venmarktec - La Fierecilla Domada

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PERSONAJES

En el prólogo:

Un noble (lord).

CRISTÓBAL SLY, calderero.

Una hostelera.

Pajes, cómicos, monteros y criados del lord.

En la comedia:

BAUTISTA, hidalgo rico de Padua.

VINCENTIO, hidalgo anciano de Pisa.

LUCENTIO, hijo de Vincentio, galán de Blanca.

PETRUCHIO, hidalgo de Verona, pretendiente y

luego marido de Catalina.

GREMIO, HORTENSIO, pretendientes de Blanca.

TRANIO, BIONDELLO (muchacho joven), servidores

de Lucentio.

GRUMIO, hombre diminuto, lacayo de Petruchio

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CURTIS, criado viejo, encargado de la casa de campo

de Petruchio.

NATANIEL, FELIPE, JOSÉ, NICOLÁS, PEDRO,

criados de Petruchio.

Un pedagogo de Mantua.

CATALINA (la Tarasca), BLANCA, hijas de Bautista.

Una viuda.

Un sastre, un mercader, criados al servicio de Bautista

y de Petruchio.

La acción ocurre en Padua y en la casa de campo de

Petruchio

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PRÓLOGO

ESCENA PRIMERA

Ante la puerta de una taberna en un bosquecillo

(Se abre la puerta de la taberna y sale SLY, expulsado por la

TABERNERA)

SLY.-¡Por quien soy, que te voy a cardar el moño!

TABERNERA.-¡Las esposas es lo que te hacen

falta, bribón!

SLY.-La bribona y redomada lo eres tú. Los Sly

jamás fueron pícaros. Puedes informarte en las crónicas.

Vinimos a Inglaterra con Ricardo el Conquistador.

Por consiguiente, paucas pallabris, que el

mundo siga dando vueltas y punto en boca.

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TABERNERA.-¿Es decir que no quieres pagar

los vasos que has roto?

SLY.-¡Ni un denario! ¡Largo, largo, la santa Jerónima!

Vete a calentar la cama, que la tienes fría.

TABERNERA.-PUeS entonces ya sé lo que tengo

que hacer: ir a buscar al oficial del barrio.

SLY.-Oficial, capitán o comandante, la ley me

servirá de respuesta. No me vuelvo atrás de lo que

he dicho ¡ni una pulgada!, hermosa. Que venga, que

venga, y será bien recibido. (Cae por tierra y se duerme.

Al punto se oye el estrépito producido por cuernos de caza, y

seguidamente entra un Noble que vuelve, tras una batida, con

sus piqueros y criados.)

NOBLE.-Montero, te recomiendo mis perros.

Cuídalos como es debido. Sangra a Merriman. La

fatiga y la espuma ahogan a la pobre bestia; y pon

juntos a Clowder y la perra de la boca grande. ¿Has

visto, muchacho, cómo Silver ha encontrado la pista

en el recodo del seto? No quisiera perder este perro

por veinte libras.

PRIMER MONTERO.-Pues Belman no le va en

zaga, señor. Apenas la pista perdida, ¡qué manera de

ladrar! Y por dos veces la ha encontrado y en los

sitios más oreados. Para mí es el mejor de los perros,

creedme.

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NOBLE.-¡Bah!, eres bobo. Si Echo fuese tan rápido

como él, ¡doce Belman valdría! Pero bueno,

hazlo comer como es debido y ocúpate bien de todos,

pues mañana quiero cazar aún.

PRIMER MONTERO-Contad conmigo, señor.

NOBLE.-(Viendo a Sly.) Pero, ¿qué es esto? ¿Un

muerto o un borracho? Mirad a ver si respira.

SEGUNDO MONTERO.-Respira, respira, señor.

Y por fortuna para él, la cerveza le calienta. De

otro modo, difícil que durmiese tan profundamente

en cama tan fría.

NOBLE.-¡Qué bruto! Ahí le tenéis, tumbado

como un cerdo. Innoble y repugnante imagen de la

sombría muerte. Pero me voy a divertir con este borracho.

Vamos a ver: ¿creéis que transportado a una

buena cama, entre sábanas finas, anillos en los dedos,

una mesa suculenta junto a él al abrir los ojos y

en torno criados de librea; creéis, digo que este

mendigo olvidaría lo que es?

PRIMER MONTERO.-¡Qué duda cabe, señor!

Cómo querríais que ocurriese otra cosa.

SEGUNDO MONTERO.-¡Y qué sorpresa al

despertar!

NOBLE.-Poco más o menos, como la impresión

que causa un ensueño halagador o una quimera.

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Pues dicho y hecho: levantadle con todo cuidado y

preparemos bien la broma. Llevadle suavemente

hasta la más hermosa de mis alcobas y llenadla con

los cuadros que tengo más excitantes. Lavad asimismo

su cabeza, ¡tan sucia!, con aguas templadas y

bien perfumadas, e incluso quemad maderas olorosas

para que perfumen la estancia. Y para cuando

vaya a despertar, tened preparada una orquesta a

punto de dejar oír una música dulce, celestial. Y si

empieza a hablar, amontonaos presurosos en torno

suyo y decidle del modo más humilde y respetuoso:

“¿Qué desea vuestra señoría?” Y al momento que

uno de vosotros se le acerque con una aljofaina de

plata llena de agua de rosas cubierta de otras flores

deshojadas. Otro que lleve un jarro. Un tercero, una

toalla toda brochada y que al ofrecérsela diga: “¿Le

agradaría a vuestra señoría refrescarse las manos?”

Al mismo tiempo, que otro tenga dispuesto cuanto

necesite para su atavío y le pregunte qué traje se

quiere poner. Aún otro le hablará de sus perros y de

sus caballos, sin olvidar a su amante esposa, a quien

su enfermedad tiene tristísima. En fin, persuadidle

de que ha estado loco. Y cuando responda que él es

fulano de tal, decidle que sueña, que quien es realmente

es un gran señor y no otra cosa. Si lleváis la

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cosa con habilidad y discreción, no habrá entretenimiento

comparable.

PRIMER MONTERO.-Yo os garantizo, señor,

que representaremos nuestro papel de un modo tan

perfecto, que no dudará en creer que es quien le digamos

que sea.

NOBLE.-Pues bien, levantadle con todo cuidado

y llevadle a la cama. Y estad preparados para cuando

abra los ojos. (Los criados se llevan a S1y. Al punto

empieza a sonar ruido de trompetas.) Tú, bribón, ve a ver

qué trompeta es esa que se oye. (El criado sale.) Sin

duda algún noble caballero en viaje que, fatigado,

desea descansar aquí. (Vuelve el criado.) Veamos: ¿qué

es?

CRIADO.-Con el permiso de vuestra señoría, se

trata de una compañía de cómicos que se ofrecen a

representar ante vuestro honor.

NOBLE.-Ve y diles que se acerquen. (Entran los

cómicos.) Sed bien venidos, muchachos.

Cómicos.-Gracias, noble señor.

NOBLE.-¿Tenéis el propósito de permanecer en

mi casa esta noche?

UNO DE LOS CÓMICOS.-Si place a vuestra

señoría aceptar nuestros servicios, honradísimos.

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NOBLE.-Por mí, con mucho gusto. Por cierto,

que he aquí un bravo del que me acuerdo muy bien.

Sí, recuerdo haberle visto hacer el papel del hijo

mayor de un granjero. Aquella comedia en que tan

admirablemente hacías la corte a cierta gran dama.

Tu nombre le he olvidado, pero el papel, a fe que te

iba de maravilla. Y que le representabas del modo

más natural del mundo.

UN CÓMICO.-Me parece que vuestra señoría se

refiere a Soto.

NOBLE.-En efecto. Y tú representabas el papel

a la perfección. Pues bien, habéis llegado a pedir de

boca. Tan a punto, que preparo un entretenimiento

en el que vuestra habilidad podrá serme sumamente

útil. Hay aquí cierto, señor que sería feliz viéndoos

representar esta noche. Pero mucho me temo que

no seáis capaz de guardar la compostura debida al

ver su extraña traza. Porque trátase de un elevado

personaje que no obstante, jamás ha presenciado

una obra de teatro y, como digo, temo se os escape

alguna broma que le ofendería gravemente. Por

consiguiente, os lo advierto mucho: por poco, amigos

míos, que os viese reír, se pondría furioso.

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UN CÓMICO.-No temáis nada, excelencia. Sabremos

contenernos, aunque fuese el más grotesco

personaje del mundo.

NOBLE.-Tú, pícaro, llévales al cuarto de servicio

y que todos reciban la buena acogida que merecen.

Que no carezcan de nada cuanto se les pueda

ofrecer en mi casa. (Sale el criado seguido de los cómicos.

El noble sigue, dirigiéndose a otro criado.) Y tú, bribón, ve

a buscar a Bartolomé, mi paje, y dile que de pies a

cabeza se vista como una dama. Y una vez hecho

llévale al cuarto del borracho, llamándole siempre

“señora” e inclinándote al hacerlo en señal de profundo

respeto. En cuanto a él, dile que si quiere tenerme

contento que imite la manera de conducirse

de las señoras nobles cuando están en presencia de

sus maridos. Que como tal se comporte con el borracho,

y que hablándole con voz dulce y con rendida

sumisión le diga, por ejemplo: “¿Qué tiene que

ordenar hoy vuestra señoría que pueda permitir a

vuestra obediente, esposa testimoniaros su celo y

probaros su amor?” Y al punto, abrazándole cariñosamente

y entre tiernos besos, y apoyando su cabeza

en su pecho, que trate de llorar, diciéndole que tales

lágrimas vienen de la alegría que siente viendo cómo

su noble señor ha vuelto a sus sentidos tras haberse

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imaginado, durante siete largos años, que no era sino

un pobre mendigo. Y, caso de que mi paje no

tenga ese don, tan fácil a las mujeres, de verter a

voluntad lágrimas a torrentes, podrá salir del paso

mediante una cebolla cuidadosamente envuelta en

su pañuelo que, cerca de los ojos, hará que están

constantemente húmedos. Corre a poner en práctica

inmediatamente lo que te digo, que luego te daré

nuevas instrucciones. (Sale el criado.) Seguro que el

paje imitará a la perfección la gracia, la voz, el porte

y los ademanes de una dama de calidad. Impaciente

estoy ya por oír cómo llama al borracho esposo

mío, y por ver cómo los demás, conteniendo la risa,

se apresuran a prestar toda clase de homenajes al

patán. Voy a hacerles aún algunas recomendaciones.

Mi presencia moderará, además, su humor, naturalmente

demasiado alegre, pues sin ello fácilmente

podrían ir más allá de los justos límites. (Salen todos.)

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ESCENA II

Una alcoba en el palacio del noble

(SLY, vestido con una rica bata, está rodeado de criados.

Unos tienen en sus manos vestidos suntuosos; otros, aljofaina,

jarro y demás neceseres para lavarse. Entra también el noble,

pero modestamente vestido.)

SLY.-Por el amor de Dios, dadme un jarrillo de

cerveza.

PRIMER CRIADO.-¿No le agradaría a Vuestra

Señoría una copa de vino de Canarias?

SEGUNDO CRIADO.-¿Y no probaría Vuestra

Excelencia estas exquisitas frutas en dulce?

TERCER CRIADO.-¿Qué traje desea Vuestra

Honor ponerse hoy?

SLY.-Yo soy Cristóbal Sly. No me hartéis, pues,

con tanta “Señoría” y “Excelencia”. En cuanto al

vino de Canarias, jamás lo he catado; y si queréis

darme algo preparado, que sea buey bien ahumado.

No me preguntéis tampoco qué traje quiero ponerme,

pues no tengo más justillos que espaldas, más

calzas que piernas, ni más zapatos que pies. Es más,

con frecuencia me ocurre tener más pies que zapaW

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tos. O tales zapatos que los dedos asomen por los

agujeros del cuero.

NOBLE.-¡Que el cielo libre a Vuestra Señoría de

la triste chifladura de que es víctima! ¿Cómo es posible

que señor tan poderoso, de tan elevada cuna,

dueño de tan cuantiosa fortuna y de tan altísima

consideración, sea víctima de tan insensata manía?

SLY.-Pero, vamos a ver, ¿es que queréis volverme

loco? ¿Es que acaso no soy Cristóbal Sly, el hijo

del viejo Sly, de Burton-heath, buhonero de nacimiento,

fabricante de cuerdas, gracias a su educación,

por cambio, exhibidor de osos y actualmente

calderero de oficio? Preguntad a Mariam Hacket, la

tabernera gorda de Wincot, si me conoce o no. Y si

no dice que la he dejado de cuenta catorce denarios

de cerveza, tenedme por el más redomado embustero

de la cristiandad... (Un criado le trae un jarro con cerveza.)

¿Quién habla de que yo haya perdido la

cabeza? A la... (Bebe.)

TERCER CRIADO.-¡Ay!, eso es lo que hace

gemir a vuestra esposa.

SEGUNDO CRIADO.-¡Y lo que abruma a

vuestros servidores!

NOBLE.-Y he aquí por qué vuestros parientes

huyen de vuestra casa, expulsados de ella por vuesL

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tro triste extravío. Ea, noble señor, piensa en tu nacimiento,

llama de su destierro a tus pensamientos

de otro tiempo, y aleja, por el contrario, lo más que

te sea posible, estas divagaciones de ahora, tan bajas

y abyectas. Mira cómo tus servidores se agolpan en

torno tuyo, dispuesto cada uno a servirte a la menor

de tus indicaciones. ¿Te placería oír música? Escucha.

(Se oye, en efecto, una música dulcísima.) El propio

Apolo toca, y veinte ruiseñores enjaulados cantan.

¿Prefieres, acaso, dormir? Si es así, te conduciremos

a un lecho más suave y mullido que el preparado ex

profeso para Semíramis. ¿Es que acaso deseas pasearte?

Si así es, cubriremos el camino de alfombras.

¿Te agradaría montar a caballo? Tus bridones están

dispuestos y enjaezados con arneses bordados con

oro y perlas. ¿Te apetece tal vez cazar con halcón?

Precisamente tienes muchos, cuyo vuelo es más rápido

que el de la alondra mañanera. ¿Acaso la

montería? Tu jauría hará resonar el cielo y despertará

con sus ladridos el eco estridente de las cavernas.

PRIMER CRIADO.-Di, señor, que lo que quieres

es cazar a la carrera, pues tus lebreles son tan

rápidos como ciervos lanzados, y más ágiles que las

corzas mismas.

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SEGUNDO CRIADO.-¿Te placen los cuadros?

Si es así, al punto te traeremos uno que representa a

Adonis al borde de un arroyo, y a Citerea, oculta

entre unas cañas, que diríase que se mueven y ondulan

a causa de su aliento, lo mismo que cuando

son agitadas por la brisa.

NOBLE.-Te mostraremos a lo, aún virgen, en el

momento de ser seducida por sorpresa. La pintura

es tan viva que diríase que se ve la escena.

TERCER CRIADO.-O bien a Dafné, errando a

través de la agreste espesura que la araña las piernas.

Pero con tal verdad, que se juraría que sangra, y que

Apolo, desolado, llora al verlo. ¡De tal modo, sangre

y lágrimas están pintadas con arte magistral!

NOBLE.-Eres un gran señor y tan sólo un gran

señor. En cuanto a tu dama, infinitamente más hermosa

es que todas las de este degenerado tiempo.

PRIMER CRIADO.-Antes de que las lágrimas

que vertió por tu culpa cayesen a raudales por su

hermosísimo rostro, era la más hermosa criatura del

mundo. Incluso hoy no cedería a ninguna otra en

belleza.

SLY.-¿De veras soy un gran señor? ¿Tengo, en

verdad, una hermosa mujer? Pero, ¿es que sueño o,

por el contrario, es hasta ahora cuando he estado

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soñando? Sin embargo, no estoy dormido, puesto

que veo, oigo y hablo. Como huelo perfumes deliciosos

y toco objetos delicados. Sí, ¡por mi vida!,

señor soy y no calderero; no Cristóbal Sly. Magnífico.

Pues traedme al punto a esa nuestra dama para

que yo la vea. Y aún otro jarro de cervecita.

SEGUNDO CRIADO.-¿Agradaría a Vuestra

Señoría lavarse las manos? (Le presentan cuanto es necesario

para ello.) ¡Qué felicidad para nosotros ver a

nuestro señor vuelto a la razón! ¡Si de veras os dieseis

bien cuenta de quién sois! Hundido habéis estado

durante los últimos quince años en un verdadero

sueño. Hasta cuando despertabais parecíais dormido.

SLY.- ¿Dormido durante quince años? ¡Largo

sueño, a fe mía! Y durante todo este tiempo, ¿no he

dicho nada?

PRIMER CRIADO.-Por supuesto, Señor, pero

palabras desprovistas de sentido. Aunque estabais

acostado aquí en esta hermosa cámara, pretendías

que habíais sido puesto de patas en la calle y llenabais

de injurias a la dueña de la casa, asegurando,

además, que la citaríais ante la justicia. Y ello, por

haberos servido cántaros de gres en vez de botellas

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bien lacradas. A veces llamabais también a Cecilia

Hacket.

SLY.-Sí, la criada de la taberna.

TERCER CRIADO.-Pues bien, señor, en realidad

no conocíais ni criada ni taberna. Corno tampoco

a ninguno de los hombres que citabais tantas

veces: por ejemplo, Stephen Sly, el viejo John Naps

de Greece, Pedro Turph, Enrique Pimprenelle y

veinte más, de nombres parecidos, que nunca existieron

ni alguien vio jamás.

SLY.-Bueno... ¡Pues Dios sea alabado por haberme

curado!

TODOS.-¡Amén!

SLY.-(Al criado.) Te doy las gracias, y descuida

que nada perderás por lo que me has dicho. (Entra el

Paje vestido como una gran dama y seguido de su séquito.)

PAJE.-¿Cómo está mi noble señor?

SLY.-Muy bien, ¡pardiez!, pues aquí se está de

primera y hay de todo. ¿Dónde está mi mujer?

PAJE.-Aquí, noble señor, yo soy. ¿Qué me ordenáis?

SLY.-¿Eres mi mujer y no me llamas tu marido?

Bueno que éstos me llamen “señoría”, pero para ti

soy tu hombre.

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

19

PAJE.-Mi marido y señor, mi señor y mi esposo.

Y, yo vuestra mujer toda obediente.

SLY.-Ya lo sé. ¿Cómo debo llamarte?

PAJE.-Señora.

SLY.-¿Pero señora Alicia, señora Juana o qué?

PAJE.-Señora y basta, pues de este modo un señor

se dirige a las damas.

SLY.-Señora mi dama: dicen que he soñado y

dormido durante quince años y tal vez más.

PAJE.¡Ay!, quince años que me han parecido

treinta a causa de haber estado todo este tiempo ausente

de vuestro lecho.

SLY.-Largo tiempo, en efecto... Criados, dejadme

solo con ella.

(Los criados se retiran.) Señora, desnúdate y acostémonos

en seguida.

PAJE.-Os suplico, nobilísimo señor, que me excuséis

aún por una noche o dos; o por lo menos, esperad

a que el sol se ponga. Pues vuestros médicos

me han recomendado muy mucho, so pena de que

volváis a caer en la antigua enfermedad, que me

abstenga aún de vuestro lecho. Espero que tan justa

causa será suficiente excusa.

SLY.-Sí, la razón es poderosa. No obstante, mucho

me va a costar esperar tanto tiempo. Claro que,

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20

como no quiero volver a caer en mis ensueños, esperaré

a despecho de la carne y de la sangre. (Entra

un criado.)

EL CRIADO.-Los cómicos de Vuestra Señoría,

habiendo sabido vuestro restablecimiento, han venido

a ofreceros una agradable comedia. Tal ha sido

aconsejado por vuestros médicos; sabiendo que el

exceso de tristeza ha congelado vuestra sangre y,

por aquello de que la melancolía es madre del frenesí,

encuentran saludable que oigáis una pieza teatral,

con objeto de que vuestro espíritu se predisponga a

la bulliciosa alegría que, como es sabido, previene

toda suerte de males y alarga la vida.

SLY.-¡Pardiez!, la cosa me place; que representen

su pieza. Una “comedia” ¿no es una de esas farsas

de Navidad o uno de esos manejos de los titiriteros?

PAJE.-No, mi querido señor; es algo más agradable

y mejor.

SLY.-¿Cuestión de cortinas y de papeles pintados?

PAJE.-Es una especie de historia.

SLY.-Bien. Ahora lo veremos. Señora mi mujer,

siéntate a mi lado y dejemos que el mundo siga dando

vueltas. Jamás seremos más jóvenes que ahora.

(El paje obedece y empieza a sonar la música.)

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22

ACTO PRIMERO

ESCENA PRIMERA

Padua. Una plaza

(Entran LUCENTIO y su criado TRANIO)

LUCENTIO.-Por fin, Tranio, tras tanto como

deseaba ver la hermosa Padua, cuna de las artes,

heme aquí al cabo llegado a Lombardía, jardín delicioso

de la gran Italia. En ella estoy, sí, gracias al cariño

y autorización de mi padre, y, además,

enriquecido con tu fiel compañía. Tranio, mi leal

servidor, cuya abnegación tantas veces he puesto ya

a prueba. Respiremos, pues, satisfechos, aquí, y empiece

un período de trabajo sabio y de nobles estudios

liberales... Pisa, afamada a causa de la seriedad

de sus ciudadanos, me vio nacer. Y antes que a mí, a

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

23

mi padre, de la raza de los Bentivolii, Vincentio,

gran comerciante cuyos negocios se extienden por el

mundo. El hijo de Vincentio, educado en Florencia,

debe ahora, con objeto de responder a todas las esperanzas

que en él han sido puestas, añadir a sus

riquezas el adorno de sus acciones virtuosas. He

aquí por qué, Tranio, al mismo tiempo que estudio

voy a tratar de practicar la virtud, aplicándome especialmente

a esa parte de la filosofía que trata, en

particular, de la dicha que se puede conseguir mediante

la virtud... Dame, pues, tu opinión sobre este

propósito, pues he dejado Pisa y he venido a Padua

como aquel que se aparta de un estanque poco profundo

para zambullirse en un gran río con el propósito

de apagar en él su sed.

TRANIO.-Mi perdonato, mi gentil amo; comparto

enteramente vuestros sentimientos y muy feliz seré

si persistís en vuestra resolución de libar los jugos

de la suave filosofía. No obstante, mi querido amo,

bien que admiremos la virtud y la disciplina moral,

no nos volvamos, os lo ruego, estoicos, a punto de

pasar por leños, ni sigamos los preceptos de Aristóteles

hasta el punto de rechazar y abominar de

Ovidio. Discutid sobre lógica con vuestros amigos.

Pero practicad la retórica en vuestras conversacioW

I L L I A M S H A K E S P E A R E

nes cuotidianas. Acu amatemática

y de la metafísica no toméis más de lo

que vuestro estómago pueda digerir. Pues allí donde

amo, estudiad aquello que más os agrade.

LUCENTIO. gracias, Tranio. Buenos

to a Biondello, lástima

hecho, podríamos tomar al punto nuestras disposi

ciones y escoger un alojamiento digno de recibir a

los amigos que el tiempo que estemos aquí no dejará

que llega?

TRANIO. vez una comisión, mi amo, que

viene a darnos la bien (Entran Bautista acom

ñado de sus dos hijas, Catalina y Blanca, seguidos de Gremio,

viejo hidalgo, ridículo, y de

Lucentio, y Tranio se apartan.)

-No me importunéis más, señores.

suelto: no casaré a mi hija pe

queña sin que la mayor tenga ya marido. Por cons -

guiente, si alguno de vosotros dos ama a Catalina,

eL

A F I E R E C I L L A D O M A D A

25

GREMIO.-(Aparte.) ¿Hacerla la corte? Que no

sea como es, he aquí lo que habría que hacerla. Por

mi parte, la encuentro harto áspera. Pero vos, Hortensio,

¿la tomaríais tal vez por mujer?

