venmarktec - Robinson Crusoe

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Aventuras de Robinson Crusoe

Daniel Defoe

 

Nací en 1632, en la ciudad de York, de una buena familia, aunque no de la región, pues mi padre era un

extranjero de Brema1 que, inicialmente, se asentó en Hull2. Allí consiguió hacerse con una considerable

fortuna como comerciante y, más tarde, abandonó sus negocios y se fue a vivir a York, donde se casó con

mi madre, que pertenecía a la familia Robinson, una de las buenas familias del condado de la cual obtuve

mi nombre, Robinson Kreutznaer. Mas, por la habitual alteración de las palabras que se hace en Inglaterra,

ahora nos llaman y nosotros también nos llamamos y escribimos nuestro nombre Crusoe; y así me han llamado

siempre mis compañeros.

Tenía dos hermanos mayores, uno de ellos fue coronel de un regimiento de infantería inglesa en Flandes,

que antes había estado bajo el mando del célebre coronel Lockhart, y murió en la batalla de Dunkerque3

contra los españoles.

Lo que fue de mi segundo hermano, nunca lo he sabido al igual que mi padre y mi madre tampoco

supieron lo que fue de mí.

1 Brema (Bremen): Ciudad y puerto de Alemania a orillas del río Weser en el mar del Norte.

2 Hull (Kingston-Upon-Hull): Gran puerto pesquero y comercial de Gran Bretaña, junto al estuario del

Humber.

3 Dunkerque: Ciudad y puerto de Francia en el mar del Norte donde, en 1658, el Ejército español fue

derrotado por los anglo-franceses.

Como yo era el tercer hijo de la familia y no me había educado en ningún oficio, desde muy pequeño me

pasaba la vida divagando. Mi padre, que era ya muy anciano, me había dado una buena educación, tan

buena como puede ser la educación en casa y en las escuelas rurales gratuitas, y su intención era que

estudiara leyes. Pero a mí nada me entusiasmaba tanto como el mar, y dominado por este deseo, me negaba

a acatar la voluntad, las órdenes, más bien, de mi padre y a escuchar las súplicas y ruegos de mi madre y

mis amigos. Parecía que hubiese algo de fatalidad en aquella propensión natural que me encaminaba a la

vida de sufrimientos y miserias que habría de llevar.

Mi padre, un hombre prudente y discreto, me dio sabios y excelentes consejos para disuadirme de llevar a

cabo lo que, adivinaba, era mi proyecto. Una mañana me llamó a su recámara, donde le confinaba la gota, y

me instó amorosamente, aunque con vehemencia, a abandonar esta idea. Me preguntó qué razones podía

tener, aparte de una mera vocación de vagabundo, para abandonar la casa paterna y mi país natal, donde

sería bien acogido y podría, con dedicación e industria, hacerme con una buena fortuna y vivir una vida

cómoda y placentera. Me dijo que sólo los hombres desesperados, por un lado, o extremadamente ambiciosos,

por otro, se iban al extranjero en busca de aventuras, para mejorar su estado mediante empresas

elevadas o hacerse famosos realizando obras que se salían del camino habitual; que yo estaba muy por

encima o por debajo de esas cosas; que mi estado era el estado medio, o lo que se podría llamar el nivel

más alto de los niveles bajos, que, según su propia experiencia, era el mejor estado del mundo y el más apto

para la felicidad, porque no estaba expuesto a las miserias, privaciones, trabajos ni sufrimientos del sector

más vulgar de la humanidad; ni a la vergüenza, el orgullo, el lujo, la ambición ni la envidia de los que

pertenecían al sector más alto. Me dijo que podía juzgar por mí mismo la felicidad de este estado, siquiera

por un hecho; que este era un estado que el resto de las personas envidiaba; que los reyes a menudo se

lamentaban de las consecuencias de haber nacido para grandes propósitos y deseaban haber nacido en el

medio de los dos extremos, entre los viles y los grandes; y que el sabio daba testimonio de esto, como el

justo parámetro de la verdadera felicidad, cuando rogaba no ser ni rico ni pobre4.

4 Proverbios 30:8: «No me des pobreza ni riqueza.»

Me urgió a que me fijara y me diera cuenta de que los estados superiores e inferiores de la humanidad

siempre sufrían calamidades en la vida, mientras que el estado medio padecía menos desastres y estaba

menos expuesto a las vicisitudes que los estados más altos y los más bajos; que no padecía tantos

desórdenes y desazones del cuerpo y el alma, como los que, por un lado, llevaban una vida llena de vicios,

lujos y extravagancias, o los que, por el otro, sufrían por el trabajo excesivo, la necesidad y la falta o

insuficiencia de alimentos y, luego, se enfermaban por las consecuencias naturales del tipo de vida que

llevaban; que el estado medio de la vida proveía todo tipo de virtudes y deleites; que la paz y la plenitud

estaban al servicio de una fortuna media; que la templanza, la moderación, la calma, la salud, el sosiego, todas

las diversiones agradables y todos los placeres deseables eran las bendiciones que aguardaban a la vida

en el estado medio; que, de este modo, los hombres pasaban tranquila y silenciosamente por el mundo y

partían cómodamente de él, sin avergonzarse de la labor realizada por sus manos o su mente, ni venderse

como esclavos por el pan de cada día, ni padecer el agobio de las circunstancias adversas que le roban la

paz al alma y el descanso al cuerpo; que no sufren por la envidia ni la secreta quemazón de la ambición por

las grandes cosas, más bien, en circunstancias agradables, pasan suavemente por el mundo, saboreando a

conciencia las dulzuras de la vida, y no sus amarguras, sintiéndose felices y dándose cuenta, por las

experiencias de cada día, de que realmente lo son.

Después de esto, me rogó encarecidamente y del modo más afectuoso posible, que no actuara como un

niño, que no me precipitara a las miserias de las que la na turaleza y el estado en el que había nacido me

eximían. Me dijo que no tenía ninguna necesidad de buscarme el pan; que él sería bueno conmigo y me

ayudaría cuanto pudiese a entrar felizmente en el estado de la vida que me había estado aconsejando; y que

si no me sentía feliz y cómodo en el mundo, debía ser simplemente por mi destino o por mi culpa; y que él

no se hacía responsable de nada porque había cumplido con su deber, advirtiéndome sobre unas acciones

que, él sabía, podían perjudicarme. En pocas palabras, que así como sería bueno conmigo si me quedaba y

me asentaba en casa como él decía, en modo alguno se haría partícipe de mis desgracias, animándome a

que me fuera. Para finalizar, me dijo que tomara el ejemplo de mi hermano mayor, con quien había empleado

inútilmente los mismos argumentos para disuadirlo de que fuera a la guerra en los Países Bajos, quien

no pudo controlar sus deseos de juventud y se alistó en el ejército, donde murió; que aunque no dejaría de

orar por mí, se atrevía a decirme que si no desistía de dar un paso tan absurdo, no tendría la bendición de

Dios; y que en el futuro, tendría tiempo para pensar que no había seguido su consejo cuando tal vez ya no

hubiera nadie que me pudiese ayudar.

Me di cuenta, en esta última parte de su discurso, que fue verdaderamente profético, aunque supongo que

mi padre no lo sabía en ese momento; decía que pude ver que por el rostro de mi padre bajaban abundantes

lágrimas, en especial, cuando hablaba de mi hermano muerto; y cuando me dijo que ya tendría tiempo para

arrepentirme y que no habría nadie que pudiese ayudarme, estaba tan conmovido que se le quebró la voz y

tenía el corazón tan oprimido, que ya no pudo decir nada más.

Me sentí sinceramente emocionado por su discurso, ¿y quién no?, y decidí no pensar más en viajar sino

en establecerme en casa, conforme con los deseos de mi padre. Mas, ¡ay!, a los pocos días cambié de

opinión y, para evitar que mi padre me siguiera importunando, unas semanas después, decidí huir de casa.

Sin embargo, no actué precipitadamente, ni me dejé llevar por la urgencia de un primer impulso. Un día,

me pareció que mi madre se sentía mejor que de ordinario y, llamándola aparte, le dije que era tan grande

mi afán por ver el mundo, que nunca podría emprender otra actividad con la determinación necesaria para

llevarla a cabo; que mejor era que mi padre me diera su consentimiento a que me forzara a irme sin él; que

tenía dieciocho años, por lo que ya era muy mayor para empezar como aprendiz de un oficio o como

ayudante de un abogado; y que estaba seguro de que si lo hacía, nunca lo terminaría y, en poco tiempo,

huiría de mi maestro para irme al mar. Le pedí que hablara con mi padre y le persuadiera de dejarme hacer

tan solo un viaje por mar. Si regresaba a casa porque no me gustaba, jamás volvería a marcharme y me

aplicaría doblemente para recuperar el tiempo perdido.

Estas palabras enfurecieron a mi madre. Me dijo que no tenía ningún sentido hablar con mi padre sobre

ese asunto pues él sabía muy bien cuál era mi interés en que diera su consentimiento para algo que podía

perjudicarme tanto; que ella se preguntaba cómo podía pensar algo así después de la conversación que

había tenido con mi padre y de las expresiones de afecto y ternura que había utilizado conmigo; en pocas

palabras, que si yo quería arruinar mi vida, ellos no tendrían forma de evitarlo pero que tuviera por cierto

que nunca tendría su consentimiento para hacerlo; y que, por su parte, no quería hacerse partícipe de mi

destrucción para que nunca pudiese decirse que mi madre había accedido a algo a lo que mi padre se había

opuesto.

Aunque mi madre se negó a decírselo a mi padre, supe después que se lo había contado todo y que mi

padre, muy acongojado, le dijo suspirando:

-Ese chico sería feliz si se quedara en casa, pero si se marcha, será el más miserable y desgraciado de los

hombres. No puedo darle mi consentimiento para esto.

En menos de un año me di a la fuga. Durante todo ese tiempo me mantuve obstinadamente sordo a

cualquier proposición encaminada a que me asentara. A menudo discu tía con mi padre y mi madre sobre

su rígida determinación en contra de mis deseos. Mas, cierto día, estando en Hull, a donde había ido por

casualidad y sin ninguna intención de fugarme; estando allí, como digo, uno de mis amigos, que se

embarcaba rumbo a Londres en el barco de su padre, me invitó a acompañarlos, con el cebo del que

ordinariamente se sirven los marineros, es decir, diciéndome que no me costaría nada el pasaje. No volví a

consultarle a mi padre ni a mi madre, ni siquiera les envié recado de mi decisión. Más bien, dejé que se

enteraran como pudiesen y sin encomendarme a Dios o a mi padre, ni considerar las circunstancias o las

consecuencias, me embarqué el primer día de septiembre de 1651, día funesto, ¡Dios lo sabe!, en un barco

con destino a Londres. Creo que nunca ha existido un joven aventurero cuyos infortunios empezasen tan

pronto y durasen tanto tiempo como los míos. Apenas la embarcación había salido del puerto, se levantó un

fuerte vendaval y el mar comenzó a agitarse con una violencia aterradora. Como nunca antes había estado

en el mar, empecé a sentir un malestar en el cuerpo y un terror en el alma muy difíciles de expresar.

Comencé entonces a pensar seriamente en lo que había hecho y en que estaba siendo justamente castigado

por el Cielo por abandonar la casa de mi padre y mis obligaciones. De repente recordé todos los buenos

consejos de mis padres, las lágrimas de mi padre y las súplicas de mi madre. Mi corazón, que aún no se

había endurecido, me reprochaba por haber desobedecido a sus advertencias y haber olvidado mi deber

hacia Dios y hacia mi padre.

Mientras tanto, la tormenta arreciaba y el mar, en el que no había estado nunca antes, se encrespó

muchísimo, aunque nada comparado con lo que he visto otras veces desde entonces; no, ni con lo que vi

pocos días después. Sin embargo, era suficiente para asustarme, pues entonces apenas era un joven

navegante que jamás había-visto algo así. A cada ola, esperaba que el mar nos tragara y cada vez que el

barco caía en lo que a mí me parecía el fondo del mar, pensaba que no volvería a salir a flote. En esta

agonía física y mental, hice muchas promesas y resoluciones. Si Dios quería salvarme la vida en este viaje,

si volvía a pisar tierra firme, me iría directamente a casa de mi padre y no volvería a montarme en un barco

mientras viviese; seguiría sus consejos y no volvería a verme sumido en la miseria. Ahora veía claramente

la bondad de sus argumentos a favor del estado medio de la vida y lo fácil y confortablemente que había

vivido sus días, sin exponerse a tempestades en el mar ni a problemas en la tierra. Decidí que, como un

verdadero hijo pródigo arrepentido, iría a la casa de mi padre.

Estos pensamientos sabios y prudentes me acompañaron lo que duró la tormenta, incluso, un tiempo

después. No obstante, al día siguiente, el viento menguó, el mar se calmó y yo comenzaba a acostumbrarme

al barco. Estuve bastante circunspecto todo el día porque aún me sentía un poco mareado, pero hacia el

atardecer, el tiempo se despejó, el viento amainó y siguió una tarde encantadora. Al ponerse el sol, el cielo

estaba completamente despejado y así siguió hasta el amanecer. No había viento, o casi nada y el sol se

reflejaba luminoso sobre la tranquila superficie del mar. En estas condiciones, disfruté del espectáculo más

deleitoso que jamás hubiera visto.

Había dormido bien toda la noche y ya no estaba mareado sino más bien animado, contemplando con

asombro el mar, que había estado tan agitado y terrible el día anterior, y que, en tan poco tiempo se había

tornado apacible y placentero. Entonces, como para evitar que prosiguiera en mis buenos propósitos, el

compañero que me había incitado a partir, se me acercó y me dijo:

-Bueno, Bob -dijo dándome una palmada en el hombro-, ¿cómo te sientes después de esto? Estoy seguro

de que anoche, cuando apenas soplaba una ráfaga de viento, estabas asustado, ¿no es cierto?

-¿Llamarías a eso una ráfaga de viento? -dije yo-, aquello fue una tormenta terrible.

-¿Una tormenta, tonto? -me contestó-, ¿llamas a eso una tormenta? Pero si no fue nada; teniendo un buen

barco y estando en mar abierto, no nos preocupamos por una borrasca como esa. Lo que pasa es que no eres

más que un marinero de agua dulce, Bob. Ven, vamos a preparar una jarra de ponche y olvidémoslo todo.

¿No ves qué tiempo maravilloso hace ahora?

Para abreviar esta penosa parte de mi relato, diré que hicimos lo que habitualmente hacen los marineros.

Preparamos el ponche y me emborraché y, en esa noche de borra chera, ahogué todo mi remordimiento,

mis reflexiones sobre mi conducta pasada y mis resoluciones para el futuro. En pocas palabras, a medida

que el mar se calmaba después de la tormenta, mis atropellados pensamientos de la noche anterior

comenzaron a desaparecer y fui perdiendo el temor a ser tragado por el mar. Entonces, retornaron mis antiguos

deseos y me olvidé por completo de las promesas que había hecho en mi desesperación. Aún tuve

algunos momentos de reflexión en los que procuraba recobrar la sensatez pero, me sacudía como si de una

enfermedad se tratase. Dedicándome de lleno a la bebida y a la compañía, logré vencer esos ataques, como

los llamaba entonces y en cinco o seis días logré una victoria total sobre mi conciencia, como lo habría

deseado cualquier joven que hubiera decidido no dejarse abatir por ella. Pero aún me faltaba superar otra

prueba y la Providencia, como suele hacer en estos casos, decidió dejarme sin la menor excusa. Si no había

tomado lo sucedido como una advertencia, lo que vino después, fue de tal magnitud, que hasta el más

implacable y empedernido miserable, habría advertido el peligro y habría implorado misericordia.

Al sexto día de navegación, llegamos a las radas de Yarmouth5. Como el viento había estado contrario y

el tiempo tan calmado, habíamos avanzado muy poco después de la tormenta. Allí tuvimos que anclar y allí

permanecimos, mientras el viento seguía soplando contrario, es decir, del sudoeste, a lo largo de siete u

ocho días, durante los cuales, muchos barcos de Newcastle llegaron a las mismas radas, que eran una bahía

en la que los barcos, habitualmente, esperaban a que el viento soplara favorablemente para pasar el río.

5 Yarmouth (Great Yarmouth): Ciudad y puerto de Inglaterra.

Sin embargo, nuestra intención no era permanecer allí tanto tiempo, sino remontar el río. Pero el viento

comenzó a soplar fuertemente y, al cabo de cuatro o cinco días, conti nuó haciéndolo con mayor intensidad.

No obstante, las radas se consideraban un lugar tan seguro como los puertos, estábamos bien anclados y

nuestros aparejos eran resistentes, por lo que nuestros hombres no se preocupaban ni sentían el más mínimo

temor; más bien, se pasaban el día descansando y divirtiéndose del modo en que lo hacen los marineros. En

la mañana del octavo día, el viento aumentó y todos pusimos manos a la obra para nivelar el mástil y

aparejar todo para que el barco resistiera lo mejor posible. Al mediodía, el mar se levantó tanto, que el

castillo de proa se sumergió varias veces y en una o dos ocasiones pensamos que se nos había soltado el

ancla, por lo que el capitán ordenó que echáramos la de emergencia para sostener la nave con dos anclas a

proa y los cables estirados al máximo.

Se desató una terrible tempestad y, entonces, empecé a vislumbrar el terror y el asombro en los rostros de

los marineros. El capitán, aunque estaba al tanto de las manio bras para salvar el barco, mientras entraba y

salía de su camarote, que estaba junto al mío, murmuraba para sí: «Señor, ten piedad de nosotros, es el fin,

estamos perdidos», y cosas por el estilo. Durante estos primeros momentos de apuro, me comporté

estúpidamente, paralizado en mi cabina, que estaba en la proa; no soy capaz de describir cómo me sentía.

Apenas podía volver a asumir el primer remordimiento, del que, aparentemente, había logrado liberarme y

contra el que me había empecinado. Pensé que había superado el temor a la muerte y que esto no sería

nada, como la primera vez, mas cuando el capitán se me acercó, como acabo de decir, y dijo que estábamos

perdidos, me sentí aterrorizado. Me levanté, salí de mi camarote y miré a mi alrededor; nunca había visto

un espectáculo tan desolador. Las olas se elevaban como montañas y nos abatían cada tres o cuatro

minutos; lo único que podía ver a mi alrededor era desolación. Dos barcos que estaban cerca del nuestro

habían tenido que cortar sus mástiles a la altura del puente, para no hundirse por el peso, y nuestros

hombres gritaban que un barco, que estaba fondeado a una milla6 de nosotros, se había hundido. Otros dos

barcos que se habían zafado de sus anclas eran peligrosamente arrastrados hacia el mar sin siquiera un

mástil. Los barcos livianos resistían mejor porque no sufrían tanto los embates del mar pero dos o tres de

ellos se fueron a la deriva y pasaron cerca de nosotros, con solo el foque7 al viento.

Hacia la tarde, el piloto y el contramaestre le pidieron al capitán de nuestro barco que les permitiera

cortar el palo del trinquete8, a lo que el capitán se negó. Mas cuando el contramaestre protestó diciendo que

si no lo hacían, el barco se hundiría, accedió. Cuando cortaron el palo, el mástil se quedó tan al descubierto

y desestabilizó la nave de tal modo, que se vieron obligados a cortarlo también y dejar la cubierta

totalmente arrasada.

6 Milla: Medida itineraria que se utiliza en el mar y en la tierra. Una milla terrestre equivale a 1.609,34

metros. Una milla marítima, también llamada nudo, equivale a 1.851,66 metros.

7 Foque: Nombre común que se les da todas las velas triangulares que se orientan y amuran sobre el

bauprés.

8 Palo de trinquete: Palo más próximo a la proa. También se llama trinquete a la vela que va en ese palo.

Cualquiera podría imaginarse cómo me sentía en este momento, pues no era más que un aprendiz de

marinero, que tan solo unos días antes se había aterrorizado ante muy poca cosa. Pero si me es posible

expresar, al cabo de tanto tiempo, lo que pensaba entonces, diré que estaba diez veces más asustado por

haber abandonado mis resoluciones y haber retomado mis antiguas convicciones, que por el peligro de

muerte ante el que me encontraba. Todo esto, sumado al terror de la tempestad, me puso en un estado de

ánimo, que no podría describir con palabras. Pero aún no había ocurrido lo peor, pues la tempestad se

ensañaba con tal furia que los propios marineros admitían que nunca habían visto una peor. Teníamos un

buen barco pero llevábamos demasiado peso y esto lo hacía bambolearse tanto, que los marineros, a cada

rato, gritaban que se iría a pique. Esto obraba a mi favor porque no sabía lo que quería decir «irse a pique»

hasta que lo pregunté. La tempestad arreciaba tanto que pude ver algo que no se ve muy a menudo: el

capitán, el contramaestre y algunos otros más sensatos que los demás, se pusieron a rezar, esperando que,

de un momento a otro, el barco se hundiera. A medianoche, y para colmo de nuestras desgracias, uno de los

hombres que había bajado a ver la situación, gritó que teníamos una grieta y otro dijo que teníamos cuatro

pies9 de agua en la bodega. Entonces nos llamaron a todos para poner en marcha la bomba. Al oír esta palabra,

pensé que me moría y caí de espaldas sobre uno de los costados de mi cama, donde estaba sentado.

Sin embargo, los hombres me levantaron y me dijeron que, ya que no había hecho nada antes, que muy

bien podía ayudar con la bomba como cualquiera de ellos. Al oír esto, me levanté rápidamente, me dirigí a

la bomba y me puse a trabajar con todas las fuerzas de mi corazón. Mientras tanto, el capitán había divisado

unos pequeños barcos carboneros que no podían resistir la tormenta anclados y tuvieron que lanzarse al mar

abierto. Cuando pasaron cerca de nosotros, ordenó disparar un cañonazo para pedir socorro. Yo, que no

tenía idea de lo que eso significaba, me sorprendí tanto que pensé que el barco se había quebrado o que

algo espantoso había ocurrido. En pocas palabras, me sorprendió tanto que me desmayé. En ese momento,

cada cual velaba por su propia vida, de modo que nadie se preocupó por mí o por lo que pudiera pasarme.

Un hombre se acercó a la bomba y apartándome con el pie, me dejó allí tendido, pensando que había

muerto; y pasó un buen rato antes de que recuperara el sentido.

9 Pie: Medida de longitud que equivale a 30,48 centímetros.

Seguimos trabajando pero el agua no cesaba de entrar en la bodega y era evidente que el barco se

hundiría. Aunque la fuerza de la tormenta comenzó a disminuir un poco, no era posible que el barco

pudiera llegar a puerto, por lo que el capitán siguió disparando cañonazos en señal de auxilio. Un barco

pequeño, que se había soltado justo delante de nosotros, envió un bote para rescatarnos. Con gran

dificultad, el bote se aproximó a nosotros pero no podía mantenerse cerca del barco ni nosotros subir a

bordo. Por fin, los hombres que iban en el bote comenzaron a remar con todas sus fuerza, arriesgando su

vida para salvarnos, y nuestros hombres les lanzaron un cable con una boya por popa. Después de muchas

dificultades, pudieron asirlo y así los acercamos hasta la popa y conseguimos subir a bordo. Ni ellos ni

nosotros le vimos ningún sentido a tratar de llegar hasta su nave así que acordamos dejarnos llevar por la

corriente, limitándonos a enderezar el bote hacia la costa lo más que pudiéramos. Nuestro capitán les

prometió que, si el bote se destrozaba al llegar a la orilla, él se haría cargo de indemnizar a su capitán. Así,

pues, con la ayuda de los remos y la corriente, nuestro bote fue avanzando hacia el norte, en dirección

oblicua a la costa, hasta Winterton Ness.10

10 Winterton Ness: Cabo del mar del Norte, a dos kilómetros de Winterton, en el condado de Norfoik.

No había transcurrido mucho más de un cuarto de hora desde que abandonáramos nuestro barco, cuando

lo vimos hundirse. Entonces comprendí, por primera vez, lo que significa «irse a pique». Debo reconocer

que no pude levantar la vista cuando los marineros me dijeron que se estaba hundiendo. Desde el momento

en que me subieron en el bote, porque no puedo decir que yo lo hiciera, sentía que mi corazón estaba como

muerto dentro de mí, en parte por el miedo y en parte por el horror de lo que según pensaba aún me

aguardaba.

Mientras estábamos así, los hombres seguían remando para acercar el bote a la costa y podíamos ver,

cuando subíamos a la cresta de una ola, que había un montón de gente en la orilla, corriendo de un lado a

otro para socorrernos cuando llegáramos. Pero nos movíamos muy lentamente y no nos acercamos a la

orilla hasta pasado el faro de Winterton, donde la costa hace una entrada hacia el oeste en dirección a

Cromer. Allí, la tierra nos protegía del viento y pudimos llegar a la orilla. Con mucha dificultad, desembarcamos

a salvo y, después, fuimos andando hasta Yarmouth, donde, como a hombres desafortunados que

éramos, nos trataron con gran humanidad; desde los magistrados del pueblo, que nos proveyeron buen

alojamiento, hasta los comerciantes y dueños de barcos, que nos dieron suficiente dinero para llegar a

Londres o Hull, según lo deseáramos.

Si hubiese tenido la sensatez de regresar a Hull y volver a casa, habría sido feliz y mi padre, como

emblema de la parábola de nuestro bendito Redentor, habría matado su ter nero más cebado en mi honor,

pues pasó mucho tiempo desde que se enteró de que el barco en el que me había escapado se había hundido

en la rada de Yarmouth, hasta que supo que no me había ahogado.

Sin embargo, mi cruel destino me empujaba con una obstinación que no cedía ante nada. Aunque muchas

veces sentí los llamados de la razón y el buen juicio para que re gresara a casa, no tuve la fuerza de

voluntad para hacerlo. No sé cómo definir esto, ni me atrevo a decir que se trata de una secreta e inapelable

sentencia que nos empuja a obrar como instrumentos de nuestra propia destrucción y abalanzarnos hacia

ella con los ojos abiertos, aunque la tengamos de frente. Ciertamente, solo una desgracia semejante, insoslayable

por decreto y de la que en modo alguno podía escapar, pudo haberme obligado a seguir adelante,

en contra de los serenos razonamientos y avisos de mi conciencia y de las dos advertencias que había

recibido en mi primera experiencia.

Mi compañero, que antes me había ayudado a fortalecer mi decisión y que era hijo del capitán, estaba

menos decidido que yo. La primera vez que me habló, que no fue has ta pasados tres o cuatro días de

nuestro desembarco en Yarmouth, puesto que en el pueblo nos separaron en distintos alojamientos; como

decía, la primera vez que me vio, me pareció notar un cambio en su tono. Con un aspecto melancólico y un

movimiento de cabeza me preguntó cómo estaba, le dijo a su padre quién era yo y le explicó que había

hecho este viaje a modo de prueba para luego embarcarme en un viaje más largo. Su padre se volvió hacia

mí con un gesto de preocupación:

-Muchacho -me dijo-, no debes volver a embarcarte nunca más. Debes tomar esto como una señal clara e

irrefutable de que no podrás ser marinero.

-Pero señor -le dije-, ¿acaso no pensáis volver al mar?

-Mi caso es diferente -dijo él-, esta es mi vocación y, por lo tanto, mi deber. Mas, si tú has hecho este

viaje como prueba, habrás visto que el cielo te ha dado muestras suficientes de lo que te espera si insistes.

Tal vez esto nos haya pasado por tu culpa, como pasó con Jonás en el barco que lo llevaba a Tarsis11. Pero

dime, por favor, ¿quién eres y por qué te has embarcado?

11 Se refiere al libro de Jonás 1, 1-16. En este episodio, Dios le ordenó a Jonás que fuera a Nínive para

anunciar su destrucción. Desobedeciendo el mandato de Dios, Jonás se embarcó para Tarsis y se levantó

una terrible tempestad que solo cesó cuando arrojó a Jonás al agua.

Entonces, le relaté parte de mi historia, al final de la cual, estalló en un extraño ataque de cólera y dijo:

-¿Qué habré hecho yo para que semejante infeliz se montara en mi barco? No pondría un pie en el mismo

barco que tú otra vez ni por mil libras esterlinas.

Esto fue, como pensaba, una explosión de sus emociones, aún alteradas por la sensación de pérdida, que

había rebasado los límites de su autoridad hacia mí. Sin embargo, lue go habló serenamente conmigo, me

exhortó a que regresara junto a mi padre y no volviera a desafiar a la Providencia, ya que podía ver

claramente que la mano del cielo había caído sobre mí.

-Y, muchacho dijo-, ten en cuenta lo que te estoy diciendo. Si no regresas, a donde quiera que vayas solo

encontrarás desastres y decepciones hasta que se hayan cumplido cabalmente las palabras de tu padre.

Poco después nos separamos sin que yo pudiese contestarle gran cosa y no volví a verlo; hacia dónde fue,

no lo sé. Por mi parte, con un poco de dinero en el bolsillo, viajé a Londres por tierra y allí, lo mismo que

en el transcurso del viaje, me debatí sobre el rumbo que debía tomar mi vida: si debía regresar a casa o al

mar.

Respecto a volver a casa, la vergüenza me hacía rechazar mis buenos impulsos e inmediatamente pensé

que mis vecinos se reirían de mí y que me daría vergüenza presen tarme, no solo ante mis padres, sino ante

el resto del mundo. En este sentido, y desde entonces, he observado lo incongruentes e irracionales que son

los seres humanos, especialmente los jóvenes, frente a la razón que debe guiarlos en estos casos; es decir,

que no se avergüenzan de pecar sino de arrepentirse de su pecado; que no se avergüenzan de hacer cosas

por las que, legítimamente, serían tomados por tontos, sino de retractarse, por lo que serían tomados por

sabios.

En este estado permanecí un tiempo, sin saber qué medidas tomar ni por dónde encaminar mi vida. Aún

me sentía renuente a volver a casa y, a medida que demoraba mi decisión, se iba disipando el recuerdo de

mis desgracias, lo cual, a su vez, hacía disminuir aún más mis débiles intenciones de regresar a casa.

Finalmente, me olvidé de ello y me dispuse a buscar la forma de viajar.

La nefasta influencia que, en el principio, me había alejado de la casa de mi padre; que me había

conducido a seguir la descabellada y absurda idea de hacer fortuna y me había imbuido con tal fuerza dicha

presunción que me hizo sordo a todos los sabios consejos, a los ruegos y hasta las órdenes de mi padre;

digo, que, esa misma influencia, cualquiera que fuera, me impulsó a realizar la más desafortunada de las

empresas. De este modo, me embarqué en un buque rumbo a la costa de África o, como dicen vulgarmente

los marineros, emprendí un viaje a Guinea.

Para mi desgracia, en ninguna de estas aventuras me embarqué como marinero. Es verdad que, de ese

modo, habría tenido que trabajar un poco más de lo ordinario, pero, al mismo tiempo, habría aprendido los

deberes y el oficio de contramaestre y con el tiempo me habría capacitado para ejercer de piloto y oficial, si

no de capitán. Sin embargo, como mi destino era siempre elegir lo peor, lo mismo hice en este caso, pues,

bien vestido y con dinero en el bolsillo, subía siempre a bordo como un señor. Nunca realicé ninguna tarea

en el barco ni aprendí a hacer nada.

Al poco tiempo de mi llegada a Londres, tuve la fortuna de encontrar muy buena compañía, cosa que no

siempre les ocurre a jóvenes tan negligentes y desencaminados como lo era yo entonces, pues el diablo no

pierde la oportunidad de tenderles sus trampas muy pronto. Mas, no fue esa mi suerte. En primer lugar,

conocí al capitán de un barco que había estado en la costa de Guinea y, como había tenido mucho éxito allí,

estaba resuelto a volver. Este hombre, escuchó gustosamente mi conversación, que en aquel momento no

era nada desagradable, y cuando me oyó decir que tenía la intención de ver el mundo, me dijo que si quería

irme con él, no me costaría un centavo; que sería su compañero de mesa y de viaje y que, si quería llevarme

alguna cosa conmigo, le sacaría todo el provecho que el comercio proporcionaba y, tal vez, encontraría un

poco de estímulo.

Acepté su oferta y entablé una estrecha amistad con este capitán, que era un hombre franco y honesto.

Emprendí el viaje con él y me llevé, una pequeña cantidad de mercan cía que, gracias a la desinteresada

honestidad de mi amigo el capitán, pude acrecentar considerablemente. Llevaba como cuarenta libras de

bagatelas y fruslerías que el capitán me había indicado. Reuní las cuarenta libras con la ayuda de los

parientes con los que mantenía correspondencia, y quienes, seguramente, convencieron a mi padre, o al

menos a mi madre, de que contribuyeran con algo para mi primer viaje.

Esta expedición fue, de todas mis aventuras, la única afortunada. Esto se lo debo a la integridad y

honestidad de mi amigo el capitán, de quien también obtuve un conoci miento digno de las matemáticas y

de las reglas de navegación, aprendí a llevar una bitácora de viaje y a fijar la posición del barco. En pocas

palabras, me transmitió conocimientos imprescindibles para un marinero, que él se deleitaba enseñándome

y yo, aprendiendo. Así fue como en este viaje me hice marinero y comerciante, ya que obtuve cinco libras12

y nueve onzas13 de oro en polvo a cambio de mis chucherías, que, al llegar a Londres, me produjeron una

ganancia de casi trescientas libras esterlinas. Esto me llenó la cabeza de todos los pensamientos ambiciosos

que desde entonces me llevaron a la ruina.

12 Libra: Medida de peso que equivale a 453,44 gramos.

13 Onza: Medida de peso que equivale a la dieciseisava parte de una libra y equivale a 28,34 gramos.

Con todo, en este viaje también pasé muchos apuros. Estuve enfermo continuamente, con violentas

calenturas, a causa del clima, excesivamente caluroso, pues la mayor parte de nuestro tráfico se llevaba a

cabo en la costa, que estaba a quince grados de latitud norte hasta la misma línea del ecuador.

A estas alturas, podía considerarme un experto en el comercio con Guinea. Para mi desgracia, mi amigo

murió al poco tiempo de nuestro regreso. No obstante, decidí ha cer el mismo viaje otra vez y me embarqué

en el mismo navío, con uno que había sido oficial en el primer viaje y ahora había pasado a ser capitán.

Este viaje fue el más desdichado que hombre alguno pudiera hacer en su vida, pese a que llevé menos de

cien libras esterlinas de mi recién adquirida fortuna, dejando las otras doscientas libras al cuidado de la

viuda de mi amigo, que era muy buena conmigo. En este viaje padecí terribles desgracias y esta fue la

primera: mientras nuestro barco avanzaba hacia las Islas Canarias, o más bien entre estas islas y la costa

africana, fuimos sorprendidos, en la penumbra del alba, por un corsario turco de Salé14, que nos persiguió a

toda vela. Nosotros también nos apresuramos a desplegar todo el velamen del que disponíamos o el que

podían sostener nuestros mástiles, a fin de escapar. Mas, viendo que el pirata se nos acercaba y que nos

alcanzaría en cuestión de pocas horas, nos pertrechamos para el combate; para esto, nuestro barco contaba

con doce cañones, mientras que el del pirata tenía dieciocho. A eso de las tres de la tarde nos alcanzaron,

pero por un error de maniobra, se aproximó transversalmente a la borda de nuestro barco, en vez de hacerlo

por popa, como era su intención. Nosotros llevamos ocho de nuestros cañones a ese lado y le disparamos

una descarga que le hizo virar nuevamente, después de responder a nuestro fuego con la nutrida fusilería de

los casi doscientos hombres que llevaba a bordo. No obstante, ninguno de nuestros hombres resultó herido,

ya que estaban todos muy bien protegidos. Se prepararon para volver a atacar y nosotros, para defendernos,

pero esta vez, por el otro lado, subieron sesenta hombres a la cubierta de nuestro barco e, inmediatamente,

se pusieron a cortar y romper los puentes y el aparejo. Les respondimos con fuego de fusilería, picas de

abordaje, granadas y otras armas y logramos despejar la cubierta dos veces. Para acortar esta melancólica

parte de nuestro relato, diré que, con nuestro barco maltrecho, tres hombres muertos y ocho heridos,

tuvimos que rendirnos y fuimos llevados como prisioneros a Salé, un puerto que pertenecía a los moros.

14 Salé: Ciudad y puerto de Marruecos en la costa del Atlántico, frente a Rabat. Desde la Edad Media y,

en especial, en el siglo xvii, fue un conocido centro de piratería.

El trato que allí recibí no fue tan terrible como temía al principio, pues, no me llevaron al interior del país

a la corte del emperador, como le ocurrió al resto de nuestros hom bres. El capitán de los corsarios decidió

retenerme como parte de su botín y, puesto que era joven y listo, y podía serle útil para sus negocios, me

hizo su esclavo. Ante este inesperado cambio de circunstancias, por el que había pasado de ser un experto

comerciante a un miserable esclavo, me sentía profundamente consternado. Entonces, recordé las proféticas

palabras de mi padre, cuando me advertía que sería un desgraciado y no hallaría a nadie que pudiera

ayudarme. Me parecía que estas palabras no podían haberse cumplido más al pie de la letra y que la mano

del cielo había caído sobre mí; me hallaba perdido y sin salvación. Mas, ¡ay!, esto era solo una muestra de

las desgracias que me aguardaban, como se verá en lo que sigue de esta historia.

Como mi nuevo patrón, o señor, me había llevado a su casa, tenía la esperanza de que me llevara consigo

cuando volviese al mar. Estaba convencido de que, tarde o tempra no, su destino sería caer prisionero de la

armada española o portuguesa y, de ese modo, yo recobraría mi libertad. Pero muy pronto se desvanecieron

mis esperanzas, porque, cuando partió hacia el mar, me dejó en tierra a cargo de su jardincillo y de las

tareas domésticas que suelen desempeñar los esclavos, y cuando regresó de su viaje, me ordenó permanecer

a bordo del barco para custodiarlo.

En aquel tiempo, no pensaba en otra cosa que en fugarme y en la mejor forma de hacerlo, pero no

lograba hallar ningún método que fuera mínimamente viable. No había ningún indicio racional de que

pudiera llevar a cabo mis planes, pues, no tenía a nadie a quien comunicárselos ni que estuviera dispuesto a

acompañarme. Tampoco tenía amigos entre los esclavos, ni había por allí ningún otro inglés, irlandés o

escocés aparte de mí. Así, pues, durante dos años, si bien me complacía con la idea, no tenía ninguna

perspectiva alentadora de realizarla.

Al cabo de casi dos años se presentó una extraña circunstancia que reavivó mis intenciones de hacer algo

por recobrar mi libertad. Mi amo permanecía en casa por más tiempo de lo habitual y sin alistar la nave

(según oí, por falta de dinero). Una o dos veces por semana, si hacía buen tiempo, cogía la pinaza15 del

barco y salía a pescar a la rada. A menudo, nos llevaba a mí y a un joven morisco para que remáramos,

pues le agradábamos mucho. Yo di muestras de ser tan diestro en la pesca que, a veces, me mandaba con

uno de sus parientes moros y con el joven, el morisco, a fin de que le trajésemos pescado para la comida.

Una vez, mientras íbamos a pescar en una mañana clara y tranquila, se levantó una niebla tan espesa que,

aun estando a media legua16 de la costa, no podíamos divisarla, de manera que nos pusimos a remar sin

saber en qué dirección, y así estuvimos remando todo el día y la noche. Cuando amaneció, nos dimos

cuenta de que habíamos remado mar adentro en vez de hacia la costa y que estábamos, al menos, a dos

leguas de la orilla. No obstante, logramos regresar, no sin mucho esfuerzo y peligro, porque el viento

comenzó a soplar con fuerza en la mañana y estábamos débiles por el hambre.

15 Pinaza: Embarcación de vela y remo, de quilla plana, larga, estrecha y ligera que tiene tres palos y la

popa cuadrada.

16 Legua: Medida itineraria que se utiliza en mar y en tierra. Según lugares y épocas la legua ha oscilado

su valor desde 2,4 a 4,6 millas, pero usualmente se le ha dado el de 3 millas. Así la legua terrestre equivale

a 3 millas terrestres y por tanto, su valor es el de 4.828,02 metros; y la legua marina equivale a 3 millas

marinas y su valor es de 5.554,98 metros.

Nuestro amo, prevenido por este desastre, decidió ser más cuidadoso en el futuro. Usaría la chalupa de

nuestro barco inglés y no volvería a salir de pesca sin llevar consigo la brújula y algunas provisiones.

Entonces, le ordenó al carpintero de su barco, que también era un esclavo inglés, que construyera un

pequeño camarote o cabina en medio de la chalupa, como las que tienen las barcazas, con espacio suficiente

a popa, para que se pudiese largar la vela mayor y, a proa, para que dos hombres pudiesen manipular

las velas. La chalupa navegaba con una vela triangular, que llamábamos lomo de cordero y la bomba estaba

asegurada sobre el techo del camarote. Este era bajo y muy cómodo y suficientemente amplio para guarecer

a mi amo y a uno o dos de sus esclavos. Tenía una mesa para comer y unos pequeños armarios para guardar

algunas botellas de su licor favorito y, sobre todo, su pan, su arroz y su café.

A menudo salíamos a pescar en este bote y, como yo era el pescador más diestro, nunca salía sin mí.

Sucedió que un día, para divertirse o pescar, había hecho planes para sa lir con dos o tres moros que

gozaban de cierto prestigio en el lugar y a quienes quería agasajar espléndidamente. Para esto, ordenó que

la noche anterior se llevaran a bordo más provisiones que las habituales y me mandó preparar pólvora y

municiones para tres escopetas que llevaba a bordo, pues pensaba cazar, además de pescar.

Aparejé todas las cosas como me había indicado y esperé a la mañana siguiente con la chalupa limpia, su

insignia y sus gallardetes enarbolados, y todo lo necesario para aco modar a sus huéspedes. De pronto, mi

amo subió a bordo solo y me dijo que sus huéspedes habían cancelado el paseo, a causa de un asunto

imprevisto, y me ordenó, como de costumbre, salir en la chalupa con el moro y el joven a pescar, ya que

sus amigos vendrían a cenar a su casa. Me mandó que, tan pronto hubiese cogido algunos peces, los llevara

a su casa; y así me dispuse a hacerlo.

En ese momento, volvieron a mi mente aquellas antiguas esperanzas de libertad, ya que tendría una

pequeña embarcación a mi cargo. Así, pues, cuando mi amo se hubo marchado, preparé mis cosas, no para

pescar sino para emprender un viaje, aunque no sabía, ni me detuve a pensar, qué dirección debía tomar,

convencido de que, cualquier rumbo que me alejara de ese lugar, sería el correcto.

Mi primera artimaña fue buscar un pretexto para convencer al moro de que necesitábamos embarcar

provisiones para nosotros porque no podíamos comernos el pan de nuestro amo. Me respondió que era

cierto y trajo una gran canasta con galletas o bizcochos de los que ellos confeccionaban y tres tinajas de

agua. Yo sabía dónde estaba la caja de licores de mi amo, que, evidentemente, por la marca, había

adquirido del botín de algún barco inglés, de modo que la subí a bordo, mientras el moro estaba en la playa,

para que pareciera que estaba allí por orden del amo. Me llevé también un bloque de cera qué pesaba más

de cincuenta libras, un rollo de bramante o cuerda, un hacha, una sierra y un martillo, que me fueron de

gran utilidad posteriormente, sobre todo la cera, para hacer velas. Le tendí otra trampa, en la cual cayó con

la misma ingenuidad. Su nombre era Ismael pero lo llamaban Muly o Moley.

-Moley -le dije-, las armas de nuestro amo están a bordo del bote, ¿no podrías traer un poco de pólvora y

municiones? Tal vez podamos cazar algún alcamar (un ave pa recida a nuestros chorlitos). Sé que el patrón

guarda las municiones en el barco.

-Sí -me respondió-, traeré algunas.

Apareció con un gran saco de cuero que contenía cerca de una libra y media de pólvora, quizás más, y

otro con municiones, que pesaba cinco o seis libras. También trajo algu nas balas, y lo subió todo a bordo

de la chalupa. Mientras tanto, yo había encontrado un poco de pólvora en el camarote de mi amo, con la

que llené uno de los botellones de la caja, que estaba casi vacío, y eché su contenido en otra botella. De este

modo, abastecidos con todo lo necesario, salimos del puerto para pescar. Los del castillo, que estaba a la

entrada del puerto, nos conocían y no nos prestaron atención.

A menos de una milla del puerto, recogimos las velas y nos pusimos a pescar. El viento soplaba del

norte-noreste, lo cual era contrario a lo que yo deseaba, ya que si hubiera soplado del sur, con toda

seguridad nos habría llevado a las costas de España, por lo menos, a la bahía de Cádiz. Mas estaba resuelto

a que, soplara hacia donde soplara, me alejaría de ese horrible lugar. El resto, quedaba en manos del

destino.

Después de estar un rato pescando y no haber cogido nada, porque cuando tenía algún pez en el anzuelo,

no lo sacaba para que el moro no lo viera, le dije:

-Aquí no vamos a pescar nada y no vamos a poder complacer a nuestro amo. Será mejor que nos

alejemos un poco.

Él, sin sospechar nada, accedió y, como estaba en la proa del barco, desplegó las velas. Yo, que estaba al

timón, hice al bote avanzar una legua más y enseguida me puse a fingir que me disponía a pescar.

Entonces, entregándole el timón al chico, me acerqué a donde estaba el moro y agachándome como si fuese

a recoger algo detrás de él, lo agarré por sorpresa por la entrepierna y lo arrojé al mar por la borda.

Inmediatamente subió a la superficie porque flotaba como un corcho. Me llamó, me suplicó que lo dejara

subir, me dijo que iría conmigo al fin del mundo y comenzó a nadar hacia el bote con tanta velocidad, que

me habría alcanzado en seguida, puesto que soplaba muy poco viento. En ese momento, entré en la cabina

y cogiendo una de las armas de caza, le apunté con ella y le dije que no le había hecho daño ni se lo haría si

se quedaba tranquilo.

-Pero -le dije-, puedes nadar lo suficientemente bien como para llegar a la orilla. El mar está en calma,

así que, intenta llegar a ella y no te haré daño, pero, si te acer cas al bote, te meteré un tiro en la cabeza,

pues estoy decidido a recuperar mi libertad.

De este modo, se dio la vuelta y nadó hacia la orilla, y no dudo que haya llegado bien, porque era un

excelente nadador.

Tal vez me hubiese convenido llevarme al moro y arrojar al niño al agua, pero, la verdad es que no tenía

ninguna razón para confiar en él. Cuando se alejó, me volví al chico, a quien llamaban Xury, y le dije:

-Xury, si quieres serme fiel, te haré un gran hombre, pero si no te pasas la mano por la cara -lo cual

quiere decir, jurar por Mahoma y la barba de su padre-, tendré que arrojarte también al mar.

El niño me sonrió y me habló con tanta inocencia, que no pude menos que confiar en él. Me juró que me

sería fiel y que iría conmigo al fin del mundo.

Mientras estuvimos al alcance de la vista del moro, que seguía nadando, mantuve el bote en dirección al

mar abierto, más bien un poco inclinado a barlovento17, para que parecie ra que me dirigía a la boca del

estrecho18 (como en verdad lo habría hecho cualquier persona que estuviera en su sano juicio), pues, ¿quién

podía imaginar que navegábamos hacia el sur, rumbo a una costa bárbara, donde, con toda seguridad, tribus

enteras de negros nos rodearían con sus canoas para destruirnos; donde no podríamos tocar tierra ni una

sola vez sin ser devorados por las bestias salvajes, o por los hombres salvajes, que eran aún más

despiadados que estas?

17 Barlovento: De donde viene el viento.

18 Se refiere al estrecho de Gibraltar.

Pero, tan pronto oscureció, cambié el rumbo y enfilé directamente al sur, ligeramente inclinado hacia el

este para no alejarme demasiado de la costa. Con el buen viento que soplaba y el mar en calma, navegamos

tan bien que, al día siguiente, a las tres de la tarde, cuando vi tierra por primera vez, no podía estar a menos

de ciento cincuenta millas al sur de Salé, mucho más allá de los dominios del emperador de Marruecos, o,

quizás, de cualquier otro monarca de aquellos lares, ya que no se divisaba persona alguna.

