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Romancero Gitano

(1924-1927)

Federico García Lorca

(1898-1936)


Sebastián Rajo - lorca@ciudadfutura.com

Federico García Lorca - Http://www.ciudadfutura.com/lorca

© Herederos de Federico García Lorca


1

Romance de la luna, luna

A Conchita García Lorca

La luna vino a la fragua

con su polisón de nardos.

El niño la mira, mira.

El niño la está mirando.

En el aire conmovido

mueve la luna sus brazos

y enseña, lúbrica y pura,

sus senos de duro estaño. -Huye luna, luna, luna.

Si vinieran los gitanos,

harían con tu corazón     collares y anillos blancos.  -Niño, déjame que baile. Cuando vengan los gitanos,     te encontrarán sobre el yunque con los ojillos cerrados.

-Huye luna, luna, luna,     que ya siento sus caballos. -Niño, déjame, no pises     mi blancor almidonado.

El jinete se acercaba tocando el tambor del llano. Dentro de la fragua el niño tiene los ojos cerrados.

*

Por el olivar venían,     bronce y sueño, los gitanos. Las cabezas levantadas

y los ojos entornados.

Cómo canta la zumaya,   ¡ay, cómo canta en el árbol! Por el cielo va la luna

con un niño de la mano.

Dentro de la fragua lloran dando gritos, los gitanos. El aire la vela, vela.

El aire la está velando.

2

Preciosa y el aire

A Dámaso Alonso

Su luna de pergamino Preciosa tocando viene por un anfibio sendero


de cristales y laureles.

El silencio sin estrellas, huyendo del sonsonete,

cae donde el mar bate y canta su noche llena de peces.

En los picos de la sierra

los carabineros duermen guardando las blancas torres donde viven los ingleses.

Y los gitanos del agua   levantan por distraerse  glorietas de caracolas

y ramas de pino verde.

*

Su luna de pergamino Preciosa tocando viene.

Al verla se ha levantado

el viento que nunca duerme. San Cristobalón desnudo, lleno de lenguas celestes, mira a la niña tocando

una dulce gaita ausente.

- Niña, deja que levante

tu vestido para verte.

Abre en mis dedos antiguos la rosa azul de tu vientre.

Preciosa tira el pandero

y corre sin detenerse.

El viento-hombrón la persigue con una espada caliente.

Frunce su rumor el mar.     Los olivos palidecen.     Cantan las flautas de umbría  y el liso gong de la nieve.

¡Preciosa, corre, Preciosa, que te coge el viento verde! ¡Preciosa, corre, Preciosa! ¡Míralo por dónde viene! Sátiro de estrellas bajas    con sus lenguas relucientes.

*

Preciosa, llena de miedo, entra en la casa que tiene, más arriba de los pinos,     el cónsul de los inglés.

Asustados por los gritos tres carabineros vienen, sus negras capas ceñidas  y los gorros en las sienes.

El inglés da a la gitana   un vaso de tibia leche,

y una copa de ginebra  que Preciosa no se bebe.

Y mientras cuenta, llorando,


su aventura a aquella gente, en las tejas de pizarra

el viento, furioso, muerde.

3

Reyerta

A Rafael Méndez

En la mitad del barranco

las navajas de Albacete,  bellas de sangre contraria, relucen como los peces.     Una dura luz de naipe    recorta en el agrio verde caballos enfurecidos

y perfiles de jinetes.

En la copa de un olivo

lloran dos viejas mujeres.

El toro de la reyerta

se sube por las paredes. Angeles negros traían pañuelos de agua y de nieve. Angeles con grandes alas     de navajas de Albacete.    Juan Antonio el de Montilla rueda muerto la pendiente,    su cuerpo lleno de lirios

y una granada en las sienes. Ahora monta cruz de fuego, carretera de la muerte.

El juez, con guardia civil,

por los olivares viene.    Sangre resbalada gime    muda canción de serpiente. -Señores guardias civiles:  aquí paso lo de siempre.     Han muerto cuatro romanos    y cinco cartagineses.

*

La tarde loca de higueras

y de rumores calientes

cae desmayada en los muslos heridos de los jinetes.

Y ángeles negros volaban     por el aire de poniente.  Angeles de largas trenzas

y corazones de aceite.

