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GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ EN VENEZUELA

PRIMEROS – REPORTAJES

 

 

Corría la década del cincuenta. Gabriel García Márquez fue uno de los tantos intelectuales que debieron salir de su país tras el golpe de Estado dado por el Gral.    Rojas Pinilla. La Cadena Capriles constituyó un refugio siempre abierto para todos los exilados colombianos.

 

 

Publicado por

CONSORCIO DE EDICIONES CAPRILES

CARACAS

Primera Edición: Julio 1990

 

 

En Venezuela, la Cadena Capriles, señalada siempre por su acendrada defensa de la integridad de las fronteras patrias, constituyó sin embargo un refugio siempre abierto para todos los exilados colombianos... Entre esta pléyade de intelectuales estaba también el autor de Cien años de soledad. Bullía en su mente la trama de su magnífica novela y no sería aventurado afirmar que mientras redactaba los primeros capítulos de ésta, preparaba también los reportajes que publicaba en Elite. Desempeñaba la jefatura de redacción de Venezuela Gráfica y, para aumentar sus emolumentos, publicaba reportajes en los otros medios de la Cadena. Luego, cuando quiso alzar vuelo, requerido por su inexorable destino hacia la gloria, la riqueza y la fama, se fue a París y desde allí continuó enviando reportajes, algunos de los cuales constituyen esta antología.

 

Carlos Capriles Ayala 

 

 

 

 

 

 

 

 

Índice

 

Presentación

Por fin un heredero para Mónaco

De Gaulle, ¿sí escribió su libro?

Verano en París: turistas y "pin–ups"

Rubirosa ¿un pobre hombre?

27 de octubre, fecha trágica para estos dos enamorados

Millones de hombres contra Francia por estos cinco presos

A cinco minutos de la Tercera Guerra

Un caso de defunción política

Cuando el mundo pierde sólo este hombre gana

El mundo empieza a conocer a Mr. X

Dos jóvenes aventureros perdidos en los Alpes

¿Tiene la culpa Sartre?  

Un film estremece al Japón

Y ahora a los médicos un arma poderosa !

Fragmentos de una entrevista al autor


 

 

 

 

 

Presentación

 

El triunfo en las elecciones de 1946 del candidato conservador Mariano Ospina Pérez, marcó en Colombia el inicio de una etapa de inestabilidad y violencia. Ella condujo al golpe de Estado del 13 de junio de 1953, dado por el general Gustavo Rojas Pinilla. Esa violencia política, que culminó con el asesinato del candidato liberal Jorge Eliecer Gaitán en abril de 1948, y la incapacidad de los gobernantes para abordar la solución de los graves problemas que aquejaban al país, constituían una mofa al sistema democrático. Al igual que en Venezuela, la democracia en Colombia dista mucho de ser la genuina expresión de un régimen constituido para favorecer a las clases menos favorecidas, sino que constituye el usufructo avorazado de unos dirigentes políticos que siempre han aprovechado para sí el poder y la administración de la nación, bajo la añagaza de una martingala electoral.

La implantación de una dictadura militar a comienzos de la década de los años cincuenta, tanto en Venezuela como en Colombia, se ensañó sobre los intelectuales. Aquellos que no se sometieron a las imposiciones dictatoriales muy pronto se vieron forzados a buscar refugio más allá de la frontera. Colombianos y venezolanos la cruzaron en sentido inverso, buscando el asilo que ambos países siempre han brindado a sus connacionales.

En Venezuela, la Cadena Capriles, señalada siempre por su acendrada defensa de la integridad de las fronteras patrias, constituyó sin embargo un refugio siempre abierto para todos los exilados colombianos. Presentóse incluso la situación, en cierta forma paradógica e inconveniente, de confiársele a –muchos de ellos la dirección de algunos de los diarios y revistas de más influencia en la opinión pública venezolana.

En los departamentos administrativos de las diferentes empresas tanto periodísticas como textileras que conformaban el grupo, fueron muchos los colombianos que desempeñaron cargos de confianza. Pero en esta oportunidad solamente vamos a referirnos a los intelectuales acogidos a tal hospitalidad.

Así, Plinio Apuleyo Mendoza llegó a la dirección de la revista Elite, la más importante del país.. Su hermana, Elvira Mendoza, alcanzó la dirección de la revista Páginas y luego se le confió la de la revista internacional Vanidades, que en ese entonces también pertenecía al Grupo; su otra hermana, Soledad, fue diagramadora en el departamento de arte; Jaime Tovar fue designado director del diario Crítica de Maracaibo. El senador Joaquín Tiberio Galvis fue columnista cotidiano del diario Ultimas Noticias; Eleazar Pérez Peñuela y Luis Buitrago Segura fueron redactores fijos de varias revistas y periódicos de la Cadena.

Entre esta pléyade de intelectuales, estaba también el autor de Cien años de soledad. Bullía en su mente la trama de su magnífica novela y no sería aventurado afirmar que mientras redactaba los primeros capítulos de ésta, preparaba también los reportajes que publicaba en Elite. Desempeñaba la jefatura de redacción de Venezuela Gráfica y, para aumentar sus emolumentos, publicaba reportajes en los otros medios de la Cadena. Luego, cuando quiso alzar vuelo, requerido por su inexorable destino hacia la gloria, la riqueza y la fama, se fue a París y desde allí continuó enviando reportajes, algunos de los cuales constituyen esta antología.

Muchos de los admiradores de Gabriel García Márquez se sorprenderán al leer estos reportajes, encontrándolos frívolos y poco consistentes. Sin duda, es preciso admitir que no prestaba a su redacción, hace más de treinta años, todo el talento que impulsó luego su gloria literaria. Quizás su mayor mérito estriba en ello: en presentar una faceta desconocida y simple de quien ha alcanzado uno de los más altos niveles de las letras hispanoamericanas.

 

 

Carlos Capriles Ayala

 

 

POR FIN UN HEREDERO PARA MÓNACO

 

EL PRINCIPE RAINIER III y la princesa Grace Kelly llegaron ayer a París. Hace tres meses los soberanos de Mónaco fueron una estrepitosa noticia internacional. Ahora, pasada la tempestad, el matrimonio que hace noventa días era él más famoso del mundo no interesa demasiado a la prensa. Los sesenta y tres periodistas que esperaron en la Gare de Lyon estaban pendientes de otra cosa. Aspiraban a que se confirmara el rumor según el cual la princesa espera un niño que nacerá el año entrante, bajo el signo de Piscis.

La aparición de Grace Kelly no tuvo nada de maternal. Vino en el tren azul de Montecarlo, del cual los monarcas en el exilio descienden como actores de cine. Grace Kelly, en cambio, descendió como lo que es: una actriz en el exilio. Mientras el príncipe hablaba del nuevo automóvil que piensa comprar, ella –que conoce muy bien la técnica de las entrevistas relámpago­ sacó de apuros a los periodistas.

–Lo único que puedo decir –manifestó– es que el rumor no salió de nosotros.

 

La culpa fue del perrito

 

En realidad, el rumor no salió de ellos. Empezó cincuenta y tres días después del matrimonio, cuando los soberanos regresaron de su luna de miel. Al embarcarse, ella llevaba en sus brazos a Walter, el perro favorito. Al regreso, era el príncipe quien cargaba el perro. Los periodistas hilaron delgado:

Si la princesa no puede ni siquiera cargar su perro debe ser porque está encinta". Y lo dieron por hecho. Acaso para evitar nuevas conclusiones, esta vez los soberanos de Mónaco dejaron a Walter en su casa.

La posibilidad de que Grace Kelly no pueda cargar su perro durante nueve meses es una buena noticia para la familia Grimaldi, –cuyo último descendiente es Rainier III. Pero lo es también para el armador griego Aristóteles Sócrates Onassis, que ahora está dedicado a pescar en el casino de Montecarlo las gordas ballenas del capitalismo internacional. La historia es ya muy conocida: Onassis se hizo cargo del casino a condición de que se organizara una formidable campaña de publicidad. La fórmula dio resultado, gracias a los buenos servicios del padre confesor del principado. Fue el matrimonio de un príncipe feo, pobre y desconocido, con una actriz de cine famosa, bella y millonaria. El cuento de la Cenicienta, en cierta manera. Sólo que esta vez el papel de Cenicienta le correspondió al príncipe.

El niño que va a nacer –se dice y se acepta­– será el feliz heredero del principado de Mónaco. Pero el principado de Mónaco es –más que una fortuna para heredar– una deuda tremenda. Antes­ del matrimonio estaba en quiebra. Ahora está peor. Para atender en parte los gastos nupciales se emitió una serie de estampillas por 200 millones de francos. Todos se gastaron en la fiesta, pues incluso fue preciso comprar vestidos de etiqueta para un grupo de representantes del pueblo. En esa forma, los invitados no pudieron darse cuenta de que el pueblo de Mónaco está tan mal vestido como en todo el mundo.

La minúscula Asamblea Nacional se rompe la cabeza pensando nuevos recursos para conseguir dinero. Pero al parecer no se le ocurre nada más. El verano, este año, no es tan fiero como lo pintan en los avisos del turismo. Hay lluvia y niebla. Los capitalistas se aburren en el bar del hotel. Se emborrachan hasta donde pueden. Pero después –cuando materialmente no pueden más– se van para sus casas con los dólares en el bolsillo, maldiciendo una ciencia que no entienden muy bien porque no se puede arreglar con dinero: la mete­reología. Mientras tanto, los joyeros de París –los señores Clerc y Cartier– esperan a la puerta de la Asamblea Nacional de Mónaco, con las cuentas en la mano. Son las cuentas de un segundo escándalo con título de novela policíaca: "El caso de los dos collares".

 

Este es el caso:

 

La Asamblea Nacional de Mónaco quiso regalar a la princesa con un collar de diamantes.

Vaciaron la caja: 30 millones de francos. El negocio se hizo en dos horas, en la casa Clerc: un collar, una pulsera y una sortija, con 800 diamantes y 70 rubíes, por 37 millones. Dieron 12 millones a buena cuenta. El resto –25 millones– sería pagado el 30 de abril.

Pero lo que se hizo en dos horas en París, se deshizo en media en Mónaco. Un experto dijo que la joya no valía más de 17 millones. De manera que se decidió devolverla. Para no perder tiempo, otra comisión viajó a París y compró donde Cartier un collar de doce brillantes *por 33 millones. También esta vez se dio una suma a buena cuenta. El resto –se dijo– sería pagado cuando el señor Clerc devolviera el dinero de la primera joya. Pero cuando le fueron con el cuento de "que le mandan a decir que ya no la compran porque está muy cara", el señor Clerc se cerró a la banda. "Negocio es negocio", dijo. Ahora el collar está en una caja fuerte, mientras los joyeros esperan el saldo y la princesa espera un niño.

 

Así se hace la historia

 

La realidad indica que la fortuna del niño que va a nacer no es el hecho de ser heredero de Mónaco. Su fortuna es ser heredero de Mr. John B. Kelly. Gracias al padre de la princesa las cosas no están peor para el principado. Fue él quien pagó los gastos de todos sus invitados y, además, los costosos vestidos de las damas de honor. Pero como el señor Kelly tiene de todo menos de romántico, ahora sabe que tiene acciones en el negocio y empieza a actuar como un financista. Y más precisamente, como un financista americano venido a más en la aristocracia europea.

Un rumor no confirmado asegura que el señor Kelly transportará piedra por piedra una torre medieval de la provincia de Montecarlo. La torre será reconstruida en Filadelfia, como complemento de una reproducción del castillo de los Grimaldi. En esa forma la familia Kelly vivirá dignamente en su nueva condición. Ese es un aspecto del negocio. El otro aspecto es que, como recompensa, el señor Kelly instalará en Mónaco una fábrica de productos plásticos. Quedará asegurado en esa forma el porvenir industrial del niño que va a nacer y que según los astrólogos –por ser Piscis– escribirá poemas...

 

De Gaulle, ¿si escribió su libro?

 

Al parecer, los críticos del siglo XX no están dispuestos a permitir que se le meta gato por liebre a la posteridad.

 

¿ Quién escribe las autobiografías de los hombres ilustres?

La pregunta se planteó a raíz de la publicación de las memorias de guerra del general Charles De Gaulle, un libro denso, sereno, atiborrado de revelaciones apasionantes. Pero, además, es un libro extraordinariamente bien escrito. El hombre de la calle, que especialmente en Francia no se chupa el dedo, se resiste a admitir más de dos casualidades al mismo tiempo. Y como es una casualidad admitida que, además de buen guerrero, el general De Gaulle es un político hábil, resultaba difícil admitir ahora la tercera casualidad de que también fuera buen escritor.

El caso de Churchill era menos raro. El viejo del tabaco fue periodista antes que político. Aprendió las cosas de la guerra escribiendo reportajes en el campo de batalla. Sus memorias eran el reportaje de su propia vida escrito después de un prolongado paréntesis político en el número 10, de Downing Street. En cambio, había otros casos para oponerlos al de Churchill. Uno, el del presidente Roosevelt, que admitió la colaboración del escritor Robert Sherwood en sus discursos. Otro, el del señor Harry S. Truman, que en el prólogo de sus memorias agradeció la permanente colaboración de David M. Noyes y William Hillman.

El general De Gaulle no agradecía la colaboración de nadie. Los lectores admitieron la paternidad de las tesis del militar y el político, pero se resistieron a admitir la paternidad de una redacción sencilla, directa e inteligente, propia de un profesional de las letras.

Los editores olfatearon el tocino y dieron un golpe de publicidad. No sólo en revistas y periódicos, sino también en los escaparates de los almacenes, exhibieron los originales. Eran páginas llenas de tachaduras y enmiendas, en las que los lectores –y con ellos los suspicaces periodistas– reconocieron el puño y la letra del general.

Todavía se discute quién escribió las obras de Homero. Pero Hornero –si existió– cantó sus poemas novecientos años antes de Cristo. La paternidad de su obra empezó a ponerse en duda casi veinte siglos después, a raíz de las investigaciones del abate de Aubignac. En cambio el general De Gaulle es un trovador de los tiempos modernos al alcance de la mano. El número de su teléfono figura en el directorio. Pero la duda fue posible porque todo el mundo sabe que en los tiempos modernos –y especialmente en Francia– hay escritores anónimos que escriben por encargo lo que se les pida, desde un artículo hasta un libro de memorias.

Hasta hace pocos meses, la revista femenina Elle estuvo publicando la serie más apasionante del año: la autobiografía de la duquesa de Windsor. Tal vez ninguna mujer de estos tiempos tenía cosas más interesantes que contar, después de haber llevado para su casa, y haberse casado con él, a nada menos que al rey más importante de la tierra. La historia, desde su primera entrega, ocasionó sensación. Pero en el curso de las publicaciones un incidente se filtró en la opinión pública: la duquesa de Windsor no estaba de acuerdo con su propia autobiografía. La persona encargada de escribirla fue sustituida por otra capaz de comprender mejor las ideas de la duquesa.

La existencia de esos escritores clandestinos, su vida, y sus métodos, han sido denunciados recientemente en France Observateur. El artículo se llama "Petite sociologie du négre litteraire", y aun el título merece una explicación. "Un négre", en francés, es un hombre de color negro, como los de África. Pero es también un hombre que trabaja como un burro, en cualquier condición, y siempre para que otro, incluso otro negro, disfrute de su trabajo. El diccionario Larousse no se hace la vista gorda: "Négre, Colaborador que prepara un trabajo literario o artístico para otra persona". No está demás advertir que, por lo general, los negros literarios de Francia son de raza blanca.

El artículo de France Observateur –firmado por Jean Négre, un periodista que por casualidad se llama así– pone en claro muchas cosas de importancia en la literatura francesa. En primer término, da derecho a pensar que tampoco en ese terreno están todos los qué son ni son todos los que están. Nadie duda, por ejemplo, que las novelas de Francoise Sagan las escribe Francoise Sagan. Pero es distinto el caso de Minou Drouet, el fenómeno de siete años cuyos poemas tienen perplejos a los críticos. El año pasado, con motivo de la publicación de los primeros poemas, se armó un escándalo periodístico en torno a la obra de Minou Drouet. La cuestión terminó en los tribunales, pues un periodista se atrevió a afirmar –sin la menor intención de ofenderla– que el negro de Minou Drouet era su propia madre.

