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LOS MISERABLES

VICTOR HUGO

ÍNDICE

PRIMERA PARTE FANTINA

LIBRO PRIMERO: Un justo

I. Monseñor Myriel

II. El señor Myriel se convierte en monseñor Bienvenido

III. Las obras en armonía con las palabras

LIBRO SEGUNDO: La caída

I. La noche de un día de marcha

II. La prudencia aconseja a la sabiduría

III. Heroísmo de la obediencia pasiva

IV. Jean Valjean

V. El interior de la desesperación

VI. La ola y la sombra

VII. Nuevas quejas

VIII. El hombre despierto

IX. El obispo trabaja

X. Gervasillo

LIBRO TERCERO: El año 1817

I. Doble cuarteto

II. Alegre fin de la alegría

LIBRO CUARTO: Confiar es a veces abandonar

I. Una madre encuentra a otra madre

II. Primer bosquejo de dos personas turbias

III. La alondra

LIBRO QUINTO: El descenso

I. Progreso en el negocio de los abalorios negros

II. El señor Magdalena

III. Depósitos en la casa Laffitte

IV. El señor Magdalena de luto

V. Vagos relámpagos en el horizonte

VI. Fauchelevent

VII. Triunfo de la moral

VIII. Christus nos liberavit

IX. Solución de algunos asuntos de policía municipal

LIBRO SEXTO: Javert

I. Comienzo del reposo

II. Cómo Jean se convierte en Champ

LIBRO SÉPTIMO: El caso Champmathieu

I. Una tempestad interior

II. El viajero toma precauciones para regresar .

III. Entrada de preferencia

IV. Un lugar donde empiezan a formarse algunas convicciones

V. Champmathieu cada vez más asombrado

LIBRO OCTAVO: Contragolpe

I. Fantina feliz

II. Javert contento

III. La autoridad recobra sus derechos

IV. Una tumba adecuada

SEGUNDA PARTE

COSETTE

LIBRO PRIMERO: Waterloo

I. El 18 de junio de 1815

II. El campo de batalla por la noche

LIBRO SEGUNDO: El navío Orión

I. El número 24.601 se convierte en el 9.430

II. El diablo en Montfermeil

III. La cadena de la argolla se rompe de un solo martillazo

LIBRO TERCERO: Cumplimiento de una promesa

I. Montfermeil

II. Dos retratos completos

III. Vino para los hombres y agua a los caballos

IV. Entrada de una muñeca en escena

V. La niña sola

VI. Cosette con el desconocido en la oscuridad

VII. Inconvenientes de recibir a un pobre que tal vez era rico

VIII. Thenardier maniobra

IX. El que busca lo mejor puede hallar lo peor

X. Vuelve a aparecer el número 9.430

LIBRO CUARTO: Casa Gorbeau

I. Nido para un búho y una calandria

II. Dos desgracias unidas producen felicidad

III. Lo que observa la portera

IV. Una moneda de 5 francos que cae al suelo hace mucho ruido

LIBRO QIINTO: A caza perdida, jauría muda

I. Los rodeos de la estrategia

II. El callejón sin salida

III. Tentativas de evasión

IV. Principio de un enigma

V. Continúa el enigma

VI. Se explica cómo Javert hizo una batida en vano

LIBRO SEXTO: Los cementerios reciben todo lo que se les da

I. El Convento Pequeño Picpus

II. Se busca una manera de entrar al convento

III. Fauchelevent en presencia de la dificultad

IV. Parece que Jean Valjean conocía a Agustín Castillejo

V. Entre cuatro tablas

VI. Interrogatorio con buenos resultados

VII. Clausura

TERCERA PARTE MARIUS

LIBRO PRIMERO: París en su átomo

I. El pilluelo

II. Gavroche

LIBRO SEGUNDO: El gran burgués

I. Noventa años y treinta y dos dientes

II. Las hijas

LIBRO TERCERO: El abuelo y el nieto

I. Un espectro rojo

II. Fin del bandido

III. Cuán útil es ir a misa para hacerse revolucionario

IV. Algún amorcillo

V. Mármol contra granito

LIBRO CUARTO: Los amigos del ABC

I. Un grupo que estuvo a punto de ser histórico

II. Oración fúnebre por Blondeau

III. El asombro de Marius

IV. Ensanchando el horizonte

LIBRO QUINTO: Excelencia de la desgracia

I. Marius indigente

II. Marius pobre

III. Marius hombre

IV. La pobreza es buena vecina de la miseria

LIBRO SEXTO: La conjunción de dos estrellas

I. El apodo. Manera de formar nombres de familia

II. Efecto de la primavera

III. Prisionero

IV. Aventuras de la letra U

V. Eclipse

LIBRO SÉPTIMO: Patrón Minette

I. Las minas y los mineros

II. Babet, Gueulemer, Claquesous y Montparnasse

LIBRO OCTAVO: El mal pobre

I. Hallazgo

II. Una rosa en la miseria.

III. La ventanilla de la providencia

IV. La fiera en su madriguera

V. El rayo de sol en la cueva

VI. Jondrette casi llora

VII. Ofertas de servicio de la miseria al dolor

VIII. Uso de la moneda del señor Blanco

IX. Un policía da dos puñetazos a un abogado

X. Utilización del Napoleón de Marius

XI. Las dos sillas de Marius frente a frente

XII. La emboscada

XIII. Se debería comenzar siempre por apresar a las víctimas

XIV. El niño que lloraba en la segunda parte

CUARTA PARTE

IDILIO EN CALLE PLUMET Y EPOPEYA EN CALLE SAINT-DENIS

LIBRO PRIMERO: Algunas páginas de historia

I. Bien cortado y mal cosido

II. Enjolras y sus tenientes

LIBRO SEGUNDO: Eponina

I. El cameo de la Alondra

II. Formación embrionaria de crímenes en las prisiones

III. Aparición al señor Mabeuf

IV. Aparición a Marius

V. La casa del secreto

VI. Jean Valjean, guardia nacional

VII. La rosa descubre que es una máquina de guerra

VIII. Empieza la batalla

IX. A tristeza, tristeza y media

X. Socorro de abajo puede ser socorro de arriba

LIBRO TERCERO: Cuyo fin no se parece al principio

I. Miedos de Cosette

II. Un corazón bajo una piedra

III. Los viejos desaparecen en el momento oportuno

LIBRO CUARTO: El encanto y la desolación

I. Travesuras del viento

II. Gavroche saca partido de Napoleón el Grande

III. Peripecias de la evasión

IV. Principio de sombra

V. El perro

VI. Marius desciende a la realidad

VII. El corazón viejo frente al corazón joven

LIBRO QUINTO: ¿Adónde van?

I. Jean Valjean

II. Marius

III. El señor Mabeuf

LIBRO SEXTO: El 5 de junio de 1832

I. La superficie y el fondo del asunto

II. Reclutas

III. Corinto

IV. Los preparativos

V. El hombre reclutado en la calle Billettes

VI. Marius entra en la sombre

LIBRO SÉPTIMO: La grandeza de la desesperación

I. La bandera, primer acto

II. La bandera, segundo acto

III. Gavroche habría hecho mejor en tomar la carabina de Enjolras

IV. La agonía de la muerte después de la agonía de la vida

V. Gavroche, preciso calculador de distancias .

VI. Espejo indiscreto

VII. El pilluelo es enemigo de las luces

VIII. Mientras Cosette dormía

QUINTA PARTE

JEAN VALJEAN

LIBRO PRIMERO: La guerra dentro de cuatro paredes

I. Cinco de menos y uno de más

II. La situación se agrava

III. Los talentos que influyeron en la condena de 1796

IV. Gavroche fuera de la barricada

V. Un hermano puede convertirse en padre

VI. Marius herido

VII. La venganza de Jean Valjean

VIII. Los héroes

IX. Marius otra vez prisionero

LIBRO SEGUNDO: El intestino de Leviatán

I. Historia de la cloaca

II. La cloaca y sus sorpresas

III. La pista perdida

IV. Con la cruz a cuestas

V. Marius parece muerto

VI. La vuelta del hijo pródigo

VII. El abuelo

LIBRO TERCERO: Javert desorientado

I. Javert comete una infracción

LIBO CUARTO: El nieto y el abuelo

I. Volvemos a ver el árbol con el parche de zinc

II. Marius saliendo de la guerra civil, se prepara para la guerra familiar

III. Marius ataca

IV. El señor Fauchelevent con un bulto debajo del brazo

V. Más vale depositar el dinero en el bosque que en el banco

VI. Dos ancianos procuran labrar, cada uno a su manera, la felicidad de Cosette .

VII. Recuerdos

VIII. Dos hombres difíciles de encontrar

LIBRO QUINTO: La noche en blanco

I. El 16 de febrero de 1833

II. Jean Valjean continúa enfermo

III. La inseparable

LIBRO SEXTO: La última gota del cáliz

I. El séptimo círculo y el octavo cielo

II. La oscuridad que puede contener una revelación

LIBRO SÉPTIMO: Decadencia crepuscular

I. La sala del piso bajo

II. De mal en peor

III. Recuerdos en el jardín de la calle Plumet

IV. La atracción y la extinción

LIBRO OCTAVO: Suprema sombra, suprema aurora

I. Compasión para los desdichados e indulgencia para los dichosos

II. Últimos destellos de la lámpara sin aceite

III. El que levantó la carreta de Fauchelevent no puede levantar una pluma

IV. Equívoco que sirvió para limpiar las manchas

V. Noche que deja entrever el día

VI. La hierba oculta y la lluvia borra

PRIMERA PARTE

FANTINA

LIBRO PRIMERO

Un justo

I

Monseñor Myriel

En 1815, era obispo de D. el ilustrísimo Carlos Francisco Bienvenido Myriel, un

anciano de unos setenta y cinco años, que ocupaba esa sede desde 1806. Quizás no será

inútil indicar aquí los rumores y las habladurías que habían circulado acerca de su

persona cuando llegó por primera vez a su diócesis.

Lo que de los hombres se dice, verdadero o falso, ocupa tanto lugar en su destino, y

sobre todo en su vida, como lo que hacen. El señor Myriel era hijo de un consejero del

Parlamento de Aix, nobleza de toga. Se decía que su padre, pensando que heredara su

puesto, lo había casado muy joven. Se decía que Carlos Myriel, no obstante este

matrimonio, había dado mucho que hablar. Era de buena presencia, aunque de estatura

pequeña, elegante, inteligente; y se decía que toda la primera parte de su vida la habían

ocupado el mundo y la galantería.

Sobrevino la Revolución; se precipitaron los sucesos; las familias ligadas al antiguo

régimen, perseguidas, acosadas, se dispersaron, y Carlos Myriel emigró a Italia. Su mujer

murió allí de tisis. No habían tenido hijos. ¿Qué pasó después en los destinos del señor

Myriel?

El hundimiento de la antigua sociedad francesa, la caída de su propia familia, los

trágicos espectáculos del 93, ¿hicieron germinar tal vez en su alma ideas de retiro y de

soledad? Nadie hubiera podido decirlo; sólo se sabía que a su vuelta de Italia era

sacerdote.

En 1804 el señor Myriel se desempeñaba como cura de Brignolles. Era ya anciano y

vivía en un profundo retiro.

Hacia la época de la coronación de Napoleón, un asunto de su parroquia lo llevó a

París; y entre otras personas poderosas cuyo amparo fue a solicitar en favor de sus

feligreses, visitó al cardenal Fesch. Un día en que el Emperador fue también a visitarlo, el

digno cura que esperaba en la antesala se halló al paso de Su Majestad Imperial. Napoleón,

notando la curiosidad con que aquel anciano lo miraba, se volvió, y dijo

bruscamente:

¿Quién es ese buen hombre que me mira?

Majestad -dijo el señor Myriel-, vos miráis a un buen hombre y yo miro a un gran

hombre. Cada uno de nosotros puede beneficiarse de lo que mira.

Esa misma noche el Emperador pidió al cardenal el nombre de aquel cura y algún

tiempo después el señor Myriel quedó sorprendido al saber que había sido nombrado

obispo de D.

Llegó a D. acompañado de su hermana, la señorita Baptistina, diez años menor que él.

Por toda servidumbre tenían a la señora Maglóire, una criada de la misma edad de la

hermana del obispo.

La señorita Baptistina era alta, pálida, delgada, de modales muy suaves. Nunca había

sido bonita, pero al envejecer adquirió lo que se podría llamar la belleza de la bondad.

Irradiaba una transparencia a través de la cual se veía, no a la mujer, sino al ángel.

La señora Magloire era una viejecilla blanca, gorda, siempre afanada y siempre

sofocada, tanto a causa de su actividad como de su asma.

A su llegada instalaron al señor Myriel en su palacio episcopal, con todos los honores

dispuestos por los decretos imperiales, que clasificaban al obispo inmediatamente

después del mariscal de campo.

Terminada la instalación, la población aguardó a ver cómo se conducía su obispo.

II

El señorMyriel se convierte

en monseñor Bienvenido

El palacio episcopal de D. estaba contiguo al hospital, y era un vasto y hermoso edificio

construido en piedra a principios del último siglo. Todo en él respiraba cierto aire de

grandeza: las habitaciones del obispo, los salones, las habitaciones interiores, el patio de

honor muy amplio con galerías de arcos según la antigua costumbre florentina, los

jardines plantados de magníficos árboles.

El hospital era una casa estrecha y baja, de dos pisos, con un pequeño jardín atrás.

Tres días después de su llegada, el obispo visitó el hospital. Terminada la visita, le

pidió al director que tuviera a bien acompañarlo a su palacio.

-Señor director -le dijo una vez llegados allí-: ¿cuántos enfermos tenéis en este

momento?

Veintiséis, monseñor.

-Son los que había contado -dijo el obispo.

-Las camas -replicó el director- están muy próximas las unas a las otras.

-Lo había notado.

-Las salas, más que salas, son celdas, y el aire en ellas se renueva difícilmente.

-Me había parecido lo mismo.

-Y luego, cuando un rayo de sol penetra en el edificio, el jardín es muy pequeño para

los convalecientes.

También me lo había figurado.

-En tiempo de epidemia, este año hemos tenido el tifus, se juntan tantos enfermos; más

de ciento, que no sabemos qué hacer.

-Ya se me había ocurrido esa idea.

-¡Qué queréis, monseñor! -dijo el director-: es menester resignarse.

Esta conversación se mantenía en el comedor del piso bajo.

El obispo calló un momento; luego, volviéndose súbitamente hacia el director del

hospital, preguntó:

¿Cuántas camas creéis que podrán caber en esta sala?

-¿En el comedor de Su Ilustrísima?? exclamó el director estupefacto.

El obispo recorría la sala con la vista, y parecía que sus ojos tomaban medidas y hacían

cálculos.

-Bien veinte camas -dijo como hablando consigo mismo; después, alzando la voz,

añadió: Mirad, señor director, aquí evidentemente hay un error. En el hospital sois

veintiséis personas repartidas en cinco o seis pequeños cuartos. Nosotros somos aquí tres

y tenemos sitio para sesenta. Hay un error, os digo; vos tenéis mi casa y yo la vuestra.

Devolvedme la mía, pues aquí estoy en vuestra casa.

Al día siguiente, los veintiséis enfermos estaban instalados en el palacio del obispo, y

éste en el hospital.

Monseñor Myriel no tenía bienes. Su hermana cobraba una renta vitalicia de quinientos

francos y monseñor Myriel recibía del Estado, como obispo, una asignación de quince

mil francos. El día mismo en que se trasladó a vivir al hospital, el prelado determinó de

una vez para siempre el empleo de esta suma, del modo que consta en la nota que

transcribimos aquí, escrita de su puño y letra:

Lista de dos gastos de mi casa

? Para el seminario 1500

? Congregación de la misión 100

? Para los lazaristas de Montdidier 100

? Seminario de las misiones extranjeras de París 200

? Congregación del Espíritu Santo 150

? Establecimientos religiosos de la Tierra Santa 100

? Sociedades para madres solteras 350

? Obra para mejora de las prisiones 400

? Obra para el alivio y rescate de los presos 500

? Para libertar a padres de familia presos por deudas 1000

? Suplemento a la asignación de los maestros de escuela de la diócesis 2000

? Cooperativa de los Altos Alpes 100

? Congregación de señoras para la enseñanza gratuita de niñas pobres 1500

? Para los pobres 6000

? Mi gasto personal 1000

Total 15000

Durante todo el tiempo que ocupó el obispado de D., monseñor Myriel no cambió en

nada este presupuesto, que fue aceptado con absoluta sumisión por la señorita Baptistina.

Para aquella santa mujer, monseñor Myriel era a la vez su hermano y su obispo; lo amaba

y lo veneraba con toda su sencillez.

Al cabo de algún tiempo afluyeron las ofrendas de dinero. Los que tenían y los que no

tenían llamaban a la puerta de monseñor Myriel, los unos yendo a buscar la limosna que

los otros acababan de depositar. En menos de un año el obispo llegó a ser el tesorero de

todos los beneficios, y el cajero de todas las estrecheces. Grandes sumas pasaban por sus

manos pero nada hacía que cambiara o modificase su género de vida, ni que añadiera lo

más ínfimo de lo superfluo a lo que le era puramente necesario.

Lejos de esto, como siempre hay abajo más miseria que fraternidad arriba, todo estaba,

por decirlo así, dado antes de ser recibido.

Es costumbre que los obispos encabecen con sus nombres de bautismo sus escritos y

cartas pastorales. Los pobres de la comarca habían elegido, con una especie de instinto

afectuoso, de todos los nombres del obispo aquel que les ofrecía una significación

adecuada; y entre ellos sólo le designaban como monseñor Bienvenido. Haremos lo que

ellos y lo llamaremos del mismo modo cuando sea ocasión. Por lo demás, al obispo le

agradaba esta designación.

-Me gusta ese nombre -decía: Bienvenido suaviza un poco lo de monseñor.

III

Las obras en armonía con las palabras

Su conversación era afable y alegre; se acomodaba a la mentalidad de las dos ancianas

que pasaban la vida a su lado: cuando reía, era su risa la de un escolar.

La señora Magloire lo llamaba siempre "Vuestra Grandeza". Un día monseñor se

levantó de su sillón y fue a la biblioteca a buscar un libro.

Estaba éste en una de las tablas más altas del estante, y como el obispo era de corta

estatura, no pudo alcanzarlo.

-Señora Magloire -dijo-, traedme una silla, porque mi Grandeza no alcanza a esa tabla.

No condenaba nada ni a nadie apresuradamente y sin tener en cuenta las circunstancias;

y solía decir: Veamos el camino por donde ha pasado la falta.

Siendo un ex pecador, como se calificaba a sí mismo sonriendo, no tenía ninguna de las

asperezas del rigorismo, y profesaba muy alto, sin cuidarse para nada de ciertos

fruncimientos de cejas, una doctrina que podría resumirse en estas palabras:

"El hombre tiene sobre sí la carne, que es a la vez su carga y su tentación. La lleva, y

cede a ella. Debe vigilarla, contenerla, reprimirla; mas si a pesar de sus esfuerzos cae, la

falta así cometida es venial. Es una caída; pero caída sobre las rodillas, que puede

transformarse y acabar en oración".

Frecuentemente escribía algunas líneas en los márgenes del libro que estaba leyendo.

Como éstas:

"Oh, Vos, ¿quién sois? El Eclesiástico os llama Todopoderoso; los Macabeos os

nombran Creador; la Epístola a los Efesios os llama .Libertad; Baruch os nombra

Inmensidad; los Salmos os llaman Sabiduría y Verdad; Juan os llama Luz; los reyes os

nombran Señor; el Éxodo os apellida Providencia; el Levítico, Santidad; Esdras, Justicia;

la creación os llama Dios; el hombre os llama Padre; pero Salomón os llama

Misericordia, y éste es el más bello de vuestros nombres".

En otra parte había escrito: "No preguntéis su nombre a quien os pide asilo.

Precisamente quien más necesidad tiene de asilo es el que tiene más dificultad en decir su

nombre".

Añadía también:

"A los ignorantes enseñadles lo más que podáis; la sociedad es culpable por no dar

instrucción gratis; es responsable de la oscuridad que con esto produce. Si un alma

sumida en las tinieblas comete un pecado, el culpable no es en realidad el que peca, sino

el que no disipa las tinieblas".

Como se ve, tenía un modo extraño y peculiar de juzgar las cosas. Sospecho que lo

había tomado del Evangelio.

Un día oyó relatar una causa célebre que se estaba instruyendo, y que muy pronto debía

sentenciarse. Un infeliz, por amor a una mujer y al hijo que de ella tenía, falto de todo

recurso, había acuñado moneda falsa. En aquella época se castigaba este delito con la

pena de muerte. La mujer fue apresada al poner en circulación la primera moneda falsa

fabricada por el hombre. El obispo escuchó en silencio. Cuando concluyó el relato,

preguntó:

-¿Dónde se juzgará a ese hombre y a esa mujer?

-En el tribunal de la Audiencia.

Y replicó:

¿Y dónde juzgarán al fiscal?

Cuando paseaba apoyado en un gran bastón, se diría que su paso esparcía por donde iba

luz y animación. Los niños y los ancianos salían al umbral de sus puertas para ver al

obispo. Bendecía y lo bendecían. A cualquiera que necesitara algo se le indicaba la casa

del obispo. Visitaba a los pobres mientras tenía dinero, y cuando éste se le acababa,

visitaba a los ricos.

Hacía durar sus sotanas mucho tiempo, y como no quería que nadie lo notase, nunca se

presentaba en público sino con su traje de obispo, lo cual en verano le molestaba un poco.

Su comida diaria se componía de algunas legumbres cocidas en agua, y de una sopa.

Ya dijimos que la casa que habitaba tenía sólo dos pisos. En el bajo había tres piezas,

otras tres en el alto, encima un desván, y detrás de la casa, el jardín; el obispo habitaba el

bajo. La primera pieza, que daba a la calle, le servía de comedor; la segunda, de

dormitorio, y de oratorio la tercera. No se podía salir del oratorio sin pasar por el

dormitorio, ni de éste sin pasar por el comedor. En el fondo del oratorio había una alcoba

cerrada, con una cama para cuando llegaba algún huésped. El obispo solía ofrecer esta

cama a los curas de aldea, cuyos asuntos parroquiales los llevaban a D.

Había además en el jardín un establo, que era la antigua cocina del hospital, y donde el

obispo tenía dos vacas. Cualquiera fuera la cantidad de leche que éstas dieran, enviaba

invariablemente todas las mañanas la mitad a los enfermos del hospital. "Pago mis

diezmos", decía.

Un aparador, convenientemente revestido de mantelitos blancos, servía de altar y

adornaba el oratorio de Su Ilustrísima.

-Pero el más bello altar -decía- es el alma de un infeliz consolado en su infortunio, y

que da gracias a Dios.

No es posible figurarse nada más sencillo que el dormitorio del obispo. Una

puerta-ventana que daba al jardín; enfrente, la cama, una cama de hospital, con colcha de

sarga verde; detrás de una cortina, los utensilios de tocador, que revelaban todavía los

antiguos hábitos elegantes del hombre de mundo; dos puertas, una cerca de la chimenea

que daba paso al oratorio; otra cerca de la biblioteca que daba paso al comedor. La

biblioteca era un armario grande con puertas vidrieras, lleno de libros; la chimenea era de

madera, pero pintada imitando mármol, habitualmente sin fuego. Encima de la chimenea,

un crucifijo de cobre, que en su tiempo fue plateado, estaba clavado sobre terciopelo

negro algo raído y colocado bajo un dosel de madera; cerca de la puerta-ventana había

una gran mesa con un tintero, repleta de papeles y gruesos libros.

La casa, cuidada por dos mujeres, respiraba de un extremo al otro una exquisita

limpieza. Era el único lujo que el obispo se permitía. De él decía: "Esto no les quita nada

a los pobres".

Menester es confesar, sin embargo, que le quedaban de lo que en otro tiempo había

poseído seis cubiertos de plata y un cucharón, que la señora Magloire miraba con cierta

satisfacción todos los días relucir espléndidamente sobre el blanco mantel de gruesa tela.

Y como procuramos pintar aquí al obispo de D. tal cual era, debemos añadir que más de

una vez había dicho: " Renunciaría difícilmente a comer con cubiertos que no fuesen de

plata".

A estas alhajas deben añadirse dos grandes candeleros de plata maciza que eran

herencia de una tía abuela. Aquellos candeleros sostenían dos velas de cera, y

habitualmente figuraban sobre la chimenea del obispo. Cuando había convidados a cenar,

la señora Magloire encendía las dos velas y ponía los dos candelabros en la mesa.

A la cabecera de la cama del obispo, había pequeña alacena, donde la señora Magloire

guardaba todas las noches los seis cubiertos de plata y el cucharón. Debemos añadir que

nunca quitaba la llave de la cerradura.

La señora Magloire cultivaba legumbres en el jardín; el obispo, por su parte, había

sembrado flores en otro rincón. Crecían también algunos árboles frutales.

Una vez, la señora Magloire dijo a Su Ilustrísima con cierta dulce malicia:

-Monseñor, vos que sacáis partido de todo, tenéis ahí un pedazo de tierra inútil. Más

valdría que eso produjera frutos que flores.

-Señora Magloire -respondió el obispo-, os engañáis: lo bello vale tanto como lo útil.

Y añadió después de una pausa: Tal vez más.

LIBRO SEGUNDO

La caída

I

La noche de un día de marcha

En los primeros días del mes de octubre de 1815, como una hora antes de ponerse el

sol, un hombre que viajaba a pie entraba en la pequeña ciudad de D. Los pocos habitantes

que en aquel momento estaban asomados a sus ventanas o en el umbral de sus casas,

miraron a aquel viajero con cierta inquietud. Difícil sería hallar un transeúnte de aspecto

más miserable. Era un hombre de mediana estatura, robusto, de unos cuarenta y seis a

cuarenta y ocho años. Una gorra de cuero con visera calada hasta los ojos ocultaba en

parte su rostro tostado por el sol y todo cubierto de sudor. Su camisa, de una tela gruesa y

amarillenta, dejaba ver su velludo pecho; llevaba una corbata retorcida como una cuerda;

un pantalón azul usado y roto; una vieja chaqueta gris hecha jirones; un morral de

soldado a la espalda, bien repleto, bien cerrado y nuevo; en la mano un enorme palo

nudoso, los pies sin medias, calzados con gruesos zapatos claveteados.

Sus cabellos estaban cortados al rape y, sin embargo, erizados, porque comenzaban a

crecer un poco y parecía que no habían sido cortados hacía algún tiempo.

Nadie lo conocía. Evidentemente era forastero. ¿De dónde venía? Debía haber

caminado todo el día, pues se veía muy fatigado.

Se dirigió hacia el Ayuntamiento. Entró en él y volvió a salir un cuarto de hora después.

Un gendarme estaba sentado a la puerta. El hombre se quitó la gorra y lo saludó

humildemente.

Había entonces en D. una buena posada que, según la muestra, se titulaba "La Cruz de

Colbas", y hacia ella se encaminó el hombre. Entró en la cocina; todos los hornos estaban

encendidos y un gran fuego ardía alegremente en la chimenea. El posadero estaba muy

ocupado en vigilar la excelente comida destinada a unos carreteros, a quienes se oía

hablar y reír ruidosamente en la pieza inmediata. Al oír abrirse la puerta preguntó sin

apartar la vista de sus cacerolas:

-¿Qué ocurre?

-Cama y comida -dijo el hombre.

-A1 momento -replicó el posadero.

Entonces volvió la cabeza, dio una rápida ojeada al viajero, y añadió:

-Pagando, por supuesto.

El hombre sacó una bolsa de cuero del bolsillo de su chaqueta y contestó:

-Tengo dinero.

-En ese caso, al momento os atiendo.

El hombre guardó su bolsa; se quitó el morral, conservó su palo en la mano, y fue a

sentarse en un banquillo cerca del fuego. Entretanto el dueño de casa, yendo y viniendo

de un lado para otro, no hacía más que mirar al viajero.

-¿Se come pronto? -preguntó éste.

-En seguida -dijo el posadero.

Mientras el recién llegado se calentaba con la espalda vuelta al posadero, éste sacó un

lápiz del bolsillo, rasgó un pedazo de periódico, escribió en el margen blanco una línea o

dos, lo dobló sin cerrarlo, y entregó aquel papel a un muchacho que parecía servirle a la

vez de pinche y de criado; después dijo una palabra al oído del chico y éste marchó

corriendo en dirección al Ayuntamiento.

El viajero nada vio.

Volvió a preguntar otra vez:

-¿Comeremos pronto?

-En seguida.

Volvió el muchacho: traía un papel. El huésped lo desdobló apresuradamente como

quien está esperando una contestación. Leyó atentamente, movió la cabeza y permaneció

pensativo. Por fin dio un paso hacia el viajero que parecía sumido en no muy agradables

ni tranquilas reflexiones.

-Buen hombre -le dijo-, no puedo recibiros en mi casa.

El hombre se enderezó sobre su asiento.

-¡Cómo! ¿Teméis que no pague el gasto? ¿Queréis cobrar anticipado? Os digo que

tengo dinero.

-No es eso.

-¿Pues qué?

-Vos tenéis dinero.

-He dicho que sí.

-Pero yo -dijo el posadero- no tengo cuarto que daros.

El hombre replicó tranquilamente:

-Dejadme un sitio en la cuadra.

-No puedo.

-¿Por qué?

-Porque los caballos la ocupan toda.

-Pues bien -insistió el viajero-, ya habrá un rincón en el pajar, y un poco de paja no

faltará tampoco. Lo arreglaremos después de comer.

-No puedo daros de comer.

Esta declaración hecha con tono mesurado pero firme, pareció grave al forastero, el

cual se levantó y dijo:

-¡Me estoy muriendo de hambre! Vengo caminando desde que salió el sol; pago y

quiero comer.

-Yo no tengo qué daros -dijo el posadero.

El hombre soltó una carcajada y volviéndose hacia los hornos, preguntó:

-¿Nada? ¿Y todo esto?

Todo esto está ya comprometido por los carreteros que están allá dentro.

-¿Cuántos son?

-Doce.

-Allí hay comida para veinte.

-Lo han encargado todo, y además me lo han pagado adelantado.

El hombre se sentó, y sin alzar la voz dijo:

-Estoy en la hostería; tengo hambre y me quedo.

El posadero se inclinó entonces hacia él, y le dijo con un acento que le hizo estremecer:

-Marchaos.

El viajero estaba en aquel momento encorvado, y empujaba algunas brasas con la

contera de su garrote. Se volvió bruscamente, y como abriera la boca para replicar, el

huésped lo miró fijamente y añadió en voz baja:

-Mirad, basta de conversación. ¿Queréis que os diga vuestro nombre? Os llamáis Jean

Valjean. Ahora, ¿queréis que os diga también lo que sois? Al veros entrar sospeché algo;

envié a preguntar al Ayuntamiento, y ved lo que me han contestado: ¿sabéis leer?

Al hablar así presentaba al viajero el papel que acababa de ir desde la hostería a la

alcaldía y de ésta a aquélla. El hombre fijó en él una mirada. Bajó la cabeza, recogió el

morral y se marchó.

Caminó algún tiempo a la ventura por calles que no conocía, olvidando el cansancio,

como sucede cuando el ánimo está triste. De pronto se sintió aguijoneado por el hambre;

la noche se acercaba. Miró en derredor para ver si descubría alguna humilde taberna

donde pasar la noche.

Precisamente ardía una luz al extremo de la calle y hacia allí se dirigió. Era en efecto

una taberna. El viajero se detuvo un momento, miró por los vidrios de la sala, iluminada

por una pequeña lámpara colocada sobre una mesa y por un gran fuego que ardía en la

chimenea. Algunos hombres bebían. El tabernero se calentaba. La llama hacía cocer el

contenido de una marmita de hierro, colgada de una cadena en medio del hogar.

El viajero no se atrevió a entrar por la puerta de la calle. Entró en el corral, se detuvo de

nuevo, luego levantó tímidamente el pestillo y empujó la puerta.

-¿Quién va? -dijo el amo.

-Uno que quiere comer y dormir. Las dos cosas pueden hacerse aquí.

Entró. Todos se volvieron hacia él. El tabernero le dijo:

-Aquí tenéis fuego. La cena se cuece en la marmita; venid a calentaros.

El viajero fue a sentarse junto al hogar y extendió hacia el fuego sus pies doloridos por

el cansancio.

Dio la casualidad que uno de los que estaban sentados junto a la mesa antes de ir allí

había estado en la posada de La Cruz de Colbas.

Desde el sitio en que estaba hizo al tabernero una seña imperceptible. Este se acercó a

él y hablaron algunas palabras en voz baja.

El tabernero se acercó a la chimenea, puso bruscamente la mano en el hombro del

viajero y le dijo:

-Vas a largarte de aquí.

El viajero se volvió, y contestó con dulzura:

-¡Ah! ¿Sabéis...?

-Sí.

-¿Que no me han admitido en la posada?

-Y yo lo echo de aquí.

-Pero, ¿dónde queréis que vaya?

-A cualquier parte.

El hombre cogió su garrote y su morral y se marchó. Pasó por delante de la cárcel. A la

puerta colgaba una cadena de hierro unida a una campana. Llamó. Abriose un postigo.

-Buen carcelero -le dijo quitándose respetuosamente la gorra-, ¿queréis abrirme y

darme alojamiento por esta noche?

Una voz le contestó:

-La cárcel no es una posada. Haced que os prendan y se os abrirá.

El postigo volvió a cerrarse.

Entró en una callejuela a la cual daban muchos jardines. El viento frío de los Alpes

comenzaba a soplar. A la luz del expirante día el forastero descubrió una caseta en uno de

aquellos jardines que costeaban la calle. Pensó que sería alguna choza de las que levantan

los peones camineros a orillas de las carreteras. Sentía frío y hambre. Estaba resignado a

sufrir ésta, pero contra el frío quería encontrar un abrigo. Generalmente esta clase de

chozas no están habitadas por la noche. Logró penetrar a gatas en su interior. Estaba

caliente, y además halló en ella una buena cama de paja. Se quedó por un momento

tendido en aquel lecho, agotado. De pronto oyó un gruñido: alzó los ojos y vio que por la

abertura de la choza asomaba la cabeza de un mastín enorme.

El sitio en donde estaba era una perrera.

Se arrastró fuera de la choza como pudo, no sin agrandar los desgarrones de su ropa.

Salió de la ciudad, esperando encontrar algún árbol o alguna pila de heno que le diera

abrigo. Pero hay momentos en que hasta la naturaleza parece hostil; volvió a la ciudad.

Serían como las ocho de la noche. Como no conocía las calles, volvió a comenzar su

paseo a la ventura. Cuando pasó por la plaza de la catedral, enseñó el puño a la iglesia en

señal de amenaza. Destrozado por el cansancio, y no esperando ya nada se echó sobre un

banco de piedra. Una anciana salía de la iglesia en aquel momento, y vio a aquel hombre

tendido en la oscuridad.

-¿Qué hacéis, buen amigo? -le preguntó.

-Ya lo veis, buena mujer, me acuesto -le contestó con voz colérica y dura.

-¿Por qué no vais a la posada?

-Porque no tengo dinero.

-¡Ah, qué lástima! -dijo la anciana-. No llevo en el bolsillo más que cuatro sueldos.

-Dádmelos.

El viajero tomó los cuatro sueldos.

-Con tan poco no podéis alojaros en una posada -continuó ella-. ¿Habéis probado, sin

embargo? ¿Es posible que paséis así la noche? Tendréis sin duda frío y hambre. Debieran

recibiros por caridad.

-He llamado a todas las puertas y de todas me han echado.

La mujer tocó el hombro al viajero, y le señaló al otro extremo de la plaza una puerta

pequeña al lado del palacio arzobispal.

-¿Habéis llamado -repitió- a todas las puertas?

-Sí.

-¿Habéis llamado a aquélla?

-No.

-Pues llamad allí.

II

La prudencia aconseja a la sabiduría

Aquella noche el obispo de D., después de dar un paseo por la ciudad, permaneció hasta

bastante tarde encerrado en su cuarto. A las ocho trabajaba todavía con un voluminoso

libro abierto sobre las rodillas, cuando la señora Magloire entró, según su costumbre, a

sacar la plata del cajón colocado junto a la cama.

Poco después el obispo, sabiendo que su hermana lo esperaba para cenar, cerró su libro

y entró en el comedor. En ese momento, la señora Magloire hablaba con singular viveza.

Se refería a un asunto que le era familiar, y al cual el obispo estaba ya acostumbrado.

Tratábase del cerrojo de la puerta principal.

Parece que yendo a hacer algunas compras para la cena había oído referir ciertas cosas

en distintos sitios. Se hablaba de un vagabundo de mala catadura; se decía que había

llegado un hombre sospechoso, que debía estar en alguna parte de la ciudad, y que podían

tener un mal encuentro los que aquella noche se olvidaran de recogerse temprano y de

cerrar bien sus puertas.

-Hermano, ¿oyes lo que dice la señora Magloire? -preguntó la señorita Baptistina.

-He oído vagamente algo -contestó el obispo.

Después, levantando su rostro cordial y francamente alegre, iluminado por el resplandor

del fuego, añadió:

-Veamos: ¿qué hay? ¿Qué sucede? ¿Nos amenaza algún peligro?

Entonces la señora Magloire comenzó de nuevo su historia, exagerándola un poco sin

querer y sin advertirlo. Decíase que un gitano, un desarrapado, una especie de mendigo

peligroso, se hallaba en la ciudad. Había tratado de quedarse en la posada, donde no se le

quiso recibir. Se le había visto vagar por las calles al obscurecer. Era un hombre de

aspecto terrible, con un morral y un bastón.

-¿De veras? -dijo el obispo.

-Y como monseñor nunca pone llave a la puerta y tiene la costumbre de permitir

siempre que entre cualquiera...

En ese momento se oyó llamar a la puerta con violencia.

-¡Adelante! -dijo el obispo.

III

Heroísmo de la obediencia pasiva

La puerta se abrió. Pero se abrió de par en par, como si alguien la empujase con energía

y resolución. Entró un hombre. A este hombre lo conocemos ya. Era el viajero a quien

hemos visto vagar buscando asilo. Entró, dio un paso y se detuvo, dejando detrás de sí la

puerta abierta. Llevaba el morral a la espalda; el palo en la mano; tenía en los ojos una

expresión ruda, audaz, cansada y violenta. Era una aparición siniestra.

La señora Magloire no tuvo fuerzas para lanzar un grito. Se estremeció y quedó muda a

inmóvil como una estatua.

La señorita Baptistina se volvió, vio al hombre que entraba, y medio se incorporó,

aterrada. Luego miró a su hermano, y su rostro adquirió una expresión de profunda calma

y serenidad.

El obispo fijaba en el hombre una mirada tranquila.

Al abrir los labios sin duda para preguntar al recién llegado lo que deseaba, éste apoyó

ambas manos en su garrote, posó su mirada en el anciano y luego en las dos mujeres, y

sin esperar a que el obispo hablase dijo en alta voz:

-Me llamo Jean Valjean: soy presidiario. He pasado en presidio diecinueve años. Estoy

libre desde hace cuatro días y me dirijo a Pontarlier. Vengo caminando desde Tolón. Hoy

anduve doce leguas a pie. Esta tarde, al llegar a esta ciudad, entré en una posada, de la

cual me despidieron a causa de mi pasaporte amarillo, que había presentado en la

alcaldía, como es preciso hacerlo. Fui a otra posada, y me echaron fuera lo mismo que en

la primera. Nadie quiere recibirme. He ido a la cárcel y el carcelero no me abrió. Me metí

en una perrera, y el perro me mordió. Parece que sabía quién era yo. Me fui al campo

para dormir al cielo raso; pero ni aun eso me fue posible, porque creí que iba a llover y

que no habría un buen Dios que impidiera la lluvia; y volví a entrar en la ciudad para

buscar en ella el quicio de una puerta. Iba a echarme ahí en la plaza sobre una piedra,

cuando una buena mujer me ha señalado vuestra casa, y me ha dicho: llamad ahí. He

llamado: ¿Qué casa es ésta? ¿Una posada? Tengo dinero. Ciento nueve francos y quince

sueldos que he ganado en presidio con mi trabajo en diecinueve años. Pagaré. Estoy muy

cansado y tengo hambre: ¿queréis que me quede?

-Señora Magloire -dijo el obispo-, poned un cubierto más.

El hombre dio unos pasos, y se acercó al velón que estaba sobre la mesa.

-Mirad -dijo-, no me habéis comprendido bien: soy un presidiario. Vengo de presidio y

sacó del bolsillo una gran hoja de papel amarillo que desdobló-. Ved mi pasaporte

amarillo: esto sirve para que me echen de todas partes. ¿Queréis leerlo? Lo leeré yo; sé

leer, aprendí en la cárcel. Hay allí una escuela para los que quieren aprender. Ved lo que

han puesto en mi pasaporte: "Jean Valjean, presidiario cumplido, natural de..." esto no

hace al caso... "Ha estado diecinueve años en presidio: cinco por robo con fractura;

catorce por haber intentado evadirse cuatro veces. Es hombre muy peligroso." Ya lo veis,

todo el mundo me tiene miedo. ¿Queréis vos recibirme? ¿Es esta una posada? ¿Queréis

darme comida y un lugar donde dormir? ¿Tenéis un establo?

-Señora Magloire -dijo el obispo-, pondréis sábanas limpias en la cama de la alcoba.

La señora Magloire salió sin chistar a ejecutar las órdenes que había recibido.

El obispo se volvió hacia el hombre y le dijo:

-Caballero, sentaos junto al fuego; dentro de un momento cenaremos, y mientras cenáis,

se os hará la cama.

La expresión del rostro del hombre, hasta entonces sombría y dura, se cambió en

estupefacción, en duda, en alegría. Comenzó a balbucear como un loco:

¿Es verdad? ¡Cómo! ¿Me recibís? ¿No me echáis? ¿A mí? ¿A un presidiario? ¿Y me

llamáis caballero? ¿Y no me tuteáis? ¿Y no me decís: "¡sal de aquí, perro!" como

acostumbran decirme? Yo creía que tampoco aquí me recibirían; por eso os dije en

seguida lo que soy. ¡Oh, gracias a la buena mujer que me envió a esta casa voy a cenar y

a dormir en una cama con colchones y sábanas como todo el mundo! ¡Una cama! Hace

diecinueve años que no me acuesto en una cama. Sois personas muy buenas. Tengo

dinero: pagaré bien. Dispensad, señor posadero: ¿cómo os llamáis? Pagaré todo lo que

queráis. Sois un hombre excelente. Sois el posadero, ¿no es verdad?

-Soy -dijo el obispo- un sacerdote que vive aquí.

-¡Un sacerdote! -dijo el hombre-. ¡Oh, un buen sacerdote! Entonces ¿no me pedís

dinero? Sois el cura, ¿no es esto? ¿El cura de esta iglesia?

Mientras hablaba había dejado el saco y el palo en un rincón, guardado su pasaporte en

el bolsillo y tomado asiento. La señorita Baptistina lo miraba con dulzura.

-Sois muy humano, señor cura -continuó diciendo-; vos no despreciáis a nadie. Es gran

cosa un buen sacerdote. ¿De modo que no tenéis necesidad de que os pague?

-No -dijo el obispo-, guardad vuestro dinero. ¿Cuánto tenéis? ¿No me habéis dicho que

ciento nueve francos?

-Y quince sueldos -añadió el hombre.

-Ciento nueve francos y quince sueldos. ¿Y cuánto tiempo os ha costado ganar ese

dinero?

-¡Diecinueve años!

El obispo suspiró profundamente. El hombre prosiguió:

Todavía tengo todo mi dinero. En cuatro días no he gastado más que veinticinco

sueldos, que gané ayudando a descargar unos carros en Grasse.

El obispo se levantó a cerrar la puerta, que había quedado completamente abierta.

La señora Magloire volvió, con un cubierto que puso en la mesa.

-Señora Magloire -dijo el obispo-, poned ese cubierto lo más cerca posible de la

chimenea. -Y se volvió hacia el huésped-: El viento de la noche es muy crudo en los

Alpes. ¿Tenéis frío, caballero?

Cada vez que pronunciaba la palabra caballero con voz dulcemente grave, se iluminaba

la fisonomía del huésped. Llamar caballero a un presidiario, es dar un vaso de agua a un

náufrago de la Medusa. La ignominia está sedienta de consideración.

-Esta luz alumbra muy poco -prosiguió el obispo.

La señora Magloire lo oyó; tomó de la chimenea del cuarto de Su Ilustrísima los dos

candelabros de plaza, y los puso encendidos en la mesa.

-Señor cura -dijo el hombre-, sois bueno; no me despreciáis, me recibís en vuestra casa.

Encendéis las velas para mí. Y sin embargo, no os he ocultado de donde vengo, y que soy

un miserable.

El obispo, que estaba sentado a su lado, le tocó suavemente la mano:

-No tenéis que decirme quien sois. Esta no es mi casa, es la casa de Jesucristo. Esa

puerta no pregunta al que entra por ella si tiene un nombre, sino si time algún dolor.

Padecéis; tenéis hambre y sed; pues sed bien venido. No melo agradezcáis; no me digáis

que os recibo en mi casa. Aquí no está en su casa más que el que necesita asilo. Vos que

pasáis por aquí, estáis en vuestra casa más que en la mía. Todo lo que hay aquí es

vuestro. ¿Para qué necesito saber vuestro nombre? Además, tenéis un nombre que antes

que me lo dijeseis ya lo sabía.

El hombre abrió sus ojos asombrado.

-¿De veras? ¿Sabíais cómo me llamo?

-Sí -respondió el obispo-, ¡os llamáis mi hermano!

-¡Ah, señor cura! -exclamó el viajero-. Antes de entrar aquí tenía mucha hambre; pero

sois tan bueno, que ahora no sé lo que tengo. El hambre se me ha pasado.

El obispo lo miró y le dijo:

-¿Habéis padecido mucho?

-¡Mucho! ¡La chaqueta roja, la cadena al pie, una tarima para dormir, el calor, el frío, el

trabajo, los apaleos, la doble cadena por nada, el calabozo por una palabra, y, aun

enfermo en la cama, la cadena! ¡Los perros, los perros son más felices! ¡Diecinueve años!

Ahora tengo cuarenta y seis, y un pasaporte amarillo.

-Sí -replicó el obispo-, salís de un lugar de tristeza. Pero sabed que hay más alegría en

el cielo por las lágrimas de un pecador arrepentido, que por la blanca vestidura de cien

justos. Si salís de ese lugar de dolores con pensamientos de odio y de cólera contra los

hombres, seréis digno de lástima; pero si salís con pensamientos de caridad, de dulzura y

de paz, valdréis más que todos nosotros.

Mientras tanto la señora Magloire había servido la cena; una sopa hecha con agua,

aceite, pan y sal; un poco de tocino, un pedazo de carnero, higos, un queso fresco, y un

gran pan de centeno. A la comida ordinaria del obispo había añadido una botella de vino

añejo de Mauves.

La fisonomía del obispo tomó de repente la expresión de dulzura propia de las personas

hospitalarias:

-A la mesa -dijo con viveza, según acostumbraba cuando cenaba con algún forastero; a

hizo sentar al hombre a su derecha. La señorita Baptistina, tranquila y naturalmente, tomó

asiento a su izquierda.

El obispo bendijo la mesa, y después sirvió la sopa según su costumbre. El hombre

empezó a comer ávidamente.

-Me parece que falta algo en la mesa -dijo el obispo de repente.

La señora Magloire no había puesto más que los tres cubiertos absolutamente

necesarios. Pero era costumbre de la casa, cuando el obispo tenía algún convidado, poner

en la mesa los seis cubiertos de plata. Esta graciosa ostentación de lujo era casi una

niñería simpática en aquella casa tranquila y severa, que elevaba la pobreza hasta la

dignidad.

La señora Magloire comprendió la observación, salió sin decir una palabra, y un

momento después los tres cubiertos pedidos por el obispo lucían en el mantel, colocados

simétricamente ante cada uno de los tres comensales.

Al fin de la cena, monseñor Bienvenido dio las buenas noches a su hermana, cogió uno

de los dos candeleros de plata que había sobre la mesa, dio el otro a su huésped y le dijo:

-Caballero, voy a enseñaros vuestro cuarto.

El hombre lo siguió.

En el momento en que atravesaban el dormitorio del obispo, la señora Magloire cerraba

el armario de la plata que estaba a la cabecera de la cama. Lo hacía cada noche antes de

acostarse.

El obispo instaló a su huésped en la alcoba. Una cama blanca y limpia lo esperaba. El

hombre puso la luz sobre una mesita.

-Bien -dijo el obispo-, que paséis buena noche. Mañana temprano, antes de partir,

tomaréis una taza de leche de nuestras vacas, bien caliente.

-Gracias, señor cura -dijo el hombre.

Pero apenas hubo pronunciado estas palabras de paz, súbitamente, sin transición

alguna, hizo un movimiento extraño, que hubiera helado de espanto a las dos santas

mujeres si hubieran estado presente. Se volvió bruscamente hacia el anciano, cruzó los

brazos, y fijando en él una mirada salvaje, exclamó con voz ronca:

-¡Ah! ¡De modo que me alojáis en vuestra casa y tan cerca de vos!

Calló un momento, y añadió con una sonrisa que tenía algo de monstruosa:

-¿Habéis reflexionado bien? ¿Quién os ha dicho que no soy un asesino?

El obispo respondió:

-Ese es problema de Dios.

Después, con toda gravedad, bendijo con los dedos de la mano derecha a su huésped,

que ni aun dobló la cabeza, y sin volver la vista atrás entró en su dormitorio.

Hizo una breve oración, y un momento después estaba en su jardín, donde se paseó

meditabundo, contemplando con el alma y con el pensamiento los grandes misterios que

Dios descubre por la noche a los ojos que permanecen abiertos.

En cuanto al hombre, estaba tan cansado que ni aprovechó aquellas blancas sábanas.

Apagó la luz soplando con la nariz como acostumbran los presidarios, se dejó caer

vestido en la cama, y se quedó profundamente dormido. Era medianoche cuando el

obispo volvió del jardín a su cuarto. Algunos minutos después, todos dormían en aquella

casa.

IV

Jean Valjean

Jean Valjean pertenecía a una humilde familia de Brie. No había aprendido a leer en su

infancia; y cuando fue hombre, tomó el oficio de su padre, podador en Faverolles. Su

padre se llamaba igualmente Jean Valjean o Vlajean, una contracción probablemente de

"voilà Jean": ahí está Jean.

Su carácter era pensativo, aunque no triste, propio de las almas afectuosas. Perdió de

muy corta edad a su padre y a su madre. Se encontró sin más familia que una hermana

mayor que él, viuda y con siete hijos. El marido murió cuando el mayor de los siete hijos

tenía ocho años y el menor uno. Jean Valjean acababa de cumplir veinticinco. Reemplazó

al padre, y mantuvo a su hermana y los niños. Lo hizo sencillamente, como un deber, y

aun con cierta rudeza.

Su juventud se desperdiciaba, pues, en un trabajo duro y mal pagado. Nunca se le

conoció novia; no había tenido tiempo para enamorarse.

Por la noche volvía cansado a la casa y comía su sopa sin decir una palabra. Mientras

comía, su hermana a menudo le sacaba de su plato lo mejor de la comida, el pedazo de

carne, la lonja de tocino, el cogollo de la col, para dárselo a alguno de sus hijos. El, sin

dejar de comer, inclinado sobre la mesa, con la cabeza casi metida en la sopa, con sus

largos cabellos esparcidos alrededor del plato, parecía que nada observaba; y la dejaba

hacer.

Aquella familia era un triste grupo que la miseria fue oprimiendo poco a poco. Llegó un

invierno muy crudo; Jean no tuvo trabajo. La familia careció de pan. ¡Ni un bocado de

pan y siete niños!

Un domingo por la noche Maubert Isabeau, panadero de la plaza de la Iglesia, se

disponía a acostarse cuando oyó un golpe violento en la puerta y en la vidriera de su

tienda. Acudió, y llegó a tiempo de ver pasar un brazo a través del agujero hecho en la

vidriera por un puñetazo. El brazo cogió un pan y se retiró. Isabeau salió apresuradamente;

el ladrón huyó a todo correr pero Isabeau corrió también y lo detuvo. El

ladrón había tirado el pan, pero tenía aún el brazo ensangrentado. Era Jean Valjean.

Esto ocurrió en 1795. Jean Valjean fue acusado ante los tribunales de aquel tiempo

como autor de un robo con fractura, de noche, y en casa habitada. Tenía en su casa un

fusil y era un eximio tirador y aficionado a la caza furtiva, y esto lo perjudicó.

Fue declarado culpable. Las palabras del código eran terminantes. Hay en nuestra

civilización momentos terribles, y son precisamente aquellos en que la ley penal

pronuncia una condena. ¡Instante fúnebre aquel en que la sociedad se aleja y consuma el

irreparable abandono de un ser pensante! Jean Valjean fue condenado a cinco años de

presidio.

Un antiguo carcelero de la prisión recuerda aún perfectamente a este desgraciado, cuya

cadena se remachó en la extremidad del patio. Estaba sentado en el suelo como todos los

demás. Parecía que no comprendía nada de su posición sino que era horrible. Pero es

probable que descubriese, a través de las vagas ideas de un hombre completamente

ignorante, que había en su pena algo excesivo. Mientras que a grandes martillazos remachaban

detrás de él la bala de su cadena, lloraba; las lágrimas lo ahogaban, le impedían

hablar, y solamente de rato en rato exclamaba: "Yo era podador en Faverolles". Después

sollozando y alzando su mano derecha, y bajándola gradualmente siete veces, como si

tocase sucesivamente siete cabezas a desigual altura, quería indicar que lo que había

hecho fue para alimentar a siete criaturas.

Por fin partió para Tolón, donde llegó después de un viaje de veintisiete días, en una

carreta y con la cadena al cuello. En Tolón fue vestido con la chaqueta roja; y entonces se

borró todo lo que había sido en su vida, hasta su nombre, porque desde entonces ya no

fue Jean Valjean, sino el número 24.601. ¿Qué fue de su hermana? ¿Qué fue de los siete

niños? Pero, ¿a quién le importa?

La historia es siempre la misma. Esos pobres seres, esas criaturas de Dios, sin apoyo

alguno, sin guía, sin asilo, quedaron a merced de la casualidad. ¿Qué más se ha de saber?

Se fueron cada uno por su lado, y se sumergieron poco a poco en esa fría bruma en que se

sepultan los destinos solitarios. Apenas, durante todo el tiempo que pasó en Tolón, oyó

hablar una sola vez de su hermana. Al fin del cuarto año de prisión, recibió noticias por

no sé qué conducto. Alguien que los había conocido en su pueblo había visto a su

hermana: estaba en París. Vivía en un miserable callejón, cerca de San Sulpicio, y tenía

consigo sólo al menor de los niños. Esto fue lo que le dijeron a Jean Valjean. Nada supo

después.

A fines de ese mismo cuarto año, le llegó su turno para la evasión. Sus camaradas lo

ayudaron como suele hacerse en aquella triste mansión, y se evadió. Anduvo errante dos

días en libertad por el campo, si es ser libre estar perseguido, volver la cabeza a cada

instante y al menor ruido, tener miedo de todo, del sendero, de los árboles, del sueño. En

la noche del segundo día fue apresado. No había comido ni dormido hacía treinta seis

horas. El tribunal lo condenó por este delito a un recargo de tres años. Al sexto año le

tocó también el turno para la evasión; por la noche la ronda le encontró oculto bajo la

quilla de un buque en construcción; hizo resistencia a los guardias que lo cogieron:

evasión y rebelión. Este hecho, previsto por el código especial, fue castigado con un

recargo de cinco años, dos de ellos de doble cadena. Al décimo le llegó otra vez su turno,

y lo aprovechó; pero no salió mejor librado. Tres años más por esta nueva tentativa. En

fin, el año decimotercero, intentó de nuevo su evasión, y fue cogido a las cuatro horas.

Tres años más por estas cuatro horas: total diecinueve años. En octubre de 1815 salió en

libertad: había entrado al presidio en 1796 por haber roto un vidrio y haber tomado un

pan.