4

Romance sonámbulo

A Gloria Giner

Y a Fernando de los Ríos

Verde que te quiero verde. verde viento. Verdes ramas. El barco sobre el mar

y el caballo en la montaña. Con la sombra en la cintura


ella sueña en su baranda, verde carne, pelo verde, con ojos de fría plata.  Verde que te quiero verde. Bajo la luna gitana,

las cosas la están mirando  y ella no puede mirarlas.

*

Verde que te quiero verde.

Grandes estrellas de escarcha     vienen con el pez de sombra

que abre e camino del alba.

La higiene frota su viento

con lija de sus ramas,

y el monte, el gato garduño,

eriza sus pitas agrias.

Pero ¿quién vendrá? ¿Y por donde...? Ella sigue en su baranda,

verde carne, pelo verde,

soñando en la mar amarga.

*

-Compadre, quiero cambiar    mi caballo por su casa,

mi montura por su espejo,

mi cuchillo por su manta. Compadre, vengo sangrando, desde los puertos de Cabra. -Si yo pudiera, mocito,

este trato se cerraba.

Pero yo ya no soy yo.

ni mi casa es ya mi casa. -Compadre, quiero morir decentemente en mi cama.   De acero, si puede ser,

con las sábanas de holanda. ¿No ves la herida que tengo desde el pecho a la garganta -Trescientas rosas morenas lleva tu pechera blanca.

Tu sangre rezuma y huele alrededor de tu faja.

Pero yo ya no soy yo,

ni mi casa es ya mi casa. -Dejadme subir al menos  hasta las altas barandas; ¡dejadme subir!, dejadme, hasta las verdes barandas. Barandales de la luna

por donde retumba el agua.

*

Ya suben los dos compadres hacia las altas barandas. Dejando un rastro de sangre. Dejando un rastro de lagrimas. Temblando en los tejados farolillos de hojalata.

Mil panderos de cristal      herían la madrugada.


*

Verde que te quiero verde,

verde viento verde ramas.

Los dos compadres subieron.

El largo viento dejaba

en la boca de un raro gusto

de hiel, y de menta y de albahaca. ¡Compadre! ¿Dónde está, dime, dónde está tu niña amarga? ¡Cuántas veces te esperó! ¿Cuántas veces te esperara,     cara fresca, negro pelo,

en esta verde baranda!

*

Sobre el rostro del aljibe

se mecía la gitana.

Verde carne, pelo verde,   con los ojos de fría plata.    Un carámbalo de luna

la sostiene sobre el agua.    La noche se puso íntima como una pequeña plaza. Guardias civiles, borrachos en la puerta golpeaban. Verde que te quiero verde. Verde viento, verdes ramas. El barco sobre el mar.

Y el caballo en la montaña.

5

La monja gitana

A José Moreno Villa

Silencio de cal y mirto.

Malvas en las hierbas finas.

La monja borda alhelíes

sobre una tela pajiza.

Vuelan en la araña gris

siete pájaros del prisma.

La iglesia gruñe a lo lejos

como un oso panza arriba.

¡Qué bien borda! ¡Con qué gracia! Sobre la tela pajiza

ella quisiera bordar

flores de su fantasía.

¡Qué girasol! ¡Qué magnolia

de lentejuelas y cintas!

¡Qué azafranes y qué lunas,

en el mantel de la misa!

Cinco toronjas se endulzan

en la cercana cocina.

Las cinco llagas de Cristo   cortadas en Almería.

Por los ojos de la monja

galopan dos caballistas.

Un rumor último y sordo

le despega la camisa,

y, al mirar nubes y montes

en las yertas lejanías,

se quiebra su corazón


de azúcar y yerbaluisa.  ¡Oh, qué llanura empinada

con veinte soles arriba!

¡Qué ríos puestos de pie vislumbra su fantasía!

Pero sigue con sus flores, mientras que de pie, en la brisa, la luz juega el ajedrez

alto de la celosía.

6

La casada infiel

A Lydia Cabrera Y a su negrita

Y que yo me la llevé al río creyendo que era mozuela, pero tenía marido.

Fue la noche de Santiago

y casi por compromiso.

Se apagaron los faroles

y se encendieron los grillos.  En las últimas esquinas    toqué sus pechos dormidos,   y se me abrieron de pronto como ramos de jacintos.

El almidón de su enagua

me sonaba en el oído

como una pieza de seda rasgada por diez cuchillos.   Sin luz de plata en sus cepas los árboles han crecido,

y un horizonte de perros   ladra muy lejos del río.

