venmarktec - El Mundo por Dentro

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EL MUNDO POR DENTRO.

FRANCISCO DE QUEVEDO

 

A DON PEDRO GIRÓN, DUQUE DE OSUNA.

Estas son mis obras: claro está que juzgará V. Excelencia que

siendo tales no me han de llevar al cielo; mas como yo no pretenda

dellas más de que en este mundo me den nombre, y el que más estimo

es de criado de V. Excelencia, se las invío para que, como tan gran

príncipe, las honre; lograrán de paso la enmienda. Dé Dios a V.

Excelencia su gracia y salud, que lo demás merecido lo tiene al

mundo su virtud y grandeza. En la aldea, abril 26 de 1612.

Don Francisco Quevedo Villegas.

AL LECTOR, COMO DIOS ME LO DEPARARE, CÁNDIDO O PURPÚREO,

PÍO O CRUEL, BENIGNO O SIN SARNA.

Es cosa averiguada, así lo siente Metrodoro Chío y otros muchos,

que no se sabe nada, y que todos son ignorantes, y aun esto no se

sabe de cierto, que a saberse ya se supiera algo; sospéchase.

Dícelo así el doctísimo Francisco Sánchez, médico y filósofo, en su

libro cuyo título es Nihil Scitur, no se sabe nada. En el mundo hay

algunos que no saben nada y estudian para saber, y estos tienen

buenos deseos y vano ejercicio, porque al cabo solo les sirve el

estudio de conocer cómo toda la verdad la quedan ignorando. Otros

hay que no saben nada y no estudian porque piensan que lo saben

todo; son destos muchos irremediables; a estos se les ha de

invidiar el ocio y la satisfactión y llorarles el seso. Otros hay

que no saben nada y dicen que no saben nada porque piensan que

saben algo de verdad, pues lo es que no saben nada, y a estos se

les había de castigar la hipocresía con creerles la confesión.

Otros hay, y en estos, que son los peores, entro yo, que no saben

nada, ni quieren saber nada, ni creen que se sepa nada y dicen de

todos que no saben nada y todos dicen dellos lo mismo y nadie

miente. Y como gente que en cosas de letras y sciencias no tiene

que perder tampoco, se atreven a imprimir y sacar a luz todo cuanto

sueñan. Estos dan qué hacer a las emprentas, sustentan a los

libreros, gastan a los curiosos, y al cabo sirven a las

especierías. Yo pues, como uno destos, y no de los peores

ignorantes, no contento con haber soñado el Juicio ni haber

endemoniado un alguacil, y últimamente escrito El infierno, agora

salgo sin ton y sin son (pero no importa, que esto no es bailar)

con El mundo por de dentro. Si te agradare y pareciere bien

agradécelo a lo poco que sabes, pues de tan mala cosa te contentas;

y si te pareciere malo, culpa mi ignorancia en escribirlo y la tuya

en esperar otra cosa de mí. Dios te libre, lector, de prólogos

largos y de malos epítetos.

Discurso

Es nuestro deseo siempre peregrino en las cosas desta vida, y así,

con vana solicitud anda de unas en otras sin saber hallar patria ni

descanso; aliméntase de la variedad y diviértese con ella; tiene

por ejercicio el apetito, y este nace de la ignorancia de las

cosas, pues si las conociera cuando cudicioso y desalentado las

busca, así las aborreciera como cuando arrepentido las desprecia. Y

es de considerar la fuerza grande que tiene, pues promete y

persuade tanta hermosura en los deleites y gustos, lo cual dura

solo en la pretensión de ellos, porque en llegando cualquiera a ser

poseedor es juntamente descontento. El mundo, que a nuestro deseo

sabe la condición, para lisonjearla, pónese delante mudable y

vario, porque la novedad y diferencia es el afeite con que más nos

atrae. Con esto acaricia nuestros deseos, llévalos tras sí, y ellos

a nosotros. Sea por todas las experiencias mi succeso, pues cuando

más apurado me había de tener el conocimiento destas cosas, me

hallé todo en poder de la confusión, poseído de la vanidad de tal

manera que en la gran población del mundo, perdido ya, corría donde

tras la hermosura me llevaban los ojos y adonde tras la

conversación los amigos, de una calle en otra, hecho fábula de

todos; y en lugar de desear salida al labirinto, procuraba que se

me alargase el engaño. Ya por la calle de la ira descompuesto

seguía las pendencias pisando sangre y heridas; ya por la de la

gula veía responder a los brindis turbados. Al fin, de una calle en

otra andaba (siendo infinitas) de tal manera confuso que la

admiración aun no dejaba sentido para el cansancio, cuando, llamado

de voces descompuestas y tirado porfiadamente del manteo, volví la

cabeza. Era un viejo venerable en sus canas, maltratado, roto por

mil partes el vestido y pisado; no por eso ridículo, antes severo y

digno de respeto.