Al parecer, no son muchos los libros de memorias y autobiografías famosas que han sido escritos por quien los firma. No hay ninguna trampa. Todo el mundo sabe que un campeón de boxeo tiene los dedos demasiado duros para la pluma. Es natural que un político famoso no tenga tiempo de sentarse a escribir. Y es natural también que, en caso de que tuviera tiempo, no disponga de la práctica, la habilidad e incluso la disposición innata que son indispensables para escribir lo que se tiene dentro de la cabeza. Gracias a eso, el negro literario es una institución necesaria, noble y justa. Pero a la cual sólo ahora empieza a hacerse justicia...

El gran mercado negro de la literatura se hace en los cafés de Saint Germain des Prés. Los únicos estafados son los turistas, que pagan para ver a Jean Paul Sartre en el "Café Bonaparte", y sólo encuentran en ellos un montón de escritores anónimos. En cierta manera, ellos son escritores famosos –tan famosos como Sartre– aunque nadie sepa cómo se llaman. Todavía no se sabe a ciencia cierta quién escribió las memorias de la duquesa de Windsor. Pero no tendría nada de raro que esas memorias hubieran sido escritas en un café de Saint Germain des Prés, en el cual no ha estado nunca la duquesa de Windsor.

Jean Négre cuenta una anécdota que ilustra muy bien sobre la forma como el negro literario se pone en contacto con su cliente. Es el editor quien llama por teléfono al personaje de moda para proponerle la compra de su autobiografía. El personaje solicitado protesta modestamente:

–Pero si yo no sé escribir...

–Eso no importa –responde el editor. Yo me ocuparé de eso.

Y antes de veinticuatro horas está cerrado el negocio. La persona encargada de escribir el libro –una persona sobre cuya discreción se cuenta– se pone en contacto con el personaje. Este le relata sus memorias. El negro se va a su casa con varias libretas de apuntes, y antes de tres meses el libro está en la calle. El personaje recibe una suma fija por firmar. El negro, a su vez, recibe la suya. En algunos casos, un negro literario recibe hasta 2.000 francos por página. Un libro de memorias puede producirle al redactor anónimo, ampliamente, 200.000 francos: casi 500 dólares.

El fenómeno del negro literario no es nuevo en Francia, según parece. Hay quienes aseguran que ese monstruo de fecundidad que fue Alejandro Dumas, tuvo tiempo incluso para servir de negro a algunos de los sólidos prestigios de su época. En todo tiempo la discreción del colaborador anónimo ha sido una garantía. Pero en los tiempos modernos se está presentando un fenómeno alarmante: los negros literarios empiezan a despertar más interés que quienes firman los libros. Ahora y siempre será una bomba periodística saber quién escribió en realidad las obras de Shakespeare. Y al parecer, los críticos del siglo XX no están dispuestos a permitir que se le meta gato por liebre a la posteridad. Parecen dispuestos a poner las cosas en su puesto, a establecer de una vez por todas quién es quién en la literatura.

La tarea de revisión no es fácil. Un solo negro conocido –Isidore Isou, citado por Jean Négre– es capaz de escribir en un mismo día un artículo científico, un crítica literaria y una novela de espionaje en argot. Se asegura que ese mismo mes había publicado una novela sensual y un libro de confidencias sentimentales. Todo eso en estilos absolutamente diferentes. En presencia de un caso como ese –que al parecer no es excepcional– no sería sorprendente –investigando– que los libros de Flaubert y de Balzac hubieran sido escritos por una misma persona. Por lo pronto, ya empieza a afirmarse, nada menos, que Corneille era el negro de Moliére.

 

Verano en París: turistas y "pin–ups"

 

Mientras dos millones de parisinos regresan de vacaciones: récord de accidentes, récord de turistas ¡...y récords de desnudos¡

 

El verano –que había empezado con un mes de retraso– terminó con un mes de anticipación. Podría pensarse que éste es un accidente sin importancia. Pero la verdad es que para la vieja y empobrecida Europa, que todavía se alimenta con las ruinas de la civilización occidental, un verano fracasado es una irreparable catástrofe económica. Más que una estación de reposo, el verano es una gigantesca operación comercial...

La cosa podría entenderse al revés, si se analiza por encima el hecho de que para esta época París es una ciudad desocupada. A veces es preciso utilizar el tren subterráneo para conseguir medio kilo de pan.– La mayoría del comercio entra en receso, con un letrero a la puerta:

"Cerrado por vacaciones". Pero basta con preguntarse cuánto se gasta un comerciante en vacaciones para imaginarse en qué consiste el negocio de vender cosas a los tenderos de París durante el verano.

Veinte millones de franceses –casi el cincuenta por ciento de la población– toma sus vacaciones en esta época. Sólo en el mes de julio seis millones visitaron el mar y ocuparon hoteles de turismo. Tres millones fueron a la montaña y un millón al campo. De los cuatro millones que viajaron al exterior, la mitad se detuvo en Venecia, un enorme museo, sin comercio ni industria, que vive todo el año de lo que se gastan los turistas durante el verano.

De julio a septiembre se consume en Europa más gasolina que en el resto del año. Pero el medio de transporte popular es el ferrocarril. Este año, a pesar de la inseguridad de la estación, fue preciso multiplicar por tres las operaciones ferroviarias de Francia. El último fin de semana llegó un tren cada minuto a la Gare de Lyon. Sin embargo, no se registró un solo accidente durante la estación estival.

Hay que decir otra cosa de las carreteras. Desde la última semana de julio se inició una cadena de sábados sangrientos. Esa fue la fuente de material más importante de los periódicos europeos, asfixiados por la única noticia trascendental del verano: Suez.

A pesar de las precauciones y consejos de las autoridades, los impacientes europeos siguieron rompiéndose la crisma en las carreteras. El accidente más espectacular y sangriento de la estación –un choque simultáneo de cuatro automóviles– produjo seis muertos y ocho heridos. tina de las víctimas conducía por primera vez, en posesión de una licencia expedida 24 horas antes. Se calcula que uno de cada cuatro franceses sufrió un accidente automovilístico este verano.

Cuando los comerciantes se van, París toma la revancha, abriendo sus terrazas para recibir a los comerciantes de los otros países. Son cinco millones de turistas que vienen a ver museos y muchachas desnudas. Mientras el señor Pineau pasaba vacaciones en Londres tratando de ponerse de acuerdo con el señor Eden y estrechando la mano de la nueva vedette internacional el señor Chepilov ­llegó a París en el primer autobús cargado de suecos. Pero el país que produjo más turistas fue Alemania. "Ahora, –manifestó un francés– hemos regresado a los tiempos de la ocupación, no sólo por el racionamiento del pan, sino por la cantidad de alemanes que hay en París"

Sin embargo, la presencia pacífica, de los alemanes es un signo de la nueva época: la reconciliación del pueblo alemán con los otros pueblos de Europa. El día en que se conmemoró la Liberación, los turistas alemanes rindieron homenaje a los franceses muertos durante la Resistencia. La policía tomó precauciones. Pero el día transcurrió sin un solo incidente.

También para los empresarios de espectáculos el verano es una buena época. Las piezas maestras del teatro desaparecen de las carteleras en los últimos días de julio. Son sustituidas por revistas de muchachas desnudas, que constituyen el mejor negocio del año. En la Comedia de París, "Ce bon monsieur Gulliver", de Simone Dubriel, produjo en el invierno un triste promedio de 6.000 francos por noche. En el verano, esa pieza fue sustituida por "Les burlesques de París", y una sola muchacha que se desnudó todas las noches durante dos minutos produjo 145.000 francos diarios.

En los espectáculos de muchachas desnudas puede hacerse lo que se quiera con una sola condición: que en ningún momento se pueda probar que estuvieron completamente desnudas. En el momento culminante, la más desnuda de las muchachas desnudas debe tener por lo menos una estrella en el sitio más importante del pudor. Hace algún tiempo una bailarina aficionada se entusiasmó más de la cuenta en un local de Saint Germain des Prés. La policía logró demostrar que por lo menos en una fracción de segundo la muchacha estuvo completamente desnuda. El local fue clausurado.

Para decepción de los moralistas mal informados y de los turistas verdes, una reciente encuesta ha demostrado que las muchachas que se desnudan en los teatros no son lo que la gente se imagina. Son francesitas de la clase media que prefieren ganarse unos francos suplementarios durante el verano. Ellas piensan que es mejor negocio desnudarse en un teatro de París que en una playa de moda. Una telefonista, que durante el invierno se ganaba 25.000 francos mensuales, se ganó en el verano medio millón de francos. Se ha calculado que este año un promedio de 12.000 turistas vio cada noche 122 muchachas desnudas. Y una cada día: la Venus de Milo.

Pero la verdad es que las cuentas fallaron en todos los frentes. Los cálculos más estrictos resultaron optimistas, con un verano a pedacitos. Los turistas han tenido que regresar a sus casas apresuradamente, en busca del abrigo y el paraguas. Como ocurre después de cada catástrofe, ya la opinión pública está buscando a los responsables del fracaso de– la estación. Y la mayoría está de acuerdo:

–Desde cuando empezó la bomba de hidrógeno –dicen– las estaciones se fueron al diablo.

No se sabe hasta dónde tienen razón. Pero ya hay datos alarmantes. Los metereólogos admiten que desde– 1953, año de la primera explosión termonuclear, ha aumentado la frecuencia del mal tiempo. Antes de 1952 se admitía un promedio de 532 tempestades anuales sobre el Atlántico. En 1954 –después de media docena de explosiones– hubo 695. En el presente año se han registrado más de 900 tempestades. Se asegura que "treinta y seis horas después de la explosión termonuclear a grande altura, el 10 de noviembre de 1955, una ola de frío se originó en las regiones polares, hacia el punto de convergencia de las ondas de choque de la gran explosión".

El hombre de la calle no entiende el idioma científico. Pero tiene sentido común. Por eso no hay quien le saque de la cabeza la idea de que las explosiones termonucleares son las responsables de que a esta hora, en vez de estar boca arriba –en una playa, se aburra en la ventana de su casa, con cara de idiota, esperando a que cese la lluvia.

 

Rubirosa ¿un pobre hombre?...

 

No es un cínico, es apenas un hombre que ha cultivado un deporte singular: el matrimonio

 

"De lo único que se me puede acusar es de no haber sabido conservar a mis esposas", declaró recientemente Porfirio Rubirosa, el diplomático dominicano que estuvo casado con cuatro de las mujeres más ricas del mundo, y ahora anda vagando por las playas de moda como un solterón errante. Su nuevo matrimonio es casi una necesidad periodística. Desesperados porque se produzca, los periodistas lanzan bombas de profundidad. Hace algún tiempo se rumoró que se casaría con Zsa Zsa Gabor, una actriz húngara naturalizada en los Estados Unidos, que desde los comienzos de su carrera ha interesado más a los cazadores de escándalos que a los críticos de cine.

En las últimas semanas ha estado sonando otro nombre. El de Ava Gardner, a quien Porfirio Rubirosa ha acompañado sistemáticamente durante el último verano. Ese matrimonio habría alimentado el interés del público durante varias semanas. Pero ahora parece evidente que el rumor es infundado. Vistas las cosas al derecho, no es por tanto un sofisma pensar y demostrar que después de dos años sin mujer, Porfirio Rubirosa empieza a ser un solterón empedernido.

Aly Khan –otro de los solteros famosos que no parece tener muchos deseos de casarse– estuvo hace quince días en París. Vino a dar lecciones de equitación a su hija Yasmine en el hipódromo de Deauville. Su presencia pasó inadvertida, a pesar de que los periodistas darían cualquier cosa por descubrir sus secretos sentimentales. En cambio, Porfirio Rubirosa tuvo que encerrarse dos días en el hotel para evitar a los reporteros, a pesar de que nadie lo acompañaba. Estaba en París, de paso para Londres, donde no lo esperaba ninguna mujer. Fue a visitar a su sastre.

Curiosamente, ese simpático mestizo, que habla el francés, el inglés y el italiano como el español y que puede conversar durante dos horas sobre un autor de teatro moderno o sobre los diferentes métodos de preparar la mayonesa, se embrolla y confunde frente a los reporteros. En cierta ocasión, en París, echó por delante a Zsa Zsa Gabor para que despistara a los periodistas mientras él se fugaba del hotel.

Su costumbre de no hacer frente a los periodistas tiene una explicación: Porfirio Rubirosa es esencialmente un hombre discreto. Sus matrimonios han sido catastróficos. Sus divorcios, espectaculares. Pero no se conoce un solo detalle de su vida privada –ni revelado por él ni revelado por ninguna de sus antiguas esposas– que permita conocer el misterio de su tormentosa vida sentimental.  

Si se reduce la historia de su vida a sus verdaderas proporciones, hay que admitir que Porfirio Rubirosa no es un cínico cuando se acusa de no haber sabido conservar a sus esposas. En realidad, él no ha hecho sino casarse cuatro veces con cuatro mujeres de su medio social, que es precisamente el medio donde casarse y descasarse es casi un deporte. Es probable que él mismo no persiguió la suerte que ha merecido. Si hay un responsable de ella es el general Rafael Leonidas Trujillo, dictador de Santo Domingo, la primera persona que se enamoró de Rubirosa a primera vista. El era un estudiante de Derecho que detestaba su carrera. Un muchacho tímido, pero de muchas agallas, que por reacción contra su timidez era capaz de soltar un chiste de grueso calibre en el palacio presidencial. Fue entonces cuando se casó por primera vez, con Flor de Oro Trujillo, la hija de su presidente y protector. Ella lo llevó de la mano hasta los medios de la alta chismografía internacional, a la cual Porfirio Rubirosa tuvo forzosamente que acostumbrarse.

El primer divorcio pudo costarle la cabeza. Sin embargo, en lugar de montar en cólera, el general Trujillo pareció pagarle bien la libertad de su hija: lo nombró diplomático. Ese fue el salto del Atlántico. Rubirosa se casó entonces con la actriz Danielle Darrieux, cosa que no se sabe muy bien por qué pareció extraordinaria, puesto que nada es tan natural como que un diplomático americano, culto, simpático, bien vestido y con un aptitud natural para la vida mundana, se case con una actriz de cine. Lo extraño en la vida de Rubirosa –como él mismo lo reconoce en su declaración– no son sus matrimonios, sino sus divorcios.

El mismo ha confesado que no tiene ningún sistema especial para enamorar a las mujeres.

Como es un hombre discreto, no se ha atrevido a declarar que son las mujeres quienes empiezan por enamorarse de él. Pero quienes lo conocen a fondo parecen estar de acuerdo en que las cosas ocurren de ese modo. Rubirosa no toma nunca la iniciativa. Sencillamente, es un hombre que hace la vida social ordinaria en su medio, que cautiva a las mujeres con sus buenas maneras, pero que en cambio no tiene el tacto suficiente para no casarse con ellas. Por todo eso, más interesante que conocer su secreto para enamorar a las mujeres, sería conocer la razón por la cual ellas mismas no pueden seguir viviendo con él.

Doris Duke, la mujer con quien se casó Rubirosa cuatro meses después de su divorcio de Danielle Darrieux, era una de las más ricas del mundo. Controla el negocio de cigarrillos en los Estados Unidos, a tal extremo que se asegura que nadie puede fumarse en el mundo un cigarrillo norteamericano sin contribuir en esa forma a la riqueza de Doris Duke. Pero cuando ella conoció a Rubirosa, ya estaba muy bien cimentada la fama de su debilidad por los hombres apuestos. Venía de regreso de un desastre sentimental: su matrimonio con el actor Gary Grant. El simpático dominicano la ayudó en su soledad, y se ayudaron mutuamente tan bien, que ella se enamoró de él, y él –como consecuencia– se casó con ella. La experiencia duró pocos meses, pero aun ahora –como Flor de Oro Trujillo, como Danielle Darrieux, como Bárbara Hutton– Doris Duke sigue considerando a Rubirosa como uno de sus mejores amigos.

Esa es la cosa: no hay rastros de rencor en las mujeres del diplomático dominicano después del divorcio. En cierta manera, siguen viendo y reconociendo en él las mismas virtudes que las llevaron al matrimonio, pero se dan por bien servidas con no seguir viviendo con él. Tal parece como si fueran sus esposas quienes se sintieran satisfechas de haberse divorciado de Porfirio Rubirosa.