*

Pasadas las zarzamoras,    los juncos y los espinos,    bajo su mata de pelo

hice un hoyo sobre el limo.  Yo me quite la corbata.

Ella se quitó el vestido.

Yo el cinturón con revólver. Ella sus cuatro corpiños.

Ni nardos ni caracolas    tienen el cutis tan fino,

ni los cristales con luna relumbran con ese brillo.    Sus muslos se me escapan como peces sorprendidos,    la mitad llenos de lumbre,

la mitad llenos de frío.  Aquella noche corrí

el mejor de los caminos, montando en potra de nácar sin bridas y sin estribos.

No quiero decir, por hombre, las cosas que ella me dijo.   La luz del entendimiento     me hace ser muy comedido. Sucia de besos y arena,

yo me la levé al río.


Con el aire se batían

las espaldas de los lirios. Me porté como quien soy. Como un gitano legítimo. Le regalé un costutero grande, de raso pajizo,

y no quise enamorarme porque teniendo marido  me dijo que era mozuela cuando la levaba al río.

7

Romance de la pena negra

A José Navarro Pardo

Las piquetas de los gallos     cavan buscando la aurora, cuando por el monte oscuro    baja Soledad Montoya.

Cobre amarillo, su carne

huele a caballo y a sombra. Yunques ahumados sus pechos, gimen canciones redondas. -Soledad, ¿Por quien preguntas sin compañía y a estas horas? -Pregunte por quien pregunte, dime: ¿a ti quése te importa? Vengo a buscar lo que busco,    mi alegría y mi persona.   -Soledad de mis pesares,    caballo que se desboca

al fin encuentra la mar

y se lo tragan las olas.

-No me recuerdes el mar

que la pena negra brota

en las tierras de la aceituna     bajo el rumor de las hojas. -¡Soledad, qué pena tienes!    ¡Qué pena tan lastimosa!

Lloras zumo de limón

agrio de espera y de boca.    -¡Qué pena tan grande! Corro     mi casa como una loca,

mis dos trenzas por el suelo,

de la cocina a la alcoba.

¡Qué pena! Me estoy poniendo  de azabache carne y roja.

¡Ay, mis camisas de hilo!

¡Ay, mis muslos de amapola! -Soledad, lava tu cuerpo

con agua de alondras,

y deja tu corazón

en paz, Soledad Montoya.

*

Por abajo canta el río: volante de cielo y hojas.  Con flores de calabaza

la nueva luz se corona.    ¡Oh pena de los gitanos! Pena limpia y siempre sola. ¡Oh pena de cauce oculto


y madrugada remota!

8

Sanmiguel

(Granada)

A Diego Buigas de Dalmáu

Se ven desde las barandas, por el monte, monte, monte, mulos y sombras de mulos cargados de girasoles.

Sus ojos en las umbrías

se empañan de inmensa noche. En los recodos del aire,

cruje la aurora salobre.

Un cielo de mulos blancos cierra sus ojos de azogue dando a la quieta penumbra un final de corazones.

Y el agua se pone fría     para que nadie la toque. Agua loca y descubierta    por el monte, monte, monte.

*

San Miguel lleno de encajes    en la alcoba de su torre,   enseña sus bellos muslos ceñidos por los faroles.  Arcángel domesticado

en el gesto de las doce,

finge una cólera dulce

de plumas y ruiseñores.

San Miguel canta en los vidrios; efebo de tres mil noches, fragante de agua colonia

y lejano de las flores.

*

El mar baila por la playa,

un poema de balcones.

Las orillas de la luna     pierden juncos, ganan voces. Vienen manolas comiendo semillas de girasoles,

los culos grandes y ocultos como planetas de cobre. Vienen altos caballeros

y damas de triste porte, morenas por la nostalgia

de un ayer de ruiseñores.

Y el obispo de Manila,     ciego de azafrán y pobre,  dice misa con dos filos

para mujeres y hombres.

*

San Miguel se estaba quieto


en la alcoba de su torre, con las enaguas cuajadas de espejitos y entredoses.

San Miguel, rey de los globos y de los números nones,

en el primor berberisco

de gritos y miradores.