-¿Quién eres -dije-, que así te confiesas envidioso de mis gustos?

Déjame, que siempre los ancianos aborrecéis en los mozos los

placeres y deleites, no que dejáis de vuestra voluntad, sino que

por fuerza os quita el tiempo. Tú vas, yo vengo: déjame gozar y ver

el mundo.

Desmintiendo sus sentimientos, riéndose, dijo:

-Ni te estorbo ni te invidio lo que deseo, antes te tengo lástima.

¿Tú por ventura sabes lo que vale un día? ¿Entiendes de cuánto

precio es una hora? ¿Has examinado el valor del tiempo? Cierto es

que no, pues así, alegre, le dejas pasar hurtado de la hora que

fugitiva y secreta te lleva preciosísimo robo. ¿Quién te ha dicho

que lo que ya fue volverá cuando lo hayas menester si le llamares?

Dime ¿has visto algunas pisadas de los días? No por cierto, que

ellos solo vuelven la cabeza a reírse y burlarse de los que así los

dejaron pasar. Sábete que la muerte y ellos están eslabonados y en

una cadena, y que cuando más caminan los días que van delante de

ti, tiran hacia ti y te acercan a la muerte, que quizá la aguardas

y es ya llegada, y según vives, antes será pasada que creída. Por

necio tengo al que toda la vida se muere de miedo que se ha de

morir y por malo al que vive tan sin miedo della como si no la

hubiese, que este lo viene a temer cuando lo padece, y embarazado

con el temor, ni halla remedio a la vida ni consuelo a su fin.

Cuerdo es solo el que vive cada día como quien cada día y cada hora

puede morir.

-Eficaces palabras tienes, buen viejo. Traído me has el alma a mí,

que me la llevaban embelesada vanos deseos. ¿Quién eres, de dónde,

y qué haces por aquí?

-Mi hábito y traje dice que soy hombre de bien y amigo de decir

verdades, en lo roto y poco medrado; y lo peor que tu vida tiene es

no haberme visto la cara hasta ahora. Yo soy el Desengaño; estos

rasgones de la ropa son de los tirones que dan de mí los que dicen

en el mundo que me quieren, y estos cardenales del rostro, estos

golpes y coces me dan en llegando, porque vine y porque me vaya,

que en el mundo todos decís que queréis desengaño, y en teniéndole,

unos os desesperáis, otros maldecís a quien os le dio, y los más

corteses no le creéis. Si tú quieres, hijo, ver el mundo, ven

conmigo, que yo te llevaré a la calle mayor, que es a donde salen

todas las figuras, y allí verás juntos los que por aquí van

divididos sin cansarte; yo te enseñaré el mundo como es, que tú no

alcanzas a ver sino lo que parece.

-¿Y cómo se llama -dije yo- la calle mayor del mundo, donde hemos

de ir?

-Llámase -respondió- Hipocresía, calle que empieza con el mundo y

se acabará con él; y no hay nadie casi que no tenga, si no una

casa, un cuarto o un aposento en ella. Unos son vecinos y otros

paseantes, que hay muchas diferencias de hipócritas, y todos

cuantos ves por ahí lo son. ¿Y ves aquel que gana de comer como

sastre y se viste como hidalgo? Es hipócrita, y el día de fiesta,

con el raso y el terciopelo y el cintillo y la cadena de oro, se

desfigura de suerte que no le conocerán las tijeras y agujas y

jabón, y parece tan poco a sastre, que aun parece que dice verdad.

¿Ves aquel hidalgo con aquel que es como caballero? Pues debiendo

medirse con su hacienda ir solo, por ser hipócrita y parecer lo que

no es, se va metiendo a caballero, y por sustentar un lacayo, ni

sustenta lo que dice ni lo que hace, pues ni lo cumple ni lo paga,

y la hidalguía y la ejecutoria le sirve solo de pontífice en

dispensarle los casamientos que hace con sus deudas, que está más

casado con ellas que con su mujer. Aquel caballero, por ser señoría

no hay diligencia que no haga, y ha procurado hacerse Venecia, por

ser señoría; sino que como se fundó en el viento, para serlo se

había de fundar en el agua. Sustenta, por parecer señor, caza de

halcones, que lo primero que matan es a su amo de hambre con la

costa, y luego el rocín en que los llevan, y después, cuando mucho,

una graja o un milano. Y ninguno es lo que parece. El señor, por

tener actiones de grande se empeña, y el grande remeda cosas de

rey. ¿Pues qué diré de los discretos? ¿Ves aquel aciago de cara?