Convencido de que tiene razón cuando se acusa de no haber sabido conservar a sus mujeres, Rubirosa parece dispuesto a no tentar una nueva experiencia. La última fue un desastre, hace dos años, cuando se casó con Bárbara Hutton, la otoñal heredera de una monstruosa cadena de almacenes de baratillo de los Estados Unidos. Ella era bastante mayor que él, bastante menos apuesta, y tampoco había sabido conservar sus cuatro maridos anteriores. El resultado de ese endiablado experimento fue que tuvieron que viajar casi directamente de la luna de miel al tribunal del divorcio. Ahora Bárbara Hutton, para hacerse notar, lanzó en Venecia hace veinte días la moda del vestido de baño japonés, mientras los periódicos anunciaban la posibilidad de una boda entre Ava. Gardner y Porfirio Rubirosa.

Pero, aunque nadie lo ha desmentido, es casi seguro que esa boda no se llevará a efecto. Ava Gardner está en Roma, galanteada por el cómico Walter Chiari, que era por cierto el novio de Lucía Bosé cuando se rumoraba el matrimonio de Ava Gardner con Luis Miguel Dominguín. En Italia, "el animal más bello del mundo" ha armado un escándalo: fue la primera mujer que se atrevió a salir a la calle con la "Línea Vaticana", una copia exacta, para uso de las mujeres, del hábito de los cardenales. Incluso el crucifijo y el sombrero. La nueva moda –inventada por las hermanas Fontana, famosas costureras de Roma– ha merecido una reprobación del Vaticano. Aunque no fuera más que por eso, resultaría bastante improbable que un diplomático de un Estado católico, como lo es la República Dominicana, se casara con Ava Gardner. Pero incluso podría admitirse que la incompatibilidad es secundaria. El verdadero problema consiste en que Porfirio Rubirosa parece dispuesto, a toda costa, a que su quinto matrimonio sea duradero. En la actualidad tiene cuarenta y seis años. No ha perdido los ímpetus de la juventud, pero sabe que ya no está en edad para embarcarse en una nueva aventura. Lo menos a que puede aspirar un hombre que se ha divorciado cuatro veces es a casarse con una mujer que pueda conservar. De lo contrario preferirá seguir siendo lo que es en los actuales momentos: el solterón más conocido de Europa.

 

27 de octubre Fecha trágica para estos dos enamorados

 

Cinco años esperando un heredero imposible llegan ahora a su fin. De acuerdo con las leyes, Soraya y el Sha deberán separarse.

 

La hermosa mujer que entró hace dos semanas al hotel Plaza–Athenée de París no podía pasar de incógnito, a pesar del nombre falso y los anteojos oscuros. Vestía un suntuoso modelo Christian Dior, hablaba un francés casi demasiado correcto y había sido precedida por veintiocho maletas y doce cajas de sombreros.. La pieza número doce le estaba reservada. A pesar de la discreción del hotel, esa tarde se supo qué fue lo primero que hizo la enigmática viajera tan pronto como se encontró sola en su habitación: solicitó una llamada telefónica a Teherán, la capital de Persia. Del otro lado del cordón telefónico habló nada menos que el Sha en persona.

A fines de esa semana, las revistas de París dedicaron sus portadas y largos y documentados artículos a la mujer de las veintiocho maletas. Era la princesa Soraya, la más fotogénica de las soberanas en ejercicio –sin exceptuar a Grace Kelly–, que estaba viviendo de incógnito por las ciudades de Europa el momento decisivo de su vida.

La princesa Soraya suele venir con frecuencia a París, pero nunca con un nombre falso. Además, en el último verano estuvo en la Costa Azul, en las mismas circunstancias, discretamente vigilada por un detective especial destacado por el gobierno francés. Ese cambio de conducta permitió pensar que la princesa del reino más occidentalizado del Oriente tenía una razón especial para no hacerle frente, a los periodistas. La razón fue descubierta esta semana: el 27 de octubre, de acuerdo con el Corán y con una ley muy precisa del reino iraniano, la princesa Soraya debe ser repudiada por su marido, a causa de no haber tenido un hijo varón en cinco años de matrimonio. Hay otra solución: que el monarca comparta su vida con una segunda mujer. Pero tal vez para una mujer como Soraya, educada de acuerdo con las costumbres occidentales, esa solución que le permitiría conservar la mitad de su esposo sería más catastrófica que el cumplimiento estricto de la ley.

La disposición es inflexible. Hace cinco años el Sha de Persia repudió a la princesa Fawzia, hermana del ex rey Farouk de Egipto, por las mismas razones. Ese matrimonio permitió al mismo tiempo comprobar una circunstancia en contra de la princesa Soraya: el Sha no es estéril, puesto que tuvo una hija, la princesa Sanihinaz.

En realidad, el Sha y Soraya cumplieron cinco años de casados el 12 de febrero. Pero en ese momento las circunstancias políticas del Irán eran favorables al monarca. El doctor Mossadegh –el político teatral que nacionalizó el petróleo del Irán­ estaba en la cárcel. El parlamento concedió una prórroga de ocho meses, durante los cuales los jóvenes monarcas no han hecho otra cosa que visitar especialistas. Hace algún tiempo viajaron a los Estados Unidos. En esa ocasión se dio a conocer la versión oficial de que el Sha y la princesa se dirigían a conocer a América con el objeto de firmar un contrato de petróleos acordado por el reino a través del nieto del presidente Hoover. Pero eso no era más que una coartada. El verdadero objeto del viaje fue someter a la princesa a un tratamiento, inútil como todos los anteriores.

Poco tiempo después, los soberanos del Irán realizaron un nuevo viaje que pasó casi inadvertido, tal fue la discreción con que se llevó a cabo. Fueron a la Unión Soviética, un país con el cual conservan muy buenas relaciones: el día de su matrimonio, la princesa Soraya llevó un manto de zibelina imperial, de 52 millones de francos, regalado por el mariscal Stalin. En Kiev la esperaron los científicos Fedor Korichevski y Elija Mandel Ouvanoc. Y por lo menos esta vez, ellos estuvieron de acuerdo con los científicos americanos: no había nada que hacer para garantizar el nacimiento del heredero del Irán.

El viaje incógnito que la princesa está realizando por Europa era su último recurso. Prácticamente no hay un solo ginecólogo famoso que no la haya examinado. Sin embargo, cuando entró con sus veintiocho maletas al hotel Plaza–Athenée después de visitar en Suiza al doctor Rochas, sus esperanzas estaban perdidas.

Esta vez puede darse por seguro que no habrá una nueva prórroga, pues la situación política del Oriente es desfavorable a la princesa. El « doctor Mossadegh –su enemigo político– tiene de nuevo la sartén por el mango, después de varios meses de cárcel que dedicó por completo a escribir sus memorias. Su prestigio ha aumentado en el mundo árabe con el golpe de Suez.

Políticamente, el doctor Mossadegh tiene ganada la partida contra el Sha. Ningún monarca oriental tiene mejores relaciones con las potencias occidentales ni se parece más a un gobernante occidental. Desde cuando se casó con la princesa Soraya, ha tratado de imponer a su administración el sello de una administración europea. Personalmente, es lo que se llama un hombre de mundo en el Occidente: a la alta sociedad de Nueva York le llamó la atención su destreza en el juego de tennis.

El doctor Mossadegh, que sabe perfectamente por dónde llega el agua al molino, ha encontrado el centro justo para apuntar contra el monarca: ha dicho que su occidentalización se debe a su mujer, educada en Inglaterra y en Suiza, y una de las mujeres que más admiran y conocen a fondo la literatura europea, en especial la obra de Marcel Proust. Por otra parte, es amiga personal del alto mundo de Occidente, y de los más conocidos actores y actrices del cine, en especial de Ava Gardner. Posee cinco automóviles de cartera. Su ropero, considerado como uno de los más completos y costosos del mundo, no tiene una pieza que valga menos de mil dólares. El señor Christian Dior la considera como uno de sus mejores clientes. Ninguna mujer que no sea actriz de cine ha aparecido mayor número de veces en las portadas de las revistas europeas, sin descontar a la princesa Margarita.

Apoyado en esas circunstancias, el doctor Mossadegh –a coro con la juventud progresista del Irán– la ha señalado como un factor de perturbación en el reino. Y se le ha señalado abiertamente como un agente occidental, recordando que su madre, Eva Karl, era de nacionalidad alemana. Por parte de su padre, tampoco tiene la princesa Soraya una defensa sólida: es el príncipe Esfanciary, descendiente de la ilustre familia de Khan Baktian, que domina aún y posee vastas propiedades petrolíferas en la región de Teherán. Pero desde cuando terminó la guerra el padre de Soraya no vive en Irán. Es el encargado de los negocios del reino en Alemania, donde –según el doctor Mossadegh– no hace otra cosa que perder dinero a la ruleta.

Todas estas circunstancias permiten pensar que el 27 de octubre se cumplirá el mayor sueño político del doctor Mossadegh: destronar a la princesa. La situación no podía ser más propicia: el mundo árabe está exaltado por la nacionalización del canal de Suez y no parece dispuesto a tolerar por más tiempo un monarca cuya esposa se ha puesto de espaldas a la tradición. Es probable por tanto que en esta forma termine un idilio que empezó hace cinco años, cuando el Sha de Persia –después de repudiar a su esposa– escogió a la princesa Soraya entre las candidatas que fueron sometidas a su elección en un álbum de fotografías. Ella estaba en Londres, donde recibió la propuesta matrimonial a través de su cuñada actual, que la llamó por teléfono desde París. El 12 de diciembre de 1951 –a los diecinueve años y casi sin darse cuenta de lo que estaba pasando– Soraya subió al trono de Irán, en presencia de 1.636 invitados y en un salón decorado con tres toneladas de flores llevadas en avión desde Holanda.

Desde entonces empezó a hablarse del matrimonio real más feliz del mundo, también en este caso sin descontar al de la reina de Inglaterra. Pero también desde entonces el doctor Mossadegh empezó a hablar de la progresiva y peligrosa occidentalización del, monarca. En realidad, la princesa Soraya parece preferir los sitios nocturnos de la Costa Azul a las aburridoras veladas del palacio de Gulestán, donde ejecuta al piano a los clásicos de la música europea para distraer a las visitas.

En dos ocasiones anteriores el doctor Mossadegh ha estado a punto de salirse con la suya. Cinco meses después del matrimonio, la princesa Soraya se refugió en Roma, donde compró en una sola tarde treinta y siete millones de francos en joyas, mientras corría la sangre por las calles de Teherán. Sin embargo, esa vez regresó al palacio a un reencuentro con su marido, que fue explotado hábilmente por los redactores sentimentales de la prensa europea.

Dos años más tarde, la historia se repitió con algunas modificaciones. El doctor Mossadegh metió al Sha y a la princesa, sin equipaje, en un avión para Roma, donde se vieron precisados a ocupar la pieza más modesta del hotel Excelsior. Pero también este exilio duró poco tiempo. El rumbo de los acontecimientos favoreció al Sha, que regresó a Teherán con su esposa, mientras el doctor Mossadegh viajaba a la cárcel después de escapar a la pena capital.

Esta vez, el viejo zorro del Irán tiene la sartén por el mango. El Sha parece estar muy comprometido con las potencias occidentales, y sin duda mucho más de lo que conviene políticamente en el actual panorama del mundo árabe. Ahora la ley divina y la ley humana están de parte del doctor Mossadegh. Nasser nacionalizó el canal de Suez. El doctor Mossadegh, siguiendo el ejemplo, tiene la oportunidad de nacionalizar al Sha.

 

Millones de hombres contra Francia por estos cinco presos

 

Sin sospecharlo, los cinco líderes más grandes de la rebelión argelina tenían una cita con sus enemigos.

 

El lunes 21 de octubre a las 12,30, el presidente de la República de Francia, señor René Coty, esperaba a almorzar en el Palacio de L'Elysée al presidente del gabinete, señor Guy Mollet, quien debía ponerlo al tanto de los últimos acontecimientos de la política interna. Era una espléndida tarde de otoño, no sólo en los Campos Elyseos, sino sobre toda Francia, y 3.000 kilómetros más allá, en el. aeródromo de Rabat, capital de Marruecos. Un DC–3 de la línea comercial marroquí " Air Marroc" –con tripulación francesa– se disponía a decolar* para un vuelo de itinerario a Túnez con escala en Palma de Mallorca. La cabinera Claudina Lambert –una rubia francesa de 22 años– tenía una idea muy vaga de quiénes eran los pasajeros. Sabía en líneas generales que se trataba de un grupo de periodistas en vuelo hacia Túnez, donde pensaban asistir a una conferencia entre el Sultán de Marruecos, Mahomed V, y el primer ministro de Túnez, Habib Burguiba.

En efecto, varios periodistas se encontraban en el avión, entre ellos el señor Brady, corresponsal de The New York Times en París. La conferencia no había tenido una publicidad destacada antes de las últimas veinticuatro horas. Fue gestionada ante el gobierno francés por Mulay Hassan –el hijo del Sultán de Túnez– quien aseguró al señor Guy Mollet que su padre, Mahomed V, y el primer ministro de Túnez, estaban ene condiciones de ponerse en contacto con los revolucionarios de Argelia para acordar las bases de un acuerdo pacífico. Francia confió en la habilidad de Habib Burguiba –el hombre de mayor prestigio en el mundo árabe, sin descontar a Nasser– pues fue prácticamente a través de él como se resolvió hace dos años el grave problema de Túnez. Se fijó la fecha de la conferencia. Pero el señor Guy Mollet no contaba con una cosa: el Sultán Mahomed V, invitó a Túnez a nada menos que al estado mayor revolucionario de Argelia. El gobierno de Francia protestó, y calificó de "escandaloso" el hecho de que el propio hijo del Sultán hubiera llevado en su avión particular hasta Rabat a los cinco dirigentes más importantes del Frente de Liberación Nacional de Argelia.

Cuando los periodistas conocieron ese grueso bocado, se precipitaron en masa hacia Túnez. Pero los que lograron un puesto de el DC–3 de la "Air­ Marroc" ignoraban que allí mismo viajaba el estado mayor del F.N.D. La misma cabinera, Claudine Lambert, lo ignoró hasta las 6,15 de la tarde, cuando el avión decoló en Palma de Mallorca y se dispuso a cumplir la última etapa. A esa hora, la muchacha le llevó un vaso de agua mineral al piloto, y éste le dijo: "Pórtate como quien eres, que esta noche vas a entrar en la pequeña historia". E inmediatamente le contó que el avión había cambiado de rumbo: no se dirigía a Túnez sino al aeródromo militar de Casablanca, donde los jefes revolucionarios serían arrestados por la policía francesa.

"No me costó ningún trabajo identificarlos cuando volví a la cabina de pasajeros", declaró Claudine Lambert. "Eran los únicos que no dormían". Ben Bella –general en jefe de 45.000 revolucionarios argelinos y uno de los hombres que más dolores de cabeza le ha costado al gobierno francés en los últimos tres años– estaba absorto en la lectura de una voluminosa documentación. Es un hombre de 38 años, bien vestido, que durante mucho tiempo se movió clandestinamente por todas las capitales de Europa, después de haber peleado en Italia contra nazis. Es el cerebro militar de la revolución.

Junto a Ben Bella, en el asiento de la derecha, Mahomed Didder leía una revista francesa. Un hombre de .45 años con un bigote muy fino y una desmedida afición por los colores grises, que se abrió paso duramente desde su puesto de contralor de tiquetes en los tranvías de Argel, hasta las más influyentes esferas políticas. Es el cerebro doctrinario de la revolución.

El financista viajaba detrás de Ben Bella: Ait Ahmed, que hasta el mes de mayo fue representante del Movimiento de Liberación de Argel en los Estados Unidos. Hijo de un acaudalado jefe de tribu, habla corrientemente siete idiomas y representó un papel brillante en la conferencia de Bancloom. El otro era un héroe popular desconocido hasta ese momento. Y el último, un pacífico profesor de árabe de París, durante quince años cuya presencia en el F.N.D. se ignoraba hasta el momento en que fue capturado en el aeródromo de Casablanca.

A las 9,30 de la noche el avión se dispuso a aterrizar. "Me incorporé en mi silla –ha declarado la cabinera– y anuncié: "vamos a aterrizar en Túnez". Cinco minutos después, un pelotón de policías franceses penetró en el avión, mientras la noticia más espectacular de los últimos tiempos –una película de la vida real– volaba a todos los rincones de la tierra: el estado mayor del F.N.L. fue capturado, con todos los secretos escritos en 12 kilos de documentos.

"Se trata del golpe más vivo que se ha dado a mi honor", declaró una hora después, en Túnez, el Sultán de Marruecos, que se encontraba en el aeródromo esperando a sus invitados. En realidad, éstos no habían tomado el avión del Sultán, porque a última hora Mahomed V resolvió llevar consigo a las 52 mujeres de su harem. "Desde el punto de vista moral, es más grave para mí que el golpe de Estado de 1953. En aquel momento se trataba de un conflicto político con Francia".