CATALINA.-(A su padre.) ¡ Cómo! ¿Es que pretendéis

hacer de mí un cimbel para la ristra de pretendientes?

HORTENSIO.-¿Pretendientes, hermosa criatura?

¿Qué entendéis vos por pretendientes? Nada de

pretendientes, en lo que os afecta, mientras no seáis

más dulce y más amable que en el presente.

CATALINA.-De veras, señor mío, que nada

tendréis que temer jamás. No estáis aún, podéis

creerme, ni a mitad del camino que conduce al corazón

de la hermosa. Pero de ocurrir, estad seguro

que el primer cuidado de la bella sería peinaros la

cabezota con las tres patas de un escabel, pintarrajear

vuestra cara y trataros, en fin, como lo que sois:

como un necio.

HORTENSIO.-(Aparte.) ¡De demonios semejantes

líbranos, Señor!

GREMIO.-(Idem.) ¡Sin olvidarme a mí, buen

Dios!

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

26

TRANIO.-(A Lucentio.) ¡Atención, mi amo! Me

parece que la vamos a gozar. Esa joven o es una loca

de atar o una arpía fenomenal.

LUCENTIO.-En cambio, en el silencio de la

otra admiro la dulzura y la discreción de una virgen...

Calla, Tranio.

TRANIO.-Bien dicho, mi amo. Callemos, contentándonos

con mirar cuanto ocurre.

BAUTISTA.-Pues lo dicho, señores. Blanca, vete

a casa. Y que ello no te disguste, mi querida Blanca.

No te querré menos por ello, hija mía.

CATALINA.-¡ Pobrecita criatura! Metedle un

dedo en un ojo y sabrá al menos por qué llora.

BLANCA.-Sí, sí, que mi tristeza os sirva de alegría...

Señor, obedezco humildemente vuestra voluntad.

Mis libros y mis instrumentos de. música

serán mi compañía. Unos me servirán de estudio; la

otra, de entretenimiento.

LUCENTIO.-¿Oyes, Tranio? ¿No te parece estar

escuchando a Minerva?

HORTENSIO.-Señor Bautista, extraña decisión

la vuestra. Pena me da que nuestro afecto hacia

Blanca sea para ella causa de contrariedades.

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

27

GREMIO.-Pero ¿es que queréis encerrarla en

una jaula y castigarla tan sólo porque este demonio

infernal de su hermana tenga una lengua de víbora?

BAUTISTA.-Señores míos; haced lo que mejor

os plazca. En cuanto a mí, lo que he resuelto,

¡resuelto está! Blanca, a casa. (Blanca sale.) Como sé

que ama con pasión música y poesía, haré venir a mi

casa profesores capaces de instruir su juventud. Si

conocéis alguno, Hortensio, o vos, Gremio, enviádmelos.

Siempre tendré toda suerte de atenciones

con los hombres de talento; así como no dejaré de

ser generoso en cuanto afecta a la educación de mis

hijas. Y esto dicho, adiós. Tú, Catalina, puedes quedarte;

yo tengo que hablar aún con Blanca. (Sale.)

CATALINA.-Pero, ¿es que si me place largarme

no voy a poder hacerlo? ¡Pues no falta más sino que

se me dijese lo que he de hacer con mi tiempo, cual

si yo fuese incapaz de saber lo que hay que tomar y

lo que hay que dejar! ¡Está bonito! (Sale.)

GREMIO.-Puedes irte, sí, y si te place, a buscar

al demonio y hacerte su mujer. Tan a propósito eres

para él que nadie te retendrá aquí. Está tranquila.

¡Bah!, el amor no nos acucia tanto, Hortensio, que

no podamos esperar, barajando juntos nuestras esperanzas

y ayunando mientras sea preciso; nuestro

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

28

bollo está aún crudo por ambos lados. Adiós, pues.

No obstante, el afecto que siento hacia Blanca es tal,

que si doy con un maestro capaz de enseñarle las artes

que le son tan gratas, no dejaré de recomendárselo

a su padre.

HORTENSIO.-Yo haré lo mismo señor Gremio.

Pero una palabra aún, os lo ruego. Aunque

hasta ahora la propia naturaleza de nuestra rivalidad

no nos ha permitido conversar largamente, paréceme,

tras haberlo pensado bien, que, si queremos

poder acercarnos aún a nuestra bella amada y pretender,

como rivales felices, al amor de Blanca, tenemos

ambos el mayor interés en realizar una cosa.

GREMIO.-¿Qué cosa? Os escucho.

HORTENSIO.-¡Pardiez, señor mío!, encontrar

un marido para su hermana.

GREMIO.-¿Un marido? ¡Un demonio!

HORTENSIO.-Un marido, un marido, digo.

GREMIO.-Pues yo digo un diablo. Porque, ¿es

que creéis, Hortensio, que, pese a la gran fortuna de

su padre, habrá en el mundo un hombre tan loco

como para casarse con ese infierno de mujer?

HORTENSIO.-¡Bah!, creedme, Gremio, aunque

sea algo por encima de nuestra paciencia, de la

vuestra y de la mía, el soportar sus gritos y sus queL

A F I E R E C I L L A D O M A D A

29

rellas, no faltarán, amigo mío, barbianes atrevidos

(la cuestión es dar con ellos), que carguen con la

moza, pese a todos sus defectos, si va bien envuelta

en dinero.

GREMIO.-No me atrevería yo a asegurar otro

tanto. En todo caso, y en lo que a mí respecta, yo

preferiría recibir tan sólo su dote, aun con la condición

de ser azotado todas las mañanas en plena plaza

del mercado.

HORTENSIO.-Razón tiene el proverbio; en

efecto, cuando las manzanas están podridas, es difícil

escoger. En todo caso, puesto que la condición

impuesta por el padre nos hace amigos, mantengamos

esta amistad hasta que hayamos encontrado

un marido para la mayor de las hijas de

Bautista. Luego, una vez la pequeña en libertad de

casarse, la batalla empezará de nuevo. ¡Blanca querida!

¡Dichoso el hombre que consiga tal tesoro! El

anillo al corredor más rápido. ¿No os parece, señor

Gremio?

GREMIO.-Estamos de acuerdo. Y el mejor caballo

de Padua daría, con gusto, con objeto de que

llegase rápido a cortejarla, a aquel que quisiera empezar

a enamorar a Catalina, casarse con ella, meterW

I L L I A M S H A K E S P E A R E

30

la en su cama y librar de su presencia a la casa. Ea,

vamos. (Salen juntos.)

TRANIO.-Pero decidme, mi amo, por favor, ¿es

posible que el amor adquiera de pronto imperio tan

grande?

LUCENTIO.-¡Oh Tranio!, antes de sentir que la

cosa es cierta, no la hubiera creído posible, ni siquiera

probable. Pero, escucha, mientras estaba aquí,

mirando lo que pasaba sin pensar en otra cosa, he

sentido los efectos del amor, y ahora, te lo confesaré

con franqueza puesto que eres para mí un confidente

tan querido como lo fue Ana para la reina de

Cartago; ardo, languidezco, muero. Tranio, si no

consigo conquistar a esa modesta joven. Aconséjame,

Tranio, pues tú puedes hacerlo, bien lo sé. Ayúdame,

Tranio, pues también sé que querrás ayudarme.

TRANIO.-Inútil ya, amo, tratar de regañaros.

Jamás los reproches expulsaron el amor de un corazón

enamorado. Si el amor os ha herido, no os queda

sino un recurso: “Redime te captum quam quaes

minimo”.

LUCENTIO.-Gracias, amigo mío. Continúa; diríase

que ya me siento aliviado. Lo que aún tengas

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

31

que decirme me reanimará completamente. Tus

consejos son buenos.

TRANIO-Mirabais, mi amo, a la joven con tal

insistencia, que tal vez no habéis notado lo principal.

LUCENTIO.-¡Ya lo creo que lo he notado! He

visto en su rostro una dulcísima belleza, tan sólo

comparable a la de la hija de Agenor que obligó nada

menos que al poderoso Júpiter a humillarse ante

ella y a besar con sus rodillas las playas de Creta.

TRANIO.-¿Y es cuanto habéis visto? ¿No habéis

notado cómo su hermana se ha puesto a gruñir

y a tronar, tan fuerte, que no había oídos humanos

que soportasen el estruendo?

LUCENTIO.-He visto, Tranio, moverse sus labios

de coral y perfumar el aire con su aliento. A

ella, y en ella cosas puras y suaves es cuanto he visto.

TRANIO. (Aparte.)-Lo primero, en verdad, es

sacarle de su arrobamiento. Despertad, mi amo, os

lo ruego. Si amáis a la joven aplicad vuestros pensamientos

y vuestro corazón a conquistarla. La situación

es la siguiente: su hermana mayor es tan

arisca y tan rabiosa, que mientras su padre no se haya

desembarazado de ella, vuestra amada, mi amo

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32

permanecerá clavada en la casa. Y sólo con este

propósito ha encerrado a la menor, con objeto de

no verse importunado por sus pretendientes.

LUCENTIO.-¡De qué modo, oh Tranio, es cruel

ese padre! Pero, ¿no te has dado cuenta de que se

preocupa por encontrar maestros hábiles que puedan

instruirla?

TRANIO.-¡Por supuesto, mi amo! Y, ¡pardiez!,

he aquí lo que va a arreglar el asunto.

LUCENTIO.-Tal creo también.

TRANIO.-Amo, apostaría a que ambos hemos

tenido pensamientos que se encuentran y no hacen

sino uno.

LUCENTIO.-Dime primero el tuyo.

TRANIO-Pues que hagáis de profesor, y os encarguéis

de instruir a la joven. He aquí vuestro proyecto.

LUCENTIO.-Exacto. Y ¿es realizable?

TRANIO.-No, mi amo. Porque entonces, ¿quién

cumpliría aquí, en Padua, el papel del hijo de Vicentio?

¿Quién tendría dignamente su casa, estudiaría

en sus libros, recibiría a sus amigos, visitaría a sus

compatriotas y les invitaría a comer con él?

LUCENTIO-Basta, no te inquietes. Tengo ya

pensado todo lo necesario. Como aún no nos han

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

33

visto en casa alguna y no pueden leer en nuestras

caras quién es el amo y quién el criado, he aquí cómo

vamos a arreglar las cosas: tú serás, Tranio,

quien hagas de amo en mi lugar. Tú quien llevarás la

casa, su tren, los servidores y cuanto necesites para

ocupar mi puesto. Y yo seré otro personaje cualquiera:

un florentino, un napolitano o un hombre

pobre cualquiera de Pisa. La idea está ya madura y la

vamos a poner en práctica, Tranio. Conque despójate

al punto y endósate mi sombrero y mi capa de

color. En cuanto a Biondello, al llegar se pondrá a

tus órdenes. Pero antes tomaré las precauciones necesarias

con objeto de frenar su lengua.

TRANIO.-Necesidad y mucha tendréis de ello.

(Cambian sus vestidos.) En definitiva, mi amo, sea así,

puesto que tal lo deseáis puesto que mi deber es ser

obediente. Vuestro padre me lo recomendó muy

bien antes de que partiésemos: “Sirve en todo a mi

hijo”, me encareció bien. Claro que entendía la cosa

de modo muy distinto. Total: que soy feliz siendo

Lucentio a causa de lo mucho que a Lucentio quiero.

LUCENTIO.-Debes decir, Tranio: en atención al

amor que arde en Lucentio. En cuanto a mí, esclavo

quiero hacerme tan sólo por conseguir a esa joven,

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34

cuya sola vista tan súbitamente ha cautivado, hiriéndolos,

a mis pobres ojos. (Entra Biondello.) Pero

aquí llega este pícaro... ¿Dónde has estado, bribón?

BIONDELLO.-¿Que dónde he estado? Pues

yo... Pero, y vos mismo, ¿dónde estáis ahora? ¿Es

que mi compañero Tranio, amo, os ha robado

vuestro vestido? ¿O es, al contrario, vos quien le

habéis robado el suyo? ¿U os habéis robado mutuamente

uno a otro? Decidme qué ocurre, os lo

ruego.

LUCENTIO.-Acércate, granuja. El momento no

está para bromas; por consiguiente, trata por tu

parte de ponerte de acuerdo con las circunstancias.

Tranio, tu compañero, al que ves aquí, se ha puesto

mi traje y toma mi personalidad para salvarme la vida.

Y yo me he endosado los suyos para poder escaparme.

Porque desde que hemos desembarcado he

matado a un hombre querellándome con él y temo

haber sido descubierto. Por consiguiente, sírvele

como si se tratase de mí mismo, mientras yo me

alejo con objeto de salvar la vida; ¿me has comprendido?

BIONDELLO.-¿Yo, mi amo? Ni una palabra.

LUCENTIO.-¡Y jamás en la boca el nombre de

Tranio! Tranio se ha cambiado ya en Lucentio.

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

35

BIONDELLO.-Suerte que tiene el pícaro. ¡Lástima

que no me sucediese a mí otro tanto!

TRANIO.-Yo hago el mismo voto, compañerito,

con tal de que se realice otro: que Lucentio pueda

conseguir a la hija más joven de Bautista. En cuanto

a ti, tarugo, ¡mucho cuidado! Y no a causa de mí,

sino a causa de nuestro amo. Y trata de comportarte

del modo más conveniente, sea cual sea la clase de

gente con que nos relacionemos. Cuando estemos

solos, Tranio seguiré siendo. En toda otra ocasión,

Lucentio, tu amo.

LUCENTIO.-Vámonos, Tranio, que aún hay algo

que debes hacer tú mismo: ponerte entre el número

de los pretendientes de Blanca. No me

preguntes por qué, bástate saber que tengo para ello

buenas razones. (Salen. Los del prólogo hablan a su vez.)

PRIMER CRIADO.-Dormitáis, señor. ¿Acaso

no os agrada la pieza?

SLY.-Ya lo creo, ¡por Santa Ana! Buena historia,

no hay duda. ¿Van a dar aún otra?

PAJE.-Excelencia, ésta empieza apenas.

SLY.-Por seguro que es un trabajo hábilmente

hecho, ¿eh, señora mi mujer? Pero yo preferiría que

hubiese acabado. (Sigue escuchando.)

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36

ESCENA II

Padua. Delante de la casa de Hortensio

(Entran PETRUCHIO y su criado GRUMIO.)

PETRUCHIO.-Verona, adiós te he dicho por algún

tiempo con objeto de venir, como he venido, a

ver a mis amigos de Padua. Y antes que otro

alguno al más querido y mejor probado, mi buen

Hortensio. Y ésta es, si no me equivoco, su casa.

¡Aquí, Grumio, majadero! Da un porrazo.

GRUMIO.-¿Que dé un porrazo, mi amo? ¿A

quién debo pegar? ¿Es que alguien ha insultado a

vuestra señoría?

PETRUCHIO.-Pronto, bribón, golpéame ahí y

bien fuerte.

GRUMIO.-¿Que os golpee ahí, mi amo? ¿Y

quién soy yo, amo, para golpearos ahí?

PETRUCHIO.-¡Necio!, golpea al punto en esa

puerta como es debido, o seré yo quien golpee tu

cabeza de animal.

GRUMIO.-Estáis, mi amo, con ganas de disputa.

Por supuesto, si yo empezase a golpearos, bien sé

que pagaría al punto los vidrios rotos.

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PETRUCHIO. -¡Cómo! ¿No obedeces? Pues

bien, granuja, puesto que no quieres golpear, yo lo

haré por ti. Vamos a ver si sabes o no solfear y

cantar. (Le tira de las orejas)

GRUMIO.-¡Socorro! ¡Socorro! ¡Mi amo se ha

vuelto loco!

PETRUCHIO.-Esto te enseñará a golpear cuando

yo te lo mando, ¡idiota!, ¡bribón! (Hortensio abre su

puerta.)

HORTENSIO.-¿Qué pasa?. ¿Qué ocurre aquí?

¡Pero si son Grumio y mi muy querido Petruchio!

¿Cómo estáis todos allá por Verona?

PETRUCHIO.-Llegas, mi buen Hortensio, a

punto para poner fin a la batalla. Con tutto il cuore, ben

trovato, puedo decirlo.

HORTENSIO.-Alla nostra casa ben venuto, molto honorato

signor mio Petruchio. Levántate, Grumio, levántate.

Ya arreglaremos esta cuestión.

GRUMIO.-No, caballero; en verdad que poco

importa cuanto explica en latín. Y decidme si no

habría ahora una razón sobrada para abandonar su

servicio. Porque escuchad, señor: me ha dicho que

le golpease, que le golpease sin duelo. Y decidme

vos si hubiera estado bien que un criado hiciese tal

cosa con su amo. Sin contar que se trata de un

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hombre que (a simple vista se advierte) no parece

tener talla como para defenderse. Pero más me hubiera

valido haber golpeado fuerte, como me decía.

No hubieras recibido ¡pobre Grumio!, lo que has

recibido.

PETRUCHIO.-¡Qué idiota!, querido' Hortensio.

Lo que he dicho a este majadero ha sido que golpease

tu, puerta y no ha habido medio de que me

obedeciese.

GRUMIO.-¿Que golpease la puerta?. ¡El cielo

me valga! ¿Es que no me habéis dicho exactamente:

“¡Pícaro, golpéame ahí!, ¡golpéame bien, golpéame

fuerte!”, y ahora decís se trataba de golpear la puerta?

PETRUCHIO.-Anda, idiota, quítate de mi vista

o calla, te lo aconsejo.

HORTENSIO.-Paciencia, Petruchio; salgo garante

de Grumio. No vale la pena, en verdad, una

querella entre tú y él, tu antiguo, tu fiel, tu excelente

servidor. Pero dime querido, ¿qué buen viento te

trae de la antigua Verona aquí, a Padua?

PETRUCHIO.-El viento que dispersa siempre a

los jóvenes por el mundo y les envía en busca de

fortuna lejos de su país natal, que no les ofrece recursos

suficientes. En pocas palabras, amigo HorL

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39

tensio, he aquí cómo se han presentado para mí las

cosas: Antonio, mi padre, ha muerto. Y yo me he

lanzado al torbellino del mundo con objeto de ver

de casarme y de hacer fortuna del mejor modo que

me sea posible. Tengo escudos en la bolsa; allá en

mi país, un patrimonio, y me he dicho: en camino y

a ver mundo.

HORTENSIO.-Pues que es así, ¿quieres que te

hable con franqueza? Porque es que puedo presentarte

a una mujer áspera de veras y de un carácter

infernal. Bien sé que mi proposición no vale ni las

más mínimas gracias; ahora bien, como rica, esto

también te aseguro que lo es, ¡y mucho! Claro que,

no obstante, eres demasiado buen amigo para que

yo te desee tal suerte.

PETRUCHIO.-Querido Hortensio, entre amigos

tales que nosotros, pocas palabras bastan. Por consiguiente,

si conoces una mujer suficientemente rica

como para ser la mujer de Petruchio, como el oro es

el estribillo de mi danza de boda, aunque fuese tan

fea como la novia de Florent y tan vieja como la Sibila;

tan áspera y malhumorada como Xantipa, la

mujer de Sócrates o peor aun, no cambiaria de idea

ni sería capaz todo ello de embotar el filo de la pasión

que me inspiraría, incluso si era más indomable

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40

que las poderosas olas del Adriático desencadenadas.

Precisamente he venido a Padua a hacer boda

rica: matrimonio rico, matrimonio feliz.

GRUMIO.-Ya veis, caballero, que os dice sin rodeos

lo que piensa. Dadle oro y se casará con una

muñeca, con la figurilla de un lazo de zapato, o con

una bruja vieja que no tenga un diente y si más

achaques que cincuenta y dos matalones. Abunde la

pista y todo irá como sobre ruedas.

HORTENSIO.-Petruchio, puesto que tal son las

cosas, vuelvo otra vez sobre lo que por pura broma

te había dicho. Puedo, sí, Petruchio amigo, procurarte

una mujer no solamente con mucho dinero,

sino joven y bella, mas educada como corresponde

a una doncella de calidad. Un solo defecto tiene,

ahora de marca; a saber: que es inaguantable, áspera,

violenta y terca. Pero todo de tal modo, que había

de ser mi fortuna muy inferior a lo que es, y no me

casaría yo con ella aunque el hacerlo me valiese una

mina de oro.

PETRUCHIO.-Detén la lengua, Hortensio. No

conoces el poder del oro. Dime el nombre de su

padre y ello me basta. E iré a dar la batalla así ruja

más que el trueno cuando revienta las nubes en otoño.

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HORTENSIO.-Su padre es Bautista Minola, caballero

afable y cortés. En cuanto a ella, Catalina

Minola se llama; célebre en toda Padua a causa de la

violencia de su lengua.

PETRUCHIO.-Por mi parte, no la conozco; pero

sí a su padre, que, por cierto, en tiempos conocía

también mucho al mío. Y desde ahora te digo que

no descansaré hasta haberla visto. Por consiguiente,

permíteme que te deje apenas encontrado, a menos

que gustes acompañarme a su casa.

GRUMIO. (A Hortensio.)-Dejadle, dejadle que vaya,

caballero, mientras le canta el capricho de hacerlo.

Os doy mi palabra que si la paloma le conociese

como yo le conozco, sabría que chillar con él es

como si nada. Puede llamarle ganapán u otras cosas

semejantes una docena de veces, y se quedará tan

tranquilo. Y como se decida a que haya tormenta,

¡ tormenta habrá! Esto os lo garantizo también, caballero.

Es más, por poco que le resista, la caerá

tanto y tan bien caído en plena cara, que pronto,

desfigurada, sus ojos no serán mas grandes que los

de un gato. Creedme, señor, que no le conocéis

bien.

HORTENSIO.-Pues aguarda un instante entonces,

Petruchio, e iré contigo. Porque Bautista tiene

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también bajo su poder a mi tesoro, a la joya de mi

vida: su hija menor Blanca, a la que ha apartado de

mis ojos, así como a los de todos sus pretendientes,

mis rivales, porque, suponiendo que, a causa de todos

los defectos que te he enumerado a propósito

de Catalina, nadie la solicitará en matrimonio, por

ver precisamente de conseguirlo, el padre ha decidido

que nadie podrá acercarse a Blanca si previamente

la maldita Catalina no ha encontrado un

marido.

GRUMIO.-¿Catalina la maldita? ¿Podría haber

apodo peor para una joven?

HORTENSIO.-Y ahora, mi querido Petruchio,

vas a hacerme un favor. Voy a disfrazarme con el

traje más modesto que encuentre, y me presentarás

al anciano Bautista como un experto profesor de

música que daría con Ruste lecciones a Blanca. Mediante

esta estratagema tendré al menos la libertad

suficiente para seguir haciendo la corte a mi amada

sin inspirar sospechas, es decir para hablar a solas

con ella.

GRUMIO.-No me parece que haya en ello trapacería.

No obstante, ved cómo los jóvenes saben ponerse

de acuerdo para engañar a los viejos (Entran

Gremio Y Lucentio, éste disfrazado de maestro de escuela y

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43

llevando unos libros bajo el brazo.) ¡Amo!, ¡amo!, mirad

detrás de vos, mirad. ¿Quiénes serán esos que llegan?

HORTENSIO.-Silencio, Grumio. Es mi rival.

Apartémonos un instante, Petruchio.

GRUMIO.-¡Hermoso joven!, de veras. Y con aire

de muy enamorador. (Se apartan.)

GREMIO.-Muy bien ¡muy bien! La lista de libros,

¡perfecta! Porque, escuchadme, quiero no solamente

que todos estén muy bien encuadernados,

sino que sólo traten de amor. Tener cuidado de no

hacerla leer otros, ¿me comprendéis?... Además de

lo que os procuraría la liberalidad del señor Bautista,

yo añadiré largamente lo que merezcan vuestros

servicios. Tomad vuestra lista. (Se la entrega.) Y que

cuanto vaya a sus manos esté bien perfumado, pues

más suave es que todos los perfumes la a quien los

libros están destinados. ¿Qué vais a leerle hoy?

LUCENTIO.-Estad tranquilo; sea lo que sea de

lo que trate la lección, pleitearé vuestra causa, puesto

que lo haríais vos mismo. Y hasta quizá en términos

más persuasivos. A menos, señor, que seáis letrado.

