venmarktec - La ilíada (parte 1)

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ILÍADA (PRIMERA PARTE)

Homero

 

 

CANTO I*

Peste - Cólera

* Después de una corta invocación a la divinidad para que cante "la perniciosa ira de Aquiles", nos

refiere el poeta que Crises, sacerdote de Apolo, va al campamento aqueo para rescatar a su hija, que

había sido hecha cautiva y adjudicada como esclava a Agamenón; éste desprecia al sacerdote, se niega a

darle la hija y lo despide con amenazadoras palabras; Apolo, indignado, suscita una terrible peste en el

campamento; Aquiles reúne a los guerreros en el ágora por inspiración de la diosa Hera, y, habiendo

dicho al adivino Calcante que hablara sin miedo, aunque tuviera que referirse a Agamenón, se sabe por

fin que el comportamiento de Agamenón con el sacerdote Crises ha sido la causa del enojo del dios. Esta

declaración irrita al rey, que pide que, si ha de devolver la esclava, se le prepare otra recompensa; y

Aquiles le responde que ya se la darán cuando tomen Troya. Así, de un modo tan natural, se origina la

discordia entre el caudillo supremo del ejército y el héroe más valiente. La riña llega a tal punto que

Aquiles desenvaina la espada y habría matado a Agamenón si no se lo hubiese impedido la diosa Atenea;

entonces Aquiles insulta a Agamenón, éste se irrita y amenaza a Aquiles con quitarle la esclava Briseida,

a pesar de la prudente amonestación que le dirige Néstor; se disuelve el ágora y Agamenón envía a dos

heraldos a la tienda de Aquiles que se llevan a Briseide; Ulises y otros griegos se embarcan con Criseida

y la devuelven a su padre; y, mientras tanto, Aquiles pide a su madre Tetis que suba al Olimpo a impetre

de Zeus que conceda la victoria a los troyanos para que Agamenón comprenda la falta que ha cometido;

Tetis cumple el deseo de su hijo, Zeus accede, y este hecho produce una violenta disputa entre Zeus y

Hera, a quienes apacigua su hijo Hefesto; la concordia vuelve a reinar en el Olimpo y los dioses celebran

un festín espléndido hasta la puesta del sol, en que se recogen en sus palacios.

1 Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males

a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa

de perros y pasto de aves -cumplíase la voluntad de Zeus- desde que se separaron

disputando el Atrida, rey de hombres, y el divino Aquiles.

8 ¿Cuál de los dioses promovió entre ellos la contienda para que pelearan? El hijo de

Leto y de Zeus. Airado con el rey, suscitó en el ejército maligna peste, y los hombres perecían

por el ultraje que el Atrida infiriera al sacerdote Crises. Éste, deseando redimir a su

hija, se había presentado en las veleras naves aqueas con un inmenso rescate y las ínfulas

de Apolo, el que hiere de lejos, que pendían de áureo cetro, en la mano; y a todos los

aqueos, y particularmente a los dos Atridas, caudillos de pueblos, así les suplicaba:

17 -¡Atridas y demás aqueos de hermosas grebas! Los dioses, que poseen olímpicos

palacios, os permitan destruir la ciudad de Príamo y regresar felizmente a la patria! Poned

en libertad a mi hija y recibid el rescate, venerando al hijo de Zeus, a Apolo, el que hiere

de lejos.

22 Todos los aqueos aprobaron a voces que se respetara al sacerdote y se admitiera el

espléndido rescate; mas el Atrida Agamenón, a quien no plugo el acuerdo, le despidió de

mal modo y con altaneras voces:

26 -No dé yo contigo, anciano, cerca de las cóncavas naves, ya porque ahora demores

tu partida, ya porque vuelvas luego, pues quizás no te valgan el cetro y las ínfulas del

dios. A aquélla no la soltaré; antes le sobrevendrá la vejez en mi casa, en Argos, lejos de

su patria, trabajando en el telar y aderezando mi lecho. Pero vete; no me irrites, para que

puedas irte más sano y salvo.

33 Así dijo. El anciano sintió temor y obedeció el mandato. Fuese en silencio por la

orilla del estruendoso mar; y, mientras se alejaba, dirigía muchos ruegos al soberano

Apolo, a quien parió Leto, la de hermosa cabellera:

37 -¡Óyeme, tú que llevas arco de plata, proteges a Crisa y a la divina Cila, a imperas

en Ténedos poderosamente! ¡Oh Esminteo! Si alguna vez adorné tu gracioso templo o

quemé en tu honor pingües muslos de toros o de cabras, cúmpleme este voto: ¡Paguen los

dánaos mis lágrimas con tus flechas!

43 Así dijo rogando. Oyóle Febo Apolo e, irritado en su corazón, descendió de las

cumbres del Olimpo con el arco y el cerrado carcaj en los hombros; las saetas resonaron

sobre la espalda del enojado dios, cuando comenzó a moverse. Iba parecido a la noche.

Sentóse lejos de las naves, tiró una flecha y el arco de plata dio un terrible chasquido. Al

principio el dios disparaba contra los mulos y los ágiles perros; mas luego dirigió sus

amargas saetas a los hombres, y continuamente ardían muchas piras de cadáveres.

53 Durante nueve días volaron por el ejército las flechas del dios. En el décimo,

Aquiles convocó al pueblo al ágora: se lo puso en el corazón Hera, la diosa de los níveos

brazos, que se interesaba por los dánaos, a quienes veía morir. Acudieron éstos y, una vez

reunidos, Aquiles, el de los pies ligeros, se levantó y dijo:

59 -¡Atrida! Creo que tendremos que volver atrás, yendo otra vez errantes, si

escapamos de la muerte; pues, si no, la guerra y la peste unidas acabarán con los aqueos.

Mas, ea, consultemos a un adivino, sacerdote o intérprete de sueños -pues también el

sueño procede de Zeus-, para que nos diga por qué se irritó tanto Febo Apolo: si está

quejoso con motivo de algún voto o hecatombe, y si quemando en su obsequio grasa de

corderos y de cabras escogidas, querrá libramos de la peste.

68 Cuando así hubo hablado, se sentó. Levantóse entre ellos Calcante Testórida, el

mejor de los augures -conocía lo presente, lo futuro y lo pasado, y había guiado las naves

aqueas hasta Ilio por medio del arte adivinatoria que le diera Febo Apolo-, y benévolo los

arengó diciendo:

74 -¡Oh Aquiles, caro a Zeus! Mándasme explicar la cólera de Apolo, del dios que hiere

de lejos. Pues bien, hablaré; pero antes declara y jura que estás pronto a defenderme de

palabra y de obra, pues temo irritar a un varón que goza de gran poder entre los argivos

todos y es obedecido por los aqueos. Un rey es más poderoso que el inferior contra quien

se enoja; y, si bien en el mismo día refrena su ira, guarda luego rencor hasta que logra

ejecutarlo en el pecho de aquél. Dime, pues, si me salvarás.

84 Y contestándole, Aquiles, el de los pies ligeros, le dijo:

85 -Manifiesta, deponiendo todo temor, el vaticinio que sabes; pues ¡por Apolo, caro a

Zeus; a quien tú, Calcante, invocas siempre que revelas oráculos a los dánaos!, ninguno

de ellos pondrá en ti sus pesadas manos, cerca de las cóncavas naves, mientras yo viva y

vea la luz acá en la tierra, aunque hablares de Agamenón, que al presente se jacta de ser

en mucho el más poderoso de todos los aqueos.

92 Entonces cobró ánimo y dijo el eximio vate:

93 -No está el dios quejoso con motivo de algún voto o hecatombe, sino a causa del

ultraje que Agamenón ha inferido al sacerdote, a quien no devolvió la hija ni admitió el

rescate. Por esto el que hiere de lejos nos causó males y todavía nos causará otros. Y no

librará a los dánaos de la odiosa peste, hasta que sea restituida a su padre, sin premio ni

rescate, la joven de ojos vivos, y llevemos a Crisa una sagrada hecatombe. Cuando así le

hayamos aplacado, renacerá nuestra esperanza.

101 Dichas estas palabras, se sentó. Levantóse al punto el poderoso héroe Agamenón

Atrida, afligido, con las negras entrañas llenas de cólera y los ojos parecidos al

relumbrante fuego; y, encarando a Calcante la torva vista, exclamó:

106-¡Adivino de males! jamás me has anunciado nada grato. Siempre te complaces en

profetizar desgracias y nunca dijiste ni ejecutaste nada bueno. Y ahora, vaticinando ante

los dánaos, afirmas que el que hiere de lejos les envía calamidades, porque no quise

admitir el espléndido rescate de la joven Criseide, a quien anhelaba tener en mi casa. La

prefiero, ciertamente, a Clitemnestra, mi legítima esposa, porque no le es inferior ni en el

talle, ni en el natural, ni en inteligencia, ni en destreza. Pero, aun así y todo, consiento en

devolverla, si esto es lo mejor; quiero que el pueblo se salve, no que perezca. Pero

preparadme pronto otra recompensa, para que no sea yo el único argivo que sin ella se

quede; lo cual no parecería decoroso. Ved todos que se va a otra parte la que me había

correspondido.

121 Replicóle en seguida el celerípede divino Aquiles:

122 -¡Atrida gloriosísimo, el más codicioso de todos! ¿Cómo pueden darte otra

recompensa los magnánimos aqueos? No sabemos que existan en parte alguna cosas de la

comunidad, pues las del saqueo de las ciudades están repartidas, y no es conveniente

obligar a los hombres a que nuevamente las junten. Entrega ahora esa joven al dios, y los

aqueos te pagaremos el triple o el cuádruple, si Zeus nos permite algún día tomar la bien

murada ciudad de Troya.

130 Y, contestándole, el rey Agamenón le dijo:

131 Aunque seas valiente, deiforme Aquiles, no ocultes así tu pensamiento, pues no

podrás burlarme ni persuadirme. ¿Acaso quieres, para conservar tu recompensa, que me

quede sin la mía, y por esto me aconsejas que la devuelva? Pues, si los magnánimos

aqueos me dan otra conforme a mi deseo para que sea equivalente... Y si no me la dieren,

yo mismo me apoderaré de la tuya o de la de Ayante, o me llevaré la de Ulises, y montará

en cólera aquél a quien me llegue. Mas sobre esto deliberaremos otro día. Ahora, ea,

echemos una negra nave al mar divino, reunamos los convenientes remeros,

embarquemos víctimas para una hecatombe y a la misma Criseide, la de hermosas

mejillas, y sea capitán cualquiera de los jefes: Ayante, Idomeneo, el divino Ulises o tú,

Pelida, el más portentoso de todos los hombres, para que nos aplaques con sacrificios al

que hiere de lejos.

148 Mirándolo con torva faz, exclamó Aquiles, el de los pies ligeros:

149 -¡Ah, impudente y codicioso! ¿Cómo puede estar dispuesto a obedecer tus órdenes

ni un aqueo siquiera, para emprender la marcha o para combatir valerosamente con otros

hombres? No he venido a pelear obligado por los belicosos troyanos, pues en nada se me

hicieron culpables -no se llevaron nunca mis vacas ni mis caballos, ni destruyeron jamás

la cosecha en la fértil Ftía, criadora de hombres, porque muchas umbrías montañas y el

ruidoso mar nos separan-, sino que te seguimos a ti, grandísimo insolente, para darte el

gusto de vengaros de los troyanos a Menelao y a ti, ojos de perro. No fijás en esto la

atención, ni por ello te tomas ningún cuidado, y aun me amenazas con quitarme la

recompensa que por mis grandes fatigas me dieron los aqueos. Jamás el botín que

obtengo iguala al tuyo cuando éstos entran a saco una populosa ciudad de los troyanos:

aunque la parte más pesada de la impetuosa guerra la sostienen mis manos, tu

recompensa, al hacerse el reparto, es mucho mayor; y yo vuelvo a mis naves, teniéndola

pequeña, aunque grata, después de haberme cansado en el combate. Ahora me iré a Ftía,

pues lo mejor es regresar a la patria en las cóncavas naves: no pienso permanecer aquí sin

honra para procurarte ganancia y riqueza.

172 Contestó en seguida el rey de hombres, Agamenón:

173 -Huye, pues, si tu ánimo a ello te incita; no te ruego que por mí te quedes; otros hay

a mi lado que me honrarán, y especialmente el próvido Zeus. Me eres más odioso que

ningún otro de los reyes, alumnos de Zeus, porque siempre te han gustado las riñas,

luchas y peleas. Si es grande tu fuerza, un dios te la dio. Vete a la patria, llevándote las

naves y los compañeros, y reina sobre los mirmidones, no me importa que estés irritado,

ni por ello me preocupo, pero te haré una amenaza: Puesto que Febo Apolo me quita a

Criseide, la mandaré en mi nave con mis amigos; y encaminándome yo mismo a tu

tienda, me llevaré a Briseide, la de hermosas mejillas, tu recompensa, para que sepas bien

cuánto más poderoso soy y otro tema decir que es mi igual y compararse conmigo.

188 Así dijo. Acongojóse el Pelida, y dentro del velludo pecho su corazón discurrió dos

cosas: o, desnudando la aguda espada que llevaba junto al muslo, abrirse paso y matar al

Atrida, o calmar su cólera y reprimir su furor. Mientras tales pensamientos revolvía en su

mente y en su corazón y sacaba de la vaina la gran espada, vino Atenea del cielo: envióla

Hera, la diosa de los níveos brazos, que amaba cordialmente a entrambos y por ellos se

interesaba. Púsose detrás del Pelida y le tiró de la blonda cabellera, apareciéndose a él tan

sólo; de los demás, ninguno la veía. Aquiles, sorprendido, volvióse y al instante conoció a

Palas Atenea, cuyos ojos centelleaban de un modo terrible. Y hablando con ella,

pronunció estas aladas palabras:

202-¿Por qué nuevamente, oh hija de Zeus, que lleva la égida, has venido? ¿Acaso para

presenciar el ultraje que me infiere Agamenón Atrida? Pues te diré lo que me figuro que

va a ocurrir: Por su insolencia perderá pronto la vida.

206 Díjole a su vez Atenea, la diosa de ojos de lechuza:

207-Vengo del cielo para apaciguar tu cólera, si obedecieres; y me envía Hera, la diosa

de los níveos brazos, que os ama cordialmente a entrambos y por vosotros se interesa. Ea,

cesa de disputar, no desenvaines la espada a injúrialo de palabra como te parezca. Lo que

voy a decir se cumplirá: Por este ultraje se te ofrecerán un día triples y espléndidos presentes.

Domínate y obedécenos.

213 Y, contestándole, Aquiles, el de los pies ligeros, le dijo:

216 -Preciso es, oh diosa, hacer lo que mandáis, aunque el corazón esté muy irritado.

Proceder así es lo mejor. Quien a los dioses obedece es por ellos muy atendido.

219 Dijo; y puesta la robusta mano en el argénteo puño, envainó la enorme espada y no

desobedeció la orden de Atenea. La diosa regresó al Olimpo, al palacio en que mora

Zeus, que lleva la égida, entre las demás deidades.

223 El Pelida, no amainando en su cólera, denostó nuevamente al Atrida con injuriosas

voces:

225 -¡Ebrioso, que tienes ojos de perro y corazón de ciervo! Jamás te atreviste a tomar

las armas con la gente del pueblo para combatir, ni a ponerte en emboscada con los más

valientes aqueos: ambas cosas te parecen la muerte. Es, sin duda, mucho mejor arrebatar

los dones, en el vasto campamento de los aqueos, a quien te contradiga. Rey devorador de

tu pueblo, porque mandas a hombres abyectos...; en otro caso, Atrida, éste fuera tu último

ultraje. Otra cosa voy a decirte y sobre ella prestaré un gran juramento: Sí, por este cetro

que ya no producirá hojas ni ramos, pues dejó el tronco en la montaña; ni reverdecerá,

porque el bronce lo despojó de las hojas y de la corteza, y ahora lo empuñan los aqueos

que administran justicia y guardan las leyes de Zeus (grande será para ti este juramento):

algún día los aqueos todos echarán de menos a Aquiles, y tú, aunque te aflijas, no podrás

socorrerlos cuando muchos sucumban y perezcan a manos de Héctor, matador de

hombres. Entonces desgarrarás tu corazón, pesaroso por no haber honrado al mejor de los

aqueos.

245 Así dijo el Pelida; y, tirando a tierra el cetro tachonado con clavos de oro, tomó

asiento. El Atrida, en el opuesto lado, iba enfureciéndose. Pero levantóse Néstor, suave

en el hablar, elocuente orador de los pilios, de cuya boca las palabras fluían más dulces

que la miel -había visto perecer dos generaciones de hombres de voz articulada que

nacieron y se criaron con él en la divina Pilos y reinaba sobre la tercera-, y benévolo los

arengó diciendo:

254 -¡Oh dioses! ¡Qué motivo de pesar tan grande le ha llegado a la tierra aquea!

Alegrananse Príamo y sus hijos, y regocijaríanse los demás troyanos en su corazón, si

oyeran las palabras con que disputáis vosotros, los primeros de los dánaos así en el

consejo como en el combate. Pero dejaos convencer, ya que ambos sois más jóvenes que

yo. En otro tiempo traté con hombres aún más esforzados que vosotros, y jamás me

desdeñaron. No he visto todavía ni veré hombres como Pirítoo, Driante, pastor de

pueblos, Ceneo, Exadio, Polifemo, igual a un dios, y Teseo Egeida, que parecía un inmortal.

Criáronse éstos los más fuertes de los hombres; muy fuertes eran y con otros muy

fuertes combatieron: con los montaraces centauros, a quienes exterminaron de un modo

estupendo. Y yo estuve en su compañía -habiendo acudido desde Pilos, desde lejos, desde

esa apartada tierra, porque ellos mismos me llamaron- y combatí según mis fuerzas. Con

tales hombres no pelearía ninguno de los mortales que hoy pueblan la tierra; no obstante

lo cual, seguían mis consejos y escuchaban mis palabras. Prestadme también vosotros

obediencia, que es lo mejor que podéis hacer. Ni tú, aunque seas valiente, le quites la

joven, sino déjasela, puesto que se la dieron en recompensa los magnánimos aqueos; ni

tú, Pelida, quieras altercar de igual a igual con el rey, pues jamás obtuvo honra como la

suya ningún otro soberano que usara cetro y a quien Zeus diera gloria. Si tú eres más

esforzado, es porque una diosa te dio a luz; pero éste es más poderoso, porque reina sobre

mayor número de hombres. Atrida, apacigua tu cólera; yo te suplico que depongas la ira

contra Aquiles, que es para todos los aqueos un fuerte antemural en el pernicioso

combate.

285 Y, contestándole, el rey Agamenón le dijo:

286 -Sí, anciano, oportuno es cuanto acabas de decir. Pero este hombre quiere

sobreponerse a todos los demás; a todos quiere dominar, a todos gobernar, a todos dar

órdenes que alguien, creo, se negará a obedecer. Si los sempiternos dioses le hicieron

belicoso, ¿le permiten por esto proferir injurias?

292 Interrumpiéndole, exclamó el divino Aquiles:

293 -Cobarde y vil podría llamárseme si cediera en todo lo que dices; manda a otros, no

me des órdenes, pues yo no pienso ya obedecerte. Otra cosa te diré que fijarás en la

memoria: No he de combatir con estas manos por la joven ni contigo, ni con otro alguno,

pues al fin me quitáis lo que me disteis; pero, de lo demás que tengo junto a mi negra y

veloz embarcación, nada podrías llevarte tomándolo contra mi voluntad. Y si no, ea,

inténtalo, para que éstos se enteren también; y presto tu negruzca sangre brotará en torno

de mi lanza.

304 Después de altercar así con encontradas razones, se levantaron y disolvieron el

ágora que cerca de las naves aqueas se celebraba. Fuese el Pelida hacia sus tiendas y sus

bien proporcionados bajeles con el Menecíada y otros amigos; y el Atrida echó al mar

una velera nave, escogió veinte remeros, cargó las víctimas de la hecatombe para el dios,

y, conduciendo a Criseide, la de hermosas mejillas, la embarcó también; fue capitán el

ingenioso Ulises.

312 Así que se hubieron embarcado, empezaron a navegar por líquidos caminos. El

Atrida mandó que los hombres se purificaran, y ellos hicieron lustraciones, echando al

mar las impurezas, y sacrificaron junto a la orilla del estéril mar hecatombes perfectas de

toros y de cabras en honor de Apolo. El vapor de la grasa llegaba al cielo, enroscándose

alrededor del humo.

318 En tales cosas ocupábanse éstos en el ejército. Agamenón no olvidó la amenaza

que en la contienda había hecho a Aquiles, y dijo a Taltibio y Euríbates, sus heraldos y

diligentes servidores:

322 -Id a la tienda del Pelida Aquiles, y asiendo de la mano a Briseide, la de hermosas

mejillas, traedla acá, y, si no os la diere, ire yo mismo a quitársela, con más gente, y

todavía le será más duro.

326 Hablándoles de tal suerte y con altaneras voces, los despidió. Contra su voluntad

fuéronse los heraldos por la orilla del estéril mar, llegaron a las tiendas y naves de los

mirmidones, y hallaron al rey cerca de su tienda y de su negra nave. Aquiles, al verlos, no

se alegró. Ellos se turbaron, y, habiendo hecho una reverencia, paráronse sin decir ni

preguntar nada. Pero el héroe lo comprendió todo y dijo:

334 -¡Salud, heraldos, mensajeros de Zeus y de los hombres! Acercaos; pues para mí no

sois vosotros los culpables sino Agamenón, que os envía por la joven Briseide. ¡Ea, Patroclo,

del linaje de Zeus! Saca la joven y entrégasela para que se la lleven. Sed ambos

testigos ante los bienaventurados dioses, ante los mortales hombres y ante ese rey cruel,

si alguna vez tienen los demás necesidad de mí para librarse de funestas calamidades

porque él tiene el corazón poseído de furor y no sabe pensar a la vez en lo futuro y en lo

pasado, a fin de que los aqueos se salven combatiendo junto a las naves.

345 Así dijo. Patroclo, obedeciendo a su amigo, sacó de la tienda a Briseide, la de

hermosas mejillas, y la entregó para que se la llevaran. Partieron los heraldos hacia las

naves aqueas, y la mujer iba con ellos de mala gana. Aquiles rompió en llanto, alejóse de

los compañeros, y, sentándose a orillas del blanquecino mar con los ojos clavados en el

ponto inmenso y las manos extendidas, dirigió a su madre muchos ruegos:

352 -¡Madre! Ya que me pariste de corta vida, el olímpico Zeus altitonante debía

honrarme y no lo hace en modo alguno. El poderoso Agamenón Atrida me ha ultrajado,

pues tiene mi recompensa, que él mismo me arrebató.

357 Así dijo derramando lágrimas. Oyóle la veneranda madre desde el fondo del mar,

donde se hallaba junto al padre anciano, a inmediatamente emergió de las blanquecinas

ondas como niebla, sentóse delante de aquél, que derramaba lágrimas, acariciólo con la

mano y le habló de esta manera:

362 -¡Hijo! ¿Por qué lloras? ¿Qué pesar te ha llegado al alma? Habla; no me ocultes lo

que piensas, para que ambos lo sepamos.

364 Dando profundos suspiros, contestó Aquiles, el de los pies ligeros:

365 -Lo sabes. ¿A qué referirte lo que ya conoces? Fuimos a Teba, la sagrada ciudad de

Eetión; la saqueamos, y el botín que trajimos se lo distribuyeron equitativamente los

aqueos, separando para el Atrida a Criseide, la de hermosas mejillas. Luego Crises,

sacerdote de Apolo, el que hiere de lejos, deseando redimir a su hija, se presentó en las

veleras naves aqueas con un inmenso rescate y las ínfulas de Apolo, el que hiere de lejos,

que pendían de áureo cetro, en la mano; y suplicó a todos los aqueos, y particularmente a

los dos Atridas, caudillos de pueblos. Todos los aqueos aprobaron a voces que se

respetase al sacerdote y se admitiera el espléndido rescate; mas el Atrida Agamenón, a

quien no plugo el acuerdo, to despidió de mal modo y con altaneras voces. El anciano se

fue irritado; y Apolo, accediendo a sus ruegos, pues le era muy querido, tiró a los argivos

funesta saeta: morían los hombres unos en pos de otros, y las flechas del dios volaban por

todas partes en el vasto campamento de los aqueos. Un adivino bien enterado nos explicó

el vaticinio del que hiere de lejos, y yo fui el primero en aconsejar que se aplacara al dios.

El Atrida encendióse en ira; y, levantándose, me dirigió una amenaza que ya se ha

cumplido. A aquélla los aqueos de ojos vivos la conducen a Crisa en velera nave con

presentes para el dios; y a la hija de Briseo, que los aqueos me dieron, unos heraldos se la

han llevado ahora mismo de mi tienda. Tú, si puedes, socorre a tu buen hijo; ve al Olimpo

y ruega a Zeus, si alguna vez llevaste consuelo a su corazón con palabras o con obras.

Muchas veces, hallándonos en el palacio de mi padre, oí que te gloriabas de haber

evitado, tú sola entre los inmortales, una afrentosa desgracia al Cronida, el de las

sombrías pubes, cuando quisieron atarlo otros dioses olímpicos, Hera, Posidón y Palas

Atenea. Tú, oh diosa, acudiste y lo libraste de las ataduras, llamando en seguida al

espacioso Olimpo al centímano a quien los dioses nombran Briareo y todos los hombres

Egeón, el cual es superior en fuerza a su mismo padre, y se sentó entonces al lado de

Zeus, ufano de su gloria; temiéronlo los bienaventurados dioses y desistieron del

atamiento. Recuérdaselo, siéntate a su lado y abraza sus rodillas: quizás decida favorecer

a los troyanos y acorralar a los aqueos, que serán muertos entre las popas, cerca del mar;

para que todos disfruten de su rey y comprenda el poderoso Agamenón Atrida la falta que

ha cometido no honrando al mejor de los aqueos.

413 Respondióle en seguida Tetis, derramando lágrimas:

414 -¡Ay, hijo mío! ¿Por qué te he criado, si en hora aciaga te di a luz? ¡Ojalá

estuvieras en las naves sin llanto ni pena, ya que tu vida ha de ser corta, de no larga

duración! Ahora eres juntamente de breve vida y el más infortunado de todos. Con hado

funesto te parí en el palacio. Yo misma iré al nevado Olimpo y hablaré a Zeus, que se

complace en lanzar rayos, por si se deja convencer. Tú quédate en las naves de ligero

andar, conserva la cólera contra los aqueos y abstente por entero de combatir. Ayer se

marchó Zeus al Océano, al país de los probos etíopes, para asistir a un banquete, y todos

los dioses lo siguieron. De aquí a doce días volverá al Olimpo. Entonces acudiré a la

morada de Zeus, sustentada en bronce; le abrazaré las rodillas, y espero que lograré

persuadirlo.

428 Dichas estas palabras partió, dejando a Aquiles con el corazón irritado a causa de la

mujer de bella cintura que violentamente y contra su voluntad le habían arrebatado.

430 En tanto, Ulises llegaba a Crisa con las víctimas para la sagrada hecatombe.

Cuando arribaron al profundo puerto, amainaron las velas, guardándolas en la negra nave;

abatieron rápidamente por medio de cuerdas el mástil hasta la crujía, y llevaron la nave, a

fuerza de remos, al fondeadero. Echaron anclas y ataron las amarras, saltaron a la playa,

desembarcaron las víctimas de la hecatombe para Apolo, el que hiere de lejos, y Criseide

salió de la nave surcadora del ponto. El ingenioso Ulises llevó la doncella al altar y,

poniéndola en manos de su padre, dijo:

442 -¡Oh Crises! Envíame al rey de hombres, Agamenón, a traerte la hija y ofrecer en

favor de los dánaos una sagrada hecatombe a Febo, para que aplaquemos a este dios que

tan deplorables males ha causado a los argivos.

446 Habiendo hablado así, puso en sus manos la hija amada, que aquél recibió con

alegría. Acto continuo, ordenaron la sagrada hecatombe en torno del bien construido

altar, laváronse las manos y tomaron la mola. Y Crises oró en alta voz y con las manos

levantadas:

451 -¡Óyeme, tú que llevas arco de plata, proteges a Crisa y a la divina Cila a imperas

en Ténedos poderosamente! Me escuchaste cuando te supliqué, y, para honrarme, oprimiste

duramente al ejército aqueo; pues ahora cúmpleme este voto: ¡Aleja ya de los

dánaos la abominable peste!

457 Así dijo rogando, y Febo Apolo lo oyó. Hecha la rogativa y esparcida la mola,

cogieron las víctimas por la cabeza, que tiraron hacia atrás, y las degollaron y desollaron;

en seguida cortaron los muslos, y, después de pringarlos con gordura por uno y otro lado

y de cubrirlos con trozos de carne, el anciano los puso sobre la leña encendida y los roció

de vino tinto. Cerca de él, unos jóvenes tenían en las manos asadores de cinco puntas.

Quemados los muslos, probaron las entrañas, y, dividiendo lo restante en pedazos muy

pequeños, lo atravesaron con pinchos, lo asaron cuidadosamente y lo retiraron del fuego.

Terminada la faena y dispuesto el banquete, comieron, y nadie careció de su respectiva

porción. Cuando hubieron satisfecho el deseo de beber y de comer, los mancebos

coronaron de vino las crateras y lo distribuyeron a todos los presentes después de haber

ofrecido en copas las primicias. Y durante todo el día los aqueos aplacaron al dios con el

canto, entonando un hermoso peán a Apolo, el que hiere de lejos, que los oía con el

corazón complacido.

475 Cuando el sol se puso y sobrevino la noche, durmieron cerca de las amarras de la

nave. Mas, así que apareció la hija de la mañana, la Aurora de rosados dedos, hiciéronse a

la mar para volver al espacioso campamento aqueo, y Apolo, el que hiere de lejos, les

envió próspero viento. Izaron el mástil, descogieron las velas, que hinchó el viento, y las

purpúreas olas resonaban en torno de la quilla mientras la nave corría siguiendo su

rumbo. Una vez llegados al vasto campamento de los aqueos, sacaron la negra nave a sierra

firme y la pusieron en alto sobre la arena, sosteniéndola con grandes maderos. Y

luego se dispersaron por las tiendas y los bajeles.

488 El hijo de Peleo y descendiente de Zeus, Aquiles, el de los pies ligeros, seguía

irritado en las veleras naves, y ni frecuentaba el ágora donde los varones cobran fama, ni

cooperaba a la guerra; sino que consumía su corazón, permaneciendo en las naves, y

echaba de menos la gritería y el combate.

493 Cuando, después de aquel día, apareció la duodécima aurora, los sempiternos

dioses volvieron al Olimpo con Zeus a la cabeza. Tetis no olvidó entonces el encargo de

su hijo: saliendo de entre las olas del mar, subió muy de mañana al gran cielo y al

Olimpo, y halló al largovidente Cronida sentado aparte de los demás dioses en la más alta

de las muchas cumbres del monte. Acomodóse ante él, abrazó sus rodillas con la mano

izquierda, tocóle la barba con la derecha y dirigió esta súplica al soberano Zeus Cronión:

503 -¡Padre Zeus! Si alguna vez te fui útil entre los inmortales con palabras a obras,

cúmpleme este voto: Honra a mi hijo, el héroe de más breve vida, pues el rey de hombres,

Agamenón, lo ha ultrajado, arrebatándole la recompensa que todavía retiene. Véngalo tú,

próvido Zeus Olímpico, concediendo la victoria a los troyanos hasta que los aqueos den

satisfacción a mi hijo y lo colmen de honores.

511 Así dijo. Zeus, que amontona las nubes, nada contestó guardando silencio un buen

rato. Pero Tetis, que seguía como cuando abrazó sus rodillas, le suplicó de nuevo:

514 -Prométemelo claramente, asintiendo, o niégamelo -pues en ti no cabe el temorpara

que sepa cuán despreciada soy entre todas las deidades.

517 Zeus, que amontona las nubes, díjole afligidísimo:

518-¡Funestas acciones! Pues harás que me malquiste con Hera, cuando me zahiera con

injuriosas palabras. Sin motivo me riñe siempre ante los inmortales dioses, porque dice

que en las batallas favorezco a los troyanos. Pero ahora vete, no sea que Hera advierta

algo; yo me cuidaré de que esto se cumpla. Y si lo deseas, te haré con la cabeza la señal

de asentimiento para que tengas confianza. Éste es el signo más seguro, irrevocable y

veraz para los inmortales; y no deja de efectuarse aquello a que asiento con la cabeza.

528 Dijo el Cronida, y bajó las negras cejas en señal de asentimiento; los divinos

cabellos se agitaron en la cabeza del soberano inmortal, y a su intlujo estremecióse el

dilatado Olimpo.

531 Después de deliberar así, se separaron: ella saltó al profundo mar desde el

resplandeciente Olimpo, y Zeus volvió a su palacio. Todos los dioses se levantaron al ver

a su padre, y ninguno aguardó que llegara, sino que todos salieron a su encuentro.

Sentóse Zeus en el trono; y Hera, que, por haberlo visto, no ignoraba que Tetis, la de

argénteos pies, hija del anciano del mar, con él había departido, dirigió al momento

injuriosas palabras a Zeus Cronida:

540 -¿Cuál de las deidades, oh doloso, ha conversado contigo? Siempre te es grato,

cuando estás lejos de mí, pensar y resolver algo secretamente, y jamás te has dignado

decirme una sola palabra de to que acuerdas.

544 Respondióle el padre de los hombres y de los dioses:

545 -¡Hera! No esperes conocer todas mis decisiones, pues te resultará difícil aun

siendo mi esposa. Lo que pueda decirse, ningún dios ni hombre lo sabrá antes que tú;

pero lo que quiera resolver sin contar con los dioses, no lo preguntes ni procures

averiguarlo.

551 Replicó en seguida Hera veneranda, la de ojos de novilla:

552 -¡Terribilísimo Cronida, qué palabras proferiste! No será mucho lo que te haya

preguntado o querido averiguar, puesto que muy tranquilo meditas cuanto te place. Mas

ahora mucho recela mi corazón que te haya seducido Tetis, la de argénteos pies, hija del

anciano del mar. A1 amanecer el día sentóse cerca de ti y abrazó tus rodillas; y pienso

que le habrás prometido, asintiendo, honrar a Aquiles y causar gran matanza junto a las

naves aqueas.

560 Y contestándole, Zeus, que amontona las nubes, le dijo:

561 -¡Ah, desdichada! Siempre sospechas y de ti no me oculto. Nada, empero, podrás

conseguir sino alejarte de mi corazón; lo cual todavía te será más duro. Si es cierto lo que

sospechas, así debe de serme grato. Pero siéntate en silencio y obedece mis palabras. No

sea que no te valgan cuantos dioses hay en el Olimpo, acercándose a ti, cuando te ponga

encima mis invictas manos.

569 Así dijo. Temió Hera veneranda, la de ojos de novilla, y, refrenando el coraje,

sentóse en silencio. Indignáronse en el palacio de Zeus los dioses celestiales. Y Hefesto,

el ilustre artífice, comenzó a arengarlos para consolar a su madre Hera, la de los níveos

brazos:

573 -Funesto a insoportable será lo que ocurra, si vosotros disputáis así por los mortales

y promovéis alborotos entre los dioses; ni siquiera en el banquete se hallará placer

alguno, porque prevalece lo peor. Yo aconsejo a mi madre, aunque ya ella tiene juicio,

que obsequie al padre querido, a Zeus, para que no vuelva a reñirla y a turbarnos el festín.

Pues, si el Olímpico fulminador quiere echarnos del asiento... nos aventaja mucho en

poder. Pero halágalo con palabras cariñosas y en seguida el Olímpico nos será propicio.

584 De este modo habló y, tomando una copa de doble asa, ofrecióla a su madre,

diciendo:

586 -Sufre, madre mía, y sopórtalo todo, aunque estés afligida; que a ti, tan querida, no

lo vean mis ojos apaleada sin que pueda socorrerte, porque es difícil contrarrestar al

Olímpico. Ya otra vez que quise defenderte me asió por el pie y me arrojó de los divinos

umbrales. Todo el día fui rodando y a la puesta del sol caí en Lemnos. Un poco de vida

me quedaba y los sinties me recogieron tan pronto como hube caído.

595 Así dijo. Sonrióse Hera, la diosa de los níveos brazos; y, sonriente aún, tomó la

copa que su hijo le presentaba. Hefesto se puso a escanciar dulce néctar para las otras

deidades, sacándolo de la cratera; y una risa inextinguible se alzó entre los

bienaventurados dioses viendo con qué afán los servía en el palacio.

601 Todo el día, hasta la puesta del sol, celebraron el festín; y nadie careció de su

respectiva porción, ni faltó la hermosa cítara que tañía Apolo, ni las Musas que con linda

voz cantaban alternando.

605 Mas, cuando la fúlgida luz del sol llegó al ocaso, los dioses fueron a recogerse a

sus respectivos palacios, que había construido Hefesto, el ilustre cojo de ambos pies, con

sabia inteligencia. Zeus olímpico, fulminador, se encaminó al lecho donde acostumbraba

dormir cuando el dulce sueño le vencía. Subió y acostóse; y a su lado descansó Hera, la

de áureo trono.

CANTO II*

Sueño- Beocia o catálogo de las naves

* Para cumplir to prometido a Tetis, Zeus envía un engadoso sueño a Agamenón, y le aconseja que

levante el campamento y regrese a casa; Agamenón convoca el consejo de los jefes y luego la asamblea

general de todos los guerreros, que aceptan la propuesta, por lo que Agamenón (bajo la incitación de

Atenea) debe intervenir para insuflar coraje y buenas esperanzas a los aqueos. Después de varios

incidentes y de enumerar cuantos pueblos formaban los ejércitos griego y troyano, sucédense tres grandes

batallas.

1 Las demás deidades y los hombres que en carros combaten, durmieron toda la noche;

pero Zeus no probó las dulzuras del sueño, porque su mente buscaba el medio de honrar a

Aquiles y causar gran matanza junto a las naves aqueas. Al fin creyó que lo mejor sería

enviar un pernicioso sueño al Atrida Agamenón; y, hablándole, pronunció estas aladas

palabras:

8 -Anda, ve, pernicioso Sueño, encamínate a las veleras naves aqueas, introdúcete en la

tienda de Agamenón Atrida, y dile cuidadosamente lo que voy a encargarte. Ordénale que

arme a los melenudos aqueos y saque toda la hueste: ahora podría tomar a Troya, la

ciudad de anchas calles, pues los inmortales que poseen olímpicos palacios ya no están

discordes, por haberlos persuadido Hera con sus ruegos, y una serie de infortunios

amenaza a los troyanos.

16 Así dijo. Partió el Sueño al oír el mandato, llegó en un instante a las veleras naves

aqueas, y, hallando dormido en su tienda al Atrida Agamenón -alrededor del héroe habíase

difundido el sueño inmortal-, púsose sobre su cabeza, y tomó la figura de Néstor, hijo

de Neleo, que era el anciano a quien aquél más honraba. Así transfigurado, dijo el divino

Sueño:

23 -¿Duermes, hijo del belicoso Atreo, domador de caballos? No debe dormir toda la

noche el príncipe a quien se han confiado los guerreros y a cuyo cargo se hallan tantas

cosas. Ahora atiéndeme en seguida, pues vengo como mensajero de Zeus; el cual, aun

estando lejos, se interesa mucho por ti y te compadece. Armar te ordena a los melenudos

aqueos y sacar toda la hueste: ahora podrías tomar Troya, la ciudad de anchas calles, pues

los inmortales que poseen olímpicos palacios ya no están discordes, por haberlos

persuadido Hera con sus ruegos, y una serie de infortunios amenaza a los troyanos por la

voluntad de Zeus. Graba mis palabras en tu memoria, para que no las olvides cuando el

dulce sueño to desampare.

35 Así habiendo hablado, se fue y dejó a Agamenón revolviendo en su ánimo lo que nó

debía cumplirse. Figurábase que iba a tomar la ciudad de Troya aquel mismo día.

¡Insensato! No sabía lo que tramaba Zeus, quien había de causar nuevos males y llanto a

los troyanos y a los dánaos por medio de terribles peleas. Cuando despertó, la voz divina

resonaba aún en torno suyo. Incorporóse, y, habiéndose sentado, vistió la túnica fina,

hermosa, nueva; se echó el gran manto, calzó sus nítidos pies con bellas sandalias y colgó

del hombro la espada guarnecida con clavazón de plata. Tomó el imperecedero cetro de

su padre y se encaminó hacia las naves de los aqueos, de broncíneas corazas.

48 Subía la diosa Aurora al vasto Olimpo para anunciar el día a Zeus y a los demás

inmortales, cuando Agamenón ordenó que los heraldos de voz sonora convocaran al

ágora a los melenudos aqueos. Convocáronlos aquéllos, y éstos se reunieron en seguida.

53 Pero celebróse antes un consejo de magnánimos próceres junto a la nave del rey

Néstor, natural de Pilos. Agamenón los llamó para hacerles una discreta consulta:

56-¡Oíd, amigos! Dormía durante la noche inmortal, cuando se me acercó un Sueño

divino muy semejante al ilustre Néstor en la forma, estatura y natural. Púsose sobre mi

cabeza y profirió estas palabras: «¿Duermes, hijo del belicoso Atreo, domador de

caballos? No debe dormir toda la noche el príncipe a quien se han confiado los guerreros

y a cuyo cargo se hallan tantas cosas. Ahora atiéndeme en seguida, pues vengo como

mensajero de Zeus; el cual, aun estando lejos, se interesa mucho por ti y te compadece.

Armar te ordena a los melenudos aqueos y sacar toda la hueste: ahora podrías tomar

Troya, la ciudad de anchas calles, pues los inmortales que poseen olímpicos palacios ya

no están discordes, por haberlos persuadido Hera con sus ruegos, y una serie de infortunios

amenaza a los troyanos por la voluntad de Zeus. Graba mis palabras en tu memoria.»

Habiendo hablado así, fuese volando, y el dulce sueño me desamparó. Mas, ea, veamos

cómo podremos conseguir que los aqueos tomen las armas. Para probarlos como es

debido, les aconsejaré que huyan en las naves de muchos bancos; y vosotros, hablándoles

unos por un lado y otros por el opuesto, procurad detenerlos.

76 Habiéndose expresado en estos términos, se sentó. Seguidamente levantóse Néstor,

que era rey de la arenosa Pilos, y benévolo les arengó diciendo:

79 -¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos! Si algún otro aqueo nos refiriese

el sueño, te creeríamos falso y desconfiaríamos aún más; pero lo ha tenido quien se gloría

de ser el más poderoso de los aqueos. Ea, veamos cómo podremos conseguir que los

aqueos tomen las armas.

84 Habiendo hablado así, fue el primero en salir del consejo. Los reyes portadores de

cetro se levantaron, obedeciendo al pastor de hombres, y la gente del pueblo acudió

presurosa. Como de la hendedura de un peñasco salen sin cesar enjambres copiosos de

abejas que vuelan arracimadas sobre las flores primaverales y unas revolotean a este lado

y otras a aquél; así las numerosas familias de guerreros marchaban en grupos, por la baja

ribera, desde las naves y tiendas al ágora. En medio, la Fama, mensajera de Zeus,

enardecida, los instigaba a que acudieran, y ellos se iban reuniendo. Agitóse el ágora,

gimió la tierra y se produjo tumulto, mientras los hombres tomaron sitio. Nueve heraldos

daban voces para que callaran y oyeran a los reyes, alumnos de Zeus. Sentáronse al fin,

aunque con dificultad, y enmudecieron tan pronto como ocuparon los asientos. Entonces

se levantó el rey Agamenón, empuñando el cetro que Hefesto hizo para el soberano Zeus

Cronión -éste lo dio al mensajero Argicida; Hermes lo regaló al excelente jinete Pélope,

quien, a su vez, lo entregó a Atreo, pastor de hombres; Atreo al morir lo legó a Tiestes,

rico en ganado, y Tiestes lo dejó a Agamenón para que reinara en muchas islas y en todo

el país de Argos-, y, descansando el rey sobre el arrimo del cetro, habló así a los argivos:

110 -¡Oh amigos, héroes dánaos, ministros de Ares! En grave infortunio envolvióme

Zeus Cronida. ¡Cruel! Me prometió y aseguró que no me iría sin destruir la bien murada

Ilio, y todo ha sido funesto engaño; pues ahora me ordena regresar a Argos, sin gloria,

después de haber perdido tantos hombres. Así debe de ser grato al prepotente Zeus, que

ha destruido las fortalezas de muchas ciudades y aún destruirá otras porque su poder es

inmenso. Vergonzoso será para nosotros que lleguen a saberlo los hombres de mañana.

¡Un ejército aqueo tal y tan grande hacer una guerra vana a ineficaz! ¡Combatir contra un

número menor de hombres y no saberse aún cuándo la contienda tendrá fin! Pues, si

aqueos y troyanos, jurando la paz, quisiéramos contarnos, y reunidos cuantos troyanos

hay en sus hogares y agrupados nosotros los aqueos en décadas, cada una de éstas eligiera

un troyano para que escanciara el vino, muchas décadas se quedarían sin escanciador. ¡En

tanto digo que superan los aqueos a los troyanos que en la ciudad moran! Pero han venido

en su ayuda hombres de muchas ciudades, que saben blandir la lanza, me apartan de mi

intento y no me permiten, como quisiera, tomar la populosa ciudad de Ilio. Nueve años

del gran Zeus transcurrieron ya; los maderos de las naves se han podrido y las cuerdas están

deshechas; nuestras esposas a hijitos nos aguardan en los palacios; y aún no hemos

dado cima a la empresa para la cual vinimos. Ea, procedamos todos como voy a decir:

Huyamos en las naves a nuestra patria tierra, pues ya no tomaremos Troya, la de anchas

calles.

142 Así dijo; y a todos los que no habían asistido al consejo se les conmovió el corazón

en el pecho. Agitóse el ágora como las grandes olas que en el mar Icario levantan el Euro

y el Noto cayendo impetuosos de las nubes amontonadas por el padre Zeus. Como el

Céfiro mueve con violento soplo un crecido trigal y se cierne sobre las espigas, de igual

manera se movió toda el ágora. Con gran gritería y levantando nubes de polvo, corren

hacia los bajeles; exhórtanse a tirar de ellos para echarlos al mar divino; limpian los canales;

quitan los soportes, y el vocerío de los que se disponen a volver a la patria llega

hasta el cielo.

155 Y efectuárase entonces, antes de lo dispuesto por el destino, el regreso de los

argivos, si Hera no hubiese dicho a Atenea:

157 -¡Oh dioses! ¡Hija de Zeus, que lleva la égida! ¡Indómita! ¿Huirán los argivos a sus

casas, a su patria tierra por el ancho dorso del mar, y dejarán como trofeo a Príamo y a

los troyanos la argiva Helena, por la cual tantos aqueos perecieron en Troya, lejos de su

patria? Ve en seguida al ejército de los aqueos de broncíneas corazas, detén con suaves

palabras a cada guerrero y no permitas que echen al mar los corvos bajeles.

166 Así habló. Atenea, la diosa de ojos de lechuza, no fue desobediente. Bajando en

raudo vuelo de las cumbres del Olimpo llegó presto a las veloces naves aqueas y halló a

Ulises, igual a Zeus en prudencia, que permanecía inmóvil y sin tocar la negra nave de

muchos bancos, porque el pesar le llegaba al corazón y al alma. Y poniéndose a su lado,

díjole Atenea, la de ojos de lechuza:

173 -¡Laertíada, del linaje de Zeus! ¡Ulises, fecundo en ardides! ¿Así, pues, huiréis a

vuestras casas, a la patria tierra, embarcados en las naves de muchos bancos, y dejaréis

como trofeo a Príamo y a los troyanos la argiva Helena, por la cual tantos aqueos

perecieron en Troya, lejos de su patria? Ve en seguida al ejército de los aqueos y no

cejes: detén con suaves palabras a cada guerrero y no permitas que echen al mar los

corvos bajeles.

182 Así dijo. Ulises conoció la voz de la diosa en cuanto le habló; tiró el manto, que

recogió el heraldo Euríbates de Ítaca, que lo acompañaba; corrió hacia el Atrida

Agamenón, para que le diera el imperecedero cetro paterno; y, con éste en la mano,

enderezó a las naves de los aqueos, de broncíneas corazas.

188 Cuando encontraba a un rey o a un capitán eximio, parábase y lo detenía con

suaves palabras.

190 -¡Ilustre! No es digno de ti temblar como un cobarde. Deténte y haz que los demás

se detengan también. Aún no conoces claramente la intención del Atrida: ahora nos

prueba, y pronto castigará a los aqueos. En el consejo no todos comprendimos lo que

dijo. No sea que, irritándose, maltrate a los aqueos; la cólera de los reyes, alumnos de

Zeus, es terrible, porque su dignidad procede del próvido Zeus y éste los ama.

198 Cuando encontraba a un hombre del pueblo gritando, dábale con el cetro y lo

increpaba de esta manera:

200 -¡Desdichado! Estáte quieto y escucha a los que te aventajan en bravura; tú, débil a

inepto para la guerra, no eres estimado ni en el combate ni en el consejo. Aquí no todos

los aqueos podemos ser reyes; no es un bien la soberanía de muchos; uno solo sea

príncipe, uno solo rey: aquél a quien el hijo del artero Crono ha dado cetro y leyes para

que reine sobre nosotros.

207 -Así Ulises, actuando como supremo jefe, imponía su voluntad al ejército; y ellos

se apresuraban a volver de las tiendas y naves al ágora, con gran vocerío, como cuando el

oleaje del estruendoso mar brama en la playa anchurosa y el ponto resuena.