"Lamento vivamente –ha dicho el Sultán­ que un grupo de hombres haya sido aprisionado por haber tenido confianza en mí, porque aceptaron mi palabra y mi garantía y porque ellos sabían que se perseguía un arreglo honorable para ellos y para Francia. Si yo hubiera estado en París, habría dicho al gobierno: prendedme a mí y a mi hijo, pero devolved la libertad a estos hombres que no están prisioneros sino por haber tenido confianza en mí".

Las calles de Túnez estaban iluminadas. El mundo árabe en fiesta. A las nueve de la noche, cuando se conoció la noticia de la captura de los jefes revolucionarios, cesó la música y comenzaron las manifestaciones tumultuosas. Veintiséis europeos fueron muertos en las primeras dos horas.

La noche del lunes, todavía se ignoraba quién había dado la orden. El Consejo de Ministros de Túnez realizó una reunión de urgencia y un momento después el Ministro de Propaganda dictó una conferencia de prensa. "Lejos estamos de pensar –declaró el ministro– que esta manera tan dramática transformarse en un encuentro que amenaza con convertirse en una entrevista de guerra. Los dirigentes algerianos eran huéspedes de S. M. El Sultán. Habían sido invitados por el gobierno tunesino. Todo esto era conocido por la opinión pública y por el gobierno de Francia".

El primer ministro de Túnez, señor Burguiba, que esperaba a sus invitados en el aeródromo y que había atribuido el retardo al mal tiempo, se dirigió inmediatamente a la casa del embajador francés, señor Pierre de Leusse, y se asegura que entró en su despacho con el rostro descompuesto por la cólera. "Este asunto –declaró señor Burguiba– cambiará completamente las relaciones entre Francia y Túnez". E inmediatamente hizo una declaración dramática:

–Se está corriendo el riesgo de precipitar toda el África del Norte a una prueba de fuerza contra Francia.

Cuando el sultán de Marruecos se dispuso a regresar a Rabat, esa misma noche, había hablado por teléfono, durante siete minutos, con el presidente Coty. Su embajador en París fue llamado inmediatamente y para que lo llevara a Rabat se le envió el Constellation particular del Sultán. De manera que Mahomed V se encontró sin medios de transportes para regresar a su país. "Aquí esperaré todo el tiempo que sea necesario", declaró campechanamente. "Pero no me embarcaré en un avión francés, porque corro el riesgo de amanecer en Madagascar".

Mientras los cinco jefes del F.N.L. eran interrogados en Casablanca y un grupo de expertos en documentaciones secretas se rompía la cabeza descifrando los 12 kilos de papeles encontrados en poder de Ben Bella, la población de Marruecos se levantó contra los europeos. En la mañana del martes, la Unión Marroquí del Trabajo declaró la huelga general. La policía fue impotente para imponer el orden frente a la Embajada de Francia, amenazada por una multitud que despedazó las vitrinas de todos los almacenes franceses en Rabat.

En París, el martes en la tarde, el señor Guy Mollet fue recibido por una atronadora ovación en la Asamblea Nacional, pero no dijo quién había dado orden de capturar a los jefes rebeldes. Y dentro de las 24 horas que siguieron a la espectacular captura, no se sabía con precisión cuál había sido el mecanismo de los hechos. Al parecer, cuando el avión decoló en Rabat, los servicios franceses de seguridad aérea desconocían incluso el nombre y la nacionalidad del piloto. Pero un momento después se supo que se trataba de Gastón Grelier, de 40 años, casado y con un hijo, que prestó servicios en las fuerzas de la Francia Libre durante la guerra. Antes de llegar a Mallorca –según supone L e Monde– el piloto fue advertido de la maniobra por la policía francesa. Era una situación curiosa: no se trataba de un avión francés y –lo que es más conflictivo– en ningún momento debía tocar territorio francés.

La escala en Palma de Mallorca demoró más de lo previsto. ¿Por qué? Hay una suposición general: el piloto comunicó la maniobra a su compañía, en Rabat. El Sultán fue prevenido en Túnez y llamó por teléfono al embajador de Francia quien a su vez llamó por teléfono a París, al Ministro de Asuntos Tunisianos y Marroquíes, señor Savari. Este trató de detener la operación, pero no fue posible. En vista de lo cual la noticia fue publicada esa misma noche –renunció al ministerio.

A las 6,15 el piloto Gastón Grellier, solicitado telegráficamente por mensajes contradictorios, decidió cumplir las instrucciones de los servicios franceses, contra el parecer de su compañía. "Cuando un francés recibe una orden como esa –ha declarado– y sabe que lleva a bordo el estado mayor de la rebelión, no se puede experimentar sino un reflejo: obedecer". Así empezaron las 24 horas más dramáticas que ha vivido Francia después de la guerra.

 

A cinco minutos de la Tercera Guerra

 

García Márquez nos relata la noche dramática en que la suerte de la humanidad estuvo en las manos de estos cinco hombres.

 

Todo el mundo está de acuerdo en eso: la noche del 5 de noviembre faltaron cinco minutos para la guerra mundial. De los cinco hombres que jugaron dramáticamente, como en una partida de póker, la suerte de la humanidad, sólo uno durmió esa noche sus ocho horas completas: el presidente Eisenhower. Los otros cuatro –Anthony Eden, de Inglaterra; Guy Mollet de Francia; el mariscal Bulganin, de Rusia, y el general Nasser, de Egipto– pasaron la noche en vela, literalmente colgados del teléfono.

Quince días después, cuando esa noche dramática empieza a tener una tranquila perspectiva histórica, el mundo puede saber, minuto a minuto, como pasó la humanidad a dos centímetros de la catástrofe.

El primer ministro de la Gran Bretaña, señor Anthony Eden, no tuvo tiempo de cenar esa noche, reclamado por una reunión extraordinaria de su gabinete. Cuando los ministros de Su Majestad abandonaron el número 10 de Downing Street –a las 11,20– el gabinete estaba incompleto: el señor Anthony Nuttin había renunciado. Sir Anthony Eden los despidió a la puerta de su residencia. Los vio ganar la larga hilera de automóviles negros, todos los ministros con el cuello del abrigo levantado para protegerse de la llovizna que se pulverizó sobre Londres a todo lo largo de aquel día histórico.

Desde las ocho de la mañana Sir Anthony Eden no había tenido un minuto de descanso. Tropas inglesas y francesas estaban ocupando el canal de Suez. "Esto no es una guerra", había manifestado el primer ministro. "Es una simple operación de policía para garantizar la libertad de tránsito del canal". Sin embargo, aquella no era más que una muy británica manera de llamar las cosas. La realidad era que Inglaterra estaba en guerra contra Egipto, en alianza con Francia e Israel.

La opinión británica no se había equivocado en ese sentido. La casi totalidad de la prensa estaba contra el gobierno. El arzobispo de Canterbury –el poderoso señor que impidió el matrimonio de la princesa Margarita– manifestó con franqueza su desacuerdo con la aventura de Suez. El presidente Eisenhower, que llegó a la Casa Blanca con la promesa de poner término a la guerra de Corea, no quería guerras en el mundo y mucho menos dos días antes de su reelección. La opinión contraria de la opinión pública londinense no sólo había sido expresada a través de cinco toneladas de cartas a los periódicos, sino más directamente en las turbulentas manifestaciones de Trafalgar Square.

 

Eden: solo en la aventura

 

El señor Eden es un hombre bien vestido, pero por encima de eso es un político con experiencia. Su tío político, el señor Winston Churchill, uno de los grandes guerreros en la historia de la humanidad, no había visto las cosas con la misma claridad con que las vio en 1939. Mientras se dirigía a su dormitorio, Sir Anthony Eden debió sentirse solo en la aventura. En una azarosa aventura con la cual –para rematar las cosas– él mismo no estaba completamente de acuerdo. Hasta el 30 de octubre –cinco días antes– el primer ministro resistió a la tentación de ocupar, el canal e instalar de nuevo las tropas inglesas en un territorio abandonado pacíficamente pocos años antes. Sir Anthony Eden sabe qué la historia no regresa. Pero el primer ministro de Francia, señor Guy Mollet, y su ministro de Relaciones Exteriores, señor Paul Pineau, llegaron esa noche en avión y durante la cena presentaron al señor Eden un programa que en el papel parecía tan sencillo como dos y dos son cuatro. Israel había invadido a Egipto. Francia e Inglaterra tenían una oportunidad de meterse entre los dos combatientes, recuperar el canal, y luego presentarse a las Naciones Unidas con el hecho cumplido. Rusia estaba demasiado ocupada con sus problemas internos y con las sacudidas de sus satélites para ocuparse del problema. La lógica francesa lo convenció. Contra el parecer de una oposición cada vez más fuerte y numerosa, Sir Anthony Eden. se embarcó en la aventura.

Hasta ese momento, los franceses habían tenido razón. El mundo gritaba, se desgañitaba, pero la operación militar estaba a punto de llegar a su fin. El señor Eden apagó la luz a las 11,10 y durante breves minutos debió pensar en las cosas que ocurrían a 3.200 kilómetros de su dormitorio, en el canal de Suez. Estaba amaneciendo en Port Fuad. Una nube de paracaidistas ingleses y franceses se preparaba en Chipre para las operaciones del alba. En El Cairo, metido en un palacio que es más exactamente una fortaleza militar, el general Nasser había vivido su noche de malas noticias: sus ejércitos estaban en desbandada, Gaza y la península del Sinaí habían sido ocupadas, y 18.000 soldados, dos generales entre ellos, habían caído en poder de los invasores. A las tres de la madrugada el general Nasser entró en contacto con la avanzada de sus tropas. Los bimotores europeos volaban sobre Port Fuad. Los paracaidistas ingleses avanzaban, en tenaza, hacia el este del canal.

 

Nasser, desesperado. Ike indeciso

 

El general Nasser se había levantado a las seis de la mañana después de tres horas de sueño sobresaltado. Durante todo el día estuvo en contacto con sus diplomáticos de todo el mundo. De ningún lado recibió una buena noticia. La Unión Soviética, que había ofrecido extraoficialmente el envío de voluntarios, había tenido que enfrentarse al inesperado disturbio de Hungría. Como Sir Anthony Egan, el general Nasser se encontró solo, amenazado por una inconformidad interior que le obligó a distraer tropas para garantizar la seguridad de su régimen. Desesperado, había tomado una determinación infantil: ordenó hundir varios barcos para bloquear el canal.

En Washingtondel otro lado del Atlántico­ el general Eisenhower tampoco dormía, por la sencilla razón de que allí eran las seis de la tarde. El presidente, ocupado con la víspera de las elecciones, tenía dos cosas en que pensar: en la salud de su amigo y secretario de Estado, señor Foster Dulles, a quien acababan de cortarle en una sala de cirugía 25 centímetros de intestino, y en el último discurso electoral que debía pronunciar a las siete en la televisión. El general Eisenhower sabía que el problema de Suez podía esperar 48 horas, hasta cuando él fuera otra vez, por cuatro años más, presidente de los Estados Unidos.

 

Mollet optimista. Bulganin resuelto

 

En cambio en París comenzaba apenas una sombría noche de otoño. Cuando concluyó la reunión de los ministros británicos, los ministros franceses estacionaban sus automóviles en la puerta del hotel Matignan para asistir a una convocatoria extraordinaria de media noche. También los franceses atravesaron la calle con el cuello del impermeable levantado, pues París y Londres están tan cerca que sobre las dos ciudades se pulverizaba la misma llovizna. A diferencia del señor Eden, el primer ministro de Francia, señor Guy Mollet, se sentía en sus cabales con el curso de las operaciones de Suez. Los únicos que no estaban de acuerdo con él en la Asamblea Nacional eran los comunistas. Pero los comunistas tenían otra cosa en qué pensar: Hungría. Los periódicos de París pusieron a Suez en segundo plano para darle todo el espacio al terrible accidente de las repúblicas socialistas. Esa tarde, en París se había organizado una gigantesca manifestación contra los comunistas. Calvo, vestido de gris como casi todos los franceses –y como casi todos los ingleses– el señor Guy Mollet, que necesita espejuelos para leer, no tuvo necesidad de ellos para descifrar la satisfacción en los rostros de sus ministros.

Esa semana había sido una semana de Francia. La captura de los dirigentes de la guerra de Argelia quedó convertida en una simple operación de policía al lado de los sucesos de Budapest. Un considerable sector de la opinión pública, que no quiere la guerra como no la quiere el pueblo francés, manifestó con una silenciosa expectativa su aprobación a las operaciones de Suez. La cosa fue presentada hábilmente: había que hacer pagar bien caro al general Nasser el atrevimiento de sacar a palos a la compañía del canal. Durante todo el mes pasado Francia estuvo a la defensiva. Ahora, también contra el parecer de los Estados Unidos y aun contra las vacilaciones del señor Eden, Francia tomaba la ofensiva.

Los ministros franceses, que ya conocían un informe detallado de la situación en Suez, esperaban que los teletipos de la France Press instalados en el salón de sesiones del hotel Matignon transmitieran una noticia: el golpe de Estado contra Nasser organizado por los poderosos simpatizantes de su antecesor, ahora en la cárcel, el general Nagib. Pero antes de que llegara esa noticia, el señor Guy Mollet tuvo que atender un visitante inesperado: el barón Guillaume, que no tenía ningún inconveniente en interrumpir la sesión para comunicar al primer ministro las impresiones traídas ese día de Moscú por el ministro de relaciones exteriores de Bélgica, señor Spaak. En una conferencia de veinte minutos con el embajador belga, el señor Guy Mollet se dio cuenta de que la Unión Soviética podría ocuparse al mismo tiempo de la cuestión de Hungría y de la cuestión de Suez. Según el ministro Spaak, el mariscal Bulganin intervendría antes del amanecer.

La verdad es que cuando el barón Guillaume abandonó el hotel Matignon, ya el mariscal Bul­ganin había intervenido. A la media noche –hora de Moscú– redactó una breve nota dirigida al general Eisenhower, invitándolo a que los Estados Unidos y la Unión Soviética unieran sus fuerzas para conjurar la agresión contra Egipto. El mariscal Bulganin no se fue a la cama: permaneció en su despacho del Kremlin, con la atención orientada en dos sentidos: Budapest y Washington.

 

La nota que salvó a Nasser

 

La nota del señor Bulganin llegó a Washington 48 minutos antes de que el presidente Eisenhower pronunciara su discurso en la televisión, casi en el momento preciso en que el señor Eden apagó la luz de su dormitorio aproximadamente en el momento en que el señor Guy Mollet salió a recibir la visita del barón Guillaume. El presidente Eisenhower reunió el Pentágono inmediatamente después de saludar a sus electores en su último discurso electoral. En ese instante sucedieron simultáneamente dos cosas importantes: los teletipos de la France Press comunicaron al señor Guy Mollet el texto de la nota rusa y alguien lo llamó al teléfono desde Londres. Era el señor Anthony Eden, que había saltado de la cama y había solicitado la comunicación con París sin tomarse el tiempo para vestirse.

Cuando los dos ministros colgaron el auricular, en Londres y en París, ya la gigantesca maquinaria de guerra de los Estados Unidos estaba en movimiento. El Servicio de Inteligencia había recibido, casi al mismo tiempo con la nota del mariscal Bulganin, una información según la cual la flota rusa de Sebastapol había recibido la orden de alerta, así como todas las guarniciones soviéticas. En previsión de una acción sorpresiva, los Estados Unidos impartieron una orden semejante a la flota norteamericana del Atlántico, e incluso a los B–52, armados con bombas atómicas. Pero el presidente se fue a la cama a la una de la madrugada después de haber impartido instrucciones precisas sobre la prudencia que debía observarse en cada momento, mientras del otro lado del Atlántico el general Nasser, ignorante de lo que ocurría, tomaba la determinación de rendirse.

Los términos de esa rendición habían sido redactados en una hora. Entonces eran las seis y media de la mañana en El Cairo. El general Nasser decidió llamar por teléfono al embajador de Italia, para que éste trasmitiera la nota de rendición a Francia, Inglaterra e Israel. Pero una determinación de esa índole podía esperar sin necesidad de sacar de la cama a un embajador. El general Nasser decidió entonces esperar una hora: y esa fue sin duda la hora más importante de su vida. En el curso de ella conoció la nota del mariscal Bulganin al presidente Eisenhower, y casi enseguida una segunda, dirigida a Francia, Inglaterra e Israel.