GREMIO.-¡Ah, el saber! ¡Las letras! ¡Qué cosa

grande las letras!

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GREMIO (aparte.)-¡Oh los besugos! ¡Qué besugo

más grande este asno!

PETRUCHIO.- ¡Silencio. idiota!

HORTENSIO.-Calla, sí, Grumio (Avanzando.)

Dios os guarde, amigo señor Gremio.

GREMIO.-¡Ah! Sed bien venido, señor Hortensio.

¿Sabéis adónde voy? A casa de Bautista Minola.

Le había prometido ocuparme en, encontrar un profesor

para la hermosa Blanca, y he tenido la fortuna

de tropezarme con este joven que, a causa de su

ciencia y sus modales, le conviene perfectamente. Es

sumamente versado en poesía y en otros libros, todos

excelentes, os lo garantizo.

HORTENSIO.-Pues me parece muy bien. Por

mi parte, he dado a mi vez con un hidalgo que me

ha prometido encontrar un maestro de música capaz

de instruir a nuestra amada. Con ello, no seré yo

menos que vos en salir útil a la deliciosa Blanca, a la

que tanto quiero.

GREMIO.-Lo mismo digo, y mis actos lo probarán.

GRUMIO. (Aparte.)-Y sobre todo sus sacos bien

repletos.

HORTENSIO.-No es éste el momento, señor

Gremio, de dar al viento vuestro amor. Por el conL

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trario, escuchadme y hablando razonablemente, os

diré algo muy bueno para los dos. Ved aquí un hidalgo

al que he hallado por casualidad, y con el que

tras haber conversado amigablemente, hemos llegado

a un acuerdo: está dispuesto a hacer la corte a

Catalina la maldita, e incluso a casarse con ella si la

dote le conviene.

GREMIO.-Si lo que hasta ahora sólo es un dicho

llega a ser un hecho, todo iría de maravilla. Pero ¿le

habéis informado, Hortensio, de los defectos de la

hermosa?

PETRUCHIO.-Sé que es una joven insoportable,

escandalosa y querelladora. Por supuesto, señores, si

no es sino esto, no veo en ello nada de alarmante.

GREMIO.-¿Nada decís, amigo mío? ¿De dónde

sois?

PETRUCHIO.-Verona fue mi cuna y el anciano

Antonio mi padre. Este muerto, viva en cambio y a

mi servicio está mi fortuna, y mi esperanza: que ella

me haga vivir a mí largos y felices días aún.

GREMIO.-Es que con semejante mujer, señor

mío, sorprendente sería que alcanzaseis tal vida. Pero

si tenéis estómago para ello, ¡adelante y que Dios

os ayude! En cuanto a mí, contad que os prestaré

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46

apoyo en todo... Pero ¿en verdad estáis dispuesto a

intentar la conquista de ese gato montés?

PETRUCHIO.-Tan seguro como que estoy vivo.

GRUMIO.-¿Que si le hace el amor? ¡No se lo ha

de hacer! Que me ahorquen si no cumple lo que

promete.

PETRUCHIO.-¿Para qué he venido aquí sino

con este objeto? ¿Creéis que un poco de escándalo

pueda espantar mis oídos? ¿Es que no he oído durante

mi vida rugir a leones? ¿No he escuchado el

mar hinchado por los vientos bramar como jabalí

furioso cubierto de espuma? ¿No he oído el tronar

de los grandes cañones de campaña, y en las nubes

artillería del cielo, o en lo más fuerte de la batalla las

alarmas espantosas, los corceles relinchar y el agrio

clamor de las trompetas? ¿Y tras todo ello venir a

hablarme de la lengua de una mujer, que no llega a

hacer el ruido que hace una castaña que crepita al

asarse en el hogar de un campesino? ¡Bah, bah!,

guardad vuestro coco para los niños.

GRUMIO.-¿Quién dijo miedo a mi amo?

GREMIO.-Me parece, Hortensio, que este hidalgo

ha caído lo que se dice del cielo, tanto para él como

para nosotros.

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HORTENSIO.-Le he prometido que tomaríamos

parte ambos, vos y yo, en cuanto gaste cortejándola,

sea la cantidad que sea.

GREMIO.-¡Aceptado! Por supuesto, con tal de

que se haga aceptar.

GRUMIO.-¡Que no tuviese yo tan segura una

buena comilona! (Entra Tranio ricamente vestido, seguido

de Biondello.)

TRANIO.-Caballeros, ¡Dios os guarde! Dispensad

mi atrevimiento, y decidme, os lo ruego, cuál es

el camino más corto para ir a casa del señor Bautista

Minola.

BIONDELLO.-¿El que tiene dos lindas hijas?

¿No es por él por quien preguntáis?

TRANIO.-Por él, exactamente, Biondello.

GREMIO.-Decidme, caballero... ¿Venís acaso

por ver la...?

TRANIO.-La y el quizá, caballero. ¿Tenéis algo

que oponer a ello?

PETRUCHIO.-En todo caso, no por la querelladora,

¿verdad?

TRANIO.-No me gustan las querellas, caballero.

Partamos, Biondello.

LUCENTIO. (Aparte).-Buen principio, Tranio.

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

48

HORTENSIO.-Una palabra, caballero, antes de

que os marchéis. ¿Pretendéis la mano de la joven a

que os referís, sí o no?

TRANIO.-Y si tal ocurriese, señor mío, ¿sería un

crimen?

GREMIO.-No. Sobre todo si os largaseis excusando

ya toda palabra.

TRANIO.-¡Cómo, caballero! ¿Acaso la calle no

es libre para todo el mundo?

GREMIO.-La calle, sí; la joven, no.

TRANIO.-¿La razón, si hacéis el favor?

GREMIO.-Si queréis saberla, hela aquí: porque

es la bienamada del caballero Gremio.

HORTENSIO.-Sobre ser la que el caballero

Hortensio ha escogido.

TRANIO.-Despacio, señores. Si sois hidalgos,

hacedme el favor de escucharme con paciencia, pues

a ello tengo derecho. Bautista es un caballero a

quien mi padre no es enteramente desconocido; en

cuanto a su hija, de ser aun más hermosa de lo que

es, nada la impediría tener más pretendientes de los

que ya tiene, y a mí entre ellos. Mil enamorados tuvo

la hija de la hermosa Leda; por consiguiente, bien

puede Blanca tener uno más. Y le tendrá. Y éste será

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

49

Lucentio, que espera ser el que triunfe, incluso si Paris

mismo apareciese de repente.

GREMIO.-Pero, bueno, ¿es que este caballero va

a cerrarnos a todos la boca?

LUCENTIO.-Pasadle la rienda, señor, y veréis

qué poco avanza.

PETRUCHIO.-¿Para qué tantas palabras, Hortensio?

HORTENSIO.-Caballero, ¿me atrevería a preguntaros

si habéis visto alguna vez a la hija de Bautista?

TRANIO.-No, señor mío; pero me han dicho

que tiene dos: una tan conocida por su lengua disputadora

como la otra por su modestia llena de gracia.

PETRUCHIO.-¡Alto ahí, caballero! La primera

es para mí, no os ocupéis de ella.

GREMIO.-Sí, dejemos este trabajo al poderoso

Hércules, dejémosle que eclipse los doce trabajos de

Alcides.

PETRUCHIO.-Caballero, dignaos comprender

lo que sigue: la pequeña, a la que vos aspiráis, su padre

la ha sustraído a todos. No quiere prometerla a

ninguno, sea quien fuere, antes de haber casado a la

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

50

mayor. Sólo entonces la pequeña quedará libre, pero

no antes.

TRANIO.-De ser así, caballero, y de ser vos el

hombre que ha de hacernos tal servicio a todos, a

mí como a los demás; si sois el hombre que debe

romper el hielo; a quien incumbe la hazaña de conquistar

a la mayor, dándonos con ello acceso a la

pequeña, el que al fin tenga la dicha de poseer ésta

no será tan perverso como para mostrarse ingrato.

HORTENSIO.-Bien habláis y bien pensáis, caballero.

Y pues confesáis ser también de los pretendientes,

debéis, como nosotros, estar agradecido a

este hidalgo, a quien nosotros estamos asimismos

obligados.

TRANIO.-Podéis estar seguro de ello, señor

mío. Y como prueba, os propongo que pasemos

juntos la tarde bebiendo a la salud de nuestras amadas.

Es decir, haciendo como los abogados, que

ante el juez luchan implacablemente, pero que luego

comen y beben juntos como los mejores amigos del

mundo.

GRUMIO y BIONDELLO. (A un tiempo.)

Excelente proposición! Partamos, camaradas.

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

51

HORTENSIO.-La proposición es buena, en

efecto. Aceptada, pues. Petruchio, eres mi invitado.(

Sale)

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

52

ACTO II

ESCENA ÚNICA

Una cámara en casa de Bautista

(CATALINA, látigo en mano, amenaza con él a

BLANCA, que está pegada a la pared con las manos atadas)

BLANCA.-Hermana querida, no me hagas ni te

hagas a ti misma la injuria de tratarme como a una

sirvienta o a una esclava. Desprecio tales actos. En

cuanto a los perendengues, suéltame las manos y yo

misma me los quitaré. Sí, me quitaré adornos y baratijas,

e incluso el jubón si quieres. Todo cuanto me

ordenes lo haré, pues bien sé cuales son mis deberes

respecto a mi hermana mayor.

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

53

CATALINA.-Entre todos tus galanes, ¿a cuál

prefieres? ¡Responde! ¡Te mando que respondas, y

cuidado con mentir!

BLANCA.-Puedes creerme, hermana, que entre

todos los hombres vivos no he encontrado una cara

que me agrade particularmente más que otra.

CATALINA.- ¡Mientes, hipocrituela ¿A que es

Hortensio?

BLANCA.-Si sientes afecto hacia él, hermana

mía, te juro que haré cuanto me sea posible para que

lo consigas para ti.

CATALINA.-¡Ya! Sin duda lo que te atrae es la

fortuna y por ello preferirías a Gremio, ¿verdad?,

para que te mantuviese como una gran dama.

BLANCA.-¿Es a causa de él por lo que me detestas?

Entonces bien veo que bromeas y que no has

hecho hasta ahora sino bromear. Pero suéltame las

manos, Lina, te lo ruego.

CATALINA.-Si tal cosa te parece una broma,

esto te lo parecerá también. (Le pega. Entra Bautista.)

BAUTISTA.- ¡Cómo! ¿Qué modales son ésos,

hija mía? ¿De dónde nace tanta insolencia? Apártate

de ella, Blanca. ¡Hijita querida! ¡Y la ha hecho llorar!...

Vuelve, vuelve a tus labores sin ocuparte más

de tu hermana. En cuanto a ti, ¡largo de aquí, pécora

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

54

endemoniada! ¿Por qué la hacer sufrir, sabiendo que

ella jamás te ha hecho a ti nada malo? ¿Es que alguna

vez siquiera te contradijo con una palabra desagradable?

CATALINA.-¡Precisamente es su silencio lo que

me insulta, y no dejaré de vengarme! (Se lanza sobre

Blanca.)

BAUTISTA (deteniéndola).-¿Aún? ¿Y ante mis

propios ojos? Vete a tu cuarto, Blanca. (Blanca sale.)

CATALINA.-¡Claro! ¡Como que a mí no me podéis

soportar! No hay duda. Vuestro tesoro es ella.

Y, naturalmente, preciso es que tenga un marido. La

queréis tanto a ella, que a mí cuanto me queda es

bailar descalza el día de la boda y llevar manos al

infierno... No, no me digáis nada. Me iré, sí; me tiraré

al suelo y lloraré hasta que llegue el momento de

mi venganza. (Sale.)

BAUTISTA.-¿Hubo jamás hombre más desdichado

que yo? Pero ¿quién va?

(Entran Gremio y Lucentio, éste vestido humildemente y

transformado en CAMBIO, maestro de escuela, y tras ellos

Petruchio, acompañado de Hortensio, que a su vez se ha cambiado

en LICIO, maestro de música; y Tranio, que hace el

papel de Lucentio, y que llega acompañado de su paje Biondello,

que trae un laúd y varios libros.)

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

55

GREMIO.-Buenos días, vecino Bautista.

BAUTISTA.-Buenos días, vecino Gremio... Dios

os guarde, señores.

PETRUCHIO.-Y a vos lo mismo, querido señor.

Pero decidme, ¿no tenéis una hija, bella y virtuosa,

que se llama Catalina?

BAUTISTA.-En efecto, tengo una hija llamada

Catalina, caballero.

GREMIO. (A Petruchio.)-Sois demasiado brusco;

poned un poco de tino.

PETRUCHIO.-Me juzgáis mal, señor Gremio;

dejadme hacer. (A Bautista.) Yo, señor mío, soy un

hidalgo de Verona que habiendo oído hablar de

vuestra hija: de su hermosura, de su talento, de su

afabilidad, de su púdica modestia; en fin, de sus maravillosas

cualidades y de su carácter encantador, me

he tomado la libertad de venir a vuestra casa sin

más cumplidos con objeto de que mis ojos sean testigos

de lo que tantas veces he oído alabar. Y como

pago, y con objeto de merecer vuestra acogida, os

presento a uno de mis servidores (señalando, a Hortensio),

muy versado en música y matemáticas, que podría

dar a vuestra hija un conocimiento perfecto de

estas artes o acabar de hacerlo, pues bien sé que no

es ignorante en ellas. Aceptadle, pues, os lo ruego, si

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

56

no queréis hacerme una afrenta. Su nombre es Licio;

su patria, Mantua.

BAUTISTA.-Sed bien venido, caballero, y él,

puesto que con vos llega. En cuanto a mi hija Catalina,

demasiado sé que no es lo que necesitáis, bien

que mucho lo deplore.

PETRUCHIO.-Paréceme comprender que no

queréis separaros de ella. A no ser que ocurra que

mi persona no os agrada.

BAUTISTA.-No os equivoquéis respecto a lo

que pienso. Lo que hago es decir las cosas tal como

son. ¿De dónde sois, caballero, y cómo debo llamaros?

PETRUCHIO.-Me llamo Petruchio, y soy hijo de

Antonio, hombre bien conocido en toda Italia.

BAUTISTA.-Le conozco muy bien, sí, y en recuerdo

de él, sed bien venido.

GREMIO.-Un alto en vuestra historia, Petruchio,

os lo ruego, y permitid que hablemos nosotros

también, pues que también tenemos una causa que

defender. Porque, ¡diablo, qué atrevido sois y qué

prisa tenéis!

PETRUCHIO.-Excusadme señor Gremio, pero

es que me gusta ir derecho a lo que busco.

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

57

GREMIO.-No lo dudo, pero es que tal vez maldigáis

luego vuestra prisa. (A Bautista.) Vecino,

puesto que el regalo de este caballero os ha sido

agradable, estoy seguro de ello, permitidme que os

haga un amabilidad semejante, ya que por mi parte

tanto os debo, ofreciéndoos a este joven sabio (señala

decirlo a Lucentio) que ha estudiado mucho tiempo

en Reims y que es tan versado en griego, latín y

en otras lenguas como el otro en música y en matemáticas.

Se llama Cambio. Os ruego, pues, que

aceptéis sus servicios.

BAUTISTA.-Gracias mil. amigo Gremio. Sed

bien venido, señor Cambio. (Volviéndose hacia Tranio.)

En cuanto a vos, noble señor, paréceme que sois

extranjero. ¿Puedo tomarme la libertad de preguntaros

el objeto de vuestra visita?

TRANIO.-Sois vos, señor, quien habréis de perdonar

mi libertad, pues extranjero, en efecto, en esta

ciudad, me atrevo a pretender la mano de vuestra

hija, la bella y virtuosa Blanca. Por supuesto, no ignoro

vuestra firme resolución de casar antes a su

hermana mayor, y cuanto pido como gracia especial

es que una vez hayáis conocido mi nacimiento, no

me concedáis peor trato que a los otros que asimismo

la solicitan. Es decir, permiso para venir y la beW

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58

nevolencia que a ellos les otorgáis. Y para ayudar a

la educación de vuestras hijas, me tomo la libertad

de ofreceros este modesto instrumento y este paquete

de librillos griegos y latinos. (Biondello se adelanta

y le ofrece laúd y libros.) Poca cosa es, mas si vos

los aceptáis, su valor será grande.

BAUTISTA.-¿Os llamáis Lucentio? ¿De dónde

venís? Decídmelo, os lo ruego.

TRANIO.-De Pisa, caballero. Soy hijo de Vincentio.

BAUTISTA.-Vicentio, es en Pisa un gran personaje.

Le conozco muy bien de reputación. Por consiguiente,

sed bien venido. (A Hortensio.) Tomad ese

laúd. (A Vincentio.) Y vos ese paquete de libros. Vais

a ver a vuestras alumnas al momento. ¡A ver! ¡Uno

aquí! (Entra un criado.) Tú, pícaro, conduce a estos

caballeros junto a mis hijas y diles a ambas que son

sus profesores. Que les concedan la buena acogida

que se merecen. (Sale el criado seguido de Hortensio y de

Lucentio.) En cuanto a nosotros vamos a dar un paseo

por el jardín y luego pasaremos a la mesa. Sois,

ciertamente, los bien venidos y como tales os ruego

a todos que os consideréis.

PETRUCHIO.-Señor Bautista, mi cuestión pide

ser resuelta. Mis asuntos no me permiten venir toL

A F I E R E C I L L A D O M A D A

59

dos los días a hacer la corte a vuestra hija. Puesto

que habéis conocido a mi padre suficientemente,

por él podéis conocerme a mí. Único heredero soy

de sus tierras y bienes, que más bien he aumentado

que disminuido. Por consiguiente, os ruego que me

digáis qué dote obtendrá vuestra hija, si consigo

obtener su amor.

BAUTISTA.-Luego de mi muerte, la mitad de

mis tierras; e inmediatamente, veinte mil coronas.

PETRUCHIO.-Pues bien, a cambio de esta dote,

si me sobrevive, yo le aseguraré, en calidad de viuda

heredera, todas mis tierras y todas mis rentas. Por

consiguiente, establezcamos el contrato con objeto

de que por ambas partes sea respetado.

BAUTISTA.-De acuerdo. Pero cuando. tengáis

la cláusula esencial; quiero decir, el amor de mi hija;

pues todo depende de ello.

PETRUCHIO.-¡Bah!, eso tenedlo por seguro.

Pues he de deciros, mi querido padre, que si vuestra

hija es imperiosa, yo autoritario. Y cuando dos fuegos

violentos se encuentran, consumen el objeto

que alimenta su furor. Algo de viento basta para

transformar en un gran fuego otro pequeño; pero un

huracán acaba con un incendio. Pues bien, yo seré

para ella el huracán, y preciso será que ceda. EnérgiW

I L L I A M S H A K E S P E A R E

60

co soy y no de esos enamorados con los que se juega

como si fuesen chiquillos.

BAUTISTA.-¡Ojalá puedas casarte con ella, y

cuanto antes mejor! En todo caso, acorázate contra

las palabras desagradables.

PETRUCHIO.-A toda prueba soy, como las

montañas que desafían los vientos, que nada pueden

contra ellas pese a soplar eternamente. (Entra Hortensio

con la cabeza partida.)

BAUTISTA.-¿Qué te pasa, amigo mío? ¿Por qué

estás tan pálido?

HORTENSIO.-Si estoy pálido es, ¡de miedo!, os

lo aseguro.

BAUTISTA.-¿Pues? ¿Es que quizá mi hija no es

hábil en lo que a la música atañe?

HORTENSIO.-Creo que hará mucho mejor de

cabo de vara. El hierro tal vez resiste entre sus manos

más que un laúd.

BAUTISTA.-¡ Cómo! ¿No puedes meterle el laúd

en la cabeza?

HORTENSIO-No, a fe mía, es ella la que ha hecho

entrar mi cabeza en el laúd. Le decía suavemente

que se equivocaba de cuerda, y doblaba un

poco su mano con objeto de que pusiera sus dedos

debidamente, cuando acometida de un exceso de

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61

impaciencia diabólica, ha gritado: “¿Que no toco a

vuestro gusto? ¡Pues ved, al menos si pego bien al

mío!” Y diciendo esto me ha dado tan fuerte con el

instrumento en la cabeza, que me le ha metido hasta

el cuello. Durante unos instantes he quedado aturdido,

sacando la cabeza por entre las astillas del laúd,

cual hombre en la picota, mientras ella me

llamaba rascacuerdas improvisado, insoportable

atormentador de oídos, y veinte calificativos más, en

modo alguno agradables. Pero tan ágilmente lanzados

que diríase que había tomado lecciones de injurias

para poder mejor insultarme.

PETRUCHIO.-He aquí, ¡por el diablo!, lo que se

dice una mujer de nervio. Diez veces más que la

amaba la amo ahora a causa de ello. Nadie puede

imaginarse la impaciencia que tengo por entendérmelas

con ella.

BAUTISTA.-Ea, venid conmigo y no tengáis ese

aire tan lastimero. Vais a continuar vuestras lecciones

con mi hija pequeña que, sobre tener excelentes

disposiciones, es sumamente agradecida por cuanto

se hace en su favor. En cuanto a vos, señor Petruchio,

¿queréis venir con nosotros o preferís que os

envíe a mi hija Catalina?

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62

PETRUCHIO.-Enviádmela, sí, os lo ruego. Aquí

la espero. (Salen todos menos él.) En cuanto llegue le

voy a hacer la corte como es debido. Como le conviene.

Que empieza a vociferar, le diré tranquilamente

que su voz es tan dulce como la del ruiseñor.

Que frunce el entrecejo; le aseguraré que su

cara es tan tersa como las rosas matinales empapadas

de rocío. Que, por el contrario, se obstina en

permanecer muda; entonces alabaré su hablar voluble

y su incomparable elocuencia. Que me dice que

tome la puerta; le daré mil gracias, cual si oyera que

no me fuese de su lado en toda una semana. Que se

niega a casarse conmigo; le preguntaré amorosamente

qué día hay que publicar las amonestaciones y

cuál ir a la iglesia. Pero aquí llega; tú tienes la palabra,

Petruchio. (Entra Catalina.) Buenos días, Lina.

Pues tal es vuestro nombre, según he oído decir,

¿no?

CATALINA.-Sordo no sois, pero sí, sin duda,

duro de oídos, porque los que hablan de mí me llama

Catalina.

PETRUCHIO-Mentís, no hay duda. Os llaman

Lina, ni más ni menos; la buena Lina; o bien, a veces,

Lina, la maldita. Pero Lina, la más encantadora

Lina de la cristiandad, Lina, apetitosa como una exL

A F I E R E C I L L A D O M A D A

63

quisita golosina. Lina, la deliciosa, pues decir Lina

es como decir golosina. Y he aquí por qué, Lina de

mi corazón, quiero que escuches lo que tengo que

decirte. Habiendo oído en toda las ciudades que he

atravesado alabar tu dulzura, celebrar tus virtudes y

proclamar tu hermosura, por cierto, que mucho menos

todo de lo que mereces, me he sentido inclinado

a buscarte para hacer de ti mi esposa.

CATALINA.-¿Inclinado? ¡Qué te parece! Pues

bien; que el que os ha inclinado que os enderece.

Nada, más veros he comprendido que erais algo que

se inclina, se endereza, se maneja... Vamos, ¡un

mueble!

PETRUCHIO.- ¡Magnífico! Pero, ¿qué es un

mueble?

CATALINA.-Digamos un taburete.

PETRUCHIO.-¡Exacto! Ven, pues, a sentarte

sobre mí, Lina.

CATALINA.-Quisierais llevarme, ¿verdad? No

me extraña; para llevar se han hecho los asnos.

PETRUCHIO.-Habiendo sido hechas las mujeres

para llevar también (hace señas refiriéndose al embarazo),

aplícate lo mismo.

CATALINA.-Si yo tuviese que llevar y soportar,

jamás sería a un mostrenco de vuestra especie.

