venmarktec - El Rey se divierte

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E L R E Y S E

D I V I E R T E

V Í C T O R H U G O

Prefacio

La aparición de este drama en el teatro dio

motivo a un acto ministerial inaudito.

Al día siguiente de su estreno remitió al autor,

Jouslin de la Salle, director de escena del Teatro

Francés, el siguiente oficio, cuyo original conserva:

«En este momento, que son las diez y media,

acabo de recibir la orden de suspender las

representaciones de EL REY SE DIVIERTE, que

me comunica H. Taillor en nombre del ministro.

»Hoy 23 de noviembre.»

Lo primero que le ocurrió al autor fue dudar de

lo que estaba leyendo, porque el acto era arbitrario

hasta lo increíble.

En efecto, la Constitución, llamada La Carta,

dice: «Los franceses tienen derecho de publicar...»

El texto no sólo concede el derecho de imprimir, sino el

derecho de publicar. El teatro, pues, no es más que un

medio de publicación como la prensa, como el

grabado y como la litografía. La libertad del teatro

está implícitamente consignada en la Constitución

como las demás libertades del pensamiento. La ley

V Í C T O R H U G O

4

fundamental añade: «La censura no podrá

restablecerse nunca.» No dice el texto la censura de

los periódicos, la censura de los libros; habla de la

censura en general, de la del teatro como de la de

los escritos. Las obras dramáticas no pueden ser,

pues, legalmente censuradas. En otra parte la

Constitución dice: «Queda abolida la confiscación.»

Pues la supresión de una obra, después de haberse

representado, no sólo es un acto de censura y de

arbitrariedad, sino que es además una verdadera

confiscación, porque usurpa violentamente al autor

y al teatro su legítima propiedad.

En una palabra, para que todo sea claro, para

que los cuatro o cinco grandes principios sociales

que la Revolución francesa grabó en bronce queden

intactos en sus pedestales de granito, la

Constitución deja abolido expresamente en su

último artículo todo lo que sea contrario a su letra y

a su espíritu en nuestras leyes anteriores.

Esto es lo formal. El decreto ministerial que

prohíbe la representación de un drama, por medio

de la censura atenta a la libertad y por medio de la

confiscación a la propiedad. Todo nuestro derecho

público se subleva contra semejante hecho de

fuerza.

El autor no se decidía a creer en tanta insolencia

y en tanta locura, y se presentó en el teatro, donde

le confirmaron lo ocurrido. El ministro, por sí y

ante sí, redactó la susodicha orden, sin fundarse en

E L R E Y S E D I V I E R T E

5

razón alguna. El ministro usurpó la obra a su autor,

su derecho y su propiedad; no le faltó más que

encerrarlo en la Bastilla.

La Comedia Francesa, estupefacta y consternada,

quiso dar algunos pasos cerca del ministro para

obtener la revocación de tan extraña orden, pero

fueron inútiles. El Consejo de ministros sehabía

reunido aquel día, y la orden del ministro del día 23

pasó a ser el día 24 una orden de todo el Ministerio.

El 23 suspendieron la representación del drama, el 24

lo prohibieron, conminando a la empresa a que

borrara de los carteles el pavoroso título EL REY

SE DIVIERTE. Intimaron además al Teatro Francés

a que se abstuviera de quejarse. Acaso hubiera sido

conveniente resistir este despotismo asiático, pero a

eso no se atreven los teatros, pues el temor de que

les retiren las subvenciones los convierte en siervos

y en vasallos, en eunucos y en mudos.

El autor permaneció y debió permanecer extraño

a estos manejos del teatro. Es poeta y no depende

de ningún ministro. Los ruegos y las solicitudes que

acaso le aconsejaban su interés, le prohibía

entablarlas su deber de escritor libre. Pedir favor al

poder era reconocerlo: la libertad y la propiedad no

deben pedirse en las antesalas, y un derecho no

debe solícitarse como un favor; para conseguir el

favor se acude al ministro, para lograr un derecho se

le pide al país. Al país, pues, se dirige el autor.

Existen dos caminos para obtener la justicia: el de la

V Í C T O R H U G O

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opinión pública y el de los tribunales. El autor

recurre a ambos.

Ante la opinión Pública el proceso está ya

juzgado y ganado. Por eso el autor da las sinceras

gracias a todos los individuos graves e

independientes de la literatura y de las artes, que en

esta ocasión le han dado tantas pruebas de simpatía

y de cordialidad. Contaba con su apoyo, porque

sabe que cuando se trata de luchar por la libertad de

la inteligencia y del pensamiento no irá nunca solo

al combate.

Por mezquinos cálculos, el gobierno se

vanagloriaba de contar como auxiliares hasta con

los hombres que forman en las filas de la oposición

y con las pasiones literarias sublevadas hace tiempo

contra el autor; el gobierno se había imaginado que

los odios literarios serían más tenaces aun que los

odios políticos, fundándose en que los primeros

nacen del amor propio y los segundos de los

intereses. El poder se equivocó: su acto brutal

indignó a los hombres honrados de todas las

opiniones. El autor vio con gran satisfacción aliarse

a él, para afrontar la arbitrariedad y la injusticia, a

muchos de los que con más violencia le atacaban el

día anterior. Si por casualidad algunos odios

inveterados persisten contra él, sienten ahora el

auxilio momentáneo que prestaron entonces al

poder. Cuantos enemigos honrados y leales cuenta

el autor se le han ofrecido, tendiéndole la mano, sin

perjuicio de que vuelvan al combate literario tan

E L R E Y S E D I V I E R T E

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luego como acabe el combate político. El que es

perseguido en Francia no tiene otro enemigo que su

perseguidor.

Si después de sentar que el acto ministerial es

odioso e incalificable y contra derecho,

descendemos por un momento a discutirlo como

hecho material, la primera cuestión que se nos

presenta es la siguiente: ¿Por qué motivo se dictó

semejante medida?

Hay que decirlo, porque así es, y porque si el

porvenir se ocupa un día de la pequeñez de nuestros

hombres, no será este detalle el menos curioso de

este curioso acontecimiento. Parece que los

encargados de censurar se han escandalizado,

ofendidos en su moralidad, de EL REY SE

DIVIERTE; este drama ha ofendido el pudor de

los gendarmes: la brigada Leotand presenció la

primera representación y la encontró obscena; la

oficina de las buenas costumbres se ha tapado la

cara y Vidocq se ha ruborizado. En una palabra, la

consigna que la censura dio a la policía es la

siguiente: El drama es inmoral. Veamos si tienen

razón.

Daremos explicaciones, no a lapolicía, a la que

yo, como hombre honrado, prohíbo hablar de estas

materias, sino al escaso número de personas

respetables y concienzudas, que por lo que han oído

decir, o por no haberlo comprendido en la primera

representación, se las ha impulsado a pronunciar tan

injusto fallo. El drama corre ya impreso: si no lo

V Í C T O R H U G O

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habéis visto representar, leedlo, y si lo habéis visto

en el teatro, leedlo también. Recordad que su

estreno, más que representación, fue una especie de

batalla de Montlhery (y perdonadme esta vanidosa

comparación), fue una batalla en la que los

parisienses y los borgoñones creyeron, ambos por

su parte, haberme embolsado la victoria, como dice

Matthieu.

¿Que la obra es inmoral? Vamos a verlo.

Veamos primero si es inmoral en el fondo.

Triboulet es deforme, está enfermo, es bufón de

palacio, y esta triple miseria que le envuelve le

convierte en malvado. Triboulet odia al rey, porque

es rey, a los señores porque son señores y a los

hombres porque no han nacido con una joroba en

la espalda como él. Su único pasatiempo consiste en

trabajar para que choquen los señores contra el rey,

y que perezca el más débil víctima del más fuerte.

Deprava al rey, le corrompe, le embrutece y le

empuja hacia la tiranía, hacia la ignorancia y hacia el

vicio; le introduce en medio de las familias de los

nobles, señalándole con el dedo la esposa que puede

seducir, la hermana que puede robar, la hija que

puede perder. El rey, en manos de Triboulet, no es

más que un polichinela todopoderoso, que amarga

todas las existencias que el bufón se empeña en

deshonrar. Un día, en medio de una fiesta, cuando

Triboulet induce al rey a robar a la mujer de M. de

Cossé, llega hasta el monarca Saint-Vallier y le

reprocha en alta voz la deshonra de Diana de

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Poitiers: Triboulet insulta y escarnece a este padre, a

quien el rey ha robado la hija. De aquí arranca todo

el asunto del drama. Su verdadero asunto es la

maldición de Saint-Vallier. Llegamos al segundo

acto, y vamos a ver sobre quién recae la maldición

de Saint-Vallier. Triboulet es hombre, es padre, y

tiene una hija que ama con todo su corazón. Todo

el interés del drama estriba en que Triboulet tiene

una hija, que oculta a todo el mundo en un barrio

desierto y en una casa solitaria. Cuanto más hace

que corra por la ciudad el contagio del escándalo y

del vicio, tanto más aislada y oculta tiene a su hija, a

la que educa en la inocencia, en la fe y en el pudor.

Le inquieta el temor de que se pervierta, porque él,

que es perverso, sabe lo que sufre el que no es

bueno. Pues bien, la maldición del anciano alcanzará

a Triboulet en la única cosa que ama en el mundo,

en su hija. El rey, a quien Triboulet induce a robar

mujeres, robará al bufón su hija, y éste se verá

castigado por la Providencia del mismo modo que

Saint-Vallier. Cuando verá a su hija deshonrada y

perdida, tenderá al rey un lazo para vengarla, pero

también en este lazo caerá su hija. Triboulet tiene

dos discípulos, el rey y su hija: al rey lo arrastra al

vicio y a Blanca la encamina hacia la virtud. El uno

pierde al otro: el bufón quiere robar para el rey la

esposa de M. de Cossé, y roba su propia hija; quiere

asesinar al rey para vengarla y es su hija la que recibe

la puñalada. El castigo no se detiene en la mitad del

camino; la maldición del padre de Diana cae de

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lleno sobre el padre de Blanca. No nos toca a

nosotros decidir si este enredo encierra interés

dramático; pero es claro, es evidente, es indudable

que entraña una idea moral. En el fondo de algunas

obras del autor se ve la fatalidad, pero en el fondo

de ésta se ve la Providencia.

Repetimos que no discutimos aquí con la policía,

a la que no queremos hacer tanto honor, sino con la

parte del públicoa la que pueda parecer necesaria

esta discusión.

¿Si el drama en su parte de inventiva es moral,

será inmoral en su ejecución? Propuesta la cuestión

de este modo, ella misma se defiende:

probablemente nadie encontrará nada inmoral en

los actos primero y segundo. ¿Parecerá acaso

inmoral la situación del tercero? Leed ese tercer

acto, y luego nos diréis con probidad que la

impresión que os causa es profundamente casta,

virtuosa y honrada.

¿Será inmoral el cuarto acto? ¿Desde cuándo no

es permitido a un rey cortejar en la escena a una

moza de posada? Esto no es nuevo, ni en la historia

ni en el teatro; os diremos más: hasta la misma

historia nos autorizaba para presentar en público a

Francisco I, ebrio en los tabucos de la calle del

Pelícano. Llevar el rey a una casa pública no sería

tampoco nuevo; esto se ve en el teatro griego, que

es clásico; esto se ve en Shakespeare, que representa

el teatro romántico; pero esto no pasa en EL REY

SE DIVIERTE. El autor del drama conoce todo lo

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que se refiere de la casa de Saltabadil; pero ¿por qué

quieren hacerle decir lo que no ha dicho? ¿Por qué

se le hace traspasar a la fuerza un límite que no

traspasa? La Magdalena, tan calumniada, de su obra,

no es tan descarada como las Lisetas y las Martas

del teatro antiguo. La cabaña de Saltabadil es una

hostería, una taberna sospechosa, una madriguera,

pero no es un lupanar. Es un lugar siniestro, terrible

y espantoso, pero no es un lugar obsceno.

Quedan, pues, por juzgar los detalles del estilo.

El autor acepta por jueces de la austera severidad de

su estilo a los mismos que se escandalizan de las

palabras que pronuncia la nodriza de Julieta y el

padre de Ofelia, a los que se escandalizan de

Beaumarchais y de Regnard en la Escuela de las

mujeres y en el Anfitrión. Pero donde el autor ha

creído necesario ser franco, ha creído que debía

serlo de su cuenta y riesgo, aunque siempre con

gravedad y con mesura, pues le gusta el arte casto,

pero no el arte gazmoño.

He aquí la obra contra la que el Ministerio

intentó sublevar tantas prevenciones, acusándola de

inmoralidad. El gobierno tenía motivos secretos

para concitar contra EL REY SE DIVIERTE la

mayoría posible de preocupaciones, y hubiera

deseado que el público la ahogase sin conocerla,

como para vengar un agravio imaginario; hubiera

querido ahogarla como Otelo ahoga a Desdémona;

pero como esto no sucedió, Yago tuvo que arrojar

la máscara y encargarse de ello. Al día siguiente del

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estreno se prohibió de orden superior la

representación de la obra.

Si por un instante aceptamos la hipótesis ridícula

de que en esta ocasión, únicamente el celo por la

moral pública mueve a nuestros gobernantes, que,

escandalizados al ver el desenfreno de ciertos

teatros, desean hacer un escarmiento contra ley y

contra derecho con una obra y con un escritor, sería

extraña la elección de la obra, y mucho más la

elección del autor. En efecto; ¿a quién el poder

miope ataca tan extrañamente? A un escritor cuyo

talento es discutible, pero no su carácter; a un

hombre de bien a toda prueba, ser raro y venerable

en esa época; a un poeta a quien indigna la licencia

en los teatros, y que hace dieciocho meses, al

susurrarse que iba a establecerse la censura, fue con

otros poetas dramáticos a advertir al ministro que

viera lo que hacía, pero reclamando en voz alta una

ley represiva para los excesos del teatro, a la vez que

protestaba contra la censura, como seguramente

recordará el ministro. El autor de EL REY SE

DIVIERTE es un artista que se haconsagrado al

arte, que jamás ha buscado éxitos por medios

indignos, y que se ha acostumbrado toda su vida a

mirar al público cara a cara; es un hombre sincero,

que ha combatido más de una vez por la libertad y

contra todo lo arbitrario; que en 1829 rechazó la

indemnización que el gobierno de entonces le

prometía por haberle prohibido representar Marion

de Lorme; y que después de 1830, esto es, después de

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13

la Revolución de Julio, se negó contra su propio

interés a permitir la representación del susodicho

drama.

Ahora juzgad con conocimiento de causa: a una

parte están el autor y su obra, y a otra el Ministerio y

sus actos. Después de destruir la supuesta moralidad

de esta obra, vamos a señalar el verdadero motivo

de prohibir sus representaciones, motivo de antesala

de corte y secreto, motivo que no se revela por

pudor. Pero ha transpirado ya hasta el público, y

como el público lo ha adivinado, no seremos más

explícitos. Acaso sea útil a nuestra causa dar a

nuestros adversarios ejemplo de cortesía y de

moderación, y que los particulares den al gobierno

lecciones de dignidad y de prudencia y el perseguido

al que le persigue. Nosotros no somos de los que

tratan de curar las propias heridas emponzoñando

las ajenas. Realmente hay en el tercer acto de este

drama un verso en el que la torpe sagacidad de

algunos familiares de palacio ha descubierto una

alusión, en la que el público ni el autor habían

pensado hasta entonces, pero que después de

denunciarle como a tal se convierte en sangrienta y

cruel injuria. Ese solo verso ha sido suficiente para

que el Teatro Francés recibiera la orden de no

presentar ya a la curiosidad del público la frasecilla

sediciosa EL REY SE DIVIERTE. Este verso, que

es un hierro candente, no le vamos a citar, ni aun

nos ocuparemos de él en otra parte más que en el

V Í C T O R H U G O

14

último extremo, en el caso de que se coartase

nuestra defensa.

No queremos hacer revivir antiguos escándalos

históricos ahorrando en lo posible a una persona de

altísima jerarquía las consecuencias de aturdimientos

palaciegos. Hasta un rey puede hacérsele la guerra

generosamente, y así hacemos; pero piensen los

poderosos lo conveniente que es tener por amigo al

que sólo puede aplastar con la censura las alusiones

que se le dirigen.