211 Todos se sentaron y permanecieron quietos en su sitio, a excepción de Tersites,

que, sin poner freno a la lengua, alborotaba. Ése sabía muchas palabras groseras para

disputar temerariamente, no de un modo decoroso, con los reyes, y lo que a él le

pareciera hacerlo ridículo para los argivos. Fue el hombre más feo que llegó a Troya,

pues era bizco y cojo de un pie; sus hombros corcovados se contraían sobre el pecho, y

tenía la cabeza puntiaguda y cubierta por rala cabellera. Aborrecíanlo de un modo

especial Aquiles y Ulises, a quienes zahería; y entonces, dando estridentes voces, decía

oprobios al divino Agamenón. Y por más que los aqueos se indignaban a irritaban mucho

contra él, seguía increpándolo a voz en grito:

225 -¡Atrida! ¿De qué te quejas o de qué careces? Tus tiendas están repletas de bronce

y en ellas tienes muchas y escogidas mujeres que los aqueos te ofrecemos antes que a

nadie cuando tomamos alguna ciudad. ¿Necesitas, acaso, el oro que alguno de los

troyanos, domadores de caballos, te traiga de Ilio para redimir al hijo que yo a otro aqueo

haya hecho prisionero? ¿O, por ventura, una joven con quien te junte el amor y que tú

solo poseas? No es justo que, siendo el caudillo, ocasiones tantos males a los aqueos. ¡Oh

cobardes, hombres sin dignidad, aqueas más bien que aqueos! Volvamos en las naves a la

patria y dejémoslo aquí, en Troya, para que devore el botín y sepa si le sirve o no nuestra

ayuda; ya que ha ofendido a Aquiles, varón muy superior, arrebatándole la recompensa

que todavía retiene. Poca cólera siente Aquiles en su pecho y es grande su indolencia; si

no fuera así, Atrida, éste sería tu último ultraje.

243 Tales palabras dijo Tersites, zahiriendo a Agamenón, pastor de hombres. En

seguida el divino Ulises se detuvo a su lado; y mirándolo con torva faz, lo increpó

duramente:

246 -¡Tersites parlero! Aunque seas orador facundo, calla y no quieras tú solo disputar

con los reyes. No creo que haya un hombre peor que tú entre cuantos han venido a Ilio

con los Atridas. Por tanto, no tomes en boca a los reyes, ni los injuries, ni pienses en el

regreso. No sabemos aún con certeza cómo esto acabará y si la vuelta de los aqueos será

feliz o desgraciada. Mas tú denuestas al Atrida Agamenón, porque los héroes dánaos le

dan muchas cosas; por esto lo zahieres. Lo que voy a decir se cumplirá: Si vuelvo a encontrarte

delirando como ahora, no conserve Ulises la cabeza sobre los hombros, ni sea

llamado padre de Telémaco, si no te echo mano, te despojo del vestido (el manto y la túnica

que cubren tus partes verendas) y te envío lloroso del ágora a las veleras naves

después de castigarte con afrentosos azotes.

265 Así, pues, dijo, y con el cetro diole un golpe en la espalda y los hombros. Tersites

se encorvó, mientras una gruesa lágrima caía de sus ojos y un cruento cardenal aparecía

en su espalda debajo del áureo cetro. Sentóse, turbado y dolorido; miró a todos con aire

de simple, y se enjugó las lágrimas. Ellos, aunque afligidos, rieron con gusto y no faltó

quien dijera a su vecino:

272 -¡Oh dioses! Muchas cosas buenas hizo Ulises, ya dando consejos saludables, ya

preparando la guerra; pero esto es lo mejor que ha ejecutado entre los argivos: hacer

callar al insolente charlatán, cuyo ánimo osado no lo impulsará en lo sucesivo a zaherir

con injuriosas palabras a los reyes.

278 -Así hablaba la multitud. Levantóse Ulises, asolador de ciudades, con el cetro en la

mano (Atenea, la de ojos de lechuza, que, transfigurada en heraldo, junto a él estaba, impuso

silencio para que todos los aqueos, desde los primeros hasta los últimos, oyeran su

discurso y meditaran sus consejos), y benévolo los arengó diciendo:

284 -¡Atrida! Los aqueos, oh rey, quieren cubrirte de baldón ante todos los mortales de

voz articulada y no cumplen lo que te prometieron al venir de Argos, criador de caballos:

que no te irías sin destruir la bien murada Ilio. Cual si fuesen niños o viudas, se lamentan

unos con otros y desean regresar a su casa. Y es, en verdad, penoso que hayamos de volver

afligidos. Cierto que cualquiera se impacienta al mes de estar separado de su mujer,

cuando ve detenida su nave de muchos bancos por las borrascas invernales y el mar

alborotado; y nosotros hace ya nueve años, con el presence, que aquí permanecemos. No

me enojo, pues, porque los aqueos se impacienten junto a las cóncavas naves; pero sería

bochornoso haber estado aquí tanto tiempo y volvernos sin conseguir nuestro propósito.

Tened paciencia, amigos, y aguardad un poco más, para que sepamos si fue verídica la

predicción de Calcante. Bien grabada la tenemos en la memoria, y todos vosotros, los que

no habéis sido arrebatados día tras día por las parcas de la muerte, sois testigos de lo que

ocurrió en Áulide cuando se reunieron las naves aqueas que cantos males habían de traer

a Príamo y a los troyanos. En sacros altares inmolábamos hecatombes perfectas a los

inmortales, junto a una fuente y a la sombra de un hermoso plátano a cuyo pie manaba

agua cristalina. Allí se nos ofreció un gran portento. Un horrible dragón de roja espalda,

que el mismo Olímpico sacara a la luz, saltó de debajo del altar al plátano. En la rama

cimera de éste hallábanse los hijuelos recién nacidos de un ave, que medrosos se

acurrucaban debajo de las hojas; eran ocho, y, con la madre que los parió, nueve. El

dragón devoró a los pajarillos, que piaban lastimeramente; la madre revoleaba en torno de

sus hijos quejándose, y aquél volvióse y la cogió por el ala, mientras ella chillaba.

Después que el dragón se hubo comido al ave y a los polluelos, el dios que lo había

mostrado obró en él un prodigio: el hijo del artero Crono transformólo en piedra, y

nosotros, inmóviles, admirábamos lo que ocurría. De este modo, las grandes y

portentosas acciones de los dioses interrumpieron las hecatombes. Y en seguida Calcante,

vaticinando, exclamó: «¿Por qué enmudecéis, melenudos aqueos? El próvido Zeus es

quien nos muestra ese prodigio grande, tardío, de lejano cumplimiento, pero cuya gloria

jamás perecerá. Como el dragón devoró a los polluelos del ave y al ave misma, los cuales

eran ocho, y, con la madre que los dio a luz, nueve, así nosotros combatiremos allí igual

número de años, y al décimo tomaremos la ciudad de anchas calles.» Tal fue lo que dijo y

todo se va cumpliendo. ¡Ea, aqueos de hermosas grebas, quedaos todos hasta que

tomemos la gran ciudad de Príamo!

333 Así habló. Los argivos, con agudos gritos que hacían retumbar horriblemente las

naves, aplaudieron el discurso del divino Ulises. Y Néstor, caballero gerenio, los arengó

diciendo:

337 -¡Oh dioses! Habláis como niños chiquitos que no están ejercitados en los bélicos

trabajos. ¿Qué es de nuestros convenios y juramentos? ¿Se fueron, pues, en humo los

consejos, los afanes de los guerreros, los pactos consagrados con libaciones de vino puro

y los apretones de manos en que confiábamos? Nos entretenemos en contender con

palabras y sin motivo, y en tan largo espacio no hemos podido encontrar un medio eficaz

para conseguir nuestro intento. ¡Atrida! Tú, como siempre, manda con firme decisión a

los argivos en el duro combate y deja que se consuman uno o dos que en discordancia

con los demás aqueos desean, aunque no lograran su propósito, regresar a Argos antes de

saber si fue o no falsa la promesa de Zeus, que lleva la égida. Pues yo os aseguro que el

prepotente Cronida nos prestó su asentimiento, relampagueando por el diestro lado y

haciéndonos favorables señales, el día en que los argivos se embarcaron en las naves de

ligero andar para traer a los troyanos la muerte y el destino. Nadie, pues, se dé prisa por

volver a su casa, hasta haber dormido con la esposa de un troyano y haber vengado la

huida y los gemidos de Helena. Y si alguno tanto anhelare el regreso, toque la negra nave

de muchos bancos para que delante de todos sea muerto y cumpla su destino. ¡Oh rey! No

dejes de pensar tú mismo y sigue también los consejos que nosotros lo damos. No es despreciable

lo que voy a decirte: Agrupa a los hombres, oh Agamenón, por tribus y

familias, para que una tribu ayude a otra tribu y una familia a otra familia. Si así lo

hicieres y lo obedecieren los aqueos, sabrás pronto cuáles jefes y soldados son cobardes y

cuáles valerosos, pues pelearán distintamente; y conocerás si no puedes tomar la ciudad

por la voluntad de los dioses o por la cobardía de tus hombres y su impericia en la guerra.

369 Y, respondiéndole, el rey Agamenón le dijo:

370 -De nuevo, oh anciano, superas en el ágora a los aqueos todos. Ojalá, ¡padre Zeus,

Atenea, Apolo!, tuviera yo entre los aqueos diez consejeros semejantes; entonces la

ciudad del rey Príamo sería pronto tomada y destruida por nuestras manos. Pero Zeus

Cronida, que lleva la égida, me envía penas, enredándome en inútiles disputas y riñas.

Aquiles y yo peleamos con encontradas razones por una joven, y fui el primero en

irritarme; si ambos procediéramos de acuerdo, no se diferiría ni un solo momento la ruina

de los troyanos. Ahora, id a comer para que luego trabemos el combate; cada uno afile la

lanza, prepare el escudo, dé el pasto a los corceles de pies ligeros a inspeccione el carro,

apercibiéndose para la lucha; pues durante todo el día nos pondrá a prueba el horrendo

Ares. Ni un breve descanso ha de haber siquiera, hasta que la noche obligue a los

valientes guerreros a separarse. La correa del escudo que al combatiente cubre, sudará en

torno del pecho; el brazo se fatigará con el manejo de la lanza, y también sudarán los

corceles arrastrando los pulimentados carros. Y aquél que se quede voluntariamente en

las corvas naves, lejos de la batalla, como yo lo vea, no se librará de los perros y de las

aves de rapiña.

394 Así dijo. Los argivos promovían gran clamoreo, como cuando las olas, movidas

por el Noto, baten un elevado risco que se adelanta sobre el mar y no to dejan mientras

soplan los vientos en contrarias direcciones. Luego, levantándose, se dispersaron por las

naves, encendieron lumbre en las tiendas, tomaron la comida y ofrecieron sacrificios,

quiénes a uno, quiénes a otro de los sempiternos dioses, para que los librasen de la muerte

y del fatigoso trabajo de Ares. Agamenón, rey de hombres, inmoló un pingüe buey de

cinco años al prepotente Cronión, habiendo llamado a su tienda a los principales caudillos

de los aqueos todos: primeramente a Néstor y al rey Idomeneo, luego a entrambos

Ayantes y al hijo de Tideo, y en sexto lugar a Ulises, igual a Zeus en prudencia. Espontáneamente

se presentó Menelao, valiente en la pelea, porque sabía lo que su hermano

estaba preparando. Colocaronse todos alrededor del buey y tomaron la mola. Y puesto en

medio, el poderoso Agamenón oró diciendo:

412 -¡Zeus gloriosísimo, máximo, que amontonas las sombrías nubes y vives en el éter!

¡No se ponga el sol ni sobrevenga la obscuridad antes que yo destruya el palacio de

Príamo, entregándolo a las llamas; pegue voraz fuego a las puertas; rompa con mi lanza

la coraza de Héctor en su mismo pecho, y vea a muchos de sus compañeros caídos de

cara en el polvo y mordiendo la tierra!

419 Dijo; pero el Cronión no accedió y, aceptando los sacrificios, preparóles no

envidiable labor. Hecha la rogativa y esparcida la mola, cogieron las víctimas por la

cabeza, que tiraron hacia atrás, y las degollaron y desollaron; cortaron los muslos, y

después de pringarlos con gordura por uno y otro lado y de cubrirlos con trozos de carne,

los quemaron con leña sin hojas; y atravesando las entrañas con los asadores, las pusieron

al fuego. Quemados los muslos, probaron las entrañas; y dividiendo to restante en

pedazos muy pequeños, atravesáronlo con pinchos, to asaron cuidadosamente y lo retiraron

del fuego. Terminada la faena y dispuesto el festín, comieron y nadie careció de

su respectiva porción. Y cuando hubieron satisfecho el deseo de beber y de comer, Néstor,

el caballero gerenio, comenzó a decirles:

434-¡Atrida gloriosísimo, rey de hombres, Agamenón! No nos entretengamos en hablar,

ni difiramos por más tiempo la empresa que un dios pone en nuestras manos. Mas, ea, los

heraldos de los aqueos, de broncíneas corazas, pregonen que el ejército se reúna cerca de

los bajeles, y nosotros recorramos juntos el espacioso campamento para promover cuanto

antes un vivo combate.

441 Así dijo; y Agamenón, rey de hombres, no desobedeció. Al momento dispuso que

los heraldos de voz sonora llamaran al combate a los melenudos aqueos; hízose el

pregón, y ellos se reunieron prontamente. El Atrida y los reyes, alumnos de Zeus, hacían

formar a los guerreros, y los acompañaba Atenea, la de ojos de lechuza, llevando la

preciosa inmortal égida que no envejece y de la cual cuelgan cien áureos borlones, bien

labrados y del valor de cien bueyes cada uno. Con ella en la mano, movíase la diosa entre

los aqueos, instigábalos a salir al campo y ponía fortaleza en sus corazones para que

pelearan y combatieran sin descanso. Pronto les fue más agradable el combate, que

volver a la patria tierra en las cóncavas naves.

455 Cual se columbra desde lejos el resplandor de un incendio, cuando el voraz fuego

se propaga por vasta selva en la cumbre de un monte, así el brillo de las broncíneas armaduras

de los que se ponían en marcha llegaba al cielo a través del éter.

459 De la suerte que las alígeras aves -gansos, grullas o cisnes cuellilargos- se posan en

numerosas bandadas y chillando en la pradera Asia, cerca de la corriente del Caístro,

vuelan acá y allá ufanas de sus alas, y el campo resuena; de esta manera las numerosas

huestes afluían de las naves y tiendas a la llanura escamandria y la tierra retumbaba

horriblemente bajo los pies de los guerreros y de los caballos. Y los que en el florido

prado del Escamandrio llegaron a juntarse fueron innumerables; tantos, cuantas son las

hojas y Bores que en la primavera nacen.

469 Como enjambres copiosos de moscas que en la primaveral estación vuelan

agrupadas por el establo del pastor, cuando la leche llena los tarros, en tan gran número

reuniéronse en la llanura los melenudos aqueos, deseosos de acabar con los troyanos.

474 Poníanlos los caudillos en orden de batalla fácilmente, como los pastores separan

las cabras de grandes rebaños cuando se mezclan en el pasto; y en medio aparecía el poderoso

Agamenón, semejante en la cabeza y en los ojos a Zeus, que se goza en lanzar

rayos, en el cinturón, a Ares, y en el pecho, a Posidón. Como en el hato el macho vacuno

más excelente es el toro, que sobresale entre las vacas reunidas, de igual manera hizo

Zeus que Agamenón fuera aquel día insigne y eximio entre muchos héroes.

484 Decidme ahora, Musas que poseéis olímpicos palacios y como diosas lo presenciáis

y conocéis todo, mientras que nosotros oímos tan sólo la fama y nada cierto sabemos,

cuáles eran los caudillos y príncipes de los dánaos. A la muchedumbre no podría

enumerarla ni nombrarla, aunque tuviera diez lenguas, diez bocas, voz infatigable y

corazón de bronce: sólo las Musas olímpicas, hijas de Zeus, que lleva la égida, podrían

decir cuántos a Ilio fueron. Pero mencionaré los caudillos y las naves todas.

494 Mandaban a los beocios Penéleo, Leito, Arcesilao, Protoenor y Clonio. Los que

cultivaban los campos de Hiria, Áulide pétrea, Esqueno, Escolo, Eteono fragosa, Tespía,

Grea y la vasta Micaleso, los que moraban en Harma, Ilesio y Eritras; los que residían en

Eleón, Hila, Peteón, Ocálea, Medeón, ciudad bien construida, Copas, Eutresis y Tisbe,

abundante en palomas; los que habítaban en Coronea, Haliarto herbosa, Platea y Glisante;

los que poseían la bien edificada ciudad de Hipotebas, la sacra Onquesto, delicioso

bosque de Posidón, y las ciudades de Arne, abundante en uvas, Midea, Nisa divina y

Antedón fronteriza: todos estos llegaron en cincuenta naves. En cada una se habían

embarcado ciento veinte beocios.

511 De los que habitaban en Aspledón y Orcómeno Minieo eran caudillos Ascálafo y

Yálmeno, hijos de Ares y de Astíoque, que los había dado a luz en el palacio de Áctor

Azida. Astíoque, que era virgen ruborosa, subió al piso superior, y el terrible dios se unió

con ella clandestinamente. Treinta cóncavas naves en orden los seguían.

517 Mandaban a los foceos Esquedio y Epístrofo, hijos del magnánimo Ífito Naubólida.

Los de Cipariso, Pitón pedregosa, Crisa divina, Dáulide y Panopeo; los que habitaban en

Anemoria, Jámpolis y la ribera del divinal río Cefiso; los que poseían la ciudad de Lilea

en las fuentes del mismo río: todos éstos habían llegado en cuarenta negras naves. Los

caudillos ordenaban entonces las filas de los focios, que en las batallas combatían a la

izquierda de los beocios.

527 Acaudillaba a los locrios que vivían en Cino, Opunte, Calíaro, Besa, Escarfe,

Augías amena, Tarfe y Tronio, a orillas del Boagrio, el ligero Ayante de Oileo, menor,

mucho menor que Ayante Telamonio: era bajo de cuerpo, llevaba coraza de lino y en el

manejo de la lanza superaba a todos los helenos y aqueos. Seguíanlo cuarenta negras

naves, en las cuales habían venido los locrios que viven más a11á de la sagrada Eubea.

536 Los abantes de Eubea, que respiraban valor y residían en Calcis, Eretria, Histiea,

abundante en uvas, Cerinto marítima, Dío, ciudad excelsa, Caristo y Estira, eran

capitaneados por el magnánimo Elefénor Calcodontíada, vástago de Ares. Con tal

caudillo llegaron los ligeros abantes, que dejaban crecer la cabellera en la parte posterior

de la cabeza: eran belicosos y deseaban siempre romper con sus lanzas de fresno las

corazas en los pechos de los enemigos. Seguíanlo cuarenta negras naves.

546 Los que habitaban en la bien edificada ciudad de Atenas y constituían el pueblo del

magnánimo Erecteo, a quien Atenea, hija de Zeus, crió -habíale dado a luz la fértil tierray

puso en su rico templo de Atenas, donde los jóvenes atenienses ofrecen todos los años

sacrificios propiciatorios de toros y corderos a la diosa, tenían por jefe a Menesteo, hijo

de Péteo. Ningún hombre de la tierra sabía como ése poner en orden de batalla, así a los

que combatían en carros, como a los peones armados de escudos; sólo Néstor competía

con él, porque era más anciano. Cincuenta negras naves to seguían.

557 Ayante había partido de Salamina con doce naves, que colocó cerca de las falanges

atenienses.

559 Los habitantes de Argos, Tirinto amurallada, Hermíone y Ásine en profundo golfo

situadas, Trecén, Eyones y Epidauro, abundante en vides, y los jóvenes aqueos de Egina

y Masete, eran acaudillados por Diomedes, valiente en la pelea; Esténelo, hijo del famoso

Capaneo, y Euríalo, igual a un dios, que tenía por padre al rey Mecisteo Talayónida. Era

jefe supremo Diomedes, valiente en la pelea. Ochenta negras naves los seguían.

569 Los que poseían la bien construida ciudad de Micenas, la opulenta Corinto y la

bien edificada Cleonas; los que cultivaban la tierra en Ornías, Aretírea deleitosa y Sición,

donde antiguamente reinó Adrasto; los que residían en Hiperesia y Gonoesa excelsa, y los

que habitaban en Pelene, Egio, el Egíalo todo y la espaciosa Hélice: todos éstos habían

llegado en cien naves a las órdenes del rey Agamenón Atrida. Muchos y valientes

varones condujo este príncipe que entonces vestía el luciente bronce, ufano de sobresalir

entre todos los héroes por su valor y por mandar a mayor número de hombres.

581 Los de la honda y cavernosa Lacedemonia que residían en Faris, Esparta y Mesa,

abundante en palomas; moraban en Brisías o Augías amena; poseían las ciudades de

Amiclas y Helos marítima, y habitaban en Laa y Étilo: todos éstos llegaron en sesenta

naves al mando del hermano de Agamenón, de Menelao, valiente en el combate, y se

armaban formando unidad aparte. Menelao, impulsado por su propio ardor, los animaba a

combatir y anhelaba en su corazón vengar la huida y los gemidos de Helena.

591 Los que cultivaban el campo en Pilos, Arene deliciosa, Trío, vado del Alfeo, y la

bien edificada Epi, y los que habitaban en Ciparisente, Anfigenia, Pteleo, Helos y Dorio

(donde las Musas, saliéndole al camino a Támiris el tracio, lo privaron de cantar cuando

volvía de la casa de Éurito el ecalieo; pues jactóse de que saldría vencedor, aunque

cantaran las propias Musas, hijas de Zeus, que lleva la égida, y ellas irritadas lo cegaron,

lo privaron del divino canto y le hicieron olvidar el arte de pulsar la cítara) eran

mandados por Néstor, caballero gerenio, y habían llegado en noventa cóncavas naves.

603 Los que habitaban en la Arcadia al pie del alto monte de Cilene y cerca de la tumba

de Épito, país de belicosos guerreros; los de Féneo, Orcómeno, abundante en ovejas,

Ripe, Estratia y Enispe ventosa; y los que poseían las ciudades de Tegea, Mantinea

deliciosa, Estínfalo y Parrasia: todos éstos llegaron al mando del rey Agapenor, hijo de

Anceo, en sesenta naves. En cada una de éstas se embarcaron muchos arcadios

ejercitados en la guerra. El mismo rey de hombres, Agamenón, les facilitó las naves de

muchos bancos, para que atravesaran el vinoso ponto; pues ellos no se cuidaban de las

cosas del mar.

615 Los que habitaban en Buprasio y en el resto de la divina Élide, desde Hirmina y

Mírsino, la fronteriza, por un lado y la roca Olenia y Alesio por el otro, tenían cuatro

caudillos y cada uno de éstos mandaba diez veleras naves tripuladas por muchos epeos.

De dos divisiones eran respectivamente jefes Anfímaco y Talpio, hijo aquél de Ctéato y

éste de Éurito y nietos de Actor; de la tercera, el fuerte Diores Amarincida, y de la cuarta,

el deiforme Polixino, hijo del rey Agástenes Augeida.

625 Los de Duliquio y las sagradas islas Equinas, situadas al otro lado del mar frente a

la Elide, eran mandados por Meges Filida, igual a Ares, a quien engendró el jinete Fileo,

caro a Zeus, cuando por haberse enemistado con su padre emigró a Duliquio. Cuarenta

negras naves to seguían.

631 Ulises acaudillaba a los cefalenios de ánimo altivo. Los de ítaca y su frondoso

Nérito; los que cultivaban los campos de Crocilea y de la escarpada Egílipe; los que

habitaban en Zacinto; los que vivían en Samos y sus alrededores; los que estaban en el

continente y los que ocupaban la orilla opuesta: todos ellos obedecían a Ulises, igual a

Zeus en prudencia. Doce naves de rojas proas lo seguían.

638 Toante, hijo de Andremón, regía a los etolios que habitaban en Pleurón, Oleno,

Pilene, Calcis marítima y Calidón pedregosa. Ya no existían los hijos del magnánimo

Eneo, ni éste; y muerto también el rubio Meleagro, diéronse a Toante todos los poderes

para que reinara sobre los etolios. Cuarenta negras naves los seguían.

645 Mandaba a los cretenses Idomeneo, famoso por su lanza. Los que vivían en Cnoso,

Gortina amurallada, Licto, Mileto, blanca Licasto, Festo y Ritio, ciudades populosas, y

los que ocupaban la isla de Creta con sus cien ciudades: todos éstos eran gobernados por

Idomeneo, famoso por su lanza, que con Meriones, igual al homicida Enialio, compartía

el mando. Seguíanlo ochenta negras naves.

653 Tlepólemo Heraclida, valiente y alto de cuerpo, condujo en nueve buques a los

fieros rodios que vivían, divididos en tres pueblos, en Lindo, Yáliso y Camiro la blanca.

De éstos era caudillo Tlepólemo, famoso por su lanza, a quien Astioquía concibió del

fornido Heracles, cuando el héroe se la llevó de Éfira, de la ribera del río Seleente,

después de haber asolado muchas ciudades defendidas por nobles mancebos. Cuando

Tlepólemo, criado en el magnífico palacio, hubo llegado a la juventud, mató al anciano

tío materno de su padre, a Licimnio, vástago de Ares; y como los demás hijos y nietos del

fuerte Heracles lo amenazaron, construyó naves, reunió mucha gente y huyó por el ponto.

Errante y sufriendo penalidades pudo llegar a Rodas, y allí se estableció con los suyos,

que formaron tres tribus. Se hicieron querer de Zeus, que reina sobre los dioses y los

hombres, y el Cronión les dio abundante riqueza.

671 Nireo condujo desde Sime tres naves bien proporcionadas; Nireo, hijo de Aglaya y

del rey Cáropo; Nireo, el más hermoso de los dánaos que fueron a Ilio, si exceptuamos al

eximio Pelida; pero era tímido, y poca la gente que mandaba.

676 Los que habitaban en Nísiros, Crápato, Caso, Cos, ciudad de Eurípilo, y las islas

Calidnas, tenían por jefes a Fidipo y Antifo, hijos del rey Tésalo Heraclida. Treinta

cóncavas naves en orden to seguían.

681 Cuantos ocupaban el Argos pélásgico, los que vivían en Alo, Álope y Traquine y

los que poseían la Ftía y la Hélade de lindas mujeres, y se llamaban mirmidones, helenos

y aqueos, tenían por capitán a Aquiles y habían llegado en cincuenta naves. Mas éstos no

se cuidaban entonces del combate horrísono, por no tener quien los llevara a la pelea: el

divino Aquiles, el de los pies ligeros, no salía de las naves, enojado a causa de la joven

Briseide, de hermosa cabellera, a la cual había hecho cautiva en Lirneso, cuando después

de grandes fatigas destruyó esta ciudad y las murallas de Teba, dando muerte a los

belicosos Mines y Epístrofo, hijos del rey Eveno Selepíada. Afiigido por ello, se

entregaba al ocio; pero pronto había de levantarse.

695 Los que habitaban en Fílace, Píraso florida, que es lugar consagrado a Deméter;

Itón, criadora de ovejas; Antrón marítima y Pteleo herbosa, fueron acaudillados por el

aguerrido Protesilao mientras vivió, pues ya entonces teníalo en su seno la negra tierra:

matólo un dárdano cuando saltó de la nave mucho antes que los demás aqueos, y en

Fílace quedaron su desolada esposa y la casa a medio acabar. Con todo, no carecían

aquéllos de jefe, aunque echaban de menos al que antes tuvieron, pues los ordenaba para

el combate Podarces, vástago de Ares, hijo de Ificlo Filácida, rico en ganado, y hermano

menor del animoso Protesilao. Éste era mayor y más valiente. Sus hombres, pues, no

estaban sin caudillo; pero sentían soledad de aquél, que tan esforzado había sido.

Cuarenta negras naves lo seguían.

711 Los que moraban en Feras situada a orillas del lago Bebeide, Beba, Gláfiras y

Yolco bien edificada, habían llegado en once naves al mando de Eumelo, hijo querido de

Admeto y de Alcestis, divina entre las mujeres, que era la más hermosa de las hijas de

Pelias.

716 Los que cultivaban los campos de Metone y Taumacia y los que poseían las

ciudades de Melibea y Olizón fragosa, tuvieron por capitán a Filoctetes, hábil arquero, y

llegaron en siete naves: en cada una de éstas se embarcaron cincuenta remeros muy

expertos en combatir valerosamente con el arco. Mas Filoctetes se hallaba padeciendo

fuertes dolores en la divina isla de Lemnos, donde lo dejaron los aqueos después que lo

mordió ponzoñoso reptil. Allí permanecía afligido; pero pronto en las naves habían de

acordarse los argivos del rey Filoctetes. No carecían aquéllos de jefe, aunque echaban de

menos a su caudillo, pues los ordenaba para el combate Medonte, hijo bastardo de Oileo,

asolador de ciudades, de quien lo tuvo Rena.

729 De los de Trica, Itome de quebrado suelo, y Ecalia, ciudad de Éurito el ecalieo,

eran capitanes dos hijos de Asclepio y excelentes médicos: Podalirio y Macaón. Treinta

cóncavas naves en orden los seguían.

734 Los que poseían la ciudad de Ormenio, la fuente Hiperea, Asterio y las blancas

cimas del Títano, eran mandados por Eurípilo, hijo preclaro de Evemón. Cuarenta negras

naves lo seguían.

739 A los de Argisa, Girtone, Orte, Elone y la blanca ciudad de Olosón, los regía el

intrépido Polipetes, hijo de Pirítoo y nieto de Zeus inmortal (habíalo dado a luz la ínclita

Hipodamía el mismo día en que Pirítoo, castigando a los hirsutos centauros, los echó del

Pelio y los obligó a retirarse hacia los étices). Pero no estaba solo, sino que con él

compartía el mando Leonteo, vástago de Ares, hijo del animoso Corono Ceneida.

Cuarenta negras naves los seguían.

748 Guneo condujo desde Cifo en veintidós naves a los enienes a intrépidos perebos;

aquéllos tenían su morada en Dodona, de fríos inviernos, y éstos cultivaban los campos a

orillas del hermoso Titareso, que vierte sus cristalinas aguas en el Peneo de argénteos

vórtices; pero no se mezcla con él, sino que sobrenada como aceite, porque es un arroyo

del agua de la Éstige, que se invoca en los terribles juramentos.

756 A los magnetes gobernábalos Prótoo, hijo de Tentredón. Los que habitaban a

orillas del Peneo y en el frondoso Pelio tenían, pues, por jefe al ligero Prótoo. Cuarenta

negras naves lo seguían.

760 Tales eran los caudillos y príncipes de los dánaos. Dime, Musa, cuál fue el mejor

de los varones y cuáles los más excelentes caballos de cuantos con los Atridas llegaron.

763 Entre los corceles sobresalían las yeguas del Feretíada, que guiaba Eumelo: eran

ligeras como aves, apeladas, y de la mísma edad y altura; criólas Apolo, el del arco de

plata, en Perea, y llevaban consigo el terror de Ares. De los guerreros el más valiente fue

Ayante Telamonio mientras duró la cólera de Aquiles, pues éste lo superaba mucho; y

también eran los mejores caballos los que llevaban al eximio Pelión. Mas Aquiles

permanecía entonces en las corvas naves surcadoras del ponto, por estar irritado contra

Agamenón Atrida, pastor de hombres; su gente se solazaba en la playa tirando discos,

venablos o flechas; los corceles comían loto y apio palustre cerca de los carros de los

capitanes que permanecían enfundados en las tiendas, y los guerreros, echando de menos

a su jefe, caro a Ares, discurrían por el campamento y no peleaban.

780 Ya los demás avanzaban a modo de incendio que se propagase por toda la comarca;

y como la tierra gime cuando Zeus, que se complace en lanzar rayos, airado, la azota en

Arimos, donde dicen que está el lecho de Tifoeo; de igual manera gemía grandemente

debajo de los que iban andando y atravesaban con ligero paso la llanura.

786 Dio a los troyanos la triste noticia Iris, la de los pies ligeros como el viento, a quien

Zeus, que lleva la égida, había enviado como mensajera. Todos ellos, jóvenes y viejos,

hallábanse reunidos en los pórticos del palacio de Príamo y deliberaban. Iris, la de los

pies ligeros, se les presentó tomando la figura y voz de Polites, hijo de Príamo; el cual,

confiando en la agilidad de sus pies, se sentaba como atalaya de los troyanos en la cima

del túmulo del anciano Esietes y observaba cuando los aqueos partían de las naves para

combatir. Así transfigurada, dijo Iris, la de los pies ligeros:

796- ¡Oh anciano! Te placen los discursos interminables como cuando teníamos paz, y

una obstinada guerra se ha promovido. Muchas batallas he presenciado, pero nunca vi un

ejército tal y tan grande como el que viene por la llanura a pelear contra la ciudad,

formado por tantos hombres cuantas son las hojas o las arenas. ¡Héctor! Te recomiendo

encarecidamente que procedas de este modo: Como en la gran ciudad de Príamo hay

muchos auxiliares y no hablan una misma lengua hombres de países tan diversos, cada

cual mande a aquellos de quienes es príncipe y acaudille a sus conciudadanos, después de

ponerlos en orden de batalla.

806 Así dijo; y Héctor, conociendo la voz de la diosa, disolvió el ágora. Apresuráronse

a tomar las armas, abriéronse todas las puertas, salió el ejército de infantes y de los que

en carros combatían, y se produjo un gran tumulto.

811 Hay en la llanura, frente a la ciudad, una excelsa colina aislada de las demás y

accesible por todas partes, a la cual los hombres llaman Batiea y los inmortales tumba de

la ágil Mirina: a11í fue donde los troyanos y sus auxiliares se pusieron en orden de

batalla.

816 A los troyanos mandábalos el gran Héctor Priámida, el de tremolante casco. Con él

se armaban las tropas más copiosas y valientes, que ardían en deseos de blandir las

lanzas.

819 De los dardanios era caudillo Eneas, valiente hijo de Anquises, de quien lo tuvo la

divina Afrodita después que la diosa se unió con el mortal en un bosque del Ida. Con

Eneas compartían el mando dos hijos de Anténor: Arquéloco y Acamante, diestros en

toda suerte de pelea.

824 Los ricos troyanos que habitaban en Zelea, al pie del Ida, y bebían el agua del

caudaloso Esepo, eran gobernados por Pándaro, hijo ilustre de Licaón, a quien Apolo en

persona dio el arco.

828 Los que poseían las ciudades de Adrastea, Apeso, Pitiea y el alto monte de Terea,

estaban a las órdenes de Adrasto y Anfio, de coraza de lino: ambos eran hijos de Mérope

Percosio, el cual conocía como nadie el arte adivinatoria y no quería que sus hijos fuesen

a la homicida guerra; pero ellos no lo obedecieron, impelidos por las parcas de la negra

muerte.

835 Los que moraban en Percote, a orillas del Practio, y los que habitaban en Sesto,

Abidos y la divina Arisbe eran mandados por Asio Hirtácida, príncipe de hombres, a

quien fogosos y corpulentos corceles condujeron desde Arisbe, desde la ribera del río

Seleente.

840 Hipótoo acaudillaba las tribus de los valerosos pelasgos que habitaban en la fértil

Larisa. Mandábanlos.él y Pileo, vástago de Ares, hijos del pelasgo Leto Teutámida.

844 A los tracios, que viven a orillas del alborotado Helesponto, los regían Acamante y

el héroe Píroo.

846 Eufemo, hijo de Treceno Céada, alumno de Zeus, era el capitán de los belicosos

cícones.

848 Pirecmes condujo los peonios, de corvos arcos, desde la lejana Amidón, desde la

ribera del anchuroso Axio; del Axio, cuyas límpidas aguas se esparcen por la tierra.

851 A los paflagonios, procedentes del país de los énetos, donde se crían las mulas

cerriles, los mandaba Pilémenes, de corazón varonil: aquéllos poseían la ciudad de

Citoro, cultivaban los campos de Sésamo y habitaban magníficas casas a orillas del río

Partenio, en Cromna, Egíalo y los altos montes Eritinos.

856 Los halizones eran gobernados por Odio y Epístrofo y procedían de lejos: de Álibe,

donde hay yacimientos de plata.

858 A los misios los regían Cromis y el augur Énnomo, que no pudo librarse, a pesar de

los agüeros, de la negra muerte; pues sucumbió a manos del Eácida, el de los pies ligeros,

en el río donde éste mató también a otros troyanos.

862 Forcis y el deiforme Ascanio acaudillaban a los frigios que habían llegado de la

remota Ascania y anhelaban entrar en batalla.

864 A los meonios los gobernaban Mestles y Antifo, hijos de Talémenes, a quienes dio

a luz la laguna Gigea. Tales eran los jefes de los meonios, nacidos al pie del Tmolo.

867 Nastes estaba al frente de los carios de bárbaro lenguaje. Los que ocupaban la

ciudad de Mileto, el frondoso monte Ftirón, las orillas del Meandro y las altas cumbres de

Mícale tenían por caudillos a Nastes y Anfímaco, preclaros hijos de Nomión; Nastes y

Anfímaco, que iba al combate cubierto de oro como una doncella. ¡Insensato! No por ello

se libró de la triste muerte, pues sucumbió en el río a manos del celerípede Eácida del

aguerrido Aquiles, el de los pies ligeros; y éste se apoderó del oro.

876 Sarpedón y el eximio Glauco mandaban a los licios, que procedían de la remota

Licia, de la ribera del voraginoso Janto.

CANTO III*

Juramentos- Contemplando desde la muralla –

Combate singular de Alejandro y Menelao

* La primera se interrumpe para que se verifique el combate singular de Alejandro y Menelao, que no

produce ningún resultado, pues, cuando aquél va a ser vencido, lo arrebata por los aires su madre la diosa

Afrodita y lo lleva al lado de Helena.

1 Puestos en orden de batalla con sus respectivos jefes, los troyanos avanzaban

chillando y gritando como aves -así profieren sus voces las grullas en el cielo, cuando,

para huir del frío y de las lluvias torrenciales, vuelan gruyendo sobre la corriente del

Océano y llevan la ruina y la muerte a los pigmeos, moviéndolos desde el aire cruda

guerra- y los aqueos marchaban silenciosos, respirando valor y dispuestos a ayudarse

mutuamente.

10 Así como el Noto derrama en las cumbres de un monte la niebla tan poco grata al

pastor y más favorable que la noche para el ladrón, y sólo se ve el espacio a que alcanza

una pedrada; así también, una densa polvareda se levantaba bajo los pies de los que se

ponían en marcha y atravesaban con gran presteza la llanura.

15 Cuando ambos ejércitos se hubieron acercado el uno al otro, apareció en la primera

fila de los troyanos Alejandro, semejante a un dios, con una piel de leopardo en los hombros,

el corvo arco y la espada; y, blandiendo dos lanzas de broncínea punta, desafiaba a

los más valientes argivos a que con él sostuvieran terrible combate.

21 Menelao, caro a Ares, violo venir con arrogante paso al frente de la tropa, y, como el

león hambriento que ha encontrado un gran cuerpo de cornígero ciervo o de cabra

montés, se alegra y tl devora, aunque o persigan ágiles perros y robustos mozos; así

Menelao se holgó de ver con sus propios ojos al deiforme Alejandro -figuróse que podría

castigar al culpable- y al momento saltó del carro al suelo sin dejar las armas.

30 Pero el deiforme Alejandro, apenas distinguió a Menelao entre los combatientes

delanteros, sintió que se le cubría el corazón, y, para librarse de la muerte, retrocedió al

grupo de sus amigos. Como el que descubre un dragón en la espesura de un monte, se

echa con prontitud hacia atrás, tiémblanle las carnes y se aleja con la palidez pintada en

sus mejillas; así el deiforme Alejandro, temiendo al hijo de Atreo, desapareció en la turba

de los altivos troyanos.

38 Advirtiólo Héctor y lo reprendió con injuriosas palabras:

39 -¡Miserable Paris, el de más hermosa figura, mujeriego, seductor! Ojalá no te

contaras en el número de los nacidos o hubieses muerto célibe. Yo así lo quisiera y te

valdría más que ser la vergüenza y el oprobio de los tuyos. Los melenudos aqueos se ríen

de haberte considerado como un bravo campeón por tu gallarda figura, cuando no hay en

tu pecho ni fuerza ni valor. Y siendo cual eres, ¿reuniste a tus amigos, surcaste los mares

en ligeros buques, visitaste a extranjeros y trajiste de remota tierra una mujer linda,

esposa y cuñada de hombres belicosos, que es una gran plaga para tu padre, la ciudad y el

pueblo todo, y causa de gozo para los enemigos y de confusión para ti mismo? ¿No

esperas a Menelao, caro a Ares? Conocerías de qué varón tienes la floreciente esposa, y

no te valdrían la cítara, los dones de Afrodita, la cabellera y la hermosura, cuando rodaras

por el polvo. Los troyanos son muy tímidos; pues, si no, ya estarías revestido de una

túnica de piedras por los males que les has causado.

58 Respondióle el deiforme Alejandro:

59 -¡Héctor! Con motivo me increpas y no más de lo justo; pero tu corazón es inflexible

como el hacha que hiende un leño y multiplica la fuerza de quien la maneja hábilmente

para cortar maderos de navío: tan intrépido es el ánimo que en tu pecho se encierra. No

me eches en cara los amables dones de la dorada Afrodita, que no son despreciables los

eximios presentes de los dioses y nadie puede escogerlos a su gusto. Y si ahora quieres

que luche y combata, detén a los demás troyanos y a los aqueos todos, y dejadnos en

medio a Menelao, caro a Ares, y a mí para que peleemos por Helena y sus riquezas: el

que venza, por ser más valiente, lleve a su casa mujer y riquezas; y, después de jurar paz

y amistad, seguid vosotros en la fértil Troya y vuelvan aquéllos a Argos, criadora de

caballos, y a la Acaya, de lindas mujeres.

76 Así dijo. Oyólo Héctor con intenso placer, y, corriendo al centro de ambos ejércitos

con la lanza cogida por el medio, detuvo las falanges troyanas, que al momento se quedaron

quietas. Los melenudos aqueos le arrojaban flechas, dardos y piedras. Pero

Agamenón, rey de hombres, gritóles con voz recia:

82 -Deteneos, argivos; no tiréis, jóvenes aqueos; pues Héctor, el de tremolante casco,

quiere decirnos algo.

84 Así se expresó. Abstuviéronse de combatir y pronto quedaron silenciosos. Y Héctor,

colocándose entre unos y otros, dijo:

86-Oíd de mis labios, troyanos y aqueos de hermosas grebas, el ofrecimiento de

Alejandro por quien se suscitó la contienda. Propone que troyanos y aqueos dejemos las

bellas armas en el fértil suelo, y él y Menelao, caro a Ares, peleen en medio por Helena y

sus riquezas todas: el que venza, por ser más valiente, llevará a su casa mujer y riquezas,

y los demás juraremos paz y amistad.

95 Así dijo. Todos enmudecieron y quedaron silenciosos. Y Menelao, valiente en la

pelea, les habló de este modo:

97 -Ahora oídme también a mí. Tengo el corazón traspasado de dolor, y creo que ya,

argivos y troyanos, debéis separaros, pues padecisteis muchos males por mi contienda,

que Alejandro originó. Aquél de nosotros para quien se hallen aparejados el destino y la

muerte perezca; y los demás separaos cuanto antes. Traed un cordero blanco y una cordera

negra para la Tierra y el Sol; nosotros traeremos otro para Zeus. Conducid acá a

Príamo para que en persona sancione los juramentos, pues sus hijos son soberbios y

fementidos: no sea que por alguna transgresión se quebranten los juramentos prestados

invocando a Zeus. El alma de los jóvenes es siempre voluble, y el viejo, cuando

interviene en algo, tiene en cuenta lo pasado y lo futuro a fin de que se haga lo más

conveniente para ambas partes.

111 Así dijo. Gozáronse aqueos y troyanos con la esperanza de que iba a terminar la

calamitosa guerra. Detuvieron los corceles en las filas, bajaron de los carros y, dejando la

armadura en el suelo, se pusieron muy cerca los unos de los otros. Un corto espacio

mediaba entre ambos ejércitos.

116 Héctor despachó dos heraldos a la ciudad para que en seguida le trajeran las

víctimas y llamaran a Príamo. El rey Agamenón, por su parte, mandó a Taltibio que se

llegara a las cóncavas naves por un cordero. El heraldo no desobedeció al divino

Agamenón.

121 Entonces la mensajera Iris fue en busca de Helena, la de níveos brazos, tomando la

figura de su cuñada Laódice, mujer del rey Helicaón Antenórida, que era la más hermosa

de las hijas de Príamo. Hallóla en el palacio tejiendo una gran tela doble, purpúrea, en la

cual entretejía muchos trabajos que los troyanos, domadores de caballos, y los aqueos, de

broncíneas corazas, habían padecido por ella por mano de Ares. Paróse Iris, la de los pies

ligeros, junto a Helena, y así le dijo:

130 -Ven acá, ninfa querida, para que presencies los admirables hechos de los troyanos,

domadores de caballos, y de los aqueos, de broncíneas corazas. Los que antes, ávidos del

funesto combate, llevaban por la llanura al luctuoso Ares unos contra otros, se sentaron

-pues la batalla se ha suspendido- y permanecen silenciosos, reclinados en los escudos,

con las luengas picas clavadas en el suelo. Alejandro y Menelao, caro a Ares, lucharán

por ti con ingentes lanzas, y el que venza to llamará su amada esposa.

139 Cuando así hubo hablado, le infundió en el corazón dulce deseo de su anterior

marido, de su ciudad y de sus padres. Y Helena salió al momento de la habitación,

cubierta con blanco velo, derramando tiernas lágrimas; sin que fuera sola, pues la

acompañaban dos doncellas, Etra, hija de Piteo, y Clímene, la de ojos de novilla. Pronto

llegaron a las puertas Esceas.

146 Allí, sobre las puertas Esceas, estaban Príamo, Pántoo, Timetes, Lampo, Clitio,

Hicetaón, vástago de Ares, y los prudentes Ucalegonte y Anténor, ancianos del pueblo;

los cuales a causa de su vejez no combatían, pero eran buenos arengadores, semejantes a

las cigarras que, posadas en los árboles de la selva, dejan oír su aguda voz. Tales próceres

troyanos había en la torre. Cuando vieron a Helena, que hacia ellos se encaminaba,

dijéronse unos a otros, hablando quedo, estas aladas palabras:

156 -No es reprensible que troyanos y aqueos, de hermosas grebas, sufran prolijos

males por una mujer como ésta, cuyo rostro tanto se parece al de las diosas inmortales.

Pero, aun siendo así, váyase en las naves, antes de que llegue a convertirse en una plaga

para nosotros y para nuestros hijos.

161 Así hablaban. Príamo llamó a Helena y le dijo:

162 -Ven acá, hija querida; siéntate a mi lado para que veas a tu anterior marido y a sus

parientes y amigos -pues a ti no te considero culpable, sino a los dioses que promovieron

contra nosotros la luctuosa guerra de los aqueos- y me digas cómo se llama ese ingente

varón, quién es ese aqueo gallardo y alto de cuerpo. Otros hay de mayor estatura, pero

jamás vieron mis ojos un hombre tan hermoso y venerable. Parece un rey.

171 Contestó Helena, divina entre las mujeres:

172 -Me inspiras, suegro amado, respeto y temor. ¡Ojalá la muerte me hubiese sido

grata cuando vine con tu hijo, dejando, a la vez que el tálamo, a mis hermanos, mi hija

querida y mis amables compañeras! Pero no sucedió así, y ahora me consumo llorando.

Voy a responder a tu pregunta: Ése es el poderosísimo Agamenón Atrida, buen rey y

esforzado combatiente, que fue cuñado de esta desvergonzada, si todo no ha sido sueño.

181 Así dijo. El anciano contemplólo con admiración y exclamó:

182 -¡Atrida feliz, nacido con suerte, afortunado! Muchos son los aqueos que lo

obedecen. En otro tiempo fui a la Frigia, en viñas abundosa, y vi a muchos de sus

naturales -los pueblos de Otreo y de Migdón, igual a un dios- que con los ágiles corceles

acampaban a orillas del Sangario. Entre ellos me hallaba, a fuer de aliado, el día en que

llegaron las varoniles amazonas. Pero no eran tantos como los aqueos de ojos vivos.

191 Fijando la vista en Ulises, el anciano volvió a preguntar:

192 -Ea, dime también, hija querida, quién es aquél, menor en estatura que Agamenón

Atrida, pero más ancho de espaldas y de pecho. Ha dejado en el fértil suelo las armas y

recorre las filas como un carnero. Parece un velloso carnero que atraviesa un gran rebaño

de cándidas ovejas.

199 Al momento le respondió Helena, hija de Zeus:

200 -Aquél es el hijo de Laertes, el ingenioso Ulises, que se crió en la áspera ítaca; tan

hábil en urdir engaños de toda especie, como en dar prudentes consejos.

203 El sensato Anténor replicó al momento:

204 -Mujer, mucha verdad es lo que dices. Ulises vino por ti, como embajador, con

Menelao, caro a Ares; yo los hospedé y agasajé en mi palacio y pude conocer la

condición y los prudentes consejos de ambos. Entre los troyanos reunidos, de pie,

sobresalía Menelao por sus anchas espaldas; sentados, era Ulises más majestuoso.

Cuando hilvanaban razones y consejos para todos nosotros, Menelao hablaba de prisa,

poco, pero muy claramente: pues no era verboso, ni, con ser el más joven, se apartaba del

asunto; el ingenioso Ulises, después de levantarse, permanecía en pie con la vista baja y

los ojos clavados en el suelo, no meneaba el cetro que tenía inmóvil en la mano, y parecía

un ignorante: lo hubieras tomado por un iracundo o por un estúpido. Mas tan pronto

como salían de su pecho las palabras pronunciadas con voz sonora, como caen en

invierno los copos de nieve, ningún mortal hubiese disputado con Ulises. Y entonces ya

no admirábamos tanto la figura de héroe.

225 Reparando la tercera vez en Ayante, dijo el anciano:

226 -¿Quién es ese otro aqueo gallardo y alto, que descuella entre los argivos por su

cabeza y anchas espaldas?

228 Respondió Helena, la de largo peplo, divina entre las mujeres:

229-Ése es el ingente Ayante, antemural de los aqueos. Al otro lado está Idomeneo,

como un dios, entre los cretenses; rodéanlo los capitanes de sus tropas. Muchas veces

Menelao, cáro a Ares, lo hospedó en nuestro palacio cuando venía de Creta. Distingo a

los demás aqueos de ojos vivos, y me sería fácil reconocerlos y nombrarlos; mas no veo a

dos caudillos de hombres, Cástor, domador de caballos, y Pólux, excelente púgil,

hermanos carnales que me dio mi madre. ¿Acaso no han venido de la amena

Lacedemonia? ¿O llegaron en las naves, surcadoras del ponto, y no quieren entrar en

combate para no hacerse partícipes de mi deshonra y de mis muchos oprobios?

243 Así habló. A ellos la fértil tierra los tenía ya consigo, en Lacedemoma, en su misma

patria.

