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  EL MIEDO

Guy de Maupassant

 

(Henri-René-Albert) Guy de Maupassant nació en el castillo de Miromesnil, a 8 kilómetros de Dieppe, el 5 de agosto de 1850. Su padre, Gustave de Maupassant, encantador y libertino, no estaba desprovisto de talento, pero jamás lo usó, salvo para seducir. Su madre, Laure de Maupassant, amiga de la infancia de Flaubert, era una mujer sensible y cultivada, orgullosa de la nobleza adquirida por matrimonio, ya que los Maupassant fueron comerciantes ennoblecidos por Francisco III, a principios del siglo XVIII .

Desde sus primeros años, Maupassant asiste a reyertas continuas, suscitadas por los desvíos sentimentales del padre, hasta que se produce la ruptura de la pareja cuando Guy cuenta 12 años de edad. Queda al cuidado de la madre, quien influye grandemente en el futuro escritor, como él mismo lo reconocerá más tarde. La ruptura no provoca en el joven Guy resentimientos presentes ni futuros hacia el padre; se transforma en el mentor, en el que aconseja y guía, actitud que mantiene también hacia su hermano Hervé, nacido en 1856, una criatura violenta, no demasiado inteligente, sobre quien Guy vela toda la vida, cuidados que hace extensivos a la mujer y a la hija, y prolonga cuando Hervé es internado, con signos incontrastables de desarreglo mental, en un hospital psiquiátrico donde muere en 1889, murmurando en un instante último de lucidez el nombre querido del hermano: «¡Guy, mi Guy!». Pero antes, en el momento mismo de su internación, había lanzado Hervé esta acusación escalofriante: «¡Tú eres el loco!», frase que Maupassant recuerda como una premonición inexorable cuando observa con el tiempo los primeros signos de su propia locura.

El marco familiar de Guy de Maupassant puede explicar muchos aspectos de su carácter y, por supuesto, también de su obra. Como reflexionará Maupassant, ya adulto, las reyertas feroces entre sus padres, que llegaban a la agresión física, fueron el origen de su profundo pesimismo. Más tarde, dos experiencias terminan de completar ese primer ciclo que se cierra con el inicio de la juventud, ambas lo marcan de manera fundamental: su encuentro con el poeta A.-C. Swinburne y su amigo Powell, y el tiempo pasado en el instituto eclesiástico de Ivetot.

Durante sus vacaciones en Etretat, Maupassant, que cuenta 14 años, se arroja al agua una mañana para salvar a un borracho: Swinburne. Como consecuencia, es invitado a la extraña casa que Swinburne, flaco y agitado por un temblor continuo, comparte con su obeso amigo Powell y un gran mono, cuyo olor fétido envenena el aire. Casa macabra y morbosa, llamada sugestivamente «Dolmancé», como el personaje de Sade, sobre la que corren siniestros rumores de prácticas con niños y animales. Los dos amigos instruyen al joven Maupassant, le muestran libros con ilustraciones de una compleja obscenidad, le sirven licores fuertes en su primera visita y, en la segunda, un filtro que lo atonta. Maupassant tiene el tino de no regresar a esa casa, pero dos lecciones, dado el poder y la entrega de los maestros, serán suficientes. Maupassant guardará toda su vida el recuerdo de las imágenes y de los preceptos, y adecuará la enseñanza a sus propios apetitos.

Conservará incluso un recuerdo material obtenido en una de sus visitas: una mano momificada, carroña que observará constantemente, que será objeto de sus reflexiones y que le servirá de tema para dos cuentos: «La mano» y «La mano disecada».

Los cuatro años en el instituto eclesiástico de Ivetot, si bien le proporcionan una sólida educación, alteran su carácter; el encierro, la mala alimentación, la suciedad personal, la hipocresía imperante, lo llevan a tales estados depresivos que su madre decide finalmente, cuando Guy tiene 17 años, arrancarlo del instituto clerical y anotarlo como interno en el Liceo de Rouen, donde entra en estrecho contacto, los días de salida, con Louis Bouilhet (1822-1869). Bouilhet, amigo de Flaubert, goza de discreta fama como dramaturgo y poeta. Él conoce los primeros trabajos de poesía de Maupassant, y le otorga una ayuda inteligente que alterna el conocimiento y la exigencia con el más franco estímulo.