No obstante, era tal el temor que tenía de los moros y de caer en sus manos, que no me detuve, ni me

acerqué a la orilla, ni bajé anclas (pues el viento seguía soplando favorablemente). Decidí seguir navegando

en el mismo rumbo durante otros cinco días. Cuando el viento comenzó a soplar del sur, decidí que si

alguno de nuestros barcos había salido a buscarnos, a estas alturas se habría dado por vencido. Así, pues,

me aventuré a acercarme a la costa y me anclé en la boca de un pequeño río, sin saber cuál era, ni dónde

estaba, ni en qué latitud se encontraba, ni en qué país o en qué nación. No podía divisar a nadie, ni deseaba

hacerlo, porque lo único que me interesaba era conseguir agua fresca. Llegamos al estuario19 por la tarde y

decidimos llegar a nado a la costa tan pronto oscureciera, para explorar el lugar. Mas, tan pronto oscureció,

comenzamos a escuchar un aterrador ruido de ladridos, aullidos, bramidos y rugidos de animales feroces,

desconocidos para nosotros. El pobre chico estaba a punto de morirse de miedo y me suplicó que no

fuéramos a la orilla hasta que se hiciese de día.

19 Estuario: Desembocadura.

-Bien, Xury -le dije-, entonces no lo haremos, pero puede que en el día veamos hombres tan peligrosos

como esos leones.

-Entonces les disparamos escopeta -dijo Xury sonriendo-, hacemos huir.

Xury había aprendido a hablar un inglés entrecortado, conversando con nosotros los esclavos. Sin

embargo, me alegraba ver que el chico estuviera tan contento y, para ani marlo, le di a beber un pequeño

trago (de la caja de botellas de nuestro amo). Después de todo, el consejo de Xury me parecía razonable y

lo acepté. Echamos nuestra pequeña ancla y permanecimos tranquilos toda la noche; digo tranquilos porque

ninguno de los dos pudo dormir. Al cabo de dos o tres horas, comenzamos a ver que enormes criaturas

(pues no sabíamos qué llamarlas) de todo tipo, descendían hasta la playa y se metían en el agua,

revolcándose y lavándose, por el mero placer de refrescarse, mientras emitían gritos y aullidos como nunca

los habíamos escuchado.

Xury estaba aterrorizado y, en verdad, yo también lo estaba, pero nos asustamos mucho más cuando

advertimos que una de esas poderosas criaturas nadaba hacia nuestro bote. No podíamos verla pero, por sus

resoplidos, parecía una bestia enorme, monstruosa y feroz. Xury decía que era un león y, tal vez lo fuera,

mas yo no lo sabía. El pobre chico me pidió a gritos que leváramos el ancla y remáramos mar adentro.

-No -dije-, soltaremos el cable con la boya y nos alejaremos. No podrá seguirnos tan lejos.

No bien había dicho esto, cuando me percaté de que la criatura (o lo que fuese) estaba a dos remos de

distancia, lo cual me sorprendió mucho. Entré a toda velocidad en la ca bina y cogiendo mi escopeta le

disparé, lo que le hizo dar la vuelta inmediatamente y ponerse a nadar hacia la playa. Es imposible describir

los horrorosos ruidos, los espeluznantes alaridos y los aullidos que provocamos con el disparo, tanto en la

orilla de la playa como tierra adentro, pues creo que esas criaturas nunca antes habían escuchado un sonido

igual. Estaba convencido de que no intentaríamos ir a la orilla por la noche y me preguntaba cómo lo

haríamos durante el día, pues me parecía que caer en manos de aquellos salvajes era tan terrible como caer

en las garras de leones y tigres20; al menos a nosotros nos lo parecía.

Sea como fuere, teníamos que ir a la orilla a por agua porque no nos quedaba ni una pinta21 en el bote; el

problema era cuándo y dónde hacerlo. Xury decía que, si le permi tía ir a la orilla con una de las tinajas,

intentaría buscar agua y traérmela al bote. Le pregunté por qué prefería ir él a que fuera yo mientras él se

quedaba en el bote, a lo que respondió con tanto afecto, que desde entonces, lo quise para siempre:

20 En África no hay tigres pero la palabra se utilizaba para referirse a la pantera, el leopardo u otro felino

similar.

21 Pinta: Medida inglesa para líquidos, equivale a dos tazas o dieciséis onzas fluidas. En el sistema

métrico decimal, una pinta equivale más o menos a medio litro.

-Si los salvajes vienen y me comen, tú escapas.

-Entonces, Xury -le dije-, iremos los dos y si vienen los salvajes, los mataremos y, así, no se comerán a

ninguno de los dos.

Le di un pedazo de galleta para que comiera y otro trago de la caja de botellas del amo, que mencioné

anteriormente. Aproximamos el bote a la orilla hasta donde nos pareció prudente y nadamos hasta la playa,

sin otra cosa que nuestros brazos y dos tinajas para el agua.

Yo no quería perder de vista el bote, porque temía que los salvajes vinieran en sus canoas río abajo. El

chico, que había visto un terreno bajo como a una milla de la costa, se enca minó hacia allí y, al poco

tiempo, regresó corriendo hacia mí. Pensé que lo perseguía algún salvaje, o que se había asustado al ver

alguna bestia y corrí hacia él para socorrerle. Mas cuando me acerqué, vi que traía algo colgando de los

hombros, un animal que había cazado, parecido a una liebre pero de otro color y con las patas más largas.

Esto nos alegró mucho, porque parecía buena carne. Pero lo que en realidad alegró al pobre Xury fue darme

la noticia de que había encontrado agua fresca y no había visto ningún salvaje.

Poco después, descubrimos que no teníamos que pasar tanto trabajo para buscar agua, porque un poco

más arriba del estuario en el que estábamos, había un pequeño torren te del que manaba agua fresca cuando

bajaba la marea. Así, pues, llenamos nuestras tinajas, nos dimos un banquete con la liebre que habíamos

cazado y nos preparamos para seguir nuestro camino, sin llegar a ver huellas de criaturas humanas en

aquella parte de la región.

Como ya había hecho un viaje por estas costas, sabía muy bien que las Islas Canarias y las del Cabo

Verde, se hallaban a poca distancia. Mas, como no tenía instrumentos para calcular la latitud en la que

estábamos, ni sabía con certeza, o al menos no lo recordaba, en qué latitud estaban las islas, no sabía hacia

dónde dirigirme ni cuál sería el mejor momento para hacerlo; de otro modo, me habría sido fácil

encontrarlas. No obstante, tenía la esperanza de que, si permanecía cerca de esta costa, hasta llegar a donde

traficaban los ingleses, encontraría alguna embarcación en su ruta habitual de comercio, que estuviera

dispuesta a ayudarnos. Según mis cálculos más exactos, el lugar en el que nos encontrábamos debía estar en

la región que colindaba con los dominios del emperador de Marruecos y los inhóspitos dominios de los

negros, donde solo habitaban las bestias salvajes; una región abandonada por los negros, que se trasladaron

al sur por miedo a los moros; y por estos últimos, porque no consideraban que valiera la pena habitarla a

causa de su desolación. En resumidas cuentas, unos y otros la habían abandonado por la gran cantidad de

tigres, leones, leopardos y demás fieras que allí habitaban. Los moros solo la utilizaban para cazar,

actividad que realizaban en grupos de dos o tres mil hombres. Así, pues, en cien millas a lo largo de la

costa, no vimos más que un vasto territorio desierto de día, y, de noche, no escuchamos más que aullidos y

rugidos de bestias salvajes.

Una o dos veces, durante el día, me pareció ver el Pico de Tenerife22, que es el pico más alto de las

montañas de Tenerife en las Canarias. Me entraron muchas ganas de aven turarme con la esperanza de

llegar allí y, en efecto, lo intenté dos veces, pero el viento contrario y el mar, demasiado alto para mi

pequeña embarcación, me hicieron retroceder, por lo que decidí seguir mi primer objetivo y mantenerme

cerca de la costa.

22 Se refiere al Teide, que está en el centro de la isla de Tenerife y se eleva 3.718 metros sobre el nivel

del mar. En 1737, aún era el pico más alto escalado por el hombre y el New Geographical Dictionary le

atribuía 24.000 metros de altura.

Después de abandonar aquel sitio, me vi obligado a volver a tierra varias veces a buscar agua fresca. Una

de estas veces, temprano en la mañana, anclamos al pie de un pe queño promontorio, bastante elevado, y

allí nos quedamos hasta que la marea, que comenzaba a subir, nos impulsase. Xury, cuyos ojos parecían

estar mucho más atentos que los míos, me llamó suavemente y me dijo que retrocediéramos:

-Mira allí -me dijo-, monstruo terrible, dormido en la ladera de la colina.

Miré hacia donde apuntaba y, ciertamente, vi un monstruo terrible, pues se trataba de un león inmenso

que estaba, echado a la orilla de la playa, bajo la sombra de la parte so bresaliente de la colina, que parecía

caer sobre él.

-Xury -le dije-, debes ir a la playa y matarlo.

Me miró aterrorizado y dijo:

-¡Matarlo!, me come de una boca.

En verdad quería decir de un bocado. No le dije nada más, sino que le ordené que permaneciese quieto.

Tomé el arma de mayor tamaño, que era casi como un mosquete, la cargué con abundante pólvora y dos

trozos de plomo y la dejé aparte. Entonces cargué otro fusil con dos balas y luego un tercero, pues teníamos

tres armas. Apunté lo mejor que pude con el primer arma para dispararle en la cabeza pero como estaba

echado con las patas sobre la nariz, los plomos le dieron en una pata, a la altura de la rodilla, y le partieron

el hueso. Intentó ponerse en pie mientras rugía ferozmente, pero, como tenía la pata partida, volvió a caer al

suelo. Luego se puso en pie con las otras tres patas y lanzó el rugido más espeluznante que jamás hubiese

oído. Me sorprendió no haberle dado en la cabeza, e inmediatamente, tomé el segundo fusil, y, pese a que

ya había comenzado a alejarse, le disparé otra vez en la cabeza y tuve el placer de verlo caer, emitiendo

apenas un quejido y luchando por vivir. Entonces Xury recobró el valor y me pidió que le dejara ir a la

orilla.

-Está bien, ve -le dije.

El chico saltó al agua, sujetando el arma pequeña en una mano. Se acercó al animal, se puso la culata del

fusil cerca de la oreja, le disparó nuevamente en la cabeza y lo remató.

Esto era más bien un juego para nosotros, pero no servía para alimentarnos y lamenté haber gastado tres

cargas de pólvora en dispararle a un animal que no nos servía para nada. No obstante, Xury dijo que quería

llevarse algo, así que subió a bordo y me pidió que le diera el hacha.

-¿Para qué la quieres, Xury? -le pregunté.

-Yo corto cabeza -me contestó.

Pero no pudo hacerlo, de manera que le cortó una pata, que era enorme, y la trajo consigo.

De pronto se me ocurrió que la piel del león podía servirnos de algo y decidí desollarlo si podía.

Inmediatamente, nos pusimos a trabajar y Xury demostró ser mucho más diestro que yo en la labor, pues,

en realidad, no tenía mucha idea de cómo realizarla. Nos tomó todo el día, pero, por fin, pudimos quitarle la

piel y la extendimos sobre la cabina. En dos días se secó al sol y desde entonces, la utilizaba para dormir

sobre ella.

Después de esta parada, navegamos hacia el sur durante diez o doce días, consumiendo con parquedad

las provisiones, que comenzaban a disminuir rápidamente, y yendo a la orilla solo cuando era necesario

para buscar agua fresca. Mi intención era llegar al río Gambia o al Senegal, es decir, a cualquier lugar cerca

del Cabo Verde, donde esperaba encontrar algún barco europeo. De lo contrario, no sabía qué rumbo tomar,

como no fuese navegar en busca de las islas o morir entre los negros. Sabía que todas las naves que venían

de Europa, pasaban por ese cabo, o esas islas, de camino a Guinea, Brasil o las Indias Orientales. En pocas

palabras, aposté toda mi fortuna a esa posibilidad, de manera que, encontraba un barco o perecía.

Una vez tomada esta resolución, al cabo de diez días, comencé a advertir que la tierra estaba habitada. En

dos o tres lugares, a nuestro paso, vimos gente que nos observaba desde la playa. Nos percatamos de que

eran bastante negros y estaban totalmente desnudos. Una vez sentí el impulso de desembarcar y dirigirme a

ellos, pero Xury, que era mi mejor consejero, me dijo:

-No ir, no ir.

No obstante, me dirigí a la playa más cercana para hablar con ellos y vi cómo corrían un buen tramo a lo

largo de la playa, a la par que nosotros. Observé que no llevaban ar mas, con la excepción de uno, que

llevaba un palo largo y delgado, que, según Xury era una lanza, que arrojaban desde muy lejos y con muy

buena puntería. Mantuve, pues, cierta distancia pero me dirigí a ellos como mejor pude, por medio de

señas, sobre todo, para expresarles que buscábamos comida. Con un gesto me dijeron que detuviera el bote

y ellos nos traerían algo de carne. Bajé un poco las velas y me quedé a la espera. Dos de ellos corrieron

tierra adentro y, en menos de media hora, estaban de vuelta con dos piezas de carne seca y un poco de

grano, del que se cultiva en estas tierras. Aunque no sabíamos qué era ni una cosa ni la otra, las aceptamos

gustosamente. El siguiente problema era cómo recoger lo que nos ofrecían, pues yo no me atrevía a

acercarme a la orilla y ellos estaban tan aterrados como nosotros. Entonces, se les ocurrió una forma de

hacerlo, que resultaba segura para todos. Dejaron los alimentos en la playa y se alejaron, deteniéndose a

una gran distancia, hasta que nosotros lo subimos todo a bordo; luego volvieron a acercarse.

Les hicimos señas de agradecimiento porque no teníamos nada que darles a cambio. Sin embargo, en ese

mismo instante surgió la oportunidad de agradecerles el favor, por que mientras estaban en la orilla, se

acercaron dos animales gigantescos, uno venía persiguiendo al otro (según nos parecía) con gran saña,

desde la montaña hasta la playa. No sabíamos si era un macho que perseguía a una hembra ni si estaban en

son de juego o pelea. Tampoco sabíamos si esto era algo habitual, pero nos inclinábamos más hacia la idea

contraria; en primer lugar, porque estas bestias famélicas suelen aparecer solamente por la noche; en

segundo lugar, porque la gente estaba aterrorizada, en especial, las mujeres. El hombre que llevaba la lanza

no huyó, aunque el resto sí lo hizo. Los dos animales se dirigieron hacia el agua y, al parecer, no tenían

intención de atacar a los negros. Se zambulleron en el agua y comenzaron a nadar como si solo hubiesen

ido allí por diversión. Al cabo de un rato, uno de ellos comenzó a acercarse a nuestro bote, más de lo que

yo hubiese deseado, pero yo le apunté con el fusil que había cargado a toda prisa, y le dije a Xury que

cargara los otros dos. Tan pronto se puso a mi alcance, disparé y le di justo en la cabeza. Se hundió en el

acto pero en seguida salió a flote, volvió a hundirse y, nuevamente, salió a flote, como si se estuviese

ahogando, lo que, en efecto, hacía. Rápidamente se dirigió a la playa pero, entre la herida mortal que le

había propinado y el agua que había tragado, murió antes de llegar a la orilla.

No es posible expresar el asombro de estas pobres criaturas ante el estallido y el disparo de mi arma.

Algunos, según parecía, estaban a punto de morirse de miedo y caye ron al suelo como muertos por el

terror. Mas cuando vieron que la bestia había muerto y se hundía en el agua, mientras yo les hacía señas

para que se acercaran a la playa, se armaron de valor y se dieron a su búsqueda. Fui yo quien la descubrió,

por la mancha de la sangre en el agua y, con la ayuda de una cuerda, con la que até el cuerpo y cuyo

extremo luego les arrojé, los negros pudieron arrastrarlo hasta la orilla. Era un leopardo de lo más curioso,

que tenía unas manchas admirablemente delicadas. Los negros levantaron las manos con admiración hacia

aquello que había utilizado para matarlo.

El otro animal, asustado con el resplandor y el ruido del disparo, nadó hacia la orilla y se metió

directamente en las montañas, de donde habían venido, pero, a esa distancia, no podía saber qué era. Me di

cuenta en seguida, que los negros querían comerse la carne del animal. Estaba dispuesto a dársela, a modo

de favor personal y les hice señas para que la tomaran, ante lo cual, se mostraron muy agradecidos.

Inmediatamente, se pusieron a desollarlo y como no tenían cuchillo, utilizaban un trozo de madera muy

afilado, con el que le quitaron la piel tanto o más rápidamente que lo que hubiésemos tardado en hacerlo

Xury y yo con un cuchillo. Me ofrecieron un poco de carne, que yo rechacé, fingiendo que se la daba toda a

ellos, pero les hice señas de que quería la piel, la cual me entregaron gustosamente, y, además, me trajeron

muchas más de sus provisiones, que, aun sin saber lo que eran, acepté de buen grado. Entonces, les indiqué

por señas que quería un poco de agua y di la vuelta a una de las tinajas para mostrarles que estaba vacía y

que quería llenarla. Rápidamente, llamaron a algunos de sus amigos y aparecieron dos mujeres con un gran

recipiente de barro, seguramente, cocido al sol. Lo llevaron hasta la playa, del mismo modo que antes lo

habían hecho con los alimentos, y yo envié a Xury a la orilla con las tinajas, que trajo de vuelta llenas. Las

mujeres, al igual que los hombres, estaban desnudas.

Provisto de raíces, grano y agua, abandoné a mis amistosos negros y seguí navegando unos once días, sin

tener que acercarme a la orilla. Entonces vi que, a unas cuatro o cinco leguas de distancia, la tierra se

prolongaba mar adentro. Como el mar estaba en calma, recorrimos, bordeando la costa, una gran distancia

para llegar a la punta y, cuando nos disponíamos a doblarla, a un par de leguas de la costa, divisé tierra al

otro lado. Deduje, con toda probabilidad, que se trataba del Cabo Verde y que aquellas islas que podíamos

divisar, eran las Islas del Cabo Verde. Sin embargo, se encontraban a gran distancia y no sabía qué hacer,

pues de ser sorprendido por una ráfaga de viento, no podría llegar ni a una ni a otra parte.

Ante esta disyuntiva, me detuve a pensar y bajé al camarote, dejándole el timón a Xury. De pronto, lo

sentí gritar:

-¡Capitán, capitán, un barco con vela!

El pobre chico estaba fuera de sí, a causa del miedo, pues pensaba que podía ser uno de los barcos de su

amo, que nos estaba buscando, pero yo sabía muy bien que, des de hacía tiempo, estábamos fuera de su

alcance. De un salto salí de la cabina y, no solo pude ver el barco, sino también, de dónde era. Se trataba de

un barco portugués que, según me parecía, se dirigía a la costa de Guinea en busca de esclavos. Mas,

cuando me fijé en el rumbo que llevaba, advertí que se dirigía a otra parte y, al parecer, no se acercaría más

a la costa. Entonces me lancé mar adentro, todo lo que pude, decidido, si era posible, a hablar con ellos.

Aunque desplegamos todas las velas, me di cuenta de que no podríamos alcanzarlo y desaparecería antes

de que yo pudiera hacerle cualquier señal. Cuando había puesto el bote a toda marcha y comenzaba a

desesperar, ellos me vieron a mí, al parecer, con la ayuda de su catalejo. Viendo que se trataba de una

barcaza europea, que debía pertenecer a algún barco perdido, bajaron las velas para que yo pudiera

alcanzarlos. Esto me alentó y, como llevaba a bordo la bandera de mi amo, la agité en el aire, en señal de

socorro y disparé un tiro con el arma. Al ver ambas señales, porque después me dijeron que habían visto la

bandera y el humo, aunque no habían escuchado el disparo, detuvieron la nave generosamente y, al cabo de

tres horas, pude llegar hasta ellos.

Me preguntaron de dónde era en portugués, español y francés pero yo no entendía ninguna de estas

lenguas. Finalmente, un marinero escocés que iba a bordo, me llamó y le contesté. Le dije que era inglés y

que me había escapado de los moros, que me habían hecho esclavo en Salé. Entonces me dijeron que

subiera a bordo y, muy amablemente, me acogieron con todas mis pertenencias.

Cualquiera podría entender la indecible alegría que sentí al verme liberado de la situación tan miserable y

desesperanzada en la que me hallaba. Inmediatamente, le ofrecí al capitán del barco todo lo que tenía, como

muestra de agradecimiento por mi rescate. Mas él, con mucha delicadeza, me dijo que no tomaría nada de

lo mío, sino que todo me sería devuelto cuando llegáramos a Brasil.

-Puesto que -me dijo-, os he salvado la vida del mismo modo que yo habría deseado que me la salvaran a

mí, y puede que alguna vez me encuentre en una situación simi lar. Si os llevo a Brasil, un país tan lejano

del vuestro, y os quito vuestras pertenencias, moriréis de hambre y, entonces, os estaré quitando la misma

vida que ahora os acabo de salvar. No, no, Seignior Inglese, os llevaré por caridad y vuestras pertenencias

os servirán para buscaros el sustento y pagar el viaje de regreso a vuestra patria.

Así como se mostró caritativo en su oferta, fue muy puntual a la hora de llevarla a cabo, pues les ordenó

a los marineros que no tocaran ninguna de mis pertenencias. Tomó posesión de todas mis cosas y me

entregó un inventario preciso de ellas, en el que incluía hasta mis tres tinajas de barro.

En cuanto a mi bote, que era muy bueno y él se dio cuenta de ello, me dijo que lo compraría para su

barco y me preguntó cuánto quería por él. Yo le respondí que había sido tan generoso conmigo, que no

podía ponerle precio y lo dejaba completamente a su criterio. Me contestó que me daría una nota firmada

por ochenta piezas de a ocho23, que me pagaría cuando llegáramos a Brasil y, una vez allí, si alguien me

hacía una mejor oferta, él la igualaría. También me ofreció sesenta piezas de a ocho por Xury pero yo no

estaba dispuesto a aceptarlas, no porque no quisiera dejárselo al capitán, sino porque no estaba dispuesto a

vender la libertad del chico, que me había servido con tanta lealtad a recuperar la mía. Cuando le expliqué

mis razones al capitán, le parecieron justas y me propuso lo siguiente: que se comprometía a darle al chico

un testimonio por el cual obtendría su libertad en diez años si se convertía al cristianismo. Como Xury dijo

que estaba dispuesto a irse con él, se lo cedí al capitán.

Hicimos un estupendo viaje a Brasil y llegamos, al cabo de unos veinte días, a la bahía de Todos los

Santos24. Una vez más, había escapado de la suerte más miserable y debía pensar qué sería de mi vida.

23 Pieza de a ocho: Nombre con el que se designaba el ya obsoleto dólar de plata español o

hispanoamericano, que equivalía a ocho reales.

24 Bahía de Todos los Santos: Es uno de los mayores y mejores puertos de anclaje profundo de la costa de

Brasil, donde se encuentra la ciudad de Salvador. Antiguamente, era la capital del país.

Nunca he podido olvidar el trato generoso que me dispensó el capitán, que no quiso aceptar nada a

cambio de mi viaje y me dio veinte ducados por la piel del leopardo, cua renta por la del león, me devolvió

puntualmente todas mis pertenencias y me compró lo que quise vender, como las botellas, dos de mis armas

y el trozo de cera que me había sobrado, pues el resto lo había utilizado para hacer velas. En pocas

palabras, vendí mi carga en doscientas veinte piezas de a ocho y, con este acopio, desembarqué en la costa

de Brasil.

Al poco tiempo de mi llegada, el capitán me encomendó a un hombre bueno y honesto, como él, que

tenía un ingenio (es decir, una plantación y hacienda azucarera). Viví con él un tiempo y así aprendí sobre

el método de plantación y fabricación del azúcar. Viendo lo bien que vivían los hacendados y cómo se

enriquecían tan rápidamente, decidí que, si conseguía una licencia, me haría hacendado y, mientras tanto,

buscaría la forma de que se me enviara el dinero que había dejado en Londres.

Tenía un vecino, un portugués de Lisboa, hijo de ingleses, que se llamaba Wells y se encontraba en una

situación similar a la mía. Digo que era mi vecino, ya que su planta ción colindaba con la mía y nos

llevábamos muy bien. Mis existencias eran tan escasas como las suyas, pues, durante dos años, sembramos

casi exclusivamente para subsistir. Con el tiempo, comenzamos a prosperar y aprendimos a administrar

mejor nuestras tierras, de manera que, al tercer año, pudimos sembrar un poco de tabaco y preparar una

buena extensión de terreno para sembrar azúcar al año siguiente. Ambos necesitábamos ayuda y, entonces,

me di cuenta del error que había cometido al separarme de Xury, mi muchacho.

Mas, ¡ay!, no me sorprendía haber cometido un error, ya que, en toda mi vida, había acertado en algo. No

me quedaba más remedio que seguir adelante, pues me había metido en un negocio que superaba mi

ingenio y contrariaba la vida que siempre había deseado, por la que había abandonado la casa de mi padre y

hecho caso omiso a todos sus buenos consejos. Más aún, estaba entrando en ese estado intermedio, o el

estado más alto del estado inferior, que mi padre me había aconsejado y, si iba a acogerlo, bien podía

haberme quedado en casa para hacerlo, sin haber tenido que padecer las miserias del mundo, como lo había

hecho. Muchas veces me decía a mí mismo que esto lo podía haber hecho en Inglaterra, entre mis amigos,

en lugar de haber venido a hacerlo a cinco mil millas, entre extraños y salvajes, en un lugar desolado y

lejano, al que no llegaban noticias de ninguna parte del mundo donde habitase alguien que me conociera.

De este modo, lamentaba la situación en la que me hallaba. No tenía a nadie con quien conversar si no

era, de vez en cuando, con mi vecino, ni tenía otra cosa que hacer, sal vo trabajos manuales. Solía decir que

mi vida transcurría como la del náufrago en una isla desierta, donde no puede contar con nadie más que

consigo. Mas, con cuánta justicia todos los hombres deberían reflexionar sobre esto: que cuando comparan

la condición en la que se encuentran con otras peores, el cielo les puede obligar a hacer el cambio y

convencerse, por experiencia, de que fueron más felices en el pasado. Y digo que, con justicia, merecí vivir

una vida solitaria en una isla desierta, como la que había imaginado, pues tantas muchas veces la comparé,

injustamente, con la vida que llevaba entonces; si hubiera perseverado en ella, con toda seguridad habría

logrado hacerme rico y próspero.

En cierto modo, había logrado realizar mis proyectos en la plantación, cuando llegó el momento de la

partida de mi querido amigo, el capitán del barco que me recogió en el mar. Su embarcación había

permanecido allí cerca de tres meses en lo que se cargaba y se preparaba para el viaje. Le comenté que

había dejado un dinero en Londres y él me dio un consejo sincero y amistoso:

-Seignior Inglese -porque así me llamaba siempre-, si me dais cartas y un poder legal, por escrito, con

órdenes para que la persona que tiene su dinero en Londres, se lo envíe a las personas que yo le diga en

Lisboa, os compraré las cosas que puedan seros útiles aquí y os las traeré, si Dios lo permite, a mi regreso.

Mas, como los asuntos humanos están sujetos a los cambios y los desastres, os recomiendo que solo pidáis

cien libras esterlinas que, como me decís, es la mitad de vuestro haber y, así solo arriesgaréis esa parte. Si

todo llega bien, podréis mandar a pedir el resto, del mismo modo que lo habéis hecho ahora, y, si se pierde,

aún tendréis la otra mitad a vuestra disposición.

Este consejo me pareció tan sensato y tan honesto que pensé que lo mejor que podía hacer era seguirlo.

Así, pues, preparé las cartas para la señora, a quien le había dejado mi dinero, y un poder legal para el

capitán portugués, del que me había hablado mi amigo.

En la carta que le envié a la viuda del capitán inglés, le hice el recuento completo de mis aventuras, la

esclavitud y la huida. Le conté sobre la forma en que había conocido al capitán portugués en el mar y sobre

su trato compasivo, le expliqué el estado en el que me encontraba, y le di las instrucciones necesarias para

llevar a cabo mis encargos. Cuando este honesto capitán llegó a Lisboa, logró que unos mercaderes ingleses

que había allí, le hicieran llegar, tanto mi orden escrita como el recuento completo de mi historia, a un

mercader de Londres que, a su vez, se la contó con lujo de detalles a la viuda. Ante esto, la viuda envió mi

dinero y, además, de su propio bolsillo, un generoso regalo para el capitán portugués, como muestra de

agradecimiento por su caridad y su compasión hacia mí.

Con las cien libras esterlinas, el mercader de Londres compró la mercancía inglesa, que el capitán le

había indicado por escrito, y se la envió directamente a Lisboa, desde donde el capitán me las trajo a Brasil

sanas y salvas. Entre las cosas que me trajo, sin que yo se lo pidiera (pues era demasiado inexperto en el

negocio como para pensar en ello), había todo tipo de herramientas, herrajes e instrumentos para trabajar en

la plantación, que me fueron de gran utilidad.

Cuando llegó el cargamento, pensé que ya había hecho fortuna; tal fue la alegría que me causó recibirlo.

Mi buen comisionado, el capitán, había guardado las cinco libras que mi amiga le había dado de regalo para

comprar y traerme un sirviente, con una obligación de seis años, y no quiso aceptar nada a cambio, excepto

un poco de tabaco de mi propia cosecha.

Pero esto no fue todo. Como los bienes que me había traído eran de manufactura inglesa, es decir, telas,

paños y tejidos finos y otras cosas, que resultaban particularmente útiles y valiosas en este país, pude

venderlas y sacarles un gran beneficio. De este modo, podía decir, que había cuadriplicado el valor de mi

primer cargamento y había aventajado infinitamente a mi pobre vecino, en lo tocante a la plantación, pues,

lo primero que hice, fue comprar un esclavo negro y un sirviente europeo, aparte del que me había traído el

capitán.

Mas me ocurrió lo que suele suceder en estos casos, en los que, la prosperidad mal entendida, puede ser

la causa de las peores adversidades. Al año siguiente, proseguí mi plan tación con gran éxito y coseché

cincuenta rollos de tabaco, más de lo que había previsto que sería necesario entre los vecinos. Como cada

uno de estos rollos pesaba más de cien libras y estaban bien curados, decidí guardarlos hasta que la flota de

Lisboa regresara y, puesto que me iba haciendo rico y próspero en los negocios, comencé a idear proyectos,

que sobrepasaban mi capacidad; el tipo de negocios que, a menudo, llevan a la ruina a los mejores

negociantes.

Si hubiera permanecido en el estado en el que me hallaba, habría recibido todas las bendiciones de las

que me había hablado mi padre, cuando me recomendaba una vida tranquila y retirada; esas bendiciones

que, según me decía, colmaban el estado medio de la vida. Mas, otra suerte me aguardaba, y volvería a ser

el agente voluntario de mis propias desgracias, aumentando mi error y redoblando los motivos para

reflexionar sobre mi propia vida, cosa que, en mis futuras calamidades, tuve tiempo de hacer. Todas estas

desgracias ocurrieron porque me obstiné en seguir mis tontos deseos de vagabundear por el extranjero,

contrariando la clara perspectiva que tenía de beneficiarme, con tan solo perseguir simple y llanamente, los

objetivos y los medios de ganarme la vida, que la naturaleza y la Providencia insistían en mostrarme y

hacerme aceptar como mi deber.

Del mismo modo que antes, cuando me separé de mis padres, no pude conformarme con lo que tenía,

ahora también tenía que marcharme y abandonar la posibilidad de hacerme un hombre rico y próspero, con

mi nueva plantación, en pos de un deseo descabellado e irracional de aumentar mi fortuna más rápidamente

de lo que la naturaleza admitía. Fue así como, por mi culpa, volví a naufragar en el abismo más profundo

de la miseria, al que pudiera caer hombre alguno o, fuese capaz de soportar.

Mas, prosigamos con los detalles de esta parte de mi historia. Como podéis imaginar, habiendo vivido

durante cuatro años en Brasil y habiendo empezado a prosperar en mi plantación, no solo había aprendido

la lengua, sino que había trabado conocimiento y amistad con algunos de los demás hacendados, así como

con los comerciantes de San Salvador, que era nuestro puerto. En nuestras conversaciones, les había

contado de mis dos viajes a la costa de Guinea, del comercio con los negros de allí, y de lo fácil que era adquirir,

a cambio de bagatelas, tales como cuentecillas, juguetes, cuchillos, tijeras, hachas, trozos de cristal y

cosas por el estilo, no solo polvo de oro, cereales de Guinea y colmillos de elefante, sino también gran

cantidad de negros esclavos para trabajar en Brasil.

Siempre escuchaban con mucha atención mis relatos, particularmente, lo concerniente a la compra de

negros, que era un negocio que, en aquel tiempo, no se explotaba y, cuando se hacía, era mediante asientos,

es decir, permisos que otorgaban los reyes de España o Portugal, a modo de subastas públicas. De este

modo, los pocos negros que se traían, resultaban excesivamente caros.

Sucedió que, un día, después de haber estado hablando seriamente de estos asuntos con algunos

comerciantes y hacendados conocidos, a la mañana siguiente, tres de ellos vi nieron a decirme que habían

meditado mucho sobre lo que les había contado la noche anterior y querían hacerme una proposición

secreta. Cuando obtuvieron mi complicidad, me dijeron que habían pensado fletar un barco para ir a

Guinea, pues, al igual que yo, poseían plantaciones y de nada tenían tanta necesidad como de esclavos.

Como ese tráfico era ilegal y no podrían vender públicamente los negros que trajeran, querían hacer tan

solo un viaje, para traer secretamente algunos negros y dividirlos entre sus propias plantaciones. En otras

palabras, querían saber si estaba dispuesto a embarcarme en dicha nave y hacerme cargo del negocio en la

costa de Guinea. A cambio de esto, me ofrecían una participación equitativa en la adquisición de los esclavos,

sin costo alguno.

Debo confesar que era una propuesta justa, para alguien que no tuviera que atender una plantación que

comenzaba a prosperar y aumentar de valor. Mas, para mí, que ya estaba instalado y bien encaminado; que

no tenía más que seguir haciendo las cosas como hasta entonces, por otros tres o cuatro años y hacerme

enviar las otras cien libras de Inglaterra que, en ese tiempo y con una pequeña suma adicional, producirían

un beneficio de tres o cuatro mil libras esterlinas, que, a su vez, aumentaría; para mí, hacer aquel viaje era

el acto más descabellado del que podría acusarse a cualquier hombre que estuviera en mis circunstancias.

Pero yo había nacido para ser mi propio destructor, y no pude resistirme a esa oferta más de lo que pude

renunciar, en su día, a mis primeros y fatídicos proyectos, cuando hice caso omiso a los consejos de mi

padre. En pocas palabras, les dije que iría de todo corazón, si ellos se encargaban de cuidar mi plantación

durante mi ausencia y disponer de ella, según mis instrucciones, en caso de que la empresa fracasara. Todos

estuvieron de acuerdo, comprometiéndose a cumplir su parte; y procedimos a firmar los contratos y

acuerdos formales. Yo redacté un testamento, en el que disponía que, si moría, mi plantación y mis

propiedades pasaran a manos de mi heredero universal, el capitán del barco que me había salvado la vida, y

que él, a su vez, dispusiera de mis bienes, según estaba escrito en mi testamento: la mitad de las ganancias

sería para él y la otra mitad sería enviada por barco a Inglaterra.

En fin, tomé todas las precauciones necesarias para proteger mis bienes y mi plantación. Si hubiese

tenido la mitad de esa prudencia para velar por mis intereses personales y juzgar lo que debía o no debía

hacer, seguramente no hubiese abandonado una empresa tan prometedora como la mía, ni hubiese

renunciado a todas las perspectivas que tenía de progresar, para lanzarme a realizar un viaje por mar, sin

contar con los riesgos que conllevaba, ni las posibilidades de que me ocurriera alguna desgracia.

Pero me lancé, obedeciendo los dictados de mi fantasía y no los de la razón. Urna vez listos el barco y el

cargamento, y todos los demás acuerdos consignados por contrato con mis socios, me embarqué, a mala

hora, el primer día de septiembre de 1659, el mismo día en que, ocho años antes, había abandonado la casa

de mis padres en Hull, actuando como un rebelde ante su autoridad y como un idiota ante mis propios

intereses.

Nuestra embarcación llevaba como ciento veinte toneladas de peso, seis cañones y catorce hombres

aparte del capitán, de su mozo y yo. No llevábamos demasiados bienes a bordo, solo las chucherías

necesarias para negociar con los negros, tales como cuentecillas, trozos de cristal, caracoles y cacharros

viejos, en especial, pequeños catalejos, cuchillos, tijeras, hachas y otras cosas por el estilo.

El mismo día que subí a bordo, zarpamos hacia el norte, siguiendo la costa rumbo a tierras africanas

hasta los diez o doce grados de latitud norte, que era la ruta que, al parecer, se seguía en esos días. Nos hizo

muy buen tiempo, aunque mucho calor, mientras bordeamos la costa hasta llegar al cabo de San Agustín25.

A partir de entonces, comenzamos a meternos mar adentro hasta que perdimos de vista la tierra y

navegamos, como si nos dirigiéramos a la isla de Fernando de Noronha26, rumbo al norte-noreste,

dejándola, luego, al este. Siguiendo este rumbo, tardamos casi doce días en cruzar la línea del ecuador y,

según nuestra última observación, nos encontrábamos a siete grados veintidós minutos de latitud norte,

cuando un violento tornado o huracán, nos dejó totalmente desorientados. Comenzó a soplar de sudeste a

noroeste y luego se estacionó al noreste, desde donde nos acometió con tanta furia, que durante doce días

no pudimos hacer más que ir a la deriva, para huir de él, y dejarnos llevar a donde el destino y la furia del

viento quisieran llevarnos. Durante esos doce días, huelga decir, creía que seríamos tragados por el mar y, a

decir verdad, ninguno de los que estaba a bordo, esperaba salir de allí con vida.

25 Cabo de San Agustín: Posiblemente se refiera al cabo San Roque o cabo de Colcanhar, en el extremo

este de la costa de Brasil.

26 Isla de Fernando de Noronha: Isla de Brasil que se encuentra a unos cuatrocientos kilómetros del cabo

de San Roque.

En esta angustiosa situación, mientras padecíamos el terror de la tormenta, uno de nuestros hombres

murió de calentura y el mozo del capitán y otro de los marineros ca yeron al mar por la borda. Hacia el

duodécimo día, cuando el tiempo se hubo calmado un poco, el capitán intentó fijar la posición del barco lo

mejor que pudo, y se dio cuenta de que estaba a once grados de latitud norte pero a veintidós grados de

longitud oeste del cabo de San Agustín. Así, pues, advirtió que nos encontrábamos entre la costa de

Guyana27, o la parte septentrional de Brasil, más allá del río Amazonas28, hacia el río Orinoco29,

comúnmente llamado el Gran Río. Comenzó a consultarme qué rumbo debíamos seguir, pues el barco

había sufrido muchos daños y le estaba entrando agua, y él quería regresar directamente a la costa de

Brasil.

27 En el original dice Guinea, lo cual, evidentemente, es un error de imprenta. Guyana se encuentra al

norte de Sur América, entre Venezuela y Brasil. Fue una colonia holandesa hasta 1796, cuando la ocuparon

los ingleses.

28 El Amazonas es el río más importante del mundo, por su caudal y la extensión de su cuenca. Nace en

Perú y atraviesa Brasil de oeste a este y desemboca en el Atlántico, a la altura del ecuador, donde forma un

inmenso delta en el que se encuentran muchas islas, la más importante de las cuales es la de Marajó. La

longitud de su curso es de 6.280 kilómetros y su cuenca abarca casi 7 millones de kilómetros cuadrados. Se

comunica con el Orinoco y con el río Paraguay.

29 El Orinoco nace en la sierra de Parima, cerca de la frontera brasileña, bordea las Guyanas, pasa entre

Colombia y Venezuela, sirviendo de frontera entre ambos países, atraviesa Venezuela de oeste a este y

desem boca en el Atlántico por varios brazos, formando un extenso delta de 2.063 kilómetros.

Mi opinión era totalmente opuesta a la del capitán. Nos pusimos a estudiar las cartas de la costa

americana y llegamos a la conclusión de que no había ninguna tierra habita da, hacia la cual pudiéramos

dirigirnos, antes de llegar a la cuenca de las islas del Caribe30. Así, pues, decidimos dirigirnos hacia

Barbados31, manteniéndonos en alta mar, para evitar las corrientes de la bahía o golfo de México32. De esta

forma, esperábamos llegar a la isla en quince días, ya que no íbamos a ser capaces de navegar hasta la costa

de África sin recibir ayuda para la nave y para nosotros mismos.

30 Las islas del Caribe o Antillas son un archipiélago de América central, situado en el mar Caribe. Se

divide en Antillas Mayores (Puerto Rico, La Española -compuesta por Haití y la República Dominicana-, y

Cuba) y Antillas Menores (que se extienden en un semicírculo formado por las islas que conforman

Barlovento y Sotavento). De acuerdo con la narración, el barco se hallaba al este de la isla de Trinidad,

situada frente a la costa nororiental de Venezuela.

31 Barbados está al norte de Trinidad y al este de las islas de Barlovento. Es la más oriental de las Antillas

Menores.

32 El Golfo de México es un mar interior del Atlántico, limitado por las costas de América del Norte,

México y Cuba.

Con esta intención, cambiamos el rumbo y navegamos en dirección oeste-noroeste para llegar a alguna

de las islas inglesas, donde esperábamos encontrar ayuda. Pero nues tro viaje estaba previsto de otro modo.

A los doce grados dieciocho minutos de latitud, nos encontramos con una segunda tormenta, que nos llevó

hacia el oeste, con la misma intensidad que la anterior, y nos alejó tanto de la ruta comercial humana, que si

lográbamos salvarnos de morir en el mar, con toda probabilidad, seríamos devorados en tierras de salvajes

y no podríamos regresar a nuestro país.

Nos hallábamos en esta angustiosa situación y el viento aún soplaba con mucha fuerza, cuando uno de

nuestros hombres gritó «¡Tierra!». Apenas salíamos de la cabina, deseosos de ver dónde nos

encontrábamos, el barco se encalló en un banco de arena y se detuvo tan de golpe, que el mar se lanzó

sobre nosotros, y nos abatió con tal fuerza, que pensamos que moriríamos al instante. Ante esto, nos

apresuramos a ponernos bajo cubierta para protegernos de la espuma y de los embates del mar.

No es fácil, para alguien que nunca se haya visto en semejante situación, describir o concebir la

consternación de los hombres en esas circunstancias. No teníamos idea de dónde nos hallábamos, ni de la

tierra a la que habíamos sido arrastrados. No sabíamos si estábamos en una isla o en un continente, ni si

estaba habitada o desierta. El viento, aunque había disminuido un poco, soplaba con tanta fuerza, que no

podíamos confiar en que el barco resistiría unos minutos más sin desbaratarse, a no ser que, por un milagro

del cielo, el viento amainara de pronto. En pocas palabras, nos quedamos mirándonos unos a otros,

esperando la muerte en cualquier momento. Todos actuaban como si se prepararan para el otro mundo,

pues no parecía que pudiésemos hacer mucho más. Nuestro único consuelo era que, contrario a lo que

esperábamos, el barco aún no se había quebrado, y, según pudo observar el capitán, el viento comenzaba a

disminuir.

A pesar de que, al parecer, el viento empezaba a ceder un poco, el barco se había encajado tan

profundamente en la arena, que no había forma de desencallarlo. De este modo, nos hallábamos en una

situación tan desesperada, que lo único que podíamos hacer era intentar salvar nuestras vidas, como mejor

pudiéramos. Antes de que comenzara la tormenta, llevábamos un bote en la popa, que se desfondó cuando

dio contra el timón del barco. Poco después se soltó y se hundió, o fue arrastrado por el mar, de modo que

no podíamos contar con él. Llevábamos otro bote a bordo pero no nos sentíamos capaces de ponerlo en el

agua. En cualquier caso, no había tiempo para discutirlo, pues nos imaginábamos que el barco se iba a

desbaratar de un momento a otro y algunos decían que ya empezaba a hacerlo.

En medio de esta angustia, el capitán de nuestro barco echó mano del bote y, con la ayuda de los demás

hombres, logró deslizarlo por la borda. Cuando los once que íbamos nos hubimos metido todos dentro, lo

soltó y nos encomendó a la misericordia de Dios y de aquel tempestuoso mar. Pese a que la tormenta había

disminuido considerablemente, las gigantescas olas rompían tan descomunalmente en la orilla, que bien se

podía decir que se trataba de Den wild Zee33, que en holandés significa tormenta en el mar.

Nuestra situación se había vuelto desesperada y todos nos dábamos cuenta de que el mar estaba tan

crecido, que el bote no podría soportarlo e, inevitablemente, nos ahoga ríamos. No teníamos con qué hacer

una vela y aunque lo hubiésemos tenido, no habríamos podido hacer nada con ella. Ante esto, comenzamos

a remar hacia tierra, con el pesar que llevan los hombres que van hacia el cadalso, pues sabíamos que,

cuando el bote llegara a la orilla, se haría mil pedazos con el oleaje. No obstante, le encomendamos encarecidamente

nuestras almas a Dios y, con el viento que nos empujaba hacia la orilla, nos apresuramos a

nuestra destrucción con nuestras propias manos, remando tan rápidamente como podíamos hacia ella.

No sabíamos si en la orilla había roca o arena, ni si era escarpada o lisa. Nuestra única esperanza era

llegar a una bahía, un golfo, o el estuario de un río, donde, con mucha suerte, pudiéramos entrar con el bote

o llegar a la costa de sotavento34, donde el agua estaría más calmada. Pero no parecía que tendríamos esa

suerte pues, a medida que nos acercábamos a la orilla, la tierra nos parecía más aterradora aún que el mar.

33 Den wild Zee: En holandés significa, literalmente, «el mar salvaje».

34 Sotavento: Parte opuesta a barlovento. (Ver nota 17.)

Después de remar, o más bien, de haber ido a la deriva a lo largo de lo que calculamos sería más o menos

una legua y media, una ola descomunal como una montaña nos embistió por popa e inmediatamente

comprendimos que aquello había sido el coup de gráce35. En pocas palabras, nos acometió con tanta furia,

que volcó el bote de una vez, dejándonos a todos desperdigados por el agua, y nos tragó, antes de que

pudiésemos decir: «¡Dios mío!».

35 Coup de gróce: En francés significa, literalmente, «golpe de gracia».

Nada puede describir la confusión mental que sentí mientras me hundía, pues, aunque nadaba muy bien,

no podía librarme de las olas para tomar aire. Una de ellas me llevó, o más bien me arrastró un largo trecho

hasta la orilla de la playa. Allí rompió y, cuando comenzó a retroceder, la marea me dejó, medio muerto por

el agua que había tragado, en un pedazo de tierra casi seca. Todavía me quedaba un poco de lucidez y de

aliento para ponerme en pie y tratar de llegar a la tierra, la cual estaba más cerca de lo que esperaba, antes

de que viniera otra ola y me arrastrara nuevamente. Pronto me di cuenta de que no podría evitar que esto

sucediera, pues hacia mí venía una ola tan grande como una montaña y tan furiosa como un enemigo contra

el que no tenía medios ni fuerzas para luchar. Mi meta era contener el aliento y, si podía, tratar de

mantenerme a flote para nadar, aguantando la respiración, hacia la playa. Mi gran preocupación era que la

ola, que me arrastraría un buen trecho hacia la orilla, no me llevase mar adentro en su reflujo.

