venmarktec - Entremeses

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Miguel Cervantes

 

ENTREMESES

 

Prólogo al lector

No puedo dejar, lector carísimo, de suplicarte me perdones si vieres que en este

prólogo salgo algún tanto de mi acostumbrada modestia. Los días pasados me hallé en

una conversación de amigos, donde se trató de comedias y de las cosas a ellas

concernientes, y de tal mane ra las sutilizaron y atildaron que, a mi parecer, vinieron a

quedar en punto de toda perfección. Trató se también de quién fue el primero que en

España las sacó de mantillas y las puso en toldo y vistió de gala y apariencia; yo, como el

más viejo que allí estaba, dije que me acordaba de haber visto representar al gran Lope de

Rueda, varón insigne en la representación y en el entendimiento. Fue natural de Sevilla y

de oficio batihoja, que quiere decir de los que hacen panes de oro; fue admirable en la

poesía pastoril, y en este modo, ni entonces ni después acá ninguno le ha llevado ventaja;

y aunque por ser muchacho yo entonces, no podía hacer juicio firme de la bondad de sus

versos, por algunos que me quedaron en la memoria, vistos ahora en la edad madura que

tengo, hallo ser verdad lo que he dicho; y si no fuera por no salir del propósito del

prólogo, pusiera aquí algunos que acreditaran esta verdad. En el tiempo de este célebre

español, todos los aparatos de un autor de comedias se encerraban en un costal y se

cifraban en cuatro pellicos blancos guarnecidos de guadamecí dorado y en cuatro barbas

y cabelleras y cuatro cayados, poco más o menos. Las comedias eran unos coloquios

como églogas, entre dos o tres pastores y alguna pastora; aderezábanlas y dilatábanlas

con dos o tres entremeses, ya de negra, ya de rufián, ya de bobo o ya de vizcaíno: que

todas estas cuatro figuras y otras muchas hacía el tal Lope con la mayor excelenc ia y

propiedad que pudiera imaginarse. No había en aquel tiempo tramoyas, ni desafibs de

moros y cristianos, a pie ni a caballo; no había figura que saliese o pareciese salir del

centro de la tierra por lo hueco del teatro, al cual componían cuatro bancos en cuadro y

cuatro o seis tablas encima, con que se levantaba del suelo cuatro palmos; ni menos

bajaban del cielo nubes con ángeles o con almas. El adorno del teatro era una

manta vieja, tirada con dos cordeles de una parte a otra, que hacía lo que llaman

vestuario, detrás de la cual estaban los músicos, cantando sin guitarra algún romance

antiguo. Murió Lope de Rueda, y por hombre excelente y famoso le enterraron en la

iglesia mayor de Córdoba (donde murió), entre los dos coros, donde también está

enterrado aquel famoso loco Luis López.

Sucedió a Lope de Rueda, Navarro, natural de Toledo, el cual fue famoso en hacer

la figura de un rufián cobarde; éste levantó algún tanto más el adorno de las comedias y

mudó el costal de vestidos en cofres y en baúles; sacó la música, que antes cantaba detrás

de la manta, al teatro público; quitó las barbas de los farsantes, que hasta entonces

ninguno representaba sin barba postiza, e hizo que todos representasen a cureña rasa, si

no eran los que habían de representar los viejos u otras figuras que pidiesen mudanza de

rostro; inventó tramo yas, nubes, truenos y relámpagos, desafios y batallas; pero esto no

llegó al sublime punto en que está ahora.

Y esto es verdad que no se me puede contradecir, y aquí entra el salir yo de los

límites de mi llaneza: que se vieron en los teatros de Madrid representar Los tratos de

Argel, que yo compuse; La destruc ción de Numancia y La batalla naval, donde me atreví

a reducir las comedias a tres jornadas, de cinco que tenían; mostré o, por mejor decir, fui

el primero que representase las imaginaciones y los pensamientos escondidos del alma,

sacando figuras morales al teatro, con general y gustoso aplauso de los oyentes; compuse

en este tiempo hasta veinte comedias o treinta, que todas ellas se recitaron sin que se les

ofreciese ofrenda de pepinos ni de otra cosa arrojadiza: corrieron su carrera sin silbos,

gritas ni baraúndas. Tuve otras cosas en que ocuparme; dejé la pluma y las comedias, y

entró luego el monstruo de naturaleza, el gran Lope de Vega, y alzóse con la monarquía

cómica. Avasalló y puso debajo de su jurisdicción a todos los farsantes; llenó el mundo

de comedias propias, felices y bien razonadas, y tantas que pasan de diez mil pliegos los

que tiene escritos, y todas, que es una de las mayores cosas que puede decirse, las ha

visto representar u oído decir por lo menos que se han representado; y si algunos, que hay

muchos, no han querido entrar a la parte y gloria de sus trabajos, todos juntos no llegan

en lo que han escrito a la mitad de lo que él solo.

Pero no por esto, pues no lo concede Dios todo a todos, dejen de tener en precio los

trabajos del doctor Ramón, que fueron los más después del gran Lope; estímense las

trazas artificiosas en todo extremo del lincenciado Miguel Sánchez; la gravedad del

doctor Mira de Amescua, honra singular de nuestra nación; la discreción e innumerables

conceptos del canónigo Tárraga; la suavidad y dulzura de don Guillén de Castro; la

agudeza de Aguilar; el rumbo, el tropel, el boato, la grandeza de las comedias de Luis

Vélez de Guevara, y las que ahora están en jerga del agudo ingenio de don Antonio de

Galarza, y las que prometen Las fullerías de amor, de Gaspar de Avila: que todos estos y

otros algunos han ayudado a llevar esta gran máquina al gran Lope.

Algunos años ha que volví yo a mi antigua ociosidad, y pensando que aún duraban

los siglos donde corrían mis alabanzas, volví a componer algunas comedias; pero no hallé

pájaros en los nidos de antaño; quiero decir que no hallé autor que me las pidiese, puesto

que sabían que las tenía, y así las arrinconé en un cofre y las consagré y condené al

perpetuo silencio. En esta sazón me dijo un librero que él me las comprara si un autor de

título no le hubiera dicho que de mi prosa se podía esperar mucho, pero que del verso

nada; y si voy a decir la verdad, cierto que me dio pesadumbre el oírlo y dije entre mí: «O

yo me he mudado en otro, o los tiempos se han mejorado mucho; sucediendo siempre al

revés, pues siempre se alaban los pasados tiempos.» Tomé a pasar los ojos por mis

comedias y por algunos entremeses míos que con ellas estaban arrinconados, y vi no ser

tan malas ni tan malos que no mereciesen salir de las tinieblas del ingenio de aquel autor

a la luz de otros autores menos escrupulosos y más ent endidos. Aburríme y vendíselas al

tal librero, que las ha puesto en la estampa como aquí te las ofrece; él me las pagó

razonablemente; yo cogí mi dinero con suavidad, sin tener cuenta con dimes ni diretes de

recitante s. Querría que fuesen las mejores del mundo, o a lo menos razonables; tú lo

verás, lector mío, y si hallares que tienen alguna cosa buena, en topando a aquel mi

maldiciente autor, dile que se enmiende, pues yo no ofendo a nadie, y que advierta que no

tienen necedades patentes y descubiertas, y que el verso es el mismo que piden las

comedias, que ha de ser, de los tres estilos, el ínfimo, y el que el lenguaje de los

entremeses es propio de las figuras que en ellos se introducen, y que para enmienda de

todo esto le ofrezco una comedia que estoy componiendo y la intitulo El engaño a los

ojos, que, si no me engaño, le ha de dar contento. Y con esto, Dios te dé salud y a mí

paciencia.

Dedicatoria at Conde de Lemos

Ahora se agoste o no el jardín de mi corto ingenio, que los frutos que él ofreciere,

en cualquier sazón que sea, han de ser de V. E., a quien ofrezco el de estas comedias y

entremeses, no tan desabridos, a mi parecer, que no puedan dar algún gusto; y si alguna

cosa llevan razonable es que no van manoseados ni han salido al teatro, merced a los

farsantes que, de puro discretos, no se ocupan sino en obras grandes y de graves autores,

puesto que tal vez se engañan. Don Quiote de la Mancha queda calzadas las espuelas en

su segunda parte para ir a besar los pies a V. E. Creo que llegará quejoso, porque en

Tarragona le han asendereado y malparado; aunque, por sí o por no, lleva información

hecha de que no es él el contenido en aquella historia, sino otro supuesto, que quiso ser él

y no acertó a serlo. Luego irá el gran Persiles, y luego Las semanas del jardín, y luego la

segunda parte de La Galatea, si tanta carga pueden llevar mis ancianos hombros; y luego

y siempre irán las muestras del deseo que tengo de servir a V. E., como a mi verdadero

señor, y firme y verdadero amparo, cuya persona, etc.

Criado de V. Exc.

Miguel de Cervantes Saavedra

Entremés del Juez de los divorcios

(Sale EL JUEZ, y otros dos con él, que son ESCRIBANO y PROCURADOR, y siéntase en una

silla; salen EL VEJETE Y MARIANA, su mujer.)

MARIANA. Aun bien que está ya el señor juez de los divorcios sentado en la silla

de su audiencia. Desta vez tengo de quedar dentro o fuera; desta vegada tengo de quedar

libre de pedido y alcabala, como el gavilán.

VEJETE. Por amor de Dios, Mariana, que no almodonees tanto tu negocio; habla

paso, por la pasión que Dios pasó; mira que tienes atro nada a toda la vecindad con tus

gritos; y, pues tienes delante al señor juez, con menos voces le puedes informar de tu

justicia.

JUEZ. ¿Qué pendencia traéis, buena gente?

MARIANA. Señor, ¡divorcio, divorcio, y más divorcio, y otras mil veces divorcio!

JUEZ. ¿De quién, o por qué, señora?

MARIANA. ¿De quién? Deste viejo, que está presente.

JUEZ. ¿Por qué?

MARIANA. Porque no puedo sufrir sus impertinencias, ni estar contino atenta a

curar todas sus enfermedades, que son sin número; y no me criaron a mí mis padres para

ser hospitalera ni enfermera. Muy buen dote llevé al poder desta espuerta de huesos, que

me tiene consumidos los días de la vida; cuando entré en su poder, me relumbraba la cara

como un espejo, y agora la tengo con una vara de frisa encima. Vue sa merced, señor

juez, me descase, si no quiere que me ahorque; mire, mire los surcos que tengo por este

rostro, de las lágrimas que derramo cada día, por vernie casada con esta anotomía.

JUEZ. No lloréis, señora; bajad la voz y enjugad las lágrimas, que yo os haré

justicia.

MARIANA. Déjeme vuesa merced llorar, que con esto descanso. En los reinos y en

las repúblicas bien ordenadas, había de ser limitado el tiempo de los matrimonios, y de

tres en tres años se habían de deshacer, o confirmarse de nuevo, como cosas de

arrendamiento, y no que hayan de durar toda la vida, con perpetuo dolor de entrambas

partes.

JUEZ. Si ese arbitrio se pudiera o debiera poner en prática, y por dineros, ya se

hubiera hecho; pero especificad más, señora, las ocasio nes que os mueven a pedir

divorcio.

MARIANA. El ivierno de mi marido, y la primavera de mi edad; el quitarme el

sueño, por levantarme a media noche a calentar paños y saquillos de salvado para ponerle

en la ijada; el ponerle, ora aquesto, ora aquella ligadura, que ligado le vea yo a un palo

por justicia; el cuidado que tengo de ponerle de noche alta cabecera de la cama, jarabes

lenitivos, porque no se ahogue del pecho; y el estar obligada a sufrirle el mal olor de la

boca, que le güele mal a tres tiros de arcabuz.

ESCRIBANO. Debe de ser alguna muela podrida.

VEJETE. No puede ser, porque lleve el diablo la muela ni diente que tengo en toda

ella.

PROCURADOR. Pues ley hay que dice, según he oído decir, que por sólo el mal

olor de la boca se puede descasar la mujer del marido, y el marido de la mujer.

VEJETE. En verdad, señores, que el mal aliento que ella dice que tengo, no se

engendra de mis podridas muelas, pues no las tengo, ni menos procede de mi estómago,

que está sanísimo, sino desa mala intención de su pecho. Mal conocen vuesas mercedes a

esta señora; pues a fe que, si la conociesen, que la ayunarían o la santiguarían. Veinte y

dos años ha que vivo con ella mártir, sin haber sido jamás confesor de sus insolencias, de

sus voces y de sus fantasías, y ya va para dos años que cada día me va dando vaivenes y

empujones hacia la sepultura, a cuyas voces me tiene medio sordo, y, a puro reñir, sin

juicio. Si me cura, como ella dice, cúrame a regañadientes; habiendo de ser suave la

mano y la condición del médico. En resolución, señores, yo soy el que muero en su

poder, y ella es la que vive en el mío, porque es señora, con mero mixto imperio, de la

hacienda que tengo.

MARIANA. ¿Hacienda vuestra? Y ¿qué hacienda tenéis vos, que no la hayáis

ganado con la que llevaste s en mi dote? Y son mío la mitad de los bienes gananciales,

mal que os pese; y dellos y de la dote, si me muriese agora, no os dejaría valor de un

maravedí, porque veáis el amor que os tengo.

JUEZ. Decid, señor: cuando entrastes en poder de vuestra mujer, ¿no entrastes

gallardo, sano, y bien acondicionado?

VEJETE. Ya he dicho que ha veinte y dos años que entré en su poder, como quien

entra en el de un cómitre calabrés a remar en gale ras de por fuerza, y entré tan sano, que

podía decir y hacer como quien juega a las pintas.

MARIANA. Cedacico nuevo, tres días en estaca.

JUEZ. Callad, callad, nora en tal, mujer de bien, y andad con Dios; que yo no hallo

causa para descasaros; y, pues comistes las maduras, gustad de las duras; que no está

obligado ningún marido a tener la velocidad y corrida del tiempo, que no pase por su

puerta y por sus días; y descontad los malos que ahora os da, con los buenos que os dio

cuando pudo; y no repliquéis más palabra.

VEJETE. Si fuese posible, recebiría gran merced que vuesa merced me la hiciese de

despenarme, alzándome esta carcelería; porque, dejándome así, habiendo ya llegado a

este rompimiento, será de nuevo entregarme al verdugo que me martirice; y si no,

hagamos una cosa:

enciérrese ella en un monesterio, y yo en otro; partamos la hacienda, y desta suerte

podremos vivir en paz y en servicio de Dios lo que nos queda de la vida.

MARIANA. ¡Malos años! ¡Bonica soy yo para estar encerrada! No sino llegaos a la

niña, que es amiga de redes, de tornos, rejas y escuchas; encerraos vos que lo podréis

llevar y sufrir, que ni tenéis ojos con qué ver, ni oídos con qué oír, ni pies con qué andar,

ni mano con qué tocar: que yo, que estoy sana, y con todos mis cinco sentidos cabales y

vivos, quiero usar dello s a la descubierta, y no por brújula, como quínola dudosa.

ESCRIBANO. Libre es la mujer.

PROCURADOR. Y prudente el marido; pero no puede más.

JUEZ. Pues yo no puedo hacer este divorcio, quia nullam invenio causam.

(Entra UN SOLDADO bien aderezado, y su mujer DOÑA GUIOMAR.)

GUIOMAR. ¡ Bendito sea Dios!, que se me ha cumplido el deseo que tenía de

yerme ante la presencia de vuesa merced, a quien suplico, cuando encarecidamente

puedo, sea servido de descasarme déste.

JUEZ. ¿Qué cosa es déste? ¿No tiene otro nombre? Bien fuera que dijérades

siquiera: «deste hombre». GUIOMAR. Si él fuera hombre, no procurara yo descasarme.

JUEZ. Pues ¿qué es?

GUIOMAR. Un leño.

SOLDADO. [Aparte.] Por Dios, que he de ser leño en callar y en sufrir. Quizá con

no defenderme ni contradecir a esta mujer, el juez se inclinará a condenarme; y, pensando

que me castiga, me sacará de cautiverio, como si por milagro se librase un cautivo de las

mazmorras de Tetuán.

PROCURADOR. Hablad más comedido, señora, y relatad vuestro negocio, sin

improperios de vuestro marido, que el señor juez de los divorcios, que está delante,

mirará rectamente por vuestra justicia.

GUIOMAR. Pues ¿no quieren vuesas mercedes que llame leño a una estatua, que

no tiene más acciones que un madero?

MARIANA. Ésta y yo nos quejamos sin duda de un mismo agravio.

GUIOMAR. Digo, en fin, señor mio, que a mí me casaron con este hombre, ya que

quiere vuesa merced que así lo llame, pero no es este hombre con quien yo me casé.

JUEZ. ¿Cómo es eso?, que no os entiendo.

GUIOMAR. Quiero decir, que pensé que me casaba con un hombre moliente y

corriente, y a pocos días me hallé que me había casado con un leño, como tengo dicho;

porque él no sabe cuál es su mano derecha, ni busca medios ni trazas para granjear un

real con que ayude a sustentar su casa y familia. Las mañanas se le pasan en oír misa y en

estarse en la puerta de Guadalajara murmurando, sabiendo nuevas, diciendo y

escuchando mentiras; y las tardes, y aun las mañanas también, se va de casa en casa de

juego, y allí sirve de número a los mirones, que, según he oído decir, es un género de

gente a quien aborrecen en todo estremo los gariteros. A las dos de la tarde viene a

comer, sin que le hayan dado un real de barato, porque ya no se usa el darlo; vuélvese a

ir; vuelve a media noche; cena si lo halla; y si no, santíguase, bosteza y acuéstase; y en

toda la noche no sosiega, dando vueltas. Pregúntole qué tiene. Respóndeme que está

haciendo un soneto en la memoria para un amigo que se le ha pedido; y da en ser poeta,

como si fuese oficio con quien no estuviese vinculada la necesidad del mundo.

SOLDADO. Mi señora doña Guiomar, en todo cuanto ha dicho, no ha salido de los

límites de la razón; y, si yo no la tuviera en lo que hago, como ella la tiene en lo que dice,

ya había yo de haber procurado algún favor de palillos de aquí o de allí, y procurar

yerme, como se ven otros hombrecitos aguditos y bulliciosos, con una vara en las manos,

y sobre una mula de alquiler, pequeña, seca y maliciosa, sin mozo de mulas que le

acompañe, porque las tales mulas nunca se alquilan sino a faltas y cuando están de nones;

sus alforj itas a las ancas, en la una un cuello y una camisa, y en la otra su medio queso, y

su pan y su bota; sin añadir a los vestidos que trae de ita, para hacellos de camino, sino

unas polainas y una sola espuela; y, con una comisión y aun comezón en el seno, sale por

esa Puente Toledana raspahilando, a pesar de las malas mañas de la harona, y, a cabo de

pocos días, envía a su casa algún pernil de tocino y algunas varas de lienzo crudo; en fin,

de aquellas cosas que valen baratas en los lugares del distrito de su comisión, y con esto

sustenta su casa como el pecador mejor puede; pero yo, que, ni tengo oficio, ni beneficio,

no sé qué hacerme, porque no hay señor que quiera servirse de mí, porque soy casado; así

que me será forzoso suplicar a vuesa merced, señor juez, pues ya por pobres son tan enfa -

dosos los hidalgos, y mi mujer lo pide, que nos divida y aparte.

GUIOMAR. Y hay más en esto, señor juez: que, como yo veo que mi marido es tan

para poco, y que padece necesidad, muérome por remedialle, pero no puedo, porque, en

resolución, soy mujer de bien, y no tengo de hacer vileza.

SOLDADO. Por esto solo merecía ser querida esta mujer; pero, debajo deste

pundonor, tiene encubierta la más mala condición de la tierra; pide celos sin causa; grita

sin por qué; presume sin hacienda; y, como me ve pobre, no me estima en el baile del rey

Perico; y es lo peor, señor juez, que quiere que, a trueco de la fidelidad que me guar da, le

sufra y disimule millares de millares de impertinencias y desabrimientos que tiene.

GUIOMAR. ¿Pues no? ¿Y por qué no me habéis vos de guardar a mí decoro y

respeto, siendo tan buena como soy?

SOLDADO. Oid, señora doña Guiomar: aquí delante destos señores os quiero decir

esto: ¿Por qué me hacéis cargo de que sois buena, estando vos obligada a serlo, por ser de

tan bueno s padres nacida, por ser cristiana y por lo que debéis a vos misma? ¡Bueno es

que quieran las mujeres que las respeten sus maridos porque son castas y honestas; como

si en solo esto consistiese, de todo en todo, su perfección; y no echan de ver los

desaguaderos por donde desaguan la fineza de otras mil virtudes que les faltan! ¿Qué se

me da a mi que seáis casta con vos misma, puesto que se me da mucho, si os descuidáis

de que lo sea vuestra criada, y si andáis siempre rostrituerta, enojada, celosa, pensativa,

manirrota, dormilona, perezosa, pendenciera, gruñidora, con otras insolencias deste jaez,

que bastan a consumir las vidas de docientos maridos? Pero, con todo esto, digo, señor

juez, que ninguna cosa destas tiene mi señora doña Guiomar; y confieso que yo soy el

leño, el inhá bil, el dejado y el perezoso; y que, por ley de buen gobierno, aunque no sea

por otra cosa, está vuesa merced obligado a descasarnos; que desde aquí digo que no

tengo ninguna cosa que alegar contra lo que mi mujer ha dicho, y que doy el pleito por

concluso, y holgaré de ser condenado.

GUIOMAR. ¿Qué hay que alegar contra lo que tengo dicho? Que no me dais de

comer a mí, ni a vuestra criada, y monta que no son muchas, sino una, y aun esa

sietemesina, que no come por un grillo.

ESCRIBANO. Sosiéguense; que vienen nuevos demandantes.

(Entra uno vestido de médico, y es CIRUJANO; y ALDONZA DE MINJACA, su mujer.)

CIRUJANO. Por cuatro causas bien bastantes, vengo a pedir a vuesa merced, señor

juez, haga divorcio entre mí y la señora Aldonza de Minjaca, mi mujer, que está presente.

JUEZ. Resoluto venís; decid las cuatro causas.