 

En la mañana del martes, una ciudad escarmentada con los horrores de la guerra asaltó ordenadamente los almacenes de víveres, en previsión de un futuro sombrío.

 

"¿En qué situación –decía la segunda nota­se encontrarían Francia e Inglaterra si ellas fueran objeto de una agresión por parte de otros estados que dispusieran de terribles medios de destrucción?... Es imposible no ver que la guerra de Egipto se puede transformar en una guerra mundial... El gobierno soviético está decidido a emplear la fuerza para aplastar a los agresores". Esa nota marcó el minuto exacto en que el mundo estuvo a dos centímetros de la catástrofe. A partir de ese momento, cualquier imprudencia de cualquiera de los cinco hombres que tenían en sus manos la suerte de la humanidad habría podido señalar el principio del fin.

Cuando el señor Eden conoció ese texto, tomó inmediatamente la determinación de suspender las operaciones en Suez. Cuando volvió a llamar por teléfono al señor Guy Mollet –a las 4 de la madrugada del martes, hora de Londres–, éste acababa de despedir al embajador de los Estados Unidos en Francia, señor Dillon, que puso en su conocimiento la primera nota de Bulganin y la determinación del señor Eisenhower "de rechazar secamente la propuesta soviética". El señor Guy Mollet se sintió reforzado por aquella noticia. Pero los términos de la segunda nota modificaron la situación. El señor Eden echaba pie atrás. El gabinete francés, ante la evidencia de que se había quedado solo en la aventura, suspendió la reunión a las cinco de la mañana, después de haber decidido una acción rapidísima en Suez, con el objeto de que una posible suspensión de las operaciones se llevara a cabo cuando ya todo el canal estuviera en poder de Francia. En ese momento pasó el minuto decisivo.

El día electoral en los Estados Unidos fue espléndido. El presidente Eisenhower depositó su voto en su residencia oficial, a las nueve de la mañana, y luego regresó a la Casa Blanca en avión y se ocupó de la cuestión de Suez. Una breve conferencia telefónica con el señor Eden lo puso al tanto de la situación: Inglaterra y Francia habían acordado suspender las operaciones esa noche, martes, a las doce, hora de Londres. Pero París, que había leído las notas del mariscal Bulganin en los periódicos de la mañana, ignoraba esa determinación. Durante seis horas se vivió el pánico. En la mañana del martes, una ciudad escarmentada con los horrores de la guerra asaltó ordenadamente los almacenes de víveres, en previsión de un futuro sombrío. En seis horas se agotó la existencia de azúcar prevista para tres meses.

 

Un caso de defunción política

 

La enfermedad de Eden se llama SUEZ ... y es mortal.

 

"A causa de un grave surmenage y por orden expresa de sus médicos, Sir Anthony Eden anula todos sus compromisos públicos". Con ese sencillo comunicado de Downing Street, culminó –el martes 20 de noviembre a las 11,45 de la noche– la participación de la Gran Bretaña en la atolondrada aventura de Suez La salud de Sir Anthony Eden se derrumbó en preciso instante en que el primer ministro –y con él todo el aparato del gobierno conservador– habría podido ser físicamente tumbado por la oposición parlamentaria. Probablemente, Sir Anthony Eden es un hombre de mala suerte. Porque incluso en su última hora ha tenido la mala suerte de estar oportuna y verdaderamente enfermo en un
momento en que convenía estarlo, pero cuando su enfermedad parece una habilidosa coartada política.

La noticia que conmovió a Inglaterra y que sin duda tendrá serias repercusiones en la política mundial, ha sido recibida como una bendición por Lady Eden, esposa del primer ministro y nieta de Winston Churchill, que al día siguiente declaró para la prensa: "Yo tenía la impresión de que el canal de Suez estaba inundando mi dormitorio". En realidad, los últimos acontecimientos habían disuelto prácticamente su hogar. En los once meses de este año, los esposos Eden habían tenido muy pocas oportunidades de conversar a solas. Después de su visita a Washington, en enero, el primer ministro había trabajado casi 20 horas diarias para afrontar la terrible crisis económica de su país y el problema de Chipre. En abril, la turbulenta visita de Bulganin a Kruschev constituyó una especie de tempestad política y social en medio de la cual Sir Anthony Eden apenas tuvo tiempo de ir a su casa para cambiarse de traje. Por último, la cuestión de Suez. El primer ministro desapareció de la vida privada. En el curso de esas semanas dramáticas, su médico personal, Sir Horace Evans –que es también el médico personal de la reina– hizo tantos esfuerzos para ponerlo al margen de la política, como los que hicieron Hugh Gaitskell –coman­dante de la oposición laborista en el parlamento– y Aneurin Bevan, comandante de la oposición laborista en los periódicos y en la plaza pública.

En 1938, cuando le tiró las puertas en las narices a Chamberlain, –el primer ministro del paraguas–, Sir Anthony Eden pasó a la historia como un político joven, el más apuesto y el mejor vestido. Su fotografía de esa época se quedó grabada en la memoria del mundo. Pero la memoria del mundo tiene un error: en 1938, Anthony Eden tenía 39 años. Ahora va a cumplir sesenta. Quienes siguen pensando en él como el voluntarioso muchacho que le tiró las puertas en las narices a Chamberlain, no tienen sentido del tiempo. El primer ministro británico es, en realidad, un anciano antes de tiempo, que en doce meses no ha tomado un minuto de vacaciones, que no ha ido al cine una sola vez, que tiene un sistema nervioso precario, que observa un régimen alimenticio casi demasiado drástico, que está casado en segundas nupcias con una mujer mucho más joven que él, que durante toda su vida ha estado tan ocupado que no ha tenido tiempo de tener un hijo, y que en 1953 fue sometido a tres operaciones sucesivas de los intestinos y la vesícula biliar en una clínica de Boston. Sólo una constitución excepcional, una infancia bien alimentada y una vida ordenada hasta donde ha sido posible, han permitido que este retiro de ahora no se considere definitivo y que Sir Anthony Eden no sea, para siempre, un hombre acabado.

En los últimos tiempos, la historia del mundo ha estado en manos de su médico. Hace un mes Sir Anthony Eden estuvo en un hospital de Londres, a visitar a su esposa, y tuvo que ser internado en el mismo hospital durante veinticuatro horas, a causa de una crisis de fiebre. En esa ocasión, su médico recomendó enérgicamente el retiro. Si hubiera seguido el consejo, la historia del mundo sería completamente distinta y el retiro de Sir Anthony Eden no tendría esta melancólica apariencia de coartada política. Es seguro que en ese caso Inglaterra no se hubiera embarcado en la aventura de Suez, que ha sido al mismo tiempo el principio de una peligrosa bancarrota nacional y el golpe de gracia a los nervios de su primer ministro.

Sólo a causa de una fatiga nerviosa total –opi­nan algunos periódicos– se explica que Sir Anthony Eden no hubiera tenido la suficiente lucidez política para prever los peligros del disparate de Suez. Sólo un terrible descontrol nervioso puede explicar que haya decidido asumir los riesgos de esa empresa contra la opinión pública y, más aún, contra los banqueros de Londres, que lo previnieron a tiempo contra las catastróficas consecuencias económicas de la intervención inglesa en el canal de Suez. El mismo señor Guy Mollet, primer ministro de Francia, ha reconocido que Sir Anthony Eden no estuvo decidido en ningún momento a apoyar una aventura en la cual ya estaba comprometido. Fue preciso sostenerlo "a bout de bras", ha dicho el señor Mollet. 30.000 ingleses del puro pueblo, arrastrados por Aneur Bevan desde los suburbios hasta Trafalgar Square, manifestaron el domingo 4 de noviembre su beligerante oposición a la solitaria beligerancia del primero ministro.

Ahora se sabe más: el tercer hombre de a bordo en el gobierno conservador, el señor Richard Butler, también era opuesto a la intervención, e incluso llegó al extremo de amenazar con su renuncia si no se suspendían las operaciones, pocas horas antes de que el señor Eden recibiera la nota del mariscal Bulganin. Esa renuncia espectacular habría arrastrado consigo al gobierno conservador.

 

Ni los banqueros, ni Butler, ni su mujer lo apoyaban...

 

Los oídos sordos que Sir Anthony Eden prestó a su médico hace un mes –los mismos oídos que no se abrieron ante la opinión pública– llevaron al mundo a cinco minutos de la guerra, y a él mismo a un melancólico descanso, que podría ser definitivo, en su residencia particular de las afueras de Londres. Desde ese punto de vista, la determinación del retiro ha sido tomada demasiado tarde. Pero desde el punto de vista de la estabilidad del gobierno conservador, ha sido tomada apenas a tiempo. Sir Anthony Eden no estará en el parlamento en las próximas semanas, cuando el trepidante y agigantado director de la oposición laborista se disponga a pedir cuentas al gobierno por la aventura de Suez. Inglaterra –con Francia– está sin petróleo y, por consiguiente, la industria amenazada de muerte.

Mientras el primer ministro se repone, el Consejo de Su Majestad está dirigido por un hombre de 63 años, que parece conservado en formol: Robert Arthur James Gascoyne–Cecil, quinto marqués de Salesburi, propietario de un castillo en cuyo vestíbulo, para uso de los visitantes, ha sido instalado un distribuidor de fósforos gratuitos. Pero en realidad, el primer hombre de abordo es el posible sucesor de Sir Anthony Eden: el señor Harold Mac Millan, antiguo ministro de Relaciones Exteriores, director de una empresa editorial, que a los 62 años es todavía campeón de tiro al arco en el círculo de sus amigos. El tercer hombre continúa siendo el señor Richard Butler, un calvo sonriente y extraordinariamente culto, considerado como uno de los mejores coleccionistas de cuadros del mundo. Ese equipo tendrá que enfrentarse –y sostener a "bout de tiras" el gobierno– a los estragos del último mes de Sir Anthony Eden. La oposición, ahora más sólida que nunca, se prepara para blandir una serie de espectaculares argumentos que la prensa de Londres ha calificado como "la bomba de tiempo de las revelaciones diplomáticas". Esa bomba –aseguran los augures de la política inglesa– permitirá saber que Sir Anthony Eden había llegado más lejos de lo que se cree en su ayuda militar a Israel. Es una situación peligrosa para el gobierno. Una crisis semejante a la de 1953, precisamente cuando el señor Eden se encontraba en un hospital de Boston, y Sir Winston Churchill sufrió una parálisis parcial. El parlamento se enfrentó a la necesidad de nombrar un primer ministro interno. La diferencia es que ahora lo que está en juego es la subsistencia del gobierno conservador. A pesar de una encuesta Gallup publicada la semana pasada, según la cual el 57% de la opinión está de acuerdo con la actitud del señor Eden con respecto a Suez, el partido laborista –y aun los mismos asustados conservadores– están seguros de tomarse el poder.

Así las cosas, es probable que los mismos conservadores se vean precisados a sacrificar a Sir Anthony Eden para no perder el mango de la sartén. Algunos intérpretes van más allá: aseguran que fue el gabinete –y no Sir Horace Evans– quien recomendó el reposo del primer ministro. Para demostrarlo, se apoyan en la recapitulación de la jornada del primer ministro, el martes 20, que esa noche asistió a una turbulenta sesión del gabinete hasta un poco después de las diez. Media hora después el médico fue llamado de urgencia al número 10 de Downing Street. Y veinte minutos más tarde, casi en el mismo instante en que Lady Eden acompañaba al doctor Evans hasta la puerta, fue expedida la comunicación que anunciaba el retiro temporal del primer ministro. Sir Horace Evans no habría hecho otra cosa que firmar el certificado de defunción política de Sir Anthony Eden.

 

Cuando el mundo pierde sólo este hombre gana

 

Sus mejores negocios la II Guerra Mundial, Corea, Suez... Esta es la leyenda del fabuloso Onassis, el hombre que será dueño de la '’cosa" flotante más grande construida en la historia de la humanidad.

 

U n hombre que en apariencia no tiene nada que ver con la política, que efectivamente no tuvo nada que ver con la cuestión de Suez, es el que más ha ganado y sobre todo el que va a ganar más con la crisis del combustible en Europa. Su oficio es ese: transportar petróleo. Sus instrumentos de trabajo son 48 barcos con 1.300.000 toneladas de su entera y absoluta propiedad. Aunque sólo fuera por ese aspecto, sería un personaje fabuloso. Pero lo es por muchos otros, empezando por su        nombre completo: Aristóteles Sócrates Onassis. En estos momentos –las tres de la tarde del 20 de diciembre de 1956– Onassis está en su oficina de Montecarlo, con su sencilla apariencia de director de orquesta de jazz. En el puerto está su yate: el más grande, el más hermoso y el mejor del mundo, cuya pista de baile se transforma en una piscina con sólo oprimir un botón. En el aeródromo, su Super–Constellation particular, dispuesto a decolar rumbo a cualquier parte del mundo. Se cree que el hombre más importante de Mónaco es el príncipe Rainier III. Pero en realidad lo es Onassis, que allí instaló sus oficinas porque en el principado no se pagan impuestos. Como no encontró oficina libre, tuvo que comprar la mayoría de las acciones del Sporting­ Club d'Hiver, y al mismo tiempo el Casino para hacerle un favor a Rainier III. Onassis impuso la condición de que el príncipe diera un golpe de publicidad. El príncipe aceptó y se casó con Grace Kelly.

 

Sólo para él la tierra es muy pequeña

 

Onassis es uno de los pocos hombres que van quedando con intereses en todo el mundo. El sol no se pone en sus dominios. El rey de la Arabia Saudita, uno de sus socios más importantes le aseguró por contrato el transporte del sesenta por ciento del petróleo oriental. Sus barcos tienen bandera de casi todo el mundo, pero especial de los países pequeños –y muy especialmente Panamá­ donde son más bajos los impuestos. Al mismo tiempo, tiene el monopolio de la navegación aérea griega. Es uno de los principales capitalistas de Buenos Aires. Los armadores del Japón, de Alemania y los Estados Unidos, lo consideran como un cliente estimable. En el Perú lo espera una deuda de caja menor: una multa de 100.000 dólares porque su flota ballenera del Pacífico pescó en aguas territoriales sin permiso, hace dos años.

Ese sentido internacional de la vida y los negocios, esa necesidad de que comience el transporte interplanetario del petróleo porque la tierra es una bola demasiado pequeña, hace parte de la psicología expansionista de Onassis. Es griego, como su nombre lo indica. Pero además tiene, por adopción, la nacionalidad argentina, a pesar de que nació en Turquía, exactamente en Esmirna, en 1906.

 

El hombre de los 50 millones

 

Sus enemigos tratan de descubrir leyendas negras en su vida. No se hace fortuna así como así en 30 años de trabajo. Pero a pesar de lo que se dice, Onassis no tiene problemas serios con la policía. A 50.000.000 de dólares de altura se vuela por encima de las tempestades. En realidad, su virtud comercial más importante no es dar golpes bajos, sino saber olfatear las oportunidades. Onassis es un visionario. Un navegante que sabe pescar mejor que nadie en aguas revueltas. Cada vez que la humanidad ha atravesado una situación difícil, él ha hecho un buen negocio. Ahora lo está haciendo con la crisis de Suez. Durante la Primera Guerra Mundial no lo hizo, porque apenas tenía 13 años, y estaba en Esmirna muriéndose de hambre, en la casa de sus padres –Sócrates y Penélope– que no lo dejaban salir a hacer negocios. Pero 13 años más tarde, cuando la crisis económica de los Estados Unidos, ya tenía esa independencia. Más aún: ya tenía un poco de dinero, hecho en la Argentina con el negocio de cigarrillos. Entonces empezó la pesca mayor. De una sola redada sacó tres barcos mercantes, rematados a precio de sardinas a un navegante canadiense arruinado por la crisis.

Onassis empezó a negociar con esos barcos, en espera de que el agua se revolviera de nuevo. No tuvo que esperar mucho. Su mejor negocio fue la Segunda Guerra Mundial. Su pequeña flota, con bandera neutral, navegó por todos los mares con petróleo para todo el mundo. Al final de la guerra tenía suficiente dinero para el golpe final: los Estados Unidos le vendieron, como sobrante de guerra, 16 petroleros más. En esa ocasión pudo permitirse el lujo de firmar un solo cheque por 8.000.000 de dólares.