9

San Rafael

(Córdoba)

A Juan Izquierdo Croselles

I

Coches cerrados llegaban    a las villas de juncos     donde las ondas alisan romano torso desnudo. Coches, que el Guadalquivir tiende en su cristal maduro, entre láminas de flores

y resonancia de nublos.    Los niños tejen y cantan

el desengaño del mundo, cerca de los viejos coches perdidos en el nocturno. Pero Córdoba no tiembla bajo el misterio confuso, pues si la sombra levanta    la arquitectura del humo,    un pie de mármol afirma     su casto fulgor enjuto.

Pétalos de lata débil   recaman los grises puros     de la brisa, desplegada   sobre los arcos de triunfo.     Y mientras el puente sopla diez rumores de Neptuno, vendedores de tabaco huyen por el roto muro.

II

Un solo pez en el agua

que a las dos Córdobas junta: Blanca Córdoba de juncos. Córdoba de arquitectura. Niños de cara impasible

en la villa se desnudan, aprendices de Tobías

y Merlines de cintura,

para fastidiar al pez

en irónica pregunta

si quiere flores de vino

o saltos de media luna.

Pero el pez, que dora el agua y los mármoles enluta,

les da lección y equilibrio

de solitaria columna.

El Arcángel aljamiado


de lentejuelas oscuras, en el mitin de las ondas buscaba rumor y cuna.

*

Un solo pez en el agua.

Dos Córdobas de hermosura. Córdoba quebrada en chorros. Celeste Córdoba enjuta.

10

San Gabriel

(Sevilla)

I

Un bello niño de junco,   anchos hombros, fino talle    piel de nocturna manzana, boca triste y ojos grandes, nervio de plata caliente,    ronda la desierta calle.

Sus zapatos de charol   rompen las dalias del aire,   con los dos ritmos que cantan breves lutos celestiales.

En la ribera del mar

no hay palma que se le iguale, Ni emperador coronado

ni lucero caminante.

Cuando la cabeza inclina  sobre su pecho de jaspe,

la noche busca llanuras  porque quiere arrodillarse.   Las guitarras suenan solas para San Gabriel Arcángel, domador de palomillas

y enemigo de los sauces.    San Gabriel: El niño llora

en el vientre de su madre.     No olvides que los gitanos

te regalaron el traje.

II

Anunciación de los Reyes, bien lunada y mal vestida, abre la puerta al lucero     que por la calle venía.

El Arcángel San Gabriel, entre azucena y sonrisa, bisnieto de la Giralda,

se acercaba de visita.

En su chaleco bordado grillos ocultos palpitan.     Las estrellas de la noche    se volvieron campanillas. San Gabriel: Aquí me tienes con tres clavos de alegría. Tu fulgor abre jazmines sobre mi cara encendida. Dios te salve, Anunciación. Morena de maravilla.


Tendrás un niño más bello que los tallos de la brisa.   ¡Ay San Gabriel de mis ojos! ¡Gabrielillo de mi vida!     Para sentarte yo sueño

un sillón de clavelinas.

*

Dios te salve, Anunciación, bien lunada y mal vestida.   Tu niño tendrá en el pecho  un lunar y tres heridas.

¡Ay San Gabriel que reluces! ¡Gabrielillo de mi vida!

En el fondo de mis pechos  ya nace la leche tibia.

Dios te salve, Anunciación. Madre de cien dinastías. Áridos lucen tus ojos, paisajes de caballista.

*

El niño canta en el seno

de Anunciación sorprendida. Tres balas de almendra verde tiemblan en su vocecita.

Ya San Gabriel en el aire por una escala subía.     Las estrellas de la noche se volvieron siemprevivas.

11

Prendimiento de Antoñito El Camborio en el camino de Sevilla

A Margarita Xirgu

Antonio Torres Heredia,  hijo y nieto de Camborios, con una vara de mimbre   va a Sevilla a ver los toros. Moreno de verde luna   anda despacio y garboso. Sus empavonados bucles  le brillan entre los ojos.

A la mitad del camino   cortó limones redondos,     y los fue tirando al agua hasta que la puso de oro.   Y a la mitad del camino, bajo las ramas de un olmo, guardia civil caminera

lo llevó codo con codo.

*

El día se va despacio,

la tarde colgada a un hombro, dando una larga torera     sobre el mar y los arroyos.


Las aceitunas aguardan     la noche de Capricornio,     y una corta brisa, ecuestre, salta los montes de plomo. Antonio Torres Heredia,  hijo y nieto de Camborios, viene sin vara de mimbre entre los cinco tricornios.