CIRUJANO. La primera, porque no la puedo ver más que a todos los diablos; la

segunda, por lo que ella se sabe; la tercera, por lo que yo me callo; la cuarta, porque no

me lleven los demonios, cuando desta vida vaya, si he de durar en su compañía hasta mi

muerte.

PROCURADOR. Bastantísimamente ha probado su intención.

MINJACA. Señor juez, vuesa merced me oiga, y advierta que, si mi marido pide

por cuatro causas divorcio, yo le pido por cuatrocientas. La primera, porque, cada vez que

le veo, hago cuenta que veo al mismo Lucifer; la segunda, porque fui engañada cuando

con él me casé; porque él dijo que era médico de pulso, y remaneció cirujano, y hombre

que hace ligaduras y cura otras enfermedades, que va a decir desto a médico, la mitad del

justo precio; la tercera, porque tiene celos del sol que me toca; la cuarta, que, como no le

puedo ver, querría estar apartada dél dos millones de leguas.

ESCRIBANO. ¿Quién diablos acertará a concertar estos relojes, estando las ruedas

tan desconcertadas?

MINJACA. La quinta...

JUEZ. Señora, señora, si pensáis decir aquí todas la s cuatrocientas causas, yo no

estoy para escuchallas, ni hay lugar para ello; vuestro negocio se recibe a prueba, y andad

con Dios; que hay otros negocios que despachar.

CIRUJANO. ¿Qué más pruebas, sino que yo no quiero morir con ella, ni ella gusta

de vivir conmigo?

JUEZ. Si eso bastase para descasarse los casados, infinitísimos sacudirían de sus

hombros el yugo del matrimonio.

(Entran uno vestido de GANAPAN, con su caperuza cuarteada.)

GANAPAN. Señor juez: ganapán soy, no lo niego, pero cristiano viejo, y hombre

de bien a las derechas; y, si no fuese que alguna vez me tomo del vino, o él me toma a mí,

que es lo más cierto, ya hubiera sido prioste en la cofradía de los hermanos de la carga;

pero, dejando esto aparte, porque hay mucho que decir en ello, quiero que sepa el señor

juez que, estando una vez muy enfermo de los vaguidos de Baco, prometí de casarme con

una mujer errada. Volví en mí, sané, y cumplí la promesa, y caséme con una mujer que

saqué de pecado; púsela a ser placera; ha salido tan soberbia y de tan mala condición, que

nadie llega a su tabla con quien no riña, ora sobre el peso falto, ora sobre que le llegan a

la fruta, y a dos por tres les da con una pesa en la cabeza, o adonde topa, y los deshonra

hasta la cuarta generación, sin tener hora de paz con todas sus vecinas ya parleras; y yo

tengo de tener todo el día la espada más lista que un sacabuche, para defendella; y no

gana mos para pagar penas de pesos no maduros, ni de condenaciones de pendencias.

Querría, si vuesa merced fuese servido, o que me apartase della, o por lo menos le

mudase la condición acelerada que tiene en otra más reportada y más blanda; y prométole

a vuesa merced de descargalle de balde todo el carbón que comprare este verano; que

puedo mucho con los hermanos mercaderes de la costilla.

CIRUJANO. Ya conozco yo a la mujer deste buen hombre, y es tan mala como mi

Aldonza; que no lo puedo más encarecer.

JUEZ. Mirad, señores: aunque algunos de los que aquí estáis habéis dado algunas

causas que traen aparejada sentencia de divo rcio, con todo eso, es menester que conste

por escrito, y que lo digan testigos; y así, a todos os recibo a prueba. Pero ¿qué es esto?

¿Música y guitarras en mi audiencia? ¡Novedad grande es ésta!

(Entran dos músicos.)

Músicos. Señor juez, aquellos dos casados tan desavenidos que

vuesa merced concertó, redujo y apaciguó el otro día, están esperando

a vuesa merced con una gran fiesta en su casa; y por nosotros le envían

a suplicar sea servido de hallarse en ella y honrallos.

JUEZ. Eso haré yo de muy buena gana, y pluguiese a Dios que todos los presentes

se apaciguasen como ellos.

PROCURADOR. Desa manera, moriríamos de hambre los escribanos y

procuradores desta audiencia; que no, no, sino todo el mundo ponga demandas de

divorcios, que al cabo, al cabo, los más se quedan

como se estaban, y nosotros habemos gozado del fruto de sus pendencias y necedades.

MÚSICOS. Pues en verdad que desde aquí hemos de ir regocijando la fiesta.

(Cantan los músicos.)

«Entre casados de honor,

cuando hay pleito descubierto,

más vale el peor concierto

que no el divorcio mejor.

Donde no ciega el engaño

simple, en que algunos están,

las riñas de por San Juan

son paz para todo el año.

Resucita allí el honor,

y el gusto, que estaba muerto,

donde vale el peor concierto

más que el divorcio mejor.

Aunque la rabia de celos

es tan fuerte y rigurosa,

si los pide una hermosa,

no son celos, sino cielos.

Tiene esta opinión Amor,

que es el sabio más experto:

que vale el peor concierto

más que el divorcio mejor.

Entremés det Rufián viudo llamado Trampagos

(Sale TRAMPAGOS con un capuz de luto, y con él, VADEMÉCUM, su criado con dos

espadas de esgrima.)

TRAMPAGOS ¿Vademécum?

VADEMÉCUM ¿Señor?

TRAMPAGOS ¿Traes las morenas?

VADEMÉCUM Tráigolas.

TRAMPAGOS Está bien: muestra y camina,

Y saca aquí la silla de respaldo,

con los otros asientos de por casa.

VADEMÉCUM ¿Qué asientos? ¿Hay algunos por ventura?

TRAMPAGOS Saca el mortero, puerco, el broquel saca,

Y el banco de la cama.

VADEMÉCUM Está impedido;

Fáltale un pie.

TRAMPAGOS ¿Y es tacha?

¡Y no pequeña!

(Entrase VADEMÉCUM.)

TRAMPAGOS ¡Ah Pericona, Pericona mía,

Y aun de todo el concejo! En fin, llegóse 10

El tuyo: yo quedé, tú te has partido,

Y es lo peor que no imagino adónde;

Aunque, según fue el curso de tu vida,

Bien se puede creer piadosamente

Que estás en parte... aun no me determino 15

De señalarte asiento en la otra vida.

Tendréla yo, sin ti, como de muerte.

¡Que no me hallara yo a tu cabecera

Cuando diste el espíritu a los aire s,

Para que le acogiera entre mis labios, 20

Y en mi estómago limpio le envasara!

¡Miseria humana! ¿Quién de ti confia?

Ayer fui Pericona, hoy tierra fría,

Como dijo un poeta celebérrimo.

( Entra CHIQUIZNATE, rufián.)

CHIQUIZNATE Mi so Trampagos, ¿es posible sea 25

Voacé tan enemigo suyo,

Que se entumbe, se encubra y se trasponga

Debajo desa sombra bayetuna

El sol hampesco? So Trampagos, basta

Tanto gemir, tantos suspiros bastan; 30

Trueque voacé las lágrimas corrientes

En limosnas y en misas y oraciones

Por la gran Pericona, que Dios haya;

Que importan más que llantos y sollozos.

TRAMPAGOS Voacé ha garlado como un tólogo, 35

Mi señor Chiquiznaque; pero, en tanto

Que encarrilo mis cosas de otro modo,

Tome vuesa merced, y platiquemos

Una levada nueva.

CHIQUIZNATE So Trampagos,

No es éste tiempo de levadas: llueven 40

han de llover hoy pésames adunia,

¿hémonos de ocupar en levadicas?

(Entra VADEMÉCUM con la silla, muy vieja y rota.)

VADEMÉCUM ¡Bueno, por vida mía! Quien le quita

A mi señor de líneas y posturas,

Le quita de los días de la vida. 45

TRAMPAGOS Vuelve por el mortero y por el banco,

Y el broquel no se olvide, Vademécum.

VADEMÉCUM Y aun trairé el asador, sartén y platos.

(Vuélvese a entrar.)

TRAMPAGOS Después platicaremos una treta,

Única, a lo que creo, y peregrina;

Que el dolor de la muerte de mi ángel, 50

Las manos ata y el sentido todo.

CHIQUIZNAQUE ¿De qué edad acabó la mal lograda?

TRAMPAGOS Para con sus amigas y vecinas,

Treinta y dos años tuvo.

CHIQUIZNATE ¡Edad lozana! 55

TRAMPAGOS Si va a decir verdad, ella tenía

Cincuenta y seis; pero, de tal manera

Supo encubrir los años, que me admiro.

¡Oh, qué teñir de canas! Oh, qué rizos,

Vueltos de plata en oro los cabellos! 60

A seis del mes que viene hará quince años

Que fue mi tributaría, sin que en ellos

Me pusiese en pendencia ni en peligro

De yerme palmeadas las espaldas.

Quince cuaresmas, si en la cuenta acierto, 65

Pasaron por la pobre desde el día

Que fue mi cara, agradecida prenda,

En las cuales sin duda susurraron

A sus oídos treinta y más sermones,

Y en todos ellos, por respeto mío, 70

Estuvo firme, cual está a las olas

Del mar movible la inamovible roca.

¡Cuántas veces me dijo la pobreta,

Saliendo de los trances rigurosos

De gritos y plegarias y de ruegos, 75

Sudando y trasudando: «¡Plega al cielo,

Trampagos mío, que en descuento vaya

De mis pecados lo que aquí yo paso

Por ti, dulce bien mío!»

CHIQUIZNAQUE ¡Bravo triunfo!

¡Ejemplo raro de inmortal firmeza! 80

¡Allá lo habrá hallado!

TRAMPAGOS ¿Quién lo duda?

Ni aun una sola lágrima vertieron

Jamás sus ojos en las sacras pláticas,

Cual si de esparto o pedernal su alma

Formada fuera.

CHIQUIZNAQUE ¡Oh, hembra benemérita 85

De griegas y romanas alabanzas!

¿De qué murió?

TRAMPAGOS ¿De qué? Casi de nada:

Los médicos dijeron que tenía

Malos los hipocondrios y los hígados,

Y que con agua de taray pudiera 90

Vivir, si la bebiera, setenta años.

CHIQUIZNAQUE ¿No la bebió?

TRAMPAGOS Murióse.

CHIQUIZNAQUE Fue una necia.

¡Bebiérala hasta el día del juicio,

Que hasta entonces viviera! El yerro estuvo

En no hacerla sudar.

Sudó once veces 95

(Entra VADEMÉCUM con los asientos referidos.)

CHIQUIZNAQUE ¿Y aprovechóle alguna?

TRAMPAGOS Casi todas:

Siempre quedaba como un ginjo verde,

Sana como un peruétano o manzana.

CHIQUIZNAQUE Dícenme que tenía ciertas fuentes

En las piernas y brazos.

TRAMPAGOS La sin dicha 100

Era un Aranjüez; pero, con todo,

Hoy come en ella la que llaman tierra,

De las más blancas y hermosas carnes

Que jamás encerraron sus entrañas;

Y, si no fuera porque habrá dos años 105

Que comenzó a dañársele el aliento,

Era abrazarla como quien abraza

Un tiesto de albahaca o clavellinas.

CHIQUIZNAQUE Neguijón debió ser, o corrimiento,

El que dañó las perlas de su boca,

Quiero decir, sus dientes y sus muelas.

TRAMPAGOS Una mañana amaneció sin ellos.

VADEMÉCUM Así es verdad; mas fue deso la causa

Que anocheció sin ellos. De los finos,

Cinco acerté a contarle; de los falsos, 115

Doce disimulaba en la covacha.

TRAMPAGOS ¿Quién te mete a ti en esto, mentecato?

VADEMÉCUM Acredito verdades.

TRAMPAGOS Chiquiznaque,

Ya se me ha reducido a la memoria

La treta de denantes; toma, y vuelve 120

Al ademán primero.

VADEMÉCUM Pongan pausa

Y quédese la treta en ese punto,

Que acuden moscovitas al reclamo:

La Repulida viene y la Pizpita,

Y la Mostrenca, y el jayán Juan Claros. 125

TRAMPAGOS Vengan en hora buena: vengan ellos

En cien mil norabuenas.

(Entran LA REPULIDA, LA PIZPITA, LA MOSTRENCA, y el rufián JUAN

CLAROS.)

JUAN En las mismas

Esté mi sor Trampagos.

REPULIDA ¡Quiera el cielo

Mudar su escuridad en luz clarísima!

Desollado le viesen ya mis lumbres 130

De aquel pellejo lóbrego y escuro.

MOSTRENCA ¡Jesús, y qué fantasma noturnina!

Quítenmele delante.

VADEMÉCUM ¿Melindricos?

TRAMPAGOS Fuera yo un Polifemo, un antropófago,

Un troglodita, un bárbaro Zoílo, 135

Un caimán, un caribe, un comevivos,

Si de otra suerte me adomara, en tiempo

De tamaña desgracia.

JUAN Razón tiene.

TRAMPAGOS ¡He perdido una mina potosisca,

Un muro de la hiedra de mis faltas, 140

Un árbol de la sombra de mis ansias!

JUAN Era la Pericona un pozo de oro.

TRAMPAGOS Sentarse a prima noche, y, a las horas

Que se echa el golpe, hallarse con sesenta

Numos en cuartos, ¿por ventura es barro? 145

Pues todo esto perdí en la que ya pudre.

REPULIDA Confieso mi pecado: siempre tuve

Envidia a su no vista diligencia.

No puedo más; yo hago lo que puedo,

Pero no lo que quiero.

PIZPITA No te penes, 150

Pues vale más aquel que Dios ayuda,

Que el que mucho madruga: ya me entiendes.

VADEMÉCUM El refrán vino aquí como de molde;

¡Tal os dé Dios el sueño, mentecatas!

MOSTRENCA Nacidas somos; no hizo Dios a nadie 155

A quien desamparase. Poco valgo;

Pero, en fin, como y ceno, y a mi cuyo

Le traigo más vestido que un palmito.

Ninguna es fea, como tenga brios;

Feo es el diablo.

VADEMÉCUM Alega la Mostrenca 160

Muy bien de su derecho, y alegara

Mejor si se añadiera el ser muchacha

Y limpia, pues lo es por todo estremo.

CHIQUIZNAQUE En el que está Trampagos me da lástima.

Vestíme este capuz: mis dos lanternas

Convertí en alquitaras.

VADEMÉCUM ¿De aguardiente?

TRAMPAGOS Pues ¿tanto cuelo yo, hi de malicias?

VADEMÉCUM A cuatro lavanderas de la puente

Puede dar quince y falta en la colambre;

Miren qué ha de llorar, sino aguaardiente. 170

JUAN Yo soy de parecer que el gran Trampagos

Ponga silencio a su contino llanto

Y vuelva al sicut erat in principio,

Digo a sus olvidadas alegrías;

Y tome prenda que las suyas quite, 175

Que es bien que el vivo vaya a la hogaza,

Como el muerto se va a la sepultura.

REPULIDA Zonzorino Catón es Chiquiznaque.

PIZPITA Pequeña soy, Trampagos, pero grande

Tengo la voluntad para servirte; 180

No tengo cuyo, y tengo ochenta cobas.

REPULIDA Yo ciento, y soy dispuesta y nada lerda.

MOSTRENCA Veinte y dos tengo yo, y aun veinticuatro,

Y no soy mema.

REPULIDA ¡Oh mi Jezúz! ¿Qué es esto?

¿Contra mi la Pizpita y la Mostrenca? 185

¿En tela quieres competir conmigo,

Culebrilla de alambre, y tú, pazguata?

PIZPITA Por vida de los huesos de mi abuela,

Doña Maribobales, mondaníspolas,

Que no la estimo en un feluz morisco. 190

¡Han visto el ángel tonto almidonado,

Cómo quiere empinarse sobre todas!

MOSTRENCA Sobre mí no, a lo menos, que no sufro

Carga que no me ajuste y me convenga.

JUAN Adviertan que defiendo a la Pizpita. 195

CHIQUIZNAQUE Consideren que está la Repulida

Debajo de las alas de mi amparo.

VADEMÉCUM Aquí fue Troya, aquí se hacen rajas;

Los de las cachas amarillas salen;

Aquí, otra vez, fue Troya.

REPULIDA Chiquiznaque, 200

No he menester que nadie me defienda;

Aparta, tomaré yo la venganza,

Rasgando con mis manos pecadoras

La cara de membrillo cuartanario.

JUAN ¡Repulida, respeto al gran Juan Claros! 205

PIZPITA Dejala, venga: déjala que llegue

Esa cara de masa mal sobada

(Entra UNO muy alborotado.)

UNO Juan Claros, ¡la justicia, la justicia!

El alguacil de la justicia viene

La calle abajo.

(Éntrase luego.)

JUAN ¡Cuerpo de mi padre!

¡No paro máa aquí! 210

TRAMPAGOS Ténganse todos;

Ninguno se alborote: que es mi amigo

El alguacil; no hay que tenerle miedo.

(Torna a entrar.)

UNO No viene acá, la calle abajo cuela.

(Vase.)

CHIQUIZNAQUE El alma me temblaba ya en las carnes, 215

Porque estoy desterrado.

TRAMPAGOS Aunque viniera,

No nos hiciera mal, yo lo sé cierto

Que no puede chillar, porque está untado.

VADEMÉCUM Cese, pues, la pendencia, y mi sor sea

El que escoja la prenda que le cuadre 220

O le esquine mejor.

REPULIDA Yo soy contenta.

PIZPITA Y yo también

MOSTRENCA Y yo.

VADEMÉCUM Gracias al cielo,

Que he hallado a tan gran mal tan gran remedio.

TRAMPAGOS Abúrrome, y escojo.

MOSTRENCA Dios te guíe.

REPULIDA Si te aburres, Trampagos, la escogida 225

También será aburrida.

TRAMPAGOS Errado anduve;

Sin aburrirme escojo.

MOSTRENCA Dios te guíe.

TRANPAGOS Digo que escojo aquí a la Repulida.

JUAN Con su pan se la coma, Chiquiznaque.

CHIQUIZNAQUE Y aun sin pan, que es sabrosa en cualquier modo. 230

REPULIDA Tuya soy: ponme un clavo y una S

En estas dos mejias.

PIZPITA ¡Oh hechicera!

MOSTRENCA No es sino venturosa: no las envidies,

Porque no es muy católico Trampagos,

Pues ayer enterró a la Pericona, 235

Y hoy la tiene olvidada.

REPULIDA Muy bien dices.

TRAMPAGOS Este capuz arruga, Vademécum,

Y dile al padre que sobre él te preste

Una docena de reäles.

VADEMÉCUM Creo

Que tengo yo catorce.

TRAMPAGOS Luego, luego, 240

Parte, y trae seis azumbres de lo caro.

Alas pon en los pies.

VADEMÉCUM Y en las espaldas.

(Éntrase VADEMÉCUM con el capuz, y queda en cuerpo TRAMPAGOS.)

TRAMPAGOS ¡Por Dios, que si durara la bayeta,

Que me pudieran enterrar mañana!

REPULIDA ¡Ay lumbre destas lumbres, que son tuyas, 245

Y cuán mejor estás en este traje,

Que en el otro sombrío y malencónico!

(Entran dos músicos, sin guitarras .)

MUSICO 1º Tras el olor del jarro nos venimos

Yo y mi compadre.

TRAMPAGOS En hora buena sea.

¿Y las guitarras?

MUSICO 1º En la tienda quedan; 250

Vaya por ellas Vademécum.

MUSICO 2º Vaya:

Mas yo quiero ir por ellas.

MUSICO 1º De camino,

(Entrase el un músico.)

Diga a mi oíslo que, si viene alguno

Al rapio rapis, que me aguarde un poco;

Que no haré sino colar seis tragos 255

Y cantar dos tonadas y partirme;

Que ya el señor Trampagos, según muestra,

Está para tomar armas de gusto.

(Vuelve VADEMÉCUM.)

VADEMÉCUM Ya está en el antesala el jarro.

TRAMPAGOS Traile.

VADEMÉCUM No tengo taza.

TRAMPAGOS Ni Dios te la depare. 260

El cuerno de orinar no está estrenado;

Tráele, que te maldiga el cielo santo;

Que eres bastante a deshonrar un duque.

VADEMÉCUM Sosiéguese; que no ha de faltar copa,

Y aun copas, aunque sean de sombreros 265

[Aparte.] A buen seguro que éste es churrullero.

(Entra UNO, como cautivo, con una cadena al hombro, y pónese a

mirar a todos muy atento, y todos a él.)

REPULIDA ¡Jesús! ¿Es visión ésta? ¿Qué es aquésto?

¿No es éste Escarramán? Él es, sin duda.

¡Escarramán del alma, dame amores,

Esos brazos, coluna de la hampa! 270

TRAMPAGOS ¡Oh Escarramán, Escarramán amigo!

¿Cómo es esto? ¿A dicha eres estatua?

Rompe el silencio y habla a tus amigos.

PIZPITA ¿Qué traje es éste y qué cadena es ésta?

¿Eres fantasma, a dicha? Yo te teco,

Y eres de carne y hueso.

MOSTRENCA Él es amiga;

No lo puede negar, aunque más calle.

ESCARRAMÁN Yo soy Escarramán, y estén atentos

Al cuento breve de mi larga historia.

(Vuelve EL BARBERO con dos guitarras, y da la una al compañero)

Dio la galera al traste en Berbería 280

Donde la furia de un jüez me puso

Por espalder de la siniestra banda;

Mudé de cautiverio y de ventura;

Quedé en poder de turcos por esclavo;

De allí a dos meses, como al cielo plugo 285

Me levanté con una galeota;

Cobré mi libertad y ya soy mío.

Hice voto y promesa inviolable

De no mudar de ropa ni de carga

Hasta colgarla de los muros santos 290

De una devota ermita, que en mi tierra

Llaman de San Millán de la Cogolla;

Y este es el cuento de mi extraña historia;

Digna de atesorarla en mi memoria.

La Méndez no estará ya de provecho, 295

¿Vive?

JUAN Y está en Granada a sus anchuras.

CHIQUIZNAQUE ¡Allí le duele al pobre todavía!

ESCARRAMÁN ¿Qué se ha dicho de mí en aqueste mundo,

En tanto que en el otro me han tenido

Mis desgracias y gracia?

MOSTRENCA Cien mil cosas: 300

Ya te han puesto en la horca los farsantes.