La ola me hundió treinta o cuarenta pies en su masa. Sentía cómo me arrastraba con gran fuerza y

velocidad hacia la orilla, pero aguanté el aliento y traté de nadar hacia delante con todas mis fuerzas. Estaba

a punto de reventar por falta de aire, cuando sentí que me elevaba y, con mucho alivio comprobé que tenía

los brazos y la cabeza en la superficie del agua. Aunque solo pude mantenerme así unos dos minutos, pude

reponerme un poco y recobrar el aliento y el valor. Nuevamente me cubrió el agua, esta vez por menos

tiempo, así que pude aguantar hasta que la ola rompió en la orilla y comenzó a retroceder. Entonces, me

puse a nadar en contra de la corriente hasta que sentí el fondo bajo mis pies. Me quedé quieto unos

momentos para recuperar el aliento, mientras la ola se retiraba, y luego eché a correr hacia la orilla con las

pocas fuerzas que me quedaban. Pero esto no me libró de la furia del mar que volvió a caer sobre mí y, dos

veces más, las olas me levantaron y me arrastraron como antes por el fondo, que era muy plano.

La última de las olas casi me mata, pues el mar me arrastró, como las otras veces, y me llevó, más bien,

me estrelló, contra una piedra, con tanta fuerza que me dejó sin sentido e indefenso. Como me golpeé en el

costado y en el pecho, me quedé sin aliento y si, en ese momento, hubiese venido otra ola, sin duda me

habría ahogado. Mas pude recuperarme un poco, antes de que viniese la siguiente ola y, cuando vi que el

agua me iba a cubrir nuevamente, resolví agarrarme con todas mis fuerzas a un pedazo de la roca y

contener el aliento hasta que pasara. Como el mar no estaba tan alto como al principio, pues me hallaba

más cerca de la orilla, me agarré hasta que pasó la siguiente ola, y eché otra carrera que me acercó tanto a la

orilla que la que venía detrás, aunque me alcanzó, no llegó a arrastrarme. En una última carrera, llegué a

tierra firme, donde, para mi satisfacción, trepé por unos riscos que había en la orilla y me senté en la hierba,

fuera del alance del agua y libre de peligro.

Encontrándome a salvo en la orilla, elevé los ojos al cielo y le di gracias a Dios por salvarme la vida en

una situación que, minutos antes, parecía totalmente desesperada. Creo que es imposible expresar

cabalmente, el éxtasis y la conmoción que siente el alma cuando ha sido salvada, diría yo, de la mismísima

tumba. En aquel momento comprendí la costumbre según la cual cuando al malhechor, que tiene la soga al

cuello y está a punto de ser ahorcado, se le concede el perdón, se trae junto con la noticia a un cirujano que

le practique una sangría, en el preciso instante en que se le comunica la noticia, para evitar que, con la

emoción, se le escapen los espíritus del corazón y muera:

Pues las alegrías súbitas, como las penas, al principio desconciertan36.

36 Pues las alegrías súbitas, como las penas, al principio desconciertan: Parece ser una adaptación de la

popular comedia de Shackerley Marmion, Holland's Leaguer (1632) donde dice: «Las grandes alegrías,

como las penas, son mudas.»

Caminé por la playa con las manos en alto y totalmente absorto en la contemplación de mi salvación,

haciendo gestos y movimientos que no puedo describir, pensando en mis compañeros que se habían

ahogado; no se salvó ni un alma, salvo yo, pues nunca más volví a verlos, ni hallé rastro de ellos, a

excepción de tres de sus sombreros, una gorra y dos zapatos de distinto par.

Miré hacia la embarcación encallada, que casi no podía ver por la altura de la marea y la espuma de las

olas y, al verla tan lejos, pensé: «¡Señor!, ¿cómo pude llegar a la orilla?»

Después de consolarme un poco, con lo poco que tenía para consolarme en mi situación, empecé a mirar

a mi alrededor para ver en qué clase de sitio me encontraba y qué debía hacer. Muy pronto, la sensación de

alivio se desvaneció y comprendí que me había salvado para mi mal, pues estaba empapado y no tenía

ropas para cambiarme, no tenía nada que comer o beber para reponerme, ni tenía alternativa que no fuese

morir de hambre o devorado por las bestias salvajes. Peor aún, tampoco tenía ningún arma para cazar o

matar algún animal para mi sustento, ni para defenderme de cualquier criatura que quisiera matarme para el

suyo. En suma, no tenía nada más que un cuchillo, una pipa y un poco de tabaco en una caja. Estas eran mis

únicas provisiones y, al comprobarlo, sentí tal tribulación, que durante un rato no hice otra cosa que correr

de un lado a otro como un loco. Al acercarse la noche, empecé a angustiarme por lo que sería de mí si en

esa tierra había bestias hambrientas, sabiendo que durante la noche suelen salir en busca de presas.

La única solución que se me ocurrió fue subirme a un árbol frondoso, parecido a un abeto pero con

espinas, que se erguía cerca de mí y donde decidí pasar la noche, pensando en el tipo de muerte que me

aguardaba al día siguiente, ya que no veía cómo iba a poder sobrevivir allí. Caminé como un octavo de

milla, buscando agua fresca para beber y, finalmente, la conseguí, lo cual me causó una inmensa alegría.

Después de beber, me eché un poco de tabaco a la boca, para quitarme el hambre y regresé al árbol.

Mientras me encaramaba, busqué un lugar de donde no me cayera si me quedaba dormido. Corté un palo

corto, a modo de porra, para defenderme, me subí a mi alojamiento y, de puro agotamiento, me quedé

dormido. Esa noche dormí tan cómodamente como, según creo, pocos hubieran podido hacerlo en

semejantes condiciones y logré descansar como nunca en mi vida.

Cuando desperté era pleno día, el tiempo estaba claro y, una vez aplacada la tormenta, el mar no estaba

tan alto ni embravecido como antes. Sin embargo, lo que me sorpren dió más fue descubrir que, al subir la

marea, el barco se había desencallado y había ido a parar a la roca que mencioné al principio, contra la que

me había golpeado al estrellarme. Estaba a menos de una milla de la orilla donde me encontraba y, como

me pareció que estaba bien erguido, me entraron unos fuertes deseos de llegarme hasta él, al menos para

rescatar algunas cosas que pudieran servirme.

Cuando bajé de mi alojamiento en el árbol, miré nuevamente a mi alrededor y lo primero que vi fue el

bote tendido en la arena, donde el mar y el viento lo habían arrastrado, como a dos millas a la derecha de

donde me hallaba. Caminé por la orilla lo que pude para llegar a él, pero me encontré con una cala o una

franja de mar, de casi media milla de ancho, que se interponía entre el bote y yo. Decidí entonces regresar a

donde estaba, pues mi intención era llegar al barco, donde esperaba encontrar algo para subsistir.

Poco después del mediodía, el mar se había calmado y la marea había bajado tanto, que pude llegar a un

cuarto de milla del barco. Entonces, volví a sentirme abatido por la pena, pues me di cuenta de que si

hubiésemos permanecido en el barco, nos habríamos salvado todos y yo no me habría visto en una

situación tan desgraciada, tan solo y desvalido como me hallaba. Esto me hizo saltar las lágrimas nuevamente,

mas, como de nada me servía llorar, decidí llegar hasta el barco si podía. Así, pues, me quité las

ropas, porque hacía mucho calor, y me metí al agua. Cuando llegué al barco, me encontré con la dificultad

de no saber cómo subir, pues estaba encallado y casi totalmente fuera del agua, y no tenía nada de qué

agarrarme. Dos veces le di la vuelta a nado y, en la segunda, advertí un pequeño pedazo de cuerda, que me

asombró no haber visto antes, que colgaba de las cadenas de proa. Estaba tan baja que, si bien con mucha

dificultad, pude agarrarla y subir por ella al castillo de proa. Allí me di cuenta de que el barco estaba

desfondado y tenía mucha agua en la bodega, pero estaba tan encallado en el banco de arena dura, más bien

de tierra, que la popa se alzaba por encima del banco y la proa bajaba casi hasta el agua. De ese modo, toda

la parte posterior estaba en buen estado y lo que había allí estaba seco porque, podéis estar seguros, lo

primero que hice fue inspeccionar qué se había estropeado y qué permanecía en buen estado. Lo primero

que vi fue que todas las provisiones del barco estaban secas e intactas y, como estaba en buena disposición

para comer, entré en el depósito de pan y me llené los bolsillos de galletas, que fui comiendo, mientras

hacía otras cosas, pues no tenía tiempo que perder. También encontré un poco de ron en el camarote

principal, del que bebí un buen trago, pues, ciertamente me hacía falta, para afrontar lo que me esperaba.

Lo único que necesitaba era un bote para llevarme todas las cosas que, según preveía, iba a necesitar.

Era inútil sentarse sin hacer nada y desear lo que no podía llevarme y esta situación extrema avivó mi

ingenio. Teníamos varias vergas, dos o tres palos y uno o dos másti les de repuesto en el barco. Decidí

empezar por ellos y lancé por la borda los que pude, pues eran muy pesados, amarrándolos con una cuerda

para que no se los llevara la corriente. Hecho esto, me fui al costado del barco y, tirando de ellos hacia mí,

amarré cuatro de ellos por ambos extremos, tan bien como pude, a modo de balsa. Les coloqué encima dos

o tres tablas cortas atravesadas y vi que podía caminar fácilmente sobre ellas, aunque no podría llevar

demasiado peso, pues eran muy delgadas. Así, pues, puse manos a la obra nuevamente y, con una sierra de

carpintero, corté un mástil de repuesto en tres pedazos que los añadí a mi balsa. Pasé muchos trabajos y

dificultades, pero la esperanza de conseguir lo que me era necesario, me dio el estímulo para hacer más de

lo que habría hecho en otras circunstancias.

La balsa ya era lo suficientemente resistente como para soportar un peso razonable. Lo siguiente era

decidir con qué cargarla y cómo proteger del agua lo que pusiera sobre ella, lo cual no me tomó mucho

tiempo resolver. En primer lugar, puse todas las tablas que pude encontrar. Después de reflexionar sobre lo

que necesitaba más, agarré tres arcones de marinero, los abrí y vacié, y los bajé hasta mi balsa; el primero

lo llené de alimentos, es decir, pan, arroz, tres quesos holandeses, cinco pedazos de carne seca de cabra, de

la cual nos habíamos alimentado durante mucho tiempo, y un sobrante de grano europeo, que habíamos

reservado para unas aves que traíamos a bordo y que ya se habían matado. Había también algo de cebada y

trigo pero, para mi gran decepción, las ratas se lo habían comido o estropeado casi en su totalidad. Encontré

varias botellas de alcohol, que pertenecían al capitán, entre las que había un poco de licor y como cinco o

seis galones de raque37, todo lo cual, coloqué sin más en la balsa, pues no había necesidad de meterlo en los

arcones, ni espacio para hacerlo. Mientras hacía esto, noté que la marea comenzaba a subir, aunque el mar

estaba en calma y me mortificó ver que mi chaqueta, la camisa y el chaleco que había dejado en la arena, se

alejaban flotando; en cuanto a los pantalones, que eran de lino y abiertos en las rodillas, me los había

dejado puestos cuando me lancé a nadar hacia el barco y, asimismo, los calcetines. No obstante, esto me

obligó a buscar ropa, que encontré en abundancia, aunque solo cogí la que iba a usar inmediatamente, pues

había otras cosas que me interesaban más, como, por ejemplo, las herramientas. Después de mucho buscar,

encontré el arcón del carpintero que, ciertamente, era un botín de gran utilidad y mucho más valioso, en

esas circunstancias, que todo un buque cargado de oro. Lo puse en la balsa, tal y como lo había encontrado,

sin perder tiempo en ver lo que contenía, ya que, más o menos, lo sabía.

37 Raque: Palabra de origen árabe con la que se denominan genéricamente los destilados alcohólicos

típicos de los países cálidos como el vino de palma o de coco.

Luego procuré abastecerme de municiones y armas. Había dos pistolas y dos escopetas de caza muy

buenas en el camarote principal. Las cogí inmediatamente, así como algunos cuernos de pólvora, una

pequeña bolsa de balas y dos viejas espadas mohosas. Sabía que había tres barriles de pólvora en el barco

pero no sabía dónde los había guardado el artillero. Sin embargo, después de mucho buscar, los encontré;

dos de ellos estaban secos y en buen estado y el otro estaba húmedo. Llevé los dos primeros a la balsa,

junto con las armas, y, viéndome bien abastecido, comencé a pensar cómo llegar a la orilla sin velas, remos

ni timón, sabiendo que la menor ráfaga de viento lo echaría todo a perder.

Tenía tres cosas a mi favor: l. el mar estaba en calma, 2. la marea estaba subiendo y me impulsaría hacia

la orilla, 3. el poco viento que soplaba me empujaría hacia tierra. Así, pues, habiendo encontrado dos o tres

remos rotos que pertenecían al barco, dos serruchos, un hacha y un martillo, aparte de lo que ya había en el

arcón, me lancé al mar. La balsa fue muy bien a lo largo de una milla, más o menos, aunque se alejaba un

poco del lugar al que yo había llegado a tierra. Esto me hizo suponer que había alguna corriente y, en

consecuencia, que me encontraría con un estuario, o un río, que me sirviera de puerto para desembarcar con

mi cargamento.

Tal como había imaginado, apareció ante mí una pequeña apertura en la tierra y una fuerte corriente que

me impulsaba hacia ella. Traté de controlar la balsa lo mejor que pude para mantenerme en el medio del

cauce, pero estuve a punto de sufrir un segundo naufragio, que me habría destrozado el corazón. Como no

conocía la costa, uno de los extremos de mi balsa se encalló en un banco y, poco faltó, para que la carga se

deslizara hacia ese lado y cayera al agua. Traté con todas mis fuerzas de sostener los arcones con la

espalda, a fin de mantenerlos en su sitio, pero no era capaz de desencallar la balsa ni de cambiar de postura.

Me mantuve en esa posición durante casi media hora, hasta que la marea subió lo suficiente para nivelar y

desencallar la balsa. Entonces la impulsé con el remo hacia el canal y seguí subiendo hasta llegar a la

desembocadura de un pequeño río, entre dos orillas, con una buena corriente que impulsaba la balsa hacia

la tierra. Miré hacia ambos lados para buscar un lugar adecuado donde desembarcar y evitar que el río me

subiera demasiado, pues tenía la esperanza de ver algún barco en el mar y, por esto, quería mantenerme tan

cerca de la costa como pudiese.

A lo lejos, advertí una pequeña rada en la orilla derecha del río, hacia la cual, con mucho trabajo y

dificultad, dirigí la balsa hasta acercarme tanto que, apoyando el remo en el fondo, podía impulsarme hasta

la tierra. Mas, nuevamente, corría el riesgo de que mi cargamento cayera al agua porque la orilla era muy

escarpada, es decir, tenía una pendiente muy pronunciada, y no hallaba por dónde desembarcar, sin que uno

de los extremos de la balsa, encajándose en la tierra, la desnivelara y pusiera mi cargamento en peligro

como antes. Lo único que podía hacer era esperar a que la marea subiera del todo, sujetando la balsa con el

remo, a modo de ancla, para mantenerla paralela a una parte plana de la orilla que, según mis cálculos,

quedaría cubierta por el agua; y así ocurrió. Tan pronto hubo agua suficiente, pues mi balsa tenía un calado

de casi un pie, la impulsé hacia esa parte plana de la orilla y ahí la sujeté, enterrando mis dos remos rotos

en el fondo; uno en uno de los extremos de la balsa, y el otro, en el extremo diametralmente opuesto. Así

estuve hasta que el agua se retiró y mi balsa, con todo su cargamento, quedaron sanos y salvos en tierra.

Mi siguiente tarea era explorar el lugar y buscar un sitio adecuado para instalarme y almacenar mis

bienes, a fin de que estuvieran seguros ante cualquier eventualidad. No sa bía aún dónde estaba; ni si era un

continente o una isla, si estaba poblado o desierto, ni si había peligro de animales salvajes. Una colina se

erguía, alta y empinada, a menos de una milla de donde me hallaba, y parecía elevarse por encima de otras

colinas, que formaban una cordillera en dirección al norte. Tomé una de las escopetas de caza, una de las

pistolas y un cuerno de pólvora y, armado de esta sazón, me dispuse a llegar hasta la cima de aquella

colina, a la que llegué con mucho trabajo y dificultad para descubrir mi penosa suerte; es decir, que me

encontraba en una isla rodeada por el mar, sin más tierra a la vista que unas rocas que se hallaban a gran

distancia y dos islas, aún más pequeñas, que estaban como a tres leguas hacia el oeste.

Descubrí también que la isla en la que me hallaba era estéril y tenía buenas razones para suponer que

estaba deshabitada, excepto por bestias salvajes, de las cuales aún no ha bía visto ninguna. Vi una gran

cantidad de aves pero no sabía a qué especie pertenecían ni cuáles serían comestibles, en caso de que

pudiera matar alguna. A mi regreso, le disparé a un pájaro enorme que estaba posado sobre un árbol, al lado

de un bosque frondoso y no dudo que fuera la primera vez que allí se disparaba un arma desde la creación

del mundo, pues, tan pronto como sonó el disparo, de todas partes del bosque se alzaron en vuelo

innumerables aves de varios tipos, creando una confusa gritería con sus diversos graznidos; mas, no podía

reconocer ninguna especie. En cuanto al pájaro que había matado, tenía el picó y el color de un águila pero

sus garras no eran distintas a las de las aves comunes y su carne era una carroña, absolutamente

incomestible.

Complacido con este descubrimiento, regresé a mi balsa y me puse a llevar mi cargamento a la orilla, lo

cual me tomó el resto del día. Cuando llegó la noche, no sabía qué hacer ni dónde descansar, pues tenía

miedo de acostarme en la tierra y que viniera algún animal salvaje a devorarme aunque, según descubrí más

tarde, eso era algo por lo que no tenía que preocuparme.

No obstante, me atrincheré como mejor pude, con los arcones y las tablas que había traído a la orilla, e

hice una especie de cobertizo para albergarme durante la noche. En cuanto a la comida, no sabía cómo

conseguirla; había visto sólo dos o tres animales, parecidos a las liebres, que habían salido del bosque

cuando le disparé al pájaro.

Comencé a pensar que aún podía rescatar muchas cosas útiles del barco, en especial, aparejos, velas, y

cosas por el estilo, y traerlas a tierra. Así, pues, resolví regresar al bar co, si podía. Sabiendo que la primera

tormenta que lo azotara, lo rompería en pedazos, decidí dejar de lado todo lo demás, hasta que hubiese

rescatado del barco todo lo que pudiera. Entonces llamé a consejo, es decir, en mi propia mente, para

decidir si debía volver a utilizar la balsa; mas no me pareció una idea factible. Volvería, como había hecho

antes, cuando bajara la marea, y así lo hice, solo que esta vez me desnudé antes de salir del cobertizo y me

quedé solamente con una camisa a cuadros, unos pantalones de lino y un par de escarpines.

Subí al barco, del mismo modo que la vez anterior, y preparé una segunda balsa. Mas, como ya tenía

experiencia, no la hice tan difícil de manejar, ni la cargué tanto como la primera, sino que me llevé las

cosas que me parecieron más útiles. En el camarote del carpintero, encontré dos o tres bolsas llenas de

clavos y pasadores, un gran destornillador, una o dos docenas de hachas y, sobre todo, un artefacto muy útil

que se llama yunque. Lo amarré todo, junto con otras cosas que pertenecían al artillero, tales como dos o

tres arpones de hierro, dos barriles de balas de mosquete, siete mosquetes, otra escopeta para cazar, un poco

más de pólvora, una bolsa grande de balas pequeñas y un gran rollo de lámina de plomo. Pero esto último

era tan pesado, que no pude levantarlo para sacarlo por la borda.

Aparte de estas cosas, cogí toda la ropa de los hombres que pude encontrar, una vela de proa de repuesto,

una hamaca y ropa de cama. De este modo, cargué mi segunda balsa y, para mi gran satisfacción, pude

llevarlo todo a tierra sano y salvo.

Durante mi ausencia, temía que mis provisiones pudieran ser devoradas en la orilla pero cuando regresé,

no encontré huellas de ningún visitante. Solo un animal, que parecía un gato salvaje, estaba sentado sobre

uno de los arcones y cuando me acerqué, corrió hasta un lugar no muy distante y allí se quedó quieto.

Estaba sentado con mucha compostura y despreocupación y me miraba fijamente a la cara, como si quisiera

conocerme. Le apunté con mi pistola pero no entendió lo que hacía pues no dio muestras de preocupación

ni tampoco hizo ademán de huir. Entonces le tiré un pedazo de galleta, de las que, por cierto, no tenía

demasiadas, pues mis provisiones eran bastante escasas; como decía, le arrojé un pedazo y se acercó, lo

olfateó, se lo comió, y se quedó mirando, como agradecido y esperando a que le diera más. Le di a entender

cortésmente que no podía darle más y se marchó.

Después de desembarcar mi segundo cargamento, aunque me vi obligado a abrir los barriles de pólvora y

trasladarla poco a poco, pues estaba en unos cubos muy grandes, que pesaban demasiado, me di a la tarea

de construir una pequeña tienda, con la vela y algunos palos que había cortado para ese propósito. Dentro

de la tienda, coloqué todo lo que se podía estropear con la lluvia o el sol y apilé los arcones y barriles

vacíos en círculo alrededor de la tienda para defenderla de cualquier ataque repentino de hombre o de

animal.

Cuando terminé de hacer esto, bloqueé la puerta de la tienda por dentro con unos tablones y por fuera con

un arcón vació. Extendí uno de los colchones en el suelo y, con dos pistolas a la altura de mi cabeza y una

escopeta al alcance de mi brazo, me metí en cama por primera vez. Dormí tranquilamente toda la noche,

pues me sentía pesado y extenuado de haber dormido poco la noche anterior y trajinado arduamente todo el

día, sacando las cosas del barco y trayéndolas hasta la orilla.

Tenía el mayor almacén que un solo hombre hubiese podido reunir jamás, pero no me sentía a gusto,

pues pensaba que, mientras el barco permaneciera erguido, debía rescatar de él todo lo que pudiera. Así,

pues, todos los días, cuando bajaba la marea, me llegaba hasta él y traía una cosa u otra. Particularmente, la

tercera vez que fui, me traje todos los aparejos que pude, todos los cabos finos y las sogas que hallé, un

trozo de lona, previsto para remendar las velas cuando fuera necesario, y el barril de pólvora que se había

mojado. En pocas palabras, me traje todas las velas, desde la primera hasta la última, cortadas en trozos,

para transportar tantas como me fuera posible en un solo viaje, puesto que ya no servían como velas sino

simplemente como tela.

Me sentí más satisfecho aún, cuando, al cabo de cinco o seis viajes, como los que he descrito, convencido

de que ya no había en el barco nada más que valiese la pena rescatar, encontré un tonel de pan, tres barriles

de ron y licor, una caja de azúcar y un barril de harina. Este hallazgo me sorprendió mucho, pues no

esperaba encontrar más provisiones, excepto las que se habían estropeado con el agua. Vacié el tonel de

pan, envolví los trozos, uno por uno, con los pedazos de tela que había cortado de las velas y lo llevé todo a

tierra sano y salvo.

Al día siguiente hice otro viaje y como ya había saqueado el barco de todo lo que podía transportar, seguí

con los cables. Corté los más gruesos en trozos, de un tamaño pro porcional a mis fuerzas y, así, llevé dos

cables y un cabo a la orilla, junto con todos los herrajes que pude encontrar. Corté, además el palo de

trinquete y todo lo que me sirviera para construir una balsa grande, que cargué con todos esos objetos

pesados y me, marché. Mas, mi buena suerte comenzaba a abandonarme, pues, la balsa era tan difícil de

manejar y estaba tan sobrecargada, que, cuando entré en la pequeña rada en la que había desembarcado las

demás provisiones, no pude gobernarla tan fácilmente como la otra y se volcó, arrojándome al agua con

todo mi cargamento. A mí no me pasó casi nada, pues estaba cerca de la orilla, pero la mayor parte de mi

cargamento cayó al agua, especialmente el hierro, que según había pensado, me sería de gran utilidad. No

obstante, cuando bajó la marea, pude rescatar la mayoría de los cables y parte del hierro, haciendo un esfuerzo

infinito, pues tenía que sumergirme para sacarlos del agua y esta actividad me causaba mucha fatiga.

Después de esto, volví todos los días al barco y fui trayendo todo lo que pude.

Hacía trece días que estaba en tierra y había ido once veces al barco. En este tiempo, traje todo lo que un

solo par de manos era capaz de transportar, aunque no dudo que, de haber continuado el buen tiempo,

habría traído el barco entero a pedazos. Mientras me preparaba para el duodécimo viaje, me di cuenta de

que el viento comenzaba a soplar con más fuerza. No obstante, cuando bajó la marea, volví hasta el barco.

Cuando creía haber saqueado tan a fondo el camarote, que ya no hallaría nada más de valor, aún descubrí

un casillero con cajones, en uno de los cuales había dos o tres navajas, un par de tijeras grandes y diez o

doce tenedores y cuchillos buenos. En otro de los cajones, encontré cerca de treinta y seis libras en

monedas europeas y brasileñas y en piezas de a ocho, y un poco de oro y de plata.

Cuando vi el dinero sonreí y exclamé:

-¡Oh, droga!, ¿para qué me sirves? No vales nada para mí; ni siquiera el esfuerzo de recogerte del suelo.

Cualquiera de estos cuchillos vale más que este montón de dinero. No tengo forma de utilizarte, así que,

quédate donde estás y húndete como una criatura cuya vida no vale la pena salvar. Sin embargo, cuando

recapacité, lo cogí y lo envolví en un pedazo de lona. Pensaba construir otra balsa pero cuando me dispuse

a hacerlo, advertí que el cielo se había cubierto y el viento se había levantado. En un cuarto de hora

comenzó a soplar un vendaval desde la tierra y pensé que sería inútil pretender hacer una balsa, si el viento

venía de la tierra. Lo mejor que podía hacer era marcharme antes de que subiera la marea pues, de lo

contrario, no iba a poder llegar a la orilla. Por lo tanto, me arrojé al agua y crucé a nado el canal que se

extendía entre el barco y la arena, con mucha dificultad, en parte, por el peso de las cosas que llevaba

conmigo y, en parte, por la violencia del agua, agitada por el viento, que cobraba fuerza tan rápidamente,

que, antes de que subiera la marea, se había convertido en tormenta.

No obstante, pude llegar a salvo a mi tienda, donde me puse a resguardo, rodeado de todos mis bienes. El

viento sopló con fuerza toda la noche y, en la mañana, cuando salí a mirar, el barco había desaparecido. Al

principio sentí cierta turbación pero luego me consolé pensando que no había perdido tiempo ni escatimado

esfuerzos para rescatar del barco todo lo que pudiera servirme; en realidad, era muy poco lo que había

quedado, que habría podido sacar, si hubiese tenido más tiempo.

Por tanto, dejé de pensar en el barco o en cualquier cosa que hubiese en él, a excepción de aquello que

llegase a la orilla, como ocurrió con algunas de sus partes, que no me sirvieron de mucho.

Mi única preocupación era protegerme de los salvajes, si llegaban a aparecer, y de las bestias, si es que

había alguna en la isla. Pensé mucho en la mejor forma de hacerlo y, en especial, el tipo de morada que

debía construir, ya fuera excavando una cueva en la tierra o levantando una tienda. En poco tiempo decidí

que haría ambas y no me parece impropio describir detalladamente cómo las hice.

Me di cuenta en seguida de que el sitio donde me encontraba no era el mejor para instalarme, pues estaba

sobre un terreno pantanoso y bajo, muy próximo al mar, que no me parecía adecuado, entre otras cosas,

porque no había agua fresca en los alrededores. Así, pues, decidí que me buscaría un lugar más saludable y

conveniente.

Procuré que el lugar cumpliera con ciertas condiciones indispensables: en primer lugar, sanidad y agua

fresca, como acabo de mencionar; en segundo lugar, resguardo del calor del sol; en tercer lugar, protección

contra criaturas hambrientas, fueran hombres o animales; y, en cuarto lugar, vista al mar, a fin de que, si

Dios enviaba algún barco, no perdiera la oportunidad de salvarme, pues aún no había renunciado a la

esperanza de que esto ocurriera.

Mientras buscaba un sitio propicio, encontré una pequeña planicie en la ladera de una colina. Una de sus

caras descendía tan abruptamente sobre la planicie, que parecía el muro de una casa, de modo que nada

podría caerme encima desde arriba. En la otra cara, había un hueco que se abría como la entrada o puerta de

una cueva, aunque allí no hubiese, en realidad, cueva alguna ni entrada a la roca.

Decidí montar mi tienda en la parte plana de la hierba, justo antes de la cavidad. Esta planicie no tenía

más de cien yardas38 de ancho y casi el doble de largo y se extendía como un prado desde mi puerta,

descendiendo irregularmente hasta la orilla del mar. Estaba en el lado nor-noroeste de la colina, de modo

que me protegía del calor durante todo el día, hasta que el sol se colocaba al sudoeste, lo cual, en estas

tierras, significa que está próximo a ponerse.

Antes de montar mi tienda, tracé un semicírculo delante de la cavidad, de un radio aproximado de diez

yardas hasta la roca y un diámetro de veinte yardas de un extremo al otro.

En este semicírculo, enterré dos filas de estacas fuertes, hundiéndolas por un extremo en la tierra hasta

que estuvieran firmes como pilares, de manera que, sus puntas afiladas sobresalieran cinco pies y medio

desde el suelo. Entre ambas filas no había más de seis pulgadas39.

38 Yarda: Medida inglesa de longitud que equivale a 91,44 cm.

39 Pulgada: Medida inglesa de longitud que equivale a 2,54 cm. Una Pulgada es la doceava parte de un

pie.

Entonces tomé los trozos de cable que había cortado en el barco y los coloqué, uno sobre otro, dentro del

círculo, entre las dos filas de estacas hasta llegar a la punta. Sobre estos, apoyé otros palos, de casi dos pies

y medio de altura, a modo de soporte. De este modo, construí una verja tan fuerte, que no habría hombre ni

bestia capaz de saltarla o derribarla. Esto me tomó mucho tiempo y esfuerzo, en particular, cortar las

estacas en el bosque y clavarlas en la tierra.

Para entrar a este lugar, no hice una puerta, sino una pequeña escalera para pasar por encima de la

empalizada. Cuando estaba dentro, la levantaba tras de mí y me quedaba completamente encerrado y a

salvo de todo el mundo, por lo que podía dormir tranquilo toda la noche, cosa que, de lo contrario, no

habría podido hacer, aunque, según comprobé después, no tenía necesidad de tomar tantas precauciones

contra los enemigos a los que tanto temía.

Con mucho trabajo, metí dentro de esta verja o fortaleza todas mis provisiones, municiones y

propiedades de las que he hecho mención anteriormente y me hice una gran tienda doble para protegerme

de las lluvias, que en determinadas épocas del año son muy fuertes. En otras palabras, hice una tienda más

pequeña dentro de una más grande y esta última la cubrí con el alquitrán que había rescatado con las velas.

Ya no dormía en la cama que había rescatado, sino en una hamaca muy buena, que había pertenecido al

capitán del barco.

Llevé a la tienda todas mis provisiones y lo que se pudiera estropear con la humedad y, habiendo

resguardado todos mis bienes, cerré la entrada, que hasta entonces había dejado al descubierto, y utilicé la

escalera para entrar y salir.

Hecho esto, comencé a excavar la roca y a transportar, a través de la tienda, la tierra y las piedras que

extraía. Las fui apilando junto a la verja, por la parte de adentro, hasta formar una especie de terraza, que se

levantaba como un pie y medio del suelo. De este modo, excavé una cueva, detrás de mi tienda, que me

servía de bodega.

Me costó gran esfuerzo y muchos días realizar todas estas tareas. Por tanto, debo retroceder para hacer

referencia a algunas cosas que, durante este tiempo, me preocupaban. Ocurrió que, habiendo terminado el

proyecto de montar mi tienda y excavar la cueva, se desató una tormenta de lluvia, que caía de una nube

espesa y oscura. De pronto se produjo un relámpago al que, como suele ocurrir, sucedió un trueno

estrepitoso. No me asustó tanto el resplandor como el pensamiento que surgió en mi mente, tan raudo como

el mismo relámpago: «¡Oh, mi pólvora!». El corazón se me apretó cuando pensé que toda mi pólvora podía

arruinarse de un soplo, puesto que toda mi defensa y mi posibilidad de sustento dependían de ella. Me

inquietaba menos el riesgo personal que corría, pues, en caso de que la pólvora hubiese ardido, jamás

habría sabido de dónde provenía el golpe.

Tanto me impresionó este hecho, que dejé a un lado todas mis tareas de construcción y fortificación y me

dediqué a hacer bolsas y cajas para separar la pólvora en pequeñas cantidades, con la esperanza de que, si

pasaba algo, no se encendiera toda al mismo tiempo, y aislar esas pequeñas cantidades, de manera que el

fuego no pudiera propagarse de una bolsa a otra. Terminé esta tarea en casi dos semanas y creo que logré

dividir mi pólvora, que en tòtal llegaba a las doscientas cuarenta libras de peso, en no menos de cien bolsas.

En cuanto al barril que se había mojado, no me pareció peligroso así que lo coloqué en mi nueva cueva, que

en mi fantasía, la llamaba mi cocina, y escondí el resto de la pólvora entre las rocas para que no se mojara,

señalando cuidadosamente dónde lo había guardado.

En el lapso de tiempo que me hallaba realizando estas tareas, salí casi todos los días con mi escopeta,

tanto para distraerme, como para ver si podía matar algo para comer y enterarme de lo que producía la

tierra. La primera vez que salí, descubrí que en la isla había cabras, lo que me produjo una gran

satisfacción, a la que siguió un disgusto, pues eran tan temerosas, sensibles y veloces, que acercarse a ellas

era lo más difícil del mundo. Sin embargo, esto no me desanimó, pues sabía que alguna vez lograría matar

alguna, lo que ocurrió en poco tiempo, porque, después de aprender un poco sobre sus hábitos, las abordé

de la siguiente manera. Había observado que si me veían en los valles, huían despavoridas, aun cuando

estuvieran comiendo en las rocas. Mas, si se encontraban pastando en el valle y yo me hallaba en las rocas

no advertían mi presencia, por lo que llegué a la conclusión de que, por la posición de sus ojos, miraban

hacia abajo y, por lo tanto, no podían ver los objetos que se hallaban por encima de ellas. Así, pues, por

consiguiente, utilicé el siguiente método: subía a las rocas para situarme encima de ellas y, desde allí, les

disparaba, a menudo, con buena puntería. La primera vez que les disparé a estas criaturas, maté a una

hembra que tenía un cabritillo, al que daba de mamar, lo cual me causó mucha pena. Cuando cayó la madre,

el pequeño se quedó quieto a su lado hasta que llegué y la levanté, y mientras la llevaba cargada sobre

los hombros, me siguió muy de cerca hasta mi aposento. Entonces, puse la presa en el suelo y cogí al

pequeño en brazos y lo llevé hasta mi empalizada con la esperanza de criarlo y domesticarlo. Mas, como no

quería comer, me vi forzado a matarlo y comérmelo. La carne de ambos me dio para alimentarme un buen

tiempo, pues comía con moderación y economizaba mis provisiones (especialmente el pan), todo lo que

podía.

Una vez instalado, me di cuenta de que sentía la necesidad imperiosa de tener un sitio donde hacer fuego

y procurarme combustible. Contaré con lujo de detalles lo que hice para procurármelo y cómo agrandé mi

cueva y las demás mejoras que introduje. Pero antes, debo hacer un breve relato acerca de mí y mis

pensamientos sobre la vida, que, como bien podrá imaginarse, no eran pocos.

Tenía una idea bastante sombría de mi condición, pues me hallaba náufrago en esta isla, a causa de una

violenta tormenta, que nos había sacado completamente de rumbo; es decir, a varios cientos de leguas de

las rutas comerciales de la humanidad. Tenía muchas razones para creer que se trataba de una

determinación del Cielo y que terminaría mis días en este lugar desolado y solitario. Lloraba amargamente

cuando pensaba en esto y, a veces, me preguntaba a mí mismo por qué la Providencia arruinaba de esta

forma a sus criaturas y las hacía tan absolutamente miserables; por qué las abandonaba de forma tan

humillante, que resultaba imposible sentirse agradecido por estar vivo en semejantes condiciones.

Pero algo siempre me hacía recapacitar y reprocharme por estos pensamientos. Particularmente, un día,

mientras caminaba por la orilla del mar con mi escopeta en la mano y me hallaba absorto reflexionando

sobre mi condición, la razón, por así decirlo, me expuso otro argumento: «Pues bien, estás en una situación

desoladora, cierto, pero por favor, recuerda dónde están los demás. ¿Acaso no venían once a bordo del

bote? ¿Por qué no se salvaron ellos y moriste tú? ¿Por qué fuiste escogido? ¿Es mejor estar aquí o allá?» Y

entonces apunté con el dedo hacia el mar. Todos los males han de ser juzgados pensando en el bien que

traen consigo y en los males mayores que pueden acechar.

Entonces volví a pensar en lo bien provisto que estaba para subsistir y lo que habría sido de mí, si no

hubiese ocurrido -había, acaso, una posibilidad entre cien mil- que el barco se encallara donde lo hizo

primeramente, y hubiese sido arrastrado tan cerca de la costa, que me diese tiempo de rescatar todo lo que

pude de él. ¿Qué habría sido de mí si hubiese tenido que vivir en las condiciones en las que había llegado a

tierra, sin las cosas necesarias para vivir o para conseguir el sustento?

-Sobre todo -decía en voz alta, aunque hablando conmigo mismo-, ¿qué habría hecho sin una escopeta,

sin municiones, sin herramientas para fabricar nada ni para tra bajar, sin ropa, sin cama, ni tienda, ni nada

con que cubrirme?

Ahora tenía todas estas cosas en abundancia y me hallaba en buenas condiciones para abastecerme,

incluso cuando se me agotaran las municiones. Ahora tenía una perspectiva razonable de subsistir sin pasar

necesidades por el resto de mi vida, pues, desde el principio, había previsto el modo de abastecerme, no

solo si tenía un accidente, sino en el futuro, cuando se me hubiesen agotado las municiones y hubiese

perdido la salud y la fuerza.

Confieso que nunca había contemplado la posibilidad de que mis municiones pudiesen ser destruidas de

un golpe; quiero decir, que mi pólvora se encendiera con un rayo, y por eso me quedé tan sorprendido

cuando comenzó a tronar y a relampaguear.

Y ahora que voy a entrar en el melancólico relato de una vida silenciosa, como jamás se ha escuchado en

el mundo, comenzaré desde el principio y continuaré en orden. Según mis cálculos, estábamos a 30 de

septiembre cuando llegué a esta horrible isla por primera vez; el sol, que para nosotros se hallaba en el

equinoccio otoñal, estaba casi justo sobre mi cabeza pues, según mis observaciones, me encontraba a nueve

grados veintidós minutos de latitud norte respecto al ecuador.

Al cabo de diez o doce días en la isla, me di cuenta de que perdería la noción del tiempo por falta de

libros, pluma y tinta y que entonces, se me olvidarían incluso los días que había que trabajar y los que había

que guardar descanso. Para evitar esto, clavé en la playa un poste en forma de cruz en el que grabé con

letras mayúsculas la siguiente inscripción: «Aquí llegué a tierra el 30 de septiembre de 1659». Cada día,

hacía una incisión con el cuchillo en el costado del poste; cada siete incisiones hacía una que medía el

doble que el resto; y el primer día de cada mes, hacía una marca dos veces más larga que las anteriores. De

este modo, llevaba mi calendario, o sea, el cómputo de las semanas, los meses y los años.

Hay que observar que, entre las muchas cosas que rescaté del barco, en los muchos viajes que hice, como

he mencionado anteriormente, traje varias de poco valor pero no por eso menos útiles, que he omitido en

mi narración; a saber: plumas, tinta y papel de los que había varios paquetes que pertenecían al capitán, el

primer oficial y el carpintero; tres o cuatro compases, algunos instrumentos matemáticos, cuadrantes,

catalejos, cartas marinas y libros de navegación; todo lo cual había amontonado, por si alguna vez me

hacían falta. También encontré tres Biblias muy buenas, que me habían llegado de Inglaterra y había

empaquetado con mis cosas, algunos libros en portugués, entre ellos dos o tres libros de oraciones

papistas40, y otros muchos libros que conservé con gran cuidado. Tampoco debo olvidar que en el barco

llevábamos un perro y dos gatos, de cuya eminente historia diré algo en su momento, pues me traje los dos

gatos y el perro saltó del barco por su cuenta y nadó hasta la orilla, al día siguiente de mi desembarco con el

primer cargamento. A partir de entonces, fue mi fiel servidor durante muchos años. Me traía todo lo que yo

quería y me hacía compañia; lo único que faltaba era que me hablara pero eso no lo podía hacer. Como

dije, había encontrado plumas, tinta y papel, que administré con suma prudencia y puedo demostrar que

mientras duró la tinta, apunté las cosas con exactitud. Mas cuando se me acabó, no pude seguir haciéndolo,

pues no conseguí producirla de ningún modo.

40 Papistas: Significa católico pero suele usarse como término despectivo.

Esto me hizo advertir que, a pesar de todo lo que había logrado reunir, necesitaba más cosas, entre ellas

tinta y también un pico y una pala para excavar y remover la tierra, agujas, alfileres, hilo y ropa blanca, de

la cual aprendí muy pronto a prescindir sin mucha dificultad.

Esta falta de herramientas, hacía más difíciles los trabajos que tenía que realizar, por lo que tardé casi un

año en terminar mi pequeña empalizada o habitación protegida. Los postes o estacas, que tenían un peso

proporcional a mis fuerzas, me obligaron a pasar mucho tiempo en el bosque cortando y preparando troncos

y, sobre todo, transportándolos hasta mi morada. A veces tardaba dos días enteros en cortar y transportar

uno solo de esos postes y otro día más en clavarlo en la tierra. Para hacer esto, utilizaba un leño pesado

pero después pensé que sería mejor utilizar unas barras puntiagudas de hierro que, después de todo,

tampoco me aliviaron el tedio y la fatiga de enterrar los postes.

Pero, ¿qué necesidad tenía de preocuparme por la monotonía que me imponía cualquier obligación si

tenía todo el tiempo del mundo para realizarla? Tampoco tenía más que hacer cuando terminara, al menos

nada que pudiera prever, si no era recorrer la isla en busca de alimento, lo cual hacía casi todos los días.

Comencé a considerar seriamente mi condición y las circunstancias a las que me veía reducido y decidí

poner mis asuntos por escrito, no tanto para dejarlos a los que acaso vinieran después de mí, pues era muy

poco probable que tuviera descendencia, sino para liberar los pensamientos que a diario me afligían. A

medida que mi razón iba dominando mi abatimiento, empecé a consolarme como pude y a anotar lo bueno

y lo malo, para poder distinguir mi situación de una peor; y apunté con imparcialidad, como lo harían un

deudor y un acreedor, los placeres de que disfrutaba, así como las miserias que padecía, de la siguiente

manera:

Malo

He sido arrojado a una horrible isla desierta, sin esperanza alguna de salvación.

Al parecer, he sido aislado y separado de todo el mundo para llevar una vida miserable.

Estoy separado de la humanidad, completamente aislado, desterrado de la sociedad humana.

No tengo ropa para cubrirme.

No tengo defensa alguna ni medios para resistir un ataque de hombre o bestia.

No tengo a nadie con quien hablar o que pueda consolarme.

Bueno

Pero estoy vivo y no me he ahogado como el resto de mis compañeros de viaje.

Pero también he sido eximido, entre todos los tripulantes del barco, de la muerte; y Él, que tan

milagrosamente me salvó de la muerte, me puede liberar de esta condición.

Pero no estoy muriéndome de hambre ni pereciendo en una tierra estéril, sin susten to.

Pero estoy en un clima cálido donde, si tuviera ropa, apenas podría utilizarla.

Pero he sido arrojado a una isla en la que no veo animales feroces que puedan hacerme daño, como los

que vi en la costa de África; ¿y si hubiese naufragado allí?

Pero Dios, envió milagrosamente el barco cerca de la costa para que pudiese rescatar las cosas

necesarias para suplir mis carencias y abastecerme con lo que me haga falta por el resto de mi vida.

En conjunto, este era un testimonio indudable de que no podía haber en el mundo una situación más

miserable que la mía. Sin embargo, para cada cosa negativa había algo positivo por lo que dar gracias. Y

que esta experiencia, obtenida en la condición más desgraciada del mundo, sirva para demostrar que, aun

en la desgracia, siempre encontraremos algún consuelo, que colocar en el cómputo del acreedor, cuando

hagamos el balance de lo bueno y lo malo.

Habiendo recuperado un poco el ánimo respecto a mi condición y renunciando a mirar hacia el mar en

busca de algún barco; digo que, dejando esto a un lado, comencé a ocuparme de mejorar mi forma de vida,

tratando de facilitarme las cosas lo mejor que pudiera.

Ya he descrito mi vivienda, que era una tienda bajo la ladera de una colina, rodeada de una robusta

empalizada hecha de postes y cables. En verdad, debería llamarla un muro porque, desde fuera, levanté una

suerte de pared contra el césped, de unos dos pies de espesor y, al cabo de un tiempo, creo que como un año

y medio, coloqué unas vigas que se apoyaban en la roca y la cubrí con ramas de árboles y cosas por el estilo

para protegerme de la lluvia, que en algunas épocas del año era muy violenta.

Ya he relatado cómo llevé todos mis bienes al interior de la empalizada y de la cueva que excavé en la

parte posterior. Pero debo añadir que, al principio, todo esto era un confuso amontonamiento de cosas

desordenadas, que ocupaban casi todo el espacio y no me dejaban sitio para moverme. Así, pues, me di a la

tarea de agrandar mi cueva, excavando más profundamente en la tierra, que era de roca arenosa y cedía

fácilmente a mi trabajo. Cuando me sentí a salvo de las bestias de presa, comencé a excavar caminos

laterales en la roca; primero hacia la derecha y, luego, nuevamente hacia la derecha, lo cual me permitió

contar con un angosto acceso por el que entrar y salir de mi empalizada o fortificación.

Esto no solo me proporcionó una entrada y salida, como una suerte de paso por el fondo a la tienda y la

bodega, sino un espacio para almacenar mis bienes.

Entonces, comencé a dedicarme a fabricar las cosas que consideraba más necesarias, particularmente una

silla y una mesa, pues sin estas no podía disfrutar de las pocas comodi dades que tenía en el mundo; no

podía escribir, comer, ni hacer muchas cosas a gusto sin una mesa.

Así, pues, me puse a trabajar y aquí debo señalar que, puesto que la razón es la sustancia y origen de las

matemáticas, todos los hombres pueden hacerse expertos en las ar tes manuales si utilizan la razón para

formular y encuadrar todo y juzgar las cosas racionalmente. Nunca en mi vida había utilizado una

herramienta, mas con el tiempo, con trabajo, empeño e ingenio descubrí que no había nada que no pudiera

construir, en especial, si tenía herramientas; y hasta llegué a hacer un montón de cosas sin herramientas,

algunas de ellas, tan solo con una azuela y un hacha, como, seguramente, nunca se habrían hecho antes; y

todo ello con infinito esfuerzo. Por ejemplo, si quería un tablón, no tenía más remedio que cortar un árbol,

colocarlo de canto y aplanarlo a golpes con mi hacha por ambos lados, hasta convertirlo en una plancha y,

después, pulirlo con mi azuela. Es cierto que con este procedimiento solo podía obtener una tabla de un

árbol completo pero no me quedaba otra alternativa que ser paciente. Tampoco tenía solución para el

esfuerzo y el tiempo que me costaba hacer cada plancha o tablón; mas como mi tiempo y mi trabajo valían

muy poco, estaban bien empleados de cualquier forma.