Antonio, ¿quién eres tú?

Si te llamaras Camborio, hubieras hecho una fuente  de sangre con cinco chorros. Ni tú eres hijo de nadie,

ni legítimo Camborio.

¡Se acabaron los gitanos   que iban por el monte solos! Están los viejos cuchillos tiritando bajo el polvo.

A las nueve de la noche

lo llevan al calabozo, mientras los guardias civiles beben limonada todos.

Y a las nueve de la noche   le cierran el calabozo, mientras el cielo reluce  como la grupa de un potro.

12

Muerte de Antoñito El Camborio

A José Antonio Rubio Sacristán

Voces de muerte sonaron cerca del Guadalquivir. Voces antiguas que cercan voz de clavel varonil.

Les clavó sobre las botas mordiscos de jabalí.

En la lucha daba saltos jabonados de delfín.

Bañó con sangre enemiga su corbata carmesí,

pero eran cuatro puñales     y tuvo que sucumbir. Cuando las estrellas clavan rejones al agua gris,  cuando los erales suenan verónicas de alhelí,

voces de muerte sonaron cerca del Guadalquivir.

*

Antonio Torres Heredia, Camborio de dura crin,   moreno de verde luna,

voz de clavel varonil:

¿Quién te ha quitado la vida cerca del Guadalquivir?

Mis cuatro primos Heredias hijos de Benamejí.

Lo que en otros no envidiaban,


ya lo envidiaban en mí. Zapatos color corinto, medallones de marfil,

y este cutis amasado

con aceituna y jazmín.    ¡Ay Antoñito el Camborio, digno de una Emperatriz! Acuérdate de la Virgen porque te vas a morir.     ¡Ay Federico García,   llama a la Guardia Civil!   Ya mi talle se ha quebrado como caña de maíz.

Tres golpes de sangre tuvo y se murió de perfil.

Viva moneda que nunca    se volverá a repetir.

Un ángel marchoso pone  su cabeza en un cojín. Otros de rubor cansado, encendieron un candil.

Y cuando los cuatro primos llegan a Benamejí,

voces de muerte cesaron cerca del Guadalquivir.

13

Muerto de amor

A Margarita Manso

¿Qué es aquello que reluce por los altos corredores? Cierra la puerta, hijo mío, acaban de dar las once.    En mis ojos, sin querer, relumbran cuatro faroles. Será que la gente aquella estará fregando el cobre.

*

Ajo de agónica plata

la luna menguante, pone cabelleras amarillas

a las amarillas torres.

La noche llama temblando al cristal de los balcones, perseguida por los mil perros que no la conocen, y un olor de vino y ámbar viene de los corredores.

*

Brisas de caña mojada

y rumor de viejas voces, resonaban por el arco   roto de la media noche. Bueyes y rosas dormían. Sólo por los corredores  las cuatro luces clamaban con el furor de San Jorge.


Tristes mujeres del valle bajaban su sangre de hombre, tranquila de flor cortada

y amarga de muslo joven. Viejas mujeres del río    lloraban al pie del monte,

un minuto intransitable

de cabelleras y nombres. Fachadas de cal, ponían cuadrada y blanca la noche. Serafines y gitanos

tocaban acordeones.

Madre, cuando yo me muera, que se enteren los señores. Pon telegramas azules

que vayan del Sur al Norte. Siete gritos, siete sangres, siete adormideras dobles, quebraron opacas lunas

en los oscuros salones.     Lleno de manos cortadas

y coronitas de flores,

el mar de los juramentos resonaba, no sé donde.

Y el cielo daba portazos

al brusco rumor del bosque, mientras clamaban las luces  en los altos corredores.

14

Romance del emplazado

Para Emilio Aladrén

¡Mi soledad sin descanso! Ojos chicos de mi cuerpo   y grandes de mi caballo,   no se cierran por la noche ni miran al otro lado    donde se aleja tranquilo   un sueño de trece barcos. Sino que limpios y duros escuderos desvelados,   mis ojos miran un norte    de metales y peñascos donde mi cuerpo sin venas consulta naipes helados.

*

Los densos bueyes del agua embisten a los muchachos     que se bañan en las lunas

de sus cuernos ondulados.

Y los martillos cantaban

sobre los yunques sonámbulos, el insomnio del jinete

y el insomnio del caballo.