PEZPITA Los muchachos han hecho pepitoria

De todas tus medulas y tus huesos.

REPULIDA Hante vuelto divino; ¿qué más quieres?

CHIQUIZNAQUE Cántante por las plazas, por las calles; 305

Báilante en los teatros y en las casas;

Has dado que hacer a los poetas,

Más que dio Troya al mantuano Títiro.

JUAN Óyente resonar en los establos.

REPULIDA Las fregonas te alaban en el río; 310

Los mozos de caballos te almohazan.

CHIQUIZNAQUE Túndete el tundidor con sus tijeras;

Muy más que el potro rucio eres famoso.

MOSTRENCA Han pasado a las Indias tus palmeos,

En Roma se han sentido tus desgracias, 315

Y hante dado botines sine numero.

VADEMÉCUM Por Dios que te han molido como alheña,

Y te han desmenuzado como flores,

Y que eres más sonado y más mocoso

Que un reloj y que un niño de dotrina. 320

De ti han dado querella todos cuantos

Bailes pasaron en la edad del gusto,

Con apretada y dura residencia;

Pero llevó se el tuyo la excelencia.

ESCARRAMÁN Tenga yo fama, y hágame pedazos; 325

De Efeso el templo abrasaré por ella.

(Tocan de improviso los músicos, y comienzan a cantar este romance.)

MÚSICOS «Ya salió de las gurapas

El valiente Escarramán,

Para asombro de la gura,

Y para bien de su mal.» 330

ESCARRAMÁN ¿Es aquesto brindarme por ventura?

¿Piensan se me ha olvidado el regodeo?

Pues más ligero vengo que solía;

Si no, toquen, y vaya, y fuera ropa.

PIZPITA ¡Oh flor y fruto de los bailarines! 335

Y ¡qué bueno has quedado!

VADEMÉCUM Suelto y limpio.

JUAN Él honrará las bodas de Trampagos.

ESCARRAMAN Toquen; verán que soy hecho de azogue.

MÚSICOS Váyanse todos por lo que cantare,

Y no será posible que se yerren. 340

ESCARRAMAN Toquen; que me deshago y que me bullo.

REPULIDA Ya me muero por verle en la estacada.

MÚSICOS Estén alerta todos.

CHIQUIZNAQUE Ya lo estamos.

(Cantan.)

MÚSICOS «Ya salió de las gurapas

El valiente Escarramán, 345

Para asombro de la gura,

Y para bien de su mal.

Ya vuelve a mostrar al mundo

Su felice habilidad,

Su ligereza y su brío, 350

Y su presencia reäl.

Pues falta la Coscolina,

Supla agora en su lugar

La Repulida, olorosa

Más que la flor de azahar; 355

Y, en tanto que se remonda

La Pizpita sin igual,

De la gallarda el paseo

Nos muestre aquí Escarramán.»

(Tocan la gallarda; dánzala ESCARRAMAN, que le ha de hacer el hailarin, y,

en habiendo hecho una mudanza, prosíguese el romance.)

«La Repulida comience, 360

Con su brío, a rastrear,

Pues ella fue la primera

Que nos le vino a mostrar.

Escarramán la acompañe;

La Pizpita otro que tal, 365

Chiquiznaque y la Mostrenca,

Con Juan Claros el galán.

¡Vive Dios que va de perlas!

No se puede desear

Mas ligereza o mas garbo, 370

Más certeza o más compás.

¡A ello, hijos, a ello!

No se puede alabar

Otras ninfas ni otros rufos,

Que nos puedan igualar. 375

¡Oh, qué desmayar de manos!

¡Oh, qué huir y qué juntar!

¡Oh, qué nuevos laberintos,

Donde hay salir y hay entrar!

Muden el baile a su gusto, 380

Que yo le sabré tocar:

El canario o las gambetas,

O Al villano se lo daban

Zarabanda o Zambapalo,

El Pésame dello y más; 385

El rey don Alonso el Bueno,

Gloria de la antigüedad.»

ESCARRAMÁN El canario, si le tocan,

A solas quiero bailar.

MÚSICOS Tocaréle yo de plata; 390

Tú de oro le bailarás.

(Toca el canario, y baila solo ESCARRAMÁN; y, en habiendole bailado, diga.)

ESCARRAMÁN Vaya el villano a lo burdo,

Con la cebolla y el pan,

Y acompáñenme los tres.

MÚSICOS Que te bendiga San Juan. 395

(Bailan el villano, como bien saben, y, acabado el villano, pida ESCARRAMÁN el baile

que quisiere, y, acabado, diga TRAMPAGOS.)

TRAMPAGOS Mis bodas se han celebrado

Mejor que las de Roldán.

Todos digan como digo:

¡Viva, viva Escarramán!

TODOS ¡Viva, viva! 400

Entremés de La elección de los alcaldes de Daganzo

(Salen EL BACHILLER PESUÑA; PEDRO ESTORNUDO,

escribano;

PANDURO, regidor, y ALONSO ALGARROBA, regidor.)

PANDURO Rellánense, que todo saldrá a cuajo, 1

Si es que lo quiere el cielo benditísimo.

ALGARROBA Mas echémoslo a doce, y no se venda.

PANDURO Paz, que no será mucho que salgamos

Bien del negocio, si lo quiere el cielo. 5

ALGARROBA Que quiera, o que no quiera, es lo que importa.

PANDURO ¡Algarroba, la luenga se os deslicia!

Habrad acomedido y de buen rejo,

Que no me suenan bien esas palabras:

«Quiera o no quiera el cielo.» Por San Junco, 10

Que, como presomís de resabido,

Os arrojáis a trochemoche en todo.

ALGARROBA Cristiano viejo soy a todo ruedo,

Y creo en Dios a pies jontillas.

BACHILLER Bueno;

No hay más que desear.

ALGARROBA Y si por suerte 15

Hablé mal, yo confieso que soy ganso,

Y doy lo dicho porno dicho.

ESCRIBANO Basta;

No quiere Dios, del pecador más malo,

Sino que viva y se arrepienta.

ALGARROBA Digo

Que vivo y me arrepiento, y que conozco 20

Que el cielo puede hacer lo que él quisiere,

Sin que nadie le pueda ir a la mano,

Especial cuando llueve.

PANDURO De las nubes,

Algarroba, cae el agua, no del cielo.

ALGARROBA ¡Cuerpo del mundo! Si es que aquí venimos 25

A reprochar los unos a los otros,

Díganmoslo; que a fe que uno no le falte

Reproches a Algarroba a cada paso.

BACHILLER Redeamus ad rem, ¿señor Panduro

Y señor Algarroba; no se pase 30

El tiempo en niñerías escusadas.

¿Juntámonos aquí para disputas

Impertinentes? ¡Bravo caso es éste,

Que siempre que Panduro y Algarroba

Están juntos, al punto se levantan 35

Entre ellos mil borrascas y tormentas

De mil contraditorias intenciones!

ESCRIBANO El señor bachiller Pesuña tiene

Demasiada razón. Véngase al punto,

Y mírese qué alcaldes nombraremos 40

Para el año que viene, que sean tales,

Que no los pueda calumniar Toledo,

Sino que los confirme y dé por buenos,

Pues para esto ha sido nuestra junta.

PANDURO De las varas hay cuatro pretensores: 45

Juan Berrocal, Francisco de Humillos,

Miguel Jarrete y Pedro de la Rana;

Hombres todos de chapa y de caletre,

Que pueden gobernar, no que a Dagonazo,

Sino a la misma Roma.

ALGARROBA A Romanillos 50

ESCRIBANO ¿Hay otro apuntamiento? ¡Por San pito,

Que me salga del corro!

ALGARROBA Bien parece

Que se llama Estornudo el escribano,

Que así se le encarama y sube el humo.

Sosiéguese, que yo no diré nada.

PANDURO ¿Hallarse han, por ventura, en todo el sorbete?

ALGARROBA ¿Qué es sorbe, sorbe-huevos? Orbe diga

El discreto Panduro, y serle ha sano.

PANDURO Digo que en todo el mundo no es posible

Que se hallen cuatro ingenios como aquestos 60

De nuestros pretensores.

ALGARROBA Por lo menos,

Yo sé que Berrocal tiene el más lindo Distinto.

ESCRIBANO ¿Para qué?

ALGARROBA Para ser sacre

En esto de mojón y cata- vinos.

En mi casa probó los días pasados 65

Una tinaja, y dijo que sabía

El claro vino a palo, a cuero y hierro.

Acabó la tinaja su camino

Y hallóse en el asiento della un palo

Pequeño, y dél pendía una correa 70

De cordobán y una pequeña llave.

ESCRIBANO ¡ Oh rara habilidad! ¡Oh raro ingenio!

Bien puede gobernar, el que tal sabe,

A Alanís y a Cazalla, y aun a Esquivias.

ALGARROBA Miguel Jarrete es águila.

BACHILLER ¿En qué modo? 75

ALGARROBA En tirar con un arco de bodoques.

¿Qué, tan certero es?

ALGARROBA Es de manera,

Que, si no fuese porque los más tiros

Se da en la mano izquierda, no habría pájaro

En todo este contorno.

BACHILLER ¡Para alcalde, 80

Es rara habilidad y necesaria!

ALGARROBA ¿Qué diré de Francisco de Humillos?

Un zapato remienda como un sastre.

Pues ¿Pedro de la Rana? No hay memoria

Que a la suya se iguale; en ella tiene 85

Del antiguo y famoso perro de Alba

Todas las coplas, sin que letra falte.

PANDURO Éste lleva mi voto.

ESCRIBANO Y aun el mío.

ALGARROBA A Berrocal me atengo.

BACHILLER Yo a ninguno

Si es que no dan más pruebas de su ingenio, 90

A la jurisprudencia encaminadas.

ALGARROBA Yo daré un buen remedio, y es aqueste:

Hagan entrar los cuatro pretendientes,

Y el señor Bachiller Pesuña puede

Examinarlos, pues del arte sabe, 95

Y, conforme a su ciencia, así veremos

Quién podrá ser nombrado para el cargo.

ESCRIBANO ¡Vive Dios, que es rarísima advertencia!

PANDURO Aviso es que podrá servir de arbitrio

Para su Jame stad; que, como en corte 100

Hay potra-médicos, haya potra-alcaldes.

ALGARROBA Prota, señor Panduro, que no potra.

PANDURO Como vos no hay fiscal en todo el mundo.

ALGARROBA ¡Fiscal, pese a mis males!

ESCRIBANO ¡Por Dios santo

Que es Algarroba impertinente!

ALGARROBA Digo 105

Que, pues se hace examen de barberos,

De herradores, de sastres, y se hace

De cirujanos y otras zarandajas,

También se examinasen para alcaldes,

Y, al que se hallase suficiente y hábil 110

Para tal menester, que se le diese

Carta de examen, con la cual podría

El tal examinado remediarse;

Porque de lata en una blanca caja

La carta acomodando merecida, 115

A tal pueblo podrá llegar el pobre,

Que le pesen a oro; que hay hogaño

Carestía de alcaldes de caletre

En lugares pequeños casi siempre.

BACHILLER Ello está muy bien dicho y bien pensado. 120

Llamen a Berrocal, entre, y veamos

Dónde llega la raya de su ingenio.

ALGARROBA Humillos, Rana, Berrocal, Jarrete,

Los cuatro pretensores, se han entrado.

(Entran estos cuatro labradores.)

Ya los tienes presentes.

BACHILLER Bien venidos 125

Sean vuesas mercedes.

BERROCAL Bien hallados

Vuesas mercedes sean.

PANDURO Acomódense,

Que asientos sobran.

HUMILLO Siéntome, y me siento

JARRETE Todos nos sentaremos, Dios loado.

RANA ¿De qué os sentís, Humillos?

HUMILLOS De que vaya

130

Tan a la larga nuestro nombramiento.

¿Hémoslo de comprar a gallipavos,

A cántaros de arrope y a abiervadas,

Y botas de lo añejo tan crecidas,

Que se arremetan a ser cueros? Díganlo, 135

Y pondráse remedio y diligencia.

BACHILLER No hay sobornos aquí; todos estamos

De un común parecer, y es, que el que fuere

Más hábil para alcalde, ése se tenga

Por escogido y por llamado.

BERROCAL Y Yo.

BACHILLER Mucho en buen hora.

HUMILLOS También yo me contento.

JERRETE Dello gusto.

BACHILLER Vaya de examen, pues.

HUMILLOS De examen venga.

BACHILLER ¿Sabéis leer, Humillos?

HUMILLOS No, por cierto,

Ni tal se probará que en mi linaje 145

Haya persona tan de poco asiento,

Que se ponga a aprender esas quimeras,

Que llevan a los hombres al brasero,

Y a las mujeres a la casa llana.

Leer no sé, mas sé otras cosas tales, 150

Que llevan al leer ventajas muchas.

BACHILLER Y ¿cuáles cosas son?

HUMILLOS Sé de memoria

Todas cuatro oraciones, y las rezo

Cada semana cuatro y cinco veces.

RANA Y ¿con eso pensáis de ser alcalde? 155

HUMILLOS Con esto, y con ser yo cristiano viejo,

Me atrevo a ser un senador romano.

BACHILLER Está muy bien. Jarrete diga agora

Qué es lo que sabe.

JARRETE Yo, señor Pesuña,

Sé leer, aunque poco; deletreo, 160

Y ando en el be-a-ba bien ha tres meses,

Y en cinco más daré con ello a un cabo;

Y, además desta ciencia que ya aprendo,

Sé calzar un arado bravamente.

Y herrar, casi en tres horas, cuatro pares 165

De novillos briosos y cerreros;

Soy sano de mis miembros, y no tengo

ordez ni cataratas, tos ni reumas,

Y soy cristiano viejo como todos,

Y tiro con un arco como un Tulio. 170

ALGARROBA ¡Raras habilidades para alcalde,

RANA

Necesarias y muchas!

BACHILLER Adelante.

¿Qué sabe Berrocal?

BERROCAL Tengo en la lengua

Toda mi habilidad, y en la garganta;

No hay mojón en el mundo que me llegue: 175

Sesenta y seis sabores estampados

Tengo en el paladar, todos vináticos.

ALGARROBA Y ¿quiere ser alcalde?

BERROCAL Y lo requiero;

Pues cuando estoy armado a lo de Baco,

Así se me aderezan los sentidos, 180

Que me parece a mí que en aquel punto

Podría prestar leyes a Licurgo

Y limpiarme con Bártulo.

PANDURO ¡Pasito,

Que estamos en concejo!

BERROCAL No soy nada

Melindroso ni puerco; sólo digo

Que no se me malogre mi justicia,

Que echaré el bodegón por la ventana.

BACHILLER ¿Amenazas aquí? ¡ Por vida mia,

Mi señor Berrocal, que valen poco!

¿Qué sabe Pedro Rana?

Como Rana, 190

RANA Habré de cantar mal; pero, con todo

Diré mi condición, y no mi ingenio.

Yo, señores, si acaso fuese alcalde,

Mi vara no sería tan delgada

ESCRIBANO Y yo me burlo.

BACHILLER Pues no se

burlen más, por vida mia.

ALGARROBA Quien miente,

miente.

ESCRIBANO Y quien verdad

pronuncia,

Dice verdad.

ALGARROBA Verdad.

ESCRIBANO Pues punto en

boca.

HUMILLOS Esos

ofrecimientos que ha hecho Rana,

Son desde

lejos. A fe que si él empuña

230

Vara, que él

se trueque y sea otro hombre

Del que ahora

parece.

BACHILLER Está de molde

Lo que Humillos ha

dicho.

HUMILLOS Y más añado:

Que si me

dan la vara, verán cómo

No me mudo, ni

trueco, ni me cambio

235

BACHILLER Pues veis

aquí la vara, y haced cuenta

Que sois

alcalde ya.

ALGARROBA ¡Cuerpo del

mundo!

¿La vara le

dan zurda?

HUMILLOS ¿Cómo

zurda?

ALGARROBA Pues ¿no es

zurda esta vara? Un sordo o mudo

Lo podrá echar de

ver desde una legua.

240

HUMILLOS ¿Cómo, pues,

si me dan zurda la vara,

Quieren que

juzgue yo derecho?

ESCRIBANO El diablo

Tiene en el

cuerpo este Algarroba; ¡miren

Dónde jamás

se han visto varas zurdas!

(Entra uno.)

de ordinario;

De una encina o de un

roble la haría

Y gruesa de dos dedos,

temeroso

Que no me la encorvase

el dulce peso

De un bolsón de

ducados, ni otras

dádivas,

O ruegos, o promesas, o

favores,

Que pesan como

plomo, y no se sienten

Hasta que os han

brumado las costillas

Del cuerpo y alma; y,

junto con aquesto,

Sería bien criado y

comedido,

Parte severo y nada

riguroso;

Nunca deshonraría al

miserable

Que ante mí le trujesen

sus delitos;

Que suele lastimar una

palabra

De un juez arrojado, de

afrentosa,

Mucho más que lastima

su sentencia,

Aunque en ella se

intime cruel castigo.

No es bien que el poder

quite la crianza,

Ni que la sumisión de

un delincuente

Haga al juez soberbio y

arrogante.

ALGARROBA ¡Vive Dios, que ha

cantado nuestra Rana

Mucho mejor que un

cisne cuando muere!

PANDURO Mil sentencias ha dicho

censorinas.

ALGARROBA De Catón Censorino;

bien ha dicho

El regidor Panduro.

PANDURO ¡ Reprochadme!

ALGARROBA Su tiempo se vendrá.

ESCRIBANO Nunca acá venga.

¡Terrible inclinación es,

Algarroba,

La vuestra en

reprochar!

ALGARROBA No más, so escriba.

UNO Señores, aquí están unos gitanos 245

Con unas gitanillas milagrosas;

Y aunque la ocupación se les ha dicho

En que están sus mercedes, todavía

Porfian que han de entrar a dar solacio

A sus mercedes.

BACHILLER Entren, y veremos 250

Si nos podrán sevir para la fiesta

Del Corpus, de quien yo soy mayordomo.

PANDURO Entren mucho en buena hora.

BACHILLER Entren luego.

HUMILLOS Por mí, ya los deseo.

JARRETE Pues yo, ¡pajas!

RANA ¿Ellos no son gitanos? Pues advierten 255

Que no nos hurten las narices.

UNO Ellos.

Sin que los llamen, vienen; ya están dentro.

(Entran los musicos gitanos, y dos gitanas bien aderezadas, y al son deste

romance, que hande cantar los músicos, ellas dancen)

MÚSICOS «Reverencia os hace el cuerpo,

Regidores de Daganzo,

Hombres buenos de repente 260

Hombres buenos de pensado;

De caletre prevenidos

Para proveer los cargos

Que la ambición solicita

Entre moros y cristianos. 265

Parece que os hizo el cielo,

El cielo, digno, estrellado,

Sansones para las letras,

Y para las fuerzas Bártulos.»

JARRETE Todo lo que se canta toca historia. 270

HUMILLOS Ellas y ellos son únicos y ralos.

ALGARROBA Algo tiene de espesos.

BACHILLER Ea, sufficit.

MÚSICOS «Como se mudan los vientos,

Como se mudan los ramos,

Que, desnudos en invierno, 275

Se visten en el verano

Mudaremos nuestros bailes

Por puntos, y a cada paso,

Pues mudarse las mujeres

No es nuevo ni extraño caso. 280

¡ Vivan de Daganzo los regidores,

Que parecen palmas, puesto que son robles!»

(Bailan.)

JARRETE ¡Brava troya, por Dios!

HUMILLOS Y muy sentida.

BERROCAL Éstas se han de imprimir, para que quede

Memoria de nosotros en los siglos 285

De los siglos. Amén.

BACHILLER Callen, si pueden.

«Vivan y revivan,

Y en siglos veloces

Del tiempo los días

Pasen con las noches, 290

Sin trocar la edad,

Que treinta años forme,

Ni tocar las hojas

De sus alcornoques.

Los vientos, que anegan 295

Si contrarios corren,

Cual céfiros blandos

En sus mares soplen.

¡ Vivan de Daganzo los regidores,

Que palmas parecen, puesto que son robles!»

BACHILLER El estribillo en parte me desplace; 300

Pero, con todo, es bueno.

BERROCAL Ea, callemos.

MÚSICOS «Pisaré yo el polvico,

A tan menudico,

Pisaré yo el polvó,

A tan menudó.» 305

PANDURO Estos músicos hacen pepitoria

De su cantar.

HUMILLOS Son diablos los gitanos.

MÚSICOS «Pisaré yo la tierra

Por más que esté dura,

Puesto que me abra en ella 310

Amor sepultura,

Pues ya mi buena ventura

Amor la pisó

A tan menudó.»

«Pisaré yo lozana 315

El más duro suelo,

Sien él acaso pisas

El cual que recelo;

Mi bien se ha pasado en vuelo,

Y el polvo dejó 320

A tan menudó.»

(Entra UN SOTA SACRISTÁN, muy mal endeliñado)

SACRISTÁN Señores regidores, ¡voto a dico,

Que es de bellacos tanto pasatiempo!

¿Así se rige el pueblo, noramala,

Entre guitarras, bailes y bureos? 325

BACHILLER ¡Agarrale, Jarete!

JARRETE Ya le agarro.

BACHILLER Traigan aquí una manta; que, por Cristo,

Que se ha de mantear este bellaco,

Necio, desvergonzado e insolente,

Y atrevido además.

SACRISTÁN ¡Oigan, señores! 330

ALGARROBA Volverá con la manta a las volantas.

(Éntrase ALGARROBA.)

SACRISTÁN Miren que les intimo que soy présbiter.

BACHILLER ¿Tú presbitero, infame?

SACRISTÁN Yo presbítero,

O de prima tonsura, que es lo mismo.

PANDURO Agora lo veredes, dijo Agrajes.

SACRISTÁN No hay Agrajes aquí.

BACHILLER Pues habrá grajos

Que te piquen la lengua y aun los ojos.

RANA Dime desventurado: ¿qué demonio

Se revistió en tu lengua? ¿Quién te mete

A ti en reprehender a la justicia? 340

¿Has tú de gobemar a la república?

Métete en tus campanas y en tu oficio;

Deja a los que gobieman, que ellos saben

Lo que han de hacer, mejor que no nosotros.