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

64

PETRUCHIO.-¡Mi dulce Lina! ¿No sabes que

me esforzaré en no ser para ti una carga pesada, sabiéndote

tan joven, tan frágil... ?

CATALINA.-Demasiado frágil y ligera, bien que

pese lo suficiente, como para que un patán como

vos no pueda cargar conmigo.

PETRUCHIO.-Eso lo veremos bien, tanto más

cuanto que veo te ciernes a maravilla.

CATALINA.-¿Cerner? No está mal para haberlo

dicho un cernícalo.

PETRUCHIO.-El cernícalo te cogerá, ¡tortolilla

de vuelo lento!

CATALINA.-La tortolilla tendrá con vos para

un bocado, cual si fuerais un abejorro.

PETRUCHIO.- ¡Hola, hola, avispilla querida!

Eres muy rabiosa.

CATALINA.-Si soy avispa, ¡cuidado con el

aguijón!

PETRUCHIO.-El remedio es fácil; se le arranca

y en paz.

CATALINA.-Los idiotas no saben dónde está.

PETRUCHIO.-¿Quién ignora dónde tienen las

avispas el aguijón? ¡En la cola!

CATALINA.-En la lengua.

PETRUCHIO.-¿En la lengua de quién?

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

65

CATALINA.-En la vuestra, que habla sin ton ni

son. Adiós. (Hace ademán como para irse.)

PETRUCHIO.-Ea, Lina, no te vayas. (La coge entre

sus brazos.) Lina querida, yo soy un hidalgo.

CATALINA.-Es lo que voy a ver. (Le da un soplamocos.)

PETRUCHIO.-Hazlo otra vez y por quien soy

que te ganas un par de bofetadas.

CATALINA.-Entonces perderíais vuestros escudos.

Si pegáis a una mujer, no sois hidalgo; y si no

sois hidalgo, ¡adiós blasones!

PETRUCHIO.-¡Hola! Te nombro mi reina de

armas. Puedes inscribirme en tu registro.

CATALINA.-¿Cuál es vuestra cimera? ¿La cresta

de un gallo?

PETRUCHIO.-Un gallo sin cresta si Lina llega a

ser mi gallina.

CATALINA.-No os quiero como gallo cantáis

como un capón.

PETRUCHIO.-Ea, Lina, ¿a qué tanto vinagre?

CATALINA. -No puedo evitarlo en cuanto me

acerco a un pepinillo.

PETRUCHIO.-No habiendo pepinillo aquí, no

hay necesidad de vinagre.

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

66

CATALINA.-¡Ya lo creo que lo hay! Os aseguro

que hay uno.

PETRUCHIO.-Entonces, enséñamelo.

CATALINA.-Si tuviese un espejo, le veríais al

punto.

PETRUCHIO.-¡Cómo! ¿Te refieres a mi cara?

CATALINA.-(Luchando por salir de sus brazos.)

¡ Cómo lo ha comprendido pese a sus pocos años!

PETRUCHIO.-¡Por San Jorge!, bien veo que soy

demasiado joven para ti.

CATALINA.-Nadie lo diría, viendo vuestras

arrugas.

PETRUCHIO-¡Pesan sobre mí tantos cuidados!

CATALINA.-(Debatiéndose siempre.) Cosa que a mí

me tiene perfectamente sin cuidado.

PETRUCHIO.-Ea, escúchame, Lina... Inútil todo

forcejeo, no me escaparás.

CATALINA.-¡Si no me soltáis os arranco los

ojos! ... ¡Dejadme marchar! (Se debate con violencia, le

muerde y le araña mientras habla.)

PETRUCHIO.-Por nada del mundo. Te encuentro

adorable. Me habían dicho que eras brusca,

tristona, desagradable, y veo que todo ello era pura

mentira. Eres, por el contrario, deliciosa, alegre,

amable como ninguna. Tu lengua es un poco tarda,

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67

cierto, pero dulce y suave como una flor primaveral.

Incapaz eres de fruncir el ceño, ni de mirar de través

y mucho menos de morderte los labios como hacen

las muchachas cuando se llenan de cólera. En vez

de complacerte en contradecir, acoges a quienes,

como yo, te adoran, con palabras amables y gratas y

sonrisas encantadoras. Además, ¿por qué se empeña

todo el mundo en que Lina cojea de un pie? (La

suelta.) ¡Oh mundo calumniador! Lina es derecha

como vara de avellano; su tinte moreno, como las

propias avellanas maduras y mucho más agradable

aún que ellas. Anda, anda un poco, lucero, para que

yo te vea y esté seguro de que no cojeas.

CATALINA.-Vete a dar órdenes a tus servidores,

¡imbécil!

PETRUCHIO.-¡Jamás Diana alguna embelleció

el bosque como Lina esta cámara con su andar de

princesa! O sé Diana, o que Diana se torne Lina. Y

que entonces Lina sea casta y Diana locuela.

CATALINA.-¿Dónde has aprendido tan linda

palabrería?

PETRUCHIO.-Acuden a mí espontáneamente

desde el fondo, madre de mi espíritu.

CATALINA.-Poco espíritu debe de tener tal

madre cuando tan menguado muéstrase el hijo.

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68

PETRUCHIO.-¿No tienen ingenio, calor, mis

palabras?

CATALINA.-Apenas para que no te enfríes.

PETRUCHIO.-¡Pardiez!, más caliente estaré en

tu cama, adorable Lina. ¡Allí, allí es donde quiero

calentarme! Conque dejemos aparte toda palabrería

y hablemos claro. Tu padre consiente en que seas mi

mujer. Ya nos hemos puesto de acuerdo sobre la

dote y quieras o no quieras, me casaré contigo. Y

créeme, Lina, que yo soy el marido que te hace falta.

Pues por esta luz que se recrea alumbrando tu hermosura,

que no te casarás con otro hombre que

conmigo. Porque yo he nacido, para domarte, Lina,

y para transformarte, mi gatita salvaje, en una Lina

dócil como son todas las demás Linas que tienen un

hogar... Aquí llega tu padre; ¡cuidado con desmentirme!

Quiero a Catalina por mujer, ¡y la tendré!

(Entran Bautista, Gremio y Tranio.)

BAUTISTA.-Y bien, señor Petruchio, ¿cómo va

vuestro asunto con mi hija?

PETRUCHIO.-Del mejor modo, caballero. ¿Podríais

dudarlo? Imposible era que no quedase vencedor.

BAUTISTA.-¿Y tú, Catalina, hija mía? ¿De mal

humor, como siempre?

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69

CATALINA.-¿Y tenéis aún la audacia de llamarme

vuestra hija? De veras que me dais una hermosa

prueba de ternura queriendo casarme con un

medio chiflado, con un bárbaro feroz, que jura como

un demonio y que cree poder conseguir lo que

le place a fuerza de audacia y de blasfemias.

PETRUCHIO.-Mi querido padre, he aquí los hechos:

vos, así como cuantos hablan de ella, lo hacen

a tontas y a locas. Si a veces se muestra huraña, por

pura cortesía es; pues, lejos de ser arrogante, es modesta

como una paloma; lejos de ser violenta y encendida,

apacible y fresca como el aire de la mañana.

En cuanto a paciencia, es una segunda Griselda, y

en lo que a castidad atañe, una Lucrecia romana. En

una palabra, nos entendemos tan bien que nos casaremos

el próximo domingo.

CATALINA.-¡Preferiría verte ahorcado el sábado!

GREMIO.-¿Oís, Petruchio, que prefiere ver cómo

os cuelgan?

TRANIO.-¿Es así como triunfáis? ¡Adiós nuestras

esperanzas!

PETRUCHIO-Paciencia, caballeros. Quien la escoge

soy yo. Y si ella y yo estamos contentos, ¿qué

le importa a nadie? Hemos convenido, cuando estáW

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70

bamos solos, que ella continuaría siendo hosca

mientras estuviese acompañada. Por lo demás, justo

es que os diga que me ama de un modo inimaginable.

¡Oh dulcísima Lina mía! ¡Cómo se me colgaba

al cuello y cómo me prodigaba beso tras beso, promesa

tras promesa! De tal modo que, en un abrir y

cerrar de ojos, me ha hecho compartir su amor. Pero,

¿qué sabéis vosotros, pobres novicios, de esto?

Prodigioso es ver cómo un hombre y una mujer, a

solas, él, el más chorlito e infeliz de los mortales,

puede suavizar a la más indomable tarasca. Dame tu

mano, Lina. A Venecia me voy a comprar el ajuar

necesario para la boda. Preparad el festín, mi querido

padre, e invitad a cuantos deban acudir. Sí, seguro

quiero estar, encargándome de todo, que mi

Catalina resplandecerá, de hermosura.

BAUTISTA.-Yo, la verdad, no sé qué decir.

Dadme los dos la mano. ¡Dios te bendiga, Petruchio!

Asunto terminado, pues.

GREMIO y TRANIO.-Amén. Seremos vuestros

testigos.

PETRUCHIO.-Padre, esposa, amigos, adiós. A

Venecia me voy. El domingo llegará pronto. Tendremos

sortijas, joyas, ¡trajes magníficos! Dame un

beso, Lina. (La coge entre sus brazos y la besa. Ella se

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

71

arranca y escapa fuera de la cámara, mientras que él sale por

otra puerta)

GREMIO.- ¿Viose jamás matrimonio alguno tan

pronto zanjado?

BAUTISTA.-A fe mía, señores, que represento el

papel de un mercader que se aventura, a ojos cerrados,

en un negocio desesperado.

TRANIO.-Era una mercancía que en vuestra casa

se deterioraba. Ahora, de no perderse en la travesía,

obtendréis beneficio.

BAUTISTA.-Yo no busco otro beneficio en este

asunto que tranquilidad.

GREMIO.-En cuanto a él, sí que a fuerza de

tranquilidad va a conseguir una buena dote. Pero

ahora, Bautista, hablemos de la pequeña. He aquí,

llegado al fin, el día que tanto esperábamos. No olvidéis

que yo soy vuestro vecino y su primer pretendiente.

TRANIO.-Y yo soy aquel a quien Blanca ama

como no haya palabras para expresarlo, ni vuestro

pensamiento puede concebir.

GREMIO.-Jovenzuelo, incapaz de amar tan tiernamente

como yo.

TRANIO.-Barbagris, vuestro amor es hielo puro.

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72

GREMIO.-El vuestro achicharra, en cambio.

Atrás, mequetrefe. Sólo la edad madura da buenos

frutos.

TRANIO.-A los ojos de las bellas lo que florece

es la juventud.

BAUTISTA.-Calma, señores; yo arreglaré la querella.

El premio será concedido, no a las palabras,

sino a los actos. Aquel de vosotros que asegure a mi

hija una dote más fuerte, tendrá el amor de Blanca...

Hablad, señor Gremio. ¿Qué podéis garantizarle?

GREMIO.-Ante todo, y como bien lo sabéis, mi

casa, aquí, en la ciudad, está abundantemente provista

en vajillas de oro y de plata; de aljofainas y de

jarras para que pueda lavar sus delicadas manos.

Mis cortinas son todas de tapicería de Tiro. Mis escudos,

apilados están en cofres de marfil. Y en armarios

de ciprés almacenadas colchas de Arras, trajes

suntuosos, colgaduras, tapices preciosos, ropa

fina, almohadones de Turquía bordados con perlas,

baldaquines de Venecia, hechos a aguja y recamados

de oro, servicios en estaño y en cobre y todo cuanto

es necesario en una casa y a un matrimonio. Además,

en mi granja tengo cien vacas lecheras, ciento

veinte bueyes grasos en el establo y todo lo demás

en proporción... En cuanto a mí, yo ya no soy joven,

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

73

lo confieso, pero si muero mañana, todo lo dicho

será para ella, con tal de que ella quiera ser para mí

sólo, mientras tenga vida.

TRANIO.-Este “para mí sólo” está bien dicho.

Por mi parte, señor, escuchadme. Yo soy hijo único,

y heredero, por consiguiente, de mi padre. Si consigo

tener a vuestra hija como mujer, le legaré tres o

cuatro casas no menos bellas que las del señor

Gremio, situadas dentro de los muros de la opulenta

Pisa; es decir, que la que éste tiene en Padua. Sin

contar una renta anual de 2,000 ducados, asegurados

sobre buenas tierras, que serán su viudedad.

Creo, señor Gremio, que estáis cogido.

GREMIO.-(Para sí.) ¿Una renta anual de 2,000

ducados garantizada con tierras? Todos mis inmuebles

no llegan a tanto. (En voz alta.) Además de todo

lo dicho, para ella será una carraca que ahora está

anclada en la rada de Marsella. ¿Qué? Esta carraca

os ha cortado el resuello, ¿verdad?

TRANIO.-Todo, el mundo sabe, señor Gremio,

que mi padre no tiene menos de tres grandes carracas,

más dos galazas y doce hermosas galeras. Que

aseguro a Blanca. Más el doble de cuanto vos ofrezcáis

sea lo que sea.

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

74

GREMIO.-Yo he ofrecido ya todo. Ni más tengo,

ni más puedo darle de aquello que poseo. Si os

convengo, Bautista, tendrá mi persona y mis bienes.

TRANIO.-En este caso y de acuerdo con vuestra

promesa formal, para mí es vuestra hija con exclusión

de todo otro. El señor Gremio ha quedado

eliminado.

BAUTISTA.-Debo convenir en que vuestra

oferta es la más hermosa. Si vuestro padre responde

de ella, mi hija será para vos. Y digo aún, excusadme,

si llegaseis a morir antes que él, ¿cuál sería la

viudedad de mi hija?

TRANIO.-Eso no pasa de una sutileza ingrata;

mi padre es viejo y yo soy joven.

GREMIO.-¿Es que los jóvenes no pueden morir

lo mismo que los viejos?

BAUTISTA.-Pues, bien, señores, he aquí lo que

he resuelto en definitiva: el domingo próximo, sabéis,

mi hija Catalina se casa. Si me dais la garantía

de vuestro padre, Blanca será vuestra al domingo

siguiente; si no, lo será del señor Gremio. Y tras

ello, permitidme que me retire tras haberos dado las

gracias a ambos. (Sale.)

GREMIO.-Adiós, mi querido vecino. Y ahora ya

no temo nada. En verdad, joven trapacero que

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

75

vuestro padre sería bien inocente si os diese cuanto

tiene, quedándose sometido a vivir a vuestra costa

lo que le quede de vida. Y, ¡bah!, todo lo demás es

puro cuento de niños. Un viejo zorro italiano no es

tan bobalicón como para hacer tales cosas, hijo mío.

(Sale a su vez.)

TRANIO.-¡Maldita sea tu piel, no menos vieja y

ajada! En cuanto a mí, ¡pardiez!, he echado en el

juego todos mis triunfos. Se me había metido en la

cabeza hace ganar a mi amo. Y como sigo con la

idea, no sé por qué un falso Lucentio no tendría un

falso padre llamado... supongamos Vincentio. Lo

que sería un prodigio; pues de ordinario son los padres

los que hacen los hijos, mientras en esta historia

de matrimonio, es un hijo, si mi ardid triunfa, el

que va a engendrar a su padre (Sale.)

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

76

ACTO III

ESCENA PRIMERA

En Padua, en la casa de Bautista

(En la cámara de BLANCA, que está sentada junto a

HORTENSIO, disfrazado o transformado en Licio.

LUCENTIO [Cambio], de pie y un poco separado.

HORTENSIO, coge la mano de BLANCA para enseñarle

a poner los dedos en el laúd)

LUCENTIO.-(Interviniendo.) ¡Eh, señor músico!

Diríase que os tomáis demasiadas libertades. ¿Habéis

olvidado acaso la encantadora acogida que os

hizo su hermana Catalina?

HORTENSIO.-Es que ahora, señor pedante escandaloso,

estoy con la dama protectora de la celestial

armonía. Permitidme, pues, usar de mi

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

77

prerrogativa, y cuando hayamos consagrado una hora

a la música os tomaréis vos un tiempo igual para

vuestras lecturas.

LUCENTIO.-¡He aquí un asno tan ignorante

que ni sabe con qué fin fue creada la música! ¿Acaso

no fue hecha para refrescar el espíritu del hombre

tras sus estudios y trabajos habituales? Dejadme,

pues, el placer de enseñarla algo de filosofía, y en las

pausas que yo haga la emprenderéis con vuestra armonía.

HORTENSIO.-(Levantándose.) ¿Es que creéis que

voy a soportar vuestras bravatas, bellaco?

BLANCA.-¡Basta, señores! Ambos me ofendéis

querellándoos por algo cuya elección de mí sola depende.

Yo no soy un escolar al que se puede amenazar

con el látigo, ni quiero estar sometida al que se

me impongan tales lecciones para tal hora del día, ni

el tiempo que han de durar; sino que quiero arreglar

yo misma estas cuestiones como me plazca. Por

consiguiente cortemos esta querella sentándonos

aquí, y vos, tomad vuestro instrumento y tocad

mientras él me enseña. Su lección habrá terminado

antes de que hayáis afinado vuestro laúd.

HORTENSIO.-¿ Dejaréis su lección cuando esté

ya afinado?

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

78

LUCENTIO.-Ello querría decir ¡nunca! entonces.

¡Hala, afinad vuestro instrumento! (Hortensio se

retira; Blanca y Lucentio se sientan.)

BLANCA-¿Dónde habíamos quedado?

LUCENTIO.-Aquí, señora.

“Hic ibat Simois, hic est Sigela tellus;

Hic steterat Priami regia celsa senis”.

BLANCA.-Traducid.

LUCENTIO.-“Hic ibat”, como ya os he dicho;

“Simois” soy Lucentio; “hic est”, el hijo de Vincentio,

de Pisa; “Sigela tellus”, disfrazado de este modo para

conseguir vuestro amor: “hic steterat”, y el Lucentio

que se ha presentado como uno más de vuestros

pretendientes; “Priami”, es mi criado Tranio; “regia”,

que ha- tomado mi puesto; “celsa cenis”, con objeto

de engañar al viejo Pantalón.

HORTENSIO.-Señora, mi instrumento está ya

afinado.

BLANCA.-Que yo le oiga. (Hortensio toca.) ¡Qué

horror! Los altos desafinan.

LUCENTIO.-Escupa por el colmillo el amigo y

vuelva a afinar. (Hortensio se retira de nuevo.)

BLANCA.-Veamos ahora si yo soy capaz a mi

vez de traducir: "Hic ibat Simois”, no os conozco; “hic

est Sigela tellus”, y no puedo confiar en lo que decís;

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

79

“hic steterat Priami”, tened cuidado no vaya a oírnos;

celsa senis” y no desesperéis.

HORTENSIO.-(Volviendo.) Ahora,

HORTENSIO.-(Volviendo.) Ahora, señora, está

afinado.

LUCENTIO.-¿Los bajos también?

HORTENSIO.-Los bajos están a tono (Aparte.)

El que desentona, pícaro, eres tú. ¡Qué ardiente y

qué audaz se está volviendo este pedagogo! Que me

cuelguen si el bribón no hace la corte a mi amada.

Será preciso que vigile a este maldito pedantucho.

(Se desliza detrás de ellos.)

BLANCA.-Con el tiempo llegaré a creeros; por el

momento, desconfío.

LUCENTIO.-No dudéis... (dándose cuenta de que

está allí Hortensio), pues es cierto que Eacidas designa

a Aiax, llamado así a causa de su abuelo.

BLANCA.-(Levantándose.) Naturalmente debo

creer a mi maestro, de otro modo, os aseguro que

continuaría argumentando sobre este punto dudoso.

Pero quedemos aquí. A vos ahora, Licio. Queridos

maestros, si he bromeado un poco con los dos no

lo toméis, os lo ruego, en mal sentida.

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

80

HORTENSIO.-(A Lucentio.) Podéis iros a dar

una vuelta y dejarme libre un momento. Mis lecciones

no son un coro a tres voces.

LUCENTIO.-¿Tan formalista sois, señor mío?

Bien, me retiraré... (Aparte.) Pero sin dejar de vigilar,

pues o mucho me equivoco o el soplaflautas éste se

está enamorando. (Se aparta un poco. Blanca y Hortensio

se sientan.)

HORTENSIO.-Señora, antes de que toquéis el

instrumento debo enseñaros, lo primero, cómo hay

que poner los dedos. Y para ello, empezar por los

rudimentos de este arte. La gama os la enseñaré mediante

un método corto y agradable; más seguro y

más eficaz que todos los métodos empleados por

mis colegas. Vedle aquí en este papel, dispuesto del

modo más conveniente.

BLANCA.-Pero la gama ya hace mucho tiempo

que la he pasado.

HORTENSIO.-Leed, no obstante, la de Hortensio.

BLANCA.-(Leyendo.)

“Gama de do”, yo soy la base de todo acuerdo.

“A re”, yo vengo a abogar por la pasión de Hortensio.

“B mi”, Blanca, tomadle por esposo.

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

81

“C fa”, pues os ama con todo su corazón.

“D sol , re”, tengo dos notas para una sola llave.

“E la, mi”, tened piedad de mí o muero.

¿Y a esto llamáis una gama ¡Bah!, no me gusta

nada. Prefiero los métodos antiguos. No soy tan caprichosa

como para ir a cambiar las antiguas reglas

contra invenciones extrañas. (Entra un criado.)

EL CRIADO.-Señora, vuestro padre os ruega

dejéis vuestras lección con objeto de que le ayudéis

a decorar el cuarto de vuestra hermana. Ya sabéis

que mañana es el día de su boda.

BLANCA.-Hasta la vista, mis queridos maestros,

no tengo más remedio que dejaros. (Sale seguida del

criado.)

LUCENTIO.-En este caso, señora nada tengo

que hacer aquí. (Sale a su vez.)

HORTENSIO.-En cuanto a mí, bien haré en vigilar

a este pedagogo. Tiene todo el aire, todo, de

estar enamorado... Por tu parte, Blanca si tus gustos

son tan bajos como para llevar tus ojos hacia el

primero que se presente, que se case contigo el que

quiera. Si tu corazón es tan ligero, yo cambiaré también

de amor para no ser menos que tú.

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

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ESCENA II

Padua. Una plaza. Delante de la casa de Bautista

(Entran BAUTISTA, GREMIO, TRANIO [haciendo

siempre de Lucentio], LUCENTIO [haciendo de Cambio],

CATALINA [vestida de novia], BLANCA y numerosos

invitados)

BAUTISTA.-(A Tranio.) Señor Lucentio, hoy es

el día fijado para el matrimonio de Catalina con Petruchio

y henos aquí sin noticias de mi yerno. ¿Qué

van a decir los invitados? ¿Qué irrisión no va a causar

la ausencia del novio cuando el sacerdote llegue

dispuesto a efectuar el enlace? ¿Qué os, parece a

vos, Lucentio, de esta afrenta que sufrimos?

CATALINA.-No hay afrenta sino para mí. He

aquí la consecuencia de obligarme a dar mi mano a

un insensato, en contra de mi corazón. A un maleducado.

A un impulsivo, que tras hacerme la corte a

todo galope, luego no tiene prisa cuando llega el

momento de casarse. Por lo tanto, bien os había yo

dicho que era un disparatado, un loco, que bajo el

manto de una ruda franqueza lo que ocultaba era

una pura burla. Con tal de ser tenido por el más graL

A F I E R E C I L L A D O M A D A

83

cioso y festivo de los amigos, es de esos chuscos

que no dudan en hacer la corte a mil mujeres, en fijar

el día del matrimonio, en preparar un banquete,

en invitar a sus amigos y en publicar amonestaciones.

Todo ello sin la menor intención de desposar a

la que corteja. Y he aquí que ahora todo el mundo

señalará con el dedo a la pobre Catalina diciendo:

“¡Esa es la mujer del taravilla de Petruchio! Por supuesto,

cuando le dé la ventolera de casarse con

ella.”

TRANIO.-Paciencia, querida Catalina. Paciencia,

señor Bautista. Yo estoy seguro, por mi vida, de que

Petruchio tiene buenas intenciones, sea cual sea la

casualidad que le impida cumplir su palabra. Es

brusco, pero sensato; alegre vividor, pero honrado.