Jean Valjean entró al presidio sollozando y tembloroso; salió impasible. Entró

desesperado; salió taciturno.

¿Qué había pasado en su alma?

V

El interior de la desesperación

Tratemos de explicarlo.

Es preciso que la sociedad se fije en estas cosas, puesto que ella es su causa.

Jean era, como hemos dicho, un ignorante; pero no era un imbécil. La luz natural

brillaba en su interior; y la desgracia, que tiene también su claridad, aumentó la poca que

había en aquel espíritu. Bajo la influencia del látigo, de la cadena, del calabozo, del

trabajo bajo el ardiente sol del presidio, en el lecho de tablas, el presidiario se encerró en

su conciencia, y reflexionó.

Se constituyó en tribunal. Principió por juzgarse a sí mismo. Reconoció que no era un

inocente castigado injustamente. Confesó que había cometido una acción mala, culpable;

que quizá no le habrían negado el pan si lo hubiese pedido; que en todo caso hubiera sido

mejor esperar para conseguirlo de la piedad o del trabajo; que no es una razón el decir:

¿se puede esperar cuando se padece hambre? Que es muy raro el caso que un hombre

muera literalmente de hambre; que debió haber tenido paciencia; que eso hubiera sido

mejor para sus pobres niños; que había sido un acto de locura en él, desgraciado criminal,

coger violentamente a la sociedad entera por el cuello, y figurarse que se puede salir de la

miseria por medio del robo; que es siempre una mala puerta para salir de la miseria la que

da entrada a la infamia; y, en fin, que había obrado mal.

Después se preguntó si era el único que había obrado mal en tal fatal historia; si no era

una cosa grave que él, trabajador, careciese de trabajo; que él, laborioso, careciese de

pan; si, después de cometida y confesada la falta, el castigo no había sido feroz y

extremado; si no había más abuso por parte de la ley en la pena que por parte del culpado

en la culpa; si el recargo de la pena no era el olvido del delito, y no producía por

resultado el cambio completo de la situación, reemplazando la falta del delincuente con el

exceso de la represión, transformando al culpado en víctima, y al deudor en acreedor,

poniendo definitivamente el derecho de parte del mismo que lo había violado; si esta

pena, complicada por recargos sucesivos por las tentativas de evasión, no concluía por ser

una especie de atentado del fuerte contra el débil, un crimen de la sociedad contra el

individuo; un crimen que empezaba todos los días; un crimen que se cometía

continuamente por espacio de diecinueve años.

Se preguntó si la sociedad humana podía tener el derecho de hacer sufrir igualmente a

sus miembros, en un caso su imprevisión irracional, y en otro su impía previsión; y de

apoderarse para siempre de un hombre entre una falta y un exceso; falta de trabajo,

exceso de castigo.

Se preguntó si era justo que la sociedad tratase así precisamente a aquellos de sus

miembros peor dotados en la repartición casual de los bienes y, por lo tanto, a los

miserables más dignos de consideración.

Presentadas y resueltas estas cuestiones, juzgó a la sociedad y la condenó.

La condenó a su odio.

La hizo responsable de su suerte, y se dijo que no dudaría quizá en pedirle cuentas

algún día. Se declaró a sí mismo que no había equilibrio entre el mal que había causado y

el que había recibido; concluyendo, por fin, que su castigo no era ciertamente una

injusticia, pero era seguramente una iniquidad.

Los hombres no lo habían tocado más que para maltratarle. Todo contacto con ellos

había sido una herida. Nunca, desde su infancia, exceptuando a su madre y a su hermana,

nunca había encontrado una voz amiga, una mirada benévola. Así, de padecimiento en

padecimiento, llegó a la convicción de que la vida es una guerra, y que en esta guerra él

era el vencido. Y no teniendo más arma que el odio, resolvió aguzarlo en el presidio, y

llevarlo consigo a su salida.

Había en Tolón una escuela para presidarios, en la cual se enseñaba lo más necesario a

los desgraciados que tenían buena voluntad. Jean fue del número de los hombres de

buena voluntad. Empezó a ir a la escuela a los cuarenta años, y aprendió a leer, a escribir

y a contar. Pensó que fortalecer su inteligencia era fortalecer su odio; porque en ciertos

casos la instrucción y la luz pueden servir de auxiliares al mal.

Digamos ahora una cosa triste: Jean, después de juzgar a la sociedad que había hecho

su desgracia, juzgó a la Providencia que había hecho la sociedad, y la condenó también.

Así, durante estos diecinueve años de tortura y de esclavitud, su alma se elevó y decayó

al mismo tiempo. En ella entraron la luz por un lado y las tinieblas por otro.

Jean Valjean no tenía, como se ha visto, una naturaleza malvada. Aún era bueno cuando

entró en el presidio. Allí condenó a la sociedad y supo que se hacía malo; condenó a la

Providencia, y supo que se hacía impío.

¿Puede la naturaleza humana transformarse así completamente? Al hombre, creado

bueno por Dios, ¿puede hacerlo malo el hombre? ¿Puede el destino modificar el alma

completamente, y hacerla mala porque es malo el destino? ¿No hay en toda alma humana,

no había en el alma de Jean Valjean en particular, una primera chispa, un elemento

divino, incorruptible en este mundo, inmortal en el otro, que el bien puede desarrollar,

encender, purificar, hacer brillar esplendorosamente, y que el mal no puede nunca apagar

del todo?

¿Tenía conciencia el presidiario de todo lo que había pasado en él, y de todas las

emociones que experimentaba? Preguntas profundas y obscuras para que este hombre

rudo a ignorante pudiera responder. Había demasiada ignorancia en Jean Valjean para

que, aun después de tanta desgracia, no quedase mucha vaguedad en su espíritu. Ni aun

sabía exactamente lo que por él pasaba. Jean Valjean estaba en las tinieblas; sufría en las

tinieblas; odiaba en las tinieblas. Vivía habitualmente en esta sombra, a tientas, como un

ciego, como un soñador. Solamente a intervalos recibía súbitamente, de sí mismo o del

exterior, un impulso de cólera, un aumento de padecimiento, un pálido y rápido

relámpago que iluminaba toda su alma y que le mostraba, entre los resplandores de una

luz horrible, los negros precipicios y las sombrías perspectivas de su destino.

Pero pasaba el relámpago, venía la noche, y ¿dónde estaba él? Ya no lo sabía.

Jean Valjean hablaba poco y no reía nunca. Era necesaria una emoción fuertísima para

arrancarle, una o dos veces al año, esa lúgubre risa del forzado que es como el eco de una

risa satánica. Parecía estar ocupado siempre en contemplar algo terrible.

Y en aquella penumbra sombría y tenebrosa en que vivía, no dejó de destacarse su

increíble fuerza física. Y su agilidad, que era aún mayor que su fuerza. Ciertos

presidiarios, fraguadores perpetuos de evasiones, concluyen por hacer de la fuerza y de la

destreza combinadas una verdadera ciencia, la ciencia de los músculos. Subir por una

vertical, y hallar puntos de apoyo donde no había apenas un desnivel, era solamente un

juego para Jean Valjean.

No sin razón su pasaporte lo calificaba de "hombre muy peligroso".

De año en año se había ido desecando su alma, lenta, pero fatalmente. A alma seca,

ojos secos. A su salida de presidio hacía diecinueve años que no había derramado una

lágrima.

VI

La ola y la sombra

¡Un hombre al mar!

¡Qué importa! El buque no se detiene por eso. El viento sopla; el barco tiene una senda

trazada, que debe recorrer necesariamente.

El hombre desaparece y vuelve a aparecer; se sumerge y sube a la superficie; llama;

tiende los brazos, pero no es oído: la nave, temblando al impulso del huracán, continúa

sus maniobras; los marineros y los pasajeros no ven al hombre sumergido; su miserable

cabeza no es más que un punto en la inmensidad de las olas.

Sus gritos desesperados resuenan en las profundidades. Observa aquel espectro de una

vela que se aleja. La mira, la mira desesperado. Pero la vela se aleja, decrece, desaparece.

Allí estaba él: hacía un momento, formaba parte de la tripulación, iba y venía por el

puente con los demás, tenía su parte de aire y de sol; estaba vivo. Pero ¿qué ha sucedido?

Resbaló; cayó. Todo ha terminado.

Se encuentra inmerso en el monstruo de las aguas. Bajo sus pies no hay más que olas

que huyen, olas que se abren, que desaparecen. Estas olas, rotas y rasgadas por el viento,

lo rodean espantosamente; los vaivenes del abismo lo arrastran; los harapos del agua se

agitan alrededor de su cabeza; un pueblo de olas escupe sobre él; confusas cavernas

amenazan devorarle; cada vez que se sumerge descubre precipicios llenos de oscuridad;

una vegetación desconocida lo sujeta, le enreda los pies, lo atrae: siente que forma ya

parte de la espuma, que las olas se lo echan de una a otra; bebe toda su amargura; el

océano se encarniza con él para ahogarle; la inmensidad juega con su agonía. Parece que

el agua se ha convertido en odio.

Pero lucha todavía.

Trata de defenderse, de sostenerse, hace esfuerzos, nada. ¡Pobre fuerza agotada ya, que

combate con lo inagotable!

¿Dónde está el buque? Allá a lo lejos. Apenas es ya visible en las pálidas tinieblas del

horizonte.

Las ráfagas soplan; las espumas lo cubren. Alza la vista; ya no divisa más que la lividez

de las nubes. En su agonía asiste a la inmensa demencia de la mar. La locura de las olas

es su suplicio: oye mil ruidos inauditos que parecen salir de más allá de la tierra; de un

sitio desconocido y horrible.

Hay pájaros en las nubes, lo mismo que hay ángeles sobre las miserias humanas; pero,

¿qué pueden hacer por él? Ellos vuelan, cantan y se ciernen en los aires, y él agoniza. Se

ve ya sepultado entre dos infinitos, el océano y el cielo; uno es su tumba; otro su mortaja.

Llega la noche; hace algunas horas que nada; sus fuerzas se agotan ya; aquel buque,

aquella cosa lejana donde hay hombres, ha desaparecido; se encuentra solo en el

formidable abismo crepuscular; se sumerge, se estira, se enrosca; ve debajo de sí los

indefinibles monstruos del infinito; grita.

Ya no lo oyen los hombres. ¿Y dónde está Dios?

Llama. Llama sin cesar.

Nada en el horizonte; nada en el cielo.

Implora al espacio, a la ola, a las algas, al escollo; todo ensordece. Suplica a la

tempestad; la tempestad imperturbable sólo obedece al infinito.

A su alrededor tiene la oscuridad, la bruma; la soledad, el tumulto tempestuoso y ciego,

el movimiento indefinido de las temibles olas; dentro de sí el horror y la fatiga.

El frío sin fondo lo paraliza. Sus manos se crispan y se cierran, y cogen, al cerrarse, la

nada. Vientos, nubes, torbellinos, estrellas; ¡todo le es inútil! ¿Qué hacer? El desesperado

se abandona; el que está cansado toma el partido de morir, se deja llevar, se entrega a la

suerte, y rueda para siempre en las lúgubres profundidades del sepulcro.

¡Oh destino implacable de las sociedades humanas, que perdéis los hombres y las almas

en vuestro camino! ¡Océano en que cae todo lo que deja caer la ley! ¡Siniestra

desaparición de todo auxilio! ¡Muerte moral!

La mar es la inexorable noche social en que la penalidad arroja a sus condenados. La

mar es la inmensa miseria. El alma, naufragando en este abismo, puede convertirse en un

cadáver. ¿Quién lo resucitará?

VII

Nuevas quejas

Cuando llegó la hora de la salida del presidio; cuando Jean Valjean oyó resonar en sus

oídos estas palabras extrañas: "¡Estás libre!", tuvo un momento indescriptible: un rayo de

viva luz, un rayo de la verdadera luz de los vivos penetró en él súbitamente. Pero no tardó

en debilitarse. Jean Valjean se había deslumbrado con la idea de la libertad. Había creído

en una vida nueva; pero pronto supo lo que es una libertad con pasaporte amarillo.

Al día siguiente de su libertad, en Grasse, vio delante de la puerta de una destilería de

flores de naranjo algunos hombres que descargaban unos fardos. Ofreció su trabajo. Era

necesario y fue aceptado. Se puso a trabajar. Era inteligente, robusto, ágil, trabajaba muy

bien; su empleador parecía estar contento. Pero pasó un gendarme, lo observó y le pidió

sus papeles. Le fue preciso mostrar el pasaporte amarillo. Hecho esto, volvió a su trabajo.

Un momento antes había preguntado a un compañero cuánto ganaba al día; "treinta

sueldos", le había respondido. Llegó la tarde, y como debía partir al día siguiente por la

mañana, se presentó al dueño y le rogó que le pagase. Este no pronunció una palabra, y le

entregó quince sueldos. Reclamó y le respondieron: "Bastante es eso para ti". Insistió. El

dueño lo miró fijamente, y le dijo: "¡Cuidado con la cárcel!"

La excarcelación no es la libertad. Se acaba el presidio, pero no la condena. Esto era lo

que había sucedido en Grasse. Ya hemos visto cómo fue recibido en D.

VIII

El hombre despierto

Daban las dos en el reloj de la catedral cuando Jean Valjean despertó.

Lo que lo despertó fue el lecho demasiado blando. Iban a cumplirse veinte años que no

se acostaba en una cama, y aunque no se hubiese desnudado, la sensación era demasiado

nueva para no turbar su sueño.

Había dormido más de cuatro horas. No acostumbraba dedicar más tiempo al reposo.

Abrió los ojos y miró un momento en la oscuridad en derredor suyo; después los cerró

para dormir otra vez.

Pero cuando han agitado el ánimo durante el día muchas sensaciones diversas; cuando

se ha pensado a la vez en muchas cosas, el hombre duerme, pero no vuelve a dormir una

vez que ha despertado. Jean Valjean no pudo dormir más, y se puso a meditar.

Se encontraba en uno de esos momentos en que todas las ideas que tiene el espíritu se

mueven y agitan sin fijarse. Tenía una especie de vaivén oscuro en el cerebro.

Muchas ideas lo acosaban pero entre ellas había una que se presentaba más

continuamente a su espíritu, y que expulsaba a las demás; había reparado en los seis

cubiertos de plata y el cucharón que la señora Magloire pusiera en la mesa.

Estos seis cubiertos de plata lo obsesionaban. Y estaban allí, a algunos pasos. Y eran

macizos. Y de plata antigua. Con el cucharón, valdrían lo menos doscientos francos.

Doble de lo que había ganado en diecinueve años.

Su mente osciló por espacio de una hora en fluctuaciones en que se desarrollaba cierta

lucha. Dieron las tres. Abrió los ojos, se incorporó bruscamente en la cama. Permaneció

algún tiempo pensativo. De repente se levantó, se quitó los zapatos que colocó

suavemente en la estera cerca de la cama; volvió a su primera postura de siniestra

meditación, y quedó inmóvil, y hubiera permanecido en ella hasta que viniera el día, si el

reloj no hubiese dado una campanada; tal vez esta campanada le gritó ¡Vamos!

Se puso de pie, dudó aún un momento y escuchó: todo estaba en silencio en la casa;

entonces examinó la ventana; miró hacia el jardín, con esa mirada atenta que estudia más

que mira. Estaba cercado por una pared blanca bastante baja y fácil de escalar.

Después, con el ademán de un hombre resuelto, se dirigió a la cama, cogió su morral, lo

abrió, lo registró, sacó un objeto de hierro que puso sobre la cama, se metió los zapatos

en los bolsillos, cerró el saco y se lo echó a la espalda, se puso la gorra bajando la visera

sobre los ojos, buscó a tientas su palo, y fue a colocarlo en el ángulo de la ventana;

después volvió a la cama y cogió resueltamente el objeto que había dejado allí. Parecía

una barra de hierro corta, aguzada como un chuzo: era una lámpara de minero. A veces se

empleaba a presidiarios en faenas mineras cerca de Tolón y no es, por tanto, de extrañar

que Valjean tuviera en su poder dicho implemento. Con ella en la mano, y conteniendo la

respiración, se dirigió al cuarto contiguo. Encontró la puerta entornada. El obispo no la

había cerrado.

Jean Valjean escuchó un momento. No se oía ruido alguno.

Empujó la puerta; un gozne mal aceitado produjo en la oscuridad un ruido ronco y

prolongado.

Jean Valjean tembló. El ruido sonó en sus oídos como un eco formidable, y vibrante,

como la trompeta del juicio final.

Se detuvo temblando azorado. Oyó latir las arterias en sus sienes como dos martillos de

fragua, y le pareció que el aliento salía de su pecho con el ruido con que sale el viento de

una caverna. Creía imposible que el grito de aquel gozne no hubiese estremecido toda la

casa como la sacudida de un terremoto. El viejo se levantaría, las dos mujeres gritarían,

recibirían auxilio, y antes de un cuarto de hora el pueblo estaría en movimiento, y la

gendarmería en pie. Por un momento se creyó perdido.

Permaneció inmóvil, sin atreverse a hacer ningún movimiento. Pasaron algunos

minutos. La puerta se había abierto completamente. Se atrevió a entrar en el cuarto; el

ruido del gozne mohoso no había despertado a nadie.

Había pasado el primer peligro; pero Jean Valjean estaba sobrecogido y confuso. Mas

no retrocedió. Ni aun en el momento en que se creyó perdido retrocedió. Sólo pensó en

acabar cuanto antes.

En el dormitorio reinaba una calma perfecta. Oía en el fondo de la habitación la

respiración igual y tranquila del obispo dormido.

De repente se detuvo. Estaba cerca de la cama; había llegado antes de lo que creía.

El obispo dormía tranquilamente. Su fisonomía estaba iluminada por una vaga

expresión de satisfacción, de esperanza, de beatitud. Esta expresión era más que una

sonrisa; era casi un resplandor.

Jean Valjean estaba en la sombra con su barra de hierro en la mano, inmóvil, turbado

ante aquel anciano resplandeciente. Nunca había visto una cosa semejante. Aquella

confianza lo asustaba. El mundo moral no puede presentar espectáculo más grande: una

conciencia turbada a inquieta, próxima a cometer una mala acción, contemplando el

sueño de un justo.

Nadie hubiera podido decir lo que pasaba en aquel momento por el criminal; ni aun él

mismo lo sabía. Para tratar de expresarlo es preciso combinar mentalmente lo más

violento con lo más suave. En su fisonomía no se podía distinguir nada con certidumbre;

parecía expresar un asombro esquivo. Contemplaba aquel cuadro; pero, ¿qué pensaba?

Imposible adivinarlo. Era evidente que estaba conmovido y desconcertado. Pero, ¿de qué

naturaleza era esta emoción?

No podía apartar su vista del anciano; y lo único que dejaba traslucir claramente su

fisonomía era una extraña indecisión. Parecía dudar entre dos abismos: el de la perdición

o el de la salvación; entre herir aquella cabeza o besar aquella mano.

Al cabo de algunos instantes levantó el brazo izquierdo hasta la frente, y se quitó la

gorra; después dejó caer el brazo con lentitud y volvió a su meditación con la gorra en la

mano izquierda, la barra en la derecha y los cabellos erizados sobre su tenebrosa frente.

El obispo seguía durmiendo tranquilamente bajo aquella mirada aterradora.

El reflejo de la luna hacía visible confusamente encima de la chimenea el crucifijo, que

parecía abrir sus brazos a ambos, bendiciendo al uno, perdonando al otro.

De repente Jean Valjean se puso la gorra, pasó rápidamente a lo largo de la cama sin

mirar al obispo, se dirigió al armario que estaba a la cabecera; alzó la barra de hierro

como para forzar la cerradura; pero estaba puesta la llave; la abrió y lo primero que

encontró fue el cestito con la platería; lo cogió, atravesó la estancia a largos pasos, sin

precaución alguna y sin cuidarse ya del ruido; entró en el oratorio, cogió su palo, abrió la

ventana, la saltó, guardó los cubiertos en su morral, tiró el canastillo, atravesó el jardín,

saltó la tapia como un tigre y desapareció.

IX

El obispo trabaja

Al día siguiente, al salir el sol, monseñor Bienvenido se paseaba por el jardín. La

señora Magloire salió corriendo a su encuentro muy agitada.

-Monseñor, monseñor -exclamó-: ¿Sabe Vuestra Grandeza dónde está el canastillo de

los cubiertos?

-Sí -contestó el obispo.

-¡Bendito sea Dios! -dijo ella-. No lo podía encontrar.

El obispo acababa de recoger el canastillo en el jardín, y selto presentó a la señora

Magloire.

Aquí está.

-Sí -dijo ella-; pero vacío. ¿Dónde están los cubiertos?

-¡Ah! -dijo el obispo-. ¿Es la vajilla lo que buscáis? No lo sé.

-¡Gran Dios! ¡La han robado! El hombre de anoche la ha robado.

Y en un momento, con toda su viveza, la señora Magloire corrió al oratorio, entró en la

alcoba, y volvió al lado del obispo.

-¡Monseñor, el hombre se ha escapado! ¡Nos robó la platería!

El obispo permaneció un momento silencioso, alzó después la vista, y dijo a la señora

Magloire con toda dulzura:

-¿Y era nuestra esa platería?

La señora Magloire se quedó sin palabras; y el obispo añadió:

-Señora Magloire; yo retenía injustamente desde hace tiempo esa platería. Pertenecía a

los pobres. ¿Quién es ese hombre? Un pobre, evidentemente.

-¡Ay, Jesús! -dijo la señora Magloire-. No lo digo por mí ni por la señorita, porque a

nosotras nos da lo mismo; lo digo por Vuestra Grandeza. ¿Con qué vais a comer ahora,

monseñor?

El obispo la miró como asombrado.

-Pues, ¿no hay cubiertos de estaño?

La señora Magloire se encogió de hombros.

-El estaño huele mal.

-Entonces de hierro.

La señora Magloire hizo un gesto expresivo:

-El hierro sabe mal.

-Pues bien -dijo el obispo-, cubiertos de palo.

Algunos momentos después se sentaba en la misma mesa a que se había sentado Jean

Valjean la noche anterior. Mientras desayunaba, monseñor Bienvenido hacía notar

alegremente a su hermana, que no hablaba nada, y a la señora Magloire, que murmuraba

sordamente, que no había necesidad de cuchara ni de tenedor, aunque fuesen de madera,

para mojar un pedazo de pan en una taza de leche.

-¡A quién se le ocurre -mascullaba la señora Magloire yendo y viniendo- recibir a un

hombre así, y darle cama a su lado!

Cuando ya iban a levantarse de la mesa, golpearon a la puerta.

Adelante -dijo el obispo.

Se abrió con violencia la puerta. Un extraño grupo apareció en el umbral. Tres hombres

traían a otro cogido del cuello. Los tres hombres eran gendarmes. El cuarto era Jean

Valjean. Un cabo que parecía dirigir el grupo se dirigió al obispo haciendo el saludo

militar.

-Monseñor... -dijo.

Al oír esta palabra Jean Valjean, que estaba silencioso y parecía abatido, levantó

estupefacto la cabeza.

-¡Monseñor! -murmuró-. ¡No es el cura!

-Silencio -dijo un gendarme-. Es Su Ilustrísima el señor obispo.

Mientras tanto monseñor Bienvenido se había acercado a ellos.

-¡Ah, habéis regresado! -dijo mirando a Jean Valjean-. Me alegro de veros. Os había

dado también los candeleros, que son de plata, y os pueden valer también doscientos

francos. ¿Por qué no los habéis llevado con vuestros cubiertos?

Jean Valjean abrió los ojos y miró al venerable obispo con una expresión que no podría

pintar ninguna lengua humana.

-Monseñor -dijo el cabo-. ¿Es verdad entonces lo que decía este hombre? Lo

encontramos como si fuera huyendo, y lo hemos detenido. Tenía esos cubiertos...

-¿Y os ha dicho -interrumpió sonriendo el obispo- que se los había dado un hombre, un

sacerdote anciano en cuya casa había pasado la noche? Ya lo veo. Y lo habéis traído acá.

-Entonces -dijo el gendarme-, ¿podemos dejarlo libre?

-Sin duda -dijo el obispo.

Los gendarmes soltaron a Jean Valjean, que retrocedió.

-¿Es verdad que me dejáis? -dijo con voz casi inarticulada, y como si hablase en

sueños.

-Sí; te dejamos, ¿no lo oyes? -dijo el gendarme.

-Amigo mío -dijo el obispo-, tomad vuestros candeleros antes de iros.

Y fue a la chimenea, cogió los dos candelabros de plata, y se los dio. Las dos mujeres lo

miraban sin hablar una palabra, sin hacer un gesto, sin dirigir una mirada que pudiese

distraer al obispo.

Jean Valjean, temblando de pies a cabeza, tomó los candelabros con aire distraído.

Ahora -dijo el obispo-, id en paz. Y a propósito, cuando volváis, amigo mío, es inútil

que paséis por el jardín. Podéis entrar y salir siempre por la puerta de la calle. Está

cerrada sólo con el picaporte noche y día.

Después volviéndose a los gendarmes, les dijo:

-Señores, podéis retiraros.

Los gendarmes abandonaron la casa.

Parecía que Jean Valjean iba a desmayarse.

El obispo se aproximó a él, y le dijo en voz baja:

-No olvidéis nunca que me habéis prometido emplear este dinero en haceros hombre

honrado.

Jean Valjean, que no recordaba haber prometido nada, lo miró alelado. El obispo

continuó con solemnidad:

-Jean Valjean, hermano mío, vos no pertenecéis al mal, sino al bien. Yo compro vuestra

alma; yo la libro de las negras ideas y del espíritu de perdición, y la consagro a Dios.

X

Gervasillo

Jean Valjean salió del pueblo como si huyera. Caminó precipitadamente por el campo,

tomando los caminos y senderos que se le presentaban, sin notar que a cada momento

desandaba lo andado. Así anduvo errante toda la mañana, sin comer y sin tener hambre.

Lo turbaba una multitud de sensaciones nuevas. Sentía cólera, y no sabía contra quién.

No podía saber si estaba conmovido o humillado. Sentía por momentos un

estremecimiento extraño, y lo combatía, oponiéndole el endurecimiento de sus últimos

veinte años. Esta situación lo cansaba. Veía con inquietud que se debilitaba en su interior

la horrible calma que le había hecho adquirir la injusticia de su desgracia. Y se

preguntaba con qué la reemplazaría. En algún instante hubiera preferido estar preso con

los gendarmes, y que todo hubiera pasado de otra manera; de seguro entonces no tendría

tanta intranquilidad. Todo el día lo persiguieron pensamientos imposibles de expresar.

Cuando ya el sol iba a desaparecer en el horizonte y alargaba en el suelo hasta la

sombra de la menor piedrecilla, Jean Valjean se sentó detrás de un matorral en una gran

llanura rojiza, enteramente desierta. Estaría a tres leguas de D. Un sendero que cortaba la

llanura pasaba a algunos pasos del matorral.

En medio de su meditación oyó un alegre ruido. Volvió la cabeza, y vio venir por el

sendero a un niño saboyano, de unos diez años, que iba cantando con su gaita al hombro

y su bolsa a la espalda.

Era uno de esos simpáticos muchachos que van de pueblo en pueblo, luciendo las

rodillas por los agujeros de los pantalones.

El muchacho interrumpía de vez en cuando su marcha para jugar con algunas monedas

que llevaba en la mano, y que serían probablemente todo su capital. Entre estas monedas

había una de plata de cuarenta sueldos.

Se detuvo cerca del arbusto sin ver a Jean Valjean y tiró las monedas que hasta

entonces había cogido con bastante habilidad en el dorso de la mano. Pero esta vez la

moneda de cuarenta sueldos se le escapó y fue rodando por la hierba hasta donde estaba

Jean Valjean, quien le puso el pie encima. Pero el niño había seguido la moneda con la

vista. No se detuvo; se fue derecho hacia el hombre.

El sitio estaba completamente solitario. El muchacho daba la espalda al sol, que doraba

sus cabellos y teñía con una claridad sangrienta la salvaje fisonomía de Jean Valjean.

-Señor -dijo el saboyano con esa confianza de los niños, que es una mezcla de

ignorancia y de inocencia-: ¡Mi moneda!

-¿Cómo lo llamas? -preguntó Jean Valjean.

-Gervasillo, señor.

-Vete -le dijo Jean Valjean.

-Señor, dadme mi moneda volvió a decir el niño.

Jean Valjean bajó la cabeza y no respondió.

El muchacho volvió a decir:

-¡Mi moneda, señor!

La vista de Jean Valjean siguió fija en el suelo.

-¡Mi moneda! -gritó ya el niño-, ¡mi moneda de plata! ¡Mi dinero!

Parecía que Jean Valjean no oía nada. El niño le cogió la solapa de la chaqueta, y la

sacudió, haciendo esfuerzos al mismo tiempo para separar el tosco zapato claveteado que

cubría su tesoro.

-¡Quiero mi moneda! ¡Mi moneda de cuarenta sueldos!

El niño lloraba. Jean Valjean levantó la cabeza; pero siguió sentado. Sus ojos estaban

turbios. Miró al niño como con asombro, y después llevó la mano al palo gritando con

voz terrible:

-¿Quién anda ahí?

-Yo, señor -respondió el muchacho-. Yo, Gervasillo. ¿Queréis devolverme mis cuarenta

sueldos? ¿Queréis alzar el pie?

Y después irritado ya y casi en tono amenazador, a pesar de su corta edad, le dijo:

-Pero, ¿quitaréis el pie? ¡Vamos, levantad ese pie!

-¡Ah! ¡Conque estás aquí todavía! -dijo Jean Valjean; y poniéndose repentinamente de

pie, sin descubrir por esto la moneda, añadió-: ¿Quieres irte de una vez?

El niño lo miró atemorizado; tembló de pies a cabeza, y después de algunos momentos

de estupor, echó a correr con todas sus fuerzas sin volver la cabeza, ni dar un grito.

Sin embargo a alguna distancia, la fatiga lo obligó a detenerse y Jean Valjean, en medio

de su meditación, lo oyó sollozar.

Algunos instantes después, el niño había desaparecido.

El sol se había puesto. La sombra crecía alrededor de Jean Valjean. En todo el día no

había tomado alimento; es probable que tuviera fiebre.

Se había quedado de pie, y no había cambiado de postura desde que huyó el niño. La

respiración levantaba su pecho a intervalos largos y desiguales. Su mirada, clavada diez o

doce pasos delante de él, parecía examinar con profunda atención un pedazo de loza azul

que había entre la hierba. De pronto, se estremeció: sentía ya el frío de la noche.

Se encasquetó bien la gorra; se cruzó y abotonó maquinalmente la chaqueta, dio un

paso, y se inclinó para coger del suelo el palo. Al hacer este movimiento vio la moneda

de cuarenta sueldos que su pie había medio sepultado en la tierra, y que brillaba entre

algunas piedras. "¿Qué es esto?", dijo entre dientes. Retrocedió tres pasos, y se detuvo sin

poder separar su vista de aquel punto que había pisoteado hacía un momento, como si

aquello que brillaba en la oscuridad hubiese tenido un ojo abierto y fijo en él.

Después de algunos minutos se lanzó convulsivamente hacia la moneda de plata de dos

francos, la cogió, y enderezándose miró a lo lejos por la llanura, dirigiendo sus ojos a

todo el horizonte, anhelante, como una fiera asustada que busca un asilo.

Nada vio. La noche caía, la llanura estaba fría, e iba formándose una bruma violada en

la claridad del crepúsculo.

Dio un suspiro y marchó rápidamente hacia el sitio por donde el niño había

desaparecido. Después de haber andado unos treinta pasos se detuvo y miró. Pero

tampoco vio nada.

Entonces gritó con todas sus fuerzas:

-¡Gervasillo! ¡Gervasillo!

Calló y esperó. Nadie respondió. El campo estaba desierto y triste.

El hombre volvió a andar, a correr; de tanto en tanto se detenía y gritaba en aquella

soledad con la voz más formidable y más desolada que pueda imaginarse:

-¡Gervasillo! ¡Gervasillo!

Si el muchacho hubiera oído estas voces, de seguro habría tenido miedo, y se hubiera

guardado muy bien de acudir. Pero debía de estar ya muy lejos.

Jean Valjean encontró a un cura que iba a caballo. Se dirigió a él y le dijo:

-Señor cura: ¿habéis visto pasar a un muchacho?

-No -dijo el cura.

-¡Uno que se llama Gervasillo!

-No he visto a nadie.

Entonces Jean Valjean sacó dos monedas de cinco francos de su morral, y se las dio al

cura.

-Señor cura, tomad para los pobres. Señor cura, es un muchacho de unos diez años con

una bolsa y una gaita. Iba caminando. Es uno de esos saboyanos, ya sabéis...

-No lo he visto.

Jean Valjean tomó violentamente otras dos monedas de cinco francos, y las dio al

sacerdote.

-Para los pobres -le dijo.

Y después añadió con azoramiento:

-Señor cura, mandad que me prendan: soy un ladrón.

El cura picó espuelas y huyó atemorizado.

Jean Valjean echó a correr. Siguió a la suerte un camino mirando, llamando y gritando;

pero no encontró a nadie. Al fin se detuvo. La luna había salido. Paseó su mirada a lo

lejos, y gritó por última vez:

-¡Gervasillo! ¡Gervasillo! ¡Gervasillo!

Aquel fue su último intento. Sus piernas se doblaron bruscamente, como si un poder

invisible lo oprimiera con todo el peso de su mala conciencia. Cayó desfallecido sobre

una piedra con las manos en la cabeza y la cara entre las rodillas, y exclamó:

-¡Soy un miserable!

Su corazón estalló, y rompió a llorar. ¡Era la primera vez que lloraba en diecinueve

años!

Cuando Jean Valjean salió de casa del obispo, estaba, por decirlo así, fuera de todo lo

que había sido su pensamiento hasta allí. No podía explicarse lo que pasaba en él. Quería

resistir la acción angélica, las dulces palabras del anciano: "Me habéis

prometido ser hombre honrado. Yo compro vuestra alma. Yo la libero del espíritu

de perversidad, y la consagro a Dios". Estas frases se presentaban a su memoria sin cesar.

Comprendía claramente que el perdón de aquel sacerdote era el ataque más formidable

que podía recibir; que su endurecimiento sería infinito si podía resistir aquella clemencia;

pero que si cedía, le sería preciso renunciar al odio que había alimentado en su alma por

espacio de tantos años, y que ahora había comenzado una lucha colosal y definitiva entre

su maldad y la bondad del anciano sacerdote.

Deslumbrado ante esta nueva luz, caminaba como un enajenado. Veía sin duda alguna

que ya no era el mismo hombre; que todo había cambiado en él, y que no había estado en

su mano evitar que el obispo le hablara y lo conmoviera.

En este estado de espíritu había aparecido Gervasillo y él le había robado sus cuarenta

sueldos. ¿Por qué? Con toda seguridad no hubiera podido explicarlo. ¿Era aquella acción

un último efecto, un supremo esfuerzo de las malas ideas que había traído del presidio?

Jean Valjean retrocedió con angustia y dio un grito de espanto. Al robar la moneda al

niño había hecho algo que no sería ya más capaz de hacer. Esta última mala acción tuvo

en él un efecto decisivo. En el momento en que exclamaba: "¡Soy un miserable!",

acababa de conocerse tal como era. Vio realmente a Jean Valjean con su siniestra

fisonomía delante de sí, y le tuvo horror.

Vio, como en una profundidad misteriosa, una especie de luz que tomó al principio por

una antorcha. Examinando con más atención esta luz encendida en su conciencia, vio que

tenía forma humana, y que era el obispo.

Su conciencia comparó al obispo con Jean Valjean. El obispo crecía y resplandecía a

sus ojos y Jean Valjean se empequeñecía y desaparecía. Después de algunos instantes

sólo quedó de él una sombra. Después desapareció del todo. Sólo quedó el obispo. El

obispo, que iluminaba el alma de aquel miserable con un resplandor magnífico.

Jean Valjean lloró largo rato. Lloró lágrimas ardientes, lloró a sollozos; lloró con la

debilidad de una mujer, con el temor de un niño.

Mientras lloraba se encendía poco a poco una luz en su cerebro, una luz extraordinaria,

una luz maravillosa y terrible a la vez. Su vida pasada, su primera falta, su larga

expiación, su embrutecimiento exterior, su endurecimiento interior, su libertad halagada

con tantos planes de venganza, las escenas en casa del obispo, la última acción que había

cometido, aquel robo de cuarenta sueldos a un niño, crimen tanto más culpable, tanto más

monstruoso cuanto que lo ejecutó después del perdón del obispo; todo esto se le presentó

claramente; pero con una claridad que no había conocido hasta entonces.

Examinó su vida y le pareció horrorosa; examinó su alma y le pareció horrible. Y sin

embargo, sobre su vida y sobre su alma se extendía una suave claridad.

¿Cuánto tiempo estuvo llorando así? ¿Qué hizo después de llorar? ¿Adónde fue? No se

supo. Solamente se dijo que aquella misma noche, un cochero que llegaba a D. hacia las

tres de la mañana, al atravesar la calle donde vivía el obispo vio a un hombre en actitud

de orar, de rodillas en el empedrado, delante de la puerta de monseñor Bienvenido.

LIBRO TERCERO

El año 1817

I

Doble cuarteto

En 1817 reinaba Luis XVIII, Napoleón estaba en Santa Elena, y todos convenían en

que se había cerrado para siempre la era de las revoluciones.

En ese 1817, cuatro alegres jóvenes que estudiaban en París decidieron hacer una buena

broma. Eran jóvenes insignificantes; todo el mundo conoce su tipo: ni buenos, ni malos;

ni sabios, ni ignorantes; ni genios, ni imbéciles; ramas de ese abril encantador que se

llama veinte años.

Se llamaban Tholomyès, Listolier, Fameuil y Blachevelle. Cada uno tenía,

naturalmente, su amante. Blachevelle amaba a Favorita, Listolier adoraba a Dalia,

Fameuil idolatraba a Zefina, y Tholomyès quería a Fantina, llamada la rubia, por sus

hermosos cabellos, que eran como los rayos del sol.

Favorita, Dalia, Zefina y Fantina eran cuatro encantadoras jóvenes perfumadas y

radiantes, con algo de obreras aún porque no habían abandonado enteramente la aguja,

distraídas con sus amorcillos, y que conservaban en su fisonomía un resto de la severidad

del trabajo, y en su alma esa flor de la honestidad que sobrevive en la mujer a su primera

caída. La pobreza y la coquetería son dos consejeros fatales: el uno murmura y el otro

halaga; y las jóvenes del pueblo tienen ambos consejeros que les hablan cada uno a un

oído. Estas almas mal guardadas los escuchan; y de aquí provienen los tropiezos que dan

y las piedras que se les arrojan. ¡Ah, si la señorita aristocrática tuviese hambre!

Los jóvenes eran camaradas; las jóvenes eran amigas. Tales amores llevan siempre

consigo tales amistades.

Fantina era uno de esos seres que brotan del fondo del pueblo. Había nacido en M.

¿Quiénes eran sus padres? Nadie había conocido a su padre ni a su madre. Se llamaba

Fantina. ¿Y por qué se llamaba Fantina? Cuando nació se vivía la época del Directorio.

Como no tenía nombre de familia, no tenía familia; como no tenía nombre de bautismo,

la Iglesia no existía para ella. Se llamó como quiso el primer transeúnte que la encontró

con los pies descalzos en la calle. Recibió un nombre, lo mismo que recibía en su frente

el agua de las nubes los días de lluvia. Así vino a la vida esta criatura humana. A los diez

años Fantina abandonó la ciudad y se puso a servir donde los granjeros de los

alrededores. A los quince años se fue a París a "buscar fortuna". Permaneció pura el mayor

tiempo que pudo. Fantina era hermosa. Tenía un rostro deslumbrador, de delicado

perfil, los ojos azul oscuro, el cutis blanco, las mejillas infantiles y frescas, el cuello

esbelto. Era una bonita rubia con bellísimos dientes; tenía por dote el oro y las perlas;

pero el oro estaba en su cabeza, y las perlas en su boca.

Trabajó para vivir, y después amó también para vivir, porque el corazón tiene su

hambre.

Y amó a Tholomyès.

Amor pasajero para él; pasión para ella. Las calles del Barrio Latino, que hormiguean

de estudiantes y modistillas, vieron el principio de este sueño. Fantina había huido mucho

tiempo de Tholomyès, pero de modo que siempre lo encontraba en los laberintos del

Panteón, donde empiezan y terminan tantas aventuras.

Blachevelle, Listolier y Fameuil formaban un grupo a cuya cabeza estaba Tholomyès,

que era el más inteligente.

Un día Tholomyès llamó aparte a los otros tres, hizo un gesto propio de un oráculo y les

dijo:

-Pronto hará un año que Fantina, Dalia, Zefina y Favorita nos piden una sorpresa. Se la

hemos prometido solemnemente, y nos la están reclamando siempre; a mí sobre todo. Al

mismo tiempo nuestros padres nos escriben. Nos vemos apremiados por las dos partes.

Me parece que ha llegado el momento. Escuchad.

Tholomyès bajó la voz, y pronunció con gran misterio algunas palabras tan divertidas,

que de las cuatro bocas salieron entusiastas carcajadas, al mismo tiempo que Blachevelle

exclamaba: "¡Es una gran idea!"

El resultado de aquella secreta conversación fue un paseo al campo que se realizó el

domingo siguiente, al que invitaron los estudiantes a las jóvenes.

Ese día las cuatro parejas llevaron a cabo concienzudamente todas las locuras

campestres posibles en ese entonces. Principiaban las vacaciones, y era un claro y

ardiente día de verano. Favorita, que era la única que sabía escribir, envió la noche

anterior a Tholomyés una nota diciendo: "Es muy sano salir de madrugada".

Por esta razón se levantaron todos a las cinco de la mañana. Fueron a Saint-Cloud en

coche; se pararon ante la cascada; jugaron en las arboledas del estanque grande y en el

puente de Sévres; hicieron ramilletes de flores; comieron en todas partes pastelillos de

manzanas; Tholomyès, que era capaz de todo, se ponía una cosa extraña en la boca

llamada cigarro y fumaba; en fin, fueron perfectamente felices.

II

Alegre fin de la alegría

Aquel día parecía una aurora continua. Las cuatro alegres parejas resplandecían al sol

en el campo, entre las flores y los árboles. En aquella felicidad común, hablando, cantando,

corriendo, bailando, persiguiendo mariposas, cogiendo campanillas, mojando sus

botas en las hierbas altas y húmedas, recibían a cada momento los besos de todos,

excepto Fantina que permanecía encerrada en su vaga resistencia pensativa y respetable.

Era la alegría misma, pero era a la vez el pudor mismo.

-Tú -le decía Favorita-, tú tienes que ser siempre tan rara.

Fueron al parque a columpiarse y después se embarcaron en el Sena. De cuando en

cuando, preguntaba Favorita:

-¿Y la sorpresa?

Paciencia -respondía Tholomyès.

Cansados ya, pensaron en comer y se dirigieron a la hostería de Bombarda. Allí se

instalaron en una sala grande y fea, alrededor de una mesa llena de platos, bandejas,

vasos y botellas de cerveza y de vino. Prosiguieron la risa y los besos.

En eso estaba, pues, a las cuatro de la tarde el paseo que empezara a las cinco de la

madrugada. El sol declinaba y el apetito se extinguía. En ese momento Favorita, cruzando

los brazos y echando la cabeza atrás, miró resueltamente a Tholomyês y le dijo:

-Bueno pues, ¿y la sorpresa?

Justamente, ha llegado el momento -respondió Tholomyès-. Señores, la hora de

sorprender a estas damas ha sonado. Señoras, esperadnos un momento.

-La sorpresa empieza por un beso -dijo Blachevelle.

-En la frente -añadió Tholomyès.

Cada uno depositó con gran seriedad un beso en la frente de su amante. Después se

dirigieron hacia la puerta los cuatro en fila, con el dedo puesto sobre la boca.

Favorita aplaudió al verlos salir.

-No tardéis mucho -murmuró Fantina-, os esperamos.

Una vez solas las jóvenes se asomaron a las ventanas, charlando como cotorras.

Vieron a los jóvenes salir del brazo de la hostería de Bombarda; los cuatro se volvieron,

les hicieron varias señas riéndose y desaparecieron en aquella polvorienta muchedumbre

que invade semanalmente los Campos Elíseos.

-¡No tardéis mucho! -gritó Fantina.

-¿Qué nos traerán? -dijo Zefina.

-De seguro que será una cosa bonita -dijo Dalia.

Yo quiero que sea de oro -replicó Favorita.

Pronto se distrajeron con el movimiento del agua por entre las ramas de los árboles, y

con la salida de las diligencias. De minuto en minuto algún enorme carruaje pintado de

amarillo y negro cruzaba entre el gentío.

Pasó algún tiempo. De pronto Favorita hizo un movimiento como quien se despierta.

-¡Ah! -dijo-, ¿y la sorpresa?

-Es verdad -añadió Dalia-, ¿y la famosa sorpresa?

-¡Cuánto tardan! -dijo Fantina.

Cuando Fantina acababa más bien de suspirar que de decir esto, el camarero que les

había servido la comida entró. Llevaba en la mano algo que se parecía a una carta.

-¿Qué es eso? -preguntó Favorita.

El camarero respondió:

-Es un papel que esos señores han dejado abajo para estas señoritas.

-¿Por qué no lo habéis traído antes?

-Porque esos señores -contestó el camarero- dieron orden que no se os entregara hasta

pasada una hora.

Favorita arrancó el papel de manos del camarero. Era una carta.

-¡No está dirigida a nadie! -dijo-. Sólo dice: Esta es la sorpresa.

Rompió el sobre, abrió la carta y leyó:

"¡Oh, amadas nuestras! Sabed que tenemos padres; padres, vosotras no entenderéis muy

bien qué es eso. Así se llaman el padre y la madre en el Código Civil. Ahora bien, estos

padres lloran; estos ancianos nos reclaman; estos buenos hombres y estas buenas mujeres

nos llaman hijos pródigos, desean nuestro regreso y nos ofrecen matar corderos en

nuestro honor. Somos virtuosos y les obedecemos. A la hors en que leáis esto, cinco

fogosos caballos nos llevarán hacia nuestros papás y nuestras mamás. Nos escapamos. La

diligencia nos salva del borde del abismo; el abismo sois vosotras, nuestras bellas

amantes. Volvemos a entrar, a toda carrera, en la sociedad, en el deber, y en el orden. Es

importante para la patria que seamos, como todo el mundo, prefectos, padres de familia,

guardas campestres o consejeros de Estado. Veneradnos. Nosotros nos sacrificamos. Lloradnos

rápidamente, y reemplazadnos más rápidamente. Si esta carta os produce pena,

rompedla. Adiós. Durante dos años os hemos hecho dichosas. No nos guardéis rencor.

Firmado: Blachevelle, Fameuil, Listolier, Tholomyès.

Post-scriptum. La comida está pagada".

Las cuatro jóvenes se miraron.

Favorita fue la primera que rompió el silencio.

-¡Qué importa! -exclamó-. Es una buena broma.

-¡Muy graciosa! -dijeron Dalia y Zefina.

Y rompieron a reír.

Fantina rió también como las demás.

Pero una hora después, cuando estuvo ya sola en su cuarto, lloró. Era, ya lo hemos

dicho, su primer amor. Se había entregado a Tholomyès como a un marido, y la pobre

joven tenía una hija.

LIBRO CUARTO

Confiar es a veces abandonar

I

Una madre encuentra a otra madre

En el primer cuarto de este siglo había en Montfermeil, cerca de París, una especie de

taberna que ya no existe. Esta taberna, de propiedad de los esposos Thenardier, se hallaba

situada en el callejón del Boulanger. Encima de la puerta se veía una tabla clavada

descuidadamente en la pared, en la cual se hallaba pintado algo que en cierto modo se

asemejaba a un hombre que llevase a cuestas a otro hombre con grandes charreteras de

general; unas manchas rojas querían figurar la sangre; el resto del cuadro era todo humo,

y representaba una batalla. Debajo del cuadro se leía esta inscripción: "El Sargento de

Waterloo".

Una tarde de la primavera de 1818, una mujer de aspecto poco agradable se hallaba

sentada frente a la puerta de la taberna, mirando jugar a sus dos pequeñas hijas, una de

pelo castaño, la otra morena, una de unos dos años y medio, la otra de un año y medio.

-Tenéis dos hermosas hijas, señora -dijo de pronto a su lado una mujer desconocida,

que tenía en sus brazos a una niña.

Además llevaba un abultado bolso de viaje que parecía muy pesado.

La hija de aquella mujer era uno de los seres más hermosos que pueden imaginarse y

estaba vestida con gran coquetería. Dormía tranquila en los brazos de su madre. Los

brazos de las madres son hechos de ternura; los niños duermen en ellos profundamente.

En cuanto a la madre, su aspecto era pobre y triste. Llevaba la vestimenta de una obrera

que quiere volver a ser aldeana. Era joven; acaso hermosa, pero con aquella ropa no lo

parecía. Sus rubios cabellos escapaban por debajo de una fea cofia de beguina amarrada

al mentón; calzaba gruesos zapatones. Aquella mujer no se reía; sus ojos parecían secos

desde hacía mucho tiempo. Estaba pálida, se veía cansada y tosía bastante; tenía las

manos ásperas y salpicadas de manchas rojizas, el índice endurecido y agrietado por la

aguja. Era Fantina.

Diez meses habían transcurrido desde la famosa sorpresa. ¿Qué había sucedido durante

estos diez meses? Fácil es adivinarlo.

Después del abandono, la miseria. Fantina había perdido de vista a Favorita, Zefina y

Dalia; el lazo una vez cortado por el lado de los hombres, se había deshecho por el lado

de las mujeres. Abandonada por el padre de su hija, se encontró absolutamente aislada;

había descuidado su trabajo, y todas las puertas se le cerraron.

No tenía a quién recurrir. Apenas sabía leer, pero no sabía escribir; en su niñez sólo

había aprendido a firmar con su nombre. ¿A quién dirigirse? Había cometido una falta,

pero el fondo de su naturaleza era todo pudor y virtud. Comprendió que se hallaba al

borde de caer en el abatimiento y resbalar hasta el abismo. Necesitaba valor; lo tuvo, y se

irguió de nuevo. Decidió volver a M., su pueblo natal. Acaso allí la conocería alguien y le

daría trabajo. Pero debía ocultar su falta. Entonces entrevió confusamente la necesidad de

una separación más dolorosa aún que la primera. Se le rompió el corazón, pero se

resolvió. Vendió todo lo que tenía, pagó sus pequeñas deudas, y le quedaron unos

ochenta francos. A los veintidós años, y en una hermosa mañana de primavera, dejó París

llevando a su hija en brazos. Aquella mujer no tenía en el mundo más que a esa niña, y

esa niña no tenía en el mundo más que a aquella mujer.

Al pasar por delante de la taberna de Thenardier, las dos niñas que jugaban en la calle

produjeron en ella una especie de deslumbramiento, y se detuvo fascinada ante aquella

visión radiante de alegría.

Las criaturas más feroces se sienten desarmadas cuando se acaricia a sus cachorros. La

mujer levantó la cabeza al oír las palabras de Fantina y le dio las gracias, a hizo sentar a

la desconocida en el escalón de la puerta, a su lado.

-Soy la señora Thenardier -dijo-. Somos los dueños de esta hostería.

Era la señora Thenardier una mujer colorada y robusta; aún era joven, pues apenas

contaba treinta años. Si aquella mujer en vez de estar sentada hubiese estado de pie, acaso

su alta estatura y su aspecto de coloso de circo ambulante habrían asustado a cualquiera.

El destino se entromete hasta en que una persona esté parada o sentada.

La viajera refirió su historia un poco modificada. Contó que era obrera, que su marido

había muerto; que como le faltó trabajo en París, iba a buscarlo a su pueblo.

En eso la niña abrió los ojos, unos enormes ojos azules como los de su madre,

descubrió a las otras dos que jugaban y sacó la lengua en señal de admiración.

La señora Thenardier llamó a sus hijas y dijo:

-jugad las tres.

Se avinieron en seguida, y al cabo de un minuto las niñas de la Thenardier jugaban con

la recién llegada a hacer agujeros en el suelo. Las dos mujeres continuaron conversando.

-¿Cómo se llama vuestra niña?

-Cosette.

La niña se llamaba Eufrasia: pero de Eufrasia había hecho su madre este Cosette,

mucho más dulce y gracioso.

-¿Qué edad tiene?

-Va para tres años.

-Lo mismo que mi hija mayor.

Las tres criaturas jugaban y reían, felices.

-Lo que son los niños -exclamó la Thenardier-, cualquiera diría que son tres hermanas.

Estas palabras fueron la chispa que probablemente esperaba la otra madre, porque

tomando la mano de la Thenardier la miró fijamente y le dijo:

-¿Queréis tenerme a mi niña por un tiempo?

La Thenardier hizo uno de esos movimientos de sorpresa que no son ni asentimiento ni

negativa. La madre de Cosette continuó:

-Mirad, yo no puedo llevar a mi hija a mi pueblo. El trabajo no lo permite. Con una

criatura no hay dónde colocarse. El Dios de la bondad es el que me ha hecho pasar por

vuestra hostería. Cuando vi vuestras niñas tan bonitas y tan bien vestidas, me dije: ésta es

una buena madre. Podrán ser tres hermanas. Además, que no tardaré mucho en volver.

¿Queréis encargaros de mi niña?

-Veremos -dijo la Thenardier.

-Pagaré seis francos al mes.

Entonces una voz de hombre gritó desde el interior:

-No se puede menos de siete francos, y eso pagando seis meses adelantados.

-Seis por siete son cuarenta y dos -dijo la Thenardier.

-Los daré -dijo la madre.

Además, quince francos para los primeros gastos -añadió la voz del hombre.

Total cincuenta y siete francos -dijo la Thenardier.

-Los pagaré -dijo la madre-. Tengo ochenta francos. Tengo con qué llegar a mi pueblo,

si me voy a pie. Allí ganaré dinero, y tan pronto reúna un poco volveré a buscar a mi

amor.

La voz del hombre dijo:

-¿La niña tiene ropa?

-Ese es mi marido -dijo la Thenardier.

-Vaya si tiene ropa mi pobre tesoro, y muy buena, todo por docenas, y trajes de seda

como una señora. Ahí la tengo en mi bolso de viaje.

-Habrá que dejarlo aquí volvió a decir el hombre.

-¡Ya lo creo que lo dejaré! -.dijo la madre-. ¡No dejaría yo a mi hija desnuda!

Entonces apareció el rostro del tabernero.

-Está bien -dijo.

-Es el señor Thenardier -dijo la mujer.

El trato quedó cerrado. La madre pasó la noche en la hostería, dio su dinero y dejó a su

niña; partió a la madrugada siguiente, llorando desconsolada, pero con la esperanza de

volver en breve.

Cuando la mujer se marchó, el hombre dijo a su mujer:

-Con esto pagaré mi deuda de cien francos que vence mañana. Me faltaban cincuenta.

¿Sabes que no has armado mala ratonera con tus hijas? -Sin proponérmelo -repuso la

mujer.

II

Primer bosquejo de dos personas turbias

Pobre era el ratón cogido; pero el gato se alegra aun por el ratón más flaco.

¿Quiénes eran los Thenardier?

Digámoslo en pocas palabras; completaremos el croquis más adelante.

Pertenecían estos seres a esa clase bastarda compuesta de personas incultas que han

llegado a elevarse y de personas inteligentes que han decaído, que está entre la clase

llamada media y la llamada inferior, y que combina algunos de los defectos de la segunda

con casi todos los vicios de la primera, sin tener el generoso impulso del obrero, ni el

honesto orden del burgués.

Eran de esa clase de naturalezas pequeñas que llegan con facilidad a ser monstruosas.

La mujer tenía en el fondo a la bestia, y el hombre la pasta del canalla. Eran de esos seres

que caen continuamente hacia las tinieblas, degradándose más de lo que avanzan,

susceptibles a todo progreso hacia el mal.

Particularmente el marido era repugnante. A ciertos hombres no hay más que mirarlos

para desconfiar de ellos. Nunca se puede responder de lo que piensan o de lo que van a

hacer. La sombra de su mirada los denuncia. Sólo con escucharlos hablar se intuyen

sombras secretas en su pasado o sombras misteriosas en su porvenir. .

