venmarktec - El olor de la Güayaba

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EL OLOR DE LA GüAYABA - GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

(Conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza)

 

 

EDITORIAL SUDAMERICANA, BUENOS AIRES

Tercera edición Setiembre de 1993

IMPRESO EN LA ARGENTINA

 

 

Escritor y periodista, Plinio Apuleyo Mendoza nació en Tunja, Co­lombia, en 1932. Dirigió en Venezuela las revistas Élite y Momento, y en Colombia, Acción Liberal y Encuentro. En Francia tu­vo a su cargo la revista Libre, que agrupó a los escritores latinoamericanos del «boom». Ha publicado El desertor (Monte Ávila, 1974) y la novela Años de fuga, que obtuvo en 1979 el premio Plaza & Janés para novela colombiana.

 

 

Orígenes

 

 

El tren, un tren que luego recordaría ama­rillo y polvoriento y envuelto en una humareda sofocante, llegaba todos los días al pueblo a las once de la mañana, luego de cruzar las vas­tas plantaciones de banano. Junto a la vía, por caminos llenos de polvo, avanzaban lentas ca­rretas tiradas por bueyes y cargadas de racimos de bananos verdes, y el aire era ardiente y húmedo, y cuando el tren llegaba al pueblo había mucho calor, y las mujeres que aguar­daban en la estación se protegían del sol con sombrillas de colores.

Los vagones de primera clase tenían sillas de mimbre y los de tercera, donde viajaban los jornaleros, rígidos escaños de madera. A veces, enganchado a los otros, venía un vagón de vidrios azules enteramente refrigerado don­de viajaban los altos empleados de la compa­ñía bananera. Los hombres que bajaban de aquel vagón no tenían ni las ropas, ni el color mostaza, ni el aire soñoliento de las personas que uno cruzaba en las calles del pueblo. Eran rojos como camarones, rubios y fornidos, y se vestían como exploradores, con cascos de cor­cho y polainas, y sus mujeres, cuando las traían, parecían frágiles y como asombradas en sus ligeros trajes de muselina.

«Norteamericanos», le explicaba su abuelo, el coronel, con una sombra de desdén, el mis­mo desdén que asumían las viejas familias del pueblo ante todos los advenedizos.

Cuando Gabriel nació, todavía quedaban rastros de la fiebre del banano que años atrás había sacudido toda la zona. Aracataca pare­cía un pueblo del lejano oeste, no sólo por su tren, sus viejas casas de madera y sus hir­vientes calles de polvo, sino también por sus mitos y leyendas. Hacia 1910, cuando la United Fruit había erigido sus campamentos en el co­razón de las sombreadas plantaciones de ba­nano, el pueblo había conocido una era de esplendor y derroche. Corría el dinero a cho­rros. Según se decía, mujeres desnudas baila­ban la cumbia ante magnates que acercaban billetes al fuego para encender sus cigarros.

Esta y otras leyendas similares habían lle­vado hacia aquel olvidado pueblo de la costa norte de Colombia enjambres de aventureros y prostitutas, «desperdicios de mujeres solas y de hombres que amarraban la mula en un hor­cón del hotel, trayendo como único equipaje un baúl de madera o un atadillo de ropa».

Para doña Tranquilina, la abuela, cuya fa­milia era una de las más antiguas del pueblo, «aquella tempestad de caras desconocidas, de toldos en la vía pública, de hombres cambián­dose de ropa en la calle, de mujeres sentadas en los baúles con los paraguas abiertos, y de mulas y mulas abandonadas, muriéndose de hambre en la cuadra del hotel» representaba simplemente «la hojarasca», es decir, los dese­chos humanos que la riqueza bananera había depositado en Aracataca.

 

La abuela gobernaba la casa, una casa que luego él recordaría grande, antigua, con un patio donde ardía en las noches de mucho calor el aroma de un jazminero y cuartos innumerables donde suspiraban, a veces los muertos. Para doña Tranquilina, cuya familia provenía de la Goajira, una península de are­nales ardientes, de indios, contrabandistas y brujos, no había una frontera muy definida entre los muertos y los vivos. Cosas fantásti­cas eran referidas por ella como ordinarios sucesos cotidianos. Mujer menuda y férrea, de alucinados ojos azules, a medida que fue en­vejeciendo y quedándose ciega, aquella fron­tera entre los vivos y los desaparecidos se hizo cada vez más endeble, de modo que acabó ha­blando con los muertos y escuchándoles sus quejas, suspiros y llantos.

Cuando la noche -noche de los trópicos, sofocante y densa de olores de nardos y jaz­mines y rumores de grillos- caía brusca sobre la casa, la abuela inmovilizaba en una silla a Gabriel, entonces un niño de cinco años de edad, asustándolo con los muertos que anda­ban por allí: con la tía Petra, con el tío Lázaro o con aquella tía Margarita, Margarita Már­quez, que había muerto siendo muy joven y muy linda, y cuyo recuerdo habría de arder en la memoria de dos generaciones de la familia. «Si te mueves -le decía la abuela al niño­- va a venir la tía Petra que está en su cuarto. O el tío Lázaro.»

 

(Hoy, casi cincuenta años después, cuando García Márquez despierta en plena noche en un hotel de Roma o de Bangkok, vuelve a ex­perimentar, por un instante, aquel viejo terror de su infancia: muertos próximos que habitan la oscuridad.)

Aquella casa donde él vivió de niño no era, en realidad, la de sus padres, sino la de sus abuelos maternos. Circunstancias muy espe­ciales habían hecho de él un niño extraviado en un universo de gentes mayores, abrumadas por recuerdos de guerras, penurias y esplen­dores de otros tiempos. Luisa, su madre, ha­bía sido una de las muchachas bonitas del pue­blo. Hija del coronel Márquez, un veterano de la guerra civil respetado en toda la región,

había sido educada en una atmósfera de seve­ridad y pulcritud, muy castellana por cierto, propia de las viejas familias de la región, que de esta manera marcaban distancias con los advenedizos y forasteros.

Pasando por alto tales distancias, el hom­bre que vino una tarde a pedir tranquila y ce­remoniosamente la mano de Luisa, era uno de aquellos forasteros que suscitaban recelos en la familia. Gabriel Eligio García había lle­gado a Aracataca como telegrafista, luego de abandonar sus estudios de medicina en la Uni­versidad de Cartagena. Sin recursos para llevar a término su carrera, había decidido asumir aquel destino de empleado público y casarse. Después de pasar revista mentalmente a todas las muchachas del pueblo, decidió pedir la mano de Luisa Márquez: era bonita y muy seria, y de una familia respetable. Así que, obs­tinado, se presentó a la casa para proponerle matrimonio, sin haberle dicho o escrito antes una sola palabra de amor. Pero la familia se opuso: Luisa no podía casarse con un telegra­fista. El telegrafista era oriundo de Bolívar, un departamento de gentes muy estridentes y desenfadadas que no tenían. el rigor y la com­postura del coronel y su familia. Para colmo, García era conservador, partido contra el cual, a veces con las armas, el coronel había luchado toda su vida.

A fin de distanciarla de aquel pretendiente, Luisa fue enviada con su madre a un largo viaje por otras poblaciones y remotas ciudades de la costa. De nada sirvió: en cada ciudad había una telegrafía, y los telegrafistas, cóm­plices de su colega de Aracataca, le hacían llegar a la muchacha los mensajes de amor que éste le transmitía en código Morse. Aquellos telegramas la seguían a donde fuere, como las mariposas amarillas a Mauricio Babilonia.

Ante tanta obstinación, la familia acabó por ceder. Después del matrimonio, Gabriel Eligio y Luisa se fueron a vivir a Riohacha, una vieja ciudad a orillas del Caribe, en otro tiempo asediada por los piratas.

A petición del coronel, Luisa dio a luz su primer hijo en Aracataca. Y quizá para apagar los últimos rescoldos del resentimiento susci­tado por su matrimonio con el telegrafista, dejó al recién nacido al cuidado de sus abue­los. Así fue como Gabriel creció en aquella casa, único niño en medio de innumerables mujeres. Doña Tranquilina, que hablaba de los muertos como si estuviesen vivos. La tía Francisca, la tía Petra, la tía Elvira: todas ellas mujeres, fantásticas, instaladas en sus recuer­dos remotos, todas con sorprendentes aptitu­des premonitorias y a veces tan supersticiosas como las indias goajiras que componían la servidumbre de la casa. También ellas toma­ban lo extraordinario como algo natural. La tía Francisca Simonosea, por ejemplo, que era una mujer fuerte e infatigable, se sentó un día a tejer su mortaja. «¿Por qué estás haciendo una mortaja?», le preguntó Gabriel. «Niño; porque me voy a morir», respondió ella. Y en efecto, cuando terminó la mortaja se acostó en su cama y se murió.

Desde luego, el personaje más importante de la casa era el abuelo de Gabriel. A la hora de las comidas, que congregaban no sólo a to­das las mujeres de la casa sino también a amigos y parientes llegados en el tren de las once, el viejo presidía la mesa. Tuerto por cau­sa de un glaucoma, con un apetito sólido, una panza prominente y una vigorosa sexualidad que había dejado su semilla en docenas de hijos naturales por toda la región, el coronel Márquez era un liberal de principios; muy  res­petado en aquel pueblo. El único hombre que en su vida llegó a injuriarle, había sido muerto por él de un solo disparo.

 

Muy joven, el coronel había participado en las guerras civiles que liberales federalistas y librepensadores habían librado contra gobier­nos conservadores cuyo soporte eran latifun­distas, el clero y las fuerzas armadas regulares. La última de estas guerras, iniciada en 1899 y terminada en 1901, había dejado en los cam­pos de batalla cien mil muertos. Toda una ju­ventud liberal, formada en el culto a Garibaldi y al radicalismo francés, que iba a los comba­tes con camisas y banderas rojas, había sido diezmada.

El coronel había alcanzado su título militar combatiendo en las provincias de la costa, donde la guerra había sido especialmen­te sangrienta, a las órdenes del legendario cau­dillo liberal, el general Rafael Uribe Uribe. (Algo del carácter y muchos de los rasgos físi­cos de Uribe serían tomados por García Már­quez para componer el personaje del coronel Aureliano Buendía.)

Entre el abuelo sexagenario, que seguía re­viviendo en el recuerdo los episodios alucinan­tes de aquella guerra, y su nieto de cinco años -únicos hombres de una familia llena de mu­jeres- iba a crearse una amistad singular.

Gabriel había de guardar siempre el recuer­do del viejo, la manera patriarcal y reposada como tomaba asiento a la cabecera de la mesa delante del plato donde humeaba el sancocho, en medio del vivaz cotorreo de todas las mu­jeres de la casa; los paseos que daba con él al atardecer por el pueblo; la forma como a veces se detenía en plena calle, con un repen­tino suspiro, para confesarle (a él, un niño de cinco años de edad): «Tú no sabes lo que pesa un muerto.. »

Gabriel recordaría también las mañanas en que el viejo lo llevaba a las plantaciones para bañarse en alguna de las quebradas que baja­ban de la sierra. El agua corriendo rápida y fría y muy clara entre piedras grandes y blan­cas como huevos prehistóricos, el silencio de las plantaciones, el misterioso palpitar de las cigarras cuando empezaba el calor, y el viejo hablándole siempre de la guerra civil, de los cañones tirados por mulas, los cercos, los com­bates, los heridos agonizando en las naves de las iglesias, los hombres fusilados en las pare­des del cementerio: todo eso quedaría titilando para siempre en las tundras de su memoria.

Los amigos que su abuelo encontraba en el café de don Antonio Dasconti (modelo para el Pietro Crespi de Cien años de soledad) eran como él viejos liberales que habían ganado su grado militar en medio de la pólvora y el fra­gor de la guerra. Capitanes, coroneles o gene­rales, el recuerdo de aquella contienda feroz seguía ardiendo en sus largas y nostálgicas conversaciones bajo los ventiladores del café, como si nada de lo ocurrido después, incluyen­do la fiebre del banano, tuviese importancia en sus vidas.

El viejo y parsimonioso coronel concedía a su nieto la mayor importancia. Le escuchaba, respondía todas sus preguntas. Cuando no sa­bía contestarle, le decía: «Vamos a ver qué dice el diccionario.» (Desde entonces, Gabriel aprendió a mirar con respeto aquel libro polvoriento que contenía la respuesta a tantos enigmas.)

Cada vez que un circo levantaba su carpa en el pueblo, el viejo llevaba al niño de la mano para enseñarle gitanos, trapecistas y dromedarios; y alguna vez hizo abrir para él una caja de pargos congelados para revelarle el misterio del hielo..

A Gabriel le fascinaba ir con su abuelo has­ta los linderos de la compañía bananera. Al otro lado de las mallas de alambre que cercaban el campamento, todo parecía limpio y refrige­rado y sin relación alguna con el polvo y el calor abrasador del pueblo. Piscinas de aguas azules con mesitas y parasoles alrededor; cam­pos de grama muy verde, que parecían toma­dos de una estampa de Virginia; muchachas jugando al tenis: un mundo de Scott Fitzge­rald, en pleno corazón del trópico.

Al atardecer, aquellas muchachas nortea­mericanas vestidas todavía a la moda de los años veinte, que uno habría podido situar en el Montparnasse de los años locos o en el ves­tíbulo del hotel Plaza de Nueva York, salían en automóvil para dar una vuelta por las ar­dientes calles de Aracataca. El auto era des­capotable, y ellas, frágiles y alegres y como inmunes al calor en sus vaporosos trajes de muselina blanca, iban sentadas en medio de dos inmensos perros lobos. Miradas soñolien­tas las seguían desde los umbrales, a través del polvo que levantaba el vehículo.

El polvo aquel, las muchachas, el auto des­capotable recorriendo las calles del atardecer; los viejos militares derrotados y el abuelo recordando siempre sus guerras; las tías te­jiendo sus propias mortajas; la abuela hablan­do con sus muertos, y los muertos suspirando en las alcobas; el jazminero del patio, y los trenes amarillos cargados de bananos, y las quebradas de agua fresca corriendo en la som­bra de las plantaciones y los alcaravanes de la madrugada: todo ello se lo llevaría el viento, como el viento se lleva a Macondo en las últi­mas páginas de Cien años de soledad.

La muerte del abuelo, cuando Gabriel tenía ocho años de edad, fue el fin de su primera infancia; el fin de Aracataca también. Envia­do a la remota y brumosa capital del país, en el altiplano, él no volvería a su pueblo sino tiempo después de haber abandonado su carre­ra de derecho, y sólo de manera fugaz, para encontrar la desolación de lo que había dejado de ser, irremediablemente.

 

Venía con su madre para vender la casa que había sido de su abuelo. En la decrépita estación, en otro tiempo llena de gentes y som­brillas de colores, no había nadie, de modo que apenas el tren los dejó en el reverberante si­lencio del mediodía, acribillado por el canto desolado de las chicharras, reanudó su marcha como si hubiese pasado por un pueblo fantas­mal. Todo parecía ruinoso y abandonado, de­vorado por el calor y el olvido. El polvo de los años había caído sobre las viejas casas de madera y los escuálidos almendros de la plaza.

A medida que avanzaban por la desolación de las calles, Gabriel y su madre, sobrecogidos, intentaban ubicar en aquel andrajoso escenario el recuerdo remoto de aquellos tiempos de animación y derroche que habían alcanzado a vivir. Reconocían apenas lugares y casas, sin entender como habían podido albergar en otro tiempo familias respetables, de mujeres ves­tidas con olanes y austeros generales de pobla­das patillas.

La primera amiga que la madre encontró (estaba en la penumbra de un cuarto, sentada frente a una máquina de coser) no pareció reconocerla en el primer instante. Así que las dos mujeres se observaron como tratando de encontrar tras su apariencia cansada y madura el recuerdo de las muchachas lindas y risueñas que habían sido.

La voz de la amiga sonó triste y como sor­prendida:

-Comadre -exclamó, levantándose.

Las dos se abrazaron y rompieron a llorar al tiempo.

«Allí, de aquel reencuentro, salió mi prime­ra novela», dice García Márquez.

Su primera novela y probablemente todas tas que vendrían después.

 

 

Los suyos

 

 

-Mi recuerdo más vivo y constante no es el de las personas, sino el de la casa misma de Aracataca donde vivía con mis abuelos. Es un, sueño recurrente que todavía persiste. Más aún: todos los días de mi vida despierto con la impresión, falsa o real, de que he soñado que estoy en esa casa. No que he vuelto a ella, sino que estoy allí, sin edad y sin ningún mo­tivo especial, como si nunca hubiera salido de esa casa vieja y enorme. Sin embargo, aun en el sueño, persiste el que fue mi sentimiento predominante durante toda aquella época: la zozobra nocturna. Era una sensación irreme­diable que empezaba siempre al atardecer, y que me inquietaba aun durante el sueño hasta que volvía a ver por las hendijas de las puer­tas la luz del nuevo día. No logro definirlo muy bien, pero me parece que aquella zozobra tenía un origen concreto, y es que en la noche se materializaban todas las fantasías, presagios y evocaciones de mi abuela. Esa era mi rela­ción con ella: una especie de cordón invisible mediante el cual nos comunicábamos ambos con un universo sobrenatural. De día, el mun­do mágico de la abuela me resultaba fascinan­te, vivía dentro de él, era mi mundo propio. Pero en la noche me causaba terror. Todavía hoy, a veces, cuando estoy durmiendo solo en un hotel de cualquier lugar del mundo, des­pierto de pronto agitado por ese miedo horri­ble de estar solo en las tinieblas, y necesito siempre unos minutos para racionalizarlo y volverme a dormir. El abuelo, en cambio, era para mí la seguridad absoluta dentro del mun­do incierto de la abuela. Sólo con él desapa­recía la zozobra, y me sentía con los pies sobre la tierra y bien establecido en la vida real. Lo raro, pensándolo ahora, es que yo quería ser el abuelo -realista, valiente, seguro-, pero no podía resistir a la tentación constante de asomarme al mundo de la abuela.

 

-Háblame de tu abuelo. ¿Quién era, cómo fue la relación con él?

-El coronel Nicolás Ricardo Márquez Me­jía, que era su nombre completo, es tal vez la persona con quien mejor me he entendido y con quien mejor comunicación he tenido ja­más, pero a casi cincuenta años de distancia tengo la impresión de que él nunca fue cons­ciente de eso. No sé por qué, pero esta supo­sición, que surgió en mí por los tiempos de mi adolescencia, me ha resultado siempre trau­mática. Es como una frustración, como si es­tuviera condenado para siempre a vivir con una incertidumbre que debía ser aclarada, y que ya no lo será nunca, porque el coronel murió cuando yo tenía ocho años. No lo vi morir, porque yo estaba en otro pueblo por esos días, lejos de Aracataca, y ni siquiera me dieron la noticia de un modo directo, sino que la oí comentar en la casa donde estaba. Re­cuerdo que no me causó ninguna impresión. Pero en toda mi vida de adulto, cada vez que me ocurre algo, sobre todo cada vez que me sucede algo bueno, siento que lo único que me falta para que la alegría sea completa, es que lo sepa el abuelo. De modo que todas mis alegrías de adulto han estado y seguirán es­tando para siempre perturbadas por ese ger­men de frustración.

 

-¿Hay algún personaje de tus libros que se parezca a él?

-El único personaje que se parece a mi abuelo es el coronel sin nombre de La hoja­rasca. Más aún: es casi un calco minucioso de su imagen y su carácter, aunque tal vez esto sea muy subjetivo, porque no está descrito en la novela y es muy probable que el lector ten­ga de él una imagen distinta de la mía. Mi abuelo había perdido un ojo de una manera que siempre me pareció demasiado literaria para ser contada: estaba contemplando desde la ventana de su oficina un hermoso caballo blan­co, y de pronto sintió algo en el ojo izquierdo, se lo cubrió con la mano, y perdió la visión sin dolor. Yo no recuerdo el episodio, pero lo oí contar de niño muchas veces, y mi abuela de­cía siempre al final: «Lo único que le quedó en la mano fueron las lágrimas.» Ese defecto físico está traspuesto en el personaje de La hojarasca: el coronel es cojo. No recuerdo si lo digo en la novela, pero siempre he pensado que el problema de esa pierna surgió de una herida de guerra. La guerra civil de los Mil Días, que fue la última de Colombia en los primeros años de este siglo, y en la cual mi abuelo obtuvo el grado de coronel revolucio­nario del lado del partido liberal.

El recuerdo más impresionante que tengo, de mi abuelo tie­ne que ver con eso: poco antes de su muerte, no sé por qué motivo, el médico le estaba ha­ciendo un examen en la cama, y de pronto se detuvo ante una cicatriz que tenía muy cerca de la ingle. Mi abuelo le dijo: «Eso es un ba­lazo.» Muchas veces me había hablado de la guerra civil, y de ahí surgió el interés que apa­rece en todos mis libros por ese episodio his­tórico, pero nunca me había dicho que aquella cicatriz era causada por una bala. Cuando se lo dijo al médico, para mí fue como la reve­lación de algo legendario y heroico.

 

-Siempre creí que el coronel Aureliano Buendía se parecía a tu abuelo...

-No, el coronel Aureliano Buendía es el personaje opuesto a la imagen que yo tengo de mi abuelo. Este era rechoncho y sanguíneo, y era además el comilón más voraz que recuer­de y el fornicador más desaforado, según supe mucho más tarde. El coronel Buendía, en cam­bio, no sólo responde más bien a la estampa huesuda del general Rafael Uribe Uribe, sino que tiene su misma tendencia a la austeridad. Nunca vi a Uribe Uribe, por supuesto, pero mi abuela contaba que antes de mi nacimiento pasó por Aracataca y estuvo en la oficina de mi abuelo con otros veteranos de sus guerras, tomando cerveza. La visión que mi abuela te­nía de él, es igual a la descripción que hizo Adelaida, la esposa del coronel de La hojaras­ca, cuando vio por primera vez al médico fran­cés, y quien, según ella misma lo dice en la novela, se le pareció a un militar. No está di­cho, pero en mi fuero interno yo sé que ella creía que era el general Uribe Uribe.

 

-¿Cómo ves la relación que has tenido con tu madre?

-El distintivo de mi relación con mi ma­dre, desde muy niño, ha sido el de la seriedad. Es tal vez la relación más seria que he tenido en mi vida, y creo que no existe nada que ella y yo no podamos decirnos ni ningún tema que no podamos tratar, pero casi siempre lo hemos hecho, más que con un sentido de intimidad, con un cierto rigor que casi podría conside­rarse profesional. Es una concepción difícil de explicar, pero es así. Tal vez esto se debe a que empecé a vivir con ella y con mi padre cuando ya yo tenía uso de razón -después de que murió mi abuelo-, y mi entrada en la casa debió ser para ella como la de alguien con quien podía entenderse, en medio de sus hijos numerosos, todos menores que yo, y quien la ayudaba a pensar los problemas domésticos, que eran muy arduos y nada gratos, dentro de una pobreza que en cierto momento llegó a ser extrema. Además, nunca tuvimos ocasión de vivir bajo el mismo techo por mucho tiem­po continuo, porque a los pocos años, cuando yo cumplí doce, me fui para el colegio, primero en Barranquilla y después en Zipaquirá, y des­de entonces hasta hoy sólo nos hemos visto en visitas breves, primero durante las vaca­ciones escolares, y después cada vez que voy a Cartagena, que nunca es más de una vez al año y nunca por más de quince días. Esto, sin remedio, crea una cierta distancia en el trato, un cierto pudor que encuentra su expresión más confortable en la seriedad. Ahora bien: desde hace unos doce años, cuando empecé a tener recursos para hacerlo, la llamo por telé­fono todos los domingos a la misma hora, des­de cualquier parte del mundo, y las muy pocas veces en que no lo he hecho ha sido por impo­sibilidades técnicas. No es que yo sea buen hijo, como se dice, ni mejor que cualquier otro, sino que siempre he considerado que esa lla­mada dominical forma parte de la seriedad de nuestras relaciones.

 

-¿Es cierto que ella descubre fácilmente las claves de tus novelas?

-Sí, de todos mis lectores, ella es el que en realidad tiene más instinto, y desde luego mejores datos para identificar en la vida real a los personajes de mis libros. No es fácil, porque casi todos mis personajes son como rompecabezas armados con piezas de muchas personas distintas, y por supuesto con piezas de mí mismo. El mérito de mi madre es que ella tiene en este terreno la misma destreza que tienen los arqueólogos cuando logran re­construir un animal prehistórico completo a partir de una vértebra encontrada en una ex­cavación. Leyendo mis libros, ella elimina por puro instinto las piezas añadidas, y reconoce la vértebra primaria y esencial en torno de la cual yo construí el personaje. A veces, cuando está leyendo, uno le oye decir: «Ay, mi pobre compadre, aparece aquí como si fuera marica.» Yo le digo que no es cierto, que aquel perso­naje no tiene nada que ver con su compadre, pero lo digo por decir algo, porque ella sabe que yo sé que ella sabe.

 

-¿Cuál de tus personajes femeninos se pa­rece a ella?

-Ninguno, antes de la Crónica de una muer­te anunciada, está basado en mi madre. El carácter de Ursula Iguarán, en Cien años de soledad, tiene algunos rasgos de ella, pero tie­ne muchos más de muchas otras mujeres que he conocido en la vida. En realidad, Ursula es para mí la mujer ideal, en el sentido de que es el paradigma de la mujer esencial, tal como yo la concibo. Lo que resulta sorprendente es la verdad contraria: que a medida que mi madre envejece se parece más a la imagen tota­lizadora que yo tenía de Ursula, y la evolución de su carácter se acentúa en ese sentido. Por eso su actuación en la Crónica podría parecer una repetición del personaje de Ursula. Y sin embargo, no es así: es un retrato fiel de mi madre, tal como yo lo veo, y por eso está allí con su nombre propio. El único comentario que ella hizo al respecto, fue cuando se vio con su segundo nombre: Santiaga. «Ay, Dios mío -exclamó-, me he pasado toda la vida tra­tando de ocultar ese nombre tan feo, y ahora se va a conocer en todo el mundo y en todos los idiomas.. »

 

-Nunca hablas de tu padre. ¿Cómo lo re­cuerdas? ¿Cómo lo ves hoy?

-Cuando cumplí treinta y tres años, tomé conciencia de pronto de que ésa era la edad de mi padre cuando lo vi entrar por primera vez en la casa de mis abuelos. Lo recuerdo muy bien, porque era el día de su cumpleaños, y alguien dijo: «Cumples la edad de Cristo.» Era un hombre esbelto, moreno, dicharachero y simpático, con un vestido entero de dril blanco y un sombrero canotier. Un perfecto caribe de los años treinta. Lo raro es que ahora tiene ochenta años, muy bien llevados en todo sen­tido, y no logro verlo como es en realidad, sino como lo vi aquella primera vez en casa de mis abuelos. Hace poco, él le dijo a un amigo que yo me creía como esos pollos que, según dicen, son engendrados sin la participación del gallo. Lo decía de muy buen modo y con su buen sentido del humor, como un reproche porque yo siempre hablo de mis relaciones con mi madre, y pocas veces hablo de él. Tiene razón. Pero el motivo real de esa exclusión es que lo conozco muy poco, y en todo caso mucho me­nos que a mi madre. Sólo ahora, cuando ya casi tenemos la misma edad, como le digo a veces, hemos establecido una comunicación tranquila. Creo tener una explicación. Cuando llegué a vivir con mis padres, a los ocho años, yo llevaba una imagen paterna muy bien sen­tada: la imagen del abuelo. Y mi padre es no sólo muy distinto del abuelo, sino casi todo lo contrario. Su carácter, su sentido de la auto­ridad, su concepción general de la vida y de su relación con los hijos eran por completo diferentes. Es muy probable que yo, a la edad que tenía entonces, me hubiera sentido afec­tado por aquel cambio tan brusco. El resultado fue que nuestras relaciones hasta mi adoles­cencia fueron para mí muy difíciles, y siempre por culpa mía: nunca me sentía seguro de cuál debía ser mi comportamiento ante él, no sabía cómo complacerlo, y él era entonces de una severidad que yo confundía con la incompren­sión. Sin embargo, creo que ambos lo resol­vimos muy bien, porque nunca, en ningún mo­mento y por ningún motivo, tuvimos un tro­piezo serio.

En cambio, creo que muchos elementos de mi vocación literaria me vienen de él, que escribió versos en su juventud, y no siempre clandestinos, y que tocaba muy bien el violín cuando era el telegrafista de Aracataca. Le ha gustado siempre la buena literatura, y es un lector tan voraz, que cuando uno llega a la casa no tiene que preguntar dónde está, por­que todos lo sabemos: está leyendo en su dor­mitorio, que es el único lugar tranquilo en una casa de locos, donde no se sabe nunca cuántos seremos en la mesa, porque hay una incontable población flotante de hijos y nietos y sobrinos, que entramos y salimos a toda hora, y cada uno con su tema propio. Mi padre siempre está leyendo todo lo que le cae en las manos: los mejores autores literarios, todos los perió­dicos, todas las revistas, folletos de propagan­da, manuales de refrigeradores, lo que sea. No conozco a nadie más mordido por el vicio de la lectura. Por lo demás, nunca se ha tomado una gota de alcohol ni se ha fumado un ciga­rrillo, pero ha tenido dieciséis hijos conocidos y no sabemos cuántos desconocidos, y ahora, con los ochenta años más fuertes y lúcidos que conozco, no parece dispuesto a cambiar sus costumbres, sino todo lo contrario.

 

-Todos tus amigos sabemos el papel que ha jugado en tu vida Mercedes. Cuéntame dón­de la conociste, cómo te casaste con ella y sobre todo cómo has logrado eso tan raro que es un matrimonio feliz.

-A Mercedes la conocí en Sucre, un pueblo del interior de la costa Caribe, donde vivieron nuestras familias durante varios años, y donde ella y yo pasábamos nuestras vacaciones. Su padre y el mío eran amigos desde la juventud. Un día, en un baile de estudiantes, y cuando ella tenía sólo trece años, le pedí sin más vuel­tas que se casara conmigo. Pienso ahora que la proposición era una metáfora para saltar por encima de todas las vueltas y revueltas que había que hacer en aquella época para conseguir novia. Ella debió entenderlo así, porque seguimos viéndonos de un modo espo­rádico y siempre casual, y creo que ambos sabíamos sin ninguna duda que tarde o tem­prano la metáfora se iba a volver verdad. Como se volvió, en efecto, unos diez años después de inventada, y sin que nunca hubiéramos sido novios de verdad, sino una pareja que espe­raba sin prisa y sin angustias algo que se sabía inevitable. Ahora estamos a punto de cumplir veinticinco años de casados, y en ningún mo­mento hemos tenido una controversia grave. Creo que el secreto está en que hemos seguido entendiendo las cosas como las entendíamos antes de casarnos. Es decir, que el matrimonio, como la vida entera, es algo terriblemente di­fícil que hay que volver a empezar desde el principio todos los días, y todos los días de nuestra vida. El esfuerzo es constante, e in­clusive agotador muchas veces, pero vale la pena. Un personaje de alguna novela mía lo dice de un modo más crudo: «También el amor se aprende.»

 

¿Algún personaje tuyo está inspirado en ella?

-Ningún personaje de mis novelas se pa­rece a Mercedes. Las dos veces que aparece en Cien años de soledad es ella misma, con su nombre propio y su identidad de boticaria, y lo mismo ocurre las dos veces en que inter­viene en la Crónica de una muerte anunciada.

Nunca he podido ir más lejos en su aprovecha­miento literario, por una verdad que  podría parecer una boutade, pero que no lo es: he llegado a conocerla tanto que ya no tengo la menor idea de cómo es en realidad.

 

-Tus amigos: ¿Qué representan ellos en tu vida? ¿Has logrado conservar todas tus amis­tades de juventud?

-Algunas se me han ido quedando regadas en el camino, pero las esenciales en mi vida han sobrevivido a todas las tormentas. No ha sido por casualidad, sino todo lo contrario: yo me he cuidado, en cada minuto de mi vida y en cualquier circunstancia, de que así sea. Está en mi carácter, y ya lo he dicho en mu­chas entrevistas: nunca, en ninguna circuns­tancia, he olvidado que en la verdad de mi alma no soy nadie más ni seré nadie más que uno de los dieciséis hijos del telegrafista de Aracataca. En los últimos quince años, cuando la fama me ha caído encima como algo no bus­cado e indeseable, mi trabajo más difícil ha sido la preservación de mi vida privada. Lo he logrado, más restringida y vulnerable que antes, pero lo suficiente para que quepa en ella lo único que a fin de cuentas me interesa de veras en la vida, que son los afectos de mis hijos y de mis amigos. Viajo mucho por el mundo, pero siempre el interés primordial de esos viajes es encontrarme con mis amigos de siempre, que además no son muchos. En rea­lidad, el único momento de la vida en que me siento ser yo mismo, es cuando estoy con ellos. Siempre en grupos muy pequeños, ojalá no más de seis cada vez, pero mejor si somos cuatro. Si yo los escojo para la reunión es siempre mejor, porque una de las cosas que sé muy bien es reunir a los amigos según sus afinidades, de modo que no haya ninguna ten­sión en el grupo. Esto, por supuesto, me lleva mucho tiempo, pero lo encuentro siempre, por­que es mi tiempo esencial. Los muy pocos que he perdido en el camino ha sido siempre por la misma razón: porque no entendieron que mi situación es muy difícil de manejar, y está amenazada por el riesgo constante de acciden­tes y errores que pueden afectar por un ins­tante una vieja amistad. Pero si un amigo no entiende esto, con el dolor de mi alma, se acabó para siempre: un amigo que no entiende, sim­plemente, no es tan bueno como uno creía. En cuanto a sexos, no hago distinción en este te­rreno, pero siempre he tenido la impresión de entenderme mejor con las mujeres que con los hombres. En todo caso yo me considero el mejor amigo de mis amigos, y creo qué nin­guno de ellos me quiere tanto como quiero yo al amigo que quiero menos.

 

-Tienes una magnífica relación con tus dos hijos. ¿Cuál es la fórmula?

-Mis relaciones con mis hijos son excep­cionalmente buenas, como tú dices, por lo mis­mo que te he dicho de la amistad. Por muy consternado, desbordado, distraído o cansado que esté, siempre he tenido tiempo para hablar con mis hijos, para estar con ellos desde que nacieron. En nuestra casa, desde que nuestros hijos tienen uso de razón, todas las decisiones se discuten y se resuelven de común acuerdo. Todo se maneja con cuatro cabezas. No lo hago por sistema, ni porque piense que es un méto­do mejor o peor, sino porque descubrí de pron­to, cuando mis hijos empezaron a crecer, que mi verdadera vocación es la de padre: me gusta serlo, la experiencia más apasionante de mi vida ha sido la de ayudar a crecer a mis dos hijos, y creo que lo que he hecho mejor en la vida no son mis libros sino mis hijos. Son como dos amigos nuestros, pero criados por nosotros mismos.

 

-¿Compartes tus problemas con ellos?

-Si mis problemas son grandes, trato de compartirlos con Mercedes y mis hijos. Si son muy grandes, es probable que recurra además a algún amigo que pueda ayudarme con sus luces. Pero si son demasiado grandes no los consulto con nadie. En parte por pudor, y en parte por no pasarles a Mercedes y a mis hi­jos, y eventualmente a algún amigo, una preo­cupación adicional. De modo que me los trago solo. El resultado, por supuesto, es una úlcera del duodeno que funciona como un timbre de alarma, y con la cual he tenido que aprender a vivir, como si fuera una amante secreta, difí­cil y a veces dolorosa, pero imposible de olvi­dar.

 

El oficio

 

 

-Empecé a escribir por casualidad, quizá sólo para demostrarle a un amigo que mi ge­neración era capaz de producir escritores. Des­pués caí en la trampa de seguir escribiendo por gusto y luego en la otra trampa de que nada me gustaba más en el mundo que escribir.

 

-Has dicho que escribir es un placer. Tam­bién has dicho que es un sufrimiento. ¿En qué quedamos?

-Las dos cosas son ciertas. Cuando estaba comenzando, cuando estaba descubriendo el oficio, era un acto alborozado, casi irrespon­sable. En aquella época, recuerdo, después de que terminaba mi trabajo en el periódico, ha­cia las dos o tres de la madrugada, era capaz de escribir cuatro, cinco, hasta diez páginas de un libro. Alguna vez, de una sola sentada, es­cribí un cuento.

 

-¿Y ahora?

-Ahora me considero afortunado si puedo escribir un buen párrafo en una jornada. Con el tiempo el acto de escribir se ha vuelto un sufrimiento.

 

-¿Por qué? Uno diría que con el mayor dominio que tienes del oficio, escribir debe re­sultarte más fácil.

-Lo que ocurre simplemente es que va aumentando el sentido de la responsabilidad. Uno tiene la impresión de que cada letra que escribe tiene ahora una resonancia mayor, que se afecta a mucha más gente.

 

-Quizás es una consecuencia de la fama. ¿Tanto te incomoda?

-Me estorba, lo peor que le puede ocurrir a un hombre que no tiene vocación para el éxito literario, en un continente que no estaba preparado para tener escritores de éxito, es que sus libros se vendan como salchichas. Detesto convertirme en espectáculo público. De­testo la televisión, los congresos, las conferen­cias, las mesas redondas...

 

-Las entrevistas.

-También. No, el éxito no se lo deseo a nadie. Le sucede a uno lo que a los alpinistas, que se matan por llegar a la cumbre y cuando llegan, ¿qué hacen? Bajar, o tratar de bajar discretamente, con la mayor dignidad posible.

 

-Cuando eras joven y tenías que ganarte la vida con otros oficios, escribías de noche, fumando mucho.

-Cuarenta cigarrillos diarios.

 

-¿Y ahora?

-Ahora no fumo, y trabajo sólo de día.

 

-Por la mañana.

-De nueve a tres de la tarde, en un cuarto sin ruidos y con buena calefacción. Las voces y el frío me perturban.

 

-¿Te angustia, como a otros escritores, le hoja en blanco?

-Sí, es la cosa más angustiosa que conozco después de la claustrofobia. Pero esa angustia acabó para mí en cuanto leí un consejo de Hemingway, en el sentido de que se debe inte­rrumpir el trabajo sólo cuando uno sabe cómo continuar al día siguiente.

 

-¿Cuál es, en tu caso, el punto de partida de un libro?

-Una imagen visual. En otros escritores, creo, un libro nace de una idea, de un concepto. Yo siempre parto de una imagen. La siesta del martes, que considero mi mejor cuento, surgió de la visión de una mujer y de una niña ves­tidas de negro y con un paraguas negro, caminando bajo un sol ardiente en un pueblo de­sierto. La hojarasca es un viejo que lleva a su nieto a un entierro. El punto de partida de El coronel no tiene quien le escriba es la ima­gen de un hombre esperando una lancha en el mercado de Barranquilla. La esperaba con una especie de silenciosa zozobra. Años des­pués yo me encontré en París esperando una carta, quizás un giro, con la misma angustia, y me identifiqué con el recuerdo de aquel hom­bre.

 

-¿Y cuál fue la imagen visual que sirvió de punto de partida para Cien años de soledad?

-Un viejo que lleva a un niño a conocer  el hielo exhibido como curiosidad de circo.

 

-¿Era tu abuelo, el coronel Márquez?

-Si.

 

-¿El hecho está tomado de la realidad?

-No directamente, pero sí está inspirado en ella. Recuerdo que, siendo muy niño, en Ara­cataca, donde vivíamos, mi abuelo me llevó a
conocer un dromedario en el circo. Otro día, cuando le dije que no había visto el hielo, me llevó al campamento de la compañía bananera,
ordenó abrir una caja de pargos congelados y me hizo meter la mano. De esa imagen parte todo Cien años de soledad.

 

-Asociaste, pues, dos recuerdos en la pri­mera frase del libro. ¿Cómo dice exactamente?

-«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.»

 

-En general, a la primera frase de un libro le asignas mucha importancia. Me dijiste que a veces te llevaba más tiempo escribir esta primera frase que todo el resto. ¿Por qué?

-Porque la primera frase puede ser el la­boratorio para establecer muchos elementos del estilo, de la estructura y hasta de la lon­gitud del libro.

 

-¿Te lleva mucho tiempo escribir uná no­vela?

-Escribirla en sí, no. Es un proceso más bien rápido. En menos de dos años escribí Cien años de soledad. Pero antes de sentarme a la máquina duré quince o diecisiete años pensan­do en ese libro.

 

-Y duraste un tiempo igual madurando El otoño del patriarca. ¿Cuántos años esperaste para escribir la Crónica de una muerte anun­ciada?

-Treinta años.

 

-¿Por qué tanto tiempo?

-Cuando ocurrieron los hechos, en 1951, no me interesaron como material de novela sino como reportaje. Pero aquél era un género poco desarrollado en Colombia en esa época, y yo era un periodista de provincia en un pe­riódico local al que tal vez no le hubiera inte­resado el asunto. Empecé a pensar el caso en términos literarios varios años después, pero siempre tuve en cuenta la contrariedad que le causaba a mi madre la sola idea de ver a tanta gente amiga, e inclusive a algunos pa­rientes, metidos en un libro escrito por un hijo suyo. Sin embargo, la verdad de fondo es que el tema no me arrastró de veras sino cuando descubrí, después de pensarlo muchos años, lo que me pareció el elemento esencial: que los dos homicidas no querían cometer el crimen y habían hecho todo lo posible para que alguien se lo impidiera, y no lo consiguie­ron. Es eso, en última instancia, lo único real­mente nuevo que tiene este drama, por lo de­más bastante corriente en América Latina. Una causa posterior de la demora fue de carácter estructural. En realidad, la historia termina casi veinticinco años después del crimen, cuan­do el esposo regresa con la esposa repudiada, pero para mí fue siempre evidente que el final del libro tenía que ser la descripción minucio­sa del crimen. La solución fue introducir un narrador -que por primera vez soy yo mis­mo- que estuviera en condiciones de pasearse a su gusto al derecho y al revés en el tiempo estructural de la novela. Es decir, al cabo de treinta años, descubrí algo que muchas veces se nos olvida a los novelistas: que la mejor fórmula literaria es siempre la verdad.

 

-Hemingway decía que no se debía escri­bir sobre un tema ni demasiado pronto, ni de­masiado tarde. ¿No te ha preocupado guardar tantos años una historia en tu cabeza sin es­cribirla?

-En realidad, nunca me ha interesado una idea que no resista muchos años de abandono. Si es tan buena como para resistir los quin­ce años que esperó Cien años de soledad, los diecisiete de El otoño del patriarca y los trein­ta de Crónica de una muerte anunciada, no me queda más remedio que escribirla.

 

-¿Tomas notas?

-Nunca, salvo apuntes de trabajo. Sé por experiencia que cuando se toman notas uno termina pensando para las notas y no para el libro.

 

-¿Corriges mucho?

-En ese aspecto, mi trabajo ha cambiado mucho. Cuando era joven, escribía de un tirón, sacaba copias, volvía a corregir. Ahora voy corrigiendo línea por línea a medida que escri­bo, de suerte que al terminar la jornada tengo una hoja impecable, sin manchas ni tachadu­ras, casi lista para llevar al editor.

 

-¿Rompes muchas hojas?

-Una cantidad inimaginable. Yo empiezo una hoja a máquina...

 

-¿Siempre a máquina?

-Siempre. En máquina eléctrica. Y cuando me equivoco, o no me gusta la palabra escrita, o simplemente cuando cometo un error de me­canografía, por una especie de vicio, de manía o de escrúpulo, dejo la hoja a un lado y pongo otra nueva. Puedo gastar hasta quinientas ho­jas para escribir un cuento de doce. Es decir: no he podido sobreponerme a la manía de que un error mecanográfico me parece un error de creación.

 

-Muchos escritores son alérgicos a la má­quina eléctrica. ¿Tú no?

-No, estoy tan compenetrado con ella, que yo no podría escribir sino en máquina eléctri­ca. En general, creo que se escribe mejor cuan­do se dispone en todo sentido de condiciones confortables. No creo en el mito romántico de que el escritor debe pasar hambre, debe estar jodido, para producir. Se escribe mejor habien­do comido bien y con una máquina eléctrica.

 

-Rara vez hablas en tus entrevistas de tus libros en proceso, ¿por qué?

-Porque forman parte de mi vida privada. La verdad es que siento un poco de compasión por los escritores que cuentan en entrevistas el argumento de su próximo libro. Es una prueba de que las cosas no les están saliendo bien, y se consuelan resolviendo en la prensa los problemas que no han podido resolver en la novela.

 

-Pero del libro en proceso sueles hablar mucho con tus amigos más cercanos.

-Sí, los someto a un trabajo agotador. Cuando estoy escribiendo una cosa, hablo mu­cho de ella. Es una manera de descubrir dónde están los terrenos firmes y los terrenos flojos. Una manera de orientarme en la oscuridad.

 

-Hablas, pero casi nunca das a leer lo que estás escribiendo.

-Nunca. Yo lo he resuelto como si fuera una superstición. Creo, en realidad, que en el trabajo literario uno siempre está solo. Como un náufrago en medio del mar. Sí, es el oficio más solitario del mundo. Nadie puede ayudar­le a uno a escribir lo que está escribiendo.

 

-¿Cuál es, para ti, el sitio ideal para es­cribir?

-Lo he dicho varias veces: una isla desier­ta por la mañana y la gran ciudad por la no­che. Por la mañana, necesito silencio. Por la noche, un poco de alcohol y buenos amigos para conversar. Siempre tengo la necesidad de estar en contacto con la gente de la calle y bien enterado de la actualidad. Todo esto co­rresponde a lo que quiso decir William Faulk­ner cuando declaró que la casa perfecta para un escritor era un burdel, pues en las horas de la mañana hay mucha calma y en cambio en las noches hay fiesta.     

 

-Hablemos de todo el lado artesanal del oficio de escribir. En este largo aprendizaje que ha sido el tuyo, ¿podrías decirme quiénes te han sido útiles?

-En primer término, mi abuela. Me con­taba las cosas más atroces sin conmoverse, como si fuera una cosa que acabara de ver. Descubrí que esa manera imperturbable y esa riqueza de imágenes era lo que más contribuía a la verosimilitud de sus histerias. Usando el mismo método de mi abuela, escribí Cien años de soledad.

 

-¿Fue ella la que te permitió descubrir que ibas a ser escritor?

-No, fue Kafka que, en alemán, contaba las cosas de la misma manera que mi abuela. Cuando yo leí a los diecisiete años La meta­morfosis, descubrí que iba a ser escritor. Al ver que Gregorio Samsa podía despertarse una mañana convertido en un gigantesco escaraba­jo, me dije: «Yo no sabía que esto era posible hacerlo. Pero si es así, escribir me interesa.»

 

-¿Por qué te llamó tanto la atención? ¿Por la libertad de poder inventar cualquier cosa?

-Por lo pronto comprendí que existían en la literatura otras posibilidades que las racio­nalistas y muy académicas que había conocido hasta entonces en los manuales del liceo. Era como despojarse de un cinturón de castidad. Con el tiempo descubrí, no obstante, que uno no puede inventar o imaginar lo que le da la gana, porque corre el riesgo de decir mentiras, y las mentiras son más graves en la literatura que en la vida real. Dentro de la mayor arbitrariedad aparente, hay leyes. Uno puede qui­tarse la hoja de parra racionalista, a condición de no caer en el caos, en el irracionalismo total.

 

-En la fantasía.

-Sí, en la fantasía.

 

-La detestas. ¿Por qué?

-Porque creo que la imaginación no es sino un instrumento de elaboración de la rea­lidad. Pero la fuente de creación al fin y al cabo es siempre la realidad. Y la fantasía, o sea la invención pura y simple, a lo Walt Dis­ney, sin ningún asidero en la realidad, es lo más detestable que pueda haber. Recuerdo que alguna vez, interesado en escribir un libro de cuentos infantiles, te mandé como prueba El mar del tiempo perdido. Con la franqueza de siempre, me dijiste que no te gustaba, y creías que era por una limitación tuya: la fantasía no te decía nada. Pero el argumento me resultó demoledor porque tampoco a los niños les gus­ta la fantasía. Lo que les gusta, por supuesto, es la imaginación. La diferencia que hay entre la una y la otra es la misma que hay entre un ser humano y el muñeco de un ventrílocuo.

 

-Después de Kafka, ¿qué otros escritores te han sido útiles desde el punto de vista del oficio y de sus trucos?

-Hemingway.

 

-A quien no consideras un gran novelista.

-A quien no considero un gran novelista, pero sí un excelente cuentista.. O el consejo aquel de que un cuento, como el iceberg, debe estar sustentado en la parte que no se ve: en el estudio, la reflexión, el material reunido y no utilizado directamente en la historia. Sí, Hemingway le enseña a uno muchas cosas, in­clusive a saber cómo un gato dobla una es­quina.

 

-Greene te enseñó también algunas cosas. Lo hemos hablado alguna vez.

-Sí, Graham Greene me enseñó nada me­nos que a descifrar el trópico. A uno le cuesta mucho trabajo separar los elementos esencia­les para hacer una síntesis poética en un am­biente que conoce demasiado, porque sabe tan­to que no sabe por dónde empezar, y tiene tanto que decir que al final no sabe nada. Ese era mi problema con el trópico. Yo había leído con mucho interés a Cristóbal Colón, a Piga­fetta y a los cronistas de Indias, que tenían una visión original, y había leído a Salgari y a Conrad y a los tropicalistas latinoamerica­nos de principios del siglo que tenían los es­pejuelos del modernismo, y a muchos otros, y

encontraba una distancia muy grande entre su visión y la realidad. Algunos incurrían en enu­meraciones que paradójicamente cuanto más se alargaban más limitaban su visión. Otros, ya lo sabemos, sucumbían a la hecatombe retórica. Graham Greene resolvió ese proble­ma literario de un modo muy certero: con unos pocos elementos dispersos, pero unidos por una coherencia subjetiva muy sutil y real. Con ese método se puede reducir todo el enigma del trópico a la fragancia de una guayaba po­drida.

 

-¿Hay otra enseñanza útil que recuerdas haber recibido?

-Una que le escuché a Juan Bosch en Ca­racas, hace como veinticinco años. Dijo que el oficio de escritor, sus técnicas, sus recursos estructurales y hasta su minuciosa y oculta carpintería hay que aprenderlos en la juven­tud. Los escritores somos como los loros, que no aprendemos a hablar después de viejos.

 

-En definitiva, ¿el periodismo te ha ser­ido de algo en el oficio literario?

-Sí, pero no como se ha dicho a encon­trar un lenguaje eficaz. El periodismo me en­señó recursos para dar validez a mis historias. Ponerle sábanas (sábanas blancas) a Remedios la bella para hacerla subir al cielo, o darle una taza de chocolate (de chocolate y no de otra bebida) al padre Nicanor Reina antes de que se eleve diez centímetros del suelo, son re­cursos o precisiones de periodista, muy útiles.

 

-Siempre fuiste un apasionado del cine. ¿Puede enseñarle recursos útiles a un escritor?

-Pues no sabría qué decirte. En mi caso, el cine ha sido una ventaja y una limitación. Me enseñó, sí, a ver en imágenes. Pero al mis­mo tiempo compruebo ahora que en todos mis libros anteriores a Cien años de soledad hay un inmoderado afán de visualización de los personajes y las escenas, y hasta una obsesión por indicar puntos de vista y encuadres.

 

-Estás pensando, sin duda, en El coronel no tiene quien le escriba.

-Sí, es una novela cuyo estilo parece el de un guión cinematográfico. Los movimientos de los personajes son como seguidos por una cámara. Y cuando vuelvo a leer el libro, veo la cámara. Hoy creo que las soluciones litera­rias son diferentes a las soluciones cinemato­gráficas.

 

-¿Por qué le das tan poca importancia al diálogo en tus libros?

-Porque el diálogo en lengua castellana resulta falso. Siempre he dicho que en este idioma ha habido una gran distancia entre el diálogo hablado y el diálogo escrito. Un diálo­go en castellano que es bueno en la vida real no es necesariamente bueno en las novelas. Por eso lo trabajo tan poco.

 

-Antes de escribir una novela ¿sabes con exactitud lo que va a ocurrirle a cada uno de tus personajes?

-Sólo de una manera general. En el curso del libro ocurren cosas imprevisibles. La pri­mera idea que tuve del coronel Aureliano Buen­día es que se trataba de un veterano de nues­tras guerras civiles que moría orinando debajo de un árbol.

 

-Mercedes me contó que sufriste mucho cuando se murió.

-Sí, yo sabía que en un momento dado tenía que matarlo, y no me atrevía. El coronel estaba viejo ya, haciendo sus pescáditos de oro. Y una tarde pensé: «¡Ahora sí se jodió!» Tenía que matarlo. Cuando terminé el capítulo, subí temblando al segundo piso de la casa don­de estaba Mercedes. Supo lo que había ocurri­do cuando me vio la cara. «Ya se murió el coronel», dijo. Me acosté en la cama y duré llorando dos horas.

 

-¿Qué es para ti la inspiración? ¿Existe?

-Es una palabra desprestigiada por los románticos. Yo no la concibo como un estado de gracia ni como un soplo divino, sino como una reconciliación con el tema a fuerza de te­nacidad y dominio. Cuando se quiere escribir algo, se establece una especie de tensión recí­proca entre uno y el tema, de modo que uno atiza al tema y el tema lo atiza a uno. Hay un momento en que todos los obstáculos se de­rrumban, todos los conflictos se apartan, y a uno se le ocurren cosas que no había soñado, y entonces no hay en la vida nada mejor que escribir. Eso es lo que yo llamaría inspiración.

 

-¿Te ocurre, a veces, en el curso de un libro, perder este estado de gracia?

-Sí, y entonces vuelvo a reconsiderar todo desde el principio. Son las épocas en que com­pongo con un destornillador las cerraduras y los enchufes de la casa, y pinto las puertas de verde, porque el trabajo manual ayuda a veces a vencer el miedo a la realidad.

 

-¿Dónde puede estar la falla?

-Generalmente responde a un problema de estructura.

 

-¿Puede a veces ser un problema muy grave?

-Tan grave que me obliga a empezar todo de nuevo. El otoño del patriarca lo suspendí en México, en 1962, cuando llevaba casi tres­cientas cuartillas, y lo único que se salvó de ellas fue el nombre del personaje. La reanudé en Barcelona en 1968, trabajé mucho durante seis meses, y la volví a suspender porque no estaban muy claros algunos aspectos morales del protagonista, que es un dictador muy viejo. Como dos años después compré un libro sobre cacería en el Africa porque me interesaba el prólogo escrito por Hemingway. El prólogo no valía la pena, pero seguí leyendo el capítulo sobre los elefantes, y allí estaba la solución de la novela. La moral de mi dictador se expli­caba muy bien por ciertas costumbres de los elefantes.

 

-¿Tuviste otros problemas, aparte de los relacionados con la estructura y la psicología del personaje central?

-Sí, hubo un momento en que descubrí algo muy grave: no conseguía que hiciera calor en la ciudad del libro. Era grave, porque se trataba de una ciudad en el Caribe, donde de­bía hacer un calor tremendo.

 

-¿Cómo lo resolviste?

-Lo único que se me ocurrió fue cargar con toda mi familia para el Caribe. Estuve errando por allá casi un año, sin hacer nada. Cuando regresé a Barcelona, donde estaba es­cribiendo el libro, sembré algunas plantas, puse algún olor, y logré por fin que el lector sintiera el calor de la ciudad. El libro terminó sin más tropiezos.

 

-¿Qué pasa cuando el libro que escribes se está terminando?

-Deja de interesarme para siempre. Como decía Hemingway, es un león muerto.

 

-Has dicho que toda buena novela es una transposición poética de la realidad. ¿Podrías explicar este concepto?

-Sí, creo que una novela es una represen­tación cifrada de la realidad, una especie de adivinanza del mundo. La realidad que se ma­neja en una novela es diferente a la realidad de la vida, aunque se apoye en ella. Como ocu­rre con los sueños.

 

-El tratamiento de la realidad en tus li­bros, especialmente en Cien años de soledad y en El otoño del patriarca, ha recibido un nombre, el de realismo mágico. Tengo la im­presión de que tus lectores europeos suelen advertir la magia de las cosas que tú cuentas, pero no ven la realidad que las inspira...

-Seguramente porque su racionalismo les impide ver que la realidad no termina en el precio de los tomates o de los huevos. La vida cotidiana en América Latina nos demuestra que la realidad está llena de cosas extraordi­narias. A este respecto suelo siempre citar al explorador norteamericano F. W. Up de Graff, que a fines del siglo pasado hizo un viaje in­creíble por el mundo amazónico en el que vio, entre otras cosas, un arroyo de agua hirviendo y un lugar donde la voz humana provocaba aguaceros torrenciales. En Comodoro Rivada­via, en el extremo sur de Argentina, vientos del polo se llevaron por los aires un circo entero. Al día siguiente, los pescadores sacaron en sus redes cadáveres de leones y jirafas. En Los funerales de la Mamá Grande cuento un inima­ginable, imposible viaje del Papa a una aldea colombiana. Recuerdo haber descrito al presi­dente que lo recibía como calvo y rechoncho, a fin de que no se pareciera al que entonces gobernaba al país, que era alto y óseo. Once años después de escrito ese cuento, el Papa fue a Colombia y el presidente que lo recibió era, como en el cuento, calvo y rechoncho. Des­pués de escrito Cien años de soledad, apareció en Barranquilla un muchacho confesando que tiene una cola de cerdo. Basta abrir los perió­dicos para saber que entre nosotros cosas ex­traordinarias ocurren todos los días. Conozco gente del pueblo raso que ha leído Cien años de soledad con mucho gusto y con mucho cui­dado, pero sin sorpresa alguna, pues al fin y al cabo no les cuento nada que no se parezca a la vida que ellos viven.

 

-Entonces, ¿todo lo que pones en tus li­bros tiene una base real?

-No hay en mis novelas una línea que no esté basada en la realidad.

 

-¿Estás seguro? En Cien años de soledad ocurren cosas bastante extraordinarias. Reme­dios la Bella sube al cielo. Mariposas, amari­llas revolotean en torno a Mauricio Babilonia...

-Todo ello tiene una base real.

 

-Por ejemplo...

-Por ejemplo, Mauricio Babilonia. A mi casa de Aracataca, cuando yo tenía unos cinco años de edad, vino un día un electricista para cambiar el contador. Lo recuerdo como si fue­ra ayer porque me fascinó la correa con que se amarraba a los postes para no caerse. Vol­vió varias veces. Una de ellas, encontré a mi abuela tratando de espantar una mariposa con un trapo y diciendo: «Siempre que este hom­bre viene a casa se mete esa mariposa amari­lla.» Ese fue el embrión de Mauricio Babilonia.

 

-¿Y Remedios la Bella? ¿Cómo se te ocu­rrió enviarla al cielo?

-Inicialmente había previsto que desapa­reciera cuando estaba bordando en el corre­dor de la casa con Rebeca y Amaranta. Pero este recurso, casi cinematográfico, no me pa­recía aceptable. Remedios se me iba a quedar de todas maneras por allí. Entonces se me ocu­rrió hacerla subir al cielo en cuerpo y alma. ¿El hecho real? Una señora cuya nieta se había fugado en la madrugada y que para ocultar esta fuga decidió correr la voz de que su nieta se había ido al cielo.

 

-Has contado en alguna parte que no fue fácil hacerla volar.

-No, no subía. Yo estaba desesperado por­que no había manera de hacerla subir. Un día, pensando en este problema, salí al patio de mi casa. Había mucho viento. Una negra muy grande y muy bella que venía a lavar la ropa estaba tratando de tender sábanas en una cuer­da. No podía, el viento se las llevaba. Entonces tuve una iluminación. «Ya. está», pensé. Reme­dios la Bella necesitaba sábanas para subir al cielo. En este caso, las sábanas eran el elemen­to aportado por la realidad. Cuando volví a la máquina de escribir, Remedios la Bella su­bió, subió y subió sin dificultad. Y no hubo Dios que la parara.

 

 

La formación

 

 

En bancos de arena que se abrían en mitad del río, se veía de pronto algún caimán ale­targado por el calor. Cuando rompía la ma­ñana o cuando se acababa el día con resplan­dores de incendio, micos y loros chillaban en las remotas riberas. Parecido a los vapores que en época de Mark Twain surcaban el Missis­sippi, el viejo barco de rueda tardaba ocho días remontando con lentitud el río Magdalena, hacia el interior del país. A los trece años, sólo por primera vez, Gabriel iniciaba en aquel bar­co una especie de exilio que iba a ser defini­tivo en su vida.

Después del barco hubo un tren subiendo fatigosamente por la brumosa cordillera. Y al cabo de este largo viaje, una tarde de enero que hoy recuerda como la más triste de su vida, se encontró en la estación ferroviaria de Bogotá, vestido con un traje negro que le ha­bían recortado de su padre, chaleco y sombre­ro, y con «un baúl que tenía algo del esplen­dor del santo sepulcro».

Bogotá le pareció «una ciudad remota y lúgubre donde estaba cayendo una llovizna inclemente desde el principio del siglo XVI. “Lo primero que me llamó la atención de esa capital sombría fue que había demasiados hom­bres de prisa en las calles, que todos estaban vestidos como yo con trajes negros y sombre­ros, y que, en cambio, no veía a ninguna mu­jer. Me llamaron la atención los enormes per­cherones de carros de cerveza bajo la lluvia, las chispas de pirotecnia de los tranvías al doblar las esquinas bajo la lluvia, y los estor­bos del tránsito para dar paso a los entierros interminables. Eran los entierros más lúgubres del mundo, en carrozas de altar mayor y caba­llos negros engringolados de terciopelos y mo­rriones de plumones negros, y cadáveres de buenas familias que se sentían los inventores de la muerte”.

Un europeo, habituado sólo a los pacíficos cambios de las estaciones -cambios que se organizan en el tiempo y no en el espacio- ­no puede fácilmente imaginar el violento con­traste que en un mismo país puede existir en­tre el mundo del Caribe y el mundo de la cor­dillera, de los Andes. Contraste geográfico, en primer término. Mundo de luz y de calor, el Caribe sólo podría pintarse con azules y ver­des intensos. Mundo de brumas, de lluvias te­nues y vientos fríos, los Andes despliegan una fina gama de grises y verdes melancólicos.

Contraste humano, también. Descendiente de andaluces, de negros y arrogantes indios caribes, el costeño es abierto, alegre, ajeno a todo dramatismo y sin ninguna reverencia por jerarquías y protocolos. Le gusta el baile; rit­mos africanos, percutantes, sobreviven en su música, que es siempre alegre. El colombiano de la cordillera, en cambio, marcado por el formalismo castellano y por el carácter taci­turno y desconfiado del indio chibcha, es un hombre de sutiles reservas y ceremonias; sutil también en su humor. La cortesía de sus mo­dales encubre a veces un fondo de agresividad, que el alcohol con frecuencia revela de mane­ra intempestiva. (La violencia política del país nunca ha surgido de la costa, sino del altipla­no.) Como el paisaje que rodea al andino, su música es triste: habla de abandonos, de dis­tancias, de amores que se van.

 

Nada podía resultarle más extraño y más duro a aquel muchacho de trece años, venido de la costa, que encontrarse de pronto obli­gado a vivir en un mundo tan distinto al suyo. Quedó sobrecogido viendo aquella capital tan triste. En el crepúsculo, sonaban campanas llamando a rosario; por las ventanillas del taxi, veía calles grises de lluvia. La idea de vivir años en aquella atmósfera funeraria le oprimía el corazón. Para sorpresa de su acu­diente, que había venido a buscarlo a la esta­ción del tren, se echó a llorar.

El liceo donde iba becado funcionaba en un «convento sin calefacción y sin flores» y estaba en el mismo «pueblo remoto y lúgubre donde Aureliano Segundo fue a buscar a Fer­nanda del Carpio a mil kilómetros del mar». Para él, nacido en el Caribe, «aquel colegio era un castigo y aquel pueblo helado una injus­ticia».

Su único consuelo fue la lectura. Pobre, sin familia, costeño en un mundo de «cachacos», Gabriel encontraría en los libros la única ma­nera de fugarse de una realidad tan sombría. En el vasto dormitorio del liceo, se leían libros en voz alta: La montaña mágica, Los tres mos­queteros, El jorobado de Nuestra Señora de París, El conde de Montecristo. Los domingos, sin ánimo de afrontar el frío y la tristeza de aquel pueblo andino, Gabriel se quedaba en la biblioteca del liceo leyendo novelas de Julio Verne y de Salgari y los poetas españoles o co­lombianos cuyos versos aparecían en los textos escolares. Malos poetas, poetas retóricos. Fe­lizmente tuvo por aquella época una revelación literaria: los jóvenes poetas colombianos que, bajo la influencia de Rubén Darío, de Juan Ramón Jiménez y la más inmediata y evidente de Pablo Neruda, habían formado un grupo llamado de «Piedra y Cielo». Literariamente subversivo, aquel grupo acabó con los román­ticos, los parnasianos y los neoclásicos. Se per­mitían con las metáforas fulgurantes audacias. «Eran los terroristas de la época -dice hoy García Márquez-. Si no hubiese sido por Pie­dra y Cielo no estoy seguro de haberme con­vertido en escritor.»

 

Cuando terminó el liceo y entró a estudiar Derecho en la Universidad Nacional de Bogotá, la poesía seguía siendo lo que más le intere­saba en la vida. En vez de códigos, leía versos. Versos, versos y versos, diría hoy. «Mi diver­sión más salaz (en aquella época) era meter­me los domingos en los tranvías de vidrios azules que por cinco centavos giraban sin cesar de la Plaza de Bolívar hasta la avenida de Chile, y pasar en ellos esas tardes de desola­ción que parecían arrastrar una cola intermi­nable de otros domingos vacíos. Lo único que hacía durante el viaje de círculos viciosos era leer libros de versos y versos y versos, a razón quizás de una cuadra de versos por cada cuadra de la ciudad, hasta que se encendían las pri­meras luces en la lluvia eterna, y entonces re­corría los cafés taciturnos de la ciudad vieja en busca de alguien que me hiciera la caridad de conversar conmigo sobre los versos y ver­sos y versos que acababa de leer.»

Su interés por la novela empezó la noche en que leyó La metamorfosis, de Kafka. Hoy recuerda cómo llegó a la pobre pensión de es­tudiantes donde vivía, en el centro de la ciu­dad, con aquel libro que acababa de prestarle un condiscípulo. Se quitó el saco y los Zapatos, se acostó en la cama, abrió el libro y leyó: «Al despertarse Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto». Gabriel cerró el libro, temblando. «Carajo -pensó-, de modo que esto se puede hacer.» Al día si­guiente escribió su primer cuento. Y se olvidó de sus estudios.

Desde luego, su padre no entendería una decisión tan heroica. El antiguo telegrafista esperaba que su hijo lograra lo que él no pudo: obtener un título universitario. Así que, al sa­ber que Gabriel había descuidado sus estudios, empezó a considerarlo sombríamente como un caso perdido. Con más benevolencia y humor, los amigos de Gabriel lo veían de la misma manera. Mal vestido, mal afeitado, ambulando por los cafés con un libro bajo el brazo, dur­miendo y amaneciendo en cualquier parte, daba la impresión de ser un tipo a la deriva. Ahora, en vez de versos y versos y versos, leía novelas, novelas y más novelas: Dostoievski, en primer término; Tolstoi; Dickens; los franceses del si­glo pasado: Flaubert, Stendhal, Balzac, Zola.

 

Regresó a la costa a los veinte años de edad. En Cartagena, una vieja ciudad de bal­cones y estrechas calles coloniales encerrada en soberbias murallas, encontró de nuevo la luz y el calor del Caribe, y trabajo en la polvo­rienta redacción de un diario, El Universal, como redactor de notas. Le sobraba el tiempo para escribir cuentos y beber ron con sus ami­gos en tumultuosas tabernas portuarias, espe­rando la hora del amanecer, cuando goletas de contrabandistas cargadas de putas zarpaban hacia las islas de Aruba y Curazao.

Cosa extraña, en aquella ciudad despreocu­pada y luminosa, que adora el baile, los reina­dos de belleza y los partidos de béisbol, tuvo un repentino coup de foudre por los griegos, especialmente por Sófocles, gracias a un amigo de juergas, hoy próspero abogado de aduanas, que los conocía tan bien como los dedos de su mano. El le hizo también conocer a Kierkegaard y a Claudel.

Después de los griegos, hubo un descubri­miento capital en su formación literaria: los an­glosajones de este siglo, muy especialmente Joyce, Virginia Woolf y William Faulkner. Los descubrió gracias a un grupo de locos, de juer­guistas descomunales, mordidos por la litera­tura, que se había formado en Barranquilla, otra ciudad de la costa colombiana del Cari­be, adonde se fue a vivir después de Cartagena.

Ciudad extensa e industrial, que ha crecido desordenadamente en medio del polvo y el ca­lor en la desembocadura del río Magdalena, Barranquilla no tiene el encanto de Cartagena; ni el espejo azul de la bahía, ni murallas, ni faroles, ni balcones antiguos, ni fantasmas de marquesas, piratas e inquisidores en penum­brosas casas coloniales. Es una ciudad de alu­vión, franca y acogedora, que ha recibido gen­te de todos los lugares. Franceses evadidos de Cayena que siguieron en su fuga la misma ruta de Papillon; pilotos alemanes derrotados en la Primera Guerra Mundial; judíos escapados de las persecuciones nazis; emigrantes de Italia meridional, sirio-libaneses y jordanos, llegados nadie sabe cómo, una, dos o tres generacionesatrás, fueron fundadores de familias hoy respe­tables de la ciudad. Exceptuando el fulgurante paréntesis de un carnaval que una vez por año arroja a las calles carrozas llenas de flores y muchachas, y ruidosas comparsas vestidas con flamantes trajes de raso, es en la industria y el comercio donde la gente quema habitual­mente sus energías. En aquel mundo de activi­dades mercantiles y diversiones fáciles, las vo­caciones literarias o artísticas están condena­das a una alucinada marginalidad. Allí, más que en cualquier otra parte, escritores y pinto­res son los anticuerpos del organismo social. Pero, extraña paradoja, quizás por esa misma desesperada situación marginal, los artistas surgen de Barranquilla con más fuerza que en Bogotá, una ciudad que desde la Colonia tiene arrogantes pretensiones culturales.

Aquel grupo de juerguistas desaforados, mordidos por la literatura, que Gabriel encon­tró en Barranquilla en la proximidad de los años cincuenta, es hoy estudiado muy seria­mente en universidades de Europa y de los Estados Unidos, por especialistas de la litera­tura latinoamericana. Para ellos, García Már­quez surge de esta pintoresca familia literaria, llamada «el Grupo de Barranquilla».

Sea válida o no esta filiación tan estricta, lo cierto es que el grupo aquel era uno de los más inquietos y mejor informados del conti­nente. Resultó decisivo en la formación de Gar­cía Márquez. Compuesto por muchachos muy jóvenes, bebedores, exuberantes, irrespetuosos, típicamente caribes y pintorescos como perso­najes de Pagnol, no se tomaba en serio a sí mismo. Sólidos amigos entre sí, leían mucho en aquel momento (a Joyce, a Virginia Woolf, a Steinbeck, Caldwell, Dos Passos, Heming­way, Sherwood Anderson, Teodoro Dreiser y al «viejo», como llamaban a Faulkner, su pa­sión común). Muy a menudo amanecían be­biendo y hablando de literatura en burdeles mitológicos, llenos de pájaros, de plantas y de muchachitas asustadas que se acostaban por hambre, tal como han quedado descritos en Cien años de soledad.

«Aquélla fue para mí una época de deslum­bramiento -recuerda hoy García Márquez-. De descubrimientos también, no sólo de la lite­ratura sino también de la vida. Nos embo­rrachábamos hasta el amanecer hablando de literatura. Cada noche aparecían en la conver­sación por lo menos diez libros que yo no ha­bía leído. Y al día siguiente, ellos (sus amigos del grupo) me los prestaban. Los tenían todos... Además, había un amigo librero a quien le ayu­dábamos a hacer los pedidos. Cada vez que llegaba una caja de libros de Buenos Aires, hacíamos fiesta. Eran los libros de Sudamericana, de Losada, de Sur, aquellas casas mag­níficas que traducían los amigos de Borges.»

El tutor literario del grupo era don Ramón Vinyes, exiliado catalán, ya mayor, que había llegado años atrás a Barranquilla, desalojado de su tierra natal por la derrota republicana y de París por la llegada de los nazis. Don Ra­món, que tenía por la literatura el mismo res­peto que un militar por las armas, puso orden en aquel desafuero de lecturas. Dejaba que Gabriel y sus amigos se internaran fascinados en las novelas de Faulkner o se extraviaran en las encrucijadas abiertas por Joyce, pero de tiempo en tiempo los llamaba al orden recor­dándoles a Homero.

Muchos años después, Gabriel pagaría su deuda con el viejo Vinyes, que iría a morir a Barcelona devorado por la nostalgia de Macon­do: es el sabio catalán de Cien años de soledad. En realidad, el Macondo de las últimas páginas del libro, no es ya Aracataca, sino Barranqui­lla, la de aquellos tiempos.

Todavía late en Gabriel cierta nostalgia cuando recuerda su vida deslumbrante y mise­rable de entonces. La calle del Crimen, con sus bares y prostíbulos; un bar, el Happy, que ellos quebraron firmando vales, y otro más, muy famoso, La Cueva, que reunía frente a una mis­ma barra cazadores, pescadores de sábalos y mordidos por la literatura. Barrios y noches que no acababan nunca.

Recuerda a veces el hotel de putas donde vi­vía. Cuando no tenía dinero para pagar su cuar­to por una noche, dejaba al portero en consig­nación los originales de la novela que estaba escribiendo. «Aquel hotel -cuenta él hoy- era muy grande y con cuartos de tabiques de car­tón, en los cuales se escuchaban los secretos de los cuartos vecinos. Yo reconocía las voces de muchos funcionarios del alto gobierno, y me enternecía comprobar que la mayoría no iba para hacer el amor sino para hablarles de sí mismos a sus compañeras de ocasión.

Como yo era periodista mi horario de vida era el mismo de las putas, todos nos levantábamos al mediodía y nos reuníamos a desayunar jun­tos.»

Fue por aquella época cuando se encontró un trabajo como vendedor de enciclopedias y libros de medicina en los pueblos de la Goa­jira, la península de arenales ardientes de sus antepasados maternos. No vendía nada, pero en las noches de soledad y mucho calor, alojado en hoteles de camioneros y viajantes de co­mercio, su compañía más fiel era una dama inglesa que adoraba en secreto: Virginia Woolf.
Hoy él asegura que La señora Dalloway le dio las pistas para escribir su primera novela. De manera consciente, así debió ser. Pero, en realidad, no sólo la aristocrática y al parecer virginal señora Woolf estaba a su lado, cuando se sentó a la máquina para escribir La hojaras­ca. También estaban los otros autores que ha­bían contribuido a su formación literaria: los li­bros de Salgari y Julio Verne con los que había engañado la soledad del internado; los poetas, sus amados poetas, leídos en los tranvías de vi­drios azules que rodaban lentos en las abruma­doras tardes del domingo bogotano, Kafka y los novelistas rusos y franceses descubiertos en su pensión de estudiante; los griegos estudiados en Cartagena, a treinta grados a la sombra; los norteamericanos e ingleses que sus amigos de Barranquilla le revelaban entre dos botellas de cerveza, en bares y burdeles.

Así pues, cuando regresó de aquel viaje rea­lizado con su madre a Aracataca, no sólo tenía algo que decir; a fuerza de convivir con tantos autores, a lo largo de una adolescencia y de una primera juventud de soledad y búsqueda, sabía también cómo decirlo.

 

 

Lecturas e influencias

 

 

-Te advierto que los libros me gustan no porque necesariamente los crea mejores, sino por razones diversas no siempre fáciles de ex­plicar.

 

-Mencionas siempre a Edipo rey de Sófo­cles.

-A Edipo rey, Amadís de Gaula y el Laza­rillo de Tormes, el Diario de la peste, de Daniel Defoe, El primer viaje en torno al globo, de Pigaffeta.

 

-Y también a Tarzán de los monos.

-De Burroughs, sí.

 

-¿Y los autores que relees de manera más constante?

-Corvad, Saint-Exupéry...

 

-¿Por qué Conrad y Saint-Exupéry?

-La única razón por la cual uno vuelve a leer un autor, es porque le gusta. Ahora bien: lo que más me gusta de Conrad y Saint-Exu­péry es lo único que ellos tienen en común: una manera de abordar la realidad de un modo ses­gado, que la hace parecer poética, aun en ins­tantes en que podría ser vulgar.

 

¿Tolstoi?

-Nunca guardo nada de él, pero sigo cre­yendo que la mejor novela que se ha escrito es La guerra y la paz.

 

-Ninguno de los críticos ha descubierto, sin embargo, huella de esos autores en tus libros.

-En realidad, siempre he procurado no parecerme a nadie. En vez de imitar, trato siem­pre de eludir a los autores que más me gustan.

 

-Sin embargo, los críticos han visto siem­pre en tu obra la sombra de Faulkner.

-Cierto. Y tanto insistieron en la influen­cia de Faulkner, que durante un tiempo llega­ron a convencerme. Eso no me molesta, por­que Faulkner es uno de los grandes novelistas de todos los tiempos. Pero creo que los críti­cos establecen las influencias de una manera que no llego a comprender. En el caso de Fáulkner, las analogías son más geográficas que literarias. Las descubrí mucho después de haber escrito mis primeras novelas, viajando por el sur de los Estados Unidos. Los pueblos ardientes y llenos de polvo, las gentes sin es­peranza que encontré en aquel viaje se pare­cían mucho a los que yo evocaba en mis cuen­tos. Quizás no se trataba de una semejanza casual, porque Aracataca, el pueblo donde yo viví cuando niño, fue construido en buena par­te por una compañía riórteamericana, la Uni­ted Fruit.

 

-Uno diría que las analogías van más lejos. Hay un parentesco, una cierta línea de filiación entre el coronel Sartoris y tu coronel Aurelia­no Buendía, entre Macondo y el condado de Yoknapatawpha. Hay algunas mujeres de ca­rácter férreo y quizás algunos adjetivos que lle­van la marca de fábrica... Al esquivar a Faulk­ner como influencia determinante, ¿no estarás cometiendo un parricidio?

-Quizás. Por eso he dicho que mi proble­ma no fue imitar a Faulkner, sino destruirlo. Su influencia me tenía jodido.

 

-Con Virginia Woolf ocurre exactamente lo opuesto: nadie, salvo tú, habla de esa in­fluencia. ¿Dónde está?

-Yo sería un autor distinto del que soy si a los veinte años no hubiese leído esta frase de La señora Dalloway: “Pero no había duda de que dentro (del coche) se sentaba algo grande: grandeza que pasaba, escondida, al al­cance de las manos vulgares que por primera y última vez se encontraban tan cerca de la majestad de Inglaterra, el perdurable símbolo del Estado que los acuciosos arqueólogos ha­bían de identificar en las excavaciones de las ruinas del tiempo, cuando Londres no fuera más que un camino cubierto de hierbas, y cuan­do las gentes que andaban por sus calles en aquella mañana de miércoles fueran apenas un montón de huesos con algunos anillos matrimo­niales, revueltos con su propio polvo y con las emplomaduras de innumerables dientes caria­dos”. Recuerdo haber leído esta frase mientras espantaba mosquitos y deliraba de calor en un cuartucho de hotel, por la época en que vendía enciclopedias y libros de medicina en la Goa­jira colombiana.

 

-¿Por qué tuvo tanto efecto sobre ti?

-Porque transformó por completo mi sen­tido del tiempo. Quizás me permitió vislumbrar en un instante todo el proceso de descomposi­ción de Macondo, y su destino final. Me pre­gunto, además, si no sería el origen remoto de El otoño del patriarca, que es un libro sobre el enigma humano del poder, sobre su soledad y su miseria.

 

-La lista de influencias debe ser más am­plia. ¿A quiénes hemos omitido?

-A Sófocles, a Rimbaud, a Kafka, a la poe­sía española del Siglo de Oro y a la música de cámara desde Schumann hasta Bartok.

 

-¿Debemos añadir algo de Greene y algu­nas gotas de Hemingway? Cuando eras joven te veía leyéndolos con mucha atención. Hay un cuento tuyo, La siesta del martes -(el mejor que has escrito, dices tú)- que le debe mucho a Un canario como regalo, de Hemingway.

-Graham Greene y Hemingway me aporta­ron enseñanzas de carácter puramente técnico. Son valores de superficie, que siempre he re­conocido. Pero para mí una influencia real e importante es la de un autor cuya lectura le afecta a uno en profundidad hasta el punto de modificar ciertas nociones que uno tenga del mundo y la vida.

 

-Volviendo a las influencias profundas. O mejor, secretas. ¿La poesía? Quizás cuando eras muchacho querías ser poeta, y esto nun­ca lo confesarás... Aunque sí has reconocido que tu formación fue esencialmente poética.

-Sí, yo empecé a interesarme por la litera­tura a través de la poesía. De la mala poesía. Poesía popular, de esa que se publica en al­manaques y hojas sueltas. En los textos de cas­tellano del bachillerato, descubrí que me gus­taba la poesía tanto como detestaba la gramá­tica. Me encantaban los románticos españoles Núñez de Arce, Espronceda.

 

-¿Dónde los leías?

-En Zipaquirá, que, como sabes, es el mismo pueblo lúgubre, a mil kilómetros del mar, donde Aureliano Segundo fue a buscar a Fernanda del Carpio. Allí, en el liceo donde estaba interno, empezó mi formación literaria, leyendo por una parte mala poesía y por otra libros marxistas que me prestaba a escondidas mi profesor de historia. Los domingos no tenía nada que hacer, y para no aburrirme, me me­tía en la biblioteca del colegio. Empecé, pues, con la mala poesía antes de descubrir la buena. Rimbaud, Valéry...

 

-Neruda...

-Neruda, desde luego, a quien considero como el gran poeta del siglo XX en todos los idiomas. Inclusive cuando se metía en callejo­nes difíciles -su poesía política, su poesía de guerra-, había siempre en su poesía una gran calidad. Neruda, lo he dicho otras veces, era una especie de rey Midas, todo lo que tocaba lo convertía en poesía.

 

-¿Cuándo empezaste a interesarte en la novela?

-Más tarde. Cuando estaba en la universi­dad, en primer año de Derecho (debía tener unos diecinueve años) y leí La metamorfosis. Ya hablamos de aquella revelación. Recuerdo la primera frase: «Al despertar Gregorio Sam­sa una mañana, tras un sueño intranquilo, en­contróse en la cama convertido en un enorme insecto.» «Coño -pensé-, así hablaba mi abuela.» Fue entonces cuando la novela empe­zó a interesarme. Cuando decidí leer todas las novelas importantes que se hubiesen escrito desde el comienzo de la humanidad.

 

-¿Todas?

-Todas, empezando por la Biblia, que es un libro cojonudo donde pasan cosas fantásti­cas. Dejé todo, inclusive mi carrera de Dere­cho, y me dediqué solamente a leer novelas. A leer novelas y a escribir.

 

-¿En cuál de tus libros crees que se obser­va más tu formación poética?

-Quizás en El otoño del patriarca.

 

-Que tú has definido como un poema en prosa.

-Que yo trabajé como si fuese un poema en prosa. ¿Te has dado cuenta de que allí hay versos enteros de Rubén Darío? El otoño del patriarca está lleno de guiños a los conocedo­res de Rubén Darío. Inclusive él es un persona­je del libro. Y hay un verso suyo, citado al descuido; un poema suyo, en prosa, que dice: «Había una cifra en tu blanco pañuelo, roja cifra de un nombre que no era el tuyo, mi dueño.»

 

-Además de novela y de poesía, ¿qué lees?

-Muchos libros que no se distinguen por su importancia literaria sino documental: memo­rias de personajes célebres, aunque sean menti­ras. Biografías y reportajes.

 

-Hagamos otra lista. Te gustó mucho, re­cuerdo, aquella biografía del Cordobés, de Do­minique Lapierre y Larry Collins, O llevarás lu­to por mí. Chacal. Inclusive Papillon...

-Que es un libro apasionante sin ningún va­lor literario. Debió ser reescrito por un buen escritor a quien le interesaba dar la sensación de que el libro es de un principiante.

 

-Hablemos de influencias extraliterarias. Influencias que han sido decisivas en tu obra. Tu abuela, por ejemplo.

-Como ya te lo dije, era una mujer imagi­nativa y supersticiosa, que me aterrorizaba no­che a noche con sus historias de ultratumba.

 

-¿Y tu abuelo?

-Cuando yo tenía ocho años, me relató los episodios de todas las guerras en que había participado. En los más importantes persona­jes masculinos de mis libros hay mucho de él.

 

-Supongo que tus abuelos son represen­tantes de una influencia más vasta y profunda. Me refiero a la región de la costa colombiana del Caribe donde tú naciste. Evidentemente existe allí una soberbia tradición del relato oral, que está presente inclusive en las cancio­nes, los vallenatos. Siempre cuentan una histo­ria. En realidad, todo el mundo sabe allí na­rrar historias. Tu madre, por ejemplo. Doña Luisa. Recuerdo haberle oído hablar de una comadre suya, que paseaba todas las noches por el patio de la casa, peinándose. Natural­mente había muerto diez años atrás... Pero seguía paseándose por el patio. ¿De dónde sale esta capacidad de narrar cosas tan extraordi­narias, tan... mágicas?

-Mis abuelos eran descendientes de galle­gos, y muchas de las cosas sobrenaturales que me contaban provenían de Galicia. Pero creo que ese gusto por lo sobrenatural propio de los gallegos es también una herencia africana. La costa caribe de Colombia, donde yo nací, es con el Brasil la región de América Latina donde se siente más la influencia de Africa. En ese sentido, el viaje que hice por Angola en 1978 es una de las experiencias más fas­cinantes que he tenido. Yo creo que partió mi vida por la mitad. Yo esperaba encontrar­me en un mundo extraño, totalmente extraño, y desde el momento en que puse los pies allí, desde el momento mismo en que olí el aire, me encontré de pronto en el mundo de mi infan­cia. Sí, me encontré toda mi infancia, costum­bres y cosas que yo había olvidado. Volví a tener, inclusive, las pesadillas que tenía en la niñez.

En América Latina se nos ha enseñado que somos españoles. Es cierto, en parte, por­que el elemento español forma parte de nues­tra propia personalidad cultural y no puede negarse. Pero en aquel viaje a Angola descubrí que también éramos africanos. O mejor, que éramos mestizos. Que nuestra cultura era mes­tiza, se enriquecía con diversos aportes. Nun­ca, hasta entonces, había tenido conciencia de ello.

En la región donde nací hay formas cultu­rales de raíces africanas muy distintas a las de las zonas del altiplano, donde se manifes­taron culturas indígenas. En el Caribe, al que pertenezco, se mezcló la imaginación desbor­dada de los esclavos negros africanos con la de los nativos precolombinos y luego con la fan­tasía de los andaluces y el culto de los ga­llegos por lo sobrenatural. Esa aptitud para mirar la realidad de cierta manera mágica es propia del Caribe y también del Brasil. De allí han surgido una literatura, una música y una pintura como las de Wilfredo Lam, que son expresión estética de esta región del mundo.

 

-En suma, la influencia más fuerte que has recibido, más fuerte que cualquiera otra adquirida en tu formación literaria, es la que proviene de tu identidad cultural y geográ­fica. La del Caribe. Es tu mundo, y el mundo que expresas. ¿Cómo se traduce esa influencia en tus libros?

-Yo creo que el Caribe me enseñó a ver la realidad de otra manera, a aceptar los ele­mentos sobrenaturales como algo que forma parte de nuestra vida cotidiana. El Caribe es un mundo distinto cuya primera obra de lite­ratura mágica es el Diario de Cristóbal Colón, libro que habla de plantas fabulosas y de mun­dos mitológicos. Sí, la historia del Caribe está llena de magia, una magia traída por los es­clavos negros de Africa, pero también por los piratas suecos, holandeses e ingleses, que eran capaces de montar un teatro de ópera en Nue­va Orleans y llenar de diamantes las dentaduras de las mujeres. La síntesis humana y los con­trastes que hay en el Caribe no se ven en otro lugar del mundo. Conozco todas sus islas: mu­latas color de miel, con ojos verdes y pañoletas doradas en la cabeza; chinos cruzados de in­dios que lavan ropa y venden amuletos; hin­dúes verdes que salen de sus tiendas de marfi­les para cagarse en la mitad de la calle; pue­blos polvorientos y ardientes cuyas casas las desbaratan los ciclones, y por otro lado ras­cacielos de vidrios solares y un mar de siete colores. Bueno, si empiezo a hablar del Ca­ribe no hay manera de parar. No sólo es el mundo que me enseñó a escribir, sino también la única región donde yo no me siento extran­jero.

 

La obra

 

-¿Lo crees realmente?

-Sí, lo creo: en general, un escritor no es­cribe sino un solo libro, aunque ese libro apa­rezca en muchos tomos con títulos diversos. Es el caso de Balzac, de Conrad, de Melville, de Kafka y desde luego de Faulkner. A veces uno de estos libros se destaca sobre los otros tanto que el autor aparece como autor de una obra, o de una obra primordial. ¿Quién re­cuerda los relatos cortos de Cervantes? ¿Quién recuerda, por ejemplo, a El licenciado Vi­driera, que todavía se lee con tanto gusto como cualquiera de sus mejores páginas? En América Latina, Rómulo Gallegos se conoce por Doña Bárbara, que no es su mejor obra. Y Asturias por El señor Presidente, pésima no­vela, muy inferior a Leyendas de Guatemala.

 

-Si cada escritor no hace sino escribir en to­da su vida un solo libro, ¿cuál sería el tuyo? ¿El libro de Macondo?

-Tú sabes que no es así. Sólo dos de mis  novelas, La hojarasca y Cien años de soledad, y algunos cuentos publicados en Los funerales de la Mamá Grande ocurren en Macondo. Las otras, El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora y Crónica de una muerte anunciada tienen por escenario otro pueblo de la costa colombiana.

 

-Un pueblo sin tren ni olor a banano. -...pero con un río. Un pueblo al que sólo se llega por lancha. Si no es el libro de Macondo, ¿cuál sería ese libro único tuyo?

-El libro de la soledad. Fíjate bien, el per­sonaje central de La hojarasca es un hombre que vive y muere en la más absoluta soledad. También está la soledad en el personaje de El coronel no tiene quien le escriba. El coronel, con su mujer y su gallo esperando cada viernes una pensión que nunca llega. Y está en el alcalde de La mala hora, que no logra ganarse la confianza del pueblo y experimenta, a su manera, la soledad del poder.

 

-Como Aureliano Buendía y el Patriarca.

-Exactamente. La soledad es el tema de El otoño del patriarca y obviamente de Cien años de soledad.

 

-Si la soledad es el tema de todos tus li­bros, ¿dónde habría que buscar la raíz de es­te sentimiento dominante? ¿Quizás en tu ni­ñez?

-Creo que es un problema de todo el mun­do. Cada quien tiene su modo y su medio de expresarlo. Muchos escritores, algunos sin dar­se cuenta, no hacen otra cosa que expresarlo en su obra. Yo entre ellos. ¿Tú no?

 

-También, sí. Tu primer libro, La hoja­rasca, contiene ya la semilla de Cien años de soledad. ¿Cómo juzgas hoy al muchacho que escribió aquel libro?

-Con un poco de compasión, porque lo escribió con prisa, pensando que no iba a es­cribir más en la vida, que aquélla era su única oportunidad, y entonces trataba de meter en aquel libro todo lo aprendido hasta entonces. En especial, recursos y trucos literarios toma­dos de los novelistas norteamericanos e in­gleses que estaba leyendo.

 

-Virginia Woolf, Joyce; Faulkner, sin du­da. Por cierto, la técnica de La hojarasca se parece mucho a la de Mientras yo agonizo de Faulkner.

-No es exactamente la misma. Yo utilizo tres puntos de vista perfectamente identifica­bles, sin ponerles nombres: el de un viejo, un niño y una mujer. Si te fijas bien, La hoja­rasca tiene la misma técnica y el mismo tema (puntos de vista alrededor de un muerto) de El otoño del patriarca. Sólo que en La hoja­rasca yo no me atrevía a soltarme, los mo­nólogos están rigurosamente sistematizados. En El otoño del patriarca, en cambio, los monó­logos son múltiples, a veces dentro de una misma frase. Ya en este libro soy capaz de volar solo y de hacer lo que me da la gana.

 

-Volvamos al muchacho que escribió La hojarasca. Tenias veinte años.

-Veintidós.

 

-Veintidós años, vivías en Barranquilla y escribiste la novela, si no recuerdo mal, traba­jando después de que todo el mundo se había ido, muy tarde en la noche, en la sala de re­dacción de un periódico.

-De El Heraldo.

 

-Sí, yo conocí aquella sala de redacción: luces de neón, ventiladores de aspas; mucho calor, siempre. Fuera había una calle llena de bares de mala muerte. La calle del Crimen, ¿no la llaman así todavía?

-La calle del Crimen, claro. Yo vivía allí, en hoteles de paso que son los mismos hoteles de las putas. El cuarto costaba un peso con cincuenta por noche. A mí me pagaban en El Heraldo tres pesos por columna, y a veces tres más por el editorial. Cuando yo no tenía el peso con cincuenta para pagar el cuarto, le dejaba en depósito al portero del hotel los originales de La hojarasca. El sabía que eran para mí papeles muy importantes. Mucho tiempo después, cuando yo había escrito ya Cien años de soledad, entre las gentes que se acer­caban a saludarme o a pedirme autógrafos, yo descubrí al portero aquel. Se acordaba de todo.

 

-Tuviste dificultades para editar La ho­jarasca.

-Pasaron cinco años antes de encontrarle editor. La mandé a Editorial Losada (en Ar­gentina) y me la devolvieron con una carta del crítico español Guillermo de Torre en la que me aconsejaba dedicarme a otra cosa, pe­ro me reconocía algo que ahora me llena de satisfacción: un apreciable sentido poético.

 

-Creo haberte oído decir que algo similar te ocurrió en Francia. Si no me equivoco, ¿fue con Roger Caillois?

-El coronel... fue ofrecido a Gallimard, mucho tiempo antes de Cien años... Hubo dos lectores: Juan Goytisolo y Roger Caillois. El primero, que todavía no era el buen amigo mío que es hoy, hizo una excelente nota de lectura. Caillois, en cambio, rechazó el libro de plano. Tuve que escribir Cien años... para que Gallimard volviera a interesarse en un li­bro mío. Pero ya mi agente tenía otros com­promisos en Francia.

 

-Después de La hojarasca y antes de Cien años de soledad (El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora y Los funerales de la Mamá Grande) se vuelven de pronto rea­listas, sobrios, muy rigurosos en su lenguaje y su construcción, y sin ninguna magia ni des­mesura. ¿Cómo se explica este cambio?

-Cuando yo escribí La hojarasca tenía ya la convicción de que toda buena novela debía ser una transposición poética de la realidad. Pero aquel libro, como recuerdas, apareció en momentos en que Colombia vivía una época de persecuciones políticas sangrientas, y mis amigos militantes me crearon un terrible complejo de culpa. «Es una novela que no de­nuncia, que no desenmascara nada», me dije­ron. El concepto lo veo hoy muy simplista y equivocado, pero en aquel momento me llevó a pensar que yo debía ocuparme de la rea­lidad inmediata del país, apartándome un poco de mis ideas literarias iniciales, que por for­tuna acabé por recuperar. Corrí entretanto un serio riesgo de romperme la crisma.

El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora y muchos cuentos de Los funerales de la Mamá Grande son libros inspirados en la realidad de Colombia, y su estructura raciona­lista está determinada por la naturaleza del tema. No me arrepiento de haberlos escrito, pero constituyen un tipo de literatura premedi­tada, qué ofrece una visión un tanto estática y excluyente de la realidad. Por buenos o malos que parezcan, son libros que acaban en la última página. Son más estrechos de lo que yo me creo capaz de hacer.

 

-¿Qué te hizo cambiar de rumbo?

-La reflexión sobre mi propio trabajo. Una larga reflexión, para comprender al fin que mi compromiso no era con la realidad política y social de mi país, sino con toda la realidad de este mundo y del otro, sin preterir ni menospreciar ninguno de sus aspectos.

 

-Esto significa que has impugnado, a tra­ves de tu propia experiencia, la famosa litera­tura comprometida, que tantos estragos ha causado en América Latina.

-Como tú sabes muy bien, en mis opcio­nes políticas personales soy un hombre com­prometido, políticamente comprometido.

 

-Con el socialismo...

-Quiero que el mundo sea socialista, y creo que tarde o temprano lo será. Pero ten­go muchas reservas sobre lo que entre noso­tros se dio en llamar literatura comprometi­da, o más exactamente la novela social, que es el punto culminante de esta literatura, por­que me parece que su visión limitada del mun­do y de la vida no ha servido, políticamente hablando, de nada. Lejos de apresurar un pro­ceso de toma de conciencia, lo demora. Los la­tinoamericanos esperan de una novela algo más que la revelación de opresiones e injus­ticias que conocen de sobra. Muchos amigos militantes que se sienten con frecuencia obli­gados a dictar normas a los escritores sobre lo que se debe o no se debe escribir, asumen, quizás sin darse cuenta, una posición reaccio­naria en la medida en que están imponiéndole restricciones a la libertad de creación. Pienso que una novela de amor es tan válida como cualquier otra. En realidad, el deber de un escritor, y el deber revolucionario, si se quie­re, es el de escribir bien.

 

-Liberado del compromiso con una reali­dad política inmediata, ¿cómo llegaste a en­contrar ese otro tratamiento, llamémoslo mí­tico de la realidad, que te permitió escribir Cien años de soledad?

-Quizás, como te lo dije ya, la pista me la dieron los relatos de mi abuela. Para ella los mitos, las leyendas, las creencias de la gen­te, formaban parte, y de manera muy natural, de su vida cotidiana. Pensando en ella, me di cuenta de pronto que no estaba inven­tando nada, sino simplemente captando y re­firiendo un mundo de presagios, de terapias, de premoniciones, de supersticiones, si tú quieres, que era muy nuestro, muy latinoamericano. Re­cuerda, por ejemplo, aquellos hombres que en nuestro país consiguen sacarle de la oreja los gusanos a una vaca rezándole oraciones. To­da nuestra vida diaria, en América Latina, es­tá llena de casos como éste.

De modo que el hallazgo que me permitió escribir Cien años de soledad fue simplemente el de una realidad, la nuestra, observada sin las limitaciones que racionalistas y estalinistas de todos los tiempos han tratado de imponerle para que les cueste menos trabajo entenderla.

 

-Y la desmesura, la desmesura que aparece en Cien años de soledad, en El otoño del pa­triarca y en tus últimos cuentos, estaría tam­bién en la realidad o es una fabricación lite­raria?

-No, la desmesura forma parte también de nuestra realidad. Nuestra realidad es desmesu­rada y con frecuencia nos plantea a los escrito­res problemas muy serios, que es el de la insufi­ciencia de las palabras. Cuando hablamos de un río. lo más grande que puede imaginar un lec­tor europeo es el Danubio, que tiene 2.790 ki­lómetros de largo. ¿Cómo podría imaginarse el Amazonas, que en ciertos puntos es tan ancho que desde una orilla no se divisa la otra? La palabra tempestad sugiere una cosa al lector eu­ropeo y otra a nosotros, y lo mismo ocurre con la palabra lluvia, que nada tiene que ver con los diluvios torrenciales del trópico. Los ríos de aguas hirvientes y las tormentas que hacen es­tremecer la tierra, y los ciclones que se llevan las casas por los aires, no son cosas inventadas, sino dimensiones de la naturaleza que existen en nuestro mundo.

 

-Bien, descubriste los mitos, la magia, la desmesura, todo ello tomado de nuestra rea­lidad. ¿Y el lenguaje? En Cien años de sole­dad el lenguaje tiene un brillo, una riqueza y una profusión que no está en tus libros ante­riores, con excepción del cuento de Los funera­les de la Mamá Grande.

-Puedo resultar presuntuoso, pero en rea­lidad yo dominaba este lenguaje desde mucho antes, quizás desde que empecé a escribir. Lo que ocurre es que no lo había necesitado.

 

-¿Crees realmente que un escritor puede cambiar de un libro a otro de lenguaje como una persona puede cambiar de un día a otro de camisa? ¿No piensas que el lenguaje forma par­te de la identidad de un escritor?

-No, yo creo que la técnica y el lenguaje son instrumentos determinados por el tema de un libro. El lenguaje utilizado en El coronel -no tiene quien le escriba, en La mala hora y en va­rios de los cuentos de Los funerales de la Mamá Grande es conciso, sobrio, dominado por una preocupación de eficacia, tomada del periodis­mo. En Cien años de soledad necesitaba un len­guaje más rico para darle entrada a a esa otra realidad, que hemos convenido en llamar mítica o mágica.

 

-¿Y en El otoño del patriarca?

-Tuve también necesidad de buscar otro lenguaje, desembarazándome del de Cien años de soledad.

 

-El otoño del patriarca es un poema en prosa. ¿Está influido por tu formación poé­tica?

-No, esencialmente por la música. Nun­ca escuché tanta música como cuando estaba escribiéndolo.

 

-¿Qué música, preferencialmente?

-En este caso concreto, Bela Bartok, y toda la música popular del Caribe. La mezcla te­nía que ser, sin remedio, explosiva.

 

-Has dicho también que hay en ese libro muchas alusiones o giros que corresponden al lenguaje popular.

-Es cierto. Desde el punto de vista del lenguaje, El otoño del patriarca es de todas mis novelas la más popular, la que está más cerca de temas, frases, canciones y refranes del área del Caribe. Hay allí frases que sólo podrían entender los chóferes de Barranquilla.

 

-¿Cómo miras tu obra, retrospectivamen­te? Tus primeros libros, por ejemplo.

-Te lo dije ya: con una ternura un tanto paternal. Como uno recuerda a los hijos que ahora han crecido y se alejan de la casa. Veo a esos primeros libros remotos y desampara­dos. Recuerdo todos los problemas que le plan­teaban al muchacho que los escribió.

 

-Problemas que hoy resolverías muy fácil­mente.

-Sí, problemas que hoy no serían proble­mas.

 

-¿Existe un hilo entre esos primeros li­bros y los que luego te harían conocer mun­dialmente?

-Existe, y yo siento la necesidad de saber que está dentro y aun de vigilarlo.

 

-¿Cuál es de toda tu obra el libro más importante?

-Literariamente hablando, el trabajo más importante, el que puede salvarme del olvido, es El otoño del patriarca.

 

-Has dicho también que es el que te hizo más feliz escribiéndolo. ¿Por qué?

-Porque es el libro que desde siempre qui­se escribir, y además aquel en que he llevado más lejos mis confesiones personales.

 

-Debidamente codificadas, claro.

-Claro.

 

-Fue el libro que te llevó más tiempo es­cribir.

-Diecisiete años, en total. Y dos versiones abandonadas, antes de encontrar la que era justa.

 

-¿Es entonces tu mejor libro?

-Antes de escribir Crónica de una muerte anunciada sostuve que mi mejor novela era El coronel no tiene quien le escriba. La escribí nueve veces y me parecía la más invulnerable de mis obras.

 

-Pero ¿consideras aún mejor Crónica de una muerte anunciada?

-Sí.

 

-¿En qué sentido lo dices?

-En el sentido de que logré con ella hacer exactamente lo que quería. Nunca me había ocurrido antes. En otros libros el tema me ha llevado, los personajes han tomado a veces vi­da propia y hecho lo que les da la gana.

 

-Es una de las cosas más extraordinarias de la creación literaria...

-Pero yo necesitaba escribir un libro so­bre el cual pudiera ejercer un control riguroso, y creo haberlo logrado con Crónica de una muerte anunciada. El tema tiene la estructura precisa de una novela policíaca.

 

-Es curioso: nunca mencionas entre tus mejores libros Cien años de soledad, libro que muchos críticos consideran insuperable. ¿Tan­to rencor le tienes realmente?

-Se lo tengo, sí. Estuvo a punto de des­baratarme la vida. Después de publicado, nada fue igual que antes.

 

-¿Por qué?

-Porque la fama perturba el sentido de la realidad, tal vez casi tanto como el poder, y además es una amenaza constante a la vida privada. Por desgracia, esto no lo cree nadie mientras no lo padece.

 

-Quizás el éxito logrado con él no te pa­rece justo respecto del resto de tu obra.

-No lo es. Como te decía hace un momen­to, El otoño del patriarca es un trabajo litera­rio más importante. Pero habla de la soledad del poder y no de la soledad de la vida coti­diana. Lo que en Cien años de soledad se cuen­ta se parece a la vida de todo el mundo. Está escrito además de una manera simple, fluida, lineal, y yo diría (y lo he dicho ya) que su­perficial.

 

-Pareces despreciarlo.

-No, pero el hecho de saber que está es­crito con todos los trucos de la vida y todos los trucos del oficio, me hizo pensar desde an­tes de escribirlo que podría superarlo.

 

-Derrotarlo.

-Derrotarlo, sí.

 

La espera.

 

 

Aquel primer libro lo escribió de un jalón, con un silencioso frenesí, trabajando noche tras noche en la desierta redacción de El He­raldo de Barranquilla, a la hora en que ca­llaban los linotipos y en la planta baja se oía el quejumbroso jadear de una rotativa. Sobre las escritorios vacíos, giraban, inútiles para apa­ciguar el calor, las aspas de los ventiladores. Lejos, las cantinas de la calle del Crimen en­viaban su música de arrabal. Era muy tarde, casi el amanecer, cuando se levantaba de la máquina de escribir, agotado, pero todavía sin sueño, y con personajes y recuerdos de Ma­condo girando en su cabeza. Ponía en una fun­da de cuero las cuartillas recién escritas, y sa­lía. Fuera, se respiraba aquella tibia fragancia de marismas, de frutas podridas, que es el olor habitual de la ciudad. En la puerta de algún bar, se tambaleaba un borracho. Con su ma­nuscrito bajo el brazo, Gabriel cruzaba la pla­za de San Nicolás, en aquella hora abandona­da a pordioseros y desperdicios, rumbo al ho­tel de putas, en lo alto de las notarías, donde cada noche, por un peso con cincuenta centa­vos, lo aguardaba un cuarto distinto, que siem­pre contenía sólo un catre entre cuatro tabiques de cartón.

En esta atmósfera nació su primera nove­la. Libro intenso, que contiene ya toda la desola­ción de Macondo y la añoranza de sus tiem­pos pasados, La hojarasca habría podido, con todo derecho, darle a conocer en América La­tina. Pero no ocurrió así. El reconocimiento, la fama o como quiera llamarse la gratifica­ción a que todo escritor tiene derecho después de haber escrito un buen libro, o cuatro bue­nos libros, como fue su caso, le llegó sólo mu­chos años más tarde, cuando sorpresivamente para él, el quinto de sus libros, Cien años de soledad, empezó a venderse, primero en Bue­nos Aires, luego en América Latina y por fin en el mundo, como salchichas calientes.

La espera entretanto fue dura, paciente, asumida quizás con cierto desdén, pero secre­tamente asediada de incertidumbre y desde luego de problemas.

La hojarasca tardó cinco años en ser pu­blicada. Los pocos editores a quienes el libro fue ofrecido no mostraron, ningún interés por él. Lector, de la Editorial Losada, el crítico es­pañol Guillermo de Torre la rechazó en Buenos Aires con una nota desabrida:

 

fuera de cierto clima poético, no le reconocía a la novela va­lidez alguna. Inclusive se permitía recomendar piadosamente a su autor que se dedicara a otro oficio.

 

Gabriel, que entonces trabajaba como reportero del diario El Espectador de Bogotá, acabó editando La hojarasca por su propia cuenta, ayudado por algunos amigos, en una modesta imprenta de Bogotá.

El libro, es cierto, tuvo una buena crítica local, pero su repercusión fue menor que la obtenida por los reportajes que Gabriel escri­bía en El Espectador. La odisea vivida por un náufrago o la vida de un campeón ciclista, re­feridas en sucesivas entregas, agotaban edi­ciones del diario.

 

Cuando El Espectador le envió como co­rresponsal a Europa, Gabriel era un periodista muy conocido en su país, pero todavía seguía siendo un escritor clandestino. Para la dueña del hotel de Flandre, de la rue Cujas, donde llegó aquel invierno de 1955, Gabriel sería en­tonces y sigue siéndolo todavía, cuando lo ve fotografiado en los diarios, le journaliste du septiéme étage.

Yo lo encontré por aquella época. Como lo he escrito alguna vez, entonces era un Piscis desamparado (hoy su sólido ascendiente Tau­ro ha asumido el control de su vida), guiado sólo por el radar de sus premoniciones. Flaco, con una cara de argelino que suscitaba la in­mediata desconfianza de los policías y con­fundía a los propios argelinos (se detenían a veces para hablarle en árabe en pleno Boul Nich), fumaba tres cajetillas diarias de ci­garrillos mientras intentaba abrirse paso, sin conocer el idioma, en aquel océano de piedras y brumas que era París. Era la época de la guerra de Argelia, la época de las primeras canciones de Brassens y de los enamorados que se besaban desesperadamente en los me­tros y en las puertas. Todavía, antes de Bu­dapest, uno veía políticamente el mundo como una película del Oeste, con los buenos de un lado, el lado del socialismo, y los malos del otro.

Hemos vuelto recientemente a la buhardi­lla aquella donde vivía, en la rue Cujas. La ven­tana da a los tejados del barrio Latino; se oye todavía el reloj de la Sorbona dando la hora, pero ya no el pregón condolido de un vendedor de alcachofas que subía de la calle todas las mañanas. Con las rodillas pegadas al radia­dor de la calefacción y, clavado en la pared con un alfiler, el retrato de su novia Mercedes al alcance de la vista, Gabriel escribía todas las noches hasta el amanecer una novela que luego sería La mala hora. Recién empezada, de­bió interrumpirla: un personaje, el de un vie­jo coronel que aguarda inútilmente su pensión de veterano de la guerra civil, exigía su propio ámbito, un libro. Lo escribió. Escribió El coronel no tiene quien le escriba en parte para despejarle el camino a La mala hora y en parte también para exorsisar literariamente sus an­gustias cotidianas de entonces: también él, co­mo su personaje, no sabía cómo iba a comer al día siguiente y aguardaba siempre una car­ta, una carta con dinero que nunca llegaba.