Pues siendo un mentecato, por parecer discreto y ser tenido por

tal, se alaba de que tiene poca memoria, quéjase de melancolías,

vive descontento y préciase de mal regido, y es hipócrita, que

parece entendido y es mentecato. ¿No ves los viejos hipócritas de

barbas, con las canas envainadas en tinta, querer en todo parecer

muchachos? ¿No ves a los niños preciarse de dar consejos y presumir

de cuerdos? Pues todo es hipocresía. Pues en los nombres de las

cosas ¿no la hay la mayor del mundo? El zapatero de viejo se llama

entretenedor del calzado; el botero, sastre del vino, que le hace

de vestir; el mozo de mulas, gentilhombre de camino; el bodegón,

estado, el bodegonero, contador; el verdugo se llama miembro de la

justicia y el corchete criado; el fullero, diestro; el ventero,

güésped; la taberna, ermita; la putería, casa; las putas, damas;

las alcahuetas, dueñas; los cornudos, honrados. Amistad llaman el

mancebamiento, trato a la usura, burla a la estafa, gracia la

mentira, donaire la malicia, descuido la bellaquería, valiente al

desvergonzado, cortesano al vagamundo, al negro moreno, señor

maestro al albardero y señor doctor al platicante. Así que ni son

lo que parecen ni lo que se llaman, hipócritas en el nombre y en el

hecho. ¿Pues unos nombres que hay generales? A toda pícara, señora

hermosa; a todo hábito largo, señor licenciado; a todo gallofero,

señor soldado; a todo bien vestido, señor hidalgo; a todo fraile

motilón o lo que fuere, reverencia y aun paternidad; a todo

escribano, secretario. De suerte que todo el hombre es mentira por

cualquier parte que le examinéis, si no es que, ignorante como tú,

crea las apariencias. ¿Ves los pecados? Pues todos son hipocresía,

y en ella empiezan y acaban, y della nacen y se alimentan la Ira,

la Gula, la Soberbia, la Avaricia, la Lujuria, la Pereza, el

Homicidio y otros mil.

-¿Cómo me puedes tú decir, ni probarlo, si vemos que son diferentes

y distinctos?

-No me espanto que eso ignores, que lo saben pocos. Oye y

entenderás con facilidad eso que así te parece contrario, qué bien

se conviene: todos los pecados son malos, eso bien lo confiesas, y

también confiesas con los filósofos y teólogos que la voluntad

apetece lo malo debajo de razón de bien, y que para pecar no basta

la representación de la ira ni el conocimiento de la lujuria, sin

el consentimiento de la voluntad, y que eso para que sea pecado no

aguarda la ejecución, que solo le agrava más, aunque en esto hay

muchas diferencias. Esto así visto y entendido, claro está que cada

vez que un pecado destos se hace, que la voluntad lo consiente y le

quiere; y según su natural no pudo apetecelle sino debajo de razón

de algún bien. ¿Pues hay más clara y más confirmada hipocresía, que

vestirse del bien en lo aparente para matar con el engaño? «¿Qué

esperanza es la del hipócrita?», dice Job. Ninguna, pues ni la

tiene por lo que es, pues es malo, ni por lo que parece, pues lo

parece y no lo es. Todos los pecadores tienen menos atrevimiento

que el hipócrita, pues ellos pecan contra Dios, pero no con Dios ni

en Dios, mas el hipócrita peca contra Dios y con Dios, pues le toma

por instrumento para pecar; y por eso, como quien sabía lo que era,

y lo aborrecía tanto sobre todas las cosas, Cristo, habiendo dado

muchos preceptos afirmativos a sus dicípulos, solo uno les dio

negativo, diciendo: «No queráis ser como los hipócritas tristes»;

de manera que, con muchos preceptos y comparaciones, les enseñó

cómo habían de ser, ya como luz, ya como sal, ya como el convidado,

ya como el de los talentos, y lo que no habían de ser, todo lo

cerró en decir solamente «No queráis ser como los hipócritas

tristes», advirtiendo que en no ser hipócritas está el no ser en

ninguna manera malos, porque el hipócrita es malo de todas maneras.