Si fueren malos, ruega por su enmienda; 345

Si buenos, porque Dios no nos los quite.

BACHILLER Nuestro Rana es un santo y un bendito.

(Vuelve ALGARROBA; trae la manta.)

ALGARROBA No ha de quedar por manta.

BACHILLER Asgan, pues, todos,

Sin que queden gitanos ni gitanas.

¡Arriba, amigos!

SACRISTÁN ¡Por Dios, que va de veras!

¡Vive Dios, si me enojo, que bonito 350

Soy yo para estas burlas! ¡Por San Pedro

Que están descomulgados todos cuantos

Han tocado los pelos de la manta!

RANA Basta, no más; aquí cese el castigo; 355

Que el pobre debe estar arrepentido.

SACRISTÁN Y molido, que es más. De aquí adelante

Me coseré la boca con dos cabos

De zapatero.

RANA Aqueso es lo que importa.

BACHILLER Vénganse los gitanos a mi casa, 360

Que tengo qué decilles.

GITANOS Tras ti vamos.

BACHILLER Quedarse ha la elección para mañana,

Y desde luego doy mi voto a Rana.

GITANOS ¿Cantaremos, señor?

BACHILLER Lo que quisiéredes.

PANDURO No hay quien cante cual nuestra Rana canta. 365

JARRETE No solamente canta, sino encanta.

(Éntranse cantando: «Pisaré yo el polvico...»)

Entremés de La guarda cuidadosa

(Sale UN SOLDADO a lo pícaro, con muy mala banda y un antojo, y

detrás dél UN MAL SACRISTÁN.)

SOLDADO. ¿Qué me quieres, sombra vana?

SACRISTÁN. No soy sombra vana, sino cuerpo macizo.

SOLDADO. Pues, con todo eso, por la fuerza de mi desgracia, te conjuro que me

digas quién eres y qué es lo que buscas por esta calle.

SACRISTÁN. A eso te respondo, por la fuerza de mi dicha, que soy Lorenzo

Pasillas, sota-sacristán desta parroquia, y busco en esta calle lo que hallo, y tú buscas y

no hallas.

SOLDADO. ¿Buscas por ventura a Cristinica, la fregona desta casa?

SACRISTÁN. Tu dixisti.

SOLDADO. Pues ven acá, sota-sacristán de Satanás.

SACRISTÁN. Pues voy allá, caballo de Ginebra.

SOLDADO. Bueno: sota y caballo; no falta sino el rey para tomar las manos. Ven

acá, digo otra vez. ¿Y tú no sabes, Pasillas, que pasado te vea yo con un chuzo, que

Cristinica es prenda mía?

SACRISTÁN. ¿Y tú no sabes, pulpo vestido, que esa prenda la tengo yo rematada,

que está por sus cabales y por mía?

SOLDADO. ¡Vive Dios, que te dé mil cuchilladas, y que te haga la cabeza pedazos!

SACRISTÁN. Con las que le cuelgan de sas calzas, y con los dese vestido, se podrá

entretener, sin que se meta con los de mi cabeza.

SOLDADO. ¿Has hablado alguna vez a Cristina?

SACRISTÁN. Cuando quiero.

SOLDADO. ¿Qué dádivas le has hecho?

SACRISTÁN. Muchas.

SOLDADO. ¿Cuántas y cuáles?

SACRISTÁN. Dile una destas cajas de carne de membrillo, muy grande, llena de

cercenaduras de hostias, blancas como la misma nieve, y de añadidura cuatro cabos de

velas de cera, asimismo blancas como un armiño.

SOLDADO. ¿Qué más le has dado?

SACRISTÁN. En un billete envueltos, cien mil deseos de servirla.

SOLDADO. Y ella ¿cómo te ha correspondido?

SACRISTÁN. Con darme esperanzas propincuas de que ha de ser mi esposa.

SOLDADO. Luego ¿no eres de epístola?

SACRISTÁN. Ni aun de completas. Motilón Soy, y puedo casarme cada y cuando

me viniere en voluntad; y presto lo veredes.

SOLDADO. Ven acá, motilón arrastrado; respóndeme a esto que preguntarte

quiero. Si esta mochacha ha correspondido tan altamente, lo cual yo no creo, a la miseria

de tus dádivas, ¿cómo corresponderá a la grandeza de las mías? Que el otro día le envié

un billete amoroso, escrito por lo menos en un revés de un memorial que di a su

Majestad, significándole mis servicios y mis necesidades presentes (que no cae en

mengua el soldado que dice que es pobre), e l cual memorial salió decretado y remitido al

limosnero mayor; y, sin atender a que sin duda alguna me podía valer cuatro o seis reales,

con liberalidad increíble, y con desenfado notable, escribí en el revés dél, como he dicho,

mi billete; y sé que de mis manos pecadoras llegó a las suyas casi santas.

SACRISTÁN. ¿Hasle enviado otra cosa?

SOLDADO. Suspiros, lágrimas, sollozos, parasismos, desmayo, con toda la caterva

de las demonstraciones necesarias que para descubrir su pasión los buenos enamorados

usan y deben de usar en todo tiempo y sazón.

SACRISTÁN. ¿Hasle dado alguna música concertada?

SOLDADO. La de mis lamentos y congojas, las de mis ansias y pesadumbres.

SACRISTÁN. Pues a mí me ha acontecido dársela con mis campanas a cada paso, y

tanto, que tengo enfadada a toda la vecindad con el continuo ruido que con ellas hago,

sólo por darle contento y porque sepa que estoy en la torre ofreciéndome a su servicio; y,

aunque haya de tocar a muerto, repico a vísperas solenes.

SOLDADO. En eso me llevas ventaja, porque no tengo qué tocar, ni cosa que lo

valga.

SACRISTÁN. ¿Y de qué manera ha correspondido Cristina a la infinidad de tantos

servicios como le has hecho?

SOLDADO. Con no yerme, con no hablarme, con maldecirme cuando me

encuentra por la calle, con derramar sobre mí las lavazas cuando jabona y el agua de

fregar cuando friega; y esto es cada día, porque todos los días estoy en esta calle y a su

puerta; porque soy su guarda cuidadosa; soy, en fin, el perro del hortelano, etcétera. Yo

no la gozo, ni ha de gozarla ninguno mientras yo viviere; por eso, váyase de aquí el señor

sota-sacristán, que, por haber tenido y tener respeto a las órdenes que tiene, no le tengo

ya rompidos los cascos.

SACRISTÁN. A rompérmelos como están rotos esos vestidos, bien rotos

estuvieran.

SOLDADO. El hábito no hace al monje; y tanta honra tiene un soldado roto por

causa de la guerra, como la tiene un colegial con el manto hecho añicos, porque en él se

muestra la antigüedad de sus estudios; ¡y váyase, que haré lo que dicho tengo!

SACRISTÁN. ¿Es porque me ve sin armas? Pues espérese aquí, señor guarda

cuidadosa, y verá quién es Callejas.

SOLDADO. ¿Qué puede ser un Pasillas?

SACRISTÁN. Ahora lo veredes, dijo Agrajes.

(Entrase el SACRISTÁN.)

SOLDADO. ¡Oh, mujeres, mujeres, todas, o las más, mudables y antojadizas!

¿Dejas, Cristina, a esta flor, a este jardín de la soldadesca, y acomódaste con el muladar

de un sota-sacristán, pudiendo acomo darte con un sacristán entero, y aun con un

canónigo? Pero yo procuraré que te entre en mal provecho, si puedo, aguando tu gusto,

con ojear desta calle y de tu puerta los que imaginare que por alguna vía pueden ser tus

amantes; y así vendré a alcanzar nombre de la guarda cuidadosa.

(Entra UN MOZO con su caja y ropa verde, como estos que piden limosna para alguna

imagen.)

MOZO. ¡ Den por Dios, para la lámpara del aceite de señora Santa Lucía, que les

guarde la vista de los ojos. ¡Ha de casa! ¿Dan limosna?

SOLDADO. ¡Hola, amigo Santa Lucía! Venid acá. ¿Qué es lo que queréis en esa

casa?

MOZO. ¿Ya vuesa merced no lo ve? Limosna para la lámpara del aceite de señora

Santa Lucía.

SOLDADO. ¿Pedís para la lámpara, o para el aceite de la lámpara? Que, como

decís limosna para la lámpara del aceite, parece que la lámpara es del aceite, y no el

aceite de la lámpara.

MOZO. Ya todos entienden que pido para aceite de la lámpara, y no para la

lámpara del aceite.

SOLDADO. ¿Y suelen-os dar limosna en esta casa?

MOZO. Cada día, dos maravedís.

SOLDADO. ¿Y quién sale a dároslos?

MOZO. Quien se halla más a mano; aunque las más veces sale una fregoncita que

se llama Cristina, bonita como un oro.

SOLDADO. ¿Así que es la fregoncita bonita como un oro?

MOZO. ¡Y como unas pelras!

SOLDADO. ¿De modo que no os parece mal a vos la muchacha?

MOZO. Pues aunque yo fuera hecho de leño, no pudiera parecerme mal.

SOLDADO. ¿Cómo os llamáis? Que no querría volveros a llamar Santa Lucía.

MOZO. Yo, señor, Andrés me llamo.

SOLDADO. Pues, señor Andrés, esté en lo que quiero decirle:

tome este cuarto de a ocho, y haga cuenta que va pagado por cuatro días de la limosna

que le dan en esta casa y suele recebir por mano de Cristina; y váyase con Dios, y séale

aviso que por cuatro días no vuelva a llegar a esta puerta ni por lumbre, que le romperé

las costillas a coces.

MOZO. Ni aun volveré en este mes, si es que me acuerdo; no tome vuesa merced

pesadumbre, que ya me voy. (Vase.)

SOLDADO. ¡No, sino dormíos, guarda cuidadosa!

(Entra OTRO mozo vendiendo ypregonando tranzaderas holanda, de

Cambray, randas de Flandes y hilo portugués.)

UNO. ¿Compran tranzaderas, randas de Flandes, holanda, cambray, hilo portugués?

(CRISTINA, a la ventana.)

CRISTINA. ¡Hola, Manuel!, ¿traéis vivos para unas camisas?

UNO. Sí traigo; y muy buenos.

CRISTINA. Pues entrá, que mi señora los ha menester.

SOLDADO. ¡Oh, estrella de mi perdición, antes que norte de mi esperanza!

Tranzaderas, o como os llamáis, ¿conocéis aquella doncella que os llamó desde la

ventana?

UNO. Sí conozco. Pero, ¿por qué me lo pregunta vuesa merced?

SOLDADO. ¿No tiene muy buen rostro y muy buena gracia?

UNO. A mí así me lo parece.

SOLDADO. Pues también me parece a mí que no entre dentro de-sa casa; si no,

¡por Dios que ha de molelle los huesos, sin dejarle ninguno sano!

UNO. ¿Pues no puedo yo entrar adonde me llaman para comprar mi mercadería?

SOLDADO. ¡Vaya, no me replique, que haré lo que digo, y luego!

UNO. ¡ Terrible caso! Pasito, señor soldado, que ya me voy. (Vase ManueL)

(CRISTINA, a la ventana.)

CRISTINA. ¿No entras, Manuel?

SOLDADO. Ya se fue Manuel, señora la de los vivos, y aun señora la de los

muertos, porque a muertos y a vivos tienes debajo de tu mando y señorío.

CRISTINA. ¡Jesús, y qué enfadoso animal! ¿Qué quieres en esta calle y en esta

puerta?

(Entrase CRISTINA.)

SOLDADO. Encubrióse y púsose mi sol detrás de las nubes.

(Entra UN ZAPATERO con unas chinelas pequeñas, nuevas, en la

mano, y, yendo a entrar en casa de CRISTINA, detiénele el SOLDADO.)

SOLDADO. Señor bueno, ¿busca vuesa merced algo en esta casa?

ZAPATERO. Sí busco.

SOLDADO. ¿Y a quién, si fuere posible saberlo?

ZAPATERO. ¿Por qué no? Busco a una fregona que está en esta casa, para darle

estas chinelas que me mandó hacer.

SOLDADO. ¿De manera que vuesa merced es su zapatero?

ZAPATERO. Muchas veces la he calzado.

SOLDADO. ¿Y hale de calzar ahora estas chinelas?

ZAPATERO. No será menester; si fueran zapatillos de hombre, como ella los suele

traer, si calzara.

SOLDADO. ¿Y estás, están pagadas, o no?

ZAPATERO. No están pagadas; que ellas me las ha de pagar ago ra.

SOLDADO. ¿No me haría vuesa merced una merced, que sería para mí muy

grande, y es que me fiase estas chinelas, dándole yo prendas que lo valiesen, hasta desde

aquí a dos días, que espero tener dine ros en abundancia?

ZAPATERO. Sí haré, por cierto. Venga la prenda, que, como soy pobre oficial no

puedo fiar a nadie.

SOLDADO. Yo le daré a vuesa merced un mondadientes que le estimo en mucho, y

no le dejaré por un escudo. ¿Dónde tiene vuesa merced la tienda, para que vaya a

quitarle?

ZAPATERO. En la calle Mayor, en un poste de aquéllos, y llámome Juan Juncos.

SOLDADO. Pues, señor Juan Juncos, el mondadientes es éste, y estímele vuesa

merced en mucho, porque es mío.

ZAPATERO. ¿Pues una biznaga que apenas vale dos maravedís, quiere vuesa

merced que estime en mucho?

SOLDADO. ¡Oh, pecador de mi! No la doy yo sino para recuerdo de mí mismo;

porque, cuando vaya a echar mano a la faldriquera y no halle la biznaga, me venga a la

memoria que la tiene vuesa merced y

vaya luego a quitalla; sí a fe de soldado, que no la doy por otra cosa; pero, si no está

contento con ella, añadiré esta banda y este antojo: que al buen pagador no le duelen

prendas.

ZAPATERO. Aunque zapatero, no soy tan descortés que tengo de despojar a vuesa

merced de sus joyas y preseas; vuesa merced se quede con ellas, que yo me quedaré con

mis chinelas, que es lo que me está más a cuento.

SOLDADO. ¿Cuántos puntos tienen?

ZAPATERO. Cinco escasos.

SOLDADO. Más escaso Soy yo chinelas de mis entrañas, pues no tengo seis reales

para pagaros, ¡Chinelas de mis entrañas! Escuche vuesa merced, señor zapatero, que

quiero glosar aquí de repente este verso, que me ha salido medido: Chinelas de mis

entrañas.

ZAPATERO. ¿Es poeta vuesa merced?

SOLDADO. Famoso, y agora lo verá; estéme atento.

Chinelas de mis entrañas.

GLOSA

Es amor tan gran tirano,

Que, olvidado de la fe

Que le guardo siempre en vano,

Hoy con la funda de un pie,

Da a mi esperanza de mano.

Estas son vuestras hazañas,

Fundas pequeñas y hurañas;

Que ya mi alma imagina

Que sois, por ser de

Cristina,

Chinelas de mis entrañas.

ZAPATERO. A mí poco se me entiende de trovas; pero éstas me han sonado tan

bien, que me parecen de Lope, como lo son todas las cosas que son o parecen buenas.

SOLDADO. Pues, señor, ya que no lleva remedio de fiarme estas chinelas, que no

fuera mucho, y más sobre tan dulces prendas, por mi mal halladas, llévelo, a lo menos, de

que vuesa merced me las guarde hasta desde aquí a dos días, que yo vaya por ellas; y por

ahora, digo, por esta vez, el señor zapatero no ha de ver ni hablar a Cristina.

ZAPATERO. Yo haré lo que me manda el señor soldado, porque se me trasluce de

qué pies cojea, que son dos: el de la necesidad y el de los celos.

SOLDADO. Ése no es ingenio de zapatero, sino de colegial trilingüe.

ZAPATERO. ¡Oh, celos, celos, cuán mejor os llamaran duelos, duelos!

(Entrase el ZAPATERO.)

SOLDADO. No, sino no seáis guarda, y guarda cuidadosa, y veréis cómo se os

entran mosquitos en la cueva donde está el licor de vuestro contento. Pero ¿qué voz es

ésta? Sin duda es la de mi Cristina, que se desenfada cantando cuando barre o friega.

(Suenan dentro platos, como que friegan, y cantan.)

Sacristán de mi vida,

tenme por tuya, y,

fiado en mi fe,

canta alleluia

SOLDADO. ¡Oídos que tal oyen! Sin duda el sacristán debe de ser el brinco de su

alma. ¡Oh platera, la más limpia que tiene, tuvo o tendrá el calendario de las fregonas!

¿Por qué, así como limpias esa loza talaveril que traes entre las manos, y la vuelves en

bruñida y tersa plata, no limpias esa alma de pensamientos bajos y sota-sacristaniles?

(Entra EL AMO de CRISTINA.)

AMO. Galán, ¿qué quiere o qué busca a esta puerta?

SOLDADO. Quiero más de lo que sería bueno, y busco lo que no hallo. Pero ¿quién

es vuesa merced, que me lo pregunta?

AMO. Soy el dueño desta casa.

SOLDADO. ¿El amo de Cristinica?

AMO. El mismo.

SOLDADO. Pues lléguese vuesa merced a esta parte, y tome este envoltorio de

papeles; y advierta que ahí dentro van las informaciones de mis servicios, con veinte y

dos fees de veinte y dos generales debajo de cuyos estandartes he servido, amén de otras

treinta y cuatro de otros tantos maestres de campo que se han dignado de honrarme con

ellas.

AMO. ¡Pues no ha habido, a lo que yo alcanzo, tantos generales ni maestres de

campo de infantería española de cien años a esta parte!

SOLDADO. Vuesa merced es hombre pacífico, y no está obligado a entendérsele

mucho de las cosas de la guerra. Pase los ojos por esos papeles, y verá en ellos, unos

sobre otros, todos los generales y maestres de campo que he dicho.

AMO. Yo los doy pasados y vistos; pero, ¿de qué sirve darme cuenta desto?

SOLDADO. De que hallará vuesa merced por ellos ser posible ser en verdad una

que agora diré, y es, que estoy consultado en uno de tres castillos y plazas, que están

vacas en el reino de Nápoles; conviene a saber: Gaeta, Barleta y Rijobes.

AMO. Hasta agora, ninguna cosa me importa a mí estas relacio nes que vuesa

merced me da.

SOLDADO. Pues yo sé que le han de importar, siendo Dios servido.

AMO. ¿En qué manera?

SOLDADO. En que, por fuerza, si no se cae el cielo, tengo de salir proveído en una

destas plazas, y quiero casarme agora con Cristini ca; y, siendo yo su marido, puede vuesa

merced hacer de mi persona y de mi mucha hacienda como cosa propria; que no tengo de

mostrarme desagradecido a la crianza que vuesa merced ha hecho a mi querida y amada

consorte.

AMO. Vuesa merced lo ha de los cascos más que de otra parte.

SOLDADO. ¿Pues sabe cuánto le va, señor dulce? Que me la ha de entregar luego,

luego, o no ha de atravesar los umbrales de su casa.

AMO. ¿Hay tal disparate? ¿Y quién ha de ser bastante para quitarme que no entre

en mi casa?

(Vuelve el SOTA-SACRISTÁN PASILLAS, armado con un tapador de tinaja y una

espada muy mohosa, viene con él OTRO SACRISTÁN, con un morrión y una vara o

palo, atado a él un rabo de zorra.)

SACRISTÁN. ¡Ea, amigo Grajales, que éste es el turbador de mi sosiego!

GRAJALES. No me pesa sino que traigo las armas endebles y algo tiernas; que ya

le hubiera despachado al otro mundo a toda diligencia.

AMO. ¡Ténganse, gentiles hombres! ¿Qué desmán y qué acecinamiento es éste?

SOLDADO. ¡Ladrones! ¿A traición y en cuadrilla? ¡ Sacristanes falsos, voto a tal

que os tengo que horadar, aunque tengáis más órdenes que un Ceremonial! ¡Cobarde! ¿A

mí con rabo de zorra? ¿Es notarme de borracho, o piensas que estás quitando el polvo a

alguna imagen de bulto?

GRAJALES. No pienso sino que estoy ojeando los mosquitos de una tinaja de vino.

(A la ventana, CRISTINA y su AMA.)

CRISTINA. ¡Señora, señora, que matan a mi señor! Más de dos mil espadas están

sobre él, que relumbran que me quitan la vista.

ELLA. Dices verdad, hija mía; Dios sea con él; santa Úrsola, con las once mil

vírgines, sea en su guarda. Ven, Cristina, y bajemos a socorrerle como mejor pudiéremos.

AMO. ¡Por vida de vuesas mercedes, caballeros, que se tengan, y miren que no es

bien usar de superchería con nadie!

ELLA. ¿Cuántas veces os he dicho yo, señor, que no saliese esta muchacha fuera de

casa; que ya era grande, y no convenía apartarla de nuestra vista? ¿Qué dirá ahora su

padre, que nos la entregó limpia de polvo y de paja? ¿Y dónde te llevó, traidora, para

deshonrarte?

CRISTINA. A ninguna parte, sino allí en mitad de la calle.

ELLA. ¿Cómo en mitad de la calle?

SOLDADO. ¡Tente, rabo, y tente, tapadorcillo! no acabéis de despertar

mi cólera, que, si la acabo de despertar, os mataré, y os co- meré, y os arroj aré

por la puerta falsa dos leguas más allá del infierno!

AMO. ¡Ténganse, digo; si no, por Dios que me descomponga de modo

que pese a alguno!

SOLDADO. Por mí, tenido soy; que te tengo respeto, por la imagen que

tienes en tu casa.

SACRISTÁN. Pues, aunque esa imagen haga milagros, no os ha de valer

esta vez.

SOLDADO. ¿Han visto la desvergüenza deste bellaco, que me viene a

hacer cocos con un rabo de zorra, no habiéndome espantado ni atemorizado

tiros mayores que el de Dio, que está en Lisboa?

(Entran CRISTINA y su SEÑORA.)

ELLA. ¡Ay, marido mío! ¿Estáis, por desgracia, herido, bien de mi

alma?

CRISTINA. ¡Ay desdichada de mí! Por el siglo de mi padre, que son los

de la pendencia mi sacristán y mi soldado.