Tampoco sabemos si seremos indulgente hasta

con el Ministerio. El gobierno de Julio es un recién

nacido, sólo cuenta treinta meses de vida, está en la

cuna, por decirlo así, y le acometen rabietas

infantiles. No merece que se gaste con él mucha

cólera viril. Cuando crezca veremos.

Mirando la cuestión desde el punto de vista

privado, la confiscación de la obra de que se trata

inspira quizá más lástima al autor de este drama que

a cualquier otro. En efecto, hace catorce años que

escribe, y casi todas sus obras han merecido el

malhadado honor de escogerse para campo de

batalla en cuanto aparecen en la escena. No ha

escrito obra que no haya desaparecido más o menos

pronto, moviendo ruido y haciendo polvo y humo.

Por lo tanto, cuando da una obra al teatro, lo que le

importa, viendo que no debe esperar que el

auditorio se entere el día del estreno, es que obtenga

una serie de representaciones. Si el primer día ahoga

su voz el tumulto y no puede comprender el

E L R E Y S E D I V I E R T E

15

público el pensamiento del drama, los días

siguientes puede rectificar la impresión del primer

día. Hernani consiguió cincuenta y tres

representaciones, Marion de Lorme sesenta y una,

pero EL REY SE DIVIERTE, gracias al atropello

oficial, sólo se representó una vez. El perjuicio

ocasionado al autor es considerable, porque nadie es

ya capaz de ofrecerle, intacta y bajo el punto de

vista en que estaba colocada, esta tercera

experiencia dramática, tan importante para él.

Es curioso el momento de transición política en

que nos encontramos; es uno de esos instantes de

fatiga general, en los que los actos más despóticos

son posibles en esta sociedad, tan penetrada de

ideas de emancipación y de libertad. Francia corrió

mucho y de prisa en 1830, haciendo tres buenas

jornadas, tres grandes etapas en el camino de la

civilización y del progreso. Ahora hay ya muchos

fatigados y que, faltos de aliento, piden que se haga

alto, pretendiendo detener a los espíritus generosos

que no se cansan y que se empenan en seguir

adelante. Quieren esperar a los rezagados que se

quedaron atrás y darles tiempo para que les

alcancen. De esto nace un temor tan singular a todo

lo que anda, a todo lo que se menea, a todo lo que

habla, a todo lo que piensa. Es situación extraña,

fácil de comprender, pero difícil de definir.

En nuestra opinión, el gobierno abusa de la

predisposición al reposo y del miedo a nuevas

revoluciones; nos tiraniza en pequeña escala, y se

V Í C T O R H U G O

16

equivoca para él y para nosotros. Si cree que ahora

son indiferentes para los espíritus las ideas de

libertad, se engaña; lo que tienen es cansancio, y

llegará un día en que se le pida estrecha cuenta de

los actos ilegales que acumula contra nosotros de

algún tiempo a esta parte. Hace dos años podía

temer que se turbase el orden, pero hoy debe temer

coartar la libertad. Verdaderamente, causa profundo

dolor ver cómo termina la Revolución de Julio:

Mulier formosa suyerne.

Considerando la poca importancia que tiene el

autor y la obra, la medida ministerial de que se trata

no debía tener gran importancia. Sólo fue un

desdichado golpe de Estado literario, que no tiene

otro mérito que el de no desemparejar la colección

de actos arbitrarios que le han precedido; pero si

elevamos la cuestión, comprenderemos que aquí no

se trata sólo de un drama y de un poeta, sino de la

libertad y de la propiedad, y las dos están muy

interesadas en esta cuestión. Se ventilan, pues, en

ella altos y serios intereses, y aunque el autor se vea

obligado a entablar este importante litigio por un

sencillo proceso comercial contra el Teatro Francés,

no pudiendo atacar directamente al Ministerio, que

se ha parapetado detrás del no ha lugar del Consejo

de Estado, espera que su causa aparecerá a los ojos

de todo el mundo como una gran causa, el día en

que la presente en la barra del tribunal consular,

llevando la libertad en su mano derecha y la

propiedad en su mano izquierda. El autor

E L R E Y S E D I V I E R T E

17

personalmente abogará por la independencia de su

arte, y defenderá con energía su derecho, sin odio a

nadie, pero también sin temor. Cuenta con el apoyo

de todos, con el auxilio franco de la prensa, con la

justicia de la opinión y con la equidad de los

tribunales. No duda que triunfará y que se levantará

el estado de sitio en la ciudad literaria lo mismo que

en la ciudad política.

Cuando el autor reivindique intacta, inviolable y

sagrada su libertad de poeta y de ciudadano, volverá

pacíficamente a consagrarse al trabajo de toda su

vida, del que se le arranca con violencia, y del que

no hubiera querido separarse ni un instante. Desde

luego, tiene que representar su papel político, que,

aunque no lo buscó, se ve obligado a aceptar. En

realidad, el poder que nos atropella no ganará

mucho con que nosotros, hombres de arte,

abandonemos nuestro trabajo tranquilo y solitario y

vayamos a confundirnos, indignados, ofendidos y

severos, con el público irreverente y burlón que

hace quince años ve pasarentre silbidos a pobres

diablos políticos, que creen haber edificado un

edificio social porque todos los días van y vienen,

sudando y jadeantes, a llevar y traer multitud de

proyectos de ley desde las Tullerías al palacio de

Borbón y desde el palacio de Borbón al

Luxemburgo.

30 de noviembre de 1832.

V Í C T O R H U G O

18

Drama en cinco actos

PERSONAJES

EL REY FRANCISCO I

TRIBOULET

BLANCA

M. DE SAINT-VALLIER

SALTABADIL

MAGDALENA

CLEMENTE MAROT

M. DE PIEUNE

M. DE GORDES

M. DE PARDAILLAU

M. DE BRION

M. DE MONTCHENU

M. DE MONTMORENCY

M. DE COSSÉ

M. DE LA TOUR-LANDRY

MADAME DE COSSÉ

MADAME BERARDA

UN GENTIL HOMBRE DE LA REINA

UN PAJE DEL REY

UN MÉDICO

SEÑORES, PAJES, GENTE DEL PUEBLO.

E L R E Y S E D I V I E R T E

19

Acto primero

M. De Saint-Vallier

Fiesta nocturna en el Louvre. Sala magnífica y muy

alumbrada, que ocupan muchos caballeros y damas en traje

de baile. Sirvientes traen y llevan platos de oro y vajilla de

esmalte. Grupos de damas y caballeros. La fiesta toca a su

fin. El alba blanquea ya las vidrieras. La arquitectura, los

muebles y los trajes son del gusto del Renacimiento.

Escena primera

EL REY, vestido como lo retrató el Ticiano, y M. DE LA

TOUR-LANDRY.

EL REY. -Me propongo seguir hasta el fin esta

aventura,conde; indudablemente, es mujer de

oscuro linaje, de la clase media, pero encantadora.

LA TOUR. -¿Y la encontráis en la iglesia?

V Í C T O R H U G O

20

REY. -En San Germán, donde voy todos los

domingos.

LA TOUR. -¡Pues la estáis encontrando ya dos

meses!

REY. -Sí.

LA TOUR. -¿Y dónde vive?

REY. -En el callejón de Bussy.

LA TOUR. -¿Cerca del palacio de Cossé?

REY. -Sí, cerca de sus altas paredes.

LA TOUR. -¿Y la perseguís, señor?

REY. -La persigo inútilmente, porque siempre

va con ella una vieja adusta que la vigila.

LA TOUR. -¿De veras?

REY. -Lo curioso es que por la noche entra en la

casa un hombre misterioso, embozado en la capa.

LA TOUR. -Pues haced vos lo mismo.

REY. -No es eso fácil.

LA TOUR. -Cuando vuestra majestad sigue a la

dama, ¿notáis en algo que os corresponda?

REY. -Por ciertas miradas comprendo que no le

inspiro odio.

LA TOUR. -¿Sabe que la ama el rey?

REY. -No, porque yo la sigo disfrazado.

LA TOUR. -Entonces...

Entran TRIBOULET y muchos señores.

REY. (A LA TOUR.) -Vienen, mucho silencio.

En amor hay que saber callar para conseguir. (A

TRIBOULET, que ha oído estas últimas palabras.) ¿No

es verdad?

E L R E Y S E D I V I E R T E

21

TRIBOULET. -El misterio es la única envoltura

donde las intrigas amorosas están seguras.

Escena II

EL REY, TRIBOULET, M. DE GORDES y muchos

caballeros. EL REY contempla un grupo de damas que

pasan.

LA TOUR. -Es divina la señora Vendôme.

GORDES. -No lo Son menos la de Alba y la de

Montchevreuil.

REY. -Pero la de Cossé las aventaja a todas.

GORDES. -Bajad la voz, señor, que su esposo

lo está oyendo.

Indicándole a M. COSSÉ, que pasa por el fondo.

REY. -Nada me importa.

GORDES. -Irá a decírselo a Diana.

REY. -¡Que vaya!

Va al fondo a hablar con otras damas que pasan.

TRIBOULET. (A GORDES.) -Acabará por

enojar a Diana de Poitiers, a la que no ve hace ocho

días.

GORDES. -¿Si querrá remitírsela a su marido?

TRIBOULET. -Creo que no.

GORDES. -Ha pagado el perdón de su padre, y

en paz.

TRIBOULET. -A propósito de Saint-Vallier,

¿qué capricho tuvo este viejo estrafalario de casar a

V Í C T O R H U G O

22

su hija Diana, que es hermosa y angelical, con un

senescal jorobado?

GORDES. -Porque su padre es un viejo loco.

Me encontraba yo al pie del cadalso en el momento

mismo en que el rey le perdonó, y le oí decir estas

palabras: « ¡Dios guarde al rey!» Pero ahora está loco

de remate.

REY. (A MAD. DE COSSÉ.) -¿Sois tan cruel

que vais a partir?

MAD. COSSÉ. (Suspirando.) -Voy a Soissons,

donde me lleva mi esposo.

REY. -¿No es lástima que cuando vuestros

hermosos ojos inflaman los corazones de los

grandes señores de París, cuando deslumbráis en la

corte con el resplandor de vuestra hermosura, os

vayáis como astro humilde a brillar en un cielo de

provincia, despreciando señores y príncipes?

MAD. COSSÉ. -Calmaos.

REY. -Es original capricho apagar la luz en

medio del baile.

(Entra M. COSSÉ.)

MAD. COSSÉ. -Aquí viene mi celoso. (Se aparta

del REY.)

REY. -¡El diablo se lo lleve! (A TRIBOULET.)

No por eso he dejado de echar muchas flores a su

mujer. ¿Te ha enseñado Marot los últimos versos

que he compuesto?

TRIBOULET. -No leo nunca vuestros versos:

los versos de los reyes siempre son malos.

REY. -¡Eres muy chusco!

E L R E Y S E D I V I E R T E

23

TRIBOULET. -Dejad que escriba versos la

plebe... Vos cortejad a las mujeres hermosas y

Marot que las dedique coplas.

REY. -Si no estuviera viendo ahora a madame

de Coislin, mandaba que te dieran azotes.

(Corre hacia la COISLIN, a la que dirige algunas

galanterías.)

TRIBOULET. -(¡Todas le gustan!)

GORDES. -Mira en aquella puerta a la Cossé.

Apuesto cualquier cosa a que va a dejar caer un

guante para que el rey lo recoja.

TRIBOULET. -Observemos.

(MADAME DE COSSÉ, que ve con despecho que el

REY hable con la COISLIN, deja caer el ramo que lleva

en la mano; el REY lo recoge y entabla con la dama un

diálogo al parecer tierno.)

GORDES. -¿No te lo dije?

TRIBOULET. -Sí, Sí; la mujer es un diablo

perfeccionado.

(El REY besa la mano a la dama; mientras habla, entra su

esposa por la puerta del fondo. M. DE COSSÉ sedetiene

mirando el grupo que forman su esposa y el Rey.)

GORDES. -¡El marido!

MAD. COSSÉ. -(Separémonos.)

TRIBOULET. -¿Qué vendrá a hacer aquí ese

barrigudo?

COSSÉ. -(¿Qué se estarían diciendo?)

V Í C T O R H U G O

24

LA TOUR. (A COSSÉ.)-¿Sabéis que vuestra

esposa es bellísima?

GORDES. (A COSSÉ.)-¿En qué estáis

pensando? ¿Por qué miráis de reojo?

TRIBOULET. -¿Por qué estáis tan

cariacontecido? (Suelta éste una carcajada y da las

espaldas al desdichado marido, que se va furioso.)

REY. -A mi lado, Hércules y el mismo Júpiter

Olímpico son futuros ridículos. Estoy entre mujeres

bellísimas y soy dichoso. ¿Y tú? (A TRIBOULET.)

TRIBOULET. -¿YO? Yo estoy entre bastidores

y me río de la función; vos gozáis y yo critico. Vos

sois dichoso como rey y yo corno jorobado.

REY. (Mirando a M. DE COSSÉ, que acaba de

entrar.)- Sólo ése agua la fiesta. ¿Qué te parece?

TRIBOULET. -Un mentecato.

REY. -Excepto ese celoso, todo lo demás me

gusta, Triboulet; soy muy dichoso y es cosa

excelente vivir.

TRIBOULET. -Ya lo creo, señor; ¡estáis ebrio!

REY. -Allá a lo lejos descubro los hermosos ojos

y los bellísimos brazos...

TRIBOULET. -¿De la señora de Cossé?

REY. -Sí; ven, me guardarás las espaldas.

E L R E Y S E D I V I E R T E

25

Escena III

GORDES, PARDAILLAU, PAJE, VIC,

CLEMENTE MAROT, AYUDA DE CÁMARA

DEL REY. Después PIEUNE. De vez en cuando

COSSÉ se pasea serio y pensativo.

MAROT. -¿Qué se dice por ahí?

GORDES. -Nada... que la fiesta es magnífica y

que el rey se divierte.

MAROT. -Pues que el rey se divierte es una gran

noticia.

COSSÉ. -Gran desgracia, digo yo, porque es

peligroso que el rey se divierta. (Pasa adelante.)

GORDES. -Ese pobre gordinflón lleva la

muerte en el alma.

MAROT. -Parece que el rey acosa mucho a su

mujer.

Entra M. DE PIEUNE.

GORDES. -Aquí está nuestro duque.

PIEUNE. (Con misterio.) -Noticia, amigos míos.

Oíd una cosa capaz de marear a cualquiera; oíd una

noticia risible, admirable, inverosímil...

GORDES. -¿Qué noticia?

PIEUNE. -¡Silencio! ¡Venid aquí, Marot!

MAROT. -¿Qué hay, señor?

PIEUNE. -¡Que no creía que erais necio!

MAROT. -¿Por qué lo decís?

PIEUNE. -He leído en vuestra composición

sobre el sitio de Pesquiere que decís a Triboulet:

V Í C T O R H U G O

26

«Loco de cabezadesmochada, tan necio a los treinta

años como el día en que nació.» Repito que sois un

necio.

MAROT. -Que me maldiga Cupido si os

comprendo.

PIEUNE. -Pues que os maldiga. Amigos míos,

adivinad si podéis el caso extraordinario que le

ocurre a Triboulet.

PARDAILLAU. -¿Se le ha caído la joroba?

COSSÉ. -¿Le han nombrado condestable?

MAROT. -¿Le han servido asado en la mesa?

PIEUNE. -Algo más gracioso que todo eso. ¡Si

es increíble! Tiene...

GORDES. -¿Un desafío con Gargantúa?

PIEUNE. -No.

PARDAILLAU. -¿Un mono más feo que él?

PIEUNE. -No.

MAROT. -¿El bolsillo lleno de escudos?

PIEUNE. -Apuesto ciento contra diez a que no

lo adivináis. Triboulet el bufón tiene algo

exorbitante, que es...

MAROT. -Una joroba.

PIEUNE. -No, una querida.

Todos se echan a reír.

MAROT. -¡Qué chistoso está el duque!

PARDAILLAU. -¡Es una noticia muy graciosa!

PIEUNE. -Señores, os juro que os he de enseñar

la casa de la dama. Todas las noches va allí,

embozado en la capa, con aspecto sombrío y altivo,

como un poeta en ayunas. Al rondar yo cerca del

E L R E Y S E D I V I E R T E

27

palacio de Cossé he descubierto ese secreto y os

suplico que lo guardéis.