En esto llegamos a la calle mayor; vi todo el concurso que el viejo

me había prometido. Tomamos puesto conveniente para registrar lo

que pasaba. Fue un entierro en esta forma: venían envainados en

unos sayos grandes de diferentes colores unos pícaros, haciendo una

taracea de mullidores; pasó esta recua incensando con las

campanillas; seguían los muchachos de la doctrina, meninos de la

muerte y lacayuelos del ataúd gritando su letanía, luego las

órdenes, y tras ellos los clérigos, que galopeando los responsos,

cantaban de portante abreviando porque no se derritiesen las velas

y tener tiempo para sumir otro. Seguíanse luego doce galloferos

hipócritas de la pobreza, con doce hachas, acompañando el cuerpo y

abrigando a los de la capacha, que hombreando testificaban el peso

de la difunta. Detrás seguía larga procesión de amigos que

acompañaban en la tristeza y luto al viudo que, anegado en capuz de

bayeta y devanado en una chía, perdido el rostro en la falda de un

sombrero de suerte que no se le podían hallar los ojos, corvos e

impedidos los pasos con el peso de diez arrobas de cola que

arrastraba, iba tardo y perezoso. Lastimado deste espectáculo,

-¡Dichosa mujer -dije-, si lo puede ser alguna en la muerte, pues

hallaste marido que pasó con la fe y el amor más allá de la vida y

sepultura. Y dichoso viudo que ha hallado tales amigos, que no solo

acompañan su sentimiento, pero que parece que le vencen en él. ¿No

ves qué tristes van y suspensos?

El viejo, moviendo la cabeza y sonriéndose, dijo:

-¡Desventurado! Eso todo es por fuera, y parece así, pero agora lo

verás por de dentro y verás con cuánta verdad el ser desmiente a

las aparencias. ¿Ves aquellas luces, campanillas y mullidores, y

todo este acompañamiento? ¿Quién no juzgará que los unos alumbran

algo y que los otros no es algo lo que acompañan, y que sirve de

algo tanto acompañamiento y pompa? Pues sabe que lo que allí va no

es nada, porque aun en vida lo era y en muerte dejó ya de ser, y

que no le sirve de nada todo; sino que también los muertos tienen

su vanidad y los difuntos y difunctas su soberbia. Allí no va sino

tierra de menos fruto y más espantosa de la que pisas, por sí no

merecedora de alguna honra, ni aun de ser cultivada con arado ni

azadón. ¿Ves aquellos viejos que llevan las hachas? Pues no las

atizan para que atizadas alumbren más, sino porque atizadas a

menudo se derritan más y ellos hurten más cera para vender: estos

son los que a la sepultura hacen la salva en el difunto y difunta,

pues antes que ella lo coma ni lo pruebe, cada uno le ha dado un

bocado, arrancándole un real o dos. ¿Ves la tristeza de los amigos?

Pues todo es de ir en el entierro, y los convidados van dados al

diablo con los que los convidaron, que quisieran más pasearse o

asistir a sus negocios. Aquel que habla de mano con el otro, le va

diciendo que convidar a entierro y a misacantanos, donde se ofrece,

que no se puede hacer con un amigo, y que el entierro solo es

convite para la tierra, pues a ella solamente llevan que coma. El

viudo no va triste del caso y viudez, sino de ver que pudiendo él

haber enterrado a su mujer a un muladar y sin coste y fiesta

ninguna, le hayan metido en semejante barahúnda y gasto de

confadrías y cera, y entre sí dice que le debe poco y que ya que se

había de morir pudiera haberse muerto de repente, sin gastarle en

médicos, barberos ni boticas, y no dejarle empeñado en jarabes y

pócimas. Dos ha enterrado con esta, y es tanto el gusto que recibe

de enviudar, que va ya trazando el casamiento con una amiga que ha

tenido, y fiado con su mala condición y endemoniada vida, piensa

doblar el capuz por poco tiempo.

Quedé espantado de ver todo eso ser así, diciendo:

-¡Qué diferentes son las cosas del mundo de como las vemos! Desde

hoy perderán conmigo todo el crédito mis ojos y nada creeré menos

de lo que viere.

Pasó por nosotros el entierro como si no hubiera de pasar por

nosotros tan brevemente, y como si aquella difunta no nos fuera

enseñando el camino y, muda, no nos dijera a todos: «Delante voy

donde aguardo a los que quedáis, acompañando a otros, y que yo vi

pasar con ese propio descuido».

Apartónos desta consideración el ruido que andaba en una casa a

nuestras espaldas; entramos dentro a ver lo que fuese, y al tiempo

que sintieron gente, comenzó un plañido a seis voces de mujeres que

acompañaban una viuda. Era el llanto muy autorizado pero poco

provechoso al difunto; sonaban palmadas de rato en rato, que

parecía palmeado de disciplinantes. Oíanse unos sollozos estirados,

embutidos de suspiros, pujados por falta de gana. La casa estaba

despojada, las paredes desnudas; la cuitada estaba en un aposento

escuro, sin luz ninguna, lleno de bayetas, donde lloraban a tiento.