Con todo, según expliqué anteriormente, primero me hice una mesa y una silla con las tablas pequeñas

que traje del barco en mi balsa. Más tarde, después de fabricar algu nas tablas, del modo que he dicho, hice

unos estantes largos, de un pie y medio de ancho, que puse, uno encima de otro, a lo largo de toda mi cueva

para colocar todas mis herramientas, clavos y hierros; en pocas palabras, para tener cada cosa en su lugar

de manera que pudiese acceder a todo fácilmente. Clavé, además, unos ganchos en la pared de la roca para

colgar mis armas y todas las cosas que pudiese.

Si alguien hubiese visto mi cueva, le habría parecido un almacén general de todas las cosas necesarias en

el mundo. Tenía todas mis pertenencias tan a la mano que era un placer ver un surtido tan amplio y

ordenado de existencias.

Fue entonces cuando comencé a llevar un diario de lo que hacía cada día porque, al principio, tenía

mucha prisa no solo por el trabajo, sino porque estaba bastante confuso, por lo que mi diario habría estado

lleno de cosas lúgubres. Por ejemplo, habría dicho: «30 de septiembre. Después de haber llegado a la orilla

y haberme librado de morir ahogado, en vez de darle gracias a Dios por salvarme, tras vomitar toda el agua

salada que había tragado, hallándome un poco más repuesto, corrí de un lado a otro de la playa, retorciéndome

las manos y golpeándome la cabeza y la cara, maldiciendo mi suerte y gritando que estaba

perdido hasta que, extenuado y desmayado, tuve que tumbarme en la tierra a descansar y aún no pude

dormir por temor a ser devorado.»

Días más tarde, después de haber regresado al barco y rescatado todo lo posible, todavía no podía evitar

subir a la cima de la colina, con la esperanza de ver si pasaba algún barco. Imaginaba que, a lo lejos, veía

una vela y me contentaba con esa ilusión. Luego, después de mirar fijamente hasta quedarme casi ciego, la

perdía de vista y me sentaba a llorar como un niño, aumentando mi desgracia por mi insensatez.

Mas, habiendo superado esto en cierta medida y habiendo instalado mis cosas y mi vivienda; habiendo

hecho una silla y una mesa y dispuesto todo tan agradablemente como pude, comencé a llevar mi diario,

que transcribiré a continuación (aunque en él se vuelvan a contar todos los detalles que ya he contado), en

el cual escribí mientras pude, pues cuando se me acabó la tinta, tuve que abandonarlo.

EL DIARIO

30 de septiembre de 1659. Yo, pobre y miserable Robinson Crusoe, habiendo naufragado durante una

terrible tempestad, llegué más muerto que vivo a esta desdicha da isla a la que llamé la Isla de la

Desesperación, mientras que el resto de la tripulación del barco murió ahogada.

Pasé el resto del día lamentándome de la triste condición en la que me hallaba, pues no tenía comida, ni

casa, ni ropa, ni armas, ni un lugar a donde huir, ni la más mínima esperanza de alivio y no veía otra cosa

que la muerte, ya fuera devorado por las bestias, asesinado por los salvajes o asediado por el hambre. Al

llegar la noche, dormí sobre un árbol, al que subí por miedo a las criaturas salvajes, y logré dormir

profundamente a pesar de que llovió toda la noche.

1 de octubre. Por la mañana vi, para mi sorpresa, que el barco se había desencallado al subir la marea y

había sido arrastrado hasta muy cerca de la orilla. Por un lado, esto supuso un consuelo, porque, estando

erguido y no desbaratado en mil pedazos, tenía la esperanza de subir a bordo cuando el viento amainara y

rescatar los alimentos y las cosas que me hicieran falta; por otro lado, renovó mi pena por la pérdida de mis

compañeros, ya que, de habernos quedado a bordo, habríamos salvado el barco o, al menos, no todos

habrían perecido ahogados; si los hombres se hubiesen salvado, tal vez habríamos construido, con los restos

del barco, un bote que nos pudiese llevar a alguna otra parte del mundo. Pasé gran parte del día perplejo por

todo esto, mas, viendo que el barco estaba casi sobre seco, me acerqué todo lo que pude por la arena y

luego nadé hasta él. Ese día también llovía aunque no soplaba viento.

Del 1 al 24 de octubre. Pasé todos estos días haciendo viajes para rescatar todo lo que pudiese del barco

y llevarlo hasta la orilla en una balsa cuando subiera la marea. Llovió también en estos días aunque con

intervalos de buen tiempo; al parecer, era la estación de lluvia.

20 de octubre. Mi balsa volcó con toda la carga porque las cosas que llevaba eran mayormente pesadas,

pero como el agua no era demasiado profunda, pude recuperarlas cuando bajó la marea.

25 de octubre. Llovió toda la noche y todo el día, con algunas ráfagas de viento. Durante ese lapso de

tiempo, el viento sopló con fuerza y destrozó el barco hasta que no quedó más rastro de él, que algunos

restos que aparecieron cuando bajó la marea. Me pasé todo el día cubriendo y protegiendo los bienes que

había rescatado para que la lluvia no los estropeara.

26 de octubre. Durante casi todo el día recorrí la costa en busca de un lugar para construir mi vivienda y

estaba muy preocupado por ponerme a salvo de un ataque noctur no, ya fuera de animales u hombres.

Hacia la noche, encontré un lugar adecuado bajo una roca y tracé un semicírculo para mi campamento, que

decidí fortificar con una pared o muro hecho de postes atados con cables por dentro y con matojos por

fuera.

Del 26 al 30. Trabajé con gran empeño para transportar todos mis bienes a mi nueva vivienda aunque

llovió buena parte del tiempo.

El 31. Por la mañana, salí con mi escopeta a explorar la isla y a buscar alimento. Maté a una cabra y su

pequeño me siguió hasta casa y después tuve que matarlo porque no quería comer.

1 de nouiembre. Instalé mi tienda al pie de una roca y permanecí en ella por primera vez toda la noche.

La hice tan espaciosa como pude con las estacas que había traído para poder colgar mi hamaca.

2 de noviembre. Coloqué mis arcones, las tablas y los pedazos de leña con los que había hecho las balsas

a modo de empalizada dentro del lugar que había marcado para mi fortaleza.

3 de noviembre. Salí con mi escopeta y maté dos aves semejantes a patos, que estaban muy buenas. Por

la tarde me puse a construir una mesa.

4 de noviembre. Esta mañana organicé mi horario de trabajo, caza, descanso y distracción; es decir, que

todas las mañanas salía a cazar durante dos o tres horas, si no llovía, entonces trabajaba hasta las once en

punto, luego comía lo que tuviese y desde las doce hasta las dos me echaba una siesta pues a esa hora hacía

mucho calor; por la tarde trabajaba otra vez. Dediqué las horas de trabajo de ese día y del siguiente a

construir mi mesa, pues aún era un pésimo trabajador, aunque el tiempo y la necesidad hicieron de mí un

excelente artesano en poco tiempo, como, pienso, le hubiese ocurrido a cualquiera.

5 de noviembre. Este día salí con mi escopeta y mi perro y cacé un gato salvaje que tenía la piel muy

suave aunque su carne era incomestible: siempre desollaba todos los animales que cazaba y conservaba su

piel. A la vuelta, por la orilla, vi muchos tipos de aves marinas que no conocía y fui sorprendido y casi

asustado por dos o tres focas41 que, mientras las observaba sin saber qué eran, se echaron al mar y

escaparon, por esa vez.

41 Parece poco probable que hubiera focas en la desembocadura del Orinoco, en el Atlántico sur. Estas

focas en particular, pudieron venir de las proximidades de Juan Fernández.

6 de noviembre. Después de mi paseo matutino, volví a trabajar en mi mesa y la terminé aunque no a mi

gusto; mas no pasó mucho tiempo antes de que aprendiera a arreglarla.

7 de noviembre. El tiempo comenzó a mejorar. Los días 7, 8, 9, 10 y parte del 12 (porque el 11 era

domingo), me dediqué exclusivamente a construir una silla y, con mucho esfuerzo, logre darle una forma

aceptable aunque no llegó a gustarme nunca y eso que en el proceso, la deshice varias veces. Nota: pronto

descuidé la observancia del domingo porque al no hacer una marca en el poste para indicarlos, olvidé

cuándo caía ese día.

13 de noviembre. Este día llovió, lo cual refrescó mucho y enfrió la tierra pero la lluvia vino acompañada

de rayos y truenos; esto me hizo temer por mi pólvora. Tan pronto como escampó decidí separar mi

provisión de pólvora en tantos pequeños paquetes como fuese posible, a fin de que no corriesen peligro.

14, 15 y 16 de noviembre. Pasé estos tres días haciendo pequeñas cajas y cofres que pudieran contener

una o dos libras de pólvora, a lo sumo y, guardando en ellos la pólvo ra, la almacené en lugares seguros y

tan distantes entre sí como pude. Uno de estos tres días maté un gran pájaro que no era comestible y no

sabía qué era.

17 de noviembre. Este día comencé a excavar la roca detrás de mi tienda con el fin de ampliar el espacio.

Nota: necesitaba tres cosas para realizar esta tarea, a saber, un pico, una pala y una carretilla o cesto.

Detuve el trabajo para pensar en la forma de suplir esta necesidad y hacerme unas herramientas; utilicé las

barras de hierro como pico y funcionaron bastante bien aunque eran pesadas; lo siguiente era una pala u

horca, que era tan absolutamente imprescindible, que no podía hacer nada sin ella; mas no sabía cómo

hacerme una.

18 de noviembre. Al día siguiente, buscando en el bosque, encontré un árbol, o al menos uno muy

parecido, de los que en Brasil se conocen como árbol de hierro por la du reza de su madera. De esta

madera, con mucho trabajo y casi a costa de romper mi hacha, corté un pedazo y lo traje a casa con igual

dificultad pues pesaba muchísimo.

La excesiva dureza de la madera y la falta de medios me obligaron a pasar mucho tiempo en esta labor,

pues tuve que trabajar poco a poco hasta darle la forma de pala o azada; el mango era exactamente igual a

los de Inglaterra, con la diferencia de que al no estar cubierta de hierro la parte más ancha al final, no habría

de durar mucho tiempo; no obstante, servía para el uso que le di; y creo que jamás se había construido una

pala de este modo ni había tomado tanto tiempo hacerla.

Aún tenía carencias, pues me hacía falta una canasta o carretilla. No tenía forma de hacer una canasta

porque no disponía de ramas que tuvieran la flexibilidad necesaria para hacer mimbre, o al menos no las

había encontrado aún. En cuanto a la carretilla, imaginé que podría fabricar todo menos la rueda; no tenía la

menor idea de cómo hacerla, ni siquiera empezarla; además, no tenía forma de hacer la barra que atraviesa

el eje de la rueda, así que me di por vencido y, para sacar la tierra que extraía de la cueva, hice algo parecido

a las bateas que utilizan los albañiles para transportar la argamasa.

Esto no me resultó tan difícil como hacer la pala y, con todo, construir la batea y la pala, aparte del

esfuerzo que hice en vano para fabricar una carretilla, me tomó casi cua tro días; digo, sin contar el tiempo

invertido en mis paseos matutinos con mi escopeta, cosa que casi nunca dejaba de hacer y casi nunca volvía

a casa sin algo para comer.

23 de noviembre. Había suspendido mis demás tareas para fabricar estas herramientas y, cuando las hube

terminado, seguí trabajando todos los días, en la medida en que me lo permitían mis fuerzas y el tiempo.

Pasé dieciocho días enteros en ampliar y profundizar mi cueva a fin de que pudiese alojar mis pertenencias

cómodamente.

Nota: durante todo este tiempo, trabajé para ampliar esta habitación o cueva lo suficiente como para que

me sirviera de depósito o almacén, de cocina, comedor y bodega; en cuanto a mi dormitorio, seguí

utilizando la tienda salvo cuando, en la temporada de lluvias, llovía tan fuertemente que no podía

mantenerme seco, lo que me obligaba a cubrir todo el recinto que estaba dentro de la empalizada con palos

largos, a modo de travesaños, inclinados contra la roca, que luego cubría con matojos y anchas hojas de

árboles, formando una especie de tejado.

10 de diciembre. Creía terminada mi cueva o cámara cuando, de pronto (parece que la había hecho

demasiado grande), comenzó a caer un montón de tierra por uno de los lados; tanta que me asusté, y no sin

razón, pues de haber estado debajo no me habría hecho falta un sepulturero. Tuve que trabajar muchísimo

para enmendar este desastre porque tenía que sacar toda la tierra que se había desprendido y, lo más

importante, apuntalar el techo para asegurarme de que no hubiese más derrumbamientos.

11 de diciembre. Este día me puse a trabajar en consonancia con lo ocurrido y puse dos puntales o

estacas contra el techo de la cueva y dos tablas cruzadas sobre cada uno de ellos. Terminé esta tarea al día

siguiente y después seguí colocando más puntales y tablas, de manera que en una semana, había asegurado

el techo; los pilares, que estaban colocados en hileras, servían para dividir las estancias de mi casa.

17 de diciembre. Desde este día hasta el 20, coloqué estantes y clavos en los pilares para colgar todo lo

que se pudiese colgar y entonces empecé a sentir que la casa estaba un poco más organizada.

20 de diciembre. Llevé todas las cosas dentro de la cueva y comencé a amueblar mi casa y a colocar

algunas tablas a modo de aparador donde poner mis alimentos pero no tenía demasiadas tablas; también me

hice otra mesa.

24 de diciembre. Mucha lluvia todo el día y toda la noche; no salí.

25 de diciembre. Llovió todo el día.

26 de diciembre. No llovió y la tierra estaba mucho más fresca que antes y más agradable.

27 de diciembre. Maté una cabra joven y herí a otra que pude capturar y llevarme a casa atada a una

cuerda; una vez en casa, le amarré y entablillé la pata, que estaba rota. Nota: la cuidé tanto que sobrevivió;

se le curó la pata y estaba más fuerte que nunca y de cuidarla tanto tiempo se domesticó y se alimentaba del

césped que crecía junto a la entrada y no se escapó. Esta fue la primera vez que contemplé la idea de criar y

domesticar algunos animales para tener con qué alimentarme cuando se me acabaran la pólvora y las

municiones.

28, 29 y 30 de diciembre. Mucho calor y nada de brisa de manera que no se podía salir, excepto por la

noche, a buscar alimento; pasé estos días poniendo en orden mi casa.

1 de enero. Mucho calor aún pero salí con mi escopeta temprano en la mañana y luego por la tarde; el

resto del día me quedé tranquilo. Esa noche me adentré en los valles que se encuentran en el centro de la

isla y descubrí muchas cabras, pero muy ariscas y huidizas; decidí que iba a tratar de llevarme al perro para

cazarlas.

2 de enero. En efecto, al otro día me llevé al perro y le mostré las cabras, pero me equivoqué porque

todas se le enfrentaron y él, sabiendo que podía correr peligro, no se quería acercar a ellas.

3 de enero. Comencé a construir mi verja o pared y como aún temía que alguien me atacara, decidí

hacerla gruesa y fuerte.

Nota: como ya he descrito esta pared anteriormente, omito deliberadamente en el diario lo que ya he

dicho; baste señalar que estuve casi desde el 3 de enero hasta el 14 de abril, trabajando, terminando y

perfeccionando esta pared aunque no medía más de veinticuatro yardas de largo. Era un semicírculo que iba

desde un punto a otro de la roca y medía unas ocho yardas; la puerta de la cueva estaba en el centro.

Durante todo este tiempo trabajé arduamente a pesar de que muchos días, a veces durante semanas

enteras, las lluvias eran un obstáculo; pero creía que no estaría total mente a salvo mientras no terminara la

pared. Resulta casi increíble el indescriptible esfuerzo que suponía hacerlo todo, especialmente traer las

vigas del bosque y clavarlas en la tierra puesto que las hice más grandes de lo que debía.

Cuando terminé el muro y lo rematé con la doble muralla de matojos, me convencí de que si alguien se

acercaba no se daría cuenta de que allí había una vivienda; e hice muy bien, como se verá más adelante, en

una ocasión muy señalada.

Durante este tiempo y cuando las lluvias me lo permitían, iba a cazar todos los días al bosque. Hice

varios descubrimientos que me fueron de utilidad, particularmente, des cubrí una especie de paloma salvaje

que no anidaba en los árboles como las palomas torcaces sino en las cavidades de las rocas como las

domésticas y, llevándome algunas crías me dediqué a domesticarlas, mas cuando crecieron, se escaparon

todas, seguramente por hambre pues no tenía mucho que darles de comer. No obstante, a menudo encontraba

sus nidos y me llevaba algunas crías que tenían una carne muy sabrosa.

Mientras me hacía cargo de mis asuntos domésticos, me di cuenta de que necesitaba muchas cosas que al

principio me parecían imposibles de fabricar como, en efecto, ocurrió con algunas. Por ejemplo, nunca

logré hacer un tonel con argollas. Como ya he dicho, tenía uno o dos barriles pero nunca llegué a fabricar

uno, aunque pasé muchas semanas intentándolo. No conseguía colocarle los fondos ni unir las duelas lo

suficiente como para que pudiera contener agua; así que me di por vencido.

Lo otro que necesitaba eran velas pues tan pronto oscurecía, generalmente a eso de las siete, me veía

obligado a acostarme. Recordaba aquel trozo de cera con el que había hecho unas velas en mi aventura

africana pero ahora no tenía nada. Lo único que podía hacer cuando mataba alguna cabra, era conservar el

sebo y en un pequeño plato de arcilla que cocí al sol, poner una mecha de estopa y hacerme una lámpara;

esta me proporcionaba luz pero no tan clara y constante como la de las velas. En medio de todas mis

labores, una vez, registrando mis cosas, encontré una bolsita que contenía grano para alimentar los pollos,

no de este viaje sino del anterior, supongo que del barco que vino de Lisboa. De este viaje, el poco grano

que quedaba había sido devorado por las ratas y no encontré más que cáscaras y polvo. Como quería

utilizar la bolsa para otra cosa, sacudí las cáscaras a un lado de mi fortificación, bajo la roca.

Fue poco antes de las grandes lluvias que acabo de mencionar, cuando me deshice de esto, sin advertir

nada y sin recordar que había echado nada allí. À1 cabo de un mes o algo así, me percaté de que unos tallos

verdes brotaban de la tierra y me imaginé que se trataba de alguna planta que no había visto hasta entonces;

mas cuál no sería mi sorpresa y mi asombro cuando, al cabo de un tiempo, vi diez o doce espigas de un

perfecto grano verde, del mismo tipo que el europeo, más bien, del inglés42.

42 El grano al que se refiere es la cebada y a pesar de lo que dice, en realidad no parece haber ninguna

diferencia entre la cebada europea y la inglesa.

Resulta imposible describir el asombro y la confusión que sentí en este momento. Hasta entonces, no

tenía convicciones religiosas; de hecho, tenía muy pocos conoci mientos de religión y pensaba que todo lo

que me había sucedido respondía al azar o, como decimos por ahí, a la voluntad de Dios, sin indagar en las

intenciones de la Providencia en estas cosas o en su poder para gobernar los asuntos del mundo. Mas

cuando vi crecer aquel grano, en un clima que sabía inadecuado para los cereales y, sobre todo, sin saber

cómo había llegado hasta allí, me sentí extrañamente sobrecogido y comencé a creer que Dios había hecho

que este grano creciera milagrosamente, sin que nadie lo hubiese sembrado, únicamente para mi sustento en

ese miserable lugar.

Esto me llegó al corazón y me hizo llorar y regocijarme porque semejante prodigio de la naturaleza se

hubiera obrado en mi beneficio; y más asombroso aún fue ver que cerca de la cebada, a todo lo largo de la

roca, brotaban desordenadamente otros tallos, que eran de arroz pues lo reconocí por haberlos visto en las

costas de África.

No solo pensé que todo esto era obra de la Providencia, que me estaba ayudando, sino que no dudé que

encontraría más en otro sitio y recorrí toda la parte de la isla en la que había estado antes, escudriñando

todos los rincones y debajo de todas las rocas, en busca de más, pero no pude encontrarlo. Al final, recordé

que había sacudido la bolsa de comida para los pollos en ese lugar y el asombro comenzó a disiparse. Debo

confesar también que mi piadoso agradecimiento a la Providencia divina disminuyó cuando comprendí que

todo aquello no era más que un acontecimiento natural. No obstante, debía estar agradecido por tan extraña

e imprevista providencia, como si de un milagro se tratase, pues, en efecto, fue obra de la Providencia que

esos diez o doce granos no se hubiesen estropeado (cuando las ratas habían destruido el resto) como si

hubiesen caído del cielo. Además, los había tirado precisamente en ese lugar donde, bajo la sombra de una

gran roca, pudieron brotar inmediatamente, mientras que si los hubiese tirado en cualquier otro lugar, en

esa época del año se habrían quemado o destruido.

Con mucho cuidado recogí las espigas en la estación adecuada, a finales de junio, conservé todo el grano

y decidí cosecharlo otra vez con la esperanza de tener, con el tiem po, suficiente grano para hacer pan. Pero

pasaron cuatro años antes de que pudiera comer algún grano y, aun así, escasamente, como relataré más

tarde, pues perdí la primera cosecha por no esperar el tiempo adecuado y sembrarantes de la estación seca,

de manera que el grano no llegó a crecer, al menos no como lo habría hecho si lo hubiese sembrado en el

momento propicio.

Además de la cebada, había unos veinte o treinta tallos de arroz, que conservé con igual cuidado para los

mismos fines, es decir, para hacer pan o, más bien, comida ya que encontré la forma de cocinarlo sin

hornearlo aunque esto también lo hice más adelante. Mas volvamos a mi diario. Trabajé arduamente

durante estos tres o cuatro meses para levantar mi muro y el 14 de abril lo cerré, no con una puerta sino con

una escalera que pasaba por encima del muro para que no se vieran rastros de mi vivienda desde el exterior.

16 de abril. Terminé la escalera de manera que podía subir por ella hasta arriba y bajarla tras de mí hasta

el interior. Esto me proveía una protección completa, pues por dentro tenía suficiente espacio pero nada

podía entrar desde fuera, a no ser que escalara el muro.

Al día siguiente, después de terminar todo esto, estuve a punto de perder el fruto de todo mi trabajo y mi

propia vida de la siguiente manera: el caso fue el siguiente, mien tras trabajaba en el interior, detrás de mi

tienda y justo en la entrada de mi cueva, algo verdaderamente aterrador me dejó espantado y fue que, de

repente, comenzó a desprenderse sobre mi cabeza la tierra del techo de mi cueva y del borde de la roca y

dos de los postes que había colocado crujieron tremebundamente. Sentí verdadero pánico porque no tenía

idea de qué podía estar ocurriendo, tan solo pensaba que el techo de mi cueva se caía, como lo había hecho

antes. Temiendo quedar sepultado dentro, corrí hacia mi escalera pero como tampoco me sentía seguro

haciendo esto, escalé el muro por miedo a que los trozos que se desprendían de la roca me cayeran encima.

No bien había pisado tierra firme cuando vi claramente que se trataba de un terrible terremoto porque el

suelo sobre el que pisaba se movió tres veces en menos de ocho minutos, con tres sacudidas que habrían

derribado el edificio más resistente que se hubiese construido sobre la faz de la tierra. Un gran trozo de la

roca más próxima al mar, que se encontraba como a una milla de donde yo estaba, cayó con un estrépito

como nunca había escuchado en mi vida. Me di cuenta también de que el mar se agitó violentamente y creo

que las sacudidas eran más fuertes debajo del agua que en la tierra.

Como nunca había experimentado algo así, ni había hablado con nadie que lo hubiese hecho, estaba

como muerto o pasmado y el movimiento de la tierra me afectaba el estó mago como a quien han arrojado

al mar. Mas el ruido de la roca al caer, me despertó, por así decirlo, y, sacándome del estupor en el que me

encontraba me infundió terror y ya no podía pensar en otra cosa que en la colina que caía sobre mi tienda y

sobre todas mis provisiones domésticas, cubriéndolas totalmente, lo cual me sumió en una profunda

tristeza.

Después de la tercera sacudida no volví a sentir más y comencé a armarme de valor aunque aún no tenía

las fuerzas para trepar por mi muro, pues temía ser sepultado vivo. Así pues, me quedé sentado en el suelo,

abatido y desconsolado, sin saber qué hacer. En todo este tiempo, no tuve el menor pensamiento religioso,

nada que no fuese la habitual súplica: Señor, ten piedad de mí. Mas cuando todo terminó, lo olvidé

también.

Mientras estaba sentado de este modo, me percaté de que el cielo se oscurecía y nublaba como si fuera a

llover. Al poco tiempo, el viento se fue levantando hasta que, en me nos de media hora, comenzó a soplar

un huracán espantoso. De repente, el mar se cubrió de espuma, las olas anegaron la playa y algunos árboles

cayeron de raíz; tan terrible fue la tormenta; y esto duró casi tres horas hasta que empezó a amainar y, al

cabo de dos horas, todo se quedó en calma y comenzó a llover copiosamente.

Todo este tiempo permanecí sentado sobre la tierra, aterrorizado y afligido, hasta que se me ocurrió

pensar que los vientos y la lluvia eran las consecuencias del terre moto y, por lo tanto, el terremoto había

pasado y podía intentar regresar a mi cueva. Esta idea me reanimó el espíritu y la lluvia terminó de

persuadirme; así, pues, fui y me senté en mi tienda pero la lluvia era tan fuerte que mi tienda estaba a punto

de desplomarse por lo que tuve que meterme en mi cueva, no sin el temor y la angustia de que me cayera

encima.

Esta violenta lluvia me forzó a realizar un nuevo trabajo: abrir un agujero a través de mi nueva

fortificación, a modo de sumidero para que las aguas pudieran correr, pues, de lo contrario, habrían

inundado la cueva. Después de un rato, y viendo que no había más temblores de tierra, empecé a sentirme

más tranquilo y para reanimarme, que mucha falta me hacía, me llegué hasta mi pequeña bodega y me tomé

un trago de ron, cosa que hice en ese momento y siempre con mucha prudencia porque sabía que, cuando se

terminara, ya no habría más.

Siguió lloviendo toda esa noche y buena parte del día siguiente, por lo que no pude salir; pero como

estaba más sosegado, comencé a pensar en lo mejor que podía hacer y llegué a la conclusión de que si la

isla estaba sujeta a estos terremotos, no podría vivir en una cueva sino que debía considerar hacerme una

pequeña choza en un espacio abierto que pudiera rodear con un muro como el que había construido para

protegerme de las bestias salvajes y los hombres. Deduje que si me quedaba donde estaba, con toda

seguridad, sería sepultado vivo tarde o temprano.

Con estos pensamientos, decidí sacar mi tienda de donde la había puesto, que era justo debajo del

peñasco colgante de la colina, el cual le caería encima si la tierra volvía a temblar. Pasé los dos días

siguientes, que eran el 19 y el 20 de abril, calculando dónde y cómo trasladar mi vivienda.

El miedo a quedar enterrado vivo no me dejó volver a dormir tranquilo pero el miedo a dormir fuera, sin

ninguna protección, era casi igual. Cuando miraba a mi alrededor y lo veía todo tan ordenado, tan cómodo

y tan seguro de cualquier peligro, sentía muy pocas ganas de mudarme. Mientras tanto, pensé que me

tomaría mucho tiempo hacer esto y que debía correr el riesgo de quedarme donde estaba hasta que hubiese

hecho un campamento seguro para trasladarme. Con esta resolución me tranquilicé por un tiempo y resolví

ponerme a trabajar a toda prisa en la construcción de un muro con pilotes y cables, como el que había

hecho antes, formando un círculo, dentro del cual montaría mi tienda cuando estuviese terminado; pero por

el momento, me quedaría donde estaba hasta que terminase y pudiese mudarme. Esto ocurrió el 21.

22 de abril. A la mañana siguiente comencé a pensar en los medios de ejecutar esta resolución pero tenía

pocas herramientas; tenía tres hachas grandes y muchas peque ñas (que eran las que utilizábamos en el

tráfico con los indios) pero, de tanto cortar y tallar maderas duras y nudosas, se habían mellado y desafilado

y, aunque tenía una piedra de afilar, no podía hacerla girar al mismo tiempo que sujetaba mis herramientas.

Esto fue motivo de tanta reflexión como la que un hombre de estado le habría dedicado a un asunto político

muy importante o un juez a deliberar una sentencia de muerte. Finalmente, ideé una rueda con una cuerda,

que podía girar con el pie y me dejaría ambas manos libres. Nota: nunca había visto nada semejante en

Inglaterra, al menos, no como para saber cómo se hacía aunque, después, he podido constatar que es algo

muy común. Aparte de esto, mi piedra de afilar era muy grande y pesada, por lo que me tomó una semana

entera perfeccionar este mecanismo.

28, 29 de abril. Empleé estos dos días completos en afilar mis herramientas y mi mecanismo para girar la

piedra funcionó muy bien.

30 de abril. Cuando revisé mi provisión de pan, me di cuenta de que había disminuido

considerablemente, por lo que me limité a comer solo una galleta al día, cosa que me provocó mucho pesar.

1 de mayo. Por la mañana, miré hacia la playa y como la marea estaba baja, vi algo en la orilla, más

grande de lo común, que parecía un tonel. Cuando me acerqué vi un peque ño barril y dos o tres pedazos

del naufragio del barco, que fueron arrastrados hasta allí en el último huracán. Cuando miré hacia el barco,

me pareció que sobresalía de la superficie del agua más que antes. Examiné el barril que había llegado y me

di cuenta de que era un barril de pólvora pero se había mojado y la pólvora estaba apelmazada y dura como

una piedra; no obstante, lo llevé rodando hasta la orilla y me acerqué al barco todo lo que pude por la arena

para buscar más.

Cuando llegué al barco, encontré que su disposición había cambiado extrañamente. El castillo de proa,

que antes estaba enterrado en la arena, se había elevado más de seis pies. La popa, que se había desbaratado

y separado del barco por la fuerza del mar poco después de que yo terminara de explorarlo, había sido

arrojada hacia un lado y todo el costado donde antes había un buen tramo de agua que no me permitía

llegar hasta el barco si no era nadando un cuarto de milla, se había llenado de arena y ahora casi podía llegar

andando hasta él cuando la marea estaba baja. Al principio, esto me sorprendió pero pronto llegué a la

conclusión de que había sido a causa del terremoto, cuya fuerza había roto el barco más de lo que ya estaba;

de modo que, a diario, sus restos llegaban hasta la orilla arrastrados por el viento y las olas.

Esto me distrajo completamente de mi proyecto de mudar mi vivienda y me mantuvo, especialmente ese

día, buscando el modo de volver al barco pero comprendí que no podría hacerlo pues su interior estaba

completamente lleno de arena. Sin embargo, como había aprendido a no desesperar por nada, decidí

arrancar todos los trozos del barco que pudiera sabiendo que todo lo que consiguiera rescatar de él, me sería

útil de un modo u otro.

3 de mayo. Comencé a cortar un pedazo de travesaño que sostenía, según creía, parte de la plataforma o

cubierta. Cuando terminé, quité toda la arena que pude de la parte más elevada pero la marea comenzó a

subir y tuve que abandonar la tarea.

4 de mayo. Salí a pescar pero no cogí ni un solo pescado que me hubiese atrevido a comer y cuando me

aburrí de esta actividad, justo cuando me iba a marchar, pesqué un pequeño delfín. Me había hecho un

sedal con un poco de cuerda pero no tenía anzuelos; no obstante, a menudo cogía suficientes peces, tantos

como necesitaba, y los secaba al sol para comerlos secos.

5 de mayo. Trabajé en los restos del naufragio, corté en pedazos otro travesaño y rescaté tres planchas de

abeto de la cubierta, que até e hice flotar hasta la orilla cuando subió la marea.

6 de mayo. Trabajé en los restos del naufragio, rescaté varios tornillos y otras piezas de hierro, puse

mucho ahínco y regresé a casa muy cansado y con la idea de renunciar a la tarea.

7 de mayo. Volví al barco pero sin intenciones de trabajar y descubrí que el casco se había roto por su

propio peso y por haberle quitado los soportes, de manera que había va rios pedazos sueltos y la bodega

estaba tan al descubierto que se podía ver a través de ella, aunque solo fuera agua y arena.

8 de mayo. Fui al barco con una barra de hierro para arrancar la cubierta que ya estaba bastante despejada

del agua y la arena; arranqué dos planchas y las llevé hasta la orilla, nuevamente, con la ayuda de la marea.

Dejé la barra de hierro en el barco para el día siguiente.

9 de mayo. Fui al barco y me abrí paso en el casco con la barra de hierro. Palpé varios toneles y los aflojé

pero no pude romperlos. También palpé el rollo de plomo de Inglaterra y logré moverlo pero pesaba

demasiado para sacarlo.

10, 11, 12, 13 y 14 de mayo. Fui todos los días al barco y rescaté muchas piezas de madera y planchas o

tablas y doscientas o trescientas libras de hierro.

15 de mayo. Me llevé dos hachas pequeñas para tratar de cortar un pedazo del rollo de plomo,

aplicándole el filo de una de ellas y golpeando con la otra pero como estaba a casi un pie y medio de

profundidad, no pude atinar a darle ni un solo golpe.

16 de mayo. El viento sopló con fuerza durante la noche y el barco se desbarató aún más con la fuerza del

agua, pero me quedé tanto tiempo en el bosque cazando palomas para comer, que la marea me impidió

llegar hasta él ese día. 17 de mayo. Vi algunos restos del barco que fueron arrastrados hasta la orilla, a gran

distancia, a unas dos millas de donde me hallaba. Resolví ir a investigar de qué se trataba y descubrí que

era una parte de la proa, demasiado pesada para llevármela.

24 de mayo. Hasta esta fecha, trabajé diariamente en el barco y, con gran esfuerzo, logré aflojar tantas

cosas con la barra de hierro que cuando subió la marea por primera vez, vinieron flotando hasta la orilla

varios toneles y dos de los arcones de marino; pero el viento soplaba de la costa y no llegó nada más ese

día, excepto unos pedazos de madera y un barril que contenía un poco de cerdo del Brasil, pero el agua y la

arena lo habían estropeado.

Proseguí sin tregua con esta tarea hasta el día 15 de junio, con la excepción del tiempo que dedicaba a

buscar alimento, que era, como he dicho, cuando subía la marea, a fin de haber terminado para cuando

bajara. Para esta fecha había reunido suficientes maderas, tablones y hierros para construir un buen bote, si

hubiera sabido cómo. También logré reunir, por partes y en varios viajes, hasta cien libras en láminas de

plomo.

16 de junio. Al bajar a la playa, encontré una gran tortuga. Era la primera que veía, lo cual se debía a mi

mala suerte y no a un defecto del lugar ni a la escasez de estos animales, ya que si me hubiera encontrado

en la otra parte de la isla, habría visto cientos de ellas todos los días, como descubrí posteriormente; pero,

tal vez, me habrían salido demasiado caras.

17 de junio. Me dediqué a cocinar la tortuga y encontré dentro de ella tres veintenas de huevos y, en

aquel momento, su carne me parecía la más sabrosa y gustosa que había probado en mi vida, pues no había

comido más que cabras y,aves desde mi llegada a este horrible lugar.

18 de junio. Llovió todo el día.y no salí. Me dio la impresión de que la lluvia estaba fría y me sentía un

poco resfriado, cosa muy rara en aquellas latitudes.

19 de junio. Estuve muy enfermo y tiritando como si hiciese mucho frío.

20 de junio. No pude descansar en toda la noche, fuertes dolores de cabeza y fiebre.

21 de junio. Estuve muy enfermo y asustado de muerte ante mi triste condición de estar enfermo y sin

ayuda. Recé a Dios, por primera vez desde la tormenta de Hull, pero no sa bía lo que decía ni por qué. Mis

pensamientos eran confusos.

22 de junio. Un poco mejor pero con un gran temor a la enfermedad.

23 de junio. Muy mal otra vez, escalofríos y luego un terrible dolor de cabeza.

24 de junio. Mucho mejor.

25 de junio. Fiebre muy alta; el acceso duró siete horas, ataques de frío y calor seguidos de sudores y

mareos. 26 de junio. Mejor. Como no tenía nada que comer, tomé mi escopeta pero me hallé demasiado

débil. No obstante, maté una cabra hembra y con mucha dificultad la traje a casa. Asé un poco y comí. Me

habría encantado hervirla y hacer un poco de caldo pero no tenía olla.

27 de junio. Me dio tanta fiebre que me quedé todo el día en cama y no pude comer ni beber nada. Estaba

a punto de morir de sed pero me sentía tan débil, que no podía tenerme en pie o buscar agua para beber.

Recé a Dios nuevamente pero deliraba y cuando no lo hacía, era tan ignorante que no sabía qué decirle. Tan

solo lloraba diciendo: «Señor, mírame, ten piedad de mí, ten misericordia de mí.» Creo que no hice más por

dos o tres horas hasta que comenzó a bajar la fiebre. Me quedé dormido y no desperté hasta altas horas de

la noche. Cuando lo hice me sentía mejor pero débil y extremadamente sediento. No obstante, como no

tenía agua en toda mi habitación, me vi obligado a esperar hasta la mañana y volví a dormirme. En esta

segunda ocasión tuve una terrible pesadilla.

Soñé que estaba sentado en el suelo en la parte exterior de mi muro, en el mismo sitio en el que me había

sentado cuando se desató la tormenta después del terremoto, y vi a un hombre que descendía a la tierra

desde una gran nube negra envuelto en una brillante llama de fuego y luz. Todo él brillaba tanto como una

llama por lo que no podía mirar hacia donde estaba; su aspecto era tan inexpresablemente espantoso que

resulta imposible describirlo con palabras. Cuando puso los pies sobre la tierra, me pareció que esta

temblaba, como lo había hecho en el terremoto y que el aire se llenaba de rayos de fuego.

No bien tocó la tierra, comenzó a caminar hacia mí con una gran lanza o arma en la mano y la intención

de matarme. Cuando llegó a un promontorio de tierra, que estaba a cierta distancia de mí me habló o

escuché una voz tan terrible que es imposible describir el terror que me causó. Lo único que puedo decir

que entendí fue esto: «En vista de que ninguna de estas cosas ha suscitado tu arrepentimiento, ahora

morirás». Al decir esto, me pareció que levantaba la lanza para matarme.

Nadie que lea este relato puede esperar que yo sea capaz de describir el espanto de mi alma ante esta

terrible visión; quiero decir que, aunque solo era un sueño, era un sueño horroroso. Tampoco es posible

describir mejor la impresión que quedó en mi espíritu al despertar y comprender que se trataba de un sueño.

No tenía, ¡ay de mí!, ningún conocimiento religioso; lo que había aprendido gracias a las buenas

enseñanzas de mi padre, se había desvanecido en ocho años de ininterrumpi dos desarreglos propios de la

gente de mar y de haberme relacionado solo con gente tan incrédula y profana como yo. No recuerdo haber

tenido, en todo ese tiempo, ni un solo pensamiento que me elevara a Dios o que me hiciera mirar hacia

adentro y reflexionar sobre mi conducta; solo una cierta estupidez espiritual, que no deseaba el bien ni tenía

conciencia del mal, se había apoderado totalmente de mí y me había convertido en la criatura más dura,

insensible y perversa entre todos los marinos, que no sentía temor de Dios en el peligro, ni le estaba

agradecido en la salvación.

Esto se entenderá mejor cuando cuente la parte pasada de mi historia y agregue que, a pesar de todas las

desgracias que me habían ocurrido hasta ese día, no se me había ocurri do pensar que eran a consecuencia

de la intervención divina, o que se trataba de un castigo por mis pecados, por la rebeldía contra mi padre,

por mis pecados actuales que eran muy grandes o, bien, un castigo por el curso general de mi depravada

vida. Cuando me hallaba en aquella desesperada expedición en las desiertas costas de África, no pensé ni

por un instante en lo que podía ser de mí, ni deseé que Dios me indicara a dónde dirigirme, ni me protegiera

del peligro que me rodeaba y de las criaturas voraces y salvajes crueles. Simplemente, no pensaba en Dios

ni en la Providencia y me comportaba como una mera bestia enajenada de los principios de la naturaleza y

los dictados del sentido común; a veces, ni siquiera como eso.

Cuando fui liberado y rescatado por el capitán portugués, y bien tratado, con justicia, honradez y caridad,

no tuve ni un solo pensamiento de gratitud. Cuando, nuevamen te, naufragué y me vi perdido y en peligro

de morir ahogado en esta isla, no sentí el menor remordimiento ni lo vi como un castigo justo; tan solo me

repetía una y otra vez que era un perro desgraciado, nacido para ser siempre miserable.

Es cierto que cuando llegué a esta orilla por primera vez y me di cuenta de que toda la tripulación había

perecido ahogada mientras que yo me había salvado, me sobrecogió una especie de éxtasis o conmoción del

alma que, si la gracia de Dios me hubiese asistido, se habría convertido en sincero agradecimiento. Mas

esto terminó donde comenzó, en un mero ramalazo de felicidad, o, podría decir, una mera sensación de

alegría por estar vivo, sin reflexionar en lo más mínimo acerca de la bondad de la mano que me había

salvado y me había escogido cuando el resto había sido aniquilado; sin preguntarme por qué la Providencia

había sido tan misericordiosa conmigo. Más bien, experimenté el mismo tipo de júbilo que sienten los

marineros cuando llegan a salvo a la orilla después de un naufragio, júbilo que ahogan por completo en un

jarro de ponche y olvidan apenas ha concluido; y todo el resto de mi vida transcurría así.

Incluso, después, cuando me hice consciente de mi situación, de cómo había llegado a este horrible lugar,

lejos de cualquier contacto humano, sin esperanza de alivio ni pers pectiva de redención, tan pronto como

vi que tenía posibilidad de sobrevivir y que no me moriría de hambre, olvidé todas mis aflicciones y

comencé a sentirme tranquilo, me dediqué a las tareas propias de mi supervivencia y abastecimiento y me

hallé muy lejos de considerar mi condición como un juicio del cielo o como obra de la mano de Dios.

La germinación del maíz, a la que hice referencia en mi diario, al principio me afectó un poco y luego

comenzó a afectarme seriamente por tanto tiempo, que creí ver algo milagroso en ello. Pero tan pronto

como desapareció esa idea, se desvaneció la impresión que me había causado, como lo he señalado

anteriormente.

Ocurrió lo mismo con el terremoto, aunque nada podía ser más terrible en la naturaleza ni revelar más

claramente el poder invisible que gobierna sobre este tipo de cosas. Apenas pasó el temor inicial, también

cesó la impresión que me había causado. No tenía más conciencia de Dios o de su juicio, ni de que mis

desgracias fueran obra de su mano, que si hubiera estado en la situación más próspera del mundo.

Pero ahora que estaba enfermo y las miserias de la muerte desfilaban lentamente ante mis ojos, cuando

mis fuerzas sucumbían bajo el peso de una fuerte debilidad y es taba extenuado por la fiebre, mi

conciencia, durante tanto tiempo dormida, comenzó a despertar y yo empecé a reprocharme mi vida pasada,

pues, evidentemente, mi perversidad había provocado que la justicia de Dios cayera tan violentamente

sobre mí y me castigara tan vengativamente.

Estos pensamientos me atormentaron durante el segundo y el tercer día de mi enfermedad, y en el furor

de la fiebre y las terribles recriminaciones de mi conciencia, musité unas palabras que parecían una plegaria

a Dios, aunque no sé si el origen de la oración era la necesidad o la esperanza. Más bien era el llamado del

miedo y la angustia pues mis pensamientos confusos, mis convicciones fuertes y el horror de morir en tan

miserable situación me abrumaron la cabeza. En este desasosiego, no sé lo que pude haber dicho pero era

una suerte de exclamación, algo así como: «¡Señor!, ¿qué clase de miserable criatura soy? Si me enfermo,

moriré de seguro por falta de ayuda. ¡Señor!, ¿qué será de mí?» Entonces comencé a llorar y no pude decir

más.

En este intervalo, recordé los buenos consejos de mi padre y su predicción, que mencioné al principio de

esta historia: que si daba ese paso insensato, Dios me negaría su bendición y luego tendría tiempo para

pensar en las consecuencias de haber desatendido sus consejos, cuando nadie pudiese ayudarme. «Ahora -

decía en voz alta-, se han cumplido las palabras de mi querido padre: la justicia de Dios ha caído sobre mí y

no tengo a nadie que pueda ayudarme o escucharme. Hice caso omiso a la voz de la Providencia, que tuvo

la misericordia de ponerme en una situación en la vida en la que hubiera vivido feliz y tranquilamente; mas

no fui capaz de verlo, ni de aprender de mis padres, la dicha que esto suponía. Los dejé lamentándose por

mi insensatez y ahora era yo el que se lamentaba de las consecuencias; rechacé su apoyo y sus consejos,

que me habrían ayudado a abrirme camino en el mundo y me habrían facilitado las cosas y ahora tenía que

luchar contra una adversidad demasiado grande, hasta para la misma naturaleza, sin compañía, sin ayuda,

sin consuelo y sin consejos.» Entonces grité: «Señor, ayúdame porque estoy desesperado.»

Esta fue la primera oración, si puede llamarse de ese modo, que había hecho en muchos años. Mas

vuelvo a mi diario.

28 de junio. Un poco más aliviado por el sueño y ya sin fiebre, me levanté. Como el miedo y el terror de

mis sueños había sido muy grande y pensaba que la fiebre volvería al día siguiente, tenía que buscarme

algo que me refrescara y me fortaleciera cuando volviera a sentirme enfermo. Lo primero que hice fue

llenar una gran botella cuadrada de agua y colocarla encima de mi mesa, junto a la cama y, para templarla,

le eché como la cuarta parte de una pinta de ron y lo mezclé bien. Entonces asé un trozo de carne de cabra

sobre los carbones pero apenas comí. Caminé un poco pero me sentía muy débil, triste y acongojado por mi

desgraciada condición y temía que el malestar volviese al día siguiente. Por la noche me hice la cena con

tres huevos de tortuga que asé en las ascuas y me los comí, como quien dice, en el cascarón. Esta fue la

primera vez en mi vida, según recuerdo, que le pedí a Dios la bendición por mis alimentos.

Después de comer, traté de caminar pero estaba tan débil que apenas podía cargar la escopeta (porque

nunca salía sin ella) así que solo anduve un poco y me senté en la tierra, mirando hacia el mar que tenía

delante de mí y que estaba tranquilo y en calma. Mientras estaba allí, pensé en cosas como éstas:

¿Qué son esta tierra y este mar que tanto he contemplado? ¿De dónde vienen? ¿Y qué soy yo y todas las

demás criaturas, salvajes y domésticas, humanas y bestiales? ¿Dónde estamos?

De seguro todos hemos sido creados por una fuerza secreta, que también hizo la tierra, el mar, el aire y el

cielo; ¿quién es?

Luego inferí, naturalmente, que era Dios quien lo había hecho todo. Pues bien, pensé, si Dios ha hecho

todas estas cosas, es Él quien las guía y quien gobierna sobre ellas y so bre todo lo que les sucede; ya que la

fuerza que pudo crear todas las cosas ha de tener, ciertamente, el poder de guiarlas y dirigirlas.

Si esto es así, nada puede ocurrir en el gran circuito de su obra sin su conocimiento o consentimiento.

Y si nada puede ocurrir sin que Él lo sepa, entonces Él ha de saber que estoy aquí y que me hallo en esta

terrible situación; y si nada ocurre sin que Él lo ordene, entonces Él debe haber ordenado que esto me

ocurriera.

No imaginé nada que contradijera estas conclusiones y, por lo tanto, tuve la certeza de que Dios había

mandado que me pasara todo esto y que había caído en este miserable es tado por orden suya, ya que Él

tenía todo el poder, no solo sobre mí sino sobre todo lo que sucedía en el mundo. Entonces pensé:

¿Por qué Dios me ha hecho esto? ¿Qué he hecho para ser tratado de esta forma?