MAROT. -¡Triboulet transformado por la noche

en Cupido!

PARDAILLAU. -¡Triboulet tiene una mujer!

(Riendo.)

Todos se ríen.

¿Sabéis decirme por qué el rey sale todos los días

al oscurecer y sólo en busca de aventuras?

PIEUNE. -Vic nos dirá eso.

VIC. -Lo único que puedo afirmar es que el rey

se divierte.

COSSÉ. -¡No habléis de eso!

VIC. -Pero no sé a qué parte el viento empuja

sus caprichos, ni si sale de noche disfrazado, ni si

entra o no por alguna ventana; no estando casado,

amigos míos, eso no me importa.

COSSÉ. (Moviendo la cabeza.) -Los veteranos en la

corte, señores, saben que el rey torna en casa ajena

cuanto le place. Debe guardarse de él el que tenga

hermana, esposa o hija. El poderoso que está de

buen humor no piensa más que en perjudicar, y hay

motivos para temerle; la boca que ríe enseña los

dientes.

VIC. (Bajo a los otros.) -¡Qué miedo tiene al rey!

PARDAILLAU. -No le tiene tanto su mujer.

MAROT. -Por eso se espanta el marido.

V Í C T O R H U G O

28

GORDES. -No tenéis razón, Cossé. Es

conveniente que el rey se mantenga alegre,

contento, y que sea pródigo.

PIEUNE. -Soy de tu opinión, conde. El rey que

se fastidia es como unadoncella vestida de negro o

como un verano lluvioso.

PARDAILLAU. -O como un amor sin querellas.

MAROT. -El rey viene hacia aquí con Cupido

Triboulet.

Entra el REY y TRIBOULET. Los cortesanos se

apartan respetuosamente.

Escena IV

Dichos, el REY y TRIBOULET

TRIBOULET. (Continuando una conversación.) -Es

una rara monstruosidad que haya sabios en la corte.

REY. -Eso puedes decírselo a mi hermana la

reina de Navarra, que quiere rodearme de sabios.

TRIBOULET. -Debo deciros, señor, que he

bebido menos que vuestra majestad; por lo que para

juzgar con acierto de las cosas y de los resultados de

todo, os llevo una ventaja, o por mejor decir dos: no

estar alegre y no ser rey. Antes que sabios, señor,

traed aquí la peste y la fiebre amarilla.

REY. -Poco me halaga ese consejo.

TRIBOULET. -Porque vuestra hermana os

aconseja mal al deciros que traigáis sabios; no os

E L R E Y S E D I V I E R T E

29

hace falta más que lo que tenéis: placeres, poder,

conquistas y mujeres aéreas que perfumen vuestras

fiestas.

REY. -Mi hermana Margarita me dijo una noche

en voz baja que las mujeres no me satisfarán

siempre, y que cuando me hastíe de ellas...

TRIBOULET. -¡Es una absurda medicina

recetar sabios al que se hastía! Ya sabéis que la reina

Margarita está siempre por los remedios radicales.

REY. -Pues bien, no traeré sabios; traeré cinco o

seis poetas...

TRIBOULET. -Señor, si yo fuera lo que sois

vos, tendría más miedo a un poeta que teme

Belcebú a un hisopo rociado con agua bendita.

REY. -Cinco o seis nada más.

TRIBOULET. -Cinco o seis es tener una

academia. Nos basta con Marot para envenenarnos

a todos.

MAROT. -Muchas gracias.

TRIBOULET. -Las mujeres, señor, son lo único

bueno que hay en el cielo y en la tierra; y ya que

poseéis las que se os antojan, no volváis a acordaros

de los sabios.

REY. -No creas que esa idea me roba el sueño.

Se ríe el grupo de los cortesanos que está en el fondo.

Creo que aquellos galanes se ríen de ti.

TRIBOULET. -Creo que se ríen de otro loco.

V Í C T O R H U G O

30

Se acerca a ellos el bufón y luego vuelve hacia el REY.

REY. -¿De quién se ríen?

TRIBOULET. -Del rey.

REY. -¿Y qué dicen?

TRIBOULET. -Que sois un avaro, y que los

favores y el dinero van a parar a Navarra; que no

hacéis nada por ellos.

REY. -Veo que están allí Montchenu, Brion y

Montmorency.

TRIBOULET. -Pues ésos son los que

murmuran.

REY. -Son insaciables: al uno le nombré

almirante, al otro condestable y a Montchenu

mayordomo de palacio. ¡Todavía no están

contentos!...

TRIBOULET. -Todavía con justicia podríais

proporcionarles algo.

REY. -¿Qué?

TRIBOULET. -La horca.

PIEUNE. (A los tres aludidos.) -¿Habéis oído lo

que dice Triboulet?

BRION. -Sí.

MONTMORENCY. -Me la pagará.

MONTCHENU. -Es un miserable.

TRIBOULET. -Señor, debéis encontrar en el

alma un vacío, que debe causarlo no tener a vuestro

alrededor una mujer cuyas miradas os digan que no,

pero cuyo corazón os diga que sí.

REY. -¡Qué sabes tú de eso!

E L R E Y S E D I V I E R T E

31

TRIBOULET. -Que nos amen corazones

deslumbrados, no es ser verdaderamente amados.

REY. -¿Qué sabes tú si hay o no hay mujer que

me ame por mí mismo?

TRIBOULET. -¿Sin conoceros?

REY. -Sin conocerme. (No comprometeré a mi

beldad del callejón de Bussy.)

TRIBOULET. -¿Es villana?

REY. -¿Por qué no?

TRIBOULET. -Desconfiad de las villanas y no

os arriesguéis a amarlas. Los hombres de esta clase

suelen ser feroces romanos, que en cuanto se pone

la mano en su tesoro, nos dejan en la mano las

señales; los locos y los reyes debemos concretarnos

a las esposas y a las hermanas de los cortesanos.

REY. -Me daría por satisfecho con conseguir el

cariño de la señora de Cossé.

TRIBOULET. -Tomáosle.

REY. -Eso es fácil de decir y difícil de lograr.

TRIBOULET. -Robémosla esta misma noche.

REY. -¿Y el conde?

TRIBOULET. -Le encerraremos en la Bastilla.

REY. -¡Oh, no!

TRIBOULET. -Pues para que no se queje,

ascendedle a duque.

REY. -Es celoso como un plebeyo y rechazaría

el título.

TRIBOULET. -Es un hombre que nos

incomoda mucho, porque no se puede pagarle ni

desterrarle.

V Í C T O R H U G O

32

M. DE COSSÉ, que se ha acercado por detrás, escucha la

conversación. TRIBOULET se da una palmada en la

frente y dice con alegría:

Hay un medio sencillo, cómodo y fácil que no sé

cómo no se me ha ocurrido antes. Cortarle la

cabeza.

M. DE COSSÉ retrocede asustado.

Finjamos que está metido en una conspiración

con España o con Roma.

COSSÉ. -¡Jorobado de Satanás!

REY. (Riendo, halagando a COSSÉ.) -¿Por mi fe

de caballero, qué has dicho? ¿Cortarle la cabeza?

COSSÉ. -¡Cortarme la cabeza!

TRIBOULET. -¿Y qué?

REY. (Bajo.) -No le desesperes.

TRIBOULET. -¡Qué diablos!, ¿para qué sirve

ser rey, si no se puede satisfacerel menor capricho?

COSSÉ. (Estoy consternado.) -Yo te castigaré,

tunante.

TRIBOULET. -No os temo. Me rodean

poderosos, a los que hago la guerra, y la hago

impunemente, porque todo lo que puedo arriesgar

es una cabeza de loco. Lo único que temo es que la

joroba me entre en el cuerpo, o que me caiga en la

barriga, como a vos, porque me afearía mucho.

COSSÉ. (Echando mano de la espada.) -¡Miserable!

REY. -Deteneos, conde. Ven, bufón.

GORDES. -El rey se desternilla de risa.

PARDAILLAU. -Poco necesita para eso.

E L R E Y S E D I V I E R T E

33

MAROT. -Es muy curioso un rey que se

divierte.

En cuanto se alejan el REY y el bufón, se acercan los

cortesanos al proscenio y persiguen a TRIBOULET Con

Miradas de odio.

BRION. -Venguémonos del bufón.

TODOS. -Sí, Sí.

MAROT. -Está acorazado y no sé por dónde le

podamos herir.

PIEUNE. -Yo os lo diré. Todos tenemos con él

algún resentimiento y todos nos vengaremos. Esta

tarde al anochecer acudid armados al callejón de

Bussy, junto al palacio de Cossé.... y no hablemos ya

más de él.

MAROT. -Ya comprendo.

PIEUNE. -¿Estamos de acuerdo?

TODOS. -Sí.

PIEUNE. -Vienen, ¡silencio!

Vuelven TRIBOULET y el REY rodeado de damas.

TRIBOULET. -(¿A quién jugaré una mala pasada?

¿Al rey?)

Entra un ujier.

UJIER. (Bajo a TRIBOULET.) -Un anciano

vestido de negro, que dice que se llama Saint-

Vallier, desea ver al rey.

V Í C T O R H U G O

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TRIBOULET. -¡Pardiez! Déjale entrar. Que

entre, que dará aquí un buen escándalo.

Ruido y tumulto en la puerta principal del fondo.

UNA VOZ. (Dentro.) ¡Quiero hablar al rey!

REY. -¿Quién se atreve a tanto?

Voz. -¡Quiero hablar al rey!

Un anciano vestido de luto se abre paso y se presenta delante

del REY; los cortesanos, sorprendidos, se apartan.

Escena V

Dichos y SAINT-VALLIER

VALLIER. -Vengo a hablaros. (Al REY.)

REY. -¡Caballero de Saint-Vallier!

VALLIER. -Efectivamente, ése soy yo.

El REY, colérico, da uno paso hacia él; el bufón lo detiene.

TRIBOULET. -Permitidme, señor, que yo le

eche un discurso. (Tomando una actitud dramática.)

Monseñor, habéis conspirado contra Nos, y Nos,

como rey bondadoso y clemente, os hemos

perdonado. ¿Por qué deseáis ahora tener nietos,

hijos de vuestro yerno, que estámal conformado,

que es tuerto, velludo, descolorido, y que tiene tanta

barriga como M. Cossé y tanta joroba como yo? El

E L R E Y S E D I V I E R T E

35

que vea a su lado a vuestra hija, de seguro se burlará

de él. Si el rey no interviniera en este asunto, seríais

tan desgraciado, que tendríais nietos deformes,

ridículos, barrigudos como este caballero y

jorobados como yo.

El señor COSSÉ está sumamente indignado; los cortesanos

aplauden al bufón y ríen a carcajadas.

VALLIER. (Sin mirar al bufón.) -¡Eso es un

insulto más! Escuchadme, señor, como debéis, ya

que sois rey. Un día me hicisteis conducir descalzo a

la plaza de la Grève, y al ir a subir a la horca me

enviasteis el perdón; os bendije entonces, ignorando

lo que en su fondo ocultaba vuestro perdón,

ignorando que en él escondíais mi deshonra. Sin

respetar a una raza antiquísima, a la raza de los

Poitiers, noble desde hace mil años, mientras yo

regresaba de la Grève, rogando a Dios que os

concediera muchos años de vida, vos, Francisco de

Valois, sin temor, sin piedad y sin pudor,

deshonrasteis y envilecisteis a Diana de Poitiers,

condesa de Brezé. Mi casta Diana, mientras yo

esperaba la muerte, corría al Louvre a comprar mi

perdón; y el rey, consagrado caballero por Bayardo,

puso precio a su honor, y el tablado horrible que

levantó el verdugo aquella mañana, tenía que servir

de patíbulo al padre o de lecho a la hija. ¡Oh, Dios,

que nos juzgáis! ¿Qué os pareció desde el cielo ver

revolcarse, ensangrentada y sucia, la lujuria real

V Í C T O R H U G O

36

disfrazada de clemencia?... Mal obrasteis, señor; en

buena hora que me hubierais sacrificado; sabiendo

que yo pertenecía al bando del condestable, merecía

castigo y me resignaba a sufrirlo; pero sacrificar a

una joven inocente y tímida es una hazaña impía

que ha de castigar el cielo. El padre os pertenecía,

pero la hija no. ¿Soy acaso ingrato porque no me

resigno a aceptar vuestro perdón? Si en vez de

abusar de Diana hubierais entrado en mi calabozo a

proponérmelo, os hubiera contestado: «Matadme,

pero respetad a mi hija y respetad mi honor.

Prefiero la muerte a la afrenta; aunque también es

decapitar a un cristiano, a un conde y a un caballero,

arrebatarle el honor.» Esto os hubiera contestado.

Entonces, aquella misma noche, en la iglesia, sobre

mi ensangrentado féretro, mi honrada hija Diana

hubiera podido orar por un padre honrado. No

vengo a pediros a mi hija; el que no tiene honor no

tiene ya familia. Que os ame o no con amor

insensato, nada me importa ya; después de que le

habéis hecho perder la vergüenza, retenedla en

vuestro poder. Pero me propongo venir a turbar

todos vuestros festejos; y hasta que un padre, un

hermano o un marido me vengue de vos, lo que

tarde o temprano sucederá, me veréis penetrar en

todos vuestros banquetes y deciros siempre:

«Habéis obrado mal.» Y me tendréis que escuchar

avergonzado hasta que yo termine. Para obligarme a

callar, pensaréis en entregarme al verdugo; pero no

E L R E Y S E D I V I E R T E

37

os atreveréis: tendréis miedo de que venga a

hablaros mi espectro con la cabeza en la mano.

REY, (Sofocado de cólera.) -¡Es inverosímil tanta

audacia y tanto delirio! (A PIEUNE.) Duque

prended a ese lenguaraz.

El duque hace una seña y dos alabarderos se colocan a uno y

otro lado de SAINT-VALLIER.

VALLIER. (Levantando los brazos.) -Malditos seáis

los dos. (Al REY.) Hacéis mal en soltar un perro

contra el león moribundo. (A TRIBOULET.) Y tú,

bufón viperino, que has escarnecido el dolor de un

padre, ¡maldito, maldito seas!

FIN DEL ACTO PRIMERO

V Í C T O R H U G O

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Acto segundo

Saltabadil

El rincón más desierto del callejón sin salida de Bussy. A la

derecha una casita de reservada apariencia, con un pequeño

patio, rodeado de pared, que ocupa una parte del teatro. En

el patio hay algunos árboles y un banco de piedra. En la

pared una puerta que da a la calle, y encima de la pared una

galería con arcadas del estilo Renacimiento. La puerta del

primer piso de la casa da a la terraza, que se comunica con el

patio por medio de una escalera. A la izquierda del teatro se

ven las altas tapias del jardín del palacio de Cossé. En el

fondo casas lejanas y el campanario de San Severo.

Escena primera

TRIBOULET y SALTABADIL. A su tiempo

PIEUNE y GORDES por el foro.

TRIBOULET, embozado, aparece en la calle y se dirige

hacia la puerta de la pared de la casa. SALTABADIL,

E L R E Y S E D I V I E R T E

39

vestido de negro y embozado también, y con espada cuya

punta asoma por debajo de la capa, va siguiéndole los pasos.

TRIBOULET. -¡Cómo me maldijo aquel

anciano!

SALTABADIL. (Acercándosele.) -¡Caballero!...

TRIBOULET. -¡Ah! (Registrándose los bolsillos.) No

llevo dinero.

SALTABADIL. -¡Qué diablo! Tampoco os lo

pido.

TRIBOULET. -Entonces, alejaos de aquí.

Salen PIEUNE y GORDES, que se quedan en el foro

observando.

SALTABADIL. -Me habéis juzgado mal; soy

hombre de armas.

TRIBOULET. -(¿Será algún ladrón?)

SALTABADIL. -No temáis nada. Veo que

rondáis por aquí todas las noches, y presumo que

vigiláis a alguna mujer.

TRIBOULET. -No acostumbro a revelar a nadie

mis secretos.

Quiere marcharse y SALTABADIL lo retiene.

SALTABADIL. -Por vuestro propio interés me

inmiscuyo yo en los vuestros. Si me conocierais me

trataríais mejor.

Acercándosele más.

V Í C T O R H U G O

40

¿Ha puesto acaso algún fatuo los ojos en vuestra

mujer? ¿Estáis celoso?