*

El veinticinco de junio

le dijeron a el Amargo:     Ya puedes cortar si gustas


las adelfas de tu patio.     Pinta una cruz en la puerta    y pon tu nombre debajo, porque cicutas y ortigas nacerán en tu costado,

y agujas de cal mojada

te morderán los zapatos.  Será de noche, en lo oscuro, por los montes imantados, donde los bueyes del agua beben los juncos soñando. Pide luces y campanas. Aprende a cruzar las manos, y gusta los aires fríos

de metales y peñascos. Porque dentro de dos meses yacerás amortajado.

*

Espadón de nebulosa mueve en el aire Santiago. Grave silencio, de espalda, manaba el cielo combado.

*

El veinticinco de junio

abrió sus ojos Amargo,

y el veinticinco de agosto    se tendió para cerrarlos. Hombres bajaban la calle para ver al emplazado,

que fijaba sobre el muro

su soledad con descanso.    Y la sábana impecable,

de duro acento romano,  daba equilibrio a la muerte con las rectas de sus paños.

15

Romance de la guardia civil española

A Juan Guerrero

Cónsul General de la Poesía

Los caballos negros son. Las herraduras son negras. Sobre las capes relucen manchas de tinta y de cera. Tienen, por eso no lloran,  de plomo las calaveras.  Con el alma de charol vienen por la carretera. Jorobados y nocturnos,    por donde animan ordenan silencios de goma oscura    y miedos de fina arena. Pasan, si quieren pasar,

y ocultan en la cabeza     una vaga astronomía

de pistolas inconcretas.

*


¡Oh ciudad de los gitanos!

En las esquinas banderas.

La luna y la calabaza

con las guindas en conserva. ¡Oh ciudad de los gitanos! ¿Quién te vio y no te recuerda? Ciudad de dolor y almizcle,    con las torres de canela.

Cuando llegaba la noche, noche que noche nochera, los gitanos en sus fraguas forjaban soles y flechas.    Un caballo malherido, llamaba a todas las puertas. Gallos de vidrio cantaban  por Jerez de la Frontera.     El viento, vuelve desnudo    la esquina de la sorpresa,  en la noche platinoche noche, que noche nochera.

*

La Virgen y San José,  perdieron sus castañuelas,

y buscan a los gitanos

para ver si las encuentran.

La Virgen viene vestida

con un traje de alcaldesa

de papel de chocolate

con los collares de almendras. San José mueve los brazos  bajo una capa de seda.     Detrás va Pedro Domecq

con tres sultanes de Persia.    La media luna, soñaba

un éxtasis de cigüeña. Estandartes y faroles

invaden las azoteas.

Por los espejos sollozan bailarinas sin caderas.

Agua y sombra, sombra y agua por Jerez de la Frontera.

*

¡Oh ciudad de los gitanos!

En las esquinas banderas. Apaga tus verdes luces

que viene la benemérita.

¡Oh ciudad de los gitanos! ¿Quién te vio y no te recuerda? Dejadla lejos del mar, sin  peines para sus crenchas.

*

Avanzan de dos en fondo  a la ciudad de la fiesta.   Un rumor de siemprevivas invade las cartucheras.


Avanzan de dos en fondo. Doble nocturno de tela.    El cielo, se les antoja,    una vitrina de espuelas.

*

La ciudad libre de miedo, multiplicaba sus puertas. Cuarenta guardias civiles entran a saco por ellas.    Los relojes se pararon,

y el coñac de las botellas   se disfrazó de noviembre para no infundir sospechas. Un vuelo de gritos largos   se levantó en las veletas. Los sables cortan las brisas que los cascos atropellan. Por las calles de penumbra huyen las gitanas viejas   con los caballos dormidos    y las orzas de monedas.  Por las calles empinadas suben las capas siniestras, dejando atrás fugaces remolinos de tijeras.

En el portal de Belén

los gitanos se congregan.   San José, lleno de heridas, amortaja a una doncella. Tercos fusiles agudos

por toda la noche suenan.     La Virgen cura a los niños   con salivilla de estrella.

Pero la Guardia Civil

avanza sembrando hogueras, donde joven y desnuda

la imaginación se quema. Rosa la de los Camborios, gime sentada en su puerta  con sus dos pechos cortados puestos en una bandeja.