Recibido de bachiller en letras, Maupassant se traslada a París, donde piensa obtener la licenciatura en derecho. Allí lo sorprende la guerra de 1870, que él hace en los servicios de intendencia . No obstante, la padece y observa agudamente sus desastres como para adquirir desde entonces una repulsión infinita por la guerra y los guerreros, y por todo tipo de nacionalismo.

Su inclinación por la literatura es firme, y sabiendo que ser escritor significa tener un segundo oficio para subsistir, comienza a trabajar en el Ministerio de Marina, donde permanece desde 1872 hasta 1878, y luego en el Ministerio de Instrucción Pública, entre 1878 y 1880. Del vía crucis de tan larga burocracia, Maupassant ha dejado amplia información en su Diario. Trabajos maquinales, rutina, aburrimiento mortal, mezquindades. Para huir del tedio y para satisfacer una sexualidad particular, cuyo signo es la avidez inagotable, Maupassant, gran amigo del agua, de la navegación a vela, del remo, se relaciona con el mundo de las orillas del Sena, principalmente con sus mujeres, «queridas de una tripulación y no de un solo amante», aunque no ignora que su frecuentación lo expone a riesgos seguros de enfermedad, asiste y participa activamente de las rústicas orgías, organiza una sociedad secreta, la de los «Crépitiens», donde se encuentra a sus anchas porque practican, él y sus compañeros, el humor brutal, las competencias fálicas, los excesos sexuales y el sacrilegio. Pero su frecuentación del mundo de las mujeres del Sena le proporcionará material para su escritura, todo lo que vive, lo que le cuentan, lo que observa, lo guardará en su prodigiosa memoria.

A pesar del trabajo burocrático y de sus excesos, Maupassant lleva a cabo un concienzudo aprendizaje. Para esto, tiene al mejor maestro: Flaubert. Impensable es Maupassant sin Flaubert. Flaubert, que como buen misántropo se revela capaz de las muestras de generosidad y amistad más absolutas, es el soporte que permite a Maupassant lanzarse fructíficamente a la aventura de escribir. De la sabiduría de los consejos de Flaubert, de su exigencia de rigor, de su sagacidad en no imponer a Maupassant su propia visión sino en descubrirle la que le pertenece, Maupassant extrae el mejor provecho. Flaubert lo llama cariñosamente y en broma «mi discípulo» y le repite la frase de Buffon: «El talento no es más que una larga paciencia». Con el tiempo, Maupassant paga la inmensa deuda que tiene con Flaubert, como se paga siempre cuando el alumno es a su vez un maestro.

En esos años, entre 1870 y l880, Maupassant se relaciona con el mundo literario de su época (Zola, Daudet, Jean Lorrain, Edmond de Goncourt) y publica sus primeros relatos, a veces con su nombre, a veces bajo el seudónimo de Maufrigneuse o Guy de Valmont. No forma familia, aunque de hecho la tiene, tres hijos con una humilde empleada, cuya educación y subsistencia atiende, pero que jamás reconoce social ni legalmente.

En junio de 1880, Maupassant, que ya había alcanzado notoriedad con la publicación de «Bola de Sebo», renuncia al Ministerio y se traslada a su finca de Etretat, donde pasa largas temporadas. «La vida, tan corta, tan larga, se vuelve a veces insoportable», entonces viaja: al África, a Inglaterra, a las costas de Italia. Pero en esas temporadas junto al mar, en Etretat, intenta ordenar y pacificar esa vida insoportable. Se levanta temprano, almuerza frugalmente, pasea por los bosques, juega a las bochas y al criquet. Y escribe, sin desayunar siquiera para no entorpecer su lucidez, y termina sus dos últimas novelas: «Fort comme la mort» (1889)y «Notre coeur» (1890). Escribe mientras afronta sus enfermedades imaginarias que corren parejas con sus enfermedades reales, como las terribles jaquecas, y se habitúa al uso del éter, del opio y del haschich. Su hipocondría aumenta y las señales de un desequilibrio que jamás afectó su memoria ni su obra, se repiten como s.o.s. de su propia, amenazada cordura.