CATALINA.-¡Ojalá no le hubiese yo visto jamás!

(Va hacia la casa, llorando, seguida de Blanca y de los

invitados.)

BAUTISTA.-Anda, hija mía, anda. Esta vez no

puedo censurar tus lágrimas. Tal afrenta indignaría a

una santa misma. Mucho más, claro, a una muchacha

tan dada al arrebato y a la impaciencia como tú.

(Llega Biondello corriendo.)

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

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BIONDELLO.-¡Amo, amo! ¡Una noticia! ¡Una

nueva vieja! La nueva más vieja que jamás hayáis

oído!

BAUTISTA.-¿Una nueva vieja? ¿Cómo es posible

tal cosa?

BIONDELLO.-¿No es una nueva anunciaros

que Petruchio llega?

BAUTISTA.-¿Ha llegado?

BIONDELLO.-No, señor.

BAUTISTA.-¿Qué es lo que dices entonces?

BIONDELLO.-Que llega.

BAUTISTA.-¿Y cuándo estará aquí?

BIONDELLO.-Cuando esté donde yo estoy y os

vea como yo os veo.

TRANIO.-Pero, vamos a ver, ¿cuál es la nueva

vieja entonces?

BIONDELLO.-Pues bien, mi amo: Petruchio

llega con un sombrero nuevo y un jubón viejo.

Pantalones también viejos, vueltos ya tres veces, y

un par de botas que han servido de caja a los cabos

de vela. De ellas, una va sujeta con una hebilla; la

otra con un lazo. Al cinto, una antigua espada toda

oxidada, tomada a préstamo en el arsenal de la ciudad;

con la empuñadura rota y la vaina agujereada

por abajo; cierto que los hierros de la cruz partidos

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

85

en dos. Su caballo, que cojea de la cadena, se adorna

con una silla carcomida cuyos estribos están descabalados.

Sin contar que el pobre animal es víctima

del muermo, gracias a lo cual sus narices no dejan

de fluir; amén de sufrir de tolanos infestados de

lamparones; además de estar acribillado a fuerza de

espolonazos, abatido un tanto por la ictericia y cubierto

de adivas incurables. Y claro, cual suele ocurrir,

aturdido por los vértigos; sí que comido de

reznos. Por el contrario, tiene todo el espinazo despeado,

las costillas dislocadas y de las manos delanteras

es patizambo. Por suerte suya, al bocado

que trae le falta la mitad, y como cabezada, una piel

de carnero, que a fuerza de haber sido estirada para

impedirle que se moviera demasiado se ha roto más

de una vez, por lo que ha habido que reajustarla a

fuerza de nudos. También la cincha ha sido remendada

seis veces. En cambio, le avalora una grupera,

de terciopelo, para mujer, con dos iniciales perfectamente

marcadas con clavos y apañada aquí y allá,

pero con buena cuerda.

BAUTISTA.-¿Y quién viene con él?

BIONDELLO.-Su lacayo, señor. Su lacayo, engalanado

en armonía con el caballo. Es decir, con

una media de hilo en una pierna y una calza de lana

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

86

gruesa en la otra. Como ligas, un cordón rojo en una

y otro azul en la otra. En la cabeza, un sombrero

que fue nuevo tal vez. Cierto que a guisa de pluma

se adorna con un penacho de lo menos cuarenta

cincuentas. En cuanto al traje, hay que decirlo, ¡es

algo verdaderamente monstruoso! De tal modo, que

ni aire tiene de paje cristiano, ni de lacayo de hidalgo.

TRANIO.-Sin duda le ha cogido el capricho extraño

de presentarse así. A veces se le ocurre, en

efecto, la idea de salir pobremente vestido.

BAUTISTA.-De todas maneras, venga como

venga, con tal de que venga, será para mí él bienvenido.

BIONDELLO.-Pero es que, señor, no viene.

BAUTISTA.-¿Pero no has dicho que venía?

BIONDELLO.-¿Quién? Petruchio?

BAUTISTA.-Sí, que Petruchio venía.

BIONDELLO.-No, caballero; lo que yo he dicho

era que su caballo venía trayéndole encima.

BAUTISTA.-Pues bien, es todo uno.

BIONDELLO.-¡Ay, que no, por San Jamy!

Yo dos cobres apuesto

que un caballo y un hombre

más de uno son, cierto.

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

87

Sin ser varios, no obstante,

como también sostengo.

(Petruchio y Grumio, vestidos de cualquier manera,

cual Biondello les ha descrito, entran súbitamente.)

PETRUCHIO.-¡Vamos a ver! ¿Dónde están los

amigos? ¿Quién en hay esta casa?

BAUTISTA-Sed bienvenido, caballero.

PETRUCHIO.-¿Aunque no llegue mejor vestido?

Pero cada uno se presenta como puede.

BAUTISTA-Menos mal que no cojeando aún.

TRANIO.-En todo caso, no tan bien vestido cual

yo hubiera deseado.

PETRUCHIO.-¿No era mejor llegar, bien que

fuese de este modo? Pero, ¿dónde está Lina? ¿Dónde

está mi encantadora novia? Y ¿cómo va mi querido

padre? Pero diríase, señores míos, que estáis

incomodados. ¿Por qué tan amable compañía arquea

las cejas como ante un prodigio extraordinario

cual un cometa o algún otro fenómeno inusitado?

BAUTISTA.-Porque, comprendedlo, hoy es el

día fijado para vuestra boda y, claro, primero estábamos

tristes pensando que no ibais a llegar. Y ahora

lo estamos más aún viéndoos llegar de este

modo. Ea, ea, despojaos de ese traje que avergüenza

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

88

vuestra condición, sobre deshonrar una fiesta tan

solemne como ésta.

TRANIO.-Y decidnos qué asunto importante os

ha retenido tanto tiempo lejos de vuestra esposa y

os hace llegar tan diferente de vos mismo.

PETRUCHIO.-Larga cosa sería de contar e ingrata

de oír. Que os baste saber que aquí estoy, dispuesto

a cumplir mi promesa. Si en algo me he

apartado de lo que había dicho, ya me excusaré

cuando tenga la ocasión necesaria para ello, y entonces

quedaréis completamente satisfechos. Pero

¿dónde está Lina? Se me tiene demasiado tiempo

alejado de ella. La mañana avanza y ya deberíamos

estar en la iglesia.

TRANIO.-No se os ocurra presentaros delante

de vuestra prometida tal cual vais vestido. Venid a

mi cámara y yo os daré ropa mía.

PETRUCHIO.-Ni mucho menos, creedme. Al

contrario, tal cual estoy voy a presentarme.

BAUTISTA.-Mas espero que no pretenderéis casaros

con ella de este modo.

PETRUCHIO.-¿Y por qué no? ¡Tal cual estoy!

No se hable más de ello. Es conmigo con quien se

casa, no con mis vestidos. De poder renovar las

fuerzas que ella agotará en mí tan fácilmente como

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

89

podría cambiar de traje, Lina se alegraría mucho y

yo aún más. Pero qué tonto soy charlando de este

modo con vosotros en vez de correr a saludar a mi

prometida y a sellar este dulce título con un beso de

amor. (Sale seguido de Grumio.)

TRANIO.-No hay duda que ha venido como ha

venido “ex profeso”. Pero veamos de convencerle,

si ello es posible, de que se vista mejor para ir a la

iglesia.

BAUTISTA.-Corro tras él a ver en qué acaba todo

esto. (Sale seguido de Gremio.)

TRANIO.-(A Lucentio.) Pero, señor, no hasta

contar con el amor de Blanca, sino que es preciso

tener asimismo el consentimiento del padre. Y para

conseguir éste, cual ya he dicho a vuestra gracia, voy

a valerme de un hombre. Quién sea este hombre,

poco importa; lo esencial es enseñarle debidamente

el papel que tiene que representar. Es decir, que habrá

de hacerse pasar por Vincentio de Pisa y garantizar

aquí en Padua una viudedad aún mucho más

importante que la que yo he prometido. De este

modo obtendréis sin esfuerzo lo que deseáis y podréis

desposar a la dulce Blanca con el consentimiento

de su padre.

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

90

LUCENTIO.-Si mi colega el profesor de música

no vigilase como lo hace tan de cerca los pasos de

Blanca, creo que lo mejor sería que nos casásemos

en secreto. Una vez el matrimonio celebrado, habría

el mundo entero de oponerse y yo sabría guardar mi

tesoro frente a todo el universo.

TRANIO.-Ya veremos, sin precipitarnos, lo que

más conviene realizar. Lo primero que hay que hacer

es engañar a ese vejancón de Gremio; luego al

padre, el receloso Bautista Minola; en fin, a ese músico

astuto, el enamorado Licio. Y todo por afecto

hacia Lucentio, mi amo... (Entra Gremio.) ¿Venís, señor

Gremio, de la iglesia?

GREMIO.-¡Y tan alegre como de chico lo hacía

de la escuela!

TRANIO.-Y el novio y la novia, ¿vuelven a la

casa?

GREMIO.-¿El novio decís? Mejor diríais diciendo

un mozo de cuadra, un palafrenero zafio.

¡La pobre criatura se enterará pronto!

TRANIO.-¿Es que tal vez es más huraño que

ella? ¡No es posible!

GREMIO.-¿Él? Ese hombre es un diablo. ¡Un

verdadero demonio!

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

91

TRANIO.-Pues ella en todo caso una diablesa.

La verdadera mujer del diablo.

GREMIO.-¡Quiá, mi amigo! Junto a él es una

cordera, una paloma, una futesa. Os voy a contar lo

ocurrido. Escuchad, mi señor Lucentio. Figuraos

que cuando el cura le ha preguntado si quería a Catalina

por mujer ha respondido, pero jurando tan

fuerte que el sacerdote todo asustado ha dejado caer

su libro: “¡Rayos de rayos!, pues ya lo creo.”Y cuando

se agachaba el pobre cura para recoger su breviario,

ese disparatado loco le ha dado tal puñetazo,

que cura y libro y libro y cura han rodado por el

suelo. “Ahora -ha rugido-, que los levante el que

quiera!”

TRANIO.-¿Y qué ha dicho la joven cuando el

cura se ha levantado?

GREMIO.-Ella temblaba y se estremecía, pues el

fenómeno pataleaba y tronaba cual si el cura hubiese

tratado de hacerle cornudo. Y he aquí que una vez

todas las ceremonias acabadas, el monstruo pide vino.

“¡A la salud de todos!”, grita, cual si hubiese estado

a bordo de un navío bebiendo por sus

camaradas tras una tormenta. Traga el moscatel sin

dejar para los demás, y lo que quedaba en el fondo

de la copa se lo tira a la cara del sacristán pretextanW

I L L I A M S H A K E S P E A R E

92

do para ello que la barba del infeliz crecía tan rala y

famélica que le estaba pidiendo a voces mientras

bebía un poco de brebaje. Tras ello, coge a la recién

casada por el cuello, le sacude en plena boca un beso

tan escandaloso, que resuena en toda la iglesia. Y

es cuando yo, al ver aquello, he escapado, avergonzado.

Por supuesto, todo el cortejo viene tras de mí.

Jamás, se había visto un matrimonio tan extraordinario...

Pero escuchad, escuchad. Oigo a los músicos.

(Música. Entran los músicos precediendo a los de la

bodas Petruchio y Catalina, seguidos de Blanca, Bautista,

Hortensio, Grumio y todos los invitados y comitiva.)

PETRUCHIO.-Caballeros, y vosotros, amigos

míos, mil gracias por el trabajo que os habéis tomado

en venir. Sé también que contabais comer conmigo

y que habéis preparado un copioso banquete

de boda. Pero sucede que asuntos inaplazables me

reclaman lejos de aquí; por consiguiente, obligado

me veo a despedirme de vosotros en este preciso

instante.

BAUTISTA.-¿Es posible que queráis partir esta

tarde misma?

PETRUCHIO.-Hoy mismo, sí, antes de que sea

de noche. Y que ello no os extrañe. Si supieseis las

razones que me mueven a ello, más bien me rogaL

A F I E R E C I L L A D O M A D A

93

ríais que partiese, que no me quedase. Por consiguiente,

doy muchas gracias a todos, nobles compañeros,

testigos de mi unión con la más paciente, la

más dulce y virtuosa de las esposas. Comed en

compañía de mi suegro, bebed a mi salud, y en lo

que a mí afecta, como es preciso que me vaya, adiós

a todos.

TRANIO.-Permitidnos suplicaros que os quedéis

hasta después de la comida.

PETRUCHIO.-Imposible.

GREMIO.-Dejadme que os lo suplique yo también.

PETRUCHIO.-Imposible digo.

CATALINA.-Yo uno mis ruegos a los suyos.

PETRUCHIO.-Me place en extremo.

CATALINA.-¿Os place en extremo quedaros?

PETRUCHIO.-Me place en extremo que me supliquéis

que me quede. Pero podríais hartaros de

suplicarme y no me quedaría.

CATALINA.-No obstante, si es que me amáis,

quedaos.

PETRUCHIO.-¡Grumio, los caballos!

GRUMIO.-Dispuestos están, mi amo. Y con la

tripa llena de avena.

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

94

CATALINA.-Pues bien, haced como os plazca.

En cuanto a mí, no partiré hoy, ¡no! Ni mañana. Ni

antes de que me dé la gana hacerlo. La puerta

abierta está, señor mío; el camino ahí le tenéis. Podéis

trotar hasta que vuestras botas no puedan ya

más. Pero yo no partiré más que cuando se me antoje

hacerlo. Un hombre que desde el primer momento

se muestra tan bruto y tan grosero, ¡de veras

que promete ser una alhaja de marido!

PETRUCHIO.-Ea, Lina querida no te enfades, te

lo ruego. Echa lejos de ti el mal humor.

CATALINA-¡Me da la gana enfadarme! ¿Qué

diablos tenéis que ir a hacer? En cuanto a vos, padre,

puedes estar tranquilo. Esperará hasta que a mí

se me antoje.

GREMIO.-(A Bautista.) Esto ya es otra cosa, caballero.

La cólera de Catalina empieza a producir su

efecto.

CATALINA.-Señores, ¡a la mesa todos! Ya veo

que se puede hacer de una mujer un espantajo si no

tiene el valor de resistir.

PETRUCHIO.-(Con violencia tremenda.) ¡Estos caballeros

irán a comer, Lina, puesto que se lo ordenas!

¡Obedeced a la recién casada, vosotros todos

los que habéis formado su cortejo! Id al banquete,

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

95

sí; divertios, haced francachela, brindad hasta hartaros

por su doncellez, alegraos, haced el loco, Y si

no, ¡que os ahorquen! En cuanto a mi Lina, mi hermosa

Catalina, ¡partirá conmigo! (La coge por la cintura

cual si la defendiese contra los otros,) Ea, lucero, no te hagas

la enfadada, no patalees ni te revuelvas; no eches

miradas furibundas ni hagas gestos de cólera. Yo

quiero ser dueño de lo que es mío. Mi mujer es mi

bien, mi todo, mi casa, mi mobiliario, mi campo, mi

granja, mi caballo , mi buey, mi asno: ¡cuanto quiero

y tengo! (Desenvaina la espada.) ¡Aquí la tenéis! Pero

¡ay de quien la toque! ¡Desafío a todo matachín de

Padua que se atreva a cerrarme el camino! Grumio,

¡desenvaina, que estamos rodeados de bandidos!

¡Ven a socorrer a tu señora si es que eres un hombre!

En cuanto a ti, mi Lina adorada, no temas nada,

que nadie se atreverá a tocarte. ¡Aquí estoy yo para

ser tu escudo incluso contra un millón de enemigos!

(Se la lleva de la plaza violentamente mientras Grumio hace

que protege su retirada.)

BAUTISTA.- ¡Dejad, dejad que se vayan enhorabuena!

¡Apacible pareja!

GREMIO.-Si no se van tan pronto, reviento de

risa.

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

96

TRANIO.-No creo que haya habido jamás matrimonio

de locos semejantes.

LUCENTIO.-(A Blanca.) Señora, ¿qué pensáis de

vuestra hermana?

BLANCA.-Que para una loca de atar siempre

hay un loco rematado.

GREMIO.-Creo, por mi fe, que Petruchio ha encontrado

una horma digna de su zapato.

BAUTISTA.-Amigos míos, vecinos: si el casado

y la casada no están para ocupar su puesto en la mesa,

sí habrá, en cambio, comida y bebida en abundancia.

Vamos, pues, Lucentio, vos ocuparéis el

puesto del marido, y Blanca, el de su hermana.

TRANIO.-¿Va la encantadora Blanca a aprender

cómo se hace de recién casada?

BAUTISTA.-Así es, Lucentio. Venid, señores,

vamos. (Entran a la casa.)

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

97

ACTO IV

ESCENA PRIMERA

Gran sala a la entrada de la casa de campo de Petruchio

(Entra GRUMIO todo cubierta de barro)

GRUMIO.-¡Mal haya! ¡Mal haya de todos los

jamelgos derrengados, de todos los amos locos y de

todos los malos caminos! ¿Ha habido jamás hombre

más zarandeado, más enlodado y más molido

que yo? Me ha echado por delante para que encienda

el fuego y llegan tras de mí para calentarse. De no

ser yo uno de esos pucheritos que al punto están

hirviendo, mis labios helados se pegarían a mis

dientes, mi lengua a mi paladar y mi corazón a mis

tripas antes de que tuviese fuego para deshelarme.

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

98

Pero me calentaré con sólo soplar lo que arda; un

hombre mayor que yo, con este tiempo, no habría

quien le librase de un resfriado. ¡A ver! ¡Hola!

¡ Curtis! (Entra Curtis.)

CURTIS.-¿Quién llama con voz que tirita?

GRUMIO.-Un pedazo de hielo. Si lo dudas, ensaya

y verás que puedes patinar de mis hombros a

mis talones sin otro impulso que el que tomes de mi

cabeza a mi cuello. ¡Lumbre, lumbre, mi querido

Curtis!

CURTIS-¿Es que el amo y su esposa llegan,

Grumio?

GRUMIO.-Sí, sí, Curtis; están al llegar, conque,

¡ fuego!, ¡fuego! Y no se te ocurra echar agua encima.

CURTIS.-Y dime: ¿la fiera tiene la cabeza tan caliente

como dicen?

GRUMIO.-La tenía, excelente Curtis, antes de

esta helada. Pero bien sabes que el invierno doma

todo: hombre, mujer y bestia. Este ha domado a mi

amo de siempre, a mi ama de ahora y hasta a mi

mismo, excelente Curtis.

CURTIS.-¿Qué estás diciendo ahí? ¿Es que crees

acaso que soy tonto, títere de tres pulgadas?

GRUMIO.-Prefiero no tener sino tres pulgadas a

llevar, como tú, cuernos de más de a pie. Además

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

99

¿es que quieres hacernos fuego, o será preciso que

me queje de ti a nuestra ama? Te aseguro que si tardas

tanto en preparar lo necesario para que se caliente,

ella te hará en menos tiempo sentir la caricia

de sus manos heladas.

CURTIS.-Ea, Grumio, hombre, dime, te lo ruego,

qué pasa por el mundo.

GRUMIO.-(Mientras Curtis enciende fuego.) Pasa que

se hiela. Pasa que el único oficio bueno es el de fogonero:

el tuyo. Por consiguiente, atiza. Haz tu deber

y hallarás recompensa. Mi amo y mi ama están

medio muertos de frío.

CURTIS.-Ya tienes el fuego encendido, conque

ahora, mi buen Grumio, vengan las noticias.

GRUMIO.-Tantas noticias cuantas quieras con

música de “¡Jacobo, muchacho!, ¡eh, muchacho!”.

CURTIS.-¡Siempre el mismo! En embarcar a los

demás no hay otro.

GRUMIO.-Pero como el agua está terriblemente

fría, ¡atiza el fuego de firme! Por cierto, ¿dónde está

el cocinero? ¿Está la sopa lista, la casa en condiciones,

el piso esterado y barridas las telas de araña?

¿Se han puesto los criados los trajes nuevos, las

medias blancas y cuantos hayan de servir el traje de

boda? Las marmitas, ¿están bien limpias por dentro

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

100

y los marmitones por fuera? ¿Tienen las mesas

manteles? ¿Está todo preparado?

CURTIS.-¡Todo! Por consiguiente, ¡habla, hombre!

GRUMIO.-Pues bien, ante todo, sabe que mi caballo

está rendido y que el amo y el ama se han caído...

CURTIS.-¿Qué se han caído?

GRUMIO.-...de sus sillas en medio del barro, y

aquí empieza la historia.

CURTIS.-Cuéntamela, mi excelente Grumio.

GRUMIO.-Aguza el oído.

CURTIS.-Alerto está.

GRUMIO.-(Dándole una bofetada.) Pues aquí la tienes.

CURTIS.-Esto es más sentir una historia que

oírla.

GRUMIO.-Es que te la quería hacer palpable.

Por supuesto, el soplamocos era tan sólo para advertir

tu oreja y hacerte escuchar mejor. Y ahora,

empiezo: primero hemos bajado por una cuesta malísima;

el amo a la grupa, detrás del ama...

CURTIS.-(Interrumpiendo a Grumio.) ¡ Diantre, los

dos sobre el mismo jamelgo!

GRUMIO.-¿Qué has dicho?

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

101

CURTIS.-He dicho: los dos sobre el mismo jamelgo.

GRUMIO.-Pues si lo sabes, sigue tú contando.

¿Ves?, de no haberme interrumpido hubieras sabido

cómo el caballo ha caído, y ella debajo, pero precisamente

encimita del cenagal. Luego, la clase de cenagal

que era; de qué modo se rebozó en el barro;

cómo el amo la dejó, caballo y todo sobre ella; y

cómo a mí me sacudió por haber tropezado el caballo

del ama. Luego lo que ella chapoteó en el barro

para venir a librarme de sus manos; de qué manera

él juraba, ¡y cuanto ella le suplicaba! Ella, que jamás

había suplicado antes. Y como yo chillaba de tal

modo, que los caballos salieron escapados. Cómo la

brida del ama se rompió. Cómo yo perdí mi grupera.

Y muchas otras cosas más dignas de memoria,

pero que morirán en el olvido, mientras tú, ignorante

de lo que ha pasado, bajarás a la tumba.

CURTIS.-A juzgar por lo que dices, está él más

rabioso que ella.

GRUMIO.-De ello no hay duda. Y esto, tanto tú

como el más majo de la casa lo descubriréis en

cuanto llegue. ¿Pero a qué tantas palabras? Llama a

Nataniel, a José, a Nicolás, a Felipe, a Walter Pilón

de Azúcar y a todos los demás. Y ¡mucho ojo! Que

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

102

estén bien peinados, las libreas azules bien cepilladas

y las ligas perfectamente atadas. Que hagan la

reverencia con la pierna izquierda, y que no se tomen

la libertad de tocar una crin de la cola del caballo

del amo sin previamente haberle enviado un

beso con la mano. ¿Están todos dispuestos?

CURTIS.-Lo están.

GRUMIO.-Llámales entonces.

CURTIS.-(A voces.) ¡A ver! ¿me oís? ¡Que cada

uno vaya al encuentro del amo, con objeto de hacer

buena cara al ama!

GRUMIO.-¿Cómo? Te advierto ella tiene ya su

cara.

CURTIS.-¿Quién podría ignorarlo?

GRUMIO.-Diríase que tu, puesto que les llamas

para que le hagan una buena.

CURTIS.-Lo que hago es invitarles a que le

presten sus respetos.

GRUMIO.-¿Pero es que tú crees que ella viene

aquí a que le presten algo? (Entran cuatro o cinco servidores,

que se agrupan en torno a Grumio.)

NATANIEL.-Bienvenido, Grumio.

FELIPE.-¿Qué tal, Grumio?

NICOLÁS.-¡Querido Grumio!

NATANIEL.-¿Cómo, te ha ido, muchacho?

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

103

GRUMIO.-Hola tú... Y tú, ¿cómo estás?... ¿Estás

tú aquí también... Adiós, compadre... y ya basta de

saludos. Y ahora, mis buenos mozos, ¿es que todo

está dispuesto? ¿Todo en orden?