La Guerra Fría, la Conferencia de Ginebra y la distensión internacional, lo habrían llevado a la ruina si. entre tanto, no hubiera existido el paréntesis de Corea. Era una guerra de bolsillo. Un pasatiempo de vacaciones, muy lejos de las guerras de proporciones gigantescas que necesitan los gigantes de las finanzas. Pero Onassis sacó de ella todo lo que pudo. Para entonces ya nadie podía comprarlo con 50.000.000 de dólares.

En los últimos días, los otros han trabajado para él. En su oficina de Montecarlo recibió hace cinco meses la noticia de la nacionalización del canal de Suez. No se alarmó. Sus relaciones con el mundo árabe son excelentes. Con canal egipcio o con canal inglés el negocio iba bien. Pero mejor con canal egipcio. Luego las cosas se complicaron para el mundo y se acabaron de componer para Onassis: el coronel Nasser, desesperado con la invasión, inutilizó el canal de Suez y el oleoducto del Oriente. Esa actitud, que privó a Europa de petróleo, sólo le ocasionó un dolor de cabeza a Onassis, intempestivamente enfrentado a la realidad de que no tenía barcos suficientes para atender la situación. Tal vez él no la esperaba tan grande. Con su natural sangre fría, descolgó el teléfono, habló con un armador de los Estados Unidos y ordenó la construcción del petrolero más grande del mundo: 100.000 toneladas. Los industriales, que conocen muy bien la terrible visión comercial de Onassis, han deducido de ese hecho que la crisis del petróleo va a durar muchos años, pues se necesitarán por lo menos 18 meses para la construcción del monstruoso petrolero. Será la más grande cosa flotante construida por el hombre en la historia de la humanidad.

 

Su fortuna empezó en un hotel de Buenos Aires

 

Todos estos espeluznantes ceros a la derecha empezaron en 1923, en una sombría pieza sin calefacción, en Buenos Aires. Onassis llegó a la Argentina como un inmigrante de 20 años, ambicioso y paciente, con una asombrosa parsimonia para esperar el momento oportuno. Hizo todo, montaba a la sombra de un amigo griego un negocio de importación de cigarrillos orientales. Allí hay algo misterioso: en dos años se ganó honradamente 125.000 dólares. Con esos tres ceros dejó de ser un simple emigrante. El gobierno griego lo nombró cónsul en Buenos Aires. Dos años después, todavía con tres ceros, se fue para Nueva York. Allí encontró dos cosas decisivas: la crisis, y un viejo patriarca de las finanzas, con una historia parecida a la suya, Stavros Livanos, transportador de petróleo. Onassis se casó con su hija menor. La mayor estaba ya casada con otro gigante de las finanzas: Stavros Niarchos, el más temible competidor de Onassis en la actualidad.

La vida privada de este extraño producto de la naturaleza humana es una cuestión perfectamente normal. Los millones no le han dejado tiempo para estudiar. Pero eso no importa. Onassis es un intuitivo. Es amigo personal de toda la alta sociedad internacional, que es al mismo tiempo la alta sociedad de los negocios. Tiene con ellos un problema: Onassis no ha tenido oportunidad de aprender a jugar polo ni canastas, y si habla corrientemente cinco lenguas es por imposición de las circunstancias, favorecidas por la proverbial aptitud de los griegos para los idiomas. Sin embargo, sabe defenderse. Cuando Aly Khan habla de literatura, él le responde en cifras. Es una especialización de la cultura como cualquier otra. Y si la cosa se pone apurada organiza una fiesta como la del año pasado, en Londres, en la que solamente en foie gras se gastó 800 dólares. Un bailecito de 30.000 billetes.

 

El mundo empieza a conocer a Mr. X

 

MC. MILLAN nueva ama de casa. Millonario cien años antes de nacer, su deporte es el favorito de la aristocracia inglesa: la política

 

La multitud que ese plácido jueves de invierno se concentró frente a las rejas del Palacio de Buckingham para conocer al nuevo primer ministro, no prestó la menor atención al largo auto­móvil negro que abandonó la residencia real a las 3,35. Allí iba el sucesor de Sir Anthony Eden –jefe del gobierno durante 14.280 horas horribles ­sentado en el asiento delantero, junto al conductor. Fue una maniobra psicológica que despistó incluso a los guardias de palacio. Tampoco ellos rindieron el saludo especial a que tenía derecho el. señor Harold Mac Millan desde hacía diez minutos.

El cambio de piloto ha sido un nuevo triunfo de esa exquisita habilidad que tienen los ingleses para lavar en casa la ropa sucia de manera que todo pase como en familia. Ellos no podían permitir que Sir Anthony Eden se cayera estrepitosamente en el Parlamento. El hombre más importante en esa emergencia fue el médico del antiguo primer ministro, Sir Horace Evans, que hizo de tripas corazón, de ciencias patriotismos, y firmó un certificado que no resiente su moral profesional porque es cierto que Sir Anthony Eden está enfermo, pero que de paso sacó de apuros al gobierno.

Todo fue arreglado de antemano. La reina citó al señor Mac Millan a las tres. Todo el mundo sabía con qué propósito, salvo el propio hijo del nuevo primer ministro. Cuando conoció la renuncia de Sir Anthony Eden, el atolondrado Mauricio Mac Millan, de 34 años, puso en la puerta de su casa –4, Smith Square– un letrero que invitaba a elegir primer ministro a su padre. A esa hora sus deseos estaban cumplidos: el señor Harold Mac Millan tenía veinte minutos de estar en el Palacio de Buckingham.

No se cometió un solo error en la organización del golpe teatral. Por un lado se despidió el primer ministro y por el otro salió un oficial con un comunicado que tenía todas las apariencias de estar escrito desde una hora antes. Decía: "La reina ha recibido en audiencia esta tarde al Honorable Harold Mac Millan y le ofreció el puesto de primer ministro y primer Lord de la Tesorería. El señor Mac Millan aceptó y besó la mano de Su Majestad". Cuando el nuevo jefe del gobierno llegó al número 10 Downing Street ya no quedaba allí ni un pañuelo de Sir Anthony Eden. Fue una mudanza fácil. En su calidad de miembro del gabinete, el señor Mac Millan vivía en el número 11, la casa de al lado.

A la Europa contemporánea le cuesta trabajo admitir esta manera un poco doméstica de arreglar las cosas del gobierno, de espaldas al pueblo. Pero es probable que la elección del señor Mac Millan sea la última que se haga en familia. Ella demuestra por lo menos que. el partido conservador no está muy seguro en el poder. Hay que recurrir a cualquier maniobra para evitar la convocatoria a unas elecciones que echará por tierra al gobierno. El señor Mac Millan tratará de apretar tuercas y tornillos, de remendar los errores del señor Eden, pero sin ceder una pulgada de conservatismo irreductible. El tratará así mismo de devolver la confianza de los poderosos grupos económicos ingleses que tiemblan cada vez que Aneurin Bevan arma un escándalo en el parlamento.

El partido conservador –con el señor Eden fuera de base y el señor Churchill a punto de cumplir cien años– sólo tenía dos hombres claves. Uno de ellos es el vecino de Mauricio Mac Millan, en el número 6 de Smith Square, el señor Richard Buttler, favorito de la prensa y de las encuestas Gallup. El otro es el señor Mac Millan. El primero representa la corriente progresista del conservatismo. Es una versión retardada de Aneurin Bevan con pantalón rayado, salido de la clase media con la receta de un pastel doctrinario que no indigesta a nadie. En cambio Mac Millan es el más conservador de los conservadores. Un reaccionario, como dicen los comunistas. Un retrógrado, como dicen los socialistas. Todo un caballero victoriano con los pies muy bien puestos en la segunda mitad del siglo XX.

Los viejos conservadores creen que él es el único capaz de maniobrar en la tormenta sin echar por la ventana los arruinados muebles del conservatismo a la antigua. Hay que ser un poco malabarista. Y el señor Mac Millan acaba de demostrar que lo es. En un principio, como buen conservador, aconsejó al señor Eden la operación de Suez. Pero como buen político manifestó su desacuerdo, cuando se asustaron los banqueros de Londres. En cinco días dio una voltereta en el aire y cayó sentado en el asiento del primer ministro.

El primer problema que le corresponde arreglar son las relaciones con los Estados Unidos. Sir Anthony Eden no fue derrumbado en Londres sino en Washington. De una manera no oficial las relaciones estaban prácticamente rotas. Inglaterra necesita gasolina y los Estados Unidos habían dado a entender que no la suministrarían mientras el señor Eden estuviera en el poder. El señor Mac Millan puede arreglar ese inconveniente. El disfruta de las simpatías de Washington. Durante la guerra, en el África del Norte, trabajó con el general Eisenhower. De allí nació una sólida amistad, que ahora, cuando menos se pensaba, puede ser la salvación de los conservadores ingleses.

Los expertos europeos están de acuerdo en que las cosas no han cambiado substancialmente en Londres. No hay dos cosas que más se parezcan en el mundo que un conservador inglés y otro conservador inglés. Como Sir Anthony Eden, el nuevo primer ministro usa bigotes –unos erizados bigotes de leopardo– y se viste con una corrección intachable. Es tres años mayor, pero mucho mejor conservado, y cuatro centímetros más pequeño, pero de un aire más severo y distinguido. Ambos fueron acabados de hacer en Oxford y Eton.

La diferencia más notable es puramente anecdótica: el señor Eden tiene más "sex–appeal", es un caso de fotogenia. Es un actor de cine representando un papel de gran político en la película de la vida real. En cambio la diferencia esencial es favorable al señor Mac Millan. Sir Anthony Eden fue un niño precoz y no ha sido otra cosa en su vida. No pudo con sus responsabilidades de adulto. Mac Millan es más humano. Fue el enfant terrible del conservatismo. Se maduró a golpes. La experiencia le enseñó lo que debía hacer, y lo hizo sin apresurarse, sin demostrar su ambición, con una clásica parsimonia británica. En eso se parece a Winston Churchill.

 

"Inglaterra es un manicomio dirigido por los mismos locos"

 

Su padre le infundió una formación cristiana. Su madre, americana, le enseñó a entender a los Estados Unidos –eso le servirá para entender al señor Dulles, sin duda– y a hablar el francés antes que el inglés. Mac Millan es bilingüe. Según su clasificación astrológica –nació el 10 de febrero de 1894– es un Aquarium que no ha defraudado a los astrólogos. Hizo mil piruetas antes de sentar cabeza. Fue herido tres veces en la Primera Guerra Mundial, en la que participó como capitán de granaderos. En sus primeros pasos de político fue un conservador con cucarachas socialistas en la cabeza. En 1938 hizo un disparate: votó por los laboristas. Se atrevió a decir, estando su partido en el poder, que Inglaterra era "un manicomio dirigido por los mismos locos". A pesar de eso, Winston Churchill lo llamó a colaborar durante la Segunda Guerra Mundial. Hasta allí llegaron sus aspavientos. De entonces viene su rigidez aristocrática, su distinción y su profundo respeto por su sastre.

De su fogosa juventud sólo queda un rastro: su agresividad oratoria. En un partido donde las buenas maneras llegan hasta la plaza pública, Mac Millan es capaz de transformarse en un demagogo que aplasta a sus adversarios a golpes de sofismas. Pero después de las elecciones viene la calma. Su principal virtud es saber esperar. No se apresura nunca. La única vez que pareció impaciente fue el jueves en que la reina lo llamó para nombrarlo primer ministro. Mac Millan llegó a la cita con un cuarto de hora de anticipación.

Mac Millan está en la política porque eso es de buen gusto en la aristocracia británica. Es como practicar un deporte. Nunca ha tenido necesidad de ella, pues es millonario desde 100 años antes de nacer. Su bisabuelo, uno de los doce hijos de un pobre campesino escocés, fundó la casa editorial "Mac Millan & Co.", casi con las uñas. De ese viejo duro y trabajador le vienen tres cosas al primer ministro: la fortuna, la partícula "Mac" de su apellido escocés, y su formidable sentido de los negocios. En 1951, cuando Winston Churchill lo nombró Ministro de la Habitación, Mac Millan prometió un disparate demagógico: construir 300.000 residencias por año. No pudo hacerlo al principio. Pero en 1954 casi pagó las casas que estaba debiendo: construyó 350.000. Esto sólo puede explicarse en un escocés, terco, realista y trabajador.

Hace 39 años, en el Canadá, empezó la ejemplar vida privada de Harold Mac Millan, que allí se casó con Lady Dorothy, la hija mayor del duque de Convodshire. Tuvo tres hijas y un hijo, y todos están vivos. Aun en sus momentos más atareados, el primer ministro ha tenido unas horas desocupadas para los libros: para imprimirlos, venderlos y leerlos. La editorial "Mac Millan & Co." es un negocio próspero. Antes de dormir, el primer ministro lee una hora por lo menos. Sus autores favoritos son Shakespeare y Homero. A este último lo relee todos los años, y en 1915, herido, lo releyó en el campo de batalla.

El conservatismo inglés no habría podido encontrar un hombre mejor para tratar de salvarse. Mac Millan parece hecho expresamente. Su único inconveniente en su salud perfecta, pues a la hora de. un fracaso no podrá contar con la complicidad de su médico. Su caída, probablemente no muy lejana, tendrá que ampararse en una coartada diferente.

 

Dos jóvenes aventureros perdidos en los Alpes dieron lugar a esta dramática pregunta:

 

¿Deben arriesgarse 30 vidas para salvar a 2 locos?

...parecía un milagro: después de 10 días sin recursos, a 35 bajo cero, azotados por una tempestadimplacable, los dos muchachos estaban vivos.

 

Una tempestad polémica hace temblar la prensa europea. Sus bases pueden sintetizarse en dos puntos:

1) ¿Cuánto cuestan dos hombres?

2) ¿Es justo arriesgar la vida de treinta individuos para tratar de salvar a dos?

Hasta hace un mes, los dos muchachos que han dado ocasión a la polémica eran modestos estudiantes en París y Bruselas. El mayor se llama Jean Vincendon, de 24 años, francés y vivía con sus padres en un apartamento del distrito XI de París. El otro se llama Francis Hanri, de 23, vecino de Bruselas. El 20 de diciembre, esos dos muchachos con una cierta experiencia y una desmedida aspiración de alpinistas, se cumplieron una cita en la estación invernal de Chamonix para intentar una temeraria aventura: la ascención del Monte Blanco por la ruta más difícil. Hace ahora casi un mes que partieron y aún se encuentran allá, a 400 metros de altura, con 35 grados bajo cero, sin alimentos, ni drogas ni calefacción, congelados en la cabina de un helicóptero destrozado. Nadie sabe si están vivos o muertos. Pero ante la suposición bien fundada de que estén muertos y la evidencia de que sería preciso arriesgar treinta hombres para comprobarlo, se ha desistido de las operaciones de rescate.

Hasta el momento en que se hizo la última tentativa –el jueves 3 de enero– las labores de rescate habían costado casi 400.000.000 de francos, incluidos los 120.000.000 de un helicóptero que se destrozó contra la montaña. Un periódico se ha preguntado: "¿Es justo gastar tantos millones para salvar dos locos mientras tanta gente padece hambre y miseria?". Y el mismo periódico se ha respondido: "Mientras haya locos capaces de arriesgar su vida gratuitamente, debe haber otros suficientemente locos para arriesgar la suya tratando de salvarlos. Una cosa así no puede suscitar sino admiración".

La opinión pública tiene los pelos de punta, pero la conciencia oficial está tranquila, pues los padres de las víctimas manifestaron el jueves: "Nosotros sabemos que todo ha sido intentado por salvar a nuestros muchachos. Sabemos que todo se ha perdido y suplicamos no arriesgar la vida de más hombres". Era una actitud elemental. Pero la polémica continúa y el público se pregunta si, a pesar de la tempestad, el hambre y el frío, Vincendon y Henri no están todavía allá, esperando, confiados en la caridad cristiana y en la solidaridad deportiva.

 

Dos puntos negros en la nieve

 

Este drama terrible comenzó el 23 de diciembre a las dos de la madrugada. Alguien se presentó a esa hora a la oficina de la escuela de ski de Chamonix, a decir que había dos muchachos en peligro en la falda del Monte Blanco. Nada podía hacerse: una tempestad de nieve azotaba la región. Era miércoles. El jueves en la tarde cesó la tempestad y un despacho trasmitido por radio desde un puesto de observación avanzado, anunció: "Hay dos puntos negros a 200 metros bajo la cima del Monte Blanco". En ese instante Vincendon y Henri tenían cuatro días de estar perdidos, y helados y sin recursos en el infierno de hielo.

