venmarktec - El artista del Hambre

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El artista del hambre

Franz Kafka

 

En los últimos decenios, el interés por los ayunadores ha disminuido muchísimo. Antes era

un buen negocio organizar grandes exhibiciones de este género como espectáculo

independiente, cosa que hoy. en cambio, es imposible del todo. Eran otros los tiempos.

Entonces, todo la ciudad se ocupaba del ayunador; aumentaba su interés a cada día de ayuno:

todos querían verle siquiera una vez al día; en los últimos del ayuno no faltaba quien se

estuviera días enteros sentado ante la pequeña jaula del ayunador; había, además,

exhibiciones nocturnas, cuyo efecto era realzado por medio de antorchas; en los días buenos,

se sacaba la jaula al aire libre, y era entonces cuando les mostraban el ayunador a los niños.

Para los adultos aquello solía no ser más que una broma en la que tomaban parte medio por

moda, pero los niños, cogidos de las manos por prudencia, miraban asombrados y

boquiabiertos a aquel hombre pálido. con camiseta oscura, de costillas salientes, que,

desdeñando un asiento, permanecía tendido en la paja esparcida por el suelo, y saludaba, a

veces, cortamente o respondía con forzada sonrisa a las preguntas que se le dirigían o sacaba,

quizá, un brazo por entre los hierros para hacer notar su delgadez, volviendo después a

sumirse en su propio interior, sin preocuparse de nadie ni de nada, ni siquiera de la marcha del

reloj, para él tan importante, única pieza de mobiliario que se veía en su jaula. Entonces se

quedaba mirando al vacío, delante de sí, con ojos semicerrados, y sólo de cuando en cuando

bebía en un diminuto vaso un sorbito de agua para humedecerse los labios.

Aparte de los espectadores que sin cesar se renovaban, había allí vigilantes permanentes,

designados por el público (los cuales, y no deja de ser curioso, solían ser carniceros); siempre

debían estar tres al mismo tiempo, y tenían la misión de observar día y noche al ayunador

para evitar que, por cualquier recóndito método, pudiera tomar alimento. Pero esto era sólo

una formalidad introducida para tranquilidad de las masas, pues los iniciados sabían muy bien

que el ayunador, durante el tiempo del ayuno, bajo ninguna circunstancia, ni aun a la fuerza,

tomaría la más mínima porción de alimento; el honor de su profesión se lo prohibía.

A la verdad, no todos los vigilantes eran capaces de comprender tal cosa; muchas veces

había grupos de vigilantes nocturnos que ejercían su vigilancia muy débilmente, se juntaban

adrede en cualquier rincón y allí se sumían en los lances de un juego de cartas con la

manifiesta intención de otorgar al ayunador un pequeño respiro, durante el cual, a su modo de

ver, podría sacar secretas provisiones, no se sabía de dónde. Nada atormentaba tanto al

ayunador como tales vigilantes; le atribulaban; le hacían espantosamente difícil su ayuno. A

veces, sobreponíase a su debilidad y cantaba durante todo el tiempo que duraba aquella

guardia, mientras le quedaba aliento, para mostrar a aquellas gentes la injusticia de sus

sospechas. Pero de poco le servía, porque entonces se admiraban de su habilidad que hasta

permitía comer mientras cantaba.

Muy preferibles eran, para él, los vigilantes que se pegaban a las rejas, y que, no

contentándose con la turbia iluminación nocturna de la sala, le lanzaban a cada momento el

rayo de las lámparas eléctricas de bolsillo que ponía a su disposición el empresario. La luz

cruda no le molestaba; en general no llegaba a dormir, pero quedar transpuesto un poco podía

hacerlo con cualquier luz, a cualquier hora y hasta con la sola llena de una estrepitosa

muchedumbre. Estaba siembre dispuesto a pasar toda la noche en vela con tales vigilantes;

estaba dispuesto a bromear con ellos, a contarles historias de su vida vagabunda y a oír, en

cambio, las suyas, sólo para mantenerse despierto, para poder mostrarles de nuevo que no

tenía en la jaula nada comestible y que soportaba el hambre como no podría hacerlo ninguno

de ellos.