SOLDADO. Aun bien que voy a la parte con también dijo: «mi

soldado».

AMO. No estoy herido, señora, pero sabed que toda esta penden-cia es

por Cristinica.

ELLA. ¿Cómo por Cristinica?

AMO. A lo que yo entiendo, estos galanes andan celosos por ella.

ELLA. ¿Y es esto verdad, muchacha?

CRISTINA. Sí, señora.

ELLA. ¡Mirad con qué poca vergüenza lo dice! Y, ¿hate deshonrado

alguno dellos?

CRISTINA. Sí, señora.

ELLA. ¿Cuál?

CRISTINA. El sacristán me deshonró el otro día, cuando fui al Rastro.

CRISTINA. Allí, en mitad de la calle de Toledo, a vista de Dios y de todo el

mundo, me llamó de sucia y de deshonesta, de poca vergüenza y menos miramiento, y

otros muchos baldones deste jaez; y todo por estar celoso de aquel soldado.

AMO. Luego ¿no ha pasado otra cosa entre ti ni él sino esa deshonra que en la calle

te hizo?

CRISTINA. No por cierto, porque luego se le pasa la cólera.

ELLA. ¡ El alma se me ha vuelto al cuerpo, que le tenía ya casi desamparado!

CRISTINA. Y más, que todo cuanto me dijo fue confiado en esta cédula que me ha

dado de ser mi esposo, que la tengo guardada como oro en paño.

AMO. Muestra; veamos.

ELLA. Leedla alto, marido.

AMO. Así dice: «Digo yo, Lorenzo Pasillas, sota-sacristán desta parroquia, que

quiero bien, y muy bien, a la señora Cristiana de Perra zes; y en fee desta verdad, le di

ésta, firmada de mi nombre, fecha en Madrid, en el cimenterio de San Andrés, a seis de

mayo deste presente año de mil y seiscientos y once. Testigos: mi corazón, mi entendimiento,

mi voluntad y mi memoria. LORENZO PASILLAS.» ¡Gentil manera de cédula

de matrimonio!

SACRISTÁN. Debajo de decir que la quiero bien, se incluye todo aquello que ella

quisiere que yo haga por ella; porque quien da la vo luntad, lo da todo.

AMO. ¿Luego, si ella quisiese, bien os casaríades con ella?

SACRISTÁN. De bonísima gana, aunque perdiese la expectativa de tres mil

maravedís de renta, que ha de fundar agora sobre mi cabeza una agüela mía, según me

han escrito de mi tierra.

SOLDADO. Si voluntades se toman en cuenta, treinta y nueve días hace hoy que, al

entrar de la Fluente Segoviana, di yo a Cristina la

mía, con todos los anejos a mis tres potencias; y si ella quisiere ser mi esposa, algo irá a

decir de ser castellano de un famoso castillo, a un sacristán no entero, sino medio, y aun

de la mitad le debe de faltar algo.

AMO. ¿Tienes deseo de casarte, Cristinica?

CRISTINA. Sí tengo.

AMO. Pues escoge, destos dos que se te ofrecen, el que más te agradare.

CRISTINA. Tengo vergüenza.

ELLA. No la tengas; porque el comer y el casar ha de ser a gusto proprio, y no a

voluntad ajena.

CRISTINA. Vuesas mercedes, que me han criado, me darán marido como me

convenga; aunque todavía quisiera escoger.

SOLDADO. Niña, échame el ojo; mira mi garbo; soldado soy, castellano pienso

ser; brío tengo de corazón; soy el más galán hombre del mundo; y por el hilo deste

vestidillo, podrás sacar el ovillo de mi gentileza.

SACRISTÁN. Cristina, yo soy músico, aunque de campanas; para adornar una

tumba y colgar una iglesia para fiestas solenes, ningún sacristán me puede llevar ventaja;

y estos oficios bien los puedo ejer citar casado, y ganar de comer como un príncipe.

AMO. Ahora bien, muchacha: escoge de los dos el que te agrada; que yo gusto

dello, y con esto pondrás paz entre dos tan fuertes competidores.

SOLDADO. Yo me allano.

SACRISTÁN. Y yo me rindo.

CRISTINA. Pues escojo al sacristán.

(Han entrado los músicos.)

AMO. Pues llamen esos oficiales de mi vecino el barbero, para que con sus

guitarras y voces nos entremos a celebrar el desposorio, cantando y bailando; y el señor

soldado será mi convidado.

SOLDADO. Acepto:

«Que, donde hay fuerza de hecho,

Se pierde cualquier derecho».

MÚSICOS. Pues hemos llegado a tiempo, éste será el estribillo de nuestra letra.

(Cantan el estribillo.)

SOLDADO.

«Siempre escogen las mujeres

Aquello que vale menos,

Porque excede su mal gusto

A cualquier merecimiento.

Ya no se estima el valor,

Porque se estima el dinero,

Pues un sacristán prefieren

A un roto soldado lego.

Mas no es mucho: que ¿quién vio

Que fue su voto tan necio,

Que a sagrado se acogiese,

Que es de delincuentes puerto?

Que adonde hay fuerza, etc.»

SACRISTÁN

«Como es proprio de un soldado

Que es sólo en los años viejo,

Y se halla sin un cuarto

Porque ha dejado su tercio,

Imaginar que ser puede

Pretendiente de Gaiferos,

Conquistando por lo bravo

Lo que yo por manso adquiero,

No me afrentan tus razones,

Pues has perdido en el juego;

Que siempre un picado

tiene Licencia para hacer fieros.

Que adonde, etc.»

(Entranse cantando y bailando)

Entremés del Vizcaíno fingido

( SOLÓRZANOy QUIÑONES.)

SOLÓRZANO. Estas son las bolsas, y, a lo que parecen, son bien parecidas, y las

cadenas que van dentro, ni más ni menos. No hay sino que vos acudáis con mi intento:

que, a pesar de la taimería desta sevillana, ha de quedar esta vez burlada.

QUIÑONES. ¿Tanta honra se adquiere, o tanta habilidad se muestra en engañar a

una mujer, que lo tomáis con tanto ahínco y ponéis tanta solicitud en ello?

SOLÓRZANO. Cuando las mujeres son como éstas, es gusto el burlallas; cuanto

más que esta burla no ha de pasar de los tejados arriba; quiero decir que ni ha de ser con

ofensa de Dios ni con daño de la burlada; que no son burlas las que redundan en

desprecio ajeno.

QUIÑONES. Alto; pues vos lo queréis, sea así. Digo que yo os ayudaré en todo

cuanto me habéis dicho, y sabré fingir tan bien como vos, que no lo puedo más encarecer.

¿Adónde vais agora?

SOLÓRZANO. Derecho en casa de la ninfa; y vos no salgáis de casa, que yo os

llamaré a su tiempo.

QUIÑONES. Allí estaré clavado, esperando.

(Éntranse los dos.)

(Salen DOÑA CRISTINA y DOÑA BRÏGIDA: Cristina sin manto, y

BRÍGIDA con él, toda asustada y turbada.)

CRISTINA. ¡Jesús! ¿Qué es lo que traes, amiga doña BRÏGIDA, que parece que

quieres dar el alma a su Hacedor?

BRÏGIDA. ¡Doña Cristina, amiga, hazme aire, rocíame con un poco de agua este

rostro, que me muero, que me fino, que se me arranca el alma! ¡Dios sea conmigo!

¡Confesión a toda priesa!

CRISTINA. ¿Qué es esto? ¡Desdichada de mi! ¿No me dirás, amiga, lo que te ha

sucedido? ¿Has visto alguna mala visión? ¿Hante dado alguna mala nueva de que es

muerta tu madre, o de que viene tu marido, o hante robado tus joyas?

BRÏGIDA. Ni he visto visión alguna, ni se ha muerto mi madre, ni viene mi marido,

que aun le faltan tres meses para acabar el negocio donde fue, ni me han robado mis

joyas; pero hame sucedido otra cosa peor.

CRISTINA. Acaba, dímela, doña Brígida mía; que me tienes tur bada y suspensa

hasta saberla.

BRÏGIDA. ¡Ay, querida, que también te toca a ti parte deste mal suceso! Límpiame

este rostro, que él y todo el cuerpo tengo bañado en sudor más frío que la nieve.

¡Desdichadas de aquellas que andan en la vida libre, que, si quieren tener algún poquito

de autoridad, granjeadas de aquí o de allí, se la dejarretan y se la quitan al mejor tiempo!

CRISTINA. Acaba, por tu vida, amiga, y dime lo que te ha sucedido, y qué es la

desgracia de quien yo también tengo de tener parte.

BRÏGIDA. ¡Y cómo si tendrás parte! Y mucha, si eres discreta, como lo eres. Has

de saber, hermana, que, viniendo agora a verte, al pasar por la puerta de Guadalajara, oí

que, en medio de infinita justicia y gente, estaba un pregonero pregonando que quitaban

los coches, y que las mujeres descubriesen los rostros por las calles.

CRISTINA. ¿Y esa es la mala nueva?

BRÏGIDA. Pues para nosotras, ¿puede ser peor en el mundo?

CRISTINA. Yo creo, hermana, que debe de ser alguna reformación de los coches;

que no es posible que los quiten de todo punto. Y será cosa muy acertada, porque, según

he oído decir, andaba muy de caída la caballería en España, porque se empanaban diez o

doce caballeros mozos en un coche y azotaban las calles de noche y de día, sin

acordárseles que había caballos y jineta en el mundo; y, como les falte la comodidad de

las galeras de la tierra, que son los coches, volverán al ejercicio de la caballería, con

quien sus antepasados se honraron.

BRÏGIDA. ¡Ay, Cristina de mi alma! Que también oí decir que, aunque dejan

algunos, es con condición que no se presten, ni que en ellos ande ninguna... ya me

entiendes.

CRISTINA. Ese mal nos hagan; porque has de saber, hermana, que está en opinión,

entre los que siguen la guerra, cuál es mejor, la caballería o la infantería, y hase

averiguado que la infantería española lleva la gala a todas las naciones. Y agora

podremos las alegres mostrar a pie nuestra gallardía, nuestro garbo y nuestra bizarría, y

más yendo descubiertos los rostros, quitando la ocasión de que ninguno se llame a

engaño si nos sirviese, pues nos ha visto.

BRÏGIDA. ¡Ay, Cristina! ¡No me digas eso! ¡Qué linda cosa era ir sentada en la

popa de un coche, llenándola de parte a parte, dando rostro a quien y como y cuando

quería. Y en Dios y en mi ánima te digo, que cuando alguna vez me le prestaban, y me

vía sentada en él con aquella autoridad, que me desvanecía tanto, que creía bien y verdaderamente

que era mujer principal, y que más de cuatro señoras de título pudieran ser

mis criadas.

CRISTINA. ¿Veis, doña Brígida, cómo tengo yo razón en decir que ha sido bien

quitar los coches, siquiera por quitarnos a nosotras el pecado de la vanagloria? Y más,

que no era bien que un coche igualase a las no tales con las tales; pues viendo los ojos

estranjeros a una persona en un coche, pomposa por galas, reluciente por joyas, echaría a

perder la cortesía, haciéndosela a ella como si fuera a una principal señora. Así que,

amiga, no debes acongoj arte, sino acomoda tu brío y tu limpieza, y tu manto de Soplillo

sevillano, y tus nuevos chapines, en todo caso, con las virillas de plata, y déjate ir por

esas calles; que yo te aseguro que no falten moscas a tan buena miel, si quisieres dejar

que a ti se lleguen: que engaño en más va que en besarla durmiendo.

BRÏGIDA. Dios te lo pague, amiga, que me has consolado con tus advertimientos y

consejos; y en verdad que los pienso poner en práctica, y pulirme y repulirme, y dar el

rostro a pie, y pisar el polvico a tan me nudico, pues no tengo quien me corte la cabeza;

que este que piensan que es mi marido, no lo es, aunque me ha dado la palabra de serlo.

CRISTINA. ¡Jesús! ¿Tan a la sorda y sin llamar se entra en mi casa? Señor, ¿qué es

lo que vuestra merced manda?

(Entra SOLÓRZANO.)

SOLÓRZANO. Vuestra merced perdone el atrevimiento, que la ocasión hace al

ladrón: hallé la puerta abierta, y entréme, dándome ánimo al entrarme, venir a servir a

vuestra merced, y no con palabras, sino con obras; y si es que puedo hablar delante desta

señora, diré a lo que vengo y la intención que traigo.

CRISTINA. De la buena presencia de vuestra merced, no se pue de esperar sino que

han de ser buenas sus palabras y sus obras. Diga vuestra merced lo que quisiere, que la

señora doña BRÏGIDA es tan mi amiga, que es otra yo misma.

SOLÓRZANO. Con ese seguro y con esa licencia, hablaré con verdad; y con

verdad, señora, soy un cortesano a quien vuestra merced no conoce.

CRISTINA. Así es la verdad.

SOLÓRZANO. Y ha muchos días que deseo servir a vuestra merced, obligado a

ello de su hermosura, buenas partes y mejor término; pero estrechezas, que no faltan, han

sido freno a las obras hasta agora, que la suerte ha querido que de Vizcaya me enviase un

grande amigo mío a un hijo suyo, vizcaíno, muy galán, para que yo le lleve a Salamanca

y le ponga de mi mano en compañía que le honre y le enseñe. Porque, para decir la

verdad a vuestra merced, él es un poco burro y tiene algo de mentecapto; y añádesele a

esto una tacha que es lástima decirla, cuanto más tenerla, y es que se toma algún tanto, un

si es no es del vino; pero no de manera que de todo en todo pierda el juicio, puesto que se

le turba; y cuando está asomado, y aun casi todo el cuerpo fuera de la ventana, es cosa

maravillosa su alegría y su liberalidad:

da todo cuanto tiene a quien se lo pide y a quien no se lo pide; y yo querría que, ya que el

diablo se ha de llevar cuanto tiene, aprovecharme de alguna cosa, y no he hallado mejor

medio que traerle a casa de vuestra merced, porque es muy amigo de damas, y aquí le de

sollaremos cerrado como a gato; y para principio traigo aquí a vuestra merced esta cadena

en este bolsillo, que pesa ciento y veinte escudos de oro, la cual tomará vuestra merced y

me dará diez escudos agora, que yo he menester para ciertas co sillas, y gastará otros

veinte en una cena esta noche, que vendrá acá nuestro burro o nuestro búfalo, que le llevo

yo por el naso, como dicen, y a dos idas y venidas se quedará vuestra merced con toda la

cadena, que yo no quiero más de los diez escudos de ahora. La cadena es bonísima y de

muy buen oro, y vale algo de hechura. Héla aquí; vuestra merced la tome.

CRISTINA. Beso a vuestra merced las manos por la que me ha hecho en acordarse

de mí en tan provechosa ocasión; pero, si he de decir lo que siento, tanta liberalidad me

tiene algo confusa y algún tanto sospechosa.

SOLÓRZANO. ¿Pues de qué es la sospecha, señora nia?

CRISTINA. De que podrá ser esta cadena de alquimia; que se suele decir que no es

oro todo lo que reluce.

SOLÓRZANO. Vuestra merced habla discretísimamente, y no en balde tiene

vuestra merced fama de la más discreta dama de la corte; y hame dado mucho gusto el

ver cuán sin melindres ni rodeos me ha descubierto su corazón; pero para todo hay

remedio, si no es para la muerte. Vuestra merced se cubra su manto, o envíe si tiene de

quién fiarse, y vaya a la Platería, y en el contraste se pese y toque esa cadena; y cuando

fuera fina, y de la bondad que yo he dicho, entonces vuestra merced me dará los diez

escudos, harále una regalaría al borrico, y se quedará con ella.

CRISTINA. Aquí, pared y medio, tengo yo un platero mi conocido, que con

facilidad me sacará de duda.

SOLÓRZANO. Eso es lo que yo quiero, y lo que amo y lo que estimo, que las cosas

claras Dios las bendijo.

CRISTINA. Si es que vuestra merced se atreve a fiarme esta cadena en tanto que

me satisfago, de aquí a un poco podrá venir, que yo tendré los diez escudos en oro.

SOLÓRZANO. ¡Bueno es eso! ¿Fío mi honra de vuestra merced y no le había de

fiar la cadena? Vuestra merced la haga tocar y retocar; que yo me voy, y volveré de aquí

a media hora.

CRISTINA. Y aun antes, si es que mi vecino está en casa.

(Entrase SOLÓRZANO.)

BRÏGIDA. Esta, Cristina mía, no sólo es ventura, sino venturón llovido.

Desdichada de mí, y qué desgraciada que soy, que nunca topo quien me dé un jarro de

agua sin que me cueste mi trabajo primero. Sólo me encontré el otro día en la calle a un

poeta, que de bonísima voluntad y con mucha cortesía me dio un soneto de la historia de

Píramo y Tisbe, y me ofreció trecientos en mi alabanza.

CRISTINA. Mejor fuera que te hubieras encontrado con un gino vés que te diera

trecientos reales.

BRÏGIDA. Sí, por cierto, ¡Ahí están los ginoveses de manifiesto y para venirse a la

mano, como halcones al señuelo! Andan todos malencónicos y tristes con el decreto.

CRISTINA. Mira, BRÏGIDA, desto quiero que estés cierta: que vale más un

ginovés quebrado que cuatro poetas enteros. Mas, ¡ay!, el viento corre en popa; mi

platero es éste. ¿Y que quiere mi buen vecino? Que a fe que me ha quitado el manto de

los hombros, que ya me le quería cubrir para buscarle.

(Entra el PLATERO.)

PLATERO. Señora doña Cristina, vuestra merced me ha de hacer una merced: de

hacer todas sus fuerzas por llevar mañana a mi mujer a la comedia, que me conviene y

me importa quedar mañana en la tarde libre de tener quien me siga y me persiga.

CRISTINA. Eso haré yo de muy buena gana; y aun si el señor ve cino quiere mi

casa y cuanto hay en ella, aquí la hallará sola y desembarazada; que bien sé en qué caen

estos negocios.

PLATERO. No, señora; entretener a mi mujer me basta. Pero ¿qué quería vuestra

merced de mí, que quería ir a buscarme?

CRISTINA. No más sino que me diga el señor vecino qué pesará esta cadena, y si

es fina, y de qué quilates.

PLATERO. Esta cadena he tenido yo en mis manos muchas ve ces, y sé que pesa

ciento y cincuenta escudos de oro de a veinte y dos quilates; y que si vuestra merced la

compra y se la dan sin hechura, no perderá nada en ella.

CRISTINA. Alguna hechura me ha de costar, pero no mucha.

PLATERO. Mire cómo la concierta la señora vecina que yo le ha ré dar, cuando se

quisiere deshacer della, diez ducados de hechura.

CRISTINA. Menos me ha de costar, si yo puedo; pero mire el vecino no se engañe

en lo que dice de la fineza del oro y cantidad del peso.

PLATERO. ¡Bueno sería que yo me engañase en mi oficio! Digo, señora, que dos

veces la he tocado eslabón por eslabón, y la he pesado; y la conozco como a mis manos.

BRÏGIDA. Con eso nos contentamos.

PLATERO. Y por más señas, sé que la ha llegado a pesar y a tocar un gentil

hombre cortesano que se llama Tal de Solórzano.

CRISTINA. Basta, señor vecino; vaya con Dios, que yo haré lo que me deja

mandado. Yo la llevaré y entretendré dos horas más, si fuere menester; que bien sé que

no podrá dañar una hora más de entretenimiento.

PLATERO. Con vuestra merced me entierren, que sabe de todo, y adiós, señora

mía.

(Entrase el PLATERO.)

BRÏGIDA. ¿No haríamos con este cortesano Solórzano, que así se debe llamar sin

duda, que truj ese con el vizcaíno para mi alguna ayuda de costa, aunque fuese de algún

borgoñón más borracho que un zaque?

CRISTINA. Por decírselo no quedará; pero vesle, aquí vuelve:

priesa trae; diligente anda; sus diez escudos le aguijan y espolean. (Entra

SOLÓRZANO.)

SOLÓRZANO. Pues, señora doña Cristina, ¿ha hecho vuestra merced sus

diligencias? ¿Está acreditada la cadena?

CRISTINA. ¿Cómo es el nombre de vuestra merced, por su vida?

SOLÓRZANO. Don Esteban de Solórzano me suelen llamar en mi casa. Pero, ¿por

qué me lo pregunta vuestra merced?

CRISTINA. Por acabar de echar el sello a su mucha verdad y cortesía. Entretenga

vuestra merced un poco a la señora doña Brígida, en tanto que entro por los diez escudos.

(Entrase CRISTINA.)

BRÏGIDA. Señor don Solórzano, ¿no tendrá vuestra merced por ahí algún

mondadientes para mí? Que en verdad no soy para desechar, y que tengo buenas entradas

y salidas en mi casa como la señora doña Cristina; que, a no temer que nos oyera alguna,

le dijera yo al señor Solórzano más de cuatro tachas suyas: que sepa que tiene las tetas

como dos alforjas vacías, y que no le huele muy bien el aliento, porque se afeita mucho; y

con todo eso la buscan, solicitan y quieren; que estoy por arañarme esta cara, más de

rabia que de envidia, porque no hay quien me dé la mano, entre tantos que me dan del

pie; en fin, la ventura de las feas...

SOLÓRZANO. No se desespere vuestra merced, que si yo vivo, otro gallo cantará

en su gallinero.

(Vuelve a entrar CRISTINA.)

CRISTINA. He aquí, señor don Esteban, los diez escudos, y la cena se aderezará

esta noche como para un príncipe.

SOLÓRZANO. Pues nuestro burro está a la puerta de la calle, quiero ir por él.

Vuestra merced me le acaricie, aunque sea como quien toma una píldora.

(Vase SOLÓRZANO.)

BRÏGIDA. Ya le dije, amiga, que trujese quien me regalase a mí, y dijo que sí

haría, andando el tiempo.

CRISTINA. Andando el tiempo en nosotras no hay quien nos regale, amiga; los

pocos años traen la mucha ganancia, y los muchos la mucha pérdida.

BRÏGIDA. También le dije cómo vas muy limpia, muy linda, y muy agraciada, y

que toda eras ámbar, almizcle y algalia entre algodones.

CRISTINA. Ya yo sé, amiga, que tienes muy buenas ausencias.