Los aviones y helicópteros que se largaron inmediatamente no pudieron localizar hasta el viernes los dos puntos negros. Entonces comprobaron que esos dos puntos negros estaban vivos, pero en uno de los sitios más peligrosos de la tierra: bajo una gigantesca muralla de hielo que amenazaba con desprenderse. Un helicóptero lanzó víveres y drogas junto con una corriente de polvo rojo que indicó a los dos alpinistas el camino de la salvación. Sin embargo, al día siguiente –sábado– ­otro helicóptero los vio exactamente en el mismo sitio. Uno de ellos, aparentemente Henri, yacía inmóvil en la nieve. Pero no estaba muerto, porque el otro trataba de reanimarlo. Dos cosas podían ocurrir: o bien estaban congelados, imposibilitados para moverse, o bien estaban ciegos a causa de la nieve. Ambas cosas a la vez eran igualmente posibles.

El jefe de la Escuela de Altas Montañas, señor Le Gall, se hizo cargo personalmente de las operaciones. El ministro del Aire Francés, señor Henri Laforest, se trasladó a Chamonix. Pero sus hombres fueron eclipsados por la estrella del drama: el famoso alpinista Lionel Terray, vencedor del Anapurma de la expedición de Herzoc, vencedor del Friz Roy y del llamado "pico imposible", el Chacraraju, en los Andes. Con un admirable sentido de la solidaridad deportiva, este alegre Tarzán de las alturas organizó por su cuenta una expedición y se dispuso a desafiar el Monte Blanco. Era viernes. Por razones administrativas la expedición no pudo partir hasta el lunes. Esa tarde, un helicóptero volvió a ver a los alpinistas perdidos y regresó con una noticia que parecía un milagro: después de 10 días sin recursos, a 35 bajo cero, azotados por una tempestad implacable, los dos muchachos estaban vivos. Su prodigiosa resistencia había rebasado todos los cálculos.

 

¡Catástrofe!

 

El 31 de diciembre –mientras el mundo se preparaba para recibir el Año Nuevo– fue un lunes despejado, claro y tibio, en Chamonix. Esa circunstancia permitió proyectar una tentativa arriesgada. Un helicóptero perfectamente equipado se proponía llevar a cabo una operación precisa: aterrizar, con drogas, alimentos y los dos guías mejor calificados del país, en el sitio donde se encontraban Henri y Vincendon. Europa siguió minuto a minuto, a través de la radio y la prensa, las peripecias de esa tentativa. Mil personas vieron decolar al helicóptero "55", piloteado por el comandante Santini y el ayudante Bland. A bordo, los dos guías que mejor conocen el Monte Blanco: Charles Germain y Honoré Bonnet. Un helicóptero de observación, conducido por el coronel Nalet, lo siguió a corta distancia.

Eran las 12 del día cuando decolaron. Setenta y dos minutos después el coronel Nalet regresó a su base, atribulado, con una noticia tremenda: el helicóptero "55" se destrozó en las faldas del Monte Blanco.

Ahora no eran dos, eran seis hombres a rescatar, pues los cuatro que viajaban en el helicóptero estaban sanos y salvos. Más aún: habían logrado aterrizar junto a Henri y Vincendon, quienes –después de doce días sin recursos, helados, a 35 bajo cero– estaban perfectamente vivos. Una tromba de nieve, producida por las aspas del helicóptero "55", había destrozado la nave contra la falda de la montaña.

En ese momento, la expedición terrestre de Terray había ganado suficiente terreno para llegar al lugar de la catástrofe en las próximas veinticuatro horas. Pero en el vuelo de regreso a su base, atolondrado, el coronel Nalet les gritó desde el helicóptero:

Catastrophe, ils sont tombés.

Ese grito, en francés, es una muy vaga manera de decir que un helicóptero se había destrozado. Pero es también una muy vaga manera de decir que Henri y Vincendon estaban muertos. Terray –que no tenía noticias de la expedición aérea– interpretó el grito de otro modo: "Catástrofe, los dos muchachos están muertos". Entonces dio media vuelta y regresó a Chamonix. Esa noche, dispersos en los tremendos caminos del Monte Blanco, 16

hombres saludaron el año de gracia de 1957 a 4.000 metros sobre el nivel de sus hogares.

 

Europa tembló por ellos

 

El día del Año Nuevo despertó con una noticia que habría de encender la polémica: los cuatro hombres caídos en el helicóptero tenían derecho a ser rescatados antes que Henri y Vincendon. Las cosas se plantearon de este modo: los dos muchachos habían cometido una imprudencia. Una imprudencia que ya era demasiado costosa en dinero para que lo fuera además en vidas humanas. Se consideró de una justicia elemental rescatar a quienes habían arriesgado sus vidas para salvar la de dos aventureros. Una pregunta circuló ese día: "¿Es necesario arriesgar la vida de muchos hombres para rescatar a dos muchachos que iniciaron esta aventura por su propia cuenta, conociendo los riesgos y contra todas las advertencias del peligro?". Un periódico respondió: "El deporte no es solamente un ejercicio de los músculos. Es también la escuela del coraje y de la audacia. Un gran país tiene necesidad de una juventud que sepa correr grandes riesgos. No correr en su socorro es condenar sus aspiraciones". Fue un argumento acogido por la mayoría de la prensa, la más fuerte y la más seria.

Sin embargo, la determinación estaba tomada: los últimos serían los primeros. Además, lo más grave: el piloto Santini y el ayudante Bland no estaban preparados para sobrevivir en las alturas. Estaban simplemente equipados con sus ligeros trajes de mecánicos.

Curiosamente, arriba en el Monte Blanco, los dos guías pensaban lo mismo que en ese momento se pensaba en Chamonix: los últimos serán los primeros. He aquí lo que ocurrió, relatado por el guía Bonnet: "Desde el momento en que aterrizamos tuvimos el temor de que nuestro helicóptero explotara. El aparato se había averiado entre dos depresiones sin fondo de las cuales nadie habría podido rescatarnos. Abandonamos la nave, nos dirigimos donde Henry y Vincendon, y constatamos que sus miembros estaban congelados y no podían moverse.

Los transportamos hasta la cabina del helicóptero. Comprobamos así mismo que el material lanzado en paracaídas no había podido ser utilizado por ellos, pues, helados como estaban, no podían servirse de sus manos. Sus dedos estaban tan congelados que ni siquiera pudieron accionar el calentador de gas que habían recibido".

En esas circunstancias, con el comandante Santini progresivamente congelado y el ayudante Bland herido, los dos guías iniciaron el descenso. Henri y Vincendon quedaron con la cabina del helicóptero, confiados en la promesa de que regresarían a buscarlos. Tenían trece días de perdidos y estaban vivos.

Dos días después, las expediciones terrestres organizadas para rescatar los tripulantes del helicóptero los encontraron en las cercanías el refugio Vallot. Se encontraban en condiciones terribles, pero sanos y salvos. Sólo el ayudante Bland necesitaba cuidados de emergencia. En un principio se temió que fuera preciso amputarle una mano, pero ese peligro ha desaparecido.

Europa sabía entonces que Henri y Vincendon habían sido abandonados y los periódicos se encarnizaron en la polémica. Triste, extenuado, el gigantesco Lionel Terray manifestó, a su regreso a Chamonix: "Yo insisto. Yo conozco muy bien el camino del refugio Vallot al Monte Blanco. Denme diez hombres y yo arrastro a Henri y Vincendon".

Pero esos diez hombres no aparecieron por ninguna parte. Además, en ese instante no había nada que hacer. El comandante Le Gall, director de las operaciones, declaró el jueves dos de enero: "Después de haber interrogado a los dos guías que vieron a Henri y Vincendon el lunes, estoy convencido de que los dos alpinistas, profundamente congelados de piernas y brazos, no pudieron resistir a la tempestad de anoche y al frío de menos 36 que se registró a 4.000 metros de altura. Responsable de la organización de las actividades de rescate, yo no he creído poder tomar la determinación de exponer a la muerte, a 30 expedicionarios". Ese fue el punto final. La próxima diligencia fue fijada para la última semana de la primavera, dentro de tres meses: entonces se organizará una comisión para rescatar los dos cuerpos y darles cristiana sepultura.

 

¿Tiene la culpa Sartre?

 

Suicidio con ASPIRINA. Centenares de muchachos menores de 15 años se suicidan hoy en Francia ¡... con aspirina!

 

PROHIBIDA la venta de aspirina a los menores de 18 años, es la última disposición administrativa en Semur–en–Auxois, un tranquilo villorrio de 3.000 habitantes perdido en la apacible provincia francesa. La medida se dirige especialmente a los 160 internos del colegio rural –70 niñas y 90 varones– que desde hace algún tiempo son objeto de una vigilancia excepcional. Por medio de la aspirina tomada en dosis nocivas, 10 menores de la localidad han tratado de suicidarse en los últimos doce meses. Dos de ellos murieron.

Este hecho alarmante, que ha sembrado el pánico entre los padres de familia de Semur–en­–Auxois, inquieta a los psiquiatras, psicólogos y pedagogos de Francia, empeñados en desentrañar los secretos del misterio. La anciana bibliotecaria municipal, señorita Blanche Blemer, de 70 años, ha tomado una determinación por su cuenta: retiró de la circulación entre los estudiantes los libros de Jean–Paul Sartre y Simone de Beauvoir, pontífices del existencialismo, convencida de que es en esa filosofía donde reside el meollo de la cuestión.

Los periódicos se han ocupado, por razones explicables, muy discretamente del caso. Se han ocultado los nombres propios. Pero esta semana la cuestión ha hecho crisis a causa de una revelación publicada en L'Express por el doctor Georges Mauco, especialista de psicología escolar y una de las más altas autoridades francesas en la materia. "Hechos como los de Semur–en–Auxois son espectaculares y –felizmente– raros", declaró. Y luego, con una naturalidad alarmante, agrega: "Por el contrario, la proporción de suicidios de adolescentes como resultado de malas notas, de fracasos en los exámenes o de aplazamientos por indisciplina, son mucho más inquietantes.

 

SE CALCULAN DOS CASOS POR SEMANA EN FRANCIA. POR RAZONES MUY COMPRENSIBLES, LA PRENSA SE OCUPA DE MUY POCOS".

 

No es una declaración de todos los días. Es probable que a partir de ella la cuestión pase a la Asamblea Nacional y que Francia se vea precisada a iniciar una revisión a fondo de– sus sistemas pedagógicos. Más de 100 menores de edad que se quitan la vida en un año, es un fenómeno que no se puede considerar como secundario. Y esto es tanto más grave, cuanto que las autoridades, no han podido establecer una causa única e indiscutible de los dos suicidios y las ocho tentativas de Semur–en–­Auxois.

Hasta donde lo permite establecer la escasa publicidad que han merecido esos casos, se sabe que el primero de ellos se registró en febrero de 1956. Para esa fecha, un adolescente –que bien pudo llamarse Henri– entró a –la escuela de Semur–en–­Auxois, dos semanas después de que su familia se estableció en el lugar. Henry venía de París. Era flaco, pálido, y de un temperamento hermético. En el internado llamó la atención por su aire absorto, pero especialmente porque se interesaba más en los ejercicios "yoga" que en la aritmética. Antes de acostarse, Henri permanecía varios minutos parado de cabeza, contra la pared, ante la perplejidad de sus compañeros. El mismo explicó: era un tratamiento para el insomnio. Pero al parecer las prácticas "yoga" no eran efectivas, de manera que Henri, para conciliar el sueño, se veía precisado a ayudarse con fuertes dosis de barbitúricos.

Dos semanas después, Henri abandonó el internado y se fue a vivir a una pieza alquilada en una esquina de la plaza. No volvió a la escuela. Preocupados por su ausencia, un grupo de compañeros suyos fueron a buscarlo. Estaba demudado. "Llamen un médico", dijo. Y un momento después, frente al doctor llevado de urgencia, Henri confesó: "He tratado de suicidarme.

Esta semana mezclé más de 100 pastillas de aspirinas con la mermelada". Llevado al hospital, murió pocas horas después.

Es muy poco lo que ha podido sacarse en claro. Al parecer, Henri leyó en una revista americana que la aspirina administrada en dosis masivas podía provocar la muerte. El farmacéutico del villorrio recordó: dos días antes, Henri había ido a preguntarle si la aspirina era realmente tóxica. El farmacéutico consultó su recetario y le informó: "La dosis máxima para 24 horas es seis gramos". En un solo desayuno, molidas y untadas en el pan con la mermelada, Henri había tomado una dosis suficiente para matar un caballo.

La cuestión se olvidó durante todo el año de 1956. Pero hace tres meses, en el internado, una niña de 14 años –que bien puede llamarse Paule­ no pudo levantarse con sus compañeras. Una hora después estaba en el hospital. La pequeña Paule, una rubia de ojos verdes, hija de un comerciante de la localidad, confesó que había tratado de suicidarse. Esa madrugada había ingerido 70 pastillas de aspirina, una tras otra, en el lavamanos del dormitorio.

Desesperados, los médicos trataron de neutralizar con fuertes dosis de suero bicarbonatado la terrible acidez provocada en la sangre por los analgésicos. Se esforzaron por fortalecer su corazón. Pero era tarde. En medio de terribles dolores, Paule murió al anochecer.

Una encuesta adelantada entre sus compañeros de internado, permitió demostrar que muy probablemente la pequeña Paule no conocía la historia de Henri. No había ninguna relación entre los dos casos. Sin embargo, desde hacía cierto tiempo, sus caracteres eran similares. Paule tenía dificultades para dormir. Se volvió hermética. Buscó refugio en la lectura. La única posible explicación de su muerte voluntaria se localizó en el terreno sentimental: según algunos de los estudiantes, la pequeña Paule estaba terriblemente enamorada de un compañero de clases –que podría llamarse Roland–, un bravo muchacho de 17 años que no correspondía a su pasión Roland salía los sábados con otra compañera de colegio. El caso de Paule se clasificó como "decepción amorosa" y fue enterrada discretamente sin que la noticia trascendiera al público.

Dos meses después –el 7 de febrero de este año–, Roland, el indiferente compañero de Paule, sufrió una crisis de nervios en el internado. Su conciencia no lo dejaba en paz, pues se consideraba culpable de la muerte de Paule. Cuando sus compañeros descubrieron su inquietud previnieron a las autoridades del colegio. Pero entonces era casi demasiado tarde: Roland había tomado una fuerte dosis de aspirina. Felizmente, no había logrado adquirir una cantidad suficientemente fuerte y fue salvado.

Los casos de Roland y de Paule son los únicos que han podido relacionarse entre sí. Un caso y otro caso no hacen más que dos, y a partir del mes de febrero –es decir, en treinta días– se registraron en Semur–en–Auxois siete casos médicos. Pero todo el mundo comprende que en el fondo debe haber algo más grave. La prohibición de la venta de aspirina es una simple medida preventiva. No es el remedio para el mal que cunde entre los estudiantes.

"Como nadie me entiende me suicidaré", gritó a sus padres, hace veinte días, un nervioso muchacho de 17 años –que podría llamarse Yves­ después de haber sido aplazado en un examen. Sus padres le hicieron una escena. Yves gritó su amenaza, se metió al bolsillo 50 pastillas de un somnífero utilizado por su madre, y se dirigió al campo. Esa noche, sus padres previnieron a la policía. Se le buscó inútilmente. Antes del amanecer, Yves apareció en su casa, intoxicado. Lo salvó una inmediata intervención médica.

Desde entonces, el terror se apoderó de los pacíficos habitantes de Semur–en–Auxois. Casi todas las semanas se ha registrado un caso. Un aprendiz de carnicero, que sin embargo quería ser marino, no logró convencer a su padres de que le permitieran seguir su vocación. Entonces de preparó un plato mortal: un escalope común y corriente, sólo que en lugar de sal le echó 32 comprimidos de aspirina. Muy tranquilamente dijo a sus padres después del almuerzo: "Voy a morir". Llevado por la fuerza al hospital, logró salvarse.

Si una verdadera relación puede establecerse entre la mayoría de los casos, es que ellos tienen algo que ver con el comportamiento de la familia en relación con los niños. El aprendiz de carnicero y el pequeño Yves trataron de suicidarse porque sus padres no los entendían. Pero en cambio, otra estudiante de 15 años –Francoise– tomó 28 comprimidos de aspirina porque en el internado no podía soportar la ausencia de su madre.