Sus problemas económicos habían empeza­do con una noticia de tres líneas aparecida en Le Monde, que leímos al tiempo en un café de la rue des Ecoles: Rojas Pinilla, el dictador que entonces gobernaba a Colombia, había clausurado El Espectador, el diario del cual Gabriel era corresponsal en París. «No es gra­ve», dijo éste. Pero sí lo era. Las cartas nunca volvieron a traer cheques y un mes después no tenía cómo pagar el hotel. Brassens seguía cantando sus canciones y los jóvenes enamo­rados seguían besándose en los metros, pero París ya no era el mismo de los primeros días, sino la ciudad amarga y dura que tantos latino­americanos han conocido, de cuartos glaciales y pulóveres rotos, donde una comida caliente y un rincón junto al fuego tienen algo de atre­vido e inesperado esplendor.

La pobreza de Barranquilla tenía su lado pintoresco y era en todo caso relativa: había amigos por todos lados; el gobernador te en­viaba su auto al hotel donde dormía, para sorpresa del portero y de las putas. El Caribe es humano. «Donde comen dos, comen tres»,  se dice allí. París, en cambio,, tiene un corazón duro para la miseria. Gabriel lo comprendió muy bien el día que debió pedir una moneda en el metro. Se la dieron. Pero el hombre que se la puso en la mano, con aire de malhumor, no quiso escuchar sus explicaciones.

 

Gabriel ha dicho alguna vez que de cada ciudad donde ha vivido guarda una imagen más durable que todas las otras. La de París es triste: «Había sido una noche muy larga, pues no tuve donde dormir, y me la pasé ca­beceando en los escaños, calentándome en el vapor providencial de las parrillas del metro, eludiendo los policías que me cargaban a gol­pe porque me confundían con un argelino. De pronto, al amanecer, se acabó el olor de coli­flores hervidas, el Sena se detuvo, y yo era el único ser viviente entre la niebla luminosa de un martes de otoño en una ciudad desocu­pada. Entonces ocurrió: cuando atravesaba el puente de Saint-Michel, sentí los pasos de un hombre, vislumbré entre la niebla la chaqueta oscura, las manos en los bolsillos, el cabello acabado de peinar, y en el instante en que nos cruzamos en el puente vi su rostro óseo y pá­lido por una fracción de segundo: iba llorando.

Hijo de esta época es El coronel no tiene quien le escriba, su segundo libro. Tampoco éste le abrió ninguna puerta. Recuerdo haber teni­do durante largo tiempo una copia del manus­crito, en hojas amarillas. Lo enseñé a perso­rajes que habrían podido facilitar su publica­ción, pero éstos parecían no advertir sus ca­lidades literarias.

Cuando, luego de años en París, trabaja­mos en Caracas como periodistas, Gabriel con­tinuaba escribiendo de noche, en sus horas li­bres. Ahora eran los cuentos de Los funerales de la Mamá Grande.

 

Nadie descubrió al buen escritor que era ya tras el reportero de re­vistas, llegado un poco al azar. Ciudad llena de inmigrantes, sin alma todavía tras sus edi­ficios de vidrio y sus autopistas de concreto, donde el éxito se mide en millones de bolíva­res, Caracas no tiene tiempo para reconocer talentos que no vengan consagrados de ante­mano. Desmesurada y generosa con el García Márquez de hoy, ni siquiera se enteró de su existencia, cuando era allí un periodista flaco e inquieto de treinta años, que escribía exce­lentes reportajes y enviaba sin fortuna sus cuentos a concursos de los diarios.

La espera proseguiría luego en Bogotá. Con­tinuaba escribiendo de noche (ahora era La mala hora), mientras dirigía conmigo la sucur­sal de la agencia de noticias Prensa Latina. El coronel no tiene quien le escriba fue publicado en una revista literaria, sin que sus directo­res pidieran previamente su autorización o le pagaran derecho alguno: pensaban, de buena fe, que era un reconocimiento generoso pu­blicar un manuscrito desdeñado por los edi­tores. La crítica local fue desde luego favo­rable con El coronel no tiene quien le escriba como lo sería luego con La mala hora, nove­la que ganó un premio nacional auspiciado por la empresa petrolera Esso Colombiana.

Pero se trataba, en fin de cuentas, de éxitos modestos. Los tirajes eran escasos, los dere­chos de autor ínfimos, y la difusión de aquellos libros, puramente local. Nadie conocía a Gar­cía Márquez fuera de Colombia. Inclusive den­tro del país, con excepción de sus amigos cer­canos, se le apreciaba como exponente valio­so de una literatura regional, pero no todavía como un escritor de gran talla. La élite de Bo­gotá, que tiende a juzgar a la gente por los apellidos y la ropa que lleva, no pasaba toda­vía por alto su origen provinciano, costeño; sus pelos abruptos, sus calcetines rojos y qui­zás su incapacidad para distinguir los cubier­tos del pescado de los cubiertos del postre.

Se ha dicho con razón que los burgueses latinoamericanos confunden el verbo ser con el verbo tener. Sus valores son de represen­tación. El día que Gabriel pudo alojarse en los mismos hoteles y comer langosta en sus mismos restaurantes y conocer tan bien o me­jor que ellos la temperatura adecuada de los vinos, la gama de los quesos y los lugares y espectáculos de interés en Nueva York, París o Londres, le abrieron sus puertas, halagados de que se dignara beberse un whisky con ellos, pasando ahora por alto todo, inclusive las vie­jas ideas de izquierda del autor de Cien años de soledad y sus simpatías por Fidel Castro.

Pero no entonces. No todavía. Pese a los li­bros publicados (con Los funerales de la Mamá Grande, editado por la Universidad de Veracruz, en México, ya eran cuatro), la espera habría de prolongarse unos cuantos años más. En­viado a Nueva York como corresponsal de Prensa Latina, por el director de la agencia, Jorge Ricardo Masetti, Gabriel continuaba tra­bajando de día como reportero y de noche es­cribiendo en su hotel. Aquéllas eran épocas di­fíciles en todo sentido. Exiliados cubanos de Nueva York le amenazaban por teléfono; le recordaban a veces que tenía una esposa y un niño, que algo podía ocurrirles a éstos. En pre­visión de cualquier ataque, Gabriel trabajaba con una varilla de hierro al alcance de la ma­no. Dentro de Cuba, por otra parte, se vivía lo que se conocería luego como «el año del sectarismo». Miembros del viejo Partido Co­munista copaban puestos claves en los orga­nismos del Estado. Prensa Latina les intere­saba sobremanera. Jorge Ricardo Masetti, un argentino joven, lúcido, de extraordinarias ca­lidades humanas, les hacía frente. Cuando ca­yó como director de la agencia, todos los que compartíamos entonces su fervor revoluciona­rio y su rechazo al sectarismo comunista, re­nunciamos a nuestros cargos. Gabriel fue uno de ellos.

 

(Para mí aquel episodio indicaba un viraje inquietante en el rumbo de la revolución cu­bana. Para Gabriel, no; lo vio, creo, como un accidente de camino, que no entibió sus sim­patías por el gobierno cubano, aunque éstas no hayan tenido, ni tengan hoy, un carácter de ortodoxia incondicional.)

 

Luego de su renuncia, quedó en Nueva York sin empleo y sin pasaje de regreso. Absurda­mente -pero estos absurdos tienen en él su lógica oculta, puramente intuitiva- decidió ir­se a México con su mujer y su hijo. En auto­bús y con cien dólares por todo capital.

El día que en México obtuvo su primer empleo, como redactor en una revista feme­nina, tenía desprendida la suela del zapato. El propietario de la publicación, que era tam­bién un conocido productor de cine, le dio ci­ta en un bar. Debió llegar antes que él e irse después, para que no notara aquel zapato des­cosido. Estaba, después de tantos años, en la misma situación de cuando se sentó a escribir su primer libro.

No recuerdo si fue durante un viaje mío a México, o durante un viaje suyo a Barranqui­lla, donde yo vivía, cuando me habló de aque­lla novela que estaba escribiendo. «Se parece a un bolero», me dijo. (El bolero, la expresión musical más auténticamente latinoamericana,  es en apariencia de un desmesurado sentimen­talismo: pero tiene también un guiño, una exa­geración asumida con humor, un «no lo tomes tan al pie de la letra», que sólo, al parecer, los latinoamericanos logramos captar. (Como los adjetivos de Borges.) «Hasta el momento -me dijo poniendo los dedos sobre la mesa y hacién­dolos caminar por el centro de ella- yo he to­mado con mis libros el camino más seguro. Sin correr riesgos. Ahora siento que debo ca­minar por el borde -y sus dedos avanzaron en difícil equilibrio por el borde de la mesa-. Fí­jate, cuando uno de los personajes del libro muere de un disparo, un hilo de su sangre reco­rre todo el pueblo hasta llegar a donde se en­cuentra la madre del muerto. Todo es así, en el límite de lo sublime o de lo cursi. Como el bolero.» Luego agregó: «O doy un trancazo con este libro o me rompo la cabeza. »

Me estaba hablando, claro, de Cien años de soledad. Cuando leí el manuscrito, muy poco después de haberlo él terminado, le escribí un papel diciéndole que sin duda había dado él el trancazo. Recibí a vuelta de correo su res­puesta: «Esta noche, después de leer tu carta, voy a dormir tranquilo. El problema de Cien años de soledad no era escribirla, sino tener que pasar por el trago amargo de que la lean los amigos que a uno le interesan. Las reaccio­nes han sido mucho más favorables de lo que yo esperaba. Creo que el concepto más fácil de resumir es el de la Editorial Sudamericana: contrataron el libro para una primera edición de 10.000 ejemplares, y hace quince días, des­pués de mostrarles a sus expertos las pruebas de imprenta, doblaron el tiraje.»

Sí; la larga espera iniciada quince años atrás, cuando escribía hasta el amanecer La hojaras­ca, había terminado.

 

Cien años de soledad

 

 

-¿Cuál fue tu propósito, cuando te sentas­te a escribir Cien años de soledad?

-Darle una salida literaria, integral, a to­das las experiencias que de algún modo me hu­bieran afectado durante la infancia.

 

-Muchos críticos ven en el libro una pará­bola o alegoría de la historia de la humanidad.

-No, quise sólo dejar una constancia poéti­ca del mundo de mi infancia, que como sabes transcurrió en una casa grande, muy triste, con una hermana que comía tierra y una abuela que adivinaba el porvenir, y numerosos pa­rientes de nombres iguales que nunca hicieron mucha distinción entre la felicidad y la demen­cia.

 

-Los críticos le encuentran siempre inten­ciones más complejas.

-Si existen, deben ser inconscientes.. Pero puede ocurrir también que los críticos, al con­trario de los novelistas, no encuentran en los libros lo que pueden sino lo que quieren.

 

-Siempre hablas con mucha ironía de los críticos. ¿Por qué te disgustan tanto?

-Porque en general, con una investidura de pontífices, y sin darse cuenta de que una no­vela como Cien años de soledad carece por com­pleto de seriedad y está llena de señas a los amigos más íntimos, señas que sólo ellos pue­den descubrir, asumen la responsabilidad de descifrar todas las adivinanzas del libro corrien­do el riesgo de decir grandes tonterías.

Recuerdo, por ejemplo, que algún crítico creyó descubrir claves importantes de la novela al encontrarse con que un personaje, Gabriel, se lleva a París las obras completas de Rabe­lais. A partir de este hallazgo todas las desme­suras y todos los excesos pantagruélicos de los personajes se explicarían, según él, por esta in­fluencia literaria. En realidad, aquella alusión a Rabelais fue puesta por mí como una cás­cara de banano que muchos críticos pisaron.

 

-Sin prestarle atención a lo que dicen los críticos, la novela es mucho más que una recu­peración poética de tus recuerdos de infancia. ¿No dijiste alguna vez que la historia de los Buendía podía ser una versión de la historia de América Latina?

-Sí, lo creo. La historia de América Latina es también una suma de esfuerzos desmesura­dos e inútiles y de dramas condenados de antemano al olvido; La peste del olvido existe tam­bién entre nosotros. Pasado el tiempo, nadie reconoce por cierta la masacre de los trabaja­dores de la compañía bananera, ni se acuerda del coronel Aureliano Buendía.

 

-Y las treinta y dos guerras perdidas del coronel pueden expresar nuestras frustraciones políticas. ¿Qué hubiese ocurrido, a propósito, si el coronel Aureliano Buendía hubiese triun­fado?

-Se habría parecido enormemente al pa­triarca. En un momento dado, escribiendo la novela, tuve la tentación de que el coronel se tomara el poder. De haber sido así, en vez de Cien años de soledad habría escrito El otoño del patriarca.

 

-¿Debemos creer que, por una fatalidad de nuestro destino histórico, quien lucha contra el despotismo corre gran riesgo de volverse él mismo un déspota al llegar al poder?

-En Cien años..., un condenado a muerte le dice al coronel Aureliano Buendía: «Lo que me preocupa es que de tanto odiar a los milita­res, de tanto combatirlos, de tanto pensar en ellos, has terminado por ser igual a ellos.» Y concluyó: «A este paso, serás el dictador más despótico y sanguinario de nuestra historia.»

 

-¿Es cierto que a los dieciocho años de edad intentaste escribir esta misma novela?

-Sí, se llamaba La casa, porque pensé que toda la historia debía transcurrir dentro de la casa de los Buendía.

 

-¿Hasta dónde llegó aquel esbozo? ¿Era desde entonces una historia que se proponía abarcar un lapso de cien años?

-Nunca logré armar una estructura conti­nua, sino trozos sueltos, de los cuales queda­ron algunos publicados en los periódicos don­de trabajaba entonces. El número de años no fue nunca nada que me preocupara. Más aún: no estoy muy seguro de que la historia de Cien años de soledad dure en realidad cien años.

 

-¿Por qué la interrumpiste?

-Porque no tenía en aquel momento la ex­periencia, el aliento ni los recursos técnicos pa­ra escribir una obra así.

 

-Pero la historia siguió dándote vueltas en la cabeza.

-Unos quince años más. Pero no encontra­ba el tono que me la hiciera creíble a mí mis­mo. Un día, yendo para Acapulco con Mercedes y los niños, tuve la revelación: debía contar la historia como mi abuela me contaba las suyas, partiendo de aquella tarde en que el niño es llevado por su padre para conocer el hielo.

 

-Una historia lineal.

-Una historia lineal donde con toda ino­cencia lo extraordinario entrara en lo cotidiano.

 

-¿Es cierto que diste media vuelta en la carretera y te pusiste a escribirla?

-Es cierto, nunca llegué a Acapulco.

 

-¿Y Mercedes?

-Tú sabes ya toda la cantidad de locuras de ese estilo que ella me ha aguantado. Sin Mer­cedes no habría llegado a escribir el libro. Ella se hizo cargo de la situación. Yo había compra­do meses atrás un automóvil. Lo empeñé y le di a ella la plata calculando que nos alcanza­ría para vivir unos seis meses. Pero yo duré año y medio escribiendo el libro. Cuando el dinero se acabó, ella no me dijo nada. Logró, no sé cómo, que el carnicero le fiara la carne, el panadero, el pan y que el dueño, del apar­tamento nos esperara nueve meses para pagar­le el alquiler. Se ocupó de todo sin que yo lo supiera: inclusive de traerme cada cierto tiem­po quinientas hojas de papel. Nunca faltaron aquellas quinientas hojas. Fue ella la que, una vez terminado el libro, puso el manuscrito en el correo para enviárselo a la Editorial Sud­americana.

 

-Me lo contó alguna vez; llevó el manus­crito al correo pensando: «¿Y si después de todo resulta que la novela es mala?» Creo que no la había leído, ¿verdad?

-A ella no le gusta leer manuscritos.

 

-Y, con tus hijos, es una de las últimas personas en leer tus libros. Dime, ¿estabas se­guro del éxito de Cien años de soledad?

 

-Estaba seguro de que tendría buena crí­tica. Pero no de su éxito en el público. Calculé que se venderían unos cinco mil ejemplares. (De mis libros anteriores sólo se habían ven­dido hasta entonces unos mil de cada uno.) La Editorial Sudamericana fue algo más optimis­ta: calculó que se venderían ocho mil. En rea­lidad, la primera edición se vendió en quince días y en una sola ciudad, Buenos Aires.

 

-Hablemos del libro. ¿De dónde proviene la soledad de los Buendía?

-Para mí, de su falta de amor. En el libro se advierte que el Aureliano con la cola de cer­do era el único de los Buendía que en un siglo había sido concebido con amor. Los Buendía no eran capaces de amar, y ahí está el secreto de su soledad, de su frustración. La soledad, para mí, es lo contrario de la solidaridad.

 

-No te voy a preguntar lo que tantas veces te han preguntado: por qué hay tantos Aure­lianos y tantos José Arcadios, pues es sabido que se trata de una modalidad muy latinoame­ricana: todos nos llamamos como nuestros pa­dres o abuelos, y en tu familia se ha llegado has­ta el delirio de que otro hermano tuyo se llame también Gabriel. Pero creo saber que hay una pista para distinguir a los Aurelianos de los Jo­sé Arcadios, ¿cuál es?

-Una pista muy fácil: los José Arcadios pro­longan la estirpe, pero no los Aurelianos. Con una sola excepción, la de José Arcadio Segun­do y Aureliano Segundo, probablemente porque siendo gemelos exactamente iguales fueron con­fundidos en la infancia.

 

-En el libro, las locuras corren por cuenta de los hombres (inventos, alquimias, guerras, parrandas descomunales) y la sensatez por cuenta de las mujeres. ¿Corresponde a tu vi­sión de los dos sexos?

-Creo que las mujeres sostienen el mundo en vilo, para que no se desbarate mientras los hombres tratan de empujar la historia. Al fi­nal, uno se pregunta cuál de las dos cosas se­rá la menos sensata.

 

-Las mujeres, según parece, no sólo ase­guran la continuidad de la estirpe, sino también la de la novela. ¿Es quizás el secreto de la ex­traordinaria longevidad de Ursula Iguarán?

-Sí, ella ha debido morir antes de la guerra civil, cuando se acercaba a los cien años de edad. Pero descubrí que si se moría, el libro se derrumbaba. Cuando muere, ya el libro tiene tanto vapor que no importa lo que ocurra des­pués.

 

-¿Cuál es el papel de Petra Cotes en el libro?

-Un juicio superficial haría pensar que es sólo el reverso de Fernanda. Es decir, una mu­jer caribe sin los prejuicios morales de las mujeres de los Andes. Pero yo creo más bien que su personalidad tiene mucho que ver con la dé Ursula, pero una Ursula con un sentido to­davía mucho más rudo de la realidad.

 

-Supongo que hay personajes que siguieron un rumbo distinto al previsto cuando escribías la novela. ¿Podrías citar un ejemplo?

-Sí, uno de ellos sería el de santa Sofía de la Piedad. En la novela, como ocurrió en la realidad, debía abandonar la casa sin despedirse de nadie, al descubrirse leprosa. Aunque todo el carácter del personaje estaba construido sobre la abnegación y el espíritu de sacrificio, que hacían verosímil este desenlace, tuve que mo­dificarlo. Resultaba excesivamente truculento.

 

-¿Hay algún personaje que se te haya sa­lido completamente de las manos?

-Tres se me salieron completamente de las manos, en el sentido de que su carácter y su destino no fueron los que yo quise: Aureliano José, cuya pasión tremenda por su tía Ama­ranta me tomó de sorpresa, José Arcadio Se­gundo, que nunca fue el líder sindical bana­nero que yo había querido, y José Arcadio el aprendiz de Papa, que se me convirtió en una especie de Adonis decadente, un poco ajeno a todo el resto del libro.

 

-Para quienes tenemos algunas claves del libro, hay un momento en que Macondo deja de ser un pueblo, el tuyo, para convertirse en una ciudad, Barranquilla. Has puesto al final personajes y lugares que conociste allí. ¿Te planteó algún problema este cambio?

-Macondo, más que un lugar del mundo, es un estado de ánimo. Lo difícil no era enton­ces pasar del escenario de un pueblo al de una ciudad, sino pasar del uno al otro sin que se notara el cambio de nostalgias.

 

-¿Cuál fue para ti el momento más difícil de la novela?

-Empezar. Recuerdo muy bien el día en que terminé con mucha dificultad la primera fra­se, y me pregunté aterrorizado qué carajo ven­dría después. En realidad, hasta el hallazgo del galeón en medio de la selva no creí de verdad que aquel libro pudiera llegar a -ninguna parte. Pero a partir de allí todo fue una especie de frenesí, por lo demás, muy divertido.

 

-¿Recuerdas el día en que la terminaste? ¿Qué hora era? ¿Cuál fue tu estado de ánimo?

-Había escrito dieciocho meses, todos los días, de nueve de la mañana a tres de la tarde. Sabía, sin duda, que aquél sería el último día de trabajo. Pero el libro llegó a su final na­tural de un modo intempestivo, como a las on­ce de la mañana. Mercedes no estaba en casa, y no encontré por teléfono a nadie a quien con­társelo. Recuerdo mi desconcierto como si hu­biera sido ayer: no sabía qué hacer con el tiem­po que me sobraba y estuve tratando de inven­tar algo para poder vivir hasta las tres de la tarde.

 

-Debe haber algún aspecto fundamental del libro que los críticos (los críticos por los cua­les tienes tanta aversión) han pasado por alto. ¿Cuál sería?

-Su valor más notable: la inmensa com­pasión del autor por todas sus pobres criatu­ras.

 

-¿Quién ha sido el mejor lector del libro para ti?

-Una amiga soviética encontró una señora, muy mayor, copiando todo el libro a mano, co­sa que por cierto hizo hasta el final. Mi amiga le preguntó por qué lo hacía, y la señora le contestó: «Porque quiero saber quién es en rea­lidad el que está loco: si el autor o yo, y creo que la única manera de saberlo es volviendo a escribir el libro.» Me cuesta trabajo imaginar un lector mejor que esa señora.

 

-¿A cuántos idiomas ha sido traducido el libro?

-A diecisiete.

 

-Dicen que la traducción al inglés es ex­celente.

-Excelente, sí. El lenguaje, al compri­mirse en inglés, gana en fuerza.

 

-¿Y las otras traducciones?

-Trabajé mucho con el traductor italiano y con el traductor francés. Las dos traducciones son buenas; no obstante, yo no siento el libro en francés.

 

-Se ha vendido menos en Francia que en Inglaterra o en Italia, para no hablar de los paí­ses de habla hispana donde el éxito ha sido ob­viamente extraordinario. ¿A qué lo atribuyes?

-Quizás al cartesianismo. Yo estoy mucho más cerca de las locuras de Rabelais que de los rigores de Descartes. En Francia fue Descartes
quien se impuso. Quizás por ese motivo, aunque con muy buena crítica, el libro no ha tenido en Francia el nivel de popularidad alcanzado en otros países. Rossana Rossanda, hace poco, me hizo caer en la cuenta de que el libro se pu­blicó en Francia en 1968, un año en que la situa­ción social no le era muy propicia.

 

-¿Te ha intrigado mucho el éxito de Cien años de soledad?

-Sí, mucho.

 

-¿Y no te ha interesado descubrir el se­creto?

-No, no quiero saberlo. Me parece muy pe­ligroso descubrir por qué razones un libro que yo escribí pensando sólo en unos cuantos ami­gos se vende en todas partes como salchichas calientes.

 

 

El otoño del Patriarca

 

 

-¿Recuerdas aquel avión?

-¿Cuál avión?

 

-Aquel avión que olmos volando sobre Ca­racas a las dos de la madrugada del 23 de enero de 1958. Creo que lo vimos ambos des­de el balcón del apartamento, en el barrio de San Bernardino donde nos encontrábamos: dos luces rojas desplazándose a poca altura en la oscuridad del cielo, sobre una ciudad de­sierta por el toque de queda, que no dormía aguardando de un momento a otro la caída del dictador.

-El avión en que se fugó Pérez Jiménez.

 

-Sí, el avión con el que se acabó en Vene­zuela una dictadura de ocho años. Déjame que me vuelva hacia el lector para hablarle de aquel momento. Es importante porque fue entonces cuando tuviste la idea de escribir la noveló del dictador: la que diecisiete años más tarde, después de dos versiones truncas, sería El otoño del patriarca.

A bordo del avión iba el dictador con su mujer y sus hijas, sus ministros y sus amigos más cercanos. Tenía la cara inflamada por una neuralgia, y estaba enfurecido con su edecán porque en la precipitación de la fuga, al pie del avión, al que subieron por una escala de cuerda, había olvidado un maletín con once millones de dólares.

Ganando altura, el aparato se alejaba ya hacia el mar, hacia el Caribe, cuando el locu­tor de la radio, interrumpiendo programas de música clásica que habíamos oído durante tres días, anunció la caída de la dictadura. Una tras otra, como bujías de un árbol de Navidad, fue­ron encendiéndose luces en las ventanas de Caracas. El delirio empezaría después, en la neblina y el aire fresco de la madrugada. Boci­nas, gritos, sirenas de fábricas, gentes agitando banderas en autos y camiones. Poco antes de que ardiera el edificio de la Seguridad Nacional, la multitud había sacado en hombros a los pre­sos políticos que allí se encontraban.

Era la primera vez que veíamos la caída de un dictador en América Latina.

Responsables de una revista semanal, Gar­cía Márquez y yo vivimos a partir de aquel mo­mento días muy intensos. Visitamos los santua­rios del poder: el Ministerio de la Defensa, una especie de fortaleza, en cuyos pasillos podían leerse carteles que decían así: «Lo que usted oiga aquí, lo que vea aquí, se queda aquí»; y Miraflores, el palacio presidencial.

En aquel antiguo caserón colonial, con una fuente en la mitad del patio y tiestos de flores alrededor, García Márquez encontró a un vie­jo mayordomo que servía allí desde los remo­tos tiempos de otro dictador, Juan Vicente Gó­mez. Viejo patriarca de origen rural, de ojos y bigotes de tártaro, Gómez había muerto en su cama, tranquilamente, después de gobernar con puño de hierro a su país por cerca de treinta años. El mayordomo recordaba todavía al ge­neral; la hamaca donde dormía su siesta; el gallo de riña que le gustaba.

 

-¿Fue después de hablar con él cuando tu­viste la idea de escribir la novela?

-No, fue el día en que la Junta de Gobier­no estaba reunida en aquel mismo lugar, en Mi­raflores. Dos o tres días después de la caída de Pérez Jiménez, ¿recuerdas? Algo ocurría, perio­distas y fotógrafos esperábamos en la antesala presidencial. Eran cerca de las cuatro de la madrugada, cuando se abrió la puerta y vimos a un oficial, en traje de campaña, caminando de espaldas, con las botas embarradas y una metralleta en la mano. Pasó entre nosotros, los periodistas, caminando de espaldas, todavía. Caminando de espaldas, apuntando con su metralleta, y manchando la alfombra con el barro de sus botas. Bajó las escaleras, tomó un auto que lo llevó al aeropuerto y se fue al exilio.

Fue en ese instante, en el instante en que aquel militar salía de un cuarto donde se dis­cutía cómo iba a formarse definitivamente el nuevo gobierno, cuando tuve la intuición del poder, del misterio del poder.

 

-Yendo días después en un automóvil, ha­cia la revista donde trabajábamos, me dijiste: «No se ha escrito todavía la novela del dictador latinoamericano. Porque estábamos de acuer­do: no era El señor Presidente, de Asturias, que considerábamos pésima.

-Es pésima.

 

-Entonces, recuerdo, te dedicaste a leer bio­grafías de dictadores. Estabas maravillado. Los dictadores latinoamericanos eran delirantes. Ca­da noche, a la hora de la comida, contabas una de las historias encontradas en los libros. ¿Cuál fue el dictador que hizo matar los pe­rros negros?

-Duvalier. El doctor Duvalier, de Haití, «Papa Doc». Hizo exterminar todos los perros negros que había en el país, porque uno de sus enemigos, para no ser detenido y asesinado, se había convertido en perro. Un perro negro.

 

-¿No fue el doctor Francia, del Paraguay, el que ordenó que todo hombre mayor de vein­tiún años debía casarse?

-Sí, y cerró su país como si fuera una casa, y sólo dejó abierta una ventana para que entrara el correo. El doctor Francia era muy extraño. Tuvo tanto prestigio como filósofo, que mereció un estudio de Carlyle.

 

-¿Era teósofo?

-No, el teósofo era Maximiliano Hernández Martínez, de El Salvador, que hizo forrar con papel rojo todo el alumbrado público del país para combatir una epidemia de sarampión. Hernández Martínez había inventado un péndu­lo que ponía sobre los alimentos, antes de co­mer, para saber si no estaban envenenados.

 

-¿Y Gómez, Juan Vicente Gómez, en Vene­zuela?

-Gómez tenía una intuición tan extraordi­naria que más parecía una facultad de adivina­ción.

 

-Hacía anunciar su muerte, y luego resuci­taba como le ocurre al patriarca de tu libro. A propósito, cuando leo El otoño del patriarca lo imagino con el carácter y los rasgos de Juan Vicente Gómez. A lo mejor no es una sim­ple impresión personal. ¿No tenías en tu men­te a Gómez cuando escribías el libro?

-Mi intención fue siempre la de hacer una síntesis de todos los dictadores latinoamerica­nos, pero en especial del Caribe. Sin embargo, la personalidad de Juan Vicente Gómez era tan imponente, y además ejercía sobre mí una fas­cinación tan intensa, que sin duda el patriarca tiene de él mucho más que de cualquier otro.

En todo caso, la imagen mental que yo tengo de ambos es la misma. Lo cual no quiere decir, por supuesto, que él sea el personaje del libro, sino más bien una idealización de su imagen.

 

-A lo largo de estas lecturas descubriste que los dictadores tenían muchos rasgos en co­mún. ¿Es cierto, por ejemplo, que siempre son hijos de viudas? ¿Cómo explicarías esta parti­cularidad?

-Lo que creo haber establecido es que la imagen dominante en su vida fue la de la ma­dre, y que, por el contrario, eran en cierto modo, desde siempre, huérfanos de padre. Me refiero, por supuesto, a los más grandes. No a todos los que encontraron todo hecho y here­daron el poder. Esos son distintos, muy pocos, y no tienen ningún valor literario.

 

-Me has dicho que todos tus libros tienen como punto de partida una imagen visual. ¿Cuál fue la imagen de El otoño del patriarca?

-Es la imagen de un dictador muy viejo, inconcebiblemente viejo, que se queda solo en un palacio lleno de vacas.

 

-Alguna vez me dijiste o me escribiste que el libro se iniciaba con un dictador muy viejo que era juzgado en un estadio. (La imagen, me parece, estaba inspirada en aquel juicio de un militar batistiano, Sosa Blanco, en La Habana, al cual tú y yo asistimos, poco después del triun­fo de la revolución.) Creo que dos veces em­pezaste el libro y lo abandonaste. ¿Cómo fue aquello?

-Durante muchos años, como ocurre con todos mis libros, tuve el problema de la estruc­tura. Nunca los empiezo mientras no lo tengo resuelto. Aquella noche en La Habana, mien­tras juzgaban a Sosa Blanco, me pareció que la estructura útil era el largo monólogo del vie­jo dictador sentenciado a muerte. Pero no; en primer término, era antihistórico: los dictado­res aquellos o se morían de viejos en su cama, o los mataban o se fugaban. Pero no los juzgaban. En segundo término, el monólogo me hubiera restringido al único punto de vista del dictador, y a su propio lenguaje.

 

-Sé que llevabas bastante tiempo trabajan­do El otoño del patriarca, cuando lo interrum­piste para escribir Cien años de soledad. ¿Por qué lo hiciste? No es frecuente interrumpir un libro para escribir otro.

-La interrupción se debió a que estaba es­cribiendo El otoño... sin saber muy bien cómo era, y por consiguiente no lograba meterme a fondo. En cambio, Cien años..., que era un pro­yecto más antiguo y muchas veces intentado, volvió a irrumpir de pronto con la única solu­ción que me faltaba: el tono. En todo caso, no era la primera vez que me pasaba. También in­terrumpí La mala hora, en París, en 1955, para escribir El coronel..., que era un libro distinto incrustado dentro, y que no me dejaba avanzar.

Como escritor, tengo la misma norma que co­mo lector: cuando un libro deja de interesar­me, lo dejo. Siempre, en ambos casos, hay un momento mejor para enfrentarlo.

 

-Si debieses definir tu libro con una sola frase, ¿cómo lo definirías?

-Como un poema sobre la soledad del po­der.

 

-¿Por qué tardaste tanto tiempo escribién­dolo?

-Porque lo escribí como se escriben los ver­sos, palabra por palabra. Hubo, al principio, se­manas en las que apenas había escrito una lí­nea.

 

-En este libro te permitiste toda suerte de libertades: con la sintaxis, con el tiempo, quizás también con la geografía, y algunos sostienen también que con la historia. Hablemos de la sintaxis. Hay largos párrafos sin punto y sin punto y coma en los que intervienen y se entre­lazan diversos puntos de vista narrativos. Nada de esto, en ti, es gratuito. ¿A qué necesidades profundas del libro corresponde esta utiliza­ción del lenguaje?

-Imagínate el libro con una estructura li­neal: sería infinito y más aburrido de lo que es. Su estructura en espiral, en cambio, permi­te comprimir el tiempo, y contar muchas más cosas como metidas en una cápsula. El monó­logo múltiple, por otra parte, permite que in­tervengan numerosas voces sin identificarse, como sucede en realidad con la historia y con esas conspiraciones masivas del Caribe que es­tán llenas de infinitos secretos a voces. De to­dos mis libros éste es el más experimental, y el que más me interesa como aventura poética.

 

-También te tomas libertades con el tiempo.

-Muchas. Como recuerdas, hay un día en que el dictador al despertarse encuentra a to­do el mundo con bonetes colorados. Le dicen que una serie de tipos muy raros...

 

-Vestidos como la sota de bastos.

-Vestidos como la sota de bastos que están cambiándolo todo (los huevos de iguana, los cueros de caimán, el tabaco y el chocolate) por bonetes colorados. El dictador abre una venta­na que da al mar y en el mar, junto al acorazado dejado por los marines, ve las tres carabelas de Cristóbal Colón.

Como ves, se trata de dos hechos histó­ricos (la llegada de Colón y los desembarcos de marines) colocados sin ningún respeto por el orden cronológico en que ocurrieron. Deli­beradamente me tomé toda suerte de libertades con el tiempo.

 

-¿Y con la geografía?

-También. Sin duda el del dictador es un país del Caribe. Pero es un Caribe mezcla del Caribe español y del Caribe inglés. Tú sabes que yo conozco el Caribe isla por isla, ciudad por ciudad. Y allí lo he puesto todo. Lo mío en primer lugar. El burdel donde vivía en Ba­rranquilla, la Cartagena de mis tiempos de estudiante, las cantinas del puerto adonde yo iba a comer a la salida del periódico, a las cua­tro de la mañana y hasta las goletas que al ama­necer se iban para Aruba y Curazao cargadas de putas. Allí hay calles que se parecen a la calle del Comercio de Panamá, rincones que son de La Habana Vieja, de San Juan o de La Guaira. Pero también lugares que pertenecen a las Antillas inglesas, con sus hindúes, sus chi­nos y holandeses.

 

-Hay quien sostiene que en tu dictador se reúnen dos personajes históricos distintos: el caudillo de origen rural, como fue Gómez, que surge del caos y la anarquía de nuestras gue­rras civiles y que en un momento dado repre­senta una aspiración de orden y de unidad na­cional, y el dictador al estilo de Somoza o de Trujillo, es decir, en su origen un oscuro mili­tar de baja graduación, sin carisma alguno, impuesto por los marines norteamericanos. ¿Qué piensas al respecto?

-Más que las especulaciones de los críticos, me dejó atónito (y feliz) lo que me dijo mi grande amigo, el general Omar Torrijos, cua­renta y ocho horas antes de morir: «Tu mejor libro es El otoño del patriarca -me dijo-: to­dos somos así como tú dices.»

 

-Por una curiosa coincidencia, casi al tiempo con El otoño del patriarca aparecieron  otras, novelas de escritores latinoamericanos sobre el mismo tema, el dictador. Pienso en El recurso del método, de Alejo Carpentier; en Yo, el supremo, de Roa Bastos y en Oficio de di­funtos de Arturo Uslar Pietri. ¿Cómo explicar el repentino interés de los escritores latinoame­ricanos por este personaje?

-No creo que sea un interés. repentino. El tema ha sido una constante de la literatura latinoamericana desde sus orígenes, y supongo que lo seguirá siendo. Es comprensible, pues el dictador es el único personaje mitológico que ha producido la América Latina, y su ciclo histórico está lejos de ser concluido.

Pero en realidad a mí no me interesaba tan­to el personaje en sí (el personaje del dicta­dor feudal) como la oportunidad que me daba de reflexionar sobre el poder. Es un tema que ha estado latente en todos mis libros.

 

-Desde luego. Hay ya un esbozo en La mala hora y en Cien años de soledad. Es ine­vitable preguntarte: ¿por qué te interesa tanto el tema?

-Porque siempre he creído que el poder absoluto es la realización más alta y más com­pleja del ser humano, y que por eso resume a la vez toda su grandeza y toda su miseria. Lord Acton ha dicho que «el poder corrompe y el poder absoluto corrompe de modo absoluto». Este es por fuerza un tema apasionante para un escritor.

 

-Supongo que tu primera aproximación al poder fue estrictamente literaria. Hay obras o autores que debieron enseñarte algo al respec­to. ¿Cuáles serían?

-Me enseñó mucho Edipo rey. Y aprendí bastante de Plutarco y de Suetonio, y en ge­neral de los biógrafos de Julio César.

 

-Personaje que te fascina.

-Personaje que no sólo me fascina, sino que habría sido el que yo hubiese deseado crear en la literatura. Como no fue posible, tuve que contentarme con fabricar un dicta­dor con los retazos de todos los dictadores que hemos tenido en América latina.

 

-Has dicho sobre El otoño del patriarca cosas bastante paradójicas. Primero, que es el más popular de todos tus libros desde el punto de vista del lenguaje, cuando en realidad pare­cería el más barroco, el más difícil...

-No, está escrito utilizando una gran can­tidad de expresiones y refranes populares de toda la zona del Caribe. Los traductores a veces se vuelven locos tratando de encontrar el sen­tido de frases que entenderían de inmediato, y con risa, los chóferes de taxi de Barranquilla. Es un libro rabiosamente caribe, costeño, un lujo que se permite el autor de Cien años de soledad cuando decide al fin escribir lo que quiere.

 

-Aseguras también que es el libro donde tú te confiesas, un libro lleno de experiencias personales. Una autobiografía en clave, dijiste alguna vez.

-Sí, es un libro de confesión. El único que desde siempre quise escribir y no había po­dido.

 

-Parece extraño que puedas tomar tus ex­periencias personales para reconstruir el des­tino de un dictador. Aquí cualquier psicoanalis­ta pararía las orejas... Dijiste alguna vez que la soledad del poder se parece a la del escritor. Quizás te referías más bien a la soledad de la fama. ¿No crees que su conquista y manejo te hicieron secretamente solidario con tu perso­naje del patriarca?

-Nunca dije que la soledad del poder es igual a la soledad del escritor. Dije, por una parte, como tú mismo lo dices, que la soledad de la fama se parece mucho a la soledad del poder. Y dije, por otra parte, que no hay oficio más solitario que el del escritor, en el sentido de que en el momento de escribir. nadie puede ayudarlo a uno, ni nadie puede saber qué es lo que uno quiere hacer. No: uno está solo, con una soledad absoluta, frente a la hoja en blan­co.

En cuanto a la soledad del poder y la sole­dad de la fama, no hay ninguna duda. La es­trategia para conservar el poder, como para defenderse de la fama, terminan por parecerse. Esto es en parte la causa de la soledad en am­bos casos. Pero hay más: la incomunicación del poder y la incomunicación de la fama agra­van el problema. Es, en última instancia, un problema de información que termina por ais­lar a ambos de la realidad evasiva y cambiante. La gran pregunta en el poder y en la fama, sería entonces la misma: «¿A quién creerle?» La cual, llevada a sus extremos delirantes, ten­dría que conducir a la pregunta final: «¿Quién carajo soy yo?» La conciencia de este riesgo, que yo no hubiera conocido de no ser un escri­tor famoso, me ayudó mucho, por supuesto, en la creación de un patriarca que ya no cono­ce, tal vez, ni su propio nombre. Y es imposi­ble, en este juego de ida y regreso, de toma y daca, que un autor no termine por ser soli­dario con su personaje, por muy detestable que éste parezca. Aunque sólo sea por compa­sión

 

Hoy

 

 

Naturalmente que ha cambiado. Era un Piscis y hoy es un Tauro. Era flaco, ansioso, fumaba muchos cigarrillos; hoy no fuma, ha ganado diez kilos y da una impresión de solidez y tranquilidad que asombra a quienes lo cono­cieron en otro tiempo. Ningún rastro queda hoy de su vida bohemia de juventud, cuando el amanecer le sorprendía en una sala de re­dacción, en un bar o en un cuarto cualquiera. Sus citas están severamente gobernadas por una agenda. Discretamente, gracias a su espo­sa y a Carmen Balcells, su agente literario, logra protegerse de quienes están interesados en verle; por lo general, periodistas, profesores o estudiantes universitarios que desean hablar­le de su obra. Todo lo suyo está previsto de antemano; puede fijar en enero una cita para setiembre y, cosa rara en un latinoamericano, cumplirla.

Antes de Cien años de soledad, sentía una profunda necesidad de escribir a sus amigos cercanos cartas frecuentes hablándoles de to­do: esperanzas, contratiempos, inquietudes, es­tados de ánimo. «Aquí, entre nos, estoy asus­tado», «no creas que esta tensión en que vivo no tiene consecuencias», etc. Hoy, por princi­pio, no escribe cartas. Se mantiene en contacto con sus amigos por teléfono. Su tono es despreocupado, cordial, muy caribe siempre: «Qué es la cosa, soy Gabo.» Pero no hace ya confidencias íntimas.

Será necesaria una confabulación de cir­cunstancias (algunos whiskys, la hora de la madrugada), para que alguno de los sentimien­tos que ha guardado en el fondo de sí mismo salga sorpresivamente a flote. Quizás entonces uno llegue a adivinar, en la brizna de una frase y en un repentino brillo en las pupilas, alguna de sus nostalgias o rencores clandestinos: cómo le habría gustado, por ejemplo, al escri­tor de treinta años, que yo veía con un pulóver agujereado en los codos, haber vivido una aven­tura con una de esas muchachas bellas y so­fisticadas que hoy se insinúan al escritor de cincuenta años y éste deja de lado para no al­terar la tranquilidad y organización de su vida.

Pese al clan de celebridades con que hoy alterna, a los autógrafos y a los periodistas de diversa nacionalidad que desean entrevis­tarle, la fama no se le ha subido a la cabeza.

Sigue siendo igual con sus amigos. Estos, que lo llaman «Gabo» o «Gabito» (diminutivo de Gabriel en la costa colombiana del Caribe), actúan con él de la misma manera. Especial­mente los de Barranquilla, que como buenos caribes no se impresionan con la celebridad. Algunos, muy cercanos a él, han muerto pre­maturamente. Los otros, gordos y con el pelo salpicado de canas, siguen tratándole como al compañero al que daban a leer libros de Joyce o de Faulkner, treinta años atrás.

Gabriel y su esposa Mercedes forman una pareja muy sólida. Gabriel la conoció a ella cuando era una niña de trece años, delgada como un alambre y con unos ojos adormilados que nunca han demostrado alarma. En efecto, ante los desastres y, cosa sorprendente, ante los virajes afortunados de la vida, Mercedes adopta la misma impavidez de granito. Lo ob­serva todo, aguda pero tranquilamente, como sus antepasados egipcios (por el lado paterno) debían mirar las aguas del Nilo. Pero también se parece a esas mujeres del Caribe que en las novelas de García Márquez, con un sabio do­minio de la realidad, constituyen el verdadero poder detrás del poder. A los personajes céle­bres que encuentra con su marido (llámense Fidel Castro, Luis Buñuel o Monica Vitti), Mer­cedes les habla con una naturalidad que podría tomarse como rasgo de una mundanidad anti­gua y segura. El secreto consiste en que sigue moviéndose en la vida como si estuviese aún con sus primas de Magangué, la remota pobla­ción tropical donde nació.

Los dos hijos de la pareja, Rodrigo y Gon­zalo, tienen con su padre una relación excelen­te: cómplice y siempre con un rastro de humor de parte y parte. «¿Dónde está el famoso escri­tor?», bromean al llegar a casa. En los países latinoamericanos donde los ricos no tienen res­peto por los pobres, ni los blancos por los ne­gros, ni los padres por los hijos, el experimen­to utilizado por Gabriel se sitúa en la direc­ción contraria; ninguna explosión de fácil au­toridad con los dos muchachos, sino un tra­tamiento de rigurosa igualdad casi desde que estaban en la cuna. El resultado es muy acep­table: dueños de sus propias opciones, los dos miran a la gente, y en general a la vida, con una buena dosis de inteligencia y humor.

Gabriel vive en México buena parte del año. Tiene una casa confortable en el Pedregal de San Angel, un barrio de lujosas residencias construidas sobre piedras volcánicas donde vi­ven ex presidentes, banqueros y gentes de cine que han hecho fortuna. Al fondo de un jardín interior de la casa, se construyó un estudio ais­lado para escribir. Dentro hay todo el año la misma temperatura: cálida, parecida a la de Macondo, aun en los días en que afuera llueve y hace frío. Sus instrumentos de trabajo son media docena de diccionarios, toda suerte de enciclopedias (hasta una especial sobre avia­ción), una fotocopiadora, una silenciosa má­quina de escribir eléctrica y quinientas hojas de papel siempre al alcance de la mano.

Ya no escribe de noche, como en sus leja­nos tiempos de pobreza. Todos los días, vesti­do con un overol similar al que usan los mecá­nicos de aviación, trabaja de las nueve de la mañana a las tres de la tarde. El almuerzo se sirve conforme al horario español, a las tres de la tarde. Después, Gabriel suele escu­char música (música de cámara, de preferen­cia, pero también música popular latinoameri­cana, incluyendo los viejos boleros de Agustín Lara que siempre han suscitado las nostalgias de su generación).

Pero no es un escritor encerrado en una to­rre de marfil. Si la mañana es de un aisla­miento total, a partir de cierta hora de la tarde siente necesidad de entrar en contacto con el mundo. Varias noches por semana cena fuera de casa. Bebe moderadamente. Es un esclavo de las informaciones. Recibe todos los días por avión diarios de su país, y es un desafora­do lector de revistas norteamericanas y france­sas. Sus cuentas de teléfono resultan astronó­micas, pues a propósito de cualquier cosa ha­bla con amigos dispersos en diversos lugares del mundo. Conversa con ellos sin prisa, de di­versos temas, como si los tuviese delante suyo con una copa de coñac en la mano.

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Viaja mucho. Además de una casa en Ciu­dad de México y otra en Cuernavaca, tiene un apartamento en Bogotá y otro en París, a trein­ta pasos de La Coupole, que ocupa siempre en el otoño. Los suyos son siempre alojamientos claros y confortables, amueblados con buen gusto (siempre hay un buen sillón inglés de cuero y un espléndido aparato de alta fideli­dad) a los que podría llegar sin necesidad de equipaje. Hay libros en los estantes, cuadros en las paredes, ropa en los closets y botellas de whisky, de buen whisky escocés, en el bar. Todo lo que necesita al llegar es poner un ramo de flores amarillas en un florero. Es una an­tigua superstición. Las flores amarillas traen suerte.

Sí, es supersticioso como los indios goaji­ros que servían en su casa. Cree en objetos, en situaciones o personas susceptibles de aca­rrear mala suerte (la «pava», dicen en Vene­zuela; la «jettatura», en Italia). Pero lo más sorprendente es que no se equivoca. Las gen­tes a quienes les ve un aura de mala suerte, la llevan consigo, en efecto. Gabriel tiene, ade­más, las extrañas aptitudes premonitorias del coronel Aureliano Buendía. Puede presentir que un objeto va a caer al suelo y quebrarse en añicos. Cuando ocurre, cuando el objeto cae y se rompe, palidece desconcertado. No sabe có­mo y por qué le llegan estas premoniciones. «Algo va a ocurrir de un momento a otro», me dijo un primero de enero en Caracas. Nos dis­poníamos a salir a la playa, con toallas y trajes de baño al hombro. Tres minutos después, aquella ciudad fácil y luminosa, sin disturbios desde hacía muchos años, fue estremecida por un bombardeo: aviones rebeldes atacaban el palacio presidencial donde se hallaba el dicta­dor Pérez Jiménez.

Creo que tiene algo de brujo. Muchas deci­siones importantes de su vida corresponden a una especie de intuición que rara vez puede ex­plicar con razones. Seguramente Descartes no habría sido buen amigo suyo (Rabelais, sí, pero no Descartes). El cartesianismo le incomo­da como un chaleco muy ajustado. Aunque tie­ne excelentes amigos franceses, empezando por el presidente Francois Mitterrand, la lógica que todo francés recibe ya con su primer bi­berón acaba por resultarle limitada: la ve como una horma donde no cabe sino una par­te de la realidad.

Aparte de su viejo terror por micrófonos y cámaras, ésta es la razón por la cual no suele dar entrevistas para la televisión francesa. Pre­guntas tales como «¿qué es para usted la lite­ratura?» (o la vida, la muerte, la libertad o el amor), que los periodistas franceses, familiari­zados desde la escuela con conceptos y análisis abstractos, suelen largar con una alevosa tran­quilidad, le ponen los pelos de punta. Internar­se en este tipo de debates resulta para él tan peligroso como caminar por un campo sembra­do de explosivos.

En realidad, su medio de expresión favorito es la anécdota. Por este motivo es novelista y no ensayista. Se trata, quizás, de un rasgo geo­gráfico, cultural: las gentes del Caribe descri­ben la realidad a través de anécdotas. García Márquez no es dado como tantos intelectuales europeos a las formulaciones ideológicas.

La copiosa retórica que los castellanos dejaron sembrada en el altiplano andino le parece hue­ca, caricatural. Siempre he pensado que su amistad con Fidel Castro nace en buena parte de una manera de ver la realidad, una forma de inteligencia y un lenguaje que pertenecen a su zona geográfica común, el Caribe.

Amigo de Castro, pero no de los gobernan­tes rusos ni de los sombríos burócratas que dirigen el mundo comunista; mirado con el rigor de muchos intelectuales europeos, García Márquez no es fácil de entender políticamente. Para él una cosa es Breznev y otra muy distinta Fidel Castro, aunque sea comúnmente aceptado que muchos de los rasgos del régimen cubano se hayan inspirado en el modelo soviético. (Nuestras discusiones sobre el particular hace mucho que llegaron a un punto muerto.) Pero lo cierto es que no hay nada en común entre un comunista ortodoxo y él. Fuera de amigos cercanos, pocos saben el papel importante que él juega políticamente en la zona del Caribe como embajador oficioso y de buena voluntad. Tiene nexos muy cercanos con las tendencias socialdemócratas y liberales de avanzada. En un continente expuesto a la desgarradora alter­nativa entre una derecha reaccionaria, milita­rista, proamericana y una ultraizquierda pro­soviética y con frecuencia dogmática, él apoya otro tipo de opciones democráticas y populares. Esta es quizás una de las razones de su simpa­tía por Mitterrand.

Naturalmente que la derecha latinoamerica­na, casi siempre solidaria de los dictadores militares, le mira con aversión, como a un peli­groso agente castrista. ¿Por qué no reparte su dinero entre los pobres?, preguntan, irritados, enemigos suyos que no establecen mayor dife­rencia entre Marx y san Francisco de Asís. Les irrita que se permita lujos burgueses: el caviar, las ostras, el buen champagne, los hoteles de lujo, la ropa de buen corte, los autos de último modelo. En realidad él gasta su dinero con suma generosidad; un dinero que ha obtenido exclusivamente con su máquina de escribir, sin explotar a nadie.

Muchos se sorprenden al oírle decir que El otoño del patriarca es el más autobiográfico de sus libros. Yo pienso que en un cierto nivel muy recóndito lo es, en efecto. El no ha bus­cado la fama como su dictador buscó el poder. La fama le cayó de improviso, con sus halagos pero también con sus pesados tributos. Nada de lo que hoy haga, diga o escriba puede tener la desprevenida espontaneidad de otros tiem­pos. La fama debe ser administrada de la mis­ma manera que el poder. Es una forma del poder. Exige una actitud alerta y no excesiva­mente confiada. Seguramente hay cosas que hoy sólo puede decirse a sí mismo. Lo que en sus tiempos de juventud y pobreza podía ser diálogo, hoy es monólogo.

El tema de toda su obra no es gratuito. Brota de su propia vida. Al niño perdido en la gran casa de sus abuelos, en Aracataca; al estu­diante pobre que mataba la tristeza de los domingos en un tranvía; al joven escritor que dormía en hoteles de paso, en Barranquilla; al autor mundialmente conocido que es hoy, el fantasma de la soledad lo ha seguido siempre. Está todavía a su lado, inclusive en las noches de La Coupole, célebre como es y rodeado siem­pre de amigos. El ganó las treinta y dos guerras que perdió el coronel Aureliano Buendía. Pero el sino que marcó para siempre a la estirpe de los Buendía es el mismo suyo, sin remedio.

 

Política

 

 

-Si estás de acuerdo, vamos a recordar tu trayectoria política. Tu padre es conservador. Aunque suele decirse que en Colombia se es liberal o conservador según el padre, aparen­temente él no influyó para nada en tu forma­ción política, pues desde muy temprano fuiste de izquierda. ¿Nació esta posición política como una reacción contra tu propia familia?

-Contra mi familia no, pues acuérdate que aunque mi padre es conservador mi abuelo, el coronel, era liberal, y liberal de los que habían luchado a tiros contra los gobiernos conser­vadores. Es posible que mi primera formación política haya comenzado con él, que en vez de contarme cuentos de hadas, me refería las his­torias más terribles de nuestra última guerra civil, guerra que librepensadores y anticlerica­les libraron contra el gobierno conservador. También mi abuelo me hablaba de la matanza de los trabajadores bananeros, que ocurrió en  la misma región y en el mismo año en que yo nací. Como ves, por influencia familiar estuve más cerca de la rebeldía que del orden tradi­cional.

 

-¿Recuerdas cuándo y dónde leíste tus pri­meros textos políticos?

-En el liceo de Zipaquirá donde estudié. Estaba lleno de profesores que habían sido formados en la Escuela Normal por un mar­xista durante el gobierno del presidente Alfon­so López, el viejo, que era de izquierda. En aquel liceo, el profesor de álgebra nos enseñaba en el recreo el materialismo histórico, el de química nos prestaba libros de Lenin y el de historia nos hablaba de la lucha de clases. Cuando salí de aquel calabozo glacial, no sabía ni dónde quedaba el norte, ni dónde quedaba el sur, pero tenía ya dos convicciones profun­das: que las buenas novelas deben ser una transposición poética de la realidad y que el destino inmediato de la humanidad es el socia­lismo.

 

-¿Perteneciste alguna vez al partido comu­nista?

-A los veintidós años formé parte de una célula, por poco tiempo, en la que no recuerdo haber hecho nada de interés. No fui un mili­tante propiamente dicho, sino un simpatizante. Desde entonces he tenido con los comunistas relaciones muy variables y a veces conflictivas, pues cada vez que he asumido una actitud que no les gusta me caen a palos en sus periódicos. Pero ni en las peores circunstancias he hecho yo nunca declaraciones contra ellos.

 

-En 1957 hicimos juntos un viaje por Ale­mania Oriental. Pese a tantas esperanzas en el socialismo, nuestra impresión fue siniestra. ¿Aquel viaje no afectó tus convicciones polí­ticas?

-Acuérdate: mis impresiones de aquel via­je, que fue definitivo en mi formación política, las dejé establecidas para siempre en una serie de artículos publicados entonces en una revis­ta de Bogotá, y recogidos más de veinte años después en un libro pirata. Cuando éste se pu­blicó, supuse que lo habían hecho no tanto por su interés periodístico y político, sino con el ánimo de poner en evidencia las contradiccio­nes supuestas de mi evolución personal.

 

-¿No había tales contradicciones?

-No las había; yo hice legalizar el libro e incorporarlo a mis obras completas que en Colombia se venden en las esquinas en edicio­nes populares. No he cambiado una sola letra. Más aún: creo que los orígenes y la explica­ción de la crisis de Polonia en 1980 están expuestos en esos artículos, que los dogmáti­cos de hace veinticuatro años dijeron que eran pagados por los Estados Unidos. Lo gracioso es que esos dogmáticos están hoy sentados en las poltronas del poder burgués y de las finan­zas, mientras el desarrollo de la historia me va dando a mí la razón.

 

-¿Cuál era tu punto de vista sobre las llamadas democracias populares?

-El pensamiento central de esos artículos es que en las llamadas democracias populares no había un socialismo auténtico, ni lo habría nunca por ese camino, porque el sistema impe­rante no estaba fundado sobre las condiciones propias de cada país. Era un sistema impuesto desde fuera por la Unión Soviética mediante partidos comunistas locales dogmáticos y sin imaginación, a los cuales no se les ocurría nada más que meter a la fuerza el esquema soviético en una realidad donde no cabía.

 

-Pasemos a otra experiencia común: Cuba. Trabajamos en la agencia cubana Prensa La­tina. Renunciaste conmigo cuando el viejo par­tido comunista empezó a tomar el control de muchos organismos de la revolución. ¿Crees que aquella decisión nuestra fue correcta? ¿O consideras que se trató de un simple acci­dente de camino que no supimos ver como tal?

-Creo que nuestra decisión en Prensa Lati­na fue correcta. De habernos quedado allí, con nuestro modo de pensar, habrían terminado por sacarnos por la tangente con algunos de los parches que los dogmáticos de entonces le pegaban a uno en la frente: contrarrevolucio­narios, lacayos del imperialismo, y todo lo demás. Lo que yo hice, como recuerdas, fue  marginarme en silencio, mientras seguía escri­biendo mis libros y tratando de hacer guiones en México, y observando de cerca y con mucha atención las evoluciones del proceso cubano. En mi opinión, después de las grandes tor­mentas iniciales, esa revolución se orientó por un terreno difícil y a veces contradictorio, pero que ofrece muy buenas posibilidades para un orden social más justo y democrático, y pare­cido a nosotros.

 

-¿Estás seguro? Las mismas causas pro­ducen los mismos efectos. Si Cuba toma como modelo el sistema soviético (partido único, centralismo democrático, organismos de segu­ridad que ejercen un férreo control sobre la población, sindicatos manipulados por el poder) es de creer que ese «orden más justo y democrático» sea tan discutible como en la Unión Soviética. ¿No lo temes así?

-El problema del análisis está en los pun­tos de partida: ustedes fundan el suyo en que Cuba es un satélite soviético, y yo creo que no lo es. Hay que tratar a Fidel Castro sólo un minuto para darse cuenta de que no obedece órdenes de nadie. Mi idea es que la revolución cubana está hace más de veinte años en situa­ción de emergencia, y esto es por culpa de la incomprensión y hostilidad de los Estados Uni­dos, que no se resignan a permitir este ejemplo a noventa millas de Florida. No es por culpa de la Unión Soviética, sin cuya asistencia (cua­lesquiera que sean sus motivos y propósitos) no existiría hoy la revolución cubana. Mientras esa hostilidad persista, la situación de Cuba no se podrá juzgar sino como un estado de emer­gencia que la obliga a vivir a la defensiva, y fuera de su ámbito histórico, geográfico y cul­tural. Cuando todo esto se normalice volvere­mos a hablar.

 

-La intervención en Checoslovaquia de los soviéticos, en 1968, fue aprobada por Fidel Cas­tro (con algunas reservas, es cierto). ¿Cuál fue tu posición frente al mismo hecho?

-Fue pública y de protesta, y volvería a ser la misma si las mismas cosas volvieran a ocu­rrir. La única diferencia entre la posición mía y la de Fidel Castro (que no tienen por qué coin­cidir siempre ni en todo) es que él terminó por justificar la intervención soviética, y yo nunca lo haré. Pero el análisis que él hizo en su dis­curso sobre la situación interna de las demo­cracias populares era mucho más crítico y dra­mático que el que yo hice en los artículos de viaje de que hablábamos hace un momento. En todo caso, el destino de América Latina no se jugó ni se jugará en Hungría, en Polonia ni Checoslovaquia, sino que se jugará en América Latina. Lo demás es una obsesión europea, de la cual no están a salvo algunas de tus pre­guntas políticas.

 

-En la década de los setenta, a raíz de la detención del poeta cubano Heberto Padilla y su famosa autocrítica, algunos amigos tuyos tomamos distancia frente al régimen cubano. Tú, no. No firmaste el telegrama de protesta que enviamos, volviste a Cuba, te hiciste amigo de Fidel. ¿Qué razones te llevaron a adoptar una actitud mucho más favorable hacia el régi­men cubano?

-Una información mucho mejor y más di­recta, y una madurez política que me permite una comprensión más serena, más paciente y humana de la realidad.

 

-Muchos escritores como tú en América Latina hablan del socialismo (marxista-leninis­ta) como una alternativa deseable. ¿No crees que sea un poco el «socialismo del abuelo»? Pues ese socialismo no es hoy una abstracción generosa, sino una realidad no muy fascinante. ¿Lo admites? Después de lo ocurrido en Polo­nia, no se puede creer que la clase obrera esté en el poder en esos países. Entre un capi­talismo podrido y un «socialismo» (entre co­millas) también podrido, ¿no ves una tercera alternativa para nuestro continente?

-No creo en una tercera alternativa: creo en muchas, y tal vez en casi tantas como paí­ses hay en nuestras Américas, incluidos los Estados Unidos. Mi convicción es que tenemos que inventar soluciones nuestras, en las cuales se aprovechen hasta donde sea posible las que otros continentes han logrado a través de una historia larga y accidentada, pero sin tratar de  copiarlas de un modo mecánico, que es lo que hemos hecho hasta ahora. Al final, sin remedio, ésa será una forma propia de socialismo.

 

-A propósito de otras opciones: ¿qué papel puede jugar el gobierno de Mitterrand en América Latina?

-En un almuerzo reciente, el presidente Mitterrand nos preguntó en México a un grupo de escritores: «¿Qué es lo que ustedes espe­ran de Francia?» La discusión de la respuesta derivó hacia cuál era el enemigo principal de quién. Los europeos que estaban en la mesa, convencidos de que estábamos al borde de una nueva repartición del mundo como la que se hizo en Yalta, dijeron que su enemigo princi­pal era la Unión Soviética. Los Latinoamerica­nos dijimos que para nosotros el enemigo prin­cipal eran los Estados Unidos. Yo terminé de contestar la pregunta del presidente (que es la misma que tú me haces ahora) en esta forma: «Ya que todos tenemos nuestro ene­migo principal, ahora lo que nos hace falta en América Latina es un amigo principal, que bien puede serlo la Francia socialista.»

 

-¿Tú crees que la democracia tal como existe en los países capitalistas desarrollados es posible en el Tercer Mundo?

-La democracia de los países desarrolla­dos es un producto de su propio desarrollo, y no lo contrario. Tratar de implantarla cruda en países con otras culturas (como los de  América Latina) es tan mecánico e irreal como tratar de implantar el sistema soviético.

 

-¿Crees entonces que la democracia es una especie de lujo de los países ricos? Acuér­date que ella comporta la preservación de los Derechos Humanos, por los cuales tú has lu­chado...

-No hablo de los principios, sino de las formas de democracia.

 

-A propósito, ¿cuál es el saldo de tu ya larga lucha en favor de los Derechos Humanos?

-Es un saldo difícil de medir, porque los resultados de un trabajo como el mío en el campo de los Derechos Humanos no son pre­cisos e inmediatos, sino que ocurren a veces cuando menos se espera, y por una conjun­ción de factores, entre los cuales la gestión de uno es casi imposible de valorar. Para un escri­tor famoso y acostumbrado a ganar siempre, como yo, este trabajo es una escuela de hu­mildad.

 

-¿Cuál ha sido de todas las gestiones em­prendidas la que más satisfacción te causó?

-La gestión que me causó una satisfacción más inmediata y emocionante, y además justa, fue antes de la victoria sandinista, cuando To­más Borge, que hoy es ministro del Interior de Nicaragua, me pidió pensar en algún argu­mento original para que su esposa y su hija de siete años pudieran salir de la embajada de Colombia en Managua, donde se habían asi­lado. El dictador Somoza les negaba el salvo­conducto porque eran nada menos que la fa­milia del último fundador sobreviviente del Frente Sandinista. Tomás Borge y yo exami­namos la situación durante varias horas, hasta que encontramos un punto útil: la niña había tenido alguna vez un problema de insuficiencia renal. Consultamos con un médico lo que eso podía significar en las circunstancias en que la niña se encontraba, y su respuesta nos dio el argumento que buscábamos. Menos de cua­renta y ocho horas después, la madre y la niña estaban en México, gracias a un salvoconduc­to que les habían dado por motivos humanita­rios y no políticos.

El más descorazonador de los casos, en cambio, fue mi contribución para liberar a dos banqueros ingleses que fueron secuestra­dos por los guerrilleros de El Salvador en 1979. Se llamaban Ian Massie y Michael Chaterton. Los dos hombres iban a ser ejecutados cua­renta y ocho horas más tarde, por falta de un acuerdo entre las partes, cuando el general Omar Torrijos me llamó por teléfono, a solici­tud de las familias de los secuestrados, para pedirme que hiciera algo para salvarlos. Trans­mití el mensaje a los guerrilleros a través de numerosos intermediarios, y llegó a tiempo. Yo me comprometía a lograr que las negocia­ciones del rescate se reanudaran de inmediato, y ellos aceptaron. Le pedí entonces a Graham Greene, quien vivía en Antibes, que hiciera el contacto con la parte inglesa.

La negociación entre los guerrilleros y el banco duró cuatro meses, y ni Graham Greene ni yo tuvimos nin­guna participación en ella, pues así lo había­mos establecido. Pero cada vez que había un tropiezo, alguna de las dos partes se ponía en contacto conmigo para que se reanudaran las conversaciones. Los banqueros fueron libera­dos, pero ni Graham Greene ni yo recibimos nunca ninguna señal de gratitud. Esto no me importaba, por supuesto, pero me sorprendió. Al cabo de muchas reflexiones, sólo se me ha ocurrido una explicación: Graham Greene y yo habíamos hecho las cosas tan bien, que los ingleses debieron pensar que éramos cómplices de los guerrilleros.

 

-Muchos te consideran una especie de em­bajador volante en el área del Caribe. Un emba­jador de buena voluntad, desde luego. Amigo personal de Castro, pero también de Torri­jos, de Carlos Andrés Pérez de Venezuela; de Alfonso López Michelsen de Colombia, de los sandinistas... Eres un interlocutor privilegia­do. ¿Qué te motiva para cumplir este papel?

-Los tres personajes que has citado coin­cidieron en el poder en un momento crucial del Caribe, y fue una coincidencia afortunada. Fue una lástima que no hubieran podido tra­bajar más tiempo en la forma coordinada en que lo hicieron. En cierto momento, ellos tres,  junto con Fidel Castro en Cuba, y un presi­dente como Jimmy Carter en los Estados Unidos, hubieran podido sin ninguna duda encaminar esa área conflictiva por un buen camino. La comunicación que existió entre ellos fue constante, fue muy positiva, y no sólo fui testigo de ella, sino que presté mi colabo­ración hasta donde me fue posible. Creo que Centroamérica y el Caribe, que para mí son una misma cosa y no entiendo bien por qué tienen dos nombres distintos, están en un momento histórico y en un grado de madurez que le permitirían salir de su empantanamien­to tradicional, pero creo también que los Esta­dos Unidos no lo permiten, porque eso impli­caría una renuncia a privilegios muy antiguos y desmesurados. Carter, con todas sus limita­ciones, fue el mejor interlocutor que tuvo el Caribe en los últimos años, y la coincidencia de Torrijos, Carlos Andrés Pérez y López Mi­chelsen fue muy importante para el diálogo. Mi convicción de que esto era así fue lo que me impulsó a jugar un papel, tal vez muy modesto, pero muy interesante para mí, en aquel momento histórico. Y que fue, simple­mente, el de un intermediario oficioso en un proceso que habría llegado muy lejos, de no haber sido por la catastrófica elección de un presidente norteamericano que representaba precisamente los intereses contrarios. Torrijos decía que mi trabajo era de «diplomacia secre­ta», y dijo muchas veces, en público, que yo tenía la costumbre de transmitir de tal modo los mensajes negativos, que los hacía parecer positivos. Nunca supe si era un reproche o un elogio.

 

-¿Qué tipo de gobierno desearías para tu país?

-Cualquier gobierno que haga felices a los pobres. ¡Imagínate!

 

-Alguna vez tuviste la suerte de encontrar a la mujer más bella del mundo (¿en un cóc­tel?). Entre la mujer más bella del mundo y tú hubo, al parecer, una especie de coup de fou­dre. Ella te dio cita en la puerta de un banco, al día siguiente. Fuiste a la cita. Y cuando todas las circunstancias eran propicias para que entre la mujer más bella del mundo y tú ocurriera algo, huiste. Como un conejo. Tra­tándose de la mujer más bella del mundo (pensaste), aquélla no podría ser una histo­ria banal, y para ti (lo sabemos de sobra tus amigos) Mercedes, tu matrimonio con Merce­des, es más importante que cualquier cosa. ¿Debemos entender que la felicidad conyugal tiene como precio esta clase de sacrificios heroicos?

 

-Tu único error en la evocación de esta vieja historia es que su desenlace no tuvo nada que ver con la felicidad conyugal. La mujer más bella del mundo no tenía que ser, necesa­riamente, la más apetecible, en el sentido en que yo entiendo este tipo de relaciones. Mi impresión, al cabo de una breve conversación, fue que su carácter podía causarme ciertos conflictos emocionales que tal vez no estarían compensados por su belleza. Siempre he creído que no hay nada comparable a la lealtad de una mujer a condición de que se establezcan las reglas del juego desde el principio, y que uno las cumpla sin engaños de ninguna clase. Lo único que esa lealtad no puede soportar es la mínima violación de las reglas establecidas. Tal vez me pareció que la mujer más bella del mundo no conocía ese ajedrez universal, y que­ría jugar con fichas de otro color. Tal vez, en última instancia, no tenía mejores virtudes que su belleza, y ésta no era bastante como para establecer una relación que fuera buena para ambos. Así las cosas, el sacrificio lo fue, pero no demasiado heroico. Toda la historia, que no duró más de media hora, dejó sin embargo algo importante: un cuento de Carlos Fuentes.

 

-¿Hasta qué punto han sido importantes las mujeres en tu vida?

-No podría entender mi vida, tal como es, sin la importancia que han tenido en ella las mujeres. Fui criado por una abuela y numerosas tías que se intercambiaban en sus atenciones para conmigo, y por mujeres del servicio que me daban instantes de gran felicidad durante mi infancia porque tenían, si no menos prejui­cios, al menos prejuicios distintos a los de las mujeres de la familia. La que me enseñó a leer era una maestra muy bella, muy graciosa, muy inteligente, que me inculcó el gusto de ir a la escuela sólo por verla. En todo momento de mi vida hay una mujer que me lleva de la mano en las tinieblas de una realidad que las mujeres conocen mejor que los hombres, y en las cuales se orientan mejor con menos luces. Esto ha terminado por convertirse en un sen­timiento que es casi una superstición: siento que nada malo me puede suceder cuando estoy entre mujeres. Me producen un sentimiento de seguridad sin el cual no hubiera podido hacer ninguna de las cosas buenas que he hecho en la vida. Sobre todo, creo que no hubiera po­dido escribir. Esto también quiere decir, por supuesto, que me entiendo mejor con ellas que con los hombres.

 

-En Cien años de soledad las mujeres ponen el orden allí donde los hombres intro­ducen el caos. ¿Es tu visión del papel histó­rico de los dos sexos?

-Hasta Cien años de soledad, ese reparto de destinos entre el hombre y la mujer fue espontáneo e inconsciente en mis libros. Fueron los críticos, y en especial Ernesto Volkening, quienes me hicieron caer en la cuenta, y esto no me gustó nada, porque a partir de entonces ya no construyo los personajes femeninos con la misma inocencia que antes. En todo caso, analizando mis propios libros con esa óptica, he descubierto que, en efecto, parece corres­ponder a la visión histórica que tengo de los dos sexos: las mujeres sostienen el orden de la especie con puño de hierro, mientras los hombres andan por el mundo empeñados en todas las locuras infinitas que empujan la his­toria. Esto me ha hecho pensar que las muje­res carecen de sentido histórico: en efecto, de no ser así, no podrían cumplir su función primordial de perpetuar la especie.

 

-¿Dónde se formó en ti esa visión del papel histórico de las mujeres y de los hom­bres?

-Tal vez en casa de mis abuelos, mientras escuchaba los cuentos sobre las guerras civi­les. Siempre he pensado que ellas no hubieran sido posibles si las mujeres no dispusieran de esa fuerza casi geológica que les permite echar­se el mundo encima sin temerle a nada. En efecto, mi abuelo me contaba que los hombres se iban a la guerra con una escopeta, sin saber ni siquiera para dónde iban, sin la menor idea de cuándo volverían, y por supuesto, sin preo­cuparse qué iba a suceder en casa. No impor­taba: las mujeres se quedaban a cargo de la especie, haciendo los hombres que iban a reem­plazar a los que cayeran en la guerra, y sin más recursos que su propia fortaleza e imagi­nación. Eran como las madres griegas que des­pedían a sus hombres cuando iban a la guerra: «Regresa con el escudo o sobre el escudo.» Es decir, vivo o muerto, pero nunca derrotado. Muchas veces he pensado si este modo de ser de las mujeres, que en el Caribe es tan evi­dente, no será la causa de nuestro machismo. Es decir: si en general el machismo no será producto de las sociedades matriarcales.

 

-Me parece que giras siempre en torno al mismo tipo de mujer, muy bien representado en Cien años de soledad por Ursula Iguarán: la mujer madre, destinada a preservar la especie. Pero existen también en este mundo (tienes que habértelas encontrado en la vida) las mu­jeres inestables, las mujeres castradoras o las simplemente «alumbradoras». ¿Qué haces con ellas?

-Estas, por lo general, lo que andan bus­cando es un papá. De modo que a medida que uno envejece está más propenso a encontrar­las. Un poco de buena compañía, un poco de comprensión, inclusive un poco de amor es todo cuanto necesitan, y suelen agradecerlo. Un poco de todo nada más, por supuesto, por­que su soledad es insaciable.

 

-¿Recuerdas la primera vez que fuiste per­turbado por una mujer?

-La primera que me fascinó, como ya te dije, fue la maestra que me enseñó a leer a los cinco años. Pero aquello era distinto. La pri­mera que me inquietó fue una muchacha que trabajaba en la casa. Una noche había música en la casa de al lado, y ella, con la mayor ino­cencia, me sacó a bailar en el patio. El con­tacto de su cuerpo con el mío, cuando yo tenía unos seis años, fue un cataclismo emocional del cual todavía no me he repuesto, porque nunca más lo volví a sentir con tanta intensi­dad, y sobre todo, con semejante sensación de desorden.

 

-¿Y la última que te ha inquietado?

-Puedo decirte que fue una que vi anoche en un restaurante de París, y no te diría men­tira. Me ocurre a cada instante, de modo que no llevo la cuenta. Tengo un instinto muy es­pecial: cuando entro en un sitio lleno de gente, siento una especie de señal misteriosa que me dirige la vista, sin remedio, al lugar donde está la mujer que más me inquieta entre la muchedumbre. No suele ser la más bella, sino una con la cual, sin duda, tengo afinidades profundas. Nunca hago nada: me basta con saber que ella está ahí, y eso me alegra bas­tante. Es algo tan puro y tan hermoso, que a veces la propia Mercedes me ayuda a loca­lizarla y a escoger el puesto que más me con­viene.

 

-Aseguras que no tienes un pelo de ma­chista. ¿Podrías dar un ejemplo para probarle a cualquier feminista desconfiada que no lo eres?

-La concepción que tienen del machismo las llamadas feministas no es la misma en todas ellas, ni siempre coincide con mi propia concepción. Hay feministas, por ejemplo, que lo que quieren es ser hombres, lo cual las define de una vez como machistas frustradas. Otras reafirman su condición de mujer con una conducta que es más machista que la de cualquier hombre. De modo que es muy difí­cil demostrar nada en este terreno, al menos en términos teóricos. Se demuestra con la práctica: Crónica de una muerte anunciada, para no citar sino uno de mis libros, es sin duda una radiografía y al mismo tiempo una condena de la esencia machista de nuestra so­ciedad. Que es, desde luego, una sociedad ma­triarcal.

 

¿Cómo definirías, pues, el machismo?

-Yo diría que el machismo, tanto en los hombres como en las mujeres, no es más que la usurpación del derecho ajeno. Así de simple.

 

-El patriarca es un hombre sexualmente primitivo. Se lo recuerda su doble, en el mo­mento de morir envenenado. ¿Crees que esta circunstancia influyó en su carácter o en su destino?

 

-Creo que fue Kissinger quien dijo que el poder es afrodisíaco. La historia demuestra, en todo caso, que los poderosos viven. como atribulados por una especie de frenesí sexual. Yo diría que mi idea en El otoño del patriarca es más compleja: el poder es un sustituto del amor.     

-Justamente: en tus libros, quien busca y consigue el poder parece incapaz de amar. Pienso no sólo en el patriarca, sino en el coro­nel Aureliano Buendía. ¿Esa incapacidad es causa o consecuencia de su gusto por el poder?

-Dentro de mi idea, pienso que la incapa­cidad para el amor es lo que los impulsa a buscar el consuelo del poder. Pero nunca estoy muy seguro de esas especulaciones teóricas, que en mi caso son siempre a posteriori. Pre­fiero dejárselas a otros que las hacen mejor y se divierten más con ellas.

 

-El teniente de La mala hora parece tener problemas sexuales. ¿Es un impotente o qui­zás un homosexual?

-Nunca creí que el teniente de La mala hora fuera homosexual, pero debo admitir que su comportamiento puede suscitar la sospe­cha. De hecho, en alguna versión de borrador era algo que se rumoreaba en el pueblo, pero lo eliminé porque me pareció demasiado fácil. Preferí que lo decidieran los lectores. De lo que no cabe duda es de su incapacidad para el amor, aunque yo no lo pensaba de modo cons­ciente cuando estructuré el personaje, y sólo lo supe después, cuando trabajaba sobre el carácter del coronel Aureliano Buendía. En todo caso, la coherencia que hay entre estos dos personajes y el patriarca no va por la línea de su comportamiento sexual, sino por la línea del poder. El teniente de La mala hora fue mi primera tentativa concreta de explorar el misterio del poder (a un nivel tan mo­desto como el de un alcalde de pueblo) y el más complejo fue el del patriarca. La cohe­rencia es demostrable: el coronel Aureliano Buendía pudo haber sido muy bien, en un nivel, el teniente de La mala hora, y en otro nivel, el patriarca. Quiero decir que en am­bos casos su comportamiento hubiera sido el mismo.

 

-¿Realmente te parece muy grave la inca­pacidad para el amor?

-Creo que no hay mayor desgracia huma­na. No sólo para el que la padece sino para quienes tengan el infortunio de pasar por den­tro de su órbita.

 

-¿La libertad sexual tiene para ti algún límite? ¿Cuál sería?

-Todos somos rehenes de nuestros prejui­cios. En teoría, como hombre de mentalidad liberal, creo que la libertad sexual no debe tener ningún límite. En la práctica, no puedo escapar a los prejuicios de mi formación cató­lica y de mi sociedad burguesa, y estoy a mer­ced, como todos nosotros, de una doble moral.

 

-Has sido padre de varones. ¿Te has pre­guntado alguna vez cómo habrías sido tú como padre de hijas? ¿Estricto? ¿Tolerante? ¿Celo­so, quizás?

-Yo soy padre sólo de varones y tú eres padre sólo de mujeres. Sólo puedo decirte que uno es tan celoso con sus hijos como lo son ustedes con sus hijas.

 

-Alguna vez dijiste que todos los hombres son impotentes, pero que se encuentra siem­pre una mujer que les resuelve el problema. ¿Hasta ese punto juzgas que son fuertes nues­tras inhibiciones masculinas?

-Creo que fue un francés quien lo dijo: «No hay hombres impotentes, sino mujeres que no saben.» En efecto, a pesar de que muy pocos lo reconocen, todo hombre normal llega muerto de miedo a una experiencia sexual nueva. La explicación de ese miedo, creo yo, es cultural: tiene miedo de quedar mal con la mujer, y en realidad queda mal, porque el mie­do le impide quedar tan bien como se lo im­pone su machismo. En ese sentido, todos somos impotentes, y sólo la comprensión y la ayuda de la mujer nos permite salir adelante con cierto decoro. No está mal: eso le da un encanto adicional al amor, en el sentido de que cada vez es como si fuera la primera, y cada pareja tiene que empezar a aprender otra vez desde el principio como si fuera la primera tentativa de cada uno. La carencia de esta emo­ción y este misterio es lo que hace inaceptable y tan aburrida la pornografía.

 

-Cuando eras muy joven y muy pobre, y enteramente desconocido, sufriste a veces por falta de mujeres. Hoy, con la fama, te sobran oportunidades con ellas. Pero la necesidad de mantener tu vida privada en orden hacen de ti esa vaina tan rara que es un hombre difícil. ¿No resientes esto, en el fondo, como una in­justicia del destino?

-Lo que me impide ser, como se dice, un tumbalocas público, no es la necesidad de preservar mi vida privada, sino el hecho de que no entiendo el amor como un asalto momentá­neo y sin consecuencias. Para mí es una rela­ción recíproca, larga y a fuego lento, y es eso lo que me resulta casi imposible de multipli­car en mis circunstancias actuales. No me re­fiero, por supuesto, a las tentaciones pasajeras, frutos de la vanidad, la curiosidad y hasta el aburrimiento, que no dejan rastros ni siquiera de la cintura para abajo. De todos modos, estoy seguro desde hace mucho tiempo de que ya no hay ninguna fuerza telúrica capaz de trastornar eso que tú llamas el orden de mi vida privada, y que todos entendemos, sin muchas explicaciones, lo que quiere decir.

 

 

Supersticiones, manías, gustos

 

 

-Lo dijiste alguna vez:. «El que no tenga Dios, que tenga supersticiones.» Es un tema serio para ti.

-Muy serio.

 

-¿Por qué?

-Creo que las supersticiones, o lo que llaman supersticiones, pueden corresponder a facultades naturales que un pensamiento ra­cionalista, como el que domina en occidente, ha resuelto repudiar.

 

-Empecemos por las más corrientes : el número 13. ¿Crees realmente que trae mala suerte?

-Pues yo pienso todo lo contrario. Quie­nes lo saben hacen creer que tiene efectos ma­léficos, (y los norteamericanos se lo han creído: sus hoteles pasan del piso 12 al piso 14), sólo para que los demás no lo usen y ser los únicos beneficiarios del secreto: es un número de buen agüero. Lo mismo sucede con los gatos negros y con el hecho de pasar por debajo de una escalera.

 

-Siempre hay flores amarillas en tu casa. ¿Qué significado tienen?

-Mientras haya flores amarillas nada malo puede ocurrirme. Para estar seguro necesito tener flores amarillas (de preferencia rosas amarillas) o estar rodeado de mujeres.

 

-Mercedes pone siempre en tu escritorio una rosa.

-Siempre. Me ha ocurrido muchas veces estar trabajando sin resultado; nada sale, rom­po una hoja de papel tras otra. Entonces vuel­vo a mirar hacia el florero y descubro la cau­sa: la rosa no está. Pego un grito, me traen la flor y todo empieza a salir bien.

 

-¿Es para ti el amarillo un color de suerte?

-El amarillo sí, pero no el oro, ni el color oro. Para mí el oro. está identificado con la mierda. Es en mi caso un rechazo a la mierda, según me dijo un psicoanalista. Desde niño.

 

-En Cien años de soledad un personaje compara el oro con la caca de perro.

-Sí, cuando José Arcadio Buendía descu­bre la fórmula para transmutar los metales en oro y muestra a su hijo el resultado de su experimento, éste dice: «Parece mierda de perro.»

 

-De modo que nunca llevas oro encima.

-Jamás. Ni pulsera, ni cadena, ni reloj, ni anillo de oro. Tampoco verás en mi casa un objeto que tenga oro.

 

-Tú y yo aprendimos en Venezuela una cosa que nos ha servido de mucho en la vida: la relación que existe entre el mal gusto y la mala suerte. La «pava», como llaman los vene­zolanos a este efecto maléfico que pueden tener objetos, actitudes o personas de gusto rebus­cado.

-Es una extraordinaria defensa que levan­tó el buen sentido popular en Venezuela contra la explosión de mal gusto de los nuevos ricos.

 

-Has hecho, creo, una lista completa de objetos y cosas que tienen «pava». ¿Recuerdas ahora algunas?

-Bueno, están las obvias, las elementales. Los caracoles detrás de la puerta...

 

-Los acuarios dentro de las casas...

-Las flores de plástico, los pavos reales, los mantones de Manila... La lista es muy grande.

 

-Mencionaste alguna vez a esos mucha­chos que en España entran a cantar en un res­taurante con largas capas negras.

-Las estudiantinas. Pocas cosas hay tan pavosas como ésa.

 

-¿Y los vestidos de ceremonia?

-También, pero gradualmente. El frac tie­ne más «pava» que el smoking, pero menos que el «saco-levita». El smoking tropical es el único traje de este género que se salva.

 

-¿Nunca te has puesto un frac?

-Nunca.

 

-¿Nunca te lo pondrías? Si llegas a ganar el premio Nobel tendrías que ponértelo.

-Ya me ha ocurrido en otras ocasiones poner como condición para asistir a un even­to o ceremonia no tener que vestir el frac. Qué le vamos a hacer: es «pavoso».

 

-Habíamos encontrado otras formas más sutiles de la «pava». Decidiste una vez, por ejemplo, que fumar desnudo no tenía efectos maléficos pero que fumar desnudo y paseán­dose sí.

-Y andar desnudo y con zapatos. -Claro.

-O hacer el amor con los calcetines pues­tos. Es fatal. No puede resultar bien.

 

-¿Qué otras cosas?

-Los inválidos que sacan partido de sus defectos para tocar un instrumento musical. Por ejemplo, los mancos que tocan batería con los pies o una flauta con la oreja. O los músi­cos ciegos.

 

-Supongo que habrá palabras con efectos maléficos. Quiero decir, palabras que no usas nunca escribiendo.

-En general, las palabras tomadas del len­guaje de los sociólogos: nivel, parámetro, con­texto. Simbiosis es una palabra con «pava».

 

-Enfoque, también.

-Enfoque, claro. ¿Y qué tal el «minusvá­lida»? Nunca uso el «y/o» o el «por» o «con­tra de».      

 

-¿Y personas con el mismo efecto?

-Existen, pero es mejor no hablar de ellas.

 

-Pienso lo mismo. Hay un escritor que lleva la «pava» adonde llega. Yo no lo men­ciono, porque si lo hago este libro se nos va al carajo. ¿Qué haces cuando encuentras a una persona así?

-La evito. Sobre todo no duermo en el mismo lugar que ella. Hace algunos años, re­cuerdo, alquilamos con Mercedes un aparta­mento en un pueblo de la Costa Brava. Descu­brimos de pronto que una vecina, una señora que avino a saludarnos, tenía «pava». Yo me negué a dormir en aquel sitio. De día estaba allí, pero no de noche. De noche me iba a dor­mir al apartamento de un amigo. Mercedes llegó a molestarse por eso, pero yo no podía hacer otra cosa.

 

-¿Hay lugares que te producen el mismo efecto?

-Sí, pero no porque traigan en sí mala suerte, sino porque en ellos he tenido en un momento dado una mala premonición. Me ocu­rrió con Cadaqués. Yo sé que si vuelvo allí me muero.

 

-Ibas allí todos los veranos, ¿qué ocurrió?

-Estábamos alojados en un hotel, cuando empezó a soplar la tramontana, ese viento terrible que destroza los nervios. Duramos Mer­cedes y yo tres días encerrados en el cuarto sin poder salir. Tuve entonces, sin ninguna duda, la impresión de estar afrontando un riesgo mortal. Supe que si salía vivo de Cada­qués, no podría volver nunca. Cuando cesó el viento, nos fuimos inmediatamente por aquella carretera que tú conoces, estrecha y llena de curvas. Sólo pude respirar tranquilo al llegar a Gerona. Me había salvado por milagro, pero no me salvaría la próxima vez, si regresaba.

 

-Tus famosas premoniciones. ¿Cómo las explicas?

-Creo que obedecen a informaciones o pis­tas recogidas por el subconsciente.

 

-Recuerdo aquel primero de enero de 1958, en Caracas, cuando tuviste la impresión de que algo grave iba a ocurrir de un momento a otro. Y ocurrió, en efecto: un bombardeo al palacio presidencial, casi en nuestras narices, que nadie podía prever. Todavía me pregunto cómo y por qué tuviste aquella premonición.

-Seguramente al despertarme en la pen­sión donde estaba alojado oí volar un avión de guerra. Debió quedarme en el subconsciente la impresión de que algo especial estaba ocurriendo, pues yo venía de Europa donde los aviones militares sólo vuelan sobre las ciuda­des en tiempos de guerra.

 

-¿Esas premoniciones se manifiestan de un modo muy nítido?

-No, confusamente, como un temor relacionado, sí, con una cosa concreta. Fíjate, el otro día, estando en Barcelona, al anudarme un zapato tuve de pronto la corazonada de que algo acababa de ocurrir en mi casa de México. No necesariamente algo malo. Algo. Pero me asusté porque aquel día mi hijo Rodrigo salía en automóvil hacia Acapulco. Pedí a Mercedes que llamara a casa. Había ocurrido algo, en efecto, en el momento en que me anudaba el zapato: la muchacha que trabajaba con noso­tros había dado a luz. Un niño. Respiré ali­viado, porque la premonición no tenía nada que ver con Rodrigo.

 

-Creo que tus premoniciones e intuiciones te han servido de mucho. Muchas decisiones importantes de tu vida se basan en ellas.

-No sólo las más importantes. Todas.

 

-¿Todas, realmente?

-Todas y todos los días. Cada vez que de­cido algo lo hago de una manera intuitiva.

 

-Hablemos de tus manías. ¿Cuál es la más grande de todas?

-La más antigua y permanente de todas es la puntualidad. La tengo desde niño.

 

-Contabas antes que cuando cometes un error con la máquina de escribir repites la hoja. ¿Manía o superstición?

-Manía. Un error de máquina o una ta­chadura es para mí ya un error de estilo. (Pue­de ser también simple miedo de escribir.)

 

-¿Tienes manías con la ropa? Quiero decir, ¿hay prendas que no te pones porque te traen mala suerte?

-Muy rara vez. En realidad, si tiene algo de «pava» lo sé antes de comprarla. Una vez, sin embargo, dejé de ponerme una chaqueta por culpa de Mercedes. Volviendo de la escue­la con los niños, creyó verme en una ventana de la casa con aquella chaqueta, que era de cuadros. Yo estaba, en realidad, en otra parte. Cuando me contó aquel cuento, jamás volví a ponerme la chaqueta. Y me encantaba, por cierto.

 

-Hablemos de tus gustos, a la manera de las revistas femeninas. Es divertido preguntar­te las cosas que entre nosotros les preguntan a las reinas de belleza. ¿Tu libro preferido?

-Edipo rey.

 

-¿Tu músico favorito?

-Bela Bartok.

 

-¿Y el pintor?

-Goya.

 

-¿Los directores de cine que más admiras?

-Orson Welles, sobre todo por Una histo­ria inmortal, y Kurosawa por Barba Roja.

 

-¿La película que más te ha gustado en toda tu vida?

-El general de la Royere, de Rosellini.

 

-Y después, ¿cuál otra?

-Jules et Jim, de Truffaut.

 

-¿El personaje cinematográfico que te hu­biese gustado crear a ti?

-El general de la Royere.

 

-¿El personaje histórico que más te inte­resa?

-Julio César, pero desde un punto de vista literario.

 

-¿El que más detestas?

-Cristóbal Colón. Además, tenía la «pava». Lo dice un personaje en El otoño del pa­triarca.

 

-¿Tus héroes de novela favoritos?

-Gargantúa, Edmundo Dantés y el conde Drácula.

 

-¿El día que detestas?

-El domingo.

 

-El color es conocido: el amarillo. Pero ¿qué clase de amarillo, exactamente?

-Lo precisé una vez : el amarillo del mar Caribe a las tres de la tarde, visto desde Ja­maica.

 

-¿Y tu pájaro favorito?

-También lo dije. Es el canard á l’orange.

 

 

Celebridad y celebridades

 

 

-Hablemos de un tema incómodo, la cele­bridad. ¿Las amistades, muy numerosas, que has adquirido después de ser famoso, tienen el mismo grado de profundidad que las otras? ¿Sabes descubrir cuándo son auténticas o cuándo responden apenas a la atracción que suscita la celebridad?

-Durante varios años tuve divididos a mis amigos entre los anteriores y los posteriores a Cien años de soledad. Quería decir con esto que los primeros me parecían más seguros, porque nos hicimos amigos por muchos moti­vos diversos, pero ninguno por mi celebridad. Con el tiempo me he dado cuenta de mi error: los motivos de la amistad son múltiples e in­sondables, y uno de ellos, tan legítimo como cualquier otro, es la atracción que suscita la celebridad. Esto funciona en dos sentidos, por supuesto: también yo he conocido ahora a muchas personas célebres que no hubiera podido conocer antes, las he conocido por su celebridad, y sólo por su celebridad, y luego me he hecho amigo de ellas porque he descu­bierto afinidades que no tienen nada que ver con la celebridad de ellas ni con la mía. Diga­mos que la celebridad es positiva en este sen­tido, porque ofrece oportunidades muy ricas para entablar amistades que de otro modo no hubieran sido posibles. Con todo, y a pesar del cariño que les tengo a mis amigos más recientes, mis amigos anteriores a Cien años de soledad siguen siendo para mí un grupo aparte, una especie de logia secreta, fortalecida por un elemento unificador casi indestructi­ble, que son las nostalgias comunes.

 

-¿No crees que la celebridad ha modifica­do un tanto tu relación con ellos? Un ejem­plo: ya no escribes cartas como antes lo hacías.

-Es cierto: no me confío con nadie con la misma inocencia que antes, no porque no sea capaz en medio de la incertidumbre de la fama, sino porque la vida termina por volverlo a uno cada vez menos inocente. Es cierto que no volví a escribir cartas desde hace unos doce años, pero no sólo a mis amigos sino a nadie, desde que me enteré por casualidad de que alguien había vendido unas cartas personales mías para los archivos de una universidad de los Estados Unidos. El descubrimiento de que mis cartas eran también una mercancía me  causó una depresión terrible, y nunca volví a escribirlas.

 

-Ahora llamas a tus amigos por teléfono...

-O le doy la vuelta al mundo para estar con ellos, y a un costo demente, lo cual es una demostración más del inmenso aprecio que les tengo.

 

-Entre tus amigos recientes hay jefes de Estado. Algunos de ellos, lo sé, te oyen o te consultan. ¿No habrá dentro de ti una voca­ción de político? O quizás se trata de una se­creta fascinación por el poder...

-No, lo que ocurre es que tengo una incon­tenible pasión por la vida, y un aspecto de ella es la política. Pero no es el aspecto que más me gusta, y me pregunto si me ocuparía de él de haber nacido en un continente con menos problemas políticos que América Latina. Es decir: me considero un político de emergencia.

 

-Todos los escritores latinoamericanos de tu generación se ocupan de la política. Pero tú en mayor grado. Mencionaba tu amistad con algunos jefes de Estado, por ejemplo.

-Mi relación personal con ellos es una con­secuencia más de las oportunidades de rela­ción casi infinitas que ofrece la celebridad (tanto la de ellos como la mía). Pero la amis­tad con algunos de ellos es el resultado de afi­nidades de tipo personal, que no tienen nada que ver con el poder y con la fama.

 

-¿No reconoces tener una secreta fascina­ción por el poder?

-Sí, siento una gran fascinación por el poder, y no es una fascinación secreta. Al con­trario: creo que es evidente en muchos de mis personajes, hasta en Ursula Iguarán, que es tal vez donde menos la han notado los críticos, y es por supuesto la razón de ser de El otoño del patriarca. El poder es sin duda la expre­sión más alta de la ambición y la voluntad humana, y no me explico cómo hay escritores que no se dejan inquietar por algo que afecta y a veces determina la realidad en que viven.

 

-Y tú, personalmente, ¿no has tenido ten­tación por el poder?

-Nunca. Existen muchas pruebas en mi vida de que siempre he esquivado de un modo sistemático toda posibilidad de poder, a cual­quier nivel, porque no tengo la vocación, ni la formación, ni la decisión. Tres elementos que son esenciales en cualquier oficio, y que yo creo tener muy bien definidos como escritor. Equivocarse de destino es también un grave error político.

 

-Fidel Castro es muy amigo tuyo. ¿Cómo explicas esa amistad con él? ¿Qué juegan más en ella, las afinidades políticas o el hecho de ser él, como tú, un hombre del Caribe?

-Fíjate bien, mi amistad con Fidel Castro, que yo considero muy personal y sostenida por un gran afecto, empezó por la literatura. Yo lo

había tratado de un modo casual cuando tra­bajábamos en Prensa Latina, en 1960, y no sen­tí que tuviéramos mucho de qué hablar. Más tarde, cuando yo era un escritor famoso y él era el político más conocido del mundo, nos vimos varias veces con mucho respeto y mu­cha simpatía, pero no tuve la impresión de que aquella relación pudiera ir más allá de nues­tras afinidades políticas. Sin embargo, una madrugada, hace unos seis años, me dijo que tenía que irse a su casa porque lo esperaban muchos documentos por leer. Aquel deber ineludible, me dijo, le aburría y le fatigaba. Yo le sugerí que leyera algunos libros que unían a su valor literario una amenidad buena para aliviar el cansancio de la lectura obligatoria. Le cité muchos, y descubrí con sorpresa que los había leído todos, y con muy buen criterio. Esa noche descubrí lo que muy pocos saben: Fidel Castro es un lector voraz, amante y co­nocedor muy serio de la buena literatura de todos los tiempos, y aun en las circunstancias más difíciles tiene un libro interesante a mano para llenar cualquier vacío. Yo le he dejado un libro al despedirnos a las cuatro de la ma­drugada, después de una noche entera de con­versación, y a las doce del día he vuelto a en­contrarlo con el libro ya leído. Además, es un lector tan atento y minucioso, que encuentra contradicciones y datos falsos donde uno nos se lo imagina. Después de leer El relató de un náufrago, fue a mi hotel sólo para de­cirme que había un error en el cálculo de la velocidad del barco, de modo que la hora de llegada no pudo ser la que yo dije. Tenía ra­zón. De modo que antes de publicar Crónica de una muerte anunciada le llevé los originales, y él me señaló un error en las especificaciones del fusil de cacería. Uno siente que le gusta el mundo de la literatura, que se siente muy cómo­do dentro de él, y se complace en cuidar la for­ma literaria de sus discursos escritos, que son cada vez más frecuentes. En cierta ocasión, no sin cierto aire de melancolía, me dijo: «En mi próxima reencarnación yo quiero ser escritor.»

 

-¿Y tu amistad con Mitterrand también tiene como base la literatura.?

-También la amistad con Mitterrand empe­zó por la literatura. Pablo Neruda le habló de mí cuando era embajador de Chile en Francia, de modo que cuando Mitterrand visitó México, hace unos seis años, me invitó a desayunar. Yo había leído sus libros, en los que siempre he admirado una inocultable vocación literaria y un fervor por el lenguaje que sólo es posible en un escritor nato. También él había leído los libros míos. Esa vez, y la noche siguiente du­rante una cena, se habló mucho de literatura, aunque siempre he tenido la impresión de que nuestra formación literaria es distinta y nues­tros autores preferidos no son los mismos. So­bre todo porque yo conozco mal la literatura francesa, y él la conoce a fondo como todo un profesional. Sin embargo, al contrario de lo que me ha ocurrido con Fidel Castro, las circunstancias en que nos encontramos siem­pre, sobre todo después de que él llegó a la presidencia de la república, nos llevan siempre a hablar de política, y casi nunca de literatura. En México, en octubre de 1981, el presidente Mitterrand nos invitó a almorzar a Carlos Fuentes, al gran poeta y crítico de arte guate­malteco Luis Cardoza y Aragón, y a mí. Fue un almuerzo político muy importante. Pero después supe que la señora Danielle Mitterrand había sufrido una gran desilusión porque es­peraba asistir a una conversación literaria. En el breve discurso que pronunció Mitterrand en el Palacio del Elíseo cuando me impuso la Legión de Honor en diciembre de 1981, lo que más me conmovió, casi hasta las lágrimas, fue una frase que sin duda le conmocionó a él tanto como a mí: «Vous appartenez au monde que jaime.»

 

-Fuiste muy amigo del general Omar To­rrijos, el hombre fuerte de Panamá. ¿Cómo nació esa amistad?

-Mi amistad con el general Torrijos empezó con un pleito. Yo declaré en una entre­vista, tal vez en 1973, que él era un demagogo que se escudaba en su campaña de recupera­ción de Panamá, pero que en realidad no es­taba haciendo nada por llevar a cabo en Panamá los cambios sociales que eran indispensa­bles. El cónsul panameño en Londres me buscó para decirme que Torrijos me invitaba a Pa­namá, de modo que yo pudiera comprobar has­ta qué punto era injusta mi declaración. Sos­pechando que lo que Torrijos buscaba era un golpe de propaganda, le dije que aceptaba su invitación, pero con la condición de que no se publicara la noticia de mi visita. El aceptó. Pero dos días antes de mi llegada a Panamá, las agencias de prensa transmitieron la noticia de mi visita. Pasé de largo hacia Colombia. Torri­jos, muy avergonzado por lo que en realidad había sido una infidencia de alguien distinto de él, insistió en la invitación. Yo lo hice de incógnito, pocos meses después, pero cuando quise ver a Torrijos no pude encontrarle sino veinticuatro horas más tarde, a pesar que soli­cité la ayuda de la Seguridad Nacional. Cuando al fin me recibió muerto de risa, me dijo: «¿Sabes por qué la Seguridad no pudo encon­trarme? Porque estaba en mi casa, que es el último lugar donde nadie, ni siquiera la Segu­ridad, se puede imaginar que estoy.» Desde ese momento nos hicimos amigos, con una verda­dera complicidad caribe, y en alguna ocasión, cuando las negociaciones sobre el Canal de Pa­namá se habían vuelto muy tensas e inciertas, estuvimos los dos solos quince días en la base militar de Farallón, conversando de todo y to­mando whisky. No me atrevía a irme, porque  yo tenía la mala idea de que si se quedaba solo no podría resistir la tensión, y se iba a pegar un tiro. Nunca sabré si mi temor era infunda­do, pero en todo caso he creído siempre que el aspecto más negativo de la personalidad de Torrijos era su vocación de mártir.

 

-¿Alguna vez hablaste de libros con él?

-Torrijos no tenía el hábito de la lectura, era demasiado inquieto e impaciente para leer de un modo sistemático, pero se mantenía al corriente de los libros que estaban en primer plano. Tenía una intuición casi animal, como no he conocido otra en la vida, y un sentido de la realidad que a veces podía confundirse con una facultad adivinatoria. Al contrario de Fidel Castro, que habla sin descanso sobre una idea que le da vueltas en la cabeza, hasta que consigue redondearla de tanto hablar de ella, Torrijos se encerraba en un hermetismo absoluto, y sus amigos sabíamos que estaba pensando otra cosa distinta de la que hablaba. Era el hombre más desconfiado que he cono­cido jamás, y el más imprevisible.

 

-¿Cuándo le viste por última vez?

-Tres días antes de su muerte. El 23 de julio de 1981 yo estaba con él en su casa de Panamá, y me invitó a acompañarlo a un viaje por el interior del país. Nunca he podido sa­ber por qué, pero por primera vez desde que éramos amigos, le dije que no. Me fui a México al día siguiente. Dos días después un amigo me llamó por teléfono para decirme que Torrijos se había matado en el avión en el que habíamos viajado tantas veces juntos, como tantos ami­gos. Mi reacción fue una rabia visceral, porque sólo entonces me di cuenta de que lo quería muchísimo más de lo que yo mismo creía y que nunca podría acostumbrarme a su muerte. Ca­da día que pasa me convenzo de que será así.

 

-También Graham Greene fue muy amigo de Torrijos. Tú leías mucho a Greene, y luego le conociste. ¿Cuál es tu impresión de él?

-El es uno de los escritores que he leído más y mejor, y desde mis tiempos de estu­diante, y uno de los que me han ayudado más a descifrar el trópico. En efecto, la realidad en la literatura no es fotográfica sino sintética, y encontrar los elementos esenciales para esa síntesis es uno de los secretos del arte de na­rrar. Graham Greene lo conoce muy bien y de él los aprendí, y creo que en algunos de mis libros, sobre todo en La mala hora, eso se nota demasiado.

No conozco a ningún otro escritor que se parezca tanto a la imagen que yo tenía de él antes de conocerlo, como me ocurrió con Gra­ham Greene. Es un hombre de muy pocas pa­labras, que no parece interesarse mucho en las cosas que uno dice, pero al cabo de varias ho­ras juntos se tiene la impresión de haber con­versado sin descanso. Una vez, durante un lar­go viaje en avión, le comenté que él y Heming­way eran unos de los pocos escritores a quie­nes no se les podían detectar influencias lite­rarias. «En mí son evidentes -me contestó-: Henry James y Conrad.» Luego le pregunté por qué, a su juicio, no le habían dado el premio Nobel. Su respuesta fue inmediata. «Porque no me consideran un escritor serio.» Es curio­so, pero esas dos respuestas me dieron tanto en qué pensar, que conservo el recuerdo de aquel viaje como si hubiera sido una conversa­ción continua de cinco horas. Desde que leí El poder y la gloria, no sé hace ya cuántos años, me imaginé que su autor debía ser como en efecto es.

 

-¿Cómo explicas que haya tenido con To­rrijos una amistad análoga a la tuya?

-Su amistad con Torrijos, así como la mía con ambos, tenía algo de complicidad. Graham Greene tiene limitada su entrada a los Estados Unidos desde hace muchos años, porque en la solicitud de una visa declaró que había sido miembro de un partido comunista por po­cos meses en su juventud. A mí me sucede lo mismo, por haber sido corresponsal en Nueva  York de la agencia cubana de noticias. En esas circunstancias, Torrijos quería que fuéramos sus invitados a la firma del tratado del Canal de Panamá, que tuvo lugar en Washington en 1978, y nos dio a ambos pasaportes oficiales panameños. Nunca olvidaré la cara de burla con que Graham Greene descendió del avión oficial en la base naval de Andrews, en Was­hington, entre himnos y cañonazos, como sólo llegan a los Estados Unidos los jefes de gobier­no. Al día siguiente estuvimos juntos en la ceremonia, a menos de diez metros de la larga mesa donde estaban sentados todos los gober­nantes de América Latina, incluidos Stroessner del Paraguay, Pinochet de Chile, Videla de Ar­gentina y Banzer de Bolivia. Ni él ni yo hicimos ningún comentario, mientras observábamos con el apetito que es de suponer aquel sucu­lento jardín zoológico. Graham Greene se in­clinó de pronto hacia mí, y me dijo al oído, en francés: «Banzer doit étre un homme trés mal­heureux.» No lo olvidaré nunca, sobre todo porque me pareció que Graham Greene lo dijo con una gran compasión.

 

-¿De qué escritor ya desaparecido habrías podido ser amigo?

-De Petrarca.

 

-Fuiste recibido por el Papa Juan Pablo II. ¿Qué impresión te produjo?

-Sí, el Papa me recibió cuando apenas ha­bía transcurrido un mes desde su elección, y la impresión que me dio fue la de un hombre perdido no sólo en el Palacio del Vaticano, sino en el mundo inmenso. Era como si toda­vía no hubiera dejado de ser el obispo de Cra­covia. No había aprendido ni siquiera cómo se manejaban las cosas de su oficina, y cuando ya me despedía no pudo hacer girar en la cerra­dura la llave de la biblioteca, y estuvimos en­cerrados un momento, hasta que uno de sus asistentes abrió la puerta desde fuera. No cuen­to esto como una impresión negativa, sino todo lo contrario: me pareció un hombre de una fortaleza física abrumadora, muy sencillo y cor­dial, que casi parecía dispuesto a pedir excusas por ser Papa.

 

-¿Con qué motivo le visitaste?

-Le visité para pedirle ayuda en algunos programas de derechos humanos en América Latina, pero él sólo parecía interesado única­mente en los derechos humanos de la Europa Oriental. Sin embargo, pocas semanas después, cuando fue a México y se enfrentó por primera vez con la pobreza del Tercer Mundo, tuve la impresión de que había empezado a ver un lado de la humanidad que no conocía hasta entonces. La audiencia fue de unos quince mi­nutos, hablamos en castellano porque él quería practicarlo antes de ir a México, y me quedé para siempre con la impresión consoladora de que él no tenía la menor idea de quién era yo.

 

-Alguna vez te vi comiendo en París con Margaux Hemingway. ¿De qué puedes hablar tú con ella?

-Ella me habla mucho de su abuelo. Y yo le hablo mucho del mío.

 

-¿Cuál es el personaje más sorprendente que has conocido?

-Mercedes, mi esposa.

 

FIN

El sabio no dice lo que sabe, y el necio no sabe lo que dice.

Si los hombres han nacido con dos ojos, dos orejas y una sola lengua es porque se debe escuchar y mirar dos veces antes de hablar

Lo que importa verdaderamente en la vida no son los objetivos que nos marcamos, sino los caminos que seguimos para lograrlo.

Hay dos cosas que son infinitas: el universo y la estupidez humana; de la primera no estoy muy seguro.

Hay dos cosas que son infinitas: el universo y la estupidez humana; de la primera no estoy muy seguro.

El nacimiento y la muerte no son dos estados distintos, sino dos aspectos del mismo estado

Las personas son como la Luna. Siempre tienen un lado oscuro que no enseñan a nadie.

Las conversaciones son siempre peligrosas si se tiene algo que ocultar

El saber y la razón hablan, la ignorancia y el error gritan.

Todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de mofa

Algunas personas son tan falsas que ya no distinguen que lo que piensan es justamente lo contrario de lo que dicen.

Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no escucha.


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