Pero cuando se sentía más dichoso era al llegar la mañana, y, por su cuenta, les era servido

a los vigilantes un abundante desayuno, sobre el cual se arrojaban con el apetito de hombres

robustos que han pasado una noche de trabajosa vigilia. Cierto que no faltaban gentes que

quisieran ver en este desayuno un grosero soborno de los vigilantes, pero la cosa seguía

haciéndose, y si se les preguntaba si querían tomar a su cargo, sin desayuno, la guardia

nocturna, no renunciaban a él, pero conservaban siempre sus sospechas.

Pero éstas pertenecían ya a las sospechas inherentes a la profesión del ayunador. Nadie

estaba en situación de poder pasar, ininterrumpidamente, días y noches como vigilante junto

al ayunador; nadie, por tanto, podía saber por experiencia propia si realmente había ayunado

sin interrupción y sin falta; sólo el ayunador podía saberlo, ya que él era, al mismo tiempo, un

espectador de su hambre completamente satisfecho. Aunque, por otro motivo, tampoco lo

estaba nunca. Acaso no era el ayuno la causa de su enflaquecimiento, tan atroz, que muchos,

con gran pena suya, tenían que abstenerse de frecuentar las exhibiciones por no poder sufrir

su vista: tal vez su esquelética delgadez procedía de su descontento consigo mismo. Sólo él

sabía -sólo él y ninguno de sus adeptos- qué fácil cosa era el ayuno. Era la cosa más fácil del

mundo. Verdad que no lo ocultaba, pero no le creían; en el caso más favorable, le tomaban

por modesto, pero, en general. le juzgaban un reclamista, o un vil farsante para quien el

ayuno era cosa fácil porque sabía la manera de hacerlo fácil y que tenía, además, el cinismo de

dejarlo entrever. Había que aguantar todo esto y, con el curso de los años, ya se había

acostumbrado a ello; pero, en su interior, siempre le recomía ese descontento y ni una sola

ver, al fin de su ayuno -esta justicia había que hacérsela- había abandonado su jaula

voluntariamente.

El empresario había fijado cuarenta días como el plazo máximo de ayuno, más allá del cual

no le permitía ayunar ni siquiera en las capitales de primer orden. Y no dejaba de tener sus

buenas razones para ello. Según le había señalado su experiencia, durante cuarenta días,

valiéndose de toda suerte de anuncios que fueran concentrando el interés, podía quizá

aguijonearse progresivamente la curiosidad de un pueblo; mas pasado este plazo, el público se

negaba a visitarle, disminuía el crédito de que gozaba el artista del hambre. Claro que en este

punto podían observarse pequeñas diferencias según las ciudades y las naciones; pero, por

regla general, los cuarenta días eran el período de ayuno más dilatado posible. Por esta razón,

a los cuarenta días era abierta la puerta de la jaula, ornada con una guirnalda de flores; un

público entusiasmado llenaba el anfiteatro; sonaban los acordes de una banda militar; dos

médicos entraban en la jaula para medir al ayunador, según normas científicas; y el resultado

de la medición se anunciaba a la sala por medio de un altavoz; Por último, dos señoritas,

felices de haber sido elegidas para desempeñar aquel papel mediante sorteo, llegaban a la

jaula y pretendían sacar de ella al ayunador y hacerle bajar un par de peldaños para conducirle

ante una mesilla en la que estaba servida una comidita de enfermo cuidadosamente escogida.

Y en este momento, el ayunador siempre se resistía.

Cierto que colocaba voluntariamente sus huesudos brazos en las manos que las dos damas,

inclinadas sobre él, le tendían dispuestas a auxiliarle, pero no quería levantarse. ¿Por qué

suspender el ayuno precisamente entonces, a los cuarenta días? Podía resistir aún mucho

tiempo más, un tiempo ilimitado; ¿por qué cesar entonces, cuando estaba en lo mejor del

ayuno? ¿Por qué arrebatarle la gloria de seguir ayunando, y no sólo la de llegar a ser el mayor

ayunador de todos los tiempos, cosa que probablemente ya lo era, sino también la de

sobrepujarse a sí mismo hasta lo inconcebible, pues no sentía límite alguno a su capacidad de

ayunar? ¿Por qué aquella gente que fingía admirarlo tenía tan poca paciencia con él? Si aún

podía seguir ayunando, ¿por qué no querían permitírselo? Además, estaba cansado; se hallaba

muy a gusto tendido en la paja, y ahora tenía que ponerse de pie cuan largo era, y acercarse a

una comida, cuando con sólo pensar en ella sentía náuseas que contenía difícilmente por

respeto a las damas.