"Estos casos –dice el profesor Mauco– son naturalmente más frecuentes en el clima CONCENTRACIONAL del internado cuya fórmula actual no permite tener cuenta de la EXTREMA FRAGILIDAD DEL ADOLESCENTE, que debe hacer su aprendizaje de adulto cuando todavía no ha logrado liberarse de los fantasmas de la infancia... La concepción napoleónica de las ESCUELAS­CUARTELES, que es todavía la nuestra, ha sido sobrepasada por la evolución psicológica y social del mundo moderno".

 

UN FILM estremece al Japón

 

Un grupo de abogados hacen una película para salvar a cinco hombres de la muerte

 

Una tarde del otoño de 1951 los periódicos de Tokio destacaron en su primera página la crónica de un crimen atroz. Un matrimonio de ancianos campesinos fue asesinado en su propia casa, descuartizado a golpes de hacha. El móvil era evidente. Durante toda su vida, el matrimonio había trabajado duramente para asegurarse una ancianidad tranquila y sin sobresaltos. Una modesta suma escondida entre las tablas del piso era el resultado de esa larga previsión. También esa fue la causa de su muerte.

El estupor de la opinión pública impulsó a la policía japonesa a multiplicar sus esfuerzos para que el crimen no quedara impune. Había muy pocas pistas: una botella vacía, presumiblemente abandonada por el asesino en el portal de la casa. Pero no se encontraron en ella huellas digitales, como tampoco se encontraron en el hacha homicida.

El examen de los cadáveres permitió llegar a una conclusión: había varios autores materiales. Los cuerpos habían sido de tal manera destrozados, que era inverosímil la hipótesis de que un solo hombre hubiera podido descargar los golpes. En realidad –según pensó la policía– varios hombres se habían turnado en el macabro trabajo, hasta convertir los dos cuerpos, literalmente, en un picadillo de carne y hueso.

Una semana después del crimen, un muchacho de la región fue detenido por la policía en una casa de tolerancia. Se comprobó que tenía tres días de estar allí, entregado a las caricias de una complaciente y costosa amiga. Sorprendido, el muchacho, sin ocupación conocida, no pudo explicar el origen de su dinero. Rápidamente la policía construyó su hipótesis y acusó al muchacho del crimen de los ancianos. Pero faltaba algo más: los cómplices. Después de un interrogatorio agotador, el acusado mencionó cuatro nombres. Eran cuatro muchachos de la región –una cuerda de alegres muchachos– que inicialmente negaron sistemáticamente su participación en el crimen. Pero poco tiempo después confesaron. Fueron juzga­dos y condenados. Los abogados defensores –que habían construido sus tesis sobre las propias contradicciones de la policía–_apelaron a la Corte Suprema de Justicia.

Ese es, en síntesis, el hecho que dio origen a una película que acaba de salir en París, y que ha ocasionado una formidable sensación en todos los medios: "Ombres en plein jour", "Sombras en pleno día". Es un documento terrible, y es al mismo tiempo un alegato jurídico, que deja convertidos en cuentos de hadas los tremendos films de Cayatte, "Todos somos asesinos", "Y se hizo justicia". La importancia de esa película, no sólo en la historia del cine sino en la historia de la humanidad, es más que evidente: por primera vez un grupo de abogados utilizan el cine para defender un acusado, cinco en este caso. El fallo de la Corte Suprema de Justicia de Tokio debió conocerse en marzo de 1956, pero "Sombras en pleno día" fue exhibida pocos meses antes. El formidable estremecimiento que ella produjo en la opinión pública, obligó a los magistrados a revisar el caso más a fondo. El fallo fue aplazado hasta diciembre. Pero ha sido aplazado de nuevo, indefinidamente. En realidad, la película ha puesto en tela de juicio los procedimientos de la policía y la justicia japonesa, y lo ha hecho de una manera franca, dramática, en un alegato de dos horas que puede ocasionar serios cambios en la organización del Estado japonés.

Es preciso conocer algunos detalles para comprender la incalculable trascendencia del film. En primer término, el Japón es el único país del mundo donde los argumentos cinematográficos no están sometidos a censura previa. Pero sus autores responden ante la justicia por todo lo que se atreven a afirmar en sus películas.

Por eso fue posible "Sombras en pleno día". Allí se cuenta la misma historia que el público japonés conocía, pero se cuenta desde adentro, partiendo de las mismas hipótesis de la policía. Al final se tiene la impresión de que todas las hipótesis han sido destruidas. El autor no descarta la posibilidad de que los cinco muchachos hayan cometido el crimen. Pero demuestra por qué son deleznables los argumentos de la policía. Allí se ve, en una escena de un dramatismo sobrecogedor, cómo uno solo de ellos pudo descuartizar a las víctimas –ciego de terror– mientras los otros trataban de localizar el dinero. La reconstrucción del tiempo es minuciosa, casi microscópica, y el público tiene la impresión de que la policía debió hilar muy delgado para llegar a sus conclusiones.

Pero no es eso lo más importante: el punto clave, que es también el nudo del film, es la forma en que –según los autores de la película– se consiguió la confesión del primer acusado, así como la de los otros cuatro. Sencillamente, la policía se valió de torturas atroces. Los acusados resistieron. Pero después de una serie de interrogatorios espeluznantes, se vieron precisados a firmar, casi sin conocimiento, todas las confesiones que sus jueces pusieron frente a ellos. Durante el juicio, todos se retractaron. Todos denunciaron los atroces procedimientos por medio de los cuales fueron obligados a confesar. Pero los jueces prestaron oídos sordos a sus protestas, pues, de aceptar como válidas sus acusaciones, habrían tenido que admitir las confesiones forzosas, los tremendos métodos de la policía japonesa. Por eso fueron condenados.

Sin ningún recurso judicial, los abogados insistieron. Y esta vez por un medio insólito y convincente: el cine. Dos grandes del gran cine japonés se presentaron a la empresa. El productor, Tengo Yamaca, productor de "Los hijos de Hiroshima" y "Los pescadores de Cangrejos", y el guionista, Shinohy Hahimoto, autor de "Rashomon" y los "Siete Samurai". Esas cuatro películas son cuatro claves en la historia del cine. Pero el momento culminante es "Sombras en pleno día". La razón es sencilla: si la Corte Suprema de Justicia falla en favor de la película, tiene que reconocer la atrocidad de los métodos policivos. Eso significaría nada menos que el punto de partida para una revisión general de todos los procesos judiciales hechos en el Japón en los últimos años. Y habría que hacer, sin remedio, una reforma a fondo de la administración pública.

Pero si la Corte Suprema de Justicia falla en contra de la película –es decir, si confirma el fallo de los jueces– el producto, el guionista y el director, saben a qué atenerse: serán juzgados y encarcelados por difamación. No es un accidente: ellos lo sabían desde antes de iniciar la filmación. Simplemente tuvieron el valor de correr los riesgos. Por ahora, tienen ganada la primera partida: la opinión pública está en pie, reclamando justicia, y la Corte Suprema se ha visto precisado a aplazar su veredicto. Pero hay un límite: antes de que finalice el presente año la cuestión debe estar definida.

Los aplausos del público francés se han dirigido especialmente al coraje del productor, Tengo Yamaca, que por tercera vez corre el riesgo de decir tremendas verdades en el cine. La primera es inolvidable: "Los hijos de Hiroshima", una dramática acusación por el lanzamiento de la bomba atómica sobre una ciudad civil. El film tuvo problemas con la censura occidental, pero en estos momentos ha sido exhibido en casi todo el mundo, y los convincentes argumentos expuestos en él pare­cen definitivamente aceptados. El otro film –exhi­bido hace poco tiempo en París– ha sido considerado por la crítica como el sucesor del "Acorazado Potemkin", de Eisenstein. Es la patética acusación de los métodos de explotación de los pobres "Pescadores de Cangrejos". Un film espeluznante que, como "Los hijos de Hiroshima" y "Sombras en pleno día", ha sacudido a la opinión pública. En síntesis, Tengo Yamaca es un acusador implacable. "Sombras en pleno día", una película sin antecedentes.

 

Y ahora a los médicos un ¡arma poderosa!

 

El 'Gabo' presencia una operación del cerebro donde no abrieron el cráneo.

 

En el plácido hospital de Sainte-Anne, en París, acabo de presenciar una operación quirúrgica trascendental que es al mismo tiempo una primicia informativa: una intervención en el tronco cerebral sin necesidad de abrir el cráneo. El paciente –un hombre de 59 años– conservó el uso de sus facultades durante las tres horas que duró la operación. Respondió preguntas y orientó a los médicos en su trabajo sin revelar ninguna manifestación de fatiga. Media hora después almorzó normalmente.

Sin embargo, se trataba de una delicadísima operación de alta cirugía destinada a destruir las estructuras cerebrales causantes de un Parkinson, enfermedad vulgarmente conocida como baile de San Vito. Hace algún tiempo la operación habría sido imposible. La aplicación de los métodos clásicos de la neurocirugía determinaba lesiones masivas en el manto cerebral, con graves riesgos en el momento de la operación y consecuencias irreparables en el estado general del paciente. Pero la ciencia no se dio por vencida.

Hace diez años, dos cirujanos norteamericanos –Spiegel y Wydis– y un francés –Taillerach–, trabajando independientemente, aplicaron al hombre un método hasta entonces utilizado en la experimentación animal: la extereotaxia. Ese método consiste en calcular previamente –por medio de radiografías– la localización en el cerebro de las estructuras que se desean abordar, y destruirlas luego sin abrir el cráneo, por medio de una minúscula vía de acceso: un orificio del tamaño de una moneda de a centavo. La utilización de la radioactividad en los últimos años ha sido un complemento del método. El doctor Taillerach, un hombre sencillo, de apariencia despreocupada y un poco deportiva, fue precisamente quien dirigió la operación que acabo de presenciar.

El primer tiempo de la intervención se dedicó exclusivamente a provocar estímulos eléctricos en el cerebro del paciente. Previamente se había instalado en el cráneo rasurado un complejo aparato de precisión que permitió introducir los electrodos exactamente en el sitio calculado. En una operación de esta índole no se pueden permitir errores de localización mayores de dos milímetros. Ligeramente anestesiado en el momento de perforar el orificio, el paciente recobró posteriormente sus facultades y tomó parte activa en el proceso operatorio.

Entonces se iniciaron los estímulos cerebrales. Ligeras descargas eléctricas en la estructura abordada para determinar las reacciones en la rigidez y el temblor de los miembros.

–¿Qué siente?

Perfectamente lúcido y sereno, el enfermo respondió:

–Un hormigueo en el cerebro.

Sin embargo, ese era el momento culminante de la intervención. Con una minuciosidad, una paciencia asombrosa, los cirujanos verificaron durante una hora la exactitud de los cálculos radiográficos. Los estímulos eléctricos estaban actuando exactamente sobre las estructuras que se necesitaban destruir. En un momento, en el curso de una descarga, cesó el temblor de las manos, la rigidez cedió. Eso tenía una significación precisa: los estímulos eléctricos estaban actuando directamente sobre las estructuras que producen el conocido y enervante temblor del baile de San Vito.

A principios de siglo se habría podido llegar hasta ese punto, pero en cambio hubiera sido imposible ir mucho más allá. Faltaba un elemento esencial: la radioactividad. El mismo principio que ocasionó en Hiroshima 62.000 muertos en un segundo ha permitido a la ciencia dar un salto incalculable. En efecto, para destruir en el tronco cerebral, por los métodos clásicos, una estructura determinada, sería preciso no sólo descubrir el cráneo –"operar a cielo abierto", como dicen los especialistas– sino también seccionar la delicada masa encefálica hasta el punto de ocasionar la muerte del paciente. La sabiduría popular tiene una frase para calificar esa clase de recursos: "el remedio es peor que la enfermedad".

En la actualidad la destrucción de esas estructuras es posible: basta con la introducción en el cerebro –y en el sitio exacto donde es preciso actuar– de una partícula de oro radioactivo. 

–¿Y después? –pregunto. ¿Qué será de un pobre hombre con un pedazo de oro en el cerebro? También la última respuesta es muy simple: –Una partícula de oro se puede llevar en el cerebro como se lleva un diente.

 

Fragmentos de una entrevista al autor

 

“Esta es la tierra de Macondo

donde nació Gabrielito

todo el mundo lo conoce

con el nombre de Gabito”

 

Copla pueblerina que recibe a los visitantes de Arataca

 

(...) "Mi padre se llamaba como yo, Gabriel, Gabriel Eligio García. Era el telegrafista de Arataca. Era la época fastuosa del plátano en la Costa Atlántica de Colombia y la gente llegaba de todas partes con la esperanza de hacer fortuna gracias al 'oro verde'. Uno escuchaba hablar todos los idiomas. La 'United Fruit' había comprado tierras y Arataca se había convertido en un poblado próspero. En la noche, para bailar cumbia, se quemaban los billetes como velas. Poco después de su llegada, mi padre le hizo la corte a mi madre, Luisa Santiaga, hija del coronel Márquez Iguarán, que había combatido en el campo liberal durante la Campaña de los Mil Días. Una terrible guerra civil que duró de 1899 hasta 1902. Cuando se casaron, un poco en contra de la voluntad de mis abuelos; mis padres se instalaron en otra parte, en Riohacha. Pero yo nací en Arataca... Después de mi nacimiento, volvieron a partir. Creo que fueron abrir negocio en Barranquilla. Me dejaron al cuidado de mis abuelos".

 

(...) "Los muertos sólo aparecen en las casas grandes, es por eso que me dan miedo. Ahora, me río cada vez que escucho que tengo un castillo en la Costa Azul y un palacio en Cuernavaca. Vivo siempre en casas pequeñas porque allí no salen los muertos. En esa casa de Arataca había una pieza desocupada donde estaba muerta mi tía Petra. Otra habitación desocupada donde estaba muerto mi tío Lázaro. Entonces en la noche no se podía caminar, ya que habían más muertos que vivos. Me sentaba, a las seis, en un rincón, y me decían: `No te muevas, si no tu tía Petra, que está en su habitación, va a venir, o el tío Lázaro, que está en la suya'. Y yo me quedaba siempre sentado".

Siempre García Márquez ha reconocido que su infancia está marcada por la influencia de sus abuelos. Ella, doña Tranquilina, le contaba leyendas, fábulas, historias de fantasmas o recuerdos nostálgicos de la época bananera. El coronel, su abuelo, lo llevaba al circo o al "biógrafo", o le repetía incansablemente episodios de la guerra civil. Como ha dicho en otras oportunidades: "Después de la muerte de mi abuelo, nada importante me ha sucedido".

 

(...) "El día que terminé mi novela –se refiere a Cien años de soledad– fuimos al correo, Mercedes y yo, para enviar el manuscrito a mi editor en Argentina. El empleado pesó las 700 páginas; `son 83 pesos', –'Tene­mos sólo 45', anunció Mercedes. Separé el manuscrito en dos: `pese esto y réstele hasta 45 pesos'. Arrancamos las hojas tal como se expende la carne. Volvimos a la casa con la mitad del libro. Mercedes fue a llevar a la 'casa de empeño' todo nuestro patrimonio: la estufa (no puedo escribir cuando tengo frío), nuestro secador de pelo y una batidora... Le dieron 50 pesos. Volvimos al correo. El segundo envío costaba 48 pesos. Mercedes guardó los dos que le devolvieron. Estaba verde de rabia: `¡Y ahora, lo único que falta es que este maldito libro sea malo!' ".

 

Por fortuna, los temores de Mercedes sólo quedaron allí.

 

Tomado de entrevista realizada por Claude Couffon, publicado en la revista Elite. N° 2682 del 18/3/77. El autor de dicha entrevista es traductor al francés de El otoño del patriarca.

 

 

 

 

El sabio no dice lo que sabe, y el necio no sabe lo que dice.

Si los hombres han nacido con dos ojos, dos orejas y una sola lengua es porque se debe escuchar y mirar dos veces antes de hablar

Lo que importa verdaderamente en la vida no son los objetivos que nos marcamos, sino los caminos que seguimos para lograrlo.

Hay dos cosas que son infinitas: el universo y la estupidez humana; de la primera no estoy muy seguro.

Hay dos cosas que son infinitas: el universo y la estupidez humana; de la primera no estoy muy seguro.

El nacimiento y la muerte no son dos estados distintos, sino dos aspectos del mismo estado

Las personas son como la Luna. Siempre tienen un lado oscuro que no enseñan a nadie.

Las conversaciones son siempre peligrosas si se tiene algo que ocultar

El saber y la razón hablan, la ignorancia y el error gritan.

Todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de mofa

Algunas personas son tan falsas que ya no distinguen que lo que piensan es justamente lo contrario de lo que dicen.

Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no escucha.


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