Mi conciencia me refrenó ante esta pregunta como si fuese una blasfemia y me pareció que me hablaba

de la siguiente manera: «¡Infeliz!, ¿preguntas qué has hecho? Mira hacia atrás, hacia el terrible despilfarro

que has hecho con tu vida y pregúntate qué no has hecho; pregúntate ¿por qué no has sido destruido mucho

antes? ¿Por qué no te ahogaste en las radas de Yarmouth? ¿Por qué no te mataron en la pelea cuando el

barco fue capturado por el corsario de Salé? ¿Por qué no fuiste devorado por las bestias salvajes en la costa

de África? ¿Por qué no te ahogaste aquí cuando toda la tripulación pereció, excepto tú? ¿Y aún preguntas

“¿qué he hecho?”.»

Estas reflexiones me dejaron estupefacto, como atónito, y no sabía qué decir para responderme. Me

levanté pensativo y triste y regresé a mi refugio y subí por mi muralla, como si fuera a irme a la cama pero

mi espíritu estaba tristemente perturbado y no tenía sueño, así que me senté en mi silla y encendí mi

lámpara, porque empezaba a oscurecer. Como temía que volviera el malestar, se me ocurrió que los

brasileños no toman otra medicina que su tabaco para casi todas sus dolencias y que, en uno de mis

arcones, tenía un trozo de un rollo de tabaco que estaba bastante curado y otro poco que aún estaba verde y

menos curado.

Fui como guiado por el cielo, porque en ese arcón encontré la cura para mi alma y mi cuerpo. Abrí el

arcón y encontré lo que estaba buscando, es decir, el tabaco y, como los libros que había rescatado estaban

también allí, saqué una de las Biblias, que mencioné anteriormente y que, hasta entonces, no había tenido ni

el tiempo ni la inclinación de mirar y la llevé a la mesa junto con el tabaco.

No sabía qué hacer con el tabaco para curarme ni si servía o no para ello pero hice varios experimentos

con él, convencido de que funcionaría de un modo u otro. Primero me metí un pedazo de una hoja en la

boca y la mastiqué, lo cual me provocó una especie de aturdimiento pues el tabaco estaba verde y fuerte y

no estaba habituado a utilizarlo. Luego tomé otro poco y lo maceré en un poco de ron durante una o dos

horas para tomarme una dosis cuando me acostara. Por último, quemé un poco en un brasero e inhalé el

humo tanto tiempo como este y el calor me lo permitieron, hasta que me sentí sofocado.

Mientras realizaba estas operaciones, tomé la Biblia y comencé a leer pero el tabaco me tenía tan

mareado que no pude proseguir, al menos por esta vez. Había abierto el libro al azar y las primeras palabras

que hallé fueron estas: Invócame en el día de tu aflicción y yo te salvaré y tú me glorificarás43.

Estas palabras me parecieron muy adecuadas para mi caso y me causaron cierta impresión cuando las leí,

mas no tanto como lo hicieron posteriormente, porque la palabra salvado no me decía nada; me parecía

algo tan remoto, tan imposible según mi forma de ver las cosas que comencé a decir, como los hijos de

Israel cuando les ofrecieron carne para comer: ¿Puede Dios servir una mesa en el desierlo?44. Y así

comencé a decir: «¿Puede Dios sacarme de este lugar?» Y como no habría de tener ninguna esperanza en

muchos años, varias veces me hice esta pregunta. No obstante, estas palabras causaron una gran impresión

en mí y las medité con frecuencia. Se hacía tarde y el tabaco, como he dicho, me había aturdido tanto que

sentí deseos de dormir, de modo que dejé mi lámpara encendida en la cueva, por si necesitaba algo durante

la noche, y me metí en la cama. Pero, antes de acostarme, hice algo que no había hecho en toda mi vida: me

arrodillé y le rogué a Dios que cumpliera su promesa y me salvara si yo acudía a él en el día de mi

aflicción. Una vez concluida mi torpe e imperfecta plegaria, bebí el ron en el que había macerado el tabaco,

que estaba tan fuerte y tan cargado, que casi no podía tragarlo y acto seguido, me metí en la cama. Sentí

que se me subía a la cabeza violentamente pero me quedé profundamente dormido y me desperté, a juzgar

por el sol, a eso de las tres de la tarde del día siguiente. Sin embargo, aún creo que dormí todo ese día y

toda esa noche, hasta casi las tres de la tarde del otro día pues, de lo contrario, no entiendo cómo pude

perder un día en el cómputo de los días de la semana, cosa que comprendí unos años más tarde; pues si

había cometido el error de trazar la misma línea dos veces, entonces debí perder más de un día. Lo cierto es

que, según mis cálculos, perdí un día y nunca supe cómo.

43 Salmo 50:15.

44 Salmo 78:19.

En cualquier caso, al despertar me encontré mucho mejor y con el ánimo dispuesto y alegre. Al

levantarme, me sentía más fuerte que el día anterior y tenía mejor el estóma go pues estaba hambriento; en

pocas palabras, no tuve fiebre al día siguiente y fui mejorando paulatinamente. Esto ocurrió el día 29.

El 30 fue un buen día y salí con la escopeta aunque no me alejé demasiado. Maté un par de aves marinas,

que parecían gansos, y las traje a casa pero no tenía muchas ganas de comerlas así que solo comí unos

cuantos huevos de tortuga, que estaban muy buenos. Esa noche, renové el tratamiento al que le atribuí mi

mejoría del día anterior, es decir, el tabaco macerado en ron, solo que no tomé tanta cantidad como la

primera vez, ni mastiqué ninguna hoja, ni inhalé el humo. No obstante, al día siguiente, que era el primero

de julio, no me sentí tan bien como esperaba y tuve algunos amagos de escalofríos, aunque no demasiado

graves.

2 de julio. Repetí el tratamiento de las tres formas y me las administré como la primera vez. Tomé el

doble del brebaje.

3. La fiebre pasó definitivamente aunque no recuperé todas mis fuerzas en varias semanas. Mientras

reunía energías, pensé mucho en la frase te salvaré y la imposibi lidad de mi salvación me impedía cultivar

esperanza alguna. Pero, mientras me desanimaba con estos pensamientos, se me ocurrió que pensaba tanto

en la liberación de mi mayor aflicción que no estaba viendo el favor que había recibido y comencé a

hacerme las siguientes preguntas: ¿No he sido liberado, además, milagrosamente, de la enfermedad y de la

situación más desesperada que puede haber y que tanto me asustaba? ¿Me he dado cuenta de esto? ¿He

pagado mi parte? Dios me ha salvado pero yo no lo he glorificado, es decir, no me siento en deuda ni

agradecido por esta salvación. ¿Cómo puedo esperar una salvación mayor?

Esto me conmovió el corazón e inmediatamente me arrodillé y le di gracias a Dios en voz alta por

haberme salvado de la enfermedad.

4 de julio. Por la mañana cogí la Biblia y, comenzando por el Nuevo Testamento, me apliqué seriamente

a su lectura. Me impuse leerla un rato todas las mañanas y todas las noches, sin obligarme a cubrir un

número de capítulos específico sino obedeciendo al interés que me despertara la lectura. Al poco tiempo de

observar esta práctica, sentí que mi corazón estaba más profunda y sinceramente contrito por la perversidad

de mi vida pasada. Reviví la impresión que me había causado el sueño y las palabras ninguna de estas

cosas ha suscitado tu arrepentimiento resonaban fuertemente en mis pensamientos. Estaba rogándole

fervorosamente a Dios que me concediera el arrepentimiento cuando, providencialmente, ese mismo día,

mientras leía las escrituras me topé con las siguientes palabras: Él es exaltado como Príncipe y Salvador

para dar el arrepentimiento y el perdón45. Solté el libro y elevando mi corazón y mis manos, en una

especie de éxtasis, exclamando: «¡Jesús, hijo de David, Jesús, tú que eres glorificado como Príncipe y

Salvador, concédeme el arrepentimiento y el perdón!»

Podría decir que era la primera vez en mi vida que rezaba en el verdadero sentido de la palabra, pues lo

hacía con plena conciencia de mi situación y con una esperanza, como la que se describe en las escrituras,

fundada en el aliento de la palabra de Dios. Desde este momento, puedo decir que comencé a confiar en

que Dios me escucharía.

45 Hechos de los Apóstoles 5:31.

Ahora empezaba a comprender las palabras mencionadas anteriormente, Invócame y te liberaré, en un

sentido diferente al que lo había hecho antes, porque entonces no tenía la menor idea de nada que pudiese

llamarse salvación, si no era de la condición de cautiverio en la que me encontraba; pues, si bien estaba

libre en este lugar, la isla era una verdadera prisión para mí, en el peor sentido. Mas ahora había aprendido

a ver las cosas de otro modo. Ahora miraba hacia mi pasado con tanto horror y mis pecados me parecían

tan terribles, que mi alma no le pedía a Dios otra cosa que no fuera la liberación del peso de la culpa que

me quitaba el sosiego. En cuanto a mi vida solitaria, ya no me parecía nada; ya no rogaba a Dios que me

liberara de ella, ni siquiera pensaba en ello, pues no era tan importante como esto. Y añado lo siguiente

para sugerir a quien lo lea que cuando se llega a entender el verdadero sentido de las cosas, el perdón por

los pecados es una bendición mayor que la liberación de las aflicciones.

Pero dejo esto y regreso a mi diario.

Ahora mi vida, si bien no menos miserable que antes, comenzaba a ser más llevadera y puesto que mis

pensamientos estaban orientados, por la oración y la constante lectura de las escrituras, hacia cosas más

elevadas, tenía una gran paz interior que no había conocido. Además, a medida que iba recuperando la

salud y las fuerzas, me propuse procurarme todo lo que necesitaba y darle a mi vida la mayor regularidad

posible.

Desde el 4 al 14 de julio, me dediqué, principalmente, a caminar con mi escopeta en mano, poco a poco,

como un hombre que está juntando fuerzas después de la enferme dad, pues es difícil imaginar lo débil que

me encontraba. El tratamiento que había utilizado era totalmente nuevo y, tal vez nunca haya servido para

curar a nadie de la calentura, ni puedo recomendarlo para que sea puesto en práctica, pero, aunque sirvió

para quitarme la fiebre, también me debilitó, pues durante un tiempo seguí padeciendo de frecuentes

convulsiones en los nervios y las extremidades.

También aprendí que salir durante la estación de lluvias era de lo más pernicioso para mi salud, en

especial, cuando las lluvias venían acompañadas de tempestades y huraca nes. Como las lluvias de la

estación seca siempre venían acompañadas de esas tormentas, eran más peligrosas que las que caían en

septiembre y octubre.

Hacía más de diez meses que habitaba en esta desdichada isla y parecía que cualquier posibilidad de

salvación de esta condición me hubiera sido totalmente negada. Además, estaba convencido de que ningún

ser humano había puesto un pie en este lugar. Ya me había asegurado perfectamente la habitación y ahora

tenía grandes deseos de explorar la isla más a fondo para ver qué cosas podía encontrar que aún no conocía.

El 15 de julio comencé la inspección minuciosa de la isla. Primero me dirigí hacia el río al que, como he

dicho, llegué con mis balsas. Descubrí, después de andar río arriba casi dos millas, que la corriente no

aumentaba y que no se trataba más que de una pequeña quebrada, muy fresca y muy buena; mas, por estar

en la estación seca, apenas tenía agua en algunas partes, al menos, no la suficiente como para que se

formara una corriente perceptible.

A orillas de esta quebrada encontré muchas sabanas o praderas placenteras, llanas, lisas y cubiertas de

hierba. En la parte más elevada, próxima a las tierras altas, que el agua, al parecer, nunca inundaba,

encontré gran cantidad de tabaco verde que crecía en tallos fuertes y robustos. Había muchas otras plantas

que no conocía y que, tal vez, tenían propiedades que no era capaz de descubrir.

Busqué raíz de yuca, con la que los indios de esta región hacen su pan, pero no encontré ninguna. Vi

enormes plantas de áloe pero no sabía lo que eran y varias cañas de azú car que crecían silvestres e

imperfectas a falta de cultivo46. Me contenté con estos descubrimientos por esta vez y regresé pensando

cómo hacer para conocer las virtudes y bondades de los frutos o plantas que fuera descubriendo pero no

llegué a ninguna conclusión, pues, fue tan poco lo que observé cuando estaba en Brasil, que era escaso lo

que sabía de las plantas silvestres, al menos muy poco que me sirviera en este momento.

46 La caña de azúcar nunca creció salvaje en las Indias Occidentales ni en Sur América. Los españoles y

portugueses la llevaron en el siglo XVI.

Al día siguiente, el 16, subí por el mismo camino y, después de haber avanzado un poco más que el día

anterior, descubrí que el río y la pradera terminaban y comenzaba un bosque. Aquí encontré diferentes

frutas, en especial una gran cantidad de melones en el suelo y de uvas en los árboles. Las viñas se habían

extendido sobre los árboles y los racimos de uvas estaban en su punto de maduración y sabor. Este

sorprendente descubrimiento me llenó de alegría pero la experiencia me advirtió que las comiera con

moderación pues, según recordaba, cuando estuve en Berbería47, muchos de los ingleses que estaban allí

como esclavos, murieron a causa de las uvas, que les provocaron fiebre y disentería. No obstante, descubrí

que si las curaba y secaba al sol y las conservaba como se suelen conservar las uvas secas o pasas, serían,

como en efecto ocurrió, un alimento agradable y sano cuando no hubiera uvas.

47 Nombre con el que se denominaba la región noroeste de África que comprende los actuales estados de

Marruecos, Argelia, Túnez y parte de Libia.

Pasé allí toda la tarde y no regresé a mi habitación. Esta fue, dicho sea de paso, la primera noche que

pasé fuera de casa. Al anochecer tomé mi antigua precaución y me subí a un árbol donde dormí bien y, a la

mañana siguiente, prosegui mi exploración. Caminé casi cuatro millas hacia el norte, según pude juzgar por

la longitud del valle, con una cadena de montañas por el sur y otra por el norte.

Al final de esta caminata, llegué a un claro donde el terreno parecía descender hacia el oeste y donde

había un pequeño manantial de agua dulce que brotaba de la ladera de una colina cercana hacia el este. La

tierra parecía tan fresca, verde y floreciente y todo tenía un aspecto tan primaveral que semejaba un jardín

cultivado.

Descendí un trecho por el costado de ese delicioso valle, observándolo con una especie de secreto placer,

aunque mezclado con otras reflexiones dolorosas, al pensar que todo aquello era mío, que era el rey y señor

irrevocable de todo este lugar, sobre el que tenía pleno derecho de posesión; y que si hubiera podido

transmitirlo, sería un bien hereditario tan sólido como el de cualquier señor de Inglaterra. Vi muchos

árboles de cacao, naranjos, limoneros y cidros, todos silvestres y con poca o ninguna fruta, al menos en ese

momento. Sin embargo, recogí unas limas que, no sólo estaban sabrosas sino que eran muy saludables. Más

tarde mezclé su zumo con agua y obtuve una bebida muy sana y refrescante.

Me di cuenta de que tenía mucho que transportar a casa, así que decidí separar una provisión de uvas,

limas y limones para disponer de ellos durante la estación húmeda, que como sabía, se aproximaba.

Con este propósito, hice un gran montón de uvas en un sitio y luego uno más pequeño en otro y,

finalmente, uno mayor de limas y limones en otra parte. Entonces cogí un poco de cada montón y me

encaminé a casa con la resolución de volver de nuevo pero con una bolsa, saco o algo similar para llevarme

el resto.

Al cabo de tres días de viaje regresé a casa, que así debo llamar a mi tienda y a mi cueva. Pero antes de

llegar, las uvas se habían echado a perder, pues, como estaban tan maduras y jugosas, se magullaron por su

propio peso y no servían para nada. Las limas estaban en buen estado pero solo pude transportar unas

pocas.

Al día siguiente, el 19, regresé con dos sacos pequeños que me había hecho para traer a casa mi cosecha

pero al llegar al montón de uvas, que estaban tan apetitosas y maduras cuando las recogí, me quedé

sorprendido de encontrarlas desparramadas, deshechas y tiradas por aquí y por allá, muchas de ellas

mordidas o devoradas. Deduje que algún animal salvaje había hecho esto pero no sabía cuál.

Sin embargo, cuando descubrí que no podía amontonarlas ni llevarlas en un saco porque de una forma se

destruirían y de la otra se aplastarían por su propio peso, tomé otra decisión: colgué de las ramas de los

árboles una gran cantidad de racimos de uvas para que se curaran y secaran al sol y me llevé tantas limas y

limones como pude.

Cuando regresé a casa de este viaje, pensé con gran placer en la fecundidad de aquel valle y su placentera

situación, protegido de las tormentas, cercano al río y al bosque y llegué a la conclusión de que había

establecido mi morada en la peor parte de la isla. En consecuencia, empecé a considerar la idea de mudar

mi habitación y buscar un lugar, tan seguro como el que tenía, situado, preferiblemente, en aquella parte

fértil y placentera de la isla.

Esta idea me rondó la cabeza por mucho tiempo pues sentía una gran atracción por ese lugar, cuyo

encanto me tentaba. Pero cuando lo pensé más detenidamente, me di cuen ta de que ahora estaba cerca del

mar, donde al menos había una posibilidad de que me ocurriera algo favorable y que el mismo destino cruel

que me había llevado hasta aquí, trajera a otros náufragos desgraciados. Aunque era poco probable que algo

así ocurriera, recluirme entre las montañas o en los bosques del centro de la isla, era asegurarme el

cautiverio y hacer que un hecho poco probable se volviera imposible. Por lo tanto, decidí que no me

mudaría bajo ningún concepto.

No obstante, estaba tan enamorado de ese lugar que pasé allí gran parte del resto del mes de julio y, a

pesar de haber decidido que no me mudaría, me construí una especie de emparrado que rodeé, a cierta

distancia, con una fuerte verja de dos filas de estacas, tan altas como me fue posible, bien enterradas y

rellenas de maleza. Allí dormía seguro dos o tres noches seguidas, pasando por encima de la valla con una

escalera, como antes, y ahora me figuraba que tenía una casa en el campo y otra en la costa. En estas

labores estuve hasta principios del mes de agosto.

Acababa de terminar mi valla y comenzaba a disfrutar de la labor realizada, cuando vinieron las lluvias y

me forzaron a quedarme en mi primera vivienda, pues aunque me había hecho una tienda como la otra, con

un pedazo de vela bien extendido, no tenía la protección de la montaña en caso de tormenta, ni una cueva,

donde podía refugiarme si llovía excesivamente.

A principios de agosto, como he mencionado, había terminado mi emparrado y comenzaba a sentirme a

gusto. El tercer día de agosto, vi que las uvas que había colgado es taban perfectamente secas y, de hecho,

eran excelentes pasas, así que empecé a descolgarlas. Esto fue una verdadera fortuna pues las lluvias que

cayeron las habrían estropeado y, de ese modo, habría perdido lo mejor de mi alimento invernal, ya que

tenía más de doscientos racimos. Apenas las hube descolgado y transportado a casa, comenzó a llover y

desde ese día, que era el 14 de agosto, hasta mediados de octubre, llovió casi todos los días, a veces, con

tanta fuerza que no podía salir de mi cueva durante varios días.

En este tiempo tuve la sorpresa de ver aumentada mi familia. Estaba preocupado por la desaparición de

una de mis gatas que, supuse, se había escapado o había muerto, pues no volví a saber de ella, cuando, para

mi asombro, regresó a casa a finales de agosto con tres gatitos. Esto me pareció muy extraño pues, aunque

había matado un gato salvaje con mi escopeta, creía que eran de una especie muy distinta a nuestros gatos

europeos. Sin embargo, los gatitos eran iguales a los gatos domésticos, mas como los dos que yo tenía eran

hembras, todo el asunto me pareció muy raro. Más tarde, de estos tres gatos salió una auténtica plaga de

gatos, por lo que me vi forzado a matarlos como si fueran sabandijas o alimañas y a llevarlos tan lejos de

casa como me fuera posible.

Desde el 14 de agosto hasta el 26 llovió incesantemente, de modo que no pude salir pero, esta vez, me

cuidé muy bien de la humedad. Durante este encierro, mis víveres co menzaron a mermar por lo que tuve

que salir dos veces. La primera vez, maté una cabra y la segunda, que fue el 26, encontré una gran tortuga,

lo cual fue una auténtica fiesta. De este modo regularicé mis comidas: comía un racimo de uvas en el

desayuno, un trozo de carne de cabra o tortuga asada en el almuerzo, pues, para mi desgracia no tenía

vasijas para hervirla o guisarla, y dos o tres huevos de tortuga para la cena.

Durante esta reclusión a causa de la lluvia, trabajaba dos o tres horas diarias en la ampliación de mi

cueva. Gradualmente, la fui profundizando en una dirección has ta llegar al exterior, donde hice una puerta

por la que pudiera entrar y salir. Sin embargo, no me sentía cómodo estando tan al descubierto ya que antes

estaba perfectamente encerrado, mientras que ahora me hallaba expuesto a cualquier ataque; aunque, en

realidad, no había visto ninguna criatura viviente que pudiese atemorizarme puesto que los animales más

grandes que había en la isla eran las cabras.

30 de septiembre. Este día se celebraba el desgraciado aniversario de mi llegada. Conté las marcas de mi

poste y constaté que llevaba trescientos sesenta y cinco días en la isla. Guardé una solemne abstinencia

todo el día, que dediqué a hacer ejercicios religiosos. Me postré humildemente y confesé a Dios todos mis

pecados, reconociendo su justicia y rogándole que tuviera misericordia de mí en el nombre de Jesucristo.

No probé ningún alimento durante doce horas, hasta que se puso el sol. Entonces comí una galleta y un racimo

de uvas y me acosté, terminando el día como lo había comenzado.

Hasta ese momento no había celebrado los domingos ya que, al principio, carecía de sentimientos

religiosos. Al cabo de un tiempo, había dejado de hacer una marca más larga los domingos para diferenciar

las semanas, de manera que no sabía en qué día vivía. Pero ahora, después de haber contado los días, como

he dicho, y de haber comprobado que había pasado un año, lo dividí en semanas, señalando cada siete días

el domingo. Al final, me di cuenta de que había perdido uno o dos días en mis cómputos.

Poco tiempo después, mi tinta comenzó a escasear, así que me limité a usarla con mucho cuidado y no

escribía sino los acontecimientos más importantes de mi vida, abandonando el recuento diario de otras

menudencias.

Comencé a observar los cambios de estación y aprendí a prever el paso de la estación seca a la húmeda, a

fin de abastecerme adecuadamente. Mas tuve que pagar muy cara mi experiencia pues lo que voy a relatar,

fue uno de los acontecimientos más desalentadores que me ocurrieron en toda la vida. Anteriormente, he

dicho que guardé algunas de las espigas de cebada y de arroz, que tan milagrosamente habían brotado.

Tenía como treinta espigas de arroz y veinte de cebada y pensé que, pasadas las lluvias, era el mejor

momento para sembrarlas pues el sol estaba más hacia el sur respecto de mí.

Preparé un trozo de tierra lo mejor que pude con mi pala de madera, lo dividí en dos partes y sembré las

semillas pero, mientras lo hacía, se me ocurrió que no debía sembrarlas to das la primera vez ya que no

sabía cuál era el mejor momento para hacerlo. De este modo, sembré dos terceras partes de las semillas y

guardé un puñado de cada una. Más tarde, me alegré de haberlo hecho así pues ni uno solo de los granos

que sembré produjo nada, puesto que se aproximaba la estación seca, y no volvió a llover después de la

siembra. Por tanto la tierra no tenía humedad para que las semillas germinaran y, no lo hicieron hasta que

volvieron las lluvias; entonces germinaron como si estuviesen recién sembradas.

Cuando me di cuenta de que las semillas no germinaban, pude intuir fácilmente que era a causa de la

sequía, de modo que busqué un terreno más húmedo para hacer otro experimento. Aré un trozo de tierra

cerca de mi emparrado y sembré el resto de las semillas en febrero, un poco antes del equinoccio de

primavera. Las lluvias de marzo y abril las hicieron brotar perfectamente y dieron una buena cosecha, mas,

como no me atreví a sembrar toda la que había guardado, tan solo obtuve una pequeña cosecha, que no

ascendía a más de un celemín48 de cada grano.

48 Celemín: Medida de capacidad para áridos. Se divide en cuatro cuartillos y equivale a 4,624 litros,

aunque según las zonas esta cantidad varía. (En el original pone: half a peck, es decir, medio peck. 1 peck

es 1/4 de bushel y 1 bushel equivale, en Inglaterra, a 36,35 l, de manera que medio peck son: 4,543 1.)

Este experimento me hizo experto en la materia y ahora sabía, exactamente, cuál era la estación propicia

para sembrar y, además, que podía sembrar y cosechar dos veces al año.

Mientras crecía el grano hice un pequeño descubrimiento que luego me rindió gran provecho. Tan pronto

como cesaron las lluvias y el tiempo mejoró, lo cual ocurrió hacia el mes de noviembre, fui a mi emparrado

del campo, al cual no iba desde hacía varios meses, y encontré todo tal y como lo había dejado. El cerco o

doble empalizada que había construido estaba completo y fuerte y de algunos troncos habían brotado ramas

largas, como las de un sauce llorón, al año siguiente de la poda, pero no sabía de qué árbol había cortado

las estacas. Sorprendido y complacido de ver aquellos retoños, los podé para que crecieran tan

uniformemente como fuese posible y resulta casi increíble que en tres años crecieran tan maravillosamente,

de forma que, si la empalizada formaba un círculo de casi veinticinco yardas de diámetro, los árboles -que

así podía llamarlos- la cubrieron completamente, dando suficiente sombra como para refugiarme durante

toda la estación seca.

Decidí entonces cortar otras estacas para hacer una empalizada como esta alrededor de mi muro, me

refiero al de mi primera vivienda, y así lo hice. Coloqué los árboles o troncos en doble fila, a unas ocho

yardas de mi primer muro y crecieron en poco tiempo, formando, al principio, un buen techado para mi

morada y, luego, una buena defensa, como se verá en su momento.

Entonces observé que las estaciones del año se podían dividir, no en invierno y verano como en Europa,

sino en estaciones secas y estaciones de lluvia de la siguiente manera:

Mediados de febrero

marzo Estación de lluvia, con el sol muy cerca del equinoccio.

mediados de abril

Mediados de abril

mayo

junio Estación seca, con el sol hacia el norte del ecuador.

julio

Mediados de agosto

Mediados de agosto

septiembre Estación de lluvia, con el sol regresando al equinoccio.

mediados de octubre

Mediados de octubre

noviembre

diciembre Estación seca, con el sol hacia el sur del ecuador.

enero

mediados de febrero

La estación de lluvia era algunas veces más larga y otras más corta, según soplara el viento, pero esta era

la observación general que había hecho. Después de haber experi mentado las consecuencias nefastas de

salir bajo la lluvia, me cuidé de abastecerme con antelación de provisiones, para no verme obligado a salir

y poder permanecer en el interior tanto como fuese posible durante los meses de lluvia.

Esta vez encontré una ocupación (muy adecuada para la estación) pues me faltaban muchas cosas que

solo podía hacer con esfuerzo y dedicación constantes. En particular, traté muchas veces de hacer un cesto

pero todos los tallos que encontraba para este propósito eran demasiado quebradizos y no pude lograrlo.

Por suerte, cuando era niño, solía deleitarme observando a los cesteros del pueblo de mi padre mientras

tejían sus artículos de mimbre. Como es común entre los niños, observaba con mucha atención el modo en

que realizaban estos objetos y estaba siempre dispuesto a ayudar. Algunas veces les echaba una mano y así

aprendí perfectamente el método de esta labor, para la cual tan solo necesitaba materiales. Pensé entonces

que los vástagos de aquel árbol del que había cortado las estacas que retoñaron podrían ser tan resistentes

como el cetrino, el mimbre o el sauce de Inglaterra y decidí probarlo.

Al día siguiente, fui a mi casa de campo, como solía llamarla, y cuando corté unas ramas, me parecieron

tan adecuadas para mis fines como podía desear. Entonces, regresé otra vez, equipado con una azuela para

cortar una mayor cantidad de ellas, lo cual resultó muy fácil dada la abundancia de estos árboles. Luego las

dejé secar dentro de mi cerco o empalizada y cuando estuvieron listas para utilizarse, las llevé a la cueva

donde, en la siguiente estación de lluvias, me dediqué a hacer muchos cestos para llevar tierra o transportar

o colocar cosas, según fuera necesario; y aunque no estaban elegantemente rematadas, servían

perfectamente para mis propósitos. Desde entones, tuve cuidado de que nunca me faltaran y cuando algunas

comenzaban a estropearse, hacía otras nuevas. En especial, hice canastas fuertes y profundas con el fin de

utilizarlas, en lugar de sacos, para guardar el grano, si es que llegaba a cosechar una buena cantidad.

Habiendo superado esta dificultad, lo cual me tomó mucho tiempo, me dediqué a estudiar la posibilidad

de satisfacer dos necesidades. No tenía recipientes para poner líqui do, con la excepción de dos barriles que

contenían ron y algunas botellas para agua, licores y otras bebidas. No tenía siquiera un cacharro para

hervir nada, salvo una especie de puchero que había rescatado del barco y que era demasiado grande para el

uso que quería darle, es decir, hacer caldo y cocer algún trozo de carne. Lo otro que necesitaba era una pipa

para fumar pero era imposible hacer una, aunque, sin embargo, también encontré una forma.

Llevaba todo el verano o estación de sequía plantando la segunda fila de estacas y tejiendo canastas

cuando surgió otro asunto que me ocupó más tiempo del que jamás hubiera imaginado.

Ya he dicho que tenía pensado recorrer toda la isla y que había pasado el río y llegado hasta el lugar en el

que tenía construido mi emparrado, desde donde podía ver el mar al otro lado de la isla. Ahora quería llegar

hasta la orilla de aquel lado, de manera que cogí mi escopeta, un hacha, mi perro, una cantidad de pólvora y

municiones mayor que la habitual, dos galletas y un gran puñado de pasas que metí en un saco y emprendí

el viaje. Cuando crucé el valle donde estaba el emparrado, divisé el mar hacia el oeste y como el día estaba

muy claro, pude ver una franja de tierra, que no podía decir con certeza si era una isla o un continente. La

tierra, que estaba bastante elevada, se extendía un largo trecho del sudoeste hacia el oeste y, según mis

cálculos, estaba a no menos de quince o veinte leguas de distancia.

No sabía qué parte del mundo era aquella, tan solo que debía ser parte de América y, en base a todas mis

observaciones, debía estar cerca de los dominios españoles. Tal vez estaba habitada por salvajes y si

hubiese naufragado allí, me habría encontrado en peor situación que en la que estaba. Me resigné, pues, a

los deseos de la Providencia, en cuya beneficiosa intervención ahora creía. Esto calmó mi espíritu y dejé de

afligirme por el vano deseo de estar allí.

Además, después de reflexionar sobre el asunto, concluí que si esta tierra estaba en la costa española, con

certeza, tarde o temprano, vería un buque pasar en cualquier direc ción. Si esto no ocurría, entonces me

hallaba en la costa salvaje entre las tierras españolas y el Brasil, donde habitan los peores salvajes,

caníbales y antropófagos, que asesinan y devoran cualquier cuerpo humano que caiga en sus manos.

Con estos pensamientos seguí caminando tranquilamente y descubrí el otro lado de la isla donde me

encontraba más a gusto que en el mío. La sabana o campiña era dulce y estaba adornada con flores, hierba

y hermosas arboledas. Vi gran cantidad de cotorras y me dieron ganas de capturar una para domesticarla y

enseñarla a hablar; y así lo hice. Con mucho esfuerzo, capturé una cría que derribé con un palo y, después

de curarla, la llevé a casa, mas no fue, hasta al cabo de unos años, que logré enseñarla a hablar y,

finalmente, a decir mi nombre con familiaridad. Más tarde se produjo un pequeño incidente cuyo relato

será divertido.

Me lo estaba pasando muy bien en este viaje. En las tierras bajas encontré liebres, o al menos eso me

parecieron, y zorras, que no se parecían a ninguna de las que había conocido hasta entonces, ni me parecían

comestibles, aunque maté algunas. No tenía por qué arriesgarme pues tenía suficiente comida y muy buena,

a saber: cabras, palomas y tortugas. Si a esto le sumaba mis pasas, podía asegurar que ni en el mercado

Leadenhall49 se hubiese podido servir una mesa más rica que la mía; y aunque mi estado era lamentable,

tenía motivos para estar agradecido por no faltarme los alimentos, pues más bien los tenía en abundancia y

hasta algunas exquisiteces.

Nunca avanzaba más de dos millas en este viaje pero daba tantas vueltas en busca de hallazgos que

llegaba agotado al sitio donde decidía pasar la noche. Entonces, subía a un árbol o me tendía en el suelo

rodeado por un cerco de estacas, de manera que ninguna criatura salvaje pudiese acercarse a mí sin

despertarme.

49 Leadenhall: Mercado londinense de carne y caza cerca de la calle Gracechurch Street. Se llamaba así

por su techo recubierto de plomo (leoden: plomizo).

Tan pronto llegué a la orilla del mar, me sorprendió ver que me había instalado en la peor parte de la isla

porque aquí la playa estaba llena de tortugas mientras que, en el otro lado, solo había encontrado tres en un

año y medio. También había gran cantidad de aves de varios tipos, algunas de las cuales había visto y otras

no, pero ignoraba sus nombres, excepto el de aquellas que llamaban pingüinos.

Hubiera podido cazar tantas como quisiera pero ahorraba mucho la pólvora y las municiones. Había

pensado matar una cabra para alimentarme mejor pero, aunque aquí había más cabras que al otro lado de la

isla, resultaba más difícil acercarse a ellas porque el terreno era llano y podían verme con más rapidez que

en la colina.

Debo confesar que este lado de la isla era mucho más agradable que el mío pero no tenía ninguna

intención de mudarme pues ya estaba instalado en mi morada y me había acostumbrado tanto a ella que

durante todo el tiempo que pasé aquí, tenía la impresión de estar de viaje, lejos de casa. Sin embargo,

caminé unas doce millas a lo largo de la orilla hacia el este y, clavando un gran poste, a modo de indicador,

decidí regresar a casa. En la próxima expedición, me dirigiría hacia el otro lado de la isla, hacia el este de

mi casa, hasta llegar al poste.

Al regreso, tomé un camino distinto al que había hecho, creyendo que podría abarcar fácilmente gran

parte de la isla con la vista y, así, encontrar mi vivienda pero me equivo qué. Al cabo de unas dos o tres

millas, me hallé en un gran valle rodeado de tantas colinas que, a su vez, estaban tan cubiertas de árboles,

que no podía saber hacia dónde me dirigía si no era por el sol, y ni siquiera esto, si no sabía con exactitud

su posición en ese momento del día.

Para colmo de males, durante tres o cuatro días, el valle se cubrió de una neblina que me impedía ver el

sol, por lo que anduve desorientado e incómodo hasta que, finalmen te, me vi obligado a regresar a la playa,

buscar el poste y regresar por el mismo camino que había venido. Así, en jornadas fáciles, regresé a casa,

agobiado por el excesivo calor y por el peso de la escopeta, las municiones, el hacha y las demás cosas que

llevaba.

En este viaje, mi perro sorprendió a un cabrito y lo apresó. Yo tuve que correr en su auxilio para salvarlo

del perro y pensé llevármelo a casa pues, a menudo, había teni do la idea de si sería posible atrapar uno o

dos para criar un rebaño de cabras domésticas de las que abastecerme cuando se me hubieran acabado la

pólvora y las municiones.

Le hice un collar al pequeño animal y con un cordón que había hecho y que siempre llevaba conmigo, lo

conduje, no sin alguna dificultad, hasta mi emparrado, donde lo encerré y lo dejé pues estaba impaciente

por llegar a casa después de un mes de viaje.

No puedo expresar la satisfacción que me produjo regresar a mi vieja madriguera y tumbarme en mi

hamaca. Este corto viaje, sin un sitio estable donde descansar, me había resultado tan desagradable, que mi

propia casa, como solía llamarla, me parecía un asentamiento perfecto, donde todo estaba tan cómodamente

dispuesto, que decidí no volver a alejarme por tanto tiempo de ella mientras permaneciera en la isla.

Pasé una semana entera descansando y agasajándome después de mi largo viaje, durante el cual dediqué

mucho tiempo a la difícil tarea de hacerle una jaula a mi Poll50, que comenzaba a domesticarse y a sentirse

a gusto conmigo. Entonces pensé en el pobre cabrito que había dejado encerrado en el emparrado y decidí

ir a buscarlo para traerlo a casa o darle algún alimento. Fui y lo encontré donde lo había dejado pues no

tenía por donde salir pero estaba muerto de hambre. Corté tantas hojas y ramas como pude encontrar y se

las di. Después de alimentarlo, lo até como lo había hecho antes pero esta vez estaba tan manso por el

hambre, que casi no tenía que haberlo hecho, pues me seguía como un perro. Según iba alimentándolo, el

animal se volvió tan cariñoso, amable y tierno que se convirtió en una de mis mascotas y ya nunca me

abandonó.

50 Poll o Polly es el nombre que suele darse convencionalmente a los loros.

Había llegado la estación lluviosa del equinoccio de otoño. Guardé el 30 de septiembre con la misma

solemnidad que el año anterior, pues era el segundo aniversario de mi llegada a la isla y no tenía más

perspectivas de ser rescatado que el primer día. Dediqué todo el día a dar gracias humildemente por los

muchos bienes que me habían sido prodigados, sin los cuales, esta vida solitaria habría sido mucho más

miserable. Le di gracias a Dios con humildad y fervor por haberme permitido descubrir que, tal vez, podía

sentirme más feliz en esta situación solitaria que gozando de la libertad en la sociedad y rodeado de

mundanales placeres. Le agradecí que hubiese compensado las deficiencias de mi soledad y mi necesidad

de compañía humana con su presencia y la comunicación de su gracia que me asistía, me reconfortaba y me

alentaba a confiar en su providencia aquí en la tierra y aguardar por su eterna presencia después de la

muerte.

Ahora empezaba a darme cuenta de cuánto más feliz era esta vida, con todas sus miserias, que la

existencia sórdida, maldita y abominable que había llevado en el pasado. Habían cambiado mis penas y mis

alegrías, mis deseos se habían alterado, mis afectos tenían otro sentido, mis deleites eran completamente

distintos de como eran a mi llegada a esta isla y durante los últimos dos años.

Antes, cuando salía a cazar o a explorar la isla, la angustia que me provocaba mi situación me atacaba

súbitamente y cuando pensaba en los bosques, las montañas y el desierto en el que me hallaba, me sentía

desfallecer. Me veía como un prisionero encerrado tras los infinitos barrotes y cerrojos del mar, en un

páramo deshabitado y sin posibilidad de salvación. En los momentos de mayor cordura, estos pensamientos

me asaltaban de golpe, como una tormenta, y me hacían retorcerme las manos y llorar como un niño. A veces,

me sorprendían en medio del trabajo y me obligaban a sentarme a suspirar, cabizbajo, durante una o

dos horas, lo cual era mucho peor, pues si hubiese podido irrumpir en llanto o expresarme en palabras,

habría podido desahogarme y aliviar mi dolor.

Pero ahora pensaba en cosas nuevas. Diariamente, leía la palabra de Dios y aplicaba todo su consuelo a

mi situación. Una mañana que me sentía muy triste, abrí la Biblia y encontré estas palabras: Nunca jamás te

dejaré ni te abandonaré51. Inmediatamente pensé que estaban dirigidas a mí pues, ¿cómo si no, me habían

sido reveladas justo en el momento en el que me lamentaba de mi condición como quien ha sido

abandonado por Dios y por los hombres? «Pues bien -dije-, si Dios no me va a abandonar, ¿qué puede

ocurrirme o qué importancia puede tener el que todo el mundo me haya abandonado, cuando pienso que la

pérdida sería mucho mayor si tuviese el mundo entero a mi disposición y perdiese el favor y la bendición

de Dios?»

51 Josué 1:5; Carta a los hebreos 13:5.

Desde este momento, comencé a convencerme de que, posiblemente, era más feliz en esta situación de

soledad y abandono que en cualquier otro estado en el mundo. Con estos pensamientos le di gracias a Dios

por haberme traído a este lugar.

No sé qué ocurrió pero algo me turbó y me impidió pronunciar las palabras de agradecimiento. «¿Cómo

puedes ser tan hipócrita -me dije en voz alta- y fingirte agradecido por una situación de la cual, a pesar de

tus esfuerzos por resignarte a ella, deseas liberarte con todas las fuerzas de tu corazón?» Aquí me detuve y,

aunque no pude darle gracias a Dios por hallarme allí, le agradecí sinceramente que me hubiese abierto los

ojos, si bien mediante sufrimientos, para ver mi vida anterior y para lamentarme y arrepentirme de ella.

Nunca abrí ni cerré la Biblia sin darle gracias a Dios por hacer que mi amigo en Inglaterra, sin que yo le

dijese nada, la hubiese empaquetado con mis cosas y por ayudarme a rescatarla del naufragio.

De este modo y con esta disposición de ánimo, comencé mi tercer año. Si bien no he querido incomodar

al lector con el relato minucioso de los trabajos que realicé durante este año, como lo hice con el año

anterior, en general, puedo observar que casi nunca estaba ocioso sino que había dividido mi tiempo, según

lo requerían mis tareas cotidianas. En primer lugar, debía cumplir mis deberes con Dios y leer las

escrituras, cosa que hacía tres veces al día. En segundo lugar, tenía que salir con mi escopeta en busca de

alimentos, lo cual me tomaba cerca de tres horas todas las mañanas. En tercer lugar, tenía que preparar,

curar, conservar y cocinar lo que había matado o atrapado para mi sustento. Esto me tomaba una buena

parte del día. Además, debe considerarse que al mediodía, cuando el sol estaba en el cenit, hacía un calor

tan violento que era imposible salir, por lo que solo me quedaban cuatro horas de trabajo por la tarde,

excepto cuando invertía los horarios de mis labores y trabajaba por las mañanas y salía con la escopeta por

la tarde.

Al poco tiempo que tenía para trabajar, he de agregar la extrema laboriosidad de las obras y las muchas

horas que, por falta de herramientas, ayuda o destreza, me tomaba cualquier tarea que emprendiese. Por

ejemplo, me tomó cuarenta y dos días enteros hacer una tabla que me sirviera de anaquel para mi cueva,

mientras que dos aserradores, con sus herramientas y su serrucho, habrían cortado seis tablas del mismo

árbol en medio día.

Mi situación era la siguiente: el árbol que debía cortar tenía que ser grande, pues necesitaba que la tabla

fuese ancha. Me tomaba tres días cortar el árbol y dos más quitarle las ramas y reducirlo al tronco. A fuerza

de hachazos, iba afinándolo por ambos lados hasta hacerlo lo suficientemente ligero como para moverlo.

Entonces le daba la vuelta y aplanaba y alisaba uno de sus lados de un extremo a otro, como una tabla.

Luego le daba la vuelta otra vez y cortaba el otro lado hasta obtener una plancha como de tres pulgadas de

espesor y lisa por ambos lados. Cualquiera podría juzgar el esfuerzo que debía hacer con mis manos para

realizar este trabajo pero con paciencia y empeño conseguí hacer esta y muchas otras cosas. Recalco esto,

en particular, tan solo para explicar por qué me tomaba tanto tiempo realizar una tarea tan pequeña; en otras

palabras, que lo que se podía realizar en poco tiempo, con ayuda y las herramientas adecuadas, sin estas se

convertía en un trabajo ímprobo que requería muchísimo tiempo.

No obstante, con paciencia y empeño, pude sobrepasar muchos obstáculos, de hecho, todos los que se me

presentaron en diversas circunstancias, como se verá a continuación.

Estaba en los meses de noviembre y diciembre, a la espera de mi cosecha de cebada y arroz, y la tierra

que había arado y cultivado no era muy grande pues, como he obser vado, no tenía más de un celemín de

cada grano ya que había perdido una cosecha entera en la estación seca. Esta vez, la cosecha prometía ser

buena pero de pronto advertí que estaba a punto de perderla nuevamente a causa de enemigos de diversa

índole, a los cuales me resultaba muy difícil combatir. En primer lugar, las cabras y lo que yo llamo liebres

salvajes, habiendo probado esa hierba tan dulce, permanecían allí día y noche, comiéndola tan de raíz que

era imposible que brotara una espiga.

Para esto no vi otra solución que levantar un cerco, que construí con mucho empeño, pues no tenía

demasiado tiempo. No obstante, como la tierra arada no era muy ex tensa, conforme a la cosecha, logré

cercarla totalmente en tres semanas. Maté algunos de los animales durante el día y puse a mi perro en

guardia durante la noche, amarrado a un palo donde se quedaba vigilando y ladrando toda la noche. De este

modo, los enemigos abandonaron el lugar en poco tiempo y el grano creció fuerte y saludable y comenzó a

madurar rápidamente.

Así como estos animales trataron de arruinar mi grano cuando aún era hierba, los pájaros estuvieron a

punto de hacerlo cuando brotaron las espigas. Un día fui al sembrado para ver cómo prosperaba y lo hallé

rodeado de aves de no sé cuántos tipos, que parecían aguardar a que me marchase. Inmediatamente, las

espanté con la escopeta (que siempre llevaba conmigo). No bien había disparado, cuando se elevó una

pequeña nube de pájaros que no había visto porque estaban ocultos entre las espigas.

Esto me inquietó mucho pues preveía que en pocos días se habrían comido mis esperanzas, dejándome

sin alimento, y sin posibilidades de volver a sembrar nunca. No sabía qué hacer. Sin embargo, estaba

decidido a no perder mi grano, si era posible, aunque tuviera que vigilarlo día y noche. En primer lugar,

recorrí el sembrado para ver los daños que habían hecho las aves y encontré que habían echado a perder

gran parte de los granos pero, como las espigas estaban aún verdes, la pérdida no fue tan grande, pues el

resto prometía una buena cosecha si lograba salvarlo.

Me detuve a cargar mi escopeta y pude ver a los ladrones posados en los árboles que estaban a mi

alrededor, como esperando a que me marchara, lo que en efecto ocurrió pues, apenas me alejé de su vista,

bajaron al sembrado, uno a uno, nuevamente. Esto me enfadó tanto que no tuve paciencia para esperar a

que llegara el resto, sabiendo que cada grano que se comían en ese momento representaba una gran pérdida

para mí en el futuro. Por lo tanto, arrimándome al cerco, disparé y maté a tres de ellos. Era justo lo que

quería pues los recogí y los traté como a los ladrones famosos en Inglaterra, es decir, los colgué de unas

cadenas para asustar a los demás. Es imposible imaginar el efecto que tuvo esto pues, al poco tiempo,

abandonaron aquella parte de la isla y no volví a verlos por allí mientras estuvo mi espantapájaros.

Esto me alegró mucho, como puede suponerse, y hacia finales de diciembre recogí mi grano en la

segunda cosecha del año.

Por desgracia, no tenía una hoz o guadaña para cortarlo y lo único que podía hacer era fabricar una lo

mejor que pudiese con las espadas o machetes que había rescatado del barco. No obstante, como mi

primera cosecha era pequeña, no tuve demasiadas dificultades para segarla. En pocas palabras, lo hice a mi

modo, pues solo corté las espigas, las transporté en una de las grandes canastas que había tejido y las

desgrané con mis propias manos. Al final del proceso, observé que el grano cosechado era, según mis

cálculos, aunque no tenía forma de comprobarlo, casi treinta y dos veces más que el que había sembrado.