BRÏGIDA.

parte.] ¡Mirad quién tiene amartelados, que vale más la suela de mi botín que las

arandelas de su cuello! Otra vez vuelvo a decir: la ventura de las feas...

(Entran QUIÑONES y SOLÓRZANO.)

QUIÑONES. Vizcaíno, manos bésame vuestra merced, que mándeme.

SOLÓRZANO. Dice el señor vizcaíno que besa las manos de vuestra merced y que

le mande.

BRÏGIDA. ¡Ay, qué linda lengua! Yo no la entiendo a lo menos, pero paréceme

muy linda.

CRISTINA. Yo beso las del mi señor vizcaíno, y más adelante.

QUIÑONES. Pareces buena, hermosa; también noche esta cenamos; cadena quedas,

duermes nunca, basta que doyla.

SOLÓRZANO. Dice mi compañero que vuestra merced le parece buena y hermosa;

que se apareje la cena; que él da la cadena, aunque no duerma acá, que basta que una vez

la haya dado.

BRÏGIDA. ¿Hay tal Alejandro en el mundo? Venturón, venturón y cien mil veces

venturón.

SOLÓRZANO. Si hay algún poco de conserva, y algún traguito del devoto para el

señor vizcaíno, yo sé que nos valdrá por uno ciento.

CRISTINA: ¡Y cómo si lo hay! Y yo entraré por ello y se lo daré mejor que al

Preste Juan de las Indias.

(Entrase CRISTINA.)

QUIÑONES. Dama que quedaste, tan buena como entraste. BRÏGIDA. ¿Qué ha

dicho, señor Solórzano? SOLÓRZANO. Que la dama que se queda, que es vuestra

merced,

es tan buena como la que se ha entrado.

BRÏGIDA. ¡Y cómo que está en lo cierto el señor vizcaíno! A fe que en este parecer

que no es nada burro.

QUIÑONES. Burro el diablo; vizcaíno ingenio queréis cuando tenerlo.

BRÏGIDA. Ya le entiendo: que dice que el diablo es el burro, y que los vizcaínos

cuando quieren tener ingenio le tienen.

SOLÓRZANO. Así es, sin faltar un punto.

(Vuelve a salir CRISTINA con un criado o criada, que traen una caja de conserva, una

garrafa con vino, su cuchillo y servilleta.)

CRISTINA. Bien puede comer el señor vizcaíno, y sin asco, que todo cuanto hay en

esta casa es la quinta esencia de la limpieza.

QUIÑONES. Dulce conmigo, vino y agua llamas bueno; santo le muestras; ésta le

bebo y otra también.

BRÏGIDA. ¡Ay, Dios, y con qué donaire lo dice el buen señor, aunque no le

entiendo!

SOLÓRZANO. Dice que con lo dulce también bebe vino como agua; y que este

vino es de San Martín, y que beberá otra vez.

CRISTINA. Y aun otras ciento; su boca puede ser medida.

SOLÓRZANO. No le den más, que le hace mal, y ya se le va echando de ver; que

le he yo dicho al señor Azcaray que no beba vino en ningún modo, y no aprovecha.

QUIÑONES. Vamos, que vino que subes y bajas, lengua es grillos y corma es pies.

Tarde vuelvo, señora; Dios que te guárdate.

SOLÓRZANO. ¡Miren lo que dice, y verán si tengo yo razón!

CRISTINA. ¿Qué es lo que ha dicho, señor Solórzano?

SOLÓRZANO. Que el vino es grillo de su lengua y corma de sus pies; que vendrá

esta tarde, y que vuestras mercedes se queden con Dios.

BRÏGIDA. ¡Ay, pecadora de mí, y cómo que se le turban los ojos y se trastraba la

lengua! ¡Jesús, que ya va dando traspiés! ¡Pues monta que ha bebido mucho! La mayor

lástima es ésta que he visto en mi vida. ¡ Miren qué mocedad y qué borrachera!

SOLÓRZANO. Ya venía él refrendado de casa. Vuestra merced, señora Cristina,

haga aderezar la cena, que yo le quiero llevar a dormir el vino, y seremos temprano esta

tarde.

(Entranse el vizcaíno y SOLÓRZANO.)

CRISTINA. Todo estará como de molde; vayan vuestras mercedes en hora buena.

BRÏGIDA. Amiga Cristina, muéstrame esa cadena, y déjame dar con ella dos filos

al deseo. ¡Ay, qué linda, qué nueva, qué reluc iente y qué barata! Digo, Cristina, que sin

saber cómo ni cómo no, llueven los bienes sobre ti, y se te entra la ventura por las

puertas, sin solicitalla. En efeto, eres venturosa sobre las venturosas; pero todo lo merece

tu desenfado, tu limpieza y tu magnífico término: hechizos bastantes a rendir las más

descuidadas y esentas voluntades; y no como yo, que no soy para dar migas a un gato.

Toma tu cadena, hermana, que estoy para reventar en lágrimas, y no de envidia que a ti te

tengo, sino de lástima que me tengo a mí.

(Vuelve a entrar SOLÓRZANO.)

SOLÓRZANO. ¡ La mayor desgracia nos ha sucedido del mundo!

BRÏGIDA. ¡Jesús! ¿Desgracia? ¿Y qué es, señor Solórzano?

SOLÓRZANO. A la vuelta desta calle, yendo a la casa, encontramos con un criado

del padre de nuestro vizcaíno, el cual trae cartas y nuevas de que su padre queda a punto

de espirar, y le manda que al momento se parta, si quiere hallarle vivo. Trae dinero para

la partida, que sin duda ha de ser luego. Yo le he tomado diez escudos para vuestra

merced, y velos aquí, con los diez que vuestra merced me dio denantes, y vuélvaseme la

cadena, que si el padre vive, el hijo volverá a darla, o yo no seré don Esteban de

Solórzano.

CRISTINA. En verdad que a mí me pesa, y no por mi interés, sino por la desgracia

del mancebo, que ya le había tomado afición.

BRÏGIDA. Buenos son diez escudos ganados tan holgando; tómalo s, amiga, y

vuelve la cadena al señor Solórzano.

CRISTINA. Véla aquí, y venga el dinero; que en verdad que pensaba gastar más de

treinta en la cena.

SOLÓRZANO. Señora Cristina, al perro viejo nunca tus tus; estas tretas, con los de

las galleruzas, y con este perro a otro hueso.

CRISTINA. ¿Para qué son tantos refranes, señor Solórzano?

SOLÓRZANO. Para que entienda vuestra merced que la codicia rompe el saco.

¿Tan presto se desconfió de mi palabra, que quiso vuestra merced curarse en salud y salir

al lobo al camino, como la gansa de Cantipalos? Señora Cristina, lo bien ganado se

pierde, y lo malo, ello y su dueño. Venga mi cadena verdadera, y tómese vuestra merced

su falsa, que no ha de haber conmigo transformaciones de Ovidio en tan pequeño espacio.

¡Oh hideputa, y qué bien que la amoldaron, y qué presto!

CRISTINA. ¿Qué dice vuestra merced, señor mio, que no le entiendo?

SOLÓRZANO. Digo que no es ésta la cadena que yo dejé a vuestra merced, aunque

le parece; que ésta es de alquimia, y la otra es de oro de a veinte y dos quilates.

BRÏGIDA. En mi ánima, que así lo dijo el vecino, que es platero.

CRISTINA. ¿Aun el diablo sería eso?

SOLÓRZANO. El diablo o la diabla, mi cadena venga, y dejémonos de voces, y

escúsense juramentos y maldiciones.

CRISTINA. El diablo me lleve, lo cual querría que no me llevase, si no es ésa la

cadena que vuestra merced me dejó, y que no he tenido otra en mis manos. ¡Justicia de

Dios, si tal testimonio se me levantase!

SOLÓRZANO. Que no hay para qué dar gritos, y más estando ahí el señor

Corregidor, que guarda su derecho a cada uno.

CRISTINA. Si a las manos del Corregidor llega este negocio, yo me doy por

condenada; que tiene de mí tan mal concepto, que ha de tener mí verdad por mentira, y

mi virtud por vicio. Señor mío, si yo he tenido otra cadena en mis manos sino aquesta, de

cáncer las vea yo comidas.

(Entra un ALGUACIL.)

ALGUACIL. ¿Qué voces son estas, qué gritos, qué lágrimas y qué maldiciones?

SOLÓRZANO. Vuestra merced, señor alguacil, ha venido aquí como de molde. A

esta señora del rumbo sevillano le empeñé una cadena, habrá una hora, en diez ducados,

para cierto efecto; vuelvo agora a desempeñarla, y, en lugar de una que le di, que pesaba

ciento y cincuenta ducados de oro de veinte y dos quilates, me vuelve ésta de alquimia,

que no vale dos ducados; y quiere poner mi justicia a la venta de la Zarza, a voces y a

gritos, sabiendo que será testigo desta verdad esta misma señora, ante quien ha pasado

todo.

BRÏGIDA. ¡Y cómo si ha pasado!, y aun repasado; y en Dios y en mi ánima que

estoy por decir que este señor tiene razón; aunque no puedo imaginar dónde se pueda

haber hecho el trueco, porque la cadena no ha salido de aquesta sala.

SOLÓRZANO. La merced que el señor alguacil me ha de hacer es llevar a la señora

al Corregidor, que allá nos averiguaremos.

CRISTINA. Otra vez torno a decir que, si ante el Corregidor me lleva, me doy por

condenada.

BRÏGIDA. Sí, porque no estoy bien con sus huesos.

CRISTINA. ¡Desta vez me ahorco! ¡Desta vez me desespero! ¡Desta vez me

chupan brujas!

SOLÓRZANO Ahora bien; yo quiero hacer una cosa por vuestra merced, señora

Cristina, siquiera porque no la chupen brujas, o por lo menos se ahorque: esta cadena se

parece mucho a la fina del vizcaíno; él es mentecapto y algo borrachuelo; yo se la quiero

llevar y darle a entender que es la suya, y vuestra merced contente aquí al señor alguacil y

gaste la cena desta noche, y sosiegue su espíritu, pues la pérdida no es mucha.

CRISTINA. ¡Págueselo a vuestra merced todo el cielo! Al señor alguacil daré

media docena de escudos, y en la cena gastaré uno, y quedaré por esclava perpetua del

señor Solórzano.

BRÏGIDA. Y yo me haré rajas bailando en la fiesta.

ALGUACIL. Vuestra merced ha hecho como liberal y buen caballero, cuyo oficio

ha de ser servir a las mujeres.

SOLÓRZANO. Vengan los diez escudos que di demasiados.

CRISTINA. Helos aquí, y más los seis para el señor alguacil.

(Entran dos Músicos, y QUIÑONES, el vizcaíno.)

MÚSICOS. Todo lo hemos oído, y acá estamos.

QUIÑONES. Ahora sí que puede decir a mi señora Cristina: ma móla una y cien mil

veces.

BRÏGIDA. ¿Han visto qué claro que habla el vizcaíno?

QUIÑONES. Nunca hablo yo turbio, si no es cuando quiero.

CRISTINA. ¡Que me maten si no me la han dado a tragar estos bellacos!

QUIÑONES. Señores músicos, el romance que les di y que saben, ¿para qué se

hizo?

MÚSICOS

«La mujer más avisada,

O sabe poco, o no nada.

La mujer que más presume

De cortar como navaja

Los vocablos repulgados

Entre las godeñas pláticas;

La que sabe de memoria,

A Lo Fraso y a Diana,

Y al Caballero del Febo,

Con Olivante de Laura;

La que seis veces al mes

Al gran Don Quijote pasa,

Aunque más sepa de aquesto,

O sabe poco, o no nada.

La que se fia en su ingenio,

Lleno de fingidas trazas,

Fundadas en interés

Y en voluntades tiranas;

La que no sabe guardarse,

Cual dicen, del agua mansa,

Y se arroja a las corrientes

Que ligeramente pasan;

La que piensa que ella sola

Es el colmo de la nata

En esto del trato alegre,

O sabe poco, o no nada.»

CRISTINA. Ahora bien, yo quedo burlada, y, con todo esto convido a vuestras

mercedes para esta noche.

QUIÑONES. Aceptamos el convite, y todo saldrá en la colada.

Entremés del Retablo de las maravillas

(Salen CHANFALLA y la CHIRINOS.)

CHANFALLA. No se te pasen de la memoria, Chirinos, mis advertimientos,

principalmente los que te he dado para este nuevo embuste, que ha de salir tan a luz como

el pasado del llovista.

CHIRINOS. Chanfalla ilustre, lo que en mi fuere tenlo como de molde; que tanta

memoria tengo como entendimiento, a quien se junta una voluntad de acertar a

satisfacerte, que excede a las demás potencias; pero dime: ¿de qué te sirve este Rabelín

que hemos tomado? Nosotros dos solos, ¿no pudiéramos salir con esta empresa?

CHANFALLA. Habíamosle menester como el pan de la boca, para tocar en los

espacios que tardaren en salir las figuras del Retablo de las Maravillas.

CHIRINOS. Maravilla será si no nos apedrean por solo el Rabelín, porque tan

desventurada criaturilla no la he visto en todos los días demivida.

(Entra EL RABELÏN.)

RABELÏN. ¿Hase de hacer algo en este pueblo, señor Autor? Que ya me muero

porque vuestra merced vea que no me tomó a carga cerrada.

CHIRINOS. Cuatro cuerpos de los vuestros no harán un tercio, cuanto más una

carga. Si no sois más gran músico que grande, medrados estamos.

RABELÏN. Ello dirá; que en verdad que me han escrito para entrar en una

compañía de partes, por chico que soy.

CHANFALLA. Si os han de dar la parte a medida del cuerpo, casi será invisible. -

Chirinos, poco a poco estamos ya en el pueblo, y éstos que aquí vienen deben de ser,

como lo son sin duda, el Gobernador y los Alcaldes. Salgámosles al encuentro, y date un

filo a la lengua en la piedra de la adulación; pero no despuntes de aguda.

(Salen el GOBERNADOR y BENITO REPOLLO, alcalde, JUAN CASTRADO,

regidor, y PEDRO CAPACHO, escribano.)

Beso a vuestras mercedes las manos. ¿Quién de vuestras mercedes es el Gobernador

deste pueblo?

GOBERNADOR. Yo soy el Gobernador. ¿Qué es lo que queréis, buen hombre?

CHANFALLA. A tener yo dos onzas de entendimiento, hubiera echado de ver que

esa peripatética y anchurosa presencia no podía ser de otro que del dignísimo Gobernador

deste honrado pueblo, que, con venirlo a ser de las Algarrobillas, los deseche vuestra

merced.

CHIRINOS. En vida de la señora y de los señoritos, si es que el señor Gobernador

los tiene.

CAPACHO. No es casado el señor Gobemador. CHIRINOS. Para cuando lo sea,

que no se perderá nada. GOBERNADOR. Y bien, ¿qué es lo que queréis, hombre honrado?

CHIRINOS. Honrados días viva vuestra merced, que así nos honra. En fin, la

encina da bellotas; el pero, peras; la parra, uvas, y el honrado, honra, sin poder hacer otra

cosa.

BENITO. Sentencia ciceronianca, sin quitar ni poner un punto. CAPACHO.

Ciceroniana quiso decir el señor alcalde Benito Re pollo.

BENITO. Siempre quiero decir lo que es mejor, sino que las más veces no acierto.

En fin, buen hombre, ¿qué queréis?

CHANFALLA. Yo, señores míos, soy Montiel, el que trae el Retablo de las

Maravillas. Hanme enviado a llamar de la corte los señores cofrades de los hospitales,

porque no hay autor de comedias en ella, y perecen los hospitales, y con mí ida se

remediará todo.

GOBERNADOR. ¿Y qué quiere decir Retablo de las Maravillas?

CHANFALLA. Por las maravillosas cosas que en él se enseñan y muestran, viene a ser llamado

Retablo de las Maravillas; el cual fabricó y compuso el sabio Tontonelo debajo de tales

paralelos, rumbos, astros y estrellas, con tales puntos, caracteres y observaciones, que

ninguno puede ver las cosas que en él se muestran, que tenga alguna raza de confeso, o

no sea habido y procreado de sus padres de legítimo matrimonio; y el que fuere

contagiado destas dos tan usadas enfermedades, despídase de ver las cosas, jamás vistas

ni oídas, de mi retablo.

BENITO. Ahora echo de ver que cada día se ven en el mundo cosas nuevas. ¡Y

qué! ¿Se llamaba Tontonelo el sabio que el Retablo compuso?

CHIRINOS. Tontonelo se llamaba, nacido en la ciudad de Tontonela; hombre de

quien hay fama que le llegaba la barba a la cintura.

BENITO. Por la mayor parte, los hombres de grandes barbas son sabihondos.

GOBERNADOR. Señor regidor Juan Castrado, yo determino, debajo de su buen

parecer, que esta noche se despose la señora Teresa Castrada, su hija, de quien yo soy

padrino, y, en regocijo de la fiesta, quiero que el señor Montiel muestre en vuestra casa

su Retablo.

JUAN. Eso tengo yo por servir al señor Gobemador, con cuyo parecer me

convengo, entablo y arrimo, aunque haya otra cosa en contrario.

CHIRINOS. La cosa que hay en contrario es que, si no se nos pa ga primero nuestro

trabajo, así verán las figuras como por el cerro de Úbeda. ¿Y vuestras mercedes, señores

Justicias, tienen conciencia y alma en esos cuerpos? ¡Bueno sería que entrase e sta noche

todo el pueblo en casa del señor Juan Castrado, o como es su gracia, y viese lo contenido

en el tal Retablo, y mañana, cuando quisiésemos mostralle al pueblo, no hubiese ánima

que le viese! No, señores; no, señores; ante omnia nos han de pagar lo que fuere justo.

BENITO. Señora Autora, aquí no os ha de pagar ninguna Antona ni ningún Antoño;

el señor regidor Juan Castrado os pagará más que honradamente, y si no, el Concejo.

¡Bien conocéis el lugar, por cierto! Aquí, hermana, no aguardamos a que ninguna Antona

pague por no sotros. CAPACHO. ¡Pecador de mí, señor Benito Repollo, y qué lejos da

del blanco! No dice la señora Autora que pague ninguna Antona, sino que le paguen

adelantado y ante todas cosas, que eso quiere decir ante omnia.

BENITO. Mirad, escribano Pedro Capacho, haced vos que me hablen a derechas,

que yo entenderé a pie llano. Vos, que sois leído y escribido, podéis entender esas

algarabías de allende, que yo no.

JUAN. Ahora bien, ¿contentarse ha el señor Autor con que yo le dé adelantados

media docena de ducados? Y más, que se tendrá cuidado que no entre gente del pueblo

esta noche en mi casa.

CHANFALLA. Soy contento, porque yo me fío de la diligencia de vuestra merced

y de su buen término.

JUAN. Pues véngase conmigo. Recibirá el dinero, y verá mi casa y la comodidad

que hay en ella para mostrar ese Retablo.

CHANFALLA. Vamos, y no se les pase de las mientes las calidades que han de

tener los que se atrevieren a mirar el maravilloso Reta blo.

BENITO. A mi cargo queda eso, y séle decir que, por mi parte, puedo ir seguro a

juicio, pues tengo el padre alcalde; cuatro dedos de enjundia de cristiano viejo rancioso

tengo sobre los cuatro costados de mi linaje: ¡miren si veré el tal Retablo!

CAPACHO. Todos le pensamos ver, señor Benito Repollo.

JUAN. No nacimos acá en las malvas, señor Pedro Capacho.

GOBERNADOR. Todo será menester, según voy viendo, señores Alcalde, Regidor

y Escribano.

JUAN. Vamos, Autor, y manos a la obra, que Juan Castrado me Hamo, hijo de

Antón Castrado y de Juana Macha; y no digo más, en abono y seguro que podré ponerme

cara a cara y a pie quedo delante del referido retablo.

CHIRINOS. ¡Dios lo haga!

(Entranse JUAN CASTRADO y CHANFALLA.)

GOBERNADOR. Señora Autora, ¿qué poetas se usan ahora en la corte, de fama y

rumbo, especialmente de los llamados cómicos? Porque yo tengo mis puntas y collar de

poeta, y pícome de la farándula y carátula. Veinte y dos comedias tengo, todas nuevas,

que se veen las unas a las otras; y estoy aguardando coyuntura para ir a la corte y enriquecer

con ellas media docena de autores.

CHIRINOS. A lo que vuestra merced, señor gobernador, me pregunta de los poetas,

no le sabré responder; porque hay tantos que quitan el sol, y todos piensan que son

famosos. Los poetas cómicos son los ordinarios y que sie mpre se usan, y así no hay para

qué nombrallos. Pero dígame vuestra merced, por su vida: ¿cómo es su buena gracia?

¿Cómo se llama?

GOBERNADOR. A mí, señora Autora, me llaman el Licenciado Gomecillos.

CHIRINOS. ¡Válame Dios! ¡Y que vuesa merced es el señor Licenciado

Gomecillos, el que compuso aquellas coplas tan famosas de Lucifer estaba malo y

Tómale mal defuera!

GOBERNADOR. Malas lenguas hubo que me quisieron ahijar esas coplas, y así

fueron nias como del Gran Turco. Las que yo compuse, y no lo quiero negar, fueron

aquellas que trataron del diluvio de Sevilla; que, puesto que los poetas son ladrones unos

de otros, nunca me precié de hurtar nada a nadie: con mis versos me ayude Dios, y hurte

el que quisiere.

(Vuelve CHANFALLA.)

CHANFALLA. Señores, vuestras mercedes vengan, que todo está a punto, y no

falta más que comenzar.

CHIRINOS. ¿Está ya el dinero in corhona?

CHANFALLA. Y aun entre las telas del corazón.

CHIRINOS. Pues doite por aviso, Chanfalla, que el Gobernador es poeta.

CHANFALLA. ¿Poeta? ¡Cuerpo del mundo! Pues dale por enga ñado, porque todos

los de humor semejante son hechos a la mazacona:

gente descuidada, crédula y no nada maliciosa.

BENITO. Vamos, Autor, que me saltan los pies por ver esas maravillas.

(Entranse todos.)

(Salen JUANA CASTRADA y TERESA REPOLLA, labradoras: la

una como desposada, que es la CASTRADA.)