Y alzaba la vista para mirar los ojos de las señoritas, en apariencia tan amables, en realidad

tan crueles, y movía después negativamente, sobre su débil cuello, la cabeza, que le pesaba

como si fuese de plomo. Pero entonces ocurría lo de siempre; ocurría que se acercaba el

empresario silenciosamente -con la música no se podía hablar-, alzaba los brazos sobre el

ayunador, como si invitara al cielo a contemplar el estado en que se encontraba, sobre el

montón de paja, aquel mártir digno de compasión, cosa que el pobre hombre, aunque en otro

sentido, lo era; agarraba al ayunador por la sutil cintura, tomando al hacerlo exageradas

precauciones, como si quisiera hacer creer que tenía entre las manos algo tan quebradizo

como el vidrio; y, no sin darle una disimulada sacudida, en forma que al ayunador sin poderlo

remediar, se le iban a un lado y otro las piernas y el tronco, se lo entregaba a las damas, que

se habían puesto entretanto mortalmente pálidas.

Entonces el ayunador sufría todos sus males: la cabeza le caía sobre el pecho, como si le

diera vueltas y, sin saber cómo, hubiera quedado en aquella postura; el cuerpo estaba como

vacío; las piernas, en su afán de mantenerse en pie, apretaban sus rodillas una contra otra;

los pies rascaban el suelo como sino fuera el verdadero y buscaran a éste bajo aquél; y todo el

peso del cuerpo, por lo demás muy leve, caía sobre una de las damas, la cual, buscando

auxilio, con cortado aliento -jamás se hubiera imaginado de este modo aquella misión

honorífica-, alargan, todo lo posible su cuello para librar siquiera su rostro del contacto con el

ayunador. Pero después, como lo lograba, y su compañera, más feliz que ella, no venía en su

ayuda, sino que se limitaba a llevar entre las suyas, temblorosas, el pequeño haz de huesos de

la mano del ayunador, la portadora, en medio de las divertidas carcajadas de toda la sala,

rompía a llorar y tenía que ser librada de su carga, por un criado de largo tiempo atrás

preparado para ello.

Después venía la comida, en la cual el empresario, en el semisueño del desenjaulado, más

parecido a un desmayo que a un sueño, le hacía tragar alguna cosa, en medio de una divertida

charla con que apartaba la atención de los espectadores del estado en que se hallaba el

ayunador. Después venía un brindis dirigido al público, que el empresario fingía dictado por el

ayunador; la orquesta recalcaba todo con un gran trompeteo, marchábase el público y nadie

quedaba descontento de lo que había visto; nadie, salvo el ayunador, el artista del hambre;

nadie, excepto él.

Vivió así muchos años, cortados por periódicos descansos, respetado por el mundo, en una

situación de aparente esplendor; mas, no obstante, casi siempre estaba de un humor

melancólico, que se acentuaba cada vez más, ya que no había nadie que supiera tomarle en

serio. ¿Con qué, además, podrían consolarle? ¿Qué más podía apetecer? Y si alguna vez surgía

alguien, de piadoso ánimo, que le compadecía, quería hacerle comprender que,

probablemente, su tristeza procedía del hambre, bien podía ocurrir, sobre todo si estaba ya

muy avanzado el ayuno, que el ayunador le respondiera con una explosión de furia y, con

espanto de todos, comenzara a sacudir como una fiera los hierros de la jaula. Mas para tales

casos tenía el empresario un castigo que le gustaba emplear. Disculpaba al ayunador ante el

congregado público, añadía que sólo la irritabilidad provocada por el hambre, irritabilidad

incomprensible en hombres bien alimentados, podía hacer disculpable la conducta del

ayunador. Después, tratando de este tema, para explicarlo pasaba a rebatir la afirmación del

ayunador de que le era posible ayunar mucho más tiempo del que ayunaba: alababa la noble

ambición, la buena voluntad, el gran olvido de sí mismo, que claramente se revelaban en esta

afirmación; pero enseguida procuraba echarla abajo sólo con mostrar unas fotografías, que

eran vendidas al mismo tiempo, pues en el retrato se veía al ayunador en la cama, casi muerto