NATANIEL.-Todo. ¿A qué distancia está el

amo?

GRUMIO.-A dos pasos. Ya debe incluso haberse

apeado del caballo. Luego basta de charla. Pero,

¡silencio, por el gallo de la Pasión, que ya le oigo!

(Entran Petruchio y Catalina, llenos de barro.)

PETRUCHIO.-¿Dónde, están ese hatajo de inútiles?

¿De modo que nadie a la puerta para tenerme

el estribo y para recoger al caballo? ¿Dónde está

Nataniel? ¿Dónde Gregorio? ¿Dónde Felipe?

LOS CRIADOS.-¡Aquí! ¡Aquí, señor! ¡Aquí!

PETRUCHIO.-¡Aquí! ¡Aquí, Señor! ¡Aquí! ¡Tarugos!

¡Asnos! ¡Unos grandes asnos!, he aquí lo que

sois. Aquí estáis, pero nadie se ha presentado para

servirnos. Nadie para saludarnos y desearnos la

bienvenida. ¿Dónde, está ese idiota, ese papanatas al

que he enviado por delante?

GRUMIO.-Aquí estoy, señor, tan idiota como de

costumbre.

PETRUCHIO.-¡Palurdo!, ¡rocín de cervecero!

¡hijo de zorra! ¿No te había dicho que salieses a esW

I L L I A M S H A K E S P E A R E

104

perarme al parque en unión de esta cuadrilla de gaznápiros?

GRUMIO.-Señor, la librea de Nataniel no estaba

completamente acabada y los escarpines de Gabriel

estaban, por el contrario, perfectamente acabados

por los tacones. No había negro de humo para dar

una mano al sombrero de Pedro, y la daga de Gontrán

aún no se la había enviado el fabricante de vainas.

Es decir, ninguno estaba listo a excepción de

Adán, Raúl y Gregorio. Los demás estaban, por decirlo

así, hechos jirones. Más usados en sus trajes,

que mendigos. No obstante, tal cual estaban han venido

a vuestro encuentro.

PETRUCHIO.-¡Largo, bribones! ¡Id a buscar la

cena! (Los criados salen. Petruchio canta.)

¡Qué fue de la vida que yo llevaba!...

¿dónde están...?

(Fijándose en Catalina.) Pero siéntate y sé la bienvenida,

Lina... A comer, a comer, ¡a comer! (Entran

los criados trayendo la Cena.) ¿Qué? ¿Llega la cena, al

fin? Ea, mi buena, mi dulce Lina, anímate. Pero,

¿qué hacéis que no me quitáis las botas, canallas?

¡Vivos! (Canta.)

“En otro tiempo, un fraile gris siempre que iba

de viaje...”

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

105

¡Detente animal, que me tuerces el pie! ... (Le pega.)

¡Toma! ¡Así tendrás más cuidado al sacar la

otra!... Alégrate, Lina... Pero, ¿no hay agua? (Entra un

criado trayéndola.) ¿Y dónde está Troilus, mi podenco?

En cuanto a ti, bribón, escapa de aquí y ve a rogar

a mi primo Fernando que venga. (El criado sale.)

Se trata de alguien, Lina al que será preciso que

abraces y al que quiero que conozcas. ¿Dónde están

mis zapatillas? Y esa agua, ¿llega o no llega? (Le presentan

la aljofaina por segunda vez.) Ven Lina, ven a lavarte,

y de todo corazón, sé la bien venida. (Empuja

al criado, que deja caer el agua.) ¡Idiota! ¡Hijo de perdida!

¡Ni que decir tiene que la has tirado toda! (Le pega.)

CATALINA.-Tened paciencia, os lo ruego. Lo

ha hecho sin querer.

PETRUCHIO.-¡Es un hijo de zorra!, ¡una cabeza

de leño!, ¡un orejas de asno! Ea, Lina, ven a sentarte,

que sé que tienes mucha hambre. ¿Quieres

decir el Pater Noster, mi querida Lina, o lo digo yo?

Pero, ¿qué es esto?, ¿carnero?

PRIMER CRIADO.-Sí, mi amo.

PETRUCHIO.-¿Quién le ha traído?

PRIMER CRIADO.-Yo.

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

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PETRUCHIO.-¡Pero si está todo quemado!

¡Toda la carne está quemada! ¡Perros del demonio,

qué sois! ¿Dónde está ese maldito cocinero? ¿Cómo

habéis tenido la audacia de traer una carne semejante

y de servírmela en este estado, sabiendo de qué

modo la detesto así? ¡Quitadme de delante todo eso!

¡Platos, vasos, todo! (Les tira la cena a la cabeza.)

¡Idiotas! ¡Imbéciles! ¡Animales! ¡Malenseñados!

¿Cómo? ¿Y aún refunfuñáis? ¡Dentro de un instante

me las entenderé con vosotros! (Echa a todos de la sala

menos a Curtis.)

CATALINA.-Por favor, esposo, no os atormentéis

así. En cuanto a la carne, en su punto estaba,

podéis creerme.

PETRUCHIO.-Pues yo digo, Lina, que estaba

toda quemada; toda seca. Y la carne a tal punto asada

me está enteramente prohibida. No debo ni probarla.

Parece ser que produce bilis y que mueve a la

cólera. Vale, pues, más para nosotros dos que de

naturaleza somos ya un poco irritables, quedarnos

en ayunas, que comer una carne como ésta, demasiado

asada. Ten paciencia. Mañana irá la cosa mejor.

Ea, ven. Voy a conducirte a la cámara nupcial.

(Salen seguidos de Curtis. Los criados entran poco a poco.)

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

107

NATANIEL.-Pedro, ¿viste jamás cosa semejante?

PEDRO.-La está domando a fuerza de imitar su

carácter. (Curtis vuelve.)

GRUMIO.-¿Dónde está?

CURTIS.-En el cuarto de su mujer, pronunciando

un gran discurso sobre la continencia. Maldice,

jura truena de tal modo que la pobre criatura no sabe

ya qué hacer, adónde mirar ni qué decir. Ha acabado

por sentarse y está como alguien que acaba de

despertar de un sueño. (Entra Petruchio.)

PETRUCHIO.-Creo que he comenzado mi reinado

como hábil político y espero llevar mi empresa

a un buen fin. Por lo pronto, mi halcón está hambriento

y con el estómago una patena. Hasta que no

esté bien amaestrada será preciso que no se vea

harta; de otro modo, no habría medio de que acudiese

al señuelo. Y aun conozco otro medio de domar

a mi ave de presa; de hacerla que aprenda a

conocer mi voz y acuda a mi mano: que es impedirla

que duerma; como se hace con los milanos que

agitan las alas y no quieren obedecer. Nada ha comido

hoy y nada comerá mañana aún. La noche última

no durmió y ésta no dormirá tampoco. Del

mismo modo que con la cena, ya encontraré una

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

108

estratagema cualquiera, por ejemplo sobre el modo

como han hecho la cama, y hallada, todo irá por los

aires; aquí la almohada; allá, el almohadón; las

mantas, por un lado; las sábanas, por otro. Y, naturalmente,

en medio del escándalo no dejaré de jurar

y de repetir que cuanto hago es por ella; en atención

y solicitud hacia ella. En una palabra, velará toda la

noche, pues en cuanto incline la cabeza me pondré a

jurar y a maldecir como un condenado, y con voces

no habrá medio de que pegue los ojos. ¡He aquí

cómo agobia a una mujer a fuerza de la bondad! Si

alguien conoce un medio mejor para domar a una

fiera, que hable; haría una verdadera caridad indicándomelo.

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

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ESCENA II

Padua. Una plaza. Ante la casa de Bautista

(LUCENTIO [como Cambio] y BLANCA, sentados

en un banco, leen un libro; ´TRANIO [en Lucentio siempre]

y HORTENSIO salen de una casa situada al otro lado de

la plaza)

TRANIO.-¿Sería posible, amigo Licio, que la señora

Blanca se interesase por otro hombre que por

mí, Lucentio? Os aseguro que no puede estar conmigo

más amable.

HORTENSIO.-Pues para que os convenzáis de

lo que os he dicho, no tenéis sino observar, sin que

os vean, cómo le da su lección.

LUCENTIO.-Y bien, señora ¿sacáis provecho

de vuestras lecturas?

BLANCA.-Y vos, maestro, ¿cuales son las vuestras?

Responded primero a esto.

LUCENTIO.-Yo leo lo que profeso: El arte de

amar.

BLANCA.- ¡Ojalá lleguéis a ser un maestro en

vuestro arte!

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

110

LUCENTIO.-Lo seré mientras vos, amor mío,

séais la dueña de mi corazón. (Se levantan, se besan y

salen embelesados.)

HORTENSIO-Sus progresos, ¡pardiez!, no

pueden ser más rápidos. Conque, ¿qué decís ahora?

Hacedme el favor de responder, pues hace un momento

os atrevíais a jurar que vuestra señora, Blanca

no amaba en el mundo a, nadie tanto como a Lucentio.

TRANIO.-¡Oh engañador amor! ¡Oh inconstancia

de las mujeres! Es coma para no creerlo, Licio, te

lo aseguro.

HORTENSIO.-Pues bien, cese la equivocación

en lo que a mí afecta; yo no me llamo Licio, ni soy

un músico, como aparento, sino un hombre harto

de cubrirse con esta apariencia y de fingir por una

mujer capaz de dejar plantado a un hidalgo para hacer

su dios de semejante majadero. Sabed, caballero,

que yo me llamo Hortensio.

TRANIO.-Señor Hortensio, con frecuencia he

oído hablar de vuestro profundo afecto hacia Blanca;

y puesto que mis ojos son testigos de su ligereza,

quiero, al mismo tiempo que vos, si me lo permitís,

abjurar para siempre de ella y de su amor.

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

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HORTENSIO.-¡Ya habéis visto cómo se besan

y se acarician! Señor Lucentio, he aquí mi mano.

Desde este momento me comprometo formalmente

a no hacerle más la corte y a renegar de ella como de

criatura indigna de los homenajes con que hasta

ahora la he halagado tan locamente.

TRANIO.-Y yo, asimismo, hago juramento sincero

de no desposarla jamás; incluso si me lo suplicase.

¡Se acabó para mí esta mujer! ¡Ved, ved aún

los repugnantes cariños que le hace!

HORTENSIO.- ¡Merecería que el mundo entero,

menos él, renegase de ella! En cuanto a mí, con

objeto de estar aún más seguro de cumplir lo que

prometo, voy a casarme antes de tres días con una

viuda rica que no ha dejado de adorarme mientras

yo amaba a esta desdeñosa y vanidosa faisana. Pos

consiguiente, adiós, señor Lucentio. En adelante no

serán los lindos rostros de las mujeres, sino la bondad

de su corazón, lo que conseguirá mi amor. Me

despido de vos resuelto a cumplir lo que acabo de

jurar. (Salen. Tranio va en busca de los enamorados, que

vuelven a su vez.)

TRANIO.-¡Que el cielo os conceda, señora

Blanca, todos los favores patrimonio de los amantes

felices! Debo deciros que, habiendo sorprendido

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

112

vuestras caricias, tanto Hortensio como yo, hemos

renunciado a vos.

BLANCA.-¿No hablas en broma, Tranio? ¿Habéis

renunciado, en verdad, a mí?

TRANIO.-Así es, señora.

LUCENTIO.-Henos, pues, desembarazados de

Licio.

TRANIO.-Ha partido en busca de una buena

moza, viuda por más señas, que se dejará seducir y

desposar en un día.

BLANCA.-¡Buen provecho les haga!

TRANIO.-Y, además, él pronto la habrá domado.

BLANCA.-Al menos lo dirá, Tranio.

TRANIO.-Seguro, pues ha partido en dirección a

la escuela donde se aprende a domar a las mujeres.

BLANCA.-¿La escuela donde se aprende a domar

a las mujeres?, pero, ¿existe tal escuela?

TRANIO.-Por supuesto, señora. Y en ella, Petruchio

es el maestro. El enseña los procedimientos,

que caen como un treinta y un uno, para domar a las

mujeres ariscas, y para hacer dormir su lengua

cuando es demasiado violenta. (Entra Biondello, corriendo.)

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113

BIONDELLO.-¡Amo, amo! A fuerza de estar a

la espera, como un perro, estoy derrengado. Mas,

por fortuna, he acabado por divisar a un viejo, a un

buen ángel, que bajaba por la colina, y que creo nos

servirá perfectamente.

TRANIO.-¿Qué clase de hombre es, Biondello?

BIONDELLO.- O un “mercadero” o un pedagogo,

no lo sé. Pero la compostura de su traje y la

gravedad de su rostro y de su aspecto, le dan enteramente

el aire de un buen padre.

LUCENTIO.-¿Y qué quieres hacer con él, Tranio?

TRANIO.-De ser crédulo y de dar fe a lo que

voy a contarle, conseguiré que acepte con solicitud y

diligencia el papel de Vincentio, con objeto de que

garantice a Bautista Minola lo que haría el verdadero

Vincentio. Conque llevaos a vuestra amada y dejadme

solo. (Lucentio y Blanca entran en la casa y el Pedagogo

aparece.)

EL PEDAGOGO.-¡Dios os guarde, caballero!

TRANIO.-Y a vos también, señor mío, sed bien

venido. ¿Estáis de paso aquí, tan solo, o habéis llegado

al término de vuestro viaje?

EL PEDAGOGO.-Voy a estar aquí durante una

semana o dos. Luego volveré a partir e iré hasta

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

114

Roma. Y de Roma, a Trípoli. Si Dios me concede

vida.

TRANIO.-¿De dónde sois, señor?

EL PEDAGOGO.-De Mantua.

TRANIO.-¿De Mantua? ¡Santo cielo! ¿Y venís a

Padua sin temor vuestra vida?

EL PEDAGOGO.-¿Sin temor por mi vida, decís?

¿Y por qué habría temer? Decídmelo, os lo ruego.

TRANIO.-Pero, ¿no sabéis que es la muerte, para

todo habitante de Mantua, el venir a Padua? ¿E

ignoráis acaso el por qué? En Venecia han confiscado

vuestras naves, y nuestro Duque, a consecuencia

de una querella privada con el vuestro, ha hecho

proclamar por todas partes un edicto anunciando

esta pena. Claro que, como acabáis de llegar, lo ignoráis

aún; de otro modo, extraordinario sería que

no hubieseis oído hablar ello.

EL PEDAGOGO.-Pues caballero, la cosa es

tanto más peligrosa para mí cuanto que soy portador

de letras de cambio establecidas en Florencia, y

que debía presentar al cobro aquí.

TRANIO.-En efecto. Mas con objeto de ayudaros

y por pura cortesía, he aquí lo que estoy disL

A F I E R E C I L L A D O M A D A

115

puesto a hacer y lo que os aconsejo. Pero ante todo,

decidme: ¿habéis ido alguna vez a Pisa?

EL PEDAGOGO.-Sí, he ido con frecuencia a

Pisa, ciudad afamada a causa de la seriedad de sus

ciudadanos.

TRANIO.-Y entre ellos, ¿conocéis a uno llamado

Vincentio?

EL PEDAGOGO.-Conocerle no le conozco,

pero sí he oído hablar de él. Es un mercader inmensamente

rico.

TRANIO.-Pues es mi padre, señor. Y, en verdad,

que hasta os parecéis un poco a él.

BIONDELLO.(Aparte.)-Exactamente como una

manzana a una ostra. Se equivocaría uno.

TRANIO.-Pues bien, con objeto de salvaros la

vida, pues vuestro caso es muy grave, he aquí el servicio

que estoy dispuesto a prestaros, y que os hará

ver que no es poca suerte para vos el pareceros a

Vincentio; vais a tomar aquí su nombre y a haceros

pasar por él. Por supuesto, seréis alojado en mi casa

y como corresponde a un amigo. Por vuestra parte,

cuanto habréis de hacer consistirá en representar

vuestro papel como es debido. ¿Me comprendéis?

Por consiguiente, permaneceréis en mi casa hasta

que hayáis terminado vuestros quehaceres en esta

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116

ciudad. Si este ofrecimiento, señor, os place, no tenéis

sino aceptarle.

EL PEDAGOGO.-¡Pues no lo he de aceptar,

caballero! Y siempre os consideraré como el protector

de mi vida y de mi libertad.

TRANIO.-En este caso, venid conmigo, que vamos

a disponer todo como es debido. ¡Ay!, y a propósito;

es preciso que os diga que precisamente

espero todos los días a mi padre para que asegure

los derechos de viudedad a la hija de un tal Bautista,

con la cual debo casarme. Pero ya os pondré al corriente

de todos los detalles. Venid conmigo, señor,

con objeto de que os vistáis cual conviene a vuestra

actual categoría. (Salen.)

ESCENA III

Una gran sala en casa de Petruchio

(Entran CATALINA y GRUMIO)

GRUMIO.-No, no; de veras que no; por nada

del mundo me atrevería.

CATALINA.-Cuanto más sufro, más encolerizado

está él. Además, ¿es que se ha casado conmigo

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

117

para matarme de hambre? Los mendigos que llegan

a la puerta de mi padre no tienen sino pedir y al

momento reciben la limosna que imploran. Y si se

les negase allí, en otra parte hallarían caridad. Pero

yo, que jamás aprendí a implorar, que jamás tuve

necesidad de implorar, privada me veo de alimento

y la cabeza se me va por falta de sueño. Despierta

me tiene a fuerza de juramentos y maldiciones, y

sólo con escándalos me alimenta. Y lo que aún me

desespera más que todas las privaciones, es ver que

todo lo hace con el pretexto de un amor perfecto; es

decir, cual si comiendo y durmiendo fuese a sobrevenirme

una enfermedad mortal o una muerte súbita.

Por lo tanto, te lo ruego una vez más; ve a

buscarme algo de comer. No importa el qué, con tal

de que sea un alimento sano.

GRUMIO.-¿Qué os parecería un pie de ternera?

CATALINA.-¡Pero un pie de ternera es delicioso!

¡Tráemelo al punto!

GRUMIO.-Ahora me pregunto si no sería un

manjar demasiado fuerte. ¿Qué os parecerían, si no,

unos callos bien preparados?

CATALINA.-¡Oh los callos! ¡Loca me vuelven!

¡ Corre a por ellos, mi buen Grumio!

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GRUMIO.-¿Qué hacer? ¿Y si os resultan irritantes?

¿No sería tal vez mejor un buen pedazo de

vaca con su poquito de mostaza?

CATALINA.-¡Es uno de mis platos preferidos!

GRUMIO.-Sí, pero he hablado de mostaza y la

mostaza es, seguramente, condimento demasiado

fuerte.

CATALINA.-Pues bien, tráeme la carne y vaya al

diablo la mostaza.

GRUMIO.-No. Eso de ningún modo. Grumio

os traerá, señora, la vaca con su buena mostaza, o

nada.

CATALINA.-Bueno; bien; sí; las dos cosas. O

una sin la otra. O lo que tú quieras.

GRUMIO.-Tal vez entonces la mostaza sin la

carne?

CATALINA.-(Pegándole.) ¡Vete de aquí, insolente,

que te burlas de mí, y como todo alimento no haces

sino enumerarme los platos! ¡Ay de ti y de toda la

miserable banda que de tal modo abusa de mi desgracia!

¡vete! ¿No te digo que te vayas? (Entran Petruchio

y Hortensio trayendo platos con comida.)

PETRUCHIO.-¿Cómo está mi dulce Linita? Pero,

¿qué tienes, amor mío? ¿Qué carita es ésa de cadáver?

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

119

HORTENSIO.-¿Cómo estáis, señora?

CATALINA.-Si he de decir la verdad, tan mal

como es posible estar.

PETRUCHIO.-No, querida. ¡Arriba el ánimo!

Mírame con alegría. Ea, bien mío, mira cómo me he

ocupado de ti con toda presteza. Yo mismo he preparado

tu desayuno y aquí te lo traigo. (Ponen los platos

sobre la mesa.) Y esta atención, Lina, bien creo que

merece unas “gracias” afectuosas... ¿No? ¿Ni siquiera

una palabra?. Entonces es que no te gusta lo que

te traigo y que toda mi diligencia ha sido por nada,

¡A ver!, ¡llevaos este plato!

CATALINA. - ¡No! Dejadle. Os lo ruego.

PETRUCHIO.-El servicio más modesto suele

ser recompensado con un “gracias”. Tú recompensarás,

pues, el mío, antes de tocar este plato.

CATALINA.-Muchas gracias, señor. (Se sienta a la

mesa. Petruchio permanece de pie.)

HORTENSIO.-(Sentándose frente a Catalina.) ¿No

te sientas tú? Haces mal. Pues comamos nosotros,

señora. Yo os acompañaré.

PETRUCHIO.-(Por lo bajo a Hortensio).- Hortensio,

si me quieres hacer un favor, ¡cómetelo todo!

(A Catalina, en voz alta.) Que te haga muy buen provecho

lo que vas a comer, corazón mío. Y date prisa

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

120

te lo ruego, Lina mía, porque inmediatamente, mi

dulce compañera querida, volveremos a casa de tu

padre, adonde quiero que te presentes con trajes tan

ricos como los de las más ricas damas. Trajes, abrigos,

sombreros, sortijas de oro, gorgueras, puños de

encaje verdugados y mil otras cosas bellas, sin olvidar

los chales, los abanicos y las joyas a profusión,

tales que brazaletes de ámbar, collares de todo eso

que tanto os agrada a las mujeres. (Grumio arrambla

con los platos.) ¡Ah! ¿Has acabado ya de desayunar?

Pues muy bien. El sastre sólo espera que te plazca

recibirle para adornar tu graciosa persona con los

más suaves y acariciadores atavíos. (Entra un sastre,

llevando un traje al brazo.) Adelante, sastre, y veamos

ese traje. Muestra tu maravilla. (Entra un mercero con

una caja.) Y tú mercero, ¿qué te trae?

EL MERCERO.-Traigo, vedla aquí, la toca que

Vuestra Señoría me ha encargado.

PETRUCHIO.-¿Llamas a esto una toca? ¿Las

has modelado, acaso con una escudilla? ¿Toca dices?

¡Esto lo que es, es un orinal de terciopelo!

¡Quítamelo de delante! Es no solamente fea, sino

repugnante ¡Llamar toca a una especie de vaina!, ¡a

una cáscara de nuez!, ¡a una baratija! ¡a un perenL

A F I E R E C I L L A D O M A D A

121

dengue!, ¡a un juguete!, ¡a un gorrillo de muñeca! ¡Al

diablo tu toca! Yo quiero algo más grande.

CATALINA.-Pues yo no quiero una cosa más

grande. Esta toca está a la moda. Las damas de buen

tono llevan tocas como ésta.

PETRUCHIO.-¡Cuando dulcifiques el tuyo tendrás

una; no antes!

HORTENSIO.-(Aparte.) Pues ya escampa.

CATALINA.-¿Cómo? ¿Es que yo no tengo derecho

a opinar? Pues sabed que diré aquello que deba

decir, porque yo no soy ni una niña ni un

muñeco. Gentes de más campanillas que vos tuvieron

que soportar que dijese lo que pensaba; de modo

que si vos no podéis soportarlo no tenéis sino

taparos los oídos. Porque preciso es que mi lengua

exprese la indignación que llena ya mi corazón, o

que éste estalle a fuerza de cólera. Y antes de que tal

ocurra, quiero ser libre, absolutamente libre de hablar

como me plazca.

PETRUCHIO.-Pardiez, dices mucha verdad.

Esta toca es lastimosa. Es fruslería. Una corteza de

pastel. Algo como de confitería montado sobre seda.

Te amo aún más viendo que no te gusta.

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

122

CATALINA.-Me améis o no me améis, a mí me

gusta la toca. Y quiero ésa o ninguna. (Grumio hace

salir al mercero.)

PETRUCHIO.-¿Tu vestido dices? ¡Ah, sí!, es

verdad. Acércate, sastre. Muestra lo que traes. (El

sastre obedece.) ¡Bondad divina de bondad divina! ¡Pero

es un traje de carnaval! ¿Esto qué es?, ¿una manga?