Y otras muchachas corrían perseguidas por sus trenzas, en un aire donde estallan rosas de pólvora negra. Cuando todos los tejados  eran surcos en la sierra,

el alba meció sus hombros   en largo perfil de piedra.

*

¡Oh ciudad de los gitanos!    La Guardia Civil se aleja

por un túnel de silencio mientras las llamas te cercan.

¡Oh ciudad de los gitanos! ¿Quién te vio y no te recuerda? Que te busquen en mi frente. Juego de luna y arena.


Tres romances históricos

16

Martirio de Santa Olalla

A Rafael Martínez Nadal

I

Panorama de Mérida

Por la calle brinca y corre caballo de larga cola,     mientras juegan o dormitan viejos soldados de Roma.  Medio monte de Minervas    abre sus brazos sin hojas.  Agua en vilo redoraba

las aristas de las rocas.    Noche de torsos yacentes

y estrellas de nariz rota, aguarda grietas del alba

para derrumbarse toda.

De cuando en cuando sonaban blasfemias de cresta roja.

Al gemir, la santa niña     quiebra el cristal de las copas. La rueda afila cuchillos

y garfios de aguda comba: Brama el toro de los yunques,   y Mérida se corona

de nardos casi despiertos

y tallos de zarzamora.

II

El martirio

Flora desnuda se sube

por escalerillas de agua.

El Cónsul pide bandeja

para los senos de Olalla.

Un chorro de venas verdes

le brota de la garganta.

Su sexo tiembla enredado

como un pájaro en las zarzas.     Por el suelo, ya sin norma,    brincan sus manos cortadas

que aun pueden cruzarse en tenue oración decapitada.

Por los rojos agujeros

donde sus pechos estaban

se ven cielos diminutos

y arroyos de leche blanca.

Mil arbolillos de sangre

le cubren toda la espalda

y oponen húmedos troncos

al bisturí de las llamas.  Centuriones amarillos

de carne gris, desvelada,

llegan al cielo sonando


sus armaduras de plata.

Y mientras vibra confusa pasión de crines y espadas, el Cónsul porta en bandeja senos ahumados de Olalla.

III

Infierno y gloria

Nieve ondulada reposa. Olalla pende del árbol.

Su desnudo de carbón    tizna los aires helados. Noche tirante reluce.     Olalla muerta en el árbol. Tinteros de las ciudades vuelcan la tinta despacio. Negros maniquíes de sastre cubren la nieve del campo, en largas filas que gimen    su silencio mutilado.

Nieve partida comienza. Olalla blanca en el árbol. Escuadras de níquel juntan los picos en su costado.

*

Una Custodia reluce     sobre los cielos quemados, entre gargantas de arroyo   y ruiseñores en ramos. ¡Saltan vidrios de colores! Olalla blanca en lo blanco. Ángeles y serafines dicen: Santo, Santo, Santo.

17

Burla de Don Pedro a caballo

Romance con lagunas

A Jean Cassou

Romance de Don Pedro a caballo

Por una vereda venía Don Pedro. ¡Ay cómo lloraba    el caballero! Montado en un ágil caballo sin freno, venía en la busca del pan y del beso. Todas las ventanas preguntan al viento, por el llanto oscuro del caballero.

Primera laguna

Bajo el agua


siguen las palabras.  Sobre el agua

una luna redonda

se baña,

dando envidia a la otra ¡tan alta!

En la orilla,

un niño,

ve las lunas y dice: -¡Noche; toca los platillos!

Sigue

A una ciudad lejana

ha llegado Don Pedro.    Una ciudad de oro

entre un bosque de cedros. ¿Es Belén? Por el aire yerbaluisa y romero.    Brillan las azoteas

y las nubes. Don Pedro pasa por arcos rotos.

Dos mujeres y un viejo    con velones de plata

le salen al encuentro.

Los chopos dicen: No.

Y el ruiseñor: Veremos.

Segunda laguna

Bajo el agua

siguen las palabras.

Sobre el peinado del agua

un círculo de pájaros y llamas.     Y por los cañaverales,

testigos que conocen lo que falta. Sueño concreto y sin norte

de madera de guitarra.

Sigue

Por el camino llano

dos mujeres y un viejo    con velones de plata

van al cementerio.

Entre los azafranes

han encontrado muerto

el sombrío caballo

de Don Pedro.