En diciembre de 1891, como una premonición, redacta su testamento. Entre destellos de lucidez, donde analiza su estado, fabula penosamente, lo rodean miedos, alucinaciones. Se precipita en la locura. Lo sexual persiste bajo formas solitarias, ingenuas o amenazadoras. El 1· de enero de 1892 intenta suicidarse y el 7 es internado en un sanatorio de Passy, donde muere el 6 de julio del año siguiente. En su entierro, los escritores y compañeros de Maupassant, para distraerse del tedio angustioso, intercambian chistes y anécdotas fúnebres de subida obscenidad, según cuentan los Goncourt en su Diario. Como dice Albert-Marie Schmidt en su excelente «Maupassant par lui-meme», «a Maupassant, gran amante del humor negro, no le hubiera fastidiado y hasta lo hubiera agradecido, quizá, como una ofrenda conforme a su genio».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El miedo

 

Guy de Maupassant

 

Volvimos a subir a cubierta después de la cena. Ante nosotros, el Mediterráneo no tenía el más mínimo temblor sobre toda su superficie, a la que una gran luna tranquila daba reflejos. El ancho barco se deslizaba, echando al cielo, que parecía estar sembrado de estrellas, una gran serpiente de humo negro; detrás de nosotros, el agua blanquísima, agitada por el paso rápido del pesado buque, golpeada por la hélice, espumaba, removía tantas claridades que parecía luz de luna burbujeando.

Ahí estábamos, unos seis u ocho, silenciosos, llenos de admiración, la vista vuelta hacia la lejana África, a donde nos dirigíamos. De pronto el comandante, que fumaba un puro en medio de nosotros, retomó la conversación de la cena.

—Sí, aquel día tuve miedo. Mi navío se quedó seis horas con esa roca en el vientre, golpeado por el mar. Afortunadamente, por la tarde nos recogió un barco carbonero inglés que nos había visto.

Entonces un hombre alto con el rostro quemado, de aspecto serio, uno de esos hombres que uno imagina que han cruzado largos países desconocidos, en medio de peligros incesantes, y cuyos ojos tranquilos parecen conservar, en su profundidad, algo de los países extraños que han visto; uno de esos hombres que uno adivina empapado en el valor, habló por primera vez: —Usted dice, comandante, que tuvo miedo; no le creo en absoluto. Usted se equivoca en la palabra y en la sensación que experimentó. Un hombre enérgico nunca tiene miedo ante un peligro apremiante. Está emocionado, agitado, ansioso; pero el miedo es otra cosa.

El comandante prosiguió, riéndose: —¡Caray ! Le vuelvo a decir que yo tuve miedo.

Entonces el hombre de tez morena dijo con una voz lenta : —¡Permítame explicarme ! El miedo (y hasta los hombres más intrépidos pueden tener miedo) es algo espantoso, una sensación atroz, como una descomposición del alma, un espasmo horroroso del pensamiento y del corazón, cuyo mero recuerdo provoca estremecimientos de angustia. Pero cuando se es valiente, esto no ocurre ni ante un ataque, ni ante la muerte inevitable, ni ante todas las formas conocidas de peligro: ocurre en ciertas circunstancias anormales, bajo ciertas influencias misteriosas frente a riesgos vagos. El verdadero miedo es como una reminiscencia de los terrores fantásticos de antaño. Un hombre que cree en los fantasmas y se imagina ver un espectro en la noche debe de experimentar el miedo en todo su espantoso horror.

«Yo adiviné lo que es el miedo en pleno día, hace unos diez años. Lo experimenté, el pasado invierno, una noche de diciembre.