de inanición; a los cuarenta días de su ayuno. Todo lo sabía muy bien el ayunador, pero era

rada vez más intolerable para él aquella enervante deformación de la verdad. ¡Presentábase

allí como causa lo que sólo era consecuencia de la precoz terminación del ayuno! Era imposible

luchar contra aquella incomprensión, contra aquel universo de estulticia. Lleno de buena fe,

escuchaba ansiosamente desde su reja las palabras del empresario; pero al aparecer las

fotografías, soltábase siempre de la reja, y sollozando, volvía a dejarse caer en la paja. El ya

calmado público podía acercarse otra vez a la jaula y examinarlo a su sabor.

Unos años más tarde, si los testigos de tales escenas volvían a acordarse de ellas, notaban

que se habían hecho incomprensibles hasta para ellos mismos. Es que mientras tanto se había

operado el famoso cambio; sobrevino casi de repente; debía haber razones profundas para

ello; pero ¿quién es capaz de hallarlas?

El caso es que cierto día, el tan mimado artista del hambre se vio abandonado por la

muchedumbre ansiosa de diversiones, que prefería otros espectáculos. El empresario recorrió

otra vez con él media Europa para ver si en algún sitio hallarían aún el antiguo interés. Todo

en vano: como por obra de un pacto, había nacido al mismo tiempo, en todas partes, una

repulsión hacia el espectáculo del hambre. Claro que, en realidad, este fenómeno no podía

haberse dado así de repente, y, meditabundos y compungidos, recordaban ahora muchas

cosas que en el tiempo de la embriaguez del triunfo no habían considerado suficientemente,

presagios no atendidos como merecían serlo. Pero ahora era demasiado tarde para intentar

algo en contra. Cierto que era indudable que alguna vez volvería a presentarse la época de los

ayunadores, pero para los ahora vivientes, eso no era consuelo.

¿Qué debía hacer, pues, el ayunador? Aquel que había sido aclamado por las multitudes, no

podía mostrarse en barracas por las ferias rurales; y para adoptar otro oficio, no sólo era el

ayunador demasiado viejo, sino que estaba físicamente enamorado del hambre. Por lo tanto,

se despidió del empresario, compañero de una carrera incomparable, y se hizo contratar en un

gran circo, sin examinar siquiera las condiciones de la contrata.

Un gran circo, con su infinidad de hombres, animales y aparatos que sin cesar se sustituyen

y se complementan unos a otros, puede, en cualquier momento, utilizar a cualquier artista,

aunque sea a un ayunador, si sus pretensiones son modestas, naturalmente. Además, en este

caso especial, no era sólo el mismo ayunador quien era contratado, sino su antiguo y famoso

nombre; y ni siquiera se podía decir, dada la singularidad de su arte, que. como al crecer la

edad mengua la capacidad, un artista veterano que ya no está en la cumbre de su poder, trata

de refugiarse en un tranquilo puesto de circo; al contrario, el ayunador aseguraba, y era

plenamente creíble, que lo mismo podía ayunar entonces que antes, y hasta aseguraba que si

le dejaban hacer su voluntad, cosa que al momento le prometieron, sería aquélla la vez en que

había de llenar al mundo de justa admiración; afirmación que provocaba una sonrisa en las

gentes del oficio, que conocían el espíritu de los tiempos, del cual, en su entusiasmo, habíase

olvidado el ayunador.

Mas, allá en su fondo, el ayunador no dejó de hacerse cargo de las circunstancias, y aceptó

sin dificultad que no fuera colocada su jaula en el centro de la pista, como número

sobresaliente , sino que se la dejara fuera, cerca de las cuadras, sitio, por lo demás, bastante

concurrido. Grandes carteles de colores chillones rodeaban la jaula y anunciaban lo que había

que admirar en ella. En los intermedios del espectáculo, cuando el público se dirigía hacia las

cuadras para ver los animales, era casi inevitable que pasaran por delante del ayunador y se

detuvieran allí un momento; acaso habrían permanecido más tiempo junto a él si no hicieran

imposible una contemplación más larga y tranquila los empujones de los que venían detrás por

el estrecho corredor y que no comprendían que se hiciera aquella parada en el camino de las

interesantes cuadras.