El tal Thenardier, a creer sus palabras, había sido soldado; él decía que sargento; que

había hecho la campaña de 1815, y que se había conducido con gran valentía. Después

veremos lo que había de cierto en esto. La muestra de su taberna, pintada por él mismo,

era una alusión a uno de sus hechos de armas.

Su mujer tenía unos doce o quince años menos que él; su inteligencia le alcanzaba justo

para leer la literatura barata. Al envejecer fue sólo una mujer gorda y mala que leía

novelas estúpidas. Pero no se leen necedades impunemente, y de aquella lectura resultó

que su hija mayor se llamó Eponina y la menor, Azelma.

III

La alondra

No basta ser malo para prosperar. El bodegón marchaba mal.

Gracias a los cincuenta francos de la viajera, Thenardier pudo evitar un protesto y hacer

honor a su firma. Al mes siguiente volvieron a tener necesidad de dinero y la mujer

empeñó en el Monte de Piedad el vestuario de Cosette en la cantidad de sesenta francos.

Cuando hubieron gastado aquella cantidad, los esposos Thenardier se fueron

acostumbrando a no ver en la niña más que una criatura que tenían en su casa por caridad,

y la trataban como a tal. Como ya no tenía ropa propia, la vistieron con los vestidos

viejos desechados por sus hijas; es decir con harapos. Por alimento le daban las sobras de

los demás; esto es, un poco mejor que el perro, y un poco peor que el gato. Cosette comía

con ellos debajo de la mesa en un plato de madera igual al de los animales.

Su madre escribía, o mejor dicho hacía escribir todos los meses para tener noticias de

su hija. Los Thenardier contestaban siempre: "Cosette está perfectamente". Transcurridos

los seis primeros meses, la madre remitió siete francos para el séptimo mes, y continuó

con bastante exactitud haciendo sus remesas de mes en mes. Antes de terminar el año,

Thenardier le escribió exigiéndole doce. La madre, a quien se le decía que la niña estaba

feliz, se sometió y envió los doce francos.

Algunas naturalezas no pueden amar a alguien sin odiar a otro. La Thenardier amaba

apasionadamente a sus hijas, lo cual fue causa de que detestara a la forastera. Es triste

pensar que el amor de una madre tenga aspectos tan terribles. Por poco que se preocupara

de la niña, siempre le parecía que algo le quitaba a sus hijas, hasta el aire que respiraban,

y no pasaba día sin que la golpeara cruelmente. Siendo la Thenardier mala con Cosette,

Eponina y Azelma lo fueron también. Las niñas a esa edad no son más que imitadoras de

su madre.

Y así pasó un año, y después otro.

Mientras tanto, Thenardier supo por no sé qué oscuros medios que la niña era

probablemente bastarda, y que su madre no podía confesarlo. Entonces exigió quince

francos al mes, diciendo que la niña crecía y comía mucho y amenazó con botarla a la

calle.

De año en año la niña crecía y su miseria también. Cuando era pequeña, fue la que se

llevaba los golpes y reprimendas que no recibían las otras dos. Desde que empezó a

desarrollarse un poco, incluso antes de que cumpliera cinco años, se convirtió en la criada

de la casa.

A los cinco años, se dirá, eso es inverosímil. ¡Ah! Pero es cierto. El padecimiento social

empieza a cualquier edad.

Obligaron a Cosette a hacer las compras, barrer las habitaciones, el patio, la calle,

fregar la vajilla, y hasta acarrear fardos. Los Thenardier se creyeron autorizados para

proceder de este modo por cuanto la madre de la niña empezó a no pagar en forma

regular.

Si Fantina hubiera vuelto a Montfermeil al cabo de esos tres años, no habría reconocido

a su hija. Cosette, tan linda y fresca cuando llegó, estaba ahora flaca y fea. No le

quedaban más que sus hermosos ojos que causaban lástima, porque, siendo muy grandes,

parecía que en ellos se veía mayor cantidad de tristeza.

Daba lástima verla en el invierno, tiritando bajo los viejos harapos de percal

agujereados, barrer la calle antes de apuntar el día, con una enorme escoba en sus manos

amoratadas, y una lágrima en sus ojos. En el barrio la llamaban la Alondra. El pueblo,

que gusta de las imágenes, se complacía en dar este nombre a aquel pequeño ser, no más

grande que un pájaro, que temblaba, se asustaba y tiritaba, despierto el primero en la casa

y en la aldea, siempre el primero en la calle o en el campo antes del alba.

Sólo que esta pobre alondra no cantaba nunca.

LIBRO QUINTO

El descenso

I

Progreso en el negocio de los abalorios negras

¿Qué era, dónde estaba, qué hacía mientras tanto aquella mujer, que al decir de la gente

de Montfermeil parecía haber abandonado a su hija?

Después de dejar a su pequeña Cosette a los Thenardier prosiguió su camino, y llegó a

M. Se recordará que esto era en 1818.

Fantina había abandonado su pueblo unos diez años antes. M. había cambiado mucho.

Mientras ella descendía lentamente de miseria en miseria, su pueblo natal había

prosperado.

Hacía unos dos años aproximadamente que se había realizado en él una de esas hazañas

industriales que son los grandes acontecimientos de los pequeños pueblos.

De tiempo inmemorial M. tenía por industria principal la imitación del azabache inglés

y de las cuentas de vidrio negras de Alemania, industria que se estancaba a causa de la

carestía de la materia prima. Pero cuando Fantina volvió se había verificado una

transformación inaudita en aquella producción de abalorios negros. A fines de 1815, un

hombre, un desconocido, se estableció en el pueblo y concibió la idea de sustituir, en su

fabricación, la goma laca por la resina.

Tan pequeño cambio fue una revolución, pues redujo prodigiosamente el precio de la

materia prima, con beneficio para la comarca, para el manufacturero y para el

consumidor.

En menos de tres años se hizo rico el autor de este procedimiento, y, lo que es más,

todo lo había enriquecido a su alrededor.

Era forastero en la comarca. Nada se sabía de su origen. Se decía que había llegado al

pueblo con muy poco dinero; algunos centenares de francos a lo más, y que entonces

tenía el lenguaje y el aspecto de un obrero.

Y fue con ese pequeño capital, puesto al servicio de una idea ingeniosa, fecundada por

el orden y la inteligencia, que hizo su fortuna y la de todo el pueblo.

A lo que parece, la tarde misma en que aquel personaje hacía oscuramente su entrada

en aquel pequeño pueblo de M., a la caída de una tarde de diciembre, con un morral a la

espalda y un palo de espino en la mano, acababa de estallar un violento incendio en la

Municipalidad. El hombre se arrojó al fuego, y salvó, con peligro de su vida, a dos niños

que después resultaron ser los del capitán de gendarmería. Esto hizo que no se pensase en

pedirle el pasaporte. Desde entonces se supo su nombre. Se llamaba Magdalena.

II

El señor Magdalena

Era un hombre de unos cincuenta años, reconcentrado, meditabundo y bueno. Esto es

todo lo que de él podía decirse.

Gracias a los rápidos progresos de aquella industria que había restaurado tan

admirablemente, M. se había convertido en un considerable centro de negocios. Los

beneficios del señor Magdalena eran tales que al segundo año pudo ya edificar una gran

fábrica, en la cual instaló dos amplios talleres, uno para los hombres y otro para las

mujeres. Allí podía presentarse todo el que tenía hambre, seguro de encontrar trabajo y

pan. Sólo se les pedía a los hombres buena voluntad, a las mujeres costumbres puras, a

todos probidad. Era en el único punto en que era intolerante.

Antes de su llegada, el pueblo entero languidecía. Ahora todo revivía en la vida sana

del trabajo. No había más cesantía ni miseria.

En medio de esta actividad, de la cual era el eje, este hombre se enriquecía, pero, cosa

extraña, parecía que no era ése su fin. Parecía que el señor Magdalena pensaba mucho en

los demás y poco en sí mismo. En 1820 se le conocía una suma de seiscientos treinta mil

francos colocada en la casa bancaria de Laffitte; pero antes de ahorrar estos seiscientos

mil francos había gastado más de un millón para la aldea y para los pobres.

Como el hospital estaba mal dotado, había costeado diez camas más. Abrió una

farmacia gratuita. En el barrio que habitaba no había más que una escuela, que ya se caía

a pedazos; él construyó dos escuelas, una para niñas y otra para niños. Pagaba de su

bolsillo a los dos maestros una gratificación que era el doble del mezquino sueldo oficial.

Como se sorprendiera alguien por esto, le respondió: "Los dos primeros funcionarios del

Estado son la nodriza y el maestro de escuela". Fundó a sus expensas una sala de asilo,

cosa hasta entonces desconocida en Francia, y un fondo de subsidio para los trabajadores

viejos a impedidos.

En los primeros tiempos, cuando se le vio empezar, las buenas almas decían: "Es un

sinvergüenza que quiere enriquecerse". Cuando lo vieron enriquecer el pueblo antes de

enriquecerse a sí mismo, las mismas buenas almas dijeron: "Es un ambicioso". En 1819

corrió la voz de que, a propuesta del prefecto y en consideración a los servicios hechos al

país, el señor Magdalena iba a ser nombrado por el rey alcalde de M. Los que habían

declarado ambicioso al recién llegado aprovecharon dichosos la ocasión de exclamar:

"¡Vaya! ¿No lo decía yo?" Días después apareció el nombramiento en el Diario Monitor.

A la mañana siguiente renunció el señor Magdalena.

Ese mismo año, los productos del nuevo sistema inventado por el señor Magdalena

figuraron en la exposición industrial. Por sugerencia del jurado, el rey nombró al inventor

caballero de la Legión de Honor. Nuevos rumores corrieron por el pueblo. "¡Ah, era la

cruz lo que quería!" Al día siguiente, el señor Magdalena rechazaba la cruz.

Decididamente aquel hombre era un enigma. Pero las buenas almas salieron del paso

diciendo: "Es un aventurero".

Como hemos dicho, la comarca le debía mucho; los pobres se lo debían todo. En 1820,

cinco años después de su llegada a M., eran tan notables los servicios que había hecho a

la región que el rey le nombró nuevamente alcalde de la ciudad. De nuevo renunció; pero

el prefecto no admitió su renuncia; le rogaron los notables, le suplicó el pueblo en plena

calle, y la insistencia fue tan viva, que al fin tuvo que aceptar. El señor Magdalena había

llegado a ser el señor alcalde.

III

Depósitos en la casa Laffitte

Continuó viviendo con la misma sencillez que el primer día.

Tenía los cabellos grises, la mirada seria, la piel bronceada de un obrero y el rostro

pensativo de un filósofo. Usaba una larga levita abotonada hasta el cuello y un sombrero

de ala ancha. Vivía solo. Hablaba con poca gente. A medida que su fortuna crecía,

parecía que aprovechaba su tiempo libre para cultivar su espíritu. Se notaba que su modo

de hablar se había ido haciendo más fino, más escogido, más suave.

Tenía una fuerza prodigiosa. Ofrecía su ayuda a quien lo necesitaba; levantaba un

caballo, desatrancaba una rueda, detenía por los cuernos un toro escapado. Llevaba

siempre los bolsillos llenos de monedas menudas al salir de casa, y los traía vacíos al

volver. Cuando veía un funeral en la iglesia entraba y se ponía entre los amigos afligidos,

entre las familias enlutadas.

Entraba por la tarde en las casas sin moradores, y subía furtivamente las escaleras. Un

pobre diablo al volver a su chiribitil, veía que su puerta había sido abierta, algunas veces

forzada en su ausencia. El pobre hombre se alarmaba y pensaba: "Algún malhechor habrá

entrado aquí". Pero lo primero que veía era alguna moneda de oro olvidada sobre un

mueble. El malhechor que había entrado era el señor Magdalena.

Era un hombre afable y triste.

Su dormitorio era una habitación adornada sencillamente con muebles de caoba

bastante feos, y tapizada con papel barato. Lo único que chocaba allí eran dos

candelabros de forma antigua que estaban sobre la chimenea, y que parecían ser de plata.

Se murmuraba ahora en el pueblo que poseía sumas inmensas depositadas en la Casa

Laffitte, con la particularidad de que estaban siempre a su disposición inmediata, de

manera que, añadían, el señor Magdalena podía ir una mañana cualquiera, firmar un

recibo, y llevarse sus dos o tres millones de francos en diez minutos. En realidad, estos

dos o tres millones se reducían a seiscientos treinta o cuarenta mil francos.

IV

El señor Magdalena de luto

Al principiar el año 1821 anunciaron los periódicos la muerte del señor Myriel, obispo

de D., llamado monseñor Bienvenido, que había fallecido en olor de santidad a la edad de

ochenta y dos años.

Lo que los periódicos omitieron fue que al morir el obispo de D. estaba ciego desde

hacía muchos años, y contento de su ceguera porque su hermana estaba a su lado.

Ser ciego y ser amado, es, en este mundo en que nada hay completo, una de las formas

más extrañamente perfectas de la felicidad. Tener continuamente a nuestro lado a una

mujer, a una hija, una hermana, que está allí precisamente porque necesitamos de ella;

sentir su ir y venir, salir, entrar, hablar, cantar; y pensar que uno es el centro de esos

pasos, de esa palabra, de ese canto; llegar a ser en la oscuridad y por la oscuridad, el astro

a cuyo alrededor gravita aquel ángel, realmente pocas felicidades igualan a ésta. La dicha

suprema de la vida es la convicción de que somos amados, amados por nosotros mismos;

mejor dicho amados a pesar de nosotros; esta convicción la tiene el ciego. ¿Le falta algo?

No, teniendo amor no se pierde la luz. No hay ceguera donde hay amor. Se siente uno

acariciado con el alma. Nada ve, pero se sabe adorado. Está en un paraíso de tinieblas.

Desde aquel paraíso había pasado monseñor Bienvenido al otro.

El anuncio de su muerte fue reproducido por el periódico local de M. y el señor

Magdalena se vistió a la mañana siguiente todo de negro y con crespón en el sombrero.

Esto llamó mucho la atención de las gentes. Creían ver una luz en el misterioso origen

del señor Magdalena.

Una tarde, una de las damas más distinguidas del pueblo le preguntó:

-¿Sois sin duda un pariente del señor obispo de D.?

-No, señora.

-Pero, estáis de luto.

-Es que en mi juventud fui lacayo de su familia -respondió él.

También se comentaba que cada vez que pasaba por la aldea algún niño saboyano de

esos que recorren los pueblos buscando chimeneas que limpiar, el señor alcalde le

preguntaba su nombre y le daba dinero. Los saboyanitos se pasaban el dato unos a otros,

y nunca dejaban de venir.

V

Vagos relámpagos en el horizonte

Poco a poco, y con el tiempo, se fueron disipando todas las oposiciones. El respeto por

el señor Magdalena llegó a ser unánime, cordial, y hubo un momento, en 1821, en que

estas palabras, "el señor alcalde", se pronunciaban en M. casi con el mismo acento que

estas otras, "el señor obispo", eran pronunciadas en D. en 1815. Llegaba gente de lejos a

consultar al señor Magdalena. Terminaba las diferencias, suspendía los pleitos y

reconciliaba a los enemigos.

Un solo hombre se libró absolutamente de aquella admiración y respeto, como si lo

inquietara una especie de instinto incorruptible a imperturbable. Se diría que existe en

efecto en ciertos hombres un verdadero instinto animal, puro a íntegro, como todo

instinto, que crea la antipatía y la simpatía, que separa fatalmente unas naturalezas de

otras, que no vacila, que no se turba, ni se calla, ni se desmiente jamás. Pareciera que

advierte al hombre-perro la presencia del hombre-gato.

Muchas veces, cuando el señor Magdalena pasaba por una calle, tranquilo, afectuoso,

rodeado de las bendiciones de todos, un hombre de alta estatura, vestido con una levita

gris oscuro, armado de un grueso bastón y con un sombrero de copa achatada en la

cabeza, se volvía bruscamente a mirarlo y lo seguía con la vista hasta que desaparecía;

entonces cruzaba los brazos, sacudiendo lentamente la cabeza y levantando los labios

hasta la nariz, especie de gesto significativo que podía traducirse por: "¿Pero quién es ese

hombre? Estoy seguro de haberlo visto en alguna parte. Lo que es a mí no me engaña".

Este personaje adusto y amenazante era de esos que por rápidamente que se les mire,

llaman la atención del observador. Se dice que en toda manada de lobos hay un perro, al

que la loba mata, porque si lo deja vivir al crecer devoraría a los demás cachorros. Dad

un rostro humano a este perro hijo de loba y tendréis el retrato de aquel hombre.

Su nombre era Javert, y era inspector de la policía en M.

Cuando llegó a M., estaba ya hecha la fortuna del gran manufacturero y Magdalena se

había convertido en el señor Magdalena.

Javert había nacido en una prisión, hijo de una mujer que leía el futuro en las cartas,

cuyo marido estaba también encarcelado. Al crecer pensó que se hallaba fuera de la

sociedad y sin esperanzas de entrar en ella nunca. Advirtió que la sociedad mantiene

irremisiblemente fuera de sí dos clases de hombres: los que la atacan y los que la

guardan; no tenía elección sino entre una de estas dos clases; al mismo tiempo sentía

dentro de sí un cierto fondo de rigidez, de respeto a las reglas y de probidad, complicado

con un inexplicable odio hacia esa raza de gitanos de que descendía. Entró, pues, en la

policía y prosperó. A los cuarenta años era inspector.

Tenía la nariz chata con dos profundas ventanas, hacia las cuales se extendían unas

enormes patillas. Cuando Javert se reía, lo cual era poco frecuente y muy terrible, sus

labios delgados se separaban y dejaban ver no tan sólo los dientes sino también las

encías, y alrededor de su nariz se formaba un pliegue abultado y feroz como sobre el

hocico de una fiera carnívora. Javert serio era un perro de presa; cuando se reía era un

tigre. Por lo demás, tenía poco cráneo, mucha mandíbula; los cabellos le ocultaban la

frente y le caían sobre las cejas; tenía entre los ojos un ceño central permanente, la

mirada oscura, la boca fruncida y temible, y un gesto feroz de mando.

Estaba compuesto este hombre de dos sentimientos muy sencillos y relativamente muy

Buenos, pero que él convertía casi en malos a fuerza de exagerarlos: el respeto a la

autoridad y el odio a la rebelión. Javert envolvía en una especie de fe ciega y profunda a

todo el que en el Estado desempeñaba una función cualquiera, desde el primer ministro

hasta el guarda rural. Cubría de desprecio, de aversión y de disgusto a todo el que una vez

había pasado el límite legal del mal. Era absoluto, y no admitía excepciones.

Era estoico, austero, soñador, humilde y altanero como los fanáticos. Toda su vida se

compendiaba en estas dos palabras: velar y vigilar. ¡Desgraciado del que caía en sus

manos! Hubiera sido capaz de prender a su padre al escaparse del presidio y denunciar a

su madre por no acatar la ley; y lo hubiera hecho con esa especie de satisfacción interior

que da la virtud. Añádase que llevaba una vida de privaciones, de aislamiento, de

abnegación, de castidad, sin la más mínima distracción.

Javert era como un ojo siempre fijo sobre el señor Magdalena; ojo lleno de sospechas y

conjeturas. El señor Magdalena llegó al fin a advertirlo; pero, a lo que parece, semejante

cosa significó muy poco para él. No le hizo ni una pregunta; ni lo buscaba ni le huía, y

aparentaba no notar aquella mirada incómoda y casi pesada.

Por algunas palabras sueltas escapadas a Javert, se adivinaba que había buscado

secretamente las huellas y antecedentes que Magdalena hubiera podido dejar en otras

partes. Parecía saber que había tomado determinados informes sobre cierta familia que

había desaparecido. Una vez dijo hablando consigo mismo: "Creo que lo he cogido".

Luego se quedó tres días pensativo sin pronunciar una palabra. Parecía que se había roto

el hilo que había creído encontrar.

Javert estaba evidentemente desconcertado por el aspecto natural y la tranquilidad de

Magdalena. No obstante, un día su extraño comportamiento pareció hacer impresión en

Magdalena.

VI

Fauchelevent

El señor Magdalena, pasaba una mañana por una callejuela no empedrada de M.,

cuando oyó ruido y viendo un grupo a alguna distancia, se acercó a él. El viejo

Fauchelevent acababa de caer debajo de su carro cuyo caballo se había echado.

Fauchelevent era uno de los escasos enemigos que tenía el señor Magdalena en aquella

época. Cuando éste llegó al lugar, Fauchelevent tenía un comercio que empezaba a

decaer. Vio a aquel simple obrero que se enriquecía, mientras que él, amo, se arruinaba; y

de aquí que se llenara de envidia, y que hiciera siempre cuanto estuvo en su mano para

perjudicar a Magdalena. Llegó su ruina; no le quedó más que un carro y un caballo, pues

no tenía familia; entonces se hizo carretero para poder vivir.

El caballo tenía rotas las dos patas y no se podía levantar. El anciano había caído entre

las ruedas, con tan mala suerte que todo el peso del carruaje, que iba muy cargado, se

apoyaba sobre su pecho. Habían tratado de sacarlo, pero en vano. No había más medio de

sacarlo que levantar el carruaje por debajo. Javert, que había llegado en el momento del

accidente, había mandado a buscar una grúa.

El señor Magdalena llegó, y todos se apartaron con respeto.

-¡Socorro! -gritó Fauchelevent-. ¿Quién es tan bueno que quiera salvar a este viejo?

El señor Magdalena se volvió hacia los concurrentes:

-¿No hay una grúa? -dijo.

-Ya fueron a buscarla -respondió un aldeano.

-¿Cuánto tiempo tardarán en traerla?

-Un buen cuarto de hora.

-¡Un cuarto de hora! -exclamó Magdalena.

Había llovido la víspera, el suelo estaba húmedo, y el carro se hundía en la tierra a cada

instante, y comprimía más y más el pecho del viejo carretero. Era evidente que antes de

cinco minutos tendría las costillas rotas.

-Es imposible aguardar un cuarto de hora -dijo Magdalena a los aldeanos que miraban-.

Todavía hay espacio debajo del carro para que se meta allí un hombre y la levante con su

espalda. Es sólo medio minuto y alcanza a salir ese pobre. ¿Hay alguien que tenga

hombros fumes y corazón? Ofrezco cinco luises de oro.

Nadie chistó en el grupo.

-¡Diez luises! -.dijo Magdalena.

Los asistentes bajaron los ojos. Uno de ellos murmuró:

-Muy fuerte habría de ser. Se corre el peligro de quedar aplastado...

-¡Vamos! -añadió Magdalena-, ¡veinte luises!

El mismo silencio.

-No es buena voluntad lo que les falta -dijo una voz.

El señor Magdalena se volvió y reconoció a Javert. No lo había visto al llegar.

Javert continuó:

-Es la fuerza. Sería preciso ser un hombre muy fuerte para hacer la proeza de levantar

un carro como ése con la espalda.

Y mirando fijamente al señor Magdalena, continuó recalcando cada una de las palabras

que pronunciaba:

-Señor Magdalena, no he conocido más que a un hombre capaz de hacer lo que pedís.

Magdalena se sobresaltó.

Javert añadió con tono de indiferencia, pero sin apartar los ojos de los de Magdalena:

-Era un forzado.

-¡Ah! -dijo Magdalena.

-Del presidio de Tolón.

Magdalena se puso pálido.

Mientras tanto el carro se iba hundiendo lentamente. Fauchelevent gritaba y aullaba:

-¡Que me ahogo! ¡Se me rompen las costillas! ¡Una grúa! ¡Cualquier cosa! ¡Ay!

Magdalena levantó la cabeza, encontró los ojos de halcón de Javert siempre fijos sobre

él, vio a los aldeanos y se sonrió tristemente. En seguida sin decir una palabra se puso de

rodillas, y en un segundo estaba debajo del carro.

Hubo un momento espantoso de expectación y de silencio. Se vio a Magdalena pegado

a tierra bajo aquel peso tremendo probar dos veces en vano a juntar los codos con las

rodillas.

-Señor Magdalena, salid de ahí -le gritaban.

El mismo viejo Fauchelevent le dijo:

-¡Señor Magdalena, marchaos! ¡No hay más remedio que morir, ya lo veis, dejadme!

¡Vais a ser aplastado también!

Magdalena no respondió.

Los concurrentes jadeaban. Las ruedas habían seguido hundiéndose. y era ya casi

imposible que Magdalena saliera de debajo del carro.

De pronto se estremeció la enorme masa, el carro se levantaba lentamente, las ruedas

salían casi del carril. Se oyó una voz ahogada que exclamaba:

-¡Pronto, ayudadme!

Era Magdalena que acababa de hacer el último esfuerzo.

Todos se precipitaron. La abnegación de uno solo dio fuerza y valor a todos; veinte

brazos levantaron el carro; el viejo Fauchelevent se había salvado.

Magdalena se puso de pie. Estaba lívido, aunque el sudor le caía a chorros. Su ropa

estaba desgarrada y cubierta de lodo. Todos lloraban; el viejo le besaba las rodillas y lo

llamaba el buen Dios. Magdalena tenía en su rostro no sé qué expresión de padecimiento

feliz y celestial, y fijaba su mirada tranquila en los ojos de Javert.

Fauchelevent se había dislocado la rótula en la caída. El señor Magdalena lo hizo llevar

a la enfermería que tenía para sus trabajadores en el edificio de su fábrica y que estaba

atendida por dos Hermanas de la Caridad. A la mañana siguiente, muy temprano, el

anciano halló un billete de mil francos sobre la mesa de noche, con esta línea escrita por

mano del señor Magdalena: "Os compro vuestro carro y vuestro caballo". El carro estaba

destrozado y el caballo muerto.

Fauchelevent sanó; pero la pierna le quedó anquilosada. El señor Magdalena, por

recomendación de las Hermanas, hizo colocar al pobre hombre de jardinero en un

convento de monjas del barrio Saint-Antoine, en París.

Algún tiempo después, el señor Magdalena fue nombrado alcalde. La primera vez que

Javert vio al señor Magdalena revestido de la banda que le daba toda autoridad sobre la

población, experimentó la especie de estremecimiento que sentiría un mastín que

olfateara a un lobo bajo los vestidos de su amo. Desde aquel momento huyó de él todo

cuanto pudo, y cuando las necesidades del servicio lo exigían imperiosamente, y no podía

menos de encontrarse con el señor alcalde, le hablaba con un respeto profundo.

VII

Triunfo de la moral

Tal era la situación cuando volvió Fantina. Nadie se acordaba de ella, pero

afortunadamente la puerta de la fábrica del señor Magdalena era como un rostro amigo.

Se presentó y fue admitida. Cuando vio que vivía con su trabajo, tuvo un momento de

alegría. Ganarse la vida con honradez, ¡qué favor del cielo! Recobró verdaderamente el

gusto del trabajo. Se compró un espejo, se regocijó de ver en él su juventud, sus

hermosos cabellos, sus hermosos dientes; olvidó muchas cosas; no pensó sino en Cosette

y en el porvenir, y fue casi feliz. Alquiló un cuartito y lo amuebló de fiado sobre su

trabajo futuro.

No pudiendo decir que estaba casada, se guardó mucho de hablar de su pequeña hija.

En un principio pagaba puntualmente a los Thenardier; les escribía con frecuencia, y esto

se notó. Se empezó a decir en voz baja en el taller de mujeres que Fantina "escribía

cartas".

Ciertas personas son malas únicamente por necesidad de hablar. Su palabra necesita

mucho combustible y el combustible es el prójimo.

Observaron, pues, a Fantina.

Constataron que en el taller muchas veces la veían enjugar una lágrima. Se descubrió

que escribía por lo menos dos veces al mes. Lograron leer un sobre dirigido al señor

Thenardier, en Montfermeil. Sobornaron a quien le escribía las cartas y así supieron que

Fantina tenía una hija.

Una de las mujeres hizo el viaje a Montfermeil, habló con los Thenardier, y dijo a su

vuelta:

-Mis treinta y cinco francos me ha costado, pero lo sé todo. He visto a la criatura.

Esta mujer era la señora Victurnien, guardiana de la virtud de todo el mundo. De joven

se casó con un monje escapado del claustro, que se pasó de los Bernardinos a los

Jacobinos. Tenía ahora cincuenta años; era fea, de voz temblorosa, seca, ruda, brusca,

casi venenosa.

Una mañana le entregó a Fantina, de parte del señor alcalde, cincuenta francos,

diciéndole que ya no formaba parte del taller, y que el señor alcalde la invitaba a

abandonar el pueblo.

Fantina quedó aterrada. No podía salir del pueblo; debía el alquiler de la casa y de los

muebles, Cincuenta francos no eran bastantes para solventar estas deudas. Balbuceó

algunas palabras de súplica; pero se le dio a entender que tenía que salir inmediatamente.

Oprimida por la vergüenza más que por la desesperación, salió de la fábrica y se fue a su

casa. Su falta era, pues, conocida por todos.

No se sentía con fuerzas para decir una palabra. Le aconsejaron que hablara con el

alcalde; pero no se atrevió. El alcalde le daba cincuenta francos, porque era bueno, y la

despedía, porque era justo. Se sometió, pues, a su decreto.

Pero el señor Magdalena no supo nada de aquello. Había puesto al frente de este taller a

la viuda del monje, y confió plenamente en ella.

Convencida de que obraba en bien de la moral, esta mujer instruyó el proceso, juzgó,

condenó y ejecutó a Fantina. Los cincuenta francos que le diera los tomó de una cantidad

que el señor Magdalena le daba para ayudar a las obreras en sus problemas, y de la cual

ella no rendía cuenta.

Fantina se ofreció como criada en la localidad, y fue de casa en casa. Nadie la admitió.

Tampoco pudo dejar el pueblo, a causa de sus deudas.

Se puso a coser camisas para los soldados de la guarnición, con lo que ganaba doce

sueldos al día; su hija le costaba diez. Entonces fue cuando comenzó a pagar mal a los

Thenardier.

Fantina aprendió cómo se vive sin fuego en el invierno, cómo se ahorra la vela

comiendo a la luz de la ventana de enfrente. Nadie conoce el partido que ciertos seres

débiles que han envejecido en la miseria y en la honradez saben sacar de un cuarto. Llega

esto hasta ser un talento. Fantina adquirió este sublime talento, .y recobró un poco su

valor. Quien le dio lo que se puede llamar sus lecciones de vida indigente fue su vecina

Margarita; era una santa mujer, pobre y caritativa con los pobres y también con los ricos,

que apenas sabía firmar mal su nombre, pero que creía en Dios, que es la mayor ciencia.

Al principio Fantina no se atrevía a salir a la calle. Cuando la veían, la apuntaban con el

dedo, todos la miraban y nadie la saludaba. El desprecio áspero y frío penetraba en su

carne y en su alma como un hielo.

Pero hubo de acostumbrarse a la desconsideración como se acostumbró a la indigencia.

A los dos o tres meses empezó a salir como si nada pasara. "Me da lo mismo", decía.

El exceso de trabajo la cansaba y su tos seca aumentaba.

El invierno volvió. Días cortos, menos trabajo. En invierno no hay calor, no hay luz, no

hay mediodía; la tarde se junta con la mañana; todo es niebla, crepúsculo; la ventana está

empañada, no se ve claro. Fantina ganaba poquísimo y sus deudas aumentaban.

Los Thenardier, mal pagados, le escribían a cada instante cartas cuyo contenido la

afligía y cuyo exigencia la arruinaba. Un día le escribieron que su pequeña Cosette estaba

enteramente desnuda con el frío que hacía, que tenía necesidad de ropa de lana, y que era

preciso que su madre enviase diez francos para ella. Recibió la carta y la estrujó entre sus

manos todo el día. Por la noche entró en la casa de un peluquero que habitaba en la calle,

y se quitó el peine. Sus admirables cabellos rubios le cayeron hasta las caderas.

-¡Hermoso pelo! -exclamó el peluquero.

-¿Cuánto me daréis por él? -dijo ella.

-Diez francos.

-Cortadlo.

Compró un vestido de lana y lo envió a los Thenardier, los cuales se pusieron furiosos.

Dinero era lo que ellos querían. Dieron el vestido a Eponina; y la pobre Alondra continuó

tiritando.

Fantina pensó: "Mi niña no tiene frío. La he vestido con mis cabellos".

Cuando vio que no se podía peinar, tomó odio a todo, comenzando por el señor

Magdalena, a quien culpaba de todos sus males.

Tuvo un amante, a quien no amaba, de pura rabia. Era una especie de músico mendigo

que la abandonó muy pronto. Mientras más descendía, más se oscurecía todo a su

alrededor y más brillaba su hijita, su pequeño ángel, en su corazón.

-Cuando sea rica, tendré a mi Cosette a mi lado -decía y se reía.

Cierto día recibió una nueva carta de los Thenardier: "Cosette está muy enferma. Tiene

fiebre miliar. Necesita medicamentos caros, lo cual nos arruina, y ya no podemos pagar

más. Si no nos enviáis cuarenta francos antes de ocho días, la niña habrá muerto".

-¡Cuarenta francos!, es decir, ¡dos napoleones de oro! ¿De dónde quieren que yo los

saque? ¡Qué tontos son esos aldeanos!

Y se echó a reír, histérica. Más tarde bajó y salió corriendo y siempre riendo.

-¡Cuarenta francos! -exclamaba y reía.

Al pasar por la plaza vio mucha gente que rodeaba un extraño coche sobre el cual

peroraba un hombre vestido de rojo. Era un charlatán, dentista de oficio, que ofrecía al

público dentaduras completas, polvos y elixires. Vio a aquella hermosa joven y le dijo:

-¡Hermosos dientes tenéis, joven risueña! Si queréis venderme los incisivos, os daré por

cada uno un napoleón de oro.

-¿Y cuáles son los incisivos? -preguntó Fantina.

-Incisivos -repuso el profesor dentista- son los dientes de delante, los dos de arriba.

-¡Qué horror! -exclamó Fantina.

-¡Dos napoleones de oro! -masculló una vieja desdentada que estaba allí-. ¡Vaya una

mujer feliz!

Fantina echó a correr, y volvió a su pieza. Releyó la carta de los Thenardier.

A la mañana siguiente, cuando Margarita entró en el cuarto de Fantina antes de

amanecer, porque trabajaban siempre juntas y de este modo no encendían más que una

luz para las dos, la encontró pálida, helada.

-¿Jesús! ¿Qué tenéis, Fantina?

-Nada -respondió Fantina-. Al contrario. Mi niña no morirá de esa espantosa

enfermedad por falta de medicinas. Estoy contenta. Tengo los dos napoleones.

Al mismo tiempo se sonrió. La vela alumbró su rostro. En la boca tenía un agujero negro.

Los dos dientes habían sido arrancados. Envió, pues, los cuarenta francos a Montfermeil.

Había sido una estratagema de los Thenardier para sacarle dinero. Cosette no estaba

enferma.

Fantina ya no tenía cama y le quedaba un pingajo al que llamaba cobertor, un colchón

en el suelo y una silla sin asiento. Había perdido el pudor; después perdió la coquetería y

últimamente hasta el aseo. A medida que se rompían los talones iba metiendo las medias

dentro de los zapatos. Pasaba las noches llorando y pensando; tenía los ojos muy

brillantes, y sentía un dolor fijo en la espalda. Tosía mucho; pasaba diecisiete horas

diarias cosiendo, pero un contratista del trabajo de las cárceles que obligaba a trabajar

más barato a las presas, hizo de pronto bajar los precios, con lo cual se redujo el jomal de

las trabajadoras libres a nueve sueldos. Por ese entonces Thenardier le escribió diciendo

que la había esperado mucho tiempo con demasiada bondad; que necesitaba cien francos

inmediatamente; que si no se los enviaba, echaría a la calle a la pequeña Cosette.

-Cien francos -pensó Fantina-. ¿Pero dónde hay ocupación en qué ganar cien sueldos

diarios? No hay más remedio -dijo-, vendamos el resto.

La infortunada se hizo mujer pública.

VIII

Chrístus nos liveravit

¿Qué es esta historia de Fantina? Es la sociedad comprando una esclava. ¿A quién? A

la miseria. Al hambre, al frío, al abandono, al aislamiento, a la desnudez. ¡Mercado

doloroso! Un alma por un pedazo de pan; la miseria ofrece, la sociedad acepta.

La santa ley de Jesucristo gobierna nuestra civilización; pero no la penetra todavía. Se

dice que la esclavitud ha desaparecido de la civilización europea, y es un error. Existe

todavía; sólo que no pesa ya sino sobre la mujer, y se llama prostitución.

En el punto a que hemos llegado de este doloroso drama, nada le queda a Fantina de lo

que era en otro tiempo. Se ha convertido en mármol al hacerse lodo. Quien la toca, siente

frío. Le ha sucedido todo lo que tenía que sucederle; todo lo ha soportado, todo lo ha

sufrido, todo lo ha perdido, todo lo ha llorado. ¿Qué son estos destinos, ¿por qué son así?

El que lo sabe ve toda la oscuridad. Es uno solo; se llama Dios.

IX

Solución de algunos asuntos de política municipal

Unos diez meses después de lo referido, a comienzos de 1823, una tarde en que había

nevado copiosamente, uno de esos jóvenes ricos y ociosos que abundan en las ciudades

pequeñas, embozado en una gran capa se divertía en hostigar a una mujer que pasaba en

traje de baile, toda descotada y con flores en la cabeza, por delante del café de los

oficiales.

Cada vez que la mujer pasaba por delante de él, le arrojaba con una bocanada de humo

de su cigarro algún apóstrofe que él creía chistoso y agudo, como: "¡Qué fea eres! No

tienes dientes". La mujer, triste espectro vestido, que iba y venía sobre la nieve, no le

respondía, ni siquiera lo miraba, y no por eso recorría con menos regularidad su paseo.

Aprovechando un momento en que la mujer volvía, el joven se fue tras ella a paso de

lobo, y ahogando la risa, tomó del suelo un puñado de nieve y se lo puso bruscamente en

la espalda entre los hombros desnudos. La joven lanzó un rugido, se dio vuelta, saltó

como una pantera, y se arrojó sobre el hombre clavándole las uñas en el rostro con las

más espantosas palabras que pueden oírse en un cuerpo de guardia. Aquellas injurias,

vomitadas por una voz enronquecida por el aguardiente, sonaban aun más repulsivas en la

boca de una mujer a la cual le faltaban, en efecto, los dos dientes incisivos. Era Fantina.

Al ruido de la gresca, los oficiales salieron del café, los transeúntes se agruparon, y se

formó un gran círculo alegre, que azuzaba y aplaudía.

De pronto, un hombre de alta estatura salió de entre la multitud, agarró a la mujer por el

vestido de raso verde, cubierto de lodo, y le dijo:

-¡Sígueme!

La mujer levantó la cabeza, y su voz furiosa se apagó súbitamente. Sus ojos se pusieron

vidriosos y se estremeció de terror. Había reconocido a Javert.

El joven aprovechó la ocasión para escapar.

Javert alejó a los concurrentes, deshizo el círculo y echó a andar a grandes pasos hacia

la oficina de policía, que estaba al extremo de la plaza, arrastrando tras sí a la miserable.

Ella se dejó llevar maquinalmente.

Al llegar a la oficina policial, Fantina fue a sentarse en un rincón inmóvil y muda,

acurrucada como perro que tiene miedo.

Javert se sentó, sacó del bolsillo una hoja de papel sellado y se puso a escribir.

Esta clase de mujeres están enteramente abandonadas por nuestras leyes a la discreción

de la policía, la cual hace de ellas lo que quiere; las castiga como bien le parece, y

confisca a su arbitrio esas dos tristes cosas que se llaman su trabajo y su libertad.

Javert estaba impasible: una prostituta había atentado contra un ciudadano. Lo había

visto él, Javert. Escribía, pues, en silencio. Cuando terminó, firmó, dobló el papel y se lo

entregó al sargento de guardia.

Tomad tres hombres y conducid a esta joven a la cárcel -le ordenó.

Luego, volviéndose hacia Fantina, añadió:

-Tienes para seis meses.

La desgraciada se estremeció.

-¡Seis meses, seis meses de presidio! -exclamó-. ¡Seis meses de ganar siete sueldos por

día! ¿Qué va a ser de Cosette, mi hija? Debo más de cien francos a los Thenardier, señor

inspector, ¿no lo sabéis?

Fantina se arrastró por las baldosas mojadas, y sin levantarse y juntando las manos,

hizo el relato de cuanto había pasado. En ciertos instantes se detenía, sollozando, tosiendo

y balbuceando con la voz de la agonía. Un gran dolor es un rayo divino y terrible que

transfigura a los miserables. En aquel momento Fantina había vuelto a ser hermosa. En

ciertos instantes se detenía y besaba tiernamente el levitón del policía. Hubiera enternecido

un corazón de granito; pero no enterneció un corazón de palo.

-¡Tened piedad de mí, señor Javert! -terminó desesperada.

-Está bien -dijo Javert-, ya lo he oído. ¿Es todo? Ahora andando. ¡Tienes para seis

meses!

Cuando Fantina comprendió que la sentencia se había dictado, se desplomó

murmurando:

-¡Piedad!

Javert volvió la espalda. Algunos minutos antes había penetrado en la sala un hombre

sin que se reparase en él. Cerró la puerta y se aproximó al oír las súplicas desesperadas de

Fantina. En el instante en que los soldados echaban mano a la desgraciada que no quería

levantarse, dijo:

-Un instante, por favor.

Javert levantó la vista, y reconoció al señor Magdalena.

Se quitó el sombrero, y saludando con cierta especie de torpeza y enfado, dijo:

-Perdonad, señor alcalde...

Estas palabras, señor alcalde, hicieron en Fantina un efecto extraño. Se levantó

rápidamente como un espectro que sale de la tierra, rechazó a los soldados que la tenían

por los brazos, se dirigió al señor Magdalena antes que pudieran detenerla, y mirándole

fijamente exclamó:

-¡Ah!, ¡eres tú el señor alcalde!

Después se echó a reír y lo escupió.

El señor Magdalena se limpió la cara y dijo:

-Inspector Javert, poned a esta mujer en libertad,

Javert creyó que se había vuelto loco. Experimentó en aquel momento una después de

otra y casi mezcladas, las emociones más fuertes que había sentido en su vida. Quedó

mudo.

Las palabras del alcalde .no habían hecho menos efecto en Fantina. Se puso a hablar en

voz baja, como si hablase a sí misma.

-¡En libertad! ¡Que me dejen marchar! ¡Que no vaya por seis meses a la cárcel! ¿Quién

lo ha dicho? ¡No será el monstruo del alcalde! ¿Habéis sido vos, señor Javert, el que ha

dicho que me pongan en libertad? ¡Oh, yo os contaré y me dejaréis marchar! ¡Ese

monstruo de alcalde, ese viejo bribón es la causa de todo! Figuraos, señor Javert, que me

ha despedido por las habladurías de unas embusteras que hay en el taller. ¡Esto es

horroroso! Despedir a una pobre joven que trabaja honradamente. ¡Después no pude

ganar lo necesario y de ahí vino mi desgracia! Yo tengo mi pequeña Cosette, y me he

visto obligada a hacerme mujer mala. Ahora comprenderéis cómo tiene la culpa de todo

el canalla del alcalde. Yo pisé el sombrero del joven ese, pero antes él me había echado a

perder mi vestido con la nieve. Nosotras no tenemos más que un vestido de seda para

salir en la noche. Y ahora viene este otro a meterme miedo. ¡Yo no le tengo miedo a ese

alcalde perverso! Sólo tengo miedo a mi buen señor Javert.

De repente, Fantina arregló el desorden de sus vestidos, y se dirigió a la puerta diciendo

en voz baja a los soldados:

-Niños, el señor inspector ha dicho que me soltéis y me voy.

Puso la mano en el picaporte. Un paso más y estaba en la calle.

Javert hasta ese momento había permanecido de pie, inmóvil, con la vista fija en el

suelo. El ruido del picaporte lo hizo despertar, por decirlo así. Levantó la cabeza con una

expresión de autoridad soberana; expresión tanto más terrible cuanto más baja es la

autoridad, feroz en la bestia salvaje, atroz en el hombre que no es nada.

-Sargento -exclamó-, ¿no veis que esa descarada se escapa? ¿Quién os ha dicho que la

dejéis salir?

Yo -dijo Magdalena.

Fantina, al oír la voz de Javert tembló y soltó el picaporte, como suelta un ladrón sorprendido

el objeto robado. A la voz de Magdalena se volvió, y sin pronunciar una

palabra, sin respirar siquiera, su mirada pasó de Magdalena a Javert, de Javert a

Magdalena, según hablaba uno a otro.

-Señor alcalde, eso no es posible -dijo Javert con la vista baja pero la voz firme.

-¡Cómo! -dijo Magdalena.

-Esta maldita ha insultado a un ciudadano.

-Inspector Javert -contestó el señor Magdalena, con voz conciliadora y tranquila-,

escuchad. Sois un hombre razonable y os explicaré lo que hago. Pasaba yo por la plaza

cuando traíais a esta mujer; había algunos grupos; me he informado y lo sé todo: el

ciudadano es el que ha faltado y el que debía haber sido arrestado.

Javert respondió;

-Esta miserable acaba de insultaros.

-Eso es problema mío -dijo Magdalena-. Mi injuria es mía, y puedo hacer de ella lo que

quiera.

-Perdonad, señor alcalde, pero la injuria no se ha hecho a vos sino a la justicia.

-Inspector Javert -contestó el señor Magdalena-, la primera justicia es la conciencia. He

oído a esta mujer y sé lo que hago.

Y yo, señor alcalde, no comprendo lo que estoy viendo.

-Entonces, limitaos a obedecer.

-Obedezco a mi deber; y mi deber me manda que esta mujer sea condenada a seis

meses de cárcel.

Magdalena respondió con dulzura:

-Pues escuchad. No estará en la cárcel ni un solo día. Este es un hecho de policía

municipal de la que soy juez. Ordeno, pues, que esta mujer quede en libertad.

Javert hizo el último esfuerzo:

-Pero, señor alcalde...

-Ni una palabra, salid de aquí -dijo Magdalena.

Javert saludó profundamente al alcalde y salió.

La joven sentía una extraña emoción. Escuchaba aturdida, miraba atónita y a cada

palabra que decía Magdalena, sentía deshacerse en su interior las horribles tinieblas del

odio, y nacer en su corazón algo consolador, inefable, algo que era alegría, confianza,

amor.

Cuando salió Javert, Magdalena se volvió hacia ella, y le dijo con voz lenta, como un

hombre que no quiere llorar:

-Os he oído. No sabía nada de lo que habéis dicho. Creo y comprendo que todo es

verdad. Ignoraba también que hubieseis abandonado mis talleres. ¿Por qué no os habéis

dirigido a mí? Pero yo pagaré ahora vuestras deudas, y haré que venga vuestra hija, o que

vayáis a buscarla. Viviréis aquí o en París, donde queráis. Yo me encargo de vuestra hija

y de vos. No trabajaréis más si no queréis; os daré todo el dinero que os haga falta.

Volveréis a ser honrada volviendo a ser feliz. Además, yo creo que no habéis dejado de

ser virtuosa y santa delante de Dios, ¡pobre mujer!

A Fantina se le doblaron las piernas, y cayó de rodillas delante de Magdalena, y antes

que él pudiese impedirlo, sintió que le cogía la mano, y posaba en ella los labios. Después

se desmayó.

LIBRO SEXTO

Javert

I

Comienzo del reposo

El señor Magdalena hizo llevar a Fantina a la enfermería que tenía en su propia casa, y

la confió a las religiosas que estaban a cargo de los pacientes, dos Hermanas de la

Caridad llamadas sor Simplicia y sor Perpetua.

Fantina tuvo muchísima fiebre, pasó paste de la noche delirando y hablando en voz alta,

hasta que terminó por quedarse dormida.

Al día siguiente, hacia el mediodía, despertó y vio al señor Magdalena de pie a su lado

mirando algo por encima de su cabeza. Siguió la dirección de esa mirada llena de

angustia y de súplica, y vio que estaba fija en un crucifijo clavado a la pared.

El alcalde se había transformado a los ojos de Fantina; ahora lo veía rodeado de luz.

Estaba en ese momento absorto en su plegaria, y ella no quiso interrumpirlo. Al cabo de

un rato le dijo tímidamente:

-¿Qué estáis haciendo?

-Rezaba al mártir que está allá arriba. -Y agregó mentalmente-: Por la mártir que está

aquí abajo.

Había pasado la noche y la mañana buscando información; ahora lo sabía todo. Conocía

todos los dolorosos pormenores de la historia de la joven. Se apresuró a escribir a los

Thenardier. Fantina les debía ciento veinte francos; les envió trescientos, diciéndoles que

se pagaran con esa suma y que enviaran inmediatamente a la niña a M., donde la esperaba

su madre.

Esta cantidad deslumbró a Thenardier.

-¡Diablos! -dijo a su mujer-. No hay que soltar a la chiquilla. Este pajarito se va a

transformar en una vaca lechera para nosotros. Adivino lo que pasó: algún inocentón se

ha enamoriscado de la madre.

Contestó enviando una cuenta de quinientos y tantos francos, muy bien hecha, en la que

figuraban gastos de más de trescientos francos en dos documentos innegables: uno del

médico y otro del boticario que habían atendido en dos largas enfermedades a Eponina y

a Azelma. Los arregló con una simple sustitución de nombres.

El señor Magdalena le mandó otros trescientos francos y escribió: " Enviad en seguida

a Cosette".

-¡Vamos bien! -dijo Thenardier-. No hay que soltar a la chiquilla.

En tanto Fantina no se restablecía y continuaba en la enfermería.

Las Hermanas la habían recibido y cuidado con repugnancia. Quien haya visto los

bajorrelieves de la Catedral de Reims, recordará la mueca despectiva en los labios de las

vírgenes prudentes mirando a las necias.

Este antiguo desprecio es uno de los más profundos instintos de la dignidad femenina, y

las religiosas no pudieron controlarlo. Pero en pocos días Fantina las desarmó con las

palabras dulces y humildes que repetía en su delirio:

-He sido una pecadora, pero cuando tenga a mi hija a mi lado sabré que Dios me ha

perdonado. Sentiré su bendición cuando Cosette esté conmigo, porque ella es un ángel.

Magdalena la visitaba dos veces al día, y cada vez le preguntaba:

¿Veré luego a mi Cosette?

La respuesta era:

-Quizá mañana. Llegará de un momento a otro.

-¡Oh, qué feliz voy a ser!

Pero su estado se agravaba día a día. Una mañana el médico la examinó y movió

tristemente la cabeza.

-¿No tiene ella una hija a quien desea ver? -preguntó llevando aparte al señor

Magdalena.

-Sí.

-Haced que venga pronto.

El señor Magdalena se estremeció.

Thenardier, sin embargo, no enviaba a la niña, y daba para ello mil razones.

-Mandaré a alguien a buscarla -decidió Magdalena-, y si es preciso iré yo mismo.

Y escribió, dictándosela Fantina, esta carta que le hizo firmar: "Señor Thenardier:

Entregaréis a Cosette al portador. Se os pagarán todas las pequeñas deudas. Tengo el

honor de enviaros mis respetos. FANTINA".

Pero entonces surgió una situación inesperada.

En vano tallamos lo mejor posible ese tronco misterioso que es nuestra vida; la veta

negra del destino aparecerá siempre.

II

Cómo Jean se convierte en Champ

Una mañana, el señor Magdalena estaba en su escritorio adelantando algunos asuntos

urgentes de la alcaldía, para el caso en que tuviera que hacer el viaje a Montfermeil,

cuando le anunciaron que el inspector Javert deseaba hablarle. Al oír este nombre no

pudo evitar cierta impresión desagradable. Desde lo ocurrido en la oficina de policía,

Javert lo había rehuido más que nunca, y no se habían vuelto a ver.

-Hacedlo entrar -dijo.

Javert entró.

Magdalena permaneció sentado cerca de la chimenea, hojeando un legajo de papeles.

No se movió cuando entró Javert. No podía dejar de pensar en la pobre Fantina.

Javert saludó respetuosamente al alcalde, que le volvía la espalda. Caminó dos o tres

pasos y se detuvo sin romper el silencio.

No había duda que aquella conciencia recta, franca, sincera, proba, austera y feroz

acababa de experimentar una gran conmoción interior. Su fisonomía no había estado

nunca tan inescrutable, tan extraña. Al entrar se había inclinado delante del alcalde,

dirigiéndole una mirada en que no había ni rencor, ni cólera, ni desconfianza. Permaneció

de pie detrás de su sillón, con la rudeza fría y sencilla de un hombre que no conoce la

dulzura y que está acostumbrado a la paciencia. Esperó sin decir una palabra, sin hacer un

movimiento, con verdadera humildad y resignación, a que al señor alcalde se le diera la

gana volverse hacia él. Esperaba calmado, serio, con el sombrero en la mano, los ojos

bajos. Todos los resentimientos, todos los recuerdos que pudiera tener, se habían borrado

de ese semblante impenetrable, donde sólo se leía una lóbrega tristeza. Toda su persona

reflejaba una especie de abatimiento asumido con inmenso valor.

Por fin el alcalde dejó sus papeles y se volvió hacia él.

-Y bien, ¿qué hay, Javert?

Javert siguió silencioso por un momento, como si se recogiera en sí mismo, y luego dijo

con triste solemnidad:

-Hay, señor alcalde, que se ha cometido un delito.

-¿Qué delito?

-Un policía inferior ha faltado gravemente el respeto a un magistrado. Y vengo,

cumpliendo con mi deber, a poner este hecho en vuestro conocimiento.

-¿Quién es ese policía? -preguntó el señor Magdalena.

-Yo -dijo Javert.

-¿Y quién es el magistrado agraviado?

-Vos, señor alcalde.

Magdalena se levantó de su sillón. Javert continuó, siempre con los ojos bajos:

-Señor alcalde, vengo a pediros que propongáis a la autoridad mi destitución.

Magdalena, estupefacto, abrió la boca, pero Javert lo interrumpió:

-Diréis que podría presentar mi dimisión, pero eso no basta. Dimitir es un acto

honorable. Yo he faltado, merezco un castigo y debo ser destituido. -Después de una

pausa, agrego

-: Señor alcalde, el otro día fuisteis muy severo conmigo injustamente; sedlo hoy con

justicia.

-Pero, ¿por qué? -exclamó el señor Magdalena-. ¿Qué embrollo es éste? ¿Cuál es ese

delito que habéis cometido contra mí? ¿Qué me habéis hecho? Os acusáis y queréis ser

reemplazado...

-Destituido -dijo Javert.

-Destituido, sea; pero igual no os entiendo.

-Vais a comprenderlo.

Javert suspiró profundamente, y prosiguió con la misma frialdad y tristeza:

-Señor alcalde, hace seis semanas, a consecuencias de la discusión por aquella joven,

me encolericé y os denuncié a la prefectura de París.

Magdalena, que no era más dado que Javert a la risa, se echó a reír.

-¿Como alcalde que ha usurpado las atribuciones de la policía? -dijo.

-Como antiguo presidiario -respondió Javert.

El alcalde se puso lívido.

Javert, que no había levantado los ojos, continuó:

-Así lo creí. Hacía algún tiempo que tenía esa idea. Una semejanza, indagaciones que

habéis practicado en Faverolles, vuestra fuerza, la aventura del viejo Fauchelevent,

vuestra destreza en el tiro, vuestra pierna que cojea un poco... ¡qué sé yo! ¡Tonterías!

Pero lo cierto es que os tomé por un tal Jean Valjean.

-¿Quién, decís?

Jean Valjean. Un presidiario a quien vi hace veinte años en Tolón. Al salir de presidio

parece que robó a un obispo y después cometió otro robo a mano armada y en despoblado

contra un niño saboyano. Hace ocho años que se oculta no se sabe cómo, y se le persigue.

Yo me figuré... En fin, lo hice. La cólera me impulsó, y os denuncié a la prefectura.

Magdalena, que había vuelto a coger el legajo de papeles, dijo con perfecta

indiferencia:

-¿Y qué os han respondido?

-Que estaba loco.

-¿Y entonces?