Unas decían: «Amiga, nada se remedia con llorar»; otras: «Sin duda

goza de Dios». Cuál la animaba a que se conformase con la voluntad

del Señor. Y ella luego comenzaba a soltar el trapo, y llorando a

cántaros decía:

-¿Para qué quiero yo vivir sin fulano? ¡Desdichada nací, pues no me

queda a quien volver los ojos! ¿Quién ha de amparar a una pobre

mujer sola?

Y aquí plañían todas con ella, y andaba una sonadera de narices que

se hundía la cuadra. Y entonces advertí que las mujeres se purgan

en un pésame destos, pues por los ojos y las narices echan cuanto

mal tienen. Enternecíme y dije:

-¡Qué lástima tan bien empleada es la que se tiene a una viuda,

pues por sí una mujer es sola, y viuda mucho más! Y así les dio la

Sagrada Escritura nombre de mudas sin lengua, que eso significa la

voz que dice viuda en hebreo, pues ni tiene quien hable por ella ni

atrevimiento, y como se ve sola para hablar, y aunque hable, como

no la oyen, lo mesmo es que ser mudas, y peor. Mucho cuidado tuvo

Dios dellas en el Testamento Viejo, y en el Nuevo las encomendó

mucho por San Pablo: «Cómo el Señor cuida de los solos y mira lo

humilde de lo alto»; «No quiero vuestros sábados y festividades

-dijo por Isaías-, y el rostro aparto de vuestros inciensos;

cansado me tienen vuestros holocaustos, aborresco vuestras calendas

y solemnidades; lavaos y estaos limpios, quitad lo malo de vuestros

deseos, pues lo veo yo. Dejad de hacer mal, aprended a hacer bien,

buscad la justicia, socorred al oprimido, juzgad en su innocencia

al huérfano, defended a la viuda». Fue creciendo la oración de una

obra buena en otra buena más accepta, y por suma caridad puso el

defender la viuda. Y está escrito con la providencia del Espíritu

Santo, decir: «Defended a la viuda», porque en siéndolo no se puede

defender, como hemos dicho, y todos la persiguen. Y es obra tan

accepta a Dios esta, que añade el profeta consecutivamente,

diciendo: «Y si lo hiciéredes, venid y argüidme». Y conforme a esta

licencia que da Dios de que le arguyan los que hicieren bien y se

apartaren del mal, y socorrieren al oprimido y miraren por el

huérfano y defendieren la viuda, bien pudo Job argüir a Dios, libre

de las calumnias que por argüir con Él le pusieron sus enemigos,

llamándole por ello atrevido e impío. Que lo hiciese consta del

capítulo 31, donde dice: «¿Negué yo, por ventura, lo que me pedían

los pobrecitos? ¿Hice aguardar los ojos de la viuda?», que

convienen con lo dicho, como quien dice: ella no puede, porque es

muda, con palabras, sino con los ojos, poniendo delante su

necesidad. El rigor de la letra hebrea dice:«¿O consumí los ojos de

la viuda?», que eso hace el que no se duele de la que lo mira para

que le socorra porque no tiene voz para pedirle. Dejadme -dije al

viejo- llorar semejante desventura y juntar mis lágrimas a las

destas mujeres.

El viejo, algo enojado, dijo:

-¿Agora lloras, después de haber hecho ostentación vana de tus

estudios y mostrádote docto y teólogo, cuando era menester

mostrarte prudente? ¿No aguardaras a que yo te hubiera declarado

estas cosas para ver cómo merecían que se hablase dellas? ¿Mas

quién habrá que detenga la sentencia ya imaginada en la boca? No es

mucho, que no sabes otra cosa, y que a no ofrecerse la viuda te

quedabas con toda tu ciencia en el estómago. No es filósofo el que

sabe dónde está el tesoro, sino el que trabaja y le saca. Ni aun

ese lo es del todo, sino el que después de poseído usa bien dél.

¿Qué importa que sepas dos chistes y dos lugares si no tienes

prudencia para acomodallos? Oye; verás esta viuda, que por defuera

tiene un cuerpo de responsos, cómo por de dentro tiene una ánima de

aleluyas; las tocas negras y los pensamientos verdes. ¿Ves la

escuridad del aposento y el estar cubiertos los rostros con el

manto? Pues es porque así, como no las pueden ver, con hablar un

poco gangoso, escupir y remedar sollozos, hacen un llanto casero y

hechizo, teniendo los ojos hechos una yesca. ¿Quiéreslas consolar?