Por este motivo el ayunador temía aquella horade visitas que por otra parte anhelaba como

el objeto de su vida. En los primeros tiempos apenas había tenido paciencia para esperar el

momento del intermedio; había contemplado con entusiasmo la muchedumbre que se extendía

y venía hacia él hasta que, muy pronto -ni la más obstinada y casi consciente voluntad de

engañarse a sí mismo se salvaba de aquella experiencia- tuvo que convencerse de que la

mayor parte de aquella gente sin excepción, no traía otro propósito que el de visitar las

cuadras. Y siempre era lo mejor el ver aquella masa, así, desde lejos. Porque cuando llegaban

junto a su jaula, en seguida le aturdían los gritos e insultos de los dos partidos que

inmediatamente se formaban: el de los que querían verlo cómodamente (y bien pronto llegó a

ser este bando el que más apenaba al ayunador, porque se paraban, no porque les interesara

lo que tenían ante sus ojos, sino por llevar la contraria y fastidiar a los otros) y el de los que

sólo apetecían llegar lo antes posible a las cuadras. Una vez que había pasado el gran tropel,

venían los rezagados, y también éstos, en vez de quedarse mirándole cuanto tiempo les

apeteciera, pues ya era cosa no impedida por nadie, pasaban de prisa, a largo paso, apenas

concediéndole una mirada de reojo, para llegar con tiempo de ver los animales. Y era caso

insólito el de que viniera un padre de familia con sus hijos, mostrando con el dedo al ayunador

y explicando extensamente de qué se trataba y hablara de tiempos pasados. cuando había

estado él en una exhibición análoga, pero incomparablemente más lucida que aquélla, y

entonces los niños, que, a causa de su insuficiente preparación escolar y general -¿qué sabían

ellos lo que era ayunar?- seguían sin comprender lo que contemplaban, tenían un brillo en sus

inquisidores ojos, en que se traslucían futuros tiempos más piadosos. -Quizá estarían un poco

mejor las cosas -decíase a veces el ayunador- si el lugar de la exhibición no se hallase tan

cerca de las cuadras. Entonces les habría sido más fácil a las gentes elegir lo que prefirieran;

aparte de que le molestaban mucho y acababan por deprimir sus fuerzas las emanaciones de

las cuadras, la nocturna inquietud de los animales, el paso por delante de su jaula de los

sangrientos trozos de carne con que alimentaban a los animales de presa, y los rugidos y

gritos de éstos durante su comida. Pero no se atrevía a decirlo a la Dirección, pues, si bien lo

pensaba, siempre tenía que agradecer a los animales la muchedumbre de visitantes que

pasaban ante él, entre los cuales, de cuando en cuando, bien se podía encontrar alguno que

viniera especialmente a verle. Quién sabe en qué rincón le meterían, si al decir algo les

recordaba que aún vivía, y le hacía ver, en resumidas cuentas, que no venia a ser más que un

estorbo en el camino de las cuadras.

Un pequeño estorbo en todo caso, un estorbo que cada vez se hacía más diminuto. Las

gentes se iban acostumbrando a la rara manía de pretender llamar la atención como ayunador

en los tiempos actuales, y adquirido este hábito quedó ya pronunciada la sentencia de muerte

del ayunador. Podía ayunar cuanto quisiera, y así lo hacía. Pero nada podía ya salvarle, la

gente pasaba a su lado sin verle. ¿Y si intentara explicarle a alguien el arte del ayuno" A quien

no lo siente, no es posible hacérselo comprender.

Los más hermosos rótulos llegaron a ponerse sucios e ilegibles, fueron arrancados, y a nadie

se le ocurrió renovarlos. La tablilla con el número de los días transcurridos desde que había

comenzado el ayuno, que en los primeros tiempos era cuidadosamente mudada todos los días,

hacía ya mucho tiempo que era la misma, pues al cabo de algunas semanas, este pequeño

trabajo habíase hecho desagradable para el personal; y de este modo, cierto que el ayunador

'continuó ayunando, como siempre había anhelado, y que lo hacía sin molestia, tal como en

otro tiempo lo había anunciado; pero nadie contaba ya el tiempo que pasaba; nadie, ni

siquiera el mismo ayunador, sabía qué número de días de ayuno llevaba alcanzados, y su

corazón se llenaba de melancolía. Y así, cierta vez, durante aquel tiempo, en que un ocioso se

detuvo ante su jaula y se rió del viejo número de días consignado en la tablilla, pareciéndole

imposible, y habló de engañifa y de estafa, fue ésta la más estúpida mentira que pudieran

inventar la indiferencia y la malicia innata, pues no era el ayunador quien engañaba, él

trabajaba honradamente, pero era el mundo quien se engañaba en cuanto a sus

merecimientos.