«Y, sin embargo, he pasado por muchas vicisitudes, muchas aventuras que parecían mortales. He luchado a menudo. Unos ladrones me dieron por muerto. Fui condenado, como sublevado, a la horca en América y arrojado al mar desde la cubierta de un buque frente a la costa de China. Todas las veces creí estar perdido e inmediatamente me resignaba, sin enternecimiento e incluso sin arrepentimientos.

«Pero el miedo no es eso.

«Lo presentí en África. Y, sin embargo, es hijo del Norte; el sol lo disipa como una niebla. Fíjense en esto, señores. Entre los orientales, la visa no vale nada; se resignan en seguida; las noches están claras y vacías de las sombrías preocupaciones que atormentan los cerebros en los países fríos. En Oriente, donde se puede conocer el pánico, se ignora el miedo.

«Pues bien, esto es lo que me ocurrió en esa tierra de África:

«Atravesaba las grandes dunas al sur de Uargla. Es éste uno de los países más extraños del mundo. Conocerán la arena unida, la arena recta de las interminables playas del Océano. ¡Pues bien! Figúrense al mismísimo Océano convertido en arena en medio de un huracán; imaginen una silenciosa tormenta de inmóviles olas de polvo amarillo. Olas altas como montañas, olas desiguales, diferentes, totalmente levantadas como aluviones desenfrenados, pero mis grandes aún, y estriadas como el moaré. Sobre ese mar furioso, mudo y sin movimiento, el sol devorador del sur derrama su llama implacable y directa. Hay que escalar aquellas láminas de ceniza de oro, volver a bajar, escalar de nuevo, escalar sin cesar, sin descanso y sin sombra. Los caballos jadean, se hunden hasta las rodillas y resbalan al bajar la otra vertiente de las sorprendentes colinas.

«Íbamos dos amigos seguidos por ocho espahíes y cuatro camellos con sus camelleros. Ya no hablábamos, rendidos por el calor, el cansancio, y resecos de sed como aquel desierto ardiente. De pronto uno de aquellos hombres dio como un grito; todos se detuvieron; permanecimos inmóviles, sorprendidos por un inexplicable fenómeno conocido por los viajeros en aquellas regiones perdidas.

«En algún lugar, cerca de nosotros, en una dirección indeterminada, redoblaba un tambor, el misterioso tambor de las dunas; sonaba con claridad, unas veces más vibrante, otras debilitado, deteniéndose, e iniciando de nuevo su redoble fantástico.

«Los árabes, espantados, se miraban; uno dijo, en su idioma: "La muerte está sobre nosotros." Y entonces, de pronto, mi compañero, mi amigo, casi mi hermano, se cayó de cabeza del caballo, fulminado por una insolación.

«Y durante dos horas, mientras intentaba en vano salvarle, aquel tambor inalcanzable me llenaba el oído con su ruido monótono, intermitente e incomprensible; y sentía deslizarse por mis huesos el miedo, el verdadero miedo, el odioso miedo, frente al cadáver amado, en ese agujero incendiado por el sol entre cuatro montes de arena, mientras el eco desconocido nos arrojaba, a doscientas leguas de cualquier pueblo francés, el redoble rápido del tambor.

«Aquel día entendí lo que era tener miedo; y lo supe aún mejor en otra ocasión...

El comandante interrumpió al narrador: —Perdone, señor, pero ¿aquel tambor? ¿Qué era?

El viajero contestó: —No lo sé. Nadie lo sabe. Los oficiales, a menudo sorprendidos por ese ruido singular, lo suelen atribuir al eco aumentado, multiplicado, desmesuradamente inflado por las ondulaciones de las dunas, de una lluvia de granos de arena arrastrados por el viento al chocar con una mata de hierbas secas; ya que siempre se ha comprobado que el fenómeno se produce cerca de pequeñas plantas quemadas por el sol, y duras como el pergamino.

«Aquel tambor no sería más que una especie de espejismo del sonido. Eso es todo. Pero no lo supe hasta más tarde.

«Sigo con mi segunda emoción.