Voz secreta de tarde  balaba por el cielo. Unicornio de ausencia rompe en cristal su cuerno. La gran ciudad lejana     está ardiendo

y un hombre va llorando tierras adentro.

Al Norte hay una estrella.  Al Sur un marinero.

Última laguna

Bajo el agua

están las palabras.    Limo de voces perdidas.


Sobre la flor enfriada,

está Don Pedro olvidado, ¡ay!, jugando con las ranas.

18

Thamár y Amnón

Para Alfonso García-Valdecasas

La luna gira en el cielo sobre las sierras sin agua mientras el verano siembra rumores de tigre y llama. Por encima de los techos nervios de metal sonaban. Aire rizado venía

con los balidos de lana.    La sierra se ofrece llena    de heridas cicatrizadas,

o estremecida de agudos cauterios de luces blancas.

*

Thamár estaba soñando pájaros en su garganta

al son de panderos fríos

y cítaras enlunadas.

Su desnudo en el alero, agudo norte de palma,     pide copos a su vientre

y granizo a sus espaldas. Thamár estaba cantando desnuda por la terraza. Alrededor de sus pies,   cinco palomas heladas. Amnón, delgado y concreto, en la torre la miraba,     llenas las ingles de espuma y oscilaciones la barba.

Su desnudo iluminado

se tendía en la terraza,     con un rumor entre dientes de flecha recién clavada. Amnón estaba mirando

la luna redonda y baja,

y vio en la luna los pechos durísimos de su hermana.

*

Amnón a las tres y media  se tendió sobre la cama. Toda la alcoba sufría

con sus ojos llenos de alas. La luz, maciza, sepulta pueblos en la arena parda,  o descubre transitorio    coral de rosas y dalias.  Linfa de pozo oprimida  brota silencio en las jarras. En el musgo de los troncos la cobra tendida canta. Amnón gime por la tela


fresquísima de la cama.    Yedra del escalofrío

cubre su carne quemada. Thamár entró silenciosa

en la alcoba silenciada,

color de vena y Danubio,   turbia de huellas lejanas. Thamár, bórrame los ojos    con tu fija madrugada.

Mis hilos de sangre tejen volantes sobre tu falda.  Déjame tranquila, hermano. Son tus besos en mi espalda avispas y vientecillos

en doble enjambre de flautas. Thamár, en tus pechos altos hay dos peces que me llaman, y en las yemas de tus dedos rumor de rosa encerrada.

*

Los cien caballos del rey en el patio relinchaban. Sol en cubos resistía

la delgadez de la parra. Ya la coge del cabello,  ya la camisa le rasga. Corales tibios dibujan arroyos en rubio mapa.

*

¡Oh, qué gritos se sentían  por encima de las casas!  Qué espesura de puñales     y túnicas desgarradas.

Por las escaleras tristes esclavos suben y bajan. Émbolos y muslos juegan bajo las nubes paradas. Alrededor de Thamár     gritan vírgenes gitanas

y otras recogen las gotas    de su flor martirizada.    Paños blancos enrojecen    en las alcobas cerradas. Rumores de tibia aurora pámpanos y peces cambian.

*

Violador enfurecido,    Amnón huye con su jaca. Negros le dirigen flechas   en los muros y atalayas.

Y cuando los cuatro cascos eran cuatro resonancias, David con unas tijeras cortó las cuerdas del arpa.

 

El sabio no dice lo que sabe, y el necio no sabe lo que dice.

Si los hombres han nacido con dos ojos, dos orejas y una sola lengua es porque se debe escuchar y mirar dos veces antes de hablar

Lo que importa verdaderamente en la vida no son los objetivos que nos marcamos, sino los caminos que seguimos para lograrlo.

Hay dos cosas que son infinitas: el universo y la estupidez humana; de la primera no estoy muy seguro.

Hay dos cosas que son infinitas: el universo y la estupidez humana; de la primera no estoy muy seguro.

El nacimiento y la muerte no son dos estados distintos, sino dos aspectos del mismo estado

Las personas son como la Luna. Siempre tienen un lado oscuro que no enseñan a nadie.

Las conversaciones son siempre peligrosas si se tiene algo que ocultar

El saber y la razón hablan, la ignorancia y el error gritan.

Todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de mofa

Algunas personas son tan falsas que ya no distinguen que lo que piensan es justamente lo contrario de lo que dicen.

Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no escucha.


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