Pues déjalas solas y bailarán en no habiendo con quien cumplir. Y

luego las amigas harán su oficio: «Quedáis moza y es mal lograros,

hombres habrá que os estimen, ya sabéis quién es fulano, que cuando

no supla la falta del que está en la gloria», etc. Otra: «Mucho

debéis a don Pedro, que acudió en este trabajo, no sé qué me

sospeche, y en verdad que si hubiera de ser algo, que por quedar

tan niña os será forzoso...». Y entonces la viuda, muy recoleta de

ojos y muy estreñida de boca, dice: «No es agora tiempo deso; a

cargo de Dios está, Él lo hará si viere que conviene». Y advertid

que el día de la viudez es el día que más comen estas viudas,

porque para animarla no entra ninguna que no le dé un trago, y le

hace comer un bocado, y ella lo come diciendo: «Todo se vuelve

ponzoña», y medio mascándolo, dice: «¿Qué provecho puede hacer esto

a la amarga viuda, que estaba hecha a comer a medias todas las

cosas, y con compañía, y agora se las habrá de comer todas enteras,

sin dar parte a nadie, de puro desdichada?». Mira, pues, siendo

esto así, qué a propósito vienen tus exclamaciones.

Apenas esto dijo el viejo, cuando arrebatados de unos gritos

ahogados en vino, de gran ruido de gente, salimos a ver qué fuese,

y era un alguacil, el cual con solo un pedazo de vara en la mano y

las narices ajadas, deshecho el cuello, sin sombrero y en cuerpo,

iba pidiendo «¡Favor al rey! ¡Favor a la justicia!» tras un ladrón

que en seguimiento de una iglesia, y no de puro buen cristiano, iba

tan ligero como pedía la necesidad y le mandaba el miedo. Atrás,

cercado de gente, quedaba el escribano, lleno de lodo, con las

cajas en el brazo izquierdo, escribiendo sobre la rodilla. Y noté

que no hay cosa que crezca tanto en tan poco tiempo como culpa en

poder de escribano, pues en un instante tenía una resma al cabo.

Pregunté la causa del alboroto; dijeron que aquel hombre que huía

era amigo del alguacil, y que le fió no sé qué secreto tocante en

delicto, y por no dejarlo a otro que lo hiciese, quiso él asirle.

Huyósele después de haberle dado muchas puñadas, y viendo que venía

gente encomendóse a sus pies y fuese a dar cuenta de sus negocios a

un retablo. El escribano hacía la causa mientras el alguacil con

los corchetes (que son podencos del verdugo que siguen ladrando)

iban tras él, y no le podían alcanzar. Y debía de ser el ladrón muy

ligero, pues no le podían alcanzar soplones, que por fuerza corrían

como el viento.

-¿Con qué podrá premiar una república el celo deste alguacil, pues

porque yo y el otro tengamos nuestras vidas, honras y haciendas, ha

aventurado su persona? Este merece mucho con Dios y con el mundo.

Mírale cuál va roto y herido, llena de la sangre la cara, por

alcanzar aquel delincuente y quitar un entropezón a la paz del

pueblo.

-¡Basta!-dijo el viejo-, que si no te van a la mano dirás un día

entero. Sábete que ese alguacil no sigue a este ladrón, ni procura

alcanzalle por el particular y universal provecho de nadie, sino

que como ve que aquí le mira todo el mundo, córrese de que haya

quien en materia de hurtar le eche el pie delante, y por eso aguija

por alcanzalle. Y no es culpable el alguacil porque le prendió,

siendo su amigo, si era delincuente, que no hace mal el que come de

su hacienda; antes hace bien y justamente, y todo delincuente y

malo, sea quien fuere, es hacienda del alguacil y le es lícito

comer della. Estos tienen sus censos sobre azotes y galeras y sus

juros sobre la horca. Y créeme que el año de virtudes, para estos y

para el infierno es estéril. Y no sé cómo aborreciéndolos el mundo

tanto, por vergüenza dellos no da en ser bueno adrede por un año o

dos años, que de hambre y de pena se morirían.Y renegad de oficio

que tiene situados sus gajes donde los tiene situados Bercebú.

-Ya que en eso pongas también dolo, ¿cómo lo podrás poner en el

escribano, que le hace la causa calificada con testigos?

-Ríete deso -dijo-. ¿Has visto tú alguacil sin escribano algún día?

No por cierto, que como ellos salen a buscar de comer, porque,

aunque topen un innocente, no vaya a la cárcel sin causa, llevan

escribano que se la haga, y así, aunque ellos no den causa para que

les prendan, hácesela el escribano, y están presos con causa. Y en

los testigos no repares, que para cualquier cosa tendrán tantos

como tuviere gotas de tinta el tintero, que los más, en los malos

oficiales, los presenta la pluma y los examina la cudicia, y si

dicen algunos lo que es verdad, escriben lo que han de menester y

repiten lo que dijeron. Y para andar como había de andar el mundo,

mejor fuera y más importara que el juramento que ellos toman al

testigo, que jure a Dios y a la cruz decir verdad en lo que les

fuere preguntado, que el testigo se lo tomara a ellos de que la

escribirán como ellos la dijeren. Muchos hay buenos escribanos y

alguaciles muchos, pero de sí el oficio es con los buenos como la

mar con los muertos, que no los consiente y dentro de tres días los

echa a la orilla. Bien me parece a mí un escribano a caballo y un

alguacil con capa y gorra honrando unos azotes como pudiera un

bautismo, detrás de una sarta de ladrones que azotan; pero siento

que cuando el pregonero dice: «A estos hombres, por ladrones», que

suena el eco en la vara del alguacil y en la pluma del escribano.