¡Pero si parece un cañón!, ¡una bombarda! Y...

¡qué veo, además! ¿Cortado de arriba abajo como

una tarta de manzanas? ¡Más cortes, cortaduras y

picados: tajado agujereado, como el calentador de la

peluquería de un barbero! ¿Qué diablo de nombre

de demonio das tú a esto, sastre?

HORTENSIO.-(A parte.) Que me cuelguen si no

se queda sin toca ni vestido.

SASTRE.-Me habéis encargado, señor, que le hiciera

elegante, bonito, a la última moda.

PETRUCHIO.-¡Naturalmente! Pero lo que no te

he dicho es que degollases la moda. ¡Largo! Fuera

de aquí. A tu casa por calles y arroyos, lo más

pronto posible, y sin esperanza de que yo sea tu parroquiano.

En cuanto al traje. ¡Ni verle quiero!

Quítate de mi vista. Haz con él lo que te plazca.

CATALINA.-Pues yo no he visto nunca un vestido

mejor cortado, más elegante, más bonito y más

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

123

como es debido. Diríase que os empeñáis en tratarme

como a un pelele.

SASTRE.-Ya lo oís, señor. Bien claro dice que

vuestra señoría quiere tratarla como a un pelele.

PETRUCHIO.-¡Será atrevido el afilado bellaco.

¡Mientes, hembra humana!, ¡hilo!, ¡hebra!, ¡dedal,

¡vara de medir!, ¡tres cuartos de vara!, ¡media vara

tan sólo!, ¡cuarto apenas! ¡Mientes; clavo, pulga,

piojo, grillo de invierno! ¡Largo de aquí! ¡Pues no

viene este estropajo a enfrentarse conmigo en mi

propia casa! ¡Fuera, trapo sucio, pedazo, cacho, trozo

de hombre, aborto humano! ¡Fuera o te mediré

de tal modo con tu propia vara que te acordarás toda

su vida de lo que te costó hablar delante de mí!

Yo te digo y te repito que has estropeado el vestido.

SASTRE.-Vuestra Señoría se equivoca. El traje

ha sido hecho exactamente como mi maestro había

recibido orden de hacerlo. Grumio puede decirlo,

que fue quien vino a encargarle.

GRUMIO.-Yo no encargué nada. Cuanto hice

fue dejar la tela.

SASTRE.-¿Y cómo dijiste que el vestido fuese

hecho?

GRUMIO.-¡Pardiez!, con hilos y agujas.

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

124

SASTRE.-Pero, ¿no encargaste que estuviese

bien acuchillado?

GRUMIO.-Lo que seguramente ya habíais hecho

más de una vez.

SASTRE.-Naturalmente. ¿Y qué?

GRUMIO.-Que no me acuchilles a mí, que yo no

soy un vestido. Y si asimismo estás acostumbrado a

vestir, no por ello debes vestirme a mí ahora con

ropa que no merezco. Yo no quiero ni que me acuchillen

ni que me vistan. Y repito que dije a tu

maestro que cortase el vestido, pero que no le cortase

en mil pedazos. Ergo, mientes.

SASTRE.-¿Sí? Pues en prueba de lo contrario, he

aquí la nota de encargo.

PETRUCHIO.-Lee.

GRUMIO.-Si dice que yo he dicho tal cosa,

mentirá la nota.

SASTRE.-(Leyendo.) Primero: un vestido con corpiño

perdido.

GRUMIO.-(A Petruchio.) Mi amo; si yo he dicho

jamás eso de vestido con corpiño perdido, que me

cosan dentro de la falda y que me golpeen a muerte

con un ovillo de hilo oscuro. Yo dije, tan sólo: un

vestido.

PETRUCHIO.-(Al sastre.) Continúa.

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

125

SASTRE.-(Leyendo.) Con un cuello pequeñito, redondeado.

GRUMIO.-Cierto. Pongo el cuello por lo del

cuello.

SASTRE.-(Leyendo siempre.) Con una manga de

jamón.

GRUMIO.-Confieso que dije no una sino dos.

SASTRE.-Las mangas delicadamente recortadas.

PETRUCHIO.-Y en ello está precisamente lo

abominable.

GRUMIO.-Error en la lista, señor; error en la

lista. Lo que yo encargué fue que las mangas fuesen

cortadas primero, y luego cosidas. Y esto, sastre,

dispuesto estoy a probártelo pese a que tengas el

meñique armado con un dedal.

SASTRE.-Lo que yo digo es la verdad, y si estuviésemos

en otra parte no tardarías en saberlo.

GRUMIO.-Estoy a tu disposición desde ahora

mismo. Coge como arma tu lista, dame la vara y no

me tengas compasión.

HORTENSIO.- ¡Dios me perdone, Grumio!, pero

con las armas no le das ventaja.

PETRUCHIO.-En una palabra, sastre, este vestido

no es para mí.

GRUMIO.-Tenéis razón, señor; es para el ama.

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

126

PETRUCHIO.-Por consiguiente, llévatele y que

tu maestro haga con él el uso que quiera.

GRUMIO.-Lo que es eso, no, ¡bribón! ¡Por nada

del mundo! Usar tu maestro un traje de mi señor

¡jamás!

PETRUCHIO.-¿Qué dices ahí?, ¿qué broma es

ésa?

GRUMIO.-Nada de broma, señor; se trata de

una cosa muy seria. ¿Usar su maestro un traje de mi

ama? ¡Ah, no!

PETRUCHIO.-(En voz baja a Hortensio.) Hortensio,

ocúpate de que paguen al sastre. (Al sastre.) Lo

dicho. ¡Largo!, llévate eso, y ni una palabra más.

HORTENSIO.-(En voz baja al sastre.) Yo te pagaré

mañana el vestido. Que no te enfaden sus modales

algo bruscos. Vete sin cuidado y mil

felicitaciones a tu maestro. (Sale sastre.)

PETRUCHIO.-Ea, vamos, mi querida Lina. Iremos

a casa de tu padre con los sencillos y modestos

adornos que tenemos. Si nuestros vestidos son humildes,

nuestra bolsa, en cambio, estará repleta. Lo

que hace, en definitiva, rico al cuerpo, es el alma.

Del mismo modo que el sol atraviesa las nubes más

sombrías, así el honor muéstrase a través de los más

pobres atavíos. Porque, ¿es que el arrendajo sería

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

127

más precioso que la alondra tan sólo por tener las

plumas más bellas, y la víbora valdría más que la anguila

por ser los colores de su piel más gratos a los

ojos? ¡En modo alguno, mi excelente Lina! Asimismo,

tú no eres menos hermosa con tu modesto atavío

y tu humilde compostura. Y si ello te hace

enrojecer, ¡caiga sobre mí la vergüenza! Por consiguiente,

alégrate a partir de este instante, con objeto

de poder banquetear y festejar, como es debido, en

casa de tu padre. (A Grumio.) Avisa a mi gente, pues

partimos en seguida. Lleva los caballos al extremo

del camino grande. Allí montaremos tras dar un

buen paseo a pie. Vamos a ver, me parece que son

aproximadamente las siete, de modo que podemos

estar allá, perfectamente, para la hora del almuerzo.

CATALINA.-Yo me atrevo a aseguraros, señor,

que son cerca de las dos. Luego, lo que haremos será

llegar para la cena.

PETRUCHIO.-Las siete serán antes de que yo

monte a caballo. Es curioso que diga lo que diga,

haga lo que haga o piense lo que piense, siempre has

de salir al paso para contrariarme. (A los criados.)

Dejadnos. Ya no partiré hoy. Y cuando lo haga será

a la hora que me plazca decir.

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

128

HORTENSIO-He aquí, ¡por Cristo!, un barbián

capaz de darle órdenes al sol. (Salen.)

ESCENA IV

En Padua, delante de la casa de Bautista

(Entran TRANIO [haciendo siempre de Lucentio) y el

PEDAGOGO, vestido cual si fuese Vincentio, y con botas

de viaje cual si acabase de llegar)

TRANIO.-He aquí la casa, señor. ¿Os agradaría

que llamase?

EL PEDAGOGO.-Ciertamente. ¿Por qué no? Si

mucho no me engaño, el señor Bautista recordará,

tal vez haberme visto hace unos veinte años, en Génova,

donde estábamos alojados en la posada del

Pegaso.

TRANIO.-¡Magnífico! Ocurra lo que ocurra,

comportaos siempre con la gravedad propia de mi

padre.

EL PEDAGOGO.-Estad seguro de ello. (Llega

Biondello.) Pero he aquí vuestro lacayo. Creo que sería

conveniente ponerle al tanto de la cosa.

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

129

TRANIO.-No os preocupéis por él. ¡Biondello!...,

atención, que el momento ha llegado de que

cumplas como es debido tu deber. No olvides que

este señor es el propio Vincentio.

BIONDELLO.- ¡Bah!, podéis estar tranquilos.

TRANIO.-¿Has llevado mi mensaje a Bautista.

BIONDELLO.-Sí. Le he dicho que vuestro padre

estaba en Venecia, y que esperabais que hoy

mismo llegaría a Padua.

TRANIO.-¡Bien! Eres un muchacho astuto.

(Dándole dinero.) Toma, para que eches un trago. (La

puerta se abre y sale por ella Bautista, seguido de Lucentio

haciendo siempre de Cambio.) He aquí a Bautista. Disponeos

a manifestaros como es debido. Señor Bautista,

nos encontramos oportunamente. (Al Pedagogo.)

Señor, he aquí al hidalgo del que os he hablado. De

nuevo os ruego, pues que, como siempre, seáis un

buen padre, y hagáis que Blanca sea mía, contra mi

patrimonio.

EL PEDAGOGO.-¡Calma, hijo mío, (A Bautista.)

Caballero, permitidme que os diga que, habiendo

venido a Padua a cobrar ciertas deudas, mi hijo Lucentio

me ha puesto al corriente de un importante

asunto de amor, entre vuestra hija y él. Y teniendo

en cuenta lo mucho bueno que de vos he oído decir,

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

130

y el gran amor que mi hijo siente hacia vuestra hija,

al que, por lo visto, ella corresponde, decidido a no

hacerle esperar demasiado tiempo, concedo, como

es lógico que haga un buen padre, mi consentimiento

a este matrimonio. Por consiguiente, si tal

unión no os es tampoco desagradable, me hallaréis,

una vez que nos hayamos puesto de acuerdo sobre

ciertos extremos, enteramente dispuesto a consentir

su matrimonio. Habiendo oído tanto bien de vos,

señor Bautista, incapaz sería de suscitar dificultades.

BAUTISTA.-Señor, dignaos excusar lo que voy a

deciros. Vuestra franqueza y recta manera de expresar

vuestros pensamientos, me agrada mucho.

Cierto es que vuestro hijo, aquí presente, ama a mi

hija, y que ella le corresponde; a menos que ambos

fingiesen admirablemente sus verdaderos sentimientos.

Por consiguiente, prometedme con sinceridad

lo siguiente: que obraréis respecto a él como

un buen padre, y que a mi hija la aseguraréis una

viudedad eficiente. Esto dicho, convenido está el

matrimonio. Vuestro hijo tendrá a mi hija con mi

pleno consentimiento.

TRANIO.-Mil gracias os doy, señor. ¿Dónde

creerá que será mas conveniente que nos prometamos

y que el contrato matrimonial sea establecido,

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

131

de acuerdo con lo más conveniente para ambas

partes?

BAUTISTA.-En mi casa, no, Lucentio, pues ya

sabéis lo de que las paredes oyen; y no son servidores

lo que me falta. Sin contar que el viejo Gremio

está siempre a la escucha, y fácilmente pudiéramos

ser interrumpidos.

TRANIO.-Entonces, si no os parece mal, pudiera

ser donde yo habito. Allí, conmigo, se aloja mi

padre. De modo que esta tarde misma arreglaremos

privadamente el asunto. Advertídselo a vuestra hija

mediante este servidor que os acompaña (hace un gesto

a Lucentio), y el mío irá al instante en busca del notario.

El único inconveniente es que, cogidos así, de

improviso estáis expuestos a cenar pobremente.

BAUTISTA.-Ello mismo me complace. (A Lucentio.)

Cambio, entra en casa y di a Blanca que se

arregle y prepare. Dile lo que ocurre, te lo ruego. Es

decir, que el padre de Lucentio ha llegado a Padua y

añade que, sin duda, está destinada a ser la mujer de

su hijo. (Lucentio se aparta, pero a una señal de Tranio,

queda oculto)

BIONDELLO.-¡Que tal ocurra a los dioses de

todo corazón!

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

132

TRANIO.-Deja a los dioses tranquilos, ¡escapa!

(Biondello sale.) Señor Bautista, ¿me permitís que abra

la marcha? Seréis el bien venido, pero como cena no

hallaréis sino lo de costumbre. En Pisa será otra cosa.

Vamos.

BAUTISTA-Os Sigo. (Salen Bautista, Tranio y el

Pedagogo. Lucentio y Biondello entran de nuevo.)

BIONDELLO.-¡Cambio!

LUCENTIO.-¿Qué, Biondello?

BIONDELLO.-¿Habéis visto a mi amo guiñaros

el ojo y sonreír mirándoos?

LUCENTIO.-Sí, pero, ¿qué quieres decir?

BIONDELLO.-Nada, sino que me ha encargado

me quede aquí para explicaros el sentido y moralidad

de sus gestos y guiños.

LUCENTIO.-¿O sea? Venga la moral.

BIONDELLO.-Hela aquí, señor: el señor Bautista

está en lugar seguro, hablando con un padre

postizo y un hijo imaginario.

LUCENTIO.-Bien, ¿y qué?

BIONDELLO.-Vos debéis conducir su hija a la

cena.

LUCENTIO.-¿Qué más?

BIONDELLO.-Que el viejo cura de iglesia de

San Lucas está a vuestra disposición a todas horas.

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

133

LUCENTIO.-¿Consecuencia de todo ello?

BIONDELLO.-¡Qué sé yo! A no ser que mientras

ellos están ocupados en hacer un contrato falso,

bien podríais vos redactar uno verdadero con toda

clase de derechos y privilegios, y tras ello ir a la iglesia.

Un cura, un empleado de notaría y algunos testigos

honrados, completarían lo que faltase. Si no es

ésta la ocasión que esperabais, no me queda sino

callarme. Claro que no sin aconsejaros que digáis

adiós a Blanca para siempre. (Hace ademán como para

retirarse.)

LUCENTIO.- ¡Espera! Escúchame, Biondello.

BIONDELLO.-No Puedo esperar más tiempo.

He conocido una muchacha a la que le bastó una

tarde para casarse. Es decir, aprovechando el ir a su

huerta a coger perejil para preparar un conejo. Haced

como ella, señor. Tras lo cual ¡adiós mí amo! El

otro me ha ordenado que vaya a la iglesia de San

Lucas con objeto de decir al cura que esté dispuesto

para el momento en que lleguéis con vuestra mitad.

(Sale.)

LUCENTIO.-Entendido y de acuerdo... si Blanca

consiente. Que consentirá. ¿Podría dudarlo? Suceda

lo que suceda le propondré la cosa sin tapujos;

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

134

y mal tendría que irle a Cambio para volver sin ella.

(Sale.)

ESCENA V

En el camino de Padua

(PETRUCHIO, CATALINA, HORTENSIO y varios

criados, descansan al borde de la ruta.)

PETRUCHIO.- (Levantándose.) ¡En marcha, en

nombre de Dios! En marcha hacia la casa de nuestro

padre. ¡ Señor de bondad, con qué claridad

magnífica resplandece la luna!

CATALINA.-¿La luna, decís? Querréis decir el

sol. ¿Dónde está la luna ahora?

PETRUCHIO.-Yo digo que lo que brilla en el

cielo es la luna.

CATALINA.-Y yo que esta luz es la luz del sol.

PETRUCHIO.-¿Cómo? ¡Por el hijo de mi madre!

¡Es decir, por mí mismo, que ha de ser la luna,

una estrella o lo que me dé la gana! De lo contrario,

no seguiré marchando hacia la casa de tu padre!

¡Atrás los caballos! ¡Cuidado que siempre ha de

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

135

contradecirme! ¡Siempre lo contrario! ¡Eternamente

opuesta a cuanto digo!

HORTENSIO.-(En baja a Catalina.) Decid como

él o no llegaremos jamás.

CATALINA.-Continuemos, os lo ruego, ya que

hemos venido hasta aquí. Y que sea luna, sol o lo

que gustéis. Y si os place que lo que nos alumbra sea

un cabo de vela, os juro que, en adelante, un cabo

de vela será para mí.

PETRUCHIO.-Yo digo que es la luna y basta.

CATALINA.-Pues bien, la luna; seguro.

PETRUCHIO.-¿Por qué mientes? ¡Es el bendito

sol!

CATALINA.-Sea entonces Dios bendito también.

¡El bendito sol es! Y dejará de serlo si decís

que no lo es. Como la luna cambiará a medida que

se os antoje. Nombre que deis a las cosas, tal será su

nombre verdadero. Y lo será siempre. Al menos para

Catalina.

HORTENSIO.-Petruchio sigue tu camino. Todo

el campo es tuyo ya.

PETRUCHIO.- ¡Adelante entonces! Así es como

debe rodar la bola, sin chocar ni tropezar torpemente...

Pero... ¡calla! ... ¿Quién llega? (Ven venir a

Vincentio en traje de viaje. Petruchio se dirige a él del modo

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

136

siguiente:) Buenos días, hermosa señora. ¿Adónde

vais? Dime, querida Catalina, dime con toda franqueza:

¿Has visto jamás una joven con un tinte de

cara tan fresco? Azucenas y rosas disputándose sus

mejillas. Y, ¿qué estrellas esmaltaron jamás el cielo,

con belleza semejante a los dos ojos que adornan su

rostro celestial? Agradable y encantadora joven, una

vez aún, ¡buenos días! Querida Lina, abrázala por

amor a esa deliciosa belleza.

HORTENSIO.-¡Va a volver loco a este hombre,

queriendo hacer de él una mujer!

CATALINA.-Joven virgen en flor, dulce, fresca y

suavemente hermosa, ¿adónde vas y cuál es tu morada?

¡Dichosos los padres de tan encantadora

criatura! ¡Y más dichoso aún el hombre a quien su

estrella favorable te destina, cual incomparable

compañero de su lecho!

PETRUCHIO.- ¡Pero, Lina! ¿Qué te ocurre? ¿Te

has vuelto loca? ¡Considera que se trata de un hombre!

De un anciano, todo lleno de arrugas. Ajado,

marchito; no de una muchacha como tú dices.

CATALINA.-Anciano padre, perdonad el error

de mis ojos. Están de tal modo deslumbrados por

este sol, que cuanto veo me parece envuelto en cegadora

juventud. Mas ahora advierto, sí, que sois un

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

137

venerable patriarca. Perdonad, pues, mi aturdida

equivocación.

PETRUCHIO.-Sí, perdón, noble anciano. Y decidnos,

¿hacia dónde dirigís vuestros pasos? Si vais

allí, donde nosotros, felices seremos con vuestra

compañía.

VINCENTIO.-Buen caballero, y vos, encantadora

señora, que por cierto mucho me habéis sorprendido

con vuestra manera de abordarme (se inclina

saludando), mi nombre es Vincentio, mi patria, Pisa, y

voy a Padua para reunirme con mi hijo, al que no he

visto hace mucho tiempo.

PETRUCHIO.-¿Cómo se llama?

VINCENTIO.-Lucentio, noble señor.

PETRUCHIO..-¡Feliz encuentro el nuestro, y

aún más para vuestro hijo! La ley, en efecto, lo

mismo que vuestra venerable ancianidad, autorízanme

a llamaros mi padre bien amado. Sabed que

la hermana de mi mujer, la noble dama aquí presente,

acaba de casarse con vuestro hijo. Y que

ello no os sorprenda ni os aflija, pues no solamente

ella goza de la más excelente reputación, sino que su

nacimiento es tan honroso como rica su dote. Por lo

demás, dotada está, asimismo, de cuantas cualidades

necesita la esposa de un verdadero hidalgo. AbrazaW

I L L I A M S H A K E S P E A R E

138

dnos, pues, venerable Vincentio, y partamos juntos.

Vayamos al encuentro de vuestro excelente hijo, al

cual vuestra llegada colmará de gozo.

VINCENTIO.-Pero, ¿es verdad cuanto oigo?

¿O es que, como viajeros llenos de buen humor, os

entretenéis en bromear con cuantos encontráis en

vuestro camino?

HORTENSIO.-Os aseguro, venerable anciano,

que cuanto os dice es la pura verdad.

PETRUCHIO.-Ea, ea, venid con nosotros y veréis

cuan cierto es lo que digo. Claro, que se comprende

que nuestra primera chanza os haga

desconfiado. (Salen todos. Hortensio el último.)

HORTENSIO.-¡Bien por Petruchio! Todo

cuanto ha ocurrido me anima en mi propósito. Corro

junto a mi viuda. Tú me has enseñado, caso de

que sea arisca, a mostrarme aún más intratable que

ella (Sigue a los demás.)

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

139

ACTO V

ESCENA I

(GREMIO en primer plano. Por un lado llegan

BIONDELLO, LUCENTIO y BLANCA.)

BIONDELLO.-De prisa y sin hacer ruido, mi

amo. El sacerdote está preparado.

LUCENTIO.-Corro vuelo, Biondello. Pero quizá

tengan necesidad de ti en casa. Por consiguiente,

déjanos.

BIONDELLO.-No, en verdad. Ante todo quiero

ver un poco la iglesia por encima de vuestros hombros.

Luego volveré junto al otro amo. (Salen Lucentio,

Blanca y Biondello.)

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

140

GREMIO.-Es sorprendente que Cambio no haya

llegado aún. (Entran Petruchio, Catalina, Vincentio Grumio

y demás criados del primero.)

PETRUCHIO.-(A Vincentio.) He aquí señor, la

puerta. Esta es la casa de Lucentio. La de mi suegro

está más lejos; hacia la plaza del mercado. Como

debemos ir allí, permitidme que os deje.

VINCENTIO.-No os separéis de mí sin que hayamos

bebido juntos. Creo no equivocarme asegurando

que seréis bien acogidos aquí. Además y a lo

que parece, están de fiesta dentro. (Llama a la puerta.)

GREMIO.-(Acercándose.) Están muy ocupados

dentro. Haríais bien llamando más fuerte. (Petruchio

llama a grandes golpes. El Pedagogo aparece en la ventana.)

EL PEDAGOGO.-¿Quién llama de este modo

cual si quisiera hundir la Puerta?

VINCENTIO.-¿Está el caballero Lucentio en su

casa, señor?

EL PEDAGOGO.-En su casa está, pero no se

puede hablar con él en este momento.

VINCENTIO.-¿Incluso si alguien le trajese un

centenar o dos de libros para que se distrajese con

ellos?

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

141

EL PEDAGOGO.-Guardaos los cien libros para

vos. Él, mientras yo tenga vida no tendrá necesidad

de nada ni dé nadie.

PETRUCHIO.-¡Cuando yo os decía que vuestro

hijo era adorado en Padua! (Al Pedagogo.) Escuche,

señor, para no perder tiempo serviros decir al caballero

Lucentio que su padre acaba de llegar de Pisa,

que está aquí en la puerta y que está impaciente por

hablarle.

EL PEDAGOGO.-¡Mientes! Su padre ha llegado

ya de Pisa, y él mismo es el que mira por esta

ventana.

VINCENTIO.-¿Qué?, ¿eres tú su padre?

EL PEDAGOGO.-Yo mismo amigo. Al menos

tal dice su madre; si es que puede creérsela.

PETRUCHIO.(A Vincentio.) ¡Hola, hola, señor

mío! Esto de tomar el nombre de otro es picardía

redomada.

EL PEDAGOGO.-¡No soltéis a ese pícaro!

Cuando toma mi nombre es porque pretende engañar

a alguien en la ciudad. (Entra Biondello.)

BIONDELLO.-Juntos los he visto en la iglesia.