-Bueno, tienen razón.

-¡Está bien que lo reconozcáis!

-Tengo que hacerlo, ya que han encontrado al verdadero Jean Valjean.

La hoja que leía Magdalena se le escapó de las manos, levantó la cabeza, y dijo a Javert

con acento indescriptible:

-¡Ah!

-Esto es lo que ha pasado, señor alcalde. Parece que vivía en las cercanías de

Ailly-le-Haut-Clocher un hombrecillo a quien llaman el viejo Champmathieu. Era muy

pobre, no llamaba la atención porque nadie sabe cómo viven esas gentes. Este otoño,

Champmathieu fue detenido por un robo de manzanas, con escalamiento de pared. Tenía

todavía las ramas en la mano cuando fue sorprendido, y lo llevaron a la cárcel. Hasta aquí

no había más que un asunto correccional. Pero ya veréis algo que es providencial. Como

el recinto carcelario estaba en mal estado, el juez dispuso que se le trasladara a la cárcel

provincial de Arras. Había allí un reo llamado Brevet, que estaba preso no sé por qué, y

que por buena conducta desempeñaba el cargo de calabocero. Apenas entró

Champmathieu, Brevet gritó: "¡Caramba! Yo conozco a este hombre, es un ex forzado.

Estuvimos juntos en la cárcel de Tolón hace veinte años. Se llama Jean Valjean".

Champmathieu negaba, pero se hacen indagaciones, y al final se descubre que

Champmathieu hace unos treinta años fue podador en Faverolles. Ahora bien, antes de ir

a presidio por robo consumado, ¿qué era Jean Valjean? Podador. ¿Dónde? En Faverolles.

Otro hecho: el apellido de la madre de Valjean era Mathieu. Nada más natural que al salir

de presidio tratara de tomar el apellido de su madre para ocultarse y cambiara su nombre

por el de Jean Mathieu. Pasó después a Auvernia; la pronunciación de allí cambia Jean

por Chan y se le llama Chan Mathieu; y así nuestro hombre se transforma en

Champmathieu. Se hacen averiguaciones en Faverolles; la familia Valjean ha

desaparecido. Esas gentes, cuando no son lodo, son polvo. Se piden informes a Tolón,

donde quedan dos presidiarios condenados a cadena perpetua, Cochepaille y Chenildieu,

que conocieron a Jean Valjean. Se les hace venir y se les pone delante del supuesto

Champmathieu, y no dudan un instante. Para ellos, igual que para Brevet, ése es Jean

Valjean. Y ese mismo día envié yo mi denuncia a París, y me respondieron que había

perdido el juicio, que Jean Valjean estaba en Arras en poder de la justicia. ¡Ya comprenderéis

mi asombro! El juez de instrucción me llamó, me presentó a Champmathieu...

-¿Y bien? -interrumpió el señor Magdalena.

Javert respondió con el rostro siempre triste e imperturbable:

-Señor alcalde, la verdad es la verdad. Aunque me moleste, aquel hombre es Jean

Valjean. Lo he reconocido yo mismo.

Magdalena le preguntó en voz baja:

-¿Estáis seguro?

Javert se echó a reír con la risa dolorosa que expresa una convicción profunda.

-¡Totalmente seguro!

Permaneció un momento pensativo, y después añadió:

-Y ahora que he visto al verdadero Jean Valjean, no comprendo cómo pude creer otra

cosa. Os pido perdón, señor alcalde.

Al dirigir Javert esta frase suplicante al hombre que hacía seis semanas lo había

humillado ante sus guardias, ese ser altivo hablaba con sencillez y dignidad.

Magdalena sólo respondió con esta brusca pregunta:

-¿Y qué dice ese hombre?

-¡Ah, señor alcalde, el asunto es delicado para él! Si es Jean Valjean, ha reincidido. Su

caso pasa al tribunal; se penará con presidio perpetuo. Pero Jean Valjean es un hipócrita.

Cualquiera se daría cuenta de que la cosa está mala y se defendería. Pero hace como si no

comprendiera, y repite: "Soy Champmathieu" y de ahí no sale. Se hace el idiota, es muy

hábil. Pero hay pruebas, ya ha sido reconocido por cuatro personas; el viejo bribón será

condenado. Está ahora en el tribunal de Arras. Yo he sido citado para atestiguar en su

contra.

Magdalena había vuelto a su sillón y a sus papeles y los hojeaba tranquilamente, como

un hombre muy ocupado.

-Basta, Javert -dijo-. Todos estos detalles me interesan muy poco. Estamos perdiendo el

tiempo y tenemos muchos asuntos que atender. No quiero recargaros de trabajo, porque

entiendo que vais a estar ausente. ¿Me habéis dicho que iréis a Arras en unos ocho o diez

días más?

Mucho antes, señor alcalde.

-¿Cuándo, entonces?

-Creí que le había dicho al señor alcalde que el caso se ve mañana y que yo parto en la

diligencia esta noche.

-¿Cuánto tiempo durará el caso?

-Un día a lo más. La sentencia se pronunciará a más tardar mañana por la noche, pero

yo no esperaré la sentencia. En cuanto dé mi declaración, me volveré.

-Está bien -dijo Magdalena.

Y despidió a Javert con un gesto de su mano.

Javert no se movió.

-Perdonad, señor alcalde -dijo-. Tengo que recordaros algo.

¿Qué cosa?

-Que debo ser destituido.

Magdalena se levantó.

-Javert, sois un hombre de honor, y yo os aprecio. Exageráis vuestra falta. Por otra

parte, ésta es una ofensa que me concierne sólo a mí. Merecéis ascender, no bajar.

Prefiero que conservéis vuestro cargo.

-Señor alcalde, no puedo aceptar. He sido siempre severo en mi vida con los demás.

Ahora es justo que lo sea conmigo mismo. Señor alcalde, no quiero que me tratéis con

bondad, vuestra bondad me ha producido demasiada rabia cuando la ejercitáis con otros,

no la quiero para mí. La bondad que le da la razón a una prostituta contra un ciudadano, a

un policía contra un alcalde, al que está abajo contra el que está arriba, es lo que yo llamo

una mala bondad. Con ella se desorganiza la sociedad. Señor alcalde, yo debo tratarme tal

como trataría a otro cualquiera. Cometí una falta, mala suerte, quedo despedido,

expulsado. Tengo buenos brazos, trabajaré la tierra, no me importa. Por el bien del

servicio, señor alcalde, os pido la destitución del inspector Javert.

Todo fue dicho con acento humilde, orgulloso, desesperado y convencido, que le daba

cierta singular grandeza a ese hombre extraño y honorable.

-Ya veremos -dijo Magdalena.

Y le tendió la mano. Javert retrocedió.

-Perdón, señor alcalde, pero un alcalde no da la mano a un delator. -Y añadió entré

dientes-: Delator, sí, puesto que abusé de mi cargo, no soy más que un delator.

Hizo un respetuoso saludo y se dirigió a la puerta. Allí se volvió y con la vista siempre

baja, dijo:

-Continuaré en el servicio hasta que sea reemplazado.

Salió.

El señor Magdalena quedó pensativo, escuchando esos pasos firmes y seguros que se

alejaban por el corredor.

LIBRO SEPTIMO

El caso Champmathieu

I

Una tempestad interior

El lector habrá adivinado que el señor Magdalena era Jean Valjean.

Ya hemos sondeado antes las profundidades de su conciencia; volvamos a sondearlas

otra vez. No lo haremos sin emoción, porque no hay nada más terrible que semejante

estudio.

Jean Valjean, después de la aventura de Gervasillo, fue otro hombre. El deseo del

obispo se vio realizado; en el criminal se verificó algo más que una transformación, se

efectuó una transfiguración.

Logró desaparecer; vendió la platería del obispo, conservando los candelabros como

recuerdo. Vino a M. tranquilizado ya, con esperanzas, sin tener más que dos ideas:

ocultar su nombre y santificar su vida. Huir de los hombres y volver a Dios.

Algunas veces estas dos ideas disentían; y entonces el hombre conocido como

Magdalena no dudaba en sacrificar la primera a la segunda, su seguridad a su virtud. Así,

a pesar de toda su prudencia, había conservado los candelabros del obispo, había llevado

luto por su muerte, había interrogado a los saboyanos que pasaban, había pedido informes

sobre las familias de Faverolles, y había salvado la vida del viejo Fauchelevent, a pesar

de las terribles insinuaciones de Javert.

Sin embargo, hasta entonces no le había pasado nada semejante a lo que ahora le

sucedía.

Las dos ideas que gobernaban a este hombre, cuyos sufrimientos vamos relatando, no

habían sostenido nunca lucha tan encarnizada. El lo comprendió confusa pero

profundamente desde las primeras palabras de Javert en su escritorio. Y cuando oyó el

nombre que había sepultado bajo tan espesos velos, quedó sobrecogido de estupor, y

trastornado ante tan siniestro a inesperado golpe del destino.

Al escuchar a Javert, su primer pensamiento fue ir a Arras, denunciarse, sacar a

Champmathieu de la cárcel y reemplazarlo. Esta idea fue dolorosa, punzante como

incisión en carne viva; pero pasó, y se dijo: "Veremos, veremos." Reprimió este primer

movimiento de generosidad y retrocedió ante el heroísmo.

Sin duda era más perfecto que, después de las santas palabras del obispo, después de

una penitencia tan admirablemente empezada, ese hombre, ante una coyuntura tan

terrible, no dudara un momento y marchara hacia el precipicio en cuyo fondo estaba el

cielo.

Pero es preciso saber qué pasaba en su alma. En el primer momento, el instinto de

conservación alcanzó la victoria; recogió sus ideas, ahogó sus emociones; consideró la

presencia de Javert conociendo la magnitud del peligro; aplazó toda resolución con la

firmeza que da el espanto; confundió lo que debía hacer, y así recobró su calma, como un

gladiador que recoge su escudo.

El resto del día lo pasó en el mismo estado: un torbellino por dentro y una aparente

tranquilidad por fuera. Todo estaba confuso; sus ideas se agolpaban dentro de su cerebro.

Sólo sabía que había recibido un gran golpe.

Fue a ver a Fantina, y prolongó su visita al lado de aquel lecho de dolor. La recomendó

a las Hermanas por si llegaba el caso de tener que ausentarse. Sentía vagamente que tal

vez tendría que ir a Arras; y sin haber decidido hacer este viaje, se dijo que como estaba

al abrigo de toda sospecha, que no habría inconveniente en ser testigo de lo que pasara.

Pidió, por tanto, un carruaje.

Volvió a su cuarto y se concentró en sus pensamientos.

Examinó su situación y le pareció inaudita. Sintió un temor casi inexplicable, y echó

cerrojo a la puerta, como si temiera que entrara algo. Después apagó la luz. Le estorbaba;

creía que podrían verlo. Pero lo que quería que no entrara, ya había entrado; lo que quería

cegar, lo miraba fijamente: su conciencia. Su conciencia, es decir Dios.

Su mente había perdido la fuerza necesaria para retener las ideas, y pasaban por ella

como las olas. Así transcurrió la primera hora.

Pero poco a poco empezaron a formarse y a fijarse en su meditación algunos conceptos

vagos. Principió por reconocer que, por más extraordinaria y crítica que fuera esta

situación, era dueño absoluto de ella. Esto no hizo sino aumentar su estupor.

Independientemente del objetivo severo y religioso que se proponía en sus acciones,

todo lo que había hecho hasta aquel día no había tenido más fin que el de ahondar una

fosa para enterrar en ella su nombre. Lo que siempre había temido en sus horas de

reflexión, en sus noches de insomnio, era oír pronunciar ese nombre; se decía que eso

sería el fin de todo; que el día en que ese nombre reapareciera, haría desaparecer su nueva

vida, y quién sabe si también su nueva alma. La sola idea de que esto ocurriera lo hacía

temblar.

Y si en tales momentos le hubieran dicho que llegaría un día en que resonaría ese

nombre en sus oídos; en que saldría repentinamente de las tinieblas y se erguiría delante

de él; en que esa gran luz encendida para disipar el misterio que lo rodeaba

resplandecería súbitamente sobre su cabeza, pero le aseguraran que tal nombre no le

amenazaría, que semejante luz no produciría sino una oscuridad más espesa, que aquel

velo roto aumentaría el misterio, que aquel terremoto consolidaría su edificio; que aquel

prodigioso incidente no tendría más resultado, si él quería, que hacer su existencia a la

vez más clara y más impenetrable, y que de su confrontación con el fantasma de Jean

Valjean el bueno y digno ciudadano señor Magdalena saldría más tranquilo y más respetado

que nunca; si alguien le hubiera dicho esto, lo habría tomado como lo más

insensato que escuchara jamás.

Pues bien, todo esto acababa de suceder; toda esta acumulación de imposibles era un

hecho. ¡Dios había permitido que estos absurdos se convirtieran en realidad!

Su divagación se aclaraba. Le parecía que acababa de despertar de un sueño; veía en la

sombra a un desconocido a quien el destino confundía con él y lo empujaba hacia el

precipicio en lugar suyo. Era preciso para que se cerrara el abismo que cayera alguien, o

él a otro. Sólo tenía que dejar que las cosas sucedieran.

La claridad llegó a ser completa en su cerebro; vio que su lugar estaba vacío en el

presidio, y que lo esperaba todavía; que el robo de Gervasillo lo arrastraba a él. Se decía

que en aquel momento tenía un reemplazante, y que mientras él estuviese representado en

el presidio por Champmathieu, y en la sociedad por el señor Magdalena, no tenía nada

que temer, mientras no impidiera que cayera sobre la cabeza de Champmathieu esa piedra

de infamia que, como la del sepulcro, cae para no volver a levantarse.

Encendió la luz.

-¿Y de qué tengo miedo? -se dijo-. Estoy salvado, todo ha terminado. No había más que

una puerta entreabierta por la cual podría entrar mi pasado; esa puerta queda ahora

tapiada para siempre. Este Javert que me acosa hace tanto tiempo, que con ese terrible

instinto que parecía haberme descubierto me seguía a todas partes, ese perro de presa

siempre tras de mí, ya está desorientado. Está satisfecho y me dejará en paz. ¡Ya tiene su

Jean Valjean! Y todo ha sucedido sin intervención mía. La Providencia lo ha querido.

¿Tengo derecho a desordenar lo que ella ordena? ¿Y qué me pasa? ¡No estoy contento!

¿Qué más quiero? El fin a que aspiro hace tantos años, el objeto de mis oraciones, es la

seguridad. Y ahora la tengo, Dios así lo quiere. Y lo quiere para que yo continúe lo que

he empezado, para que haga el bien, para que dé buen ejemplo, para que se diga que hubo

algo de felicidad en esta penitencia que sufro. Está decidido: dejemos obrar a Dios.

De este modo se hablaba en las profundidades de su conciencia, inclinado sobre lo que

podría llamarse su propio abismo. Se levantó de la silla y se puso a pasear por la

habitación.

-No pensemos más -dijo-. ¡Ya tomé mi decisión!

Mas no sintió alegría alguna. Por el contrario. Querer prohibir a la imaginación que

vuelva a una idea es lo mismo que prohibir al mar que vuelva a la playa.

Al cabo de pocos instantes, por más que hizo por evitarlo, continuó aquel sombrío

diálogo consigo mismo.

Se interrogó sobre esta "decisión irrevocable", y se confesó que el arreglo que había

hecho en su espíritu era monstruoso, porque su "dejar obrar a Dios" era simplemente una

idea horrible. Dejar pasar ese error del destino y de los hombres, no impedirlo, ayudarlo

con el silencio, era una imperdonable injusticia, el colmo de la indignidad hipócrita, un

crimen bajo, cobarde, abyecto, vil.

Por primera vez en ocho años acababa de sentir aquel desdichado el sabor amargo de un

mal pensamiento y de una mala acción. Los rechazó y los escupió asqueado.

Y siguió cuestionándose. Reconoció que su vida tenía un objetivo, pero ¿cuál? ¿Ocultar

su nombre? ¿Engañar a la policía? ¿No tenía otro objetivo su vida, el objetivo verdadero,

el de salvar no su persona sino su alma, ser bueno y honrado, ser justo? ¿No era esto lo

que él había querido y lo que el obispo le había mandado? Sintió que el obispo estaba ahí

con él, que lo miraba fijamente, y que si no cumplía su deber, el alcalde Magdalena con

todas sus virtudes sería odioso a sus ojos, y en cambio el presidiario Jean Valjean sería un

ser admirable y puro. Los hombres veían su máscara, pero el obispo veía su conciencia.

Debía, por lo tanto, ir a Arras, salvar al falso Jean Valjean y denunciar al verdadero.

¡Ah! Este era el mayor de los sacrificios, la victoria más dolorosa, el último y más

difícil paso, pero era necesario darlo. ¡Cruel destino! ¡No poder entrar en la santidad a los

ojos de Dios sin volver a entrar en la infamia a los ojos del mundo!

-Esto es lo que hay que hacer -dijo-. Cumplamos con nuestro deber, salvemos a ese

hombre.

Ordenó sus libros, echó al fuego un paquete de recibos de comerciantes atrasados que le

debían, y escribió y cerró una carta dirigida al banquero Laffitte, y la guardó en una

cartera que contenía algunos billetes y el pasaporte de que se había servido ese año para ir

a las elecciones.

Volvió a pasearse.

Y entonces se acordó de Fantina.

Principió una nueva crisis.

-¡Pero no! -gritó-. Hasta ahora sólo he pensado en mí, si me conviene callarme o

denunciarme, ocultar mi persona o salvar mi alma. Pero es puro egoísmo. Aquí hay un

pueblo, fábricas, obreros, ancianos, niños desvalidos. Yo lo he. creado todo, le he dado

vida; donde hay una chimenea que humea yo he puesto la leña. Si desaparezco todo

muere. ¿Y esa mujer que ha padecido tanto? Si yo no estoy, ¿qué pasará? Ella morirá y la

niña sabe Dios qué será de ella. ¿Y si no me presento? ¿Qué sucederá si no me presento?

Ese hombre irá a presidio, pero ¡qué diablos!, es un ladrón, ¿no? No puedo hacerme la

ilusión de que no ha robado: ha robado. Si me quedo aquí, en diez años ganaré diez

millones; los reparto en el pueblo, yo no tengo nada mío, no trabajo para mí. Esa pobre

mujer educa a su hija, y hay todo un pueblo rico y honrado. ¡Estaba loco cuando pensé en

denunciarme! Debo meditarlo bien y no precipitarme. ¿Qué escrúpulos son estos que

salvan a un culpable y sacrifican inocentes; que salvan a un viejo vagabundo a quien sólo

le quedan unos pocos años de vida y que no será más desgraciado en el presidio que en su

casa, y sacrifican a toda una población? ¡Esa pobre Cosette que no tiene más que a mí en

el mundo, y que estará en este momento tiritando de frío en el tugurio de los Thenardier!

Ahora sí que estoy en la verdad; tengo la solución. Debía decidirme, y ya me he decidido.

Esperemos. No retrocedamos, porque es mejor para el interés general. Soy Magdalena,

seguiré siendo Magdalena.

Se miró en el espejo que estaba encima de la chimenea, y dijo:

-Me consuela haber tomado una resolución. Ya soy otro.

Dio algunos pasos y se detuvo de repente.

-Hay todavía hilos que me unen a Jean Valjean, y es necesario romperlos. Hay objetos

que me acusarían, testigos mudos que deben desaparecer.

Sacó una llavecita de su bolsillo, y abrió una especie de pequeño armario empotrado en

la pared. Sólo había en ese cajón unos andrajos: una chaqueta gris, un pantalón viejo, un

morral y un grueso palo de espino. Los que vieron a Jean Valjean en la época en que pasó

por D. en octubre de 1815, habrían reconocido fácilmente aquellas miserables

vestimentas.

Las conservó, lo mismo que los candelabros de plata, para tener siempre presente su

punto de partida. Pero ocultaba lo que era del presidio, y dejaba ver lo que era del obispo.

Sin mirar aquellos objetos que guardara por tantos años con tanto cuidado y riesgo,

cogió harapos, palo y morral, y los arrojó al fuego.

El morral, al consumirse con los harapos que contenía, dejó ver una cosa que brillaba

en la ceniza. Era una moneda de plata. Sin duda la moneda de cuarenta sueldos robada al

saboyano.

Pero no miraba el fuego; se seguía paseando. De repente su vista se fijó en los dos

candeleros de plata.

-Aún está allí Jean Valjean -pensó-. Hay que destruir eso.

Y tomó los candelabros. Removió el fuego con uno de ellos.

En ese momento le pareció oír dentro de sí una voz que gritaba: ¡Jean Valjean! ¡Jean

Valjean!

Sus cabellos se erizaron.

-Muy bien -decía la voz-. Completa lo obra. Destruye esos candelabros. ¡Aniquila el

pasado! ¡Olvida al obispo! ¡Olvídalo todo! ¡Condena a Champmathieu! ¡Apláudete! Ya

está todo resuelto; un hombre, un inocente, cuyo único crimen es lo nombre, va a concluir

sus días en la abyección y en el horror. ¡Muy bien! Sé hombre respetable, sigue siendo el

señor alcalde, enriquece al pueblo, alimenta a los pobres, educa a los niños, vive feliz,

virtuoso y admirado, que mientras tú estás aquí rodeado de alegría y de luz, otro usará lo

chaqueta roja, llevará lo nombre en la ignominia y arrastrará lo cadena en el presidio. Sí,

lo has solucionado muy bien. ¡Ah, miserable! Oirás acá abajo muchas bendiciones, pero

todas esas bendiciones caerán a tierra antes de llegar al cielo, y allá sólo llegará la

maldición.

Esta voz, débil al principio, se había elevado desde lo más profundo de su conciencia y

llegaba a ser ruidosa. Se aterró.

-¿Hay alguien ahí? -preguntó en voz alta. Y después añadió, con una risa que parecía la

de un idiota-: ¡Qué tonto soy! ¡No puede haber nadie aquí!

Había alguien. Pero el que allí estaba no era de los que el ojo humano puede ver.

Dejó los candeleros en la chimenea. Volvió a su paseo monótono y lúgubre.

Pensó en el porvenir. ¡Denunciarse! Se pintó con inmensa desesperación todo lo que

tenía que abandonar y todo lo que tenía que volver a vivir.

Tendría que despedirse de esa vida tan buena, tan pura; de las miradas de amor y

agradecimiento que se fijaban en él. En vez de eso pasaría por el presidio, el cepo, la

chaqueta roja, la cadena al pie, el calabozo, y todos los horrores conocidos. ¡A su edad y

después de lo que había sido! Si fuera joven todavía, pero anciano y ser tuteado por todo

el mundo, humillado por el carcelero, apaleado; llevar los pies desnudos en los zapatos

herrados; presentar mañana y tarde su pierna al martillo de la ronda que examina los

grilletes.

¿Qué hacer, gran Dios, qué hacer?

Así luchaba en medio de la angustia aquella alma infortunada. Mil ochocientos años

antes, el ser misterioso en quien se resumen toda la santidad y todos los padecimientos de

la humanidad, mientras que los olivos temblaban agitados por el viento salvaje de lo

infinito, había también él apartado por un momento el horroroso cáliz que se le

presentaba lleno de sombra y desbordante de tinieblas en las profundidades cubiertas de

estrellas.

De pronto llamaron a la puerta de su cuarto.

Tembló de pies a cabeza, y gritó con voz terrible:

-¿Quién?

-Yo, señor alcalde.

Reconoció la voz de la portera, y dijo:

-¿Qué ocurre?

-Señor, van a ser las cinco de la mañana y aquí está el carruaje.

-Ah, sí -contestó-, ¡el carruaje!

Hubo un largo silencio. Se puso a examinar con aire estúpido la llama de la vela y a

hacer pelotitas con el cerote. La portera esperó un rato hasta que se atrevió a preguntar:

-Señor, ¿qué le digo al cochero?

-Decidle que está bien, que ahora bajo.

II

El viajero toma precauciones para regresar

Eran cerca de las ocho de la noche cuando el carruaje, después de un accidentado viaje,

entró por la puerta cochera de la hostería de Arras.

El señor Magdalena descendió y entró al despacho de la posadera. Presentó su

pasaporte y le preguntó si podría volver esa misma noche a M. en alguno de los coches de

posta. Había precisamente un asiento desocupado y lo tomó.

-Señor -dijo la posadera-, debéis estar aquí a la una de la mañana en punto.

Salió de la posada y caminó unos pasos. Preguntó a un hombre en la calle dónde

estaban los Tribunales.

-Si es una causa que queréis ver, ya es tarde porque suelen concluir a las seis -dijo el

hombre al indicarle la dirección.

Pero cuando llegó estaban las ventanas iluminadas. Entró.

-¿Hay medio de entrar a la sala de audiencia? -preguntó al portero.

-No se abrirá la puerta -fue la respuesta.

-¿Por qué?

-Porque está llena la sala.

-¿No hay un solo sitio?

-Ninguno. La puerta está cerrada y nadie puede entrar. Sólo hay dos o tres sitios detrás

del señor presidente; pero allí sólo pueden sentarse los funcionarios públicos.

Y diciendo esto volvió la espalda. El viajero se retiró con la cabeza baja.

La violenta lucha que se libraba en su interior desde la víspera no había concluido; a

cada momento entraba en una nueva crisis. De súbito sacó su cartera, cogió un lápiz y un

papel y escribió rápidamente estas palabras: "Señor Magdalena, alcalde de M." Se dirigió

al portero, le dio el papel y le dijo con voz de mando:

-Entregad esto al señor presidente.

El portero tomó el papel, lo miró y obedeció.

III

Entrada de preferencia

El magistrado de la audiencia que presidía el tribuna de Arras conocía, como todo el

mundo, aquel nombre profunda y universalmente respetado, y dio orden al portero de que

lo hiciera pasar.

Minutos después el viajero estaba en una especie de gabinete de aspecto severo,

alumbrado por dos candelabros. Aún tenía en los oídos las últimas palabras del portero

que acababa de dejarle: "Caballero, ésta es la sala de las deliberaciones; no tenéis más

que abrir esa puerta, y os hallaréis en la sala del tribunal, detrás del señor presidente".

Estaba solo. Había llegado el momento supremo. Trataba de recogerse en sí mismo y

no podía conseguirlo. En las ocasiones en que el hombre tiene más necesidad de pensar

en las realidades dolorosas de la vida, es precisamente cuando los hilos del pensamiento

se rompen en el cerebro. Se encontraba en el sitio donde los jueces deliberan y condenan.

En aquel aposento en que se habían roto tantas vidas, donde iba a resonar su nombre

dentro de un instante.

Poco a poco lo fue dominando el espanto. Gruesas gotas de sudor corrían por sus

cabellos y bajaban por sus sienes. Hizo un gesto indescriptible, que quería decir: "¿Quién

me obliga a mí'?" Abrió la puerta por donde llegara y salió. Se encontró en un pasillo

largo y estrecho. No oyó nada por ningún lado, y huyó como si lo persiguieran.

Recorrió todo el pasillo, escuchó de nuevo. El mismo silencio y la misma sombra lo

rodeaban. Estaba sin aliento, temblaba; tuvo que apoyarse en la pared. Allí, solo en

aquella oscuridad, meditó.

Así pasó un cuarto de hora. Por fin inclinó la cabeza, suspiró con angustia, y volvió

atrás. Caminó lentamente, como bajo un gran peso, como si alguien lo hubiera cogido en

su fuga y lo trajera de vuelta.

Entró de nuevo en la sala de deliberaciones. De pronto, sin saber cómo, se encontró

cerca de la puerta, y la abrió.

Estaba en la sala de la audiencia.

IV

Un lugar donde empiezan a formarse algunas convicciones

En un extremo de la sala, justamente donde él estaba, los jueces se mordían las uñas

distraídos o cerraban los párpados. En el otro extremo se situaba una multitud harapienta.

Nadie hizo caso de él. Las miradas se fijaban en un punto único, en un banco de madera

que se encontraba cerca de una puertecilla a la izquierda del presidente. En aquel banco

había un hombre entre dos gendarmes.

Era el acusado.

Los ojos del señor Magdalena se dirigieron allí naturalmente, como si antes hubiesen

visto ya el sitio que ocupaba. Y creyó verse a sí mismo, envejecido, no el mismo rostro,

pero el mismo aspecto, con esa mirada salvaje, con la chaqueta que llevaba el día que

llegó a D. lleno de odio, ocultando en su alma el espantoso tesoro de pensamientos

horribles acumulados en tantos años de presidio.

Y se dijo, estremeciéndose:

-¡Dios mío! ¿Me convertiré yo en eso?

El hombre parecía tener a lo menos sesenta años; había en su rostro un no sé qué de

rudeza, de estupidez, de espanto.

Al ruido de la puerta, el presidente volvió la cabeza y saludó al señor Magdalena. El

apenas lo notó. Era presa de una especie de alucinación; miraba solamente.

Hacía veintisiete años había visto lo mismo; veía reaparecer en toda su horrible realidad

las escenas monstruosas de su pasado.

Se sintió horrorizado, cerró los ojos, y exclamó en lo más profundo de su alma: ¡Nunca!

Allí estaba todo, era igual, la misma hora, casi las mismas caras de los jueces, de los

soldados, de los espectadores. Solamente que ahora había un crucifijo sobre la cabeza del

presidente, cosa que faltaba en la época de su condena. Cuando lo juzgaron a él, Dios

estaba ausente.

Buscó a Javert y no lo encontró.

En el momento en que entró en la sala, la acusación decía que aquel hombre era un

ladrón de frutas, un merodeador, un bandido, un antiguo presidiario, un malvado de los

más peligrosos, un malhechor llamado Jean Valjean, a quien persigue la justicia hace

mucho tiempo.

El abogado defensor persistía en llamar Champmathieu al acusado y decía que nadie lo

había visto escalar la pared ni robar la fruta. Pedía para él la corrección estipulada y no el

castigo terrible de un reincidente.

El fiscal en su réplica fue violento y florido, como lo son habitualmente los fiscales.

Además de cien pruebas más -terminó diciendo-, lo reconocieron cuatro testigos: el inspector

de policía Javert y tres de sus antiguos compañeros de ignominia, Brevet,

Chenildieu y Cochepaille.

Mientras hablaba el fiscal, el acusado escuchaba con la boca abierta, con una especie de

asombro no exento de admiración. Sólo decía:

-¡Y todo por no haberle preguntado al señor Baloup!

El fiscal hizo notar que esta aparente imbecilidad del acusado era astucia, era el hábito

de engañar a la justicia. Y pidió cadena perpetua.

Llegaba el momento de cerrar el debate. El presidente mandó ponerse de pie al acusado

y le hizo la pregunta de costumbre:

-¿Tenéis algo que alegar en defensa propia?

El hombre daba vueltas el gorro entre sus manos, como si no hubiera entendido.

El presidente repitió la pregunta.

Entonces pareció que el acusado la había comprendido. Dirigió la vista al fiscal, y

empezó a hablar, como un torrente; las palabras se escapaban de su boca incoherentes,

impetuosas, atropelladas, confusas.

-Sí, tengo que decir algo. Yo he sido reparador de carretones en París y trabajé en casa

del señor Baloup. Es duro mi oficio; trabajamos siempre al aire libre en patios o bajo

cobertizos en los buenos talleres; pero nunca en sitios cerrados porque se necesita mucho

espacio. En el invierno pasamos tanto frío que tiene uno que golpearse los brazos para

calentarse, pero eso no le gusta a los patrones, porque dicen que se pierde tiempo.

Trabajar el hierro cuando están escarchadas las calles es muy duro. Así se acaban pronto

los hombres, y se hace uno viejo cuando aún es joven. A los cuarenta ya está uno

acabado. Yo tenía cincuenta y tres y no ganaba más que treinta sueldos al día, me

pagaban lo menos que podían; se aprovechaban de mi edad. Además, yo tenía una hija

que era lavandera en el río. Ganaba poco, pero los dos íbamos tirando. Ella trabajaba duro

también. Pasaba todo el día metida en una cubeta hasta la cintura, con lluvia y con nieve.

Cuando helaba era lo mismo, tenía que lavar porque hay mucha gente que no tiene

bastante ropa; y si no lavaba perdía a los clientes. Se le mojaban los vestidos por arriba y

por abajo. Volvía la pobre a las siete de la noche y se acostaba porque estaba rendida. Su

marido le pegaba. Ha muerto ya. Era una joven muy buena, que no iba a los bailes, era

muy tranquila, no tenéis más que preguntar. Pero, qué tonto soy. París es un remolino.

¿Quién conoce al viejo Champmathieu? Ya os dije que me conoce el señor Baloup.

Preguntadle a él. No sé qué más queréis de mí.

El hombre calló y se quedó de pie. El auditorio se echó a reír. El miró al público y, sin

comprender nada, se echó a reír también.

Era un espectáculo triste.

El presidente, que era un hombre bondadoso, explicó que el señor Baloup estaba en

quiebra y no pudo ser encontrado para que se presentara a testimoniar.

-Acusado -dijo el fiscal con severa voz-, no habéis respondido a nada de lo que se os ha

preguntado. Vuestra turbación os condena. Es evidente que no os llamáis Champmathieu,

que sois el presidiario Jean Valjean, que sois natural de Faverolles donde erais podador.

Es evidente que habéis robado. Los señores jurados apreciarán estos hechos.

El acusado se había sentado; pero se levantó cuando terminó de hablar el fiscal, y gritó:

-¡Vos sois muy malo, señor! Eso es lo que quería decir y no sabía cómo. Yo no he

robado nada, soy un hombre que no come todos los días. Venía de Ailly, iba por el

camino después de una tempestad que había asolado el campo. Al lado del camino

encontré una rama con manzanas en el suelo, y la recogí sin saber que me traería un

castigo: Hace tres meses que estoy preso y que me interrogan. No sé qué decir; se habla

contra mí; se me dice ¡responde! El gendarme, que es un buen muchacho, me da con el

codo y me dice por lo bajo: contesta. Yo no sé explicarme; no he hecho estudios; soy un

pobre. No he robado; recogí cosas del suelo. Habláis de Jean Valjean, de Jean Mathieu,

yo no los conozco; serán aldeanos. Yo trabajé con el señor Baloup. Me llamo

Champmathieu. Sois muy listos al decirme donde he nacido, pues yo lo ignoro; porque no

todos tienen una casa para venir al mundo, eso sería muy cómodo. Creo que mi padre y

mi madre andaban por los caminos y no sé nada más. Cuando era niño me llamaban

Pequeño, ahora me llama Viejo. Estos son mis nombres de bautismo. Tomadlo como

queráis, que he estado en Auvernia, que he en Faverolles, ¡qué sé yo! ¿Es imposible

estado en Auvernia y en Faverolles sin haber estado antes en presidio? Os digo que no he

robado y que soy el viejo Champmathieu, y que he vivido en casa del señor Baloup. Me

estáis aburriendo con vuestras tonterías. ¿Por qué estáis tan enojados conmigo?

El presidente ordenó hacer comparecer a los testigos.

El portero entró con Cochepaille, Chenildieu y Brevet, todos vestidos con chaqueta

roja.

-Es Jean Valjean -dijeron los tres-. Se le conocía como Jean Grúa, por lo fuerte que era.

En el público estalló un rumor que llegó hasta el jurado. Era evidente que el hombre

estaba perdido.

-Ujier -dijo el presidente-, imponed silencio. Voy a resumir los debates para dar por

terminada la vista.

En ese momento se oyó una voz que gritaba detrás del presidente:

-¡Brevet, Chenildieu, Cochepaille! ¡Mirad aquí!

Todos quedaron helados con esa voz, tan lastimoso era su acento. Las miradas se

volvieron hacia el sitio de donde saliera. En el lugar destinado a los espectadores

privilegiados había un hombre que acababa de levantarse y, atravesando la puertecilla

que lo separaba del tribunal, se había parado en medio de la sala. El presidente, el fiscal,

veinte personas lo reconocieron y exclamaron a la vez:

-¡El señor Magdalena!

V

Champmatbieu cada vez más asombrado

Era él. Estaba muy pálido y temblaba ligeramente. Sus cabellos, grises aún cuando

llegó a Arras, se habían vuelto completamente blancos. Había encanecido en una hora.

Se adelantó hacia los testigos y les dijo:

-¿No me conocéis?

Los tres quedaron mudos a indicaron con un movimiento de cabeza que no lo conocían.

El señor Magdalena se volvió hacia los jurados y dijo con voz tranquila:

-Señores jurados, mandad poner en libertad al acusado. Señor presidente, mandad que

me prendan. El hombre a quien buscáis no es ése; soy yo. Yo soy Jean Valjean.

Nadie respiraba. A la primera conmoción de asombro había sucedido un silencio

sepulcral.

El rostro del presidente reflejaba simpatía y tristeza. Cambió un gesto rápido con el

fiscal y luego se dirigió al público y preguntó con un acento que fue comprendido por

todos:

-¿Hay algún médico entre los asistentes? Si lo hay, le ruego que examine al señor

Magdalena y lo lleve a su casa...

El señor Magdalena no lo dejó terminar la frase. Lo interrumpió con mansedumbre y

autoridad.

-Os doy gracias, señor presidente, pero no estoy loco. Estabais a punto de cometer un

grave error. Dejad a ese hombre. Cumplo con mi deber al denunciarme. Dios juzga desde

allá arriba lo que hago en este momento; eso me basta. Podéis prenderme, puesto que

estoy aquí. Me oculté largo tiempo con otro nombre; llegué a ser rico; me nombraron

alcalde; quise vivir entre los hombres honrados, mas parece que eso es ya imposible. No

puedo contaros mi vida, algún día se sabrá. He robado al obispo, es verdad; he robado a

Gervasillo, también es verdad. Tenéis razón al decir que Jean Valjean es un malvado;

pero la falta no es toda suya. Creedme, señores jueces, un hombre tan humillado como yo

no debe quejarse de la Providencia, ni aconsejar a la sociedad; pero la infamia de que

había querido salir era muy grande; el presidio hace al presidiario. Antes de ir a la cárcel,

era yo un pobre aldeano poco inteligente, una especie de idiota; el presidio me

transformó. Era estúpido, me hice malvado. La bondad y la indulgencia me salvaron de la

perdición a que me había arrastrado el castigo. Pero perdonadme, no podéis comprender

lo que digo. Veo que el señor fiscal mueve la cabeza como diciendo: el señor Magdalena

se ha vuelto loco. ¡No me creéis! Al menos, no condenéis a ese hombre. A ver, ¿esos no

me conocen? Quisiera que estuviera aquí Javert, él me reconocería.

Es imposible describir la melancolía triste y serena que acompañó a estas palabras.

Volviéndose hacia los tres testigos, les dijo:

-Tú, Brevet, ¿te acuerdas de los tirantes a cuadros que tenías en el presidio?

Brevet hizo un movimiento de sorpresa, y lo miró de pies a cabeza, asustado.

-Chenildieu, tú tienes el hombro derecho quemado porque lo tiraste un día sobre el

brasero encendido, ¿no es verdad?

-Es cierto -dijo Chenildieu. .

-Cochepaille, tú tienes en el brazo izquierdo una fecha escrita en letras azules con

pólvora quemada. Es la fecha del desembarco del emperador en Cannes, el primero de

marzo de 1815. Levántate la manga.

Cochepaille se levantó la manga y todos miraron. Allí estaba la fecha.

El desdichado se volvió hacia el auditorio y hacia los jueces con una sonrisa que movía

a compasión. Era la sonrisa del triunfo, pero también la sonrisa de la desesperación.

-Ya veis -dijo- que soy Jean Valjean.

No había ya en el recinto jueces, ni acusadores, ni gendarmes; no había más que ojos

fijos y corazones conmovidos. Nadie se acordaba del papel que debía representar; el

fiscal olvidó que estaba allí para acusar, el presidente que estaba allí para presidir, el

defensor para defender. No se hizo ninguna pregunta; no intervino ninguna autoridad.

Los espectáculos sublimes se apoderan del alma, y convierten a todos los que los

presencian en meros espectadores. Tal vez ninguno podía explicarse lo que

experimentaba; ninguno podía decir que veía allí una gran luz, y, sin embargo,

interiormente todos se sentían deslumbrados.

Era evidente que tenían delante a Jean Valjean. Su aparición había bastado para aclarar

aquel asunto tan oscuro hasta algunos momentos antes. Sin necesidad de explicación

alguna, aquella multitud comprendió en seguida la grandeza del hombre que se entregaba

para evitar que fuera condenado otro en su lugar.

-No quiero molestar por más tiempo a la audiencia -dijo Jean Valjean-. Me voy, puesto

que no me prenden. Tengo mucho que hacer. El señor fiscal sabe quién soy y adónde voy

y me mandará arrestar cuando quiera.

Se dirigió a la puerta. Ni se elevó una voz, ni se extendió un brazo para detenerlo.

Todos se apartaron. Jean Valjean tenía en ese momento esa superioridad que obliga a la

multitud a retroceder delante de un hombre. Pasó en medio de la gente lentamente; no se

sabe quién abrió la puerta, pero lo cierto es que estaba abierta cuando llegó a ella.

Se dirigió entonces a los presentes:

-Todos creéis que soy digno de compasión, ¿no es verdad? ¡Dios mío! Cuando pienso

en lo que estuve a punto de hacer, me creo dignó de envidia. Sin embargo, preferiría que

nada de esto hubiera sucedido.

Una hora después, el veredicto del jurado declaraba inocente a Champmathieu, quien,

puesto en libertad inmediatamente, se fue estupefacto, pensando que todos estaban locos,

y sin comprender nada de lo que había visto.

LIBRO OCTAVO

Contragolpe

I

Fantina feliz

Principiaba a apuntar el día. Fantina había pasado una noche de fiebre a insomnio, pero

llena de dulces esperanzas; era de mañana cuando se durmió. Sor Simplicia, encargada de

cuidarla, pasó con ella toda la noche y, al dormirse la paciente, fue al laboratorio a

preparar una dosis de quinina. De pronto volvió la cabeza y dio un grito. El señor

Magdalena había entrado silenciosamente y estaba delante de ella.

-¡Por Dios, señor Magdalena! -exclamó la religiosa-. ¿Qué os ha sucedido? Tenéis el

pelo enteramente blanco.

-¿Blanco? -dijo él.

Sor Simplicia no tenía espejo; le pasó el vidrio que usaba el médico para constatar si un

paciente estaba muerto y ya no respiraba. El señor Magdalena se miró y sólo dijo, con

profunda indiferencia:

-¡Vaya!

Sor Simplicia le informó que Fantina había estado mal la víspera, pero que ya se

encontraba mejor porque creía que el señor alcalde había ido a buscar a su hija a

Montfermeil.

-Habéis hecho bien en no desengañarla.

-Sí, pero ahora que va a veros sin la niña, ¿qué le diremos?

El alcalde se quedó un momento pensativo.

-Dios nos inspirará -dijo.

-Pero no le podremos mentir -murmuró la religiosa a media voz.

El señor Magdalena entró en la habitación y se paró junto a la cama; miraba

alternativamente a la enferma y al crucifijo, lo mismo que dos meses antes cuando la

visitó por primera vez. El rezaba, ella dormía, pero en aquellos dos meses los cabellos de

Fantina se habían vuelto grises y los de Magdalena blancos.

Fantina abrió entonces los ojos, lo vio, y dijo sonriendo:

-¿Y Cosette?

El señor Magdalena respondió maquinalmente algunas palabras que nunca pudo

recordar. Por fortuna el médico, que llegaba en ese momento y que sabía la situación,

vino en su auxilio.

-Hija mía, calmaos; vuestra hija está acá.

Los ojos de Fantina se iluminaron y cubrieron de claridad todo su rostro. Cruzó las

manos con una expresión que contenía toda la violencia y la dulzura de una ardiente

oración.

-¡Por favor -exclamó-, traédmela!

-Aún no -dijo el médico-; en este momento no. Tenéis un poco de fiebre y el ver a

vuestra hija os agitaría y os haría mal. Ante todo es preciso que estéis bien.

Ella lo interrumpió impetuosa.

-¡Ya estoy bien! ¡Os digo que estoy bien! ¡Este médico es un burro, no entiende nada!

¡Lo único que quiero es ver a mi hija!

-Ya veis -dijo el médico- cómo os agitáis. Mientras sigáis así, me opondré a que veáis a

la niña. No basta que la veáis, es preciso que viváis para ella. Cuando estéis tranquila, os

la traeré yo mismo.

La pobre madre bajó la cabeza.

-Señor doctor, os pido perdón; os pido perdón humildemente. Esperaré todo el tiempo

que queráis, pero os aseguro que no me hará mal ver a Cosette. Ya no tengo temperatura,

casi estoy sana. Pero no me moveré para contentar a los que me cuidan, y cuando vean

que estoy tranquila dirán: hay que traerle su hija a esta mujer.

El señor Magdalena se sentó en una silla junto a la cama. Fantina se volvió a él,

esforzándose por parecer tranquila.

-¿Habéis tenido buen viaje, señor alcalde? Decidme sólo cómo está. ¡Cuánto deseo

verla! ¿Es bonita?

El señor Magdalena tomó su mano y le dijo con dulzura:

-Cosette es bonita, y está bien, pero tranquilizaos. Habláis con mucho apasionamiento y

eso os hace toser.

Ella no podía calmarse y siguió hablando y haciendo planes.

-¡Qué felices vamos a ser! Tendremos un jardincito, el señor Magdalena me lo ha

prometido. Cosette jugará en el jardín. Ya debe saber las letras; después hará su primera

comunión.

Y se reía, feliz.

El señor Magdalena oía sus palabras como quien escucha el viento, con los ojos bajos y

el alma sumida en profundas reflexiones. Pero de pronto levantó la cabeza porque la

enferma había callado.

Fantina estaba aterrorizada. No hablaba, no respiraba, se había incorporado; su rostro,

tan alegre momentos antes, estaba lívido; sus ojos desorbitados estaban fijos en algo

horrendo.

-¿Qué tenéis, Fantina? -preguntó Magdalena.

Ella le tocó el brazo con una mano, y con la otra le indicó que mirara detrás de sí.

Se volvió y vio a Javert.

II

Javert contento

Veamos lo que había pasado.

Acababan de dar las doce y media cuando el señor Magdalena salió de la sala del

tribunal de Arras. Poco antes de las seis de la mañana llegó a M. y su primer cuidado fue

echar al correo su carta al señor Laffitte, y después ir a ver a Fantina.

Apenas Magdalena abandonó la sala de audiencia y fue puesto en libertad

Champmathieu, el fiscal expidió una orden de arresto, encargando de ella al inspector

Javert. La orden estaba concebida en estos términos: "El inspector Javert reducirá a

prisión al señor Magdalena, alcalde de M., reconocido en la sesión de hoy como el ex

presidiario Jean Valjean".

Javert se hizo guiar al cuarto en que estaba Fantina. Se quedó junto a la puerta

entreabierta; estuvo allí en silencio cerca de un minuto sin que nadie notara su presencia,

hasta que lo vio Fantina.

En el momento en que la mirada de Magdalena encontró la de Javert, el rostro de éste

adquirió una expresión espantosa. Ningún sentimiento humano puede ser tan horrible

como el de la alegría.

La seguridad de tener en su poder a Jean Valjean hizo aflorar a su fisonomía todo lo

que tenía en el alma. El fondo removido subió a la superficie. La humillación de haber

perdido la pista y haberse equivocado respecto de Champmathieu desaparecía ante el

orgullo de ahora. Javert se sentía en el cielo. Contento a indignado, tenía bajo sus pies el

crimen, el vicio, la rebelión, la perdición, el infierno. Javert resplandecía, exterminaba,

sonreía. Había una innegable grandeza en aquel San Miguel monstruoso.

La probidad, la sinceridad, el candor, la convicción, la idea del deber son cosas que en

caso de error pueden ser repugnantes; pero, aún repugnantes, son grandes; su majestad,

propia de la conciencia humana, subsiste en el horror; son virtudes que tienen un vicio, el

error. La despiadada y honrada dicha de un fanático en medio de la atrocidad conserva

algún resplandor lúgubre, pero respetable. Es indudable que Javert, en su felicidad, era

digno de lástima, como todo ignorante que triunfa.

III

La autoridad recobra sus derechos

Jean Valjean, desde ahora lo llamaremos así, se levantó y dijo a Fantina con voz

tranquila y suave:

-No temáis, no viene por vos.

Y después dirigiéndose a Javert, le dijo:

-Ya sé lo que queréis.

-¡Vamos, pronto! -respondió Javert.

Entonces Fantina vio una cosa extraordinaria. Vio que Javert, el soplón, cogía por el

cuello al señor alcalde, y vio al señor alcalde bajar la cabeza. Creyó que el mundo se

derrumbaba.

-¡Señor alcalde! -gritó.

Javert se echó a reír con esa risa suya que mostraba todos los dientes.

-No hay ya aquí ningún señor alcalde -dijo.

Jean Valjean, sin tratar de deshacerse de la mano que lo sujetaba, murmuró:

-Javert...

-Llámame señor inspector.

-Señor inspector -continuó Jean Valjean-, quiero deciros una palabra a solas.

-Habla alto. A mí se me habla alto.

Jean Valjean bajó más la voz.

-Tengo que pediros un favor...

-Te digo que hables alto.

-Es que... Quiero que me escuchéis vos solo.

-¡Y a mí qué me importa!

-Concededme tres días susurró Jean Valjean-. Tres días para ir a buscar la hija de esta

desdichada. Pagaré lo que sea, me acompañaréis si queréis.

-¿Bromeas? -exclamó Javert, hablando en voz muy alta-. ¡Vaya, no lo creía tan

estúpido! Me pides tres días para escaparte. ¿Dices que es para ir a buscar a la hija de esa

mujer? ¡Qué gracioso!

Y se echó a reír a carcajadas. Fantina se estremeció.

-¡Ir a buscar a mi hija! -exclamó-. ¿Que no está aquí? ¿Dónde está Cosette? ¡Quiero a

mi hija, señor Magdalena! ¡Señor alcalde, por favor!

Javert dio una patada en el suelo. Miró fijamente a Fantina y dijo cogiendo nuevamente

la corbata, la camisa y el cuello de Jean Valjean.

-¡Cállate tú, bribona! ¡Qué país de porquería es éste donde los presidiarios son

magistrados y donde se trata a las prostitutas como a condesas! Pero todo va a cambiar,

ya verás. Te repito que aquí no hay señor Magdalena, ni señor alcalde. Sólo hay un

ladrón, un bandido, un presidiario llamado Jean Valjean, y yo lo tengo en mis manos. Es

todo lo que hay aquí.

Fantina se enderezó al instante apoyándose en sus flacos brazos y en sus manos, miró a

Jean Valjean, miró a Javert, miró a la religiosa; abrió la boca como para hablar, pero sólo

salió un ronquido del fondo de su garganta. Extendió los brazos con angustia, buscando

algo como el que se ahoga, y después cayó a plomo sobre la almohada. Su cabeza chocó

en la cabecera de la cama y cayó sobre el pecho con la boca abierta, lo mismo que los

ojos. Estaba muerta.

Jean Valjean abrió la mano que le tenía asida Javert como si fuera la mano de un niño,

y le dijo con una voz que apenas se oía:

-Habéis asesinado a esta mujer.

Había en el rincón del cuarto una cama vieja; Jean Valjean arrancó en un segundo uno

de los barrotes y amenazó con él a Javert.

-Os aconsejo que no me molestéis en estos momentos -dijo.

Se acercó al lecho de Fantina y permaneció a su lado un rato, mudo; en su rostro había

una indescriptible expresión de compasión. Se inclinó hacia ella y le habló en voz baja.

¿Qué le dijo? ¿Qué podía decir aquel hombre que era un convicto a aquella mujer

muerta? Nadie oyó sus palabras. ¿Las oyó la muerta? Sor Simplicia ha referido muchas

veces que mientras él hablaba a Fantina, vio aparecer claramente una inefable sonrisa en

esos pálidos labios y en esa pupilas, llenas ya del asombro de la tumba.

Jean Valjean le cerró los ojos, se arrodilló delante de la muerta y besó su mano.

Después se levantó y dijo a Javert:

-Ahora estoy a vuestra disposición.

IV

Una tumba adecuada

Javert se llevó a Jean Valjean a la cárcel del pueblo.

La detención del señor Magdalena produjo en M. una conmoción extraordinaria. Al

instante lo abandonaron; en menos de dos horas se olvidó todo el bien que había hecho y

no fue ya más que un presidiario. Sólo tres o cuatro personas del pueblo le fueron fieles,

entre ellas la anciana portera que lo servía.

La noche de ese mismo día, dicha portera estaba sentada en su cuarto, asustada aún,

reflexionando tristemente. La fábrica había permanecido cerrada el día entero; la puerta

cochera estaba con el cerrojo echado. No había en la casa más que las dos religiosas, sor

Simplicia y sor Perpetua, que velaban a Fantina.

Hacia la hora en que el señor Magdalena solía recogerse, la portera se levantó

maquinalmente, colgó la llave del dormitorio del alcalde en el clavo habitual, y puso al

lado el candelabro que usaba para subir la escala, como si lo esperara. En seguida se

volvió a sentar y prosiguió su meditación.

De pronto se abrió la ventanilla de la portería, pasó una mano, tomó la llave y encendió

una vela. La portera quedó como aturdida. Conocía aquella mano, aquel brazo, aquella

manga. Era el señor Magdalena.

-¡Dios mío, señor alcalde! -dijo cuando recuperó el habla-. Yo os creía...

-En la cárcel -dijo Jean Valjean-. Allá estaba, pero rompí un barrote de la ventana, me

escapé y estoy aquí. Voy a subir a mi cuarto. Avisad a sor Simplicia, por favor.

La portera obedeció de inmediato.

Jean Valjean entró en su dormitorio. La portera había recogido entre las cenizas las dos

conteras del bastón y la moneda de Gervasillo ennegrecida por el fuego. Las colocó sobre

un papel en el que escribió: "Estas son las conteras de mi garrote y la moneda robada de

que hablé en el tribunal". Y lo dejó bien a la vista. Envolvió luego en una frazada los dos

candelabros del obispo.

Entró sor Simplicia.

-¿Queréis ver por última vez a esa pobre desdichada? -preguntó.

-No, Hermana, me persiguen y no quiero turbar su reposo.

Apenas terminaba de hablar, se oyó un gran estruendo en la escalera y la portera que

decía casi a gritos:

-Señor, os juro que no ha entrado nadie aquí.

Un hombre respondió:

-Pero hay luz en ese cuarto.

Era la voz de Javert. Jean Valjean apagó de un soplo la vela y se ocultó. Sor Simplicia

cayó de rodillas.

Entró Javert. La religiosa no levantó los ojos. Rezaba. Al verla, Javert se detuvo

desconcertado. Se iba a retirar, pero antes dirigió una pregunta a sor Simplicia, que no

había mentido en su vida. Javert la admiraba por esto.

-Hermana -dijo-, ¿estáis sola?

Pasó un momento terrible en que la portera creyó morir.

-Sí -respondió la religiosa.

-¿No habéis visto a un prisionero llamado Jean Valjean?

-No.

Mentía. Había mentido dos veces seguidas.

Una hora después, un hombre se alejaba de M. a través de los árboles y la bruma en

dirección a París. Llevaba un paquete y vestía una chaqueta vieja. ¿De dónde la sacó?

Había muerto hacía poco un obrero en la enfermería, que no dejaba más que su chaqueta.

Tal vez era ésa.

Fantina fue arrojada a la fosa pública del cementerio, que es de todos y de nadie, allí

donde se pierden los pobres. Afortunadamente, Dios sabe dónde encontrar el alma.

La tumba de Fantina se parecía a lo que había sido su lecho.

SEGUNDA PARTE

Cosette

LIBRO PRIMERO

Waterloo

I

El 18 de junio de 1815

Si no hubiera llovido esa noche del 17 al 18 de junio de 1815, el porvenir de Europa

hubiera cambiado. Algunas gotas de agua, una nube que atravesó el cielo fuera de

temporada, doblegaron a Napoleón.

La batalla de Waterloo estaba planeada, genialmente, para las 6 de la mañana; con la

tierra seca la artillería podía desplazarse rápidamente y se habría ganado la contienda en

dos o tres horas. Pero llovió toda la noche; la tierra estaba empantanada. El ataque

empezó tarde, a las once, cinco horas después de lo previsto. Esto dio tiempo para la

llegada de todas las tropas enemigas.