Más dijera si no le tuviera la grandeza con que un hombre rico iba

en una carroza, tan hinchado que parecía porfiaba a sacarla de

husillo, pretendiendo parecer tan grave, que a las cuatro bestias

aun se lo parecía, sigún el espacio con que andaban. Iba muy

derecho, preciándose de espetado, escaso de ojos y avariento de

miraduras, ahorrando cortesías con todos, sumida la cara en un

cuello abierto hacia arriba que parecía vela en papel, y tan

olvidado de sus conjunturas que no sabía por dónde volverse a hacer

una cortesía ni levantar el brazo a quitarse el sombrero, el cual

parecía miembro sigún estaba fijo y firme. Cercaban el coche

cantidad de criados traídos con artificio, entretenidos con

promesas y sustentados con esperanzas. Otra parte iba de

acompañamiento de acreedores, cuyo crédito sustentaba toda aquella

máquina. Iba un bufón en el coche entreteniéndole.

-Para ti se hizo el mundo -dije yo luego que le vi-, que tan

descuidado vives y con tanto descanso y grandeza. ¡Qué bien

empleada hacienda, qué lucida! ¡Y cómo representa bien quién es

este caballero!

-Todo cuanto piensas -dijo el viejo- es disparate y mentira cuanto

dices; y solo aciertas en decir que el mundo solo se hizo para

este, y es verdad, porque el mundo es solo trabajo y vanidad y este

es todo vanidad y locura. ¿Ves los caballos? Pues comiendo se van,

a vueltas de la cebada y paja, al que la fía a este, y por cortesía

de las ejecuciones trae ropilla. Más trabajo le cuesta la fábrica

de sus embustes para comer que si lo ganara cavando. ¿Ves aquel

bufón? Pues has de advertir que tiene por su bufón al que le

sustenta y le da lo que tiene. ¿Qué más miseria quieres destos

ricos, que todo el año andan comprando mentiras y adulaciones y

gastan sus haciendas en falsos testimonios? Va aquel tan contento

porque el truhán le ha dicho que no hay tal príncipe como él y que

todos los demás son unos escuderos, como si ello fuera así, y

diferencian muy poco, porque el uno es juglar del otro: desta

suerte el rico se ríe con el bufón y el bufón se ríe del rico

porque hace caso de lo que lisonjea.

Venía una mujer hermosa, trayéndose de paso los ojos que la miraban

y dejando los corazones llenos de deseos. Iba ella con artificioso

descuido escondiendo el rostro a los que ya le habían visto y

descubriéndole a los que estaban divertidos. Tal vez se mostraba

por velo, tal vez por tejadillo; ya daba un relámpago de cara con

un bamboleo de manto, ya se hacía brújula mostrando un ojo solo, ya

tapada de medio lado descubría un tarazón de mejilla. Los cabellos,

martirizados, hacían sortijas a las sienes. El rostro era nieve y

grana y rosas que se conservaban en amistad esparcidas por labios,

cuello y mejillas; los dientes trasparentes; y las manos, que de

rato en rato nevaban el manto, abrasaban los corazones. El talle y

paso ocasionando pensamientos lascivos; tan rica y galana como

cargada de joyas recibidas y no compradas. Vila, y arrebatado de la

naturaleza, quise seguirla entre los demás, y a no tropezar en las

canas del viejo lo hiciera. Volvíme atrás y diciendo:

-Quien no ama con todos sus cinco sentidos una mujer hermosa, no

estima a la naturaleza su mayor cuidado y su mayor obra. ¡Dichoso

es el que halla tal ocasión y sabio el que la goza! ¿Qué sentido no

descansa en la belleza de una mujer que nació para amada del

hombre? De todas las cosas del mundo aparta y olvida su amor,

correspondiendo, teniéndole todo en poco y tratándole con

desprecio. ¡Qué ojos tan hermosos honestamente! ¡Qué mirar tan

cauteloso y prevenido en los descuidos de una alma libre! ¡Qué

cejas tan negras, esforzando recíprocamente la blancura de la

frente! ¡Qué mejillas, donde la sangre mezclada con la leche

engendra lo rosado que admira! ¡Qué labios encarnados, guardando

perlas que la risa muestra con recato! ¡Qué cuello! ¡Qué manos!