¡Dios les guíe a buen puerto! Pero, ¿quién está ahí?

¡Mi anciano señor maese Vincentio! ¡Estamos perdidos!

¡Deshechos!

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

142

VINCENTIO.-(Viendo a Biondello.) Acércate aquí,

carne de patíbulo.

BIONDELLO.-Espero, señor, tener derecho a

elegir mejor destino.

VINCENTIO.-(Cogiéndole por el cuello.) Ven aquí,

¡ganapán! ¿0 es que ya me has olvidado?

BIONDELLO.-¿Olvidado? ¡Imposible! Imposible

olvidar a quien no se ha visto jamás.

VINCENTIO.-¿Cómo, solemne pícaro? ¿Que

no has visto jamás a Vincentio, el padre de tu amo?

BIONDELLO.-Al anciano y venerable padre de

mi amo, cierto que sí. Como que ahora mismo, vedle

vos, está asomado a esa ventana.

VINCENTIO.-(Pegándole.) ¿De veras? ¿Pero de

veras?

BIONDELLO.- ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro

contra un loco que me quiere asesinar! (Escapa a todo

correr.)

EL PEDAGOGO.-¡Socorro, hijo mío! ¡Socorro,

señor Bautista! (Cierra la ventana.)

PETRUCHIO.-Apartémonos un poco, Lina, te

lo ruego. Pero quedémonos para ver el fin de la querella.

(El Pedagogo, rodeado de criados enarbolando garrotes,

aparece. Y tras él Bautista y Tranio.)

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

143

TRANIO.-¿Quién sois, señor, que os atrevéis a

pegar a mi criado?

VINCENTIO.-¿Que quién soy, señor mío? Y

vos mismo, ¿quién sois? ¡Pero por todos los inmortales

dioses, vedme al emperifollado bribón!

¡Jubón de seda!, ¡calzas de terciopelo!, ¡manto escarlata!,

¡sombrero puntiagudo! ¡Mi ruina, mi ruina!

Mientras yo hago economías en casa, ¡mi hijo y mi

criado derrochando en la universidad!

TRANIO.-¿Cómo? ¿qué ha dicho?

BAUTISTA.-¡Bah!, este pobre hombre está loco,

sin duda.

TRANIO.-Señor, a juzgar por vuestro traje, diríase

sois un hombre razonable y sensato, pero

vuestras palabras son las de un demente... Porque,

en verdad, ¿qué puede importaros que yo lleve perlas

y luzca oro? Por mi parte, gracias doy a mi excelente

padre que me permite hacer tal cosa.

VINCENTIO.-Tu padre, ¡canalla! ¿Tu padre,

que fabrica velas en Bérgamo?

BAUTISTA.-Os equivocáis, caballero, os equivocáis.

¿Cómo creéis que se llame? Decidlo, haced

el favor.

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

144

VINCENTIO.-¿Qué cómo se llama? ¡Cual si yo

no lo supiese y soy yo quien le ha criado desde que

tenía tres años! ¡Se llama Tranio!

EL PEDAGOGO.-¡Fuera, fuera ese asno insensato!

Su nombre es Lucentio y es mi hijo único y el

heredero de cuanto poseo. De toda mi fortuna, pues

yo soy quien soy Vincentio.

VINCENTIO.-¿Lucentio él? ¡Oh! ¡Ha asesinado

a su amo! ¡Prendedle! ¡Os lo ordeno en nombre del

Duque! ¡Hijo mío! ¡Pobre hijo mío! ¡Dime, bandido!,

¿qué has hecho de mi hijo?

TRANIO.-¡Llamad a un oficial! (Un oficial se acerca.)

Conducid a ese disparatado loco a la cárcel. Bautista,

mi querido suegro, os conjuro a que hagáis lo

necesario para que comparezca ante la justicia.

VINCENTIO.-¿Conducirme a mí a la cárcel? ¡A

mí!

GREMIO.-Un instante, señor Oficial. No irá, no

a la cárcel.

BAUTISTA.-Callad, señor Gremio. Yo digo que

irá a la cárcel.

GREMIO.-Tened cuidado, señor Bautista, no

vayáis a ser engañado en esta ocasión. Yo casi me

atrevería a afirmar que el verdadero Vincentio es él.

EL PEDAGOGO.-¡Júralo si te atreves!

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

145

GREMIO.-Tanto como a jurarlo, no me atrevo.

TRANIO.-Lo mismo podrías decir que yo no

soy Lucentio.

GREMIO.-Que eres el señor Lucentio sí, pues lo

sé.

BAUTISTA.-¡Fuera ese viejo chocho!, ¡Que le

encarcelen sin más demora!

VINCENTIO.-¿Es posible que de este modo se

insulte y maltrate a los extranjeros? ¡Oh banda de

canallas! (Vuelve Biondello acompañado de Lucentio y de

Blanca.)

BIONDELLO.-¡Ahora, sí que estamos perdidos!

Ahí lo tenéis. Renegad de él, abjurad de él, ¡o acaba

con nosotros!

LUCENTIO.-(Arrodillándose delante de Vincentio.)

¡Perdón, padre mío!...

VINCENTIO.-¡Ah! ¡Mi hijo adorado está aún

con vida! (Biondello, Tranio y el Pedagogo escapan y se refugian

a toda prisa en casa de Lucentio.)

BLANCA.-(Arrodillándose ante Bautista.) ¡Perdón,

mi querido padre!

BAUTISTA.-¿Qué falta has cometido?... ¿Dónde

está Lucentio?

LUCENTIO.-Yo soy quien es Lucentio, el verdadero

hijo del verdadero Vincentio, y mediante

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

146

matrimonio acabo de hacer mía a tu hija, mientras

que los demás; haciéndose pasar por lo que no eran,

te engañaban.

GREMIO.-¡Es un verdadero complot para engañarnos

a todos!

VINCENTIO.-¿Dónde está ese bribón insolente

de Tranio, que se ha atrevido a desafiarme en mi

propia cara?

BAUTISTA.-(A Blanca.) ¡Esta sí que es buena!

Pero éste, ¿no es Cambio?

BLANCA.-Cambio se ha transformado en Lucentio.

LUCENTIO.-Es el amor el que ha obrado estos

milagros. Mi amor hacia Blanca me hizo cambiar mi

condición con Tranio, mientras éste se hacía pasar

por mí en la ciudad. Mas, al fin, he podido llegar felizmente

al puerto de mi felicidad. Lo que Tranio ha

hecho, obligado por mí ha sido. Perdonadle, pues,

mi querido padre, por amor a mí.

VINCENTIO.-¡La nariz he de cortar ese bribón

que quería enviarme la cárcel!

BAUTISTA.-(A Lucentio.) Pero decidme, caballero,

¿seríais capaz de haber desposado a mi hija sin

obtener mi consentimiento?

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147

VINCENTIO.-No temáis nada, Bautista, os daremos

toda clase de satisfacciones. Pero yo es preciso

que me vengue de ese canalla. (Sale.)

BAUTISTA.-Y yo preciso es que reflexione bien

sobre esta picardía. (Sale también.)

LUCENTIO.-No palidezcas, Blanca; tu padre no

se enfadará. (Lucentio y Blanca siguen a Bautista.)

GREMIO.-En cuanto a mí, perdí la partida. Pero

me iré con los demás, porque perdida queda ya toda

esperanza, menos en el banquete hinchar la panza.

(Les sigue.)

CATALINA.-(Asomando poco a poco, con Petruchio.)

Vayamos nosotros también, esposo mío, a ver en

qué queda todo esto.

PETRUCHIO-Con mucho gusto, Lina. Pero,

ante todo, abrázame.

CATALINA.-¿Aquí, en medio de la calle?

PETRUCHIO.-¿Por qué no? ¿Tienes vergüenza

de mí?

CATALINA.-¡Oh, no, señor! Pongo a Dios por

testigo. Pero sí de hacerlo en plena calle.

PETRUCHIO.-Pues. entonces volvamos a casa.

(A Grumio.) ¿Has oído, granuja? ¡Partamos!

CATALINA.-¡No, no! Te voy a besar, sí (lo hace.).

Y mío, quedémonos te lo ruego.

W I L L I A M S H A K E S P E A R E

148

PETRUCHIO.-¿No es verdad que el cariño es

cosa buena? Ven, mi dulce Lina. Nunca es demasiado

tarde para obrar bien. Cierto que más vale tarde

que nunca. (Salen.)

ESCENA II

Padua. Una sala en casa de Lucentio.

(Los servidores abren la puerta para que entren

BAUTISTA y VINCENTIO, GREMIO y EL

PEDAGOGO, LUCENTIO y BLANCA,

PETRUCHIO y CATALINA, HORTENSIO y LA

VIUDA. Mas los criados, entre ellos TRANIO con los

postres.)

LUCENTIO.-Al fin, tras tan largas discusiones,

henos, ya, de acuerdo. Es, pues, el momento, como

tras una guerra furiosa, cuando, afortunadamente,

ha acabado, de sonreír, pensando en los daños y peligros

pasados. Mi hermosa Blanca, da la bienvenida

a mi padre, mientras que yo presento mis homenajes

al tuyo. Petruchio, hermano mío; Catalina, hermana,

y tú, Hortensio, con tu amable viuda, haced honor a

nuestra invitación aún, y sed los bien venidos a mi

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149

casa. Este postre, destinado a cerrar nuestro apetito

está, tras el buen almuerzo que acabamos de hacer.

Sentaos pues, os lo ruego, y charlemos mientras

comemos. (Se sientan todos en torno a la mesa y los criados

sirven frutas, dulces, vinos, etc.)

PETRUCHIO.-Instalémonos, sí, y sigamos comiendo.

BAUTISTA.-Padua es quien os ofrece todas estas

cosas deliciosas, Petruchio.

PETRUCHIO.-Nada ofrece Padua que no sea

amable y dulce.

HORTENSIO.-Bien quisiera, pensando en vosotros

dos, que lo que dices fuese la verdad.

PETRUCHIO.-¡Por mi vida, Hortensio! Me parece

que es el miedo de tu viuda lo que te hace hablar

así.

LA VIUDA.-Por mi parte, os aseguro que el

miedo no sería el mejor medio de seducirme.

PETRUCHIO.-Sois muy inteligente, señora. No

obstante, esta vez os equivocáis respecto al sentido

de mis palabras. Lo que quiero decir, por el contrario,

es que Hortensio es el que os teme.

LA VIUDA.-Aquel cuya cabeza le da vueltas,

cree que lo que gira es el mundo entero.

PETRUCHIO.-¡Bien dicho, a fe mía!

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CATALINA.-¿Qué queréis decir ello, señora?

LA VIUDA.-Quiero decir lo que concibo de él.

PETRUCHIO.-¡L hago concebir! ¿Qué te parece,

Hortensio?

HORTENSIO.-Mi mujer dice que es así como

ella interpreta el dicho.

PETRUCHIO.-Eso se llama arreglar bien las cosas.

Dadle un beso por el trabajo que se ha tomado,

mi querida señora.

CATALINA.-Aquel cuya cabeza da vueltas, cree

que lo que gira es el mundo entero. Ahora soy yo

quien os ruega, señora, que me digáis qué queréis

decir con esto.

LA VIUDA.-Pues que vuestro marido, afligido a

causa de una mujer malhumorada, mide la posible

desgracia del mío por la suya propia. Ahora ya conocéis

exactamente mi pensamiento.

CATALINA.-Pensamiento bien bajo, ciertamente.

LA VIUDA.-Exacto; en lo que a vos se refiere,

en todo caso.

CATALINA.-Y tal vez más aún en lo que os

afecta, señora mía.

PETRUCHIO.-¡Animo! ¡A ella, Lina!

HORTENSIO.-¡Animo! ¡A ella, esposa!

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151

PETRUCHIO.-¡Cien marcos a que mi Lina queda

sobre ella!

HORTENSIO.-Eso de quedar sobre ella, sólo es

cuestión mía.

PETRUCHIO.-¡Linda expresión para un cuerpo

de guardia! A tu salud, amigo. (Bebe.)

BAUTISTA.-¿Qué piensa, Gremio, de este asalto

de agudezas?

GREMIO.-Que saben atacar de frente y con la

frente, amigo mío.

BLANCA.-¿Con la frente? ¡A cornada limpia

más bien!

VINCENTIO.-¡Hola! Ved a la casadita cómo

despierta. Diríase que empiezan a preocuparle los

cuernos.

BLANCA.-¡Oh no! Si tal creéis, vuelvo a dormir.

PETRUCHIO.-No os lo aconsejo. Pues que habéis

empezado, ¡en guardia! Voy a lanzaros un buen

dardo o dos.

BLANCA.-¿Me tomáis por un pájaro? En todo

caso cambiaré de zarzal. Perseguidme si queréis, pero

preparad bien el arco... ¡Salud a todos! (Se levanta,

hace una reverencia y sale. Catalina y la viuda la imitan.)

PETRUCHIO.-Se me escapa. Y que es el pájaro

al que tú apuntaste también, mi buen Tranio, sin

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152

conseguir cobrarle. ¡Bebo a la salud de cuantos, tras

apuntar, erraron el tiro!

TRANIO.-¡Ah caballero! Es que Lucentio me

había lanzado como lebrel que corre como es debido,

pero sólo caza para su amo.

PETRUCHIO.-Rápida y buena contestación,

bien que huela a perrera.

TRANIO.-En cuanto a vos, bien hicisteis en cazar

para vos mismo. Dícese, por tanto, que vuestra

cierva os tiene que ya no podéis más.

BAUTISTA.-Donde las dan las toman. Petruchio.

Tranio hace de ti ahora su blanco.

LUCENTIO.-Bien enviado, mi buen Tranio; te

doy las gracias.

HORTENSIO.-Confiesa, confiesa, que esta vez

te ha tocado.

PETRUCHIO.-Me ha arañado ligeramente, lo

confieso. Pero como el dardo ha salido de rebote

contra vosotros dos, apuesto diez contra uno a que

os ha tullido a ambos.

BAUTISTA.- Hablando seriamente, Petruchio,

hijo mío; yo bien creo que tu mujer es la más fiera

de las tres.

PETRUCHIO.-Pues bien, yo digo que no. Y

como prueba, que cada uno haga llamar a su mujer.

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153

Y aquel cuya esposa se muestre más obediente y

llegue antes, ganará la apuesta que establezcamos.

HORTENSIO.-¡Aceptado! ¿Cuánto?

LUCENTIO.-Veinte coronas.

PETRUCHIO.-¿Veinte coronas? Esta cantidad

yo la apostaría por mi halcón o por mi perro. Por

mi mujer aventuraría veinte veces más.

LUCENTIO.-Entonces, cien coronas.

HORTENSIO.-De acuerdo.

PETRUCHIO.-Apuesta hecha.

HORTENSIO.-¿Quién empieza?

LUCENTIO.-Yo mismo. Biondello, ve a decir a

tu ama de mi parte que venga.

BIONDELLO.-Al instante. (Sale.)

BAUTISTA.-(A Lucentio.) Querido yerno, la mitad

de tu apuesta, para mí. Blanca vendrá.

LUCENTIO.-Gracias, pero no quiero mitades

con nadie. Yo solo sostengo lo que he apostado.

(Vuelve Biondello.) Y bien, ¿Qué hay?

BIONDELLO.-Señor, mi ama dice que os haga

saber que está ocupada y que no puede venir.

PETRUCHIO.-¿Cómo que está ocupada y que

no puede venir? ¿Es esto una respuesta?

GREMIO.-Sí. E incluso amable. Rogad a Dios

que vuestra mujer no mande que os digan algo peor.

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154

PETRUCHIO.-Una mejor espero, por tanto.

HORTENSIO.-Pues andando, bribón de Biondello;

ve a rogar a la mía que venga al instante, que

yo la llamo. (Biondello sale.)

PETRUCHIO.- ¡Hombre!, si la “ruegas” claro

que vendrá.

HORTENSIO.-No obstante, mucho me temo

que a la tuya le ruegues en vano. (Entra Biondello.)

¿Qué pasa? ¿Y mi mujer?

BIONDELLO.-Dice que seguramente habéis

preparado alguna broma y que no quiere venir. Que

si queréis, que vayáis vos.

PETRUCHIO.-Esto va de mal en peor. Blanca

no “podía”; ésta no “quiere”. Respuesta infame, intolerable,

insoportable. ¡Grumio!, ve, tunante,

adonde está tu ama y dile que la mando que venga.

(Grumio sale.)

HORTENSIO.-Ya conozco la respuesta.

PETRUCHIO.-¿Es decir?

HORTENSIO.-Que no le da la gana.

PETRUCHIO.-Qué le he de hacer. Peor para mí.

BAUTISTA.-¡Por nuestra Señora! ¡Catalina llega!

(Catalina aparece y entra.)

CATALINA.-¿Qué deseáis, señor? ¿Para qué

habéis enviado a llamarme?

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

155

PETRUCHIO.-¿Dónde está tu hermana? ¿Qué

hace la mujer de Hortensio?

CATALINA.-Están sentadas en el salón, charlando

junto al fuego.

PETRUCHIO.-¡Corre por ellas! Y si se niegan a

venir tráelas hasta sus maridos a latigazos. ¡Escapa!

¿No te digo que las traigas al instante? (Catalina vuelve

rápida sobre sus pasos.)

LUCENTIO.-Como cosa prodigiosa, lo es. ¡De

veras!

HORTENSIO. -Cierto, pero, ¿qué puede presagiar?

PETRUCHIO.-Nada más sencillo: es un presagio

de paz, de amor, de vida tranquila, de sumisión

deferente, de superioridad respetada. En una palabra:

de todo cuanto anuncia armonía y felicidad.

BAUTISTA.-Te felicito, Petruchio: Has ganado

la apuesta. Por mi parte, añado veinte mil coronas a

las que ellos han perdido. A hija nueva ¡nueva dote!

Que en verdad tan cambiada está, que no hay medio

de reconocer en ella a la antigua.

PETRUCHIO.-Pues entonces ganaré aún mejor

esto que gano dándoos aún otra prueba de su obediencia.

De esa virtud de obediencia que acaba de

nacer de ella. Pero aquí la tenéis trayendo a las reW

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156

beldes como prisioneras de su poder de femenina

persuasión. (Catalina llega acompañada de Blanca y de la

viuda.) Catalina: esa toca que llevas no te sienta bien.

Quítame de la vista ese perendengue y pisotéale.

(Catalina obedece al punto.)

LA VIUDA.-¡Señor!, concédeme que jamás tenga

ocasión de llorar sino el día que tuviese que estar

sometida a tan tonta obediencia.

BLANCA.-¿Tonta? ¿Llamáis sólo tonta a obediencia

tan disparata?

LUCENTIO.-Yo quisiera que la tuya fuese no

menos disparatada. Su cordura, hermosa Blanca me

costado cien coronas desde hemos comido.

BLANCA.-Si has apostado contando con mi

obediencia, doblemente loco eres tú.

PETRUCHIO.-Catalina, te intimo que digas a

mujeres tan rebeldes cuáles son sus deberes respecto

a sus señores y esposos.

LA VIUDA.-¡Bah! Estáis de broma. No tenemos

necesidad de lecciones.

PETRUCHIO.-(Señalando a la viuda.) Habla, te he

dicho. Y empieza por ella.

LA VIUDA.-No lo hará, y hará bien.

PETRUCHIO.-Pues yo digo que lo hará. Empieza

por ella.

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157

CATALINA.-¡Ea, ea! Desarruga esa frente colérica

y amenazadora y aparta de tus ojos esas aceradas

miradas de desdén que hieren a tu señor, a tu

rey, a tu amo. Ese aire díscolo empaña tu hermosura

lo mismo que las heladas marchitan los prados.

Quebrantan asimismo tu buen renombre cual las

borrascas arrancan los brotes primaverales ya en

flor: lo que no es en modo alguno no conveniente ni

amable. Una mujer colérica es como un manantial

removido cenagoso, feo, turbio, desprovisto de toda

belleza. Y mientras está de tal modo, nadie hay, por

sediento que se halle, por deseoso de beber que se

encuentre, que quiera remojar en él sus labios ni beber

una sola gota. Tu marido es tu señor, tu vida, tu

guardián, tu jefe tu soberano. El que cuida de ti y

quien, porque nada te falte, somete su cuerpo a penosos

trabajos en tierra o mar; vigilando de noche

mientras sopla la tempestad; de día, bajo el frío;

mientras que tú, en el hogar, duermes a su calor

tranquila y segura. Por todo ello, cuanto te pide como

tributo de amor es una cara alegre y sincera

obediencia. Lo que es pagar levemente deuda tan

grande. El homenaje que el súbdito debe a su príncipe

es la sumisión que la mujer debe a su marido. Y

cuando es indócil, malhumorada, terca, áspera;

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158

cuando no obedece cuanto de honrado la manda,

¿qué es sino una mujer mala y rebelde, culpable de

indigna traición hacia su abnegado señor? Vergüenza

me da pensar que haya mujeres tan necias como

para declarar la guerra a aquellos a los que deberían

pedir la paz de rodillas. Vergüenza de que reclamen

el gobierno, el poder, la supremacía, cuando su deber

es servir, amar y obedecer. ¿Por qué, si no, tenemos

el cuerpo delicado, frágil, tierno, impropio

para la fatiga y trabajos de este mundo, si no es para

que nuestro corazón y nuestras amables cualidades

estén en armonía con nuestra naturaleza material?

¡Ea, ea, gusanillos de tierra insolentes y débiles! Yo

he tenido también, como vosotras, el carácter altanero,

el corazón orgulloso, el ánimo áspero y presto

a devolver regaño por regaño, amenaza por amenaza.

No obstante, bien veo ahora que nuestras lanzas

son cañas y nuestras fuerzas briznas de paja. Y que

no hay debilidad semejante a la de buscar antes que

nada lo que menos nos conviene. Abatid, pues,

vuestra altanería, que para nada sirve, y poned

vuestras manos, en signo de obediencia, a los pies

de vuestros maridos. Si mi marido lo quiere, las mías

dispuestas están a rendirle este homenaje...

L A F I E R E C I L L A D O M A D A

159

PETRUCHIO.-¡He aquí una mujer como es debido!

Ven y abrázame, mi querida Lina.

LUCENTIO.-Sigue tu camino, amigo. La partida

será siempre tuya.

VINCENTIO.-¡Grata cosa es oír hablar a hijos

tan dóciles!

LUCENTIO.-¡Tanto como desagradable escuchar

a mujeres insolentes!

PETRUCHIO.-Vámonos, Lina. Vamos a dormir.

Henos a los tres casados; pero vosotros dos lleváis

faldas. Tú has dado en el blanco, Lucentio; pero

he sido yo el que ha ganado la apuesta. Vencedor,

pues, me retiro. Que Dios os conceda a todos una

buena noche. (Salen Petruchio y Catalina.)

HORTENSIO.-Sigue, sigue tu camino; has domado

a una famosa fierecilla.

LUCENTIO.-A fe que ha sido un milagro. Pero

que la ha domado, ¡y maravillosamente!, no hay duda.

(Salen.)

El sabio no dice lo que sabe, y el necio no sabe lo que dice.

Si los hombres han nacido con dos ojos, dos orejas y una sola lengua es porque se debe escuchar y mirar dos veces antes de hablar

Lo que importa verdaderamente en la vida no son los objetivos que nos marcamos, sino los caminos que seguimos para lograrlo.

Hay dos cosas que son infinitas: el universo y la estupidez humana; de la primera no estoy muy seguro.

Hay dos cosas que son infinitas: el universo y la estupidez humana; de la primera no estoy muy seguro.

El nacimiento y la muerte no son dos estados distintos, sino dos aspectos del mismo estado

Las personas son como la Luna. Siempre tienen un lado oscuro que no enseñan a nadie.

Las conversaciones son siempre peligrosas si se tiene algo que ocultar

El saber y la razón hablan, la ignorancia y el error gritan.

Todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de mofa

Algunas personas son tan falsas que ya no distinguen que lo que piensan es justamente lo contrario de lo que dicen.

Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no escucha.


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