«Ocurrió el invierno pasado, en un bosque del noreste de Francia. El cielo estaba tan oscuro que la noche llegó dos horas antes. Tenía como guía a un campesino que andaba a mi lado, por un pequeñísimo camino, bajo una bóveda de abetos a los que el viento desenfrenado arrancaba aullidos. Entre las copas veía correr nubes desconcertadas, nubes enloquecidas que parecían huir ante un espanto. A veces, bajo una inmensa ráfaga, todo el bosque se inclinaba en el mismo sentido con un gemido de sufrimiento; y me invadía el frío, a pesar de mi paso ligero y mi ropa pesada.

«Teníamos que cenar y dormir en la casa de un guardabosque, cuya morada ya no quedaba muy lejos. Iba allí para cazar.

«A veces mi guía levantaba los ojos y murmuraba: "¡Qué tiempo tan triste!" Luego me habló de la gente a cuya casa llegábamos. El padre había matado a un cazador furtivo dos años antes y, desde entonces, parecía sombrío, como atormentado por un recuerdo. Sus dos hijos, ya casados, vivían con él.

«La noche era profunda. No veía nada delante de mí, ni a mi alrededor, y las ramas de los árboles chocaban entre sí llenando la noche de un incesante rumor. Finalmente vi una luz y en seguida mi compañero llamó a una puerta. Nos contestaron los gritos agudos de unas mujeres. Después una voz de hombre, una voz sofocada, preguntó: "¿Quién es?" Mi guía dio su nombre. Entramos. Fue un cuadro inolvidable.

«Un hombre viejo de pelo blanco y mirada loca, con la escopeta cargada en la mano, nos esperaba de pie en mitad de la cocina mientras dos mozarrones, armados con hachas, vigilaban la puerta. Distinguí en los rincones oscuros a dos mujeres arrodilladas, con el rostro escondido contra la pared.

«Nos presentamos. El viejo volvió a poner su arma contra la pared y mandó que se preparara mi habitación; luego, como las mujeres no se movían, me dijo bruscamente: —Verá usted, señor; esta noche, hace dos años, maté a un hombre. El año pasado volvió para buscarme. Le espero otra vez esta noche. —Y añadió con un tono que me hizo sonreír: —Por eso no estamos tranquilos.

«Le tranquilicé como pude, feliz por haber venido precisamente aquella noche, y asistir al espectáculo de ese terror supersticioso. Conté varias historias y conseguí tranquilizarles a casi todos.

«Cerca del fuego, un viejo perro, bigotudo y casi ciego, uno de esos perros que se parecen a gente que conocemos, dormía el morro entre las patas.

«Fuera, la tormenta encarnizada azotaba la pequeña casa y, a través de un estrecho cristal, una especie de mirilla situada cerca de la puerta, veía de pronto todo un desbarajuste de árboles empujados violentamente por el viento a la luz de grandes relámpagos.

«Notaba perfectamente que, a pesar de mis esfuerzos, un terror profundo se había apoderado de aquella gente, y cada vez que dejaba de hablar, todos los oídos escuchaban a lo lejos. Cansado de presenciar aquellos temores estúpidos, iba a pedir acostarme, cuando el viejo guarda de pronto saltó de su silla, cogió de nuevo su escopeta, mientras tartamudeaba con una voz enloquecida: —¡Ahí está! ¡Ahí está! ¡Le oigo!

«Las dos mujeres volvieron a caerse de rodillas en los rincones, escondiendo el rostro; y los hijos volvieron a coger sus hachas. Iba a intentar tranquilizarles otra vez, cuando el perro dormido se despertó de pronto y, levantando la cabeza, tendiendo el cuello, mirando hacia el fuego con sus ojos casi apagados, dio uno de esos lúgubres aullidos que hacen estremecerse a los viajeros, de noche, en el campo. Todos los ojos se volvieron hacia él; ahora permanecía inmóvil, tieso sobre las patas, como atormentado por una visión; se echó de nuevo a aullar hacia algo invisible, desconocido, sin duda horroroso, ya que todo el pelo se le ponía de Punta. El guarda, lívido, gritó: —¡Lo huele! ¡Lo huele! Estaba ahí cuando lo maté.— Y las dos mujeres enloquecidas se echaron a gritar con el perro.