TRIBOULET. -Acabemos. ¿Qué es lo que

queréis?

SALTABADIL. -Si me dais una buena propina

hago desaparecer a vuestro rival.

TRIBOULET. -¡Ah! Bien, muy bien.

SALTABADIL. -Ya veis que soy hombre

honrado.

TRIBOULET. -¡Pardiez!

SALTABADIL. -Y que os sigo con buenas

intenciones.

TRIBOULET. -En efecto, sois un hombre útil.

SALTABADIL. -Soy el guardián del honor de

las damas de la ciudad.

TRIBOULET. -¿Y cuánto cobráis por matar a

un rival?

SALTABADIL. -Según sea éste y según la

habilidad que se necesite.

TRIBOULET. -Por despachar a un gran señor.

SALTABADIL. -Los grandes señores van muy

bien armados; por consiguiente, hay que dar y

recibir. Un gran señor es caro.

TRIBOULET. -¡Caro! ¿Acaso los villanos se

dejan matar?

SALTABADIL. -Pero matar a un gran señor es

cosa de lujo, y por regla general sólo se lo permiten

los hombres bien nacidos. Hay quien, gastando una

buena cantidad, quiere echársela de caballero y se

E L R E Y S E D I V I E R T E

41

vale de mí, dándome la mitad antes y después la otra

mitad.

TRIBOULET. -Cómo os exponéis a ir a la

horca...

SALTABADIL. -No..., porque pagamos

nuestros derechos a la policía.

TRIBOULET. -¿A tanto por hombre?

SALTABADIL. -Pues... A menos que... no mate

uno al mismo rey.

TRIBOULET. -¿Y cómo te lo arreglas?

SALTABADIL. -Mato en la ciudad o en mi casa,

según me exigen.

TRIBOULET. -Eres muy considerado.

SALTABADIL. -Para trabajar fuera de casa

tengo un estoque agudo y muy bien templado; me

escondo, acecho a la víctima y...

TRIBOULET. -¿Y dentro de casa?

SALTABADIL. -Tengo allí a mi hermana

Magdalena, que es una mozatan gentil como fuerte

y atrevida, que baila en las calles y en las plazas, y

que atrae el galán a casa y...

TRIBOULET. -Ya comprendo.

SALTABADIL. -Pero esto se hace sin ruido,

decentemente. Hacedme el encargo y os juro que

quedaréis contento. No soy hombre de puñal, como

los bandidos, que se juntan ocho o diez para no

hacer nada. Ved el instrumento que yo gasto.

Saca una daga desmesuradamente larga.

V Í C T O R H U G O

42

TRIBOULET. (Retrocediendo.) -Por ahora no la

necesito; mil gracias.

SALTABADIL. (Envainando la espada.) -Pues

cuando me necesitéis me encontraréis siempre a

mediodía paseándome por la fonda del Maine. Me

llamo Saltabadil.

TRIBOULET. -¿Sois gitano?

SALTABADIL. -Y borgoñón.

GORDES. (Tomando nota.) -Es un hombre que

no tiene precio, y apunto su nombre.

SALTABADIL. -No penséis mal de mí.

TRIBOULET. -¡No! ¡Qué diablo! Es preciso

tener algún oficio.

SALTABADIL. -O ser un mendigo, un holgazán

o un miserable. Tengo cuatro hijos.

TRIBOULET. -Que debéis educar... Ea, adiós.

(Despidiéndole.)

PIEUNE. (A GORDES.) -Aún hay bastante luz

y temo que Triboulet nos vea. (Se van GORDES y

PIEUNE.)

TRIBOULET. -Buenas tardes.

SALTABADIL. -Estoy siempre a vuestras

órdenes. (Se va.)

TRIBOULET. -Nos parecemos los dos; yo

tengo la lengua acerada y él la espada puntiaguda.

Yo soy el hombre que ríe y él es el hombre que

mata.

Escena II

E L R E Y S E D I V I E R T E

43

TRIBOULET Solo

El bufón abre cautelosamente la puerta que da al patio,

después quita la llave y la vuelve a cerrar por dentro, dando

algunos pasos por el patio, preocupado e inquieto.

¡Cómo me maldijo el anciano!... ¡Mientras me

maldecía me estuve burlando, pero interiormente

me espantó su maldición. (Se sienta en el banco, junto a

la mesa de piedra.) La naturaleza y los hombres me

han hecho perverso, cruel y cobarde. Me pone

rabioso ser bufón y ser deforme, y este pensamiento

nunca me abandona, ni cuando velo ni cuando

duermo. ¡Ser el bufón de la corte, y sin querer y sin

ganas tener la obligación de hacer reír! Esto es un

exceso de oprobio y de miseria. Ni siquiera tengo el

derecho de que pueden usar los soldados reunidos

alrededor de su bandera; ni el derecho que tiene el

mendigo español, y el esclavo de Túnez, y el

forzado en la galera, y todo hombre que respira: el

derecho de llorar cuando quiere; cuando, triste y

despechado y con el disgusto que me causa mi

deformidad, adusto y solitario, quiero recogerme

para llorar mi desgracia, se me aparece de improviso

mi señor, mi señor omnipotente, mi señor dichoso,

el hermoso rey de Francia, que me da un puntapié y

me dice bostezando: «Bufón, hazme reír.» Odio al

rey y a los señores; les hago pagar caros sus

desprecios y busco bien mis desquites. Soy el

V Í C T O R H U G O

44

demonio familiar que aconseja, que tienta a su amo,

y que en cuanto puede agarrar entre sus uñas un

corazón lo destroza o lo mata. Vosotros me hicisteis

perverso y me vengo de vosotros. Pero no es vivir

mezclar la hiel en el vino con que los otros se

embriagan, pasar por un genio maléfico en los

festines, turbar la dicha de los que gozan, desear el

mal ajeno y guardar y esconder tras burlona sonrisa

un odio eterno que me envenena el corazón.

(Levantándose del banco de piedra.) Pero al llegar aquí

me olvido de todo: soy otro hombre al pasar esa

puerta. Se me borra de la memoria el mundo de

donde salgo. Aquí no debo traer nada de él. ¡Cómo

me maldijo el anciano!... ¿Por qué me perseguirá

con tal insistencia este pavoroso recuerdo? ¡Con tal

de que no me suceda ninguna desgracia! ¡Bah! Soy

un necio.

Se acerca a la puerta de la casa y llama; abren y aparece una

joven vestida de blanco, que le abraza con alegría.

Escena III

TRIBOULET, BLANCA y en seguida la SEÑORA

BERARDA

TRIBOULET. -¡Hija mía! Abrázame bien. A tu

lado todo me sonríe. ¡Qué feliz soy contigo! Eres

E L R E Y S E D I V I E R T E

45

más hermosa cada día. No careces de nada, ¿es

verdad? ¿Estás bien aquí?

BLANCA. -¡Qué bueno sois, padre mío!

TRIBOULET. -Es porque tú eres para mí la

vida y la felicidad; si tú no existieras, ¿qué sería de

mí?

BLANCA. -¡Estáis suspirando! ¿Tenéis pesares

secretos? Confiádselos a vuestra hija. ¡Ah! Aún no

sé quién es mi familia.

TRIBOULET. -No tienes familia, hija mía.

BLANCA. -Ignoro hasta vuestro nombre.

TRIBOULET. -¿Qué te importa cómo me llamo

si te adoro?

BLANCA. -Los vecinos de la pequeña aldea

donde me crié me creían huérfana antes de que

vinieseis a recogerme.

TRIBOULET. -Lo más prudente hubiera sido

que te hubieras quedado allí. Pero yo no podía vivir

lejos de tu lado, y tenía necesidad de que un ser me

amase. Mira, no salgas de casa.

BLANCA. -En los dos meses que hace que estoy

en esta casa, apenas he ido ocho veces a la iglesia.

TRIBOULET. -Por compasión no despiertes en

mí tan amargo pensamiento, no me recuerdes que

en otro tiempo encontré una mujer distinta de las

otras mujeres, que tuvo lástima de mí al verme solo,

aborrecido y despreciado, y me amó por mi miseria

y por mi deformidad. Murió llevándose consigo a la

tumba el secreto de un amor fiel, que pasó por la

vida para mí como un relámpago. ¡Séale la tierra

V Í C T O R H U G O

46

ligera! Desde entonces tú sola me quedas en el

mundo.

BLANCA. -Padre mío, si lloráis me partís el

corazón.

TRIBOULET. (Amargamente.) -¿Pues qué te

sucedería si me vieras reír?

BLANCA. -¿Qué tenéis, padre mío? Depositad

en mi pecho todas vuestras penas.

TRIBOULET. -No.... no. Soy tu padre y basta.

Fuera de aquí, unos me temen, otros me desprecian,

y hasta hay quien me maldice. ¿Qué conseguirás con

saber mi nombre? Quiero al menos en este rincón

del mundo, a tu lado, aquí donde habita la

inocencia, ser sólo para ti padre cariñoso y augusto.

BLANCA. -¡Padre mío!

TRIBOULET. (Abrazándola.) -Te amo tanto

como odio a todos los demás. Siéntate a mi lado y

hablemos. ¿Quieres mucho a tu padre? Tú, mi

querida Blanca, eres la única felicidad que el cielo

me ha concedido: otros tienen padres, hermanos,

amigos, esposas, vasallos, muchos hijos, ¿qué sé yo?

Yo sólo tengo a mi hija. Otros son ricos y tú eres mi

riqueza. ¡Oh, si llegara a perderte..., no podría

soportarlo!... Mírame y sonríete: cuando te sonríes

te pareces a tu madre, que también era muy

hermosa.

BLANCA. -Quisiera poderos hacer feliz.

TRIBOULET. -¡Si soy muy feliz contigo! ¡Qué

hermosos son tus cabellos negros! (Acariciándolos.)

Cuando niña eras rubia. ¡Quién lo había de decir!

E L R E Y S E D I V I E R T E

47

BLANCA. -Una tarde, antes de oscurecer,

quisiera salir un poco para ver París.

TRIBOULET. (Con ímpetu.)-¡Eso jamás! ¿Has

salido alguna vez con Berarda?

BLANCA. -No, no.

TRIBOULET. -¡Cuidado!

BLANCA. -Sólo he ido a la iglesia.

TRIBOULET. -(Si la vieran, la seguirían y quizá me

la robaran. La hija de un bufón no inspira respeto, y

causaría risa deshonrarla.) Te suplico, Blanca mía, que

permanezcas viviendo encerrada aquí. Respirar el

aire de París es malsano para las mujeres. ¡Si

supieras cuántos libertinos hay en la ciudad, sobre

todo entre los señores!

BLANCA. -No os hablaré más de salir. No

lloréis por eso, padre mío.

TRIBOULET. -Esto me alivia. Lloro porque reí

mucho anoche.... pero ya anochece y es tiempo de ir

a ponerme el collar. (Levantándose.) Adiós.

BLANCA. -¿Volveréis pronto?

TRIBOULET. -Sí.... aunque yo no soy dueño de

hacer lo que quiero. ¡Berarda! (Llamando.)

Aparece en la puerta de la casa una dueña vieja.

BERARDA. -Señor...

TRIBOULET. -¿Habéis notado si cuando vengo

me ve alguien entrar?

BERARDA. -Nadie, señor. ¡Si esto es un

desierto!

V Í C T O R H U G O

48

Es casi de noche. En la calle, y a la otra parte de la tapia,

aparece el REY disfrazado con traje oscuro y sencillo, y

examina la altura de la pared y la puerta cerrada, dando

muestras de impaciencia y de despecho.

TRIBOULET. -Adiós, hija mía. (Abrazándola.)

¿Habéis cerrado bien la puerta que da al terraplén?

(A la dueña.)

BERARDA. -Sí, señor.

TRIBOULET. -A espaldas de San Germán me

han dicho que hay otra casa más retirada que ésta

todavía. Mañana iré a verla.

BLANCA. -Padre mío, ésta me gusta por la

terraza, desde la que se ven jardines.

TRIBOULET. -¡Por Dios, no subas a la terraza!

(Escuchando.) Parece que andan por fuera de la

puerta.

Va a la puerta del patio, la abre y mira a la calle con

inquietud. El REY se ha ocultado en un hueco que hay cerca

de la puerta, que deja entreabierta TRIBOULET.

BLANCA. -¿No puedo salir por las tardes a

respirar un rato en la terraza?

TRIBOULET. -Te podrían ver, y no pongáis

nunca luz en la ventana, Berarda.

El REY, a espaldas del bufón, por la puerta entreabierta se

desliza en el patio y se esconde tras un árbol.

BERARDA. -¿Y cómo queréis que entre aquí

ningún hombre?

E L R E Y S E D I V I E R T E

49

BERARDA se vuelve y apercibe al REY detrás de ella. Al

momento que va a gritar, el REY le tapa la boca y le pone

en la mano una bolsa, que ella aprieta.

BLANCA. -¿Para qué tomáis tantas

precauciones? ¿Qué teméis, padre mío?

TRIBOULET. -Por mí nada, por ti todo. Adiós,

hija mía.

Un rayo de luz de la linterna que tiene la dueña en la mano

alumbra al padre y a la hija.

REY. -(¡Es Triboulet! ¡Y mi desconocida es su hija!

¡Curiosa historia!)

TRIBOULET. (Volviendo desde la puerta.) -

Decidme: ¿cuando vais a la iglesia os sigue alguno?

BLANCA inclina los ojos al suelo.

BERARDA. -¡Jesús! Nadie.

TRIBOULET. -Si os siguiera alguno pedid

auxilio.

BERARDA. -Desde luego.

TRIBOULET. -Y si llaman a la puerta no abráis

nunca.

BERARDA. -¿Aunque fuese el rey?

TRIBOULET. -Sobre todo si es el rey.

V Í C T O R H U G O

50

Abraza por última vez a su hija y sale, cerrando tras sí la

puerta.

Escena IV

BLANCA, BERARDA y el REY, escondido detrás del

árbol.

BLANCA. -Tengo así como un remordimiento...

BERARDA. -¿De qué?

BLANCA. -¡Como mi padre de todo se alarma y

se espanta!... Debía haberle dicho que los domingos

cuando vamos a misa nos sigue un galán. Aquel

gallardo mozo que tú sabes.

BERARDA. -Niña, esas cosas no se deben

referir a los padres, y más cuando son, como el

vuestro, huraños y raros. ¿Pero os es antipático ese

mozo?

BLANCA. -Al contrario..., desde que le vi estoy

siempre pensando en él. Desde el día que sus ojos

hablaron a los míos, le tengo siempre presente y me

parece que soy suya... ¡Ilusiones infantiles! Me

parece que es más alto que los demás hombres, y

muy altivo y muy arrogante.

BERARDA. -Realmente es un buen mozo.

Pasa cerca del REY, que le da un puñado de monedas.

BLANCA. -El hombre debe ser así.

E L R E Y S E D I V I E R T E

51

BERARDA. -Parece caballero y noble.

Tendiendo la mano al REY, que vuelve a darle dinero.

BLANCA. -A sus ojos se asoma un gran

corazón.

BERARDA. -Verdaderamente que es así.

A cada palabra que dice tiende la mano al REY, que le

sigue dando monedas.

BLANCA. -Debe de ser valiente.

BERARDA. -Temerario.

BLANCA. -Tierno.

BERARDA. -Y generoso. (Alargando la mano.)

REY. -(Como la vieja me admira al pormenor,

me ha dejado exhausto.)

BERARDA. -Se conoce que es un gran señor.

BLANCA. -Pues yo, en vez de un noble o un

príncipe, quisiera que fuera un pobre estudiante....

así me amaría más...

BERARDA. -¡Es posible! (¡Qué mal gusto tienen

estas jóvenes! Pues que ya debe haberse quedado sin

blanca, no le elogio más.)

BLANCA. -¡Cuánto tardan en venir los

domingos! Cuando no le veo estoy triste. El otro

día, al llegar la misa al Ofertorio, creí que me iba a

hablar, y el corazón me saltaba de alegría en el

pecho. Creo que mi amor también le absorbe, y

estoy cierta de que lleva mi imagen grabada en el

V Í C T O R H U G O

52

alma. Creo que para él no existen juegos ni

diversiones.... creo que no piensa más que en mí.

Hay noches que sueño en él y que creo tenerlo aquí,

delante de mis ojos...