Volvieron a pasar muchos días, pero llegó uno en que también aquello tuvo fin. Cierta vez,

un inspector se fijó en la jaula y preguntó a los criados por qué dejaban sin aprovechar aquella

jaula tan utilizable que sólo contenía un podrido montón de paja. Todos lo ignoraban, hasta

que, por fin, uno, al ver la tablilla del número de días, se acordó del ayunador. Removieron con

horcas la paja, y en medio de ella hallaron al ayunador. ¿Ayunas todavía? -preguntóle el

inspector-. ¿Cuándo vas a cesar de una vez?

-Perdonadme todos -musitó el ayunador, pero sólo le comprendió el inspector, que tenía el

oído pegado a la reja.

-Sin duda -dijo el inspector, poniéndose el índice en la sien para indicar con ello al personal

el estado mental del ayunador-, todos te perdonamos.

-Había deseado toda la vida que admirarais mi resistencia al hambre -dijo el ayunador.

-Y la admiramos -repúsole el inspector.

-Pero no debíais admirarla -dijo el ayunador.

-Bueno, pues entonces, no la admiraremos -repuso el inspector-; pero ¿por qué, no

debemos admirarte?

-Porque me es forzoso ayunar, no puedo evitarlo -dijo el ayunador.

-Eso ya se ve -dijo el inspector--, pero ¿por qué no puedes evitarlo?

-Porque -dijo el artista del hambre levantando un poco la cabeza y hablando en la misma

oreja del inspector para que no se perdieran sus palabras, con labios alargados como si fuera a

dar un beso-, porque no pude encontrar comida que me gustara. Si la hubiera encontrado,

puedes creerlo, no habría hecho ningún cumplido y me habría hartado como tú y como todos.

Estas fueron sus últimas palabras, pero todavía, en sus ojos quebrados, mostrábase la firme

convicción, aunque ya no orgullosa, de que seguiría ayunando.

-¡Limpien aquí! -ordenó el inspector, y enterraron al ayunador junto con la paja. Mas en la

jaula pusieron una pantera joven. Era un gran placer hasta para el más obtuso de sentidos,

ver en aquella jaula, tanto tiempo vacía, la hermosa fiera que se revolcaba y daba saltos. Nada

le faltaba. La comida, que le gustaba, traíansela sin largas cavilaciones sus guardianes. Ni

siquiera parecía añorar la libertad. Aquel noble cuerpo, provisto de todo lo necesario para

desgarrar lo que se le pusiera por delante, parecía llevar consigo la propia libertad: parecía

estar escondida en cualquier rincón de su dentadura. Y la alegría de vivir brotaba con tan

fuerte ardor de sus fauces, que no les era fácil a los espectadores poder hacerle frente. Pero se

sobreponían a su temor, se apretaban contra la jaula y en modo alguno querían apartarse de

allí.

El sabio no dice lo que sabe, y el necio no sabe lo que dice.

Si los hombres han nacido con dos ojos, dos orejas y una sola lengua es porque se debe escuchar y mirar dos veces antes de hablar

Lo que importa verdaderamente en la vida no son los objetivos que nos marcamos, sino los caminos que seguimos para lograrlo.

Hay dos cosas que son infinitas: el universo y la estupidez humana; de la primera no estoy muy seguro.

Hay dos cosas que son infinitas: el universo y la estupidez humana; de la primera no estoy muy seguro.

El nacimiento y la muerte no son dos estados distintos, sino dos aspectos del mismo estado

Las personas son como la Luna. Siempre tienen un lado oscuro que no enseñan a nadie.

Las conversaciones son siempre peligrosas si se tiene algo que ocultar

El saber y la razón hablan, la ignorancia y el error gritan.

Todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de mofa

Algunas personas son tan falsas que ya no distinguen que lo que piensan es justamente lo contrario de lo que dicen.

Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no escucha.


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