«A mi pesar, un gran escalofrío me corrió entre los hombros. El ver al animal en aquel lugar, a aquella hora, en medio de aquella gente enloquecida, resultaba espantoso.

«Entonces, durante una hora, el perro aulló sin moverse; aulló como preso de angustia en un sueño; y el miedo, el espantoso miedo entró en mí; ¿el miedo a qué? ¿Lo sabré yo? Era el miedo, y punto.

«Permanecíamos inmóviles, lívidos, en espera de un acontecimiento horroroso, aguzando el oído, el corazón latiendo, descompuestos al menor ruido. Y el perro se puso a dar vueltas alrededor del cuarto, oliendo las paredes y siempre gimiendo. ¡Aquel animal nos volvía locos! Entonces el campesino que me había guiado, se abalanzó sobre él, en una especie de paroxismo de terror furioso, y abriendo una puerta que daba a un pequeño patio, echó al animal afuera.

«Éste se calló en seguida, y nos quedamos sumidos en un silencio aún más terrorífico. Y de pronto todos a la par tuvimos una especie de sobresalto: un ser se deslizaba contra la pared, en el exterior, hacia el bosque; luego pasó junto a la puerta, que pareció palpar, con una mano vacilante; no volvimos a oír nada más durante dos minutos que nos convirtieron en insensatos; luego volvió, siempre rozando la pared; y raspó ligeramente, como lo haría un niño con la uña; y de pronto una cabeza apareció contra el cristal de la mirilla, una cabeza blanca con ojos luminosos como los de una fiera. Y un sonido salió de su boca, un sonido indistinto, un murmullo quejumbroso.

«Entonces un estruendo formidable estalló en la cocina. El viejo guarda había disparado. Inmediatamente sus hijos se precipitaron, taparon la mirilla levantando la gran mesa que sujetaron con el aparador.

«Y les juro que al oír el estrépito del disparo que no me esperaba tuve tal angustia en el corazón, el alma y el cuerpo, que me sentí desfallecer y a punto de morir de miedo.

«Nos quedamos ahí hasta la aurora, incapaces de movernos, de decir una palabra, crispados en un enloquecimiento inefable.

«No nos atrevimos a desatrancar la salida hasta no ver, por la hendidura de un sobradillo, un fino rayo de día.

«Al pie del muro, junto a la puerta, yacía el viejo perro, con el hocico destrozado por una bala.

«Había salido del patio escarbando un agujero bajo una empalizada.

El hombre de rostro moreno se calló; luego añadió: —Aquella noche no corrí ningún peligro, pero preferiría volver a empezar todas las horas en las que me enfrenté con los peligros más terribles, antes que el minuto único del disparo sobre la cabeza barbuda de la mirilla.

 

F I N

 

(23 de octubre de 1882)

Traducción © 1995 Margarita Pérez

 

El sabio no dice lo que sabe, y el necio no sabe lo que dice.

Si los hombres han nacido con dos ojos, dos orejas y una sola lengua es porque se debe escuchar y mirar dos veces antes de hablar

Lo que importa verdaderamente en la vida no son los objetivos que nos marcamos, sino los caminos que seguimos para lograrlo.

Hay dos cosas que son infinitas: el universo y la estupidez humana; de la primera no estoy muy seguro.

Hay dos cosas que son infinitas: el universo y la estupidez humana; de la primera no estoy muy seguro.

El nacimiento y la muerte no son dos estados distintos, sino dos aspectos del mismo estado

Las personas son como la Luna. Siempre tienen un lado oscuro que no enseñan a nadie.

Las conversaciones son siempre peligrosas si se tiene algo que ocultar

El saber y la razón hablan, la ignorancia y el error gritan.

Todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de mofa

Algunas personas son tan falsas que ya no distinguen que lo que piensan es justamente lo contrario de lo que dicen.

Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no escucha.


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