CASTRADA. Aquí te puedes sentar, Teresa Repolla amiga, que tendremos el Retablo enfrente; y

pues sabes las condiciones que han de tener los miradores del Retablo, no te descuides, que sería una gran

desgracia.

TERESA. Ya sabes, Juana Castrada, que soy tu prima, y no digo más. ¡Tan cierto

tuviera yo el cielo como tengo cierto ver todo aquello que el Retablo mostrare! ¡Por el

siglo de mi madre que me sacase los mismos ojos de mi cara si alguna desgracia me

aconteciese! ¡Bonita soy yo para eso!

CASTRADA. Sosiégate, prima, que toda la gente viene.

(Entran el GOBERNADOR, BENITO REPOLLO, JUAN

CASTRADO, PEDRO CAPACHO, EL AUTOR y LA AUTORA,y EL MÚSICO, y otra

gente del pueblo, y UN SOBRINO de Benito, que ha de ser aquel gentil hombre que

baila.)

CHANFALLA. Siéntense todos; el Retablo ha de estar detrás deste repostero, y la

Autora también, y aquí el músico.

BENITO. ¿Músico es éste? Métanle también detrás del repostero, que, a trueco de

no velle, daré por bien empleado el no oílle.

CHANFALLA. No tiene vuestra merced razón, señor alcalde Re pollo, de

descontentarse del músico, que en verdad que es muy buen cristiano, y hidalgo de solar

conocido.

GOBERNADOR. ¡Calidades son bien necesarias para ser buen músico!

BENITO. De solar, bien podrá ser; mas de sonar, abrenuncio.

RABELÏN. ¡ Eso se merece el bellaco que se viene a sonar delante de...!

BENITO. ¡Pues por Dios, que hemos visto aquí sonar a otros mú sicos tan...!

GOBERNADOR. Quédese esta razón en el de del señor Rabel y en el tan del

Alcalde, que será proceder en infinito, y el señor Montiel comience su obra.

BENITO. ¡Poca balumba trae este autor para tan gran Retablo!

JUAN. Todo debe de ser de maravillas.

CHANFALLA. ¡Atención, señores, que comienzo! -~Oh tú, quien quiera que fuiste,

que fabricaste este Retablo con tan maravilloso artificio, que alcanzó renombre de las

Maravillas: por la virtud que en él se encierra, te conjuro, apremio y mando que luego

incontinenti muestres a estos señores algunas de las tus maravillosas maravillas, para que

se regocijen y tomen placer sin escándalo alguno! Ea, que ya veo que has otorgado mi

petición, pues por aquella parte asoma la figura del valentísimo Sansón, abrazado con las

colunas del templo para derriba11e por el suelo y tomar venganza de sus enemigos.

¡Tente, valeroso caballero; tente, por la gracia de Dios Padre! ¡No hagas tal desaguisado,

porque no cojas debajo y hagas tortilla tanta y tan noble gente como aquí se ha juntado!

BENITO. ¡Téngase, cuerpo de tal conmigo! ¡Bueno sería que, en lugar de habernos

venido a holgar, quedásemos aquí hechos plasta! ¡Téngase, señor Sansón, pesia a mis

males, que se lo ruegan buenos!.

CAPACHO. ¿Veisle vos, Castrado?

JUAN. ¿Pues no le había de ver? ¿Tengo yo los ojos en el colodrillo?

GOBERNADOR.

parte.] ¡Milagroso caso es éste! Así veo yo a Sansón ahora, como el Gran Turco.

Pues en verdad que me tengo por legítimo y cristiano viejo.

CHIRINOS. ¡Guárdate, hombre, que sale el mesmo toro que mató al ganapán en

Salamanca! ¡Échate, hombre; échate, hombre; Dios te libre, Dios te libre!

CHANFALLA. ¡Échense todos, échense todos! ¡Húcho ho!, !hú choho!, !húchoho!

(Echanse todos, y alborótanse.)

BENITO. ¡El diablo lleva en el cuerpo el torillo! Sus partes tiene de hosco y de

bragado. Si no me tiendo, me lleva de vuelo.

JUAN. Señor Autor, haga, si puede, que no salgan figuras que nos alboroten; y no

lo digo por mí, sino por estas mochachas, que no les ha quedado gota de sangre en el

cuerpo, de la ferocidad del toro.

CASTRADA. ¡Y cómo, padre! No pienso volver en mí en tres días; ya me vi en sus

cuernos, que los tiene agudos como una lesna.

JUAN. No fueras tú mi hija, y no lo vieras.

GOBERNADOR. [Aparte.] Basta; que todos ven lo que yo no veo; pero al fin habré

de decir que lo veo, por la negra honrilla.

CHIRINOS. Esa manada de ratones que allá va, deciende por línea recta de

aquellos que se criaron en el arca de Noé; dello s son blancos, dello s albarazados, dello s

jaspeados y dello s azules; y, finalmente, todo son ratones.

CASTRADA. ¡Jesús! ¡Ay de mí! ¡Ténganme, que me arrojaré por aquella ventana!

¿Ratones? ¡Desdichada! Amiga, apriétate las faldas, y mira no te muerdan; ¡Y monta que

son pocos! ¡Por el siglo de mi abuela, que pasan de milenta!

REPOLLA. Yo sí soy la desdichada, porque se me entran sin reparo ninguno. Un

ratón morenico me tiene asida de una rodilla. ¡ Socorro venga del cielo, pues en la tierra

me falta!

BENITO. Aun bien que tengo gregüecos: que no hay ratón que se me entre, por

pequeño que sea.

CHANFALLA. Esta agua, que con tanta priesa se deja descolgar de las nubes, es de

la fuente que da origen y principio al río Jordán. Toda mujer a quien tocare en el rostro,

se le volverá como de plata bruñida, y a los hombres se les volverán las barbas como de

oro.

CASTRADA. ¿Oyes, amiga? Descubre el rostro, pues ves lo que te importa. ¡Oh,

qué licor tan sabroso! Cúbrase, padre; no se moje.

JUAN. Todos nos cubrimos, hija.

BENITO. Por las espaldas me ha calado el agua hasta la canal maestra.

CAPACHO. Yo estoy más seco que un esparto.

GOBERNADOR. [Aparte.] ¿Qué diablos puede ser esto, que aún no me ha tocado

una gota donde todos se ahogan? ¿Mas si viniera yo a ser bastardo entre tantos legítimos?

BENITO. Quítenme de allí aquel músico; si no, voto a Dios que me vaya sin ver

más figura. ¡Válgate el diablo por músico aduendado, y qué hace de menudear sin cítola

y sin son!

RABELÏN. Señor alcalde, no tome conmigo la hincha, que yo toco como Dios ha

sido servido de enseñarme.

BENITO. ¿Dios te había de enseñar, sabandija? ¡Métete tras la manta; si no, por

Dios que te arroje este banco!

RABELÏN. El diablo creo que me ha traído a este pueblo.

CAPACHO. ¡Fresca es el agua del santo río Jordán! Y aunque me cubrí lo que

pude, todavía me alcanzó un poco en los bigotes, y aposta-ré que los tengo rubios como

un oro.

BENITO. Y aun peor cincuenta veces.

CHIRINOS. Allá van hasta dos docenas de leones rapantes y de osos colmeneros.

Todo viviente se guarde, que, aunque fantásticos, no dejarán de dar alguna pesadumbre, y

aun de hacer las fuerzas de Hércules, con espadas desenvainadas.

JUAN. Ea, señor Autor, ¡cuerpo de nosla! ¿Y agora nos quiere llenar la casa de

osos y de leones?

BENITO. ¡Mirad qué ruiseñores y calandrias nos envía Tontone lo, sino leones y

dragones! Señor Autor, o salgan figuras más apacibles, o aquí nos contentamos con las

vistas, y Dios le guíe, y no pare más en el pueblo un momento.

CASTRADA. Señor Benito Repollo, deje salir ese oso y leones, siquiera por

nosotras, y recebiremos mucho contento.

JUAN. Pues, hija, ¿de antes te espantabas de los ratones, y agora pides osos y

leones?

CASTRADA. Todo lo nuevo aplace, señor padre.

CHIRINOS. Esa doncella que agora se muestra tan galana y tan compuesta es la

llamada Herodías, cuyo baile alcanzó en premio la cabeza del Precursor de la vida. Si hay

quien la ayude a bailar, verán maravillas.

BENITO. ¡Esta sí, cuerpo del mundo!, que es figura hermosa, apacible y reluciente.

¡Hideputa, y cómo que se vuelve la mochacha! - Sobrino Repollo, tú que sabes de

achaque de castañetas, ayúdala, y será la fiesta de cuatro capas.

SOBRINO. Que me place, tío Benito Repollo.

(Tocan la zarabanda.)

CAPACHO. ¡Toma mi abuelo, si es antiguo el baile de la zarabanda y de la

chacona!

BENITO. Ea, sobrino, ténselas tiesas a esa bellaca jodía. Pero, si ésta es jodía,

¿cómo vee estas maravillas?

CHANFALLA. Todas las reglas tienen excepción, señor Alcalde.

(Suena una trompeta o corneta dentro del teatro, y entra UN FURRIER de

compañías.)

FURRIER. ¿Quién es aquí el señor Gobernador?

GOBERNADOR. Yo soy. ¿Qué manda vuestra merced?

FURRIER. Que luego, al punto, mande hacer alojamiento para treinta hombres de

armas que llegarán aquí dentro de media hora, y aun antes, que ya suena la trompeta; y

adiós.

(Vase)

BENITO. Yo apostaré que los envía el sabio Tontonelo

CHANFALLA. No hay tal; que ésta en una compañía de caballos que estaba alojada

dos leguas de aquí.

BENITO. Ahora yo conozco bien a Tontonelo, y sé que vos y él sois unos

grandísimos bellacos, no perdonando al músico; y mirá que os mando que mandéis a

Tontonelo no tenga atrevimiento de enviar estos hombres de armas, que le haré dar

docientos azotes en las espaldas, que se vean unos a otros.

CHANFALLA. ¡Digo que los envía Tontonelo, como ha enviado las sabandijas que

yo he visto.

CAPACHO. Todos las habemos visto, señor Benito Repollo.

BENITO. No digo yo que no, señor Pedro Capacho. -¡ No toques más músico de

entre sueños, que te romperé la cabeza!

(Vuelve el FURRIER.)

FURRIER. Ea, ¿está ya hecho el alojamiento? Que ya están los caballos en el pueblo.

BENITO. ¿Qué, todavía ha salido con la suya Tontonelo? ¡Pues yo os voto a tal,

Autor de humos y de embelecos, que me lo habéis de pegar!

CHANFALLA. Séanme testigos que me amenaza el Alcalde.

CHIRINOS. Séanme testigos que dice el Alcalde que, lo que manda S.M., lo manda

el sabio Tontonelo.

BENITO. ¡Atontoneleada te vean mis ojos, plega a Dios Todopoderoso!

GOBERNADOR. Yo para mi tengo que verdaderamente estos hombres de armas no

deben de ser de burlas.

FURRIER. ¿De burlas habían de ser, señor Gobernador? ¿Está en su seso?

JUAN. Bien pudieran ser atontoneleados; como esas cosas habemos visto aquí. Por

vida del Autor, que haga salir otra vez a la doncella Herodias, porque vea este señor lo

que nunca ha visto; quizá con esto le cohecharemos para que se vaya presto del lugar.

CHANFALLA. Eso en buen hora, y véisla aquí a do vuelve, y hace de señas a su

bailador a que de nuevo la ayude.

SOBRINO. Por mí no quedará, por cierto.

BENITO. ¡Eso sí, sobrino, cánsala, cánsala; vueltas y más vueltas; ¡vive Dios, que es

un azogue la muchacha! ¡Al hoyo, al hoyo! ¡A ello, a ello!

FURRIER. ¿Está loca esta gente? ¿Qué diablos de doncella es ésta, y qué baile, y qué

Tontonelo?

CAPACHO. ¿Luego no vee la doncella herodiana el señor Furrier?

FURRIER. ¿Qué diablos de doncella tengo de ver?

CAPACHO. Basta: de ex illis es.

GOBERNADOR. De ex illis es, de ex illis es.

JUAN. Dellos es, dellos el señor Furrier; dellos es.

FURRIER. ¡Soy de la mala puta que los parió; y, por Dios vivo, que, si echo mano a

la espada, que los haga salir por las ventanas, que no por la puerta!

CAPACHO. Basta: de ex illis es.

BENITO. Basta: dellos es, pues no vee nada.

FURRIER. ¡Canalla barretina!: si otra vez me dicen que soy delbs, no les dejaré

hueso sano!

BENITO. Nunca los confesos ni bastardos fueron valientes; y por eso no podemos

dejar de decir: dellos es, dellos es.

FURRIER. ¡Cuerpo de Dios con los villanos! ¡Esperad!

(Mete mano a la espada, y acuchillase con todos; y el ALCALDE aporrea al

RABELLEJO; y la CHIRINOS descuelga la manta y dice.)

CHIRINOS. El diablo ha sido la trompeta y la venida de los hombres de armas;

parece que los llamaron con campanilla.

CHANFALLA. El suceso ha sido extraordinario; la virtud del Retablo se queda en su

punto, y mañana lo podemos mostrar el pueblo; y nosotros mismos podemos cantar el

triunfo desta batalla, diciendo:

¡Vivan Chirinos y Chanfalla!

Entremés de ta Cueva Satamanca

(Salen PANCRACIO, LEONARDAy CRISTINA.)

PANCRACIO. Enjugad, señora, esas lágrimas, y poned pausa a vuestros suspiros,

considerando que cuatro días de ausencia no son siglos. Yo volveré, a lo más largo, a los

cinco, si Dios no me quita la vida; aunque será mejor, por no turbar la vuestra, romper mi

palabra y dejar esta jornada, que sin mi presencia se podrá casar mi hermana.

LEONARDA. No quiero yo, mi Pancracio y mi señor, que por respeto mío vos

parezcáis descortés. Id en hora buena, y cumplid con vuestras obligaciones, pues las que

os llevan son precisas, que yo me apretaré con mi llaga, y pasaré mi soledad lo menos

mal que pudiere. Sólo os encargo la vuelta, y que no paséis del término que habéis

puesto. -¡Tenme, Cristina, que se me aprieta el corazón!

(Desmáyase LEONARDA.)

CRISTINA. ¡Oh, que bien hayan las bodas y las fiestas! En verdad, señor, que, si yo

fuera vuestra merced, que nunca allá fuera.

PANCRACIO. Entra, hija, por un vidro de agua para echársela en el rostro. Mas

espera; diréle unas palabras que sé al oído, que tienen virtud para hacer volver de los

desmayos.

(Dicele las palabras; vuelve LEONARDA diciendo.)

LEONARDA. Basta; ello ha de ser forzoso; no hay sino tener paciencia, bien mío;

cuanto más os detuviéredes, más dilatáis mi contento. Vuestro compadre Leoniso os debe

de aguardar ya en el coche. Andad con Dios: que él os vuelva tan presto y tan bueno

como yo deseo.

PANCRACIO. Mi ángel, si gustas que me quede, no me moveré de aquí más que una

estatua.

LEONARDA. No, no, descanso mío; que mi gusto está en el vuestro; y, por agora,

más que os váis que no os quedéis, pues es vuestra honra la mía.

CRISTINA. ¡Oh espejo del matrimonio! A fe que si todas las casadas quisiesen tanto

a sus maridos como mi señora Leonarda quiere al suyo, que otro gallo les cantase.

LEONARDA. Entra, Cristinica, y saca mi manto, que quiero acompañar a tu señor

hasta dejarle en el coche.

PANCRACIO. No, por mi amor; abrazadme, y quedaos, por vida mia.-Cristinica, ten

cuenta de regalar a tu señora, que yo te mando un calzado cuando vuelva, como tú le

quisieres.

CRISTINA. Vaya, señor, y no lleve pena de mi señora, porque la pienso persuadir de

manera a que nos holguemos, que no imagine en la falta que vuestra merced le ha de

hacer.

LEONARDA. ¿Holgar yo? ¡Qué bien estás en la cuenta, niña! Porque, ausente de mi

gusto, no se hicieron los placeres ni las glorias para mi; penas y dolores, si.

PANCRACIO. Ya no lo puedo sufrir. Quedad en paz, lumbre destos ojos, los cuales

no verán cosa que les dé placer hasta volveros a ver.

(Entrase PANCRACIO.)

LEONARDA. ¡Allá darás, rayo, en casa de Ana Diaz! ¡Vayas, y no vuelvas! La ida

del humo. ¡Por Dios, que esta vez no os han de valer vuestras valentias ni vuestros

recatos!

CRISTINA. Mil veces temi que con tus estremos habias de estorbar su partida y

nuestros contentos.

LEONARDA. ¿Si vendrán esta noche los que esperamos?

CRISTINA. ¿Pues no? Ya los tengo avisados, y ellos están tan en ello, que esta tarde

enviaron con la lavandera, nuestra secretaria, como que eran paños, una canasta de colar,

llena de mil regalos y de cosas de comer, que no parece sino uno de los serones que da el

rey el Jueves Santo a sus pobres; sino que la canasta es de Pascua, porque hay en ella

empanadas, fiambreras, manjar blanco, y dos capones que aun no están acabados de

pelar, y todo género de fruta de la que hay ahora; y, sobre todo, una bota de hasta una

arroba de vino de lo de una oreja, que huele que traciende.

LEONARDA. Es muy cumplido, y lo fue siempre, mi Reponce, sacristán de las telas

de mis entrañas.

CRISTINA. ¿Pues qué le falta a mi maese Nicolás, barbero de mis hígados y navaja

de mis pesadumbres, que así me las rapa y quita cuando le veo, como si nunca las hubiera

tenido?

LEONARDA. ¿Pusiste la canasta en cobro?

CRISTINA. En la cocina la tengo, cubierta con un cernadero, por el disimulo.

(Llama a la puerta el ESTUDIANTE CARRAOLANO, y, en llamando, sin esperar

que le respondan, entra.)

LEONARDA. Cristina, mira quién llama.

ESTUDIANTE. Señoras, soy yo, un pobre estudiante.

CRISTINA. Bien se os parece que sois pobre y estudiante, pues lo uno muestra

vuestro vestido , y el ser pobre vuestro atrevimiento. ¡ Co sa estraña es ésta, que no hay

pobre que espere a que le saquen la limosna a la puerta, sino que se entran en las casas

hasta el último rincón, sin mirar si despiertan a quien duerme, o si no!

ESTUDIANTE. Otra más blanda respuesta esperaba yo de la buena gracia de vuestra

merced; cuanto más que yo no quería ni buscaba otra limosna, sino alguna caballeriza o

pajar donde defenderme esta noche de las inclemencias del cielo, que, según se me

trasluce, parece que con grandísimo rigor a la tierra amenazan.

LEONARDA. ¿Y de dónde bueno Sois, amigo?

ESTUDIANTE. Salmantino soy, señora mía; quiero decir que soy de Salamanca. Iba

a Roma con un tío mío, el cual murió en el camino, en el corazón de Francia. Vine solo;

determiné volverme a mi tierra:

robáronme los lacayos o compañeros de Roque Guinarde en Cataluña, porque él

estaba ausente; que, a estar allí, no consintiera que se me hiciera agravio, porque es muy

cortés y comedido, y además limosnero. llame tomado a estas santas puertas la noche,

que por tales las juzgo, y busco mi remedio.

LEONARDA. ¡En verdad, Cristina, que me ha movido a lástima el estudiante!

CRISTINA. Ya me tiene a mí rasgadas las entrañas. Tengámosle en casa esta noche, pues

de las sobras del castillo se podrá mantener el real; quiero decir, que en las reliquias de la

canasta habrá en quien adore su hambre; y más, que me ayudará a pelar la volatería que

viene en la cesta.

LEONARDA. ¿Pues cómo, Cristina, quieres que metamos en nuestra casa testigos de

nuestras liviandades?

CRISTINA. Así tiene él talle de hablar por el colodrillo, como por la boca. -Venga

acá, amigo: ¿sabe pelar?

ESTUDIANTE. ¿Cómo si sé pelar? No entiendo eso de saber pe lar, si no es que

quiere vuesa merced motej arme de pelón; que no hay para qué, pues yo me confieso por

el mayor pelón del mundo.

CRISTINA. No lo digo yo por eso, en mí ánima, sino por saber si sabía pelar dos o

tres pares de capones.

ESTUDIANTE. Lo que sabré responder es que yo, señoras, por la gracia de Dios, soy

graduado de bachiller por Salamanca, y no digo...

LEONARDA. Desa manera, ¿quién duda sino que sabrá pelar no sólo capones, sino

gansos y avutardas? Y, en esto del guardar secreto, ¿cómo le va? Y, a dicha, es tentado de

decir todo lo que vee, imagina o siente?

ESTUDIANTE. Así pueden matar delante de mí más hombres que carneros en el

Rastro, que yo desplegue mis labios para decir palabra alguna.

CRISTINA. Pues atúrese esa boca, y cósase esa lengua con una agujeta de dos cabos,

y amuélese esos dientes, y éntrese con nosotras, y verá misterios y cenará maravillas, y

podrá medir en un pajar los pies que quisiere para su cama.

ESTUDIANTE. Con siete tendré demasiado: que no soy nada codicioso ni regalado.

(Entran el SACRISTÁN REPONCE y el BARBERO.)

SACRISTÁN. ¡Oh, que en hora buena estén los automedones y guías de los carros de

nuestros gustos, las luces de nuestras tinieblas, y las dos recíprocas voluntades que sirven

de basas y colunas a la amoro sa fábrica de nuestros deseos!

LEONARDA. ¡Esto sólo me enfada défi Reponce mío: habla, por tu vida, a lo

moderno y de modo que te entienda, y no te encarames donde no te alcance.

BARBERO. Eso tengo yo bueno, que hablo más llano que una suela de zapato; pan

por vino y vino por pan, o como suele decirse.

SACRISTÁN. Sí, que diferencia ha de haber de un sacristán gra mático a un barbero

romancista.

CRISTINA. Para lo que yo he menester a mi barbero, tanto latín sabe, y aun más, que

supo Antonio de Nebrija. Y no se dispute agora de ciencia ni de modos de hablar; que

cada uno habla, si no como debe, a lo menos como sabe; y entrémonos, y manos a la

labor, que hay mucho que hacer.