¡Qué talle! Todos son causa de perdición y juntamente disculpa del

que se pierde por ella.

-¿Qué más le queda a la edad que decir y al apetito que

desear?-dijo el viejo-. Trabajo tienes si con cada cosa que ves

haces esto. Triste fue tu vida. No naciste sino para admirado.

Hasta agora te juzgaba por ciego y agora veo que también eres loco.

Y echo de ver que hasta agora no sabes para lo que Dios te dio los

ojos ni cuál es su oficio. Ellos han de ver y la razón ha de juzgar

y elegir; al revés lo haces, o nada haces, que es peor. Si te andas

a creerlos padecerás mil confusiones: tendrás las sierras por

azules y lo grande por pequeño, que la longitud y la proximidad

engañan la vista. ¡Qué río caudaloso no se burla della, pues para

saber hacia dónde corre es menester una paja o ramo que se lo

muestre. ¿Viste esa visión que acostándose fea se hizo esta mañana

hermosa ella misma y haces extremos grandes? Pues sábete que las

mujeres lo primero que se visten en despertándose es una cara, una

garganta y unas manos, y luego las sayas. Todo cuanto ves en ella

es tienda y no natural. ¿Ves el cabello? Pues comprado es y no

criado. Las cejas tienen más de ahumadas que de negras, y si como

se hacen cejas se hicieran las narices, no las tuvieran. Los

dientes que ves, y la boca, era de puro negra un tintero y a puros

polvos se ha hecho salvadera. La cera de los oídos se ha pasado a

los labios y cada uno es una candelilla. ¿Las manos, pues? Lo que

parece blanco es untado. ¡Qué cosa es ver una mujer que ha de salir

otro día a que la vean, echarse la noche antes en adobo y verlas

acostar las caras hechas cofines de pasas, y a la mañana irse

pintando sobre lo vivo como quieren! ¡Qué es ver una fea o una

vieja querer, como el otro tan celebrado nigromántico, salir de

nuevo de una redoma! ¿Estáslas mirando? Pues no es cosa suya. Si se

lavasen las caras no las conocerías. Y cree que en el mundo no hay

cosa tan trabajada como el pellejo de una mujer hermosa, donde se

enjugan y secan y derriten más jalbegues que sus faldas.

Desconfiadas de sus personas, cuando quieren halagar algunas

narices, luego se encomiendan a la pastilla y al sahumerio o aguas

de olor, y a veces los pies disimulan el sudor con las zapatillas

de ámbar. Dígote que nuestros sentidos están en ayunas de lo que es

mujer y ahítos de lo que le parece. Si la besas te embarras los

labios; si la abrazas, aprietas tablillas y abollas cartones; si la

acuestas contigo, la mitad dejas debajo la cama en los chapines; si

la pretendes te cansas; si la alcanzas te embarazas; si la

sustentas te empobreces; si la dejas te persigue; si la quieres te

deja. Dame a entender de qué modo es buena, y considera agora este

animal soberbio con nuestra flaqueza, a quien hacen poderoso

nuestras necesidades, más provechosas sufridas o castigadas que

satisfechas, y verás tus disparates claros. Considérala padeciendo

los meses y te dará asco; y cuando está sin ellos acuérdate que los

ha tenido y que los ha de padecer, y te dará horror lo que te

enamora. Y avergüénzate de andar perdido por cosas que en cualquier

estatua de palo tienen menos asqueroso fundamento.

Fin del mundo por de dentro.

Ultima modificación: 20 de Septiembre de 1999

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El sabio no dice lo que sabe, y el necio no sabe lo que dice.

Si los hombres han nacido con dos ojos, dos orejas y una sola lengua es porque se debe escuchar y mirar dos veces antes de hablar

Lo que importa verdaderamente en la vida no son los objetivos que nos marcamos, sino los caminos que seguimos para lograrlo.

Hay dos cosas que son infinitas: el universo y la estupidez humana; de la primera no estoy muy seguro.

Hay dos cosas que son infinitas: el universo y la estupidez humana; de la primera no estoy muy seguro.

El nacimiento y la muerte no son dos estados distintos, sino dos aspectos del mismo estado

Las personas son como la Luna. Siempre tienen un lado oscuro que no enseñan a nadie.

Las conversaciones son siempre peligrosas si se tiene algo que ocultar

El saber y la razón hablan, la ignorancia y el error gritan.

Todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de mofa

Algunas personas son tan falsas que ya no distinguen que lo que piensan es justamente lo contrario de lo que dicen.

Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no escucha.


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