243 Los heraldos atravesaban la ciudad con las víctimas para los divinos juramentos,

los dos corderos, y el regocijador vino, fruto de la tierra, encerrado en un odre de piel de

cabra. El heraldo Ideo llevaba además una reluciente cratera y copas de oro; y,

acercándose al anciano, invitólo diciendo:

250 -¡Levántate, Laomedontíada! Los próceres de los troyanos, domadores de caballos,

y de los aqueos, de broncíneas corazas, to piden que bajes a la llanura y sanciones los

fieles juramentos; pues Alejandro y Menelao, caro a Ares, combatirán con luengas lanzas

por la esposa: mujer y riquezas serán del que venza, y, después de pactar amistad con

fieles juramentos, nosotros seguiremos habitando la fértil Troya, y aquéllos volverán a

Argos, criador de caballos, y a Acaya, la de lindas mujeres.

259 Así dijo. Estremecióse el anciano y mandó a los amigos que engancharan los

caballos. Obedeciéronlo solícitos. Subió Príamo y cogió las riendas; a su lado, en el

magnífico carro, se puso Anténor. E inmediatamente guiaron los ligeros corceles hacia la

llanura por las puertas Esceas.

264 Cuando hubieron llegado al campo, descendieron del carro al almo suelo y se

encaminaron al espacio que mediaba entre los troyanos y los aqueos. Levantóse al punto

el rey de hombres, Agamenón, levantóse también el ingenioso Ulises; y los heraldos

conspicuos juntaron las víctimas que debían inmolarse para los sagrados juramentos,

mezclaron vinos en la cratera y dieron aguamanos a los reyes. El Atrida, con la daga que

llevaba junto a la gran vaina de la espada, cortó pelo de la cabeza de los corderos, y los

heraldos lo repartieron a los próceres troyanos y aqueos. Y, colocándose el Atrida en

medio de todos, oró en alta voz con las manos levantadas:

276 -¡Padre Zeus, que reinas desde el Ida, gloriosísimo, máximo! ¡Sol, que todo lo ves

y todo lo oyes! ¡Ríos! ¡Tierra! ¡Y vosotros que en lo profundo castigáis a los muertos que

fueron perjuros! Sed todos testigos y guardad los fieles juramentos: Si Alejandro mata a

Menelao, sea suya Helena con todas las riquezas y nosotros volvámonos en las naves,

surcadoras del ponto; mas si el rubio Menelao mata a Alejandro, devuélvannos los

troyanos a Helena y las riquezas todas, y paguen a los argivos la indemnización que sea

justa para que llegue a conocimiento de los hombres venideros. Y, si, vencido Alejandro,

Príamo y sus hijos se negaren a pagar la indemnización, me quedaré a combatir por ella

hasta que termine la guerra.

292 Dijo, cortóles el cuello a los corderos y los puso palpitantes, pero sin vida, en el

suelo; el cruel bronce les había quitado el vigor. Llenaron las copas sacando vino de la

cratera, y derramándolo oraban a los sempiternos dioses. Y algunos de los aqueos y de

los troyanos exclamaron:

298 -¡Zeus gloriosísimo, máximo! ¡Dioses inmortales! Los primeros que obren contra

lo jurado, vean derramárseles a tierra, como este vino, sus sesos y los de sus hijos, y sus

esposas caigan en poder de extraños.

302 De esta manera hablaban, pero el Cronión no ratificó el voto. Y Príamo Dardánida

les dijo:

304 -¡Oídme, troyanos y aqueos, de hermosas grebas! Yo regresaré a la ventosa Ilio,

pues no podría ver con estos ojos a mi hijo combatiendo con Menelao, caro a Ares. Zeus

y los demás dioses inmortales saben para cuál de ellos tiene el destino preparada la

muerte.

310 Dijo, y el varón igual a un dios colocó los corderos en el carro, subió él mismo y

tomó las riendas; a su lado, en el magnífico carro, se puso Anténor. Y al instante

volvieron a Ilio.

314 Héctor, hijo de Príamo, y el divino Ulises midieron el campo, y, echando dos

suertes en un casco de bronce, lo meneaban para decidir quién sería el primero en arrojar

la broncínea lanza. Los hombres oraban y levantaban las manos a los dioses. Y algunos

de los aqueos y de los troyanos exclamaron:

320 -¡Padre Zeus, que reinas desde el Ida, gloriosísimo, máximo! Concede que quien

tantos males nos causó a unos y a otros, muera y descienda a la morada de Hades, y nosotros

disfrutemos de la jurada amistad.

324 Así decían. El gran Héctor, el de tremolante casco, agitaba las suertes volviendo el

rostro atrás: pronto saltó la de Paris. Sentáronse los guerreros, sin romper las filas, donde

cada uno tenía los briosos corceles y las labradas armas. El divino Alejandro, esposo de

Helena, la de hermosa cabellera, vistió una magnífica armadura: púsose en las piernas

elegantes grebas ajustadas con broches de plata; protegió el pecho con la coraza de su

hermano Licaón, que se le acomodaba bien; colgó del hombro una espada de bronce

guarnecida con clavos de plata; embrazó el grande y fuerte escudo; cubrió la robusta

cabeza con un hermoso casco, cuyo terrible penacho de crines de caballo ondeaba en la

cimera, y asió una fornida lanza que su mano pudiera manejar. De igual manera vistió las

armas el aguerrido Menelao.

340 Cuando hubieron acabado de armarse separadamente de la muchedumbre,

aparecieron en el lugar que mediaba entre ambos ejércitos, mirándose de un modo

terrible; y así los troyanos, domadores de caballos, como los aqueos, de hermosas grebas,

se quedaron atónitos al contemplarlos. Encontráronse aquéllos en el medido campo, y se

detuvieron blandiendo las lanzas y mostrando el odio que recíprocamente se tenían.

Alejandro arrojó el primero la luenga lanza y dio un bote en el escudo liso del Atrida, sin

que el bronce lo rompiera: la punta se torció al chocar con el fuerte escudo. Y Menelao

Atrida, disponiéndose a acometer con la suya, oró al padre Zeus:

351 -¡Soberano Zeus! Permíteme castigar al divino Alejandro, que me ofendió primero,

y hazlo sucumbir a mis manos, para que los hombres venideros teman ultrajar a quien los

hospedare y les ofreciere su amistad.

355 Dijo, y blandiendo la luenga lanza, acertó a dar en el escudo liso del Priámida. La

ingente lanza atravesó el terso escudo, se clavó en la labrada coraza y rasgó la túnica

sobre el ijar. Inclinóse el troyano y evitó la negra muerte. El Atrida desenvainó entonces

la espada guarnecida de argénteos clavos; pero, al herir al enemigo en la cimera del casco,

se le cayó de la mano, rota en tres o cuatro pedazos. Y el Atrida, alzando los ojos al

anchuroso cielo, se lamentó diciendo:

365 -¡Padre Zeus, no hay dios más funesto que tú! Esperaba castigar la perfidia de

Alejandro, y la espada se quiebra en mis manos, la lanza es arrojada inútilmente y no

consigo vencerlo.

369 Dice, y arremetiendo a Paris, cógelo por el casco adornado con espesas crines de

caballo, que retuerce, y lo arrastra hacia los aqueos de hermosas grebas, medio ahogado

por la bordada correa que, atada por debajo de la barba para asegurar el casco, le apretaba

el delicado cuello. Y se lo hubiera llevado, consiguiendo inmensa gloria, si al punto no lo

hubiese advertido Afrodita, hija de Zeus, que rompió la correa hecha del cuero de un

buey degollado: el casco vacío siguió a la robusta mano, el héroe lo volteó y arrojó a los

aqueos, de hermosas grebas, y sus fieles compañeros lo recogieron. De nuevo asaltó

Menelao a Paris para matarlo con la broncínea lanza; pero Afrodita arrebató a su hijo con

gran facilidad, por ser diosa, y llevólo, envuelto en densa niebla, al oloroso y perfumado

tálamo. Luego fue a llamar a Helena, hallándola en la alta torre con muchas troyanas; tiró

suavemente de su perfumado velo, y, tomando la figura de una anciana cardadora que allá

en Lacedemonia le preparaba a Helena hermosas lanas y era muy querida de ésta, díjole

la diosa Afrodita:

390 -Ven acá. Te llama Alejandro para que vuelvas a tu casa. Hállase, esplendente por

su belleza y sus vestidos, en el torneado lecho de la cámara nupcial. No dirías que viene

de combatir, sino que va al baile o que reposa de reciente danza.

395 Así dijo. Helena sintió que en el pecho le palpitaba el corazón; pero, al ver el

hermosísimo cuello, los lindos pechos y los refulgentes ojos de la diosa, se asombró y le

dijo:

399 -¡Cruel! ¿Por qué quieres engañarme? ¿Me llevarás acaso más allá, a cualquier

populosa ciudad de la Frigia o de la Meonia amena donde algún hombre dotado de

palabra te sea querido? ¿Vienes con engaños porque Menelao ha vencido al divino

Alejandro, y quieres que yo, la odiosa, vuelva a su casa? Ve, siéntate al lado de Paris,

deja el camino de las diosas, no te conduzcan tus pies al Olimpo; y llora, y vela por él,

hasta que te haga su esposa o su esclava. No iré a11á, ¡vergonzoso fuera!, a compartir su

lecho; todas las troyanas me lo vituperarían, y ya son muchos los pesares que conturban

mi corazón.

413 La divina Afrodita le respondió airada:

414 -¡No me irrites, desgraciada! No sea que, enojándome, te desampare; te aborrezca

de modo tan extraordinario como hasta aquí te amé; ponga funestos odios entre troyanos

y dánaos, y tú perezcas de mala muerte.

418 Así dijo. Helena, hija de Zeus, tuvo miedo; y, echándose el blanco y espléndido

velo, salió en silencio tras la diosa, sin que ninguna de las troyanas lo advirtiera.

421 Tan pronto como llegaron al magnífico palacio de Alejandro, las esclavas

volvieron a sus labores, y la divina entre las mujeres se fue derecha a la cámara nupcial

de elevado techo. La risueña Afrodita colocó una silla delante de Alejandro; sentóse

Helena, hija de Zeus, que lleva la égida, y, apartando la vista de su esposo, lo increpó con

estas palabras:

428 -¡Vienes de la lucha, y hubieras debido perecer a manos del esforzado varón que

fue mi anterior marido! Blasonabas de ser superior a Menelao, caro a Ares, en fuerza, en

puños y en el manejo de la lanza; pues provócalo de nuevo a singular combate. Pero no:

te aconsejo que desistas, y no quieras pelear ni contender temerariamente con el rubio

Menelao; no sea que en seguida sucumbas, herido por su lanza.

437 Respondióle Paris con estas palabras:

438 -Mujer, no me zahieras con amargos baldones. Hoy ha vencido Menelao con el

auxilio de Atenea; otro día lo venceré yo, pues también tenemos dioses que nos protegen.

Mas, ea, acostémonos y volvamos a ser amigos. Jamás la pasión se apoderó de mi espíritu

como ahora; ni cuando, después de robarte, partimos de la amena Lacedemonia en las

naves surcadoras del ponto y llegamos a la isla de Cránae, donde me unió contigo

amoroso consorcio: con tal ansia te amo en este momento y tan dulce es el deseo que de

mí se apodera.

447 Dijo, y empezó a encaminarse al tálamo; y en seguida lo siguió la esposa.

448 Acostáronse ambos en el torneado lecho, mientras el Atrida se revolvía entre la

muchedumbre, como una fiera, buscando al deiforme Alejandro. Pero ningún troyano ni

aliado ilustre pudo mostrárselo a Menelao, caro a Ares; que no por amistad lo hubiesen

ocultado, pues a todos se les había hecho tan odioso como la negra muerte. Y Agamenón,

rey de hombres, les dijo:

456 -iOíd, troyanos, dárdanos y aliados! Es evidente que la victoria quedó por Menelao,

caro a Ares; entregadnos la argiva Helena con sus riquezas y pagad una indemnización, la

que sea justa, para que llegue a conocimiento de los hombres venideros.

461 Así dijo el Atrida, y los demás aqueos aplaudieron.

CANTO IV*

Violación de los juramentos

- Agamenón reuista las tropas

* Menelao lo busca por el cameo de batalla y recibe en la cintura el impacto de una flecha lanzada por

Pándaro, que así rompe la tregua covenida por los dos ejércitos antes de empezar el singular desafío.

Entonces comienza una encarnizada lucha entre aqueos y troyanos.

1 Sentados en el áureo pavimento junto a Zeus, los dioses celebraban consejo. La

venerable Hebe escanciaba néctar, y ellos recibían sucesivamente la copa de oro y

contemplaban la ciudad de Troya. Pronto el Cronida intentó zaherir a Hera con mordaces

palabras; y, hablando fingidamente, dijo:

7 -Dos son las diosas que protegen a Menelao, Hera argiva y Atenea alalcomenia; pero,

sentadas a distancia, se contentan con mirarlo; mientras que Afrodita, amante de la risa,

acompaña constantemente al otro y to Libra de Las parcas, y ahora lo acaba de salvar

cuando él mismo creía perecer. Pero, comp la victoria quedó por Menelao, caro a Ares,

deliberemos sobre sus futuras consecuencias: si conviene promover nuevamente el

funesto combate y la terrible pelea, o reconciliar a entrambos pueblos. Si a todos

pluguiera y agradara, la ciudad del rey Príamo continuaría poblada y Menelao se llevaría

la argiva Helena.

20 Así dijo. Atenea y Hera, que tenían Los asientos contiguos y pensaban en causar

daño a Los troyanos, se mordieron Los labios. Atenea, aunque airada contra su padre

Zeus y poseída de feroz cólera, guardó silencio y nada dijo; pero a Hera no le cupo la ira

en el pecho, y exclamó:

25-¡Crudelísimo Cronida! ¡Qué palabras proferiste! ¿Quieres que sea vano a ineficaz

mi trabajo y el sudor que me costó? Mis corceles se fatigaron, cuando reunía el ejército

contra Príamo y sus hijos. Haz lo que dices, pero no todos los dioses te lo aprobaremos.

30 Respondióle muy indignado Zeus, que amontona las nubes:

31 -¡Desdichada! ¿Qué graves ofensas te infieren Príamo y sus hijos para que

continuamente anheles destruir la bien edificada ciudad de Ilio? Si trasponiendo las

puertas de los altos muros, te comieras crudo a Príamo, a sus hijos y a los demás

troyanos, quizá tu cólera se apaciguara. Haz lo que te plazca; no sea que de esta disputa

se origine una gran riña entre nosotros. Otra cosa voy a decirte que fijarás en la memoria:

cuando yo tenga vehemente deseo de destruir alguna ciudad donde vivan amigos tuyos,

no retardes mi cólera y déjame hacer lo que quiera, ya que ésta te la cedo

espontáneamente, aunque contra los impulsos de mi alma. De las ciudades que los hombres

terrestres habitan debajo del sol y del cielo estrellado, la sagrada Ilio era la preferida

de mi corazón, con Príamo y su pueblo armado con lanzas de fresno. Mi altar jamás

careció en ella del alimento debido, libaciones y vapor de grasa quemada; que tales son

los honores que se nos deben.

5o Contestóle en seguida Hera veneranda, la de ojos de novilla:

51 -Tres son las ciudades que más quiero: Argos, Esparta y Micenas, la de anchas

calles; destrúyelas cuando las aborrezca tu corazón, y no las defenderé, ni me opondré

siquiera. Y si me opusiere y no lo permitiere destruirlas, nada conseguiría, porque tu

poder es muy superior. Pero es preciso que mi trabajo no resulte inútil. También yo soy

una deidad, nuestro linaje es el mismo y el artero Crono engendróme la más venerable,

por mi abolengo y por llevar el nombre de esposa tuya, de ti que reinas sobre los

inmortales todos. Transijamos, yo contigo y tú conmigo, y los demás dioses inmortales

nos seguirán. Manda presto a Atenea que vaya al campo de la terrible batalla de los

troyanos y los aqueos, y procure que los troyanos empiecen a ofender, contra lo jurado, a

los envanecidos aqueos.

68 Así dijo. No desobedeció el padre de los hombres y de los dioses; y, dirigiéndose a

Atenea, profirió en seguida estas aladas palabras:

70 -Ve muy presto al campo de los troyanos y de los aqueos, y procura que los troyanos

empiecen a ofender, contra lo jurado, a los envanecidos aqueos.

73 Con tales voces instigólo a hacer lo que ella misma deseaba; y Atenea bajó en raudo

vuelo de las cumbres del Olimpo. Cual fúlgida estrella que, enviada como señal por el

hijo del artero Crono a los navegantes o a los individuos de un gran ejército, despide gran

número de chispas; de igual modo Palas Atenea se lanzó a la tierra y cayó en medio del

campo. Asombráronse cuantos la vieron, así los troyanos, domadores de caballos, como

los aqueos, de hermosas grebas, y no faltó quien dijera a su vecino:

82 -O empezará nuevamente el funesto combate y la terrible pelea, o Zeus, árbitro de la

guerra humana, pondrá amistad entre ambos pueblos.

85 De esta manera hablaban algunos de los aqueos y de los troyanos. La diosa,

transfigurada en varón -parecíase a Laódoco Antenórida, esforzado combatiente-, penetró

por el ejército troyano buscando al deiforme Pándaro. Halló por fin al eximio y fuerte

hijo de Licaón en medio de las filas de hombres valientes, escudados, que con él habían

llegado de las orillas del Esepo; y, deteniéndose cerca de él, le dijo estas aladas palabras:

93 -¿Querrás obedecerme, hijo valeroso de Licaón? ¡Te atrevieras a disparar una veloz

flecha contra Menelao! Alcanzarías gloria entre los troyanos y te lo agradecerían todos, y

particularmente el príncipe Alejandro; éste te haría espléndidos presentes, si viera que a

Menelao, belicoso hijo de Atreo, lo subían a la triste pira, muerto por una de tus flechas.

Ea, tira una saeta al ínclito Menelao, y vota sacrificar a Apolo nacido en Licia, célebre

por su arco, una hecatombe perfecta de corderos primogénitos cuando vuelvas a tu patria,

la sagrada ciudad de Zelea.

Así dijo Atenea. El insensato se dejó persuadir, y asió en seguida el pulido arco hecho

con las astas de un lascivo buco montés, a quien él había acechado y herido en el pecho

cuando saltaba de un peñasco: el animal cayó de espaldas en la roca, y sus cuernos de

dieciséis palmos fueron ajustados y pulidos por hábil artífice y adornados con anillos de

oro. Pándaro tendió el arco, bajándolo a inclinándolo al suelo, y sus valientes amigos lo

cubrieron con los escudos, para que los belicosos aqueos no arremetieran contra él antes

que Menelao, aguerrido hijo de Atreo, fuese herido. Destapó el carcaj y sacó una flecha

nueva, alada, causadora de acerbos dolores; adaptó en seguida a la cuerda del arco la

amarga saeta, y votó a Apolo nacido en Licia, el de glorioso arco, sacrificarle una

espléndida hecatombe de corderos primogénitos cuando volviera a su patria, la sagrada

ciudad de Zelea. Y, cogiendo a la vez las plumas y el bovino nervio, tiró hacia su pecho y

acercó la punta de hierro al arco. Armado así, rechinó el gran arco circular, crujió la

cuerda y saltó la puntiaguda flecha deseosa de volar sobre la multitud.

127 No se olvidaron de ti, oh Menelao, los felices a inmortales dioses y especialmente

la hija de Zeus, que impera en las batallas; la cual, poniéndose delante, desvió la amarga

flecha: apartóla del cuerpo como la madre ahuyenta una mosca de su niño que duerme

con plácido sueño, y la dirigió al lugar donde los anillos de oro sujetaban el cinturón y la

coraza era doble. La amarga saeta atravesó el ajustado cinturón, obra de artífice; se clavó

en la magnífica coraza, y, rompiendo la chapa que el héroe llevaba para proteger el

cuerpo contra las flechas y que lo defendió mucho, rasguñó la piel y al momento brotó de

la herida la negra sangre.

141 Como una mujer meonia o caria tiñe en púrpura el marfil que ha de adornar el

freno de un caballo, muchos jinetes desean llevarlo y aquélla lo guarda en su casa para un

rey a fin de que sea ornamento para el caballo y motivo de gloria para el caballero; de la

misma manera, oh Menelao, se tiñeron de sangre tus bien formados muslos, las piernas, y

más abajo los hermosos tobillos.

148 Estremecióse el rey de hombres, Agamenón, al ver la negra sangre que manaba de

la herida. Estremecióse asimismo Menelao, caro a Ares; mas, como advirtiera que quedaban

fuera el nervio y las plumas, recobró el ánimo en su pecho. Y el rey Agamenón,

asiendo de la mano a Menelao, dijo entre hondos suspiros mientras los compañeros

gemían:

155 -¡Hermano querido! Para tu muerte celebré el jurado convenio cuando te puse

delante de todos a fin de que lucharas por los aqueos, tú solo, con los troyanos. Así te han

herido: pisoteando los juramentos de fidelidad. Pero no serán inútiles el pacto, la sangre

de los corderos, las libaciones de vino puro y el apretón de manos en que confiábamos. Si

el Olímpico no los castiga ahora, lo hará más tarde, y pagarán cuanto hicieron con una

gran pena: con sus propias cabezas, sus mujeres y sus hijos. Bien lo conoce mi

inteligencia y lo presiente mi corazón: día vendrá en que perezcan la sagrada llio, y

Priamo, y su pueblo armado con lanzas de Fresno; el excelso Zeus Cronida, que vive en

el éter, irritado por este engaño, agitará contra ellos su égida espantosa. Todo esto ha de

suceder irremisiblemente. Pero será grande mi pesar, oh Menelao, si mueres y llegas al

término fatal de to vida, y he de volver con gran oprobio a la árida Argos; porque los

aqueos se acordarán en seguida de su tierra patria, dejaremos como trofeos en poder de

Príamo y de los troyanos a la argiva Helena, y tus huesos se pudrirán en Troya a causa de

una empresa no llevada a cumplimiento. Y alguno de los troyanos soberbios exclamará,

saltando sobre la tumba del glorioso Menelao: «Así efectúe Agamenón todas sus

venganzas como ésta; pues trajo inútilmente un ejército aqueo y regresó a su patria con

las naves vacías, dejando aquí al valiente Menelao.» Y cuando esto diga, ábraseme la

anchurosa tierra.

183 Para tranquilizarlo, respondió el rubio Menelao:

184 -Ten ánimo y no espantes a los aqueos. La aguda flecha no se me ha clavado en

sitio mortal, pues me protegió por fuera el labrado cinturón y por dentro la faja y la chapa

que forjaron obreros broncistas.

188 Contestóle el rey Agamenón, diciendo:

189 -¡Ojalá sea así, querido Menelao! Un médico reconocerá la herida y le aplicará

drogas que calmen los terribles dolores.

192 Dijo, y en seguida dio esta orden al divino heraldo Taltibio:

193 -¡Taltibio! Llama pronto a Macaón, el hijo del insigne médico Asclepio, para que

reconozca al aguerrido Menelao, hijo de Atreo, a quien ha flechado un hábil arquero

troyano o licio; gloria para él y llanto para nosotros.

198 Así dijo, y el heraldo al oírlo no desobedeció. Fuese por entre los aqueos, de

broncíneas corazas, buscó con la vista al héroe Macaón y lo halló en medio de las fuertes

filas de hombres escudados que lo habían seguido desde Trica, criadora de caballos. Y,

deteniéndose cerca de él, le dirigió estas aladas palabras:

204 -¡Ven, Asclepíada! Te llama el rey Agamenón para que reconozcas al aguerrido

Menelao, caudillo de los aqueos, a quien ha flechado hábil arquero troyano o licio; gloria

para él y llanto para nosotros.

208 Así dijo, y Macaón sintió que en el pecho se le conmovía el ánimo. Atravesaron,

hendiendo por la gente, el espacioso campamento de los aqueos; y llegando al lugar

donde fue herido el rubio Menelao (éste aparecía como un dios entre los principales

caudillos que en torno de él se habían congregado), Macaón arrancó la flecha del ajustado

cíngulo; pero, al tirar de ella, rompiéronse las plumas, y entonces desató el vistoso

cinturón y quitó la faja y la chapa que habían hecho obreros broncistas. Tan pronto como

vio la herida causada por la cruel saeta, chupó la sangre y aplicó con pericia drogas

calmantes que a su padre había dado Quirón en prueba de amistad.

220 Mientras se ocupaban en curar a Menelao, valiente en la pelea, llegaron las huestes

de los escudados troyanos; vistieron aquéllos la armadura, y ya sólo pensaron en el

combate.

223 Entonces no hubieras visto que el divino Agamenón se durmiera, temblara o

rehuyera el combate, pues iba presuroso a la lid, donde los varones alcanzan gloria. Dejó

los caballos y el carro de broncíneos adornos -Eurimedonte, hijo de Ptolomeo Piraída, se

quedó a cierta distancia con los fogosos corceles-, encargó al auriga que no se alejara por

si el cansancio se apoderaba de sus miembros, mientras ejercía el mando sobre aquella

multitud de hombres y empezó a recorrer a pie las hileras de guerreros. A cuantos veía,

de entre los dánaos de ágiles corceles, que se apercibían para la pelea, los animaba

diciendo:

234 -¡Argivos! No desmaye vuestro impetuoso valor. El padre Zeus no protegerá a los

pérfidos: como han sido los primeros en faltar a lo jurado, sus tiernas carnes serán pasto

de buitres y nosotros nos llevaremos en las naves a sus esposas e hijos cuando tomemos

la ciudad.

240 A los que veía remisos en marchar al odioso combate, los increpaba con iracundas

voces:

241 -¡Argivos que sólo con el arco sabéis pelear, hombres vituperables! ¿No os

avergonzáis? ¿Por qué os hallo atónitos como cervatos que, habiendo corrido por

espacioso campo, se detienen cuando ningún vigor queda en su pecho? Así estáis

vosotros: pasmados y sin combatir. ¿Aguardáis acaso que los troyanos lleguen a la orilla

del espumoso mar donde tenemos las naves de lindas popas, para ver si el Cronión extiende

su mano sobre vosotros?

250 De tal suerte revistaba, como generalísimo, las filas de guerreros. Andando por

entre la muchedumbre, llegó al sitio donde los cretenses vestían las armas con el

aguerrido Idomeneo. Éste, semejante a un jabalí por su bravura, se hallaba en las

primeras filas, y Meriones enardecía a los soldados de las últimas falanges. Al verlos, el

rey de hombres, Agamenón, se alegró y al punto dijo a Idomeneo con suaves voces:

257 -¡Idomeneo! Te honro de un modo especial entre los dánaos, de ágiles corceles, así

en la guerra a otra empresa, como en el banquete, cuando los próceres argivos beben el

negro vino de honor mezclado en las crateras. A los demás aqueos de larga cabellera se

les da su ración; pero tú tienes siempre la copa llena, como yo, y bebes cuanto te place.

Corre ahora a la batalla y muestra el denuedo de que te jactas.

265 Respondióle Idomeneo, caudillo de los cretenses:

266 -¡Atrida! Siempre he de ser tu amigo fiel, como lo aseguré y prometí que lo sería.

Pero exhorta a los demás melenudos aqueos, para que cuanto antes peleemos con los

troyanos, ya que éstos han roto los pactos. La muerte y toda clase de calamidades les

aguardan, por haber sido los primeros en faltar a lo jurado.

272 Así dijo, y el Atrida con el corazón alegre pasó adelante. Andando por entre la

muchedumbre llegó al sitio donde estaban los Ayantes. Éstos se armaban, y una nube de

infantes los seguía. Como el nubarrón, impelido por el céfiro, camina sobre el mar y se le

ve a to lejos negro como la pez y preñado de tempestad, y el cabrero se estremece al

divisarlo desde una altura, y, antecogiendo el ganado, lo conduce a una cueva; de igual

modo iban al dañoso combate, con los Ayantes, las densas y obscuras falanges de jóvenes

ilustres, erizadas de lanzas y escudos. Al verlos, el rey Agamenón se regocijó, y dijo estas

aladas palabras:

285 -¡Ayantes, príncipes de los argivos de broncíneas corazas! A vosotros -inoportuno

fuera exhortaros- nada os encargo, porque ya instigáis al ejército a que pelee valerosamente.

Ojalá, ¡padre Zeus, Atenea, Apolo!, que hubiese el mismo ánimo en todos los

pechos, pues pronto la ciudad del rey Príamo sería tomada y destruida por nuestras

manos.

292 Cuando así hubo hablado, los dejó y se fue hacia otros. Halló a Néstor, elocuente

orador de los pilios, ordenando a los suyos y animándolos a pelear, junto con el gran

Pelagonte, Alástor, Cromio, el poderoso Hemón y Biante, pastor de hombres. Ponía

delante, con los respectivos carros y corceles, a los que desde aquéllos combatían; detrás,

a gran copia de valientes peones que en la batalla formaban como un muro, y en medio, a

los cobardes para que mal de su grado tuviesen que combatir. Y, dando instrucciones a

los primeros, les encargaba que sujetaran los caballos y no promoviesen confusión entre

la muchedumbre:

303 -Nadie, confiando en su pericia ecuestre o en su valor, quiera luchar solo y fuera de

las filas con los troyanos; que asimismo nadie retroceda; pues con mayor facilidad seríais

vencidos. El que caiga del carro y suba al de otro pelee con la lanza, pues hacerlo así es

mucho mejor. Con tal prudencia y ánimo en el pecho destruyeron los antiguos muchas

ciudades y murallas.

310 De tal suerte el anciano, diestro desde antiguo en la guerra, los enardecía. Al verlo,

el rey Agamenón se alegró, y le dijo estas aladas palabras:

313 -¡Oh anciano! ¡Así como conservas el ánimo en tu pecho, tuvieras ágiles las

rodillas y sin menoscabo las fuerzas! Pero te abruma la vejez, que a nadie respeta. Ojalá

que otro cargase con ella y tú fueras contado en el número de los jóvenes.

317 Respondióle Néstor, caballero gerenio:

318 -¡Atrida! También yo quisiera ser como cuando maté al divino Ereutalión. Pero

jamás las deidades lo dieron todo y a un mismo tiempo a los hombres: si entonces era

joven, ya para mí llegó la senectud. Esto no obstante, acompañaré a los que combaten en

carros para exhortarlos con consejos y palabras, que tal es la misión de los ancianos. Las

lanzas las blandirán los jóvenes, que son más vigorosos y pueden confiar en sus fuerzas.

326 Así dijo, y el Atrida pasó adelante con el corazón alegre. Halló al excelente jinete

Menesteo, hijo de Péteo, de pie entre los atenienses ejercitados en la guerra. Estaba cerca

de ellos el ingenioso Ulises, y a poca distancia las huestes de los fuertes cefalenios, los

cuales, no habiendo oído el grito de guerra -pues así las falanges de los troyanos,

domadores de caballos, como las de los aqueos, se ponían entonces en movimiento-,

aguardaban que otra columna aquea cerrara con los troyanos y diera principio la batalla.

Al verlos, el rey Agamenón los increpó con estas aladas palabras:

338 -¡Hijo del rey Péteo, alumno de Zeus; y tú, perito en malas artes, astuto! ¿Por qué,

medrosos, os abstenéis de pelear y esperáis que otros tomen la ofensiva? Debierais estar

entre los delanteros y correr a la ardiente pelea, ya que os invito antes que a nadie cuando

los aqueos damos un banquete a los próceres. Entonces os gusta comer carne asada y

beber sin tasa copas de dulce vino, y ahora veríais con placer que diez columnas aqueas

combatieran delante de vosotros con el cruel bronce.

349 Encarándole la torva vista, exclamó el ingenioso Ulises:

350 -¡Atrida! ¡Qué palabras se te escaparon del cerco de los dientes! ¿Por qué dices que

somos remisos en ir al combate? Cuando los aqueos excitemos al feroz Ares contra los

troyanos domadores de caballos, verás, si quieres y te importa, cómo el padre amado de

Telémaco penetra por las primeras filas de los troyanos, domadores de caballos. Vano y

sin fundamento es tu lenguaje.

356 Cuando el rey Agamenón comprendió que el héroe se irritaba, sonrióse y,

retractándose dijo:

358 -¡Laertíada, del linaje de Zeus! ¡Ulises, fecundo en ardides! No ha sido mi intento

ni reprenderte en demasía, ni darte órdenes. Conozco los benévolos sentimientos del corazón

que tienes en el pecho, pues tu modo de pensar coincide con el mío. Pero ve, y si te

dije algo ofensivo, luego arreglaremos este asunto. Hagan los dioses que todo se lo lleve

el viento.

364 Esto dicho, los dejó a11í, y se fue hacia otros. Halló al animoso Diomedes, hijo de

Tideo, de pie entre los corceles y los sólidos carros; y a su lado a Esténelo, hijo de

Capaneo. En viendo a aquél, el rey Agamenón lo reprendió, profiriendo estas aladas

palabras:

370 -¡Ay, hijo del aguerrido Tideo, domador de caballos! ¿Por qué tiemblas? ¿Por qué

miras azorado el espacio que de los enemigos nos separa? No solía Tideo temblar de este

modo, sino que, adelantándose a sus compañeros, peleaba con el enemigo. Así lo refieren

quienes to vieron combatir, pues yo no to presencié ni to vi, y dicen que a todos superaba.

Estuvo en Micenas, no para guerrear, sino como huésped, junto con el divino Polinices,

cuando ambos reclutaban tropas para dirigirse contra los sagrados muros de Teba. Mucho

nos rogaron que les diéramos auxiliares ilustres, y los ciudadanos querían concedérselos

y prestaban asenso a lo que se les pedía; pero Zeus, con funestas señales, les hizo variar

de opinión. Volviéronse aquéllos; después de andar mucho, llegaron al Asopo, cuyas

orillas pueblan juncales y prados, y los aqueos nombraron embajador a Tideo para que

fuera a Teba. En el palacio del fuerte Eteocles encontrábanse muchos cadmeos reunidos

en banquete; pero ni a11í, siendo huésped y solo entre tantos, se turbó el eximio jinete

Tideo: los desafiaba y vencía fácilmente en toda clase de luchas. ¡De tal suerte lo protegía

Atenea! Cuando se fue, irritados los cadmeos, aguijadores de caballos, pusieron en

emboscada a cincuenta jóvenes al mando de dos jefes: Meón Hemónida, que parecía un

inmortal, y Polifonte, intrépido hijo de Autófono. A todos les dio Tideo ignominiosa

muerte menos a uno, a Meón, a quien permitió, acatando divinales indicaciones, que

volviera a la ciudad. Tal fue Tideo etolio, y el hijo que engendró le es inferior en el

combate y superior en el ágora.

401 Así dijo. El fuerte Diomedes oyó con respeto la increpación del venerable rey y

guardó silencio, pero el hijo del glorioso Capaneo hubo de replicarle:

404 -¡Atrida! No mientas, pudiendo decir la verdad. Nos gloriamos de ser más valientes

que nuestros padres, pues hemos tomado a Teba, la de las siete puertas, con un ejército

menos numeroso, que, confiando en divinales indicaciones y en el auxilio de Zeus,

reunimos al pie de su muralla, consagrada a Ares; mientras que aquéllos perecieron por

sus locuras. No nos consideres, pues, a nuestros padres y a nosotros dignos de igual

estimación.

411 Mirándolo con torva faz, le contestó el fuerte Diomedes:

412 -Calla, amigo; obedece mi consejo. Yo no me enfado porque Agamenón, pastor de

hombres, anime a los aqueos, de hermosas grebas, antes del combate. Suya será la gloria,

si los aqueos rindieren a los troyanos y tomaren la sagrada Ilio; suyo el gran pesar, si los

aqueos fueren vencidos. Ea, pensemos tan sólo en mostrar nuestro impetuoso valor.

419 Dijo, saltó del carro al suelo sin dejar las armas, y tan terrible fue el resonar del

bronce sobre su pecho, que hubiera sentido pavor hasta un hombre muy esforzado.

422 Como las olas impelidas por el Céfiro se suceden en la ribera sonora, y primero se

levantan en alta mar, braman después al romperse en la playa y en los promontorios, suben

combándose a to alto y escupen la espuma; así las falanges de los dánaos marchaban

sucesivamente y sin interrupción al combate. Los capitanes daban órdenes a los suyos

respectivos, y éstos andaban callados (no hubieras dicho que los siguieran a aquéllos

tantos hombres con voz en el pecho) y temerosos de sus caudillos. En todos relucían las

labradas armas de que iban revestidos.- Los troyanos avanzaban también, y como muchas

ovejas balan sin cesar en el establo de un hombre opulento, cuando, al series extraída la

blanca leche, oyen la voz de los corderos; de la misma manera elevábase un confuso

vocerío en el vasto ejército de aquéllos. No era igual el sonido ni el modo de hablar de

todos y las lenguas se mezclaban, porque los guerreros procedían de diferentes países.- A

los unos los excitaba Ares; a los otros, Atenea, la de ojos de lechuza, y a entrambos pueblos,

el Terror, la Fuga y la Discordia, insaciable en sus furores y hermana y compañera

del homicida Ares, la cual al principio aparece pequeña y luego toca con la cabeza el cielo

mientras anda sobre la tierra. Entonces la Discordia, penetrando por la muchedumbre,

arrojó en medio de ella el combate funesto para todos y aumentó el afán de los guerreros.

446 Cuando los ejércitos llegaron a juntarse, chocaron entre sí los escudos, las lanzas y

el valor de los hombres armados de broncíneas corazas, y al aproximarse los abollonados

escudos se produjo un gran alboroto. Allí se oían simultáneamente los lamentos de los

moribundos y los gritos jactanciosos de los matadores, y la tierra manaba sangre. Como

dos torrentes nacidos en grandes manantiales se despeñan por los montes, reúnen las

hirvientes aguas en hondo barranco abierto en el valle y producen un estruendo que oye

desde lejos el pastor en la montaña, así eran la gritería y el trabajo de los que vinieron a

las manos.

457 Fue Antíloco quien primeramente mató a un guerrero troyano, a Equepolo

Talisíada, que peleaba valerosamente en la vanguardia: hiriólo en la cimera del

penachudo casco, y la broncínea lanza, clavándose en la frente, atravesó el hueso, las

tinieblas cubrieron los ojos del guerrero y éste cayó como una torre en el duro combate.

Al punto asióle de un pie el rey Elefénor Calcodontíada, caudillo de los bravos abantes, y

lo arrastraba para ponerlo fuera del alcance de los dardos y quitarle la armadura. Poco

duró su intento. El magnánimo Agenor lo vio arrastrar el cadáver, e, hiriéndolo con la

broncínea lanza en el costado, que al bajarse quedó descubierto junto al escudo, dejóle sin

vigor los miembros. De este modo perdió Elefénor la vida y sobre su cuerpo trabaron

enconada pelea troyanos y aqueos: como lobos se acometían y unos a otros se mataban.

473 Ayante Telamonio tiróle un bote de lanza a Simoesio, hijo de Antemión, que se

hallaba en la flor de la juventud. Su madre habíale dado a luz a orillas del Simoente,

cuando bajó del Ida con sus padres para ver las ovejas: por esto le llamaron Simoesio.

Mas no pudo pagar a sus progenitores la crianza ni fue larga su vida, porque sucumbió

vencido por la lanza del magnánimo Ayante: acometía el troyano, cuando Ayante lo hirió

en el pecho junto a la tetilla derecha, y la broncínea punta salió por la espalda. Cayó el

guerrero en el polvo como el terso álamo nacido en la orilla de una espaciosa laguna y

coronado de ramas que corta el carrero con el hierro reluciente, para hacer las pinas de un

hermoso carro, dejando que el tronco se seque en la ribera; de igual modo, Ayante, del

linaje de Zeus despojó a Simoesio Antémida.- Antifo Priámida, que iba revestido de

labrada coraza, lanzó por entre la muchedumbre su agudo dardo contra Ayante y no lo

tocó; pero hirió en la ingle a Leuco, compañero valiente de Ulises, mientras arrastraba el

cadáver: desprendióse éste y el guerrero cayó junto al mismo.- Ulises, muy irritado por

tal muerte, atravesó las primeras filas cubierto de refulgente bronce, detúvose muy cerca

del matador, y, revolviendo el rostro a todas partes, arrojó la brillante lanza. Al verlo,

huyeron los troyanos. No fue vano el tiro, pues hirió a Democoonte, hijo bastardo de

Príamo, que había venido de Abidos, país de corredoras yeguas: Ulises, irritado por la

muerte de su compañero, le envasó la lanza, cuya broncínea punta le entró por una sien y

le salió por la otra; la obscuridad cubrió los ojos del guerrero, cayó éste con estrépito y

sus armas resonaron.Arredráronse los combatientes delanteros y el esclarecido Héctor; y

los argivos dieron grandes voces, retiraron los muertos y avanzaron un buen trecho. Mas

Apolo, que desde Pérgamo lo presenciaba, se indignó y con recios gritos exhortó a los

troyanos:

509 -¡Acometed, troyanos domadores de caballos! No cedáis en la batalla a los argivos,

porque sus cuerpos no son de piedra ni de hierro para que puedan resistir, si los herís, el

tajante bronce; ni pelea Aquiles, hijo de Tetis, la de hermosa cabellera, que se quedó en

las naves y allí rumia la dolorosa cólera.

514 Así dijo el terrible dios desde la ciudadela. A su vez, la hija de Zeus, la

gloriosísima Tritogenia, recorría el ejército aqueo y animaba a los remisos.

517 Fue entonces cuando el hado echó los lazos de la muerte a Diores Amarincida.

Herido en el tobillo derecho por puntiaguda piedra que le tiró Píroo Imbrásida, caudillo

de los tracios, que había llegado de Eno -la insolente piedra rompióle ambos tendones y

el hueso-, cayó de espaldas en el polvo, y expirante tendía los brazos a sus camaradas

cuando el mismo Píroo, que lo había herido, acudió presuroso e hiriólo nuevamente con

la lanza junto al ombligo; derramáronse los intestinos y las tinieblas velaron los ojos del

guerrero.

527 Mientras Píroo arremetía, Toante el etolio alanceólo en el pecho, por cima de una

tetilla, y el bronce se le clavó en el pulmón. Acercósele Toante, le arrancó del pecho la

ingente lanza y, hundiéndole la aguda espada en medio del vientre, le quitó la vida. Mas

no pudo despojarlo de la armadura, porque se vio rodeado por los compañeros del

muerto, los tracios que dejan crecer la cabellera en lo más alto de la cabeza, quienes le

asestaban sus largas picas; y, aunque era corpulento, vigoroso a ilustre, fue rechazado y

hubo de retroceder. Así cayeron y se juntaron en el polvo el caudillo de los tracios y el de

los epeos, de broncíneas corazas, y a su alrededor murieron otros muchos.

539 Y quien, sin haber sido herido de cerca o de lejos por el agudo bronce, hubiera

recorrido el campo, llevado de la mano y protegido de las saetas por Palas Atena, no

habría baldonado los hechos de armas; pues aquel día gran número de troyanos y de

aqueos yacían, unos junto a otros, caídos de cara al polvo.

CANTO V*

Principalía de Diomedes

* Entre los primeros, los aqueos, destaca Diomedes, siendo capaz de hacer huir a los mismísimos dioses

Ares y Afrodita.

1 Entonces Palas Atenea infundió a Diomedes Tidida valor y audacia, para que brillara

entre todos los argivos y alcanzase inmensa gloria, a hizo salir de su casco y de su escudo

una incesante llama parecida al astro que en otoño luce y centellea después de bañarse en

el Océano. Tal resplandor despedían la cabeza y los hombros del héroe, cuando Atenea lo

llevó al centro de la batalla, allí donde era mayor el número de guerreros que

tumultuosamente se agitaban.

9 Hubo en Troya un varón rico a irreprensible, sacerdote de Hefesto, llamado Dares; y

de él eran hijos Fegeo a Ideo, ejercitados en toda especie de combates. Éstos iban en un

mismo carro; y, separándose de los suyos, cerraron con Diomedes, que desde tierra y en

pie los aguardó. Cuando se hallaron frente a frente, Fegeo tiró el primero la luenga lanza,

que pasó por cima del hombro izquierdo del Tidida sin herirlo; arrojó éste la suya y no

fue en vano, pues se la clavó a aquél en el pecho, entre las tetillas, y lo derribó por tierra.

Ideo saltó al suelo, desamparando el magnífico carro, sin que se atreviera a defender el

cadáver de su hermano -no se hubiese librado de la negra muerte-, y Hefesto lo sacó

salvo, envolviéndolo en densa nube, a fin de que el anciano padre no se afligiera en

demasía. El hijo del magnánimo Tideo se apoderó de los corceles y los entregó a sus

compañeros para que los llevaran a las cóncavas naves. Cuando los altivos troyanos

vieron que uno de los hijos de Dares huía y el otro quedaba muerto entre los carros, a

todos se les conmovió el corazón. Y Atenea, la de ojos de lechuza, tomó por la mano al

furibundo Ares y le habló diciendo:

31 -¡Ares, Ares, funesto a los mortales, manchado de homicidios, demoledor de

murallas! ¿No dejaremos que troyanos y aqueos peleen solos -sean éstos o aquéllos a

quienes el padre Zeus quiera dar gloria- y nos retiraremos, para librarnos de la cólera de

Zeus?

35 Dicho esto, sacó de la liza al furibundo Ares y lo hizo sentar en la herbosa ribera del

Escamandro. Los dánaos pusieron en fuga a los troyanos, y cada uno de sus caudillos

mató a un hombre. Empezó el rey de hombres, Agamenón, con derribar del carro al

corpulento Odio, caudillo de los halizones; al volverse para huir, envasóle la pica en la

espalda, entre los hombros, y la punta salió por el pecho. Cayó el guerrero con estrépito y

sus armas resonaron.

43 Idomeneo quitó la vida a Festo, hijo de Boro el meonio, que había llegado de la fértil

Tarne, hiriéndolo con la formidable lanza en el hombro derecho, cuando subía al carro:

desplomóse Festo, tinieblas horribles to envolvieron y los servidores de Idomeneo lo

despojaron de la armadura.

49 El Atrida Menelao mató con la aguda pica a Escamandrio, hijo de Estrofio,

ejercitado en la caza. A tan excelente cazador la misma Ártemis le había enseñado a tirar

a cuantas fieras crían las selvas de los montes. Mas no le valió ni Ártemis, que se

complace en tirar flechas, ni el arte de arrojarlas en que tanto descollaba: tuvo que huir, y

el Atrida Menelao, famoso por su lanza, lo hirió con un dardo en la espalda, entre los

hombros, y le atravesó el pecho. Cayó de cara y sus armas resonaron.

59 Meriones dejó sin vida a Fereclo, hijo de Tectón Harmónida, que con las manos

fabricaba toda clase de obras de ingenio, porque era muy caro a Palas Atenea. Éste, no

conociendo los oráculos de los dioses, construyó las naves bien proporcionadas de

Alejandro, las cuales fueron la causa primera de todas las desgracias y un mal para los

troyanos y para él mismo. Meriones, cuando alcanzó a aquél, lo alanceó en la nalga

derecha; y la punta, pasando por debajo del hueso y cerca de la vejiga, salió al otro lado.

El guerrero cayó de hinojos, gimiendo, y la muerte lo envolvió.

69 Meges hizo perecer a Pedeo, hijo bastardo de Anténor, a quien Teano, la divina,

había criado con igual solicitud que a los hijos propios, para complacer a su esposo. El

hijo de Fileo, famoso por su pica, fue a clavarle en la nuca la puntiaguda lanza, y el hierro

cortó la lengua y asomó por los dientes del guerrero. Pedeo cayó en el polvo y mordía el

frío bronce.

76 Eurípilo Evemónida dio muerte al divino Hipsenor, hijo del animoso Dolopión, que

era sacerdote de Escamandro y el pueblo lo veneraba como a un dios. Perseguíalo

Eurípilo, hijo preclaro de Evemón; el cual, poniendo mano a la espada, de un tajo en el

hombro le cercenó el robusto brazo, que ensangrentado cayó al suelo. La purpúrea muerte

y el hado cruel velaron los ojos del troyano.

84 Así se portaban éstos en el reñido combate. En cuanto al Tidida, no hubieras

conocido con quiénes estaba, ni si pertenecía a los troyanos o a los aqueos. Andaba

furioso por la llanura cual hinchado torrente que en su rápido curso derriba los diques

-pues ni los diques más trabados, ni los setos de los floridos campos lo detienen-, y

presentándose repentinamente, cuando cae espesa la lluvia de Zeus, destruye muchas

hermosas labores de los jóvenes; tal tumulto promovía el Tidida en las densas falanges

troyanas que, con ser tan numerosas, no se atrevían a resistirlo.

95 Tan luego como el preclaro hijo de Licaón vio que Diomedes corna furioso por la

llanura y desordenaba las falanges, tendió el corvo arco y lo hirió en el hombro derecho,

por el hueco de la coraza, mientras aquél acometía. La cruel saeta atravesó el hombro y la

coraza y se manchó de sangre. Y el preclaro hijo de Licaón, al notarlo, gritó con voz

recia:

102 -¡Arremeted, troyanos de ánimo altivo, aguijadores de caballos! Herido está el más

fuerte de los aqueos; y no creo que pueda resistir mucho tiempo la fornida saeta, si fue realmente

Apolo, hijo de Zeus, quien me movió a venir aquí desde la Licia.

106 Así dijo gloriándose. Pero la veloz flecha no postró a Diomedes; el cual,

retrocediendo hasta el carro y los caballos, se detuvo y dijo a Esténelo, hijo de Capaneo:

109 -Corre, buen hijo de Capaneo, baja del carro y arráncame del hombro la amarga

flecha.

111 Así dijo. Esténelo saltó del carro al suelo, se le acercó, y sacóle del hombro la

aguda flecha; la sangre chocaba, al salir a borbotones, contra las mallas de la túnica. Y

entonces Diomedes, valiente en el combate, hizo esta plegaria:

115 -¡Óyeme, hija de Zeus, que lleva la égida! ¡Indómita! Si alguna vez amparaste

benévola a mi padre en la cruel guerra, séme ahora propicia, ¡oh Atenea!, y haz que se

ponga a tiro de lanza y reciba la muerte de mi mano quien se me anticipó hiriéndome, y

ahora se jacta de que pronto dejaré de contemplar la fúlgida luz del sol.