ESTUDIANTE. Y mucho que pelar.

SACRISTÁN. ¿Quién es este buen hombre?

LEONARDA. Un pobre estudiante salamanqueso que pide albergo para esta noche.

SACRISTÁN. Yo le daré un par de reales para cena y para lecho, y váyase con Dios.

ESTUDIANTE. Señor sacristán Reponce, recibo y agradezco la merced y la limosna;

pero yo soy mudo, y pelón además, como lo ha menester esta señora doncella que me

tiene convidado; y voto a... de no irme esta noche desta casa, si todo el mundo me lo

manda. Confiese vuestra merced mucho de enhoramala de un hombre de mis prendas que

se contenta de dormir en un pajar; y si lo han por sus capones, péleselos el Turco y

cómanselos ellos, y nunca del cuero les salgan.

BARBERO. Éste más parece rufián que pobre; talle tiene de alzarse con toda la casa.

CRISTINA. No medre yo, si no me contenta el brío. Entrémonos todos, y demos

orden en lo que se ha de hacer; que el pobre pelará y callará como en misa.

ESTUDIANTE. Y aun como en vísperas.

SACRISTÁN. Puesto me ha miedo el pobre estudiante; yo apostaré que sabe más

latín que yo.

LEONARDA. De ahi le deben de nacer los brios que tiene; pero no te pese, amigo, de

hacer caridad, que vale para todas las cosas.

(Éntranse todos, y salen LEONISO, compadre de Pancracio, y

PANCRACIO.)

COMPADRE. Luego lo vi yo que nos habia de faltar la rueda. No hay cochero que no

sea temático; si él rodeara un poco y salvara aquel barranco, ya estuviéramos dos leguas

de aqui.

PANCRACIO. A mi no se me da nada; que antes gusto de volverme y pasar esta

noche con mi esposa Leonarda, que en la venta; porque la dejé esta tarde casi para

espirar, del sentimiento de mi partida.

COMPADRE. ¡Gran mujer! De buena os ha dado el cielo, señor compadre. Dadle

gracias por ello.

PANCRACIO. Yo se las doy como puedo, y no como debo; no hay Lucrecia que se le

llegue, ni Porcia que se le iguale: la honestidad y el recogimiento han hecho en ella su

morada.

COMPADRE. Si la mia no fuera celosa, no tenia yo más que desear. Por esta calle

está más cerca mi casa: tomad, compadre, por éstas, y estaréis presto en la vuestra; y

veámonos mañana, que no me faltará coche para la jornada. Adiós.

PANCRACIO. Adiós.

(Éntranse los dos.)

(Vuelven a salir el SACRISTÁN y el BARBERO, con sus guitarras; LEONARDA,

CRISTINA y el ESTUDIANTE. Sale el Sacristán con

lasotana alzada y ceñida al cuerpo, danzando al son de su misma guitarra; y, a cada

cabriola, vaya diciendo estas palabras.)

SACRISTÁN. ¡Linda noche, lindo rato, linda cena y lindo amor! CRISTINA. Señor

sacristán Reponce, no es éste tiempo de danzar; dése orden en cenar, y en las demás

cosas, y quédense las danzas para mejor coyuntura.

SACRISTÁN. ¡Linda noche, lindo rato, linda cena y lindo amor! LEONARDA. Déj

ale, Cristina; que en estremo gusto de ver su

agilidad.

(Llama PANCRACIO a la puerta, y dice.)

PANCRACIO. Gente dormida, ¿no ois? ¡Cómo! ¿Y tan temprano tenéis atrancada la

puerta? Los recatos de mi Leonarda deben de andar por aqui.

LEONARDA. ¡Ay, desdichada! A la voz, y a los golpes, mi marido Pancracio es éste;

algo le debe de haber sucedido, pues él se vuelve. Señores, a recogerse a la carbonera:

digo al desván, donde está el carbón.-Corre, Cristina, y llévalos; que yo entretendré a

Pancracio de modo que tengas lugar para todo.

ESTUDIANTE. ¡Fea noche, amargo rato, mala cena y peor amor!

CRISTINA. ¡Gentil relente, por cierto! ¡Ea, vengan todos!

PANCRACIO. ¿Qué diablo es esto? ¿Cómo no me abris, lirones?

ESTUDIANTE. Es el toque, que yo no quiero coner la suerte destos señores.

Escóndanse ellos donde quisieren, y llévenme a mi al pajar, que si alli me hallan, antes

pareceré pobre que adúltero.

CRISTINA. Caminen, que se hunde la casa a golpes.

SACRISTÁN. El alma llevo en los dientes.

BARBERO. Y yo en los carcañares.

(Entranse todos y asómase LEONARDA a la ventana.)

LEONARDA. ¿Quién está ahi? ¿Quién llama?

PANCRACIO. Tu marido soy, Leonarda mia; ábreme, que ha media hora que estoy

rompiendo a golpes estas puertas.

LEONARDA. En la voz, bien me parece a mi que oigo a mi cepo Pancracio; pero la

voz de un gallo se parece a la de otro gallo, y no me aseguro.

PANCRACIO. ¡Oh recato inaudito de mujer prudente! Que yo soy, vida mia, tu

marido Pancracio. Ábreme con toda seguridad.

LEONARDA. Venga acá, yo lo veré agora. ¿Qué hice yo cuando él se partió esta

tarde?

PANCRACIO. Suspiraste, lloraste y al cabo te desmayaste.

LEONARDA. Verdad; pero, con todo esto, digame: ¿qué señales tengo yo en uno de

mis hombros?

PANCRACIO. En el izquierdo tienes un lunar del grandor de medio real, con tres

cabellos como tres mil hebras de oro.

LEONARDA. Verdad; pero, ¿cómo se llama la doncella de casa?

PANCRACIO. ¡Ea, boba, no seas enfadosa: Cristinica se llama! ¿Qué más quieres?

LEONARDA ¡Cristinica, Cristinica, tu señor es; ábrele, niña!

CRISTINA. Ya voy señora; que él sea muy bien venido. -c,Qué es esto, señor de mi

alma? ¿Qué acelerada vuelta es ésta?

LEONARDA. ¡Ay, bien mio! Decídnoslo presto, que el temor de algún mal suceso

me tiene ya sin pulsos.

PANCRACIO. No ha sido otra cosa sino que en un bananco se quebró la rueda del

coche, y mi compadre y yo determinamos volvemos, y no pasar la noche en el campo; y

mañana buscaremos en qué ir, pues hay tiempo. Pero ¿qué voces hay?

(Dentro, y como de muy lejos, diga el ESTUDIANTE.)

ESTUDIANTE. ¡Abranme aquí, señores, que me ahogo!

PANCRACIO. ¿Es en casa o en la calle?

CRISTINA. Que me maten si no es el pobre estudiante que ence-né en el pajar para

que durmiese esta noche.

PANCRACIO. ¿Estudiante encerrado en mi casa, y en ausencia? ¡Malo! En verdad,

señora, que si no me tuviera asegurado vuestra mucha bondad, que me causara algún

recelo este encerramiento. Pero ve, Cristina, y ábrele; que se le debe de haber caído toda

la paja acuestas.

CRISTINA. Ya voy. [ Vase.]

LEONARDA. Señor, que es un pobre salamanqueso que pidió que le acogiésemos

esta noche, por amor de Dios, aunque fuese en el pajar; y ya sabes mi condición, quer no

puedo negar nada de lo que se me pide, y encerrámosle; pero veile aquí, y mirad cuál

sale.

(Sale el ESTUDIANTE y CRISTINA; él lleno de paja

las barbas, cabeza y vestido.)

ESTUDIANTE. Si yo no tuviera tanto miedo y fuera menos escrupuloso, yo hubiera

excusado el peligro de ahogarme en el pajar, y hubiera cenado mejor, y tenido más

blanda y menos peligrosa cama.

PANCRASIO. ¿Y quién os había de dar, amigo, mejor cena y mejor cama?

ESTUDIANTE. ¿Quién? Mi habilidad, sino que el temor de la justicia me tiene

atadas las manos.

PANCRACIO. ¡Peligrosa habilidad debe de ser la vuestra, pues os teméis de la

justicia!

ESTUDIANTE. La ciencia que aprendí en la Cueva de Salamanca, de donde yo soy

natural, si se dejara usar sin miedo de la Santa Inquisición, yo sé que cenara y recenara a

costa de mis herederos; y aun quizá no estoy muy fuera de usalla, siquiera por esta vez,

donde la necesidad me fuerza y me disculpa; pero no sé yo si estas señoras serán tan

secretas como yo lo he sido.

PANCRACIO. No se cure dellas, amigo, sino haga lo que quisiere, que yo les haré

que callen; y ya deseo en todo estremo ver alguna destas cosas que dice que se aprenden

en la Cueva de Salamanca.

ESTUDIANTE. ¿No se contentará vuestra merced con que le saque de aquí dos

demonios en figuras humanas, que traigan acuestas una canasta llena de cosas fiambres y

comederas?

LEONARDA. ¿Demonios en mi casa y en mi presencia? ¡Jesús! Librada sea yo de lo

que librarme no sé.

CRISTINA. ¡El mismo diablo tiene el estudiante en el cuerpo! ¡ Plega a Dios que

vaya a buen viento esta parva! ¡ Temblándome está el corazón en el pecho!

PANCRACIO. Ahora bien: si ha de ser sin peligro y sin espantos, yo me holgaré de

ver esos señores demonios y a la canasta de las fiambreras; y tomo a advertir que las

figuras no sean espantosas.

ESTUDIANTE. Digo que saldrán en figura del sacristán de la panoquia y en la de un

barbero su amigo.

CRISTINA. ¿Mas que lo dice por el sacristán Reponce y por maese Roque, el barbero

de casa? ¡Desdichados dellos, que se han de ver convertidos en diablos! Y dígame,

hermano, ¿y éstos han de ser diablos bautizados?

ESTUDIANTE. ¡Gentil novedad! ¿Adónde diablos hay diablos bautizados, o para

qué se han de bautizar los diablos? Aunque podrá ser que éstos lo fuesen, porque no hay

regla sin excepción; y apártense, y verán maravillas.

LEONARDA. [Aparte.] ¡Ay, sin ventura! ¡Aquí se descose! ¡Aquí salen nuestras

maldades a plaza! ¡Aquí soy muerta!

CRISTINA. [Aparte.] ¡Animo, señora, que buen corazón que branta mala ventura!

ESTUDIANTE. Vosotros, mezquinos, que en la carbonera

Hallaste s amparo a vuestra desgracia,

Salid, y en los hombros, con priesa y con gracia,

Sacad la canasta de la fiambrera.

No me incitáis a que de otra manera

Más dura os conjure. Salid; ¿qué esperáis?

Mirad que si a dicha el salir rehusáis,

Tendrá mal suceso mi nueva quimera.

Hora bien: yo sé cómo me tengo de haber con estos demonicos humanos: quiero

entrar allá dentro, y a solas hacer un conjuro tan fuerte, que los haga salir más que de

paso; aunque la calidad destos demonios, más está en sabellos aconsejar que en

conjurallos. (Entrase el ESTUDIANTE.)

PANCRACIO. Yo digo que si éste sale con lo que ha dicho, que será la cosa más

nueva y más rara que se haya visto en el mundo. LEONARDA. Sí saldrá, ¿quién lo duda?

¿Pues habíanos de engañar?

CRISTINA. Ruido anda allá dentro; yo apostaré que los saca. Pero vee aquí do vuelve

con los demonios y el apatusco de la canasta. (Salen el ESTUDIANTE, el SACRISTÁN

y el BARBERO.) LEONARDA. ¡Jesús! ¡Qué parecidos son los de la carga al sacristán

Reponce y al barbero de la plazuela!

CRISTINA. Mirá, señora, que donde hay demonios no se ha de decir Jesús.

SACRISTÁN. Digan lo que quisieren; que nosotros somos como los penos del

herrero, que dormimos al son de las martilladas; ninguna cosa nos espanta ni turba.

LEONARDA. Lléguense a que yo coma de lo que viene de la canasta; no tomen

menos.

ESTUDIANTE. Yo haré la salva y comenzaré por el vino. (Bebe.) ¡Bueno es! ¿es de

Esquivias, señor sacridiablo? SACRISTÁN. De Esquivias es, juro a...

ESTUDIANTE. Téngase, por vida suya, y no pase adelante. ¡Ami-guito soy yo de

diablos juradores! Demonico, demonico, aquí no venimos a hacer pecados mortales, sino

a pasar una hora de pasatiempo, y cenar, y irnos con Cristo.

CRISTINA. ¿Y éstos, han de cenar con nosotros? PANCRACIO. Sí, que los diablos

no comen. BARBERO. Sí comen algunos, pero no todos, y nosotros somos de los que

comen.

CRISTINA. ¡Ay, señores! Quédense acá los pobres diablos, pues han traído la cena;

que sería poca cortesía dejarlos ir muertos de hambre, y parecen diablos muy honrados y

muy hombres de bien.

LEONARDA. Como no nos espanten, y si mi marido gusta, qué dense en buen hora.

SACRISTÁN «Oigan los que poco saben

Lo que con mi lengua franca

Digo del bien que en si tiene

BARBERO La Cueva de Salamanca.

SACRISTÁN Oigan lo que dejó escrito

Della el Bachiller Tudanca

En el cuero de una yegua

Que dicen que fue potranca,

En la parte de la piel

Que confina con el anca,

Poniendo sobre las nubes

BARBERO La Cueva de Salamanca.

SACRISTÁN En ella estudian los ricos

Y los que no tienen blanca,

Y sale entera y rolliza

La memoria que está manca.

Siéntanse los que alli enseñan

De alquitrán en una banca,

Porque estas bombas encierra

BARBERO La Cueva de Salamanca.

SACRISTÁN En ella se hacen discretos

Los moros de la Palanca;

Y el estudiante más burdo

Ciencias de su pecho arranca.

A los que estudian en ella,

Ninguna cosa les manca;

Viva, pues, siglos eternos

BARBERO La Cueva de Salamanca.

SACRISTÁN Y nuestro conjurador,

Si es a dicha de Loranca,

Tenga en ella cien mil vides

De uva tinta y de uva blanca.

Y al diablo que le acusare,

Entremés del viejo celoso

(Salen DOÑA LORENZA, y CRISTINA, su criada, y ORTIGOSA, su

vecina.)

LORENZA. Milagro ha sido éste, señora Ortigosa, el no haber dado la vuelta a la

llave mi duelo, mi yugo y mi desesperación. Éste es el primero dia, después que me casé

con él, que hablo con persona de fuera de casa. ¡Que fuera le vea yo desta vida a él y a

quien con él me casó!

ORTIGOSA. Ande, mi señora doña Lorenza, no se queje tanto, que con una caldera

vieja se compra otra nueva.

LORENZA. Y aun con esos y otros semejantes villancicos o refranes me engañaron a

mi. ¡Que malditos sean sus dineros, fuera de las cruces, malditas sus joyas, malditas sus

galas, y maldito todo cuanto me da y promete! ¿De qué me sirve a mi todo aquesto, si en

mitad de la riqueza estoy pobre, y en medio de la abundancia, con hambre?

CRISTINA. En verdad, señora tia, que tienes razón; que más quisiera yo andar con un

trapo atrás y otro adelante, y tener un marido mozo, que yerme casada y enlodada con ese

viejo podrido que tomaste por esposo.

LORENZA. ¿Yo le tomé, sobrina? A la fe, diómele quien pudo, y yo, como

muchacha, fui más presta al obedecer que al contradecir; pero, si yo tuviera tanta

experiencia destas cosas, antes me tarazara la lengua con los dientes que pronunciar aquel

si, que se pronuncia con dos letras y da que llorar dos mil años; pero yo imagino que no

fue otra cosa sino que habia de ser ésta, y que las que han de suceder forzosamente, no

hay prevención ni diligencia humana que las prevenga.

CRISTINA. ¡Jesús, y del mal Viejo! Toda la noche: «Daca el orinal, toma el orinal,

levántate, Cristinica, y caliéntame unos paños, que me muero de la ijada; dame aquellos

juncos, que me fatiga la piedra.» Con más ungüentos y medicinas en el aposento que si

Que le den con una tranca,

Y para el tal jamás sirva

BARBERO La Cueva de Salamanca

CRISTINA. Basta; ¿que también los diablos son poetas?

BARBERO. Y aun todos los poetas son diablos.

PANCRACIO. Digame, señor mío, pues los diablos lo saben todo,

¿dónde se inventaron todos estos bailes de las Zarabandas, Zambapalo y

Dello me pesa, con el famoso del nuevo Escarramán?

BARBERO. ¿Adónde? En el infierno; allí tuvieron su origen y principio.

PANCRACIO. Yo así lo creo.

LEONARDA. Pues, en verdad, que tengo yo mis puntas y collar

escarramanesco; sino que por mi honestidad, y por guardar el decoro a quien

soy, no me atrevo a bailarle.

SACRISTÁN. Con cuatro mudanzas que yo le enseñase a vuestra merced

cada día, en una semana saldría única en el baile; que sé que le falta bien poco.

ESTUDIANTE. Todo se andará; por agora entrémonos a cenar, que es lo

que importa.

PANCRACIO. Entremos; que quiero averiguar si los diablos comen o no,

con otras cien mil cosas que dellos cuentan; y, por Dios, que no han de salir de

mi casa hasta que me dejen enseñado en la ciencia y ciencias que se enseñan

en la Cueva de Salamanca.

fuera una botica; y yo, que apenas sé vestirme, tengo de servirle de enfermera. ¡Pux, pux,

pux, viejo clueco, tan potroso como celoso, y el más celoso del mundo!

LORENZA. Dice la verdad mi sobrina.

CRISTINA. ¡Pluguiera a Dios que nunca yo la dijera en esto!

ORTIGOSA. Ahora bien, señora doña Lorenza; vuestra merced haga lo que le tengo

aconsejado, y verá cómo se halla muy bien con mi consejo. El mozo es como un ginjo

verde; quiere bien, sabe callar y agradecer lo que por él se hace; y pues los celos y el

recato del viejo no nos dan lugar a demandas ni a respuestas, resolución y buen ánimo:

que, por la orden que hemos dado, yo le pondré al galán en su aposento de vuestra

merced y le sacaré, si bien tuviese el viejo más ojos que Argos y viese más que un zahori,

que dicen que vee siete estados de bajo de la tierra.

LORENZA. Como soy primeriza, estoy temerosa, y no querría, a trueco del gusto,

poner a riesgo la honra.

CRISTINA. Eso me parece, señora tía, a lo del cantar de Gómez Arias:

«Señor Gómez Arias,

Doleos de mí;

Soy niña y muchacha,

Nunca en tal me vi.»

LORENZA. Algún espíritu malo debe de hablar en ti, sobrina, según las cosas que

dices.

CRISTINA. Yo no sé quién habla; pero yo sé que haría todo aquello que la señora

Ortigosa ha dicho, sin faltar punto.

LORENZA. ¿Y la honra, sobrina?

CRISTINA. ¿Y el holgamos, tía?

LORENZA. ¿Y si se sabe?

CRISTINA. ¿Y si no se sabe?

LORENZA. ¿Y quién me asegurará a mí que no se sepa?

ORTIGOSA. ¿Quién? La buena diligencia, la sagacidad, la industria; y, sobre todo, el

buen ánimo y mis trazas.

CRISTINA. Mire, señora Ortigosa, tráyanosle galán, limpio, desenvuelto, un poco

atrevido, y, sobre todo, mozo.

ORTIGOSA. Todas esas partes tiene el que he propuesto, y otras dos más, que es rico

y liberal.

LORENZA. Que no quiero riquezas, señora Ortigosa; que me so bran las joyas, y me

ponen en confusión las diferencias de colores de mis muchos vestidos; hasta eso no tengo

que desear, que Dios le dé salud a Cañizares; más vestida me tiene que un palmito, y con

más joyas que la vedriera de un platero rico. No me clavara él las ventanas, cerrara las

puertas, visitara a todas horas la casa, desterrara della los gatos y los perros, solamente

porque tienen nombre de varón; que, a trueco de que no hiciera esto y otras cosas no

vistas en materia de recato, yo le perdonara sus dádivas y mercedes.

ORTIGOSA. ¿Que tan celoso es?

LORENZA. ¡Digo! Que le vendían el otro día una tapicería a bonísimo precio, y por

ser de figuras no la quiso, y compró otra de verduras por mayor precio, aunque no era tan

buena. Siete puertas hay antes que se llegue a mi aposento, fuera de la puerta de la calle,

y todas se cierran con llave; y las llaves no me ha sido posible averiguar dónde las

esconde de noche.

CRISTINA. Tía, la llave de loba creo que se la pone entre las faldas de la camisa.

LORENZA. No lo creas, sobrina; que yo duermo con él, y jamás le he visto ni sentido

que tenga llave alguna.

CRISTINA. Y más, que toda la noche anda como trasgo por toda la casa; y si acaso

dan alguna música en la calle, les tira de pedradas porque se vayan. Es un malo, es un

brujo, es un viejo, que no tengo más que decir.

LORENZA. Señora Ortigosa, váyase, no venga el gruñidor y la halle conmigo, que

sería echarlo a perder todo; y lo que ha de hacer, hágalo luego; que estoy tan aburrida,

que no me falta sino echarme una soga al cuello, por salir de tan mala vida.

ORTIGOSA. Quizá con ésta que ahora se comenzará, se le quitará toda esa mala gana

y le vendrá otra más saludable y que más la contente.

CRISTINA. Así suceda, aunque me costase a mí dedo de la mano:

que quiero mucho a mi señora tía, y me muero de verla tan pensativa y angustiada en

poder deste viejo, y reviejo, y más que viejo; y no me puedo hartar de decille viejo.

LORENZA. Pues en verdad que te quiere bien, Cristina.

CRISTINA. ¿Deja por eso de ser viejo? Cuanto más, que yo he oído decir que

siempre los viejos son amigos de niñas.

ORTIGOSA. Así es la verdad, Cristina, y adiós, que, en acabando de comer, doy la

vuelta. Vuestra merced esté muy en lo que dejamos concertado, y verá cómo salimos y

entramos bien en ello.

CRISTINA. