densa. El cielo estaba lleno de

gaviotas que pasaban volando muy bajo. Yo sentía los fuertes aletazos sobre mi cabeza.

Eran indicios inequívocos; el cambio en el color del agua, la abundancia de las gaviotas, me

indicaron que esa noche debía permanecer en vela, listo a descubrir las primeras luces de la

costa.

X

Perdidas las esperanzas hasta la muerte

No tuve necesidad de forzarme para dormir durante mi octava noche en el mar. La vieja

gaviota se posó en la borda desde ¡as nueve, y no se separó de la balsa en toda la noche. Yo

estaba recostado en el único remo que me quedaba: el pedazo destrozado por el tiburón. La

noche era tranquila y la balsa avanzaba en línea recta hacia un punto determinado. "¿A

dónde llegaría?", me preguntaba, convencido por los indicios del color del agua y la vieja

gaviota- de que al día siguiente estaría en tierra firme. No tenía la menor idea de¡ lugar

hacia donde se dirigía la balsa impulsada por la brisa.

No estaba seguro de que el bote hubiera conservado la dirección inicial. Sí había seguido el

rumbo de los aviones era probable que llegara a Colombia. Pero sin una brújula era

imposible saberlo. De haber estado viajando hacia el sur, en línea recta, llegaría sin duda a

las costas colombianas del Caribe. Pero también era posible que hubiera estado viajando

hacía el norte. En ese caso no tenía la menor idea de mi posición.

Antes de la media noche, cuando caía vencido por el sueño, la vieja gaviota se acercó a

picotearme la cabeza. No me hacía daño. Me picoteaba suavemente, sin maltratarme el

cuero cabelludo. Parecía como si estuviera acariciándome. Me acordé del jefe de armas del

destructor, el que me dijo que era una indignidad de un marino dar muerte a una gaviota, y

sentí remordimiento por la pequeña gaviota que maté inútilmente.

Escruté el horizonte hasta la madrugada. Esa noche no hubo frío. Pero no pude descubrir

ninguna luz. No había señales de la costa. La balsa se deslizaba por un mar claro y

tranquilo, pero no había en torno a mí una luz diferente a la de las estrellas. Cuando

permanecí perfectamente quieto la gaviota parecía dormir. Bajaba la cabeza, parado en la

borda, y permanecía ella también inmóvil durante largo tiempo. Pero tan pronto como Yo

me movía daba un salto y se ponía a picotearme la cabeza.

En la madrugada cambié de posición. Dejé a la gaviota del lado de los pies. La sentí

picotearme los zapatos. Luego la sentí acercarse por la borda. Permanecí inmóvil. La

gaviota se quedó completamente inmóvil.. Luego se posó junto a mi cabeza, también

inmóvil. Pero tan pronto como moví la cabeza empezó a picotearme el cabello, casi con

ternura. Aquello se volvía un juego. Cambié varias veces de posición. Y varias veces la

gaviota se movió al lado de mi cabeza. Ya al amanecer, sin necesidad de proceder con

cautela, extendí la mano y la agarré por el cuello.

No pensé en darle muerte. La experiencia de la otra gaviota me indicaba que sería un

sacrificio inútil. Tenía hambre, pero no pensaba saciarla en aquel animal amigo, que me

había acompañado durante toda la noche, sin hacerme daño. Cuando la agarré extendió las

alas, se sacudió bruscamente y trató de liberarse. En un instante le crucé las alas por encima

del cuello, para prívarla de su movilidad. Entonces levantó la cabeza y a las primeras horas

del día vi sus ojos, transparentes y asustados. Aunque en algún momento hubiera pensado

en descuartizarla, al ver sus enormes ojos tristes hubiera desistido de mi propósito.

El sol salió temprano, con una fuerza que puso a hervir el aire desde las siete. Yo seguía

acostado en la balsa, con la gaviota fuertemente agarrada. El mar era todavía verde y

espeso, como el día anterior, pero no había

por ningún lado señales de la costa. El aire era sofocante. Entonces solté a mi prisionera,

que sacudió la cabeza y salió disparada hacia el cielo. Un momento después se había

incorporado a la bandada.

El sol fue esa mañana -mi novena mañana en el mar- mucho más abrasador que en todos

los días anteriores. A pesar de que me había cuidado de que no me diera nunca en los

pulmones, tenla la espalda ampollada. Tuve que quitar el remo en que me apoyaba y

sumergirme en el agua, porque ya no podía resistir el contacto de la madera en la espalda.

Tenía quemados los hombros y los brazos. Ni siquiera podía tocarme la piel con los dedos,

porque sentía como si fueran brasas al rojo vivo. Sentía los ojos irritados. No podía fijarlos

en ningún punto, porque el aire se llenaba de círculos luminosos y cegadores. Hasta ese día

no me había dado cuenta del lamentable estado en que me encontraba. Estaba deshecho,

llagado por la sal del agua y el sol. Sin ningún esfuerzo me arrancaba de los brazos largas

tiras de piel. Debajo quedaba una superficie roja y lisa. Un instante después sentía palpitar

dolorosamente el espacio pelado y la sangre me brotaba por los poros.

No me había dado cuenta de la barba. Tenía once días de no afeitarme. La barba espesa me

llegaba hasta el cuello, pero no podía tocármela, porque me dolía terriblemente la piel,

irritada por el sol. La idea de mi rostro demacrado, de mi cuerpo ampollado, me hizo

recordar lo mucho que había sufrido en aquellos días de soledad y desesperación. Y volví a

sentirme desesperado. No había señales de la costa. Era el mediodía y volví a perder las

esperanzas de llegar a tierra. Por mucho que avanzara la balsa era imposible que llegara a la

playa antes del anochecer, si no habían aparecido a esa, por ningún lado, los perfiles de la

costa.

"Quiero morir"

Una alegría elaborada en doce horas desapareció en un minuto, sin dejar rastros. Mis

fuerzas se derrumbaron. Desistí de todas mis preocupaciones. Por primera vez en nueve

días me acosté boca abajo, con la abrasada espalda expuesta al sol. Lo hice sin piedad por

mi cuerpo. Sabía que de permanecer así antes del anochecer me habría asfixiado.

Hay un instante en que ya no se siente dolor. La sensibilidad desaparece y la razón empieza

a embotarse hasta cuando se pierde la noción del tiempo y del espacio. Boca abajo en la

balsa, con los brazos apoyados en la borda y la barba apoyada en los brazos, sentí al

principio los despiadados mordiscos del sol. Vi el aire poblado de puntos luminosos,

durante varías horas. Por fin cerré los ojos, extenuado, pero entonces ya el sol no me ardía

en el cuerpo. No sentía sed ni hambre. No sentía nada, aparte de una indiferencia general

por la vida y la muerte. Pensé que me estaba muriendo. Y esa idea me llenó de una extraña

y oscura esperanza.

Cuando abrí los ojos estaba otra vez en Mobile. Hacía un calor asfixiante y había ido a una

fiesta al aire libre, con otros compañeros del destructor y con el judío Massey Nasser, el

dependiente del almacén de Mobile donde comprábamos ropa los marineros. Era el que me

había dado las tarjetas. Durante los ocho meses en que el buque estuvo en reparación

Massey Nasser se dedicó a atender a los marinos colombianos, y nosotros, en prueba de

gratitud, no comprábamos en un almacén distinto al suyo. El hablaba el español

correctamente, a pesar de que, según nos dijo, nunca había estado en un país de lengua

castellana.

Ese día, como casi todos los sábados, estábamos en ese café al aire libre donde solo había

judíos y marineros colombianos. En una tarima de tabla bailaba la misma mujer de todos

los sábados. Tenla el vientre desnudo y el rostro cubierto por un velo, como las bailarinas

árabes de las películas. Nosotros, aplaudíamos y tomábamos cerveza enlatada. El más

alegre de todos era Massey Nasser, el dependiente judío del almacén de Mobile, que nos

vendió ropa fina y barata a todos los marineros colombianos.

No sé cuánto tiempo estuve así, embotado, con la alucinación de la fiesta de Mobile. Sólo

sé que de pronto di un salto en la balsa y estaba atardeciendo. Entonces vi, como 1 a cinco

metros de la balsa, una enorme tortuga amarilla con una cabeza atigrada y unos fijos e

inexpresivos ojos como dos gigantescas bolas de cristal, que me miraban espantosamente.

Al principio creí que era otra alucinación y me senté en la balsa, aterrorizado. El

monstruoso animal, que medía como cuatro metros de la cabeza a la cola, se hundió cuando

me vio mover, dejando un rastro de espuma. Yo no sabía si era realidad o fantasía. Y

todavía no me atrevo a decir si era realidad o fantasía, a pesar de que durante breves

minutos vi nadar aquella gigantesca tortuga amarilla delante de la balsa, llevando fuera del

agua su espantosa y pintada cabeza de pesadilla. Sólo sé que -fuera realidad o fuera

fantasía- habría bastado con que tocara la balsa para que la hubiera hecho girar varias veces

sobre sí misma.

La tremenda visión me hizo recobrar el miedo. Y en ese instante el miedo me reconfortó.

Agarré el pedazo de remo, me senté en la balsa y me preparé para la lucha, con ese

monstruo o con cualquier otro que tratara de voltear la balsa. Iban a ser las cinco.

Puntuales, como siempre, los tiburones estaban saliendo del mar a la superficie.

Miré al lado de la balsa donde anotaba los días y conté ocho rayas. Pero recordé que no

había anotado la de aquel día. La marqué con las llaves, convencido de que sería la última,

y sentía desesperación y rabia ante la certidumbre de que me resultaba más difícil morir que

seguir viviendo. Esa mañana había decidido entre la vida y la muerte. Había escogido la

muerte, y sin embargo seguía vivo, con el pedazo de remo en la mano, dispuesto a seguir

luchando por la vida. A seguir luchando por lo único que ya no me importaba nada.

La raíz misteriosa

En medio de aquel sol metálico, de aquella desesperación, de aquella sed que por primera

vez empezaba a ser insoportable, me sucedió una cosa increíble: en el centro de la balsa,

enredada entre los cabos de la malla, había una raíz roja, como esas raíces que machacan en

Boyacá para hacer color, y cuyo nombre no recuerdo. No sé desde cuándo estaba allí.

Durante mis nueve días en el mar no había visto una brizna de hierba en la superficie. Y,

sin embargo, sin que supiera cómo, aquella raíz estaba allí, enredada en los cabos de la

malla, como otro anuncio inequívoco de la tierra que no veía por ningún lado.

Tenía como 30 centímetros de longitud. Hambriento, pero ya sin fuerzas para pensar en mi

hambre, mordí despreocupadamente la raíz. Me supo a sangre. Soltaba un aceite espeso y

dulce que me refrescó la garganta. Pensé que tenía sabor de veneno. Pero seguí comiendo,

devorando el pedazo de palo retorcido, hasta cuando no quedó ni una astilla.

Cuando terminé de comer no me sentí más aliviado. Se mi ocurrió que aquello era una rama

de olivo, porque me acordé de la historia sagrada: cuando Noé echó a volar la paloma el

animal regresó al arca con una rama de olivo, señal de que el agua había vuelto a desocupar

la tierra. Yo pensaba que la rama de olivo de la paloma era como aquella con que acababa'

de distraer mi hambre de nueve días.

Puede esperarse un año en el mar, pero hay un día en que ya es imposible soportar una hora

más. El día anterior había pensado que amanecería en tierra firme. Habían transcurrido 24

horas y sólo seguía viendo agua y cielo. Ya no esperaba nada. Era mi novena noche en el

mar. "Nueve noches de muerto", pensé con terror, seguro de que a esa hora mi casa del

barrio Olaya, en Bogotá, estaba llena de amigos de la familia. Era la última noche de mis

velaciones. Mañana desarmarían el altar y poco a poco se irían acostumbrando a mi muerte.

Nunca hasta esa noche había perdido una remota esperanza de que alguien se acordara de

mí y tratara de rescatarme. Pero cuando recordé que aquella debía ser para mi familia la

novena noche de mi muerte, la última de mis velaciones, me sentí completamente olvidado

en el mar. Y pensé que nada mejor podía ocurrirme que morir. Me acosté en el fondo de la

balsa. Quise decir en voz alta:

"Ya no me levanto más". Pero la voz se me apagó en la garganta. Me acordé del colegio.

Me llevé a la boca la medalla de la Virgen del Carmen y me puse a rezar mentalmente,

como suponía que a esa hora lo estaba haciendo mí familia en mi casa. Entonces me sentí

bien, porque sabía que me estaba muriendo.

XI

Al décimo día, otra alucinación: la tierra

Mi novena noche fue la más larga de todas. Me había acostado en la balsa y las olas se

rompían suavemente contra la borda. Pero no era dueño de mis sentidos. Y en cada ola que

estallaba junto a mi cabeza yo sentía repetirse la catástrofe. Se dice que los moribundos

"salen a recorrer sus pasos". Algo de eso me ocurrió en aquella noche de recapitulación. Yo

estaba otra vez en el destructor, acostado entre las neveras y las estufas, en la popa, con

Ramón Herrera, y viendo a Luis Rengifo en la guardia, en una febril recapitulación del

mediodía del 28 de febrero. Cada vez que la ola se rompía contra la borda yo sentía que se

rodaba la carga, que me iba al. fondo del agua y que nadaba hacia arriba, tratando de

alcanzar la superficie.

Minuto a minuto, mis nueve días de soledad, angustia, hambre y sed en el mar se repetían

entonces, nítidamente, como en una pantalla cinematográfica. Primero la caída. Después

mis compañeros, gritando en torno a la balsa; después el hambre, la sed, los tiburones y los

recuerdos de Mobile pasando en una sucesión de imágenes. Tomaba precauciones para no

caer. Me veía otra vez en la popa del destructor, tratando de amarrarme para que no me

arrastrara la ola. Me amarraba con tanta fuerza que me dolían las muñecas, los tobillos y

sobre todo la rodilla derecha. Pero a pesar de los cabos sólidamente atados. la ola venía

siempre y me arrastraba al fondo del mar. Cuando recobraba la lucidez estaba nadando

hacia arriba. Asfixiándome.

Días antes había pensado amarrarme a la balsa. Aquella noche debía hacerlo, pero no tenía

fuerzas para incorporarme y buscar los cabos del enjaretado. No podía pensar. Por primera

vez en nueve días no me daba cuenta de mi situación. En el estado en que me encontraba,

hay que considerar como un milagro que aquella noche no me arrastraran las olas al fondo

del mar. No habría visto. Tenía la realidad confundida en las alucinaciones. Sí una ola

hubiera volteado la balsa, tal vez yo habría pensado que era otra alucinación, habría sentido

que caía otra vez del destructor -como lo sentí tantas veces aquella noche- y en un segundo

habría caído al fondo a alimentar los tiburones que durante nueve días habían esperado

pacientemente junto a la borda.

Pero de nuevo esa noche me protegió mi buena suerte. Estuve sin sentido, recapitulando

minuto a minuto mis nueve días de soledad y ahora veo que iba tan seguro como sí hubiera

estado amarrado a la borda.

Al amanecer, el viento se volvió helado. Tenía fiebre, Mi cuerpo ardiente se estremeció,

penetrado hasta los huesos por el escalofrío. La rodilla derecha empezó a dolerme. La sal

del mar la había mantenido seca, pero continuaba viva, como el primer día. Siempre me

había cuidado de no lastimarla. Pero esa noche, acostado boca abajo, llevaba la rodilla

apoyada contra el piso de la balsa, y la herida me palpitaba dolorosamente. Ahora tengo

razones para pensar que la herida me salvó la vida. Como entre nieblas. comencé a percibir

el dolor. Estaba dándome cuenta de mi cuerpo. Sentí el viento helado contra mi rostro

febril. Ahora sé que durante varias horas estuve diciendo un sartal de cosas confusas,

hablando con mis compañeros, tomando helados con Mary Address en un lugar donde

había una música estridente.

Después de muchas horas incontables sentí que me estallaba la cabeza. Las sienes me

palpitaban y me dolían los huesos. Sentía la rodilla en carne viva, paralizada por la

hinchazón. Era como sí la rodilla fuera más grande, mucho más grande que mi cuerpo.

Me di cuenta de que estaba en la balsa cuando empezó a amanecer. Pero entonces no sabía

cuánto tiempo llevaba en esa situación. Recordé, haciendo un esfuerzo supremo, que había

trazado nuevas rayas en la borda. Pero no recordaba cuándo había trazado la última. Me

parecía que había transcurrido mucho tiempo desde aquella tarde en que me comí una raíz

que encontré enredada en los cabos de la malla. ¿Había sido un sueño? Aún tenía en la boca

un sabor dulce y espeso, pero cuando hacía una recapitulación de mis alimentos no me

acordaba de ella. No me había reconfortado. Me la había comido entera, pero sentía el

estómago vacío. Estaba sin fuerzas.

¿Cuántos días habían pasado desde entonces? Sabía que estaba, amaneciendo, pero no

habría podido saber cuántas noches había estado exhausto en el fondo de la balsa,

esperando una muerte que parecía más esquiva que la tierra. El cielo se puso rojo, como al

atardecer. Y ese fue otro factor de confusión: entonces no supe si era un nuevo día o un

nuevo atardecer.

¡Tierra!

Desesperado por el dolor de la rodilla traté de cambiar de posición. Quise voltearme, pero

me fue imposible. Me sentía tan agotado que me parecía imposible ponerme en pie.

Entonces moví la pierna herida, me suspendí con las manos apoyadas en el fondo de la

balsa y me dejé caer de espaldas, boca arriba, con la cabeza apoyada en la borda.

Evidentemente, estaba amaneciendo. Miré el reloj. Eran las cuatro de la madrugada. Todos

los días a esa hora escrutaba el horizonte. Pero ya había perdido las esperanzas de la tierra.

Continué mirando el cielo, viéndolo pasar del rojo vivo al azul pálido. El aire seguía

helado, me sentía con fiebre, y la rodilla me palpitaba con un dolor penetrante. Me sentía

mal porque no había podido morir. Estaba sin fuerzas, pero completamente vivo. Y aquella

certidumbre me produjo una sensación de desamparo. Habría creído que no pasaría de

aquella noche. Y, sin embargo, seguía como siempre, sufriendo en la balsa y entrando a un

nuevo día, que sería un día más, un día vacío, con un sol insoportable y una manada de

tiburones en torno a la balsa, desde las cinco de la tarde.

Cuando el cielo comenzó a ponerse azul miré el horizonte. Por todos los lados estaba el

agua verde y tranquila. Pero frente a la balsa, en la penumbra del amanecer, hallé una larga

sombra espesa. Contra el cielo diáfano se encontraban los perfiles de los cocoteros.

Sentí rabia. El día anterior me había visto en una fiesta en Mobile. Luego, había visto una

gigantesca tortuga amarilla, y durante la noche había estado en mi casa de Bogotá, en el

colegio La Salle de Villavicencio y con mis compañeros del destructor. Ahora estaba

viendo la tierra. Si cuatro o cinco días antes hubiera sufrido aquella alucinación me habría

vuelto loco de alegría. Habría mandado la balsa al diablo y me habría echado al agua para

alcanzar rápidamente la orilla.

Pero en el estado en que yo me encontraba se está prevenido contra las alucinaciones. Los

cocoteros eran demasiado nítidos para que fueran ciertos. Además, no los veía a una

distancia constante. A veces me parecía verlos al lado mismo de la balsa. Más tarde parecía

verlos a dos, a tres kilómetros de distancia. Por eso no sentía alegría. Por eso me reafirmé

en mis deseos de morir, antes que me volvieran loco las alucinaciones. Volví a mirar hacia

el cielo. Ahora era un cielo alto y sin nubes. de un azul intenso.

A las cuatro y cuarenta y cinco se veían en el horizonte los resplandores del sol. Antes

había sentido miedo de la noche, ahora el sol del nuevo día me parecía un enemigo. Un

gigantesco e implacable enemigo que venía a morderme la piel ulcerada, a enloquecerme de

sed y de hambre. Maldije el sol. Maldije el día. Maldije mi suerte que me había permitido

soportar nueve días a la deriva en lugar de permitir que hubiera muerto de hambre o

descuartizado por los tiburones.

Como volvía a sentirme incómodo, busqué el pedazo de remo en el fondo de la balsa para

recostarme. Nunca he podido dormir con una almohada demasiado dura. Sin embargo,

buscaba con ansiedad un pedazo de palo destrozado por los tiburones para apoyar la

cabeza.

El remo estaba en el fondo, todavía amarrado a los cabos del enjaretado. Lo solté. Lo ajusté

debidamente a mis espaldas doloridas, y la cabeza me quedó apoyada por encima de la

borda. Entonces fue cuando vi claramente, contra el sol rojo que empezaba a levantarse, el

largo y verde perfil de la costa.

Iban a ser las cinco. La mañana era perfectamente clara. No podía caber la menor duda de

que la tierra era una realidad. Todas las alegrías frustradas en los días anteriores la alegría

de los aviones, de las luces de los barcos, de las gaviotas y del color del agua, renacieron

entonces atropelladamente, a la vista de la tierra.

Si a esa hora me hubiera comido dos huevos fritos, un pedazo de carne, café con leche y

pan -un desayuno completo del destructor- tal vez no me habría sentido con tantas fuerzas

como después de haber visto aquello que yo creí que realmente era la tierra. Me incorporé

de un salto. Vi, perfectamente, frente a mí, la sombra de la costa y el perfil de los cocoteros.

No veía luces. Pero a mi derecha, como a diez kilómetros de distancia, los primeros rayos

del sol brillaban con un resplandor metálico en los acantilados. Loco de alegría, agarré mi

único pedazo de remo y traté de impulsar la balsa hasta la costa. en línea recta.

Calculé que habría dos kilómetros desde la balsa hasta la orilla. Tenía las manos deshechas

y el ejercicio me maltrataba la espalda. Pero no había resistido nueve días -diez con el que

estaba empezando- para renunciar ahora que estaba frente. a la tierra. Sudaba.

El viento frío del amanecer me secaba el sudor y me producía un dolor destemplado en los

huesos, pero seguía remando.

Pero, ¿dónde está la tierra?

No era un remo para una balsa como aquella. Era un pedazo de palo. Ni siquiera me servía

de sonda para tratar de averiguar la profundidad del agua. Durante los primeros minutos,

con la extraña fuerza que me imprimió la emoción, logré avanzar un poco. Pero luego me

sentí agotado, levanté el remo un instante, contemplando la exuberante vegetación que

crecía frente a mis ojos, y vi que una corriente paralela a la costa impulsaba la balsa hacia

los acantilados.

Lamenté haber perdido mis remos. Sabía que uno de ellos, entero y no destrozado por los

tiburones como el que llevaba en la mano, habría podido dominar la corriente. Por instantes

pensé que tendría paciencia para esperar a que la balsa llegara a los acantilados. Brillaban

bajo el primer sol de la mañana como una montaña de agujas metálicas. Por fortuna estaba

tan desesperado por sentir la tierra firme bajo mis pies que sentí lejana la esperanza. Más

tarde supe que eran las rompientes de Punta Caribana, y que de haber permitido que la

corriente me arrastrara me habría destrozado contra las rocas.

Traté de calcular mis fuerzas. Necesitaba nadar dos kilómetros para alcanzar la costa. En

buenas condiciones puedo nadar dos kilómetros en menos de una hora. Pero no sabía

cuánto tiempo podía nadar después de diez días sin comer nada más que un pedazo de

pescado y una raíz, con el cuerpo ampollado por el sol y la rodilla herida. Pero aquella era

mí última oportunidad. No tuve tiempo de pensarlo. No tuve tiempo de acordarme de los

tiburones. Solté el remo, cerré los ojos y me arrojé al agua.

Al contacto del agua helada me reconforté. Desde el nivel del mar perdí la visión de la

costa. Tan pronto como estuve en el agua me di cuenta de que había cometido dos errores:

no me había quitado la camisa ni me había ajustado los zapatos. Traté de no hundirme. Fue

eso lo primero que tuve que hacer, antes de empezar a nadar. Me quité la camisa y me la

amarré fuertemente alrededor de la cintura. Luego, me apreté los cordones de los zapatos.

Entonces sí empecé a nadar. Primero desesperadamente. Luego con más calma, sintiendo

que a cada brazada se me agotaban las fuerzas, y ahora sin ver la tierra.

No había avanzado cinco metros cuando sentí que se me reventó la cadena con la medalla

de la Virgen del Carmen. Me detuve. Alcancé a recogerla cuando empezaba a hundirme en

el agua verde y revuelta. Como no tenía tiempo de guardármela en los bolsillos la apreté

con fuerza entre los dientes y seguí nadando.

Ya me sentía sin fuerzas y, sin embargo, aún no veía la tierra. Entonces volvió a invadirme

el terror: acaso, ciertamente, la tierra había sido otra alucinación. El agua fresca me había

reconfortado y yo estaba otra vez en posesión de mis sentidos, nadando desesperadamente

hacia la playa de una alucinación. Ya había nadado mucho. Era imposible regresar en busca

de la balsa.

XII

Una resurrección en tierra extraña

Sólo después de estar nadando desesperadamente durante quince minutos empecé a ver la

tierra. Todavía estaba a más de un kilómetro. Pero no me cabía entonces la menor duda de

que era la realidad y no un espejismo. El sol doraba la copa de los cocoteros. No había

luces en la costa. No habla ningún pueblo, ninguna casa visible desde el mar. Pero era tierra

firme.

Antes de veinte minutos estaba agotado, pero me sentía seguro de llegar. Nadaba con fe,

tratando de no permitir que la emoción me hiciera perder los controles. He estado media

vida en el agua, pero nunca como esa mañana del nueve de marzo habla comprendido y

apreciado la importancia de ser buen nadador. Sintiéndome cada vez con menos fuerza,

seguí nadando hacia la costa. A medida que avanzaba vela más claramente el perfil de los

cocoteros.

El sol había salido cuando creí que podría tocar fondo. Traté de hacerlo, pero aún habla

suficiente profundidad. Evidentemente, no me encontraba frente a una playa. El agua era

honda hasta muy cerca de la orilla, de manera que tendría que seguir nadando. No sé

exactamente cuánto tiempo nadé. Sé que a medida que me acercaba a la costa el sol iba

calentando sobre mi cabeza, pero ahora no me torturaba la piel sino que me estimulaba los

músculos. En los primeros metros el agua helada me hizo pensar en los calambres. Pero el

cuerpo entró en calor rápidamente. Luego, el agua fue menos fría y yo nadaba fatigado,

como entre nubes, pero con un ánimo y una fe que prevalecían sobre mi sed y mi hambre.

Veía perfectamente la espesa vegetación a la luz del tibio sol matinal, cuando busqué fondo

por segunda vez. Allí estaba la tierra bajo mis zapatos. Es una sensación extraña esa de

pisar la tierra después de diez días a la deriva en el mar.

Sin embargo, bien pronto me di cuenta de que aún me faltaba lo peor. Estaba totalmente

agotado. No podía sostenerme en pie. La ola de resaca me empujaba con violencia hacia el

interior. Tenía apretada entre los dientes la medalla de la Virgen del Carmen. La ropa, los

zapatos de caucho, me pesaban terriblemente. Pero aun en esas tremendas circunstancias se

tiene pudor. Pensaba que dentro de breves momentos podría encontrarme con alguien. Así

que seguí luchando contra las olas de resaca, sin quitarme la ropa, que me impedía avanzar,

a pesar de que sentía que estaba desmayándome a causa del agotamiento.

El agua me llegaba más arriba de la cintura. Con un esfuerzo desesperado logré llegar hasta

cuando me llegaba a los muslos. Entonces decidí arrastrarme. Clavé en tierra los rodillas y

las palmas de las manos y me impulsé hacia adelante. Pero fue inútil. Las olas me hacían

retroceder. La arena menuda y acerada me lastimó la herida de la rodilla. En ese momento

yo sabía que estaba sangrando, pero no sentía dolor. Las yemas de mis dedos estaban en

carne viva. Aun sintiendo la dolorosa penetración de la arena entre las uñas clavé los dedos

en la tierra y traté de arrastrarme. De pronto me asaltó otra vez el terror: la tierra, los

cocoteros dorados bajo el sol, empezaron a moverse frente a mis ojos. Creí que estaba sobre

arena movediza, que me estaba tragando la tierra.

Sin embargo, aquella impresión debió de ser una ilusión ocasionada por mi agotamiento. La

idea de que estaba sobre arena movediza me infundió un ánimo desmedido -el ánimo del

terror- y dolorosamente, sin piedad y por mis manos descarnadas, seguí arrastrándome

contra las olas. Diez minutos después todos los padecimientos, el hambre y la sed de diez

días, se habían encontrado atropelladamente en mi cuerpo. Me extendí, moribundo, sobre la

tierra dura y tibia, y estuve allí sin pensar en nada, sin dar gracias a nadie, sin alegrarme

siquiera de haber alcanzado a fuerza de voluntad, de esperanza y de implacable deseo de

vivir, un pedazo de playa silenciosa y desconocida.

Las huellas del hombre

En tierra, la primera impresión que se experimenta es la del silencio. Antes de que uno se

dé cuenta de nada está sumergido en un gran silencio. Un momento después, remoto y

triste, se percibe el golpe de las olas contra la costa. Y luego, el murmullo de la brisa entre

las palmas de los cocoteros infunde la -sensación de que se está en tierra firme. Y la

sensación de que uno se ha salvado, aunque no sepa en qué lugar del mundo se encuentra.

Otra vez en posesión de mis sentidos, acostado en la playa, me puse a examinar el paraje.

Era una naturaleza brutal. Instintivamente busqué las huellas del hombre. Había una cerca

de alambre de púas como a veinte metros del lugar en que me encontraba. Había un camino

estrecho y torcido con huellas de animales. Y junto al camino habían cáscaras de cocos

despedazados. El más insignificante rastro de la presencia humana tuvo para mí en aquel

instante el significado de una revelación, Desmedidamente alegre, apoyé la mejilla contra la

arena tibia y me puse a esperar.

Esperé durante diez minutos, aproximadamente. Poco a poco iba recobrando las fuerzas.

Eran más de las seis y el sol había salido por completo. Junto al camino, entre las cáscaras

destrozadas, habla varios cocos enteros. Me arrastré hacia ellos, me recosté contra un

tronco y presioné el fruto liso e impenetrable entre mis rodillas. Como cinco días antes

había hecho con el pescado, busqué ansiosamente las partes blandas. A cada vuelta que le

daba al coco sentía batirse el agua en su interior. Aquel sonido gutural y profundo me

revolvía la sed. El estómago me dolía. la herida de la rodilla estaba sangrando. y mis dedos.

en carne viva, palpitaban con un dolor lento y profundo. Durante Mis diez días en el mar no

tuve en ningún momento la sensación de que me volvería loco. La tuve por primera vez esa

mañana, cuando daba vuelta al coco buscando un punto por donde penetrarlo, y sentía

batirse entre mis manos el agua fresca, limpia e inalcanzable.

Un coco tiene tres ojos, arriba, ordenados, en triángulo. Pero hay que pelarlo con un

machete para encontrarlos. Yo sólo disponía de mis llaves. Inútilmente insistí varias veces,

tratando de penetrar la áspera y sólida corteza con las llaves. Por fin, me declaré vencido,

arrojé el coco con rabia, oyendo rebotar el agua en su interior.

Mi última esperanza era el camino. Allí, a mi lado, las cáscaras desmigajadas me indicaban

que alguien debía venir a tumbar cocos. Los restos demostraban que alguien venía todos los

días, subía a los cocoteros y luego se dedicaba a pelar los cocos. Aquello demostraba,

además, que estaba cerca de un lugar habitado, pues nadie recorre una distancia

considerable sólo por llevar una carga de cocos.

Yo pensaba estas cosas, recostado en un tronco, cuando oí -muy distante- el ladrido de un

perro. Me puse en guardia. Alerté los sentidos. Un instante después, oí claramente el

tintineo de algo metálico que se acercaba por el camino.

Era una muchacha negra, increíblemente .delgada, joven y vestida de blanco. Llevaba en la

mano una ollita de aluminio cuya tapa, mal ajustada, sonaba a cada paso. "¿En qué país me

encuentro?", me pregunté, viendo acercarse por el camino a aquella negra con tipo de

Jamaica. Me acordé de San Andrés y Providencia. Me acordé de todas las islas de las

Antillas. Aquella mujer era mi primera oportunidad, pero también podía ser la última.

"¿Entenderá castellano?", me dije, tratando de descifrar el rostro de la muchacha que

distraídamente, todavía sin verme, arrastraba por el camino sus polvorientas pantuflas de

cuero. Estaba tan desesperado por no perder la oportunidad que tuve la absurda idea de que

si le hablaba en español no me entendería; que me dejaría allí, tirado en la orilla del

camino.

-Hello, Hello! -le dije, angustiado.

La muchacha volvió a mirarme con unos ojos enormes, blancos y espantados.

¡Help me! exclamé, convencido de que me estaba entendiendo.

Ella vaciló un momento, miró en torno suyo y se lanzó en carrera por el camino, espantada.

El hombre, el barro y el perro

Sentí que me moriría de angustia. En un momento me vi en aquel sitio, muerto,

despedazado por los gallinazos. Pero, luego, volví a oír al perro, cada vez más cerca. El

corazón comenzó a darme golpes, a medida que se aproximaban los ladridos. Me apoyé en

las palmas de las manos. Levanté la cabeza. Esperé. Un minuto. Dos. Y los ladridos se

oyeron cada vez más cercanos. De pronto sólo quedó el silencio. Luego, el batir de las olas

y el. rumor del viento entre los cocoteros. Después, en el minuto más largo que recuerdo en

mi vida, apareció un perro escuálido, seguido por un burro con dos canastos. Detrás de ellos

venía un hombre blanco, pálido, con sombrero de caña y los pantalones enrollados hasta la

rodilla. Tenía una carabina terciada a la espalda.

Tan pronto como apareció en la vuelta del camino me miró con sorpresa. Se detuvo. El

perro, con la cola levantada y recta, se acercó a olfatearme. El hombre permaneció inmóvil,

en silencio. Luego, bajó la carabina, apoyó la culata en tierra y se quedó mirándome.

No sé por qué, pensaba que estaba en cualquier parte del Caribe menos en Colombia. Sin

estar muy seguro de que me entendiera, decidí hablar en español.

-¡Señor, ayúdeme! -le dije.

El no contestó en seguida. Continuó examinándome enigmáticamente, sin parpadear, con la

carabina apoyada en el suelo. "Lo único que le falta ahora es que me pegue un tiro", pensé

fríamente. El perro me lamía la cara, pero ya no tenía fuerzas para esquivarle.

-¡Ayúdeme! -repetí, ansioso, desesperado, pensando que el hombre no me entendía.

-¿Qué le pasa? -me preguntó con acento amable.

Cuando oí su voz me di cuenta de que más que la sed, el hambre y la desesperación, me

atormentaba el deseo de contar lo que me había pasado. Casi ahogándome con las palabras,

le dije sin respirar:

-Yo soy Luis Alejandro Velasco, uno de los marineros que se cayeron el 28 de febrero del

destructor "Caldas", de la Armada Nacional.

Yo creí que todo el mundo estaba obligado a conocer la noticia, Creí que tan pronto como

dijera mi nombre el hombre se apresuraría a ayudarme. Sin embargo, no se inmutó,

Continuó en el mismo sitio, mirándome, sin preocuparse siquiera del perro, que me lamía la

rodilla herida.

-¿Es marinero de gallinas? -me preguntó, pensando tal vez en las embarcaciones de

cabotaje que trafican con cerdos y aves de corral.

-No. Soy marinero de guerra.

Sólo entonces el hombre se movió. Se terció de nuevo la carabina a la espalda, se echó el

sombrero hacia atrás, y me dijo:

-Voy a llevar un alambre hasta el puerto y vuelvo por usted".

Sentí que aquella era otra oportunidad que se me escapaba.

-¿Seguro que volverá?", le dije, con voz suplicante.

El hombre respondió que sí. Que volvía con absoluta seguridad. Me sonrió amablemente y

reanudó la marcha detrás del burro. El perro continuó a mi lado, olfateándome. Sólo cuando

el hombre se alejaba se me ocurrió preguntarle, casi con un grito:

-¿Qué país es este?

Y él, con una extraordinaria naturalidad me dio la única respuesta que yo no esperaba en

aquel instante:

-Colombia.

XIII

Seiscientos hombres me conducen a San Juan

Volvió, como lo había prometido. Antes de que empezara a esperarlo -no más de quince

minutos después- regresó con el burro y los canastos vacíos y con la muchacha negra de la

ollita de aluminio, que era su mujer, según supe más tarde. El perro no se había movido de

mi lado. Dejó de lamerme la cara y las heridas. Dejó de olfatearme. Se echó a mi lado,

inmóvil, medio dormido, hasta cuando vio acercarse al burro. Entonces dio un salto y

empezó a menear la cola.

-¿No puede caminar? -me dijo el hombre.

-Voy a ver -le dije. Traté de ponerme ,en pie, pero me fui de bruces. "No puede", dijo el

hombre, impidiéndome que me cayera.

Entre él y la mujer me subieron en el burro. Y sosteniéndome por debajo de los brazos

hicieron andar al animal. El perro iba delante dando saltos.

Por todo el camino había cocos. En el mar había soportado la sed. Pero allí, sobre el burro,

avanzando por un camino estrecho y torcido, bordeado de cocoteros, sentí que no podía

resistir un minuto más. Pedí que me diera agua de coco.

-No tengo machete -dijo el hombre.

Pero no era cierto. Llevaba un machete al cinto. Si en aquel momento yo hubiera estado en

condiciones de defenderme le habría quitado el machete por la fuerza y habría pelado un

coco y me lo habría comido entero.

Más tarde me di cuenta por qué rehusó el hombre darme agua de coco. Había ido a una casa

situada a dos kilómetros del lugar en que me encontró, había hablado con la gente de allí y

esta le había advertido que no me diera nada de comer hasta cuando no me

viera un médico. Y el médico más cercano estaba a dos días de viaje, en San Juan de Urabá.

Antes de media hora llegamos a la casa. Una rudimentaria construcción de madera y techo

de zinc a un lado del camino. Allí había tres hombres y dos mujeres. Entre todos me

ayudaron a bajar del burro, me condujeron al dormitorio y me acostaron en una cama de

lienzo. Una de las mujeres fue a la cocina, trajo una ollita con agua de canela hervida y se

sentó al borde de la cama, a darme cucharadas. Con las primeras gotas me sentí

desesperado. Con las segundas sentí que recobraba el ánimo. Entonces ya no quería beber

más, sino contar lo que me había pasado.

Nadie tenía noticias del accidente. Traté de explicarles, de echarles el cuento completo para

que supieran cómo me había salvado. Yo tenía entendido que a cualquier lugar del mundo a

donde llegara se tendrían noticias de la catástrofe. Me decepcionó saber que me había

equivocado, mientras la mujer me daba cucharadas de agua de canela, como a un niño

enfermo.

Varias veces insistí en contar lo que me había pasado. Impasibles, los cuatro hombres y las

otras dos mujeres permanecían a los pies de la cama, mirándome. Aquello parecía una

ceremonia. De no haber sido por la alegría de estar a salvo de los tiburones, de los

numerosos peligros del mar que me habían amenazado durante diez días, habría pensado

que aquellos hombres y aquellas mujeres no pertenecían a este planeta.

Tragándose la historia

La amabilidad de la mujer que me daba de beber no permitía confusiones de ninguna

especie. Cada vez que yo trataba de narrar mí historia me decía:

-Estese callado ahora. Después nos cuenta.

Yo me habría comido lo que hubiera tenido a mi alcance. Desde la cocina llegaba al

dormitorio el oloroso humo del almuerzo. Pero fueron inútiles todas mis súplicas.

-Después de que lo vea el médico le damos de comer-me respondían.

Pero el médico no llegó. Cada diez minutos me daban cucharaditas de agua de azúcar. La

menor de las mujeres, una niña, me enjugó las heridas con paños de agua tibia. El día iba

transcurriendo lentamente. Y lentamente iba sintiéndome aliviado. Estaba seguro de que me

encontraba entre gente amiga. Si en lugar de darme cucharadas de agua de azúcar hubieran

saciado mi hambre, mi organismo no habría resistido el impacto.

El hombre que me encontró en el camino se llama Dámaso Imitela. A las 10 de la mañana

del nueve de marzo, el mismo día en que llegué a la playa, viajó al cercano caserío de

Mulatos y regresó a la casa del camino en que yo me encontraba con varios agentes de la

policía. Ellos también ignoraban la tragedia. En Mulatos nadie conocía la noticia. Allí no

llegan los periódicos. En una tienda, donde ha sido instalado un motor eléctrico, hay una

radio y una nevera. Pero no se oyen los radioperiódicos. Según supe después, cuando

Dámaso Imitela avisó al inspector de policía que me había encontrado exhausto en una

playa y que decía pertenecer al destructor "Caldas" se puso en marcha el motor y durante

todo el día se estuvieron oyendo los radioperiódicos de Cartagena. Pero ya no se hablaba

del accidente. Sólo en las primeras horas de la noche se hizo una breve mención del caso.

Entonces, el inspector de policía, todos los agentes y sesenta hombres de Mulatos se

pusieron en marcha para prestarme auxilio. Un poco después de las doce de la noche

invadieron la casa y me despertaron con sus voces. Me despertaron del único sueño

tranquilo que había logrado conciliar en los últimos 12 días.

Antes del amanecer la casa estaba llena de gente. Todo Mulatos -hombres, mujeres y niñosse

había movilizado para verme.

Aquel fue mi primer contacto con una muchedumbre de curiosos que en los días sucesivos

me seguiría a todas partes. La multitud portaba lámparas y linternas de batería. Cuando el

inspector de Mulatos y casi todos sus acompañantes me movieron de la cama, sentí que me

desgarraban la piel ardida por el sol. Era una verdadera rebatiña.

Hacía calor. Sentía que me asfixiaba en medio de aquella muchedumbre de rostros

protectores. Cuando salí al camino un montón de lámparas y linternas eléctricas enfocó mi

rostro. Quedé ciego en medio de los murmullos y de las órdenes del inspector de policía,

impartidas en voz alta. Yo no veía la hora de llegar a alguna parte. Desde el día en que me

caí del destructor no había hecho otra cosa que viajar con rumbo desconocido. Esa

madrugada seguía viajando, sin saber por dónde, sin imaginar siquiera qué pensaba hacer

conmigo aquella multitud diligente y cordial.

El cuento del fakir

Es largo y difícil el camino del lugar en que me encontraron hasta Mulatos. Me acostaron

en una hamaca colgada de dos largos palos. Dos hombres en cada extremo de cada uno de

los palos me condujeron por un largo, estrecho y retorcido camino iluminado por las

lámparas. Íbamos al aire libre, pero hacía tanto calor como en un cuarto cerrado, a causa de

las lámparas.

Los ocho hombres se turnaban cada media hora. Entonces me daban un poco de agua y

pedacitos de galleta de soda. Yo hubiera querido saber hacia dónde me llevaban, qué

pensaban hacer conmigo. Pero allí se hablaba de todo. Todo el mundo hablaba, menos yo.

El inspector, que dirigía la multitud, no permitía que nadie se me acercara para hablarme.

Se oían gritos, órdenes, comentarios a larga distancia. Cuando llegamos a la larga callecita

de Mulatos la policía no dio abasto para contener la multitud. Eran como las ocho de la

mañana.

Mulatos es un caserío de pescadores, donde no hay oficina telegráfica. La población más

cercana es San Juan de Urabá, a donde dos veces por semana llega una avioneta procedente

de Montería. Cuando llegamos al caserío pensé que había llegado a alguna parte. Pensé que

tendría noticias de mi familia. Pero en Mulatos estaba apenas a mitad del camino.

Me instalaron en una casa y todo el pueblo hizo cola para verme. Yo me acordaba de un

fakir que vi hace dos años en Bogotá, por cincuenta centavos. Era preciso hacer una larga

cola de varias horas para ver al fakir. Uno avanzaba apenas medio metro cada cuarto de

hora. Cuando se llegaba a la pieza en que estaba el fakir, metido en una urna de vidrio, ya

no se deseaba ver a nadie. Se deseaba salir de eso cuanto antes para mover las piernas, para

respirar aire puro.

La única diferencia entre el fakir y yo era que el fakir estaba dentro de una urna de cristal.

El fakir tenía nueve días sin comer. Yo tenía diez en el mar y uno acostado en una cama, en

un dormitorio de Mulatos. Yo veía pasar rostros frente a mí. Rostros blancos y negros, en

una fila interminable. El calor era terrible. Y yo me sentía entonces lo suficientemente

repuesto como para tener un poco de sentido del humor y pensar que alguien pudiera estar

en la puerta vendiendo entradas para ver al náufrago.

En la misma hamaca en que me llevaron a Mulatos me llevaron a San Juan de Urabá. Pero

la muchedumbre que me acompañaba se había multiplicado. No iban menos de 600

hombres. Iban, además, mujeres, niños y animales. Algunos hicieron el viaje en burro. Pero

la generalidad lo hizo a pie. Fue un viaje de casi todo un día. Llevado por aquella multitud,

por los 600 hombres que se turnaron a lo largo del camino, yo sentía que iba recobrando

mis fuerzas paulatinamente. Creo que Mulatos quedó desocupado. Desde las primeras horas

de la mañana el motor eléctrico estuvo funcionando y el receptor de radio invadiendo el

caserío con su música. Aquello era como una feria. Y yo, el centro y la razón de la feria,

seguía tumbado en la cama, mientras el pueblo entero desfilaba para conocerme. Fue esa

misma multitud la que no se resignó a dejarme partir solo, sino que se fue a San Juan de

Urabá, en una larga caravana que ocupaba todo el ancho de aquel camino tortuoso.

Durante el viaje yo sentía hambre y sed. Los pedacitos de galleta de soda, los

insignificantes sorbos de agua, me habían restablecido, pero al mismo tiempo me habían

exaltado la sed y el hambre. La entrada a San Juan me hizo recordar las fiestas de los

pueblos. Todos los habitantes de la pequeña y pintoresca población, barrida por los vientos

del mar, salieron a mí encuentro. Ya se habían tomado medidas para evitar a los curiosos.

La policía logró detener la multitud que se agolpaba en las calles para verme.

Ese fue el final de mi viaje. El doctor Humberto Gómez, el primer médico que me hizo un

examen detenido, me dio la gran noticia. No me la dio antes de terminar el examen, pues

quería estar seguro de que estaba en condiciones de resistirla. Dándome una palmadita en la

mejilla, sonriendo amablemente, me dijo:

-La avioneta está lista para llevarlo a Cartagena. Allí lo está esperando su familia.

XIV

Mi heroísmo consistió en no dejarme morir

Nunca creí que un hombre se convirtiera en héroe por estar diez días en una balsa,

soportando el hambre y la sed. Yo no podía hacer otra cosa. Si la balsa hubiera sido una

balsa dotada con agua, galletas empacadas a presión, brújula e instrumentos de pesca,

seguramente estaría tan vivo como lo estoy ahora. Pero habría una diferencia: no habría

sido tratado como un héroe. De manera que el heroísmo, en mi caso, consiste

exclusivamente en no haberme dejado morir de hambre y de sed durante diez días.

Yo no hice ningún esfuerzo por ser héroe. Todos mis esfuerzos fueron por salvarme. Pero

como la salvación vino envuelta en una aureola, premiada con el título de héroe como un

bombón con sorpresa, no me queda otro recurso que soportar la salvación, como habla

venido, con heroísmo y todo.

Se me pregunta cómo se siente un héroe. Nunca sé qué responder. Por mi parte, yo me

siento lo mismo que antes. No he cambiado ni por dentro ni por fuera. Las quemaduras del

sol han dejado de dolerme. La herida de la rodilla se ha cicatrizado. Soy otra vez Luis

Alejandro Velasco. Y con eso me basta.

Quien ha cambiado es la gente. Mis amigos son ahora más amigos que antes. Y me imagino

también que mis enemigos son más enemigos, aunque no creo tenerlos. Cuando alguien me

reconoce en la calle se queda mirándome como a un animal raro. Por eso visto de civil,

hasta cuando a la gente se le olvide que estuve diez días sin comer ni beber en una balsa.

La primera sensación que se tiene, cuando se empieza a ser una persona importante, es la

sensación de que durante todo el día y' toda la noche, en cualquier circunstancia, a la gente

le gusta que uno le hable de uno mismo. Me di cuenta de eso en el Hospital Naval de

Cartagena, donde pusieron un guardia para que nadie hablara conmigo. A los tres días me

sentía completamente restablecido, pero no podía salir del hospital. Sabía que cuando me

dieran de alta tendría que contarle el cuento a todo el mundo, porque, según me decían los

guardias, habían llegado a la ciudad periodistas de todo el país para hacerme reportajes y

tomarme fotografías. Uno de ellos, con un impresionante bigote de 20 centímetros de largo,

me tomó más de 50 fotografías, pero no se le permitió que

me preguntara nada relacionado con mí aventura.

Otro, más audaz, se disfrazó de médico burló la guardia y penetró en mi habitación. Obtuvo

una resonante y merecida victoria, pero pasó un mal rato.

Historia de un reportaje

A mi habitación sólo podían entrar mi padre, los guardias, los médicos y los enfermeros del

Hospital Naval. Un día entró un médico que no habla visto nunca. Muy Joven, con su bata

blanca, anteojos y fonendoscopio colgado del cuello. Entró intempestivamente, sin decir

nada.