¿Era posible que Napoleón ganara esta batalla? No. ¿A causa de Wellington? No, a

causa de Dios.

No entraba en la ley del siglo XIX un Napoleón vencedor de Wellington.

Se preparaba una serie de acontecimientos en los que Napoleón no tenía lugar.

Ya era tiempo que cayera aquel hombre. Su excesivo peso en el destino humano

turbaba el equilibrio. Toda la vitalidad concentrada en una sola persona, el mundo

pendiente del cerebro de un solo ser, habría sido mortal para la civilización.

La caída de Napoleón estaba decidida. Napoleón incomodaba a Dios.

Al final, Waterloo no es una batalla; es el cambio de frente del Universo.

Pero para disgusto de los vencedores, el triunfo final es de la revolución: Bonaparte

antes de Waterloo ponía a un cochero en el trono de Nápoles y a un sargento en el de

Suecia; Luis XVIII, después de Waterloo, firmaba la declaración de los derechos

humanos.

II

El campo de batalla por la noche

Había luna llena aquel 18 de junio de 1815. La noche se complace algunas veces en ser

testigo de horribles catástrofes, como la batalla de Waterloo.

Después de disparado el último cañonazo, la llanura quedó desierta.

Mientras Napoleón regresaba vencido a París, setenta mil hombres se desangraban poco

a poco y algo de su paz se esparcía por el mundo.

El Congreso de Viena firmó los tratados de .815 y Europa llamó a aquello "la

Restauración". Eso fue Waterloo.

La guerra puede tener bellezas tremendas, pero tiene también cosas muy feas. Una de

las más sorprendentes es el rápido despojo de los muertos. El alba que sigue a una batalla

amanece siempre para alumbrar cadáveres desnudos.

Todo ejército tiene sus seguidores: seres murciélagos que engendra esa oscuridad que

se llama guerra. Especie de bandidos o mercenarios que van de uniforme, pero no

combaten; falsos enfermos, contrabandistas, mendigos, granujas, traidores.

A eso de las doce de esa noche vagaba un hombre: era uno de ellos que acudía a

saquear Waterloo. De vez en cuando se detenía, revolvía la tierra, y luego escapaba. Iba

escudriñando aquella inmensa tumba. De pronto se detuvo. Debajo de un montón de

cadáveres sobresalía una mano abierta alumbrada por la luna. En uno de sus dedos

brillaba un anillo. El hombre se inclinó y lo sacó, pero la mano se cerró y volvió a

abrirse. Un hombre honrado hubiera tenido miedo, pero éste se echó a reír.

-¡Caramba! -dijo-. ¿Estará vivo este muerto?

Se inclinó de nuevo y arrastró el cuerpo de entre los cadáveres.

Era un oficial; tenía la cara destrozada por un sablazo, sus ojos estaban cerrados.

Llevaba la cruz de plata de la Legión de Honor. El vagabundo la arrancó y la guardó en

su capote. Buscó en los bolsillos del oficial, encontró un reloj y una bolsa. En eso estaba

cuando el oficial abrió los ojos.

-Gracias -dijo con voz débil.

Los bruscos tirones del ladrón y el aire fresco de la noche lo sacaron de su letargo.

-¿Quién ganó la batalla? -preguntó.

-Los ingleses.

-Registrad mis bolsillos. Hallaréis un reloj y una bolsa; tomadlos.

El vagabundo fingió hacerlo.

-No hay nada -dijo.

-Los han robado -murmuró el oficial-. Lo siento, hubiera querido que fueran para vos.

Me habéis salvado la vida. ¿Quién sois?

-Yo pertenecía como vos al ejército francés. Tengo que dejaros ahora, pues si me cogen

los inglesen me fusilarán. Os he salvado la vida, ahora arreglaos como podáis.

-¿Vuestro grado?

-Sargento.

-¿Cómo os llamáis?

-Thenardier.

-No olvidaré ese nombre -dijo el oficial-. Recordad el mío, me llamo Pontmercy.

LIBRO SEGUNDO

El navío Orión

I

El número 24.601 se convierte en el 9.430

Jean Valjean había sido capturado de nuevo.

El lector nos agradecerá que pasemos rápidamente por detalles dolorosos. Nos

limitaremos pues a reproducir uno de los artículos publicados por los periódicos de

aquella época pocos meses después de los sorprendentes acontecimientos ocurridos en M.

El Diario de París del 25 de julio de 1823 dice así:

"Acaba de comparecer ante el tribunal de jurados del Var un ex presidiario llamado

Jean Valjean, en circunstancias que han llamado la atención. Este criminal había

conseguido engañar la vigilancia de la policía; cambió su nombre por el de Magdalena y

logró hacerse nombrar alcalde de una de nuestras pequeñas poblaciones del Norte, donde

había establecido un comercio de bastante consideración. Al fin fue desenmascarado y

apresado, gracias al celo infatigable de la autoridad. Tenía por concubina a una mujer

pública, que ha muerto de terror en el momento de su prisión. Este miserable, dotado de

una fuerza hercúlea, halló medio de evadirse; pero tres o cuatro días después de su

evasión, la policía consiguió apoderarse nuevamente de él en París, en el momento de

subir en uno de esos pequeños carruajes que hacen el trayecto de la capital a la aldea de

Montfermeil. Se dice que se aprovechó del intervalo de estos tres o cuatro días de libertad

para retirar una suma considerable de dinero. Si hemos de dar crédito al acta de

acusación, debe haberla escondido en un sitio conocido de él solo, pues no se ha podido

dar con ella. El bandido ha renunciado a defenderse de los numerosos cargos en su

contra. Por consiguiente, Jean Valjean, declarado reo, ha sido condenado a la pena de

muerte; y no habiendo querido entablar el recurso de casación, la sentencia se hubiera

ejecutado, si el rey, en su inagotable benignidad, no se hubiera dignado conmutarle dicha

pena por la de cadena perpetua. Jean Valjean fue conducido inmediatamente al presidio

de Tolón".

Jean Valjean cambió de número en el presidio. Se llamó el 9.430.

Y en M., toda prosperidad desapareció con el señor Magdalena; todo cuanto había

previsto en su noche de vacilación y de fiebre se realizó: faltando él, faltó el alma de

aquella población. Después de su caída se verificó ese reparto egoísta de la herencia de

los grandes hombres caídos. Se falsificaron los procedimientos, bajó la calidad de los

productos, hubo menos pedidos, bajó el salario, se cerraron los enormes talleres de

Magdalena; los edificios se deterioraron, se dispersaron los obreros, y pronto vino la

quiebra. Y entonces no quedó nada para los pobres. Todo se desvaneció.

II

El diablo en Montfermeil

Antes de ir más lejos, bueno será referir con algunos pormenores algo singular que

hacia esta misma época sucedió en Montfermeil.

Hay en ese pueblo una superstición muy antigua que consiste en creer que el diablo,

desde tiempo inmemorial, ha escogido el bosque para ocultar sus tesoros. Cuentan que no

es raro encontrar, al morir el día y en los sitios más apartados, a un hombre negro, con

facha de leñador, calzado con zuecos. Este hombre está siempre ocupado en hacer hoyos

en la tierra. Hay tres modos de sacar partido del encuentro. El primero es acercársele y

hablarle; entonces resulta que este hombre no es más que un aldeano, que se ve negro

porque es la hora del crepúsculo, que no hace tal hoyo en la tierra sino que corta la hierba

para sus vacas, y que lo que parece ser cuernos no es más que una horqueta para remover

el estiércol que lleva a la espalda. Vuelve uno a su casa y se muere al cabo de una

semana. El segundo método es observarle, esperar a que haya hecho su hoyo, lo haya

vuelto a cubrir y se haya ido; luego ir corriendo al agujero, destaparlo y coger el tesoro.

En este caso muere uno al cabo de un mes. En fin, el tercer método es no hablar al

hombre negro, ni mirarlo, y echar a correr a todo escape. Entonces muere uno durante el

año.

Como los tres métodos tienen sus inconvenientes, el segundo, que ofrece a lo menos

algunas ventajas, entre otras la de poseer un tesoro aunque no sea más que por un mes, es

el que generalmente se adopta.

Ahora bien, muy poco tiempo después de que la justicia comunicara que el presidiario

Jean Valjean durante su evasión de algunos días anduvo vagando por los alrededores de

Montfermeil, se notó en esta aldea que un viejo peón caminero llamado Boulatruelle

hacía frecuentes visitas al bosque. Se decía que el tal Boulatruelle había estado en

presidio; que estaba sometido a cierta vigilancia de la policía, y que como no encontraba

trabajo en ninguna parte, la municipalidad lo empleaba por un pequeño jomal como peón

en el camino vecinal de Gagny a Lagny.

Este Boulatruelle era bastante mal mirado por los aldeanos, por ser demasiado

respetuoso, humilde, pronto a quitarse su gorra ante todo el mundo, y porque temblaba

delante de los gendarmes. Se le suponía afiliado a una banda de asaltantes, el

Patron-Minette; se tenían sospechas de que se emboscaba a la caída de la noche en la

espesura de los bosques. Además, era un borracho perdido.

Desde hacía algún tiempo, se le encontraba en los claros más desiertos, entre la maleza

más sombría, buscando al parecer alguna cosa, y algunas veces abriendo hoyos. Decían

en la aldea:

-Es claro que el diablo se ha aparecido. Boulatruelle lo ha visto, y busca. Está loco por

robarle su alcancía.

Otros añadían: ¿Será Boulatruelle quien atrape al diablo, o el diablo a Boulatruelle?

Poco tiempo después cesaron las idas de Boulatruelle al bosque, y volvió a su trabajo

de peón caminero, con lo cual se habló de otra cosa.

No obstante, la curiosidad de algunas personas no se daba por satisfecha. Los más

curiosos eran el maestro de escuela y el bodegonero Thenardier, que era amigo de todo el

mundo y no había desdeñado la amistad de Boulatruelle.

-Ha estado en presidio -se decía-. Ah, uno nunca sabe ni quién está allá, ni quién irá.

Una noche decidieron con el maestro de escuela hacerlo hablar, y para esto

emborracharon al peón caminero.

Boulatruelle bebió grandes cantidades de vino y se le escaparon unas cuantas palabras,

con las cuales Thenardier y el maestro creyeron comprender lo siguiente:

Una mañana, al ir Boulatruelle a su trabajo cuando amanecía, se sorprendió al ver en un

recodo del bosque entre la maleza una pala y un azadón. Al oscurecer del mismo día vio,

sin ser visto porque estaba oculto tras un árbol, a un hombre que se dirigía a lo más

espeso del bosque. Boulatruelle conocía muy bien a ese hombre. Traducción de

Thenardier: Un compañero de presidio.

Boulatruelle se negó obstinadamente a decir su nombre. Este individuo llevaba un

paquete, una cosa parecida a una caja grande o a un cofre pequeño. Sorpresa de

Boulatruelle. Sin embargo, hasta pasados siete a ocho minutos no se le ocurrió seguirlo.

Y ya fue demasiado tarde; el hombre se había internado en lo más espeso del bosque, y

no pudo dar con él. Entonces tomó el partido de observar la entrada del bosque, y unas

tres horas después lo vio salir de entre la maleza; ya no llevaba la caja-cofre, sino una

pala y un azadón. Boulatruelle lo dejó pasar, y no se le acercó porque el otro era tres

veces más fuerte, y armado además de la pala y el azadón; lo hubiera golpeado al

reconocerlo y verse reconocido. Tierna efusión de dos antiguos camaradas que se

reencuentran.

Boulatruelle dedujo que el sujeto abrió un hoyo en la tierra con el azadón, enterró el

cofre, y volvió a cerrar el hoyo con la pala. Ahora bien, el cofre era demasiado pequeño

para contener un cadáver; contenía, pues, dinero. Y empezó sus pesquisas. Exploró,

sondeó y escudriñó todo el bosque, y miró por todas partes donde le pareció que habían

removido recientemente la tierra. Pero fue en vano. No encontró nada.

Nadie volvió a pensar sobre esto en Montfermeil. Sólo alguien comentó:

-No hay duda que Boulatruelle vio al diablo.

III

La cadena de la argolla se rompe de un solo martillazo

A fines de octubre del año 1823, los habitantes de Tolón vieron entrar en su puerto, de

resultas de un temporal y para reparar algunas averías, al navío Orión. Este buque,

averiado como estaba, porque el mar lo había maltratado, hizo un gran efecto al entrar en

la rada. Fondeó cerca del arsenal, y se trató de armarlo y repararlo. Una mañana la

multitud que lo contemplaba fue testigo de un accidente.

Cuando la tripulación estaba ocupada en envergar las velas, un gaviero perdió el

equilibrio. Se le vio vacilar; la cabeza pudo más que el cuerpo; el hombre dio vueltas

alrededor de la verga, con las manos extendidas hacia el abismo; cogió al paso, con una

mano primero y luego con la otra, el estribo, y quedó suspendido de él. Tenía el mar

debajo, a una profundidad que producía vértigo. La sacudida de su caída había imprimido

al estribo un violento movimiento de columpio. El hombre iba y venía agarrado a esta

cuerda como la piedra de una honda.

Socorrerle era correr un riesgo fatal. Ninguno de los marineros se atrevía a aventurarse.

La multitud esperaba ver al desgraciado gaviero de un minuto a otro soltar la cuerda, y

todo el mundo volvía la cabeza para no presenciar su muerte.

De pronto se vio a un hombre que trepaba por el aparejo con la agilidad de un tigre. Iba

vestido de rojo, era un presidiario; llevaba un gorro verde, señal de condenado a cadena

perpetua. Al llegar a la altura de la gavia, un golpe de viento le llevó el gorro, y dejó ver

una cabeza enteramente blanca.

El individuo, perteneciente a un grupo de presidiarios empleados a bordo, había corrido

en el primer instante a pedir al oficial permiso para arriesgar su vida por salvar al gaviero.

A un signo afirmativo del oficial, rompió de un martillazo la cadena sujeta a la argolla de

su pie, tomó luego una cuerda, y se lanzó a los obenques. Nadie notó en aquel instante la

facilidad con que rompió la cadena.

En un abrir y cerrar de ojos estuvo en la verga; llegó a la punta, ató a ella un cabo de la

cuerda que llevaba, y dejó suelto el otro cabo; después empezó a bajar deslizándose por

esta cuerda y se acercó al marinero. Entonces hubo una doble angustia; en vez de un

hombre suspendido sobre el abismo había dos.

Pero el presidiario logró atar al gaviero sólidamente con la cuerda a que se sujetaba con

una mano. Subió sobre la verga, y tiró del marinero hasta que lo tuvo también en ella;

después lo cogió en sus brazos y lo llevó a la gavia, donde le dejó en manos de sus

camaradas. Se preparó entonces para bajar inmediatamente a unirse a la cuadrilla a que

pertenecía. Para llegar más pronto, se dejó resbalar y echó a correr por una entena baja.

Todas las miradas lo seguían. Por un momento se tuvo miedo; sea que estuviese cansado,

sea que se mareara, lo cierto es que se le vio tambalear. De pronto la muchedumbre lanzó

un grito; el presidiario acababa de caer al mar.

La caída era peligrosa. La fragata Algeciras estaba anclada junto al Orión, y el pobre

presidiario había caído entre los dos buques. Era muy de temer que hubiera ido a parar

debajo del uno o del otro. Cuatro hombres se lanzaron en una embarcación. La

muchedumbre los animaba, y la ansiedad había vuelto a aparecer en todos los semblantes.

El hombre no subió a la superficie. Había desaparecido en el mar sin dejar una huella. Se

sondeó, y hasta se buscó en el fondo. Todo fue en vano; no se halló ni siquiera el cadáver.

A1 día siguiente, el diario de Tolón imprimía estas líneas:"7 de noviembre de 1823. -

Un presidiario que se hallaba trabajando con su cuadrilla a bordo del Orión, al socorrer

ayer a un marinero, cayó al mar y se ahogó. Su cadáver no ha podido ser hallado. Se cree

que habrá quedado enganchado en las estacas de la punta del arsenal. Este hombre estaba

inscrito en el registro con el número 9.430, y se llamaba Jean Valjean".

LIBRO TERCERO

Cumplimiento de una promesa

I

Montfermeil

Montfermeil en 1823 no era más que una aldea entre bosques. Era un sitio tranquilo y

agradable, cuyo único problema era que escaseaba el agua y era preciso ir a buscarla

bastante lejos, en los estanques del bosque. El bodeguero Thenardier pagaba medio

sueldo por cubo de agua a un hombre que tenía este oficio y que ganaba en esto ocho

sueldos al día: pero este hombre sólo trabajaba hasta las siete de la tarde en verano y

hasta las cinco en el invierno, y cuando llegaba la noche, el que no tenía agua para beber,

o iba a buscarla, o se pasaba sin ella.

Esto es lo que aterraba a la pequeña Cosette. La pobre niña servía de criada a los

Thenardier y ella era la que iba a buscar agua cuando faltaba. Así es que, espantada con

la idea de ir a la fuente por la noche, cuidaba de que no faltara nunca en la casa.

La Navidad del año 1823 fue particularmente brillante en Montfermeil. El principio del

invierno había sido templado y no había helado ni nevado. Los charlatanes y feriantes

que habían llegado de París obtuvieron del alcalde el permiso para colocar sus tiendas en

la calle ancha de la aldea, y hasta en la callejuela del Boulanger donde estaba el bodegón

de los Thenardier. Toda aquella gente llenaba las posadas y tabernas, y daba al pueblo

una vida alegre y ruidosa.

En la noche misma de Navidad, muchos carreteros y vendedores bebían alrededor de

una mesa con cuatro o cinco velas de sebo en la sala baja del bodegón de Thenardier,

quien conversaba con sus parroquianos. Su mujer vigilaba la cena.

Cosette se hallaba en su puesto habitual, sentada en el travesaño de la mesa de la cocina

junto a la chimenea; la pobre niña estaba vestida de harapos, tenía los pies desnudos

metidos en zuecos, y a la luz del fuego tejía medias de lana destinadas a las hijas de

Thenardier. Debajo de las sillas jugaba un gato pequeño. En la pieza contigua se oían las

voces de Eponina y Azelma que reían y charlaban. De vez en cuando se oía desde el

interior de la casa el grito de un niño de muy tierna edad. Era una criatura que la mujer de

Thenardier había tenido en uno de los inviernos anteriores, sin saber por qué, según decía

ella, y que tendría unos tres años. La madre lo había criado pero no lo quería. Y el pobre

niño abandonado lloraba en la oscuridad.

II

Dos retratos completos

En este libro no se ha visto aún a los Thenardier más que de perfil; ha llegado el

momento de mirarlos por todas sus fases.

Thenardier acababa de cumplir los cincuenta años; su esposa frisaba los cuarenta.

La mujer de Thenardier era alta, rubia, colorada, gorda, grandota y ágil. Ella hacía todo

en la casa; las camas, los cuartos, el lavado, la comida, a lluvia, el buen tiempo, el diablo.

Por única criada tenía a Cosette, un ratoncillo al servicio de un elefante. Todo temblaba al

sonido de su voz, los vidrios, los muebles y la gente. Juraba como un carretero, y se

jactaba de partir una nuez de un puñetazo. Esta mujer no amaba más que a sus hijas y no

temía más que a su marido.

Thenardier era un hombre pequeño, delgado, pálido, anguloso, huesudo, endeble, que

parecía enfermizo pero que tenía excelente salud. Poseía la mirada de una zorra y quería

dar la imagen de un intelectual. Era astuto y equilibrado; silencioso o charlatán según la

ocasión, y muy inteligente. jamás se emborrachaba; era un estafador redomado, un genial

mentiroso.

Pretendía haber servido en el ejército y contaba con toda clase de detalles que en

Waterloo, siendo sargento de un regimiento, había luchado solo contra un escuadrón de

Húsares de la Muerte, y había salvado en medio de la metralla a un general herido

gravemente. De allí venía el nombre de su taberna, "El Sargento de Waterloo", y la

enseña pintada por él mismo. No tenía más que un pensamiento: enriquecerse. Y no lo

conseguía. A su gran talento le faltaba un teatro digno. Thenardier se arruinaba en

Montfermeil y, sin embargo, este perdido hubiera llegado a ser millonario en Suiza o en

los Pirineos; mas el posadero tiene que vivir allí donde la suerte lo pone.

En aquel 1823 Thenardier se hallaba endeudado en unos mil quinientos francos de pago

urgente. Cosette vivía en medio de esta pareja repugnante y terrible, sufriendo su doble

presión como una criatura que se viera a la vez triturada por una piedra de molino y

hecha trizas por unas tenazas. El hombre y la mujer tenían cada uno su modo diferente de

martirizar. Si Cosette era molida a golpes, era obra de la mujer; si iba descalza en el

invierno era obra del marido.

Cosette subía, bajaba, lavaba, cepillaba, frotaba, barría, sudaba, cargaba con las cosas

más pesadas; y débil como era se ocupaba de los trabajos más duros. No había piedad

para ella; tenía un ama feroz y un amo venenoso. La pobre niña sufría y callaba.

III

Vino para los hombres y agua a los caballos

Llegaron cuatro nuevos viajeros.

Cosette pensaba tristemente que estaba oscuro ya, que había sido preciso llenar los

jarros y las botellas en los cuartos de los viajeros recién llegados, y que no quedaba ya

agua en la vasija. Lo que la tranquilizaba un poco era que en la casa de Thenardier no se

bebía mucha agua. No faltaban personas que tuvieran sed, pero de esa sed que se aplaca

más con el vino que con el agua. De pronto uno de los mercaderes ambulantes

hospedados en el bodegón dijo con voz dura:

-A mi caballo no le han dado de beber.

-Sí, por cierto -dijo la mujer de Thenardier.

-Os digo que no -contestó el mercader.

Cosette había salido de debajo de la mesa.

-¡Oh, sí, señor! -dijo-. El caballo ha bebido, y ha bebido en el cubo que estaba lleno, yo

misma le he dado de beber, y le he hablado.

Esto no era cierto. Cosette mentía.

-Vaya una muchacha que parece un pajarillo y que echa mentiras del tamaño de una

casa –dijo el mercader-. Te digo que no ha bebido, tunantuela. Cuando no bebe, tiene un

modo de resoplar que conozco perfectamente.

Cosette insistió, añadiendo con una voz enronquecida por la angustia:

-¡Pero si ha bebido! ¡Y con qué ganas!

-Bueno, bueno -replicó el hombre, enfadado-; que den de beber a mi caballo y

concluyamos.

Cosette volvió a meterse debajo de la mesa.

-Tiene razón -dijo la Thenardier-; si el animal no ha bebido, es preciso que beba.

Después miró a su alrededor.

-Y bien, ¿dónde está ésa?

Se inclinó y vio a Cosette acurrucada al otro extremo de la mesa casi debajo de los pies

de los bebedores.

-¡Ven acá! -gritó furiosa.

Cosette salió de la especie de agujero en que se hallaba metida. La Thenardier continuó:

-Señorita perro-sin-nombre, vaya a dar de beber a ese caballo.

-Pero, señora -dijo Cosette, débilmente-, si no hay agua.

La Thenardier abrió de par en par la puerta de la calle.

-Pues bien, ve a buscarla.

Cosette bajó la cabeza, y fue a tomar un cubo vacío que había en el rincón de la

chimenea. El cubo era más grande que ella y la niña habría podido sentarse dentro, y aun

estar cómoda. La Thenardier volvió a su fogón y probó con una cuchara de palo el

contenido de la cacerola, gruñendo al mismo tiempo:

-Oye tú, monigote, a la vuelta comprarás un pan al panadero. Ahí tienes una moneda de

quince sueldos.

Cosette tenía un bolsillo en uno de los lados del delantal; tomó la moneda sin decir

palabra, la guardó en aquel bolsillo y salió.

IV

Entrada de una muñeca en escena

Frente a la puerta de los Thenardier se había instalado una tienda de juguetes

relumbrante de lentejuelas, de abalorios y vidrios de colores. Delante de todo había

puesto el tendero una inmensa muñeca de cerca de dos pies de altura, vestida con un traje

color rosa, con espigas doradas en la cabeza, y que tenía pelo verdadero y ojos de vidrio

esmaltado. Esta maravilla había sido durante todo el día objeto de la admiración de los

mirones de menos de diez años, sin que hubiera en Montfermeil una madre bastante rica

o bastante pródiga para comprársela a su hija. Eponina y Azelma habían pasado horas

enteras contemplándola y hasta la misma Cosette, aunque es cierto que furtivamente, se

había atrevido a mirarla.

En el momento en que Cosette salió con su cubo en la mano, por triste y abrumada que

estuviera, no pudo menos que alzar la vista hacia la prodigiosa muñeca, hacia la "reina",

como ella la llamaba. La pobre niña se quedó petrificada; no había visto todavía tan de

cerca como entonces la muñeca. Toda la tienda le parecía un palacio; la muñeca era la

alegría, el esplendor, la riqueza, la dicha, que aparecían como una especie de brillo

quimérico ante aquel pequeño ser, enterrado tan profundamente en una miseria fúnebre y

fría. Cosette se decía que era preciso ser reina, o a lo menos princesa para tener una cosa

así. Contemplaba el bello vestido rosado, los magníficos cabellos alisados y decía para sí:

"¡Qué feliz debe ser esa muñeca!" Sus ojos no podían separarse de aquella tienda

fantástica; cuanto más miraba más se deslumbraba; creía estar viendo el paraíso. En esta

adoración lo olvidó todo, hasta la comisión que le habían encargado. De pronto la bronca

voz de la Thenardier la hizo volver en sí. Había echado una mirada a la calle y vio a

Cosette en éxtasis.

-¡Cómo, flojonazá! ¿No lo has ido todavía? ¡Espera! ¡Allá voy yo! ¿Qué tienes tú que

hacer ahí? ¡Vete, pequeño monstruo!

Cosette echó a correr con su cubo a toda la velocidad que podía.

V

La niña sola

Como la taberna de Thenardier se hallaba en la parte norte de la aldea, tenía que ir

Cosette por el agua a la fuente del bosque que estaba por el lado de Chelles.

Ya no miró una sola tienda de juguetes. Cuanto más andaba más espesas se volvían las

tinieblas. Pero mientras vio casas y paredes por los lados del camino, fue bastante

animada. De vez en cuando veía luces a través de las rendijas de una ventana; allí había

gente, y esto la tranquilizaba. Sin embargo, a medida que avanzaba iba aminorando el

paso maquinalmente. No era ya Montfermeil lo que tenía delante, era el campo, el

espacio oscuro y desierto. Miró con desesperación aquella oscuridad. Arrojó una mirada

lastimera hacia delante y hacia atrás. Todo era oscuridad. Tomó el camino de la fuente y

echó a correr. Entró en el bosque corriendo, sin mirar ni escuchar nada. No detuvo su

carrera hasta que le faltó la respiración, aunque no por eso interrumpió su marcha. No

dirigía la vista ni a la derecha ni a la izquierda, por temor de ver cosas horribles en las

ramas y entre la maleza. Llorando llegó a la fuente.

Buscó en la oscuridad con la mano izquierda una encina inclinada hacia el manantial,

que habitualmente le servía de punto de apoyo; encontró una rama, se agarró a ella, se

inclinó y metió el cubo en el agua. Mientras se hallaba inclinada así no se dio cuenta de

que el bolsillo de su delantal se vaciaba en la fuente. La moneda de quince sueldos cayó

al agua. Cosette no la vio ni la oyó caer. Sacó el cubo casi lleno, y lo puso sobre la hierba.

Hecho esto quedó abrumada de cansancio. Sintió frío en las manos, que se le habían

mojado al sacar el agua, y se levantó. El miedo se apoderó de ella otra vez, un miedo

natural a insuperable. No tuvo más que un pensamiento, huir; huir a todo escape por

medio del campo, hasta las casas, hasta las ventanas, hasta las luces encendidas. Su

mirada se fijó en el cubo que tenía delante. Tal era el terror que le inspiraba la

Thenardier, que no se atrevió a huir sin el cubo de agua. Cogió el asa con las dos manos,

y le costó trabajo levantarlo.

Así anduvo unos doce pasos, pero el cubo estaba lleno, pesaba mucho, y tuvo que

dejarlo en tierra. Respiró un instante, después volvió a coger el asa y echó a andar: esta

vez anduvo un poco más. Pero se vio obligada a detenerse todavía. Después de algunos

segundos de reposo, continuó su camino. Andaba inclinada hacía adelante, y con la

cabeza baja como una vieja. Quería acortar la duración de las paradas andando entre cada

una el mayor tiempo posible. Pensaba con angustia que necesitaría más de una hora para

volver a Montfermeil, y que la Thenardier le pegaría. Al llegar cerca de un viejo castaño

que conocía, hizo una parada mayor que las otras para descansar bien; después reunió

todas sus fuerzas, volvió a coger el cubo y echó a andar nuevamente.

-¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! -exclamó, abrumada de cansancio y de miedo.

En ese momento sintió de pronto que el cubo ya no pesaba. Una mano, que le pareció

enorme, acababa de coger el asa y lo levantaba vigorosamente. Cosette, sin soltarlo, alzó

la cabeza y vio una gran forma negra, derecha y alta, que caminaba a su lado en la

oscuridad. Era un hombre que había llegado detrás de ella sin que lo viera.

Hay instintos para todos los encuentros de la vida. La niña no tuvo miedo.

VI

Cosette con el desconocido en la oscuridad

Hacia las seis de la tarde de ese mismo día, un hombre descendía en Chelles del coche

que hacía el viaje París-Lagny, y se iba por la senda que lleva a Montfermef, como quien

se conoce bien el camino. Pero en lugar de entrar en el pueblo, se internó en el bosque.

Una vez allí, se fue caminando despacio, mirando con atención los árboles, como si

buscara algo y siguiera una ruta sólo por él conocida. Por fin llegó a un claro donde había

gran cantidad de piedras. Se dirigió con rapidez a ellas y las examinó cuidadosamente,

como si les pasara revista. A pocos pasos de las piedras, se alzaba un árbol enorme lleno

de esas especies de verrugas que tienen los troncos viejos.

Frente a este árbol, que era un fresno, había un castaño con una parte de su tronco

descortezado, al que habían clavado como parche una faja de zinc.

Tocó el parche y luego dio de patadas a la tierra alrededor del árbol, como para

asegurarse de que no había sido removida. Después de esto, prosiguió su camino por el

bosque. Este era el hombre que acababa de encontrarse con Cosette. Se había dado cuenta

que se trataba de una niña pequeña y se le acercó y tomó silenciosamente su cubo.

El hombre le dirigió la palabra. Hablaba con una voz grave y baja.

-Hija mía, lo que llevas ahí es muy pesado para ti.

Cosette alzó la cabeza y respondió:

-Sí, señor.

-Dame -continuó el hombre-, yo lo llevaré.

Cosette soltó el cubo. El hombre echó a andar junto a ella.

-En efecto, es muy pesado -dijo entre dientes.

Luego añadió:

-¿Qué edad tienes, pequeña?

-Ocho años, señor.

-¿Y vienes de muy lejos así?

-De la fuente que está en el bosque.

-¿Y vas muy lejos?

A un cuarto de hora largo de aquí.

El hombre permaneció un momento sin hablar; después dijo bruscamente:

¿No tienes madre?

-No lo sé -respondió la niña.

Y antes que el hombre hubiese tenido tiempo para tomar la palabra, añadió:

-No lo creo. Las otras, sí; pero yo no la tengo.

Y después de un instante de silencio, continuó:

-Creo que no la he tenido nunca.

El hombre se detuvo, dejó el cubo en tierra, se inclinó, y puso las dos manos sobre los

hombros de la niña, haciendo un esfuerzo para mirarla y ver su rostro en la oscuridad.

-¿Cómo lo llamas? -preguntó.

-Cosette.

El hombre sintió como una sacudida eléctrica. Volvió a mirarla, cogió el cubo y echó a

andar.Al cabo de un instante preguntó:

-¿Dónde vives, niña?

-En Montfermeil.

Volvió a producirse otra pausa, y luego el hombre continuó:

-¿Quién lo ha enviado a esta hora a buscar agua al bosque?

La señora Thenardier.

El hombre replicó en un tono que quería esforzarse por hacer indiferente, pero en el

cual había un temblor singular:

-¿Quién es esa señora Thenardier?

-Es mi ama -dijo la niña-. Tiene una posada.

-¿Una posada? -dijo el hombre-. Pues bien, allá voy a dormir esta noche. Llévame.

El hombre andaba bastante de prisa. La niña lo seguía sin trabajo; ya no sentía el

cansancio; de vez en cuando alzaba los ojos hacia él con una especie de tranquilidad y de

abandono inexplicable. Jamás le habían enseñado a dirigirse a la Providencia y orar: sin

embargo, sentía en sí una cosa parecida a la esperanza y a la alegría, y que se dirigía

hacia el Cielo. Pasaron algunos minutos. El hombre continuó:

-¿No hay criada en casa de esa señora Thenardier?

-No, señor.

-¿Eres tú sola?

-Sí, señor.

Volvió a haber otra interrupción. Luego Cosette dijo:

-Es decir, hay dos niñas, Eponina y Azelma, las hijas de la señora Thenardier.

-¿Y qué hacen?

-¡Oh! -dijo la niña-, tienen muñecas muy bonitas y muchos juguetes. juegan y se

divierten.

-¿Todo el día?

-Sí, señor.

-¿Y tú?

¡Yo trabajo.

-¿Todo el día?

Alzó la niña sus grandes ojos, donde había una lágrima que no se veía a causa de la

oscuridad, y respondió blandamente:

-Sí, señor.

Después de un momento de silencio prosiguió:

-Algunas veces, cuando he concluido el trabajo y me lo permiten, me divierto también.

-¿Cómo lo diviertes?

-Como puedo. Me dan permiso; pero no tengo muchos juguetes. Eponina y Azelma no

quieren que juegue con sus muñecas, y no tengo más que un pequeño sable de plomo, así

de largo.

La niña señalaba su dedo meñique.

-¿Y que no corta?

-Sí, señor -dijo la niña-; corta ensalada y cabezas de moscas.

Llegaron a la aldea; Cosette guió al desconocido por las calles. Pasaron por delante de

la panadería, pero Cosette no se acordó del pan que debía llevar.

Al ver el hombre todas aquellas tiendas al aire libre, preguntó a Cosette:

-¿Hay feria aquí?

-No, señor, es Navidad.

Cuando ya se acercaban al bodegón, Cosette le tocó el brazo tímidamente.

-¡Señor!

-¿Qué, hija mía?

-Ya estamos junto a la casa.

-Y bien...

-¿Queréis que tome yo el cubo ahora? Porque si la señora ve que me lo han traído me

pegará.

El hombre le devolvió el cubo. Un instante después estaban a la puerta de la taberna.

VII

Inconvenientes de recibir a un pobre que tal vez es un rico

Cosette no pudo menos de echar una mirada de reojo hacia la muñeca grande que

continuaba expuesta en la tienda de juguetes. Después llamó; se abrió la puerta y apareció

la Thenardier con una vela en la mano.

-¡Ah! ¿Eres tú, bribonzuela? ¡Mira el tiempo que has tardado! Se habrá estado

divirtiendo la muy holgazana como siempre.

-Señora -dijo Cosette temblando-, aquí hay un señor que busca habitación.

La Thenardier reemplazó al momento su aire gruñón por un gesto amable, cambio

visible muy propio de los posaderos, y buscó ávidamente con la vista al recién llegado.

-¿Es el señor? -dijo.

-Sí, señora -respondió el hombre llevando la mano al sombrero.

Los viajeros ricos no son tan atentos. Esta actitud y la inspección del traje y del

equipaje del forastero, a quien la Thenardier pasó revista de una ojeada, hicieron

desaparecer la amable mueca, y reaparecer el gesto avinagrado. Le replicó, pues,

secamente:

-Entrad, buen hombre.

El "buen hombre" entró. La Thenardier le echó una segunda mirada; examinó

particularmente su abrigo entallado y amarillento que no podía estar más raído, y su

sombrero algo abollado; y con un movimiento de cabeza, un fruncimiento de nariz y una

guiñada de ojos, consultó a su marido, que continuaba bebiendo con los carreteros. El

marido respondió con una imperceptible agitación del índice, que quería decir: "Que se

largue". Recibida esta contestación, la Thenardier exclamó:

-Lo siento mucho, buen hombre, pero no hay habitación.

-Ponedme donde queráis -dijo el hombre-, en el granero, o en la cuadra. Pagaré como si

ocupara un cuarto.

-Cuarenta sueldos.

-¿Cuarenta sueldos? Sea.

-¡Cuarenta sueldos! -murmuró por lo bajo un carretero a Thenardier-; ¡si no son más

que veinte sueldos!

-Para él son cuarenta -replicó la Thenardier, en el mismo tono-. Yo no admito pobres

por menos.

Entretanto el recién llegado, después de haber dejado sobre un banco su paquete y su

bastón, se había sentado junto a una mesa, en la que Cosette se apresuró a poner una

botella de vino y un vaso.

La niña volvió a ocupar su sitio debajo de la mesa de la cocina, y se puso a tejer. El

hombre la contemplaba con atención extraña.

Cosette era fea, aunque si hubiese sido feliz, habría podido ser linda. Tenía cerca de

ocho años y representaba seis. Sus grandes ojos hundidos en una especie de sombra

estaban casi apagados a fuerza de llorar. Los extremos de su boca tenían esa curvatura de

la angustia habitual que se observa en los condenados y en los enfermos desahuciados.

Toda su vestimenta consistía en un harapo que hubiera dado lástima en verano, y que

inspiraba horror en el invierno. La tela que vestía estaba llena de agujeros. Se le veía la

piel por varias partes, y por doquiera se distinguían manchas azules o negras, que

indicaban el sitio donde la Thenardier la había golpeado. Su mirada, su actitud, el sonido

de su voz, sus intervalos entre una y otra palabra, su silencio, su menor gesto, expresaban

y revelaban una sola idea: el miedo.

De súbito la Thenardier dijo:

-A propósito, ¿y el pan?

Cosette, según era su costumbre cada vez que la Thenardier levantaba la voz, salió en

seguida de debajo de la mesa.

Había olvidado el pan completamente. Recurrió, pues, al recurso de los niños

asustados. Mintió.

-Señora, el panadero tenía cerrado.

-¿Por qué no llamaste?

-Llamé, señora.

¿Y qué?

-No abrió.

-Mañana sabré si es verdad -dijo la Thenardier-, y si mientes, verás lo que lo espera.

Ahora, devuélveme la moneda de quince sueldos.

Cosette metió la mano en el bolsillo de su delantal, y se puso lívida. La moneda de

quince sueldos ya no estaba allí.

-Vamos -dijo la Thenardier-, ¿me has oído?

Cosette dio vuelta el bolsillo: estaba vacío. ¿Qué había sido del dinero? La pobre niña

no halló una palabra para explicarlo. Estaba petrificada.

-¿Has perdido acaso los quince sueldos? -aulló la Thenardier-. ¿O me los quieres robar?

Al mismo tiempo alargó el brazo hacia un látigo colgado en el rincón de la chimenea.

Aquel ademán terrible dio a Cosette fuerzas para gritar:

-¡Perdonadme, señora; no lo haré más!

La Thenardier tomó el látigo.

Entretanto, el hombre del abrigo amarillento había metido los dedos en el bolsillo, sin

que nadie lo viera, ocupados como estaban los demás viajeros en beber o jugar a los

naipes.

Cosette se acurrucaba con angustia en el rincón de la chimenea, procurando proteger de

los golpes sus pobres miembros medio desnudos. La Thenardier levantó el brazo.

-Perdonad, señora -dijo el hombre-; pero vi caer una cosa del bolsillo del delantal de

esa chica, y ha venido rodando hasta aquí. Quizá será la moneda perdida.

Al mismo tiempo se inclinó y pareció buscar en el suelo un instante.

Aquí está justamente -continuó, levantándose.

Y dio una moneda de plata a la Thenardier.

-Sí, ésta es -dijo ella.

No era aquélla sino una moneda de veinte sueldos; pero la Thenardier salía ganando. La

guardó en su bolsillo y se limitó a echar una mirada feroz a la niña diciendo:

-¡Cuidado con que lo suceda otra vez!

Cosette volvió a meterse en lo que la Thenardier llamaba su perrera y su mirada, fija en

el viajero desconocido, tomó una expresión que no había tenido nunca, mezcla de una

ingenua admiración y de una tímida confianza.

-¿Quién será este hombre? -se decía la mujer entre dientes-. Algún pobre asqueroso. No

tiene un sueldo para cenar. ¿Me pagará siquiera la habitación? Con todo, suerte ha sido

que no se le haya ocurrido la idea de robar el dinero que estaba en el suelo.

En eso se abrió una puerta, y entraron Azelma y Eponina, dos niñas muy lindas, alegres

y sanas, y vestidas con buenas ropas gruesas.

Se sentaron al lado del fuego. Tenían una muñeca a la que daban vueltas y más vueltas

sobre sus rodillas, jugando y cantando. De vez en cuando alzaba Cosette la vista de su

trabajo, y las miraba jugar con expresión lúgubre.

De pronto la Thenardier advirtió que Cosette en vez de trabajar miraba jugar a las

niñas.

-¡Ah, ahora no me lo negarás! -exclamó-. ¡Es así como trabajas! ¡Ahora lo haré yo

trabajar a latigazos!

El desconocido, sin dejar su silla, se volvió hacia la Thenardier.

-Señora -dijo sonriéndose casi con timidez-. ¡Dejadla jugar!

-Es preciso que trabaje, puesto que come -replicó ella, con acritud-. Yo no la alimento

por nada.

-¿Pero qué es lo que hace? -continuó el desconocido con una dulce voz que contrastaba

extrañamente con su traje de mendigo.

La Thenardier se dignó responder:

-Está tejiendo medias para mis hijas que no las tienen, y que están con las piernas

desnudas.

El hombre miró los pies morados de la pobre Cosette, y continuó:

-¿Y cuánto puede valer el par de medias, después de hecho?

-Lo menos treinta sueldos.

-Compro ese par de medias -dijo el hombre, y añadió sacando del bolsillo una moneda

de cinco francos y poniéndola sobre la mesa-, y lo pago.

Después dijo volviéndose hacia Cosette:

-Ahora el trabajo es mío. Juega, hija mía.

Uno de los carreteros se impresionó tanto al oír hablar de una moneda de cinco francos,

que vino a verla.

-¡Y es verdad -dijo-, no es falsa!

La Thenardier se mordió los labios, y su rostro tomó una expresión de odio.

Entretanto Cosette temblaba. Se arriesgó a preguntar:

-¿Es verdad, señora? ¿Puedo jugar?

-¡Juega! -dijo la Thenardier, con voz terrible.

-Gracias, señora -dijo Cosette.

Y mientras su boca daba gracias a la Thenardier, toda su alma se las daba al viajero.

Eponina y Azelma no ponían atención alguna a lo que pasaba. Acababan de dejar de

lado la muñeca y envolvían al gato, a pesar de sus maullidos y sus contorsiones, con unos

trapos y unas cintas rojas y azules.

Así como los pájaros hacen un nido con todo, los niños hacen una muñeca con

cualquier cosa. Mientras Eponina y Azelma envolvían al gato, Cosette por su parte había

envuelto su sablecito de plomo, lo acostó en sus brazos y cantaba dulcemente para

dormirlo. Como no tenía muñeca, se había hecho una muñeca con el sable.

La Thenardier se acercó al hombre amarillo, como lo llamaba para sí. Mi marido tiene

razón, pensaba. ¡Hay ricos tan raros!

-Ya veis, señor -dijo-, yo quiero que la niña juegue, no me opongo, pero es preciso que

trabaje.

-¿No es vuestra esa niña?

-¡Oh, Dios mío! No, señor; es una pobrecita que recogimos por caridad; una especie de

idiota. Hacemos por ella lo que podemos, porque no somos ricos. Por más que hemos

escrito a su pueblo, hace seis meses que no nos contestan. Pensamos que su madre ha

muerto.

-¡Ah! -dijo el hombre, y volvió a quedar pensativo.

De pronto Cosette vio la muñeca de las hijas de la Thenardier abandonada a causa del

gato y dejada en tierra a pocos pasos de la mesa de cocina.

Entonces dejó caer el sable, que sólo la satisfacía a medias, y luego paseó lentamente su

mirada alrededor de la sala. La Thenardier hablaba en voz baja con su marido y contaba

dinero; Eponina y Azelma jugaban con el gato, los viajeros comían o bebían o cantaban y

nadie se fijaba en ella. No había un momento que perder; salió de debajo de la mesa, se

arrastró sobre las rodillas y las manos, llegó con presteza a la muñeca y la cogió. Un

instante después estaba otra vez en su sitio, sentada, inmóvil, vuelta de modo que diese

sombra a la muñeca que tenía en los brazos. La dicha de jugar con una muñeca era tan

poco frecuente para ella, que tenía toda la violencia de una voluptuosidad.

Nadie la había visto, excepto el viajero.

Esta alegría duró cerca de un cuarto de hora. Pero por mucha precaución que tomara

Cosette, no vio que uno de los pies de la muñeca sobresalía, y que el fuego de la

chimenea lo alumbraba con mucha claridad. Azelma lo vio y se lo mostró a Eponina. Las

dos niñas quedaron estupefactas. ¡Cosette se había atrevido a tomar la muñeca!

Eponina se levantó, y sin soltar el gato se acercó a su madre, y empezó a tirarle el

vestido.

-Déjame -dijo la madre-. ¿Qué quieres?

-Madre -dijo la niña, señalando a Cosette con el dedo-, ¡mira!

Esta, entregada al éxtasis de su posesión, no veía ni oía nada.

El rostro de la Thenardier adquirió una expresión terrible. Gritó con una voz

enronquecida por la indignación:

-¡Cosette!

Cosette se estremeció como si la tierra hubiera temblado bajo sus pies, y volvió la

cabeza.

-¡Cosette! -repitió la Thenardier.

Tomó Cosette la muñeca, y la puso suavemente en el suelo con una especie de

veneración y de doloroso temor; después, las lágrimas que no había podido arrancarle

ninguna de las emociones del día, acudieron a sus ojos, y rompió a llorar.

Entretanto, el viajero se había levantado.

-¿Qué pasa? -preguntó a la Thenardier.

-¿Es que no veis? ¡Esa miserable se ha permitido tocar la muñeca de mis hijas con sus

asquerosas manos sucias!

Aquí redobló Cosette sus sollozos.

-¿Quieres callar? -gritó la Thenardier.

El hombre se fue derecho a la puerta de la calle, la abrió y salió.

Apenas hubo salido, aprovechó la Thenardier su ausencia para dar a Cosette un feroz

puntapié por debajo de la mesa, que la hizo gritar.

La puerta volvió a abrirse, y entró otra vez el hombre; llevaba en la mano la fabulosa

muñeca de la juguetería, y la puso delante de Cosette, diciendo:

-Toma, es para ti.

Cosette levantó los ojos; vio ir al hombre hacia ella con la muñeca como si hubiera sido

el sol; oyó las palabras inauditas: "para ti"; lo miró, miró la muñeca, después retrocedió

lentamente y fue a ocultarse al fondo de la mesa. Ya no lloraba ni gritaba; parecía que ya

no se atrevía a respirar. La Thenardier, Eponina y Azelma eran otras tantas estatuas. Los

bebedores mismos se habían callado. En todo el bodegón se hizo un silencio solemne. El

tabernero examinaba alternativamente al viajero y a la muñeca. Se acercó a su mujer, y

dijo en voz baja:

-Esa muñeca cuesta lo menos treinta francos. No hagamos tonterías: de rodillas delante

de ese hombre.

-Vamos, Cosette -dijo entonces la Thenardier con una voz que quería dulcificar, y que

se componía de esa miel agria de las mujeres malas-, ¿no tomas lo muñeca?

Cosette se aventuró a salir de su agujero.

-Querida Cosette -continuó la Thenardier con tono cariñoso-; el señor lo da una

muñeca. Tómala. Es tuya.

Cosette miraba la muñeca maravillosa con una especie de terror. Su rostro estaba aún

inundado de lágrimas; pero sus ojos, como el cielo en el crepúsculo matutino, empezaban

a llenarse de las extrañas irradiaciones de la alegría.

-¿De veras, señor? -murmuró-. ¿Es verdad? ¿Es mía "la reina"?

El desconocido parecía tener los ojos llenos de lágrimas y haber llegado a ese extremo

de emoción en que no se habla para no llorar. Hizo una señal con la cabeza. Cosette cogió

la muñeca con violencia.

-La llamaré Catalina -dijo.

Fue un espectáculo extraño aquél, cuando los harapos de Cosette se estrecharon con las

cintas rosadas de la muñeca.

Cosette colocó a Catalina en una silla, después se sentó en el suelo delante de ella, y

permaneció inmóvil, sin decir una palabra, en actitud de contemplación.

-Juega, pues, Cosette -dijo el desconocido.

-¡Oh! Estoy jugando -respondió la niña.

La Thenardier se apresuró a mandar acostar a sus hijas, después pidió al hombre

permiso para que se retirara Cosette. Y Cosette se fue a acostar llevándose a Catalina en

brazos.

Horas después, Thenardier llevó al viajero a un cuarto del primer piso.

Cuando Thenardier lo dejó solo, el hombre se sentó en una silla, y permaneció algún

tiempo pensativo. Después se quitó los zapatos, tomó una vela y salió del cuarto, mirando

a su alrededor como quien busca algo. Oyó un ruido muy leve parecido a la respiración

de un niño. Se dejó conducir por este ruido, y llegó a una especie de hueco triangular

practicado debajo de la escalera. Allí entre toda clase de cestos y trastos viejos, entre el

polvo y las telarañas, había un jergón de paja lleno de agujeros, y un cobertor todo roto.

No tenía sábanas, y estaba echado por tierra. En esta cama dormía Cosette.

El hombre se acercó y la miró un rato. Cosette dormía profundamente, y estaba vestida.

En invierno no se desnudaba para tener menos frío. Tenía abrazada la muñeca, cuyos

grandes ojos abiertos brillaban en la oscuridad. Al lado de su cama no había más que un

zueco.

Una puerta que había al lado de la cueva de Cosette dejaba ver una oscura habitación

bastante grande. El desconocido entró en ella. En el fondo se veían dos camas gemelas

muy blancas; eran las de Azelma y Eponina. Detrás de las camas, había una cuna donde

dormía el niño a quien había oído llorar toda la tarde.

Al retirarse pasó frente a la chimenea, donde había dos zapatitos de niña, de distinto

tamaño. El desconocido recordó la graciosa e inmemorial costumbre de los niños que

ponen sus zapatos en la chimenea la noche de Navidad esperando encontrar allí un regalo

de alguna hada buena. Eponina y Azelma no habían faltado a esta costumbre, y cada una

había puesto uno de sus zapatos en la chimenea.

El viajero se inclinó hacia ellos. El hada, es decir, la madre, había hecho ya su visita y

se veía brillar en cada zapato una magnífica moneda de diez sueldos, nuevecita.

Ya se iba cuando vio escondido en el fondo, en el rincón más oscuro de la chimenea,

otro objeto. Miró, y vio que era un zueco, un horrible zueco de la madera más tosca,

medio roto, y todo cubierto de ceniza y barro seco. Era el zueco de Cosette. Cosette, con

esa tierna confianza de los niños, que puede engañarlos siempre sin desanimarlos jamás,

había puesto también su zueco en la chimenea.

La esperanza es una cosa dulce y sublime en una niña que sólo ha conocido la

desesperación. En el zueco no había nada.

El viajero buscó en el bolsillo de su chaleco y puso en el zueco de Cosette un Luis de

oro.Después se volvió en puntillas a su habitación.

VIII

Thenardier maniobra

Al día siguiente, lo menos dos horas antes de que amaneciera, Thenardier, sentado

junto a una mesa en la sala baja de la taberna, con una pluma en la mano, y alumbrado

por la luz de una vela, hizo la cuenta del viajero del abrigo amarillento.

-¡Y no lo olvides que hoy saco de aquí a Cosette a patadas! -gruñó su mujer-.

¡Monstruo! ¡Me come el corazón con su muñeca! ¡Preferiría casarme con Luis XVIII a

tenerla en casa un día.

Thenardier encendió su pipa y respondió entre dos bocanadas de humo:

-Entregarás al hombre esta cuenta.

Después salió.

Apenas había puesto el pie fuera de la sala cuando entró el viajero. Thenardier se

devolvió y permaneció inmóvil en la puerta entreabierta, visible sólo para su mujer.

El hombre llevaba en la mano su bastón y su paquete.

-¡Levantado ya, tan temprano! -dijo la Thenardier-. ¿Acaso el señor nos deja?

El viajero parecía pensativo y distraído. Respondió:

-Sí, señora, me voy.

La Thenardier le entregó la cuenta doblada.

El hombre desdobló el papel y lo miró; pero su atención estaba indudablemente en otra

parte.

-Señora -continuó-, ¿hacéis buenos negocios en Montfermeil?

-Más o menos no más, señor -respondió la Thenardier, con acento lastimero-: ¡Ay, los

tiempos están muy malos! ¡Tenemos tantas cargas! Mirad, esa chiquilla nos cuesta los

ojos de la cara, esa Cosette; la Alondra, como la llaman en el pueblo.

-¡Ah! -dijo el hombre.

La Thenardier continuó:

-Tengo mis hijas. No necesito criar los hijos de los otros.

El hombre replicó con una voz que se esforzaba en hacer indiferente y que, sin

embargo, le temblaba:

-¿Y si os libraran de ella?

-¡Ah señor!, ¡mi buen señor! ¡Tomadla, lleváosla, conservadla en azúcar, en trufas;

bebéosla, coméosla, y que seáis bendito de la Virgen Santísima y de todos los santos del

paraíso!

-Convenido entonces.

-¿De veras? ¿Os la lleváis?

-Me la llevo.

-¿Ahora?

-Ahora mismo. Llamadla.

-¡Cosette! -gritó la Thenardier.

-Entretanto -prosiguió el hombre-, voy a pagaros mi cuenta. ¿Cuánto es?

Echó una ojeada a la cuenta, y no pudo reprimir un movimiento de sorpresa.

-¡Veintitrés francos!

Miró a la tabernera y repitió:

-¿Veintitrés francos?

-¡Claro que sí, señor! Veintitrés francos.

El viajero puso sobre la mesa cinco monedas de cinco francos.

En ese momento Thenardier irrumpió en medio de la sala, y dijo:

-El señor no debe más que veintiséis sueldos.

-¡Veintiséis sueldos! -dijo la mujer

-Veinte sueldos por el cuarto -continuó fríamente Thenardier- y seis sueldos por la

cena. Y en cuanto a la niña, necesito hablar un poco con el señor. Déjanos solos.

Apenas estuvieron solos, Thenardier ofreció una silla al viajero. Este se sentó;

Thenardier permaneció de pie, y su rostro tomó una expresión de bondad y de sencillez.

-Señor -dijo-, mirad, tengo que confesaros que yo adoro a esa niña. ¿Qué me importa

todo ese dinero? Guardaos vuestras monedas de cien sueldos. No quiero dar a nuestra

pequeña Cosette. Me haría falta. No tiene padre ni madre; yo la he criado. Es cierto que

nos cuesta dinero, pero, en fin, hay que hacer algo por amor a Dios. Y quiero tanto a esa

niña, si la hemos criado como a hija nuestra.

El desconocido lo miraba fijamente. Thenardier continuó:

-No se da un hijo así como así al primero que viene; quisiera saber adónde la llevaréis,

quisiera no perderla de vista, saber a casa de quién va, para ir a verla de vez en cuando.

El desconocido, con esa mirada que penetra, por decirlo así, hasta el fondo de la

conciencia, le respondió con acento grave y firme:

-Señor Thenardier, si me llevo a Cosette, me la llevaré y nada más. Vos no sabréis mi

nombre, ni mi dirección, ni dónde ha de ir a parar, y mi intención es que no os vuelva a

ver en su vida. ¿Os conviene? ¿Sí, o no?

Lo mismo que los demonios y los genios conocían en ciertas señales la presencia de un

Dios superior, comprendió Thenardier que tenía que habérselas con uno más fuerte que

él. Calculó que era el momento de ir derecho y pronto al asunto.