121 Así dijo rogando. Palas Atenea lo oyó, agilitóle los miembros todos y

especialmente los pies y las manos, y poniéndose a su lado pronunció estas aladas

palabras:

124 -Cobra ánimo, Diomedes, y pelea con los troyanos; pues ya infundí en tu pecho el

paterno intrépido valor que acostumbraba tener el jinete Tideo, agitador del escudo, y

aparté la niebla que cubría tus ojos para que en la batalla conozcas bien a los dioses y a

los hombres. Si alguno de aquéllos viene a tentarte, no quieras combatir con los

inmortales; pero, si se presentara en la lid Afrodita, hija de Zeus, hiérela con el agudo

bronce.

133 Dicho esto, fuese Atenea, la de ojos de lechuza. El Tidida volvió a mezclarse con

los combatientes delanteros; y, si antes ardía en deseos de pelear contra los troyanos, entonces

sintió que se le triplicaba el bno, como un león a quien el pastor hiere levemente

en el campo, al asaltar un redil de lanudas ovejas, y no lo mata, sino que lo excita la

fuerza: el pastor desiste de rechazarlo y entra en el establo; las ovejas, al verse sin

defensa, huyen para caer pronto hacinadas unas sobre otras, y la fiera salta afuera de la

elevada cerca. Con tal furia penetró en las filas troyanas el fuerte Diomedes.

144 Entonces hizo morir a Astínoo y a Hipirón, pastor de hombres. Al primero lo hirió

con la broncínea lanza encima del pecho; contra Hipirón desnudó la gran espada, y de un

tajo en la clavícula separóle el hombro del cuello y la espalda. Dejólos y fue al encuentro

de Abante y Polüdo, hijos de Euridamante, que era de provecta edad a intérprete de sus

sueños: cuando fueron a la guerra, el anciano no les interpretaría los sueños, pues

sucumbieron a manos del fuerte Diomedes, que los despojó de las armas. Enderezó luego

los pasos hacia Janto y Toón, hijos de Fénope -éste los había tenido en la triste vejez que

lo abrumaba y no engendró otro hijo que heredara sus riquezas-, y a entrambos les quitó

la dulce vida, causando llanto y triste pesar al anciano, que no pudo recibirlos de vuelta

de la guerra; y más tarde los parientes se repartieron la herencia.

159 En seguida alcanzó a Equemón y a Cromio, hijos de Príamo Dardánida, que iban

en el mismo carro. Cual león que, penetrando en la vacada, despedaza la cerviz de una

vaca o de una becerra que pace en el soto, así el hijo de Tideo los derribó violentamente

del carro, les quitó la armadura y entregó los corceles a sus camaradas para que los

llevaran a las naves.

166 Eneas advirtió qué Diomedes destruía las hileras de los troyanos, y fue en busca del

divino Pándaro por la liza y entre el estruendo de las lanzas. Halló por fin al fuerte y eximio

hijo de Licaón; y deteniéndose a su lado, le dijo:

171 -¡Pándaro! ¿Dónde guardas el arco y las voladoras flechas? ¿Qué es de tu fama?

Aquí no tienes rival y en la Licia nadie se gloría de aventajarte. Ea, levanta las manos a

Zeus y dispara una flecha contra ese hombre que triunfa y causa males sin cuento a los

troyanos -de muchos valientes ha quebrado ya las rodillas-, si por ventura no es un dios

airado con los troyanos a causa de los sacrificios, pues la cólera de una deidad es terrible.

179 Respondióle el preclaro hijo de Licaón:

180 -¡Eneas, consejero de los troyanos, de broncíneas túnicas! Parécese por entero al

aguerrido Tidida: reconozco su escudo, su casco de alta cimera y agujeros a guisa de ojos

y sus corceles, pero no puedo asegurar si es un dios. Si ese guerrero es en realidad el

belicoso hijo de Tideo, no se mueve con tal furia sin que alguno de los inmortales lo

acompañe, cubierta la espalda con una nube, y desvíe las veloces flechas que hacia él

vuelan. Arrojéle una saeta que lo hirió en el hombro derecho, penetrando por el hueco de

la coraza; creí enviarle a Aidoneo, y sin embargo de esto no lo maté; sin duda es un dios

irritado. No tengo aquí corceles ni carros que me lleven, aunque en el palacio de Licaón

quedaron once carros hermosos, sólidos, de reciente construcción, cubiertos con fundas y

con sus respectivos pares de caballos que comen blanca cebada y avena. Licaón, el

guerrero anciano, entre los muchos consejos que me dio cuando partí del magnífico

palacio, me recomendó que en el duro combate mandara a los troyanos subido en un

carro; mas yo no me dejé convencer -mucho mejor hubiera sido seguir su consejo- y

rehusé llevarme los corceles por el temor de que, acostumbrados a comer bien, se

encontraran sin pastos en una ciudad sitiada. Dejélos, pues, y vine como infante a Ilio,

confiando en el arco que para nada me había de servir. Contra dos próceres lo he

disparado, el Tidida y el Atrida; a entrambos les causé heridas, de las que manaba

verdadera sangre, y sólo conseguí excitarlos más. Con mala suerte descolgué del clavo el

corvo arco el día en que vine con mis troyanos a la amena Ilio para complacer al divino

Héctor. Si logro regresar y ver con estos ojos mi patria, mi mujer y mi casa espaciosa y

de elevado techo, córteme la cabeza un enemigo si no rompo y tiro al relumbrante fuego

este arco, ya que su compañía me resulta inútil.

217 Replicóle Eneas, caudillo de los troyanos:

218 -No hables así. Las cosas no cambiarán hasta que, montados nosotros en el carro,

acometamos a ese hombre y probemos la suerte de las armas. Sube a mi carro, para que

veas cuáles son los corceles de Tros y cómo saben así perseguir acá y acullá de la llanura

como huir ligeros; ellos nos llevarán salvos a la ciudad, si Zeus concede de nuevo la victoria

a Diomedes Tidida. Ea, coma el látigo y las lustrosas riendas, y bajaré del carro para

combatir; o encárgate tú de pelear, y yo me cuidaré de los caballos.

229 Contestó el preclaro hijo de Licaón:

230-¡Eneas! Recoge tú las riendas y guía los corceles, porque tirarán mejor del corvo

carro obedeciendo al auriga a que están acostumbrados, si nos pone en fuga el hijo de

Tideo. No sea que, echando de menos tu voz, se espanten y desboquen y no quieran

sacarnos de la liza, y el hijo del magnánimo Tideo nos embista y mate y se lleve los

solípedos caballos. Guía, pues, el carro y los corceles, y yo con la aguda lanza esperaré su

acometida.

239 Así hablaron; y, subidos en el labrado carro, guiaron animosamente los briosos

corceles en derechura al Tidida. Advirtiólo Esténelo, preclaro hijo de Capaneo, y al punto

dijo al Tidida estas aladas palabras:

243 -¡Diomedes Tidida, carísimo a mi corazón! Veo que dos robustos varones, cuya

fuerza es grandísima, desean combatir contigo: el uno, Pándaro, es hábil arquero y se

jacta de ser hijo de Licaón; el otro, Eneas, se gloría de haber sido engendrado por el

magnánimo Anquises y su madre es Afrodita. Ea, subamos al carro, retirémonos, y cesa

de revolverte furioso entre los combatientes delanteros para que no pierdas la dulce vida.

251 Mirándolo con torva faz, le respondió el fuerte Diomedes:

252 -No me hables de huir, pues no creo que me persuadas. Sería impropio de mí

batirme en retirada o amedrentarme. Mis fuerzas aún siguen sin menoscabo. Desdeño

subir al carro, y tal como estoy iré a encontrarlos, pues Palas Atenea no me deja temblar.

Sus ágiles corceles no los llevarán lejos de aquí, si por ventura alguno de aquéllos puede

escapar. Otra cosa voy a decir que tendrás muy presence: Si la sabia Atenea me concede

la gloria de matar a entrambos, sujeta estos veloces caballos, amarrando las bridas al

barandal, y no se te olvide de apoderarte de los corceles de Eneas para sacarlos de los

troyanos y traerlos a los aqueos de hermosas grebas; pues pertenecen a la raza de aquéllos

que el largovidente Zeus dio a Tros en pago de su hijo Ganimedes, y son, por canto, los

mejores de cuantos viven debajo del sol y la aurora. Anquises, rey de hombres, logró

adquirir, a hurto, caballos de esta raza ayuntando yeguas con aquéllos sin que

Laomedonte lo advirtiera; naciéronle seis en el palacio, crió cuatro en su pesebre y dio

esos dos a Eneas, que pone en fuga a sus enemigos. Si los cogiéramos, alcanzaríamos

gloria no pequeña.

274 Así éstos conversaban. Pronto Eneas y Pándaro, picando a los ágiles corceles, se

les acercaron. Y el preclaro hijo de Licaón exclamó el primero:

277 -¡Corazón fuerte, hombre belicoso, hijo del ilustre Tideo! Ya que la veloz y dañosa

flecha no lo derribó, voy a probar si lo hiero con la lanza.

280 Dijo; y blandiendo la ingente arma, dio un bote en el escudo del Tidida: la

broncínea punta atravesó la rodela y llegó muy cerca de la coraza. El preclaro hijo de

Licaón gritó en seguida:

284 -Tienes el ijar atravesado de parte a parte, y no creo que resistas largo tiempo.

Inmensa es la gloria que acabas de darme.

286 Sin turbarse, le replicó el fuerte Diomedes:

287 -Erraste el golpe, no has acertado; y creo que no dejaréis de combatir, hasta que

uno de vosotros caiga y harte de sangre a Ares, el infatigable luchador.

290 Dijo, y le arrojó la lanza que, dirigida por Atenea a la nariz junto al ojo, le atravesó

los blancos dientes. El duro bronce cortó la punta de la lengua y apareció por debajo de la

barba. Pándaro cayó del carro, sus lucientes y labradas armas resonaron, espantáronse los

corceles de ágiles pies, y a11í acabaron la vida y el valor del guerrero.

297 Saltó Eneas del carro con el escudo y la larga pica; y, temiendo que los aqueos le

quitaran el cadáver, defendíalo como un león que confía en su bravura: púsose delante del

muerto enhiesta la lanza y embrazado el liso escudo, y profiriendo horribles gritos se

disponía a matar a quien se le opusiera. Mas el Tidida, cogiendo una gran piedra que dos

de los hombres actuales no podrían llevar y que él manejaba fácilmente, hirió a Eneas en

la articulación del isquion con el fémur que se llama cótila; la áspera piedra rompió la

cótila, desgarró ambos tendones y arrancó la piel. El héroe cayó de rodillas, apoyó la

robusta mano en el suelo y la noche obscura cubrió sus ojos.

311 Y allí pereciera el rey de hombres Eneas, si al punto no lo hubiese advertido su

madre Afrodita, hija de Zeus, que lo había concebido de Anquises, pastor de bueyes. La

diosa tendió sus níveos brazos al hijo amado y lo cubrió con un doblez del refulgente

manto, para defenderlo de los tiros; no fuera que alguno de los dánaos, de ágiles corceles,

clavándole el bronce en el pecho, le quitara la vida.

318 Mientras Afrodita sacaba a Eneas de la liza, el hijo de Capaneo no echó en olvido

las órdenes que le diera Diomedes, valiente en el combate: sujetó allí, separadamente de

la refriega, sus solípedos caballos, amarrando las bridas al barandal; y, apoderándose de

los corceles, de lindas crines, de Eneas, hízolos pasar de los troyanos a los aqueos de

hermosas grebas y entrególos a Deípilo, el compañero a quien más honraba entre los de la

misma edad a causa de su prudencia, para que los llevara a las cóncavas naves. Acto

continuo el héroe subió al carro, asió las lustrosas riendas y guió solícito hacia el Tidida

los caballos de duros cascos. El héroe perseguía con el cruel bronce a Cipris, conociendo

que era una deidad débil, no de aquéllas que imperan en el combate de los hombres,

como Atenea o Enio, asoladora de ciudades. Tan pronto como llegó a alcanzarla por entre

la multitud, el hijo del magnánimo Tideo, calando la afilada pica, rasguñó la tierna mano

de la diosa: la punta atravesó el peplo divino, obra de las mismas Gracias, y rompió la

piel de la palma. Brotó la sangre divina, o por mejor decir, el icor; que tal es lo que tienen

los bienaventurados dioses, pues no comen pan ni beben el negro vino, y por esto carecen

de sangre y son llamados inmortales. La diosa, dando una gran voz, apartó a su hijo, que

Febo Apolo recibió en sus brazos y envolvió en espesa nube; no fuera que alguno de los

dánaos, de ágiles corceles, clavándole el bronce en el pecho, le quitara la vida. Y

Diomedes, valiente en el combate, dijo a voz en cuello:

348 -¡Hija de Zeus, retírate del combate y la pelea! ¿No te basta engañar a las débiles

mujeres? Creo que, si intervienes en la batalla, te dará horror la guerra, aunque te

encuentres a gran distancia de donde la haya.

352 Así dijo. La diosa retrocedió turbada y muy afligida; Iris, de pies veloces como el

viento, asiéndola por la mano, la sacó del tumulto cuando ya el dolor la abrumaba y el

hermoso cutis se ennegrecía; y como aquélla encontrara al furibundo Ares sentado a la

izquierda de la batalla, con la lanza y los veloces caballos envueltos en una nube, se hincó

de rodillas y pidióle con instancia los corceles de áureas bridas:

359 -¡Querido hermano! Compadécete de mí y dame los caballos para que pueda volver

al Olimpo, a la mansión de los inmortales. Me duele mucho la herida que me infirió un

hombre, el Tidida, quien sería capaz de pelear con el padre Zeus.

363 Dijo, y Ares le cedió los corceles de áureas bridas. Afrodita subió al carro con el

corazón afligido; Iris se puso a su lado, y tomando las riendas avispó con el látigo a

aquéllos, que gozosos alzaron el vuelo. Pronto llegaron a la morada de los dioses, al alto

Olimpo; y la diligente Iris, la de pies ligeros como el viento, detuvo los caballos, los

desunció del carro y les echó un pasto divino. La diosa Afrodita se refugió en el regazo

de su madre Dione; la cual, recibiéndola en los brazos y halagándola con la mano, le dijo:

373 -¿Cuál de los celestes dioses, hija querida, de tal modo te maltrató, como si a su

presencia hubieses cometido alguna falta?

375 Respondióle al punto Afrodita, amante de la risa:

376 -Hirióme el hijo de Tideo, Diomedes soberbio, porque sacaba de la liza a mi hijo

Eneas, carísimo para mí más que otro alguno. La enconada lucha ya no es sólo de troyanos

y aqueos, pues los dánaos ya se atreven a combatir con los inmortales.

381 Contestó Dione, divina entre las diosas:

382 -Sufre el dolor, hija mía, y sopórtalo aunque estés afligida; que muchos de los que

habitamos olímpicos palacios hemos tenido que tolerar ofensas de los hombres, a quienes

excitamos para causarnos, unos dioses a otros, horribles males.- Las toleró Ares cuando

Oto y el fornido Efialtes, hijos de Aloeo, lo tuvieron trece meses atado con fuertes

cadenas en una cárcel de bronce: a11í pereciera el dios insaciable de combate, si su

madrastra, la bellísima Eribea, no lo hubiese participado a Hermes, quien sacó

furtivamente de la cárcel a Ares casi exánime, pues las crueles ataduras lo agobiaban.-

Las toleró Hera cuando el vigoroso hijo de Anfitrión hirióla en el pecho diestro con

trifurcada flecha; vehementísimo dolor atormentó entonces a la diosa.- Y las toleró

también el ingente Hades cuando el mismo hijo de Zeus, que lleva la égida, disparándole

en Pilos veloz saeta, to entregó al dolor entre los muertos: con el corazón afligido,

traspasado de dolor, pues la flecha se le había clavado en la robusta espalda y abatía su

ánimo, fue el dios al palacio de Zeus, al vasto Olimpo, y, como no había nacido mortal,

curólo Peón, esparciendo sobre la herida drogas calmantes. ¡Osado! ¡Temerario! No se

abstenía de cometer acciones nefandas y contristaba con el arco a los dioses que habitan

el Olimpo.- A ése lo ha excitado contra ti Atenea, la diosa de ojos de lechuza. ¡Insensato!

Ignora el hijo de Tideo que quien lucha con los inmortales ni llega a viejo ni los hijos lo

reciben, llamándole padre y abrazando sus rodillas, de vuelta del combate y de la terrible

pelea. Aunque es valiente, tema el Tidida que le salga al encuentro alguien más fuerte

que tú: no sea que luego la prudente Egialea, hija de Adrasto y cónyuge ilustre de

Diomedes, domador de caballos, despierte con su llanto a los domésticos por sentir

soledad de su legítimo esposo, el mejor de los aqueos todos.

416 Dijo, y con ambas manos restañó el icor; la mano se curó y los acerbos dolores se

calmaron. Atenea y Hera, que lo presenciaban, intentaron zaherir a Zeus Cronida con

mordaces palabras; y Atenea, la diosa de ojos de lechuza, empezó a hablar de esta

manera:

421 -¡Padre Zeus! ¿Te irritarás conmigo por lo que diré? Sin duda Cipris quiso

persuadir a alguna aquea de hermoso peplo a que se fuera con los troyanos, que tan

queridos le son; y, acariciándola, áureo broche le rasguñó la delicada mano.

426 Así dijo. Sonrióse el padre de los hombres y de los dioses, y llamando a la áurea

Afrodita, le dijo:

428 -A ti, hija mía, no te han sido asignadas las acciones bélicas: dedícate a los dulces

trabajos del himeneo, y el impetuoso Ares y Atenea cuidarán de aquéllas.

431 Así los dioses conversaban. Diomedes, valiente en el combate, cerró con Eneas, no

obstante comprender que el mismo Apolo extendía la mano sobre él; pues, impulsado por

el deseo de acabar con el héroe y despojarlo de las magníficas armas, ya ni al gran dios

respetaba. Tres veces asaltó a Eneas con intención de matarlo; tres veces agitó Apolo el

refulgente escudo. Y cuando, semejante a un dios, atacaba por cuarta vez, Apolo, el que

hiere de lejos, lo increpó con aterradoras voces:

440 -¡Tidida, piénsalo mejor y retírate! No quieras igualarte a las deidades, pues jamás

fueron semejantes la raza de los inmortales dioses y la de los hombres que andan por la

tierra.

443 Así dijo. El Tidida retrocedió un poco para no atraerse la cólera de Apolo, el que

hiere de lejos; y el dios, sacando a Eneas del combate, lo llevó al templo que tenía en la

sacra Pérgamo: dentro de éste, Leto y Artemis, que se complace en tirar fechas, curaron

al héroe y le aumentaron el vigor y la belleza del cuerpo. En tanto Apolo, que lleva arco

de plata, formó un simulacro de Eneas y su armadura; y, alrededor del mismo, troyanos y

divinos aqueos chocaban las rodelas de cuero de buey y los alados broqueles que

protegían sus cuerpos. Y Febo Apolo dijo entonces al furibundo Ares:

455 -¡Ares, Ares, funesto a los mortales, manchado de homicidios, demoledor de

murallas! ¿Quieres entrar en la liza y sacar a ese hombre, al Tidida, que sería capaz de

combatir hasta con el padre Zeus? Primero hirió a Cipris en el puño, y luego, semejante a

un dios, cerró conmigo.

460 Cuando esto hubo dicho, sentóse en la excelsa Pérgamo. El funesto Ares, tomando

la figura del ágil Acamante, caudillo de los tracios, enardeció a los que militaban en las

filas troyanas y exhortó a los ilustres hijos de Príamo, alumnos de Zeus:

464 -¡Hijos del rey Príamo, alumno de Zeus! ¿Hasta cuándo dejaréis que el pueblo

perezca a manos de los aqueos? ¿Acaso hasta que el enemigo llegue a las sólidas puertas

de los muros? Yace en tierra un varón a quien honrábamos como al divino Héctor: Eneas,

hijo del magnánimo Anquises. Ea, saquemos del tumulto al valiente amigo.

470 Con estas palabras les excitó a todos el valor y la fuerza. A su vez, Sarpedón

reprendía así al divino Héctor:

472 -¡Héctor! ¿Qué se hizo el valor que antes mostrabas? Dijiste que defenderías la

ciudad sin tropas ni aliados, solo, con tus hermanos y tus deudos. De éstos a ninguno veo

ni descubrir puedo: temblando están como perros en torno de un león, mientras

combatimos los que únicamente somos auxiliares. Yo, que figuro como tal, he venido de

muy lejos, de Licia, situada a orillas del voraginoso Janto; allí dejé a mi esposa amada, al

tierno infante y riquezas muchas que el menesteroso apetece. Mas, sin embargo de esto y

de no tener aquí nada que los aqueos puedan llevarse o apresar, animo a los licios y deseo

luchar con ese guerrero; y tú estás parado y ni siquiera exhortas a los demás hombres a

que resistan al enemigo y defiendan a sus esposas. No sea que, como si hubierais caído en

una red de lino que todo lo envuelve, lleguéis a ser presa y botín de los enemigos, y éstos

destruyan vuestra populosa ciudad. Preciso es que lo ocupes en ello día y noche y

supliques a los caudillos de los auxiliares venidos de lejas tierras, que resistan firmemente

y no se hagan acreedores a graves censuras.

493 Así habló Sarpedón. Sus palabras royéronle el ánimo a Héctor, que en seguida saltó

del carro al suelo, sin dejar las armas; y, blandiendo un par de afiladas picas, recorrió el

ejército, animóle a combatir y promovió una terrible pelea. Los troyanos volvieron la cara

a los aqueos para embestirlos, y los argivos sostuvieron apiñados la acometida y no se

arredraron. Como en el abaleo, cuando la rubia Deméter separa el grano de la paja al

soplo del viento, el aire lleva el tamo por las sagradas eras y los montones de paja

blanquean; del mismo modo los aqueos se tornaban blanquecinos por el polvo que

levantaban hasta el cielo de bronce los pies de los corceles de cuantos volvían a

encontrarse en la refriega. Los aurigas guiaban los caballos al combate y los guerreros

acometían de frente con toda la fuerza de sus brazos. El furibundo Ares cubrió el campo

de espesa niebla para socorrer a los troyanos y a todas partes iba; cumpliendo así el

encargo que le hizo Febo Apolo, el de la áurea espada, de que excitara el ánimo de

aquéllos, cuando vio que Palas Atenea, la protectora de los dánaos, se ausentaba.

512 El dios sacó a Eneas del suntuoso templo; e, infundiendo valor al pastor de

hombres, le dejó entre sus compañeros, que se alegraron de verlo vivo, sano y revestido

de valor; pero no le preguntaron nada, porque no se lo permitía el combate suscitado por

el dios del arco de plata, por Ares, funesto a los mortales, y por la Discordia, cuyo furor

es insaciable.

519 Ambos Ayantes, Ulises y Diomedes enardecían a los dánaos en la pelea; y éstos, en

vez de atemorizarse ante la fuerza y las voces de los troyanos, aguardábanlos tan firmes

como las nubes que el Cronida deja inmóviles en las cimas de los montes durante la

calma, cuando duermen el Bóreas y demás vientos fuertes que con sonoro soplo disipan

los pardos nubarrones; tan firmemente esperaban los dánaos a los troyanos, sin pensar en

la fuga. El Atrida bullía entre la muchedumbre y a todos exhortaba:

529 -¡Oh amigos! ¡Sed hombres, mostrad que tenéis un corazón esforzado y

avergonzaos de parecer cobardes en el duro combate! De los que sienten este temor, son

más los que se salvan que los que mueren; los que huyen ni alcanzan gloria, ni entre sí se

ayudan.

533 Dijo, y despidiendo con ligereza el dardo hirió al caudillo Deicoonte Pergásida,

compañero del magnánimo Eneas; a quien veneraban los troyanos como a la prole de

Príamo, por su arrojo en pelear en las primeras filas. El rey Agamenón acertó a darle un

bote en el escudo, que no logró detener el dardo; éste lo atravesó, y, rasgando el cinturón,

clavóse el bronce en el empeine del guerrero. Deicoonte cayó con estrépito y sus armas

resonaron.

541 Eneas mató a dos hijos de Diocles, Cretón y Orsíloco, varones valentísimos, cuyo

padre vivía en la bien construida Fera abastado de bienes, y era descendiente del

anchuroso Alfeo, que riega el país de los pilios. El Alfeo engendró a Ortíloco, que reinó

sobre muchos hombres; Ortíloco fue padre del magnánimo Diocles, y de éste nacieron los

dos mellizos Cretón y Orsíloco, diestros en toda especie de combates; quienes, apenas

llegados a la juventud, fueron en negras naves y junto con los argivos a Ilio, la de

hermosos corceles, para vengar a los Atridas Agamenón y Menelao, y allí hallaron su fin,

pues los envolvió la muerte. Como dos leones, criados por su madre en la espesa selva de

la cumbre de un monte, devastan los establos, robando bueyes y pingües ovejas, hasta

que los hombres los matan con afilado bronce; del mismo modo, aquéllos, que parecían

altos abetos, cayeron vencidos por las manos de Eneas.

561 Al verlos derribados en el suelo, condolióse Menelao, caro a Ares, y en seguida,

revestido de luciente bronce y blandiendo la lanza, se abrió camino por las primeras filas:

Ares le excitaba el valor para que sucumbiera a manos de Eneas. Pero Antíloco, hijo del

magnánimo Néstor, que lo advirtió, se fue en pos del pastor de hombres temiendo que le

ocurriera algo y les frustrara la empresa. Cuando los dos guerreros, deseosos de pelear,

calaban las agudas lanzas para acometerse, colocóse Antíloco muy cerca del pastor de

hombres; Eneas, al ver a los dos varones que estaban juntos, aunque era luchador brioso,

no se atrevió a esperarlos; y ellos pudieron llevarse hacia los aqueos los cadáveres de

aquellos infelices, ponerlos en las manos de sus amigos y volver a combatir en el punto

más avanzado.

576 Entonces mataron a Pilémenes, igual a Ares, caudillo de los valientes y escudados

paflagones: el Atrida Menelao, famoso por su pica, envasóle la lanza junto a la clavícula.

Antíloco hirió de una pedrada en el codo al buen escudero Midón Atimníada, cuando éste

revolvía los solípedos caballos -las ebúrneas riendas cayeron de sus manos al polvo-, y,

acometiéndolo con la espada, le dio un tajo en las sienes. Midón, anhelante, cayó del bien

construido carro: hundióse su cabeza con el cuello y parte de los hombros en la arena que

a11í abundaba, y así permaneció un buen espacio hasta que los corceles, pataleando, lo

tiraron al suelo; Antíloco se apoderó del carro, picó a los corceles, y se los llevó al

campamento aqueo.

590 Héctor atisbó a los dos guerreros en las filas, arremetió a ellos, gritando, y lo

siguieron las fuertes falanges troyanas que capitaneaban Ares y la venerable Enio; ésta

promovía el horrible tumulto de la pelea; Ares manejaba una lanza enorme, y ya precedía

a Héctor, ya marchaba detrás del mismo.

596 Al verlo, estremecióse Diomedes, valiente en el combate. Como el inexperto

viajero, después que ha atravesado una gran llanura, se detiene al llegar a un río de rápida

corriente que desemboca en el mar, percibe el murmurio de las espumosas aguas y vuelve

con presteza atrás, de semejante modo retrocedió el Tidida, gritando a los suyos:

601 -¡Oh amigos! ¿Cómo nos admiramos de que el divino Héctor sea hábil lancero y

audaz luchador? A su lado hay siempre alguna deidad para librarlo de la muerte, y ahora

es Ares, transfigurado en mortal, quien lo acompaña. Emprended la retirada, con la cara

vuelta hacia los troyanos, y no queráis combatir denodadamente con los dioses.

607 Así dijo. Los troyanos llegaron muy cerca de ellos, y Héctor mató a dos varones

diestros en la pelea que iban en un mismo carro: Menestes y Anquíalo. Al verlos

derribados por el suelo, compadecióse el gran Ayante Telamonio; y, deteniéndose muy

cerca del enemigo, arrojó la pica reluciente a Anfio, hijo de Sélago, que moraba en Peso,

era riquísimo en bienes y sembrados y había ido -impulsábale el hado- a ayudar a Príamo

y sus hijos. Ayante Telamonio acertó a darle en el cinturón, la larga pica se clavó en el

empeine, y el guerrero cayó con estrépito. Corrió el esclarecido Ayante a despojarlo de

las armas -los troyanos hicieron llover sobre el héroe agudos relucientes dardos, de los

cuales recibió muchos el escudo-, y, poniendo el pie encima del cadáver, arrancó la

broncínea lanza; pero no pudo quitarle de los hombros la magnífica armadura, porque

estaba abrumado por los tiros. Temió verse encerrado dentro de un fuerte círculo por los

arrogantes troyanos, que en gran número y con valentía le enderezaban sus lanzas; y,

aunque era corpulento, vigoroso a ilustre, fue rechazado y hubo de retroceder.

627 Así se portaban éstos en el duro combate. El hado poderoso llevó contra Sarpedón,

igual a un dios, a Tlepólemo Heraclida, valiente y de gran estatura. Cuando ambos héroes,

hijo y nieto de Zeus, que amontona las nubes, se hallaron frente a frente, Tlepólemo

fue el primero en hablar y dijo:

633 -¡Sarpedón, príncipe de los licios! ¿Qué necesidad tienes, no estando ejercitado en

la guerra, de venir a temblar? Mienten cuantos afirman que eres hijo de Zeus, que lleva la

égida, pues desmereces mucho de los varones engendrados en tiempos anteriores por este

dios, como dicen que fue mi intrépido padre, el fornido Heracles, que resistía audazmente

y tenía el ánimo de un león; el cual, habiendo venido por los caballos de Laomedonte,

con seis solas naves y pocos hombres, consiguió saquear la ciudad y despoblar sus calles.

Pero tú eres de ánimo apocado, dejas que las tropas perezcan, y no creo que tu venida de

la Licia sirva para la defensa de los troyanos por muy vigoroso que seas; pues, vencido

por mí, entrarás por las puertas del Hades.

647 Respondióle Sarpedón, caudillo de los licios:

648 -¡Tlepólemo! Aquél destruyó, con efecto, la sacra Ilio a causa de la perfidia del

ilustre Laomedonte, que pagó con injuriosas palabras sus beneficios y no quiso entregarle

los caballos por los que había venido de tan lejos. Pero yo te digo que la perdición y la

negra muerte de mi mano te vendrán; y muriendo, herido por mi lanza, me darás gloria, y

a Hades, el de los famosos corceles, el alma.

655 Así dijo Sarpedón, y Tlepólemo alzó la lanza de fresno. Las luengas lanzas

partieron a un mismo tiempo de las manos. Sarpedón hirió a Tlepólemo: la dañosa punta

atravesó el cuello, y las tinieblas de la noche velaron los ojos del guerrero. Tlepólemo dio

con su gran lanza en el muslo izquierdo de Sarpedón y el bronce penetró con ímpetu

hasta el hueso; pero todavía su padre lo libró de la muerte.

663 Los ilustres compañeros de Sarpedón, igual a un dios, sacáronlo del combate, con

la gran lanza que, al arrastrarse, le pesaba; pues con la prisa nadie advirtió la lanza de

Fresno, ni pensó en arrancársela del muslo, para que aquél pudiera subir al carro. Tanta

era la fatiga con que to cuidaban.

668 A su vez, los aqueos, de hermosas grebas, se llevaron del campo a Tlepólemo. El

divino Ulises, de ánimo paciente, violo, sintió que se le enardecía el corazón, y revolvió

en su mente y en su espíritu si debía perseguir al hijo de Zeus tonante o privar de la vida a

muchos licios. No le había concedido el hado al magnánimo Ulises matar con el agudo

bronce al esforzado hijo de Zeus, y por esto Atenea le inspiró que acometiera a la

multitud de los licios. Mató entonces a Cérano, Alástor, Cromio, Alcandro, Halio,

Noemón y Prítanis, y aun a más licios hiciera morir el divino Ulises, si no lo hubiese

notado muy presto el gran Héctor, el de tremolante casco; el cual, cubierto de luciente

bronce, se abrió calle por los combatientes delanteros a infundió terror a los dánaos.

Holgóse de su llegada Sarpedón, hijo de Zeus, y profirió estas lastimeras palabras:

684 -¡Priámida! No permitas que yo, tendido en el suelo, llegue a ser presa de los

dánaos; socórreme y pierda la vida luego en vuestra ciudad, ya que no he de alegrar,

volviendo a mi casa y a la patria tierra, ni a mi esposa querida ni al tierno infante.

689 Así dijo. Héctor, el de tremolante casco, pasó corriendo, sin responderle, porque

ardía en deseos de rechazar cuanto antes a los argivos y quitar la vida a muchos

guerreros. Los ilustres camaradas de Sarpedón, igual a un dios, lleváronlo al pie de una

hermosa encina consagrada a Zeus, que lleva la égida; y el valeroso Pelagonte, su

compañero amado, le arrancó del muslo la lanza de fresno. Amortecido quedó el héroe y

obscura niebla cubrió sus ojos; pero pronto volvió en su acuerdo, porque el soplo del

Bóreas lo reanimó cuando ya apenas respirar podía.

699 Los argivos, al acometerlos Ares y Héctor armado de bronce, ni se volvían hacia

las negras naves, ni rechazaban el ataque, sino que se batían en retirada desde que

supieron que aquel dios se hallaba con los troyanos.

703 ¿Cuál fue el primero, cuál el último de los que entonces mataron Héctor, hijo de

Príamo, y el broncíneo Ares? Teutrante, igual a un dios; Orestes, aguijador de caballos;

Treco, lancero etolio; Enómao; Héleno Enópida y Oresbio, el de tremolante mitra, quien,

muy ocupado en cuidar de sus bienes, moraba en Hila, a orillas del lago Cefisis, con otros

beocios que constituían un opulento pueblo.

711 Cuando Hera, la diosa de níveos brazos, vio que ambos mataban a muchos argivos

en el duro combate, dijo a Atenea estas aladas palabras:

714 -¡Oh dioses! ¡Hija de Zeus, que lleva la égida! ¡Indómita! Vana será la promesa

que hicimos a Menelao de que no se iría sin destruir la bien murada Ilio, si dejamos que

el pernicioso Ares ejerza sus furores. Ea, pensemos en prestar al héroe poderoso auxilio.

719 Dijo; y Atenea, la diosa de ojos de lechuza, no desobedeció. Hera, deidad

veneranda hija del gran Crono, aparejó los corceles con sus áureas bridas, y Hebe puso

diligentemente en el férreo eje, a ambos lados del carro, las corvas ruedas de bronce que

tenían ocho rayos. Era de oro la indestructible pina, de bronce las ajustadas admirables

llantas, y de plata los torneados cubos. El asiento descansaba sobre tiras de oro y de plata,

y un doble barandal circundaba el carro. Por delante salía argéntea lanza, en cuya punta

ató la diosa un hermoso yugo de oro con bridas de oro también; y Hera, que anhelaba el

combate y la pelea, unció los corceles de pies ligeros.

733 Atenea, hija de Zeus, que lleva la égida, dejó caer al suelo, en el palacio de su

padre, el hermoso peplo bordado que ella misma había tejido y labrado con sus manos;

vistió la túnica de Zeus, que amontona las nubes, y se armó para la luctuosa guerra.

Suspendió de sus hombros la espantosa égida floqueada que el terror corona: allí están la

Discordia, la Fuerza y la Persecución horrenda; a11í la cabeza de la Gorgona, monstruo

cruel y horripilante, portento de Zeus, que Ileva la égida. Cubrió su cabeza con áureo

casco de doble cimera y cuatro abolladuras, apto para resistir a la infantería de cien

ciudades. Y, subiendo al flamante carro, asió la lanza ponderosa, larga, fornida, con que

la hija del prepotente padre destruye filas enteras de héroes cuando contra ellos monto en

cólera. Hera picó con el látigo a los corceles, y de propio impulso abriéronse rechinando

las puertas del cielo de que cuidan las Horas -a ellas está confiado el espacioso cielo y el

Olimpo- para remover o colocar delante la densa nube. Por a11í, por entre las puertas,

dirigieron los corceles dóciles al látigo y hallaron al Cronión, sentado aparte de los otros

dioses, en la más alta de las muchas cumbres del Olimpo. Hera, la diosa de los níveos

brazos, detuvo entonces los corceles, para hacer esta pregunta al excelso Zeus Cronida:

757 -¡Padre Zeus! ¿No te indignas contra Ares al presenciar sus atroces hechos?

¡Cuántos y cuáles varones aqueos ha hecho perecer temeraria a injustamente! Yo me

afijo, y Cipris y Apolo, que lleva arco de plata, se alegran de haber excitado a ese loco

que no conoce ley alguna. Padre Zeus, ¿te irritarás conmigo si a Ares le ahuyento del

combate causándole funestas heridas?

764 Respondióle Zeus, que amontona las nubes:

765 -Ea, aguija contra él a Atenea, que impera en las batallas, pues es quien suele

causarle más vivos dolores.

767 Así dijo. Hera, la diosa de los níveos brazos, le obedeció, y picó a los corceles, que

volaron gozosos entre la tierra y el estrellado cielo. Cuanto espacio alcanza a ver el que,

sentado en alta cumbre, fija sus ojos en el vinoso ponto, otro tanto salvan de un brinco los

caballos, de sonoros relinchos, de los dioses. Tan luego como ambas deidades llegaron a

Troya, Hera, la diosa de los níveos brazos, paró el carro en el lugar donde los dos ríos

Simoente y Escamandro juntan sus aguas; desunció los corceles, cubriólos de espesa

niebla, y el Simoente hizo nacer la ambrosía para que pacieran.

778 Las diosas empezaron a andar, semejantes en el paso a tímidas palomas,

impacientes por socorrer a los argivos. Cuando llegaron al sitio donde estaba el fuerte

Diomedes, domador de caballos, con los más y mejores de los adalides que parecían

carniceros leones o puercos monteses, cuya fuerza es grande, se detuvieron; y Hera, la

diosa de los níveos brazos, tomando el aspecto del magnánimo Esténtor, que tenía

vozarrón de bronce y gritaba tanto como otros cincuenta, exclamó:

787 -¡Qué vergüenza, argivos, hombres sin dignidad, admirables sólo por la figura!

Mientras el divino Aquiles asistía a las batallas, los troyanos, amedrentados por su

formidable pica, no pasaban de las puertas dardanias; y ahora combaten lejos de la

ciudad, junto a las cóncavas naves.

792 Con tales palabras les excitó a todos el valor y la fuerza. Atenea, la diosa de ojos de

lechuza, fue en busca del Tidida y halló a este príncipe junto a su carro y sus corceles,

refrescando la herida que Pándaro con una flecha le había causado. El sudor le molestaba

debajo de la ancha abrazadera del redondo escudo, cuyo peso sentía el héroe; y, alzando

éste con su cansada mano la correa, se enjugaba la denegrida sangre. La diosa apoyó la

diestra en el yugo de los caballos y dijo:

800 -¡Cuán poco se parece a su padre el hijo de Tideo! Era éste de pequeña estatura,

pero belicoso. Y aunque no le dejase combatir ni señalarse -como en la ocasión en que,

habiendo ido por embajador a Teba, se encontró lejos de los suyos entre multitud de

cadmeos y le di orden de que comiera tranquilo en el palacio-, conservaba siempre su espíritu

valeroso, y, desafiando a los jóvenes cadmeos, los vencía fácilmente en toda clase

de luchas. ¡De tal modo lo protegía! Ahora es a ti a quien asisto y defiendo, exhortándote

a pelear animosamente con los troyanos. Mas, o el excesivo trabajo de la guerra ha

fatigado tus miembros, o te domina el exánime terror. No, tú no eres el hijo del aguerrido

Tideo Enida.

814 Y, respondiéndole, el fuerte Diomedes le dijo:

815 -Te conozco, oh diosa, hija de Zeus, que lleva la égida. Por esto te hablaré gustoso,

sin ocultarte nada. No me domina el exánime terror ni flojedad alguna; pero recuerdo

todavía las órdenes que me diste. No me dejabas combatir con los bienaventurados

dioses; pero, si Afrodita, hija de Zeus, se presentara en la pelea, debía herirla con el

agudo bronce, Pues bien: ahora retrocedo y he mandado que todos los argivos se

replieguen aquí, porque comprendo que Ares impera en la batalla.

825 Contestóle Atenea, la diosa de ojos de lechuza:

826 -¡Diomedes Tidida, carísimo a mi corazón! No temas a Ares ni a ninguno de los

inmortales; tanto te voy a ayudar. Ea, endereza los solípedos caballos a Ares el primero,

hiérele de cerca y no respetes al furibundo dios, a ese loco voluble y nacido para dañar,

que a Hera y a mí nos prometió combatir contra los troyanos en favor de los argivos y

ahora está con aquéllos y se ha olvidado de sus palabras.

835 Apenas hubo dicho estas palabras, asió de la mano a Esténelo, que saltó diligente

del carro a tierra. Montó la enardecida diosa, colocándose al lado del ilustre Diomedes, y

el eje de encina recrujió a causa del peso porque llevaba a una diosa terrible y a un varón

fortísimo. Palas Atenea, habiendo recogido el látigo y las riendas, guió los solípedos

caballos hacia Ares el primero; el cual quitaba la vida al gigantesco Perifante, preclaro

hijo de Oquesio y el más valiente de los etolios. A tal varón mataba Ares, manchado de

homicidios; y Atenea se puso el casco de Hades para que el furibundo dios no la

conociera.

846 Cuando Ares, funesto a los mortales, vio al ilustre Diomedes, dejó al gigantesco

Perifante tendido donde le había muerto y se encaminó hacia Diomedes, domador de

caballos. Al hallarse a corta distancia, Ares, que deseaba quitar la vida a Diomedes, le

dirigió la broncínea lanza por cima del yugo y las riendas; pero Atenea, la diosa de ojos

de lechuza, cogiéndola y alejándola del carro, hizo que aquél diera el golpe en vano. A su

vez Diomedes, valiente en el combate, atacó a Ares con la broncínea lanza, y Palas

Atenea, apuntándola a la ijada del dios, donde el cinturón le ceñía, hirióle, desgarró el

hermoso cutis y retiró el arma. El broncíneo Ares clamó como gritarían nueve o diez mil

hombres que en la guerra llegaran a las manos; y temblaron, amedrentados, aqueos y

troyanos. ¡Tan fuerte bramó Ares, insaciable de combate!

864 Cual vapor sombrío que se desprende de las nubes por la acción de un impetuoso

viento abrasador, tal le parecía a Diomedes Tidida el broncíneo Ares cuando, cubierto de

niebla, se dirigía al anchuroso cielo. El dios llegó en seguida al alto Olimpo, mansión de

las deidades; se sentó, con el corazón afligido, al lado de Zeus Cronión, mostró la sangre

inmortal que manaba de la herida, y suspirando dijo estas aladas palabras:

872 -¡Padre Zeus! ¿No te indignas al presenciar tan atroces hechos? Siempre los dioses

hemos padecido males horribles que recíprocamente nos causamos para complacer a los

hombres; pero todos estamos airados contigo, porque engendraste una hija loca, funesta,

que sólo se ocupa en acciones inicuas. Cuantos dioses hay en el Olimpo, todos te

obedecen y acatan; pero a ella no la sujetas con palabras ni con obras, sino que la

instigas, por ser tú el padre de esa hija perniciosa que ha movido al insolente Diomedes,

hijo de Tideo, a combatir, en su furia, con los inmortales dioses. Primero hirió de cerca a

Cipris en el puño, y después, cual si fuese un dios, arremetió contra mí. Si no llegan a

salvarme mis ligeros pies, hubiera tenido que sufrir padecimientos durante largo tiempo

entre espantosos montones de cadáveres, o quedar inválido, aunque vivo, a causa de las

heridas que me hiciera el bronce.

888 Mirándolo con torva faz, respondió Zeus, que amontona las nubes:

889 -¡Inconstante! No te lamentes, sentado junto a mí, pue me eres más odioso que

ningún otro de los dioses del Olimpo. Siempre te han gustado las riñas, luchas y peleas, y

tienes el espíritu soberbio, que nunca cede, de tu madre Hera a quien apenas puedo

dominar con mis palabras. Creo que cuanto te ha ocurrido lo debes a sus consejos. Pero

no permitiré que los dolores te atormenten, porque eres de mi linaje y para mí te parió tu

madre. Si, siendo tan perverso hubieses nacido de algún otro dios, tiempo ha que estaría

en un abismo más profundo que el de los hijos de Urano

899 Dijo, y mandó a Peón que lo curara. Éste lo sanó, aplicándole drogas calmantes;

que nada mortal en él había. Como el jugo cuaja la blanca y líquida leche cuando se le

mueve rápidamente con ella, con igual presteza curó aquél al furibundo Ares, a quien

Hebe lavó y puso lindas vestiduras. Y el dios se sentó al lado de Zeus Cronión, ufano de s

gloria.

907 Hera argiva y Atenea alalcomenia regresaron también al palacio del gran Zeus,

cuando hubieron conseguido que Ares, funesto a los mortales, de matar hombres se

abstuviera.

CANTO VI*

Coloquio de Héctor y Andrómaca

* Entre los segundos, los troyanos, Héctor, que ha regresado a Troya para ordenar que las mujeres se

congracien con Atenea con plegarias y ofrendas, cuando vuelve al campo de batalla, se encuentra con su

esposa y con su hijo, aún de tierna edad. Y se destaca el comportamiento de Héctor, héroe inocente que

se sacrifica por Troya, y de Paris, culpable y egoísta, que sólo piensa en él.

1 Quedaron solos en la batalla horrenda troyanos y aqueos, que se arrojaban broncíneas

lanzas; y la pelea se extendía, acá y acullá de la llanura, entre las corrientes del Simoente

y del Janto.

5 Ayante Telamonio, antemural de los aqueos, rompió el primero la falange troyana a

hizo aparecer la aurora de la salvación entre los suyos, hiriendo de muerte al tracio más

denodado, al alto y valiente Acamante, hijo de Eusoro. Acertóle en la cimera del casco

guarnecido con crines de caballo, la lanza se clavó en la frente, la broncínea punta

atravesó el hueso y las tinieblas cubrieron los ojos del guerrero.

12 Diomedes, valiente en el combate, mató a Axilo Teutránida, que, abastado de

bienes, moraba en la bien construida Arisbe; y era muy amigo de los hombres, porque en

su casa, situada cerca del camino, a todos les daba hospitalidad. Pero ninguno de ellos

vino entonces a librarlo de la lúgubre muerte, y Diomedes le quitó la vida a él y a su

escudero Calesio, que gobernaba los caballos. Ambos penetraron en el seno de la tierra.

20 Euríalo dio muerte a Dreso y Ofeltio, y fuese tras Esepo y Pédaso, a quienes la

náyade Abarbárea había concebido en otro tiempo del eximio Bucolión, hijo primogénito

y bastardo del ilustre Laomedonte (Bucolión apacentaba ovejas y tuvo amoroso consorcio

con la ninfa, la cual quedó encinta y dio a luz a los dos mellizos): el Mecisteida acabó

con el valor de ambos, privó de vigor a sus bien formados miembros y les quitó la

armadura de los hombros.

29 El belicoso Polipetes dejó sin vida a Astíalo; Ulises, con la broncínea lanza, a Pidites

percosio; y Teucro, a Aretaón divino. Antíloco Nestórida mató con la pica reluciente a

Ablero; Agamenón, rey de hombres, a Élato, que habitaba en la excelsa Pédaso, a orillas

del Satnioente, de hermosa corriente; el héroe Leito, a Fílaco mientras huía; y Eurípilo, a

Melantio.

37 Menelao, valiente en la pelea, cogió vivo a Adrasto, cuyos caballos, corriendo

despavoridos por la llanura, chocaron con las ramas de un tamarisco, rompieron el corvo

carro por el extremo del timón, y se fueron a la ciudad con los que huían espantados. El

héroe cayó al suelo y dio de boca en el polvo junto a la rueda; acercósele Menelao Atrida

con la ingente lanza, y aquél, abrazando sus rodillas, así le suplicaba:

46 -Hazme prisionero, hijo de Atreo, y recibirás digno rescate. Muchas cosas de valor

tiene mi opulento padre en casa: bronce, oro, hierro labrado; con ellas te pagaría inmenso

rescate, si supiera que estoy vivo en las naves aqueas.

51 Así dijo, y le conmovió el corazón. E iba Menelao a ponerlo en manos del escudero,

para que lo llevara a las veleras naves aqueas, cuando Agamenón corrió a su encuentro y

lo increpó diciendo:

55 -¡Ah, bondoso! ¡Ah, Menelao! ¿Por qué así te apiadas de estos hombres?

¡Excelentes cosas hicieron los troyanos en tu casa! Ninguno de los que caigan en nuestras

manos se libre de tener nefanda muerte, ni siquiera el que la madre lleve en el vientre, ni

ése escape! ¡Perezcan todos los de Ilio, sin que sepultura alcancen ni memoria dejen!

61 Así diciendo, cambió la mente de su hermano con la oportuna exhortación. Repelió

Menelao al héroe Adrasto, que, herido en el ijar por el rey Agamenón, cayó de espaldas.

El Atrida le puso el pie en el pecho y le arrancó la lanza.

66 Néstor, en tanto, animaba a los argivos, dando grandes voces:

67 -¡Oh queridos, héroes dánaos, servidores de Ares! Nadie se quede atrás para recoger

despojos y volver, llevando los más que pueda, a las naves; ahora matemos hombres y

luego con más tranquilidad despojaréis en la llanura los cadáveres de cuantos mueran.

72 Así diciendo les excitó a todos el valor y la fuerza. Y los troyanos hubieran vuelto a

entrar en Ilio, acosados por los belicosos aqueos y vencidos por su cobardía, si Heleno

Priámida, el mejor de los augures, no se hubiese presentado a Eneas y a Héctor para

decirles:

77 -¡Eneas y Héctor! Ya que el peso de la batalla gravita principalmente sobre vosotros

entre los troyanos y los licios, porque sois los primeros en toda empresa, ora se trate de

combatir, ora de razonar, quedaos aquí, recorred las filas, y detened a los guerreros antes

que se encaminen a las puertas, caigan huyendo en brazos de las mujeres y sean motivo

de gozo para los enemigos. Cuando hayáis reanimado todas las falanges, nosotros,

aunque estamos muy abatidos, nos quedaremos aquí a pelear con los dánaos porque la

necesidad nos apremia. Y tú, Héctor, ve a la ciudad y di a nuestra madre que Name a las

venerables matronas; vaya con ellas al templo dedicado a Atenea, la de ojos de lechuza,

en la acrópolis; abra con la llave la puerta del sacro recinto; ponga sobre las rodillas de la

deidad, de hermosa cabellera, el peplo que mayor sea, más lindo le parezca y más aprecie

de cuantos haya en el palacio, y le vote sacrificar en el templo doce vacas de un año, no

sujetas aún al yugo, si apiadándose de la ciudad y de las esposas y tiernos niños de los

troyanos, aparta de la sagrada Ilio al hijo de Tideo, feroz guerrero, cuya bravura causa

nuestra derrota y a quien tengo por el más esforzado de los aqueos todos. Nunca temimos

tanto ni al mismo Aquiles, príncipe de hombres, que es, según dicen, hijo de una diosa.

Con gran furia se mueve el hijo de Tideo y en valentía nadie te iguala.

102 Así dijo; y Héctor obedeció a su hermano. Saltó del carro al suelo sin dejar las

armas; y, blandiendo dos puntiagudas lanzas, recorrió el ejército por todas partes,

animólo a combatir y promovió una terrible pelea. Los troyanos volvieron la cara y

afrontaron a los argivos; y éstos retrocedieron y dejaron de matar, figurándose que alguno

de los inmortales habría descendido del estrellado cielo para socorrer a aquéllos; de tal

modo se volvieron. Y Héctor exhortaba a los troyanos diciendo en alta voz:

111 -¡Animosos troyanos, aliados de lejas tierras venidos! Sed hombres, amigos, y

mostrad vuestro impetuoso valor, mientras voy a Ilio y encargo a los respetables próceres

y a nuestras esposas que oren y ofrezcan hecatombes a los dioses.

116 Dicho esto, Héctor, el de tremolante casco, partió; y la negra piel que orlaba el

abollonado escudo como última franja le batía el cuello y los talones.

119 Glauco, vástago de Hipóloco, y el hijo de Tideo, deseosos de combatir, fueron a

encontrarse en el espacio que mediaba entre ambos ejércitos. Cuando estuvieron cara a

cara, Diomedes, valiente en la pelea, dijo el primero:

123-¿Cuál eres tú, guerrero valentísimo, de los mortales hombres? Jamás te vi en las

batallas, donde los varones adquieren gloria, pero al presente a todos los vences en audacia

cuando te atreves a esperar mi fornida lanza. ¡Infelices de aquéllos cuyos hijos se

oponen a mi furor! Mas si fueses inmortal y hubieses descendido del cielo, no quisiera yo

luchar con dioses celestiales. Poco vivió el fuerte Licurgo, hijo de Driante, que contendía

con las celestes deidades: persiguió en los sacros montes de Nisa a las nodrizas de

Dioniso, que estaba agitado por el delirio báquico, las cuales tiraron al suelo los tirsos al

ver que el homicida Licurgo las acometía con la aguijada; el dios, espantado, se arrojó al

mar, y Tetis le recibió en su regazo, despavorido y agitado por fuerte temblor por la

amenaza de aquel hombre; pero los felices dioses se irritaron contra Licurgo, cególe el

hijo de Crono y su vida no fue larga, porque se había hecho odioso a los inmortales todos.

Con los bienaventurados dioses no quisiera combatir; pero, si eres uno de los mortales

que comen los frutos de la tierra, acércate para que más pronto llegues al término de tu

perdición.

144 Respondióle el preclaro hijo de Hipóloco:

145 -¡Magnánimo Tidida! ¿Por qué me interrogas sobre el abolengo? Cual la

generación de las hojas, así la de los hombres. Esparce el viento las hojas por el suelo, y

la selva, reverdeciendo, produce otras al llegar la primavera: de igual suerte, una

generación humana nace y otra perece. Pero ya que deseas saberlo, te diré cuál es mi

linaje, de muchos conocido. Hay una ciudad llamada Éfira en el riñón de Argos, criadora

de caballos, y en ella vivía Sísifo Eólida, que fue el más ladino de los hombres. Sísifo

engendró a Glauco, y éste al eximio Belerofonte, a quien los dioses concedieron gentileza

y envidiable valor. Mas Preto, que era muy poderoso entre los argivos, pues Zeus los

había sometido a su cetro, hízole blanco de sus maquinaciones y to echó de la ciudad. La

divina Antea, mujer de Preto, había deseado con locura juntarse clandestinamente con

Belerofonte; pero no pudo persuadir al prudente héroe, que sólo pensaba en cosas

honestas, y mintiendo dijo al rey Preto: «¡Preto! Ojalá te mueras, o mata a Belerofonte,

que ha querido juntarse conmigo, sin que yo lo deseara.» Así dijo. El rey se encendió en

ira al oírla; y, si bien se abstuvo de matar a aquél por el religioso temor que sintió su

corazón, le envió a la Licia; y, haciendo mortíferas señales en una tablita que se doblaba,

entrególe los perniciosos signos con orden de que los mostrase a su suegro para que éste

lo perdiera. Belerofonte, poniéndose en camino debajo del fausto patrocinio de los dioses,

llegó a la vasta Licia y a la corriente del Janto: el rey recibióle con afabilidad, hospedóle

durante nueve días y mandó matar otros tantos bueyes; pero, al aparecer por décima vez

la Aurora, la de rosáceos dedos, lo interrogó y quiso ver la nota que de su yerno Preto le

traía. Y así que tuvo la funesta nota, ordenó a Belerofonte que lo primero de todo matara

a la ineluctable Quimera, ser de naturaleza no humana, sino divina, con cabeza de león,

cola de dragón y cuerpo de cabra, que respiraba encendidas y horribles llamas; y aquél le

dio muerte, alentado por divinales indicaciones. Luego tuvo que luchar con los afamados

sólimos, y decía que éste fue el más recio combate que con hombres sostuvo. En tercer

lugar quitó la vida a las varoniles amazonas. Y, cuando regresaba a la ciudad, el rey,

urdiendo otra dolosa trama, armóle una celada con los varones más fuertes que halló en la

espaciosa Licia; y ninguno de éstos volvió a su casa, porque a todos les dio muerte. el

eximio Belerofonte. Comprendió el rey que el héroe era vástago ilustre de alguna deidad

y lo retuvo allí, lo casó con su hija y compartió con él la dignidad regia; los licios, a su

vez, acotáronle un hermoso campo de frutales y sembradío que a los demás aventajaba,

para que pudiese cultivarlo. Tres hijos dio a luz la esposa del aguerrido Belerofonte:

Isandro, Hipóloco y Laodamia; y ésta, amada por el próvido Zeus, dio a luz al deiforme

Sarpedón, que lleva armadura de bronce. Cuando Belerofonte se atrajo el odio de todas

las deidades, vagaba solo por los campos de Alea, royendo su ánimo y apartándose de los

hombres; Ares, insaciable de pelea, hizo morir a Isandro en un combate con los afamados

sólimos, y Artemis, la que usa riendas de oro, irrítada, mató a su hija. A mí me engendró

Hipóloco -de éste, pues, soy hijo- y envióme a Troya, recomendándome muy mucho que

descollara y sobresaliera siempre entre todos y no deshonrase el linaje de mis

antepasados, que fueron los hombres más valientes de Efira y la extensa Licia. Tal alcurnia

y tal sangre me glorío de tener.

212 Así dijo. Alegróse Diomedes, valiente en el combate; y, clavando la pica en el

almo suelo, respondió con cariñosas palabras al pastor de hombres:

213 -Pues eres mi antiguo huésped paterno, porque el divino Eneo hospedó en su

palacio al eximio Belorofonte, le tuvo consigo veinte días y ambos se obsequiaron con

magníficos presentes de hospitalidad. Eneo dio un vistoso tahalí teñido de púrpura, y

Belerofonte una áurea copa de doble asa, que en mi casa quedó cuando me vine. A Tideo

no lo recuerdo; dejóme muy niño al salir para Teba, donde pereció el ejército aqueo. Soy,

por consiguiente, tu caro huésped en el centro de Argos, y tú lo serás mío en la Licia

cuando vaya a to pueblo. En adelante no nos acometamos con la lanza por entre la turba.

Muchos troyanos y aliados ilustres me restan, para matar a quien, por la voluntad de un

dios, alcance en la carrera; y asimismo te quedan muchos aqueos, para quitar la vida a

quien te sea posible. Y ahora troquemos la armadura, a fin de que sepan todos que de ser

huéspedes paternos nos gloriamos.

232 Habiendo hablado así, descendieron de los carros y se estrecharon la mano en

prueba de amistad. Entonces Zeus Cronida hizo perder la razón a Glauco; pues permutó

sus armas por las de Diomedes Tidida, las de oro por las de bronce, las valoradas en cien

bueyes por las que en nueve se apreciaban.

237 Al pasar Héctor por la encina y las puertas Esceas, acudieron corriendo las esposas

a hijas de los troyanos y preguntáronle por sus hijos, hermanos, amigos y esposos; y él les

encargó que unas tras otras orasen a los dioses, porque para muchas eran inminentes las

desgracias.

242 Cuando llegó al magnífico palacio de Príamo, provisto de bruñidos pórticos (en él

había cincuenta cámaras de pulimentada piedra, seguidas, donde dormían los hijos de Príamo

con sus legítimas esposas; y enfrente, dentro del mismo patio, otras doce construidas

igualmente con sillares, continuas y techadas, donde se acostaban los yernos de Príamo y

sus castas mujeres), le salió al encuentro su alma madre que iba en busca de Laódice, la

más hermosa de las princesas; y, asiéndole de la mano, le dijo:

254 -¡Hijo! ¿Por qué has venido, dejando el áspero combate? Sin duda los aqueos, de

aborrecido nombre, deben de estrecharnos, combatiendo alrededor de la ciudad, y tu corazón

lo ha impulsado a volver con el fin de levantar desde la acrópolis las manos a Zeus.

Pero, aguarda, traeré vino dulce como la miel para que primeramente lo libes al padre

Zeus y a los demás inmortales, y luego te aproveche también a ti, si bebes. El vino

aumenta mucho el vigor del hombre fatigado y tú lo estás de pelear por los tuyos.

263 Respondióle el gran Héctor, el de tremolante casco:

264 -No me des vino dulce como la miel, veneranda madre; no sea que me enerves y

me prives del valor, y yo me olvide de mi fuerza. No me atrevo a libar el negro vino en

honor de Zeus sin lavarme las manos, ni es lícito orar al Cronión, el de las sombrías

nubes, cuando uno está manchado de sangre y polvo. Pero tú congrega a las matronas,

llévate perfumes, y, entrando en el templo de Atenea, que impera en las batallas, pon

sobre las rodillas de la deidad de hermosa cabellera el peplo mayor, más lindo y que más

aprecies de cuantos haya en el palacio; y vota a la diosa sacrificar en su templo doce

vacas de un año, no sujetas aún al yugo, si, apiadándose de la ciudad y de las esposas y

tiernos niños de los troyanos, aparta de la sagrada Ilio al hijo de Tideo, feroz guerrero,

cuya valentía causa nuestra derrota. Encamínate, pues, al templo de Atenea, que impera

en las batallas, y yo iré a la casa de Paris a llamarlo, si me quiere escuchar. ¡Así la tierra

se lo tragara! Criólo el Olímpico como una gran plaga para los troyanos y el magnánimo

Príamo y sus hijos. Creo que, si le viera descender al Hades, mi alma se olvidaría de los

enojosos pesares.

286 Así dijo. Hécuba, volviendo al palacio, llamó a las esclavas, y éstas anduvieron por

la ciudad y congregaron a las matronas; bajó luego al fragante aposento donde se guardaban

los peplos bordados, obra de las mujeres que se había llevado de Sidón el deiforme

Alejandro en el mismo viaje por el ancho ponto en que se llevó a Helena, la de nobles padres;

tomó, para ofrecerlo a Atenea, el peplo mayor y más hermoso por sus bordaduras,

que resplandecía como un astro y se hallaba debajo de todos, y partió acompañada de muchas

matronas.

297 Cuando llegaron a la acrópolis, abrióles las puertas del templo de Atenea Teano, la

de hermosas mejillas, hija de Ciseide y esposa de Anténor, domador de caballos, a la cual

habían elegido los troyanos sacerdotisa de Atenea. Todas, con lúgubres lamentos,

levantaron las manos a la diosa. Teano, la de hermosas mejillas, tomó el peplo, lo puso

sobre las rodillas de Atenea, la de hermosa cabellera, y orando rogó así a la hija del gran

Zeus:

305 -¡Veneranda Atenea, protectora de la ciudad, divina entre las diosas! ¡Quiébrale la

lanza a Diomedes y concédenos que caiga de pechos en el suelo, ante las puertas Esceas,

para que to sacrifiquemos en este templo doce vacas de un año, no sujetas aún al yugo, si

de este modo to apiadas de la ciudad y de las esposas y tiernos niños de los troyanos!

311 Así dijo rogando, pero Palas Atenea no accedió. Mientras invocaban de este modo

a la hija del gran Zeus, Héctor se encaminó al magnífico palacio que para Alejandro

había labrado él mismo con los más hábiles constructores de la fértil Troya; éstos le

hicieron una cámara nupcial, una sala y un patio, en la acrópolis, cerca de los palacios de

Príamo y de Héctor. A11í entró Héctor, caro a Zeus, llevando una lanza de once codos,

cuya broncínea y reluciente punta estaba sujeta por áureo anillo. En la cámara halló a

Alejandro que acicalaba las magníficas armas, escudo y coraza, y probaba el corvo arco;

y a la argiva Helena, que, sentada entre sus esclavas, ocupábalas en primorosas labores. Y

en viendo a aquél, increpólo con injuriosas palabras:

326 -¡Desgraciado! No es decoroso que guardes en el corazón ese rencor. Los hombres

perecen combatiendo al pie de los altos muros de la ciudad; el bélico clamor y la lucha se

encendieron por tu causa alrededor de nosotros, y tú mismo reconvendrías a quien cejara

en la pelea horrenda. Ea, levántate. No sea que la ciudad llegue a ser pasto de las voraces

llamas.

332 Respondióle el deiforme Alejandro:

333 -¡Héctor! Justos y no excesivos son tus baldones, y por lo mismo voy a contestarte.

Atiende y óyeme. Permanecía aquí, no tanto por estar airado o resentido con los troyanos,

cuanto porque deseaba entregarme al dolor. En este instante mi esposa me exhortaba con

blandas palabras a volver al combate; y también a mí me parece preferible, porque la victoria

tiene sus alternativas para los guerreros. Ea, pues, aguarda, y visto las marciales

armas; o vete y te sigo, y creo que lograré alcanzarte.

342 Así dijo. Héctor, el de tremolante casco, nada contestó. Y Helena hablóle con

dulces palabras:

3- -¡Cuñado mío, de esta perra maléfica y abominable! ¡Ojalá que, cuando mi madre

me dio a luz, un viento tempestuoso se me hubiese llevado al monte o al estruendoso mar,

para hacerme juguete de las olas, antes que tales hechos ocurrieran! Y ya que los dioses

determinaron causar estos males, debió tocarme ser esposa de un varón más fuerte, a

quien dolieran la indignación y los muchos baldones de los hombres. Éste ni tiene

firmeza de ánimo ni la tendrá nunca, y creo que recogerá el debido fruto. Pero entra y

siéntate en esta silla, cuñado, que la fatiga te oprime el corazón por mí, perra, y por la

falta de Alejandro; a quienes Zeus nos dio mala suerte a fin de que a los venideros les

sirvamos de asunto para sus cantos.

359 Respondióle el gran Héctor, el de tremolante casco:

360-No me ofrezcas asiento, Helena, aunque me aprecies, pues no lograrás

persuadirme: ya mi corazón desea socorrer a los troyanos que me aguardan con

impaciencia. Pero tú haz levantar a ése y él mismo se dé prisa para que me alcance dentro

de la ciudad, mientras voy a mi casa y veo a los criados, a la esposa querida y al tierno

niño; que ignoro si volveré de la batalla, o los dioses dispondrán que sucumba a manos de

los aqueos.

369 Apenas hubo dicho estas palabras, Héctor, el de tremolante casco, se fue. Llegó en

seguida a su palacio, que abundaba de gente, mas no encontró a Andrómaca, la de níveos

brazos, pues con el niño y la criada de hermoso peplo estaba en la torre llorando y

lamentándose. Héctor, como no hallara dentro a su excelente esposa, detúvose en el

umbral y habló con las esclavas:

376 -¡Ea, esclavas, decidme la verdad! ¿Adónde ha ido Andrómaca, la de níveos

brazos, desde el palacio? ¿A visitar a mis hermanas o a mis cuñadas de hermosos peplos?

¿O, acaso, al templo de Atenea, donde las troyanas, de lindas trenzas, aplacan a la terrible

diosa?

381 Respondióle con estas palabras la fiel despensera:

382 -¡Héctor! Ya que tanto nos mandas decir la verdad, no fue a visitar a tus hermanas

ni a tus cuñadas de hermosos peplos, ni al templo de Atenea, donde las troyanas, de

lindas trenzas, aplacan a la terrible diosa, sino que subió a la gran torre de Ilio, porque

supo que los troyanos llevaban la peor parte y era grande el ímpetu de los aqueos. Partió

hacia la muralla, ansiosa, como loca, y con ella se fue la nodriza que lleva el niño.

390 Así habló la despensera, y Héctor, saliendo presuroso de la casa, desanduvo el

camino por las bien trazadas calles. Tan luego como, después de atravesar la gran ciudad,

llegó a las puertas Esceas -por allí había de salir al campo-, corrió a su encuentro su rica

esposa Andrómaca, hija del magnánimo Eetión, que vivía bajo el boscoso Placo, en Teba

bajo el Placo, y era rey de los cilicios. Hija de éste era, pues, la esposa de Héctor, de

broncínea armadura, que entonces le salió al camino. Acompañábale una sirvienta

llevando en brazos al tierno infante, al Hectórida amado, parecido a una hermosa estrella.

a quien su padre llamaba Escamandrio y los demás Astianacte, porque sólo por Héctor se

salvaba Ilio. Vio el héroe al niño y sonrió silenciosamente. Andrómaca, llorosa, se detuvo

a su lado, y asiéndole de la mano le dijo:

407 -¡Desgraciado! Tu valor te perderá. No te apiadas del tierno infante ni de mí,

infortunada, que pronto seré tu viuda; pues los aqueos te acometerán todos a una y

acabarán contigo. Preferible sería que, al perderte, la tierra me tragara, porque si mueres

no habrá consuelo para mí, sino pesares, que ya no tengo padre ni venerable madre. A mi

padre matólo el divino Aquiles cuando tomó la populosa ciudad de los cilicios, Teba, la

de altas puertas: dio muerte a Eetión, y sin despojarlo, por el religioso temor que le entró

en el ánimo, quemó el cadáver con las labradas armas y le erigió un túmulo, a cuyo

alrededor plantaron álamos las ninfas monteses, hijas de Zeus, que lleva la égida. Mis

siete hermanos, que habitaban en el palacio, descendieron al Hades el mismo día; pues a

todos los mató el divino Aquiles, el de los pies ligeros, entre los flexípedes bueyes y las

cándidas ovejas. A mi madre, que reinaba al pie del selvoso Placo, trájola aquél con otras

riquezas y la puso en libertad por un inmenso rescate; pero Ártemis, que se complace en

tirar flechas, hirióla en el palacio de mi padre. Héctor, tú eres ahora mi padre, mi venerable

madre y mi hermano; tú, mi floreciente esposo. Pues, ea, sé compasivo, quédate

aquí en la tome -¡no hagas a un niño huérfano y a una mujer viuda!- y pon el ejército

junto al cabrahígo, que por allí la ciudad es accesible y el muro más fácil de escalar. Los

más valientes -los dos Ayantes, el célebre Idomeneo, los Atridas y el fuerte hijo de Tideo

con los suyos respectivos- ya por tres veces se han encaminado a aquel sitio para intentar

el asalto: alguien que conoce los oráculos se to indicó, o su mismo arrojo los impele y

anima.

440 Contestóle el gran Héctor, el de tremolante casco:

441 Todo esto me da cuidado, mujer, pero mucho me sonrojaría ante los troyanos y las

troyanas de rozagantes peplos, si como un cobarde huyera del combate; y tampoco mi corazón

me incita a ello, que siempre supe ser valiente y pelear en primera fila entre los

troyanos, manteniendo la inmensa gloria de mi padre y de mí mismo. Bien lo conoce mi

inteligencia y lo presiente mi corazón: día vendrá en que perezcan la sagrada Ilio, Príamo

y el pueblo de Príamo, armad con lanzas de fresno. Pero la futura desgracia de los troyanos,

de la misma Hécuba, del rey Príamo y de muchos d mis valientes hermanos que

caerán en el polvo a manos d los enemigos, no me importa tanto como la que padecerá tú

cuando alguno de los aqueos, de broncíneas corazas, se te lleve llorosa, privándote de

libertad, y luego tejas tela e Argos, a las órdenes de otra mujer, o vayas por agua a la

fuente Meseide o Hiperea, muy contrariada porque la dura necesidad pesará sobre ti. Y

quizás alguien exclame, al verte derramar lágrimas: «Ésta fue la esposa de Héctor, el

guerrero que más se señalaba entre los troyanos, domadores de caballos, cuando en torno

de Ilio peleaban.» Así dirán, y sentirás un nuevo pesar al verte sin el hombre que pudiera

librarte de la esclavitud. Pero ojalá un montón de tierra cubra mi cadáver, antes que oiga

tus clamores o presencie tu rapto.

466 Así diciendo, el esclarecido Héctor tendió los brazos su hijo, y éste se recostó,

gritando, en el seno de la nodriz de bella cintura, por el terror que el aspecto de su padre

le causaba: dábanle miedo el bronce y el terrible penacho crines de caballo, que veía

ondear en lo alto del yelmo. Sonriéronse el padre amoroso y la veneranda madre. Héctor

se apresuró a dejar el refulgente casco en el suelo, besó y meció en sus manos al hijo

amado, y rogó así a Zeus y a los de más dioses:

476-¡Zeus y demás dioses! Concededme que este hijo mío sea, como yo, ilustre entre

los troyanos a igualmente esforzado; que reine poderosamente en Ilio; que digan de él

cuando vuelva de la batalla: «¡Es mucho más valiente que su padre!»; y que, cargado de

cruentos despojos del enemigo quien haya muerto, regocije el alma de su madre.

482 Esto dicho, puso el niño en brazos de la esposa amada, que, al recibirlo en el

perfumado seno, sonreía con el rostro todavía bañado en lágrimas. Notólo el esposo y

compadecido, acaricióla con la mano y le dijo:

486 -¡Desdichada! No en demasía tu corazón se acongoje, que nadie me enviará al

Hades antes de lo dispuesto por el destino; y de su suerte ningún hombre, sea cobarde o

valiente, puede librarse una vez nacido. Vuelve a casa, ocúpate en las labores del telar y

la rueca, y ordena a las esclavas que se apliquen al trabajo; y de la guerra nos cuidaremos

cuantos varones nacimos en Ilio, y yo el primero.

494 Dichas estas palabras, el preclaro Héctor se puso el yelmo adornado con crines de

caballo, y la esposa amada regresó a su casa, volviendo la cabeza de cuando en cuando y

vertiendo copiosas lágrimas. Pronto llegó Andrómaca al palacio, lleno de gente, de

Héctor, matador de hombres; halló en él muchas esclavas, y a todas las movió a lágrimas.

Lloraban en el palacio a Héctor vivo aún, porque no esperaban que volviera del combate

librándose del valor y de las manos de los aqueos.

503 Paris no demoró en el alto palacio; pues, así que hubo vestido las magníficas armas

de labrado bronce, atravesó presuroso la ciudad haciendo gala de sus pies ligeros. Como

el corcel avezado a bañarse en la cristalina corriente de un río, cuando se ve atado en el

establo, come la cebada del pesebre y rompiendo el ronzal sale trotando por la llanura,

yergue orgulloso la cerviz, ondean las crines sobre su cuello, y ufano de su lozanía mueve

ligero las rodillas encaminándose a los acostumbrados sitios donde los caballos pacen; de

aquel modo, Paris, hijo de Príamo, cuya armadura brillaba como un sol, descendía gozoso

de la excelsa Pérgamo por sus ágiles pies llevado. Alejandro alcanzó en seguida a su hermano

el divino Héctor cuando éste regresaba del lugar en que había pasado el coloquio

con su esposa, y fue el primero en hablar diciendo:

518 -¡Mi buen hermano! Mucho te hice esperar deteniéndote, a pesar de tu impaciencia;

pues no he venido oportunamente, como ordenaste.

520 Respondióle Héctor, el de tremolante casco:

521 -¡Querido! Nadie que sea justo reprenderá tu trabajo en el combate, porque eres

valiente; pero a veces te complaces en desalentarte y no quieres pelear, y mi corazón se

aflige cuando oigo que te baldonan los troyanos que tantos trabajos sufren por ti. Pero.

vámonos y luego lo arreglaremos todo, si Zeus nos permite ofrecer en nuestro palacio la

cratera de la libertad a los celestes sempiternos dioses, por haber echado de Troya a los

aqueos de hermosas grebas.

CANTO VII*

Combate singular de Héctor y Ayante

Levantamiento de los cadáveres

* La segunda también se suspende inopinadamente, porque Héctor desafia a los héroes aqueos. Echadas

las suertes, le toca a Ayante, y luchan hasta el anochecer. Se pacta una tregua de un día, que los aqueos

aprovechan pra enterrar a los muertos y construir un muro en torno al campamento.

1 Dichas estas palabras, el esclarecido Héctor y su hermano Alejandro traspusieron las

puertas, con el ánimo impaciente por combatir y pelear. Como cuando un dios envía

próspero viento a navegantes que to anhelan porque están cansados de romper las olas,

batiendo los pulidos remos, y tienen relajados los miembros a causa de la fatiga, así, tan

deseados, aparecieron aquéllos a los troyanos.

8 Paris mató a Menestio, que vivía en Arna y era hijo del rey Areítoo, famoso por su

clava, y de Filomedusa, la de ojos de novilla; y Héctor con la puntiaguda lanza tiró a

Eyoneo un bote en la cerviz, debajo del casco de bronce, y dejóle sin vigor los miembros.

Glauco, hijo de Hipóloco y príncipe de los licios, arrojó en la reñida pelea un dardo a

Ifínoo Dexíada cuando subía al carro de corredoras yeguas, y le acertó en la espalda:

Ifínoo cayó al suelo y sus miembros se relajaron.

17 Cuando Atenea, la diosa de ojos de lechuza, vio que aquéllos mataban a muchos

argivos en el duro combate, descendiendo en raudo vuelo de las cumbres del Olimpo, se

encaminó a la sagrada Ilio. Pero, al advertirlo Apolo desde Pérgamo, fue a oponérsele,

porque deseaba que los troyanos ganaran la victoria. Encontráronse ambas deidades junto

a la encina; y el soberano Apolo, hijo de Zeus, habló primero diciendo:

24 -¿Por qué, enardecida nuevamente, oh hija del gran Zeus, vienes del Olimpo? ¿Qué

poderoso afecto te mueve? ¿Acaso quieres dar a los dánaos la indecisa victoria? Porque

de los troyanos no te compadecerías, aunque estuviesen pereciendo. Si quieres

condescender con mi deseo -y sería lo mejor-, suspenderemos por hoy el combate y la

pelea; y luego volverán a batallar hasta que logren arruinar a Ilio, ya que os place a

vosotras, las inmortales, destruir esta ciudad.

33 Respondióle Atenea, la diosa de ojos de lechuza:

34 -Sea así, oh tú que hieres de lejos, con este propósito vine del Olimpo al campo de

los troyanos y de los aqueos. Mas ¿por qué medio has pensado suspender la batalla?

37 Contestó el soberano Apolo, hijo de Zeus:

3s -Hagamos que Héctor, de corazón fuerte, domador de caballos, provoque a los

dánaos a pelear con él en terrible y singular combate; a indignados los aqueos, de

hermosas grebas, susciten a alguien para que luche con el divino Héctor.

43 Así dijo; y Atenea, la diosa de ojos de lechuza, no se opuso. Héleno, hijo amado de

Príamo, comprendió al punto lo que era grato a los dioses, que conversaban, y, llegándose

a Héctor, le dirigió estas palabras:

47 -¡Héctor, hijo de Príamo, igual en prudencia a Zeus! ¿Querrás hacer lo que te diga

yo, que soy tu hermano? Manda que suspendan la batalla los troyanos y los aqueos todos,

y reta al más valiente de éstos a luchar contigo en terrible combate, pues aún no ha

dispuesto el hado que mueras y llegues al término fatal de tu vida. He oído sobre esto la

voz de los sempiternos dioses.

54 Así dijo. Oyóle Héctor con intenso placer, y, corriendo al centro de ambos ejércitos

con la lanza cogida por el medio, detuvo las falanges troyanas, que al momento se queEste

daron quietas. Agamenón contuvo a los aqueos, de hermosas grebas; y Atenea y Apolo,

el del arco de plata, transfigurados en buitres, se posaron en la alta encina del padre Zeus,

que lleva la égida, y se deleitaban en contemplar a los guerreros cuyas densas filas

aparecían erizadas de escudos, cascos y lanzas. Como el Céfiro, cayendo sobre el mar,

encrespa las olas, y el ponto negrea; de semejante modo sentáronse en la llanura las

hileras de aqueos y troyanos. Y Héctor, puesto entre unos y otros, dijo:

67 -¡Oídme, troyanos y aqueos, de hermosas grebas, y os diré to que en el pecho mi

corazón me dicta! El excelso Cronida no ratificó nuestros juramentos, y seguirá

causándonos males a unos y a otros, hasta que toméis la torreada Ilio o sucumbáis junto a

las naves, surcadoras del ponto. Entre vosotros se hallan los más valientes aqueos; aquél a

quien el ánimo incite a combatir conmigo adelántese y será campeón con el divino

Héctor. Propongo lo siguiente y Zeus sea testigo: Si aquél con su bronce de larga punta

consigue quitarme la vida, despójeme de las armas, lléveselas a las cóncavas naves, y entregue

mi cuerpo a los míos para que los troyanos y sus esposas lo suban a la pira; y, si yo

lo matare a él, por concederme Apolo tal gloria, me llevaré sus armas a la sagrada Ilio, las

colgaré en el templo de Apolo, que hiere de lejos, y enviaré el cadáver a las naves de

muchos bancos, para que los aqueos, de larga cabellera, le hagan exequias y le erijan un

túmulo a orillas del espacioso Helesponto. Y dirá alguno de los futuros hombres,

atravesando el vinoso mar en una nave de muchos órdenes de remos: «Ésa es la tumba de

un varón que peleaba valerosamente y fue muerto en edad remota por el esclarecido

Héctor.» Así hablará, y mi gloria no perecerá jamás.

92 Así dijo. Todos enmudecieron y quedaron silenciosos, pues por vergüenza no

rehusaban el desafío y por miedo no se decidían a aceptarlo. Al fin levantóse Menelao,

con el corazón afligidísimo, y los apostrofó de esta manera:

96 -¡Ay de mí, hombres jactanciosos; aqueas que no aqueos! Grande y horrible será

nuestro oprobio si no sale ningún dánao al encuentro de Héctor. Ojalá os volvierais agua

y tierra ahí mismo donde estáis sentados, hombres sin corazón y sin honor. Yo seré quien

me arme y luche con aquél, pues la victoria la conceden desde lo alto los inmortales

dioses.

103 Esto dicho, empezó a ponerse la magnífica armadura. Entonces, oh Menelao,

hubieras acabado la vida en manos de Héctor, cuya fuerza era muy superior, si los reyes

aqueos no se hubiesen apresurado a detenerte. El mismo Agamenón Atrida, el de vasto

poder, asióle de la diestra exclamando:

109 -¡Deliras, Menelao, alumno de Zeus! Nada te fuerza a cometer tal locura.

Domínate, aunque estés afligido, y no quieras luchar por despique con un hombre más

fuerte que tú, con Héctor Priámida, que a todos amedrenta y cuyo encuentro en la batalla,

donde los varones adquieren gloria, causaba horror al mismo Aquiles, que lo aventaja

tanto en bravura. Vuelve a juntarte con tus compañeros, siéntate, y los aqueos harán que

se levante un campeón tal, que, aunque aquél sea intrépido a incansable en la pelea, con

gusto, creo, se entregará al descanso si consigue escapar de tan fiero combate, de tan

terrible lucha.

120 Así dijo; y el héroe cambió la mente de su hermano con la oportuna exhortación.

Menelao obedeció; y sus servidores, alegres, quitáronle la armadura de los hombros.

Entonces levantóse Néstor, y arengó a los argivos diciendo:

124 -¡Oh dioses! ¡Qué motivo de pesar tan grande le ha llegado a la tierra aquea!

¡Cuánto gemiría el anciano jinete Peleo, ilustre consejero y arengador de los mirmidones,

que en su palacio se gozaba con preguntarme por la prosapia y la descendencia de los

argivos todos! Si supiera que éstos tiemblan ante Héctor, alzaría las manos a los

inmortales para que su alma, separándose del cuerpo, bajara a la mansión de Hades.

Ojalá, ¡padre Zeus, Atenea, Apolo!, fuese yo tan joven como cuando, encontrándose los

pilios con los belicosos arcadios al pie de las murallas de Fea, cerca de la corriente del

Járdano, trabaron el combate a orillas del impetuoso Celadonte. Entre los arcadios

aparecía en primera línea Ereutalión, varón igual a un dios, que llevaba la armadura del

rey Areítoo; del divino Areítoo, a quien por sobrenombre llamaban el macero así los

hombres como las mujeres de hermosa cintura, porque no peleaba con el arco y la formidable

lanza, sino que rompía las falanges con la férrea maza. Al rey Areítoo matólo

Licurgo, no empleando la fuerza, sino la astucia, en un camino estrecho, donde la férrea

clava no podía librarlo de la muerte: Licurgo se le adelantó, envasóle la lanza en medio

del cuerpo, hízolo caer de espaldas, y despojóle de la armadura, regalo del broncíneo

Ares, que llevaba en las batallas. Cuando Licurgo envejeció en el palacio, entregó dicha

armadura a Ereutalión, su escudero querido, para que la usara; y éste, con tales armas,

desafiaba entonces a los más valientes. Todos estaban amedrentados y temblando, y nadie

se atrevía a aceptar el reto; pero mi ardido corazón me impulsó a pelear con aquel

presuntuoso -era yo el más joven de todos- y combatí con él y Atenea me dio gloria, pues

logré matar a aquel hombre gigantesco y fortísimo que tendido en el suelo ocupaba un

gran espacio. Ojalá me rejuveneciera tanto y mis fuerzas conservaran su robustez. ¡Cuán

pronto Héctor, el de tremolante casco, tendría combate! ¡Pero ni los que sois los más

valientes de los aqueos todos, ni siquiera vosotros, estáis dispuestos a it al encuentro de

Héctor!

161 De esta manera los increpó el anciano, y nueve por junto se levantaron. Levantóse,

mucho antes que los otros, el rey de hombres, Agamenón; luego el fuerte Diomedes

Tidida; después, ambos Ayantes, revestidos de impetuoso valor; tras ellos, Idomeneo y su

escudero Meriones, que al homicida Enialio igualaba; en seguida Eurípilo, hijo ilustre de

Evemón; y, finalmente, Toante Andremónida y el divino Ulises: todos éstos querían

pelear con el ilustre Héctor. Y Néstor, caballero gerenio, les dijo:

171 -Echad suertes, y aquél a quien le toque alegrará a los aqueos, de hermosas grebas,

y sentirá regocijo en el corazón si logra escapar del flero combate, de la terrible lucha.

175 Así dijo. Los nueve señalaron sus respectivas tarjas, y seguidamente las metieron

en el casco de Agamenón Atrida. Los guerreros oraban y alzaban las manos a los dioses.

Y alguno exclamó, mirando al anchuroso cielo:

179 -¡Padre Zeus! Haz que le caiga la suerte a Ayante, al hijo de Tideo, o al mismo rey

de Micenas, rica en oro.

181 Así decían. Néstor, caballero gerenio, meneaba el casco, hasta que por fin saltó la

tarja que ellos querían, la de Ayante. Un heraldo llevóla por el concurso y, empezando

por la derecha, la enseñaba a los próceres aqueos, quienes, al no reconocerla, negaban

que fuese suya; pero, cuando llegó al que la había marcado y echado en el casco, al

ilustre Ayante, éste tendió la mano, y aquél se detuvo y le entregó la contraseña. El héroe

la reconoció, con gran júbilo de su corazón, y, tirándola al suelo, a sus pies, exclamó:

191 -¡Oh amigos! Mi tarja es, y me alegro en el alma porque espero vencer al divino

Héctor. ¡Ea! Mientras visto la bélica armadura, orad al soberano Zeus Cronión,

mentalmente, para que no lo oigan los troyanos; o en alta voz, pues a nadie tememos. No

habrá quien, valiéndose de la fuerza o de la astucia, me ponga en fuga contra mi

voluntad; porque no creo que naciera y me criara en Salamina, tan inhábil para la lucha.

200 Tales fueron sus palabras. Ellos oraron al soberano Zeus Cronión, y algunos

dijeron, mirando al anchuroso cielo:

202 -¡Padre Zeus, que reinas desde el Ida, gloriosísimo, máximo! Concédele a Ayante

la victoria y un brillante triunfo; y, si amas también a Héctor y por él te interesas, dales a

entrambos igual fuerza y gloria.

206 Así hablaban. Púsose Ayante la armadura de luciente bronce; y, vestidas las armas

en torno de su cuerpo, marchó tan animoso como el terrible Ares cuando se encamina al

combate de los hombres, a quienes el Cronión hace venir a las manos por una roedora

discordia. Tan terrible se levantó Ayante, antemural de los aqueos, que sonreía con torva

faz, andaba a paso largo y blandía enorme lanza. Los argivos se regocijaron grandemente,

así que lo vieron, y un violento temblor se apoderó de los troyanos; al mismo Héctor

palpitóle el corazón en el pecho; pero ya no podía manifestar temor ni retirarse a su

ejército, porque de él había partido la provocación. Ayante se le acercó con su escudo

como una torre, broncíneo, de siete pieles de buey, que en otro tiempo le hiciera Tiquio,

el cual habitaba en Hila y era el mejor de los curtidores. Éste formó el manejable escudo

con siete pieles de corpulentos bueyes y puso encima, como octava capa, una lámina de

bronce. Ayante Telamonio paróse, con el escudo al pecho, muy cerca de Héctor; y,

amenazándolo, dijo:

226 -¡Héctor! Ahora sabrás claramente, de solo a solo, cuáles adalides pueden presentar

los dánaos, aun prescindiendo de Aquiles, que rompe filas de guerreros y tiene el ánimo

de un león. Mas el héroe, enojado con Agamenón, pastor de hombres, permanece en las

corvas naves surcadoras del ponto, y somos muchos los capaces de pelear contigo. Pero

empiece ya la lucha y el combate.

233 Respondióle el gran Héctor, el de tremolante casco:

234 -¡Ayante Telamonio, del linaje de Zeus, príncipe de hombres! No me tientes cual si

fuera un débil niño o una mujer que no conoce las cosas de la guerra. Versado estoy en

los combates y en las matanzas de hombres; sé mover a diestro y a siniestro la seca piel

de buey que llevo para luchar denodadamente; sé lanzarme a la pelea cuando en prestos

carros se batalla, y sé deleitar al cruel Ares en el estadio de la guerra. Pero a ti, siendo

cual eres, no quiero herirte con alevosía, sino cara a cara, si puedo conseguirlo.

244 Dijo, y blandiendo la enorme lanza, arrojóla y atravesó el bronce que cubría como

octava capa el gran escudo de Ayante formado por siete boyunos cueros: la indomable

punta horadó seis de éstos y en el séptimo quedó detenida. Ayante, del linaje de Zeus, tiró

a su vez su luenga lanza y dio en el escudo liso del Priámida, y la robusta lanza, pasando

por el terso escudo, se hundió en la labrada coraza y rasgó la túnica sobre el ijar;

inclinóse el héroe, y evitó la negra muerte. Y arrancando ambos las luengas lanzas de los

escudos, acometiéronse como carniceros leones o puercos monteses, cuya fuerza es

inmensa. El Priámida hirió con la lanza el centro del escudo de Ayante, y el bronce no

pudo romperlo porque la punta se torció. Ayante, arremetiendo, clavó la suya en el escudo

de aquél, a hizo vacilar al héroe cuando se disponía para el ataque; la punta abrióse

camino hasta el cuello de Héctor, y en seguida brotó la negra sangre. Mas no por esto

cesó de combatir Héctor, el de tremolante casco, sino que, volviéndose, cogió con su

robusta mano un pedrejón negro y erizado de puntas que había en el campo; lo tiró,

acertó a dar en el bollón central del gran escudo de Ayante, de siete boyunas pieles, a

hizo resonar el bronce que lo cubría. Ayante entonces, tomando una piedra mucho mayor,

la despidió haciéndola voltear con una fuerza inmensa. La piedra torció el borde inferior

del hectóreo escudo, cual pudiera hacerlo una muela de molino, y chocando con las

rodillas de Héctor lo hizo caer de espaldas asido al escudo; pero Apolo en seguida lo puso

en pie. Y ya se hubieran atacado de cerca con las espadas, si no hubiesen acudido dos

heraldos, mensajeros de Zeus y de los hombres, que llegaron respectivamente del campo

de los troyanos y del de los aqueos, de broncíneas corazas: Taltibio a Ideo, prudentes

ambos. Éstos interpusieron sus cetros entre los campeones, a Ideo, hábil en dar sabios

consejos, pronunció estas palabras:

279 -¡Hijos queridos! No peleéis ni combatáis más; a entrambos os ama Zeus, que

amontona las nubes, y ambos sois belicosos. Esto lo sabemos todos. Pero la noche

comienza ya, y será bueno obedecerla.

282 Respondióle Ayante Telamonio:

283 -¡Ideo! Ordenad a Héctor que lo disponga, pues fue él quien retó a los más

valientes. Sea el primero en desistir; que yo obedeceré, si él lo hiciere.

287 Díjole el gran Héctor, el de tremolante casco:

288 -¡Ayante! Puesto que los dioses te han dado corpulencia, valor y cordura, y en el

manejo de la lanza descuellas entre los aqueos, suspendamos por hoy el combate y la

lucha, y otro día volveremos a pelear hasta que una deidad nos separe, después de otorgar

la victoria a quien quisiere. La noche comienza ya, y será bueno obedecerla. Así tú

regocijarás, en las naves, a todos los aqueos y especialmente a tus amigos y compañeros;

y yo alegraré, en la gran ciudad del rey Príamo, a los troyanos y a las troyanas, de

rozagantes peplos, que habrán ido a los sagrados templos a orar por mí. ¡Ea! Hagámonos

magníficos regalos, para que digan aqueos y troyanos: «Combatieron con roedor encono,

y se separaron unidos por la amistad.»

303 Cuando esto hubo dicho, entregó a Ayante una espada guarnecida con argénteos

clavos, ofreciéndosela con la vaina y el bien cortado ceñidor; y Ayante regaló a Héctor un

vistoso tahalí teñido de púrpura. Separáronse luego, volviendo el uno a las tropas aqueas

y el otro al ejército de los troyanos. Éstos se alegraron al ver a Héctor vivo, y que regresaba

incólume, libre de la fuerza y de las invictas manos de Ayante, cuando ya

desesperaban de que se salvara; y lo acompañaron a la ciudad. Por su parte, los aqueos,

de hermosas grebas, llevaron a Ayante, ufano de la victoria, a la tienda del divino

Agamenón.

313 Así que estuvieron en ella, Agamenón Atrida, rey de hombres, sacrificó al

prepotente Cronión un buey de cinco años. Al instante to desollaron y prepararon, lo

partieron todo, lo dividieron con suma habilidad en pedazos muy pequeños, lo

atravesaron con pinchos, to asaron cuidadosamente y lo retiraron del fuego. Terminada la

faena y dispuesto el festín, comieron sin que nadie careciese de su respectiva porción; y

el poderoso héroe Agamenón Atrida obsequió a Ayante con el ancho lomo. Cuando

hubieron satisfecho el deseo de beber y de comer, el anciano Néstor, cuya opinión era

considerada siempre como la mejor, comenzó a darles un consejo. Y, arengándolos con

benevolencia, así les dijo:

327 -¡Atrida y demás príncipes de los aqueos todos! Ya que han muerto tantos

melenudos aqueos, cuya negra sangre esparció el cruel Ares por la ribera del Escamandro

de límpida corriente y cuyas almas descendieron a la mansión de Hades, conviene que

suspendas los combates, y mañana, reunidos todos al comenzar del día, traeremos los

cadáveres en carros tirados por bueyes y mulos, y los quemaremos cerca de los bajeles

para llevar sus cenizas a los hijos de los difuntos cuando regresemos a la patria tierra!

Erijamos luego con sierra de la llanura, amontonada en torno de la pira, un túmulo

común; edifiquemos en seguida a partir del mismo una muralla con altas torres, que sea

un reparo para las naves y para nosotros mismos; dejemos puertas que se cierren con bien

ajustadas tablas, para que pasen los carros, y cavemos delante del muro un profundo foso,

que detenga a los hombres y a los caballos si algún día no podemos resistir la acometida

de los altivos troyanos.

344 Así habló, y los demás reyes aplaudieron. Reuniéronse los troyanos en la acrópolis

de Ilio, cerca del palacio de Príamo, y la junta fue agitada y turbulenta. El prudente

Anténor comenzó a arengarles de esta manera:

348 -¡Oídme, troyanos, dárdanos y aliados, y os manifestaré to que en el pecho mi

corazón me dicta! Ea, restituyamos la argiva Helena con sus riquezas y que los Atridas se

la lleven. Ahora combatimos después de quebrar la fe ofrecida en los juramentos, y no

espero que alcancemos éxito alguno mientras no hagamos to que propongo.

354 Dijo, y se sentó. Levantóse el divino Alejandro, esposo de Helena, la de hermosa

cabellera, y, dirigiéndose a aquél, pronunció estas aladas palabras:

357 -¡Anténor! No me place lo que propones y podías haber pensado algo mejor. Si

realmente hablas con seriedad, los mismos dioses to han hecho perder el juicio. Y a los

troyanos, domadores de caballos, les diré to siguiente: Paladinamente lo declaro, no

devolveré la mujer, pero sí quiero dar cuantas riquezas traje de Argos y aun otras que

añadiré de mi casa.

365 Dijo, y se sentó. Levantóse Príamo Dardánida, consejero igual a los dioses, y les

arengó con benevolencia diciendo:

368 -¡Oídme, troyanos, dárdanos y aliados, y os manifestaré lo que en el pecho mi

corazón me dicta! Cenad en la ciudad, como siempre; acordaos de la guardia, y vigilad

todos; al romper el alba, vaya Ideo a las cóncavas naves; anuncie a los Atridas,

Agamenón y Menelao, la proposición de Alejandro, por quien se suscitó la contienda, y

háganles esta prudente consulta: Si quieren, que se suspenda el horrísono combate para

quemar los cadáveres; y luego volveremos a pelear hasta que una deidad nos separe y

otorgue la victoria a quien le plazca.

379 Así dijo; ellos lo escucharon y obedecieron, tomando la cena en el campo sin

romper las filas, y, apenas comenzó a alborear, encaminóse Ideo a las cóncavas naves y

halló a los dánaos, servidores de Ares, reunidos en junta cerca de la nave de Agamenón.

El heraldo de voz sonora, puesto en medio, les dijo:

385 -¡Atrida y demás príncipes de los aqueos todos! Mándanme Príamo y los ilustres

troyanos que os participe, y ojalá os fuera acepta y grata, la proposición de Alejandro, por

quien se suscitó la contienda. Ofrece dar cuantas riquezas trajo a Ilio en las cóncavas

naves -¡así hubiese perecido antes!- y aun añadir otras de su casa; pero se niega a

devolver la legítima esposa del glorioso Menelao, a pesar de que los troyanos se to

aconsejan. Me han ordenado también que os haga esta consulta: Si queréis, que se

suspenda el horrísono combate para quemar los cadáveres; y luego volveremos a pelear

hasta que una deidad nos separe y otorgue la victoria a quien le plazca.

398 Así habló. Todos enmudecieron y quedaron silenciosos. Pero al fin Diomedes,

valiente en la pelea, dijo:

400 -No se acepten ni las riquezas de Alejandro, ni a Helena tampoco; pues es evidente,

hasta para el más simple, que la ruina pende sobre los troyanos.

403 Así se expresó; y todos los aqueos aplaudieron, admirados del discurso de

Diomedes, domador de caballos. Y el rey Agamenón dijo entonces a Ideo:

406 -¡Ideo! Tú mismo oyes las palabras con que responden los aqueos; ellas son de mi

agrado. En cuanto a los cadáveres, no me opongo a que sean quemados, pues ha de

ahorrarse toda dilación para satisfacer prontamente a los que murieron, entregando sus

cuerpos a las llamas. Zeus tonante, esposo de Hera, reciba el juramento.

412 Dicho esto, alzó el cetro a todos los dioses; a Ideo regresó a la sagrada Ilio, donde

lo esperaban, reunidos en junta, troyanos y dárdanos. El heraldo, puesto en medio, dijo la

respuesta. En seguida dispusiéronse unos a recoger los cadáveres, y otros a it por leña. A

su vez, los argivos salieron de las naves de muchos bancos, unos para recoger los cadáveres,

y otros para ir por leña.

421 Ya el sol hería con sus rayos los campos, subiendo al cielo desde la plácida y

profunda corriente del Océano, cuando aqueos y troyanos se mezclaron unos con otros en

la llanura. Difícil era reconocer a cada varón; pero lavaban con agua las manchas de

sangre de los cadáveres y, derramando ardientes lágrimas, los subían a los carros. El gran

Príamo no permitía que los troyanos lloraran: éstos, en silencio y con el corazón afligido,

hacinaron los cadáveres sobre la pira, los quemaron y volvieron a la sacra Ilio. Del

mismo modo, los aqueos, de hermosas grebas, hacinaron los cadáveres sobre la pira, los

quemaron y volvieron a las cóncavas naves.

433 Cuando aún no despuntaba la aurora, pero ya la luz del alba se difundía, un grupo

escogido de aqueos se reunió en torno de la pira. Erigieron con tierra de la llanura un túmulo

común; construyeron a partir del mismo una muralla con altas torres, que sirviese

de reparo a las naves y a ellos mismos; dejaron puertas, que se cerraban con bien

ajustadas tablas, para que pudieran pasar los carros, y cavaron delante del muro un gran

foso profundo y ancho, que defendieron con estacas.

442 De tal suerte trabajaban los melenudos aqueos; y los dioses, sentados junto a Zeus

fulminador, contemplaban la grande obra de los aqueos, de broncíneas corazas. Y Posidón,

que sacude la tierra, empezó a decirles:

446 -¡Padre Zeus! ¿Cuál de los mortales de la vasta tierra consultará con los dioses sus

pensamientos y proyectos? ¿No ves que los melenudos aqueos han construido delante de

las naves un muro con su foso, sin ofrecer a los dioses hecatombes perfectas? La fama de

este muro se extenderá tanto como la luz de la aurora; y se echará en olvido el que ¡abramos

yo y Febo Apolo cuando con gran fatiga construimos la ciudad para el héroe

Laomedonte.

454 Zeus, que amontona las nubes, respondió muy indignado:

455 -¡Oh dioses! ¡Tú, prepotente batidor de la tierra, qué palabras proferiste! A un dios

muy inferior en fuerza y ánimo podría asustarle tal pensamiento; pero no a ti, cuya fama

se extenderá tanto como la luz de la aurora. Ea, cuando los aqueos, de larga cabellera,

regresen en las naves a su patria tierra, derriba el muro, arrójalo entero al mar, y enarena

otra vez la espaciosa playa para que desaparezca la gran muralla aquea.

464 Así éstos conversaban. Al ponerse el sol los aqueos tenían la obra acabada;

inmolaron bueyes y se pusieron a cenar en las respectivas tiendas, cuando arribaron,

procedentes de Lemnos, muchas naves cargadas de vino que enviaba Euneo Jasónida,

hijo de Hipsípile y de Jasón, pastor de hombres. El hijo de Jasón mandaba

separadamente, para los Atridas, Agamenón y Menelao, mil medidas de vino. Los melenudos

aqueos acudieron a las naves; compraron vino, unos con bronce, otros con

luciente hierro, otros con pieles, otros con vacas y otros con esclavos; y prepararon un

festín espléndido. Toda la noche los melenudos aqueos disfrutaron del banquete, y lo

mismo hicieron en la ciudad los troyanos y sus aliados. Toda la noche estuvo el próvido

Zeus meditando cómo les causaría males y tronando de un modo horrible: el pálido temor

se apoderó de todos, derramaron a tierra el vino de las copas, y nadie se atrevió a beber

sin que antes hiciera libaciones al prepotente Cronión. Después se acostaron y el don del

sueño recibieron.

CANTO VIII*

Batalla interrumpida

* Y la tercera es favorable a los troyanos, que quedan vencedores y pernoctan en el campo en vez de

retirarse a la ciudad, y así poder rematar la victoria al día siguiente. Zeus, en asamblea divina había

prohibido a los inmonales acudir en socorro de los hombres, y él ha ayudado a los troyanos.

1 La Aurora, de azafranado velo, se esparcía por toda la tierra, cuando Zeus, que se

complace en lanzar rayos, reunió el ágora de los dioses en la más alta de las muchas

cumbres del Olimpo. Y así les habló, mientras ellos atentamente lo escuchaban:

5 -¡Oídme todos, dioses y diosas, para que os manifieste to que en el pecho mi corazón

me dicta! Ninguno de vosotros, sea varón o hembra, se atreva a transgredir mi mandato;

antes bien, asentid todos, a fin de que cuanto antes lleve a cabo lo que pretendo. El dios

que intente separarse de los demás y socorrer a los troyanos o a los dánaos, como yo lo

vea, volverá afrentosamente golpeado al Olimpo; o, cogiéndolo, lo arrojaré al tenebroso

Tártaro, muy lejos, en lo más profundo del báratro debajo de la tierra -sus puertas son de

hierro, y el umbral, de bronce, y su profundidad desde el Hades como del cielo a la

tierra-, y conocerá en seguida cuánto aventaja mi poder al de las demás deidades. Y, si

queréis, haced esta prueba, oh dioses, para que os convenzáis. Suspended del cielo áurea

cadena, asíos todos, dioses y diosas, de la misma, y no os será posible arrastrar del cielo a

la tierra a Zeus, árbitro supremo, por mucho que os fatiguéis; mas, si yo me resolviese a

tirar de aquélla, os levantaría con la tierra y el mar, ataría un cabo de la cadena en la

cumbre del Olimpo, y todo quedaría en el aire. Tan superior soy a los dioses y a los

hombres.

23 Así habló, y todos callaron, asombrados de sus palabras, pues fue mucha la

vehemencia con que se expresó. A1 fin, Atenea, la diosa de ojos de lechuza, dijo:

31 -¡Padre nuestro, Cronida, el más excelso de los soberanos! Bien sabemos que es

incontrastable tu poder; pero tenemos lástima de los belicosos dánaos, que morirán, y se

cumplirá su aciago destino. Nos abstendremos de intervenir en el combate, si nos lo

mandas; pero sugeriremos a los argivos consejos saludables, a fin de que no perezcan

todos, a causa de tu cólera.

38 Sonriéndose, le contestó Zeus, que amontona las nubes:

39 -Tranquilízate, Tritogenia, hija querida. No hablo con ánimo benigno, pero contigo

quiero ser complaciente.

41 Esto dicho, unció los corceles de pies de bronce y áureas crines, que volaban ligeros;

vistió la dorada túnica, tomó el látigo de oro y fina labor y subió al carro. Picó a los caballos

para que arrancaran; y éstos, gozosos, emprendieron el vuelo entre la tierra y el

estrellado cielo. Pronto llegó al Ida, abundante en fuentes y criador de fieras, al Gárgaro,

donde tenía un bosque sagrado y un perfumado altar; a11í el padre de los hombres y de

los dioses detuvo los corceles, los desenganchó del carro y los cubrió de espesa niebla.

Sentóse luego en la cima, ufano de su gloria, y se puso a contemplar la ciudad troyana y

las naves aqueas.

53 Los melenudos aqueos se desayunaron apresuradamente en las tiendas, y en seguida

tomaron las armas. También los troyanos se armaron dentro de la ciudad; y, aunque eran

menos, estaban dispuestos a combatir, obligados por la cruel necesidad de proteger a sus

hijos y mujeres: abriéronse todas las puertas, salió el ejército de infantes y de los que

peleaban en carros, y se produjo un gran tumulto.

60 Cuando los dos ejércitos llegaron a juntarse, chocaron entre sí los escudos, las lanzas

y el valor de los guerreros armados de broncíneas corazas, y al aproximarse las

abollonadas rodelas se produjo un gran tumulto. Allí se oían simultáneamente los

lamentos de los moribundos y los gritos jactanciosos de los matadores, y la tierra manaba

sangre.

66 Al amanecer y mientras iba aumentando la luz del sagrado día, los dardos

alcanzaban por igual a unos y a otros, y los hombres caían. Cuando el sol hubo recorrido

la mitad del cielo, el padre Zeus tomó la balanza de oro, puso en ella dos destinos de la

muerte que tiende a lo largo -el de los troyanos, domadores de caballos, y el de los

aqueos, de broncíneas lorigas-; cogió por el medio la balanza, la desplegó y tuvo más

peso el día fatal de los aqueos. Los destinos de éstos bajaron hasta llegar a la fértil tierra,

mientras los de los troyanos subían al espacioso cielo. Zeus, entonces, tronó fuerte desde

el Ida y envió una ardiente centella a los aqueos, quienes, al verla, se pasmaron,

sobrecogidos de pálido temor.

78 Ya no se atrevieron a permanecer en el campo ni Idomeneo, ni Agamenón, ni los

dos Ayantes, servidores de Ares; y sólo se quedó Néstor gerenio, protector de los aqueos,

contra su voluntad, por tener malparado uno de los corceles, al cual el divino Alejandro,

esposo de Helena, la de hermosa cabellera, había herido con una flecha en lo alto de la

cabeza, donde las crines empiezan a crecer y las heridas son mortales. El caballo, al sentir

el dolor, se encabritó, y la flecha le penetró el cerebro; y, revolcándose para sacudir el

bronce, espantó a los demás caballos. Mientras el anciano se daba prisa a cortar con la

espada las correas del caído corcel, vinieron por entre la muchedumbre los veloces

caballos de Héctor, tirando del carro en que iba tan audaz guerrero. Y el anciano perdiera

a11í la vida, si al punto no lo hubiese advertido Diomedes, valiente en la pelea; el cual,

vociferando de un modo horrible, dijo a Ulises:

93 -¡Laertíada, del linaje de Zeus! ¡Ulises, fecundo en ardides! ¿Adónde huyes,

confundido con la turba y volviendo la espalda como un cobarde? Mira que alguien,

mientras huyes, no te clave la lanza en el dorso. Pero aguarda y apartaremos del anciano

al feroz guerrero.

97 Así dijo, y el paciente divino Ulises pasó sin oírlo, corriendo hacia las cóncavas

naves de los aqueos. El Tidida, aunque estaba solo, se abrió paso por las primeras filas; y,

deteniéndose ante el carro del viejo Nelida, pronunció estas aladas palabras:

102 -¡Oh anciano! Los guerreros mozos te acosan y te hallas sin fuerzas, abrumado por

la molesta senectud; tu escudero tiene poco vigor y tus caballos son tardos. Sube a mi

carro para que veas cuáles son los corceles de Tros que quité a Eneas, el que pone en fuga

a sus enemigos, y cómo saben tanto perseguir acá y acullá de la llanura, como huir

ligeros. De los tuyos cuiden los servidores; y nosotros dirijamos éstos hacia los troyanos,

domadores de caballos, para que Héctor sepa con qué furia se mueve la lanza en mis

manos.

112 Dijo; y Néstor, caballero gerenio, no desobedeció. Encargáronse de sus yeguas los

bravos escuderos Esténelo y Eurimedonte valeroso; y habiendo subido ambos héroes al

carro de Diomedes, Néstor cogió las lustrosas riendas y avispó a los caballos, y pronto se

hallaron cerca de Héctor. El hijo de Tideo arrojóle un dardo, cuando Héctor deseaba acometerlo,

y si bien erró el tiro, hirió en el pecho cerca de la tetilla a Eniopeo, hijo del

animoso Tebeo, que, como auriga, gobernaba las riendas: Eniopeo cayó del carro, cejaron

los veloces corceles y a11í terminaron la vida y el valor del guerrero. Hondo pesar sintió

el espíritu de Héctor por tal muerte; pero, aunque condolido del compañero, dejóle en el

suelo y buscó otro auriga que fuese osado. Poco tiempo estuvieron los caballos sin

conductor, pues Héctor encontróse con el ardido Arqueptólemo Ifítida, y, haciéndole subir

al carro de que tiraban los ágiles corceles, le puso las riendas en la mano.

130 Entonces gran estrago a irreparables males se hubieran producido y los troyanos

habrían sido encerrados en Ilio como corderos, si al punto no lo hubiese advertido el

padre de los hombres y de los dioses. Tronando de un modo espantoso, despidió un

ardiente rayo para que cayera en el suelo delante de los caballos de Diomedes; el azufre

encendido produjo una terrible llama; los corceles, asustados, acurrucáronse debajo del

carro; las lustrosas riendas cayeron de las manos de Néstor, y éste, con miedo en el

corazón, dijo a Diomedes:

139 -¡Tidida! Tuerce la rienda a los solípedos caballos y huyamos. ¿No conoces que la

protección de Zeus ya no te acompaña? Hoy Zeus Cronida otorga a ése la victoria; otro

día, si le place, nos la dará a nosotros. Ningún hombre, por fuerte que sea, puede impedir

los propósitos de Zeus, porque el dios es mucho más poderoso.

145 Respondióle Diomedes, valiente en la pelea:

146 -Sí, anciano, oportuno es cuanto acabas de decir, pero un terrible pesar me llega al

corazón y al alma. Quizá diga Héctor, arengando a los troyanos: «El Tidida llegó a las naves,

puesto en fuga por mi lanza» Así se jactará; y entonces ábraseme la vasta tierra.

151 Replicóle Néstor, caballero gerenio:

152 -¡Ay de mí! ¡Qué dijiste, hijo del belicoso Tideo! Si Héctor te llamare cobarde y

flaco, no lo creerán ni los troyanos, ni los dardanios, ni las mujeres de los troyanos magnánimos,

escudados, cuyos esposos florecientes derribaste en el polvo.

157 Dichas estas palabras, volvió la rienda a los solípedos caballos, y empezaron a huir

por entre la turba. Los troyanos y Héctor, promoviendo inmenso alboroto, hacían llover

sobre ellos dañosos tiros. Y el gran Héctor, el de tremolante casco, gritaba con voz recia:

161 -¡Tidida! Los dánaos, de ágiles corceles, te cedían la preferencia en el asiento y te

obsequiaban con carne y copas de vino; mas ahora te despreciarán, porque te has vuelto

como una mujer. Anda, tímida doncella; ya no escalarás nuestras torres, venciéndome a

mí, ni te llevarás nuestras mujeres en las naves, porque antes to daré la muerte.

167 Así dijo. El Tidida estaba indeciso entre seguir huyendo o torcer la rienda a los

corceles y volver a pelear. Tres veces se le presentó la duda en la mente y en el corazón,

y tres veces el próvido Zeus tronó desde los montes ideos para anunciar a los troyanos

que suya sería en aquel combate la inconstante victoria. Y Héctor los animaba, diciendo a

voz en grito:

175 -¡Troyanos, licios, dárdanos que cuerpo a cuerpo combatís! Sed hombres, amigos,

y mostrad vuestro impetuoso valor. Conozco que el Cronida me concede, benévolo, la

victoria y una gloria inmensa y envía la perdición a los dánaos; quienes, oh necios,

construyeron esos muros débiles y despreciables que no podrán contener mi arrojo, pues

los caballos salvarán fácilmente el cavado foso. Cuando llegue a las cóncavas naves,

acordaos de traerme el voraz fuego para que las incendie y mate junto a ellas a los

argivos aturdidos por el humo.

184 Dijo, y exhortó a sus caballos con estas palabras:

185 -¿Janto, Podargo, Etón, divino Lampo! Ahora debéis pagarme el exquisito cuidado

con que Andrómaca, hija del magnánimo Eetión, os ofrecía el regalado trigo y os mezclaba

vinos para que pudieseis, bebiendo, satisfacer vuestro apetito antes que a mí, que me

glorío de ser su floreciente esposo. Seguid el alcance, esforzaos, para ver si nos

apoderamos del escudo de Néstor, cuya fama llega hasta el cielo por ser todo de oro, sin

exceptuar las abrazaderas, y le quitamos de los hombros a Diomedes, domador de

caballos, la labrada coraza que Hefesto fabricó. Creo que, si ambas cosas consiguiéramos,

los aqueos se embarcarían esta misma noche en las veleras naves.

199 Así habló, vanagloriándose. La veneranda Hera, indignada, se agitó en su trono,

haciendo estremecer el espacioso Olimpo, y dijo al gran dios Posidón:

201 -¡Oh dioses! ¡Prepotente Posidón que bates la tierra! ¿Tu corazón no se compadece

de los dánaos moribundos que tantos y tan lindos presentes lo llevan a Hélice y a Egas?

Decídete a darles la victoria. Si cuantos protegemos a los dánaos quisiéramos rechazar a

los troyanos y contener al largovidente Zeus, éste se aburriría sentado solo allá en el Ida.

208 Respondióle muy indignado el poderoso dios que sacude la tierra:

209 -¿Qué palabras proferiste, audaz Hera? Yo no quisiera que los demás dioses

lucháramos con Zeus Cronión porque nos aventaja mucho en poder.

212 Así éstos conversaban. Cuanto espacio encerraba el foso desde la torre hasta las

naves llenóse de carros y hombres escudados que a11í acorraló Héctor Priámida, igual al

impetuoso Ares, cuanto Zeus le dio gloria. Y el héroe hubiese pegado ardiente fuego a las

naves bien proporcionadas a no haber sugerido la venerable Hera a Agamenón, aunque

éste no se descuidaba, que animara pronto a los aqueos. Fuese el Atrida hacia las tiendas

y las naves aqueas con el grande purpúreo manto en el robusto brazo, y subió a la ingente

nave negra de Ulises, que estaba en el centro, para que lo oyeran por ambos lados hasta

las tiendas de Ayante Telamonio y de Aquiles, los cuales habían puesto sus bajeles en los

extremos porque confiaban en su valor y en la fuerza de sus brazos. Y con voz penetrante

gritaba a los dánaos:

228 -¡Qué vergüenza, argivos, hombres sin dignidad, admirables sólo por la figura!

¿Qué es de la jactancia con que nos gloriábamos de ser valentísimos, y con que decíais

presuntuosamente en Lemnos, comiendo abundante carne de bueyes de erguida

cornamenta y bebiendo crateras coronadas de vino, que cada uno haría frente en la batalla

a ciento y a doscientos troyanos? Ahora ni con uno podemos, con Héctor, que pronto

pegará ardiente fuego a las naves. ¡Padre Zeus! ¿Hiciste sufrir tamaña desgracia y

privaste de una gloria tan grande a algún otro de los prepotentes reyes? Cuando vine, no

pasé de largo en la nave de muchos bancos por ninguno de tus bellos altares, sino que en

todos quemé grasa y muslos de buey, deseoso de asolar la bien murada Troya. Por Canto,

oh Zeus, cúmpleme este voto: déjanos escapar y librarnos de este peligro, y no permitas

que los troyanos maten a los aqueos.

245 Así dijo. El padre, compadecido de verle derramar lágrimas, le concedió que su

pueblo se salvara y no pereciese; y en seguida mandó un águila, la mejor de las aves

agoreras, que tenía en las garras el hijuelo de una veloz cierva y lo dejó caer al pie del ara

hermosa de Zeus, donde los aqueos ofrecían sacrificios al dios, como autor de los

presagios todos. Cuando ellos vieron que el ave había sido enviada por Zeus,

arremetieron con más ímpetu contra los troyanos y sólo en combatir pensaron.

253 Entonces ninguno de los dánaos, aunque eran muchos, pudo gloriarse de haber

revuelto sus veloces caballos para pasar el foso y resistir el ataque, antes que el Tidida.

Fue éste el primero que mató a un guerrero troyano, a Agelao Fradmónida, que, subido en

el carro, emprendía la fuga: hundióle la pica en la espalda, entre los hombros, y la punta

salió por el pecho; Agelao cayó del carro y sus armas resonaron.

261 Siguieron a Diomedes los Atridas, Agamenón y Menelao; los Ayantes, revestidos

de impetuoso valor; Idomeneo y su servidor Meriones, igual al homicida Enialio;

Eurípilo, hijo ilustre de Evemón; y en noveno lugar, Teucro, que, con el flexible arco en

la mano, se escondía detrás del escudo de Ayante Telamoníada. Éste levantaba el escudo;

y Teucro, volviendo el rostro a todos lados, flechaba a uno de la turba que caía

mortalmente herido, y al momento tornaba a refugiarse en Ayante (como un niño en su

madre), quien to cubría otra vez con el refulgente escudo.

273 ¿Cuál fue el primero, cuál el último de los que entonces mató el eximio Teucro?

Orsíloco el primero, Órmeno, Ofelestes, Détor, Cromio, Licofontes igual a un dios,

Amopaón Poliemónida y Melanipo. A tantos derribó sucesivamente al almo suelo. El rey

de hombres, Agamenón, se holgó de ver que Teucro destruía las falanges troyanas,

disparando el fuerte arco; y, poniéndose a su lado, le dijo:

281 -¡Caro Teucro Telamonio, príncipe de hombres! Sigue arrojando flechas, por si

acaso llegas a ser la aurora de salvación de los dánaos y honras a to padre Telamón, que

te crió cuando eras niño y te educó en su casa, a pesar de tu condición de bastardo; ya que

está lejos de aquí, cúbrele de gloria. Lo que voy a decir se cumplirá: Si Zeus, que lleva la

égida, y Atenea me permiten destruir la bien édificada ciudad de Ilio, te pondré en la

mano, como premio de honor únicamente inferior al mío, o un trípode o dos corceles con

su correspondiente carro o una mujer que comparta el lecho contigo.

292 Respondióle el eximio Teucro:

293 -¡Gloriosísimo Atrida! ¿Por qué me instigas cuando ya, solícito, hago lo que

puedo? Desde que los rechazamos hacia Ilio mato hombres, valiéndome del arco. Ocho

flechas de larga punta tiré, y todas se clavaron en el cuerpo de jóvenes llenos de marcial

furor; pero no consigo herir a ese perro rabioso.

300 Dijo; y, apercibiendo el arco, envió otra flecha a Héctor con intención de herirlo.

Tampoco acertó, pero la saeta se clavó en el pecho del eximio Gorgitión, valeroso hijo de

Príamo y de la bella Castianira, oriunda de Esima, cuyo cuerpo al de una diosa semejaba.

Como en un jardín inclina la amapola su tallo, combándose al peso del fruto o de los

aguaceros primaverales, de semejante modo inclinó el guerrero la cabeza que el casco

hacía ponderosa.

309 Teucro armó nuevamente el arco, envió otra saeta a Héctor, con ánimo de herirlo, y

también erró el tiro, por haberlo desviado Apolo; pero hirió en el pecho cerca de la tetilla

a Arqueptólemo, osado auriga de Héctor, cuando se lanzaba a la pelea. Arqueptólemo

cayó del carro, cejaron los corceles de pies ligeros, y a11í terminaron la vida y el valor

del guerrero. Hondo pesar sintió el espíritu de Héctor por tal muerte; pero, aunque

condolido del compañero, dejólo y mandó a su propio hermano Cebríones, que se hallaba

cerca, que empuñara las riendas de los caballos. Oyóle éste y no desobedeció. Héctor

saltó del refulgence carro al suelo, y, vociferando de un modo espantoso, cogió una

piedra y encaminóse hacia Teucro con el propósito de herirlo. Teucro, a su vez, sacó del

carcaj una acerba flecha, y ya estiraba la cuerda del arco, cuando Héctor, el de tremolante

casco, acertó a darle con la áspera piedra cerca del hombro, donde la clavícula separa el

cuello del pecho y las heridas son mortales, y le rompió el nervio: entorpecióse el brazo,

Teucro cayó de hinojos y el arco se le fue de las manos. Ayante no abandonó al hermano

caído en el suelo, sino que, corriendo a defenderlo, lo cubrió con el escudo. Acudieron

dos fieles compañeros, Mecisteo, hijo de Equio, y el divino Alástor; y, cogiendo a

Teucro, que daba grandes suspiros, to llevaron a las cóncavas naves.

335 El Olímpico volvió a excitar el valor de los troyanos, los cuales hicieron arredrar a

los aqueos en derechura al profundo foso. Héctor iba con los delanteros, haciendo gala de

su fuerza. Como el perro que acosa con ágiles pies a un jabalí o a un león, lo muerde por

detrás, ya los muslos, ya las nalgas, y observa si vuelve la cara; de igual modo perseguía

Héctor a los melenudos aqueos, matando al que se rezagaba, y ellos huían espántados.

Cuando atravesaron la empalizada y el foso, muchos sucumbieron a manos de los

troyanos; los demás no pararon hasta las naves, y a11í se animaban los unos a los otros, y

con los brazos levantados oraban en voz alta a todas las deidades. Héctor revolvía por

todas partes los corceles de hermosas crines; y sus ojos parecían los de Gorgona o los de

Ares, peste de los hombres.

350 Hera, la diosa de los níveos brazos, al ver a los aqueos compadeciólos, en seguida

dirigió a Atenea estas aladas palabras:

352 -¡Oh dioses! ¡Hija de Zeus, que lleva la égida! ¿No nos cuidaremos de socorrer,

aunque tarde, a los dánaos moribundos? Perecerán, cumpliéndose su aciago destino, por

el arrojo de un solo hombre, de Héctor Priámida, que se enfurece de intolerable modo y

ya ha causado gran estrago.

357 Respondióle Atenea, la diosa de ojos de lechuza:

358 Tiempo ha que ése hubiera perdido fuerza y vida, muerto en su patria tierra por los

aqueos; pero mi padre revuelve en su mente funestos propósitos, ¡cruel, siempre injusto,

desbaratador de mis planes!, y no recuerda cuántas veces salvé a su hijo abrumado por los

trabajos que Euristeo le había impuesto: clamaba al cielo, llorando, y Zeus me enviaba a

socorrerlo. Si mi precavida mente hubiese sabido to de ahora, no hubiera escapado el hijo

de Zeus de las hondas corrientes de la Éstige, cuando aquél lo mandó que fuera a la

mansión de Hades, de sólidas puertas, y sacara del Érebo el horrendo can de Hades. Al

presente Zeus me aborrece y cumple los deseos de Tetis, que besó sus rodillas y le tocó la

barba, suplicándole que honrase a Aquiles, asolador de ciudades. Día vendrá en que me

llame nuevamente su amada hija, la de ojos de lechuza. Pero unce los solipedos corceles,

mientras yo, entrando en el palacio de Zeus, que lleva la égida, me armo para el combate;

quiero ver si el hijo de Príamo, Héctor, el de tremolante casco, se alegrará cuando

aparezcamos en el campo de la batalla. Alguno de los troyanos, cayendo junto a las naves

aqueas, saciará con su grasa y con su carne a los perros y a las aves.

381 Dijo; y Hera, la diosa de los níveos brazos, no fue desobediente. La venerable diosa

Hera, hija del gran Crono, aprestó solícita los caballos de áureos jaeces. Y Atenea, hija de

Zeus, que lleva la égida, dejó caer al suelo el hermoso peplo bordado que ella misma

había tejido y labrado con sus manos; vistió la túnica de Zeus, que amontona las nubes, y

se armó para la luctuosa guerra. Y subiendo al flamante carro, asió la lanza ponderosa,

larga, fornida, con que la hija del prepotente padre destruye filas entenas de héroes

cuando contra ellos monta en cólera. Hera picó con el látigo a los corceles, y abriéronse

de propio impulso rechinando las puertas del cielo de que cuidan las Horas -a ellas está

confiado el espacioso cielo y el Olimpo-, para remover o colocar delante la densa nube.

Por allí, por entre las puertas, dirigieron aquellas deidades los corceles, dóciles al látigo.

397 El padre de Zeus, apenas las vio desde el Ida, se encendió en cólera; y al punto

llamó a Iris, la de doradas alas, para que le sirviese de mensajera:

399 -¡Anda, ve, rápida Iris! Haz que se vuelvan y no les dejes llegar a mi presencia,

porque ningún beneficio les reportará luchar conmigo. Lo que voy a decir se cumplirá:

Encojaréles los briosos corceles; las derribaré del carro, que romperé luego, y ni en diez

años cumplidos sanarán de las heridas que les produzca el rayo, para que conozca la de

ojos de lechuza que es con su padre contra quien combate. Con Hera no me irrito ni me

encolerizo tanto, porque siempre ha solido. oponerse a cuanto digo.

409 De cal modo habló. Iris, la de los pies rápidos como el huracán, se levantó para

llevar el mensaje; descendió de los montes ideos; y, alcanzando a las diosas en la entrada

del Olimpo, en valles abundoso, hizo que se detuviesen, y les transmitió la orden de Zeus:

413 -¿Adónde corréis? ¿Por qué en vuestro pecho el corazón se enfurece? No consiente

el Cronida que se socorra a los argivos. Ved aquí to que hará el hijo de Crono si cumple

su amenaza: Os encojará los briosos caballos, os derribará del carro, que romperá luego,

y ni en diez años cumplidos sanaréis de las heridas que os produzca el rayo; para que conozcas

tú, la de ojos de lechuza, que es con tu padre contra quien combates. Con Hera no

se irrita ni se encoleriza tanto, porque siempre ha solido oponerse a cuanto dice. ¡Pero tú,

temeraria, perra desvergonzada, si realmente to atrevieras a levantar contra Zeus la

formidable lanza...!

425 Cuando esto hubo dicho, fuese Iris, la de los pies ligeros; y Hera dirigió a Atenea

estas palabras:

427 -¡Oh dioses! ¡Hija de Zeus, que lleva la égida! Ya no permito que por los mortales

peleemos con Zeus. Mueran unos y vivan otros, cualesquiera que fueren; y aquél sea

juez, como le corresponde, y dé a los troyanos y a los dánaos lo que su espíritu acuerde.

432 Esto dicho, torció la rienda a los solípedos caballos. Las Horas desuncieron los

corceles de hermosas crines, los ataron a pesebres divinos y apoyaron el carro en el

reluciente muro. Y las diosas, que tenían el corazón afligido, se sentaron en áureos tronos

mezcladamente con las demás deidades.

438 El padre Zeus, subiendo al carro de hermosas ruedas, guió los caballos desde el Ida

al Olimpo y llegó a la mansión de los dioses; y a11í el ínclito dios que sacude la tierra

desunció los corceles, puso el carro en el estrado y lo cubrió con un velo de lino. El

largovidente Zeus tomó asiento en el áureo trono y el inmenso Olimpo tembló debajo de

sus pies. Atenea y Hera, sentadas aparte y a distancia de Zeus, nada le dijeron ni

preguntaron; mas él comprendió en su mente to que pensaban, y dijo:

447 -¿Por qué os halláis tan abatidas, Atenea y Hera? No os habréis fatigado mucho en

la batalla, donde los varones adquieren gloria, matando troyanos, contra quienes sentís

vehemente rencor. Son tales mi fuerza y mis manos invictas, que no me harían cambiar

de resolución cuantos diosés hay en el Olimpo. Pero os temblaron los hermosos

miembros antes que llegarais a ver el combate y sus terribles hechos. Diré lo que en otro

caso hubiera ocurrido: Heridas por el rayo, no hubieseis vuelto en vuestro carro al

Olimpo, donde se halla la mansión de los inmortales.

457 Así dijo. Atenea y Hera, que tenían los asientos contiguos y pensaban en causar

daño a los troyanos, mordiéronse los labios. Atenea, aunque airada contra su padre y

poseída de feroz cólera, guardó silencio y nada dijo; pero a Hera la ira no le cupo en el

pecho, y exclamó:

462 -¡Crudelísimo Cronida! ¡Qué palabras proferiste! Bien sabemos que es

incontrastable to poder; pero tenemos lástima de los belicosos dánaos, que morirán, y se

cumplirá su aciago destino. Nos abstendremos de intervenir en la lucha, si nos lo mandas,

pero sugeriremos a los argivos consejos saludables para que no perezcan todos víctimas

de tu cólera.

469 Respondióle Zeus, que amontona las nubes:

470 -En la próxima mañana verás, si quieres, oh Hera veneranda, la de ojos de novilla,

cómo el prepotente Cronión hace gran riza en el ejército de los belicosos argivos. Y el

impetuoso Héctor no dejará de pelear hasta que junto a las naves se levante el Pelida, el

de los pies ligeros, el día aquel en que combatan cerca de las popas y en estrecho espacio

por el cadáver de Patroclo. Así lo decretó el hado, y no me importa que te irrites. Aunque

lo vayas a los confines de la tierra y del mar, donde moran Jápeto y Crono, que no

disfrutan de los rayos del Sol Hiperión ni de los vientos, y se hallan rodeados por el

profundo Tártaro; aunque, errante, llegues hasta a11í, no me importará verte enojada,

porque no hay nada más impudente que tú.

484 Así dijo; y Hera, la de los níveos brazos, nada respondió. La brillante luz del sol se

hundió en el Océano, trayendo sobre la alma tierra la noche obscura. Contrarió a los

troyanos la desaparición de la luz; mas para los aqueos llegó grata, muy deseada, la

tenebrosa noche.

489 El esclarecido Héctor reunió a los troyanos en la ribera del voraginoso Janto, lejos

de las naves, en un lugar limpio donde el suelo no aparecía cubierto de cadáveres.

Aquéllos descendieron de los carros y escucharon a Héctor, caro a Zeus, que arrimado a

su lama de once codos, cuya reluciente broncínea punta estaba sujeta por áureo anillo, así

los arengaba:

497 -¡Oídme, troyanos, dárdanos y aliados! En el día de hoy esperaba volver a la

ventosa Ilio después de destruir las naves y acabar con todos los aqueos; pero nos

quedamos a obscuras, y esto ha salvado a los argivos y a las naves que tienen en la playa.

Obedezcamos ahora a la noche sombría y ocupémonos en preparar la cena; desuncid de

los carros a los corceles de hermosas crines y echadles el pasto; traed pronto de la ciudad

bueyes y pingües ovejas, y de vuestras casas pan y vino, que alegra el corazón;

amontonad abundante leña y encendamos muchas hogueras que ardan hasta que despunte

la aurora, hija de la mañana, y cuyo resplandor llegue al cielo: no sea que los melenudos

aqueos intenten huir esta noche por el ancho dorso del mar. No se embarquen tranquilos y

sin ser molestados, sino que alguno tenga que curarse en su casa una lanzada o un

flechazo recibido al subir a la nave, para que tema quien ose mover la luctuosa guerra a

los troyanos, domadores de caballos. Los heraldos, caros a Zeus, vayan a la población y

pregonen que los adolescentes y los ancianos de canosas sienes se reúnan en las torres

que fueron construidas por las deidades y circundan la ciudad; que las tímidas mujeres

enciendan grandes fogatas en sus respectivas casas, y que la guardia sea continua para

que los enemigos no entren insidiosamente en la ciudad mientras los hombres estén fuera.

Hágase como os to encargo, magnánimos troyanos. Dichas quedan las palabras que al

presente convienen; mañana os arengaré de nuevo, troyanos domadores de caballos; y

espero que, con la protección de Zeus y de las otras deidades, echaré de aquí a esos perros

rabiosos, traídos por las parcas en los negros bajeles. Durante la noche hagamos

guardia nosotros mismos; y mañana, al comenzar el día, tomaremos las armas para trabar

vivo combate junto a las cóncavas naves. Veré si el fuerte Diomedes Tidida me hace

retroceder de las naves al muro, o si lo mato con el bronce y me llevo sus cruentos

despojos. Mañana probará su valor, si me aguarda cuando lo acometa con la lanza; mas

confío en que, así que salga el sol, caerá herido entre los combatientes delanteros, y con

él muchos de sus camaradas. Así fuera yo inmortal, no tuviera que envejecer y gozara de

los mismos honores que Atenea o Apolo, como este día será funesto para los argivos.

542 De este modo arengó Héctor, y los troyanos lo aclamaron. Desuncieron de debajo

del yugo los sudados corceles y atáronlos con correas junto a sus respectivos carros;

sacaron pronto de la ciudad bueyes y pingües ovejas, y de las casas pan y vino, que alegra

el corazón, y amontonaron abundante leña. Después ofrecieron hecatombes perfectas a

los inmortales, y los vientos llevaban de la llanura al cielo el suave olor de la grasa

quemada; pero los bienaventurados diqses no quisieron aceptar la ofrenda, porque se les

había hecho odiosa la sagrada Ilio y Príamo y su pueblo armado con lanzas de fresno.

553 Así, tan alentados, permanecieron toda la noche en el campo, donde ardían muchos

fuegos. Como en noche de calma aparecen las radiantes estrellas en torno de la fulgente

luna, y se descubren los promontorios, cimas y valles, porque en el cielo se ha abierto la

vasta región etérea, vense todos los astros, y al pastor se le alegra el corazón: en tan gran

número eran las hogueras que, encendidas por los troyanos, quemaban ante Ilio entre las

naves y la corriente del Janto. Mil fuegos ardían en la llanura, y en cada uno se agrupaban

cincuenta hombres a la luz de la ardiente llama. Y los caballos, comiendo cerca de los

carros avena y blanca cebada, esperaban la llegada de la Aurora, la de hermoso trono.

CANTO IX*

Embajada a Aquiles- Súplicas

* Agamenón, arrepentido y lamentando su disputa con Aquiles, por consejo de su anciano asesor Néstor,

despacha a Ulises, Ayante y al viejo Fénix como embajadores ante Aquiles, para solicitar su ayuda, con

plenos poderes para prometerle la devolución de Briseide y abundantes regalos que compensen la afrenta

sufrida. Pero Aquiles se mantiene obstinado a inflexible.

1 Así los troyanos guardaban el campo. De los aqueos habíase enseñoreado la ingente

fuga, compañera del glacial terror, y los más valientes estaban agobiados por insufrible

pesar. Como conmueven el ponto, en peces abundante, los vientos Bóreas y Céfiro,

soplando de improviso desde la Tracia, y las negruzcas olas se levantan y arrojan a la

orilla multitud de algas; de igual modo les palpitaba a los aqueos el corazón en el pecho.

9 El Atrida, en gran dolor sumido el corazón, iba de un lado para otro y mandaba a los

heraldos de voz sonora que convocaran al ágora, nominalmente y en voz baja, a todos los

capitanes, y también él los iba llamando y trabajaba como los más diligentes. Los

guerreros acudieron afligidos. Levantóse Agamenón, llorando, como fuente profunda que

desde altísimo peñasco deja caer sus aguas sombrías; y, despidiendo hondos suspiros,

habló de esta suerte a los argivos:

17 -¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos! En grave infortunio envolvióme

Zeus Cronida. ¡Cruel! Me prometió y aseguró que no me iría sin destruir la bien murada

Ilio y todo ha sido funesto engaño; pues ahora me manda regresar a Argos, sin gloria,

después de haber perdido tantos hombres. Así debe de ser grato al prepotente Zeus, que

ha destruido las fortalezas de muchas ciudades y aún destruirá otras, porque su poder es

inmenso. Ea, obremos todos como voy a decir: Huyamos en las naves a nuestra patria

tierra, pues ya no tomaremos a Troya, la de anchas calles.

29 Así dijo. Enmudecieron todos y permanecieron callados. Largo tiempo duró el

silencio de los afligidos aqueos, mas al fin Diomedes, valiente en el combate, dijo:

32 -¡Atrida! Empezaré combatiéndote por tu imprudencia, como es permitido hacerlo,

oh rey, en el ágora, pero no te irrites. Poco ha menospreciaste mi valor ante los dánaos,

diciendo que soy cobarde y débil, lo saben los argivos todos, jóvenes y viejos. Mas a ti el

hijo del artero Crono de dos cosas te ha dado una: te concedió que fueras honrado como

nadie por el cetro, y te negó la fortaleza, que es el mayor de los poderes. ¡Desgraciado!

¿Crees que los aqueos son tan cobardes y débiles como dices? Si tu corazón te incita a

regresar, parte: delante tienes el camino y cerca del mar gran copia de naves que desde

Micenas lo siguieron; pero los demás melenudos aqueos se quedarán hasta que

destruyamos la ciudad de Troya. Y, si también éstos quieren irse, huyan en los bajeles a

su patria; y nosotros dos, yo y Esténelo, seguiremos peleando hasta que a Ilio le llegue su

fin; pues vinimos debajo del amparo de los dioses.

50 Así habló; y todos los aqueos aplaudieron, admirados del discurso de Diomedes,

domador de caballos. Y el caballero Néstor se levantó y dijo:

53 -¡Tidida! Luchas con valor en el combate y superas en el consejo a los de tu edad;

ningún aqueo osará vituperar ni contradecir tu discurso, pero no has llegado hasta el fin.

Eres aún joven -por tus años podrías ser mi hijo menor- y, no obstante, dices cosas

discretas a los reyes argivos y has hablado como se debe. Pero yo, que me vanaglorio de

ser más viejo que tú, lo manifestaré y expondré todo; y nadie despreciará mis palabras, ni

siquiera el rey Agamenón. Sin familia, sin ley y sin hogar debe de vivir quien apetece las

horrendas luchas intestinas. Ahora obedezcamos a la negra noche: preparemos la cena y

los guardias vigilen a orillas del cavado foso que corre delante del muro. A los jóvenes se

lo encargo; y tú, oh Atrida, mándalo, pues eres el rey supremo. Ofrece después un

banquete a los caudillos, que esto es lo que te conviene y lo digno de ti. Tus tiendas están

llenas de vino, que las naves aqueas traen continuamente de Tracia por el anchuroso

ponto; dispones de cuanto se requiere para recibir a aquéllos, a imperas sobre muchos

hombres. Una vez congregados, seguirás el parecer de quien te dé mejor consejo; pues de

uno bueno y prudente tienen necesidad los aqueos, ahora que el enemigo enciende tal

número de hogueras junto a las naves. ¿Quién lo verá con alegría? Esta noche se decidirá

la ruina o la salvación del ejército.

79 Así dijo, y ellos lo escucharon atentamente y lo obedecieron. A1 punto se

apresuraron a salir con armas, para encargarse de la guardia, Trasimedes Nestórida,

pastor de hombres; Ascálafo y Yálmeno, hijos de Ares; Meriones, Afareo, Deípiro y el

divino Licomedes, hijo de Creonte. Siete eran los capitanes de los centinelas, y cada uno

mandaba cien mozos provistos de luengas picas. Situáronse entre el foso y la muralla,

encendieron fuego, y todos sacaron su respectiva cena.

99 El Atrida llevó a su tienda a los príncipes aqueos, así que se hubieron reunido, y les

dio un espléndido banquete. Ellos metieron mano en los manjares que tenían delante, y,

cuando hubieron satisfecho el deseo de beber y de comer, el anciano Néstor, cuya opinión

era considerada siempre como la mejor, empezó a aconsejarles; y. arengándolos con

benevolencia, les dijo:

96 -¡Gloriosísimo Atrida! ¡Rey de hombres, Agamenón! Por ti acabaré y por ti

comenzaré también, ya que reinas sobre muchos hombres y Zeus te ha dado cetro y leyes

para que mires por los súbditos. Por esto debes exponer tu opinión y oír la de los demás y

aun llevarla a cumplimiento cuando cualquiera, siguiendo los impulsos de su ánimo, proponga

algo bueno; que es atribución tuya ejecutar lo que se acuerde. Te diré lo que

considero más convenience y nadie concebirá una idea mejor que la que tuve y sigo

teniendo, oh vástago de Zeus, desde que, contra mi parecer, te llevaste la joven Briseide

arrebatándola de la tienda del enojado Aquiles. Gran empeño puse en disuadirte, pero

venció to ánimo fogoso y menospreciaste a un fortísimo varón honrado por los dioses,

arrebatándole la recompensa que todavía retienes. Mas veamos todavía si podremos

aplacarlo con agradables presentes y dulces palabras.

114 Respondióle el rey de hombres, Agamenón:

115 -No has mentido, anciano, al enumerar mis faltas. Procedí mal, no lo niego; vale

por muchos el varón a quien Zeus ama cordialmente; y ahora el dios, queriendo honrar a

ése, ha causado la derrota de los aqueos. Mas, ya que le falté, dejándome llevar por la

funesta pasión, quiero aplacarlo y le ofrezco la muchedumbre de espléndidos presentes

que voy a enumerar: Siete trípodes no puestos aún al fuego, diez talentos de oro, veinte

calderas relucientes y doce corceles robustos, premiados, que en la carrera alcanzaron la

victoria. No sería pobre ni carecería de precioso oro quien tuviera los premios que estos

solípedos caballos lograron. Le daré también siete mujeres lesbias, hábiles en hacer

primorosas labores, que yo mismo escogí cuando tomó la bien construida Lesbos y que

en hermosura a las demás aventajaban. Con ellas le entregaré la hija de Briseo, que

entonces le quité, y juraré solemnemente que jamás subí a su lecho ni me uní con ella,

como es costumbre entre hombres y mujeres. Todo esto se le presentará en seguida; mas,

si los dioses nos permiten destruir la gran ciudad de Príamo, entre en ella cuando los

aqueos partamos el botín, cargue abundantemente de oro y de bronce su nave y elija él

mismo las veinte troyanas que más hermosas sean después de la argiva Helena. Y, si

conseguimos volver a los fértiles campos de Argos de Acaya, podrá ser mi yerno y tendrá

tantos honores como Orestes, mi hijo menor, que se cría con mucho regalo. De las tres

hijas que dejé en el alcázar bien construido, Crisótemis, Laódice a Ifianasa, llévese la que

quiera, sin dotarla, a la casa de Peleo; que yo la dotaré tan espléndidamente, como nadie

haya dotado jamás a su hija: ofrezco darle siete populosas ciudades -Cardámila, Enope, la

herbosa Hira, la divina Feras, Antea, la de los hermosos prados, la linda Epea y Pédaso,

en viñas abundante-, situadas todas junto al mar, en los confines de la arenosa Pilos, y

pobladas de hombres ricos en ganado y en bueyes, que lo honrarán con ofrendas como a

una deidad y pagarán, regidos por su cetro, crecidos tributos. Todo esto haría yo, con tal

de que depusiera la cólera. Que se deje ablandar; pues, por ser implacable a inexorable,

Hades es para los mortales el más aborrecible de todos los dioses; y ceda a mí, que en

poder y edad de aventajarlo me glono.

162 Contestó Néstor, caballero gerenio:

163 -¡Gloriosísimo Atrida! ¡Rey de hombres, Agamenón! No son despreciables los

regalos que ofreces al rey Aquiles. Ea, elijamos esclarecidos varones que cuanto antes

vayan a la tienda del Pelida. Y, si quieres, yo mismo los designaré y ellos obedezcan:

Fénix, caro a Zeus, que será el jefe, el gran Ayante y el divino Ulises, acompañados de

los heraldos Odio y Eunbates. Dadnos agua a las manos a imponed silencio, para rogar a

Zeus Cronida que se apiade de nosotros.

173 Así dijo, y su discurso agradó a todos. Los heraldos dieron en seguida aguamanos a

los caudillos, y los mancebos, coronando de bebida las crateras, distribuyéronla a todos

los presentes después de haber ofrecido en copas las primicias. Luego que hicieron

libaciones y cada cual bebió cuanto quiso, salieron de la tienda de Agamenón Atrida. Y

Néstor, caballero gerenio, fijando sucesivamente los ojos en cada uno de los elegidos, les

recomendaba mucho, y de un modo especial a Ulises, que procuraran persuadir al eximio

Pelión.

182 Fuéronse éstos por la orilla del estruendoso mar y dirigían muchos ruegos a

Posidón, que ciñe y bate la tierra, para que les resultara fácil llevar la persuasión al altivo

espíritu del Eácida. Cuando hubieron llegado a las tiendas y naves de los mirmidones,

hallaron al héroe deleitándose con una hermosa lira labrada de argénteo puente, que había

cogido de entre los despojos cuando destruyó la ciudad de Eetión; con ella recreaba su

ánimo, cantando hazañas de los hombres. Patroclo, solo y callado, estaba sentado frente a

él y esperaba que el Eácida acabase de cantar. Entraron aquéllos, precedidos por Ulises, y

se detuvieron delante del héroe; Aquiles, atónito, se alzó del asiento sin dejar la lira y

Patroclo al verlos se levantó también. Aquiles, el de los pies ligeros, tendióles la mano y

dijo:

197 -¡Salud, amigos que llegáis! Grande debe de ser la necesidad cuando venís

vosotros, que sois para mí, aunque esté irritado, los más queridos de los aqueos todos.

199 En diciendo esto, el divino Aquiles les hizo sentar en sillas provistas de purpúreos

tapetes, y en seguida dijo a Patroclo, que estaba cerca de él:

202 -¡Hijo de Menecio! Saca la cratera mayor, llénala del vino más añejo y distribuye

copas; pues están debajo de mi techo los hombres que me son más caros.

205 Así dijo, y Patroclo obedeció al compañero amado. En un tajón que acercó a la

lumbre puso los lomos de una oveja y de una pingüe cabra y la grasa espalda de un

suculento jabalí. Automedonte sujetaba la carne; Aquiles, después de cortarla y dividirla,

la espetaba en asadores; y el Menecíada, varón igual a un dios, encendía un gran fuego; y

luego, quemada la leña y muerta la llama, extendió las brasas, colocó encima los asadores

asegurándolos con piedras y sazonó la carne con la divina sal. Cuando aquélla estuvo

asada y servida en la mesa, Patrocio repartió pan en hermosas canastillas; y Aquiles

distribuyó la carne, sentóse frente al divino Ulises, de espaldas a la pared, y ordenó a

Patroclo, su amigo, que hiciera la ofrenda a los dioses. Patroclo echó las primicias al

fuego. Metieron mano a los manjares que tenían delante, y, cuando hubieron satisfecho el

deseo de beber y de comer, Ayante hizo una seña a Fénix; y Ulises, al advertirlo, llenó de

vino la copa y brindó a Aquiles:

223 -¡Salve, Aquiles! De igual festín hemos disfrutado en la tienda del Atrida

Agamenón que ahora aquí, donde podríamos comer muchos y agradables manjares; pero

los placeres del delicioso banquete no nos halagan porque tememos, oh alumno de Zeus,

que nos suceda una gran desgracia: dudamos si nos será dado salvar o perder las naves de

muchos bancos, si tú no lo revistes de valor. Los orgullosos troyanos y sus auxiliares,

venidos de lejas tierras, acampan junto a las naves y al muro y han encendido una porción

de hogueras; y dicen que, como no podremos resistirlos, asaltarán las negras naves; Zeus

Cronida relampaguea haciéndoles favorables señales, y Héctor, envanecido por su

bravura y confiando en Zeus, se muestra estupendamente furioso, no respeta a hombres ni

a dioses, está poseído de cruel rabia, y pide que aparezca pronto la divina Aurora, asegurando

que ha de cortar nuestras elevadas popas, quemar las naves con ardiente fuego y

matar cerca de ellas a los aqueos aturdidos por el humo. Mucho teme mi alma que los

dioses cumplan sus amenazas y el destino haya dispuesto que muramos en Troya, lejos de

Argos, criadora de caballos. Ea, levántate si deseas, aunque tarde, salvar a los aqueos, que

están acosados por los troyanos. A ti mismo te ha de pesar si no lo haces, y no puede

repararse el mal una vez causado; piensa, pues, cómo librarás a los dánaos de tan funesto

día. Amigo, tu padre Peleo te daba estos consejos el día en que desde Ftía lo envió a

Agamenón: «¡Hijo mío! La fortaleza, Atenea y Hera te la darán si quieren; tú refrena en

el pecho el natural fogoso- la benevolencia es preferible -y abstente de perniciosas

disputas para que seas más honrado por los argivos jóvenes y ancianos.» Así te

amonestaba el anciano y tú lo olvidas. Cede ya y depón la funesta cólera; pues Agamenón

te ofrece dignos presentes si renuncias a ella. Y si quieres, oye y te referiré cuanto

Agamenón dijo en su tienda que te daría: Siete trípodes no puestos aún al fuego, diez

talentos de oro, veinte calderas relucientes y doce corceles robustos, premiados, que

alcanzaron la victoria en la carrera. No sería pobre ni carecería de precioso oro quien

tuviera los premios que estos caballos de Agamenón con sus pies lograron. Te dará

también siete mujeres lesbias, hábiles en hacer primorosas labores, que él mismo escogió

cuando tomaste la bien construida Lesbos y que en hermosura a las demás aventajaban.

Con ellas te entregará la hija de Briseo, que te ha quitado, y jurará solemnemente que

jamás subió a su lecho ni se unió con la misma, como es costumbre, oh rey, entre

hombres y mujeres. Todo esto se te presentará en seguida; mas, si los dioses nos permiten

destruir la gran ciudad de Príamo, entra en ella cuando los aqueos partamos el botín,

carga abundantemente de oro y de bronce tu nave y elige tú mismo las veinte troyanas

que más hermosas sean después de la argiva Helena. Y, si conseguimos volver a los

fértiles campos de Argos de Acaya, podrás ser su yerno y tendrás tantos honores como

Orestes, su hijo menor, que se cría con mucho regalo. De las tres hijas que dejó en el

palacio bien construido, Crisótemis, Laódice a Ifianasa, llévate la que quieras, sin dotarla,

a la casa de Peleo, que él la dotará espléndidamente como nadie haya dotado jamás a su

hija: ofrece darte siete populosas ciudades -Cardámila, Énope, la herbosa Hira, la divina

Feras, Antea, la de los amenos prados, la linda Epea y Pédaso, en viñas abundante-,

situadas todas junto al mar, en los confines de la arenosa Pilos, y pobladas de hombres

ricos en ganado y en bueyes, que te honrarán con ofrendas como a un dios y pagarán,

regidos por tu cetro, crecidos tributos. Todo esto haría, con tal de que depusieras la

cólera. Y, si el Atrida y sus regalos te son odiosos, apiádate de los aqueos todos, que,

atribulados como están en el ejército, te venerarán como a un dios y conseguirás entre

ellos inmensa gloria. Ahora podrías matar a Héctor, que llevado de su funesta rabia se

acercará mucho a ti, pues dice que ninguno de los dánaos que trajeron las naves lo iguala

en valor.

307 Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros:

308 -¡Laertíada, del linaje de Zeus! ¡Ulises, fecundo en ardides! Preciso es que os

manifieste lo que pienso hacer para que dejéis de importunarme unos por un lado y otros

por el opuesto. Me es tan odioso como las puertas de Hades quien piensa una cosa y

manifiesta otra. Diré, pues, lo que me parece mejor. Creo que ni el Atrida Agamenón ni

los dánaos lograrán convencerme, ya que para nada se agradece el combatir siempre y sin

descanso contra hombres enemigos. La misma recompensa obtiene el que se queda en su

tienda, que el que pelea con bizarría; en igual consideración son tenidos el cobarde y el

valiente; y así muere el holgazán como el laborioso. Ninguna ventaja me ha procurado

sufrir tantos pesares y exponer mi vida en el combate. Como el ave lleva a los implumes

hijuelos la comida que coge, privándose de ella, así yo pasé largas noches sin dormir y

días enteros entregado a la cruenta lucha con hombres que combatían por sus esposas.

Conquisté doce ciudades por mar y once por tierra en la fértil región troyana; de todas

saqué abundantes y preciosos despojos que di al Atrida, y éste, que se quedaba en las

veleras naves, recibiólos, repartió unos pocos y se guardó los restantes. Mas las

recompensas que Agamenón concedió a los reyes y caudillos siguen en poder de éstos; y

a mí, solo entre los aqueos, me quitó la dulce esposa y la retiene aún: que goce

durmiendo con ella. ¿Por qué los argivos han tenido que mover guerra a los troyanos?

¿Por qué el Atrida ha juntado y traído el ejército? ¿No es por Helena, la de hermosa

cabellera? Pues ¿acaso son los Atridas los únicos hombres, de voz articulada, que aman a

sus esposas? Todo hombre bueno y sensato quiere y cuida a la suya, y yo apreciaba

cordialmente a la mía, aunque la había adquirido por medio de la lanza. Ya que me

defraudó, arrebatándome de las manos la recompensa, no me tiente; lo conozco y no me

persuadirá. Delibere contigo, Ulises, y con los demás reyes cómo podrá librar a las naves

del fuego enemigo. Muchas cosas ha hecho ya sin mi ayuda, pues construyó un muro,

abriendo a su pie ancho y profundo foso que defiende una empalizada; mas ni con esto

puede contener el arrojo de Héctor, matador de hombres. Mientras combatí por los

aqueos, jamás quiso Héctor que la pelea se trabara lejos de la muralla; sólo llegaba a las

puertas Esceas y a la encina; y, una vez que allí me aguardó, costóle trabajo salvarse de

mi acometida. Y puesto que ya no deseo guerrear contra el divino Héctor mañana,

después de ofrecer sacrificios a Zeus y a los demás dioses, echaré al mar los cargados

bajeles, y verás, si quieres y te interesa, mis naves surcando el Helesponto, en peces

abundoso, y en ellas hombres que remarán gustosos; y, si el glorioso agitador de la tierra

me concede una navegación feliz, al tercer día llegará a la fértil Ftía. En ella dejé muchas

cosas cuando en mal hora vine y de aquí me llevaré oro, rojizo bronce, mujeres de

hermosa cintura y luciente hierro, que por suerte me tocaron; ya que el rey Agamenón

Atrida, insultándome, me ha quitado la recompensa que él mismo me diera. Decídselo

públicamente, os lo encargo, para que los demás aqueos se indignen, si con su habitual

impudencia pretendiese engañar a algún otro dánao. No se atrevería, por desvergonzado

que sea, a mirarme cara a cara, con él no deliberaré ni haré cosa alguna, y, si me engañó y

ofendió, ya no me embaucará más con sus palabras; séale esto bastante y corra tranquilo a

su perdición, puesto que el próvido Zeus le ha quitado el juicio. Sus presentes me son

odiosos, y hago tanto caso de él como de un cabello. Aunque me diera diez o veinte veces

más de lo que posee o de lo que a poseer llegare, o cuanto entra en Orcómeno, o en la

egipcia Teba, cuyas casas guardan muchas riquezas -cien puertas dan ingreso a la ciudad

y por cada una pasan diariamente doscientos hombres con caballos y carros-, o tanto,

cuantas son las arenas o los granos de polvo, ni aun así aplacaría Agamenón mi enojo, si

antes no me pagaba la dolorosa afrenta. No me casaré con la hija de Agamenón Atrida,

aunque en hermosura rivalice con la dorada Afrodita y en las labores compita con

Atenea, la de ojos de lechuza; ni siendo así me desposaré con ella; elija aquel otro aqueo

que le convenga y sea rey más poderoso. Si, salvándome los dioses, vuelvo a mi casa, el

mismo Peleo me buscará consorte. Gran número de aqueas hay en la Hélade y en Ftía,

hijas de príncipes que gobiernan las ciudades; la que yo quiera será mi mujer. Mucho me

aconseja mi corazón varonil que tome legítima esposa, digna cónyuge mía, y goce allá de

las riquezas adquiridas por el anciano Peleo; pues no creo que valga lo que la vida ni

cuanto dicen que se encerraba en la populosa ciudad de Ilio en tiempo de paz, antes que

vinieran los aqueos, ni cuanto contiene el lapídeo templo de Apolo, que hiere de lejos, en

la rocosa Pito. Se pueden apresar los bueyes y las pingües ovejas, se pueden adquirir los

trípodes y los tostados alazanes; pero no es posible prender ni coger el alma humana para

que vuelva, una vez ha salvado la barrera que forman los dientes. Mi madre, la diosa

Tetis, de argentados pies, dice que las parcas pueden llevarme al fin de la muerte de una

de estas dos maneras: Si me quedo aquí a combatir en torno de la ciudad troyana, no

volveré a la patria tierra, pero mi gloria será inmortal; si regreso, perderé la ínclita fama,

pero mi vida será larga, pues la muerte no me sorprenderá tan pronto. Yo os aconsejo que

os embarquéis y volváis a vuestros hogares, porque ya no conseguiréis arruinar la excelsa

Ilio: el largovidente Zeus extendió el brazo sobre ella y sus hombres están llenos de

confianza. Vosotros llevad la respuesta a los príncipes aqueos -que ésta es la misión de

los legados-, a fin de que busquen otro medio de salvar las cóncavas naves y a los aqueos

que hay a su alrededor, pues aquél en que pensaron no puede emplearse mientras subsista

mi enojo. Y Fénix quédese con nosotros, acuéstese y mañana volverá conmigo a la patria

tierra, si así to desea, que no he de llevarlo a viva fuerza.

430 Así dijo, y todos enmudecieron, asombrados de oírlo; pues fue mucha la

vehemencia con que se negó. Y el anciano jinete Fénix, que sentía gran temor por las

naves aqueas, dijo después de un buen rato y saltándole las lágrimas:

434 -Si piensas en el regreso, preclaro Aquiles, y te niegas en absoluto a defender del

voraz fuego las veleras naves, porque la ira penetró en tu corazón, ¿cómo podría quedarme

solo y sin ti, hijo querido? El anciano jinete Peleo quiso que yo te acompañase el día

en que te envió desde Ftía a Agamenón, todavía niño y sin experiencia de la funesta guerra

ni del ágora, donde los varones se hacen ilustres; y me mandó que te enseñara a hablar

bien y a realizar grandes hechos. Por esto, hijo querido, no querría verme abandonado de

ti, aunque un dios en persona me prometiera rasparme la vejez y dejarme tan joven como

cuando salí de la Hélade, de lindas mujeres, huyendo de las imprecaciones de Amíntor

Orménida, mi padre, que se irritó conmigo por una concubina de hermosa cabellera, a

quien amaba con ofensa de su esposa y madre mía. Ésta me suplicaba continuamente,

abrazando mis rodillas, que me juntara con la concubina para que aborreciese al anciano.

Quise obedecerla y lo hice; mi padre, que no tardó en conocerlo, me maldijo repetidas

veces pidió a las horrendas Erinias que jamás pudiera sentarse en sus rodillas un hijo mío,

y los dioses -el Zeus subterráneo y la terrible Perséfone -ratificaron sus imprecaciones.

[Pensé matar a mi padre con el agudo bronce; mas alguno de los inmortales calmó mi

cólera, haciendo que a mi corazón se representara la fama que tendría yo entre los

hombres y los muchos baldones que de ellos recibiría, a fin de que no fuese llamado

parricida entre los aqueos.] Desde entonces no tuve ánimo para vivir en el palacio con mi

padre enojado. Amigos y deudos querían retenerme allí y me dirigían insistentes súplicas:

degollaron gran copia de pingües ovejas y flexípedes bueyes de retorcidos cuernos;

pusieron a asar muchos puercos grasos sobre la llama de Hefesto; bebióse buena parte del

vino que las tinajas del anciano contenían; y nueve noches seguidas durmieron aquéllos a

mi lado, vigilándome por turno y teniendo encendidas dos hogueras, una en el pórtico del

bien cercado patio y otra en el vestíbulo ante la puerta de la habitación. Al llegar por

décima vez la tenebrosa noche, salí del aposento rompiendo las tablas fuertemente unidas

de la puerta; salté con facilidad el muro del patio, sin que mis guardianes ni las sirvientas

lo advirtieran, y, huyendo por la espaciosa Hélade, llegué a la fértil Ftía, madre de ovejas,

a la casa del rey Peleo. Este me acogió benévolo; me amó como debe de amar un padre al

hijo unigénito que haya tenido en la vejez, viviendo en la opulencia; enriquecióme y

púsome al frente de numeroso pueblo, y desde entonces viví en un confín de la Ftía,

reinando sobre los dólopes. Y te crié hasta hacerte cual eres, oh Aquiles semejante a los

dioses, con cordial cariño; y tú ni querías it con otro al banquete, ni comer en el palacio,

hasta que, sentándote en mis rodillas, te saciaba de carne cortada en pedacitos y te

acercaba el vino. ¡Cuántas veces durante la molesta infancia me manchaste la túnica en el

pecho con el vino que devolvías! Mucho padecí y trabajé por tu causa, y, considerando

que los dioses no me habían dado descendencia, te adopté por hijo, oh Aquiles semejante

a los dioses, para que un día me librases del cruel infortunio. Pero, Aquiles, refrena tu

ánimo fogoso; no conviene que tengas un corazón despiadado, cuando los dioses mismos

se dejan aplacar, no obstante su mayor virtud, dignidad y poder. Con sacrificios, votos

agradables, libaciones y vapor de grasa quemada los desenojan cuantos infringieron su

ley y pecaron. Pues las Súplicas son hijas del gran Zeus, y aunque cojas, arrugadas y

bizcas, cuidan de ir tras de Ofuscación: ésta es robusta, de pies ligeros, y por lo mismo se

adelanta, y, recorriendo la tierra, ofende a los hombres: y aquéllas reparan luego el daño

causado. Quien acata a las hijas de Zeus cuando se le presentan, consigue gran provecho

y es por ellas atendido si alguna vez tiene que invocarlas. Mas si alguien las desatiende y

se obstina en rechazarlas, se dirigen a Zeus Cronida y le piden que Ofuscación acompañe

siempre a aquél para que con el daño sufra la pena. Concede tú también a las hijas de

Zeus, oh Aquiles, la debida consideración, por la cual el espíritu de otros valientes se

aplacó. Si el Atrida no te brindara esos presentes, ni te hiciera otros ofrecimientos para lo

futuro, y conservara pertinazmente su cólera, no te exhortaría a que, deponiendo la ira,

socorrieras a los argivos, aunque es grande la necesidad en que se hallan. Pero te da

muchas cosas, te promete más y te envía, para que por él rueguen, varones excelentes,

escogiendo en el ejército aqueo los argivos que te son más caros. No desprecies las

palabras de éstos, ni dejes sin efecto su venida, ya que no se te puede reprender que antes

estuvieras irritado. Todos hemos oído contar hazañas de los héroes de antaño, y sabemos

que, cuando estaban poseídos de feroz cólera, eran placables con dones y exorables a los

ruegos. Recuerdo lo que pasó en cierto caso, no reciente, sino antiguo, y os lo voy a

referir a vosotros, que sois todos amigos míos. Curetes y bravos etolios combatían en torno

de Calidón y unos a otros se mataban, defendiendo los etolios su hermosa ciudad y

deseando los curetes asolarla por medio de Ares. Había promovido esta contienda

Ártemis, la de áureo trono, enojada porque Eneo no le dedicó los sacrificios de la siega en

el fértil campo: los otros dioses regaláronse con las hecatombes, y sólo a la hija del gran

Zeus dejó aquél de ofrecerlas, por olvido o por inadvertencia, cometiendo una gran falta.

Airada la deidad que se complace en tirar flechas, hizo aparecer un jabalí, de albos

dientes, que causó gran destrozo en el campo de Eneo, desarraigando altísimos árboles y

echándolos por tierra cuando ya con la llor prometían el fruto. Al fin lo mató Meleagro,

hijo de Eneo, ayudado por cazadores y perros de muchas ciudades -pues no era posible

vencerlo con poca gente, ¡tan corpulento era!, y ya a muchos los había hecho subir a la

triste pira-, y la diosa suscitó entonces una clamorosa contienda entre los curetes y los

magnánimos etolios por la cabeza y la hirsuta piel del jabalí. Mientras Meleagro, caro a

Ares, combatió, les fue mal a los curetes, que no podían, a pesar de ser tantos, acercarse a

los muros. Pero el héroe, irritado con su madre Altea, se dejó dominar por la cólera que

perturba la mente de los más cuerdos y se quedó en el palacio con su linda esposa

Cleopatra, hija de Marpesa Evenina, la de hermosos tobillos, y de Idas, el más fuerte de

los hombres que entonces poblaban la tierra. (Atrevióse Idas a armar el arco contra el

soberano Febo Apolo, a causa de la joven de hermosos tobillos, y desde entonces

pusiéronle a Cleopatra su padre y su veneranda madre el sobrenombre de Alcíone, porque

la madre, sufriendo la suerte del sufridísimo alción, deshacíase en lágrimas mientras Febo

Apolo, que hiere de lejos, se la Ilevaba.) Retirado, pues, con su esposa, devoraba

Meleagro la acerba cólera que le causaron las imprecaciones de su madre; la cual,

acongojada por la muerte violenta de un hermano, oraba mucho a los dioses, y, puesta de

rodillas y con el seno bañado en lágrimas, golpeaba mucho el fértil suelo invocando a

Hades y a la terrible Perséfone para que dieran muerte a su hijo. Erinias, que vaga en las

tinieblas y tiene un corazón inexorable, la oyó desde el Érebo, y en seguida creció el

tumulto y la gritería ante las puertas de la ciudad, las torres fueron atacadas y los etolios

ancianos enviaron a los eximios sacerdotes de los dioses para que suplicaran a Meleagro

que saliera a defenderlos, ofreciéndole un rico presente: donde el suelo de la amena

Calidón fuera más fértil, escogería él mismo un hermoso campo de cincuenta yugadas,

mitad viña y mitad tierra labrantía. Presentóse también en el umbral del alto aposento el

anciano jinete Eneo; y, llamando a la puerta, dirigió a su hijo muchas súplicas. Rogáronle

asimismo muchas veces sus hermanas y su venerable madre. Pero él se negaba cada vez

más. Acudieron sus mejores y más caros amigos, y tampoco consiguieron mover su

corazón, ni persuadirlo a que no aguardara, para salir del cuarto, a que llegaran hasta él

los enemigos. Y los curetes escalaron las torres y empezaron a pegar fuego a la gran ciudad.

Entonces la esposa, de bella cintura, instó a Meleagro llorando y refiriéndole las

desgracias que padecen los hombres, cuya ciudad sucumbe: Matan a los varones, le

decía; el fuego destruye la ciudad, y son reducidos a la esclavitud los niños y las mujeres

de estrecha cintura. Meleagro, al oír estos males, sintió que se le conmovía el corazón; y,

dejándose llevar por su ánimo, vistió las lucientes armas y libró del funesto día a los

etolios; pero ya no le dieron los muchos y hermosos presentes, a pesar de haberlos

salvado de la ruina. Y ahora tú, amigo, no pienses de igual manera, ni un dios te induzca

a obrar así; será peor que difieras el socorro para cuando las naves sean incendiadas; ve,

pues, por los regalos, y los aqueos te venerarán como a un dios, porque, si intervinieres

en la homicida guerra cuando ya no te ofrezcan dones, no alcanzarás tanta honra aunque

rechaces a los enemigos.

606 Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros:

607 -¡Fénix, anciano padre, alumno de Zeus! Para nada necesito tal honor; y espero

que, si Zeus quiere, seré honrado en las cóncavas naves mientras la respiración no falte a

mi pecho y mis rodillas se muevan. Otra cosa voy a decirte, que grabarás en tu memoria:

No me conturbes el ánimo con llanto y gemidos por complacer al héroe Atrida, a quien

no debes querer si deseas que el afecto que te profeso no se convierta en odio; mejor es

que aflijas conmigo a quien me aflige. Ejerce el mando conmigo y comparte mis honores.

Ésos llevarán la respuesta, tú quédate y acuéstate en blanda cama, y al despuntar la aurora

determinaremos si nos conviene regresar a nuestros hogares o quedarnos aquí todavía.

620 Dijo, y ordenó a Patroclo, haciéndole con las cejas silenciosa señal, que dispusiera

una mullida cama para Fénix, a fin de que los demás pensaran en salir cuanto antes de la

tienda. Y Ayante Telamoníada, igual a un dios, habló diciendo:

624 -¡Laertíada, del linaje de Zeus! ¡Ulises, fecundo en ardides! ¡Vámonos! No espero

lograr nuestro propósito por este camino, y hemos de anunciar la respuesta, aunque sea

desfavorable, a los dánaos que están aguardando. Aquiles tiene en su pecho un corazón

feroz y soberbio. ¡Cruel! En nada aprecia la amistad de sus compañeros, con la cual lo

honrábamos en el campamento más que a otro alguno. ¡Despiadado! Por la muerte del

hermano o del hijo se recibe una compensación; y, una vez pagada la importante

cantidad, el matador se queda en el pueblo, y el corazón y el ánimo airado del ofendido se

apaciguan con la compensación recibida, y a ti los dioses te han llenado el pecho de

implacable y funesto rencor por una sola joven. Siete excelentes te ofrecemos hoy y otras

muchas cosas; séanos tu corazón propicio y respeta tu morada, pues estamos debajo de tu

techo, enviados por el ejército dánao, y anhelamos ser para ti los más apreciados y los

más amigos de los aqueos todos.

643 Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros:

644 -¡Ayante Telamonio, del linaje de Zeus, príncipe de hombres! Creo que has dicho

lo que sientes, pero mi corazón se enciende en ira cuando me acuerdo de aquéllos y del

menosprecio con que el Atrida me trató en presencia de los argivos, cual si yo fuera un

miserable advenedizo. Id y publicad mi respuesta: No me ocuparé en la cruenta guerra

hasta que el hijo del aguerrido Príamo, Héctor divino, llegue matando argivos a las

tiendas y naves de los mirmidones y las incendie. Creo que Héctor, aunque esté

enardecido, se abstendrá de combatir tan pronto como se acerque a mi tienda y a mi negra

nave.

656 Así dijo. Cada uno tomó una copa de doble asa; y, hecha la libación, los enviados,

con Ulises a su frente, regresaron a las naves. Patroclo ordenó a sus compañeros y a las

esclavas que aderezaran al momento una mullida cama para Fénix; y ellas, obedeciendo

el mandato, hiciéronla con pieles de oveja una colcha y finísima cubierta del mejor lino.

Allí descansó el viejo, aguardando la divina Aurora. Aquiles durmió en lo más retirado de

la sólida tienda con una mujer que se había llevado de Lesbos: con Diomede, hija de

Forbante, la de hermosas mejillas. Y Patroclo se acostó junto a la pared opuesta, teniendo

a su lado a Ifis, la de bella cintura, que le había regalado Aquiles al tomar la excelsa

Esciro, ciudad de Enieo.

669 Cuando los enviados llegaron a la tienda del Atrida, los aqueos, puestos en pie, les

presentaban áureas copas y les hacían preguntas. Y el rey de hombres, Agamenón, los

interrogó diciendo:

673 -¡Ea! Dime, célebre Ulises, gloria insigne de los aqueos. ¿Quiere librar a las naves

del fuego enemigo, o se niega porque su corazón soberbio se halla aún dominado por la

cólera?

676 Contestó el paciente divino Ulises:

677 -¡Gloriosísimo Atrida, rey de hombres, Agamenón! No quiere aquél deponer la

cólera, sino que se enciende aún más su ira y te desprecia a ti y tus dones. Manda que

deliberes con los argivos cómo podrás salvar las naves y al pueblo aqueo, dice en son de

amenaza que echará al mar sus corvos bajeles, de muchos bancos, al descubrirse la nueva

aurora, y aconseja que los demás se embarquen y vuelvan a sus hogares, porque ya no

conseguiréis arruinar la excelsa Ilio: el largovidente Zeus extendió el brazo sobre ella, y

sus hombres están llenos de confianza. Así dijo, como pueden referirlo éstos que fueron

conmigo: Ayante y los dos heraldos, que ambos son prudentes. El anciano Fénix se

acostó allí por orden de aquél, para que mañana vuelva a la patria tierra, si así lo desea,

porque no ha de llevarle a viva fuerza.

693 Así habló, y todos callaron, asombrados de sus palabras, pues era muy grave lo que

acababa de decir. Largo rato duró el silencio de los afligidos aqueos; mas al fin exclamó

Diomedes, valiente en el combate:

697 -¡Gloriosísimo Atrida, rey de hombres, Agamenón! No debiste rogar al eximio

Pelión, ni ofrecerle innumerables regalos; ya era altivo, y ahora has dado pábulo a su

soberbia. Pero dejémoslo, ya se vaya, ya se quede: volverá a combatir cuando el corazón

que tiene en el pecho se lo ordene y un dios le incite. Ea, obremos todos como voy a

decir. Acostaos después de satisfacer los deseos de vuestro corazón comiendo y bebiendo

vino, pues esto da fuerza y vigor. Y, cuando aparezca la hermosa Aurora de rosáceos

dedos, haz que se reúnan junto a las naves los hombres y los carros, exhorta al pueblo y

pelea en primera fila.

710 Tales fueron sus palabras, que todos los reyes aplaudieron, admirados del discurso

de Diomedes, domador de caballos. Y hechas las libaciones, volvieron a sus respectivas

tiendas, acostáronse y el don del sueño recibieron.

CANTO X*

Dolonia

* Aqueos y troyanos espían los movimientos del contrario. Ulises y Diomedes apresan a Dolón, del que

consiguen información del campamento troyano.

1 Los príncipes aqueos durmieron toda la noche vencidos por plácido sueño; mas no

probó sus dulzuras el Atrida Agamenón, pastor de hombres, porque en su mente revolvía

muchas cosas. Como el esposo de Hera, la de hermosa cabellera, relampaguea cuando

prepara una lluvia torrencial, el granizo o una nevada que cubra los campos, o quiere

abrir en alguna parte la boca inmensa de la amarga guerra; así, tan frecuentemente, se

escapaban del pecho de Agamenón los suspiros, que salían de lo más hondo de su

corazón, a interiormente le temblaban las entrañas. Cuando fijaba la vista en el campo

troyano, pasmábanle las muchas hogueras que ardían delante de Ilio, los sones de las

flautas y zampoñas y el bullicio de la gente; mas, cuando a las naves y al ejército aqueo la

volvía, arrancábase furioso los cabellos, alzando los ojos a Zeus, que mora en lo alto, y su

generoso corazón lanzaba grandes gemidos. Al fin, creyendo que la mejor resolución

sería acudir primeramente a Néstor Nelida, el más ilustre de los hombres, por si

entrambos hallaban un excelente medio que librara de la desgracia a todos los dánaos,

levantóse, vistió la túnica, calzó los nítidos pies con hermosas sandalias, echóse una

rojiza piel de corpulento y fogoso león, que le llegaba hasta los pies, y asió la lanza.

25 También Menelao estaba poseído de terror y no conseguía que se posara el sueño en

sus párpados, temiendo que les ocurriese algún percance a los argivos que por él habían

llegado a Troya, atravesando el vasto mar, y promoviendo tan audaz guerra. Cubrió sus

anchas espaldas con la manchada piel de un leopardo; púsose luego el casco de bronce, y,

tomando en la robusta mano una lanza, fue a despertar a su hermano, que imperaba

poderosamente sobre los argivos todos y era venerado por el pueblo como un dios.

Hallólo junto a la popa de su nave, vistiendo la magnífica armadura. Grata le fue a éste su

venida. Y Menelao, valiente en el combate, habló el primero diciendo:

37 -¿Por qué, hermano querido, tomas las armas? ¿Acaso deseas persuadir a algún

compañero para que vaya como explorador al campo de los troyanos? Mucho temo que

nadie se ofrezca a prestarte este servicio de ir solo durante la divina noche a espiar al

enemigo, porque para ello se requiere un corazón muy osado.

42 Respondióle el rey Agamenón:

43 Tanto yo como tú, oh Menelao, alumno de Zeus, tenemos necesidad de un prudente

consejo para defender y salvar a los argivos y las naves, pues la mente de Zeus ha

cambiado, y en la actualidad le son más aceptos los sacrificios de Héctor. jamás he visto

ni oído decir que un hombre ejecutara en solo un día tantas proezas como ha hecho Héctor,

caro a Zeus, contra los aqueos, sin ser hijo de un dios ni de una diosa. Digo que de

sus hazañas se acordarán los argivos mucho y largo tiempo. ¡Tanto daño ha causado a los

aqueos! Ahora, anda, encamínate corriendo a las naves y llama a Ayante y a Idomeneo;

mientras voy en busca del divino Néstor y le pido que se levante por si quiere ir al

sagrado cuerpo de los guardias y darles órdenes. Obedeceránlo a él más que a nadie,

puesto que los manda su hijo junto con Meriones, servidor de Idomeneo. A entrambos les

hemos confiado de un modo especial esta tarea.

60 Dijo entonces Menelao, valiente en el combate:

61 -¿Cómo me encargas y ordenas que lo haga? ¿Me quedaré con ellos y te aguardaré

a11í, o he de volver corriendo cuando les haya participado tu mandato?

64 Contestó el rey de hombres, Agamenón:

65 -Quédate a11í, no sea que luego no podamos encontrarnos, porque son muchas las

sendas que hay por entre el ejército. Levanta la voz por donde pasares y recomienda la

vigilancia, llamando a cada uno por su nombre paterno y ensalzándolos a todos. No te

muestres soberbio. Trabajemos también nosotros, ya que, cuando nacimos, Zeus nos condenó

a padecer tamaños infortunios.

72 Esto dicho, despidió al hermano bien instruido ya, y fue en busca de Néstor, pastor

de hombres. Hallólo en su tienda, junco a la negra nave, acostado en blanda cama. A un

lado veíanse diferentes armas -el escudo, dos lanzas, el luciente yelmo-, y el labrado

bálteo con que se ceñía el anciano siempre que, como caudillo de su gente, se armaba

para ir al homicida combate, pues aún no se rendía a la triste vejez. Incorporóse Néstor,

apoyándose en el codo, alzó la cabeza, y dirigiéndose al Atrida lo interrogó con estas

palabras:

82 -¿Quién eres tú que vas solo por el ejército y las naves, durante la tenebrosa noche,

cuando duermen los demás mortales? ¿Buscas acaso a algún centinela o compañero? Habla.

No te acerques sin responder. ¿Qué deseas?

86 Respondióle el rey de hombres, Agamenón:

87 -¡Néstor Nelida, gloria insigne de los aqueos! Reconoce al Atrida Agamenón, a

quien Zeus envía y seguirá enviando sin cesar más trabajos que a nadie, mientras la

respiración no le falte a mi pecho y mis rodillas se muevan. Vagando voy; pues,

preocupado por la guerra y las calamidades que padecen los aqueos, no consigo que el

dulce sueño se pose en mis ojos. Mucho temo por los dánaos; mi ánimo no está tranquilo,

sino sumamente inquieto; el corazón se me arranca del pecho y tiemblan mis robustos

miembros. Pero si quieres ocuparte en algo, ya que tampoco conciliaste el sueño, bajemos

a ver los centinelas; no sea que, vencidos del trabajo y del sueño, se hayan dormido,

dejando la guardia abandonada. Los enemigos se hallan cerca, y no sabemos si habrán

decidido acometernos esta noche.

102 Contestó Néstor, caballero gerenio:

103 -¡Gloriosísimo Atrida, rey de hombres, Agamenón! A Héctor no le cumplirá el

próvido Zeus todos sus deseos, como él espera; y creo que mayores trabajos habrá de padecer

aún, si Aquiles depone de su corazón el enojo funesto. Iré contigo y despertaremos

a los demás: al Tidida, famoso por su lanza, a Ulises, al veloz Ayante y al esforzado hijo

de Fileo. Alguien podría ir a llamar al deiforme Ayante y al rey Idomeneo, pues sus naves

no están cerca, sino muy lejos. Y reprenderé a Menelao por amigo y respetable que sea y

aunque te me enojes, y no callaré que duerme y te ha dejado a ti el trabajo. Debía

ocuparse en suplicar a los príncipes todos, pues la necesidad que se nos presenta no es

llevadera.

119 Dijo el rey de hombres, Agamenón:

120 -¡Oh anciano! Otras veces te exhorté a que le riñeras, pues a menudo es indolente y

no quiere trabajar; no por pereza o escasez de talento, sino porque, volviendo los ojos hacia

mí, aguarda mi impulso. Mas hoy se levantó mucho antes que yo mismo,

presentóseme y te envié a llamar a aquéllos que acabas de nombrar. Vayamos y los

hallaremos delante de las puertas con la guardia; pues a11í es donde les dije que se

reunieran.

128 Respondió Néstor, caballero gerenio:

129 -De esta manera ninguno de los argivos se irritará contra él, ni lo desobedecerá,

cuando los exhorte o les ordene algo.

131 Apenas hubo dicho estas palabras, abrigó el pecho con la túnica, calzó los nítidos

pies con hermosas sandalias, y abrochóse un manto purpúreo, doble, amplio, adornado

con lanosa felpa. Asió la fuerte lanza, cuya aguzada punta era de bronce, y se encaminó a

las naves de los aqueos, de broncíneas corazas. El primero a quien despertó Néstor,

caballero gerenio, fue a Ulises, que en prudencia igualaba a Zeus. Llamólo gritando, y

Ulises, al llegarle la voz a los oídos, salió de la tienda y dijo:

141 -¿Por qué andáis vagando así, por las naves y el ejército, solos, durante la noche

inmortal? ¿Qué urgente necesidad se ha presentado?

143 Respondió Néstor, caballero gerenio:

144 -¡Laertíada, del linaje de Zeus! ¡Ulises, fecundo en ardides! No te enojes, porque es

muy grande el pesar que abruma a los aqueos. Síguenos y llamaremos a quien convenga,

para tomar acuerdo sobre si es preciso huir o luchar todavia.

148 Así dijo. El ingenioso Ulises, entrando en la tienda, colgó de sus hombros el

labrado escudo y se juntó con ellos. Fueron en busca de Diomedes Tidida, y lo hallaron

delante de su pabellón con la armadura puesta, Sus compañeros dormían alrededor de él,

con las cabezas apoyadas en los escudos y las lanzas clavadas por el regatón en tierra; el

bronce de las puntas lucía a lo lejos como un relámpago del padre Zeus. El héroe

descansaba sobre una piel de toro montaraz, teniendo debajo de la cabeza un espléndido

tapete. Néstor, caballero gerenio, se detuvo a su lado to movió con el pie para que despertara,

y le daba prisa, increpándolo de esta manera:

159 -¡Levántate, hijo de Tideo! ¿Cómo duermes a sueño suelto toda la noche? ¿No

sabes que los troyanos acampan en una eminencia de la llanura, cerca de las naves, y que

solamente un corto espacio los separa de nosotros?

162 Así dijo. Y Diomedes, recordando en seguida del sueño, profirió estas aladas

palabras:

164 -Eres infatigable, anciano, y nunca dejas de trabajar. ¿Por ventura no hay otros

aqueos más jóvenes, que vayan por el campo y despierten a los reyes? ¡No se puede

contigo, anciano!

168 Respondióle Néstor, caballero gerenio:

169 -Sí, hijo, oportuno es cuanto acabas de decir. Tengo hijos excelentes y muchos

hombres que podrían ir a llamarlos, pero es muy grande el peligro en que se hallan los

aqueos: en el filo de una navaja están ahora una muy triste muerte y la salvación de todos.

Ve y haz levantar al veloz Ayante y al hijo de Fileo, ya que eres más joven y de mí te

compadeces.

177 Así dijo. Diomedes cubrió sus hombros con una piel talar de corpulento y fogoso

león, tomó la lanza, fue a despertar a aquéllos y se los llevó consigo.

180 Cuando llegaron adonde se hallaban los guardias reunidos, no encontraron a sus

jefes durmiendo, pues todos estaban alerta y sobre las armas. Como los canes que

guardan las ovejas de un establo y sienten venir del monte, por entre la selva, una terrible

fiera con gran clamoreo de hombres y perros, se ponen inquietos y ya no pueden dormir;

así el dulce sueño huía de los párpados de los que hacían guardia en tan mala noche, pues

miraban siempe hacia la llanura y acechaban si los troyanos iban a atacarlos. El anciano

violos, alegróse, y para animarlos profirió estas aladas palabras:

192 -¡Vigilad así, hijos míos! No sea que alguno se deje vencer del sueño y demos

ocasión para que el enemigo se regocije.

194 Habiendo hablado así, atravesó el foso. Siguiéronlo los reyes argivos que habían

sido llamados al consejo, y además Meriones y el preclaro hijo de Néstor, porque

aquéllos los invitaron a deliberar. Pasado el foso, sentáronse en un lugar limpio donde el

suelo no aparecía cubierto de cadáveres: allí habíase vuelto el impetuoso Héctor, después

de causar gran estrago a los argivos, cuando la noche los cubrió con su manto.

Acomodados en aquel sitio, conversaban; y Néstor, caballero gerenio, comenzó a hablar

diciendo:

204 -¡Oh amigos! ¿No sabrá nadie que, confiando en su ánimo audaz, vaya al

campamento de los troyanos de ánimo altivo? Quizá hiciera prisionero a algún enemigo

que ande rezagado, o averiguara, oyendo algún rumor, lo que los tróyanos han decidido:

si desean quedarse aquí, cerca de las naves y lejos de la ciudad, o volverán a ella cuando

hayan vencido a los aqueos. Si se enterara de esto y regresara incólume, sería grande su

gloria debajo del cielo y entre los hombres todos, y tendría una hermosa recompensa:

cada jefe de los que mandan en las naves le daría una oveja con su corderito -presente sin

igual- y se le admitiría además en todos los banquetes y festines.

218 Así habló. Enmudecieron todos y quedaron silenciosos, hasta que Diomedes,

valiente en la pelea, les dijo:

220 -¡Néstor! Mi corazón y ánimo valeroso me incitan a penetrar en el campo de los

enemigos que tenemos cerca, de los troyanos; pero, si alguien me acompañase, mi confianza

y mi osadía serían mayores. Cuando van dos, uno se anticipa al otro en advertir lo

que conviene; cuando se está solo, aunque se piense, la inteligencia es más tarda y la resolución

más difícil.

227 Así dijo, y muchos quisieron acompañar a Diomedes. Deseáronlo los dos Ayantes,

servidores de Ares; quísolo Meriones; lo anhelaba el hijo de Néstor; deseólo el Atrida

Menelao, famoso por su lanza; y por fin, también el sufrido Ulises quiso penetrar en el

ejército troyano, porque el corazón que tenía en el pecho aspiraba siempre a ejecutar

audaces hazañas. Y el rey de hombres, Agamenón, dijo entonces:

234 -¡Tidida Diomedes, carísimo a mi corazón! Escoge por compañero al que quieras,

al mejor de los presentes; pues son muchos los que se ofrecen. No dejes al mejor y elijas

a otro peor, por respeto alguno que sientas en tu alma, ni por consideración al linaje, ni

por atender a que sea un rey más poderoso.

240 Habló en estos términos, porque temía por el rubio Menelao. Y Diomedes, valiente

en la pelea, replicó:

242 -Si me mandáis que yo mismo designe al compañero, ¿cómo no pensaré en el

divino Ulises, cuyo corazón y ánimo valeroso son tan dispuestos para toda suerte de

trabajos, y a quien tanto ama Palas Atenea? Con él volveríamos acá aunque nos rodearan

abrasadoras llamas, porque su pnidencia es grande.

248 Respondióle el paciente divino Ulises:

249 -¡Tidida! No me alabes en demasía ni me vituperes, puesto que hablas a los argivos

de cosas que les son conocidas. Pero, vámonos, que la noche está muy adelantada y la

aurora se acerca; los astros han andado mucho, y la noche va ya en las dos partes de su

jornada y sólo un tercio nos resta.

254 En diciendo esto, vistieron entrambos las terribles armas. El intrépido Trasimedes

dio al Tidida una espada de dos filos -la de éste había quedado en la nave-y un escudo; y

le puso un morrión de piel de toro sin penacho ni cimera, que se llama catétyx y lo usan

los mancebos que se hallan en la flor de la juventud para proteger la cabeza. Meriones

procuró a Ulises arco, carcaj y espada, y le cubrió la cabeza con un casco de piel que por

dentro se sujetaba con muchas y fuertes correas y por fuera presentaba los blancos dientes

de un jabalí, ingeniosamente repartidos, y tenía un mechón de lana colocado en el centro.

Este casco era el que Autólico había robado en Eleón a Amíntor Orménida, horadando la

pared de su casa, y que luego dio en Escandia a Anfidamante de Citera; Anfidamante to

regaló, como presente de hospitaidad, a Molo; éste lo cedió a su hijo Meriones para que

lo llevara, y entonces hubo de cubrir la cabeza de Ulises.

272 Una vez revestidos de las terribles armas, partieron y lejaron a11í a todos los

príncipes. Palas Atenea envióles una garza, y, si bien no pudieron verla con sus ojos,

porque la noche era obscura, oyéronla graznar a la derecha del camino. Ulises se holgó

del presagio y oró a Atenea:

278 -¡Oyeme, hija de Zeus, que lleva la égida! Tú que me asistes en todos los trabajos y

conoces mis pasos, séme ahora propicia más que nunca, Atenea, y concede que volvamos

a las naves cubiertos de gloria por haber realizado una gran hazaña que preocupe a los

troyanos.

283 Diomedes, valiente en la pelea, oró luego diciendo:

284 -¡Ahora óyeme también a mí, hija de Zeus! ¡Indómita! Acompáñame como

acompañaste a mi padre, el divino Tideo, cuando fue a Teba en representación de los

aqueos. Dejando a los aqueos, de broncíneas corazas, a orillas del Asopo, llevó un

agradable mensaje a los cadmeos; y a la vuelta ejecutó admirables proezas con tu ayuda,

excelente diosa, porque benévola lo socorrías. Ahora, socórreme a mí y préstame tu

amparo. E inmolaré en tu honor una ternera de un año, de frente espaciosa, indómita y no

sujeta aún al yugo, después de derramar oro sobre sus cuernos.

295 Así dijeron rogando, y los oyó Palas Atenea. Y después de rogar a la hija del gran

Zeus, anduvieron en la obscuridad de la noche, como dos leones, por el campo pues tanta

carnicería se había hecho, pisando cadáveres, armas y denegrida sangre.

299 Tampoco Héctor dejaba dormir a los valientes troyanos pues convocó a todos los

próceres, a cuantos eran caudillos y príncipes de los troyanos, y una vez reunidos les

expuso una prudente idea:

303 -¿Quién, por un gran premio, se ofrecerá a llevar a cabo la empresa que voy a

decir? La recompensa será proporcionada. Daré un carro y dos corceles de erguido

cuello, los mejores que haya en las veleras naves aqueas, al que tenga la osadía de

acercarse a las naves de ligero andar -con ello al mismo tiempo ganará gloria- y averigüe

si éstas son guardadas todavía, o los aqueos, vencidos por nuestras manos, piensan en la

huida y no quieren velar durante la noche porque el cansancio abrumador los rinde.

313 Así dijo. Enmudecieron todos y quedaron silenciosos. Había entre los troyanos un

cierto Dolón, hijo del divino heraldo Eumedes, rico en oro y en bronce; era de feo aspecto,

pero de pies ágiles, y el único hijo varón de su familia con cinco hermanas. Éste dijo

entonces a los troyanos y a Héctor:

319 -¡Héctor! Mi corazón y mi ánimo valeroso me incitan a acercarme a las naves, de

ligero andar, para saberlo. Ea, alza el cetro y jura que me darás los corceles y el carro con

adornos de bronce que conducen al eximio Pelión. No te será inútil mi espionaje, ni tus

esperanzas se verán defraudadas; pues atravesaré todo el ejército hasta llegar a la nave de

Agamenón, que es donde deben de haberse reunido los caudillos para deliberar si huirán

o seguirán combatiendo.

328 Así dijo. Y Héctor, tomando en la mano el cetro, prestó el juramento:

329 -Sea testigo el mismo Zeus tonante, esposo de Hera. Ningún otro troyano será

llevado por estos corceles, y tú disfrutarás perpetuamente de ellos.

332 Con tales palabras, jurando lo que no había de cumplirse, animó a Dolón. Éste, sin

perder momento, colgó del hombro el corvo arco, vistió una pelicana piel de lobo, cubrió

la cabeza con un morrión de piel de comadreja, tomó un puntiagudo dardo, y, saliendo

del ejército, se encaminó a las naves, de donde no había de volver para darle a Héctor la

noticia. Pues ya había dejado atrás la multitud de carros y hombres, y andaba animoso

por el camino, cuando Ulises, del linaje de Zeus, advirtiendo que se acercaba a ellos,

habló así a Diomedes:

341 -Ese hombre, Diomedes, viene del ejército; pero ignoro si va como espía a nuestras

naves o intenta despojar algún cadáver de los que murieron. Dejemos que se adelante un

poco más por la llanura, y echándonos sobre él lo cogeremos fácilmente; y si en correr

nos aventajase, apártalo del ejército, acometiéndolo con la lanza, y persíguelo siempre

hacia las naves, para que no se guarezca en la ciudad.

349 Dichas estas palabras, tendiéronse entre los muertos, fuera del camino. El incauto

Dolón pasó con pie ligero. Mas, cuando estuvo a la distancia a que se extienden los

surcos de las mulas -éstas son mejores que los bueyes para tirar de un sólido arado en

tierra noval-, Ulises y Diomedes corrieron a su alcance. Dolón oyó ruido y se detuvo,

creyendo que algunos de sus amigos venían del ejército troyano a llamarlo por encargo de

Héctor. Pero así que aquéllos se hallaron a tiro de lanza o más cerca aún, conoció que

eran enemigos y puso su diligencia en los pies huyendo, mientras ellos se lanzaban a

perseguirlo. Como dos perros de agudos dientes, adiestrados para cazar, acosan en una

selva a un cervato o a una liebre que huye chillando delante de ellos, del mismo modo el

Tidida y Ulises, asolador de ciudades, perseguían constantemente a Dolón después que

lograron apartarlo del ejército. Ya en su fuga hacia las naves iba el troyano a topar con

los guardias, cuando Atenea dio fuerzas al Tidida para que ninguno de los aqueos, de

broncíneas corazas, se le adelantara y pudiera jactarse de haber sido el primero en herirlo

y él llegase después. El fuerte Diomedes arremetió a Dolón, con la lanza, y le gritó:

370 Tente, o te alcanzará mi lanza; y no creo que puedas evitar mucho tiempo que mi

mano te dé una muerte terible.

372 Dijo, y arrojó la lanza; mas de intento erró el tiro, y ésta se clavó en el suelo

después de volar por cima del hombro derecho de Dolón. Paróse el troyano dentellando

-los dientes crujíanle en la boca-, tembloroso y pálido de miedo; Ulises y Diomedes se le

acercaron, jadeantes, y le asieron de las manos, mientras aquél lloraba y les decia:

378 -Hacedme prisionero y yo me redimiré. Hay en casa bronce, oro y hierro labrado:

con ellos os pagaría mi padre inmenso rescate, si supiera que estoy vivo en las naves

aqueas.

382 Respondióle el ingenioso Ulises:

383 -Tranquilízate y no pienses en la muerte. Ea, habla y dime con sinceridad: ¿Adónde

ibas solo, separado de tu ejército y derechamente hacia las naves, en esta noche obscura,

mientras duermen los demás mortales? ¿Acaso a despojar a algún cadáver? ¿Por ventura

Héctor te envió como espía a las cóncavas naves? ¿O te dejaste llevar por los impulsos de

tu corazón?

390 Contestó Dolón, a quien le temblaban las carnes:

391 -Héctor me hizo salir fuera de juicio con muchas y perniciosas promesas: accedió a

darme los solípedos corceles y el carro con adornos de bronce del eximio Pelión, para

que, acercándome durante la rápida y obscura noche a los enemigos, averiguase si las

veleras naves son guardadas todavía, o los aqueos, vencidos por nuestras manos, piensan

en la fuga y no quieren velar porque el cansancio abrumador los rinde.

400 Díjole sonriendo el ingenioso Ulises:

401 -Grande es el presente que tu corazón anhelaba. ¡Los corceles del aguerrido

Eácida! Difícil es que ninguno de los mortales los sujete y sea por ellos llevado, fuera de

Aquiles, que tiene una madre inmortal. Pero, ea, habla y dime con sinceridad: ¿Dónde, al

venir, has dejado a Héctor, pastor de hombres? ¿En qué lugar tiene las marciales armas y

los caballos? ¿Cómo se hacen las guardias y de qué modo están dispuestas las tiendas de

los troyanos? Cuenta también lo que están deliberando: si desean quedarse aquí cerca de

las naves y lejos de la ciudad, o volverán a ella cuando hayan vencido a los aqueos.

412 Contestó Dolón, hijo de Eumedes:

413 -De todo voy a informarte con exactitud. Héctor y sus consejeros deliberan lejos

del bullicio, junto a la tumba del divino Ilo; en cuanto a las guardias por que me

preguntas, oh héroe, ninguna ha sido designada, para que vele por el ejército ni para que

vigile. En torno de cada hoguera los troyanos, apremiados por la necesidad, velan y se

exhortan mutuamente a la vigilancia. Pero los auxiliares, venidos de lejas tierras,

duermen y dejan a los troyanos el cuidado de la guardia, porque no tienen aquí a sus hijos

y mujeres.

423 Volvió a preguntarle el ingenioso Ulises:

424 -¿Éstos duermen mezclados con los troyanos o separadamente? Dímelo para que lo

sepa.

426 Contestó Dolón, hijo de Eumedes:

427 -De todo voy a informarte con exactitud. Hacia el mar están los carios, los peonios,

armados de corvos arcos, y los léleges, caucones y divinos pelasgos. El lado de Timbra to

obtuvieron por suerte los licios, los arrogantes misios, los frigios, que combaten en

carros, y los meonios, que armados de casco combaten en carros. Mas ¿por qué me hacéis

esas preguntas? Si deseáis entraros por el ejército troyano, los tracios recién venidos están

ahí, en ese extremo, con su rey Reso, hijo de Eyoneo. He visto sus corceles que son

bellísimos, de gran altura, más blancos que la nieve y tan ligeros como el viento. Su carro

tiene lindos adornos de oro y plata, y sus armas son de oro, magníficas, encanto de la

vista, y más propias de los inmortales dioses que de hombres mortales. Pero llevadme ya

a las naves de ligero andar, o dejadme aquí, atado con recios lazos, para que vayáis y

comprobéis si os hablé como debía.

446 Mirándolo con torva faz, le replicó el fuerte Diomedes:

447 -No esperes escapar de ésta, Dolón, aunque tus noticias son importantes, pues has

caído en nuestras manos. Si te dejásemos libre o consintiéramos en el rescate, vendrías de

nuevo a las veleras naves de los aqueos a espiar o a combatir contra nosotros; y, si por mi

mano pierdes la vida, no serás en adelante una plaga para los argivos.

454 Dijo; y Dolón iba, como suplicante, a tocarle la barba con su robusta mano, cuando

Diomedes, de un tajo en medio del cuello, le rompió ambos tendones; y la cabeza cayó en

el polvo, mientras el troyano hablaba todavía. Quitáronle el morrión de piel de

comadreja, la piel de lobo, el flexible arco y la ingente lanza; y el divino Ulises,

cogiéndolo todo con la mano, levantólo para ofrecerlo a Atenea, que preside los saqueos,

y oró diciendo:

462 -Huélgate de esta ofrenda, ¡oh diosa! Serás tú la primera a quien invocaremos entre

las deidades del Olimpo. Y ahora guíanos hacia los corceles y las tiendas de los tracios.

465 Dichas estas palabras, apartó de sí los despojos y los colgó de un tamarisco,

cubriéndolos con cañas y frondosas ramas del árbol, que fueran una señal visible para que

no les pasaran inadvertidos, al regresar durante la rápida y obscura noche. Luego pasaron

delante por encima de las armas y de la negra sangre, y llegaron al grupo de los tracios

que, rendidos de fatiga, dormían con las hermosas armas en el suelo, dispuestos

ordenadamente en tres filas, y un par de caballos junto a cada guerrero. Reso descansaba

en el centro, y tenía los ligeros corceles atados con correas a un extremo del carro. Ulises

violo el primero y lo mostró a Diomedes:

477 -Éste es el hombre, Diomedes, y éstos los corceles de que nos habló Dolón, a quien

matamos. Ea, muestra tu impetuoso valor y no tengas ociosas las armas. Desata los caballos,

o bien mata hombres y yo me encargaré de aquéllos.

482 Así dijo, y Atenea, la de ojos de lechuza, infundió valor a Diomedes, que comenzó

a matar a diestro y a siniestro: sucedíanse los horribles gemidos de los que daban la vida

a los golpes de la espada, y su sangre enrojecía la tierra. Como un mal intencionado león

acomete al rebaño de cabras o de ovejas, cuyo pastor está ausente, así el hijo de Tideo se

abalanzaba a los tracios, hasta que mató a doce. A cuántos aquél hería con la espada, el

ingenioso Ulises, asiéndolos por un pie, los apartaba del camino, para que luego los

corceles de hermosas crines pudieran pasar fácilmente y no se asustasen de pisar

cadáveres, a lo cual no estaban acostumbrados. Llegó el hijo de Tideo adonde yacía el

rey, y fue éste el decimotercio a quien privó de la dulce vida, mientras daba un suspiro;

pues en aquella noche el nieto de Eneo aparecíase en desagradable ensueño a Reso, por

orden de Atenea. Dúrante este tiempo el paciente Ulises desató los solípedos caballos, los

ligó con las riendas y los sacó del ejército aguijándolos con el arco, porque se le olvidó

tomar el magnífico látigo que había en el labrado carro. Y en seguida silbó, haciendo

seña al divino Diomedes.

503 Mas éste, quedándose aún, pensaba qué podría hacer que fuese muy arriesgado: si

se llevaría el carro con las labradas armas, ya tirando del timón, ya levantándolo en alto;

o quitaría la vida a más tracios. En tanto que revolvía tales pensamientos en su espíritu,

presentóse Atenea y habló así al divino Diomedes:

509 -Piensa ya en volver a las cóncavas naves, hijo del magnánimo Tideo. No sea que

hayas de llegar huyendo, si algún otro dios despierta a los troyanos.

512 Así habló. Diomedes, conociendo la voz de la diosa, montó sin dilación a caballo, y

también Ulises, que los aguijó con el arco; y volaron hacia las veleras naves aqueas.

515 Apolo, que lleva arco de plata, estaba en acecho desde que advirtió que Atenea

acompañaba al hijo de Tideo; e, indignado contra ella, entróse por el ejército de los

troyanos y despertó a Hipocoonte, valeroso caudillo tracio y sobrino de Reso. Como

Hipocoonte, recordando del sueño, viera vacío el lugar que ocupaban los caballos y a los

hombres horriblemente heridos y palpitantes todavía, comenzó a lamentarse y a llamar

por su nombre al querido compañero. Y pronto se promovió gran clamoreo a inmenso

tumulto entre los troyanos, que acudían en tropel y admiraban la peligrosa aventura a que

unos hombres habían dado cima, regresando luego a las cóncavas naves.

526 Cuando ambos héroes llegaron al sitio en que habían dado muerte al espía de

Héctor, Ulises, caro a Zeus, detuvo los veloces caballos; y el Tidida, apeándose, tomó los

cruentos despojos que puso en las manos de Ulises, volvió a montar y picó a los corceles.

Éstos volaron gozosos hacia las cóncavas naves, pues a ellas deseaban llegar. Néstor fue

el primero que oyó las pisadas de los caballos, y dijo:

533 -¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos! ¿Me engañaré o será verdad lo

que voy a decir? El corazón me ordena hablar. Oigo pisadas de caballos de pies ligeros.

Ojalá Ulises y el fuerte Diomedes trajeran del campo troyano solípedos corceles; pero

mucho temo que a los más valientes argivos les haya ocurrido algún percance en el

ejército troyano.

540 Aún no había acabado de pronunciar estas palabras, cuando aquéllos llegaron y

echaron pie a tierra. Todos los saludaban alegremente con la diestra y con afectuosas

palabras. Y Néstor, caballero gerenio, les preguntó el primero:

544 -¡Ea, dime, célebre Ulises, gloria insigne de los aqueos! ¿Cómo hubisteis estos

caballos: penetrando en el ejército troyano, o recibiéndolos de un dios que os salió al

camino? Muy semejantes son a los rayos del sol. Siempre entro por las filas de los

troyanos; pues, aunque anciano, no me quedo en las naves, y jamás he visto ni advertido

tales corceles. Supongo que los habréis recibido de algún dios que os salió al encuentro,

pues a entrambos os aman Zeus, que amontona las nubes, y su hija Atenea, la de ojos de

lechuza.

554 Respondióle el ingenioso Ulises:

555 -¡Néstor Nelida, gloria insigne de los aqueos! Fácil le sería a un dios, si quisiera,

dar caballos mejores aún que éstos, pues su poder es muy grande. Los corceles por los

que preguntas, anciano, llegaron recientemente y son tracios: el valiente Diomedes mató

al dueño y a doce de sus compañeros, todos aventajados. Y cerca de las naves dimos

muerte al decimotercio, que era un espía enviado por Héctor y otros troyanos ilustres a

explorar este campamento.

564 De este modo habló; y muy ufano, hizo que los solípedos caballos pasaran el foso,

y los demás aqueos siguiéronlo alborozados. Cuando estuvieron en la hermosa tienda del

Tidida, ataron los corceles con bien cortadas correas al pesebre, donde los caballos de

Diomedes comían el trigo dulce como la miel. Ulises dejó en la popa de su nave los

cruentos despojos de Dolón, para guardarlos hasta que ofrecieran un sacrificio a Atenea.

Ambos entraron en el mar y se lavaron el abundante sudor de sus piernas, cuello y

muslos. Cuando las olas les hubieron limpiado el abundante sudor del cuerpo y recreado

el corazón, metiéronse en pulimentadas pilas y se bañaron. Lavados ya y ungidos con

craso aceite, sentáronse a la mesa, y, sacando de una rebosante cratera vino dulce como la

miel, en honor de Atenea to libaron.

CANTO XI*

Principalía de Agamenón

* En la batalla entre aqueos y troyanos, aquéllos llevan la peor parte: Agamenón, Diomedes y Ulises

resultan heridos. Ante la clara ventaja de los troyanos, Aquiles envía a Patroclo junto a Néstor.

1 La Aurora se levantaba del lecho, dejando al ilustre Titono, para llevar la luz a los

dioses y a los hombres, cuando, enviada por Zeus, se presentó en las veleras naves aqueas

la cruel Discordia con la señal del combate en la mano. Subió la diosa a la ingente nave

negra de Ulises, que estaba en medio de todas, para que lo oyeran por ambos lados hasta

las tiendas de Ayante Telamonio y de Aquiles; los cuales habían puesto sus bajeles en los

extremos, porque confiaban en su valor y en la fuerza de sus brazos. Desde a11í daba

aquélla grandes, agudos y horrendos gritos, y ponía mucha fortaleza en el corazón de

todos los aqueos, a fin de que pelearan y combatieran sin descanso. Y pronto les fue más

agradable batallar que volver a la patria tierra en las cóncavas naves.

15 El Atrida alzó la voz mandando que los argivos se apercibiesen, y él mismo vistió la

armadura de luciente bronce. Púsose en torno de las piernas hermosas grebas sujetas con

broches de pláta, y cubrió su pecho con la coraza que Ciniras le había dado por presente

de hospitalidad. Porque hasta Chipre habíá llegado la noticia de que los aqueos se embarcaban

para Troya, y Ciniras, deseoso de complacer al rey, le dio esta córaza que tenía

diez filetes de pavonado acero, doce de oro y veinte de estaño, y a cada lado tres cerúleos

dragones erguidos hacia el cuello y semejantes al iris que el Cronión fija en las nubes

como señal para los hombres dotados de palabra. Luego, el rey colgó del hombro la

espada, en la que relucían áureos clavos, con su vaina de plata sujeta por tirantes de oro.

Embrazó después el labrado escudo, fuerte y hermoso, de la altura de un hombre, que

presentaba diez círculos de bronce en el contorno, tenía veinte bollos de blanco estaño y

en el centro uno de negruzco acero, y lo coronaba Gorgona, de ojos horrendos y torva

vista, con el Terror y la Fuga a los lados. Su correa era argentada, y sobre la misma

enroscábase cerúleo dragón de tres cabezas entrelazadas, que nacían de un solo cuello.

Cubrió en seguida su cabeza con un casco de doble cimera, cuatro abolladuras y penacho

de crines de caballo, que al ondear en to alto causaba pavor; y asió dos fornidas lanzas de

aguzada broncínea punta, cuyo brillo llegaba hasta el cielo. Y Atenea y Hera tronaron en

las alturas para honrar al rey de Micenas, rica en oro.

47 Cada cual mandó entonces a su auriga que tuviera dispuestos el carro y los corceles

junto al foso; salieron todos a pie y armados, y levantóse inmenso viento antes que la aurora

despuntara. Delante del foso ordenáronse los infantes, y a éstos siguieron de cerca

los que combatían en carros. Y el Cronida promovió entre ellos funesto tumulto y dejó

caer desde el éter sanguinoso rocío porque había de precipitar al Hades a muchas y

valerosas almas.

56 Los troyanos pusiéronse también en orden de batalla en una eminencia de la llanura,

alrededor del gran Héctor, del eximio Polidamante, de Eneas, honrado como un dios por

el pueblo troyano, y de los tres Antenóridas: Pólibo, el divino Agenor y el joven

Acamante, que parecía un inmortal. Héctor, armado de un escudo liso, llegó con los

primeros combatientes. Cual astro funesto, que unas veces brilla en el cielo y otras se

oculta detrás de las pardas nubes; así Héctor, ya aparecía entre los delanteros, ya se

mostraba entre los últimos, siempre dando órdenes y brillando por la armadura de bronce

como el relámpago del padre Zeus, que lleva la égida.

67 Como los segadores caminan en direcciones opuestas por los surcos de un campo de

trigo o de cebada de un hombre opulento, y los manojos de espigas caen espesos, de la

misma manera, troyanos y aqueos se acometían y mataban, sin pensar en la perniciosa

fuga. Igual andaba la pelea, y como lobos se embestían. Gozábase en verlos la luctuosa

Discordia, única deidad que se hallaba entre los combatientes; pues los demás dioses

permanecían quietos en los hermosos palacios que se les había construido en los valles

del Olimpo y todos acusaban al Cronida, el dios de las sombrías nubes, porque queria

coneeder la victoria a los troyanos. Mas el padre no se cuidaba de ellos; y, sentado aparte,

ufano de su gloria, contemplaba la ciudad troyana, las naves aqueas, el brillo del bronce,

a los que mataban y a los que la muerte recibían.

84 Al amanecer y mientras iba aumentando la luz del sagrado día, los tiros alcanzaban

por igual a unos y a otros y los hombres caían. Cuando llegó la hora en que el leñador

prepara el almuerzo en la espesura del monte, porque tiene los brazos cansados de cortar

grandes árboles, siente fatiga en su corazón y el dulce deseo de la comida le ha llegado al

alma, los dánaos, exhortándose mutuamente por las filas y peleando con bravura,

rompieron las falanges teucras. Agamenón, que fue el primero en arrojarse a ellas, mató

primeramente a Biánor, pastor de hombres, y después a su compañero Oileo, hábil jinete.

Éste se había apeado del carro para sostener el encuentro, pero el Atrida le hundió en la

frente la aguzada pica, que no fue detenida por el casco del duro bronce, sino que pasó a

través del mismo y del hueso, conmovióle el cerebro y postró al guerrero cuando contra

aquél arremetía. Después de quitarles a entrambos la coraza, Agamenón, rey de hombres,

dejólos allí, con el pecho al aire, y fue a dar muerte a Iso y a Antifo, hijos bastardo y

legítimo, respectivamente, de Príamo, que iban en el mismo carro. El bastardo guiaba y el

ilustre Antifo combatía. En otro tiempo Aquiles, habiéndolos sorprendido en un bosque

del Ida, mientras apacentaban ovejas, atólos con tiernos mimbres; y luego, pagado el

rescate, los puso en libertad. Mas entonces el poderoso Agamenón Atrida le envainó a Iso

la lanza en el pecho, sobre la tetilla, y a Antifo lo hirió con la espada en la oreja y lo

derribó del carro. Y, al ir presuroso a quitarles las magníficas armaduras, los reconoció;

pues los había visto en las veleras naves cuando Aquiles, el de los pies ligeros, se los

llevó del Ida. Bien así corno un león penetra en la guarida de una ágil cierva, se echa

sobre los hijuelos y despedazándolos con los fuertes dientes les quita la tierna vida, y la

madre no puede socorrerlos, aunque esté cerca, porque le da un gran temblor, y atraviesa,

azorada y sudorosa, selvas y espesos encinares, huyendo de la acometida de la terrible

fiera; tampoco los troyanos pudieron librar a aquéllos de la muerte, porque a su vez huían

delante de los argivos.

122 Alcanzó luego el rey Agamenón a Pisandro y al intrépido Hipóloco, hijos del

aguerrido Antímaco (éste, ganado por el oro y los espléndidos regalos de Alejandro, se

oponía a que Helena fuese devuelta al rubio Menelao): ambos iban en un carro, y desde

su sitio procuraban guiar los veloces corceles, pues habían dejado caer las lustrosas

riendas y estaban aturdidos. Cuando el Atrida arremetió contra ellos, cual si fuese un

león, arrodilláronse en el carro y así le suplicaron:

131 -Haznos prisioneros, hijo de Atreo, y recibirás digno rescate. Muchas cosas de

valor tiene en su casa Antímaco: bronce, oro, hierro labrado; con ellas nuestro padre lo

pagaría inmenso rescate, si supiera que estamos vivos en las naves aqueas.

 

136 Con tan dulces palabras y llorando hablaban al rey, pero fue amarga la respuesta

que escucharon:

138 -Pues si sois hijos del aguerrido Antímaco que aconsejaba en el ágora de los

troyanos matar a Menelao y no dejarle volver a los aqueos, cuando vino a título de

embajador con el deiforme Ulises, ahora pagaréis la insolente injuria que nos infirió

vuestro padre.

143 Dijo, y derribó del carro a Pisandro: diole una lanzada en el pecho y lo tumbó de

espaldas. De un salto apeóse Hipóloco, y ya en tierra, Agamenón le cercenó con la espada

los brazos y la cabeza, que tiró, haciendola rodar como un montero, por entre las filas. El

Atrida dejó a éstos, y seguido de otros aqueos, de hermosas grebas, fuese derecho al sitio

donde más falanges, mezclándose en montón confuso, combatían. Los infantes mataban a

los infantes, que se veían obligados a huir; los que combatían desde el carro daban muerte

con el bronce a los enemigos que así peleaban, y a todos los envolvía la polvareda que en

la llanura levantaban con sus sonoras pisadas los caballos. Y el rey Agamenón iba

siempre adelante, matando troyanos y animando a los argivos. Como al estallar voraz

incendio en un boscaje, el viento hace oscilar las llamas y to propaga por todas partes, y

los arbustos ceden a la violencia del fuego y caen con sus mismas raíces, de igual manera

caían las cabezas de los troyanos puestos en fuga por Agamenón Atrida, y muchos

caballos de erguido cuello arrastraban con estrépito por el campo los carros vacíos y

echaban de menos a los eximios conductores; pero éstos, tendidos en tierra, eran ya más

gratos a los buitres que a sus propias esposas.

163 A Héctor, Zeus le sustrajo de los tiros, el polvo, la matanza, la sangre y el tumulto;

y el Atrida iba adelante, exhortando vehementemente a los dánaos. Los troyanos corrían

por la llanura, deseosos de refugiarse en la ciudad, y ya habían dejado a su espalda el

sepulcro del antiguo Ilo Dardánida y el cabrahígo; y el Atrida les seguía al alcance,

vociferando, con las invictas manos llenas de polvo y sangre. Los que primero llegaron a

las puertas Esceas y a la encina detuviéronse para aguardar a sus compañeros, los cuales

huían por la llanura como vacas aterrorizadas por un león que, presentándose en la

obscuridad de la noche, da cruel muerte a una de ellas, rompiendo su cerviz con los

fuertes dientes y tragando su sangre y sus entrañas; del mismo modo el rey Agamenón

Atrida perseguía a los troyanos, matando al que se rezagaba, y ellos huían espantados. El

Atrida, manejando la lanza con gran furia, derribó a muchos, ya de pechos, ya de

espaldas, de sus respectivos carros. Mas cuando le faltaba poco para llegar al alto muro

de la ciudad, el padre de los hombres y de los dioses bajó del cielo con el relámpago en la

mano, se sentó en una de las cumbres del Ida, abundante en manantiales, y llamó a Iris, la

de doradas alas, para que le sirviese de mensajera:

186 -¡Anda, ve, rápida Iris! Dile a Héctor estas palabras: Mientras vea que Agamenón,

pastor de hombres, se agita entre los combatientes delanteros y destroza filas de hombres,

retírese y ordene al pueblo que combata con los enemigos en la encarnizada batalla. Mas

así que aquél, herido de lanza o de flecha, suba al carro, le daré fuerzas para matar enemigos

hasta que llegue a las naves de muchos bancos, se ponga el sol y comience la

sagrada noche.

195 Así dijo; y la veloz Iris, de pies ligeros como el viento, no dejó de obedecerlo.

Descendió de los montes ideos a la sagrada Ilio, y, hallando al divino Héctor, hijo del

belicoso Príamo, de pie en el sólido carro, se detuvo a su lado, y le habló de esta manera:

200 -¡Héctor, hijo de Príamo, que en prudencia igualas a Zeus! El padre Zeus me

manda para que te diga lo siguiente: Mientras veas que Agamenón, pastor de hombres, se

agita entre los combatientes delanteros y destroza sus filas, retírate de la lucha y ordena al

pueblo que combata con los enemigos en la encarnizada batalla. Mas así que aquél, heri

do de lanza o de flecha, suba al carro, te dará fuerzas para matar enemigos hasta que

llegues a las naves de muchos bancos, se ponga el sol y comience la sagrada noche.

210 Cuando Iris, la de los pies ligeros, hubo dicho esto, se fue. Héctor saltó del carro al

suelo sin dejar las armas; y, blandiendo afiladas picas, recorrió el ejército, animóle a

luchar y promovió una terrible pelea. Los troyanos volvieron la cara a los aqueos para

embestirlos; los argivos, por su parte, cerraron las filas de las falanges; reanudóse el

combate, y Agamenón acometió el primero, porque deseaba adelantarse a todos en la

batalla.

218 Decidme ahora, Musas, que poseéis olímpicos palacios, cuál fue el primer troyano

o aliado ilustre que a Agamenón se opuso.

221 Fue Ifidamante Antenórida, valiente y alto de cuerpo, que se había criado en la

fértil Tracia, madre de ovejas. Era todavía niño cuando su abuelo materno Ciseo, padre

de Teano, la de hermosas mejillas, to acogió en su casa; y así que hubo llegado a la

gloriosa edad juvenil, lo conservó a su lado, dándole a su hija en matrimonio. Apenas

casado, Ifidamante tuvo que dejar el tálamo para ir a guerrear contra los aqueos: llegó por

mar hasta Percote, dejó allí las doce corvas naves que mandaba y se encaminó por tierra a

Ilio. Tal era quien salió al encuentro de Agamenón Atrida. Cuando ambos se hallaron

frente a frente, acometiéronse, y el Atrida erró el tiro, porque la lanza se le desvió;

Ifidamante dio con la pica un bote en la cintura de Agamenón, más abajo de la coraza, y,

aunque empujó el astil con toda la fuerza de su brazo, no logró atravesar el labrado tahalí,

pues la punta al chocar con la lámina de plata se torció como plomo. Entonces el

poderoso Agamenón asió de la pica, y tirando de ella con la furia de un león, la arrancó

de las manos de Ifidamante, a quien hirió en el cuello con la espada, dejándole sin vigor

los miembros. De este modo cayó el desventurado para dormir el sueño de bronce,

mientras auxiliaba a los troyanos, lejos de su joven y legítima esposa, cuya gratitud no

llegó a conocer después que tanto le había dado: habíale regalado cien bueyes y

prometido cien mil cabras y mil ovejas de las innumerables que sus pastores apacentaban.

El Atrida Agamenón le quitó la magnífica armadura y se la llevó, abriéndose paso por

entre los aqueos.

248 Advirtiólo Coón, varón preclaro a hijo primogénito de Anténor, y densa nube de

pesar cubrió sus ojos por la muerte del hermano. Púsose al lado de Agamenón sin que

éste to notara, diole una lanzada en medio del brazo, en el codo, y se lo atravesó con la

punta de la reluciente pica. Estremecióse el rey de hombres, Agamenón, mas no por esto

dejó de luchar ni de combatir; sino que arremetió con la impetuosa lanza a Coón, el cual

se apresuraba a retirar, asiéndolo por el pie, el cadáver de Ifidamante, su hermano de

padre, y a voces pedía auxilio a los más valientes. Mientras arrastraba el cadáver por

entre la turba, cubriéndolo con el abollonado escudo, Agamenón le envasó la broncínea

lanza; dejó sin vigor sus miembros, y le cortó la cabeza sobre el mismo Ifidamante. Y

ambos hijos de Anténor, cumpliéndose su destino, acabaron la vida a manos del rey

Atrida y descendieron a la morada de Hades.

264 Entróse luego Agamenón por las filas de otros guerreros, y combatió con la lanza,

la espada y grandes piedras mientras la sangre caliente brotaba de la herida; mas así que

ésta se secó y la sangre dejó de correr, agudos dolores debilitaron sus fuerzas. Como los

dolores agudos y acerbos que a la parturienta envían las Ilitias, hijas de Hera, las cuales

presiden los alumbramientos y disponen de los terribles dolores del parto; tales eran los

agudos dolores que debllitaron las fuerzas del Atrida. De un salto subió al carro; con el

corazón afligido mandó al auriga que le llevase a las cóncavas naves, y gritando fuerte

dijo a los dánaos:

276 -¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos! Apartad vosotros de las naves

surcadoras del ponto el funesto combate; pues a mí el próvido Zeus no me permite

combatir todo el día con los troyanos.

280 Así dijo. El auriga picó con el látigo a los caballos de hermosas crines,

dirigiéndolos a las cóncavas naves; ellos volaron gozosos, con el pecho cubierto de

espuma, y envueltos en una nube de polvo sacaron del campo de la batalla al fatigado rey.

284 Héctor, al notar que Agamenón se ausentaba, con penetrantes gritos animó a los

troyanos y a los licios:

2s6 -¡Troyanos, licios, dárdanos que cuerpo a cuerpo combatís! Sed hombres, amigos, y

mostrad vuestro impetuoso valor. El guerrero más valiente se ha ido, y Zeus Cronida me

concede una gran victoria. Pero dirigid los solípedos caballos hacia los fuertes dánaos y

la gloria que alcanzaréis será mayor.

291 Con estas palabras les excitó a todos el valor y la fuerza. Como un cazador azuza a

los perros de blancos dientes contra un montaraz jabalí o contra un león, así Héctor Priámida,

igual a Ares, funesto a los mortales, incitaba a los magnánimos troyanos contra los

aqueos. Muy alentado, abrióse paso por los combatientes delanteros, y cayó en la batalla

como tempestad que viene de to alto y alborota el violáceo ponto.

299 ¿Cuál fue el primero, cuál el último de los que entonces mató Héctor Priámida

cuando Zeus le dio gloria?

301 Aseo, el primero, y después Autónoo, Opites, Dólope Clítida, Ofeltio, Agelao,

Esimno, Oro y el bravo Hipónoo. A tales caudillos dánaos dio muerte, y además a

muchos hombres del pueblo. Como el Céfiro agita y se lleva en furioso torbellino las

nubes que el veloz Noto tenía reunidas, y gruesas olas se levantan y la espuma llega a to

alto por el soplo del errabundo viento; de esta manera caían delante de Héctor muchas

cabezas de gente del pueblo.

310 Entonces gran estrago a irreparables males se hubieran próducido, y los aqueos,

dándose a la fuga, no habrían parado hasta las naves, si Ulises no hubiese exhortado al

Tidida Diomedes:

313 -¡Tidida! ¿Por qué no mostramos nuestro impetuoso valor? Ea, ven aquí, amigo;

ponte a mi lado. Vergonzoso fuera que Héctor, el de tremolante casco, se apoderase de

las naves.

316 Respondióle el fuerte Diomedes:

317 -Yo me quedaré y resistiré, aunque será poco el provecho que logremos; pues Zeus,

que amontona las nubes, quiere conceder la victoria a los troyanos y no a nosotros.

320 Dijo, y derribó del carro a Timbreo, envasándole la pica en la tetilla izquierda;

mientras Ulises hería al escudero del mismo rey, a Molión, igual a un dios. Dejáronlos

tan pronto como los pusieron fuera de combate, y penetrando por la turba causaron

confusión y terror, como dos embravecidos jabalíes que acometen a perros de caza. Así,

habiendo vuelto a combatir, mataban a los troyanos; y en tanto los aqueos, que huían de

Héctor, pudieron respirar placenteramente.

328 Dieron también alcance a dos hombres que eran los más valientes de su pueblo y

venían en un mismo carro, a los hijos de Mérope percosio: éste conocía como nadie el

arte adivinatoria, y no quería que sus hijos fuesen a la homicida guerra; pero ellos no lo

obedecieron, impelidos por las parcas de la negra muerte. Diomedes Tidida, famoso por

su lanza, les quitó el alma y la vida y los despojó de las magníficas armaduras. Ulises

mató a Hipódamo y a Hipéroco.

336 Entonces el Cronida, que desde el Ida contemplaba la batalla, igualó el combate en

que troyanos y aqueos se mataban. El hijo de Tideo dio una lanzada en la cadera al héroe

Agástrofo Peónida, que por no tener cerca los corceles no pudo huir, y ésta fue la causa

de su desgracia: el escudero tenía el carro algo distante, y él se revolvía furioso entre los

combatientes delanteros, hasta que perdió la vida. Atisbó Héctor a Ulises y a Diomedes,

los arremetió gritando, y pronto siguieron tras él las falanges de los troyanos. Al verlo,

estremecióse el valeroso Diomedes, y dijo a Ulises, que estaba a su lado:

347 -Contra nosotros viene esa calamidad, el impetuoso Héctor. Ea, aguardémosle a pie

firme y cerremos con él.

349 Dijo; y apuntando a la cabeza de Héctor, blandió y arrojó la ingente lanza, y no le

erró, pues fue a dar en la cima del yelmo; pero el bronce rechazó al bronce, y la punta no

llegó al hermoso cutis por impedírselo el casco de tres dobleces y agujeros a guisa de

ojos, regalo de Febo Apolo. Héctor entonces retrocedió un buen trecho, y, penetrando por

la turba, cayó de rodillas, apoyó la robusta mano en el suelo y obscura noche cubrió sus

ojos. Mientras el Tidida atravesaba las primeras filas para recoger la lanza que en el suelo

se había clavado, Héctor tornó en su sentido, subió de un salto al carro, y, dirigiéndolo

por en medio de la multitud, evitó la negra muerte. Y el fuerte Diomedes, que lanza en

mano lo perseguía, exclamó:

362 -¡Otra vez te has librado de la muerte, perro! Muy cerca tuviste la perdición, pero

te salvó Febo Apolo, a quien debes de rogar cuando sales al campo antes de oír el

estruendo de los dardos. Yo acabaré contigo si más tarde to encuentro y un dios me

ayuda. Y ahora perseguiré a los demás que se me pongan al alcance.

368 Dijo; y empezó a despojar el cadáver del Peónida, famoso por su lanza. Pero

Alejandro, esposo de Helena, la de hermosa cabellera, que se apoyaba en una columna

del sepulcro de Ilo Dardánida, antiguo anciano honrado por el pueblo, armó el arco y lo

asestó al hijo de Tideo, pastor de hombres. Y mientras éste quitaba al cadáver del

valeroso Agástrofo la labrada coraza, el manejable escudo de debajo del pecho y el

pesado casco, aquél tiró del arco y disparó; y la flecha no salió inútilmente de su mano,

sino que le atravesó al héroe el empeine del pie derecho y se clavó en tierra. Alejandro

salió de su escondite, y con grande y regocijada risa se gloriaba diciendo:

380 -Herido estás; no se perdió el tiro. Ojalá que, acertándote en un ijar, lo hubiese

quitado la vida. Así los troyanos tendrían un desahogo en sus males, pues te temen como

al león las baladoras cabras.

384 Sin turbarse le respondió el fuerte Diomedes:

385 -¡Flechero, insolente, experto sólo en manejar el arco, mirón de doncellas! Si frente

a frente midieras conmigo las armas, no te valdría el arco ni las abundantes flechas.

Ahora te alabas sin motivo, pues sólo me rasguñaste el empeine del pie. Tanto me cuido

de la herida como si una mujer o un insipiente niño me la hubiese causado, que poco

duele la flecha de un hombre vil y cobarde. De otra clase es el agudo dardo que yo arrojo:

por poco que penetre deja exánime al que to recibe, y la mujer del muerto desgarra sus

mejillas, sus hijos quedan huérfanos, y el cadáver se pudre enrojeciendo con su sangre la

tierra y teniendo a su alrededor más aves de rapiña que mujeres.

396 Así dijo. Ulises, famoso por su lanza, acudió y se le puso delante. Diomedes se

sentó, arrancó del pie la aguda flecha y un dolor terrible recorrió su cuerpo. Entonces

subió al carro y con el corazón afligido mandó al auriga que lo llevase a las cóncavas

naves.

401 Ulises, famoso por su lanza, se quedó solo; ningún argivo permaneció a su lado,

porque el terror los poseía a todos. Y gimiendo, a su magnánimo espíritu así le hablaba:

404 -¡Ay de mí! ¿Qué me ocurrirá? Muy malo es huir, temiendo a la muchedumbre, y

peor aún que me cojan quedándome solo, pues a los demás dánaos el Cronión los puso en

fuga. Mas ¿por qué en tales cosas me hace pensar el corazón? Sé que los cobardes huyen

del combate, y quien descuella en la batalla debe mantenerse firme, ya sea herido, ya a

otro hiera.

411 Mientras revolvía tales pensamientos en su mente y en su corazón, llegaron las

huestes de los escudados troyanos, y, rodeándole, su propio mal entre ellos encerraron.

Como los perros y los florecientes mozos cercan y embisten a un jabalí que sale de la

espesa selva aguzando en sus corvas mandíbulas los blancos colmillos, y aunque la fiera

cruja los dientes y aparezca terrible, resisten firmemente; así los troyanos acometían

entonces por todos lados a Ulises, caro a Zeus. Mas él dio un salto y clavó la aguda pica

en un hombro del eximio Deyopites; mató luego a Toón y a Ennomo; alanceó en el

ombligo por debajo del cóncavo escudo a Quersidamante, que se apeaba del carro y cayó

en el polvo y cogió el suelo con las manos; y, dejándolos a todos, envasó la lanza a

Cárope Hipásida, hermano carnal del noble Soco. Éste, que parecía un dios, vino a

defenderlo, y, deteniéndose cerca de Ulises, hablóle de este modo:

430 -¡Célebre Ulises, varón incansable en urdir engaños y en trabajar! Hoy, o podrás

gloriarte de haber muerto y despojado de las armas a ambos Hipásidas, o perderás la vida,

herido por mi lanza.

434 Cuando esto hubo dicho, le dio un bote en el liso escudo: la fornida lanza atravesó

el luciente escudo, clavóse en la labrada coraza y levantó la piel del costado; pero Palas

Atenea no permitió que llegara a las entrañas del varón. Entendió Ulises que por el sitio

la herida no era mortal, y retrocediendo dijo a Soco estas palabras:

441 -¡Ah infortunado! Grande es la desgracia que sobre ti ha caído. Lograste que cesara

de luchar con los troyanos, pero yo te digo que la perdición y la negra muerte te

alcanzarán hoy; y, vencido por mi lanza, me darás gloria, y a Hades, el de los famosos

corceles, el alma.

446 Dijo, y como Soco se volviera para huir, clavóle la lanza en el dorso, entre los

hombros, y le atravesó el pecho. El guerrero cayó con estrépito, y el divino Ulises se

jactó de su obra:

450 -¡Oh Soco, hijo del aguerrido Hípaso, domador de caballos! Te sorprendió la

muerte antes de que pudieses evitarla. ¡Ah mísero! A ti, una vez muerto, ni el padre ni la

veneranda madre te cerrarán los ojos, sino que te desgarrarán las carnívoras aves

cubriéndote con sus tupidas alas; mientras que a mí, si muero, los divinos aqueos me

harán honras fúnebres.

456 Así diciendo, arrancó de su cuerpo y del abollonado escudo la ingente lanza que

Soco le había arrojado; brotó la sangre y afligióle el corazón. Los magnánimos troyanos,

al ver la sangre, se exhortaron mutuamente entre la turba y embistieron todos a Ulises, y

éste retrocedió, llamando a voces a sus compañeros. Tres veces gritó cuanto un varón

puede hacerlo a voz en cuello; tres veces Menelao, caro a Ares, to oyó, y al punto dijo a

Ayante, que estaba a su lado:

465 -¡Ayante Telamonio, del linaje de Zeus, príncipe de hombres! Oigo la voz del

paciente Ulises como si los troyanos, habiéndole aislado en la terrible lucha, lo estuviesen

acosando. Acudámosle, abriéndonos calle por la turba, pues lo mejor es llevarle socorro.

Temo que a pesar de su valentía le suceda alguna desgracia solo entre los troyanos, y que

después los dánaos te echen muy de menos.

47z Así diciendo, partió y siguióle Ayante, varón igual a un dios. Pronto dieron con

Ulises, caro a Zeus, a quien los troyanos acometían por todos lados como los rojizos chacales

circundan en el monte a un cornígero ciervo herido por la flecha que un hombre le

disparó con el arco -sálvase el ciervo, merced a sus pies, y huye en tanto que la sangre

está caliente y las rodillas ágiles; póstralo luego la veloz saeta, y, cuando carnívoros

chacales lo despedazan en la espesura de un monte, trae la fortuna un voraz león que,

dispersando a los chacales, devora a aquél-; así entonces muchos y robustos troyanos

arremetían al aguerrido y sagaz Ulises; y el héroe, blandiendo la pica, apartaba de sí la

cruel muerte. Pero llegó Ayante con su escudo como una torre, se puso al lado de Ulises

y los troyanos se espantaron y huyeron a la desbandada. Y el marcial Menelao, asiendo

de la mano al héroe, sacólo de la turba mientras el escudero acercaba el carro.

489 Ayante, acometiendo a los troyanos, mató a Doriclo, hijo bastardo de Príamo, a

hirió a Pándoco, Lisandro, Píraso y Pilartes. Como el hinchado torrente que acreció la

lluvia de Zeus baja rebosante por los montes a la llanura, arrastra muchos pinos y encinas

secas, y arroja al mar gran cantidad de cieno, así entonces el ilustre Ayante desordenaba y

perseguía por el campo a los enemigos y destrozaba corceles y guerreros. Héctor no lo

había advertido, porque peleaba en la izquierda de la batalla, cerca de la orilla del

Escamandro: a11í las cabezas caían en mayor número y un inmenso vocerío se dejaba oír

alrededor del gran Néstor y del marcial Idomeneo. Entre todos revolvíase Héctor, que,

haciendo arduas proezas con su lanza y su habilidad ecuestre, destruía las falanges de

jóvenes guerreros. Y los divinos aqueos no retrocedieran aún, si Alejandro, esposo de

Helena, la de hermosa cabellera, no hubiese puesto fuera de combate a Macaón, pastor de

hombres, mientras descollaba en la pelea, hiriéndolo en la espalda derecha con trifurcada

saeta. Los aqueos, aunque respiraban valor, temieron que la lucha se inclinase, y aquél

fuera muerto. Y al punto habló Idomeneo al divino Néstor:

511 -¡Oh Néstor Nelida, gloria insigne de los aqueos! Ea, sube al carro, póngase

Macaón junto a ti, y dirige presto a las naves los solípedos corceles. Pues un médico vale

por muchos hombres, por su pericia en arrancar flechas y aplicar drogas calmantes.

516 Dijo; y Néstor, caballero gerenio, no dejó de obedecerlo. Subió al carro, y tan

pronto como Macaón, hijo del eximio médico Asclepio, lo hubo seguido, picó con el

látigo a los caballos y éstos volaron de su grado hacia las cóncavas naves, pues les

gustaba volver a ellas.

521 Cebríones, que acompañaba a Héctor en el carro, notó que los troyanos eran

derrotados, y le dijo:

523 -¡Héctor! Mientras nosotros combatimos aquí con los dánaos en un extremo de la

batalla horrísona, los demás troyanos son desbaratados y se agitan en confuso tropel hombres

y caballos. Ayante Telamonio es quien los desordena; bien lo conozco por el ancho

escudo que cubre sus espaldas. Enderecemos a aquel sitio los corceles del carro, que a11í

es más empeñada la pelea, mayor la matanza de peones y de los que combaten en carros,

a inmensa la gritería que se levanta.

531 Habiendo hablado así, azotó con el sonoro látigo a los caballos de hermosas crines.

Sintieron éstos el golpe y arrastraron velozmente por entre troyanos y aqueos el veloz carro,

pisando cadáveres y escudos; el eje tenía la parte inferior cubierta de sangre y los

barandales estaban salpicados de sanguinolentas gotas que los cascos de los corceles y las

llantas de las ruedas despedían. Héctor, deseoso de penetrar y deshacer aquel grupo de

hombres, promovía gran tumulto entre los dánaos, no dejaba la lanza quieta, recorría las

filas de aquéllos y peleaba con la lanza, la espada y grandes piedras; solamente evitaba el

encuentro con Ayante Telamonio [porque Zeus se irritaba contra él cuando combatía con

un guerrero más valiente].

544 El padre Zeus, que tiene su trono en las alturas, infundió temor en Ayante y éste se

quedó atónito, se echó a la espalda el escudo formado por siete boyunos cueros, paseó su

mirada por la turba, como una fiera, y retrocedió volviéndose con frecuencia y andando a

paso lento. Como los canes y los pastores del campo ahuyentan del boíl a un tostado león,

y, vigilando toda la noche, no le dejan llegar a los pingües bueyes; y el león, ávido de

carne, acomete furioso y nada consigue, porque caen sobre él multitud de venablos

arrojados por robustas manos y encendidas teas que le dan miedo, y, cuando empieza a

clarear el día, se escapa la fiera con ánimo afligido; así Ayante se alejaba entonces de los

troyanos, contrariado y con el corazón entristecido, porque temía mucho por las naves de

los aqueos. De la suerte que un tardo asno se acerca a un campo, y venciendo la

resistencia de los niños que rompen en sus espaldas muchas varas, penetra en él y

destroza las crecidas mieses; los muchachos lo apalean; pero, como su fuerza es poca,

sólo consiguen echarlo con trabajo, después que se ha hartado de comer; de la misma

manera los animosos troyanos y sus auxiliares, reunidos en gran número, perseguían al

gran Ayante, hijo de Telamón, y le golpeaban el escudo con las lanzas. Ayante unas

veces mostraba su impetuoso valor, y revolviendo detenía las falanges de los troyanos,

domadores de caballos; otras, tornaba a huir; y, moviéndose con furia entre los troyanos y

los aqueos, conseguía que los enemigos no se encaminasen a las veleras naves. Las lanzas

que manos audaces despedían se clavaban en el gran escudo o caían en el suelo delante

del héroe, antes de llegar a su blanca piel, deseosas de saciarse de su carne.

575 Cuando Eurípilo, preclaro hijo de Evemón, vio que Ayante estaba tan abrumado

por los copiosos tiros, se colocó a su lado, arrojó la reluciente lanza y se la clavó en el hígado,

debajo del diafragma, a Apisaón Fausíada, pastor de hombres, dejándole sin vigor

las rodillas. Corrió en seguida hacia él y se puso a quitarle la armadura. Pero advirtiólo el

deiforme Alejandro, y disparando el arco contra Eurípilo logró herirlo en el muslo

derecho: la caña de la saeta se rompió, quedó colgando y apesgaba el muslo del guerrero.

Éste retrocedió al grupo de sus amigos, para evitar la muerte, y, dando grandes voces,

decía a los dánaos:

587 -¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos! Deteneos, volved la cara al

enemigo, y librad del día cruel a Ayante que está abrumado por los tiros y no creo que

escape con vida del horrísono combate. Pero deteneos afrontando a los contrarios, y

rodead al gran Ayante, hijo de Telamón.

592 Tales fueron las palabras de Eurípilo al sentirse herido, y ellos se colocaron junto a

él con los escudos sobre los hombros y las picas levantadas. Ayante, apenas se juntó con

sus compañeros, detúvose y volvió la cara a los troyanos.

596 Siguieron, pues, combatiendo con el ardor de encendido fuego; y, entre tanto, las

yeguas de Neleo, cubiertas de sudor, sacaban del combate a Néstor y a Macaón, pastor de

pueblos. Reconoció al último el divino Aquiles, el de los pies ligeros, que desde la popa

de la ingente nave contemplaba la gran derrota y deplorable fuga, y en seguida llamó,

desde la nave, a Patroclo, su compañero: oyólo éste, y, parecido a Ares, salió de la tienda.

Tal fue el origen de su desgracia. El esforzado hijo de Menecio habló el primero,

diciendo:

606 -¿Por qué me llamas, Aquiles? ¿Necesitas de mí?

607 Respondió Aquiles, el de los pies ligeros:

608 -¡Divino Menecíada, carísimo a mi corazón! Ahora espero que los aqueos vendrán

a suplicarme y se postrarán a mis plantas, porque no es llevadera la necesidad en que se

hallan. Pero ve Patroclo, caro a Zeus, y pregunta a Néstor quién es el herido que saca del

combate. Por la espalda tiene gran semejanza con Macaón el Asclepíada, pero no le vi el

rostro; pues las yeguas, deseosas de llegar cuanto antes, pasaron rápidamente por mi lado.

616 Así dijo. Patroclo obedeció al amado compañero y se fue corriendo a las tiendas y

naves aqueas.

618 Cuando aquéllos hubieron llegado a la tienda del Nelida, descendieron del carro al

almo suelo, y Eurimedonte, servidor del anciano, desunció los corceles. Néstor y Macaón

dejaron secar el sudor que mojaba sus corazas, poniéndose al soplo del viento en la orilla

del mar; y, penetrando luego en la tienda, se sentaron en sillas. Entonces les preparó una

mixtura Hecamede, la de hermosa cabellera, hija del magnánimo Arsínoo, que el anciano

se había llevado de Ténedos cuando Aquiles entró a saco en esta ciudad: los aqueos se la

adjudicaron a Néstor, que a todos superaba en el consejo. Hecamede acercó una mesa

magnífica, de pies de acero, pulimentada; y puso encima una fuente de bronce con

cebolla, manjar propio para la bebida, miel reciente y .sacra harina de flor, y una bella

copa guarnecida de áureos clavos que el anciano se había llevado de su palacio y tenía

cuatro asas -Dada una entre dos palomas de oro- y dos sustentáculos. A otro anciano le

hubiese sido difícil mover esta copa cuando después de llenarla se ponía en la mesa, pero

Néstor la levantaba sin esfuerzo. En ella la mujer, que parecía una diosa, les preparó la

bebida: echó vino de Pramnio, raspó queso de cabra con un rallo de bronce, espolvoreó la

mezcla con blanca harina y los invitó a beber así que tuvo compuesto el potaje. Ambos

bebieron, y, apagada la abrasadora sed, se entregaron al deleite de la conversación cuando

Patroclo, varón igual a un dios, apareció en la puerta. Violo el anciano; y, levantándose

del vistoso asiento, le asió de la mano, le hizo entrar y le rogó que se sentara; pero

Patroclo se excusó diciendo:

648 -No puedo sentarme, anciano alumno de Zeus; no lograrás convencerme.

Respetable y temible es quien me envía a preguntar a qué guerrero trajiste herido; pero ya

lo sé, pues estoy viendo a Macaón, pastor de hombres. Voy a llevar, como mensajero, la

noticia a Aquiles. Bien sabes tú, anciano alumno de Zeus, lo violento que es aquel

hombre y cuán pronto culparía hasta a un inocente.

655 Respondióle Néstor, caballero gerenio:

656 -¿Cómo es que Aquiles se compadece de los aqueos que han recibido heridas? ¡No

sabe en qué aflicción está sumido el ejército! Los más fuertes, heridos unos de cerca y

otros de lejos, yacen en las naves. Con arma arrojadiza fue herido el poderoso Tidida

Diomedes; con la pica, Ulises, famoso por su lanza, y Agamenón; a Eurípilo flecháronle

en el muslo, y acabo de sacar del combate a este otro, herido también por una saeta que

un arco despidió. Pero Aquiles, a pesar de su valentía, ni se cura de los dánaos ni se

apiada de ellos. ¿Aguarda acaso que las veleras naves sean devoradas por el fuego

enemigo en la orilla del mar, sin que los argivos puedan impedirlo, y que unos en pos de

otros sucumbamos todos? Ya el vigor de mis ágiles miembros no es el de antes. ¡Ojalá

fuese tan joven y mis fuerzas tan robustas como cuando en la contienda levantada entre

los eleos y nosotros por el robo de bueyes, maté a Itimoneo, al valiente Hiperóquida, que

vivía en la Elide, y tomé represalias! Itimoneo defendía sus vacas, pero cayó en tierra

entre los primeros, herido por el dardo que le arrojó mi mano, y los demás campesinos

huyeron espantados. En aquel campo logramos un espléndido botín: cincuenta vacadas,

otras tantas manadas de ovejas, otras tantas piaras de cerdos, otros tantos rebaños

copiosos de cabras y ciento cincuenta yeguas bayas, muchas de ellas con sus potros.

Aquella misma noche lo llevamos a Pilos, ciudad de Neleo, y éste se alegró en su corazón

de que me correspondiera una gran parte, a pesar de ser yo tan joven cuando fui al combate.

Al alborear, los heraldos pregonaron con voz sonora que se presentaran todos

aquéllos a quienes se les debía algo en la divina Élide, y los caudillos pilios repartieron el

botín. Con muchos de nosotros estaban en deuda los epeos, pues, como en Pilos éramos

pocos, nos ofendían; y en años anteriores había venido el fornido Heracles, que nos

maltrató y dio muerte a los principales ciudadanos. De los doce hijos del irreprensible

Neleo, tan sólo yo quedé con vida; todos los demás perecieron. Engreídos los epeos, de

broncíneas corazas, por tales hechos, nos insultaban y urdían contra nosotros inicuas

acciones.-El anciano Neleo tomó entonces un rebaño de bueyes y otro grande de cabras,

escogiendo trescientas de éstas con sus pastores, por la gran deuda que tenía que cobrar

en la divina Élide: había enviado cuatro corceles, vencedores en anteriores juegos,

uncidos a un carro, para aspirar al premio de la carrera, el cual consistía en un trípode; y

Augías, rey de hombres, se quedó con ellos y despidió al auriga, que se fue triste por lo

ocurrido. Airado por tales insultos y acciones, el anciano escogió muchas cosas y dio lo

restante al pueblo, encargando que se distribuyera y que nadie se viese privado de su

respectiva porción. Hecho el reparto, ofrecimos en la ciudad sacrificios a los dioses.- Tres

días después se presentaron muchos epeos con carros tirados por solípedos caballos y

toda la hueste reunida; y entre sus guerreros se hallaban ambos Molión, que entonces

eran niños y no habían mostrado aún su impetuoso valor. Hay una ciudad llamada

Trioesa, en la cima de un monte contiguo al Alfeo, en los confines de la arenosa Pilos: los

epeos quisieron destruirla y la sitiaron. Mas así que hubieron atravesado la llanura,

Atenea descendió presurosa del Olimpo, cual nocturna mensajera, para que tomáramos

las armas, y no halló en Pilos un pueblo indolente, pues todos sentíamos vivos deseos de

combatir. A mí Neleo no me dejaba vestir las armas y me escondió los caballos, no

teniéndome por suficientemente instruido en las cosas de la guerra. Y con todo eso,

sobresalí, siendo infante, entre los nuestros, que combatían en carros; pues fue Atenea la

que dispuso de esta suerte el combate. Hay un río nombrado Minieo, que desemboca en

el mar cerca de Arene: a11í los caudillos de los pilios aguardamos que apareciera la

divina Aurora, y en tanto afluyeron los infantes. Reunidos todos y vestida la armadura,

marchamos, llegando al mediodía a la sagrada corriente del Alfeo. Hicimos hermosos

sacrificios al prepotente Zeus, inmolamos un toro al Alfeo, otro a Posidón y una gregal

vaca a Atenea, la de ojos de lechuza; cenamos sin romper las filas, y dormimos, con la

armadura puesta, a orillas del río. Los magnánimos epeos estrechaban el cerco de la

ciudad, deseosos de destruirla; pero antes de lograrlo se les presentó una gran acción de

Ares. Cuando el resplandeciente sol apareció en to alto, trabamos la batalla, después de

orar a Zeus y a Atenea. Y en la lucha de los pilios con los epeos, fui el primero que mató

a un hombre, al belicoso Mulio, cuyos solípedos corceles me llevé. Era éste yerno de

Augías, por estar casado con la rubia Agamede, la hija mayor, que conocía cuantas

drogas produce la vasta tierra. Y, acercándome a él, le envasé la broncínea lanza, lo

derribé en el polvo, salté a su carro y me coloqué entre los combatientes delanteros. Los