Me sentí muy entusiasmado pues preveía que, con el tiempo, Dios me proporcionaría pan. Sin embargo,

nuevamente me hallaba en apuros pues no sabía moler el grano para transformarlo en harina, ni limpiarlo,

ni cernirlo, ni, en definitiva, hacer pan. Todo esto, sumado a mi deseo de disponer de una buena cantidad

para almacenar y otra para sembrar, decidí no probar ni un grano de esta cosecha con el fin de sembrarlo en

la siguiente estación. Mientras tanto, emplearía todo mi ingenio y mi tiempo de trabajo en averiguar el

modo de hacer harina y pan.

Podría decir en verdad que había trabajado para conseguirme el pan, lo cual es bastante sorprendente y

me parece que pocas personas se han detenido a pensar en la enorme cantidad de pequeñas cosas que hay

que hacer para producir, preparar, elaborar y terminar un solo pan.

Como me hallaba reducido a un simple estado natural, sufría desalientos diariamente y cada vez me

volvía más sensible a ellos, incluso desde que había obtenido el primer pu ñado de semillas que, como ya

he dicho, apareció inesperadamente y para mi gran asombro.

En primer lugar, no tenía un arado para remover la tierra, ni una azada o pala para labrarla. Resolví este

problema haciendo una pala de madera, a la cual ya he hecho referen cia, pero no era la más adecuada para

la función que quería darle y, aunque me había tomado varios días fabricarla, al no estar reforzada con

hierro se desgastó rápidamente y me entorpeció el trabajo, haciéndolo más difícil.

No obstante, aguantaba esto y me conformaba con hacer el trabajo pacientemente y tolerar sus

imperfecciones. Cuando terminé de sembrar el grano, me hacía falta un ras trillo y no me quedó más

remedio que utilizar una rama gruesa con la cual conseguí arañar la tierra, más que rastrillarla.

Mientras crecía el grano, observé todo lo que necesitaba hacer: cercarlo, protegerlo, segarlo o cosecharlo,

secarlo, transportarlo a casa, trillarlo, limpiarlo y guardarlo. Necesitaba también un molino para convertirlo

en harina, un tamiz para cernirla, sal y levadura para hacer el pan y un horno para cocerlo. Sin embargo,

como se verá, logré arreglármelas sin ninguna de estas cosas y el grano me proporcionó un inestimable

placer y provecho. Todo lo que he mencionado anteriormente, hacía el trabajo más tedioso y difícil pero no

había mucho que hacer al respecto, como tampoco respecto al tiempo que perdía pues, según lo había

dividido, utilizaba sólo una parte del día para realizar estas labores. Como había decidido no usar el grano

para pan hasta que tuviera una cantidad mayor, empleé todo mi tiempo y mi ingenio durante los seis meses

siguientes en hacer los utensilios adecuados para ejecutar todas las operaciones relacionadas al

procesamiento del grano, cuando lo tuviera.

Primeramente, tenía que preparar un terreno mayor ya que ahora tenía suficientes semillas para sembrar

un acre52 de tierra. Antes de hacer esto, dediqué por lo menos una se mana a fabricar una azada, que resultó

deplorable y pesada y requería un esfuerzo doble trabajar con ella. No obstante, obvié esto y sembré mi

semilla en dos grandes extensiones de tierra llana, situadas tan cerca de casa como fue posible y las cerqué

con una fuerte empalizada, cuyas estacas corté de los árboles que había utilizado anteriormente. Sabía que

en un año tendría un seto de plantas vivas que no requeriría mucho mantenimiento. Esta tarea era lo

suficientemente complicada como para que me tomara casi tres meses finalizarla, ya que buena parte de

este tiempo coincidió con la estación de lluvia, durante la cual, no pude salir.

52 Acre: Equivale a 4.046,87 metros cuadrados.

Sin poder salir, esto es, mientras llovía, me ocupaba de los siguientes asuntos. Siempre que trabajaba, me

entretenía hablándole al loro y enseñándole a hablar, de modo que pronto aprendió su propio nombre y a

decirlo fuertemente: POLL, que fue la primera palabra que se pronunció en la isla por boca que no fuera la

mía. Pero, esta no era mi labor principal, sino, más bien, un pasatiempo que me divertía mientras ocupaba

mis manos en otras tareas, como la siguiente. Había estudiado durante mucho tiempo la forma de hacer

unas vasijas de barro, que tanto necesitaba, pero aún no sabía cómo. Mas, teniendo en cuenta que el clima

era caluroso, no dudaba que, si podía encontrar un buen barro, podría fabricar algún cacharro que, secado al

sol, fuera lo suficientemente fuerte para manejarlo y conservar en su interior cualquier cosa que quisiera

preservar de la humedad. Como necesitaba algunos cacharros de este tipo para el grano y la harina, que era

lo que me preocupaba en ese momento, decidí hacerlos tan grandes como pudiera, a fin de que sirvieran

exclusivamente como tarros para conservar lo que guardara en ellos.

Tal vez el lector se apiade de mí, o, por el contrario, se ría de mi torpeza al hacer la pasta y los objetos

tan deformes que realicé con ella, que se hundían hacia adentro o hacia fuera porque el barro era demasiado

blando para resistir su propio peso. Algunos se quebraban al ser expuestos precipitadamente al excesivo

calor del sol, otros se rompían en pedazos cuando los movía, tanto cuando estaban secos como cuando aún

estaban húmedos. En pocas palabras, después de un arduo esfuerzo por conseguir el barro, de extraerlo,

amasarlo, transportarlo y moldearlo, en dos meses no pude hacer más que dos cosas grandes y feas, que no

me atrevería a llamar tarros.

No obstante, cuando el sol los secó hasta dejarlos muy duros, los levanté con mucho cuidado y los

coloqué en dos grandes cestos de mimbre, que había tejido, expresamente, para ellos, a fin de que no se

rompieran. Entre cada cacharro y su correspondiente cesto había un poco de espacio, que rellené con paja

de arroz y cebada. Pensé que, conservándolos secos, podrían servir para guardar el grano y, tal vez la

harina, cuando lo hubiese molido.

Aunque cometí muchos errores en mi proyecto de hacer cacharros grandes, pude hacer, con éxito, otros

más pequeños, como vasijas, platos llanos, jarras y ollitas, que el calor del sol secaba y volvía extrañamente

duros.

Nada de esto, sin embargo, satisfacía mi necesidad principal que era obtener una vasija en la que pudiera

echar líquido y fuese resistente al fuego. Al cabo de cierto tiempo, un día, habiendo hecho un gran fuego

para asar carne, en el momento de retirar los carbones, encontré un trozo de un cacharro de barro, quemado

y duro como una piedra y rojo como una teja. Esto me sorprendió gratamente y me dije que; ciertamente, si

podían cocerse en trozos también podrían hacerlo enteros.

Este hecho me llevó a estudiar cómo disponer el fuego para cocer algunos cacharros de barro. No tenía

idea de cómo fabricar un horno como los que usan los alfareros, ni de esmaltar los cacharros con plomo,

aunque tenía algo de plomo para hacerlo. Apilé tres ollas grandes y dos cacharros, unos encima de los

otros, y dispuse las brasas a su alrededor, dejando un montón de ascuas debajo. Alimenté el fuego con leña,

que coloqué en la parte de afuera y sobre la pila, hasta que los cacharros se pusieron al rojo vivo sin llegar a

romperse. Cuando estuvieron claramente rojos, los dejé en la lumbre durante cinco o seis horas, hasta que

me di cuenta de que uno de ellos no se quebraba pero sí se derretía, porque la arena que había mezclado

con el barro se fundía por la violencia del calor, y se habría convertido en vidrio de haberlo dejado allí.

Disminuí gradualmente el fuego hasta que el rojo de los cacharros se volvió más tenue y me quedé observándolos

toda la noche para que el fuego no se apagara demasiado aprisa. A la mañana siguiente, tenía

tres buenas ollitas, si bien no muy hermosas, y dos vasijas, tan resistentes como podría desearse, una de las

cuales estaba perfectamente esmaltada por la fundición de la arena.

No tengo que decir que después de este experimento, no volví a necesitar ningún cacharro de barro que

no pudiera hacerme. Mas debo decir que en cuanto a la forma, no se di ferenciaban mucho unos de otros,

como es de suponerse, ya que los hacía del mismo modo que los niños hacen sus tortas de arcilla o que las

mujeres, que nunca han aprendido a hacer masa, hornean sus pasteles.

Jamás hubo alegría tan grande por algo tan insignificante, como la que sentí cuando vi que había hecho

un cacharro de arcilla resistente al fuego. Apenas tuve paciencia para esperar a que se enfriara y volví a

colocarlo en el fuego, esta vez, lleno de agua, para hervir un trozo de carne, lo que logré admirablemente.

Luego, con un poco de cabra, me hice un caldo muy sabroso y solo me habría hecho falta un poco de avena

y algunos otros ingredientes para que quedara tan sabroso como lo hubiera deseado.

Mi siguiente preocupación era procurarme un mortero de piedra para moler o triturar el grano ya que, tan

solo con un par de manos, no podía pensar en hacer un molino. Me encontraba muy poco preparado para

satisfacer esta necesidad pues, si había un oficio en el mundo para el cual no estaba cualificado era para el

de picapedrero. Por otra parte, tampoco contaba con las herramientas necesarias para hacerlo. Pasé más de

un día buscando una piedra lo suficientemente grande como para ahuecarla y que sirviera de mortero, mas

no pude encontrar ninguna, excepto las que había en la roca pero no tenía forma de extraer ni cortarle

ningún pedazo. Tampoco las rocas de la isla eran lo suficientemente duras pues todas tenían una

consistencia arenosa y se desmoronaban fácilmente, de manera que no habrían soportado los golpes de un

mazo, ni habrían molido el grano sin llenarlo de arena. Después de perder mucho tiempo buscando una

piedra adecuada, renuncié a este propósito y decidí buscar un buen bloque de madera sólida, lo que resultó

mucho más sencillo. Cogí uno tan grande como mis fuerzas me permitieron levantar y lo redondeé por

fuera con el hacha. Luego le hice una cavidad con fuego, del mismo modo que los indios del Brasil

construyen sus canoas. Después hice una mano de almirez, de una madera que llaman palo de hierro53 y

guardé todos estos utensilios hasta mi próxima cosecha, al cabo de la cual, me proponía moler el grano, o

más bien, machacarlo hasta convertirlo en harina para hacer pan.

53 En algunas regiones del Caribe recibe el nombre de ausubo.

La segunda dificultad con que me topé fue la de hacer un tamiz o cedazo para cernir la harina y separarla

del salvado y de la cáscara, sin lo cual no habría tenido posibilidad alguna de hacer pan. Esta era una labor

tan difícil que no me hallaba con valor ni para pensar en la forma de realizarla pues no tenía nada que me

sirviera para ello; es decir, una lona o tejido con una trama lo suficientemente fina como para permitir el

cernido de la harina. Durante muchos meses estuve paralizado, sin saber exactamente qué hacer. No me

quedaba más lienzo que algunos harapos; tenía pelos de cabra pero no sabía cómo hilarlos o tejerlos y,

aunque lo hubiese sabido, no tenía instrumentos para hacerlo. Finalmente, recordé que entre la ropa de los

marineros que había rescatado del naufragio, había algunas bufandas de muselina y, con algunos pedazos

hice tres tamices pequeños pero adecuados para la tarea. Los utilicé durante muchos años y, en su

momento, contaré lo que hice después con ellos.

Lo próximo que tenía que considerar era cómo hacer el pan, una vez tuviera el grano pues, para empezar,

no tenía levadura, mas como este era un problema que no tenía solu ción, dejé de preocuparme por ello. Sin

embargo, me afligía no tener un horno. Con el tiempo, ideé la forma de hacerlo, de la siguiente manera:

Hice algunas vasijas de barro muy anchas pero poco profundas, es decir, de unos dos pies de diámetro y no

más de nueve pulgadas de profundidad. Las quemé en el fuego, como había hecho con las otras y luego,

cuando quería hornear pan, hacía un gran fuego sobre el hogar, que había cubierto con unas losetas

cuadradas que yo mismo hice y cocí aunque no puedo decir que fuesen perfectamente cuadradas.

Cuando la leña formaba un buen montón de ascuas, llenaba el hogar con ellas y las dejaba ahí hasta que

el hogar se calentaba bien. Luego retiraba las ascuas, colocaba mi ho gaza o mis hogazas y las cubría con la

vasija de barro, que rodeaba de carbones para mantener y avivar el fuego según fuera necesario. De este

modo, como en el mejor horno del mundo, horneaba mis hogazas de cebada y, en poco tiempo, me convertí

en un auténtico maestro pastelero pues confeccionaba diversas tortas de arroz y budines, aunque no llegué a

hacer tartas ya que no tenía con qué rellenarlas, si no era con carne de ave o de cabra.

No es de extrañar que todas estas labores me tomaran casi todo el tercer año en la isla pues, debe notarse

que aparte de ellas, tenía que ocuparme de mi nueva cosecha y de la labranza. Sembraba el grano en el

momento adecuado, lo transportaba a casa lo mejor que podía y colocaba las espigas en grandes canastas

hasta que llegaba el momento de desgranarlo, pues no tenía trillo ni lugar donde trillar.

Ahora que mi provisión de grano aumentaba, quería agrandar los graneros. Necesitaba un lugar para

almacenarlo porque la cosecha había sido tan abundante que tenía veinte fanegas de cebada y otras tantas, o

más, de arroz. Decidí entonces usarlos ampliamente puesto que hacía tiempo que se me había acabado el

pan. También decidí ver cuánto necesitaba para un año y, así, sembrar solo una vez.

En total, descubrí que cuarenta fanegas de cebada y arroz eran más de lo que podía consumir en un año y

por tanto, decidí sembrar al año siguiente la misma cantidad que en el anterior, con la esperanza de que me

bastase para hacer pan y otros alimentos.

Mientras hacía todo esto, a menudo mis pensamientos volaban hacia la tierra que había visto desde el

otro lado de la isla y, secretamente, deseaba estar allí, imaginando que podría divisar el continente y que, al

ser una tierra poblada, encontraría los medios para salir adelante y, finalmente, escapar.

Sin embargo, no tenía en cuenta los riesgos de aquella situación, como, por ejemplo, el de caer en manos

de los salvajes, que consideraba más peligrosos que los leones y los tigres de África, y que, si me

atrapaban, casi con toda seguridad, me asesinarían y, tal vez me devorarían. Había oído decir que los

habitantes de la costa del Caribe eran caníbales, o devoradores de hombres y sabía, por la latitud, que no

debía estar lejos de esas tierras. Mas, suponiendo que no fuesen caníbales, podían matarme, como a muchos

europeos que cayeron en sus manos, incluso a grupos de diez o veinte; y con más razón a mí que era uno

solo y apenas podía defenderme. Nada de esto, que debía considerar muy seriamente, como después lo

hice, me preocupaba al principio pues tan solo pensaba en llegar a la otra orilla.

Deseaba tener a mi chico Xury y la chalupa con su vela de lomo de cordero, con la cual había navegado

más de mil millas por la costa de África; mas de nada me servía desear lo. Entonces pensé que podía

inspeccionar el bote de la nave que, como he dicho anteriormente, fue arrojado hasta la playa por la

tormenta que nos hizo naufragar. Estaba casi en el mismo lugar pero las olas y el viento le habían dado la

vuelta contra un arrecife de arena dura y ahora no tenía agua alrededor.

Si hubiese tenido ayuda, habría podido repararlo y echarlo al agua y me habría servido perfectamente

para regresar a Brasil sin dificultades. Mas debía reconocer que me iba a resultar tan difícil darle la vuelta

como mudar la isla de un lado a otro. No obstante, fui al bosque a cortar unos troncos largos que me

sirvieran de palanca y rollo y los trasladé hasta el bote, decidido a hacer lo que pudiese y convencido de

que si lograba darle la vuelta, podría repararlo y convertirlo en un excelente bote con el que podría

lanzarme al mar tranquilamente.

No escatimé en esfuerzos en esta inútil labor, en la que empleé cerca de tres semanas, hasta que, por fin,

me convencí de que no podría levantarlo con mis pocas fuerzas y decidí excavar la arena por debajo para

socavarlo y hacerlo caer, utilizando trozos de madera para dirigirle la caída.

Mas cuando hube terminado de hacer esto, advertí, nuevamente, que no podía darle la vuelta, ni meterme

debajo ni, mucho menos, empujarlo hacia el agua. De este modo, me vi obligado a desistir de la idea y,

aunque así lo hice, mis deseos de aventurarme hacia el continente aumentaban a medida que disminuían

mis probabilidades de lograrlo.

Más tarde, comencé a reflexionar sobre la posibilidad de construir una canoa o piragua, como las que

hacían los nativos de aquellas latitudes, incluso sin herramientas ni ayuda, con un gran tronco de árbol.

Esto no solo me pareció posible sino sencillo y me alegré mucho con la idea de hacerlo y de tener más

recursos que los indios o los negros. Mas no consideré las dificultades que acarreaba dicha tarea, que eran

mayores que las que podían encontrar los indios, como por ejemplo, la necesidad de ayuda para echarla al

agua cuando estuviese terminada. Este obstáculo me parecía mucho más difícil de superar que la falta de

herramientas, por parte de los indios pues ¿de qué me serviría cortar un gran árbol en el bosque, lo cual

podía hacer sin demasiada dificultad, si, después de modelar y alisar la parte exterior para darle la forma de

un bote y de cortar y quemar la parte interior para ahuecarla, debía dejarlo justo donde lo había encontrado

por ser incapaz de arrastrarlo hasta el agua?

Se podría pensar que, mientras construía la canoa, no había considerado, ni por un momento, esta

situación pues debí haber pensado antes en la forma de llevarla hasta el agua pero estaba tan enfrascado en

la idea de navegar, que ni una vez me detuve a pensar cómo lo haría. Naturalmente, me iba a resultar

mucho más fácil llevarla cuarenta y cinco millas por mar, que arrastrarla por tierra las cuarenta y cinco

brazas que la separaban de él.

Me empeñé en construir esta canoa como el más estúpido de los hombres, como si hubiese perdido

totalmente la razón. Me agradaba el proyecto y no me preocupaba en lo más mínimo si no era capaz de

realizarlo. No es que la idea de botar la canoa no me asaltara con frecuencia sino que respondía a mis

preguntas con la siguiente insensatez: «Primero ocupémonos de hacerla que, con toda seguridad, encontraré

la forma de transportarla cuando esté terminada.»

Esta era una forma de proceder descabellada pero mi fantasiosa obstinación prevaleció y puse manos a la

obra. Corté un cedro tan grande, que dudo mucho que Salomón dispusiera de uno igual para construir el

templo de Jerusalén. Medía cinco pies y diez pulgadas de diámetro en la parte baja y a los veintidós pies de

altura medía cuatro pies y once pulgadas; luego se iba haciendo más delgado hasta el nacimiento de las

ramas. Me costó un trabajo infinito cortar el árbol. Estuve veinte días talando y cortando la base y catorce

más cercenando las ramas, los brotes y el tupido follaje con el hacha. Después, me tomó un mes darle la

forma del casco de un bote que pudiese mantenerse derecho sobre el agua. Me tomó casi tres meses excavar

su interior hasta que pareciese un bote de verdad. Hice esto sin fuego, utilizando, únicamente, un mazo y un

cincel y, después de mucho esfuerzo, logré hacer una hermosa piragua, lo suficientemente grande como

para llevar veintiséis hombre y, por tanto, a mí con mi cargamento.

Cuando terminé la tarea, estaba encantado. El bote era mucho más grande que cualquier canoa o piragua,

hecha de un solo árbol, que hubiese visto en mi vida. Muchos golpes de hacha me había costado y no

faltaba más que llevarla hasta el agua y, si lo hubiese conseguido, habría emprendido el viaje más absurdo e

irrealizable que jamás se hubiese hecho.

Todos mis intentos de llevarla al mar fracasaron, a pesar de mis grandísimos esfuerzos. La canoa estaba a

unas cien yardas del agua y el primer inconveniente era una colina que se elevaba hacia el río. Para resolver

este problema, decidí cavar el terreno con el fin de hacer un declive. Comencé a hacerlo y me costó un

trabajo inmenso mas ¿quién se queja de fatigas si tiene la salvación ante sus ojos? No obstante, cuando

terminé esta tarea y vencí esta dificultad, estaba igual que antes porque, como con el bote, me resultaba imposible

mover la canoa.

Entonces medí la longitud del terreno y decidí hacer una especie de dique o canal para llevar el agua

hasta la piragua ya que no podía llevar esta al agua. Cuando comencé a ha cerlo y calculé el ancho y la

profundidad de la excavación que debía realizar, me di cuenta de que, sin otro recurso que mis dos brazos,

me tomaría unos diez o doce años terminar esta labor puesto que, la orilla estaba elevada y, por lo tanto,

tendría que cavar una zanja de, por lo menos, veinte pies de profundidad en la parte más alta. Al final

también tuve que renunciar a esta idea, con mucho pesar.

Esto me causó una gran aflicción y me hizo comprender, aunque demasiado tarde, la estupidez de iniciar

un trabajo sin calcular los costos ni juzgar la capacidad para realizarlo.

Ocupado en estas tareas, concluyó mi cuarto año de estancia en la isla y celebré el aniversario con la

misma devoción y tranquilidad que los anteriores, pues, gracias al cons tante estudio de la palabra de Dios

y al auxilio de su gracia divina, había adquirido una nueva sabiduría, distinta a mis conocimientos

anteriores. Veía las cosas de otro modo y el mundo me parecía algo remoto, con lo que no tenía nada que

ver y de lo que no esperaba ni deseaba absolutamente nada. En pocas palabras, no tenía nada en común con

él, ni lo tendría nunca, de modo que lo veía como se debía ver después de la muerte; como un lugar donde

había vivido pero al que había abandonado. Muy bien podía decir, como Abraham al rico avariento: Entre

tú y yo media un profundo abismo54.

En primer lugar, me hallaba lejos de los vicios del mundo. No sentía la concupiscencia de la carne, la

concupiscencia de los ojos, ni la soberbia de la vida55. Nada tenía que envidiar, puesto que poseía todo

aquello de lo que podía disfrutar y era el señor de toda la isla. Podía, si eso me complacía, llamarme rey o

emperador de todo lo que poseía. No tenía rivales ni adversarios ni a nadie con quien disputarme la

soberanía o el poder. Podía cosechar suficiente grano para cargar muchos navíos pero no me hacía falta, de

modo que sembraba solo el que necesitaba para mi sustento. Tenía tortugas en abundancia pero no las cogía

sino de cuando en cuando, según mis necesidades. Tenía suficiente leña para construir toda una flota de

barcos y luego llenar sus bodegas con el vino o las pasas que podía obtener de mi viñedo.

54 Lucas 16: 26.

55 Epístola de Juan 2: 16.

Solo me parecía valioso aquello que podía utilizar. Comía solo lo que necesitaba y el resto, ¿de qué me

servía? Si cazaba más de lo que podía comer, tenía que dárselo al perro o dejar que se lo comieran las

sabandijas. Si sembraba más grano del que podía consumir, se echaba a perder. Los árboles que cortaba se

pudrían sobre la tierra ya que no podía utilizarlos de otro modo que no fuera como lumbre para cocinar mi

comida.

En pocas palabras, después de una justa reflexión, comprendí que la naturaleza y la experiencia me

habían enseñado que todas las cosas buenas de este mundo lo son en la medida en que podemos hacer uso

de ellas o regalárselas a alguien y que disfrutamos solo de aquello que podemos utilizar; el resto no nos

sirve para nada. El avaro más miserable y codicioso de este mundo se habría curado del vicio de la avaricia

si hubiese estado en mi lugar, pues poseía infinitamente más de lo que podía disponer. No deseaba nada,

excepto algunas cosas que no podía tener y que, en realidad, eran insignificancias, aunque me habrían sido

de gran utilidad. Como he dicho anteriormente, tenía un poco de dinero, oro y plata, que sumaban unas

treinta y seis libras esterlinas y, ¡ay de mí!, ahí yacía esa inútil y desagradable materia, con la que no podía

hacer absolutamente nada. A veces pensaba que habría dado parte de ella a cambio de unas buenas pipas

para fumar tabaco o de un molino de mano para moler el grano. Más aún, lo habría dado todo a cambio de

seis peniques de semillas de nabos y zanahorias de Inglaterra o de un puñado de guisantes y habas y un

frasco de tinta. En mi situación, no podía sacar ningún provecho de ese dinero y allí estaba, dentro de un

cajón, cubriéndose de moho con la humedad de la cueva durante la estación de lluvias; y si hubiera tenido

el cajón lleno de diamantes, tampoco habrían tenido ningún valor, porque no tenía uso que darles.

Ahora mi vida era mucho más tranquila que al principio y me sentía mucho mejor, física y

espiritualmente. A menudo, cuando me sentaba a comer, me sentía agradecido y ad mirado por la divina

Providencia que me había puesto una mesa en medio del desierto. Aprendí a ver el lado bueno de mi

situación y a ignorar el malo y a valorar más lo que podía disfrutar que lo que me hacía falta. Esta actitud

me proporcionó un secreto bienestar, que no puedo explicar. Pongo esto aquí, pensando en las personas

inconformes, que no son capaces de disfrutar felizmente lo que Dios les ha dado porque ambicionan

precisamente aquello que les ha sido negado y me parece que toda nuestra infelicidad, por lo que no

tenemos, proviene de nuestra falta de agradecimiento por lo que tenemos.

Otra reflexión muy provechosa para mi y, sin duda, para cualquiera que caiga en una desgracia como la

mía, era la siguiente: comparar mi situación presente con la que imaginé al principio, o bien, con la que,

seguramente, habría sido, si la buena Providencia de Dios no hubiese dispuesto milagrosamente que el

barco se acercase a la orilla y que yo, no solo pudiese alcanzarlo, sino rescatar todo lo que logré llevar hasta

la playa, para mi salvación y mi bienestar, pues, si las cosas hubieran ocurrido de otro modo, no habría tenido

herramientas con que trabajar, armas para defenderme, ni pólvora ni municiones para conseguir mi

alimento.

Pasé horas, más bien, días enteros, imaginando, con lujo de detalles, lo que habría tenido que hacer si no

hubiese podido rescatar nada del barco. No habría podido alimentarme más que con pescado y tortugas y

más aún, si no los hubiera descubierto a tiempo, me habría muerto de hambre y, en caso de haber podido

subsistir, habría vivido como un salvaje. Si por casualidad hubiera matado una cabra o un ave, mediante

alguna estratagema, no habría podido abrirla, ni desollarla, ni sacarle las vísceras, ni trocearla sino que me

habría visto obligado a roerla con los dientes y desgarrarla con las uñas como las bestias.

Estas reflexiones me hicieron consciente de lo bondadosa que había sido la Providencia conmigo, por lo

que me sentí muy agradecido por mi presente condición, a pesar de todos

sus problemas y contratiempos. Aquí debo recomendar a aquellos que tienden a quejarse de sus miserias

y se preguntan: «¿hay alguna pena como la mía?», que consideren cuánto peor están otras personas, o

cuánto peor podrían estar ellos mismos si a la Providencia le hubiese parecido justo.

Había otra reflexión que me reconfortaba y me devolvía las esperanzas. Comparaba mi situación actual

con la que merecía y que, con toda razón, debía esperar de la Providencia. Había vivido una vida

vergonzosa, totalmente desprovista de cualquier conocimiento o temor de Dios. Mis padres me habían

educado bien; ambos me habían inculcado, desde temprana edad, el respeto religioso hacia Dios, el sentido

del deber y de aquello que la naturaleza y mi condición en la vida exigían de mí. Pero ¡ay de mí! muy

pronto caí en la vida de marinero, que, de todas las existencias, es la menos temerosa de Dios, aunque, a

menudo, padezca las consecuencias de su cólera. Digo que, habiéndome iniciado muy pronto en la vida de

marinero y en la compañía de gentes de mar, el poco sentido de la religión que había cultivado hasta

entonces, desapareció ante las burlas de mis compañeros y ante un endurecido desprecio por el peligro y las

visiones de la muerte, a las que llegué a acostumbrarme por no tener con quien conversar, que fuese distinto

de mí, u oír alguna palabra buena o, al menos, amable.

Tan vacío estaba de cualquier bondad, o del más mínimo sentido de ella que ni siquiera en las agraciadas

ocasiones en las que me había visto salvado, como cuando escapé de Salé, cuando el capitán portugués me

rescató, cuando me establecí felizmente en Brasil, cuando recibí el cargamento de Inglaterra y otras por el

estilo, pronuncié ni pensé una palabra de agradecimiento a Dios; ni siquiera en el colmo de mi desventura

le dirigí una plegaria a Dios diciendo: «Señor, ten piedad de mí.» No, jamás pronunciaba el nombre de Dios

a no ser que fuera para jurar o blasfemar.

Como ya he dicho, pasé muchos meses en medio de terribles reflexiones sobre mi maldita e indigna vida

pasada. Mas cuando miraba a mi alrededor y contemplaba los dones especiales que había recibido desde mi

llegada a esta isla y el modo tan generoso en que Dios me había tratado, pues no me había castigado con la

severidad que merecía sino, más bien, había sido pródigo en proveerme tanto como podía necesitar, tenía la

esperanza de que mi arrepentimiento hubiese sido aceptado y que Dios me tuviera reservada alguna

misericordia.

Con estos pensamientos me resigné a acatar la voluntad de Dios en las circunstancias en las que me

hallaba y hasta le di sinceras gracias por ello, considerando que aún estaba vivo y que no debía quejarme,

pues no había recibido siquiera el justo castigo por mis pecados y gozaba de tantos privilegios como nunca

hubiese podido esperar en un sitio como este. Por tanto, no debía volver a lamentarme de mi condición,

sino regocijarme por ella y dar gracias a Dios por el pan de cada día, que, de no ser por un milagro, no

podría haber disfrutado. Debía recordar que podía alimentarme por obra de un milagro casi tan grande

como el de los cuervos que alimentaron a Elías56. Además, difícilmente hubiese podido elegir otro sitio con

más ventajas que aquel lugar desierto donde había sido arrojado; uno donde, si bien no tenía compañía, lo

cual era el motivo de mi mayor desventura, tampoco había bestias feroces, lobos furiosos, tigres que

amenazaran mi vida, plantas venenosas que me hicieran daño en caso de que las ingiriera, ni salvajes que

pudieran asesinarme y devorarme.

56 Los cuervos le llevaban pan y carne por la mañana y pan y carne por la noche. I Reyes 17: 4-6.

En pocas palabras, si por un lado mi vida era desventurada, por otro estaba llena de gracia y lo único que

necesitaba para hacerla más confortable era confiar en la bondad y la misericordia de Dios para conmigo y

hallar en ello mi consuelo. Cuando logré hacer esto, dejé de sentirme triste y pude seguir adelante.

Llevaba tanto tiempo en este lugar que muchas de las cosas que había traído a tierra se habían agotado o

deteriorado. Como ya he dicho, la tinta se me había terminado casi totalmente y solo quedaba un poco que

fui mezclando con agua hasta que se volvió tan clara que apenas dejaba marcas en el papel. Mientras duró,

la utilicé para anotar los días del mes en los que me sucedía algo fuera de lo corriente. Recuerdo que al

principio, había notado una extraña coincidencia entre las fechas de algunos acontecimientos y, de haber

sido supersticioso y creer que había días de buena y mala suerte, habría tenido suficientes motivos para

reflexionar sobre lo curioso de algunas circunstancias.

En primer lugar, observé que el día en que partí de Hull, abandonando a mis padres y a mis amigos con el

fin de aventurarme en el mar, era el mismo día en que, más tarde, fui capturado y hecho esclavo por el

corsario de Salé.

El día en que me salvé del naufragio del barco en la rada de Yarmouth, fue el mismo día, al año

siguiente, en que pude escapar de Salé en la chalupa.

El día de mi nacimiento, el 30 de septiembre, fue el mismo día, al cabo de veintiséis años que me salvé

milagrosamente del naufragio y llegué a las costas de esta isla; de modo que mi vida pecaminosa y mi vida

solitaria empezaron el mismo día.

Después de la tinta, se me agotó el pan, es decir, la galleta que había rescatado del barco y que consumía

con suma frugalidad, permitiéndome comer solo una por día, durante un año. Aun así, pasé casi un año sin

pan hasta que pude producir mi propia harina, por lo que estaba enormemente agradecido ya que, como he

dicho, su obtención fue casi milagrosa.

Mis ropas también comenzaron a deteriorarse notablemente. Hacía tiempo que no tenía lino, con la

excepción de algunas camisas a cuadros que había encontrado en los arco nes de los marineros y guardado

con mucho cuidado porque, a menudo, eran lo único que podía tolerar; y fue una gran suerte que hubiese

encontrado casi tres docenas de ellas entre la ropa de los marineros en el barco. También tenía varias capas

gruesas de las que usaban los marineros pero eran demasiado pesadas. En verdad, el clima era tan caluroso

que no tenía necesidad de usar ropa, mas no era capaz de andar totalmente desnudo. No, aunque me hubiese

sentido tentado a hacerlo, lo cual no ocurrió pues no podía siquiera imaginarme algo así, a pesar de que

estaba solo.

La razón por la cual no podía andar completamente desnudo era que aguantaba el calor del sol bastante

mejor cuando estaba vestido que cuando no lo estaba. A menudo el sol me producía ampollas en la piel,

mas, cuando llevaba camisa, el aire pasaba a través del tejido y me sentía mucho más fresco que cuando no

la llevaba. Tampoco podía salir sin gorra o sombrero pues los rayos del sol, que en esas latitudes golpean

con gran violencia, me habrían provocado una terrible jaqueca, a fuerza de caer directamente sobre mi

cabeza.

Ante esta situación, decidí ordenar los pocos harapos que tenía y a los que llamaba ropa. Había gastado

todos los chalecos y ahora debía intentar hacer algunas chaquetas con las capas y los demás materiales que

tenía. Empecé pues a hacer trabajos de sastrería, más bien estropicios, pues los resultados fueron

lastimosos. No obstante, logré hacer dos o tres chalecos, con la esperanza de que me durasen mucho

tiempo. La labor que realicé con los pantalones o calzones, fue igualmente desastrosa, hasta más adelante.

He mencionado que guardaba las pieles de los animales que mataba, me refiero a los cuadrúpedos, y las

colgaba al sol, extendiéndolas con la ayuda de palos. Algunas estaban tan secas y duras que apenas servían

para nada pero otras me resultaron muy útiles. Lo primero que confeccioné con ellas fue una gran gorra

para cubrirme la cabeza, con la parte de la piel hacia fuera para evitar que se filtrase el agua. Me quedó tan

bien que luego me confeccioné una vestimenta completa, es decir, una casaca y unos calzones abiertos en

las rodillas, ambos muy amplios, para que resultaran más frescos. Debo reconocer que estaban

pésimamente hechos pues si era un mal carpintero, era aún peor sastre. No obstante, les di muy buen uso y,

cuando estaba fuera, si por casualidad llovía, la piel de la casaca y del sombrero me mantenían

perfectamente seco.

Posteriormente, empleé mucho tiempo y esfuerzo en fabricarme una sombrilla, que mucha falta me hacía.

Había visto cómo se confeccionaban en Brasil, donde eran de gran utilidad a causa del excesivo calor y me

parecía que el calor que debía soportar aquí era tanto o más fuerte que el de allá, pues me encontraba más

cerca del equinoccio. Además, aquí tenía que salir constantemente, por lo que una sombrilla me resultaba

de gran utilidad para protegerme, tanto del sol como de la lluvia. Emprendí esta tarea con muchas

dificultades y pasó bastante tiempo antes de que pudiera hacer algo que se le pareciese pues, cuando creía

haber encontrado la forma de confeccionarla, eché a perder dos o tres veces antes de hacer la que tenía

prevista. Por fin fabriqué una que cumplía cabalmente ambos propósitos. Lo más difícil fue lograr que

pudiera cerrarse. Había logrado que permaneciera abierta pero, si no lograba cerrarla, habría tenido que

llevarla siempre sobre la cabeza, lo cual no era demasiado práctico. Finalmente, como he dicho, hice una lo

suficientemente adecuada para mis propósitos y la cubrí de piel, con la parte peluda hacia arriba, a fin de

que, como si fuera un tejado, me protegiese del sol tan eficazmente, que me permitiera salir, incluso en el

calor más sofocante, tan a gusto como si hiciese fresco. Cuando no tuviera necesidad de usarla, podía

cerrarla y llevarla bajo el brazo.

Vivía, de este modo, cómodamente; mi espíritu estaba tranquilo y enteramente conforme con la voluntad

de Dios y los designios de la Providencia. Por lo tanto, mi vida era mu cho más placentera que la vida en

sociedad, pues, cuando me lamentaba de no tener con quien conversar, me preguntaba si no era mejor

conversar con mis pensamientos y, si puede decirse, con Dios, mediante la oración, que disfrutar de los

mayores deleites que podía ofrecer la sociedad.

No puedo decir que, durante cinco años no me ocurriera nada extraordinario pero, lo cierto es que mi

vida seguía el mismo curso, en el mismo lugar de siempre. Aparte de mi cultivo anual de cebada y arroz,

del que siempre guardaba suficiente para un año, y de mis salidas diarias con la escopeta, tenía una

ocupación importante: construir mi canoa, la cual, finalmente, pude acabar. Luego cavé un canal de unos

seis pies de ancho por cuatro de profundidad que me permitió llevarla hasta el río, a lo largo de casi media

milla. La primera canoa era demasiado grande, ya que la había construido sin pensar de antemano cómo

llevarla hasta el agua y, como nunca pude hacerlo, la tuve que dejar donde estaba, a modo de recordatorio

que me enseñase a ser más precavido en el futuro. De hecho, la siguiente vez, aunque no pude encontrar un

árbol adecuado que estuviera a menos de media milla del agua, como ya he dicho, me pareció que mi

proyecto era viable y decidí no abandonarlo. Pese a que invertí dos años en él, nunca trabajé de mala gana,

sino con la esperanza de tener, finalmente, un bote para lanzarme al mar.

Sin embargo, cuando terminé de construir mi pequeña piragua, advertí que su tamaño no era el adecuado

para los objetivos que me había fijado al emprender la fabricación de la primera; es decir, aventurarme

hacia la tierra firme que estaba a unas cuarenta millas de la isla. Pero al ver la piragua tan pequeña, desistí

de mi propósito inicial y no volví a pensar en él. Decidí usarla para hacer un recorrido por la isla, pues,

aunque solo había visto parte del otro lado por tierra, como he dicho anteriormente, los descubrimientos

que había hecho en ese corto viaje me despertaron fuertes deseos de ver el resto de la costa. Ahora que

tenía un bote, no pensaba en otra cosa que navegar alrededor de la isla.

Con este fin, y tratando de hacer las cosas con el mejor tino posible, le puse un pequeño mástil a mi bote

e hice una vela con los restos de las velas del barco, que tenía guardadas en gran cantidad.

Ajustados el mástil y la vela, hice un ensayo con la piragua y descubrí que navegaba muy bien. Entonces

le hice unos pequeños armarios o cajones a cada extremo para co locar mis provisiones y municiones y

evitar que se.mojaran con la lluvia o las salpicaduras del mar. Luego hice una larga hendidura en el interior

de la piragua para colocar la escopeta y le puse una tapa para asegurarla contra la humedad.

Aseguré la sombrilla a popa para que me protegiera del sol como si fuera un toldo. De este modo, salía a

navegar de vez en cuando, sin llegar nunca a internarme demasiado en el mar ni alejarme del río.

Finalmente, ansioso por ver la periferia de mi pequeño reino, decidí emprender el viaje y pertreché mi

embarcación para hacerlo. Embarqué dos docenas de panes (que más bien debería llamar bizcochos) de

cebada, una vasija de barro llena de arroz seco, que era un alimento que solía consumir en gran cantidad,

una pequeña botella de ron, media cabra, pólvora y municiones para cazar y dos grandes capas, de las que,

como he dicho, rescaté de los arcones de los marineros. Una la utilizaba a modo de colchón y la otra de

manta.

El sexto día de noviembre del sexto año de mi reinado, o, si preferís, mi cautiverio, emprendí el viaje,

que resultó más largo de lo que había calculado pues, aunque la isla era bastante pequeña, en la costa

oriental tenía un arrecife rocoso que se extendía más de dos leguas mar adentro y, después de este, había un

banco de arena seca que se prolongaba otra media legua más, de manera que me vi obligado a internarme

en el mar para poder torcer esa punta.

Cuando vi el arrecife y el banco de arena por primera vez, estuve a punto de abandonar la empresa y

volver a tierra porque no sabía cuánto tendría que adentrarme en el mar y, sobre todo, porque no tenía idea

de cómo regresar. Así pues, eché el ancla que había hecho con un trozo de arpón roto que había rescatado

del barco.

Una vez asegurada mi piragua, tomé mi escopeta y me encaminé a la orilla. Escalé una colina desde la

que, aparentemente, se podía dominar esa parte y, desde allí, pude observar toda su extensión. Entonces

decidí aventurarme.

Mientras observaba el mar desde la colina, vi una corriente muy fuerte, de hecho, bastante violenta, que

corría en dirección este y que llegaba casi hasta la punta. Me llamó la atención porque advertía cierto

peligro de ser arrastrado mar adentro por ella y no poder regresar a la isla. Indudablemente, así habría

ocurrido, si no hubiese subido a la colina, porque una corriente similar dominaba el otro extremo de la isla,

solo que a mayor distancia. También pude ver un fuerte remolino en la orilla, de modo que si lograba

evadir la corriente, me habría topado inmediatamente con él.

Me quedé en este lugar dos días porque el viento soplaba del este-sudeste, es decir, en dirección opuesta

a la corriente, con bastante fuerza y levantaba un gran oleaje en aquel punto. Por lo tanto, no era seguro

acercarse ni alejarse demasiado de la costa, a causa de la corriente.

Al tercer día por la mañana, el mar estaba tranquilo, pues el viento se había calmado durante la noche y

decidí aventurarme. Quiero que esto sirva de advertencia a los pilotos te merarios e ignorantes, pues, no

bien me había alejado de la costa un poco más que el largo de mi piragua, cuando me encontré en aguas

profundas y en medio de una corriente tan rápida y fuerte como las aspas de un molino. Pese a todos mis

esfuerzos, apenas podía mantenerme en sus márgenes y me alejaba cada vez más del remolino, que estaba a

mi izquierda. No soplaba viento que pudiese ayudarme y todos los esfuerzos que hacía por remar resultaban

inútiles. Comencé a darme por vencido pues, como había corrientes a ambos lados de la isla, sabía que a

pocas leguas, se encontrarían y yo me vería irremisiblemente perdido. Tampoco veía cómo evitarlo y no me

quedaba otra alternativa que perecer, no a causa del mar, que estaba muy calmado, sino de hambre. Había

encontrado una tortuga en la orilla, tan grande que casi no podía levantarla, y la había echado en el bote.

Tenía una gran jarra de agua fresca, es decir, uno de mis cacharros de barro pero esto era todo con lo que

contaba para lanzarme al vasto océano, donde, sin duda, no encontraría orilla, ni tierra firme, ni isla en, al

menos, mil leguas.

Ahora comprendía cuán fácilmente, la Providencia divina podía convertir una situación miserable en una

peor. Ahora recordaba mi desolada isla como el lugar más agradable de la tierra y la única dicha a la que

aspiraba mi corazón era poder regresar allí. Extendía las manos hacia ella y exclamaba: «¡Oh, feliz

desierto! ¿No volveré a verte nunca más? ¡Oh, miserable criatura! ¿A dónde voy?» Entonces me

reprochaba mi ingratitud al lamentarme por mi soledad y pensaba que hubiera dado cualquier cosa por estar

otra vez en la orilla. Nunca sabemos ponderar el verdadero estado de nuestra situación hasta que vemos

cómo puede empeorar, ni sabemos valorar aquello que tenemos hasta que lo perdemos. Es difícil imaginar

la consternación en la que me hallaba sumido, al verme arrastrado lejos de mi amada isla (pues así la sentía

ahora) hacia el ancho mar, a dos leguas de ella y con pocas esperanzas de volver.

No obstante, me esforcé, hasta quedar exhausto, por mantener el rumbo de mi bote hacia el norte, es

decir, hacia la margen de la corriente donde estaba el remolino. Cerca del mediodía me pareció sentir en el

rostro una leve brisa que soplaba desde el sur-sudeste. Esto me alentó un poco, especialmente, cuando al

cabo de media hora, la brisa se transformó en un pequeño ventarrón. A estas alturas, me encontraba a una

distancia alarmante de la isla y, de haberse producido neblina, otro habría sido mi destino, pues no llevaba

brújula a bordo y no habría sabido en qué dirección avanzar para alcanzar la isla, si acaso la perdía de vista.

Mas el tiempo se mantenía claro y me dispuse a levantar el mástil y extender la vela, siempre tratando de

mantenerme enfilando hacia el norte para evitar la corriente.

Apenas terminé de poner el mástil y la vela, el bote comenzó a deslizarse más de prisa. Advertí, por la

transparencia del agua, que acababa de producirse un cambio en la corriente, porque cuando esta estaba

fuerte, el agua era turbia y ahora, que estaba más clara, me parecía que su fuerza había disminuido. A

media legua hacia el este, el mar rompía sobre unas rocas que dividían la corriente en dos brazos. Mientras

el brazo principal fluía hacia el sur, dejando los escollos al noreste, el otro regresaba, después de romper en

las rocas, y formaba una fuerte corriente que se dirigía hacia el noroeste.

Aquellos que hayan recibido un perdón al pie del cadalso, que hayan sido liberados de los asesinos en el

último momento, o que se hayan visto en peligros tan extremos como estos, podrán adivinar mi alegría

cuando pude dirigir mi piragua hacia esta corriente y desplegar mis velas al viento, que me impulsaba hacia

delante, con una fuerte marea por debajo.

Esta corriente me llevó cerca de una legua en dirección a la isla pero cerca de dos leguas más hacia el

norte que la primera que me arrastró a la deriva, de modo que, cuando me acerqué a la isla, estaba frente a

la costa septentrional, es decir, en la ribera opuesta a aquella de donde había salido. Cuando había recorrido

un poco más de una legua con la ayuda de esta corriente, advertí que se estaba agotando y ya no me servía

de mucho. No obstante, descubrí que entre las dos corrientes, es decir, la que estaba al sur, que me había

alejado de la isla, y la que estaba al norte, que estaba a una legua del otro lado, el agua estaba en calma y no

me impulsaba en ninguna dirección. Mas gracias a una brisa, que me resultaba favorable, seguí avanzando

hacia la costa, aunque no tan de prisa como antes.

Hacia las cuatro de la tarde, cuando estaba casi a una legua de la isla, divisé las rocas que causaron este

desastre, que se extendían, como he dicho antes, hacia el sur. Evidente mente, habían formado otro

remolino hacia el norte, que, según podía observar, era muy fuerte pero no estaba en mi rumbo, que era

hacia el oeste. No obstante, con la ayuda del viento, crucé esta corriente hacia el noroeste, en dirección

oblicua, y en una hora me hallaba a una milla de la costa. Allí, el agua estaba en calma y muy pronto llegué

a la orilla.

Cuando puse los pies en tierra, caí de rodillas y di gracias a Dios por haberme salvado y decidí abandonar

todas mis ideas de escapar. Me repuse con los alimentos que ha bía traído y acerqué el bote hasta la playa,

lo coloqué en una pequeña cala que descubrí bajo unos árboles y me eché a dormir porque estaba agotado a

causa de los esfuerzos y fatigas del viaje.

Ahora no sabía con certeza qué dirección tomar para volver a casa con el bote. Había corrido tantos

riesgos y conocía tan bien la situación, que no estaba dispuesto a regre sar por la ruta por la que había

venido. Tampoco sabía qué podía encontrar en la otra orilla (es decir, en la occidental), ni tenía intenciones

de volver a aventurarme. Por tanto, a la mañana siguiente, resolví recorrer la costa en dirección oeste y ver

si encontraba algún río donde pudiera dejar a salvo la piragua para disponer de ella si la necesitaba. Al cabo

de tres millas, más o menos, mientras avanzaba por la costa, llegué a una excelente bahía o ensenada, que

medía cerca de una milla y que se iba estrechando hasta la desembocadura de un riachuelo. Esta ensenada

sirvió de puerto a mi piragua, y pude dejarla como si fuese un pequeño atracadero construido especialmente

para ella. Me adentré en la bahía y, después de asegurar mi piragua, me encaminé hacia la costa para

explorar y ver dónde me hallaba.