-Señor -dijo-, necesito mil quinientos francos.

El viajero sacó de su bolsillo una vieja cartera de cuero de donde extrajo algunos

billetes de Banco que puso sobre la mesa. Después apoyó su ancho pulgar sobre estos

billetes, y dijo al tabernero:

-Haced venir a Cosette.

Un instante después entraba Cosette en la sala baja.

El desconocido tomó el paquete que había llevado, y lo desató. Este paquete contenía

un vestidito de lana, un delantal, un chaleco, un pañuelo, medias de lana y zapatos, todo

de color negro.

-Hija mía -dijo el hombre-, toma esto, y ve a vestirte en seguida.

El día amanecía cuando los habitantes de Montfermeil, que empezaban a abrir sus

puertas, vieron pasar a un hombre vestido pobremente que llevaba de la mano a una niña

de luto, con una muñeca color de rosa en los brazos.

Cosette iba muy seria, abriendo sus grandes ojos y contemplando el cielo. Había puesto

el luís en el bolsillo de su delantal nuevo. De vez en cuando se inclinaba y le arrojaba una

mirada, después miraba al desconocido. Se sentía como si estuviera cerca de Dios.

IX

El que busca lo mejor puede hallar lo peor

Luego que el hombre y Cosette se marcharan, Thenardier dejó pasar un cuarto de hora

largo; después llamó a su mujer, y le mostró los mil quinientos francos.

-¡Nada más que eso! -dijo la mujer.

Era la primera vez desde su casamiento, que se atrevía a criticar un acto de su marido.

El golpe fue certero.

-En realidad tienes razón -dijo Thenardier-, soy un imbécil. Dame el sombrero. Los

alcanzaré.

Los encontró a buena distancia del pueblo, a la entrada del bosque.

-Perdonad, señor -dijo respirando apenas-, pero aquí tenéis vuestros mil quinientos

francos.

El hombre alzó los ojos.

-¿Qué significa esto?

Thenardier respondió respetuosamente:

-Señor, esto significa que me vuelvo a quedar con Cosette.

Cosette se estremeció y se estrechó más y más contra el hombre.

-¿Volvéis a quedaros con Cosette?

-Sí, señor -dijo Thenardier-. Lo he pensado bien. Yo, francamente, no tengo derecho a

dárosla. Soy un hombre honrado, ya lo veis. Esa niña no es mía, es de su madre. Su

madre me la confió, y no puedo entregarla más que a ella. Me diréis que la madre ha

muerto. Bueno. En ese caso sólo puedo entregar la niña a una persona que me traiga un

papel firmado por la madre, en el que se me mande entregar la niña a esa persona. Eso

está claro.

El hombre, sin responder, metió la mano en el bolsillo y Thenardier pensó que

aparecería la vieja cartera con más billetes de Banco. Sintió un estremecimiento de

alegría. Abrió el hombre la cartera, sacó de ella, no el paquete de billetes que esperaba

Thenardier, sino un simple papelito que desdobló y presentó abierto al bodegonero,

diciéndole

-Tenéis razón, leed.

Tomó el papel Thenardier, y leyó

"M., 25 de marzo de 1823.

"Señor Thenardier: Entregaréis a Cosette al portador. Se os pagarán todas las pequeñas

deudas. Tengo el honor de enviaros mis respetos. FANTINA".

-¿Conocéis esa firma? -continuó el hombre.

En efecto, era la firma de Fantina. Thenardier la reconoció.

No había nada que replicar.

Thenardier se entregó.

-Esta firma está bastante bien imitada -murmuró entre dientes-. En fin, ¡sea!

Después intentó un esfuerzo desesperado.

-Señor -dijo-, está bien, puesto que sois la persona enviada por la madre. Pero es

preciso pagarme todo lo que se me debe, que no es poco.

El hombre contestó:

-Señor Thenardier, en enero la madre os debía ciento veinte francos; en febrero habéis

recibido trescientos francos, y otros trescientos a principios de marzo. Desde entonces

han pasado nueve meses, que a quince francos, según el precio convenido, son ciento

treinta y cinco francos. Habíais recibido cien francos de más; se os quedaban a deber, por

consiguiente, treinta y cinco francos, y por ellos os acabo de dar mil quinientos.

Sintió entonces Thenardier lo que siente el lobo en el momento en que se ve mordido y

cogido en los dientes de acero del lazo.

-Señor-sin-nombre -dijo resueltamente y dejando esta vez a un lado todo respeto-, me

volveré a quedar con Cosette, o me daréis mil escudos.

El viajero, cogiendo su garrote, dijo tranquilamente:

-Ven, Cosette.

Thenardier notó la enormidad del garrote y la soledad del lugar.

Se internó el desconocido en el bosque con la niña, dejando al tabernero inmóvil y sin

saber qué hacer. Los siguió, pero no pudo impedir que lo viera. El hombre lo miró con

expresión tan sombría que Thenardier juzgó inútil ir más adelante, y se volvió a su casa.

X

Vuelve a aparecer el número 9.430

Jean Valjean no había muerto.

Al caer al mar, o más bien al arrojarse a él, estaba como se ha visto sin cadena ni

grillos. Nadó entre dos aguas hasta llegar a un buque anclado, al cual había amarrada una

barca, y halló medio de ocultarse en esta embarcación hasta que vino la noche. Entonces

se echó a nadar de nuevo, y llegó a tierra a poca distancia del cabo Brun. Allí, como no

era dinero lo que le faltaba, pudo comprarse ropa en una tenducha especializada en vestir

a reos evadidos. Después Jean Valjean, como todos esos tristes fugitivos que tratan de

despistar a la policía, siguió un itinerario oscuro y ondulante. Estuvo en los Altos Alpes,

luego en los Pirineos y después en diversos lugares. Por fin llegó a París, y lo acabamos

de ver en Montfermeil.

Lo primero que hizo al llegar a París fue comprar vestidos de luto para una niña de siete

a ocho años, y luego buscó donde vivir. Hecho esto, fue a Montfermef. Recordemos que

durante su primera evasión hizo también un viaje misterioso por esos alrededores.

Se le creía muerto, circunstancia que espesaba en cierto modo la sombra que lo

envolvía. En París llegó a sus manos uno de los periódicos que consignaban el hecho, con

lo cual se sintió más tranquilo y casi en paz como si hubiese muerto realmente.

La noche misma del día en que sacó a Cosette de las garras de los Thenardier, volvió a

París con la niña.

El día había sido extraño y de muchas emociones para Cosette; habían comido detrás de

los matorrales pan y queso comprados en bodegones alejados de los caminos; habían

cambiado de carruaje muchas veces, y recorrido varios trozos de camino a pie. No se

quejaba, pero estaba cansada, y entonces Jean Valjean la tomó en brazos; Cosette, sin

soltar a Catalina, apoyó su cabeza sobre el hombro de Jean Valjean, y se durmió.

LIBRO CUARTO

Casa Gorbeau

I

Nido para un búho y una calandria

En la calle Vignes-Saint Marcel, en un barrio poco conocido, entre dos muros de jardín,

había una casa de dos pisos, casi en ruinas, signada con el número 50-52. Se la conocía

como la casa Gorbeau. Al primer golpe de vista parecía una casucha, pero en realidad era

grande como una catedral. Estaba casi enteramente tapada y sólo se veían la puerta y una

ventana. La puerta era sólo un conjunto de planchas de madera barata unidas por palos

atravesados. La ventana tenía unas viejas persianas rotas que habían sido reparadas con

tablas claveteadas al azar. Ambas daban una impresión de mugre y abandono total.

La escalera terminaba en un corredor largo, al que daban numerosas piezas de

diferentes tamaños. Como las aves silvestres, Jean Valjean había elegido aquel sitio

solitario para hacer de él su nido. Sacó de su bolsillo una especie de llave maestra; abrió

la puerta, entró, la cerró luego con cuidado y subió la escalera, siempre con Cosette en

brazos. En lo alto de la escalera sacó de su bolsillo otra llave, con la que abrió otra puerta.

El cuarto donde entró, y que volvió a cerrar en seguida, era una especie de desván

bastante espacioso, amueblado con una mesa, algunas sillas y un colchón en el suelo. En

un rincón había una estufa encendida, cuyas ascuas relumbraban.

Al fondo había un cuartito con una cama de tijera. Puso a la niña en este lecho y, como

lo había hecho la víspera, la contempló con una increíble expresión de éxtasis, de bondad

y de ternura. La niña, con esa confianza tranquila que sólo tienen la fuerza extrema y la

extrema debilidad, se había dormido sin saber con quién estaba, y dormía sin saber dónde

se hallaba. Se inclinó Jean Valjean y besó la mano de la niña. Nueve meses antes había

besado la mano de la madre, que también acababa de dormirse. El mismo sentimiento

doloroso, religioso, puro, llenaba su corazón.

Era ya muy de día y la niña dormía aún. De pronto, una carreta cargada que pasaba por

la calzada conmovió el destartalado caserón como si fuera un largo trueno, y lo hizo

temblar de arriba abajo.

-¡Sí, señora! -gritó Cosette despertándose sobresaltada-; ¡allá voy!

Y se arrojó de la cama con los párpados medio cerrados aún con la pesadez del sueño,

extendiendo los brazos hacia el rincón de la pared.

-¡Ay, Dios mío, mi escoba! -exclamó.

Abrió del todo los ojos, y vio el rostro risueño de Jean Valjean.

-¡Ah, es verdad! -dijo la niña-. Buenos días, señor.

Los niños aceptan inmediatamente y con toda naturalidad la alegría y la dicha, siendo

ellos mismos naturalmente dicha y alegría.

Cosette vio a Catalina al pie de su cama, la tomó, y mientras jugaba hacía cien

preguntas a Jean Valjean. ¿Dónde estaban? ¿Era grande París? ¿Estaba muy lejos de la

señora Thenardier? ¿Volvería a verla?

-¿Tengo que barrer? -preguntó al fin.

-Juega -respondió Jean Valjean.

II

Dos desgracias unidas producen felicidad

Al día siguiente, al amanecer, se hallaba otra vez Jean Valjean junto al lecho de

Cosette. Allí esperaba, inmóvil, mirándola despertar. Sentía algo nuevo en su corazón.

Jean Valjean no había amado nunca. Hacía veinticinco años que estaba solo en el

mundo. Jamás fue padre, amante, marido ni amigo. En presidio era malo, sombrío, casto,

ignorante, feroz. Su corazón estaba lleno de virginidad. Su hermana y sus sobrinos no le

habían dejado más que un recuerdo vago y lejano que acabó por desvanecerse. Había

hecho esfuerzos por volver a hallarlos y no habiéndolo conseguido, los había olvidado.

La naturaleza humana es así.

Cuando vio a Cosette, cuando la rescató, sintió que se estremecían sus entrañas. Todo

lo que en ellas había de apasionado y de afectuoso se despertó en él, y se depositó en esta

niña. Junto a la cama donde ella dormía, temblaba de alegría; sentía arranques de madre,

y no sabía lo que eran; porque es una cosa muy obscura y muy dulce ese grande y extraño

sentimiento de un corazón que se pone a amar. ¡Pobre corazón, viejo y tan nuevo al

mismo tiempo! Sólo que como tenía cincuenta y cinco años y Cosette tenía ocho, todo el

amor que hubiese podido tener en su vida se fundió en una especie de luminosidad

inefable. Era el segundo ángel que aparecía en su vida. El obispo había hecho levantarse

en su horizonte el alba de la virtud; Cosette hacía amanecer en él el alba del amor.Los

primeros días pasaron en este deslumbramiento.

Cosette, por su parte, se transformaba también, aunque sin saberlo la pobrecita. Era tan

pequeña cuando la dejó su madre, que ya no se acordaba de ella. Como todos los niños,

había intentado amar pero no lo había conseguido. Todos la rechazaron; los Thenardier,

sus hijas y otros niños. Había querido al perro, y el perro había muerto; después no la

había querido nadie ni nada. Cosa atroz de decir, a los ocho años tenía el corazón frío. No

era culpa suya, puesto que no era la facultad de amar lo que le faltaba sino la posibilidad.

Así, desde el primer día se puso a amar a aquel hombre con todas las fuerzas de su alma.

El instinto de Cosette buscaba un padre como el instinto de Jean Valjean buscaba una

hija. En el momento misterioso en que se tocaron sus dos manos, se vieron estas dos

almas, se reconocieron como necesarias la una para la otra, y se abrazaron estrechamente.

La llegada de aquel hombre al destino de la niña fue la llegada de Dios a su vida.

Jean Valjean había escogido bien su asilo. Estaba allí en una seguridad que podía

parecer completa. La casa tenía muchos cuartos y desvanes, de los cuales uno solo estaba

ocupado por una vieja portera que era la que hacía el aseo de la habitación de Jean

Valjean, y también las compras y la comida; fue ella quien encendió el fuego la noche de

la llegada. Todo lo demás estaba deshabitado.

Pasaron las semanas. Jean Valjean y Cosette llevaban en aquel miserable desván una

existencia feliz.

Desde el amanecer Cosette empezaba a reír, a charlar y a cantar. Los niños tienen su

canto de la mañana como los pájaros. Algunas veces Jean Valjean le tomaba sus manos

enrojecidas y llenas de sabañones, y las besaba. La pobre niña, acostumbrada a recibir

sólo golpes, no sabía lo que esto quería decir, y las retiraba toda avergonzada.

Jean Valjean comenzó a enseñarle a leer. Algunas veces, al hacer deletrear a la niña,

pensaba que él había aprendido a leer en el presidio con la idea de hacer el mal. Esta idea

se había convertido en la de enseñar a leer a la niña. Entonces, el viejo presidiario se

sonreía con la sonrisa pensativa de los ángeles.

Enseñar a leer a Cosette y dejarla jugar, ésa era poco más o menos toda la vida de Jean

Valjean. Y luego le hablaba de su madre, y la hacía rezar. Cosette lo llamaba padre.

Pasaba las horas mirándola vestir y desnudar su muñeca y oyéndola canturrear. Ahora

la vida se le presentaba llena de interés, los hombres le parecían buenos y justos, no

acusaba a nadie en su pensamiento, y no veía ninguna razón para no envejecer hasta una

edad muy avanzada, ya que aquella niña lo amaba. Veía delante de sí un porvenir

iluminado por Cosette, como por una hermosa luz. Los hombres buenos no están exentos

de un pensamiento egoísta; y así en algunos momentos Jean Valjean pensaba, con una

especie de júbilo, que Cosette sería fea.

III

Lo que observa la portera

Jean Valjean tenía la prudencia de no salir nunca de día. Todas las tardes, al oscurecer,

se paseaba unas horas, algunas veces solo, otras con Cosette; buscaba las avenidas

arboladas de los barrios más apartados, y entraba en las iglesias a la caída de la noche.

Iba mucho a San Medardo, que era la iglesia más cercana. Cuando no llevaba a Cosette,

la dejaba con la portera.

Vivían sobriamente, pero nunca les faltaba un poco de fuego. Jean Valjean continuaba

vistiendo su abrigo ajustado y amarillento y su viejo sombrero. En la calle se le tomaba

por un pobre. Sucedía a veces que algunas mujeres caritativas le daban un sueldo; él lo

recibía y hacía un saludo profundo. Sucedía en otras ocasiones también que encontraba a

algún mendigo pidiendo limosna; entonces miraba hacia atrás por si lo veía alguien, se

acercaba rápidamente al desdichado, le ponía en la mano una moneda, muchas veces de

plata y se alejaba precipitadamente. Esto tuvo sus inconvenientes, pues en el barrio se le

empezó a conocer con el nombre de "el mendigo que da limosna".

La portera, vieja regañona, llena de envidia hacia el prójimo, vigilaba a Jean Valjean

sin que éste lo sospechara. Era algo sorda, lo cual la hacía charlatana. Sólo le quedaban

del pasado dos dientes, uno arriba y otro abajo, que hacía chocar constantemente. Hizo

mil preguntas a Cosette, quien, no sabiendo nada, sólo había podido decir que venía de

Montfermeil. Una mañana que estaba al acecho, vio entrar a Jean Valjean en uno de los

cuartos deshabitados de la casa y su actitud le pareció extraña. Lo siguió a paso de gata

vieja y pudo observar, sin ser vista, por las rendijas de la puerta. Jean Valjean, sin duda

para mayor precaución, se había puesto de espaldas a esta puerta. Pero la vieja lo vio

sacar del bolsillo un estuche, hilo y tijeras; después se puso a descoser el forro de uno de

los faldones de su abrigo, de donde sacó un papel amarillento que desdobló. La vieja vio

con asombro que era un billete de mil francos. Era el segundo o tercero que veía desde

que estaba en el mundo. Se retiró espantada.

Poco después Jean Valjean le pidió que fuera a cambiar el billete de mil francos,

añadiendo que era el semestre de su renta que había cobrado la víspera. "¿Dónde?", pensó

la vieja, "no ha salido hasta las seis de la tarde, y la Caja no está abierta a esa hora,

ciertamente". La portera fue a cambiar el billete haciéndose mil conjeturas. El billete de

mil francos produjo infinidad de comentarios entre las comadres de la calle Vignes-

Saint-Marcel.

Un día que se hallaba sola en la habitación, vio el abrigo, cuyo forro había sido vuelto a

coser, colgado de un clavo, y lo registró. Le pareció palpar más billetes. ¡Sin duda otros

billetes de mil francos! Notó además que había muchas clases de cosas en los bolsillos

además de las agujas, las tijeras y el hilo: una abultada cartera, un cuchillo enorme y,

detalle muy sospechoso, varias pelucas de distintos colores.

Los habitantes de casa Gorbeau llegaron así a los últimos días del invierno.

IV

Una moneda de cinco francos que cae al suelo hace mucho ruido

Cerca de San Medardo, se instalaba un pobre a quien Jean Valjean daba limosna con

frecuencia. No había vez que pasara por delante de aquel hombre que no le diera algún

sueldo; en muchas ocasiones conversaba con él. Era un viejo de unos setenta y cinco

años, que había sido sacristán y que siempre estaba murmurando oraciones.

Una noche que Jean Valjean pasaba por allí, y que no llevaba consigo a Cosette, vio al

mendigo en su puesto habitual, debajo del farol que acababan de encender. El hombre,

como siempre, parecía rezar, y estaba todo encorvado; Jean Valjean se acercó y le puso

en la mano la limosna de costumbre. El mendigo levantó bruscamente los ojos, miró con

fijeza a Jean Valjean, y después bajó rápidamente la cabeza. Este movimiento fue como

un relámpago; Jean Valjean se estremeció. Le pareció que acababa de entrever, a la luz

del farol, no el rostro plácido y beato del viejo mendigo sino un semblante muy conocido

que lo llenó de espanto. Retrocedió aterrado, sin atreverse a respirar, ni a hablar, ni a

quedarse, ni a huir, examinando al mendigo que había bajado la cabeza cubierta con un

harapo, y que parecía ignorar que el otro estuviese allí. Un instinto, tal vez el instinto

misterioso de la conservación, hizo que Jean Valjean no pronunciara una palabra. El

mendigo tenía la misma estatura, los mismos harapos, la misma apariencia que todos los

días.

-¡Qué tonto! -se dijo Jean Valjean-. Estoy loco, sueño, ¡es imposible!

Y regresó a su casa profundamente turbado.

Apenas se atrevía a confesarse a sí mismo que el rostro que había creído ver era el de

Javert. Por la noche, pensando en ello, sintió no haberle hablado para obligarlo a levantar

la cabeza por segunda vez. Al anochecer del otro día volvió allí. El mendigo estaba en su

puesto.

-Dios os guarde, amigo -dijo resueltamente Jean Valjean, dándole un sueldo.

El mendigo levantó la cabeza, y respondió con su voz doliente:

-Gracias, mi buen señor.

Era realmente el viejo mendigo.

Jean Valjean se tranquilizó del todo. Se echó a reír.

-¿De dónde diablos he sacado que ese hombre pudiera ser Javert? -pensó-. ¿Estaré

viendo visiones ahora?

Y no pensó más en ello.

Algunos días después, serían las ocho de la noche, estaba en su cuarto y hacía deletrear

a Cosette en voz alta, cuando oyó abrir y después volver a cerrar la puerta de la casa. Esto

le pareció singular. La portera, única persona que vivía allí con él, se acostaba siempre

temprano para no encender luz. Jean Valjean hizo señas a Cosette para que callara. Oyó

que subían la escalera; los pasos eran pesados, como los de un hombre; pero la portera

usaba zapatos gruesos y nada se parece tanto a los pasos de un hombre como los de una

vieja. Sin embargo, Jean Valjean apagó la vela. Envió a Cosette a acostarse, diciéndole en

voz baja: "Acuéstate calladita"; y mientras la besaba en la frente, los pasos se detuvieron.

Permaneció inmóvil, sentado en su silla de espaldas a la puerta, y conteniendo la

respiración en la oscuridad. Al cabo de bastante tiempo, al no oír ya nada, se volvió sin

hacer ruido hacia la puerta y vio una luz por el ojo de la cerradura. Evidentemente había

allí alguien que tenía una vela en la mano, y que escuchaba.

Pasaron algunos minutos y la luz desapareció; pero no oyó ruido de pasos, lo que

parecía indicar que el que había ido a escuchar a la puerta se había quitado los zapatos.

Jean Valjean se echó en la cama vestido, y en toda la noche no pudo cerrar los ojos.

Al amanecer, cuando estaba casi aletargado de cansancio, lo despertó el ruido de una

puerta que se abría en alguna buhardilla del fondo del corredor, y después oyó los

mismos pasos del hombre que la víspera había subido la escalera. Los pasos se acercaban.

Se echó cama abajo y aplicó un ojo a la cerradura. Era un hombre, pero esta vez pasó sin

detenerse delante del cuarto de Jean Valjean; cuando llegó a la escalera, un rayo de luz de

la calle hizo resaltar su perfil, y Jean Valjean pudo verlo de espaldas. Era un hombre de

alta estatura, con un levitón largo, y un garrote debajo del brazo. Era la silueta imponente

de Javert.

No había duda de que aquel hombre había entrado con una llave. ¿Quién se la había

dado? ¿Qué significaba aquello?

A las siete de la mañana, cuando la portera llegó a arreglar el cuarto, Jean Valjean le

echó una mirada penetrante pero no la interrogó.

Mientras barría, ella dijo:

-¿Habéis oído tal vez a alguien que entró anoche?

-Sí -respondió él con el acento más natural del mundo-. ¿Quién era?

-Es un nuevo inquilino que hay en la casa.

-¿Y que se llama...?

-No sé bien. Dumont o Daumont. Un nombre así.

-¿Y qué es ese Dumonti?

Lo miró la vieja con sus ojillos de zorro, y respondió:

-Un rentista como vos.

Tal vez estas palabras no envolvían segunda intención, pero Jean Valjean creyó que la

tenían. Cuando se retiró la portera, hizo un rollo de unos cien francos que tenía en un

armario y se lo guardó en el bolsillo. Por más precaución que tomó para hacer esta

operación sin que se le oyera remover el dinero, se le escapó de las manos una moneda de

cien sueldos, y rodó por el suelo haciendo bastante ruido.

Al anochecer bajó y miró la calle por todos lados. No vio a nadie. Volvió a subir.

-Ven -dijo a Cosette.

La tomó de la mano, y salieron.

LIBRO QUINTO

A caza perdida, jauría muda

I

Los rodeos de la estrategia

Jean Valjean se perdió por las calles, trazando las líneas más quebradas que pudo, y

volviendo atrás muchas veces para asegurarse de que nadie lo seguía.

Era una noche de luna llena.

Cosette caminaba sin preguntar nada. Jean Valjean no sabía más que Cosette adónde

iba, y ponía su confianza en Dios, así como Cosette la ponía en él. No llevaba ninguna

idea pensada, ningún plan, ningún proyecto. No estaba tampoco seguro de que fuera

Javert el que le perseguía y aun podía ser Javert sin que supiera que él era Jean Valjean.

¿No estaba disfrazado? ¿No se le creía muerto? Sin embargo, hacía días que le sucedían

cosas muy raras.

Había decidido no volver a casa Gorbeau. Como el animal arrojado de su caverna,

buscaba un agujero en que pasar la noche. Daban las once cuando pasó por delante de la

comisaría de policía. El instinto lo hizo mirar hacia atrás instantes después, y vio

claramente, gracias a la luz del farol, a tres hombres que lo seguían bastante de cerca.

-Ven, hija -dijo a Cosette, y se alejó precipitadamente.

Dio varias vueltas y luego se escondió en el hueco de una puerta. No habían pasado tres

minutos cuando aparecieron los hombres; ya eran cuatro. Parecían no saber hacia dónde

dirigirse. El que los comandaba señaló hacia donde estaba Jean Valjean y en ese

momento la luna le iluminó el rostro. Jean Valjean reconoció a Javert.

II

El callejón sin salida

Jean Valjean aprovechó esa vacilación de sus perseguidores y salió de la puerta en que

se había ocultado, con Cosette en brazos. Cruzó el puente de Austerlitz a la sombra de

una carreta, con la esperanza de que no lo hubieran visto. Pensó que si entraba en la

callejuela que tenía delante y conseguía llegar a los terrenos en que no había casas, podía

escapar. Decidió entonces que debía entrar en aquella callejuela silenciosa, y entró.

De tanto en tanto se volvía a mirar; las dos o tres primeras veces que se volvió, no vio

nada; el silencio era profundo, y continuó su marcha más tranquilo; pero otra vez que se

volvió, creyó ver a lo lejos una cosa que se movía.

Corrió, esperando encontrar alguna callejuela lateral para huir por allí y hacerles perder

la pista. Pero llegó ante un alto muro blanco. Estaban en un callejón sin salida. Jean

Valjean se sintió cogido en una .red, cuyas mallas se apretaban lentamente. Miró al cielo

con desesperación.

III

Tentativas de evasión

Frente a él se alzaba una muralla. Un tilo extendía su ramaje por encima y la pared

estaba cubierta de hiedra. En el inminente peligro en que se encontraba, aquel edificio

sombrío tenía algo de deshabitado y de solitario que lo atraía. Lo recorrió ávidamente con

los ojos. Se decía que si Regaba a entrar ahí, quizá se salvaría. Concibió, pues, una idea y

una esperanza. En ese momento escuchó a alguna distancia de ellos un ruido sordo y

acompasado. Jean Valjean se aventuró a echar una mirada por la esquina. Un pelotón de

siete a ocho soldados acababa de desembocar en la calle y se dirigía hacia él.

Estos soldados, a cuyo frente se distinguía la alta estatura de Javert, avanzaban

lentamente y con precaución. Se detenían con frecuencia; era evidente que exploraban

todos los rincones de los muros y todos los huecos de las puertas. Sin duda Javert había

encontrado una patrulla y le había pedido auxilio.

Al paso que llevaban, y con las paradas que hacían, tardarían alrededor de un cuarto de

hora para llegar al sitio en que estaba Jean Valjean. Fue un momento horrible. Sólo

algunos minutos lo separaban de aquel espantoso precipicio que se abría ante él por

tercera vez. El presidio ahora no era ya el presidio solamente; era perder a Cosette para

siempre. Sólo había una salida posible. Jean Valjean tenía los pensamientos de un santo y

la temible astucia de un presidiario. Midió con la vista la muralla. Tenía unos dieciocho

pies de altura. La tapia estaba coronada de una piedra lisa sin tejadillo.

La dificultad era Cosette, que no sabía escalar. Jean Valjean no pensó siquiera en

abandonarla; pero subir con ella era imposible. Necesitaba una cuerda. No la tenía.

Ciertamente si en aquel momento Jean Valjean hubiera tenido un reino, lo hubiera dado

por una cuerda.

Todas las situaciones críticas tienen un relámpago que nos ciega o nos ilumina. Su

mirada desesperada encontró el brazo del farol del callejón. En esa época se encendían

los faroles haciendo bajar los reverberos por medio de una cuerda, que luego al subirlos

quedaba encerrada en un cajoncito de metal. Con la energía de la desesperación, atravesó

la calle de un brinco, hizo saltar la cerradura del cajoncito con la punta de su cuchillo, y

volvió en seguida adonde estaba Cosette. Ya tenía la cuerda.

-Padre -dijo en voz muy baja Cosette-, tengo miedo. ¿Quién viene?

-¡Chist -respondió Jean Valjean-, es la Thenardier!

Cosette se estremeció.

-No hables -añadió él-; si gritas, si lloras, la Thenardier lo descubre. Viene a buscarte.

Ató a la niña a un extremo de la cuerda, cogió el otro extremo con los dientes, se quitó

los zapatos y las medias, los arrojó por encima de la tapia, y principió a elevarse por el

ángulo de la tapia y de la fachada con la misma seguridad que si apoyase en escalones los

pies y los codos. Menos de medio minuto tardó en ponerse de rodillas sobre la tapia.

Cosette lo miraba con estupor sin pronunciar una palabra. El nombre de la Thenardier

la había dejado helada. De pronto oyó la voz de Jean Valjean que le decía:

-Acércate a la pared.

Obedeció y sintió que se elevaba sobre el suelo. Antes que tuviera tiempo de pensar,

estaba en lo alto de la tapia. Jean Valjean la cogió, se la puso en los hombros, y se

arrastró por lo alto de la pared hasta la esquina. Como había sospechado, había allí un

cobertizo cuyo tejado bajaba hasta cerca del suelo por un plano suavemente inclinado

casi tocando al tilo.

Feliz circunstancia, porque la tapia por aquel lado era mucho más alta que en el resto

del muro. Jean Valjean veía el suelo a una gran distancia. Acababa de llegar al plano

inclinado del tejado, y aún no había abandonado lo alto del muro, cuando un ruido

violento anunció la llegada de la patrulla. Se oyó la voz tonante de Javert:

-Registrad el callejón. Seguro que está aquí.

Jean Valjean se deslizó a lo largo del tejado sosteniendo a Cosette, llegó al tilo y saltó a

tierra.

IV

Principio de un enigma

Jean Valjean se encontró en una especie de jardín muy grande, cuyo fondo se perdía en

la bruma y en la noche. Sin embargo, se distinguían confusamente varias tapias que se

entrecortaban como si hubiese otros jardines más allá.

Es imposible figurarse nada menos acogedor y más solitario que este jardín. No había

en él nadie, lo que era propio de la hora; pero no parecía que estuviera hecho para que

alguien anduviera por él, ni aún a mediodía.

Lo primero que hizo Jean Valjean fue buscar sus zapatos y calzarse, y después entrar en

el cobertizo con Cosette. El que huye no se cree nunca bastante oculto. La niña

continuaba pensando en la Thenardier, y participaba de este deseo de ocultarse lo mejor

posible. Se oía el ruido tumultuoso de la patrulla que registraba el callejón y la calle, los

golpes de las culatas contra las piedras, las voces de Javert que llamaba a los espías que

había apostado en las otras callejuelas, y sus imprecaciones mezcladas con palabras que

no se distinguían. Al cabo de un cuarto de hora pareció que esta especie de ruido

tumultuoso principiaba a alejarse. Jean Valjean no respiraba.

De pronto se dejó oír un nuevo ruido; un ruido celestial, divino, inefable, tan dulce

como horrible era el otro. Era un himno que salía de las tinieblas; un rayo de oración y de

armonía en el oscuro y terrible silencio de la noche. Eran voces de mujeres. Este cántico

salía de un sombrío edificio que dominaba el jardín. En el momento en que se alejaba el

ruido de los demonios, parecía que se aproximaba un coro de ángeles.

Cosette y Jean Valjean cayeron de rodillas.

No sabían lo que era, no sabían dónde estaban; pero ambos sabían, el hombre y la niña,

el penitente y la inocente, que debían estar arrodillados. Mientras cantaban, Jean Valjean

no pensaba en nada. No veía la noche, veía un cielo azul. Le parecía que sentía abrirse las

alas que tenemos todos dentro de nosotros. El canto se apagó. Había durado tal vez mucho

tiempo; Jean Valjean no hubiera podido decirlo. Las horas de éxtasis son siempre un

minuto. Todo había vuelto al silencio; nada se oía en la calle, nada en el jardín. Todo

había desaparecido, así lo que amenazaba como lo que inspiraba confianza. El viento

rozaba en lo alto de la tapia algunas hierbas secas que producían un ruido suave y

lúgubre.

V

Continúa el enigma

Ya se había levantado la brisa matutina, lo que indicaba que debían ser la una o las dos

de la mañana. La pobre Cosette no decía nada. Como se había sentado a su lado, y había

inclinado la cabeza, Jean Valjean creyó que estaba dormida. Pero al mirarla bien vio que

tenía los ojos enteramente abiertos y una expresión meditabunda, que le causó dolorosa

impresión. La pobrecita temblaba sin parar.

-¿Tienes sueño? -dijo Jean Valjean.

-Tengo mucho frío -respondió.

Un momento después añadió:

¿Está ahí todavía?

-¿Quién?

-La señora Thenardier.

Jean Valjean había olvidado ya el medio de que se había valido para hacer guardar

silencio a Cosette.

-¡Se ha marchado! -dijo-. ¡Ya no hay nada que temer!

La niña respiró como si le quitaran un peso del pecho. La tierra estaba húmeda, el

cobertizo abierto por todas partes; la brisa se hacía más fresca a cada momento. Jean

Valjean se quitó el abrigo y arropó a Cosette.

-¿Tienes así menos frío? -dijo.

-¡Oh, sí, padre!

-Está bien, espérame aquí un instante.

Salió del cobertizo y empezó a recorrer por fuera el gran edificio buscando un refugio

mejor. Encontró varias puertas pero estaban cerradas. En todas las ventanas había

barrotes. De una de ellas salía una cierta claridad. Se empinó sobre la punta de los pies y

miró. Daba a una gran sala con piso de baldosas. Sólo se distinguía una débil luz y

muchas sombras. La luz provenía de una lámpara encendida en un rincón. La sala estaba

desierta. Pero a fuerza de mirar creyó ver en el suelo una cosa que parecía cubierta con

una mortaja y semejante a una forma humana. Estaba tendida boca abajo, el rostro contra

el suelo, los brazos en cruz, en la inmovilidad de la muerte.

Jean Valjean dijo después varias veces que, aunque había presenciado en su vida

muchos espectáculos macabros, nunca había visto algo que le helara la sangre como

aquella figura enigmática. Era horrible suponer que aquello estaba muerto; pero más

horrible aún era pensar que estaba vivo. De repente se sintió sobrecogido de terror y echó

a correr hacia el cobertizo sin atreverse a mirar atrás. Se le doblaban las rodillas; el sudor

le corría por todo el cuerpo. ¿Dónde estaba? ¿Quién podía imaginar algo semejante a este

sepulcro en medio de París? ¿Qué casa tan extraña era aquélla? Se acercó a Cosette; la

niña dormía con la cabeza apoyada en una piedra. Jean Valjean se sentó a su lado y se

puso a contemplarla; poco a poco, a medida que la miraba se iba calmando y recuperaba

su presencia de ánimo. Sabía que en su vida, mientras ella viviera, mientras ella estuviera

con él, no experimentaría ninguna necesidad ni ningún temor más que por ella.

Pero a través de su meditación oía hacía rato un extraño ruido que venía del jardín,

como de una campanilla o un cencerro. Miró y vio que había alguien en el jardín.

Un hombre andaba por el melonar; se levantaba, se inclinaba, se detenía con

regularidad, como si arrastrara o extendiera alguna cosa por el suelo.

Jean Valjean tembló; hacía un momento temblaba porque el jardín estaba desierto;

ahora temblaba porque había alguien. ¿Quién era aquel hombre que llevaba un cencerro,

lo mismo que un buey o un borrego? Haciéndose esta pregunta, tocó las manos dé

Cosette. Estaban heladas.

-¡Dios mío! -exclamó.

La llamó en voz baja:

-¡Cosette!

No abrió los ojos.

La sacudió con fuerza.

No despertó.

-Estará muerta -dijo, y se puso de pie, temblando de la cabeza a los pies.

Pensó mil cosas terribles. Recordó que el sueño puede ser mortal a la intemperie y en

una noche tan fría. Cosette seguía tendida en el suelo, sin moverse. ¿Cómo devolverle el

calor? ¿Cómo despertarla? Todo lo demás se borró de su pensamiento. Se lanzó

enloquecido fuera del cobertizo. Era preciso que Cosette estuviera lo más pronto posible

junto a un fuego y en un lecho.

Corrió hacia el hombre que estaba en el jardín, después de haber sacado del bolsillo del

chaleco el paquete de dinero que llevaba. El hombre tenía la cabeza inclinada y no lo vio

acercarse. Jean Valjean se puso a su lado y le dijo:

-¡Cien francos!

El hombre dio un salto y levantó la vista.

-¡Cien francos si me dais asilo por esta noche!

La luna iluminaba su semblante desesperado.

-¡Pero si es el señor Magdalena! -exclamó el hombre.

Este nombre pronunciado a aquella hora obscura, en aquel sitio solitario, por aquel

hombre desconocido, hizo retroceder a Jean Valjean.

Todo lo esperaba menos eso. El que le hablaba era un viejo cojo y encorvado, vestido

como un campesino; en la rodilla izquierda llevaba una rodillera de cuero de donde

pendía un cencerro. No se distinguía su rostro porque estaba en la sombra.

El hombre se había quitado la gorra y decía tembloroso:

-¡Ah! ¡Dios mío! ¿Cómo estáis aquí, señor Magdalena? ¿Por dónde habéis entrado?

¡Jesús! ¿Venís del cielo? No sería extraño; si caéis alguna vez, será del cielo. Pero, ¿sin

corbata, sin sombrero, sin levita? ¿Se han vuelto locos los ángeles? ¿Cómo habéis

entrado aquí?

El hombre hablaba con una volubilidad en que no se descubría inquietud alguna;

hablaba con una mezcla de asombro y de ingenua bondad.

-¿Quién sois? ¿Qué casa es ésta? -preguntó Jean Valjean.

-¡Esta sí que es grande! -dijo el viejo-. Soy el que vos mismo habéis colocado aquí.

¡Cómo! ¿No me conocéis?

-No -replicó Jean Valjean-. ¿Por qué me conocéis a mí?

-Me habéis salvado la vida -dijo el hombre.

Entonces iluminó su perfil un rayo de luna y Jean Valjean reconoció a Fauchelevent.

-¡Ah! -dijo Jean Valjean-, ¿sois vos? Sí, os conozco.

-¡Me alegro mucho -dijo el viejo en tono de reproche.

-¿Y qué hacéis aquí? -preguntó Valjean.

-¡Tapo mis melones, por supuesto!

-¿Y qué campanilla es esa que lleváis en la rodilla?

-¡Ah! -dijo Fauchelevent , es para que eviten mi presencia. En esta casa no hay más que

mujeres; hay muchas jóvenes, y parece que mi presencia es peligrosa. El cencerro les

avisa y cuando me acerco se alejan.

-¿Qué casa es ésta?

-Este es el convento del Pequeño Picpus, donde vos me colocasteis como jardinero.

Pero volvamos al caso -prosiguió Fauchelevent-, ¿cómo demonios habéis entrado aquí,

señor Magdalena? Por más santo que seáis, sois hombre, y los hombres no entran aquí.

Sólo yo.

-Sin embargo -dijo Jean Valjean-, es preciso que me quede.

-¡Ah, Dios mío! -exclamó Fauchelevent.

Jean Valjean se aproximó a él.

-Tío Fauchelevent, os he salvado la vida -le dijo en voz baja.

-Yo he sido el primero en recordarlo -respondió Fauchelevent.

-Pues bien: hoy podéis hacer por mí lo que yo hice en otra ocasión por vos.

Fauchelevent tomó en sus arrugadas y temblorosas manos las robustas manos de Jean

Valjean y permaneció algunos momentos como si no pudiera hablar. Por fin exclamó:

-¡Sería una bendición de Dios que yo pudiera hacer algo por vos! ¡Yo, salvaros la vida!

Señor alcalde, disponed, disponed de este pobre viejo.

Una sublime alegría parecía transfigurar el rostro del anciano.

-¿Qué queréis que haga? -preguntó.

-Ya os lo explicaré. ¿Tenéis una habitación?

-Tengo una choza, allá detrás de las ruinas del antiguo convento, en un rincón oculto a

todo el mundo. Allí hay tres habitaciones.

-Perfecto -dijo Jean Valjean-. Ahora tengo que pediros dos cosas.

-¿Cuáles son, señor alcalde?

La primera es que no digáis a nadie lo que sabéis de mí. La segunda, que no tratéis de

saber más.

-Como queráis. Sé que no podéis hacer nada que no sea bueno y que siempre seréis un

hombre de bien.

-Gracias. Ahora venid conmigo. Vamos a buscar a la niña.

-¡Ah! -dijo Fauchelevent-. ¿Hay una niña?

No dijo más, y siguió a Jean Valjean como un perro sigue a su amo. Media hora

después Cosette, iluminada por la llama de una buena lumbre, dormía en la cama del

jardinero.

VI

Se explica cómo Javert hizo una batida en vano

Los sucesos que acabamos de describir habían ocurrido en las condiciones más

sencillas. Cuando Jean Valjean, la misma noche del día que Javert lo apresó al lado del

lecho mortuorio de Fantina, se escapó de la cárcel municipal de M., Javert fue llamado a

París para apoyar a la policía en su persecución, y en efecto el celo y la inteligencia del

inspector ayudaron a encontrarlo.

Ya no se acordaba de él cuando en el mes de diciembre de 1823 leyó un periódico, cosa

que no acostumbraba; llamó su atención un nombre. El periódico anunciaba que el

presidiario Jean Valjean había muerto; y publicaba la noticia con tal formalidad que

Javert no dudó un momento en creerla. Después dejó el periódico, y no volvió a pensar

más en el asunto.

Algún tiempo después, llegó a la Prefectura de París una nota sobre el secuestro de una

niña en el pueblo de Montfermeil, verificado, según se decía, en circunstancias

particulares. Decía esta nota que una niña de siete a ocho años, que había sido entregada

por su madre a un posadero, había sido robada por un desconocido: la niña respondía al

nombre de Cosette, y era hija de una tal Fantina, que había muerto en el hospital. Esta

nota pasó por manos de Javert, y lo hizo reflexionar.

El nombre de Fantina le era muy conocido, y recordaba que Jean Valjean le había

pedido aquella vez un plazo de tres días para ir a buscar a la hija de la enferma. Esta niña

acababa de ser raptada por un desconocido. ¿Quién podía ser ese desconocido? ¿Sería

Jean Valjean? Jean Valjean había muerto. Javert, sin decir una palabra a nadie, hizo un

viaje a Montfermeil.

Allí Thenardier, con su admirable instinto, había comprendido en seguida que no era

conveniente atraer sobre sí, y sobre muchos negocios algo turbios que tenía, la penetrante

mirada de la justicia, y dijo que "su abuelo" había ido a buscarla, nada había más natural

en el mundo. Ante la figura del abuelo, se desvaneció Jean Valjean.

-Es indudable que ha muerto -se dijo Javert; soy un necio.

Empezaba ya a olvidar esta historia, cuando en marzo de 1824 oyó hablar de un extraño

personaje que vivía cerca de la parroquia de San Medardo, y que era conocido como el

mendigo que daba limosna. Era, según se decía, un rentista cuyo nombre no sabía nadie,

que vivía solo con una niña de ocho años que había venido de Monefermeil.

¡Montfermeil! Esta palabra, sonando de nuevo en los oídos de Javert, le llamó la

atención. Otros mendigos dieron algunos nuevos pormenores. El rentista era un hombre

muy huraño, no salía más que de noche, no hablaba a nadie más que a los pobres.

Llevaba un abrigo feo, viejo y amarillento que valía muchos millones, porque estaba

forrado de billetes de banco.

Todo esto excitó la curiosidad de Javert; y con objeto de ver de cerca, y sin asustarlo, a

este hombre extraordinario, se puso un día el traje del sacristán y ocupó su lugar. El

sospechoso se acercó a Javert disfrazado, y le dio limosna; en ese momento, Javert

levantó la vista, y la misma impresión que produjo en Jean Valjean la vista de Javert,

recibió Javert al reconocer a Jean Valjean.

Sin embargo, la oscuridad había podido engañarle; su muerte era oficial. Le quedaban,

pues, a Javert graves dudas, y en la duda Javert, hombre escrupuloso, no prendía a nadie.

Siguió a su hombre hasta la casa Gorbeau, e hizo hablar a la portera, lo que no era

difícil. Alquiló un cuarto y aquella misma noche se instaló en él. Fue a escuchar a la

puerta del misterioso huésped, esperando oír el sonido de su voz, pero Jean Valjean vio

su luz por la cerradura y chasqueó al espía, guardando silencio.

Al día siguiente Jean Valjean abandonó la casa. Pero el ruido de la moneda de cinco

francos que dejó caer fue escuchado por la vieja portera, que oyendo sonar dinero pensó

que se iba a mudar, y se apresuró a avisar a Javert. Por la noche cuando salió Jean

Valjean, lo esperaba Javert detrás de los árboles con dos de sus hombres.

Javert siguió a Jean Valjean de árbol en árbol, de esquina en esquina, y no lo perdió de

vista un solo instante, ni aun en los momentos en que el fugitivo se creía en mayor

seguridad. Pero, ¿por qué no lo detenía? Porque dudaba aún.

Debe recordarse que en aquella época la policía no obraba con toda libertad; la prensa

la tenía a raya. Atentar contra la libertad individual era un hecho grave. Por otra parte,

¿qué inconveniente había en esperar? Javert estaba seguro de que no se le escaparía.

Lo seguía, pues, bastante perplejo, haciéndose una porción de preguntas acerca de aquel

personaje enigmático. Solamente al llegar a la calle Pontoise, y a favor de la viva luz que

salía de una taberna, fue cuando reconoció sin ninguna duda a Jean Valjean.

Hay en el mundo dos clases de seres que se estremecen profundamente: la madre que

encuentra a su hijo perdido, y el tigre que encuentra su presa. En aquel momento, Javert

sintió este estremecimiento profundo. Cuando tuvo seguridad de que aquel hombre era

Jean Valjean, pidió un refuerzo al comisario de policía de la calle Pontoise. El tiempo que

gastó en esta diligencia lo hizo perder la pista. Pero su poderoso instinto le dijo que Jean

Valjean trataría de poner el río entre él y sus perseguidores y se fue derecho al puente de

Austerlitz. Lo vio entrar en la calle Chemin-Vert-Saint Antoine; se acordó del callejón sin

salida y de la única pasada de la calle Droit-Mur a la callejuela Picpus. Vio una patrulla

que volvía al cuerpo de guardia, le pidió auxilio y se hizo escoltar por ella. Tuvo un

momento de alegría infernal; dejó ir a su presa delante de él, en la confianza de que la

tenía segura.

Javert gozaba con lo que estaba viviendo; se puso a jugar disfrutando de la idea de

verlo libre y saber que lo tenía cogido. Los hilos de su red estaban tejidos; ya no tenía

más que cerrar la mano. Mas cuando llegó al centro de la telaraña, la mosca había volado.

Calcúlese su desesperación. Interrogó a sus hombres, nadie lo había visto.

Sea como fuere, en el momento en que Javert supo que se le escapaba Jean Valjean, no

se aturdió. Seguro de que el presidiario escapado no podía hallarse muy lejos, puso

vigías, organizó ratoneras y emboscadas, y dio una batida por el barrio durante toda la

noche. Al despuntar el día dejó dos hombres inteligentes en observación, y volvió a París

a la prefectura de policía, avergonzado como un soplón a quien hubiera apresado un

ladrón.

LIBRO SEXTO

Los cementerios reciben todo lo que se les da

I

El Convento Pequeño Picpus

Este convento de Benedictinas de la callejuela Picpus era una comunidad de la severa

regla española de Martín Verga.

Después de las Carmelitas, que llevaban los pies descalzos y no se sentaban nunca, la

más dura era la de las Bernardas Benedictinas de Martín Verga. Iban vestidas de negro

con una pechera que, según la prescripción expresa de san Benito, llegaba hasta el

mentón; una túnica de sarga de manga ancha, un gran velo de lana, y la toca que bajaba

hasta los ojos. Todo su hábito era negro, salvo la toca que era blanca. El de las novicias

era igual, pero en blanco.

Las Bernardas Benedictinas de Martín Verga practican la adoración perpetua. Comen

de viernes todo el año, ayunan toda la Cuaresma; se levantan en el primer sueño, desde la

una hasta las tres, para leer el breviario y cantar maitines. Se acuestan en sábanas de sarga

y sobre paja, no usan baños ni encienden nunca lumbre, se disciplinan , todos los viernes,

observan la regla del silencio. Sus votos, cuyo rigor está aumentado por la regla, son de

obediencia, pobreza, castidad y perpetuidad en el claustro.

Todas se turnan en lo que llaman el desagravio. El desagravio es la oración por todos

los pecados, por todas las faltas, por todos los desórdenes, por todas las violaciones, por

todas las iniquidades, por todos los crímenes que se cometen en la superficie de la tierra.

Durante doce horas consecutivas, desde las cuatro de la tarde hasta las cuatro de la

mañana, la hermana que está en desagravio permanece de rodillas sobre la piedra ante el

Santísimo Sacramento, con las manos juntas y una cuerda al cuello. Cuando el cansancio

se hace insoportable, se prosterna extendida con el rostro en la tierra y los brazos en cruz;

éste es todo su descanso. En esta actitud ora por todos los pecadores del universo. Es de

una grandeza que raya en lo sublime. Nunca dicen "mío", porque no tienen nada suyo, ni

deben tener afecto a nada.

Estas religiosas, enclaustradas en el Pequeño Picpus hacía cincuenta años, habían hecho

construir un panteón bajo el altar de su capilla para sepultar allí a los miembros de su

comunidad. Pero las autoridades no se lo permitieron, por lo cual tenían que abandonar el

convento al morir. Sólo obtuvieron, consuelo mediocre, ser enterradas a una hora especial

y en un rincón especial del antiguo cementerio Vaugirard, que ocupaba tierras que fueron

antes de la comunidad. En la época de esta historia, la orden tenía junto al convento un

colegio para niñas nobles, la mayoría muy ricas.

II

Se busca una manera de entrar al convento

Al amanecer, Fauchelevent abrió los ojos y vio al señor Magdalena sentado en su haz

de paja, mirando dormir a Cosette. El jardinero se incorporó, y le dijo:

-Y ahora que estáis aquí, ¿cómo haréis para entrar?

Estas palabras resumían el problema y sacaron a Jean Valjean de su meditación.

Los dos hombres celebraron una especie de consejo.

-Tenéis que empezar -dijo Fauchelevent- por no poner los pies fuera de este cuarto ni la

niña ni vos. Un paso en el jardín nos perdería.

-Es cierto.

-Señor Magdalena -continuó Fauchelevent-, habéis llegado en un momento muy bueno,

quiero decir muy malo; hay una monja gravemente enferma; están rezando las cuarenta

horas; toda la comunidad no piensa más que en esto. La que va a morir es una santa; no

es extraño, porque aquí todos lo somos. La diferencia entre ellas y yo sólo está en que

ellas dicen: nuestra celda y yo digo: mi choza. Ahora va a rezarse la oración de los

agonizantes, y luego la de los muertos; por hoy podemos estar tranquilos, pero no

respondo de lo que sucederá mañana.

-Sin embargo -dijo Jean Valjean-, esta choza está en una rinconada del muro, oculta por

unas ruinas y por los árboles, y no se ve desde el convento.

Y yo añado que las monjas no se acercan aquí nunca.

-¿Pues entonces?...

-Pero quedan las niñas.

-¿Qué niñas?

Cuando Fauchelevent abría la boca para explicar lo que acababa de decir, se oyó una

campanada.

-La religiosa ha muerto -dijo-. Ese es el tañido fúnebre.

E hizo una señal a Jean Valjean para que escuchara. En esto sonó una nueva

campanada.

-La campana seguirá tañendo de minuto en minuto, veinticuatro horas hasta que saquen

el cuerpo de la iglesia. En cuanto a las niñas, como os decía, en las horas de recreo basta

que una pelota ruede un poco más para que lleguen hasta aquí, a pesar de las

prohibiciones. Son unos demonios esos querubines.

-Ya entiendo, Fauchelevent; hay colegialas internas.

Jean Valjean pensó: "Encontré educación para Cosette".

Y dijo en voz alta:

-Sí; lo difícil es quedarse.

-No -dijo Fauchelevent-, lo difícil es salir.

Jean Valjean sintió que le afluía la sangre al corazón.

-¡Salir!

-Sí, señor Magdalena; para volver a entrar es preciso que salgáis.

Jean Valjean se puso pálido. Sólo la idea de volver a ver aquella temible calle lo hacía

temblar.

-Vuestra hija duerme -continuó Fauchelevent . ¿Cómo se llama?

-Cosette.

-A ella le será fácil salir de aquí. Hay una puerta que da al patio. Llamo, el portero abre;

yo llevo mi cesto al hombro; la niña va dentro, y salgo. Es muy sencillo. Diréis a la niña

que se esté quieta debajo de la tapa. Después la deposito el tiempo necesario en casa de

una vieja frutera, amiga mía, bien sorda, que vive en la calle Chemin-Vert, donde tiene

una camita. Gritaré a su oído que es una sobrina mía, que la tenga allí hasta mañana; y

después la niña entrará con vos, porque yo os facilitaré la entrada, por supuesto. Pero,

¿cómo saldréis?

Jean Valjean meneó la cabeza.

-Debería tener la seguridad de que nadie me vea, Fauchelevent. Buscad un medio de

que salga, como Cosette, en un cesto y bajo una tapa.

Fauchelevent se rascó la punta de la oreja, señal evidente de un grave apuro.

Se oyó un tercer toque.

-El médico de los muertos se va -dijo Fauchelevent . Habrá mirado y habrá dicho: está

muerta; bueno. Así que el médico ha dado el pasaporte para el paraíso, la administración

de pompas fúnebres envía un ataúd. Si la muerta es una madre, la amortajan las madres;

si es una hermana la amortajan las hermanas, y después clavo yo la caja. Esto forma parte

de mis obligaciones de jardinero; porque un jardinero tiene algo de sepulturero. Se

deposita el cadáver en una sala baja de la iglesia que da a la calle, y donde no puede

entrar ningún hombre más que el médico de los muertos y yo, porque yo no cuento como

hombre, ni tampoco los sepultureros. En la sala es donde clavo la caja. Los sepultureros

vienen por ella y ¡arre, cochero! así es como se va al cielo. Traen una caja vacía, y se la

llevan con algo adentro. Ya veis lo que es un entierro.

Se oyó en eso un cuarto toque. Fauchelevent cogió precipitadamente del clavo la

rodillera con el cencerro, y se lo puso en la pierna.

-Esta vez el toque es para mí. Me llama la madre priora. Señor Magdalena, no os

mováis, y esperadme. Si tenéis hambre, ahí encontraréis vino, pan y queso.

Unos minutos después, Fauchelevent, cuya campanilla ponía en fuga a las religiosas,

llamaba suavemente a una puerta; una dulce voz respondió: Por siempre, por siempre. Es

decir, entrad.

La priora, la Madre Inocente, sentada en la única silla que había en el locutorio,

esperaba a Fauchelevent.

III

Fauchelevent en presencia de la dificultad

El jardinero hizo un saludo tímido, y se paró en el umbral de la celda. La priora, que

estaba pasando las cuentas de un rosario, levantó la vista y le dijo:

-¡Ah!, ¿sois vos, tío Fauvent?

Tal era la abreviación adoptada en el convento.

-Aquí estoy, reverenda madre.

-Tengo que hablaros.

-Y yo por mi parte -dijo Fauchelevent con una audacia que le asombraba a él mismo-,

tengo también que decir alguna cosa a la muy reverenda madre.

La priora le miró.

-¡Ah!, ¿tenéis que comunicarme algo?

-Una súplica.

-Pues bien, hablad.

El bueno de Fauchelevent tenía mucho aplomo. En los dos años y algo más que llevaba

en el convento, se había granjeado el afecto de la comunidad. Viejo, cojo, casi ciego,

probablemente un poco sordo, ¡qué cualidades! Difícilmente se le hubiera podido

reemplazar.