Sale el REY de su escondite y se arrodilla a sus pies,

mientras ella mira al otro lado.

Y que le digo: Estate contento, sé feliz.... porque

yo te a...

Se vuelve, ve al REY y se para petrificada.

REY. -¡Te amo! Acaba de decirlo. Nada temas.

¡Suenan tan bien esas palabras, pronunciadas por

tus graciosos labios!

BLANCA. (Asustada, buscando con la vista a la

dueña que ha desaparecido.)-¡Berarda! ¡No está! ¡Oh

Dios!

REY. (Siempre de rodillas.) -Los amantes dichosos

deben estar solos.

BLANCA. (Temblando.) -¿De dónde salís?

REY. -Del infierno o del cielo. Que yo sea

Satanás o Gabriel, nada debe importaros si os amo.

BLANCA. -¡Oh Dios, tened compasión de mí!

Creo que nadie os habrá visto entrar, pero salid,

porque si mi padre...

REY. -¡Que salga de aquí cuando te tengo en

mis brazos, cuando te pertenezco y me perteneces!

Me has dicho que me amas.

E L R E Y S E D I V I E R T E

53

BLANCA. (Confundida.) -(¡Lo ha oído!)

REY. -¿Qué armonía más divina hubiera podido

oír?

BLANCA. -Pues ahora que habéis conseguido

hablarme, os suplico que salgáis de aquí.

REY. -No debo salir, porque mi suerte está

ligada a la tuya, porque vengo a despertar tu

corazón de niña, y el cielo me ha elegido para que

abra el amor tu alma virginal y tus ojos a la luz,

porque el amor es el sol del alma. No hay en la

tierra, donde todo es efímero, más que una cosa

durable y divina, el amor. ¡Oh Blanca! Tu rendido

amante te trae la felicidad que tímidamente

esperabas. ¡Oh, amémonos, vida mía!

Quiere abrazarla y ella le rechaza.

BLANCA. -Dejadme, por Dios.

El REY la estrecha al fin en sus brazos y la besa.

BERARDA. (Desde el fondo.) -(Esto va viento en

popa.)

REY. -Dime que me amas.

BERARDA. -(¡Truhán!)

BLANCA. (Inclinando los ojos al suelo) -Ya lo

habéis oído, ya lo sabéis.

REY. -¡Soy dichoso!

BLANCA. -¡Estoy perdida!

REY. -No; eres feliz conmigo.

BLANCA. -Sois un extraño para mí; decidme

cómo os llamáis.

V Í C T O R H U G O

54

BERARDA. -(Ya es tiempo de que lo sepa.)

BLANCA. -No seréis un gran señor; ¡mi padre

les teme tanto!

REY. -No lo soy; me llamo Gaucher Mahiet; soy

un pobre estudiante.

BERARDA. -(¡Embustero!)

Entran en la calle PIEUNE y PARDAILLAU,

embozados y con una linterna sorda en la mano.

PIEUNE. -Aquí es.

BERARDA baja precipitadamente de la terraza y avisa a

BLANCA.

BERARDA. -Hablan en la calle.

BLANCA. (Espantada.) -Quizá sea mi padre.

BERARDA. -Partid, caballero.

REY. -¡Si pudiera apoderarme del que así me

estorba! BLANCA. (A BERARDA.) -Hazle salir

por la puerta que da al muelle.

REY. -¡Separarme de ti tan pronto! ¿Me amarás

mañana?

BLANCA. -¿Y vos?

REY. -Toda la vida.

BLANCA. -Me engañaréis, porque engaño yo a

mi padre.

REY. -Nunca. Ahora, Blanca, un beso de

despedida.

BERARDA. -(Es muy besucón.)

E L R E Y S E D I V I E R T E

55

BLANCA. -No, no.

El REY la besa y sigue a la dueña; BLANCA los sigue

con la vista. Entretanto aparecen en la calle varios caballeros

armados y con máscaras. Noche oscurísima. Los caballeros,

que han ocultado la linterna sorda bajolas capas, se entienden

por señas. Les sigue un criado llevando una escala.

Escena V

Los CABALLEROS, luego TRIBOULET y después

BLANCA

BLANCA aparece en la puerta del primer piso, en la

terraza; lleva en la mano una luz, que alumbra su rostro.

BLANCA. -Se llama Gaucher Mahiet el hombre

que yo adoro.

PIEUNE. -Señores, allí está.

PARDAILLAU. -Es Verdad.

GORDES. -Será alguna beldad vulgar.

PIEUNE. -¿Te gusta, conde?

MAROT. -No es fea la villana.

GORDES. -Es un hada, un ángel, una diosa.

PARDAILLAU. -Pues es la manceba del

hipócrita bufón.

GORDES. -Es un tunante.

V Í C T O R H U G O

56

MAROT. -La más hermosa siempre le toca al

más feo, porque Júpiter se complace en cruzar las

razas.

BLANCA se retira por donde ha salido y se ve la luz al

través de la ventana.

PIEUNE. -Señores, no perdamos el tiempo.

Resolvimos castigar a Triboulet, y con ese objeto

hemos venido aquí provistos de una escala.

Escalemos, pues, las paredes y robémosle a su

compañera; llevémosla al Louvre, y que al levantarse

mañana el rey se la encuentre en palacio.

COSSÉ. -Si el rey interviene en esto...

MAROT. -El diablo desenredará la trama.

PIEUNE. -Pues ea, manos a la obra.

GORDES. -Verdaderamente esa mujer es

bocado de rey.

Sale TRIBOULET.

TRIBOULET. -(Vuelvo..., ¿a qué? No sé por

qué vuelvo.)

COSSÉ. (A los otros.) -¿Señores, decidme si os

parece bien que el rey sople la dama a todo el

mundo? Querría yo saber lo que diría si alguno le

escamotease la reina.

TRIBOULET. -(No puedo olvidarme de la

maldición del anciano.... ¡estoy perturbado!)

La oscuridad es tan densa que no ve a GORDES, con el

que tropieza al pasar.

E L R E Y S E D I V I E R T E

57

¿Quién es?

GORDES. -¡Es Triboulet, señores!

COSSÉ. -Doble victoria; matemos al traidor.

PIEUNE. -Eso no.

COSSÉ. -Está en nuestro poder,

PIEUNE. -Sí; pero ¿quién nos divertirá mañana?

GORDES. -Nos estorbará.

MAROT. -Yo le hablaré y lo arreglaré todo.

TRIBOULET. -(Parece que hablan en voz baja.)

MAROT. (Acercándosele.) -¿Triboulet?

TRIBOULET. -¿Quién es?

MAROT. -No te asustes; soy yo.

TRIBOULET. -¿Quién eres tú?

MAROT.-Marot.

TRIBOULET. -¡Cómo está tan oscuro!... ¿Qué

ocurre?

MAROT. -Venimos.... ¿no lo adivinas?

TRIBOULET. -No.

MAROT. -Pues venimos a robar para el rey a la

esposa del señor Cossé.

TRIBOULET. (Respirando.)-¡Ah! ¡Magnífica idea!

COSSÉ. -(¡Estoy por romperle la cabeza!)

TRIBOULET. -¿Cómo os arreglaréis para llegar

hasta su aposento?

MAROT. (A COSSÉ.) -(Dadme la llave de

vuestra casa.)

COSSÉ se la entrega a MAROT y éste la trasmite a

TRIBOULET. El bufón tienta la llave y reconoce en ella el

cincelado blasón del conde.

V Í C T O R H U G O

58

TRIBOULET. -Sí, ésta es; tiene tres hojas de

sierra, que constituye su blasón. (Soy tan necio, que

me había imaginado otra cosa.) Pues si venís a

robarla, ahí tenéis el palacio de su marido.

MAROT. -Con ese objeto venimos todos

enmascarados.

TRIBOULET. -Pues dadme también una

mascarilla.

MAROT le pone una máscara, añadiéndole una venda que

le ata sobre los ojos y sobre las orejas.

¿Y ahora qué vamos a hacer?

MAROT. -Ahora nos sostendrás la escala.

Los caballeros suben por la escala, fuerzan la puerta del

primer piso que da a, la terraza y penetran en la casa. Poco

después uno de ellos aparece en el patio y abre la puerta; luego

el grupo de los caballeros baja al patio y franquea dicha

puerta, llevándose a BLANCA, desceñida y despeinada, que

resiste todo lo que puede.

BLANCA. -¡Padre, padre mío! ¡Socorro!...

LOS CABALLEROS. -¡Victoria!

Desaparecen llevándose a BLANCA.

TRIBOULET. (Que se ha quedado solo al pie de la

escalera.) -¡Me están haciendo pasar aquí el

purgatorio! Deben haber acabado ya.

E L R E Y S E D I V I E R T E

59

Suelta la escala, se lleva la mano a la mascarilla y se

encuentra con la venda.

¡Los tunantes me han vendado los ojos!

Se arranca la venda y la mascarilla. A la luz de la linterna

sorda que han dejado olvidado en el suelo ve un objeto blanco,

lo recoge y reconoce que es el velo de su hija. Se vuelve y ve que

la escala está apoyada en la pared de su terraza y la puerta

de su casa abierta. Entra en la casa como un loco, y

reaparece un momento después, arrastrando a la dueña

amordazada y casi desnuda. La contempla con estupor, luego

se mesa los cabellos lanzando gritos inarticulados, y al fin

recobra la palabra y grita sordamente:

¡Ha caído sobre mí la maldición del anciano!

Cae sin sentido.

FIN DEL ACTO SEGUNDO

V Í C T O R H U G O

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Acto tercero

El rey

Escena primera

LOS CABALLEROS

GORDES. -Vamos a preparar el desenlace de la

aventura. Es Preciso que Triboulet se atormente y

se desespere, sin dejarle sospechar que hemos traído

aquí a su adorada.

COSSÉ. -Que la busque es muy natural..., pero si

los porteros han visto cómo la introducíamos esta

noche...

MONTCHENU. -Hemos mandado ya a todos

los ujieres de palacio que digan que no han visto

entrar esta noche a ninguna mujer.

PARDAILLAU. -Además, uno de mis lacayos,

muy hábil en esta clase de intrigas, ha ido a

desorientar al bufón diciéndole que a medianoche él

vio que llevaban a la fuerza a una mujer al palacio

de Haltefort.

E L R E Y S E D I V I E R T E

61

COSSÉ. (Riendo.)-Pues ese palacio está muy lejos

del Louvre.

GORDES. -Apretémosle la venda que le ciega.

MAROT. -Yo le he escrito esta mañana este

billete: (Saca un papel y lee.) «Acabo de robarte tu

beldad, amigo Triboulet, y para que sepas de ella, te

participo que la saco de Francia.»

Todos se ríen.

GORDES. -¿Quién lo firma?

MAROT. -Juan de Nivelles.

Nuevas carcajadas.

PARDAILLAU. -La buscará como un

desesperado.

COSSÉ. -Pensándolo me divierto ya.

GORDES. -El maldito bufón nos va a pagar en

un día todas sus deudas atrasadas.

Ábrese la puerta lateral y entra el REY con PIEUNE.

Todos los cortesanos se descubren y abren paso. El REY y

PIEUNE vienen riendo a carcajadas.

REY. -¿Está ahí la hermosa?

PIEUNE. -¿La manceba de Triboulet?

REY. -En verdad que soplarle la dama a mi

bufón es cosa que causarisa. (No le creía padre de

familia.)

V Í C T O R H U G O

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PIEUNE. -¿Quiere verla vuestra majestad?

REY-¡Ya lo creo!

Vase el duque y vuelve sosteniendo a BLANCA, velada y

vacilante. El REY se sienta.

PIEUNE. -Entrad, hermosa mía, y no tembléis,

que os encontráis en presencia del rey.

BLANCA. -¡Aquel joven es el rey!

Con rapidez se arrodilla a sus pies; al oír la voz de

BLANCA el REY se estremece y hace señal a todos de que

salgan.

Escena II

El REY y BLANCA

En cuanto se quedan solos, el REY le levanta el velo.

REY. -¡Blanca!

BLANCA. -¡Es Gaucher Mahiet!

REY. (Riendo.) -A fe de caballero que estoy muy

contento de mi invención. Blanca, amor mío, ven a

mis brazos.

BLANCA. (Retrocediendo.) -¡El rey! ¡El rey!

Dejadme, señor. Ya no sé cómo hablaros ni qué os

he de decir. ¡Tened compasión de mí!

E L R E Y S E D I V I E R T E

63

REY. -¿Qué te tenga compasión, yo que te

adoro? Lo que te dijo Gaucher Mahiet te lo repite el

rey Francisco. Me amas y te adoro y seremos felices.

Ser rey no nos priva de estar enamorados. Eras una

inocente, que creías que era yo un estudiante; pero

porque la casualidad me haya hecho nacer más alto,

porque sea rey, no es motivo para que me rechaces

y me aborrezcas. Nada importa que yo no haya

nacido patán para quererte.

BLANCA. -(¡Parece que se burla, Dios mío!

¡Quisiera morir en este instante!)

REY. -Tu porvenir Y el mío serán de hoy en

adelante las fiestas, las danzas, los torneos, los

diálogos de amor en el fondo de los bosques, y cien

y cien placeres que las sombras cubrirán con sus

alas. Seremos dos amantes felices. La vida, Blanca,

se reduce a muy poco: toda la sabiduría humana se

reduce a honrar a Dios Padre, a amar, comer, beber

y gozar.

BLANCA. (Aterrada y retrocediendo.) -¡Qué

diferente es del ideal de mis sueños!

REY. -¿Me suponías acaso amante tímido y

tembloroso, uno de esos hombres fríos y lúgubres,

que creen que basta para cautivar los corazones de

las mujeres exhalar suspiros y exclamaciones?

BLANCA. (Rechazándole.) -¡Dejadme!

¡Desdichada de mí!

REY-¿No sabes que yo soy la Francia entera,

que represento quince millones de almas, la riqueza,

el honor, el placer y el poder sin cortapisa? Pues

V Í C T O R H U G O

64

todo eso es mío; soy el rey, y tú, Blanca, serás la

reina.

BLANCA. -¡La reina! ¿Y vuestra esposa?

REY. (Riendo.) -¡Virtud de la inocencia! Mi mujer

no es mi favorita.

BLANCA. -¡Vuestra favorita! ¡Oh, qué

vergüenza!

Tapándose la cara con las manos.

REY. -¡Eres orgullosa!

BLANCA. -No soy vuestra, soy de mi padre.

REY. -Tu padre es mi bufón; es mi esclavo, y no

puede querer más que lo que yo quiera.

BLANCA. (Llorando amargamente.) -¡Pobre padre

mío!

REY. -Blanca, te juro que te adoro y no quiero

que llores más. Quiero estrecharte contra mi

corazón.

BLANCA. (Retrocediendo.) -Eso jamás.

REY. -¡Ingrata, no me has repetido que me

amas!

BLANCA. -Ni lo repetiré ya.

REY. -Te ofendí sin querer; perdóname. No

solloces como una mujer abandonada. Antes que

arrancar lágrimas a tus ojos, quisiera morir y que

mis vasallos me tuvieran por un rey débil y sin

honor. Es un cobarde el rey que hace llorar a una

mujer.

E L R E Y S E D I V I E R T E

65

BLANCA. -¿No es cierto que esto ha sido una

broma? Sabéis que mi padre me buscará llorando, y

si sois rey, haced que en seguida me acompañen a

su casa. Vivimos junto al palacio Cossé, demasiado

lo sabéis. No comprendo nada de lo que me sucede.

Varios enmascarados me han arrebatado lanzando

gritos de alegría, y este acontecimiento extraño

rueda confuso por mi cerebro. (Llorando.) Ni

siquiera sé ya si os amo. Cuando creo que sois rey,

me causáis miedo.

REY. (Queriendo tomarla en brazos.) -¡Os causo

miedo, ingrata!

BLANCA. (Rechazándole.) -Dejadme.

REY. -Un beso para que sepa que me perdonáis.

BLANCA. -No.

REY. (Riendo.) -(¡Qué extraña mujer!)

BLANCA. -Dejadme... Esta puerta...

Ve la puerta de la cámara del REY abierta, se precipita por

ella y la cierra con violencia.

REY. (Sacando una pequeña llave de oro de su cintura.)

-Yo tengo la llave.

Cierra con llave dicha puerta.