Pronto descubrí que no había avanzado mucho más allá del lugar donde había estado la vez que había

hecho la expedición a pie, de modo que solo saqué del bote la escopeta y la sombrilla, pues hacía mucho

calor, y emprendí la marcha. El camino resultaba muy agradable, después de un viaje como el que había

hecho. Por la tarde, llegué a mi viejo emparrado y lo encontré todo como lo había dejado, ya que siempre lo

dejaba todo en orden, pues lo consideraba mi casa de campo.

Atravesé la verja y me recosté a la sombra a descansar mis cansados huesos, pues estaba extenuado, y me

dormí enseguida. Mas, juzgad vosotros, que leéis mi historia, la sorpresa que me llevé cuando una voz me

despertó diciendo: «Robinson, Robinson, Robinson Crusoe, pobre Robinson Crusoe. ¿Dónde estás,

Robinson Crusoe? ¿Dónde estás? ¿Dónde has estado?»

Al principio, estaba tan profundamente dormido, por el cansancio de haber remado o bogado, como suele

decirse, durante la primera parte del día y por la caminata de la tar de, que no llegué a despertarme del todo,

sino que me quedé entre dormido y despierto y pensé que estaba soñando que alguien me hablaba. Como la

voz siguió llamándome: «Robinson Crusoe, Robinson Crusoe», me desperté, muy asustado al principio, y

me puse en pie con una gran consternación. Pero tan pronto abrí los ojos, vi a mi Poll, apoyado en el borde

del cercado y supe, inmediatamente, que era él quien me llamaba porque ese era el tono lastimero en el que

solía hablarle y enseñarle a hablar. Lo había aprendido a la perfección y, posándose en mi dedo, me

acercaba el pico a la cara repitiendo: «Pobre Robinson Crusoe. ¿Dónde estás? ¿Dónde has estado? ¿Cómo

has llegado hasta aquí?», y otras cosas por el estilo que yo le había enseñado.

No obstante, aunque sabía que había sido el loro y que no podía ser nadie más, pasó un buen rato hasta

que me repuse del susto. En primer lugar, me asombraba que hubiese podido llegar hasta allí y, luego, que

se quedara en ese sitio y no en otro. Mas como ya sabía que no podía ser otro que mi fiel Poll, me

tranquilicé y, extendiendo la mano, lo llamé por su nombre, Poll, y la amistosa criatura, se me acercó, se

apoyó en mi pulgar y, como de costumbre, acercó el pico a mi rostro y continuó hablando conmigo: «Pobre

Robinson Crusoe. ¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Dónde has estado?», como si se hubiese alegrado de

verme nuevamente. Así, me lo traje a casa conmigo.

Estaba saturado de los reveses del mar, lo suficiente para meditar durante varios días sobre los peligros a

los que me había expuesto. Me habría gustado traer mi bote de vuelta, de este lado de la isla pero no sabía

cómo hacerlo. Sabía que no volvería a aventurarme por la costa oriental, en la que ya había estado, pues el

corazón se me apretaba y se me helaba la sangre al pensarlo. No sabía lo que podía encontrar en la otra

costa pero, si la corriente tenía la misma fuerza que en la costa oriental, correría el mismo riesgo de ser

arrastrado por el agua y alejado de la isla. Con estas razones, me resigné a la idea de no tener ningún bote,

aunque hubiese sido el producto de muchos meses de trabajo, no solo para construirlo sino para echarlo al

mar.

Habiendo controlado mis impulsos, podrán imaginarse que viví un año en un estado de paz y sosiego.

Mis pensamientos se ajustaban perfectamente a mi situación, me sen tía plenamente satisfecho con las

disposiciones de la Providencia y estaba convencido de que vivía una existencia feliz, si no consideraba la

falta de compañía.

En este tiempo, perfeccioné mis destrezas manuales, a las que me aplicaba según mis necesidades y creo

que llegué a convertirme en un buen carpintero, en especial, si se tenía en cuenta que disponía de muy

pocas herramientas.

Aparte de esto, llegué a dominar el arte de la alfarería y logré trabajar con un torno, lo que me pareció

infinitamente más fácil y mejor, porque podía redondear y darles forma a los objetos que al principio eran

ofensivos a la vista. Mas, creo que nunca me sentí tan orgulloso de una obra, ni tan feliz por haberla

realizado, que cuando descubrí el modo de hacer una pipa. A pesar de que, una vez terminada, era una

pieza fea y tosca, hecha de barro rojo, como mis otros cacharros, era fuerte y sólida y pasaba bien el humo,

lo que me proporcionó una gran satisfacción porque estaba acostumbrado a fumar. A bordo del barco había

varias pipas pero, al principio, no les hice caso porque no sabía que encontraría tabaco en la isla pero, más

tarde, cuando regresé por ellas, no pude encontrar ninguna.

También hice grandes adelantos en la cestería. Tejí muchos cestos, que, aunque no eran muy elegantes,

estaban tan bien hechos como mi imaginación me lo había permitido y, además, eran prácticos y útiles para

ordenar y transportar algunas cosas. Por ejemplo, si mataba una cabra, podía colgarla de un árbol,

desollarla, cortarla en trozos y traerla a casa en uno de los cestos. Lo mismo hacía con las tortugas: las

cortaba, les sacaba los huevos y separaba uno o dos pedazos de carne, que eran suficientes para mí, y traía

todo a casa, dejando atrás el resto. Los cestos grandes y profundos me servían para guardar el grano, que

siempre desgranaba apenas estaba seco.

Comencé a darme cuenta de que la pólvora disminuía considerablemente y esto era algo que me resultaba

imposible producir. Me puse a pensar muy seriamente en lo que haría cuando se acabara, es decir, en cómo

iba a matar las cabras. Como ya he dicho, en mi tercer año de permanencia en la isla, capturé una pequeña

cabra y la domestiqué con la esperanza de encontrar un macho, pero no lo conseguí. Esta cabra creció, no

tuve corazón para matarla y, finalmente, murió de vieja.

Pero estaba en el undécimo año de mi residencia y, como he dicho, las municiones comenzaban a

escasear, de modo que me dediqué a estudiar algún medio para atrapar o capturar viva alguna cabra,

preferiblemente una hembra con cría.

Con este fin, tejí algunas redes y creo que más de una cayó en ellas. Pero mis lazos no eran fuertes,

porque no tenía alambre, y siempre los encontraba rotos y con el cebo comido.

Finalmente, decidí hacer trampas. Cavé varios fosos en la tierra, en sitios donde, según había observado,

solían pastar las cabras y, sobre ellos, coloqué un entramado, que yo mismo hice, con bastante peso encima.

Algunas veces, dejaba espigas de cebada y arroz sin colocar la trampa, y podía observar, por las huellas de

sus patas, que las cabras se las habían comido. Finalmente, una noche coloqué tres trampas y, a la mañana

siguiente, las encontré intactas, aunque el cebo había sido devorado, lo cual me desalentó mucho. No

obstante, alteré mi trampa y, para no incomodaros con los detalles, diré que, a la mañana siguiente, encontré

un macho cabrío en una de ellas y tres cabritos, un macho y dos hembras, en otra.

No sabía qué hacer con el macho cabrío porque era muy arisco y no me atrevía a descender al foso para

capturarlo, como era mi intención. Habría podido matarlo pero esto no era lo que quería, ni resolvía mi

problema; así que lo solté y salió huyendo despavorido. En aquel momento, no sabía algo que aprendí más

tarde: que el hambre puede amansar incluso a un león. Si lo hubiese dejado en la trampa tres o cuatro días

sin alimento y le hubiese llevado un poco de agua, primeramente, y, luego, un poco de grano, se habría

vuelto tan manso como los pequeños, ya que las cabras son animales muy sagaces y dóciles, si se tratan

adecuadamente.

No obstante, lo dejé ir, porque no se me ocurrió nada mejor en el momento. Entonces fui donde los más

pequeños, los cogí, uno a uno, los amarré a todos juntos con un cordel y los traje a casa sin ninguna

dificultad.

Pasó un tiempo antes de que comenzaran a comer pero los tenté con un poco de grano dulce y

comenzaron a domesticarse. Ahora me daba cuenta de que el único medio que tenía de abastecerme de

carne de cabra cuando se me acabara la pólvora, era domesticarlas y criarlas. De este modo, las tendría

alrededor de mi casa como si fuesen un rebaño de ovejas.

Luego pensé que debía separar las cabras domésticas de las salvajes, pues, de lo contrario, se volverían

salvajes cuando crecieran. Para lograr esto, tenía que cercar una ex tensión de tierra con una valla o

empalizada, a fin de evitar que salieran las que estuvieran dentro y que entraran las que estuvieran fuera.

La empresa era demasiado ambiciosa para un solo par de manos. Sin embargo, como sabía que era

absolutamente imprescindible, empecé por buscar un terreno adecuado donde hubiera hierba para que se

alimentaran, agua para beber y sombra para protegerlas del sol.

Los que saben hacer este tipo de cercados, pensarán que tuve poco ingenio al elegir una pradera o sabana

(como las llamamos los ingleses en las colonias occidentales), que tenía muchos árboles en un extremo y

dos o tres pequeñas corrientes de agua. Como he dicho, se reirán cuando les diga que, cuando comencé,

tenía previsto hacer un cercado de, al menos, dos millas. Mi estupidez no era tan solo ignorar las

dimensiones, ya que, seguramente, habría tenido suficiente tiempo para cercar un recinto de casi diez

millas, sino pasar por alto que, en semejante extensión de terreno, las cabras habrían seguido siendo tan

salvajes como si se encontraran libres por toda la isla y que, si tenía que perseguirlas en un espacio tan

grande, no podría atraparlas nunca.

Había construido casi cincuenta yardas de cerca cuando se me ocurrió esto. Interrumpí las labores de

inmediato y, para empezar, decidí cercar un terreno de unas ciento cincuenta yardas de largo por cien de

ancho. Allí podía mantener, por un tiempo razonable, a los animales que capturara y, a medida que fuera

aumentando el rebaño, ampliaría mi cercado.

Esto era actuar con prudencia y reanudé mis labores con nuevos bríos. Me tomó casi tres meses hacer el

primer cercado. Durante este tiempo, mantuve a los cabritos en la mejor parte del terreno y los hacía comer

tan cerca de mí como fuera posible para que se acostumbraran a mi presencia. A menudo les llevaba

algunas espigas de cebada o un puñado de arroz para que comieran de mi mano. De este modo, cuando

terminé la valla y los solté, me seguían de un lado a otro, balando para que les diera un puñado de grano.

Esto solucionaba mi problema y, al cabo de un año y medio, tenía un rebaño de doce cabras, con crías y

todo. En dos años más, tenía cuarenta y tres, sin contar las que había matado para comer. Posteriormente,

cerqué otros cinco predios e hice pequeños corrales donde las conducía cuando tenía que coger alguna, con

puertas que comunicaban un predio con otro.

Pero esto no es todo, pues ya no solo tenía carne de cabra para comer a mi antojo sino también leche,

algo que ni se me había ocurrido al principio y que, cuando lo descubrí, me proporcionó una agradable

sorpresa. Ahora tenía mi lechería y, a veces, sacaba uno o dos galones57 de leche diarios. Y como la

naturaleza, que proporciona alimentos a todas sus criaturas, también les muestra cómo hacer uso de ellos,

yo, que jamás había ordeñado una vaca, y mucho menos una cabra, ni había visto hacer mantequilla ni queso,

aprendí a hacer ambas cosas rápida y eficazmente, después de varios intentos y fracasos, y ya nunca

volvieron a faltarme.

57 Galón: Medida líquida que equivale aproximadamente a cuatro litros.

¡Cuán misericordioso puede ser nuestro Creador con sus criaturas, aun cuando parece que están al borde

de la muerte y la destrucción! ¡Hasta qué punto puede dulcificar las circunstancias más amargas y darnos

motivos para alabarlo, incluso desde celdas y calabozos! ¡Qué mesa había servido para mí en medio del

desierto, donde al principio tan solo pensaba que iba a morir de hambre!

Incluso los más estoicos se habrían reído de verme sentado a la mesa, junto a mi pequeña familia, como

el príncipe y señor de toda la isla. Tenía absoluto control sobre las vidas de mis súbditos; podía ahorcarlos,

aprisionarlos, darles y quitarles la libertad, sin que hubiera un solo rebelde entre ellos.

Del mismo modo que un rey come absolutamente solo y asistido por sus sirvientes, Poll, como si fuese

mi favorito, era el único que podía dirigirme la palabra. Mi perro, que ya estaba viejo y maltrecho y que no

había encontrado ninguna de su especie para multiplicarse, se sentaba siempre a mi derecha. Los dos gatos

se situaban a ambos lados de la mesa, esperando que, de vez en cuando, les diera algo de comer, como

muestra de favor especial.

Estos no eran los dos gatos que había traído a tierra en el principio. Aquellos habían muerto y yo los

había enterrado, con mis propias manos, cerca de mi casa. Uno de ellos se había multiplicado con un

animal, cuya especie no conocía, y yo conservaba estos dos, a los que había domesticado, mientras los otros

andaban sueltos por los bosques. Con el tiempo, comenzaron a ocasionarme problemas, pues, a menudo se

metían en mi casa y la saqueaban. Finalmente, me vi obligado a dispararles y, después de matar a muchos,

me dejaron en paz. De este modo, vivía en la abundancia y bien acompañado, por lo que no podía

lamentarme de que me faltase nada, como no fuese la compañía de otros hombres, que, poco después,

tendría en demasía.

Estaba impaciente, como he observado, por usar mi piragua, aunque no estaba dispuesto a correr más

riesgos. A veces me sentaba a pensar en la forma de traerla por la cos ta y, otras, me resignaba a la idea de

no tenerla a mano. Sentía una extraña inquietud por ir a esa parte de la isla donde, como he dicho, en mi

última expedición trepé una colina para ver el aspecto de la orilla y la dirección de las corrientes, a fin de

decidir qué iba a hacer. La tentación aumentaba por días y, por fin, decidí hacer una travesía por tierra a lo

largo de la costa; y así lo hice. En Inglaterra, cualquiera que se hubiese topado con alguien como yo, se

habría asustado o reído a carcajadas. Como a menudo me observaba a mí mismo, no podía dejar de sonreír

ante la idea de pasear por Yorkshire con un equipaje y una indumentaria como los que llevaba. Por favor,

tomad nota de mi aspecto.

Llevaba un gran sombrero sin forma, hecho de piel de cabra con un colgajo en la parte de atrás, que

servía para protegerme la nuca de los rayos del sol o de la lluvia, ya que no hay nada más nocivo en estos

climas como la lluvia que se cuela entre la ropa.

Llevaba una casaca corta de piel de cabra, con faldones que me llegaban a mitad de los muslos y un par

de calzones abiertos en las rodillas. Estos estaban hechos con la piel de un viejo macho cabrío, cuyo pelo

me colgaba a cada lado del pantalón hasta las pantorrillas. No tenía calcetines ni zapatos pero me había

fabricado un par de cosas que no sé cómo llamar, algo así como unas botas, que me cubrían las piernas y se

abrochaban a los lados como polainas, pero tan extravagantes como el resto de mi indumentaria.

Llevaba un grueso cinturón de cuero de cabra desecado, cuyos extremos, a falta de hebilla, ataba con dos

correas del mismo material. A un lado del cinturón, y a modo de puñal, llevaba una pequeña sierra y, al

otro, un hacha. Llevaba, cruzado por el hombro izquierdo, otro cinturón más delgado, que se abrochaba del

mismo modo y del que colgaban dos sacos, también de cuero de cabra; en uno de ellos cargaba la pólvora y

en el otro las municiones. A la espalda llevaba un cesto, al hombro una escopeta y sobre la cabeza, una

enorme y espantosa sombrilla de piel de cabra que, con todo, era lo que más falta me hacía, después de mi

escopeta. El color de mi piel no era exactamente el de los mulatos, como podría esperarse en un hombre

que no se cuidaba demasiado y que vivía a nueve o diez grados de la línea del ecuador. Una vez me dejé

crecer la barba casi una cuarta58 pero como tenía suficientes tijeras y navajas, la corté muy corta, excepto la

que crecía sobre los labios que me arreglé a modo de bigotes mahometanos como los que usaban los turcos

de Salé, pues, contrario a los moros, que no los utilizaban, los turcos los llevaban así. De estos mostachos o

bigotes diré que eran lo suficientemente largos para colgar de ellos un sombrero de dimensiones tan

monstruosas que en Inglaterra se consideraría espantoso.

58 Una cuarta: Un cuarto de yarda (22,86 centímetros).

Dicho sea de paso, como no había nadie que pudiese verme en estas condiciones, mi aspecto me

importaba muy poco y, por lo tanto, no hablaré más de él. De esta guisa, emprendí mi nuevo viaje, que duró

cinco o seis días. En primer lugar, anduve por la costa hasta el lugar donde había anclado el bote la primera

vez para subir a las rocas. Como ahora no tenía que cuidar del bote, hice el trayecto por tierra y escogí un

camino más corto para llegar a la misma colina desde la que había observado la punta de arrecifes por la

que tuve que doblar con la piragua. Me sorprendió ver que el mar estaba totalmente en calma, sin

agitaciones, movimientos ni corrientes, fuera de las habituales.

Me costaba mucho trabajo comprender esto así que decidí pasar un tiempo observando para ver si había

sido ocasionado por los cambios de la marea. No tardé en darme cuenta de que el cambio lo producía el

reflujo que partía del oeste y se unía con la corriente de algún río cuando desembocaba en el mar. Según la

dirección del viento, norte u oeste, la corriente fluía hacia la costa o se alejaba de ella. Me quedé en los

alrededores hasta la noche y volví a subir a la colina. El reflujo se había vuelto a formar y pude ver claramente

la corriente, como al principio, solo que esta vez llegaba más lejos, casi a media legua de la orilla.

En mi caso, estaba más cerca de la costa y, por tanto, me arrastró junto con mi canoa, cosa que no habría

pasado en otro momento.

Este descubrimiento me convenció de que no tenía más que observar el flujo y el reflujo de la marea para

saber cuándo podía traer mi piragua de vuelta. Mas cuando decidí poner en práctica este plan, sentía tanto

terror al recordar los peligros que había sufrido, que no podía pensar en ello sin sobresaltos. Por tanto, tomé

otra resolución que me pareció más segura, aunque, también, más laboriosa, que consistía en construir o

hacer otra piragua o canoa para, así, tener una a cada lado de la isla.

Podéis comprender que ahora tenía, por así decirlo, dos fincas en la isla. Una de ellas era mi pequeña

fortificación o tienda, rodeada por la muralla al pie de la roca, con la cueva detrás y, a estas alturas, con dos

nuevas cámaras que se comunicaban entre sí. En la más seca y espaciosa de las cámaras, había una puerta

que daba al exterior de la muralla o verja, o sea, hacia fuera del muro que se unía a la roca. Allí tenía dos

grandes cacharros de barro, que ya he descrito con lujo de detalles, y catorce o quince cestos de gran tamaño,

con capacidad para almacenar cinco o seis fanegas de grano cada uno. En ellos guardaba mis

provisiones, en especial el grano, que desgranaba con mis manos o que conservaba en las espigas, cortadas

al ras del tallo.

Los troncos y estacas con los que había construido la muralla, se prendieron a la tierra y se convirtieron

en enormes árboles, que se extendieron tanto que nadie podía imaginarse que detrás de ellos había una

vivienda.

Cerca de mi morada, pero un poco más hacia el centro de la isla y sobre un terreno más elevado, estaba el

sembradío de grano, que cultivaba y cosechaba a su debido tiempo. Si tenía necesidad de más grano podía

extenderlo hacia los terrenos contiguos que eran igualmente adecuados para el cultivo.

Aparte de esta, tenía mi casa de campo, donde también poseía una finca aceptable. Allí tenía mi

emparrado, como solía llamarlo, que conservaba siempre en buen estado; es decir, mantenía el seto que lo

circundaba perfectamente podado, dejando siempre la escalera por dentro. Cuidaba los árboles que, al

principio, no eran más que estacas que luego crecieron hasta formar un seto sólido y firme. Los cortaba de

modo que siguieran creciendo y formaran un follaje fuerte y tupido, que diera una sombra agradable, como,

en efecto, ocurrió, conforme a mis deseos. En medio de este espacio, tenía mi tienda siempre puesta: un

trozo de tela extendida sobre estacas que nunca tuve que reparar o renovar. Debajo de la tienda había hecho

un lecho o cama con las pieles de los animales que mataba y otros materiales suaves. Tenía, además, una

manta que había pertenecido a una de las camas del barco y una gran capa con la que me cubría. Cada vez

que podía ausentarme de mi residencia principal, venía a pasar un tiempo en mi casa de campo.

Junto a esta casa, tenía los corrales para el ganado, es decir, mis cabras. Como había tenido que hacer

esfuerzos inconcebibles para cercarlos, cuidaba con infinito celo que la valla se mantuviese entera, evitando

que las cabras la rompiesen. Tanto estuve en esto que, después de mucho trabajo, logré cubrir la parte

exterior con pequeñas estacas, tan próximas unas a otras, que más que una valla, formaban una empalizada,

pues apenas quedaba espacio para pasar una mano a través de ella. Más tarde, durante la siguiente estación

de lluvias, las estacas brotaron y crecieron hasta formar un cerco tan fuerte como una pared, o quizás más.

Todo esto da testimonio de que nunca estaba ocioso y que no escatimaba en esfuerzos para hacer todo lo

que consideraba necesario para mi bienestar. Me parecía que tener un rebaño de animales domésticos era

disponer de una reserva viviente de carne, leche, mantequilla y queso, que no se agotaría mientras viviese

allí, así pasaran cuarenta años. La posibilidad de conservar esa reserva dependía exclusivamente de que

fuera capaz de perfeccionar los corrales para mantener los animales unidos, cosa que logré con tanto éxito

que cuando las estacas comenzaron a crecer, como las había plantado tan cerca unas de otras, me vi

obligado a arrancar algunas de ellas.

En este lugar también crecían mis uvas, de las que dependía, principalmente, mi provisión de pasas para

el invierno y las preservaba con gran cuidado, pues eran el mejor y más agradable bocado de mi dieta. En

verdad no solo eran agradables sino ricas, nutritivas y deliciosas en extremo.

Como el emparrado quedaba a mitad de camino entre mi otra morada y el lugar en el que había dejado la

piragua, normalmente dormía allí cuando hacía el recorrido entre uno y otro punto, pues a menudo iba a la

piragua y conservaba todas sus cosas en orden. A veces iba solo por divertirme, pues no estaba dispuesto a

hacer más viajes peligrosos ni alejarme más de uno o dos tiros de piedra de la orilla; tal era mi temor de

volver a ser arrastrado sin darme cuenta por la corriente o el viento o sufrir cualquier otro accidente. Pero

ahora comienza una nueva etapa de mi vida.

Un día, a eso del mediodía, cuando me dirigía a mi piragua, me sorprendió enormemente descubrir las

huellas de un pie desnudo, perfectamente marcadas sobre la arena. Me detuve estupefacto, como abatido

por un rayo o como si hubiese visto un fantasma. Escuche y miré a mi alrededor pero no percibí nada. Subí

a un montículo para poder observar, recorrí con la vista toda la playa, a lo largo y a lo ancho, pero no hallé

nada más. Volví a ellas para ver si había más y para confirmar que todo esto no fuera producto de mi

imaginación pero no era así. Allí estaba muy clara la huella de un pie, con sus dedos, su talón y todas sus

partes. No sabía, ni podía imaginar, cómo había llegado hasta allí. Después de darle mil vueltas en la

cabeza, como un hombre completamente confundido y fuera de sí, regresé a mi fortificación, sin sentir,

como se dice por ahí, la tierra bajo mis pies, aterrado hasta mis límites, mirando hacia atrás cada dos o tres

pasos, imaginando que cada árbol o arbusto, que cada bulto en la distancia podía ser un hombre. No es

posible describir las diversas formas que mi mente trastornada atribuía a todo lo que veía; cuántas ideas

descabelladas se me ocurrieron y cuántos pensamientos extraños me pasaron por la cabeza en el caminó.

Cuando llegué a mi castillo, pues creo que así lo llamé desde entonces, me refugié en él como alguien a

quien persiguen. No puedo recordar si entré por la escalera o por la puerta de la roca, ni pude hacerlo a la

mañana siguiente, pues jamás hubo liebre o zorra asustada que huyese a ocultarse en su madriguera con

mayor terror que el mío en ese momento.

No dormí en toda la noche. Mientras más lejos estaba de la causa de mi miedo, más crecían mis

aprensiones, contrario a lo que suele ocurrir en estos casos y, sobre todo, a la conducta habitual de los

animales atemorizados. Pero estaba tan aturdido por los terrores que imaginaba, que no tenía más que

pensamientos funestos, aunque en aquel momento me encontrara fuera de peligro. A veces, pensaba que

podía ser el demonio y razonaba de la siguiente manera: ¿Quién si no puede llegar hasta aquí asumiendo

una forma humana? ¿Dónde estaba el barco que los había traído? ¿Acaso había huellas de otros pies?

¿Cómo es posible que un hombre haya llegado hasta aquí? Mas, luego me preguntaba, igualmente

confundido, por qué Satanás asumiría una forma humana en un lugar como este, sin otro fin que dejar una

huella y sin tener la certeza de que yo la vería. Pensaba que el demonio debía tener muchos otros medios

para aterrorizarme, más convincentes que una huella en la arena, pues viviendo al otro lado de la isla, no

podía ser tan ingenuo como para dejar la huella en un lugar en el que había una entre diez mil posibilidades

de que la descubriera, más aún, cuando tan solo una ráfaga de viento habría sido suficiente para que el mar

la hubiese borrado completamente. Nada de esto concordaba con las nociones que solemos tener de las

sutilezas del demonio, ni tenía sentido en sí mismo.

Estas y muchas otras razones me convencieron de abandonar mi temor a que se tratara del demonio y

pensé que acaso se tratara de algo más peligroso aún, por ejem plo, salvajes de la tierra firme que rondaban

por el mar en sus canoas y que impulsados por la corriente o el viento, habían llegado a la isla, habían

estado en la playa y luego se habían marchado, tan poco dispuestos a quedarse en esta isla desierta como yo

a tenerlos cerca.

Mientras estas ideas daban vueltas en mi cabeza, me sentí muy agradecido por no haberme encontrado

allí en ese momento y porque no hubiesen visto mi piragua, lo cual, les habría advertido de la presencia de

habitantes en la isla y, acaso, les habría incitado a buscarme. Entonces me asaltaron terribles pensamientos

y temí que hubiesen descubierto mi piragua y que, por eso, supieran que la isla estaba habitada. Si esto era

así, sin duda, vendrían muchos de ellos a devorarme y, si no lograban encontrarme, descubrirían mi refugio,

destruirían todo mi grano, se llevarían todo mi rebaño de cabras domésticas y yo moriría de hambre y

necesidad.

El temor borró toda mi esperanza religiosa. Toda mi antigua confianza en Dios, fundada en las

maravillosas pruebas de su bondad, se desvanecía ahora, como si Él, que me había alimentado

milagrosamente, no pudiese salvar, con su poder, los bienes que su bondad me había conferido. Me

reproché mi comodidad, por no haber sembrado más grano que el necesario para un año, como si estuviese

exento de cualquier accidente que destruyera la cosecha, y consideré tan merecido este reproche, que

decidí, en lo sucesivo, proveerme de antemano con grano para dos o tres años, a fin de no correr el riesgo

de morir por falta de pan, si algo ocurría.

¡Qué misteriosos son los caminos por los que obra la Providencia en la vida de un hombre! ¡Qué secretos

y contradictorios impulsos mueven nuestros afectos, conforme a las circunstancias en las que nos hallamos!

Hoy amamos lo que mañana odiaremos. Hoy buscamos lo que mañana rehuiremos. Hoy deseamos lo que

mañana nos asustará e, incluso, nos hará temblar de miedo. En este momento, yo era un testimonio viviente

de esa verdad pues, siendo un hombre cuya mayor aflicción era haber sido erradicado de toda compañía

humana, que estaba rodeado únicamente por el infinito océano, separado de la sociedad y condenado a una

vida silenciosa; yo, que era un hombre a quien el cielo había considerado indigno de vivir entre sus

semejantes o de figurar entre las criaturas del Señor; un hombre a quien el solo hecho de ver a uno de su

especie le habría parecido como regresar a la vida después de la muerte o la mayor bendición que el cielo

pudiera prodigarle, después del don supremo de la salvación eterna; digo que, ahora temblaba ante el temor

de ver a un hombre y estaba dispuesto a meterme bajo la tierra, ante la sombra o la silenciosa aparición de

un hombre en esta isla.

Estas vicisitudes de la vida humana, que después me provocaron curiosas reflexiones, una vez me hube

repuesto de la sorpresa inicial, me llevaron a considerar que esto era lo que la infinitamente sabia y

bondadosa Providencia divina había deparado para mí. Como no podía prever los fines que perseguía su

divina sabiduría, no debía disputar sus decretos, puesto que Él era mi Creador y tenía el derecho irrevocable

de hacer conmigo según su voluntad. Yo era una criatura que lo había ofendido y, por lo tanto, podía

condenarme al castigo que le pareciera adecuado y a mí me correspondía someterme a su cólera porque

había pecado contra Él.

Pensé que si Dios, que era justo y omnipotente, había considerado correcto castigarme y afligirme,

también podía salvarme y, si esto no le parecía justo, mi deber era acatar completamente su voluntad. Por

otro lado, también era mi deber tener fe en Él, rezarle y esperar con calma los dictados y órdenes de su

Providencia cada día.

Estos pensamientos me ocuparon muchas horas, mejor dicho, muchos días, incluso, podría decir que

semanas y meses, y no puedo omitir uno de los efectos de estas refle xiones: Una mañana, muy temprano,

estaba en la cama, con el alma oprimida por la preocupación de los salvajes, lo que me abatía

profundamente y, de pronto recordé estas palabras de las escrituras: Invócame en el día de tu aflicción que

yo te salvaré y tú me glorificarás59.

Entonces, me levanté alegremente de la cama, con el corazón lleno de confianza y la convicción de que

le rezaría fervorosamente a Dios por mi salvación. Cuando terminé de rezar, cogí la Biblia y, al abrirla,

tropecé con las siguientes palabras: Aguarda al Señor y ten valor y Él fortalecerá tu corazón; aguarda, he

dicho, al Señor60. No es posible expresar hasta qué punto me reconfortaron estas palabras. Agradecido, dejé

el libro y no volví a sentirme triste; al menos, por esta vez.

59 Salmo 50, 15.

60 Salmo 27, 14.

En medio de estas meditaciones, miedos y reflexiones, un día se me ocurrió que todo esto podía ser,

simplemente, una fantasía creada por mi imaginación y que aquella huella bien podía ser mía, dejada en

alguna de las ocasiones que fui a la piragua. Esta idea me reanimó y comencé a persuadirme de que todo

era una ilusión, que no era otra cosa que la huella de mi propio pie. ¿Acaso no había podido tomar ese

camino para ir o para regresar de la piragua? Por otra parte, reconocía que no podía recordar la ruta que

había escogido y comprendí, que si esta huella era mía, había hecho el papel de los tontos que se esfuerzan

por contar historias de espectros y aparecidos y terminan asustándose más que los demás.

Entonces me armé de valor y comencé a asomarme fuera de mi refugio. Hacía tres días y tres noches que

no salía de mi castillo y comencé a sentir la necesidad de ali mentarme, pues dentro solo tenía agua y

algunas galletas de cebada. Además, debía ordeñar mis cabras, lo cual era mi entretenimiento nocturno, ya

que las pobres estarían sufriendo fuertes dolores y molestias, como, en efecto, ocurrió, pues a algunas se les

secó la leche.

Fortalecido por la convicción de que la huella era la de mis propios pies, pues he de decir que tenía

miedo hasta de mi sombra, me arriesgué a ir a mi casa de campo para ordeñar mi rebaño. Si alguien hubiese

podido ver el miedo con el que avanzaba, mirando constantemente hacia atrás, a punto de soltar el cesto y

echar a huir para salvarme, me habría tomado por un hombre acosado por la mala conciencia o que,

recientemente, hubiera sufrido un susto terrible, lo cual, en efecto, era cierto.

No obstante, al cabo de tres días de salir sin encontrar nada, comencé a sentir más valor y a pensar que,

en realidad, todo había sido producto de mi imaginación. Mas no logré convencerme totalmente hasta que

fui nuevamente a la playa para medir la huella y ver si había alguna evidencia de que se trataba de la huella

de mi propio pie. Cuando llegué al sitio, comprobé, en primer lugar, que cuando me alejé de la piragua, no

pude haber pasado por allí ni por los alrededores. En segundo lugar, al medir la huella me di cuenta de que

era mucho mayor que la de mi pie. Estos dos hallazgos me llenaron la cabeza de nuevas fantasías y me

inquietaron sobremanera. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, como si tuviera fiebre, y regresé a casa

con la idea de que, no uno, sino varios hombres, habían desembarcado en aquellas costas. En pocas

palabras, la isla estaba habitada y podía ser tomado por sorpresa. Mas no sabía qué medidas tomar para mi

seguridad.

¡Oh, qué absurdas resoluciones adoptan los hombres cuando son poseídos por el miedo, que les impide

utilizar la razón para su alivio! Lo primero que pensé fue destruir to dos los corrales y devolver mis rebaños

a los bosques, para que el enemigo no los encontrase y dejara de venir a la isla con este propósito. A

continuación, excavaría mis dos campos de cereal con el fin de que no encontraran el grano, y se les

quitaran las ganas de volver. Luego demolería el emparrado y la tienda para que no hallaran vestigios de mi

morada y se sintieran inclinados a buscar más allá, para encontrar a sus habitantes.

Este fue el tema de mis reflexiones durante la noche que pasé en casa después de mi regreso, cuando las

aprensiones que se habían apoderado de mi mente y los humos de mi cerebro estaban aún frescos. El miedo

al peligro es diez mil veces peor que el peligro mismo y el peso de la ansiedad es mayor que el del mal que

la provoca. Mas, lo peor de todo aquello era que estaba tan inquieto que no era capaz de encontrar alivio en

la resignación, como antes lo hacía y como me creía capaz de hacer. Me parecía a Saúl, que no solo se

quejaba de la persecución de los filisteos, sino de que Dios le hubiese abandonado. No tomaba las medidas

necesarias para recomponer mi espíritu, gritando a Dios mi desventura y confiando en su Providencia,

como lo había hecho antes para mi alivio y salvación. De haberlo hecho, al menos me habría sentido más

reconfortado ante esta nueva eventualidad y quizás la habría asumido con mayor resolución.

Esta confusión de pensamientos me mantuvo despierto toda la noche pero por la mañana me quedé

dormido. La fatiga de mi alma y el agotamiento de mi espíritu me procu raron un sueño profundo y el

despertar más tranquilo que había tenido en mucho tiempo. Ahora comenzaba a pensar con serenidad y,

después de mucho debatirme, concluí que esta isla, tan agradable, fértil y próxima a la tierra firme, no

estaba abandonada del todo, como hasta entonces había creído. Si bien no tenía habitantes fijos, a veces

podían llegar hasta ella algunos botes, ya fuera intencionadamente o por casualidad, impulsados por los

vientos contrarios.

Habiendo vivido quince años en este lugar, y no habiendo encontrado aún el menor rastro o vestigio

humano, lo más probable era que, si alguna vez llegaban hasta aquí, se marchasen tan pronto les fuese

posible, pues, por lo visto, no les había parecido conveniente establecerse allí hasta ahora.

El mayor peligro que podía imaginar era el de un posible desembarco accidental de gentes de tierra

firme, que, según parecía, estaban en la isla en contra de su voluntad, de modo que se alejarían rápidamente

de ella tan pronto pudiesen y tan solo pasarían una noche en la playa para emprender el viaje de regreso con

la ayuda de la marea y la luz del día. En este caso, lo único que debía hacer era conseguir un refugio

seguro, por si veía a alguien desembarcar en ese lugar.

Ahora comenzaba a arrepentirme de haber ampliado mi cueva y hacer una puerta hacia el exterior, que se

abriera más allá de donde la muralla de mi fortificación se unía a la roca. Después de una reflexión madura

y concienzuda, decidí construir una segunda fortificación en forma de semicírculo, a cierta distancia de la

muralla en el mismo lugar donde, hacía doce años, había plantado una doble hilera de árboles, de la cual ya

he hecho mención. Había plantado estos árboles tan próximos unos a otros, que si agregaba unas cuantas

estacas entre ellos, formaría una muralla mucho más gruesa y resistente que la que tenía.

De este modo, ahora tenía una doble muralla pues había reforzado la interior con pedazos de madera,

cables viejos y todo lo que me pareció conveniente para ello y le había dejado siete perforaciones lo

suficientemente grandes como para que pudiese pasar un brazo a través de ellas. En la parte inferior, mi

muro llegó a tener un espesor de diez pies, gracias a la tierra que continuamente extraía de la cueva y que

amontonaba y apisonaba al pie del mismo. A través de las siete perforaciones coloqué los mosquetes, de los

cuales había rescatado siete del naufragio, los dispuse como si fuesen cañones y los ajusté a una armazón

que los sostenía, de manera que en dos minutos podía disparar toda mi artillería. Me tomó varios meses

extenuantes terminar esta muralla y no me sentí seguro hasta haberlo conseguido.

Hecho esto, por la parte exterior de la muralla y a lo largo de una gran extensión de tierra, planté una

infinidad de palos o estacas de un árbol parecido al sauce, que, según había comprobado, crecía muy

rápidamente. Creo que planté cerca de veinte mil, dejando entre ellas y la muralla espacio suficiente para

ver al enemigo sin que pudiese ocultarse entre ellas, si intentaba acercarse a mi muralla.

Al cabo de dos años tuve un espeso bosquecillo y, en cinco o seis, tenía un auténtico bosque frente a mi

morada, que crecía tan desmedidamente fuerte y tupido, que resulta ba verdaderamente inexpugnable. No

había hombre ni criatura viviente que pudiese imaginar que detrás de aquello había algo, mucho menos una

morada. Como no había dejado camino para entrar, utilizaba dos escaleras. Con la primera pasaba a un

lugar donde la roca era más baja y podía colocar la segunda escalera. Cuando retiraba ambas, era imposible

que un hombre viniera detrás de mí sin hacerse daño y, en caso de que pudiese entrar, se hallaría aún fuera

de mi muralla exterior.

De este modo, tomé todas las medidas que la humana prudencia pudiera recomendar para mi propia

conservación. Más adelante se verá que no fueron del todo inútiles, aunque en aquel momento no

obedecieran más que a mi propio temor.

Mientras realizaba estas tareas, no abandonaba mis otros asuntos. Me ocupaba, sobre todo, de mi

pequeño rebaño de cabras, que no solo era mi reserva de alimentos para lo que pudiese ocurrir, sino que me

servían para abastecerme sin necesidad de gastar pólvora y municiones y me ahorraban la fatiga de salir a

cazar. Por lo tanto, no quería perder estas ventajas y verme obligado a tener que criarlas nuevamente.

Después de considerarlo durante mucho tiempo, encontré dos formas de protegerlas. La primera era

hallar un lugar apropiado para cavar una cueva subterránea y llevar las allí todas las noches. La otra era

cercar dos o tres predios tan distantes unos de otros y tan ocultos como fuese posible, en los cuales pudiese

encerrar una media docena de cabras jóvenes. Si algún desastre le ocurría al rebaño, podría criarlas

nuevamente en poco tiempo y sin demasiado esfuerzo. Esta última opción, aunque requeriría mucho tiempo

y trabajo, me parecía la más razonable.

Consecuentemente con mi plan, pasé un tiempo buscando los parajes más retirados de la isla hasta que

hallé uno que lo estaba tanto como hubiese podido desear. Era un pequeño predio húmedo, en medio del

espeso monte donde, como ya he dicho, estuve a punto de perderme cuando intentaba regresar a casa desde

la parte oriental de la isla. Allí encontré una extensión de tierra de casi tres acres, tan rodeada de bosques

que casi era un corral natural o, al menos, no parecía exigir tanto trabajo hacer uno, si lo comparaba con

otros terrenos que me habría costado un gran esfuerzo cercar.

Inmediatamente me puse a trabajar y, en menos de un mes, lo había cercado totalmente. Aseguré allí mi

ganado o rebaño, como queráis, que ya no era tan salvaje como se podría suponer al principio. Sin demora

alguna, llevé diez cabras jóvenes y dos machos cabríos. Mientras tanto, seguía perfeccionando el cerco

hasta que resultó tan seguro como el otro y, si bien me tomó bastante más tiempo, fue porque me permití

trabajar con mucha más calma.

La causa de todo este trabajo era, únicamente, la huella que había visto y que me provocó grandes

aprensiones. Hasta entonces, no había visto acercarse a la isla a ningún ser humano pero desde hacía dos

años vivía con esa preocupación que le había quitado tranquilidad a mi existencia, como bien puede

imaginar cualquiera que sepa lo que significa vivir acechado constantemente por el temor a los hombres.

Además, debo confesar con dolor, la turbación de mi espíritu había afectado notablemente mis

pensamientos religiosos y el terror de caer en manos de salvajes y caníbales me oprimía de tal modo, que

rara vez me encontraba en disposición de dirigirme a mi Creador. No tenía la calma ni la resignación que

solía tener sino que rezaba bajo los efectos de un gran abatimiento y de una dolorosa opresión, temiendo y

esperando, cada noche, ser asesinado y devorado antes del amanecer. Debo decir, por mi experiencia, que

la paz interior, el agradecimiento, el amor y el afecto son estados de ánimo mucho más adecuados para

rezar que el temor y la confusión. Un hombre que está bajo la amenaza de una desgracia inminente, no es

más capaz de cumplir sus deberes hacia Dios que uno que yace enfermo en su lecho, ya que esas

aflicciones afectan al espíritu como otras afectan al cuerpo y la falta de serenidad debe constituir una

incapacidad tan grave como la del cuerpo, y hasta mayor. Rezar es un acto espiritual y no corporal.

Pero prosigamos. Una vez aseguré parte de mi pequeño rebaño, recorrí casi toda la isla en busca de otro

sitio apartado que sirviera para hacer un nuevo refugio. Un día, avanzando hacia la costa occidental de la

isla, a la que nunca había ido todavía, mientras miraba el mar, me pareció ver un barco a gran distancia.

Había rescatado uno o dos catalejos de los arcones de los marineros pero no los traía conmigo y el barco

estaba tan distante que apenas podía distinguirlo, a pesar de que lo miré fijamente hasta que mis ojos no

pudieron resistirlo. No sabría decir si era o no un barco. Solo sé que resolví no volver a salir sin mi catalejo

en el bolsillo.

Cuando bajé la colina hasta el extremo de la isla en el que no había estado nunca, tenía la certeza de que

haber visto la huella de una pisada de hombre no era tan extraño como me lo había imaginado. Lo

providencial era que hubiese ido a parar al lado de la isla que no frecuentaban los salvajes. Hubiese sido

fácil imaginar que, frecuentemente, cuando las canoas que provenían de tierra firme se internaban

demasiado en el mar, venían a esa parte de la isla para descansar. Igualmente, como a menudo luchaban en

las canoas, los vencedores traían a sus prisioneros a esta orilla donde, conforme a sus pavorosas

costumbres, los mataban y se los comían, como veremos más adelante.

Cuando descendí de la colina a la playa y estaba, como he dicho, en el extremo sudoeste de la isla, me

llevé una sorpresa que me dejó absolutamente confundido y perplejo. Me resulta imposible explicar el

horror que sentí cuando vi, sobre la orilla, un despliegue de calaveras, manos, pies y demás huesos de

cuerpos humanos y, en particular, los restos de un lugar donde habían hecho una fogata, en una especie de

ruedo, donde acaso aquellos innobles salvajes se sentaron a consumir su festín humano, con los cuerpos de

sus semejantes.

Estaba tan estupefacto ante este descubrimiento que, durante mucho tiempo no pensé en el peligro que

me acechaba. Todos mi temores quedaron sepultados bajo la impresión que me causó el horror de ver

semejante grado de infernal e inhumana brutalidad y tal degeneración de la naturaleza humana. A menudo

había oído hablar de ello pero hasta entonces no lo había visto nunca tan de cerca. En pocas palabras, aparté

la mirada de ese horrible espectáculo y comencé a sentir un malestar en el estómago. Estaba a punto de

desmayarme cuando la naturaleza se ocupó de descargar el malestar de mi estómago y vomité con inusitada

violencia, lo cual me alivió un poco. Mas no pude permanecer en ese lugar ni un momento más, así que

volví a subir la colina a toda velocidad y regresé a casa.

Cuando me había alejado un poco de aquella parte de la isla, me detuve un rato, como sorprendido.

Luego me repuse y, con todo el dolor de mi alma, con los ojos llenos de lá grimas y la vista elevada al

cielo, le di gracias a Dios por haberme hecho nacer en una parte del mundo ajena a seres abominables como

aquellos y por haberme otorgado tantos privilegios, aun en una situación que yo había considerado

miserable. En efecto, tenía más motivos de agradecimiento que de queja y, sobre todo, debía darle gracias a

Dios porque aun en esta desventurada situación me había reconfortado con su conocimiento y con la

esperanza de su bendición, que era una felicidad que compensaba con creces, toda la miseria que había

sufrido o podía sufrir.

Con este agradecimiento regresé a mi castillo y, a partir de ese momento, comencé a sentirme mucho más

tranquilo respecto a mi seguridad, pues comprendí que aquellas mise rables criaturas no venían a la isla en

busca de algo y, tal vez, tampoco deseaban ni esperaban encontrar nada. Seguramente, habían estado en la

parte tupida del bosque y no habían encontrado nada que satisficiera sus necesidades. Llevaba dieciocho

años viviendo allí sin tropezarme ni una vez con rastros de seres humanos y, por lo tanto, podía pasar

dieciocho años más, tan oculto como lo había estado hasta ahora, si no me exponía a ellos. Era poco

probable que algo así sucediese, puesto que lo único que tenía que hacer era mantenerme totalmente

escondido como siempre lo había hecho y, a menos que encontrase otras criaturas mejores que los

caníbales, no me dejaría ver.

Sin embargo, sentía tal aborrecimiento por esos malditos salvajes que he mencionado y de su

despreciable e inhumana costumbre de devorar a sus semejantes, que me que dé pensativo y triste y no me

alejé de los predios de mi circuito en dos años. Cuando digo mi circuito, me refiero a mis tres fincas, es

decir, mi castillo, mi casa de campo, a la que llamaba mi emparrado, y mi corral en el bosque. No seguí

buscando otro recinto para las cabras, pues la aversión que sentía hacia aquellas diabólicas criaturas era tal,

que me daba tanto miedo verlas a ellas como al demonio en persona. Tampoco volví a visitar mi piragua en

todo ese tiempo, sino que preferí hacerme otra, ya que no podía ni pensar en hacer un nuevo intento de

traerla a este lado de la isla, pues si me topaba con aquellos seres en el mar y caía en sus manos, sabría muy

bien a qué atenerme.

Pero el tiempo y la satisfacción de saber que no corría ningún riesgo de ser descubierto por esa gente,

comenzó a disipar mi inquietud y seguí viviendo con la misma calma que hasta entonces, solo que ahora

era más precavido y estaba más alerta a lo que ocurría a mi alrededor, no fuera que pudiesen verme.

También era más prudente al disparar mi escopeta por si había alguno en la isla que pudiese oírme. Era una

gran suerte disponer de un rebaño de cabras domésticas, pues no tenía que cazarlas ni dispararles en el

bosque. Si alguna vez capturé una cabra después de aquel día, fue con trampas y lazos, como lo había

hecho anteriormente y, en dos años, no disparé el arma ni una sola vez, aunque nunca salía sin ella. Más

aún, como tenía tres pistolas que había rescatado del barco, siempre llevaba, por lo menos, dos de ellas,

aseguradas a mi cinturón de cuero de cabra. También limpié uno de los machetes que tenía y me hice otro

cinturón para llevarlo. De este modo, cuando salía, tenía el aspecto más extraño que se pueda imaginar, si

se añade a la descripción que hice anteriormente de mi indumentaria, las dos pistolas y el machete de hoja

ancha que llevaba colgando, sin vaina, de un costado de mi cinturón.

Como he dicho, durante un tiempo, recuperé la calma y la tranquilidad aunque no dejé de tomar

precauciones. Todo esto me demostraba, cada vez con más claridad, que no me encontraba en una situación

tan deplorable como otros; más bien, estaba mucho mejor de lo que podía estar si Dios así lo hubiese

decidido. Esto me hizo pensar que si los hombres compararan su situación con la de otros que están en

peores circunstancias y no con los que están mejor, se sentirían agradecidos y no se quejarían de sus

desgracias. Como en la situación en la que me hallaba, en realidad no había demasiadas cosas que echara

de menos, pensé que los temores que había padecido a causa de aquellos salvajes y mi preocupación por

salvar mi vida, habían disminuido mi ingenio y me habían hecho abandonar el proyecto de hacer malta con

la cebada para, luego, tratar de hacer cerveza. Esto era, en verdad, un capricho y, a menudo, me reprochaba

mi ingenuidad, pues me daba cuenta de que para hacer cerveza necesitaba muchas cosas que no podía

procurarme. No disponía de barriles para conservarla, que, como ya he dicho, nunca logré fabricar, a pesar

de que pasé muchos días, más bien, semanas y meses intentándolo sin ningún éxito. Tampoco tenía lúpulo

ni levadura para que fermentase, ni una marmita u otro recipiente para hervirla. No obstante, creo

sinceramente que de no haber sido porque el miedo y el terror hacia los salvajes me interrumpieron, me

habría empeñado en hacerla y, tal vez, lo habría logrado, pues raras veces renunciaba a una idea una vez

que había reflexionado lo suficiente como para ejecutarla.

Pero ahora ocupaba mi ingenio en otros asuntos. No podía dejar de pensar cómo exterminar algunos de

esos monstruos en uno de sus crueles y sanguinarios festines, y de ser posible, salvar a la víctima que se

dispusieran a matar. Haría falta un libro mucho más voluminoso que este para ilustrar todos los métodos

que ideé para destruir a esas criaturas, o, por lo menos, para asustarlas y evitar que volviesen otra vez. Mas

todos eran inservibles porque requerían de mi presencia y ¿qué podía hacer un solo hombre contra ellos,

que quizás serían veinte o treinta, armados de lanzas, arcos y flechas con las que tenían tan buena puntería

como yo con mi escopeta?

A veces, pensaba en cavar un pozo en el lugar donde encendían su fuego y colocar cinco o seis libras de

pólvora que arderían apenas lo prendieran, haciendo volar todo lo que estuviese en los alrededores. Pero, en

primer lugar, no estaba dispuesto a gastar tanta pólvora en esto, más aún, cuando mis suministros se

reducían a un solo barril. En segundo lugar, no podía estar seguro de que la explosión se produjera en el

momento preciso y, por último, tal vez lo único que conseguiría sería chamuscarlos un poco y asustarlos, lo

cual no habría sido suficiente para que abandonaran la isla definitivamente. Por lo tanto, descarté esta idea

y decidí emboscarme en un lugar adecuado con tres escopetas de doble carga y, cuando estuviesen en

medio de su sangrienta ceremonia, abrir fuego contra ellos, asegurándome de matar o herir, al menos, a dos

o tres con cada disparo y, luego, caer sobre ellos con mis tres pistolas y mi machete. No dudaba que así los

exterminaría a todos aunque fuesen veinte. Me sentí complacido con esta fantasía durante unas semanas y

estaba tan obsesionado con ella que, a menudo, soñaba que la llevaba a cabo y estaba a punto de hacerlos

volar por los aires.

Llegué tan lejos en mi ficción, que pasé varios días buscando lugares convenientes para emboscarme, con

el propósito de observarlos. Volví tantas veces al lugar del festín que llegó a volverse familiar. Allí me

invadía un fuerte deseo de venganza y me imaginaba que derrotaba a veinte o treinta de ellos con mi espada

en un sangriento combate. Mas, el horror que me inspiraba el lugar y los rastros de esos miserables

bárbaros, me aplacaban el rencor.

Por fin, encontré un lugar conveniente en la ladera de la colina donde podía esperar a salvo la llegada de

sus piraguas y ocultarme en la espesura de los árboles antes de que se acercaran a la playa. En uno de los

árboles había un hueco lo suficientemente grande para esconderme por completo. Allí, podría sentarme a

observar sus sanguinarios actos y dispararles a la cabeza cuando estuvieran más próximos unos de otros y

fuese casi imposible que errara el tiro o que no pudiese herir a tres o cuatro del primer disparo.

Opté por ese lugar y preparé dos mosquetes y la escopeta de caza para ejecutar mi plan. Cargué los dos

mosquetes con dos lingotes de cinco balas de calibre de pistola y la escopeta con un puñado de las

municiones de mayor calibre. También cargué cada una de mis pistolas con cuatro balas y, de este modo,

bien provisto de municiones para una segunda y tercera descarga, me preparé para la expedición.

Una vez hecho el esquema de mi proyecto y habiéndolo ejecutado mentalmente, todas las mañanas subía

la colina que estaba a unas tres millas o más de mi castillo, como so lía llamarlo, a fin de ver si descubría

sus piraguas en el mar o aproximándose a la isla. Pero, al cabo de dos o tres meses de vigilancia constante

y, no habiendo descubierto nada en la costa ni en toda la extensión de mar que podían abarcar mis ojos y mi

catalejo, me cansé de esta ardua labor.

Durante el tiempo que realizaba mi paseo diario hasta la colina, mi proyecto mantuvo todo su vigor y me

encontraba siempre dispuesto a ejecutar la monstruosa matanza de los veinte o treinta salvajes indefensos,

por un delito sobre el que no había reflexionado más allá del horror inicial que me causó esa perversa

costumbre de la gente de aquella región, a quienes, al parecer, la Providencia había desprovisto de mejor

consejo que sus vicios y sus abominables pasiones. Tal vez, desde hacía siglos, esta gente gozaba de la

libertad de practicar sus horribles actos y perpetuar sus terribles costumbres como seres completamente

abandonados por Dios y movidos por una infernal depravación. Sin embargo, como he dicho, cuando me

empezaba a cansar de las infructuosas expediciones matutinas, que realizaba en vano desde hacía tanto

tiempo, comencé a cambiar de opinión y a considerar más fría y serenamente la empresa que había

decidido llevar a cabo. Me preguntaba qué autoridad o vocación tenía yo para pretender ser juez o verdugo

de estos hombres como si fuesen criminales, cuando el cielo había considerado dejarlos impunes durante

tanto tiempo para que fuesen ellos mismos los que ejecutaran su juicio. A menudo me debatía de este

modo: ¿cómo podía saber el juicio de Dios en este caso particular? Ciertamente, esta gente no comete

ningún delito al hacer esto porque no les remuerde la conciencia. No lo consideran una ofensa ni lo hacen

en desafío de la justicia divina, como nosotros cuando cometemos algún pecado. Para ellos, matar a un

prisionero de guerra no es un crimen como para nosotros tampoco lo es matar un buey; y para ellos, comer

carne humana les es tan lícito como para nosotros comer cordero.

Luego de reflexionar un poco sobre esto, llegué a la conclusión de que me había equivocado y que estas

personas no eran criminales en el sentido en que los había conde nado en mis pensamientos; no más

asesinos que los cristianos que, a menudo, dan muerte a los prisioneros que toman en las batallas, o que,

con mucha frecuencia, matan a tropas enteras de hombres, sin darles cuartel, aunque hubieran depuesto sus

armas y se hubieran rendido.

Después pensé que, aunque el trato que se dieran entre sí fuese brutal e inhumano, a mí no me habían

hecho ningún daño. Si me atacaban o si me parecía necesario para mi pro pia defensa, lucharía contra ellos

pero como no estaba bajo su poder y ellos, en realidad, no sabían de mi existencia y, por lo tanto, no tenían

planes respecto a mí, no era justo que los atacara. Algo así justificaría la conducta de los españoles y todas

las atrocidades que hicieron en América, donde destruyeron a millones de personas inocentes, a pesar de

que fueran bárbaros e idólatras y tuvieran la costumbre de realizar rituales salvajes y sangrientos, como el

sacrificio de seres humanos a sus dioses. Por esta razón, todas las naciones cristianas de Europa, incluso los

españoles, se refieren a este exterminio como una verdadera masacre, una sangrienta y depravada crueldad,

injustificable ante los ojos de Dios y de los hombres. De este modo, el nombre español se ha vuelto odioso

y terrible para todas las personas que tienen un poco de humanidad o compasión cristiana, como si el reino

español se hubiese destacado por haber producido una raza de hombres sin piedad, que es el sentimiento

que refleja un espíritu generoso.

Estas consideraciones me detuvieron en seco y comencé, poco a poco, a abandonar mi proyecto y a

pensar que me había equivocado en mi resolución de atacar a los salvajes pues no debía entrometerme en

sus asuntos a menos que me atacaran, lo cual, debía evitar si era posible. Mas, si me descubrían y atacaban,

sabía lo que tenía que hacer.

Por otra parte, me decía a mí mismo que este proyecto sería un obstáculo para mi salvación y me llevaría

a la ruina y la perdición si no tenía la absoluta certeza de ma tar, no solo a los que se encontrasen en la

playa, sino a todos los que pudiesen aparecer después, ya que, si alguno de ellos escapaba para contar lo

ocurrido a su gente, miles de ellos vendrían a vengar la muerte de sus compañeros y yo no habría hecho

más que provocar mi propia destrucción, lo cual era un riesgo que no corría en este momento.

En resumen, llegué a la conclusión de que, ni por principios ni por sistema, debía meterme en este

asunto. Mi única preocupación debía ser mantenerme fuera de su vista a toda costa y no dejar el menor

rastro que les hiciese sospechar que había otros seres vivientes, es decir, humanos, en la isla. La religión me

dio la prudencia y quedé convencido de que hacer planes sangrientos para destruir criaturas inocentes,

respecto a mí, por supuesto, era faltar a todos mis deberes. En cuanto a sus crímenes, ellos eran culpables

entre sí y yo nada tenía que ver con eso. Eran delitos nacionales y yo debía dejar que Dios los juzgara, ya

que es Él quien gobierna todas las naciones y sabe qué castigos imponerles a estas para subsanar sus

ofensas. Es Él quien debe decidir, como mejor le parezca, llevar a juicio público a quienes le han ofendido

públicamente.

De pronto, todo esto me parecía tan claro que me sentí muy satisfecho de no haber cometido una acción

que habría sido tan pecaminosa como un crimen premeditado. Me arrodillé y di gracias a Dios,

humildemente, por haberme librado del pecado de sangre y le imploré que me concediera la protección de

su Providencia para no caer en manos de los bárbaros, ni tener que poner las mías sobre ellos, a menos que

el cielo me lo indicara claramente, en defensa de mi propia vida.

Después de esto, pasé casi un año sintiéndome de ese modo. Deseaba tan poco encontrarme con aquellos

miserables, que, en todo ese tiempo no subí ni una sola vez la coli na para ver si había alguno de ellos a la

vista, o si habían venido a la playa, a fin de no verme tentado a reanudar mis proyectos contra ellos, ni tener

la ocasión de asaltarlos. Me limité a buscar la piragua que estaba al otro lado de la isla para llevarla a la

costa oriental. Allí la dejé, en una pequeña ensenada que encontré bajo unas rocas muy altas, donde sabía

que los salvajes no se atreverían a ir, al menos, no en sus piraguas, a causa de la corriente.

Junto con mi piragua, llevé todas las cosas que había dejado allí, aunque no me hacían falta para hacer el

viaje: un mástil, una vela y aquella cosa que parecía un ancla pero que, en verdad, no podía llamarse ni

ancla ni arpón, si bien fue lo mejor que pude hacer. Lo transporté todo con el propósito de que nada pudiese

provocar la más mínima sospecha de que podía haber alguna embarcación o morada humana en la isla.

Aparte de esto, como he dicho, me mantuve más recluido que nunca, sin salir de mi celda, salvo para

realizar mis tareas habituales, es decir, ordeñar las cabras y cuidar el pe queño rebaño del bosque, que,

como estaba al otro lado de la isla, se hallaba fuera de peligro. Ciertamente, los salvajes que a veces

merodeaban por esta isla, jamás venían con el propósito de encontrar nada en ella y, por lo tanto, nunca se

alejaban de la costa. No dudo que estuvieran varias veces en ella, tanto antes como después de mis temores

y precauciones, por lo que no podía dejar de pensar con horror en cuál habría sido mi suerte si me hubiese

encontrado con ellos cuando andaba desnudo, desarmado y sin otra protección que una escopeta, casi

siempre cargada con pocas municiones, mientras exploraba todos los rincones de la isla. Menuda sorpresa

me habría llevado si, en lugar de la huella de una pisada, me hubiese topado con quince o veinte salvajes,

dispuestos a perseguirme, sin posibilidad de escapar de ellos a causa de la velocidad de su carrera.

A menudo, estos pensamientos me oprimían el alma y me afligían tanto que tardaba mucho en

recuperarme. Me preguntaba qué habría hecho, pues no me consideraba ca paz de haber puesto resistencia,

ni siquiera de haber tenido la lucidez de hacer lo que tenía que hacer; mucho menos lo que ahora, después

de mucha preparación y meditación, podía hacer. Cuando pensaba seriamente en esto, me sumía en un

profundo estado de melancolía que, a veces, duraba mucho tiempo. No obstante, terminaba dando gracias a

la Providencia por haberme salvado de tantos peligros invisibles y por haberme protegido de tantas

desgracias, de las que no habría podido escapar porque no tenía la menor sospecha de su existencia o de la

posibilidad de que ocurriesen.

Esto me hizo considerar algo que, con frecuencia, había pensado antes, cuando empezaba a ver las

generosas disposiciones del cielo frente a los peligros a los que nos expone mos en la vida: cuántas veces

somos salvados sin darnos cuenta; cuántas veces dudamos o, por así decirlo, titubeamos acerca del camino

que debemos seguir y una voz interna nos muestra un camino cuando nosotros pensábamos tomar otro;

cuántas veces nuestro sentido común, nuestra tendencia natural o nuestros intereses personales nos invitan a

escoger un camino y, sin embargo, un impulso interior, cuyo origen ignoramos, nos empuja a elegir otro y

luego advertimos que si hubiésemos seguido el que pensábamos o imaginábamos, nos habríamos visto

perdidos y arruinados. Estas y muchas otras reflexiones similares me llevaron a regirme por una norma:

obedecer la llamada interior o la inspiración secreta de hacer algo o de seguir algún camino cada vez que la

sintiera, aunque no tuviera razón alguna para hacerlo, salvo la sensación o la presión de ese presentimiento

sobre mi espíritu. Podría dar muchos ejemplos del buen resultado de esta conducta a lo largo de mi vida, en

especial, al final de mi permanencia en esta desgraciada isla; aparte de las muchas ocasiones en las que me

habría dado cuenta de la situación si la hubiese visto con los mismos ojos con los que veo ahora. Mas nunca

es tarde para aprender y no puedo sino aconsejar a todos los hombres prudentes, que hayan vivido experiencias

tan extraordinarias como la mía, incluso menos extraordinarias, que no subestimen las

insinuaciones secretas de la Providencia y hagan caso a esa inteligencia invisible, que no debo ni puedo

tratar de explicar, pero que, sin duda, constituye una prueba irrefutable de la existencia del espíritu y de la

comunicación secreta entre los espíritus encarnados y los inmateriales. Durante el resto de mi solitaria

residencia en este sombrío lugar, tuve ocasión de presenciar asombrosas pruebas de esto.

Pienso que al lector no le parecerá extraño que confiese que todas estas ansiedades, los peligros

constantes y las preocupaciones que me acechaban en este momento, pu sieron fin a mi ingenio y a todos

los esfuerzos destinados a mi futuro bienestar. Ahora debía velar por mi seguridad más que por mi sustento.

No me atrevía a clavar un clavo ni a cortar un trozo de leña por temor a hacer ruido; mucho menos, disparar

un arma, por el mismo motivo y, sobre todo, me inquietaba hacer fuego, temiendo que el humo, visible a

gran distancia, me traicionase. Por esta razón, trasladé la parte de mis actividades que requerían fuego,

como la fabricación de cacharros, pipas y otros objetos, a mi nueva morada del bosque, donde, al cabo de

un tiempo, encontré, para mi indecible consuelo, una gran caverna natural en la que ningún salvaje habría

osado entrar, aunque se encontrara en su entrada, ni nadie que no se encontrara como yo, buscando un

refugio seguro.

La entrada de la cueva estaba al pie de una gran roca, donde, por mera casualidad (diría esto si no tuviese

abundantes razones para atribuir todas estas cosas a la Providen cia), me encontraba cortando unas gruesas

ramas de árboles para hacer carbón. Pero antes de proseguir, debo explicar la razón por la que hacía este

carbón y que era la siguiente:

Como ya he dicho, tenía mucho miedo de hacer fuego cerca de mi casa. Sin embargo, no podía vivir sin

hornear mi pan y sin cocinar mi carne y otros alimentos. Así, pues, quemaba la madera en el bosque, como

había visto que se hacía en Inglaterra, la cubría con tierra hasta que se carbonizaba. Luego apagaba el fuego

y llevaba a casa el carbón, que utilizaba para todos los menesteres que requerían fuego, sin el riesgo del

humo.

Pero esto es solo incidental. Mientras estaba cortando madera, advertí una especie de cavidad detrás de

una rama muy gruesa de un arbusto y sentí curiosidad por mirar en el interior. Cuando llegué a la entrada,

no sin mucha dificultad, vi que era muy amplia, es decir, que cabía de pie y, tal vez, con otra persona. Pero

debo confesar que salí con más prisa de la que había entrado, pues al mirar al fondo, que estaba totalmente

oscuro, divisé dos grandes ojos brillantes. No sabía si eran de diablo o de hombre pero parpadeaban como

dos estrellas con la tenue luz que se filtraba por la entrada de la cueva.

No obstante, después de una breve pausa, me repuse y comencé a decirme que era un tonto, que si había

vivido veinte años solo en una isla no podía tener miedo del diablo y que en esa cueva no había nada más

aterrador que yo mismo. En seguida recobré el valor, hice una gran tea y volví a entrar con ella en la mano.

No había dado tres pasos cuando volví a asustarme como antes, pues oí un fuerte suspiro, como el lamento

de un hombre, seguido por un ruido entrecortado que parecía un balbuceo y, luego, por otro suspiro fuerte.

Retrocedí y estaba tan sorprendido que un sudor frío me recorrió todo el cuerpo y si hubiese tenido un

sombrero, no habría podido responder por él, pues mis cabellos erizados lo hubieran elevado por el aire.

Pero saqué valor de donde pude y me reanimé un poco con la idea de que el poder y la presencia de Dios

estaban en todas partes y me protegerían. Volví a dar unos pasos y, gracias a la luz de la tea, que sostenía

un poco más arriba de mi cabeza, descubrí, tumbado en la tierra, un monstruoso y viejo macho cabrío, que

parecía a punto de morir de pura vejez.

Le agité un poco para ver si lograba sacarlo de ahí y el animal intentó, en vano, ponerse en pie. Entonces

pensé que podía quedarse donde estaba pues, del mismo modo que me había asustado a mí, podía asustar a

los salvajes que se atrevieran a entrar en la cueva mientras le quedara algo de vida.

Repuesto de mi sorpresa, comencé a mirar a mi alrededor y me di cuenta de que la cueva era bastante

pequeña, es decir, que medía unos doce pies pero no tenía una forma re gular, ni redonda ni cuadrada, ya

que las únicas manos que habían trabajado en ella eran las de la naturaleza. También observé que en uno de

los costados había una apertura que se prolongaba hacia adentro pero era tan baja que me obligaba a entrar

arrastrándome. Tampoco sabía a dónde llevaba y como no tenía velas, no seguí explorando. Decidí que, al

día siguiente, regresaría con velas y una yesca que había hecho en la empuñadura de un mosquete con un

poco de pólvora.

Al otro día, volví con seis grandes velas hechas por mí, pues ahora hacía muy buenas velas con el sebo

de las cabras, y, andando a gatas, avancé por la cavidad unas diez yardas, lo cual, dicho sea de paso, era una

aventura bastante arriesgada, si se considera que no sabía hasta dónde llegaba aquel pasadizo ni lo que

podría encontrar más adelante. Cuando llegué al final de este, advertí que el techo se elevaba casi veinte

pies, y puedo asegurar que en toda la isla se podía presenciar un espectáculo más maravilloso que la bóveda

y los costado de esta cueva o caverna. En las paredes se reflejaba la luz de mis dos velas multiplicada por

cien mil. Me imaginaba que en la roca había diamantes u otras piedras preciosas, pero no lo sabía con

certeza.

Aunque estaba totalmente a oscuras, la gruta era el lugar más delicioso que podría imaginarse. El suelo

estaba seco y bien nivelado; lo cubría una fina capa de gravilla suelta y fina. No había animales venenosos

o nauseabundos ni humedad en las paredes o el techo. La única dificultad estaba en la entrada, la cual, me

parecía ventajosa, ya que me proporcionaba el refugio que necesitaba. Este descubrimiento me llenó de

júbilo y decidí transportar allí, sin demora, algunas de las cosas que más me preocupaban, en especial, la

pólvora y todas las armas que tenía de reserva, a saber: dos de las tres escopetas de caza y tres de los ocho

mosquetes que tenía. Dejé los otros cinco en mi castillo, montados como si fueran cañones en el muro

exterior, y podía disponer de ellas, igualmente, si hacía alguna expedición.

Para transportar las municiones, tuve que abrir el barril de pólvora húmeda que había rescatado del mar.

Me di cuenta de que el agua había penetrado por todos los costa dos unas tres o cuatro pulgadas y que la

pólvora, al secarse y endurecerse, había formado una corteza que protegía el interior como la cáscara de

una fruta. De este modo, tenía unas sesenta libras de pólvora buena en el centro del barril, lo que me

sorprendió muy gratamente. La llevé toda a la gruta, salvo dos o tres libras que conservé en el castillo por

temor a cualquier contingencia. Llevé, además, todo el plomo que tenía reservado para hacer balas.

Me sentía como uno de esos antiguos gigantes que, según se dice, vivían en cavernas y cuevas en las

rocas, a las que nadie podía llegar, pues, mientras me hallaba en ese re fugio, me convencí de que ningún

salvaje podría encontrarme y, si lo hacía, jamás se atrevería a atacarme en ese lugar. El viejo macho cabrío,

que estaba moribundo cuando lo encontré, murió al día siguiente en la entrada de la cueva y me pareció

más fácil cavar un hoyo para echarlo en él y cubrirlo con tierra, que arrastrarlo hasta afuera; así que lo enterré

para evitar el mal olor.

Llevaba veintitrés años en la isla y estaba tan familiarizado con ella y con mi estilo de vida que, si

hubiese tenido la certeza de que los salvajes no vendrían a perturbarme, me habría resignado a capitular y

pasar allí el resto de mi vida, hasta el día en que me echara a morir, como el viejo macho cabrío, en la

gruta. También había encontrado algunos pequeños entretenimientos y diversiones que hacían transcurrir el

tiempo más rápida y plácidamente que antes. En primer lugar, como ya he dicho, le había enseñado a hablar

a mi Poll y lo hacía con tanta familiaridad, tan clara y articuladamente, que me proporcionaba una gran

satisfacción. Convivió cerca de veintiséis años conmigo y no sé cuántos más vivió, pues, según se creía en

el Brasil, vivían casi cien años. Acaso el pobre Poll aún siga vivo y llamando al pobre Robinson Crusoe.

Espero que ningún inglés tenga la mala suerte de ir allí y de escucharlo porque, con seguridad, creerá que

se trata del demonio. Mi perro me brindó una agradable y cariñosa compañía durante casi dieciséis años y

murió de puro viejo. En cuanto a los gatos, se multiplicaron, como he dicho, hasta el punto que tuve que

matar a muchos de ellos para evitar que me devorasen a mí junto con todas mis provisiones. Finalmente,

después que murieron los dos que me había traído, los demás, a fuerza de perseguirlos constantemente y

privarlos de alimento, huyeron a los bosques y se volvieron salvajes. Solo dos o tres favoritos, cuyas crías

ahogaba apenas nacían, formaron parte de mi familia. También conservaba siempre dos o tres cabras

domésticas, que aprendieron a comer de mi mano, y dos loros más que hablaban bastante bien y me

llamaban Robinson Crusoe. Mas ninguno como el primero, aunque, a decir verdad, nunca me preocupé por

ellos como por aquel. Tenía, además, algunas aves marítimas, cuyo nombre desconozco, a las que capturé

en la playa y les corté las alas. Como las pequeñas estacas que había plantado delante del castillo crecieron

hasta formar un espeso follaje, estas aves vivían y se reproducían en las copas de los árboles bajos, lo cual

me resultaba muy agradable. De este modo, como he dicho, empecé a sentirme muy complacido con mi

vida, con la única excepción del temor por los salvajes.

Pero estaba previsto que las cosas fuesen de otro modo y, tal vez, no sea inútil para todos los que lean mi

historia, hacer esta justa observación: Cuántas veces, en el curso de nuestras vidas, ocurre que el mal que

procuramos evitar, y que nos parece terrible cuando nos enfrentamos a él, resulta el verdadero camino de

nuestra salvación, el único a través del cual podemos librarnos de nuestras desgracias. Podría dar muchos

ejemplos de esta situación, a lo largo de mi inenarrable existencia, pero ninguno tan notable como lo que

me ocurrió en los últimos años de mi solitaria residencia en esta isla.

Corría el mes de diciembre de mi vigesimotercer año en este lugar y, como ya he dicho estábamos en

pleno solsticio austral, pues no podría llamarlo invierno. Esta época era muy importante para mi cosecha,

que requería de mi constante presencia en el campo. Una mañana, muy temprano, casi antes de la salida del

sol, advertí con sorpresa el resplandor de un fuego en la playa, a unas dos millas de donde me hallaba, y en

dirección al extremo de la isla donde, como ya he observado, habían estado los salvajes; mas no en el lado

opuesto de la isla, sino en el mío.

El espectáculo me aterrorizó y me quedé cerca de mi arboleda, por temor a ser sorprendido. Aun así, no

me sentía tranquilo, pues, si en sus incursiones por la isla, los salvajes descubrían mi cereal, sembrado o

segado, o cualquiera de mis obras y mejoras deducirían inmediatamente que la isla estaba habitada y no

descansarían hasta encontrarme. Terriblemente angustiado, regresé directamente a mi castillo, recogí la

escalera e intenté darle un aspecto tan natural y agreste como pude.

Entonces, me atrincheré y me preparé para la defensa. Cargué toda mi artillería, como solía llamarla, es

decir, los mosquetes colocados en la nueva fortificación y todas las pistolas, y decidí defenderme hasta el

último suspiro, no sin antes encomendarme fervorosamente a la divina protección y rogarle a Dios que me

librase de caer en manos de los bárbaros. Permanecí en esa posición más de dos horas pero, más tarde,

comencé a sentirme impaciente por saber lo que ocurría fuera, ya que no tenía espías que me lo informaran.

Aguardé un poco más, pensando qué debía hacer en esta situación, mas no pude resistir por más tiempo

en la ignorancia; así que apoyé la escalera en el costado de la roca para subir hasta donde se formaba una

suerte de plataforma. Luego la retiré y volví a colocarla hasta que llegué a la cima de la colina. Allí me

acosté boca abajo sobre la tierra y cogí el catalejo que había llevado con toda intención para observar el

sitio. Descubrí a unos cinco salvajes desnudos, sentados alrededor de una pequeña fogata, no para

calentarse, pues no tenían necesidad de ello, ya que el clima era extremadamente caluroso, sino, como

supuse, para preparar alguno de sus horribles festines de carne humana, que habían traído consigo, no sé si

viva o muerta.

Habían llegado en dos canoas que estaban varadas en la orilla y, como la marea estaba baja, me pareció

que aguardaban a que subiera para marcharse. No es fácil imaginar la inquietud que me provocó este

espectáculo y, muy especialmente, que estuvieran en mi lado de la isla y tan próximos a mí. Mas cuando

pensé que siempre debían venir cuando bajara la marea, comencé a tranquilizarme y contentarme pensando

que podría salir sin peligro cuando la marea estuviese alta, a no ser que hubiesen llegado antes a la orilla.

Con esta idea, salí a realizar las tareas propias de la cosecha con cierta tranquilidad.

Sucedió tal y como lo había previsto, pues, apenas la corriente se puso hacia el oeste, los vi meterse en

sus canoas y alejarse con la ayuda de sus remos. Debo observar que, antes de partir, estuvieron cerca de una

hora bailando, pues podía discernir claramente sus gestos y movimientos con mi catalejo. Pude apreciar,

mediante una minuciosa observación, que estaban completamente desnudos, sin el menor vestigio de

vestimenta sobre sus cuerpos pero no pude distinguir si eran hombres o mujeres.

Tan pronto como se embarcaron y partieron, salí con mis dos escopetas al hombro, dos pistolas en la

cintura y mi gran sable sin vaina, colgado a un costado. Subí a la colina, donde los había visto por primera

vez, tan velozmente como pude. Tardé aproximadamente dos horas en llegar (pues el peso de las armas me

impedía correr más rápidamente). Allí me di cuenta de que había otras tres canoas de los salvajes y, al

mirar a lo lejos, los vi a todos juntos en el mar navegando rumbo al continente.

Cuando descendí a la playa, pude observar el terrible espectáculo de su sangriento festín: la sangre, los

huesos y los trozos de carne humana, felizmente comida y devorada por aquellos miserables. Estaba tan

indignado ante lo que veían mis ojos, que comencé a premeditar la forma de destruir a los próximos que

volviera a ver por allí, sin importarme quiénes ni cuántos fueran.

Me pareció evidente que sus visitas a la isla no eran muy frecuentes, pues transcurrieron más de quince

meses antes de que regresaran; es decir, que durante todo ese tiempo, no volví a encontrar huellas ni

señales de ellos, ya que, en la época de lluvias, no podían salir de sus moradas, o, al menos, alejarse tanto.

Sin embargo, durante todo este tiempo viví inquieto a causa del constante miedo a ser tomado por sorpresa,

por lo que puedo decir que temer al mal es mucho peor que padecerlo, en especial, cuando es imposible

liberarse de ese temor.

Durante todo este tiempo, me sentía invadido por un sentimiento criminal y pasaba muchas horas, que

pude haber empleado en mejores asuntos, imaginando cómo cer carlos y atacarlos la próxima vez que los

viera, en especial, si venían en dos grupos como la vez anterior. No se me ocurrió en aquel momento, que si

mataba a uno de los grupos, formado por diez o doce salvajes, según mis cálculos, al día siguiente, o a la

semana o el mes siguiente, debía matar otro y así, ad infinitum, hasta convertirme en un asesino de la

misma calaña que estos caníbales, si no peor.

Pasaba los días en medio de una gran perplejidad e inquietud, esperando caer, de un momento a otro, en

manos de estas despiadadas criaturas. Si alguna vez me aventuraba a sa lir, lo hacía mirando con el mayor

cuidado a mi alrededor y tomando todas las precauciones imaginables. Ahora me daba cuenta, para mi

consuelo, de cuán acertada había sido mi decisión de tener un rebaño o manada de cabras domésticas, pues

no me atrevía a disparar mi escopeta, sobre todo, en el lado de la isla donde solían venir los salvajes, por

miedo a alertarlos. Si bien es posible que hubiesen huido la primera vez, con seguridad, habrían vuelto al

cabo de algunos días con dos o tres centenares de canoas y yo sabría muy bien qué esperar. Sin embargo,

transcurrieron un año y tres meses antes de que volvieran los salvajes, como contaré más adelante. Es muy

probable que hubiesen venido dos o tres veces pero no se quedaron, o, al menos, yo no los escuché. Mas, en

el mes de mayo de mi vigesimocuarto año, según mis cálculos, tuve un encuentro con ellos.

Durante los quince o dieciséis meses que he mencionado, me sentí muy perturbado. Dormía inquieto,

tenía sueños horribles y, a menudo, despertaba sobresaltado. Durante el día, me oprimían las

preocupaciones y, por la noche, soñaba que mataba a los salvajes y buscaba justificaciones para ello. Pero

dejemos esto por un momento. Fue a mediados de mayo, me parece que el día 16 según lo indicaba mi

pobre calendario de madera, pues seguía registrando los días en el poste; digo que sería el 16 de mayo,

cuando se desató una violenta tormenta con muchos truenos y relámpagos. La noche siguiente fue

espantosa y no sé por qué, pero estaba leyendo la Biblia y haciendo graves reflexiones sobre mi situación,

cuando me sorprendió lo que me pareció un cañonazo en el mar.

Esta era una sorpresa muy distinta de todas las que había experimentado hasta entonces, pues me hizo

pensar en otras cosas. Me levanté tan rápidamente como pudiera ima ginarse y, en un momento, apoyé la

escalera contra la roca y subí a la plataforma. Retiré la escalera nuevamente y subí hasta la cima de la

colina, en el momento en que un resplandor de fuego me anunció un segundo cañonazo, que en efecto,

llegó hasta mis oídos casi medio minuto después. Por el sonido, supe que provenía de aquella parte del mar

donde la corriente había arrojado mi bote.

Inmediatamente pensé que debía tratarse de un barco en peligro y que alguna otra embarcación le

acompañaba, pues disparaba los cañones en señal de alarma para pedir socorro. En ese momento, presentí

que si podía auxiliarlos, tal vez, ellos también me auxiliarían a mí, de modo que junté toda la madera seca

que encontré a mano, hice una gran pila con ella y le prendí fuego en la cima de la colina. Como la madera

estaba seca, prendió rápidamente y, aunque el viento soplaba con mucha intensidad, ardió lo suficiente

como para que, si aquello era un barco, con toda certeza pudiera verla. En efecto, así ocurrió, pues, apenas

ardió la llama, escuché otro cañonazo y, después, varios más, todos procedentes del mismo punto. Alimenté

el fuego toda la noche hasta el amanecer y, cuando se hizo de día, y el aire se despejó, divisé algo en el

mar, a gran distancia, al este de la isla, mas no podía precisar, ni siquiera con la ayuda del catalejo, si se

traba de una vela o del casco de un navío.

Durante todo el día miré con frecuencia en aquella dirección y pronto advertí que el objeto estaba

inmóvil, así que deduje que era un barco anclado, pero como me halla ba ansioso por saberlo con certeza,

como puede suponerse, cogí la escopeta y corrí hacia el extremo sur de la isla, hasta las rocas a las que

había sido arrastrado por la corriente. Cuando llegué hasta allí, puesto que el día estaba completamente

despejado, pude ver claramente y para mi mayor desconsuelo, el naufragio de un barco, arrojado durante la

noche contra las rocas sumergidas que había hallado en mi excursión con la piragua. Estas rocas,

resistiendo a la violencia de la corriente, formaban una especie de contracorriente o remolino, que me había

librado de la situación más desesperada de toda mi vida.

Lo que constituye la salvación de un hombre, es la ruina de otro, pues, al parecer, estos hombres, quienes

quiera que fueran, al no tener conocimiento de aquellas rocas, total mente ocultas por el agua, habían sido

empujados contra ellas durante toda la noche por un fuerte viento del este y del este-noreste. Si la

tripulación hubiese visto la isla, lo cual dudo mucho, habría intentado usar un bote para llegar a tierra. Mas

los cañonzos que dispararon en señal de auxilio, en especial, cuando vieron mi fogata, tal como imagino,

me llenaron la cabeza de pensamientos. Primero pensaba que, al ver mi fuego, se habían lanzado en el bote

para llegar a la orilla pero, tal vez, la fuerte marea los había hecho zozobrar. En otras ocasiones imaginaba

que habían perdido el bote desde el principio, como suele pasar cuando las olas azotan la nave, lo que

obliga a los hombres a destrozarlo y arrojarlo al mar. Otras veces, imaginaba que los acompañaba otro

navío, o navíos, que, alertados por las señales de auxilio, los habían socorrido y rescatado. Por momentos,

pensaba que todos habían embarcado en el bote y habían sido arrastrados por la misma corriente que me

había arrastrado a mí, hacia el vasto océano, donde no encontrarían más que agonía y muerte; o, tal vez,

agobiados por el hambre, a estas alturas se estarían comiendo unos a otros.

Pero como todo aquello no eran más que conjeturas, en la situación que me hallaba no podía hacer otra

cosa que lamentar la desgracia de aquellos pobres hombres y apia darme de ellos, lo cual, me hacía sentir

cada vez más agradecido a Dios, por la felicidad y la abundancia que me había prodigado en mi desolada

situación y por haber permitido que, de dos tripulaciones que habían naufragado en aquellas costas, yo

fuese el único superviviente. Comprendí, nuevamente, que es muy raro que la Providencia divina nos arroje

en una situación tan deplorable o en una miseria tan grande como para que no encontremos algún motivo

de gratitud o reconozcamos que hay otros en peores circunstancias que las nuestras.

Aquella había sido, sin duda, la suerte de estos hombres y no tenía razones para suponer que alguno de

ellos se hubiese salvado. No podía esperar ni desear que no hu biesen muerto todos, a no ser que hubiesen

sido rescatados por otra embarcación, lo cual era muy poco probable, pues no veía ninguna señal o rastro

de que algo así hubiese sucedido.

No puedo hallar las palabras precisas para expresar la extraña melancolía y los ardientes deseos que este

naufragio suscitó en mi espíritu y que me hacían exclamar: «¡Oh, si al menos uno o dos, es más, solo un ser

se hubiese salvado de este naufragio, o hubiese podido llegar hasta aquí, para que yo pudiese tener un

compañero, un semejante con quien poder hablar y conversar!» En todo el transcurso de mi vida solitaria,

nunca había deseado tanto la compañía humana, ni había sentido una pena tan profunda por no tenerla.

Tenemos unos resortes secretos en el corazón que, movidos por algún objeto, presente o ausente, que se

muestra ante nuestra imaginación, impulsan nuestra alma con tan ta fuerza hacia ese objeto que su ausencia

se vuelve insoportable.

Tal era mi ferviente deseo de que tan solo un hombre se hubiese salvado: «¡Oh, si tan solo uno se hubiese

salvado!», repetía una y mil veces: «¡Oh, si tan solo uno se hubiese sal vado!» Estaba tan trastornado por

este deseo, que cuando decía esas palabras, entrelazaba las manos y apretaba tanto los dedos, que si hubiese

tenido algo frágil entre ellas, lo habría roto involuntariamente; y apretaba los dientes con tanta fuerza, que a

veces no podía separarlos.

Dejemos que los naturalistas expliquen estas cosas, su razón y su forma de ser. Lo único que puedo hacer

yo, es describir un hecho que me sorprendió cuando tuvo lugar, y cuya procedencia ignoro del todo.

Seguramente, se debió al efecto de mis ardientes deseos y la fuerza de mis pensamientos, de imaginar el

consuelo que me habría proporcionado conversar con un cristiano como yo.

Pero no estaba previsto de ese modo. Su destino, el mío o el de todos, lo impedía, pues hasta mi último

año de permanencia en esta isla, ignoré si alguien se había salva do de aquel naufragio. Solo alcancé a ver,

para mi desdicha, el cuerpo de un joven marinero que llegó al extremo de la isla más próximo al lugar del

naufragio. Solo llevaba puestos una casaca marinera, un par de calzones de paño abiertos en las rodillas y

una camisa de lienzo azul, pero nada que me permitiese adivinar de qué nación provenía. En sus bolsillos

no había más que dos piezas de a ocho y una pipa. Esta última, para mí, valía diez veces más que el dinero.

El mar se había calmado y estaba empeñado en aventurarme a llegar al barco en la piragua. Tenía la

certeza de que encontraría cosas de utilidad a bordo pero no era eso lo que me impulsaba, sino la esperanza

de encontrar algún ser a quien pudiese salvarle la vida, y con ello, reconfortar la mía en sumo grado. Me

aferré de tal modo a esta idea, que no encontraba reposo ni de día ni de noche y solo pensaba en llegar hasta

la nave en mi bote. Me encomendé a la Providencia de Dios, sabiendo que el impulso era tan fuerte que no

podía resistirme a él, que debía provenir de algún invisible designio y que me arrepentiría si no lo hacía.

Dominado por esta impresión, corrí hacia mi castillo a prepararme para el viaje. Cogí una buena porción

de pan, una gran vasija de agua fresca, una brújula para orientar me, una botella de ron, pues aún tenía

bastante en la reserva, y un cesto lleno de pasas. Cargado con todo lo necesario para el viaje, me dirigí

hacia la piragua, le vacié el agua, deposité en ella el cargamento y la eché al mar. Luego regresé a casa para

recoger el segundo cargamento, que consistía en un gran saco de arroz, la sombrilla, que me colocaría sobre

la cabeza para que me protegiera del sol, otra vasija llena de agua, casi dos docenas de panes o tortas de

cebada, una botella de leche de cabra y un queso. Llevé todo esto a la piragua, no sin mucho esfuerzo y

sudor, y, rogándole a Dios que guiara mi viaje, me puse a remar en dirección noreste a lo largo de la costa

hasta llegar al extremo de la isla. Ahora tenía que decidir si me aventuraba a lanzarme al océano. Observé

las rápidas corrientes que pasaban a ambos lados de la isla y me parecieron tan terribles, por el recuerdo del

peligro en que me había encontrado, que comencé a perder valor, pues me daba cuenta de que si caía en

una de ellas, sería arrastrado mar adentro y perdería de vista la isla. Si esto ocurría, como mi piragua era

muy pequeña, la menor ráfaga de viento me perdería irremediablemente.

Esta idea me angustió tanto que comencé a darme por vencido. Conduje mi bote a una pequeña ensenada

en la orilla, salí y me senté en un pequeño promontorio de tierra, muy pensativo y ansioso, debatiéndome

entre el miedo y el deseo de realizar la expedición. Mientras pensaba, observé que la marea comenzaba a

subir, lo que, por unas cuantas horas, me impediría volver a salir al mar. Entonces, pensé que debía subir a

la parte más elevada que pudiese encontrar para observar los movimientos de las corrientes cuando subiera

la marea y, de este modo, poder juzgar si había alguna que me trajese rápidamente de vuelta a la isla, en

caso de que otra me alejara de ella. No bien hube pensado esto, me fijé en una pequeña colina que

dominaba ambos lados, desde donde podía ver claramente la dirección de las corrientes y el rumbo que

debía seguir para regresar. Allí pude observar que la corriente de bajamar partía del extremo sur de la isla

mientras que la de pleamar regresaba por el norte, de modo que, no tenía más que dirigirme hacia la punta

septentrional de la isla para regresar sin dificultad.

Animado con esta observación, decidí partir a la mañana siguiente con la primera marea. Pasé toda la

noche en la canoa, cubierto con el gran capote que mencioné ante riormente y me lancé al mar. Primero

navegué un corto trecho rumbo al norte, hasta que me sentí arrastrado por la corriente que iba hacia el este.

Esta me impulsó con bastante fuerza, pero no tanta como lo había hecho anteriormente la corriente del sur,

lo que me permitió seguir gobernando el bote. Remando enérgicamente, me acerqué a toda velocidad al

barco y, en menos de dos horas, llegué hasta él.

Era un espectáculo desolador; el barco, de construcción española, estaba encallado entre dos rocas. La

popa y uno de sus costados habían sido destrozados por el mar y, como el castillo de proa se había

estrellado contra las rocas, el palo mayor y el trinquete se habían quebrado, aunque el bauprés seguía

intacto, así como la proa. Cuando me acerqué, apareció un perro, que, al verme, comenzó a aullar y a gemir.

Apenas lo llamé, saltó al mar para venir hasta mí y lo llevé al bote. Estaba muerto de hambre y sed. Le

di un pedazo de pan y se lo comió como si fuese un lobo famélico que hubiese pasado quince días sin

alimento en la nieve. Después le di un poco de agua y, si lo hubiese dejado, el pobre animal habría bebido

hasta reventar.

Luego subí a bordo y lo primero que divisé fueron dos hombres ahogados en la cocina, sobre el castillo

de proa, que estaban abrazados. Deduje que, posiblemente, al desatarse la tormenta, el barco se había

encallado y los embates del mar debieron ser tan fuertes y tan constantes, que aquellos pobres hombres, no

pudieron resistir y se habían ahogado como si estuviesen bajo el agua. Aparte del perro, no había otro ser

viviente en el barco y todo su cargamento, según pude comprobar, se estropeó con el agua. Había algunos

toneles de licor en el fondo de la bodega, que pude ver cuando el agua se retiró, mas no sabía si contenían

vino o brandy; amén de que eran demasiado grandes para transportarlos. Vi varios cofres, que, sin duda,

pertenecían a los marineros y los llevé al bote sin examinar su contenido.

Si en lugar de la popa tan solo se hubiese destrozado la proa, estoy seguro de que mi viaje habría sido

más fructífero, pues por el contenido de esos dos cofres, podía imagi nar con razón, que el barco llevaba

muchas riquezas a bordo. Supongo, por el rumbo que llevaba, que partió de Buenos Aires o del Río de la

Plata en la América meridional, más allá de Brasil, en dirección a La Habana, en el golfo de México y, de

allí, seguramente a España. Sin duda, transportaba un gran tesoro, si bien bastante inútil para todos en este

momento. Qué pudo haber sido del resto de la tripulación, tampoco lo sabía.

Aparte de los cofres, encontré un pequeño barril lleno de licor, de unos veinte galones, que llevé hasta mi

bote con gran dificultad. Había numerosos mosquetes en una cabina y un gran cuerno que contenía unas

cuatro libras de pólvora. Como los mosquetes no me servían, los dejé, pero me llevé el cuerno de pólvora,

así como una pala y unas tenazas que me hacían mucha falta, dos pequeñas vasijas de bronce, una

chocolatera de cobre y una parrilla. Con este cargamento y el perro, me puse en marcha cuando la corriente

comenzó a fluir hacia la isla. Esa misma tarde, casi una hora antes del anochecer, llegué a tierra extenuado.

Aquella noche dormí en el bote y, al amanecer, decidí llevar lo que había rescatado a mi nueva cueva y

no al castillo. Después de refrescarme, llevé todo mi cargamento a la playa y comencé a examinarlo. El

tonel de licor contenía una especie de ron, distinto al que teníamos en Brasil, es decir, bastante malo. Mas

cuando abrí los cofres, hallé muchas cosas de gran utilidad, como, por ejemplo, una caja de botellas

extraordinarias, llenas de cordiales exquisitos. Las botellas eran de tres pintas y tenían la tapa recubierta de

plata. Encontré dos botes de dulces deliciosos, tan bien cerrados, que el agua salada no los había

estropeado, pero había otros dos, que sí se habían estropeado. Encontré algunas camisas muy buenas, casi

media docena de pañuelos de lino blanco y corbatas de colores; los primeros me venían muy bien para

secarme el sudor de la cara en los días de calor. Aparte de esto, al llegar al fondo del cofre, encontré tres

grandes sacos llenos de piezas de a ocho, que sumaban unas mil cien piezas en total. En uno de ellos,

envueltos en papel, había seis doblones de oro y algunos lingotes de oro que, en total, podían pesar cerca de

una libra.

En el otro cofre encontr&ea