El pobre, con la seguridad del que se ve apreciado, empezó a formular frente de la

reverenda priora una arenga de campesino bastante difusa y muy profunda. Habló

largamente de su edad, de sus enfermedades, del peso de los años que contaban doble

para él, de las exigencias crecientes del trabajo, de la extensión del jardín, de las malas

noches que pasaba, como la última, por ejemplo, en que había tenido que cubrir con

estera los melones para evitar el efecto de la luna, y concluyó por decir que tenía un

hermano (la priora hizo un movimiento), un hermano nada de joven (segundo

movimiento de la priora, pero ahora de tranquilidad); que si se le permitía podría ir a

vivir con él y ayudarlo; que era un excelente jardinero; que la comunidad podría

aprovecharse de sus buenos servicios, más útiles que los suyos; que de otra manera, si no

se admitía a su hermano, él que era el mayor y se sentía cansado a inútil para el trabajo,

se vería obligado a irse; y que su hermano tenía una nieta que llevaría consigo, y que se

educaría en Dios en el convento, y podría, ¿quien sabe?, ser religiosa un día.

Cuando hubo acabado, la priora interrumpió el paso de las cuentas del rosario por entre

los dedos y le dijo:

-¿Podríais conseguiros de aquí a la noche una barra fuerte de hierro?

-¿Para qué?

-Para que sirva de palanca.

-Sí, reverenda madre -respondió Fauchelevent. Tío Fauvent, ¿habéis entrado en el coro

de la capilla alguna vez?

-Dos o tres veces.

-Se trata de levantar una piedra.

-¿Pesada?

-La losa del suelo que está junto al altar. La madre Ascensión, que es fuerte como un

hombre, os ayudará. Además, tendréis una palanca.

-Está bien, reverenda madre; abriré la bóveda. -Las cuatro madres cantoras os ayudarán.

-¿Y cuando esté abierta la cripta?

-Será preciso volver a cerrarla.

-¿Nada más?

-Sí.

-Dadme vuestras órdenes, reverenda madre.

-Fauvent, tenemos confianza en vos.

-Estoy aquí para obedecer.

-Y para callar.

-Sí, reverenda madre.

-Cuando esté abierta la bóveda...

-La volveré a cerrar.

-Pero antes...

-¿Qué, reverenda madre?

-Es preciso bajar algo.

Hubo un momento de silencio. La priora, después de hacer un gesto con el labio

inferior que parecía indicar duda, lo rompió:

-¿Tío Fauvent?

-¿Reverenda madre?

-¿Sabéis que esta mañana ha muerto una madre?

-No.

-¿No habéis oído la campana?

-En el jardín no se oye nada.

-¿De veras?

-Apenas distingo yo mi toque.

-Ha muerto al romper el día. Ha sido la madre Crucifixión, una bienaventurada. La

madre Crucifixión en vida hacía muchas conversiones; después de la muerte hará

milagros.

-¡Los hará! -contestó Fauchelevent.

-Tío Fauvent, la comunidad ha sido bendecida en la madre Crucifixión. Su muerte ha

sido preciosa, hemos visto el paraíso con ella.

Fauchelevent creyó que concluía una oración, y dijo:

-Amén.

-Tío Fauvent, es preciso cumplir la voluntad de los muertos. Por otra parte, ésta es más

que una muerta, es una santa.

-Como vos, reverenda madre.

-Dormía en su ataúd desde hace veinte años, con la autorización expresa de nuestro

Santo Padre Pío VII. Tío Fauvent, la madre Crucifixión será sepultada en el ataúd en que

ha dormido durante veinte años.

-Es justo.

-Es una continuación del sueño.

-¿La encerraré en ese ataúd?

-Sí.

-¿Y dejaremos a un lado la caja de las pompas fúnebres?

-Precisamente.

-Estoy a las órdenes de la reverendísima comunidad.

-Las cuatro madres cantoras os ayudarán.

-¿A clavar la caja? No las necesito.

-No, a bajarla.

-¿Adónde?

A la cripta.

¿Qué cripta?

-Debajo del altar.

Fauchelevent dio un brinco.

-¡A la cripta debajo del altar!

-Debajo del altar.

-Pero...

-Llevaréis una barra de hierro.

-Sí, pero...

-Levantaréis la piedra metiendo la barra en el anillo.

-Pero...

-Debemos obedecer a los muertos. El deseo supremo de la madre Crucifixión ha sido

ser enterrada en su ataúd y debajo del altar de la capilla, no ir a tierra profana; morar

muerta en el mismo sitio en que ha rezado en vida. Así nos lo ha pedido, es decir, nos lo

ha mandado.

-Pero eso está prohibido.

-Prohibido por los hombres; ordenado por Dios.

-¿Y si se llega a saber?

-Tenemos confianza en vos.

-¡Oh! Yo soy como una piedra de esa pared.

-Se ha reunido el capítulo. Las madres vocales, a quienes acabo de consultar, y que aún

están deliberando, han decidido que, conforme a sus deseos, la madre Crucifixión sea

enterrada en su ataúd y debajo del altar. ¡Figuraos, tío Fauvent, si se llegasen a hacer

milagros aquí! ¡Qué gloria en Dios para la comunidad! Los milagros salen de los

sepulcros.

-Pero, reverenda madre, si el inspector de la comisión de salubridad...

La priora tomó aliento y, volviéndose a Fauchelevent, le dijo:

-Tío Fauvent, ¿está acordado?

-Está acordado, reverenda madre.

-¿Puedo contar con vos?

-Obedeceré.

-Está bien. Cerraréis el ataúd, las hermanas lo llevarán a la capilla, rezarán el oficio de

difuntos y después volverán al claustro. A las once y media vendréis con vuestra barra de

hierro, y todo se hará en el mayor secreto. En la capilla no habrá nadie más que las cuatro

madres cantoras, la madre Ascensión y vos.

-¿Reverenda madre?

-¿Qué, tío Fauvent?

-¿Ha hecho ya su visita habitual el médico de los muertos?

-La hará hoy a las cuatro. Se ha dado el toque que manda llamarle.

-Reverenda madre, ¿todo está arreglado ya?

-No.

-¿Pues qué falta?

-Falta la caja vacía.

Esto produjo una pausa. Fauchelevent meditaba, la priora meditaba.

-Tío Fauvent, ¿qué haremos del ataúd?

-Lo enterraremos.

-¿Vacío?

Nuevo silencio. Fauchelevent hizo con la mano izquierda ese gesto que parece dar por

terminada una cuestión enfadosa.

-Reverenda madre, yo soy el que ha de clavar la caja en el depósito de la iglesia; nadie

puede entrar allí más que yo, y yo cubriré el ataúd con el paño mortuorio.

-Sí, pero los mozos, al llevarlo al carro y al bajarlo a la fosa, se darán cuenta en seguida

que no tiene nada dentro.

-¡Ah, dia...! -exclamó Fauchelevent.

La priora se santiguó y miró fijamente al jardinero. El blo se le quedó en la garganta.

Se apresuró a improvisar una salida para hacer olvidar el juramento.

-Echaré tierra en la caja y hará el mismo efecto que si llevara dentro un cuerpo.

-Tenéis razón. La tierra y el hombre son una misma cosa. ¿De modo que arreglaréis el

ataúd vacío?

-Lo haré.

La fisonomía de la priora, hasta entonces turbada y sombría, se serenó. El jardinero se

dirigió hacia la puerta. Cuando iba a salir, la priora elevó suavemente la voz.

-Tío Fauvent, estoy contenta de vos. Mañana, después del entierro, traedme a vuestro

hermano, y decidle que lo acompañe la niña.

IV

Parece que Jean Valjean conocía a Agustín Castillejo

Fauchelevent estaba perplejo. Empleó cerca de un cuarto de hora en llegar a su choza

del jardín. Al ruido que hizo Fauchelevent al abrir la puerta, se volvió Jean Valjean.

-¿Y qué?

-Todo está arreglado, y nada está arreglado -contestó Fauchelevent-. Tengo ya permiso

para entraros; pero antes es preciso que salgáis. Aquí está el atasco. En cuanto a la niña,

es fácil.

-¿La llevaréis?

-¿Se callará?

-Yo respondo.

-Pero, ¿y vos, señor Magdalena? Y hay otra cosa que me atormenta. He dicho que

llenaré la caja de tierra, y ahora pienso que llevando tierra en vez de un cuerpo no se

confundirá, sino que se moverá, se correrá; los hombres se darán cuenta.

Jean Valjean lo miró atentamente, creyendo que deliraba.

Fauchelevent continuó:

-¿Cómo di... antre vais a salir? ¡Y es preciso que todo quede hecho mañana! Porque

mañana os he de presentar; la priora os espera.

Entonces explicó a Jean Valjean que esto era una recompensa por un servicio que él,

Fauchelevent, hacía a la comunidad. Y le relató su entrevista con la priora. Pero no podía

traer de fuera al señor Magdalena, si el señor Magdalena no salía.

Aquí estaba la primera dificultad, pero después había otra, el ataúd vacío.

-¿Qué es eso del ataúd vacío? -preguntó Jean Valjean.

Fauchelevent respondió:

-El ataúd de la administración.

-¿Qué ataúd y qué administración?

-Cuando muere una monja viene el médico del Ayuntamiento y dice "Ha muerto una

monja". El gobierno envía un ataúd, y al día siguiente un carro fúnebre y sepultureros que

cogen el ataúd y lo llevan al cementerio. Vendrán los sepultureros y levantarán la caja y

no habrá nada dentro.

-¡Pues meted cualquier cosa! Un vivo, por ejemplo.

-¿Un vivo? No lo tengo.

-Yo -dijo Jean Valjean.

Fauchelevent que estaba sentado, se levantó como si hubiese estallado un petardo

debajo de la silla.

-¡Ah!, os reís; no habláis con seriedad.

-Hablo muy en serio. ¿No es necesario salir de aquí?

-Sin duda. .

-Os he dicho que busquéis también para mí una cesta y una tapa.

-¿Y qué?

-La cesta será de pino y la tapa un paño negro. Se trata de salir de aquí sin ser visto.

¿Cómo se hace todo? ¿Dónde está ese ataúd?

-¿El que está vacío?

-Sí.

-Allá en lo que se llama la sala de los muertos. Está sobre dos caballetes y bajo el paño

mortuorio.

-¿Qué longitud tiene la caja?

-Seis pies.

-¿Quién clava el ataúd?

-Yo.

-¿Quién pone el paño encima?

-Yo.

-¿Vos solo?

-Ningún otro hombre, excepto el médico forense, puede entrar en el salón de los

muertos. Así está escrito en la pared.

-¿Y podríais esta noche, cuando todos duermen en el convento, ocultarme en esa sala?

-No, pero puedo ocultaros en un cuartito oscuro que da a la sala de los muertos, donde

guardo mis útiles de enterrar, y cuya llave tengo.

-¿A qué hora vendrá mañana el carro a buscar el ataúd?

-A eso de las tres de la tarde. El entierro se hace en el cementerio Vaugirard un poco

antes de anochecer y no está muy cerca.

-Estaré escondido en el cuartito de las herramientas toda la noche y toda la mañana. ¿Y

qué comeré? Tendré hambre.

-Yo os llevaré algo.

-Podéis ir a encerrarme en el ataúd a las dos.

Fauchelevent retrocedió chasqueando los dedos.

-¡Pero eso es imposible!

-¿Qué? ¿Tomar un martillo y clavar los clavos en una madera?

Lo que parecía imposible a Fauchelevent, era simple para Jean Valjean, que había

encarado peores desafíos para sus evasiones.

Además, este recurso de reclusos lo fue también de emperadores. Pues, si hemos de

creer al monje Agustín Castillejo, éste fue el medio de que se valió Carlos V, después de

su abdicación, para ver por última vez a la Plombes, para hacerla entrar y salir del

monasterio de Yuste.

Fauchelevent, un poco más tranquilizado, preguntó:

-Pero, ¿cómo habéis de respirar?

-Ya respiraré.

-¡En aquella caja! Solamente de pensar en ello me ahogo.

-Buscaréis una barrena, haréis algunos agujeritos alrededor del sitio donde coincida la

boca, y clavaréis sin apretar la tapa.

-¡Bueno! ¿Y si os ocurre toser o estornudar?

-El que se escapa no tose ni estornuda.

Luego añadió:

-Tío Fauchelevent, es preciso decidirse; o ser descubierto aquí o salir en el carro

fúnebre.

-La verdad es que no hay otro medio.

-Lo único que me inquieta es lo que sucederá en el cementerio.

-Pues eso es justamente lo que me tiene a mí sin cuidado -dijo Fauchelevent-. Si tenéis

seguridad de poder salir de la caja, yo la tengo de sacaros de la fosa. El enterrador es un

borracho amigo mío, Mestienne. El enterrador mete a los muertos en la fosa, y yo meto al

enterrador en mi bolsillo. Voy a deciros lo que sucederá. Llegamos un poco antes de la

noche, tres cuartos de hora antes de que cierren la verja del cementerio. El carro llega

hasta la sepultura, y yo lo sigo porque es mi obligación. Llevaré un martillo, un formón y

tenazas en el bolsillo. Se detiene el carro; los mozos atan una cuerda al ataúd y os bajan a

la sepultura. El cura reza las oraciones, hace la señal de la cruz, echa agua bendita y se

va. Me quedo yo solo con Mestienne, que es mi amigo, como os he dicho. Y entonces

sucede una de dos cosas: o está borracho, o no lo está. Si no está borracho, le digo: Ven a

echar una copa mientras está aún abierto el bar. Me lo llevo, y lo emborracho; no es

difícil emborrachar a Mestienne, porque siempre tiene ya principios de borrachera; lo

dejo bajo la mesa, tomo su cédula para volver a entrar en el cementerio, y regreso solo.

Entonces ya no tenéis que ver más que conmigo. En el otro caso, si ya está borracho, le

digo: Anda; yo haré lo trabajo. Se va y os saco del agujero.

Jean Valjean le tendió la mano, y Fauchelevent se precipitó hacia ella con tierna

efusión.

-Está convenido, Fauchelevent. Todo saldrá bien.

-"Con tal de que nada se descomponga -pensó Fauchelevent-. ¡Qué horrible sería!"

V

Entre cuatro tablas

Todo sucedió como dijera Fauchelevent, y el viejo jardinero se fue cojeando tras la

carroza, muy contento. Sus dos complots, uno con las religiosas y el otro con el señor

Magdalena, habían sido un éxito. En cuanto se deshizo del enterrador, el viejo jardinero

se inclinó hacia la fosa y dijo en voz baja:

-¡Señor Magdalena!

Nadie respondió. Fauchelevent tembló. Se dejó caer en la fosa más bien que bajó, se

echó sobre el ataúd y gritó:

-¿Estáis ahí?

Continuó el silencio. Fauchelevent, casi sin respiración, sacó el formón y el martillo, a

hizo saltar la tapa de la caja. El rostro de Jean Valjean estaba pálido y con los ojos

cerrados. Fauchelevent sintió que se le erizaban los cabellos; se puso de pie y se apoyó de

espaldas en la pared de la fosa.

-¡Está muerto! -murmuró.

Entonces el pobre hombre se puso a sollozar.

-¡Señor Magdalena! ¡Señor Magdalena! Se ha ahogado, bien lo decía yo. Y está muerto

este hombre bueno, el más bueno de todos los hombres. No puede ser. ¡Señor

Magdalena! ¡Señor alcalde! ¡Salid de ahí, por favor!

Se inclinó otra vez a mirar a Jean Valjean y retrocedió bruscamente todo lo que se

puede retroceder en una sepultura. Jean Valjean tenía los ojos abiertos y lo miraba.

Ver una muerte es una cosa horrible, pero ver una resurrección no lo es menos.

Fauchelevent se quedó petrificado, pálido, confuso, rendido por el exceso de las

emociones, sin saber si tenía que habérselas con un muerto o con un vivo.

-Me dormí -dijo Jean Valjean.

Y se sentó. Fauchelevent cayó de rodillas.

-¡Qué susto me habéis dado! -exclamó.

Jean Valjean estaba sólo desmayado. El aire puro le devolvió el conocimiento.

-Tengo frío -dijo.

-¡Salgamos pronto de aquí! -dijo Fauchelevent.

Cogió él la pala y Jean Valjean el azadón, y enterraron el ataúd vacío. Caía la noche. Se

fueron por el mismo camino que había llevado el carro fúnebre. No tuvieron

contratiempos; en un cementerio una pala y un azadón son el mejor pasaporte. Cuando

llegaron a la verja, Fauchelevent, que llevaba en la mano la cédula del enterrador, la echó

en la caja, el guarda tiró de la cuerda, se abrió la puerta y salieron.

-¡Qué bien resultó todo! ¡Habéis tenido una idea magnífica, señor Magdalena! -dijo

Fauchelevent.

VI

Interrogatorio con buenos resultados

Una hora después, en la oscuridad de la noche, dos hombres y una niña se presentaban

en el número 62 de la calle Picpus. El más viejo de los dos cogió el aldabón y llamó.

Eran Fauchelevent, Jean Valjean y Cosette.

Los dos hombres habían ido a buscar a la niña a casa de la frutera, donde la había

dejado Fauchelevent la víspera. Cosette había pasado esas veinticuatro horas sin

comprender nada y temblando en silencio. Temblaba tanto, que no había llorado, no

había comido ni dormido. La pobre frutera le había hecho mil preguntas sin conseguir

más respuesta que una mirada triste, siempre la misma. Cosette no había dejado traslucir

nada de lo que había oído y visto en los dos últimos días. Adivinaba que estaba

atravesando una crisis y que era necesario ser prudente. ¡Quién no ha experimentado el

terrible poder de estas tres palabras pronunciadas en cierto tono al oído de un niño

aterrado: "¡No digas nada!" El miedo es mudo. Por otra parte, nadie guarda tan bien un

secreto como un niño.

Fauchelevent era del convento y sabía la contraseña. Todas las puertas se abrieron. Así

se resolvió el doble y difícil problema: salir y entrar. La priora, con el rosario en la mano,

los esperaba ya, acompañada de una madre vocal con el velo echado sobre la cara. Una

débil luz aclaraba apenas el locutorio. La priora examinó a Jean Valjean. Nada escudriña

tanto como unos ojos bajos. Después le preguntó:

-¿Sois el hermano?

-Sí, reverenda madre -respondió Fauchelevent.

-¿Cómo os llamáis?

Fauchelevent respondió:

-Ultimo Fauchelevent.

Había tenido, en efecto, un hermano llamado Ultimo, que había muerto.

-¿De dónde sois?

Fauchelevent respondió:

-De Picquigny, cerca de Amiens.

-¿Qué edad tenéis?

Fauchelevent respondió:

-Cincuenta años.

-¿Qué oficio?

Fauchelevent respondió:

-Jardinero.

-¿Sois buen cristiano?

Fauchelevent respondió:

-Todos lo son en nuestra familia.

-¿Es vuestra esta niña?

Fauchelevent respondió:

-Sí, reverenda madre.

-¿Sois su padre?

Fauchelevent respondió:

-Su abuelo.

La madre vocal dijo entonces a la priora:

-Responde bien.

Jean Valjean no había pronunciado una sola palabra.

La priora miró a Cosette con atención, y dijo a media voz a la madre vocal:

-Será fea.

Las dos religiosas hablaron algunos minutos en voz baja en el rincón del locutorio, y

después volvió a su asiento la priora y dijo:

-Tío Fauvent, buscaréis otra rodillera con campanilla. Ahora hacen falta dos.

Y así fue que al día siguiente se oían dos campanillas en el jardín. Jean Valjean estaba

ya instalado formalmente; tenía su rodillera de cuero y su campanilla; se llamaba Ultimo

Fauchelevent. La causa más eficaz de su admisión había sido esta observación de la

priora sobre Cosette: "Será fea". Así que la priora dio este pronóstico, tomó simpatía a

Cosette, y la admitió en el colegio como alumna sin pago.

VII

Clausura

Cosette continuó guardando silencio en el convento. Se creía hija de Jean Valjean; y

como por otra parte nada sabía, nada podía contar. Se acostumbró muy pronto al colegio;

al entrar de educanda, tuvo que ponerse el traje de las colegialas de la casa. Jean Valjean

consiguió que le devolvieran los vestidos que usaba, es decir, el mismo traje de luto con

que la vistió cuando la sacó de las garras de los Thenardier. El traje no estaba aún muy

usado; Jean Valjean lo guardó en una maletita con mucho alcanfor y otros aromas que

abundaban en los claustros.

El convento era para Jean Valjean como una isla rodeada de abismos; aquellos cuatro

muros eran el mundo para él. Tenía bastante cielo para estar tranquilo, y tenía a Cosette

para ser feliz. Empezó, pues, para él una vida muy grata.

Trabajaba todos los días en el jardín, y era muy útil. Había sido en su juventud podador,

y sabía mucho de jardinería. Las religiosas lo llamaban el otro Fauvent.

En las horas de recreo, miraba desde lejos cómo jugaba y reía Cosette, y distinguía su

risa de las de las demás. Porque ahora Cosette reía.

Dios tiene sus caminos: el convento contribuía, como Cosette, a mantener y completar

en Jean Valjean la obra del obispo. Mientras no se había comparado más que con el

obispo, se había creído indigno, y había sido humilde; pero desde que, hacía algún

tiempo, se comparaba con los hombres, había principiado a nacer en él el orgullo. ¿Quién

sabe si tal vez, y poco a poco, habría concluido por volver al odio?

El convento lo detuvo en esta pendiente.

Algunas veces se apoyaba en la pala, y descendía lentamente por la espiral sin fin de la

meditación. Recordaba a sus antiguos compañeros, y su gran miseria. Vivían sin nombre;

sólo eran conocidos por números; estaban casi convertidos en cifras, y vivían en la

vergüenza, con los ojos bajos, la voz queda, los cabellos cortados, y recibiendo golpes.

Después su espíritu se dirigía a los seres que tenía ante la vista.

Estos seres vivían también con los cabellos cortados, los ojos bajos, la voz queda, , no

en la vergüenza, pero sí en medio de la burla del mundo. Los otros eran hombres; éstos

eran mujeres. ¿Y qué habían hecho aquellos hombres? Habían robado, violado, saqueado,

asesinado. Eran bandidos, falsarios, envenenadores, incendiarios, asesinos, parricidas. ¿Y

qué habían hecho estas mujeres? Nada.

Cuando pensaba en estas cosas se abismaba su espíritu en el misterio de la sublimidad.

En estas meditaciones desaparecía el orgullo. Dio toda clase de vueltas sobre sí mismo

y reconoció que era malo y lloró muchas veces. Todo lo que había sentido su alma en seis

meses lo llevaba de nuevo a las santas máximas del obispo, Cosette por el amor, el

convento por la humildad.

Algunas veces a la caída de la tarde, en el crepúsculo, a la hora en que el jardín estaba

desierto, se le veía de rodillas en medio del paseo que costeaba la capilla, delante de la

ventana por donde había mirado la primera noche, vuelto hacia el sitio en que sabía que

la hermana que hacía el desagravio estaba prosternada en oración. Rezaba arrodillado

ante esa monja. Parecía que no se atrevía a arrodillarse directamente delante de Dios.

Todo lo que lo rodeaba, aquel jardín pacífico, aquellas flores embalsamadas, aquellas

niñas dando gritos de alegría, aquellas mujeres graves y sencillas, aquel claustro

silencioso, lo penetraban lentamente, y poco a poco su alma iba adquiriendo el silencio

del claustro, el perfume de las flores, la paz del jardín, la ingenuidad de las monjas y la

alegría de las niñas. Además, recordaba que precisamente dos casas de Dios lo habían

acogido en los momentos críticos de su vida; la primera cuando todas las puertas se le

cerraban y lo rechazaba la sociedad humana; la segunda, cuando la sociedad humana

volvía a perseguirlo, y el presidio volvía a llamarlo; sin la primera, hubiera caído en el

crimen; sin la segunda, en el suplicio. Su corazón se deshacía en agradecimiento, y amaba

cada día más. Muchos años pasaron así; Cosette iba creciendo.

TERCERA PARTE

Marius

LIBRO PRIMERO

París en su átomo

I

El pilluelo

París tiene un hijo y el bosque un pájaro. El pájaro se llama gorrión, y el hijo pilluelo.

Asociad estas dos ideas, París y la infancia, que contienen la una todo el fuego, la otra

toda la aurora; haced que choquen estas dos chispas, y el resultado es un pequeño ser.

Este pequeño ser es muy alegre. No come todos los días, pero va a los espectáculos

todas las noches, si se le da la gana. No tiene camisa sobre su pecho, ni zapatos en los

pies, ni techo sobre la cabeza, igual que las aves del cielo. Tiene entre siete y trece años;

vive en bandadas; callejea todo el día, vive al aire libre; viste un viejo pantalón de su

padre que le llega a los talones, un agujereado sombrero de quién sabe quién que se le

hunde hasta las orejas, y un solo tirante amarillo. Corre, espía, pregunta, pierde el tiempo,

sabe curar pipas, jura como un condenado, frecuenta las tabernas, es amigo de ladrones,

tutea a las prostitutas, habla la jerga de los bajos fondos, canta canciones obscenas, y no

tiene ni una gota de maldad en su corazón. Es que tiene en el alma una perla, la

inocencia; y las perlas no se disuelven en el fango. Mientras el hombre es niño, Dios

quiere que sea inocente.

Si preguntamos a esta gran ciudad: ¿Quién es ése? respondería: es mi hijo. El pilluelo

de París es el hijo enano de la gran giganta.

Este querubín del arroyo tiene a veces camisa, pero entonces es la única; usa a veces

zapatos, pero no siempre con suela; tiene a veces casa, y la ama, porque en ella encuentra

a su madre; pero prefiere la calle, porque en ella encuentra la libertad. Sus juegos son

peculiares. Su trabajo consiste en proporcionar coches de alquiler, bajar el estribo de los

carruajes, establecer pasos de una acera a otra en los días de mucha lluvia, lo que él llama

"hacer el Puente de las Artes"; también pregonar los discursos de la autoridad en favor

del pueblo francés; ahondar las junturas del empedrado. Tiene su moneda, que se

compone de todos los pedazos de cobre que se encuentra en la calle. Esta curiosa

moneda, llamada "hilacha", posee una cotización invariable entre esta bohemia infantil.

Tiene su propia fauna, que observa cuidadosamente por los rincones. Buscar

salamandras entre las piedras es un placer extraordinario, y no menor lo es el de levantar

el empedrado y ver correr las sabandijas.

Por la noche el pilluelo, gracias a algunas monedas que siempre halla medio de

procurarse, va al teatro, y allí se transfigura. También basta que él esté allí con su alegría,

con su poderoso entusiasmo, con sus aplausos, para que esa sala estrecha, fétida, obscura,

fea, malsana, repugnante, sea el paraíso.

Este pequeño ser grita, se burla, se mueve, pelea; va vestido en harapos como un

filósofo; pesca y caza en las cloacas, saca alegría de la inmundicia, aturde las calles con

su locuacidad, husmea y muerde, silba y canta, aplaude a insulta, encuentra sin buscar,

sabe lo que ignora, es loco hasta la sabiduría, poeta hasta la obscenidad, se revuelca en el

estiércol, y sale de él cubierto de estrellas.

El pilluelo ama la ciudad y ama también la soledad; tiene mucho de sabio.

Cualquiera que vagabundee por las soledades contiguas a nuestros arrabales, que

podrían llamarse los limbos de París, descubre aquí y allá, en el rincón más abandonado,

en el momento más inesperado, detrás de un seto poco tupido o en el ángulo de una

lúgubre pared, grupos de niños malolientes, llenos de lodo y polvo, andrajosos,

despeinados, que juegan coronados de florecillas: son los niños de familias pobres

escapados de sus hogares. Allí viven lejos de toda mirada, bajo el dulce sol de primavera,

arrodillados alrededor de un agujero hecho en la tierra, jugando a las bolitas, disputando

por un centavo, irresponsables, felices. Y, cuando os ven, se acuerdan de que tienen un

trabajo, que les hace falta ganarse la vida, y os ofrecen en venta una vieja media de lana

llena de abejorros, o un manojo de lilas. El encuentro con estos niños extraños es una de

las experiencias más encantadoras, pero a la vez de las más dolorosas que ofrecen los

alrededores de París.

Son niños que no pueden salir de la atmósfera parisiense, del mismo modo que los

peces no pueden salir del agua. Respirar el aire de París conserva su alma.

El pilluelo parisiense es casi una casta. Pudiera decirse que se nace pilluelo, que no

cualquiera, sólo por desearlo, es un pilluelo de París. ¿De qué arcilla está hecho? Del

primer fango que se encuentre a mano. Un puñado de barro, un soplo, y he aquí a Adán.

Sólo basta que Dios pase. Siempre ha pasado Dios junto al pilluelo.

El pilluelo es una gracia de la nación, y al mismo tiempo una enfermedad; una

enfermedad que es preciso curar con la luz.

II

Gavroche

Unos ocho o nueve años después de los acontecimientos referidos en la segunda parte

de esta historia, se veía por el boulevard del Temple a un muchachito de once a doce

años, que hubiera representado a la perfección el ideal del pilluelo que hemos bosquejado

más arriba, si, con la sonrisa propia de su edad en los labios, no hubiera tenido el corazón

vacío y opaco. Este niño vestía un pantalón de hombre, pero no era de su padre, y una

camisa de mujer, que no era de su madre. Personas caritativas lo habían socorrido con

tales harapos. Y, sin embargo, tenía un padre y una madre; pero su padre no se acordaba

de él y su madre no lo quería. Era uno de esos niños dignos de lástima entre todos los que

tienen padre y madre, y son huérfanos.

Este niño no se encontraba en ninguna parte tan bien como en la calle. El empedrado

era para él menos duro que el corazón de su madre. Sus padres lo habían arrojado al

mundo de un puntapié. Había empezado por sí mismo a volar.

Era un muchacho pálido, listo, despierto, burlón, ágil, vivaz. Iba, venía, cantaba, robaba

un poco, como los gatos y los pájaros, alegremente; se reía cuando lo llamaban tunante, y

se molestaba cuando lo llamaban granuja. No tenía casa, ni pan, ni lumbre, ni amor, pero

estaba contento porque era libre.

Sin embargo, por más abandonado que estuviera este niño, cada dos o tres meses decía:

¡Voy a ver a mamá! Y entonces bajaba al muelle, cruzaba los puentes, entraba en el

arrabal, pasaba la Salpétrière, y se paraba precisamente en el número 50-52 que el lector

conoce ya, frente a la casa Gorbeau.

La casa número 50-52, habitualmente desierta, y eternamente adornada con el letrero:

"Cuartos disponibles", estaba habitada ahora por gente que, como sucede siempre en

París, no tenían ningún vínculo ni relación entre sí, salvo ser todos indigentes.

Había una inquilina principal, como se llamaba a sí misma la señora Burgon, que había

reemplazado a la portera de la época de Jean Valjean, que había muerto.

Los más miserables entre los que vivían en la casa eran una familia de cuatro personas,

padre, madre y dos hijas, ya bastante grandes; los cuatro vivían en la misma buhardilla.

El padre al alquilar el cuarto dijo que se llamaba Jondrette. Algún tiempo después de la

mudanza, que se había parecido, usando una expresión memorable de la portera, a "la

entrada de la nada", este Jondrette dijo a la señora Burgon:

-Si viene alguien a preguntar por un polaco, o por un italiano, o tal vez por un español,

ése soy yo.

Esta familia era la familia del alegre pilluelo. Llegaba allí, encontraba la miseria y, lo

que es más triste, no veía ni una sonrisa; el frío en el hogar, el frío en los corazones.

Cuando entraba le preguntaban:

-¿De dónde vienes?

Y respondía:

-De la calle.

Cuando se iba le preguntaban:

-¿Adónde vas?

Y respondía:

-A la calle.

Su madre le decía:

-¿Entonces, a qué vienes aquí?

Este muchacho vivía en una carencia completa de afectos, más no sufría ni echaba la

culpa a nadie; no tenía una idea exacta de lo que debía ser un padre y una madre.

Por lo demás, su madre amaba sólo a sus hermanas.

En el boulevard del Temple llamaban a este niño el pequeño Gavroche. ¿Por qué se

llamaba Gavroche? Probablemente porque su padre se llamaba Jondrette. Cortar el hilo

parece ser el instinto de muchas familias miserables.

El cuarto que los Jondrette ocupaban en casa Gorbeau estaba al extremo del corredor.

El cuarto contiguo estaba ocupado por un joven muy pobre que se llamaba Marius.

Digamos ahora quién era Marius.

LIBRO SEGUNDO

El gran burgués

I

Noventa años y treinta y dos dientes

El señor Lucas-Espíritu Gillenormand era un hombre sumamente particular; era de otra

época, un verdadero burgués de esos del siglo XVIII, que vivía su burguesía con la

misma altivez que un marqués vive su marquesado. Había cumplido noventa años y

caminaba muy derecho, hablaba alto, bebía mucho, comía, dormía y roncaba. Conservaba

sus treinta y dos dientes y sólo se ponía anteojos para leer. Era muy aficionado a las

aventuras amorosas, pero afirmaba que hacía ya una docena de años que había

renunciado decididamente a las mujeres. "Ya no les gusto -decía-, porque soy pobre."

Jamás dijo "porque estoy viejo". Y en realidad confesaba sólo con una pequeña renta.

Vivía en el Marais, en la calle de las Hijas del Calvario, número 6, en casa propia.

Era superficial y tenía muy mal genio. Se enfurecía por cualquier cosa, y muchas veces

sin tener la menor razón. Decía groserías con cierta elegante tranquilidad a indiferencia.

Creía muy poco en Dios. Era monárquico fanático.

Se había casado dos veces. La primera mujer le dio una hija, que permaneció soltera.

La segunda le dio otra hija, que murió a los treinta años, y que se había casado por amor

con un militar que sirvió en los ejércitos de la República y del Imperio, que había ganado

la cruz en Austerlitz y recibido el grado de coronel en Waterloo.

-Es la deshonra de la familia -decía el viejo Gillenormand.

II

Las hijas

Las dos hijas del señor Gillenormand habían nacido con dieciséis años de diferencia.

En su juventud se habían parecido muy poco, tanto por su carácter como por su

fisonomía. Fueron lo menos hermanas que se puede ser. La menor era un alma bellísima,

amante de todo lo que era luz, pensando siempre en flores, versos y música, volando en

los espacios gloriosos, entusiasta, espiritual, soñando desde la infancia con una vaga e

ideal figura heroica. La mayor tenía también su quimera; veía en el futuro algún gran

contratista muy rico, un marido espléndidamente tonto, un millón hecho hombre.

La menor se había casado con el hombre de sus sueños, pero murió. La mayor no se

había casado. En el momento que ésta sale a la escena en nuestro relato, era una solterona

mojigata que estaba a cargo de la casa de su padre. Se la conocía como la señorita

Gillenormand mayor.

Era el pudor llevado al extremo. Tenía un recuerdo horrible en su vida: un día le había

visto un hombre la liga. Sin embargo, y el que pueda explicará estos misterios de la

inocencia, se dejaba abrazar sin repugnancia por un oficial de lanceros, sobrino segundo

suyo, llamado Teódulo.

El señor Gillenormand tenía dos sirvientes, Nicolasa y Vasco. Cuando alguien entraba a

su servicio, el anciano le cambiaba nombre. La criada, por ejemplo, se llamaba Olimpia;

él la llamó Nicolasa. El hombre, un gordo de unos cincuenta años incapaz de correr

veinte pasos, había nacido en Bayona, por lo cual lo llamó Vasco.

Había además en la casa, entre esta solterona y este viejo, un niño siempre tembloroso y

mudo delante del señor Gillenormand, el cual no le hablaba nunca sino con voz severa, y

algunas veces con el bastón levantado:

-¡Venid aquí, caballerito! Bergante, pillo, acercaos a mí. Responded, tunante. Que ni os

vea yo, galopín, en...

Lo idolatraba.

Era su nieto.

LIBRO TERCERO

El abuelo y el nieto

I

Un espectro rojo

Este niño, de siete años, blanco, sonrosado, fresco, de alegres a inocentes ojos, siempre

oía murmurar a su alrededor estas frases: "¡Qué lindo es! ¡Qué lástima! ¡Pobre niño!" Lo

llamaban pobre niño porque su padre era "un bandido del Loira".

Este bandido del Loira era el yerno del señor Gillenormand, y había sido calificado por

éste como la deshonra de la familia.

Sin embargo, quien pasara en aquella época por la pequeña aldea de Vernon, podría

observar desde lo alto del puente a un hombre que se paseaba casi todos los días con una

azadilla y una podadora en la mano. Tendría unos cincuenta años, iba vestido con un

pantalón y una especie de casaca de burdo paño gris, en el cual llevaba cosida una cosa

amarilla que en su tiempo había sido una cinta roja; en su rostro, tostado por el sol, había

una gran cicatriz desde la frente hasta la mejilla; tenía el pelo casi blanco; caminaba

encorvado, como envejecido antes de tiempo.

Vivía en la más humilde de las casas del pueblo. Las flores eran toda su ocupación.

Comía muy frugalmente, y bebía más leche que vino; era tímido hasta parecer arisco;

salía muy poco, y no veía a nadie más que a los pobres que llamaban a su ventana, y al

padre Mabeuf, el cura, que era un buen hombre de bastante edad. Sin embargo, si alguien

llamaba a su puerta para ver sus tulipanes y sus rosas, abría sonriendo.

Era el bandido del Loira.

Su nombre era Jorge Pontmercy. Fue un militar que combatió en los ejércitos de

Napoleón en innumerables batallas, y a quien el emperador concedió la cruz de honor por

su valentía y fidelidad. Acompañó a Napoleón a la isla de Elba; en Waterloo fue quien

cogió la bandera del batallón de Luxemburgo, y fue a colocarla a los pies del emperador,

todo cubierto de sangre, pues había recibido, al apoderarse de ella, un sablazo en la cara.

El emperador, lleno de satisfacción, le dijo: Sois coronel, barón y oficial de la Legión de

Honor.

Después de Waterloo, la Restauración dejó a Pontmercy a media paga, y después lo

envió al cuartel, es decir, sujeto a vigilancia en Vernon. El rey Luis XVIII, considerando

como no sucedido todo lo que se había hecho en los Cien Días, no le reconoció ni la

gracia de oficial de la Legión de Honor, ni su grado de coronel, ni su título de barón.

En tiempos del Imperio, entre dos guerras, había encontrado la oportunidad para

casarse con la señorita Gillenormand. En 1815 murió esta mujer admirable, inteligente,

poco común, y digna de su marido, dejándole un niño. Ese niño habría sido la felicidad

del coronel en su soledad; pero el abuelo reclamó imperiosamente a su nieto, declarando

que, si no se lo entregaba, lo desheredaría. Impuso expresamente que Pontmercy no

trataría nunca de ver ni hablar a su hijo. El padre accedió por el interés del niño, y no

pudiendo tener al lado a su hijo, se dedicó a amar a las flores.

La herencia del abuelo Gillenormand era poca cosa; pero la de la señorita Gillenormand

mayor era grande, porque su madre había sido muy rica, y habiendo ella permanecido

soltera, el hijo de su hermana era su heredero natural. El niño, que se llamaba Marius,

sabía que tenía padre, pero nada más. Nadie abría la boca para hablarle de él, y llegó poco

a poco a no pensar en su padre sino lleno de vergüenza y con el corazón oprimido.

Mientras Marius crecía en esta atmósfera, cada dos o tres meses se escapaba el coronel,

iba furtivamente a París y se apostaba en San Sulpicio, a la hora en que la señorita

Gillenormand llevaba a Marius a misa; y allí, temblando al pensar que la tía podía darse

vuelta y verlo, oculto detrás de un pilar, inmóvil, sin atreverse apenas a respirar, miraba a

su hijo. Aquel hombre, lleno de cicatrices, tenía miedo de una vieja solterona.

Aquí había nacido su amistad con el cura de Vernon, señor Mabeuf.

Este digno sacerdote tenía un hermano, administrador de la Parroquia de San Sulpicio,

que había visto muchas veces a este hombre contemplar a su hijo, y se había fijado en la

cicatriz que le cruzaba la mejilla y en la gruesa lágrima que caía de sus ojos. Ese hombre

de aspecto tan varonil y que lloraba como una mujer, impresionó al señor Mabeuf. Un día

que fue a Vernon a ver a su hermano, se encontró en el puente al coronel Pontmercy, y

reconoció en él al hombre de San Sulpicio. Habló de él al cura, y ambos, bajo un pretexto

cualquiera, hicieron una visita al coronel, visita que trajo detrás de sí muchas otras.

El coronel, muy reservado al principio, concluyó por abrir su corazón; y el cura y su

hermano llegaron a saber toda la historia, y cómo Pontmercy sacrificaba su felicidad por

el porvenir de su hijo. Esto hizo nacer en el corazón del párroco un profundo cariño y

respeto por el coronel, quien a su vez le tomó gran afecto. Cuando ambos son sinceros,

no hay nada que se amalgame mejor que un viejo sacerdote y un viejo soldado.

Dos veces al año, el 1° de enero y el día de San Jorge, escribía Marius a su padre cartas

que le dictaba su tía, y que parecían copiadas de algún formulario; esto era lo único que

permitía el señor Gillenormand. El padre respondía en cartas muy tiernas, que el abuelo

se guardaba en el bolsillo sin leerlas.

Marius Pontmercy hizo, como todos los niños, los estudios corrientes. Cuando salió de

las manos de su tía Gillenormand, su abuelo lo entregó a un digno profesor de la más

pura ignorancia clásica, y así aquel joven espíritu que empezaba a abrirse, pasó de una

mojigata a un pedante. Marius terminó los años de colegio, y después entró a la escuela

de Derecho. Era realista fanático y muy austero. Quería muy poco a su abuelo, cuya alegría

y cuyo cinismo lo ofendían, y tenía una sombría idea respecto de su padre.

Por lo demás, era un joven entusiasta, noble, generoso, altivo, religioso, exaltado, digno

hasta la dureza, puro hasta la rudeza.

II

Fin del bandido

Marius acababa de cumplir los diecisiete años en 1827 y terminaba sus estudios. Un día

al volver a su casa vio a su abuelo con una carta en la mano.

-Marius -le dijo-, mañana partirás para Vernon.

-¿Para qué? -dijo Marius.

-Para ver a tu padre.

Marius se estremeció. En todo había pensado, excepto en que podría llegar un día en

que tuviera que ver a su padre. No podía encontrar nada más inesperado, más

sorprendente y, digámoslo, más desagradable. Estaba convencido de que su padre, el

cuchillero como lo llamaba el señor Gillenormand en los días de mayor amabilidad, no lo

quería, lo que era evidente porque lo había abandonado y entregado a otros. Creyendo

que no era amado, no amaba. Nada más sencillo, se decía.

Quedó tan estupefacto, que no preguntó nada. El abuelo añadió:

-Parece que está enfermo; lo llama.

Y después de un rato de silencio, añadió:

-Parte mañana por la mañana. Creo que hay en la Plaza de las Fuentes un carruaje que

sale a las seis y llega por la noche. Tómalo. Dice que es de urgencia.

Después arrugó la carta y se la metió en el bolsillo.

Marius hubiera podido partir aquella misma noche, y estar al lado de su padre al día

siguiente por la mañana, porque salía entonces una diligencia de noche que iba a Rouen y

pasaba por Vernon. Pero ni el señor Gillenormand ni Marius pensaron en informarse.

Al día siguiente al anochecer llegaba Marius a Vernon. Principiaban a encenderse las

luces. Encontró la casa sin dificultad. Le abrió una mujer con una lamparilla en la mano.

-¿El señor Pontmercy? -dijo Marius.

La mujer permaneció muda.

-¿Es aquí?

La mujer hizo con la cabeza un signo afirmativo. -¿Puedo hablarle?

La mujer hizo un gesto negativo.

-¡Es que soy su hijo! -dijo Marius-. Me espera.

-Ya no os espera.

Marius notó entonces que estaba llorando.

La mujer le señaló con el dedo la puerta de una sala baja, donde entró.

En aquella, sala, iluminada por una vela de sebo colocada sobre la chimenea, había tres

hombres; uno de pie, otro de rodillas y otro tendido sobre los ladrillos. El que estaba en el

suelo era el coronel. Los otros dos eran un médico y un sacerdote que oraba.

El coronel había sido atacado hacía tres días por una fiebre cerebral; al principio de la

enfermedad tuvo un mal presentimiento, y escribió al señor Gillenormand para llamar a

su hijo. El enfermo se agravó, y el mismo día de la llegada de Marius a Vernon el coronel

había tenido un acceso de delirio; se había levantado del lecho a pesar de la oposición de

la criada, gritando:

-¡Mi hijo no viene!, ¡voy a buscarlo!

Y habiendo salido de su cuarto cayó en los ladrillos de la antecámara. Acababa de

expirar.

Habían sido llamados el médico y el cura; pero el médico llegó tarde y el sacerdote

llegó tarde. También el hijo llegó tarde.

A la débil luz de la vela se distinguía en la mejilla del coronel que yacía pálido en el

suelo, una gruesa lágrima que brotara de su ojo ya moribundo. El ojo se había apagado,

pero la lágrima no se había secado aún. Aquella lágrima era la tardanza de su hijo.

Marius miró a ese hombre, a quien veía por primera y última vez; contempló su

fisonomía venerable y varonil, sus ojos abiertos que no miraban, sus cabellos blancos.

Contempló la gigantesca cicatriz que imprimía un sello de heroísmo en aquella

fisonomía, marcada por Dios con el sello de la bondad. Pensó que ese hombre era su

padre, y que estaba muerto, y permaneció inmóvil.

La tristeza que experimentó fue la misma que hubiera sentido ante cualquier otro

muerto. El dolor, un dolor punzante, reinaba en la sala. La criada sollozaba en un rincón,

el sacerdote rezaba y se le oía suspirar, el médico se secaba las lágrimas; el cadáver

lloraba también.

El médico, el sacerdote y la mujer miraban a Marius en medio de su aflicción, sin decir

una palabra. Allí era él el extraño; se sentía poco conmovido, y avergonzado de su

actitud. Como tenía el sombrero en la mano, lo dejó caer al suelo para hacer creer que el

dolor le quitaba fuerzas para sostenerlo.

Al mismo tiempo sentía un remordimiento, y se despreciaba por obrar así. Pero, ¿era

esto culpa suya? ¡Después de todo, él no amaba a su padre!

El coronel no dejaba nada. La venta de sus muebles apenas alcanzó para pagar el

entierro. La criada encontró un pedazo de papel que entregó a Marius; en él el coronel

había escrito lo siguiente: "Para mi hijo. El emperador me hizo barón en el campo de

batalla de Waterloo. Ya que la Restauración me niega este título que he comprado con mi

sangre, mi hijo lo tomará y lo llevará. Estoy cierto que será digno de él".

A la vuelta de la hoja, el coronel había añadido: "En la batalla de Waterloo un sargento

me salvó la vida; se llama Thenardier. Creo que tenía una posada en un pueblo de los

alrededores de París, en Chelles o en Montfermeil. Si mi hijo lo encuentra, haga por él

todo el bien que pueda".

Marius cogió este papel y lo guardó, no por amor a su padre, sino por ese vago respeto

a la muerte que tan imperiosamente vive en el corazón del hombre.

Nada quedó del coronel. El señor Gillenormand hizo vender a un prendero su espada y

su uniforme. Los vecinos arrasaron con el jardín para robar las flores más raras; las

demás plantas se convirtieron en maleza y murieron.

Marius permaneció sólo cuarenta y ocho horas en Vernon. Después del entierro volvió

a París, y se entregó de lleno al estudio del Derecho, sin pensar más en su padre como si

no hubiera existido nunca.

III

Cuán útil es ir a misa para hacerse revolucionario

Marius había conservado los hábitos religiosos de la infancia. Un domingo que fue a

misa a San Sulpicio, a la misma capilla de la Virgen a que lo llevaba su tía cuando era

pequeño, estaba distraído y más pensativo que de ordinario y se arrodilló, sin advertirlo,

sobre una silla de terciopelo en cuyo respaldo estaba escrito este nombre: "Señor Mabeuf,

administrador". Apenas empezó la misa, se presentó un anciano y le dijo:

-Caballero, ése es mi sitio.

Marius se apartó en seguida, y el viejo ocupó su silla.

Cuando acabó la misa, Marius permaneció meditabundo a algunos pasos de distancia;

el viejo se acercó otra vez y le dijo:

-0s pido perdón de haberos molestado antes y molestaros otra vez en este momento,

pero tal vez me habréis creído impertinente y debo daros una explicación.

-No hay necesidad, caballero -dijo Marius.

-¡Oh, sí! -contestó el viejo-. No quiero que os forméis mala idea de mí. Este sitio es

mío. Me parece que desde él es mejor la misa. ¿Y por qué? Voy a decíroslo. A este

mismo sitio he visto venir por espacio de diez años, cada dos o tres meses, a un pobre

padre que no tenía otro medio ni otra ocasión de ver a su hijo, porque se lo impedían,

problemas de familia. Venía a la hora en que siempre traían a su hijo a misa. El niño no

sabía que su padre estaba ahí, ni aun sabía, tal vez, el inocente, que tenía padre. El padre

se ponía detrás de esta columna para que no lo vieran, miraba a su hijo y lloraba. ¡Adoraba

a ese niño el pobre hombre! Yo fui testigo de todo eso. Este sitio está como santificado

para mí, y he tomado la costumbre de venir a él a oír la misa. Traté un poco a ese

caballero de que os hablo. Tenía un suegro y una tía rica que amenazaban desheredar al

hijo si él lo veía; y se sacrificó para que su hijo fuese algún día rico y feliz. Parece que los

separaban las opiniones políticas. ¡Dios mío! Porque un hombre haya estado en Waterloo

no es un monstruo; no por eso se debe separar a un padre de su hijo. Era un coronel de

Bonaparte, y ha muerto, según creo. Vivía en Vernon, donde tengo un hermano cura, y se

llamaba algo así como Pontmarie o Montpercy. Tenía una gran cicatriz en la cara.

-Pontmercy -dijo Marius, poniéndose pálido.

-Precisamente, Pontmercy. ¿Lo conocéis?

-Caballero -dijo Marius-, era mi padre.

El viejo juntó las manos, y exclamó:

-¡Ah, sois su hijo! Sí, ahora debía de ser ya un hombre. Pues bien, podéis decir que

habéis tenido un padre que os ha querido mucho.

Marius ofreció el brazo al anciano y lo acompañó hasta su casa.

Al día siguiente dijo al señor Gillenormand:

-Hemos arreglado entre algunos amigos una partida de caza. ¿Me dejáis ir por tres días?

-¡Por cuatro! -respondió el abuelo-. Anda, diviértete.

Y, guiñando el ojo, dijo en voz baja a su hija: -Algún amorcillo.

El joven estuvo tres días ausente, después volvió a París, se fue derecho a la biblioteca

de Jurisprudencia y pidió la colección del Monitor.

En él leyó la historia de la República y del Imperio, el Memorial de Santa Elena, todo

lo devoró. La primera vez que encontró el nombre de su padre en los boletines del gran

ejército, tuvo fiebre durante una semana. Visitó a todos los generales a cuyas órdenes

había servido Jorge Pontmercy. El señor Mabeuf, a quien había vuelto a ver, le contó la

vida en Vernon, el retiro del coronel, sus flores, su soledad. Marius llegó a conocer

íntimamente a aquel hombre excepcional, sublime y amable, a aquella especie de

león-cordero, que había sido su padre.

Mientras tanto, ocupado en este estudio que le consumía todo su tiempo y todos sus

pensamientos, casi no veía al señor Gillenormand. Iba a casa sólo a las horas de comer.

Gillenormand se sonreía.

-¡Bien! Está en la edad de los amores -murmuraba.

Un día añadió:

-¡Demonios! Creía que esto era una distracción; pero voy viendo que es una pasión.

Era una pasión, en efecto. Marius comenzaba a adorar a su padre.

Al mismo tiempo se operaba un extraordinario cambio en sus ideas. Se dio cuenta de

que hasta aquel momento no había comprendido ni a su patria ni a su padre. Hasta

entonces palabras como república a imperio habían sido monstruosas. La república, una

guillotina en el crepúsculo; el imperio, un sable en la noche. De pronto vio brillar

nombres como Mirabeau, Vergniaud, Saint Just, Robespierre, Camille Desmoulins,

Danton, y luego vio elevarse un sol, Napoleón. Poco a poco pasó el asombro, se

acostumbró a esta nueva luz, y la revolución y el imperio tomaron una muy diferente

perspectiva ante sus ojos.

Estaba lleno de pesares, de remordimientos; pensaba desesperado que no podía decir

todo lo que tenía en el alma más que a una tumba. Marius tenía un llanto continuo en el

corazón.

Al mismo tiempo se hacía más formal, más serio, se afirmaba en su fe, en su

pensamiento. A cada instante un rayo de luz de la verdad venía a completar su razón; se

verificaba en él un verdadero crecimiento interior. Donde antes veía la caída de la

monarquía, veía ahora el porvenir de Francia; había dado una vuelta completa.

Todas estas revoluciones se verificaban en él sin que su familia lo sospechara.

Cuando en esta misteriosa metamorfosis hubo perdido completamente la antigua piel de

borbónico y de ultra; cuando se despojó del traje de aristócrata y de realista; cuando fue

completamente revolucionario, profundamente demócrata y casi republicano, mandó

hacer cien tarjetas con esta inscripción: El barón Marius Pontmercy.

Pero, como no conocía a nadie a quien darlas, se las guardó en el bolsillo.

Como consecuencia natural, a medida que se aproximaba a su padre, a su memoria, a

las cosas por las cuales el coronel había luchado veinticinco años, se alejaba de su abuelo.

Ya hemos dicho que hacía tiempo que no le agradaba el carácter del señor Gillenormand.

Entre ambos existían todas las disonancias que puede haber entre un joven serio y un

viejo frívolo.

Mientras que habían tenido unas mismas opiniones políticas a ideas comunes, Marius

se encontraba como en un puente con el señor Gillenormand. Cuando se hundió el

puente, los separó el abismo. Sentía profunda rebelión cuando recordaba que el señor

Gillenormand lo había separado sin piedad del coronel, privando al hijo de su padre y al

padre de su hijo.

Por compasión hacia su padre, llegó casi a tener aversión a su abuelo. Pero nada de esto

salía al exterior. Solamente se notaba que cada día se mostraba más frío, más lacónico en

la mesa, y con más frecuencia ausente de la casa. Marius hacía a menudo algunas

escapatorias.

-Pero, ¿adónde va? -preguntaba la tía.

En uno de estos viajes, siempre cortos, fue a Montfermeil para cumplir la indicación

que su padre le había hecho, y buscó al antiguo sargento de Waterloo, al posadero

Thenardier. Thenardier había quebrado; la posada estaba cerrada, y nadie sabía qué había

sido de él.

-Decididamente -dijo el abuelo-, el joven se mueve.

Había notado que Marius llevaba bajo la camisa, sobre su pecho, algo que pendía de

una cinta negra que colgaba del cuello.

IV

Algún amorcillo

El señor Gillenormand tenía un sobrino, el teniente Teódulo Gillenormand, que los

visitaba en París en tan raras ocasiones que Marius nunca había llegado a conocerlo.

Teódulo era el favorito de la tía Gillenormand, que tal vez lo prefería porque no lo veía

casi nunca. No ver a las personas es cosa que permite suponer en ellas todas las

perfecciones.

Una mañana, la señorita Gillenormand mayor estaba bordando en su cuarto y pensando

con curiosidad en las ausencias de Marius. Este acababa de pedir permiso al abuelo para

hacer un corto viaje, y saldría esa misma tarde. De pronto se abrió la puerta; levantó la

mirada y vio al teniente Teódulo ante ella haciéndole el saludo militar. Dio un grito de

alegría. Una mujer puede ser vieja, mojigata, devota, tía, pero siempre se alegra al ver

entrar en su cuarto a un gallardo oficial de lanceros.

-¡Tú aquí, Teódulo! -exclamó.

-¡De paso no más, tía! Parto esta tarde. Cambiamos de guarnición y para ir a la nueva

tenemos que pasar por París, y me he dicho: Voy a ver a mi tía.

-Pues aquí tienes por la molestia.