MAROT. (Que ha estado observando desde el fondo.)

(La pobre muchacha, huyendo, se refugia ella

misma en la cámara del rey.)

V Í C T O R H U G O

66

Escena III

MAROT, LOS CABALLEROS y después

TRIBOULET

GORDES. (A MAROT.) -¿Qué ha sucedido?

MAROT. -Que el león ha arrastrado a la oveja a

su madriguera.

PARDAILLAU. (Con alegría.) -¡Pobre Triboulet!

PIEUNE. -Silencio, que viene.

GORDES. -Mucho disimulo.

MAROT. -A mí solo me puede reconocer,

porque no habló más que conmigo.

PIEUNE. -Hagamos como que no sabemos

nada.

Entra TRIBOULET. Nada ha cambiado en él;

únicamente está muy pálido.

PIEUNE. (Como continuando una conversación.) -

Entonces fue, señores, cuando inventaron esta

copia:

Cuando Borbón fue a Marsella

dicen que dijo a su séquito:

¿Qué capitán, Dios bendito,

en la ciudad hallaremos?

TRIBOULET. (Continuando la canción.)

E L R E Y S E D I V I E R T E

67

Del monte de la Colomba

es el paso muy estrecho,

Y subieron todos juntos,

mas soplándose los dedos.

Risas y aplausos irónicos.

TODOS. -¡Bravo!

TRIBOULET. (Adelantado hacia el proscenio.) -

(¡Pobre hija mía! ¿Dónde estará?... ) (Cantando.)

Y subieron todos juntos, mas soplándose los dedos.

GORDES. (Aplaudiendo.) -¡Muy bien!

TRIBOULET. -(No hay duda que entre todos

ellos me la robaron.)

COSSÉ. (Riendo y dándole una palmada en el

hombro.) ¿Qué hay de nuevo, bufón?

TRIBOULET. -Este gentilhombre se ríe

lúgubremente. (Remedándole.) ¿Qué hay de nuevo,

bufón?

COSSÉ. (Riendo.) -Tú nos lo dirás.

TRIBOULET. -Que no la echéis de gracioso,

porque aún estáis más horrible. (¿Dónde la habrán

escondido?... Si se lo preguntase, se burlarían de

mí.) (Acercándose a MAROT.) Me alegro que no te

hayas constipado esta noche.

MAROT. -¡Esta noche!

TRIBOULET. -Ha sido una buena tostada.

MAROT. -¿Qué tostada?

V Í C T O R H U G O

68

TRIBOULET. -¡Bah!

MAROT. -Te aseguro que al toque de Ánimas

estaba ya en la cama, y que cuando me desperté

había ya algunas horas de sol.

TRIBOULET. -¿No has salido de casa esta

noche? Entonces es que lo he soñado.

Ve un pañuelo en una mesa y se echa encima de él.

PARDAILLAU. -Mira, duque, cómo registra la

marca de mi pañuelo.

TRIBOULET. (Dejando caer al suelo el pañuelo.) -

(¡No es el suyo! ¿Dónde estará?)

PIEUNE. (A GORDES.) -¿Por qué te ríes

tanto?

GORDES. -Porque tú nos haces reír.

TRIBOULET. -Están todos hoy muy risueños.

¿El rey no se ha levantado aún?

PIEUNE. -No lo sé.

TRIBOULET. -Parece que se oye ruido en su

habitación.

Va hacia allí y PARDAILLAU le detiene.

PARDAILLAU. -No quiero que vayas a

despertar a su majestad. GORDES. -Este diablo de

Marot nos está refiriendo un cuento muy gracioso.

Al volver los tres Guy, no sé de dónde, encontraron

a sus tres mujeres...

E L R E Y S E D I V I E R T E

69

MAROT. -Con otros tres que no eran sus

maridos. TRIBOULET. -¡La moral ahora está muy

relajada!

COSSÉ. -¡Son tan traidoras las mujeres!...

TRIBOULET. -¡Cuidado con lo que decís!

COSSÉ. -¿Por qué?

TRIBOULET. -Porque no hay que mentar la

soga...

COSSÉ. -¿Qué dices?

TRIBOULET. (Burlándosele en las narices.) -En una

aventura enteramente igual.

COSSÉ. -¡Hum!

TRIBOULET. -Señores, acertad cuál es el

animal que cuando está furioso dice: ¡Hum!

Todos se ríen. Entra VANDRAGON.

PIEUNE. -¿Qué ocurre, Vandragon?

VANDRAGON. -La reina, mi señora, desea ver

al rey para hablarle de un asunto urgente.

PIEUNE le hace señal de que es imposible, pero el

gentilhombre insiste.

Sin embargo, no está con el rey la señora de

Merze.

PIEUNE. -Es que el rey no se ha levantado

todavía.

VANDRAGON. -¿No se ha levantado? Hace un

instante estaba hablando con vosotros.

V Í C T O R H U G O

70

PIEUNE. (Haciéndole señas que él no comprende.) -El

rey está de caza.

VANDRAGON. -No se caza sin pajes y sin

monteros.

PIEUNE. -A ver si ahora me entendéis: el rey

no quiere ver a nadie en estos momentos.

TRIBOULET. (Con voz de trueno.) -¡Entonces

está aquí! ¡Entonces está con el rey!

Se asombran todos los caballeros.

GORDES. -El bufón está delirando.

TRIBOULET. -Bien sabéis todos a lo que me

refiero: la mujer que anoche robasteis en mi casa

está aquí y la recobraré.

PIEUNE. (Riendo.) -¡Triboulet ha perdido su

querida! Pues, sea fea o sea hermosa, búscala en otra

parte.

TRIBOULET. -He perdido a mi hija.

TODOS. -¡Su hija!

Momento de sorpresa.

TRIBOULET. (Cruzando los brazos.) -Es mi hija,

y... reíos ahora. ¡Os habéis quedado mudos, os

habéis sorprendido de que un bufón sea padre y de

que tenga una hija!... Los lobos y los señores tienen

familia; también yo la puedo tener. Basta de burlas.

Con voz terrible.

E L R E Y S E D I V I E R T E

71

Sé que está aquí mi hija y quiero que me la

devolváis.

Los caballeros se colocan delante de la puerta y le impiden

que pase.

MAROT. -Su locura ha entrado en el período de

la furia.

TRIBOULET. (Retrocediendo con desesperación.) -

¿Es verdad que estos cortesanos, que estos

bandidos, que esta raza de demonios me han

robado a mi hija? Una mujer a sus ojos no vale

nada: cuando el rey es un rey disoluto, las mujeres

de los grandes señores, si son hábiles, les hacen a

éstos hacer carrera... El honor de una doncella es

para ellos un lujo inútil, un tesoro oneroso. Una

mujer debe ser un campo productivo, una heredad,

cuyo real colono paga cada plazo, y por eso llueven

sobre ellos favores, de no se sabe dónde; hoy un

gobierno, mañana el collar del Toisón, y una

porción de gracias que van en aumento cada día.

Mirándoles cara a cara.

¿Hay alguno entre vosotros que se atreva a

desmentirme? No; porque todo lo venderíais, si no

lo habéis vendido ya, por un título o por una

vanidad cualquiera. Tú, Brion, a tu mujer; tú,

Gordes, a tu hermana; tú, Pardaillau, a tu madre.

V Í C T O R H U G O

72

Pausa.

¡Quién me había de decir que los más ilustres

personajes de la nación se juntarían para robarle la

hija a un pobre hombre! Son indignos de nobles

razas corazones tan viles; sin duda vuestras madres

se prostituyeron a sus lacayos y sois todos

bastardos.

GORDES. -¡Es muy chusco!

TRIBOULET. -¿Cuánto os ha dado el rey por

haberle vendido mi hija? (Mesándose el cabello.) ¡Yo no

tenía en el mundo más tesoro que ella! ¿Creerá el

rey que puede, hacer algo por mí? ¿Darme un título

como los vuestros? ¿Puede convertirme en gallardo,

en hermoso como los demás! ¡No puede, y todo me

lo ha quitado!... Señores, devolvedme mi hija al

momento. Abridme esa puerta.

Corre a pasar por la puerta otra vez y los cortesanos se lo

vuelven a impedir. Lucha porfiadamente con ellos hasta caer

de rodillas en el suelo.

¡Todos juntos contra mí! ¡Diez contra uno! No

me avergüenzo de llorar... (Arrastrándose a los pies de

los cortesanos.) Ved cómo me arrastro a vuestras

plantas pidiéndoos perdón... Estoy enfermo...

¡Tened piedad de mí! ¡Es mi único tesoro! ¡Oh,

fatalidad! No sabéis más que reír o callar.

E L R E Y S E D I V I E R T E

73

Abrese de repente la puerta de la real cámara y aparece

BLANCA, despavorida y desgreñada.

BLANCA. -¡Padre mío!

TRIBOULET. -¡Ah, es mi hija! (Recibiéndola en sus

brazos.) Señores, es toda mi familia, es mi ángel

tutelar, y eran legítimos mis arrebatos y justas mis

lágrimas. (A BLANCA.) No temas ya nada.... es una

broma que te gastaron y que te habrá asustado

mucho; pero estos señores son buenos, han

conocido ya cuánto te amo, y desde hoy en adelante

nos dejarán vivir en paz. ¡Qué dicha es volverte a

abrazar, hija mía! Pero.... ¿por qué lloras?

BLANCA. (Tapándose la cara avergonzada.) -

¡Somos muy desgraciados los dos!

TRIBOULET. (Estremeciéndose.) -¡Qué dices!

BLANCA. (En voz baja a su padre.) -No lo diré

delante de nadie; sólo quiero ruborizarme ante vos.

Cayendo a los pies de su padre.

TRIBOULET. -(¡El infame! ¡Ella también!)

Dando tres pasos y despidiendo a los desconcertados

caballeros.

Idos de aquí, y si el rey de Francia se atreviera a

entrar, decidle que no entre, porque se encontrará

conmigo.

V Í C T O R H U G O

74

PIEUNE. -No he visto nunca un loco

semejante.

GORDES. -Con los locos y con los niños es

preciso transigir. Estemos, sin embargo, a la mira

por lo que pueda suceder.

Se van los caballeros.

TRIBOULET. (Sentándose en el sillón del REY y con

voz siniestra y tranquila.) -Vamos, habla, dímelo todo.

Escena IV

BLANCA y TRIBOULET

TRIBOULET. -Habla.

BLANCA. (Entre sollozos.) -Padre mío... Ayer se

deslizó dentro de casa... Hace mucho tiempo que

debía habéroslo dicho.... un joven que me seguía...

TRIBOULET. -Sí, el rey.

BLANCA. -Me seguía todos los domingos

cuando iba a la iglesia...

TRIBOULET. -Sí, a oír misa.

BLANCA. -Nunca me había hablado, pero para

llamarme la atención movía una silla cuando

pasaba.... anoche consiguió introducirse en casa...

TRIBOULET. -Quiero ahorrarte la angustia que

debe causarte decirme lo demás, porque ya lo

adivino. (Se levanta.) ¡Oh rabia! Ha echado el

E L R E Y S E D I V I E R T E

75

oprobio y la vergüenza sobre tu frente pura, y su

aliento corrompido, impregnando el aire que

respiras, ha deshojado brutalmente tu virginal

corona. ¡Y ha perdido, ha hundido en el barro

inmundo la única alhaja que yo poseía en la tierra!

¡Qué será de mí después de esta fatal desgracia, de

mí, que sólo veía en esta tierra prostituida el

impudor, el vicio, el adulterio, la infamia y la

crápula, y al levantar los ojos al cielo, sólo reposaba

mi vista recreándome en tu virginidad! ¡Pero ya está

derribado el ídolo y el altar!... Esconde la frente;

llora, hija mía, llora. Parte de los dolores a tu edad

algunas veces los arrastra el llanto.

Pausa.

Blanca, cuando ya haya cumplido con mi deber,

nos iremos de París... Si escapo con vida...

Pausa.

¡Quién me hubiera dicho que en un solo día

había de cambiar mi suerte! ¡Rey Francisco I!

¡Plegue a Dios que me escucha, que pronto

tropieces y caigas en la pendiente que sigues y por

ella ruedes hasta el sepulcro!

BLANCA. (Levantando los ojos al cielo.) -(¡Oh Dios!

¡No le escuchéis, porque yo le amo!)

V Í C T O R H U G O

76

Ruido de pasos por el foro. Aparecen en la galería exterior

soldados y gentileshombres, a cuya cabeza va PIEUNE.

PIEUNE. -Caballero Montchenu, mandad que

abran la verja al señor de Saint-Vallier, al que

conducen a la Bastilla.

El grupo de soldados desfila a dos de fondo, y al pasar

SAINT-VALLIER, a quien custodian, éste se detiene en

la puerta del fondo.

VALLIER. (En alta voz.) -Ya que a pesar de los

ultrajes con que el rey me ofende sin cesar, mi

maldición no encuentra, ni arriba ni abajo, una voz

que la responda; ni un rayo en el cielo, ni un

hombre vengador en la tierra, no espero ya nada.

Ese rey continuará causando víctimas.

TRIBOULET. (Levantando la frente y mirándole faz

a faz.) -Conde, os habéis equivocado. Vive un

hombre en el mundo que os vengará.

FIN DEL ACTO TERCERO

E L R E Y S E D I V I E R T E

77

Acto cuarto

Blanca

Escena primera

TRIBOULET y BLANCA fuera, SALTABADIL

dentro de la casa TRIBOULET está inquieto y

preocupado; SALTABADIL, sentado junto a la mesa, se

ocupa en limpiar su tahalí.

TRIBOULET. -¿Y tú le amas?

BLANCA. -Le amo y no le puedo olvidar.

TRIBOULET. -En vano dejé que pasara el

tiempo para que te curara de ese amor insensato.

BLANCA. -En vano, padre mío.

TRIBOULET. -Explícame al menos por qué la

amas.

BLANCA. -No lo sé.

TRIBOULET. -¿Porque es rey?

BLANCA. -No, no, no es por eso. Hay hombres

que salvan las vidas a sus esposas, maridos que las

V Í C T O R H U G O

78

hacen opulentas, pero no por eso les aman. Ese

hombre sólo me ha causado daño, y sin embargo, le

quiero sin saber por qué. Y llega a tal punto mi

locura, que a pesar de ser vos tan tierno para mí y él

tan cruel, lo mismo moriría por él que por vos.

TRIBOULET. -Eres muy niña y te perdono.

BLANCA. -Pero él también me ama.

TRIBOULET. -No lo creas, hija mía.

BLANCA. -Me lo dijo y me lo juró. Además, sus

palabras convencen y avasallan el corazón, ¡porque

es tan hermoso, tan gallardo!...

TRIBOULET. -Es un infame y no se jactará de

robarme impunemente mi tesoro.

BLANCA. -Le habías perdonado ya, padre mío.

TRIBOULET. -No; sólo di treguas a mi

venganza, mientras le tendía el lazo que le tengo ya

preparado.

BLANCA. -Desde hace un mes creí que habíais

concluido por querer al rey.

TRIBOULET. -Lo aparentaba, pero te vengaré,

Blanca, te vengaré.

BLANCA. -¡Perdonadle, padre mío!

TRIBOULET. -Estarías como yo colérica contra

él si te convencieras de que te está engañando.

BLANCA. -No, no puedo creer que me engañe.

TRIBOULET. -¿Si te convencieras por tus

propios ojos, le seguirías amando?

BLANCA. -No lo sé..., ayer mismo me repitió

que me adora.

TRIBOULET. -¿Cuándo? (Amargamente.)

E L R E Y S E D I V I E R T E

79

BLANCA. -Por la noche.

TRIBOULET. -Pues ven aquí: mira si ves algo.

Indicándole a BLANCA una grieta de la pared, por la que

ella se pone a observar.

BLANCA. -Sólo veo a un hombre.

TRIBOULET. -Espera un poco y sigue

mirando.

Aparece el REY vestido de simple oficial en la sala baja de

la hostería, saliendo por la puertecilla de un aposento

inmediato.

BLANCA. (Estremeciéndose.) -¡Padre, es él!

Sigue observando.

Escena II

Los mismos, el REY y MAGDALENA

El REY le da una palmada en el hombro a

SALTABADIL, que se vuelve de repente.

SALTABADIL. -¿Qué se os ofrece?