El suboficial de la guardia lo miró perplejo. Le pidió que se identificara. El joven médico se

registró todos los bolsillos, se ofuscó un poco y dijo que había olvidado sus papeles.

Entonces, el suboficial, de guardia. le advirtió que no podría conversar conmigo sin un

permiso especial del director del establecimiento. De manera que ambos se fueron donde el

director. Diez minutos después regresaron a mi pieza.

El suboficial de guardia entró delante y me hizo una advertencia:

-Le dieron permiso para que lo examine durante quince minutos. Es un siquiatra de Bogotá,

pero a mí me parece que es un reportero disfrazado.

-¿Por qué le parece? -le pregunté.

-Porque está muy asustado. Además, los siquiatras no usan fonendoscopio.

Sin embargo, había conversado durante quince minutos con el director del Hospital. Habían

hablado de medicina, de psiquiatría. Hablaron en términos médicos, muy complicados, y

rápidamente se pusieron de acuerdo. Por eso le dieron permiso para hablar conmigo durante

quince minutos.

No sé si fue por la advertencia del suboficial, pero cuando el joven médico entró de nuevo a

mi pieza ya no me pareció un médico. Tampoco me pareció un reportero, aunque hasta ese

momento yo no habla visto nunca un reportero. Me pareció un cura disfrazado de médico.

Creo que no sabía cómo empezar. Pero lo que realmente ocurría era que estaba pensando en

la manera de alejar al suboficial de la guardia.

-Hágame el favor de conseguirme un papel -le dijo.

El debió pensar que el suboficial de guardia iría a buscar el papel a la oficina. Pero tenía

orden de no dejarme solo. Así que no fue a buscar el papel, sino que salió al corredor y

gritó:

-Oiga, traiga en seguida papel de escribir.

Un momento después vino el papel de escribir. Habían transcurrido más de cinco minutos y

el médico no me había hecho todavía ninguna pregunta. Sólo cuando llegó el papel

comenzó el examen. Me entregó el papel y me pidió que dibujara un buque. Yo dibujé el

buque. Luego me pidió que firmara el dibujo, y lo hice. Después me pidió que dibujara una

casa de campo. Yo dibujé una casa lo mejor que pude, con una mata de plátano al lado. Me

pidió que la firmara. Entonces fue cuando yo me convencí de que era un reportero

disfrazado. Pero él insistió en que era médico.

Cuando acabé de dibujar, examinó los papeles, dijo algunas palabras confusas y comenzó a

hacerme preguntas sobre mi aventura. El suboficial de guardia intervino para recordar que

no se permitía aquella clase de preguntas. Entonces me examinó el cuerpo, como lo hacen

los médicos. Tenía las manos heladas. Si el suboficial de guardia se las hubiera tocado lo

habría echado de la pieza. Pero yo no dije nada, pues su nerviosismo y la posibilidad de que

fuera un reportero me producían una gran simpatía. Antes de que se cumplieran los quince

minutos del permiso salió disparado con los dibujos.

¡La que se armó al día siguiente! Los dibujos aparecieron en la primera página de "El

Tiempo", con flechas y letreros. "Aquí iba yo", decía un letrero, con una flecha que

señalaba el puente del buque. Era un error, porque yo no iba en el puente, sino en la popa.

Pero los dibujos eran míos.

Me dijeron que rectificara. Que podía demandarlo. Me pareció absurdo. Yo sentía una gran

admiración por un reportero que se disfrazaba de médico para poder entrar en un hospital

militar. Si él hubiera encontrado la manera de hacerme saber que era un reportero yo habría

sabido cómo alejar al suboficial de guardia. Porque la verdad es que ese día yo ya tenía

permiso para contar la historia.

E1 negocio del cuento

La aventura del reportero disfrazado de médico me proporcionó una idea muy clara del

interés que los periódicos tenían en la historia de mis diez días en el mar. Era un interés de

todo el mundo. Mis propios compañeros me pidieron que la contara muchas veces. Cuando

vine a Bogotá, ya casi completamente restablecido, me di cuenta de que mi vida había

cambiado. Me recibieron con todos los honores en el aeródromo. El presidente de la

república me impuso una condecoración. Me felicitó por mi hazaña. Desde ese día supe que

seguiría en la armada, pero ahora con el grado de cadete.

Además, había algo con lo cual no contaba: las propuestas de las agencias de publicidad.

Yo estaba muy agradecido de mi reloj, que marchó con precisión durante mi odisea. Pero

no creí que aquello le sirviera para nada a los fabricantes de relojes. Sin embargo, me

dieron $ 500 y un reloj nuevo. Por haber masticado cierta marca de chicles y decirlo en un

anuncio, me dieron $ 1.000. Quiso la suerte que los fabricantes de mis zapatos, por decirlo

en otro anuncio, me dieran dos mil pesos. Para que permitiera transmitir mi historia por

radio me dieron cinco mil. Nunca creí que fuera buen negocio vivir diez días de hambre y

de, sed en el mar. Pero lo es: hasta ahora he recibido casi diez mil pesos. Sin embargo, no

volvería a repetir la aventura por un millón.

Mi vida de héroe no tiene nada de particular. Me levanto a las 10 de la mañana. Voy a un

café a conversar con mis amigos, o a alguna de las agencias de publicidad que están

elaborando anuncios con base en mi aventura. Casi todos los días voy al cine. Y siempre

acompañado. Pero el nombre de la acompañante es lo único que no puedo revelar, porque

pertenece a la reserva del sumario.

Todos los días recibo cartas de todas partes. Cartas de gente desconocida. De Pereira,

firmado con las iniciales J. V. C., recibí un extenso poema, con balsas y gaviotas, Mary

Address, quien ordenó una misa por el descanso de mi alma cuando me encontraba a la

deriva en el Caribe, me escribe con frecuencia. Me mandó un retrato con dedicatoria que ya

conocen los lectores.

He contado mi historia en la televisión y a través de un programa de radio. Además. se la he

contado a mis amigos. Se la conté a una anciana viuda que tiene un voluminoso álbum de

fotografías y que me invitó a su casa. Algunas personas me dicen que esta historia es una

invención fantástica. Yo les pregunto:

Entonces, ¿qué hice durante mis diez días en el mar?

El sabio no dice lo que sabe, y el necio no sabe lo que dice.

Si los hombres han nacido con dos ojos, dos orejas y una sola lengua es porque se debe escuchar y mirar dos veces antes de hablar

Lo que importa verdaderamente en la vida no son los objetivos que nos marcamos, sino los caminos que seguimos para lograrlo.

Hay dos cosas que son infinitas: el universo y la estupidez humana; de la primera no estoy muy seguro.

Hay dos cosas que son infinitas: el universo y la estupidez humana; de la primera no estoy muy seguro.

El nacimiento y la muerte no son dos estados distintos, sino dos aspectos del mismo estado

Las personas son como la Luna. Siempre tienen un lado oscuro que no enseñan a nadie.

Las conversaciones son siempre peligrosas si se tiene algo que ocultar

El saber y la razón hablan, la ignorancia y el error gritan.

Todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de mofa

Algunas personas son tan falsas que ya no distinguen que lo que piensan es justamente lo contrario de lo que dicen.

Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no escucha.


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