Y le puso diez luises en la mano.

-Por el placer querréis decir, querida tía.

Teódulo la abrazó por segunda vez y ella tuvo el placer de que le rozara un poco el

cuello con los cordones del uniforme.

-¿Haces el viaje a caballo con lo regimiento?

-No, tía. Como quería veros, tengo un permiso especial. El asistente lleva mi caballo, y

yo voy en la diligencia. Y a propósito, tengo que preguntaros una cosa. ¿Está de viaje

también mi primo

Marius Pontmercy? Pues al llegar fui a la diligencia a tomar mi asiento en berlina y he

visto su nombre en la hoja.

-¡Ah, el sinvergüenza! -exclamó- ella-. ¡Va a pasar la noche en la diligencia!

-Igual que yo, tía.

-Pero tú vas por deber, en cambio él va por una aventura.

Entonces sucedió una cosa notable: a la señorita Gillenormand se le ocurrió una idea.

-¿Sabes que lo primo no lo conoce? -preguntó repentinamente a Teódulo.

-Sí, lo sé. Yo lo he visto, pero él nunca se ha dignado mirarme.

-¿Y vais a viajar juntos?

-El en imperial, y yo en berlina.

-¿Adónde va esa diligencia?

-A Andelys.

-¿Es allí donde irá Marius?

-Sí, como no sea que haga como yo, y se quede en el camino. Yo bajo en Vernon para

tomar el coche de Gaillon. No sé el itinerario de Marius.

-Escucha, Teódulo.

-Os escucho, tía.

-Lo que pasa es que Marius se ausenta a menudo, y viaja, y duerme fuera de casa.

Quisiéramos saber qué hay en esto.

Teódulo respondió con la calma de un hombre experimentado:

-Algún amorío.

-Es evidente -dijo la tía, que creyó oír hablar al señor Gillenormand. Después añadió:

-Haznos el favor. Sigue un poco a Marius; esto lo será fácil porque él no lo conoce; y si

se trata de una mujer, haz lo posible por verla. Nos escribirás contándonos la aventura, y

se divertirá el abuelo.

No le gustaba mucho a Teódulo este espionaje; pero los diez luises lo habían

emocionado y creía que podrían traer otros detrás. Aceptó, pues, la comisión y su tía lo

abrazó otra vez.

En la noche que siguió a este diálogo, Marius subió a la diligencia sin sospechar que iba

vigilado. En cuanto al vigilante, la primera cosa que hizo fue dormirse con un sueño

pesado y largo. Al amanecer el día, el mayoral de la diligencia gritó:

-¡Vernon! ¡Relevo de Vernon! ¡Los viajeros de Vernon!

Y el teniente Teódulo se despertó.

-¡Bueno! -murmuró medio dormido aún- aquí es donde me bajo.

Después empezó a despejarse su memoria poco a poco y se acordó de su tía, de los diez

luises y de la promesa que había hecho de contar los hechos y dichos de Marius. Esto le

hizo reír.

-Ya no estará tal vez en el coche -pensó abotonándose la casaca del uniforme-. ¿Qué

diablos voy a escribir ahora a mi buena tía?

En aquel momento apareció en la ventanilla de la berlina un pantalón negro que

descendía de la imperial.

-¿Será Marius? -se dijo el teniente.

Era Marius.

Al pie del coche, y entre los caballos y los postillones„ una jovencita del pueblo ofrecía

flores a los viajeros.

-Flores para vuestras damas, señores -gritaba.

Marius se acercó a la joven y le compró las flores más hermosas que llevaba en la cesta.

-Vamos bien -dijo Teódulo saltando de la berlina-, esto ya me está gustando. ¿A quién

diantre va a llevar esas flores? Es preciso que sea una mujer muy linda para merecer tan

hermoso ramillete. Hay que conocerla.

Y no ya por mandato, sino por curiosidad personal, como los perros que cazan por

cuenta propia, se puso a seguir a su primo.

Marius no lo vio, a él ni a las elegantes mujeres que pasaban a su lado; parecía no ver

nada a su alrededor.

-¡Está enamorado! -pensó Teódulo.

Marius se dirigió a la iglesia, pero no entró; dio la vuelta por detrás del presbiterio, y

desapareció.

-La cita es fuera de la iglesia -dijo Teódulo-. ¡Magnífico! Veamos quién es esa mujer.

Y se adelantó en puntillas hacia el sitio en que había dado la vuelta Marius.

Cuando llegó allí se quedó estupefacto.

Marius, con la frente entre ambas manos, estaba arrodillado en la hierba, junto a una

tumba. Había deshojado el ramo sobre ella. En el extremo de la fosa había una cruz de

madera negra, con este nombre escrito en letras blancas: El coronel barón de Pontmercy.

Oyó los sollozos de Marius.

La mujer era una tumba.

V

Mármol contra granito

Allí era donde había ido Marius la primera vez que se ausentó de París. Allí iba cada

vez que el señor Gillenormand decía: " Pasa la noche fuera".

El teniente Teódulo quedó desconcertado a consecuencia de este encuentro inesperado

con un sepulcro; experimentaba una sensación desagradable y singular, que no hubiera

podido analizar, y que se componía del respeto a una tumba, y del respeto a un coronel.

Retrocedió en silencio, dejando a Marius solo en el cementerio. No sabiendo qué escribir

a la tía, tomó el partido de no escribirle. Y probablemente no hubiera servido de nada el

descubrimiento hecho por Teódulo sobre los amores de Marius, si por una de esas

coincidencias misteriosas, tan frecuentes en los sucesos más casuales, la escena de

Vemon no hubiera tenido, por decirlo así, una especie de eco casi inmediato en París.

Marius volvió de Vernon tres días después a media mañana; llegó a casa de su abuelo,

y, cansado por las dos noches de insomnio que había pasado en la diligencia, sólo pensó

en ir a darse un baño a la escuela de natación para reparar sus fuerzas. Se sacó

apresuradamente el abrigo y el cordón negro que llevaba al cuello, y se fue.

El señor Gillenormand, que se levantaba de madrugada como todos los viejos fuertes y

sanos, lo oyó entrar, y se apresuró a subir lo más rápido que le permitieron sus piernas la

escalera del cuarto de Marius, con el objeto de saludarlo y de interrogarlo al mismo

tiempo, para saber de dónde venía.

Pero el joven había empleado menos tiempo en bajar que él en subir, y cuando el

abuelo entró en la pieza, ya Marius había salido.

La cama estaba hecha, y sobre ella se encontraban su abrigo y el cordón negro que

Marius llevaba al cuello.

-Mejor así -murmuró el anciano.

Y un momento después hacía una entrada triunfal en la sala en que estaba bordando la

señorita Gillenormand. Llevaba en una mano el abrigo y el cordón en la otra.

-¡Victoria! -exclamó-. ¡Vamos a resolver el misterio! ¡Vamos a palpar los libertinajes

de este hipócrita! Tengo el retrato.

En efecto, del cordón pendía una cajita de tafilete negro, muy semejante a un medallón.

La caja se abrió apretando un resorte, pero no encontraron en ella más que un papel

cuidadosamente doblado.

-Ya sé lo que es -dijo el señor Gillenormand echándose a reír-. ¡Una carta de amor!

-¡Ah! ¡Leámosla! -dijo la tía.

-"Para mi hijo. El emperador me hizo barón en el campo de batalla de Waterloo. Ya que

la Restauración me niega este título que he comprado con mi sangre, mi hijo lo tomará y

lo llevará. Estoy cierto que será digno de él."

El señor Gillenormand dijo en voz baja, y como hablándose a sí mismo:

-Es la letra del bandido.

La tía examinó el papel, lo volvió en todos sentidos, y después lo volvió a poner en la

cajita. En aquel momento cayó al suelo del bolsillo del abrigo un paquetito cuadrado,

envuelto en papel azul. La señorita Gillenormand lo recogió, y desdobló el papel azul; era

el ciento de tarjetas de Marius. Cogió una y se la dio a su padre, que leyó: El barón

Marius Pontmercy.

El señor Gillenormand cogió el cordón, la caja y el abrigo, los tiró al suelo en medio de

la sala, y llamó a Nicolasa.

-¡Sacad de aquí esas porquerías! -le gritó.

Pasó una hora en profundo silencio.

De pronto apareció Marius. Antes de atravesar el umbral del salón, vio a su abuelo que

tenía en la mano una de sus tarjetas. El anciano, al verlo, exclamó con su aire de

superioridad burguesa y burlona:

-¡Vaya, vaya, vaya, vaya! Ahora eres barón. Te felicito. ¿Qué quiere decir todo esto?

Marius se ruborizó ligeramente, y respondió:

-Eso quiere decir que soy el hijo de mi padre.

El señor Gillenormand dejó de reírse, y dijo con dureza:

-Tu padre soy yo.

-Mi padre -dijo Marius muy serio y con los ojos bajos- era un hombre humilde y

heroico, que sirvió gloriosamente a la República y a Francia; que fue grande en la historia

más grande que han hecho los hombres; que vivió un cuarto de siglo en el campo de

batalla, por el día bajo la metralla y las balas, de noche entre la nieve, en el lodo, bajo la

lluvia; que recibió veinte heridas; que ha muerto en el olvido y en el abandono, y que no

ha cometido en su vida más que una falta, amar demasiado a dos ingratos: su país y yo.

Esto era más de lo que el señor Gillenormand podía oír. Cada una de las palabras que

Marius acababa de pronunciar, principiando por la república, había hecho en el rostro del

viejo realista el efecto del soplo de un fuelle de fragua sobre un tizón encendido.

-¡Marius! -exclamó-. ¡Mocoso insolente! ¡Yo no sé lo que era lo padre! ¡No quiero

saberlo! ¡No sé nada! ¡Pero lo que sé es que entre esa gente nunca ha habido más que

miserables! Eran todos unos pordioseros, asesinos, boinas rojas, ladrones. ¡Todos! ¿Lo

oyes, Marius? ¡Ya lo ves, eres tan barón como mi zapatilla! ¡Todos eran bandidos los que

sirvieron a Bonaparte! ¡Todos traidores, que vendieron a su rey legítimo! ¡Todos

cobardes, que huyeron ante los prusianos y los ingleses en Waterloo! Esto es lo que sé. Si

vuestro señor padre es uno de ellos, lo ignoro, lo siento.

Marius temblaba entero; no sabía qué hacer; le ardía la cabeza. Su padre acababa de ser

pisoteado y humillado en su presencia; pero, ¿por quién? Por su abuelo. ¿Cómo vengar al

uno sin ultrajar al otro? Permaneció algunos instantes aturdido y vacilante, con todo este

remolino en la mente; después levantó los ojos, miró fijamente a su abuelo, y gritó con

voz tonante:

-¡Abajo los Borbones! ¡Abajo ese cerdo de Luis XVIII!

Luis XVIII había muerto hacía cuatro años; pero a Marius le daba lo mismo.

El anciano pasó del color escarlata que tenía de rabia a una blancura mayor que la de

sus cabellos. Dio algunos pasos por la habitación, y después se inclinó ante su hija, que

asistía a esta escena con el estupor de una oveja, y le dijo con una sonrisa casi tranquila:

-Un barón como este caballero y un plebeyo como yo no pueden vivir bajo un mismo

techo.

Y después, enderezándose pálido, tembloroso, amenazante, en el colmo de la cólera,

extendió el brazo hacia Marius, y le gritó:

-¡Vete!

Marius salió de la casa.

Al día siguiente, el señor Gillenormand dijo a su hija:

-Enviaréis cada seis meses sesenta pistolas a ese bebedor de sangre, y no me volveréis a

hablar de él.

Marius se fue indignado. Una de esas pequeñas fatalidades que complican los dramas

domésticos hizo que cuando Nicolasa llevó "las porquerías" de Marius a su cuarto, se

cayera en la escala, que estaba muy obscura, el medallón de tafilete negro con la carta del

coronel. Al no poderlo encontrar, Marius supuso que el señor Gillenormand, como lo

llamaba desde ahora, lo había arrojado al fuego.

Se fue sin decir ni saber adónde, con treinta francos, su reloj y algunas ropas en un

maletín. Subió a un cabriolé, lo contrató por horas, y se dirigió, a la ventura, al Barrio

Latino. ¿Qué iba a ser de él?

LIBRO CUARTO

Los amigos del ABC

I

Un grupo que estuvo a punto de ser histórico

En aquella época, indiferente en apariencia, corría vagamente cierto estremecimiento

revolucionario. Algunos soplos, que salían de las profundidades de 1789 y 92, flotaban en

el aire. La juventud estaba, si se nos permite la palabra, mudando la piel. Se

transformaba, casi sin saberlo, por el propio movimiento de los tiempos. Los realistas se

hacían liberales: los liberales se hacían demócratas.

Era como una marea ascendente complicada con miles de otras mareas. Se producían

las más curiosas mezclas de ideas, como ser un extraño liberalismo bonapartista.

Otros grupos de pensadores eran más serios. En ellos se sondeaba el principio; se

buscaba un fundamento en el derecho; se apasionaba por lo absoluto; se vislumbraban las

realizaciones infinitas. Lo absoluto por su misma rigidez impulsa el pensamiento hacia el

cielo, y lo hace flotar en el espacio ilimitado. Pero nada mejor que el sueño para

engendrar el porvenir. La utopía de hoy es carne y hueso mañana.

No había entonces todavía en Francia vastas organizaciones subyacentes, pero algunos

canales ocultos se iban ya ramificando, y existía en París, entre otras, la sociedad de los

amigos del ABC.

¿Y qué eran los amigos del ABC? Una sociedad que tenía por objeto, en apariencia, la

educación de los niños, y en realidad la reivindicación de los hombres.

Se declaraban amigos del Abaissé.* Para ellos el Abaissé o ABC era el pueblo y

querían ponerlo de pie. Retruécano que no debemos tomar a la ligera, pues hay ejemplos

muy poderosos, como Tú eres piedra y sobre esta piedra construiré mi iglesia.

Los amigos del ABC eran pocos; componían una sociedad secreta en estado de

embrión, casi podríamos decir una camarilla si las camarillas pudiesen producir héroes.

Se reunían en París en dos puntos: cerca del Mercado en una taberna llamada Corinto,

donde acudían los obreros; y cerca del Panteón, en un pequeño café de la plaza

Saint-Michel, llamado Café Musain, donde acudían los estudiantes.

Los conciliábulos habituales de los amigos del ABC se celebraban en una sala interior

del Café Musain. Esta sala, bastante apartada del café, con el cual se comunicaba por un

largo corredor, tenía dos ventanas y una puerta con escalera secreta, que daba a la

callejuela de Grés. Allí se fumaba, se bebía, se jugaba y se reía. Se hablaba de todo a

gritos, pero de una cosa en voz baja. En la pared estaba clavado un antiguo mapa de

Francia en tiempo de la República, indicio suficiente para excitar el olfato de cualquier

agente de policía.

La mayor parte de los amigos del ABC eran estudiantes, en cordial armonía con

algunos obreros. Pertenecen en cierta manera a la historia de Francia.

*Abaissé signiflca en francés humillado, abatido.

Los principales eran: Enjolras, Combeferre, Prouvaire, Feuilly, Courfeyrac, Bahorel,

Laigle, Joly, Grantaire.

Por la gran amistad que los unía llegaron a formar una especie de familia.

Constituyeron un grupo extraordinario, que desapareció en las invisibles profundidades

del pasado.

Enjolras era hijo único y muy rico; su rostro era bello como el de un ángel; a los

veintidós años aparentaba tener diecisiete. Parecía no saber que existían las mujeres y los

placeres. No había para él más pasión que el derecho; ni más pensamiento que destruir el

obstáculo. Era severo en sus alegrías y bajaba castamente los ojos ante todo lo que no era

la República. Al lado de Enjolras que representaba la lógica, Combeferre representaba la

filosofía de la revolución; revolución, decía, pero también civilización. El bien debe ser

inocente, repetía sin cesar.

Prouvaire tocaba la flauta, cultivaba flores, hacía versos, amaba al pueblo, lloraba por

los niños, confundía en la misma esperanza el porvenir y Dios, y censuraba a la

Revolución por haber cortado una cabeza real: la de Andrés Chenier. También era hijo

único y de familia rica. Era muy tímido, y sin embargo intrépido.

Feuilly era un obrero huérfano de padre y madre que ganaba penosamente tres francos

al día y que no tenía más que un pensamiento: libertar al mundo.

Courfeyrac era de familia aristocrática. Tenía esa verbosidad de la juventud, que podría

llamarse la belleza del diablo del espíritu.

Bahorel estudiaba Leyes; era un talento penetrante, y más pensador de lo que parecía.

Tenía por consigna no ser jamás abogado; cuando pasaba frente a la Escuela de Derecho,

lo que sucedía en raras ocasiones, tomaba toda clase de precauciones para no ser

infectado. Sus padres eran campesinos a quienes había inculcado el respeto por su hijo.

Laigle era un muchacho alegre y desgraciado. Su especialidad consistía en que todo le

salía mal; pero él se reía de todo. A los veinticinco años ya era calvo. Era pobre, pero

tenía un bolsillo inagotable de buen humor. Hacía un lento camino hacia la carrera de

abogado.

Joly era el enfermo imaginario joven. Lo único que había conseguido al estudiar

medicina era hacerse más enfermo que médico. A los veintitrés años se pasaba la vida

mirándose la lengua al espejo y tomándose el pulso. Por lo demás, era el más alegre de

todos.

En medio de estos corazones ardientes, de estos espíritus convencidos de un ideal,

había un escéptico, Grantaire, que se cuidaba mucho de creer en algo. Era uno de los

estudiantes que más habían aprendido en sus cursos: sabía perfectamente dónde estaba el

mejor café, el mejor billar, las mejores mujeres, el mejor vino. Se reía de todas las

grandes palabras como derechos del hombre, contrato social, Revolución Francesa,

república, etc. Pero sí tenía su propio fanatismo, que no era una idea ni un dogma, sino

que era Enjolras. Grantaire lo admiraba, lo veneraba, lo necesitaba precisamente por ser

tan opuesto a él. Pero Enjo1ras, como era creyente, despreciaba a este escéptico; y como

era sobrio, despreciaba a este borrachín.

II

Oración fúnebre por Blondeau

Una tarde, Laigle estaba recostado perezosamente en el umbral de la puerta del Café

Musain. Tenía el aspecto de una cariátide en vacaciones. No llevaba consigo más que sus

ensueños, y miraba lánguidamente hacia la plaza Saint-Michel. De pronto vio, a través de

su sonambulismo, un cabriolé que pasaba con lentitud por la plaza. Iba dentro, al lado del

cochero, un joven, y delante del joven una maleta. La maleta mostraba a los transeúntes

este nombre escrito en gruesas letras negras en un papel pegado a la tela: Marius

Pontmercy.

Este nombre hizo cambiar la posición a Laigle. Se enderezó, y gritó al joven del

cabriolé:

-¡Señor Marius Pontmercy!

El cabriolé se detuvo.

El joven, que parecía ir meditando, levantó los ojos.

-¿Sois el señor Marius Pontmercy?

-Sin duda.

-Os buscaba -dijo Laigle.

-¿Cómo me conocéis? -preguntó Marius-. Yo no os conozco.

-Ni yo tampoco a vos -dijo Laigle.

Marius creyó encontrarse con un chistoso, y como no estaba del mejor humor para

bromas en aquel momento en que recién salía para siempre de casa de su abuelo, frunció

el entrecejo.

Pero Laigle, imperturbable, prosiguió:

-No fuisteis anteayer a la escuela.

-Es posible.

-Es la verdad.

¿Sois estudiante de Derecho? -preguntó Marius. -Sí, señor, como vos. Anteayer entré

en la Base por casualidad; ya comprenderéis que alguna que otra vez le dan a uno esas

ideas. El profesor iba a pasar lista, y no ignoráis cuán ridículos son todos los profesores

en esos momentos. A las tres faltas os borran de la matrícula; sesenta francos perdidos.

Marius puso atención. Laigle continuó:

-El que pasaba lista era Blondeau. Ya lo conocéis; con su nariz puntiaguda husmea con

deleite a los ausentes. Repitió tres veces un nombre, Marius Pontmercy. Nadie respondió.

Lleno de esperanzas, tomó su pluma. Caballero, yo tengo buenos sentimientos. Me dije:

"Van a borrar a un buen muchacho, a un honorable perezoso, que falta a clase, que

vagabundea, que corre detrás de las mujeres, que puede estar en este instante con mi

amante. Salvémoslo. ¡Muera Blondeau! ¡Pérfido Blondeau, no tendrás lo víctima, yo lo la

arrebataré", y grité: ¡Presente! Y esto hizo que no os borraran...

-¡Caballero! -dijo Marius.

-Y que el borrado haya sido yo -añadió Laigle.

-No os comprendo -dijo Marius.

-Nada más sencillo. Yo estaba cerca de la cátedra para responder, y cerca de la puerta

para marcharme. El profesor me miraba con cierta fijeza. De repente Blondeau salta a la

letra L. La L es mi letra, porque me llamo Laigle.

-¡L'Aigle! ¡Qué hermoso nombre!

-Caballero, Blondeau llegó a este hermoso nombre, y gritó "¡Laigle!" Yo respondí

"¡Presente!" Entonces Blondeau me miró con la dulzura del tigre, se sonrió, me dijo: "Si

sois Pontmercy, no sois Laigle". Dicho esto, me borró.

Marius exclamó:

-Caballero, cuánto siento...

-Ante todo -lo interrumpió Laigle-, pido embalsamar a Blondeau con el siguiente

epitafio: "Aquí yace Blondeau, el narigón, el buey de la disciplina, el ángel de las listas

de asistencia, que fue recto, cuadrado, rígido, honesto y repelente. Que Dios lo borre

como él me borró a mí".

-Lo siento tanto... -balbuceó Marius.

-Joven -dijo Laigle-, que os sirva esto de lección: sed más puntual en adelante.

-Os pido mil perdones.

-No os expongáis a que borren a vuestro prójimo.

-Estoy desesperado.

Laigle soltó una carcajada.

-Y yo, dichoso. Estaba a punto de ser abogado y esto me salvó. Renuncio a los triunfos

del foro. No defenderé a la viuda ni atacaré al huérfano. Nada de toga, nada de estrados.

Obtuve que me borraran; y a vos os lo debo, señor Pontmercy. Debo haceros

solemnemente una visita de agradecimiento. ¿Dónde vivís?

-En este cabriolé -dijo Marius.

-Señal de opulencia -respondió Laigle con tranquilidad-. Os felicito. Tenéis una

habitación de nueve mil francos por año.

En ese momento salió Courfeyrac del café.

Marius sonrió tristemente.

-Estoy en este hogar desde hace dos horas, y deseo salir de él; pero no sé adónde ir.

-Caballero -dijo Courfeyrac-, venid a mi casa.

Tengo la prioridad -observó Laigle-, pero no tengo casa.

Courfeyrac subió al cabriolé.

-Cochero -dijo-, hostería de la Puetta SaintJacques.

Y esa misma tarde, Marius se instaló en un cuarto de la hostería de la Puerta Saint

Jacques al lado de Courfeyrac.

III

El asombro de Marius

En pocos días se hizo Marius amigo de Courfeyrac. La juventud es la estación de las

soldaduras rápidas y de las cicatrices leves. Marius, al lado de Courfeyrac, respiraba

libremente, cosa que era bastante nueva para él. Courfeyrac no le hizo ninguna pregunta,

ni pensó siquiera en hacerla. A esa edad, las fisonomías lo dicen todo en seguida y la

palabra es inútil. Hay jóvenes que tienen rostros abiertos. Se miran y se conocen.

Sin embargo, una mañana Courfeyrac le hizo bruscamente esta pregunta:

-A propósito, ¿tenéis opinión política?

-¡Vaya! -dijo Marius, casi ofendido de la pregunta.

-¿Qué sois?

-Demócrata bonapartista.

-Matiz gris de ratón confiado -dijo Courfeyrac.

Al día siguiente, Courfeyrac llevó a Marius al Café Musain y le dijo al oído

sonriéndose:

-Es preciso que os dé vuestra entrada a la revolución.

Lo condujo a la sala de los amigos del ABC, y lo presentó a los demás compañeros,

diciendo sólo estas palabras, que Marius no comprendió:

-Un discípulo.

Marius había caído en un avispero de talentos, pero, aunque silencioso y grave, no era

su inteligencia la menos ágil, ni la menos dotada.

Hasta entonces solitario y aficionado al monólogo y al aparte, por costumbre y por

gusto, se quedó como asustado ante esa bandada de pájaros. El vaivén tumultuoso de

aquellos ingenios libres y laboriosos confundía sus ideas.

Oía hablar de filosofía, de literatura, de arte, de historia y de religión, de una manera

inaudita. Vislumbraba aspectos extraños, y como no los ponía en perspectiva, no estaba

seguro de no ver el caos. Al abandonar las opiniones de su abuelo por las de su padre,

creyó adquirir ideas claras; pero ahora sospechaba con inquietud que no las tenía. El

prisma por el cual lo veía todo empezaba de nuevo a desplazarse.

Parecía que para aquellos jóvenes no había "cosas sagradas". Marius escuchaba, sobre

todo, un idioma nuevo y singular, molesto para su alma, aún muy tímida.

Ninguno de ellos decía nunca "el emperador", todos hablaban de Bonaparte. Marius

estaba asombrado.

El choque entre mentalidades jóvenes ofrece la particularidad admirable de que no se

puede nunca prever la chispa, ni adivinar el relámpago. ¿Qué va a brotar en un momento

dado? Nadie lo sabe. La carcajada parte de la ternura; la seriedad sale de un momento de

burla. Los impulsos provienen de la primera palabra que se oye. La vena de cada uno es

soberana. Un chiste basta para abrir la puerta de lo inesperado. Estas conversaciones son

entretenimientos de bruscos cambios, en que la perspectiva varía súbitamente. La casualidad

es el maquinista de estas discusiones.

Así, una idea importante, que surgió caprichosamente de entre un juego de palabras,

atravesó esta conversación en que se tiroteaban confusamente Grantaire, Bahorel,

Prouvaire, Laigle, Combeferre y Courfeyrac. En medio de la gritería Laigle gritó algo que

terminó por esta fecha: 18 de junio de 1815, Waterloo. Al oírla, Marius; sentado a una

mesa, principió a mirar fijamente al auditorio.

-Pardiez -exclamó Courfeyrac-, esa cifra 18 es extraña, y me conmueve. Es la cifra fatal

de Bonaparte, y la de Luis y la de brumario. Ahí tenéis todo el destino del hombre, con

esa particularidad de que el fin le pisa los talones al comienzo.

Enjolras, que hasta entonces había permanecido, mudo, dijo:

-Quieres decir, la expiación al crimen.

Esta palabra, crimen, pasaba el límite de lo que Marius podía aceptar, ya bastante

emocionado con la alusión a Waterloo. Se levantó y fue lentamente hacia el mapa de

Francia que había en la pared, en cuya parte inferior se veía una isla en un cuadrito

separado, y puso el dedo en este recuadro, diciendo:

-Córcega; isla pequeña que ha hecho grande a Francia.

Estas palabras fueron como un soplo de aire helado. Se notaba que algo estaba por

comenzar. Enjolras, cuyos ojos azules parecían contemplar el vacío, respondió sin mirar a

Marius:

-Francia no necesita ninguna Córcega para ser grande. Francia es grande porque es

Francia.

Marius no experimentó deseo alguno de retroceder. Se volvió hacia Enjolras y dejó oír

en su voz una vibración que provenía del estremecimiento de su corazón:

-No permita Dios que yo pretenda disminuir a Francia. Pero no la disminuye el unirla a

Napoleón. Hablemos de esto. Yo soy nuevo entre vosotros, pero os confieso que no me

asustáis. Hablemos del emperador. Os oigo decir Bonaparte,

como los realistas; os advierto que mi abuelo va más lejos, dice Bonaparte. Os creía

jóvenes. ¿En qué ponéis vuestro entusiasmo? ¿Qué hacéis? ¿Qué admiráis si no admiráis

al emperador? ¿Qué más necesitáis? Si no consideráis grande a éste, ¿qué grandes

hombres queréis? Napoleón lo tenía todo. Era un ser completo. Su cerebro era el cubo de

las facultades humanas. Hacía la historia y la escribía. De pronto, Europa se asustaba y

escuchaba; los ejércitos se ponían en marcha; había gritos, trompetas, temblor de tronos;

oscilaban las fronteras de los reinos en el mapa; se oía el ruido de una espada

sobrehumana que salía de la vaina; se le veía elevarse sobre el horizonte con una llama en

la mano, y el resplandor en los ojos, desplegando en medio del rayo sus dos alas, es decir,

el gran ejército y la guardia veterana. ¡Era el arcángel de la guerra!

Todos callaban. Marius, casi sin tomar aliento, continuó con entusiasmo creciente:

-Seamos justos, amigos. ¡Qué brillante destino de un pueblo ser el imperio de semejante

emperador, cuando el pueblo es Francia, y asocia su genio al genio del gran hombre!

Aparecer y reinar, marchar y triunfar, tener por etapas todas las capitales, hacer reyes de

los granaderos, decretar caídas de dinastías, transfigurar a Europa a paso de carga;

vencer, dominar, fulminar, ser en medio de Europa un pueblo dorado a fuerza de gloria;

tocar a través de la historia una marcha de titanes; conquistar el mundo dos veces, por

conquista y por deslumbramiento, esto es sublime. ¿Qué hay más grande?

-Ser libre -dijo Combeferre.

Marius bajó la cabeza; esta sola palabra, sencilla y fría, atravesó como una hoja de

acero su épica efusión, y sintió que ésta se desvanecía en él. Cuando levantó la vista,

Combeferre no estaba allí; satisfecho, probablemente, de su réplica, había partido y todos,

excepto Enjolras, le habían seguido. La sala estaba vacía.

Marius se preparaba para traducir en silogismos dirigidos a Enjolras lo que quedaba

dentro de él, cuando se escuchó la voz de Combeferre que cantaba al alejarse:

Si Cesar me hubiera dado la gloria y la guerra

Pero tuviera yo que abandonar el amor de mi madre,

Le diría yo al gran Cesar- toma tu cetro y tu carro,

Amo más a mi madre, amo más a mi madre.

-Ciudadano -dijo Enjolras, poniendo una mano en el hombro de Marius-, mi madre es

la República.

IV

Ensanchando el horizonte

Lo ocurrido en aquella reunión produjo en Marius una conmoción profunda, y una

oscuridad triste en su alma. ¿Debía abandonar una fe cuando acababa de adquirirla? Se

dijo que no, se aseguró que no debía dudar; pero, a pesar suyo, dudaba.

Temía, después de haber dado tantos pasos que lo habían aproximado a su padre, dar

otros nuevos que lo alejaran de él. Ya no estaba de acuerdo ni con su abuelo, ni con sus

amigos; era temerario para el uno, retrógrado para los otros. Dejó de ir al Café Musain.

Esta turbación de su conciencia no le permitía pensar en algunos pormenores bastante

serios de la vida; pero una mañana entró en su cuarto el dueño de la hostería y le dijo:

-El señor Courfeyrac ha respondido por vos.

-Sí.

-Pero necesito dinero.

-Decid al señor Courfeyrac que venga, que tengo que hablarle -dijo Marius.

Fue Courfeyrac y los dejó el hotelero. Marius le dijo que lo que no había pensado aún

decirle era que estaba solo en el mundo y no tenía parientes.

-¿Y qué vais a hacer? -dijo Courfeyrac.

-No lo sé -respondió Marius.

-¿Tenéis dinero?

-Quince francos.

-¿Queréis que os preste?

-No, jamás.

-¿Tenéis ropa?

-Esta que veis.

-¿Tenéis joyas?

-Un reloj.

-¿De plata?

-De oro.

-Yo sé de un prendero que os comprará vuestro abrigo y un pantalón.

-Bueno.

-No tendréis ya más que un pantalón, un chaleco, un sombrero y un traje.

-Y las botas.

-¡Qué! ¿No iréis con los pies descalzos? ¡Qué opulencia!

-Tendré bastante.

-Sé de un relojero que os comprará el reloj.

-Bueno.

-No, no es bueno. ¿Qué haréis después?

-Lo que sea preciso. A lo menos, todo lo que sea honrado.

-¿Sabéis inglés?

-No.

-¿Sabéis alemán?

-No.

-Una lástima.

-¿Por qué?

-Porque un librero amigo mío está publicando una especie de enciclopedia, para la cual

podríais traducir artículos alemanes o ingleses. Se paga mal, pero se vive.

-Aprenderé el inglés y el alemán.

-¿Y mientras tanto?

-Comeré mi ropa y mi reloj.

Llamaron al prendero, y compró la ropa en veinte francos. Fueron a casa del relojero y

vendieron el reloj en cuarenta y cinco francos.

-No está mal -dijo Marius a Courfeyrac al regresar a la hostería- con mis quince francos

tengo ochenta.

-¿Y la cuenta del hotel?

-Es verdad, la olvidaba -dijo Marius.

El hotelero presentó la cuenta, y hubo que pagarla en seguida. Eran setenta francos.

-Me quedan diez francos -dijo Marius.

-¡Malo! -dijo Courfeyrac-; gastaréis cinco francos en comer mientras aprendéis inglés,

y cinco francos mientras aprendéis alemán. Será como tragar una lengua muy de prisa, o

gastar cien sueldos muy lentamente.

Mientras tanto, la tía Gillenormand, que era bastante buena en el fondo, había logrado

descubrir la morada de Marius.

Una mañana, cuando Marius volvía de la cátedra, se encontró con una carta de su tía y

las "sesenta pistolas", es decir, seiscientos francos en oro dentro una cajita cerrada.

Marius devolvió el dinero a su tía con una respetuosa carta en que aseguraba que tenía

me-ios para vivir, y que podía cubrir todas sus necesidades. En aquel momento le

quedaban tres francos.

La tía no dijo nada al abuelo, para no enojarlo. Además, ¿no le había dicho que no le

hablara nunca más de ese bebedor de sangre?

Marius abandonó el hotel de la Puerta SaintJacques, para no contraer más deudas.

LIBRO QUINTO

Excelencia de la desgracia

I

Marius indigente

La vida empezó a ser muy dura para Marius. Comerse la ropa y el reloj no era nada.

Comió también esa cosa horrible que se compone de días sin pan, noches sin sueño,

tardes sin luz, chimenea sin fuego, semanas sin trabajo, porvenir sin esperanza, la levita

rota en los codos, el sombrero viejo que hace reír a las jóvenes, la puerta que se encuentra

cerrada de noche porque no se paga el alquiler, la insolencia del portero y del

almacenero, la burla de los vecinos, las humillaciones, la aceptación de cualquier clase de

trabajo; los disgustos, la amargura, el abatimiento. Marius aprendió a comer todo eso, y

supo que a veces era lo único que tenía para comer.

En esos momentos de la existencia en que el hombre tiene necesidad de orgullo porque

tiene necesidad de amor, sintió que se burlaban de él porque andaba mal vestido, y se

sintió ridículo porque era pobre. A la edad en que la juventud inflama el corazón, con

imperial altivez, bajó más de una vez los ojos a sus botas agujereadas, y conoció la

injusta vergüenza, el punzante pudor de la miseria. Prueba admirable y terrible, de la que

los débiles salen infames, de la que los fuertes salen sublimes. La vida, el sufrimiento, la

soledad, el abandono, la pobreza, son campos de batalla que tienen sus propios héroes;

héroes obscuros, a veces más grandes que los héroes ilustres.

Así se crean firmes y excepcionales naturalezas. La miseria, casi siempre madrastra, es

a veces madre. La indigencia da a luz la fortaleza de alma; el desamparo alimenta la

dignidad; la desgracia es la mejor leche para los generosos.

Hubo una época en la vida de Marius en que barría su miserable cuarto, en que

compraba dos cuartos de queso, en que esperaba que cayera la oscuridad del crepúsculo

para entrar en la panadería y comprar un pan que llevaba furtivamente a su buhardilla

como si lo hubiera robado. A veces se veía deslizarse en la carnicería de la esquina, entre

parlanchinas cocineras, a un joven de aspecto tímido y enojado, con unos libros bajo el

brazo, que al entrar se quitaba el sombrero, dejando ver el sudor que coma de su frente;

hacía un profundo saludo a la carnicera sorprendida, otro al criado de la carnicería, pedía

una chuleta de carnero, la pagaba, la envolvía en un papel, la ponía debajo del brazo entre

dos libros, y se iba. Era Marius. Con la chuleta, que cocía él mismo, vivía tres días. El

primer día comía la carne, el segundo bebía el caldo, y el tercero roía el hueso.

En varias ocasiones la tía Gillenormand le envió las sesenta pistolas. Marius se las

devolvía siempre, diciendo que nada necesitaba.

Llegó un día en que no tuvo traje que ponerse. Courfeyrac, a quien había hecho algunos

favores, le dio uno viejo. Marius lo hizo virar por treinta francos y le quedó como nuevo.

Pero era verde, y Marius desde entonces no salió sino después de caer la noche, cuando el

traje parecía negro. Quería vestirse siempre de luto por su padre, y se vestía con las

sombras de la noche.

En medio de todo esto se recibió de abogado; dio parte a su abuelo en una carta fría,

pero llena de sumisión y de respeto. El señor Gillenormand cogió la carta temblando, la

leyó, y la tiró hecha cuatro pedazos al cesto. Dos o tres días después, la señorita

Gillenormand oyó a su padre, que estaba solo en su cuarto, hablar en voz alta, lo que le

sucedía siempre que estaba muy agitado; oyó que el anciano decía:

-Si no fueses un imbécil, sabrías que no se puede ser a un tiempo barón y abogado.

II

Marius pobre

Con la miseria sucede lo que con todo: llega a hacerse posible; concluye por tomar una

forma y ordenarse. Se vegeta, es decir se existe de una cierta manera mínima, pero

suficiente para vivir.

Marius Pontmercy había arreglado así su existencia:

Había salido ya de la gran estrechura. A fuerza de trabajo, de valor, de perseverancia y

de voluntad había conseguido ganar unos setecientos francos al año. Aprendió alemán a

inglés y gracias a Courfeyrac, que lo puso en contacto con su amigo el librero, hacía

prospectos, traducía de los periódicos, comentaba ediciones, compilaba biografías.

Marius vivía ahora en la casa Gorbeau, donde ocupaba un cuchitril sin chimenea, que

llamaban estudio, donde no había más muebles que los indispensables. Estos muebles

eran suyos. Daba tres francos al mes a la portera por barrer y por subirle en la mañana un

poco de agua caliente, un huevo fresco y un panecillo de a cinco céntimos.

Tenía siempre dos trajes completos; uno viejo para todos los días, y otro nuevo para las

ocasiones; ambos eran negros. Sólo tenía tres camisas, una puesta, otra en la cómoda y la

tercera en la casa de la lavandera.

Para llegar a esta situación floreciente le fueron necesarios algunos años muy difíciles y

duros. Todo lo había padecido en materia de desamparo; todo lo había hecho excepto

contraer deudas. Prefería no comer a pedir prestado, y así había pasado muchos días

ayunando.

En todas sus pruebas se sentía animado, y aun algunas veces impulsado por una fuerza

secreta que tenía dentro de sí. El alma ayuda al cuerpo, y en ciertos momentos le sirve de

apoyo.

Al lado del nombre de su padre se había grabado otro nombre en su corazón, el de

Thenardier. En su carácter entusiasta y serio, Marius rodeaba de una especie de aureola al

hombre que, pensaba él, había salvado la vida de su padre en medio de la metralla de

Waterloo. Lo que redoblaba su agradecimiento era la idea del infortunio en que sabía

había caído el desaparecido Thenardier. Desde que supo de su ruina en Montfermeil, hizo

esfuerzos inauditos durante tres años para encontrar sus huellas. Era la única deuda que le

dejara su padre.

-¡Cómo -pensaba-, si cuando mi padre yacía moribundo en el campo de batalla

Thenardier supo encontrarlo en medio de la humareda y llevarlo en brazos entre las balas,

yo, el hijo que tanto le debe, no puedo encontrarlo en la sombra donde agoniza y traerlo a

mi vez de vuelta a la vida!

Encontrar a Thenardier, hacerle un favor cualquiera, decirle: "No me conocéis. pero yo

sí os conozco. ¡Aquí estoy, disponed de mí!", era el sueño más dulce y magnífico de

Marius.

III

Marius hombre

En esta época tenía Marius veinte años, y hacía tres que había abandonado a su abuelo,

sin tratar ni una sola vez de verlo. Además, ¿para qué se habían de ver? ¿para volver a

discutir?

Pero Marius se equivocaba al juzgar el corazón del anciano. Creía que su abuelo no lo

había querido nunca y que ese hombre duro y burlón, que juraba, gritaba, tronaba y

levantaba el bastón, no había tenido para él más que ese afecto ligero y severo típico de

las comedias de vaudeville. Marius se engañaba. Hay padres que no quieren a sus hijos,

pero no hay un solo abuelo que no adore a su nieto.

En el fondo, ya hemos dicho, el señor Gillenormand idolatraba a Marius. Lo idolatraba

a su manera, con acompañamiento de golpes. Mas, cuando desapareció el niño,

experimentó un negro vacío en el corazón; exigió que no le hablasen más de él,

lamentando en su interior ser tan bien obedecido.

En los primeros días esperó que el bonapartista, el jacobino, el terrorista, el

septembrista, volviera; pero pasaron las semanas, pasaron los meses, pasaron los años, y

con gran desesperación del señor Gillenormand, el bebedor de sangre no volvió. Se

preguntaba: Si volviera a pasar lo mismo, ¿volvería yo a obrar del mismo modo? Su

orgullo respondía inmediatamente que sí; pero su encanecida cabeza, que sacudía en

silencio, respondía tristemente que no. Le hacía falta Marius, y los viejos tienen tanta

necesidad de afectos como de sol.

Mientras que el viejo padecía, Marius se aplaudía a sí mismo. Como a todos los buenos

corazones, la desgracia lo había hecho perder la amargura. Sólo pensaba en el señor

Gillenormand con dulzura; pero se había propuesto no recibir nada del hombre "que

había sido malo con su padre". Por otra parte, estaba feliz de haber padecido, y de

padecer aún, porque lo hacía por su padre. Pensaba que la única manera de acercarse a él

y de parecérsele, era siendo muy valiente ante la pobreza como él lo fue ante el enemigo,

y que a eso se refería su padre cuando escribió: "Estoy cierto que mi hijo será digno."

Vivía muy solitario. A causa de su afición a permanecer extraño a todo, y también a

causa de haberse asustado demasiado, no había entrado decididamente en el grupo

presidido por Enjolras. Habían quedado como buenos camaradas, dispuestos a ayudarse

mutuamente en lo que fuera.

Marius tenía dos amigos. Uno joven, Courfeyrac, y otro viejo, el señor Mabeuf; se

inclinaba más al viejo, porque le debía, en primer lugar, la revolución que en su interior

se había realizado, y en segundo lugar, por haber conocido y amado a. su padre. "Me

operó de la catarata", decía.

El señor Mabeuf había iluminado a Marius por casualidad y sin saberlo, como lo hace

una vela que alguien trae a la oscuridad. El había sido la vela y no el alguien.

En cuanto a la revolución política interior de Marius, el señor Mabeuf era

absolutamente incapaz de comprenderla, de desearla y de dirigirla.

IV

La pobreza es buena vecina de la miseria

A Marius le gustaba aquel anciano cándido que caía lentamente en una indigencia que

lo asombraba sin entristecerlo todavía. Marius se encontraba con Courfeyrac y buscaba al

señor Mabeuf, claro que sólo unas dos veces al mes a lo sumo.

Marius se inclinaba demasiado hacia la meditación y descuidaba el trabajo; pasaba días

enteros dedicado a vagar y a soñar. Decidió hacer el mínimo posible de trabajo material

para dejar mayor tiempo a la contemplación. Su máximo placer era hacer largos paseos

por el Campo de Marte o por las avenidas menos frecuentadas del Luxemburgo. Los

transeúntes lo miraban con sorpresa y desconfiaban de él por su aspecto. Pero era sólo un

joven pobre que soñaba sin motivo alguno.

En uno de esos paseos descubrió el caserón Gorbeau, y su aislamiento y el bajo alquiler

lo tentaron. Allí se instaló; lo conocían por el señor Marius.

Sus pasiones políticas se habían desvanecido; la revolución de 1830 las había calmado.

A decir verdad, ahora no tenía opiniones, sino más bien simpatías. ¿De qué partido

estaba? Del partido de la humanidad. Dentro de la humanidad, Francia; dentro de Francia

elegía al pueblo; en el pueblo, elegía a la mujer.

Creía, y probablemente tenía razón, haber llegado a la verdad de la vida y de la filosofía

humana, y había concluido por mirar sólo el cielo, la única cosa que la verdad puede ver

del fondo de su pozo.

En medio de tales ensueños, cualquiera que mirara dentro del alma de Marius, habría

quedado deslumbrado de su pureza.

Hacia mediados de este año 1831, la mujer que servía a Marius le contó que iban a

echar a la calle a sus vecinos, la miserable familia Jondrette. Marius, que pasaba casi todo

el día fuera de casa, apenas sabía si tenía vecinos.

-¿Y por qué les quitan la pieza?

-Porque no pagan el alquiler. Deben dos plazos.

-¿Y cuánto es?

-Veinte francos.

Marius tenía treinta francos ahorrados en un cajón.

-Tomad -dijo a la vieja-, ahí tenéis veinticinco. Pagad por esa pobre gente, dadles cinco

francos, y no digáis que lo hago yo.

LIBRO SEXTO

La conjunción de dos estrellas

I

El apodo: manera de formar nombres de familia

Por aquella época era Marius un joven de hermosas facciones, mediana estatura,

cabellos muy espesos y negros, frente ancha a inteligente; tenía aspecto sincero y

tranquilo, y sobre todo un no sé qué en el rostro que denotaba a la par altivez, reflexión a

inocencia.

En el tiempo de su mayor miseria, observaba que las jóvenes se volvían a mirarle

cuando pasaba, lo cual era causa de que huyera o se ocultara con la muerte en el alma.

Creía que lo miraban por sus trajes viejos, y que se reían de ellos; el hecho es que lo

miraban por buen mozo, y que más de una soñaba con él.

Aquella muda desavenencia entre él y las lindas muchachas que se le cruzaban lo

habían hecho huraño. No eligió a ninguna por la sencilla razón de que huía de todas.

Courfeyrac le decía:

-Te voy a dar un consejo, amigo mío. No leas tantos libros y mira un poco más a las

bellas palomitas. Esas picaronas valen la pena, Marius querido. Te vas a embrutecer de

tanto huirles y de tanto ruborizarte.

Otros días, al encontrarse en la calle Courfeyrac lo saludaba diciendo:

-Buenos días, señor cura.

Sin embargo habían en esta inmensa creación dos mujeres de las cuales Marius no huía:

una era la vieja barbuda que barría su cuarto, y la otra una joven a la cual veía

frecuentemente, pero sin mirarla.

Desde hacía más de un año, Marius observaba en una avenida arbolada del

Luxemburgo a un hombre y a una niña, casi siempre sentados uno al lado del otro en el

mismo banco, en el extremo más solitario del paseo por el lado de la calle del Oeste.

Cada vez que la casualidad llevaba a Marius por esa avenida, y esto sucedía casi todos los

días, hallaba allí a la misma pareja.

El hombre podría tener sesenta años; parecía triste; tenía el pelo muy blanco. Vestía

abrigo y pantalón azules y un sombrero de ala ancha.

La primera vez que vio a la joven que lo acompañaba, era una muchacha de trece o

catorce años, flaca, hasta el punto de ser casi fea, encogida, insignificante, y que tal vez

prometía tener bastante buenos ojos. Tenía ese aspecto a la vez aviejado a infantil de las

colegialas de un convento y vestía un traje negro y mal hecho. Parecían padre a hija.

Hablaban entre sí con aire apacible a indiferente. La joven charlaba sin cesar y

alegremente; el viejo hablaba poco, pero fijaba en ella sus ojos, llenos de una inefable

ternura paternal.

Marius se acostumbró a pasearse por aquella avenida todos los días durante el primer

año. El hombre le agradaba, pero la muchacha le pareció un poco tosca y muy sin gracia.

Courfeyrac, como la mayoría de los estudiantes que por allí se paseaban, también los

había observado, pero como encontró fea a la niña, no los miró más. Pero le habían

llamado la atención el vestido de la niña y los cabellos del anciano y los bautizó, a la

joven como señorita Lanegra, y al padre como señor Blanco. Y así los llamaban todos.

Marius halló muy cómodos estos nombres para nombrar a los desconocidos.

Seguiremos su ejemplo, y adoptaremos el nombre de señor Blanco para mayor facilidad

de este relato.

En el segundo año sucedió que la costumbre de pasear por el Luxemburgo se

interrumpió, sin que el mismo Marius supiera por qué, y estuvo cerca de seis meses sin

poner los pies en aquel paseo. Por fin, un día volvió allá. Era una serena mañana de estío,

y Marius estaba alegre como se suele estar cuando hace buen tiempo. Le parecía tener en

el corazón el canto de todos los pájaros que escuchaba y todos los trozos de cielo azul

que veía a través de las hojas de los árboles.

Fue directamente a su avenida, y divisó, siempre en el mismo banco, a la consabida

pareja. Solamente que cuando se acercó vio que el hombre continuaba siendo el mismo,

pero le pareció que la joven no era la misma. La persona que ahora veía era una hermosa

y esbelta criatura de unos quince a dieciséis años. Tenía cabellos castaños, matizados con

reflejos de oro; una frente que parecía hecha de mármol; mejillas como pétalos de rosa;

una boca de forma exquisita, de la cual brotaba la sonrisa como una luz y la palabra como

una música. Y para que nada faltase a aquella figura encantadora, la nariz no era bella,

era linda; ni recta, ni aguileña, ni italiana, ni griega; era la nariz parisiense, es decir, esa

nariz graciosa, fina, irregular y pura que desespera a los pintores y encanta a los poetas.

Cuando Marius pasó cerca de ella, no pudo ver sus ojos, que tenía constantemente

bajos. Sólo vio sus largas pestañas de color castaño, llenas de sombra y de pudor.

Esto no impedía que la hermosa joven se sonriera escuchando al hombre de cabellos

blancos que le hablaba; y nada tan encantador como aquella fresca sonrisa con los ojos

bajos.

No era ya la colegiala con su sombrero anticuado, su traje de lana, sus zapatones y sus

manos coloradas. El buen gusto se había desarrollado en ella a la par de la belleza. Era

una señorita bien vestida, sencilla y elegante sin pretensión.

La segunda vez que Marius llegó cerca de ella, la joven alzó los párpados; sus ojos eran

de un azul profundo. Miró a Marius con indiferencia. Marius, por su parte, continuó el

paseo pensando en otra cosa.

Pasó todavía cuatro o cinco veces cerca del banco donde estaba la joven, pero sin

mirarla.

II

Efecto de la primavera

Un día el aire estaba tibio y el Luxemburgo inundado de sombra y de sol; el cielo puro

como si los ángeles lo hubieran lavado por la mañana; los pajarillos cantaban

alegremente posados en el ramaje de los castaños. Marius había abierto toda su alma a la

naturaleza; en nada pensaba, sólo vivía y respiraba. Pasó cerca del banco; la joven alzó

los ojos, y sus miradas se encontraron.

¿Qué había esta vez en la mirada de la joven? Marius no hubiera podido decirlo. No

había nada y lo había todo. Fue un relámpago extraño.

Ella bajó los ojos; él continuó su camino. Lo que acababa de ver no era la mirada ingenua

y sencilla de un niño; era una sima misteriosa que se había entreabierto, y luego

bruscamente cerrado.

Hay un día en que toda joven mira así. ¡Pobre del que se encuentra cerca! Esta primera

mirada de un alma que no se conoce todavía es como el alba en el cielo. Es una especie

de ternura indecisa que se revela al azar y que espera. Es una trampa que la inocencia

arma sin saberlo, donde atrapa los corazones sin quererlo.

Por la tarde, al volver a su buhardilla, Marius fijó la vista en su traje, y notó por primera

vez que era una estupidez inaudita irse a pasear al Luxemburgo con su tenida de todos los

días, es decir, con un sombrero roto, con botas gruesas como las de un carretero, un

pantalón negro que estaba blanquecino en las rodillas, y una levita negra que palidecía

por los codos.

Al día siguiente, a la hora acostumbrada, Marius sacó del armario su traje nuevo, su

sombrero nuevo y sus botas nuevas, y se fue al Luxemburgo.

En el camino se encontró con Courfeyrac, y se hizo el que no lo veía. Courfeyrac, al

volver a su casa, dijo a sus amigos:

-Me acabo de cruzar con el sombrero nuevo y el traje nuevo de Marius, con Marius

adentro. Iba sin duda a dar algún examen. ¡Tenía una cara de idiota!

Al desembocar en el paseo, Marius divisó al otro extremo al señor Blanco y a la joven,

y se fue derecho al banco. A medida que se acercaba, iba acortando el paso. Llegado a

cierta distancia del banco, se volvió en dirección opuesta a la que llevaba. La joven

apenas pudo verlo de lejos y notar lo bien que se veía con su traje nuevo. En tanto, él

caminaba muy derecho para tener buena figura, en el caso de que lo mirara alguien.

Llegó al extremo opuesto; después volvió, y se acercó un poco más al banco, y cruzó

nuevamente por delante de la joven. Esta vez estaba muy pálido. Se alejó, y como aun

volviéndole la espalda se figuraba que lo miraba, esta idea lo hacía tropezar.

Por primera vez en quince meses pensó que tal vez aquel señor que se sentaba allí todos

los días con aquella joven habría reparado sin duda en él, y que le habría parecido extraña

su asiduidad.

Ese día se olvidó de ir a comer. No se acostó sino después de haber cepillado su traje y

de haberlo doblado con gran cuidado.

Así pasaron quince días. Marius iba al Luxemburgo, no para pasearse, sino para

sentarse siempre en el mismo sitio y sin saber por qué, pues luego que llegaba allí, no se

movía. Todas las mañanas se ponía su traje nuevo para no dejarse ver, y al día siguiente

volvía a hacer lo mismo.

La señora Burgon, la portera-inquilina principal-sirvienta de casa Gorbeau, constataba,

atónita, que Marius volvía a salir con su traje nuevo.

-¡Tres días seguidos! -exclamó.

Trató de seguirlo, pero Marius caminaba a grandes zancadas. Lo perdió de vista a los

dos minutos; volvió a la casa sofocada y furiosa.

Marius llegó al Luxemburgo. La joven y el anciano estaban allí.

Se acercó fingiendo leer un libro, pero volvió a alejarse rápidamente y se fue a sentar a

su banco, donde pasó cuatro horas mirando corretear los gorriones.

Así pasaron quince días. Marius ya no iba al Luxemburgo a pasearse, sino a sentarse

siempre en el mismo lugar, sin saber por qué. Una vez allí, ya no se movía más. Y todos

los días se ponía el traje nuevo, para que nadie lo viera, y recomenzaba a la mañana

siguiente.

La joven era de una hermosura realmente maravillosa.

III

Prisionero

Uno de los últimos días de la segunda semana, Marius se encontraba como de

costumbre sentado en su banco, con un libro abierto en la mano. De súbito se estremeció.

El señor Blanco y su hija acababan de abandonar su banco y se dirigían lentamente hacia

donde estaba Marius.

-¿Qué vienen a hacer aquí? -se preguntaba angustiado Marius-. ¡Ella va a pasar frente a

mí! ¡Sus pies van a pisar esta arena, a mi lado! ¿Me irá a hablar este señor?

Bajó la vista. Cuando la alzó, ya estaban a pocos pasos. Al pasar, la joven lo miró,

fijamente, con una dulzura que lo hizo temblar de la cabeza a los pies. Le pareció que ella

le reprochaba haber pasado tanto tiempo sin ir a verla, y que le decía: Soy yo la que

vengo.

Marius sentía arder su cabeza. ¡Ella. había ido hacia él, qué dicha! ¡Y cómo lo había

mirado! Le pareció más hermosa que antes. La siguió con sus ojos hasta que se perdió de

vista.

Salió del Luxemburgo con la esperanza de encontrarla en la calle.