REY. -Quiero dos cosas en seguida.

SALTABADIL. -¿Qué cosas?

REY. -Tu hermana y un vaso de vino.

V Í C T O R H U G O

80

TRIBOULET. -Ya ves sus costumbres: se mete

en los tugurios, y el vino que más le gusta y más le

alegra es el que le escancian impúdicas taberneras.

REY. (Cantando.)

«La mujer es movible

cual pluma al viento;

¡ay del que en ella fija

su pensamiento!...»

SALTARADIL, Mientras trae de la pieza inmediata una

botella y un vaso, que pone en la mesa, da dos golpes en el

techo con el Pomo de la espada, y baja dando saltos en la

escalera una moza vestida de gitana, ligera y risueña. En

cuanto aparece, el REY quiere abrazarla, pero ella huye.

REY. -Amigo mío, si limpiaras el tahalí al aire

libre quedaría mejor.

SALTABADIL. -Comprendo.

Se levanta, saluda y se va, abre la puerta de la calle y la

cierra tras sí. Reconoce a TRIBOULET y se dirige a él;

mientras cambian algunas palabras, MAGDALENA hace

al REY algunas zalamerías, que BLANCA observa con

terror.

SALTABADIL. -El hombre ha caído en

nuestras manos. ¿Queréis que viva o que muera?

TRIBOULET. -Volved dentro de un poco.

SALTABADIL se va.

E L R E Y S E D I V I E R T E

81

MAGDALENA. -Digo que no.

REY. -Pues ya hemos adelantado algo. Ven aquí,

no huyas y hablemos. Hace ocho días que me llevó

Triboulet a la posada de Hércules, y allí fue donde

por primera vez vi tus hermosos ojos; pues desde

entonces te adoro y no amo a nadie más que a ti.

MAGDALENA. -Y a veinte más; tenéis trazas

de ser un gran libertino.

REY. -Es verdad, he causado la desgracia de más

de una.... soy un monstruo...

MAGDALENA. -¡Sois un fatuo!

REY. -Pero te digo la verdad: en fin, me has

traído esta mañana a esta maldita hostería, en la que

se come y bebe muy mal, pero en la que deseo pasar

la noche.

MAGDALENA. -¡Claro está!

El REY quiere abrazarla.

Dejadme; os digo que no quiero.

REY. -¡Pues eres poco esquiva!

MAGDALENA. -Sed prudente.

REY. -La prudencia consiste en amar, comer,

beber y gozar; ésta fue toda la sabiduría de

Salomón.

MAGDALENA. -Me parece que vais menos al

sermón que a la taberna.

REY. (Tendiéndola los brazos.) -¡Magdalena!

MAGDALENA. -Mañana.

V Í C T O R H U G O

82

REY. -La mujer hermosa no debe decir nunca

mañana.

MAGDALENA. (Sentándose por fin al lado del

REY.) -Pues hagamos las paces.

REY. (Cogiéndole una mano.) -¡Qué hermosa mano!

Mejor recibiría bofetones de ésta que halagos de

otra.

MAGDALENA. -¿No os burláis?

REY. -Hablo de veras.

MAGDALENA. -¡Sí soy fea!

REY. -¡Pardiez! No digas eso; haz más justicia a

tus atractivos. Reina de las desdeñosas, estoy

ardiendo como un volcán.

MAGDALENA. (Riendo.) -¿Eso lo habéis leído

en algún libro?...

REY. -(Es posible.) Ea, déjate querer.

MAGDALENA. -Vamos, estáis ebrio.

REY. -Ebrio de amor.

MAGDALENA. -Os estáis burlando de mí.

REY. -No, no.

Quiere abrazarla otra vez.

MAGDALENA. -Basta.

REY. -Quiero casarme contigo.

MAGDALENA. (Riendo.) -¿Palabra de honor?

REY. -(¡Esta mujerzuela es deliciosa!)

El REY la sienta en sus rodillas y hablan en voz baja.

BLANCA no puede soportar ese espectáculo y se acerca,

E L R E Y S E D I V I E R T E

83

pálida y temblorosa, a TRIBOULET, que permanece

inmóvil.

TRIBOULET. -¿Ves cómo necesitamos

vengarnos?

BLANCA. -¡No me esperaba del ingrato esa

inicua traición! ¡Cómo me engañaba! ¡Es

abominable que diga a esa mujer lo mismo que me

ha dicho a mí! ¡Dios mío, a una mujer tan

desvergonzada! ¡Oh!

Ocultando la frente en el seno de su padre.

TRIBOULET. -Calla y no llores, que yo te

vengaré.

BLANCA. -Haced lo que queráis.

TRIBOULET. -Así te quería ver.

BLANCA. -Pero estáis terrible. ¿Qué plan

meditáis?

TRIBOULET. -Todo lo tengo dispuesto; no te

opongas a nada y obedéceme. Ve a casa, disfrázate

de hombre, toma el dinero que necesites y un

caballo y parte sin detenerte hasta Evreux, donde te

alcanzaré yo mañana. En el cofre que hay debajo del

retrato de tu madre está el traje de hombre que hice

para ti; el caballo lo tienes ensillado. Cumple todas

mis órdenes; parte y no vuelvas, porque aquí va a

pasar algo terrible.

BLANCA. -Venid conmigo, padre mío.

TRIBOULET. -Ahora no puedo.

V Í C T O R H U G O

84

BLANCA. -¡Estoy temblando!

TRIBOULET. -Mañana nos veremos; haz lo

que te he dicho.

BLANCA se aleja con paso vacilante; TRIBOULET se

acerca al parapeto de la playa, hace una señal y sale

SALTABADIL. Está oscureciendo.

Escena III

TRIBOULET, SALTABADIL, MAGDALENA y el

REY

TRIBOULET. -Me pides veinte escudos; aquí

tienes diez adelantados. ¿Pasará aquí la noche?

SALTABADIL. -Creo que sí; se va cubriendo

mucho el tiempo.

TRIBOULET. -(No siempre duerme en

palacio.)

SALTABADIL. -Estad tranquilo, porque lloverá

antes de una hora y la tempestad y mi hermana le

detendrán toda la noche.

TRIBOULET. -A las doce volveré.

SALTABADIL. -No os molestéis; me basto y

me sobro para echar al Sena un cadáver.

TRIBOULET. -Es que quiero echarlo yo.

SALTABADIL. -Eso es diferente; os lo

entregaré cosido en un saco.

E L R E Y S E D I V I E R T E

85

TRIBOULET. -Bien.... a medianoche os daré el

resto.

SALTABADIL. -Pues os cumpliré fielmente.

¿Cómo se llama el galán?

TRIBOULET. -¿Quieres saber su nombre?

SALTABADIL. -Si no tenéis inconveniente...

TRIBOULET. -Te diré su nombre y el mío: él se

llama Crimen y yo Castigo.

Escena IV

Los mismos menos TRIBOULET

SALTABADIL. -La tempestad se acerca y no

tardará en descargar. (Relampaguea.) Tanto mejor; de

ese modo la playa estará completamente solitaria.

REY. -Magdalena... (Queriendo cogerla por el talle.)

MAGDALENA. -Esperad.

REY. -¡Maldita!

MAGDALENA. (Cantando.)

Sarmiento que brota

en el mes de abril,

poquísimo vino

echa en el barril.

REY. -¡Qué hombros! ¡Qué brazos!

Se oye un trueno lejano.

V Í C T O R H U G O

86

MAGDALENA. -Tened formalidad, que sube

mi hermano.

REY. -Nada me importa que tu hermano suba.

Óyese otro trueno.

MAGDALENA. -¡Ay, qué miedo!

SALTABADIL. (Entrando.) -Va a llover a

cántaros.

REY. -Que lluevan lanzas de punta, que yo estoy

bajo techado, y no me disgustará pasar la noche

aquí.

MAGDALENA. -Pero, señor, vuestra familia

estará con cuidado...

REY. -No tengo abuelas, ni hijas, ni apego a

nada.

SALTABADIL. -Tanto mejor.

Empieza a llover muy fuerte y la noche está ya

completamente cerrada.

REY. (A SALTABADIL.) -Tú te acostarás en

el establo, en el infierno o donde quieras.

SALTABADIL. -Muchas gracias.

MAGDALENA. (Al REY en voz baja y con

rapidez mientras enciende una luz.) -¡Vete!

REY. -¡Está lloviendo! ¿Dónde quieres que

vaya?

E L R E Y S E D I V I E R T E

87

El REY se asoma a la ventana.

SALTABADIL. (Enseñando a MAGDALENA

el dinero que acaba de recibir.) -(Me ha dado diez

escudos de oro y luego me dará otros diez.) (Al

REY.) Tengo el placer de ofrecer a monseñor mi

aposento, para que pase en él la noche; si queréis

verlo...

REY. Veámoslo.

SALTABADIL toma la luz, el REY sigue al asesino al

piso superior y MAGDALENA se queda donde estaba.

MAGDALENA. -¡Pobre joven! (Se asoma a la

ventana.)

¡Qué oscuro está todo!

SALTABADIL. -Aquí tenéis, monseñor, la

cama, la silla y la mesa.

REY. -Magnífico. (Acercándose a la ventana, cuyos

vidrios están rotos.) Además, aquí se tiene la ventaja de

dormir al aire libre, porque las ventanas no tienen

vidrios ni pasadores. En fin, buenas noches.

SALTABADIL. -¡Dios os guarde! (Deja la luz y

baja.)

REY. (Quitándose el tahalí.) -¡Estoy muy

rendido! Voy a ver si puedo dormir un poco

mientras espero ser afortunado.

Deja en la silla el sombrero y la espada, se quita las botas y

se echa en la cama.

V Í C T O R H U G O

88

Magdalena está muy frescota, es muy alegre y

muy lista.... me parece que ha dejado la puerta

abierta... ¡Claro está!

Al poco rato se queda dormido. MAGDALENA y

SALTABADIL están los dos en la sala de abajo. Ha

estallado la tempestad. Ambos guardan silencio durante

algún tiempo, como preocupados por una idea grave.

MAGDALENA. -¡Es buen mozo ese militar!

SALTABADIL. -Tampoco a mí me disgusta,

porque me hace ganar veinte escudos de oro.

MAGDALENA. -¿Cuántos?

SALTABADIL. -Veinte.

MAGDALENA. -Pues vale mucho más.

SALTABADIL-¡No seas niña! Sube a ver si

duerme; tómale la espada y bájamela.

MAGDALENA obedece. Aparece BLANCA por el foro,

vestida de hombre con traje de montar; avanza hacia la casa,

mientras SALTABADIL bebe y MAGDALENA

contempla al REY dormido.

MAGDALENA. -¡Qué confiado duerme!

¡Pobre joven!

Le quita la espada.

E L R E Y S E D I V I E R T E

89

Escena V

El REY en el granero, SALTABADIL y

MAGDALENA en la sala baja y BLANCA fuera de la

casa.

BLANCA. -Me hace perder el juicio pensar

que va a pasar la noche en esta casa, y no sé por qué

creo que se acerca para mí el instante supremo.

Perdóname, padre, si te desobedezco; si vuelvo aquí

es porque no he podido resistir a la tentación...

¿Qué quiere hacer aquí y cómo terminará esto? Yo

que vivía con los ojos cerrados, en completa

ignorancia del mundo, me veo lanzada de repente

en los tortuosos y difíciles caminos de la vida!... ¡Ay

de mí, todo lo he perdido; virtud y felicidad! El

ingrato ya no me ama... ¡Qué espantosa noche!... A

todo se arriesga una mujer desesperada; a todo me

arriesgo, yo que me asustaba de mi propia sombra.

¡Qué sucederá ahí dentro! ¡Matarán a alguno!

(Se pone a observar.)

MAGDALENA. -¡Qué modo de llover y de

tronar!

SALTABADIL. -Sin duda en el cielo está

riñendo el matrimonio; el uno rabia y la otra llora.

BLANCA. -(¡Si mí padre supiera dónde estoy!

Creo que hablan.)

V Í C T O R H U G O

90

MAGDALENA. -¿Sabes lo que estoy

pensando?

SALTABADIL. -No lo sé.

MAGDALENA. -A ver si lo aciertas.

SALTABADIL. -No estoy ahora para

acertijos.

MAGDALENA. -Pues pienso que ese joven

es un buen ,mozo,

que se ha enamorado de mí según parece, y

que, confiado en nuestra hospitalidad, se ha

dormido. ¡No le matemos!

BLANCA. -(¡Cielos! ¡Qué oigo!)

SALTABADIL. (Sacando del baúl un saco de lona

y dándoselo a su hermana.) -Recose en seguida ese saco.

MAGDALENA. -¿Para qué?

SALTABADIL. -Para meter en él el cadáver

de ese buen mozo y echarlo al río.

MAGDALENA. -Pero...

SALTABADIL. -Si yo hiciera caso de ti no

mataríamos a nadie; compón el saco.

BLANCA. -(Vaya un par de demonios.)

MAGDALENA. (Cosiendo el saco.) -Te

obedeceré, pero hablemos.

SALTABADIL. -Hablemos.

MAGDALENA. -¿Odias a ese caballero?

SALTABADIL. -No; es capitán, y yo aprecio

mucho a los hombres de espada, porque a ellos

pertenezco.

E L R E Y S E D I V I E R T E

91

MAGDALENA. -Pues es una necedad matar

a un gallardo mozo por dar gusto a un repugnante

jorobado.

SALTABADIL. -Pero he recibido del

jorobado por matar al buen mozo diez escudos de

oro a toca teja, y recibiré otros diez cuando le

entregue el cadáver.

MAGDALENA. -Pues puedes matar al

jorobado cuando te venga a traer los otros diez

escudos, y te sale la misma cuenta.

BLANCA. -(¡Pobre padre mío!)

MAGDALENA-¿No te parece bien?

SALTABADIL. -¿Me tomas por algún

bandido o por algún ladrón, que quieres que mate al

cliente que me paga?

MAGDALENA. -Pues mete en el saco ese

haz de leña que hay ahí, y como está oscuro, el

jorobado creerá que encierra el cadáver.

SALTABADIL. -Eso es un disparate. No se lo

puedo hacer creer.

MAGDALENA. -Quiero que le perdones.

SALTABADIL. -Pues es preciso que muera.

MAGDALENA. -Pues no morirá, porque le

despertaré y se fugará.

BLANCA. -(¡Tiene buen corazón!)

SALTABADIL-¿Y los diez escudos de oro?

MAGDALENA. -Eso es verdad.

SALTABADIL-No seas niña y déjame obrar.

MAGDALENA. -¡Quiero salvarle!

V Í C T O R H U G O

92

Se coloca resuelta al pie de la escalera para cerrar el paso a su

hermano, que, vencido por esta resistencia, vuelve al proscenio,

como tratando de encontrar un medio de conciliar todo.

SALTABADIL. -El otro vendrá a medianoche

a buscarme. Si de aquí a entonces viene un viajero

cualquiera a pedirme posada, lo mato y lo meto en

el saco en vez del militar. Estando tan oscura la

noche, el jorobado no lo conocerá, y se dará por

satisfecho con echar al río un cuerpo muerto. Esto

es todo lo que puedo hacer por ti.

MAGDALENA. -Te lo agradezco; ¿pero

quién ha de venir a la posada en semejante noche?

SALTABADIL. -Pues no hay otro medio de

salvar al oficial.

BLANCA. -(¡Oh Dios! Sin duda queréis que

yo muera. No debo hacer tan cruel sacrificio por un

ingrato. ¡Oh Dios! No me impulséis a sacrificarme.)

Truena.

MAGDALENA. -Verás cómo no se atreve

nadie a pedirnos hospitalidad.

SALTABADIL. -Pues si no la pide nadie, no

puedo faltar a mi palabra.

BLANCA. -(Estoy por avisar a la ronda...,

¿pero dónde la he de encontrar? Y si la encontrara,

ese hombre denunciaría a mi padre.)

Suenan las doce menos cuarto.

E L R E Y S E D I V I E R T E

93

SALTABADIL. -Oyes? Ya está la hora muy

próxima..., no tengo tiempo que perder: sólo me

queda un cuarto de hora.

MAGDALENA. -Espera un momento más.

BLANCA. -(¡Esa mujer está llorando y yo la

puedo socorrer!... Ya que él no me ama... ¿Para qué

quiero vivir? ¡Moriré por él, pero eso es horrible!)

SALTABADIL. -No puedo esperar más.

BLANCA. -(¡Si supiera que me mataran sin

hacerme sufrir! ¡Oh, Dios mío!)

SALTABADIL. -Es preciso que suba ya.

BLANCA. -(¡Morir sin haber cumplido

dieciséis años! Es preciso, sin embargo...)

Llama a la puerta débilmente.

MAGDALENA. -Han llamado.

SALTABADIL. -Me parece que es el viento

que hace crujir el techo.

BLANCA vuelve a llamar.

MAGDALENA. -No, no, están llamando.

Corre a abrir el postigo y mira afuera.

SALTABADIL. -¡Es muy extraño!

V Í C T O R H U G O

94

MAGDALENA. -¿Quién es? Es un joven. (A

SALTABADIL.) BLANCA. -¿Puedo quedarme en

la posada esta noche? MAGDALENA. -Sí.

SALTABADIL. -Y dormirá bien.

BLANCA. -Abrid.

SALTABADIL. -Espera un instante. Dame el

puñal y lo afilaré un poco.

Le da el puñal, que lo afila en un hierro.

BLANCA. -(¡Gran Dios! ¡Afilan el arma

homicida!)

MAGDALENA. -¡Pobre joven! Llama a la

puerta de su tumba.

BLANCA. -(¡Estoy temblando! (Cayendo de

rodillas.) ¡Dios mío, al presentarme ante ti, perdono a

todos los que me han hecho daño; perdónales tú

también.... desde el rey, a quien amo y compadezco,

hasta ese demonio que me espera en la oscuridad

para asesinarme! Voy a morir por un ingrato.)

(Levantándose. Vuelve a llamar a la puerta.)

MAGDALENA. -Date prisa, que se cansa.

SALTABADIL. (Probando el filo en la mesa.) -Ya

está bien. Espera que me esconda detrás de la

puerta.

BLANCA. -(Oigo todo lo que dicen.)

MAGDALENA. -Espero la señal.

SALTABADIL. (Detrás de la puerta con el puñal

en la mano.) -Abre.

MAGDALENA. (Abriendo.) -Entrad.

E L R E Y S E D I V I E R T E

95

BLANCA. (Retrocede un paso.) -(¡Dios me

ampare!)

MAGDALENA. -Pasad adelante.

BLANCA. -(¡La hermana ayuda al hermano!

¡Perdónales, Dios, Y tú perdóname, padre mío!)

Entra y se ve a SALTABADIL levantar la mano con el

puñal.

Telón rápido.

FIN DEL ACTO CUARTO

V Í C T O R H U G O

96

Acto quinto

Triboulet

Escena primera

TRIBOULET

Avanza lentamente por el foro embozado en la capa. Ha

cesado la lluvia y va alejándose la tempestad. De vez en

cuando relampaguea y truena.

Por fin voy a vengarme; quizá me habré vengado

ya. Pronto hará un mes que espero y que espío,

representando mi papel de bufón, devorando mi

rabia interior y llorando lágrimas de sangre detrás de

mi máscara burlona. Ésta es la puerta..., por aquí lo

deben sacar..., pero aún no debe ser hora. (Truena.)

Noche es ésta horrible, y horrible misterio el que

oculta una tempestad en el cielo y un asesinato en la

tierra; ¡mi cólera esta noche relampaguea como la de

Dios!... Inmolo a un rey, del que dependen veinte

E L R E Y S E D I V I E R T E

97

reyes, un rey que mantiene el peso del mundo

entero, y que se conmoverá en cuanto el rey no

exista. Cuando prive a Europa del equilibrio,

cuando eche al río el cadáver del rey, la Europa se

desquiciará. Si Dios mañana preguntase a la tierra:

«¿Qué volcán acaba de abrir el cráter? ¿Quién agita

al cristiano y al turco? ¿A Clemente, a Doria, a

Carlos V y a Solimán? ¿Qué César, qué guerrero,

qué apóstol mueve las naciones a la lucha?» La tierra

contestaría: «¡Triboulet!» La venganza de un loco va

a hacer oscilar al mundo.

Pausa. Dan las doce en un reloj lejano.

¡Las doce!

Corre a la puerta y llama.

UNA VOZ. (Dentro.) -¿Quién es?

TRIBOULET. -Yo.

LA VOZ. -Bien.

Ábrese el tablero de bajo de la puerta.

TRIBOULET. -Vamos pronto.

LA VOZ. -No entréis.

SALTABADIL sale arrastrándose por la abertura inferior

de la puerta, y por ella arrastra algo pesado y metido en un

saco, que apenas se distingue en la oscuridad.

V Í C T O R H U G O

98

Escena II

TRIBOULET y SALTABADIL

SALTABADIL. -Pesa mucho. Ayudadme.

TRIBOULET, agitado por alegría convulsiva, le ayuda a

llevar el saco, que al parecer contiene un cadáver.

Vuestro enemigo está metido en el saco.

TRIBOULET. -¡Quiero verlo! ¡Traed una luz!

SALTABADIL. -Eso no.

TRIBOULET. -¿Temes que alguien nos vea?

SALTABADIL-Los arqueros y los vigilantes

nocturnos: ya estamos haciendo bastante ruido....

vengan los diez escudos.

TRIBOULET. -Toma. (Entregándole un bolsillo.)

La venganza tiene momentos de verdadera fruición.

SALTABADIL. -¿Queréis que os ayude a

arrojarlo al Sena? TRIBOULET. -No; para eso

no necesito ayuda.

SALTABADIL. -Pero entre los dos lo haríamos

más pronto. TRIBOULET. -El enemigo muerto

que se lleva arrastrando pesa poco.

SALTABADIL. -¡Como queráis! Despachad

pronto y buenas noches.

Entra y cierra la puerta.

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99

Escena III

TRIBOULET

contemplando fijamente el saco

Aquí está!... Muerto. Quisiera verlo; pero es

igual; lo reconozco al través del saco, al ver sus

espuelas que atraviesan la lona. (Se endereza y pone el

pie encima del saco.) Ahora puedo decir al mundo: Yo

soy un bufón y éste es un rey; míralo a mis pies; un

saco le sirve de sudario y el Sena le servirá de

sepulcro. ¿Quién ha conseguido esta victoria? Yo,

yo solo. ¡Pobre hija mía, ya está vengada! Tenía sed

de derramar su sangre.(Inclinándose sobre el cadáver.)

¡Eres un malvado que me robaste mi hija, que valía

más que tu corona y que no había hecho daño a

nadie! No te agradezco que me la devolvieras,

porque la trajiste a mis brazos deshonrada. Ahora,

en cambio, rey de la crápula, soy yo el que te venga,

ahora soy yo el que se ríe. Aparenté olvidarlo todo,

y creías que no recordaba nada; pero en la lucha que

provocaste entre el débil y el fuerte, el vencedor ha

sido el débil, y el que te lamía los pies es ahora el

que te roe el corazón. ¡Cómo gozaría yo si él

pudiera oír lo que le digo! (Inclinándose hacia el saco.)

¿Me oyes? ¡Te aborrezco! Prueba a ver si en la

profundidad del río donde te vas a

hundirencuentras alguna corriente que te arrastre

hasta tu palacio. ¡Rey Francisco, al agua!

V Í C T O R H U G O

100

Tira del saco por un extremo y lo arrastra hasta la orilla del

agua. Al dejarlo en el parapeto se entreabre la puerta baja de

la casa. MAGDALENA, con precaución, mira a su

alrededor; después vuelve a entrar en la casa y reaparece en

seguida con el REY, al que indica por señas que no hay

nadie en la playa y que puede marcharse. MAGDALENA

vuelve a cerrar la puerta y el REY atraviesa la playa en la

dirección que ésta le indicó. En este instante TRIBOULET

se dispone a arrojar el saco al Sena.

TRIBOULET. -Al agua.

REY. (Cantando por el foro.)

«La mujer es movible

cual pluma al viento...»

TRIBOULET. (Estremeciéndose.) -¡Cielos! ¡Esa

voz!

Escucha y se espanta. El REY ha desaparecido, pero se le

oye cantar a lo lejos.

REY. (Cantando.)

«¡Ay del que en ella fija

su pensamiento!...»

TRIBOULET. -¡Maldición! ¡No es él el cadáver

que encierra el saco! ¡Alguien le protegió y se

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101

escapa! ¡Me ha engañado ese bandido! ¿A qué

inocente habrá asesinado por él?

Desgarra el lienzo con el puñal y mira con ansiedad.

¡Esta horrible oscuridad me impide ver!

¡Esperaré la luz de un relámpago!

Queda un instante con la vista fija en el saco entreabierto.

Escena IV

TRIBOULET y BLANCA

TRIBOULET. (Brilla un relámpago y retrocede.) -¡Mi

hija! ¡Condenación! ¡Es mi hija! ¡Tengo la mano

manchada con la sangre caliente de mi hija! ¡Esto es

una visión aterradora, un prodigio horrible; esto no

puede ser, esto es imposible! Blanca debe

encontrarse a estas horas en Evreux.

Cae de rodillas cerca del cuerpo de su hija, y un segundo

relámpago se la hace reconocer.

¡Es ella! No puedo dudarlo; ¡es ella! ¡La han

asesinado esos bandidos!

BLANCA. (Reanimándose al oír los gritos de su padre

y entreabriendo los ojos con desfallecimiento.) -¿Quién me

llama?

V Í C T O R H U G O

102

TRIBOULET. -¡Habla! ¡Se mueve! ¡Aún late su

corazón! ¡Vive aún, Dios mío!

BLANCA. (Incorporándose un poco.) -¿Dónde

estoy?

TRIBOULET. (Abrazándola.) -Hija mía, mi

único bien en la tierra, ¿reconoces mi voz? ¿Me

oyes?

BLANCA. -¡Padre mío!

TRIBOULET. -¿Qué te han hecho? ¿Has sido

víctima de algún misterio infernal? Temo hacerte

daño si te toco; ¿estás herida?

BLANCA. -El puñal indudablemente me ha

tocado en el corazón.... porque allí lo he sentido.

TRIBOULET. -¿Quién te ha dado esa puñalada

cruel?

BLANCA. -Yo sola tengo la culpa..., os he

engañado..., le adoraba... y muero... por él.

TRIBOULET. -¡Has caído en las redes de mi

propia venganza! ¡Eso es que Dios me castiga!

¿Cómo ha sido eso? Dímelo, hija mía.

BLANCA. (Moribunda.) -No me hagáis hablar...

TRIBOULET. (Besándola.) -Perdóname.... ¡pero

perderte sin saber cómo! ¡Oh, tu cabeza se

desploma!...

BLANCA. -¡Me ahogo!

TRIBOULET. (Levantándola con angustia.) -

Blanca, hija mía, no te mueras. (Gritando con

desesperación.) ¡Socorro! ¡Socorro! ¡No hay nadie aquí

y van a dejar que se muera de este modo mi hija!...

¡Socorro! ¡Socorro! ¡Esa casa es una tumba!

E L R E Y S E D I V I E R T E

103

BLANCA agoniza.

¡Oh, no te mueras, hija mía! Si tú me faltas, nada

me queda ya en el mundo.

BLANCA. -¡Oh!

TRIBOULET. -Quizá mi brazo te está

lastimando; déjame mudar de postura. ¿Estás así

mejor? Procura respirar hasta que venga alguien a

asistirnos... ¡Nadie nos socorre!

BLANCA. (Con voz extinguida.) -Padre mío,

perdonadle... ¡Adiós!

Le cae la cabeza sobre el pecho.

TRIBOULET. (Mesándose los cabellos.) -¡Está

expirando! (Corre a la campana y la sacude con furor.)

¡Socorro! ¡Asesinos! ¡Fuego! (Volviendo hacia donde

está BLANCA.) Procura, hija mía, pronunciar una

palabra, una sola; háblame, por piedad. ¡Dios mío,

no he de volver ya a oír su voz!

Van acudiendo gentes del pueblo con hachas encendidas.

El Señor no tuvo piedad de mí cuando me

concedió la felicidad de poseerte; ¿por qué no te

arrebató de la vida antes de darme a conocer la

belleza de tu alma? ¿Por qué en la niñez no te llevó

al cielo para que acompañases a los otros ángeles?

¡Hija mía!

V Í C T O R H U G O

104

Escena V

Dichos, hombres y mujeres del pueblo

UNA MUJER. -Su dolor me llega al alma.

TRIBOULET. (Volviéndose.) -¿Ahora venís? ¡A

buen tiempo llegáis!

Agarra del cuello a un carretero que lleva la fusta en la

mano.

¿Debes tener carro y caballos?

EL CARRETERO. -Sí. (¡Está furioso!)

TRIBOULET. -Pues bien; cógeme la cabeza y

ponla debajo de las ruedas. (Volviéndose hacia

BLANCA.) ¡Hija mía!

HOMBRE. -Este asesinato desespera a un padre

infeliz; separémoslos.

Quieren separar a TRIBOULET de su hija; éste se resiste.

TRIBOULET. -No os empeñéis; quiero

quedarme aquí; quiero verla. No os he hecho

ningún daño para que queráis quitármela; no os

conozco. (A una mujer.) Señora, vos que sois buena,

tan buena que lloráis conmigo, decidles que no me

separen de mi hija.

Intercede la mujer y TRIBOULET vuelve al lado de

BLANCA, cayendo de rodillas ante el cadáver.

E L R E Y S E D I V I E R T E

105

¡De rodillas, de rodillas, miserable, y muere a su

lado!

MUJER. -Tranquilizaos, buen hombre; si gritáis

tanto, os echarán de aquí.

TRIBOULET. -No, no, dejadme. (Cogiendo a

BLANCA en sus brazos.) Creo que respira aún y que

me necesita. Id en seguida a pedir socorro en la

ciudad; dejadla en mis brazos y yo me quedaré

tranquilo. Pero no; está muerta: ¡tan hermosa y

muerta! No, no. Dadme algo para secar su frente...

Sus labios aún están sonrosados... Cuando era

pequeña era rubia, y la tenía yo en brazos como

ahora; y cuando se despertaba era un ángel... Yo no

le parecía repugnante y se sonreía mirándome con

sus ojos divinos, mientras yo le besaba las dos

manos. No está muerta, está durmiendo y pronto la

veréis abrir los ojos. Ya estáis viendo que hablo con

mucho juicio, que estoy tranquilo, que no ofendo a

nadie; y ya que no hago nada de lo que me prohibís,

bien podéis dejar que contemple a mi hija. No tiene

ni una arruga en la frente. Ya he conseguido

calentar sus manos entre las mías. Venid aquí,

tocádselas y os convenceréis.

Entra un MÉDICO.

MUJER. -Ahí tenéis a un cirujano.

V Í C T O R H U G O

106

TRIBOULET. (Al MÉDICO, que se acerca.) -

Venid, examinadla, que yo no lo impediré. ¿Verdad

que no está más que desmayada?

EL MÉDICO. (Reconociendo a BLANCA.) -Está

muerta.

TRIBOULET. -¡Muerta!

MÉDICO. -Tiene en el costado izquierdo una

herida muy profunda, y la sangre la ha muerto,

ahogándola.

TRIBOULET. (Con desesperación.) -¡He matado a

mi hija! ¡He matado a mi hija!

Cae al suelo sin sentido.

FIN DE El Rey se divierte

El sabio no dice lo que sabe, y el necio no sabe lo que dice.

Si los hombres han nacido con dos ojos, dos orejas y una sola lengua es porque se debe escuchar y mirar dos veces antes de hablar

Lo que importa verdaderamente en la vida no son los objetivos que nos marcamos, sino los caminos que seguimos para lograrlo.

Hay dos cosas que son infinitas: el universo y la estupidez humana; de la primera no estoy muy seguro.

Hay dos cosas que son infinitas: el universo y la estupidez humana; de la primera no estoy muy seguro.

El nacimiento y la muerte no son dos estados distintos, sino dos aspectos del mismo estado

Las personas son como la Luna. Siempre tienen un lado oscuro que no enseñan a nadie.

Las conversaciones son siempre peligrosas si se tiene algo que ocultar

El saber y la razón hablan, la ignorancia y el error gritan.

Todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de mofa

Algunas personas son tan falsas que ya no distinguen que lo que piensan es justamente lo contrario de lo que dicen.

Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no escucha.


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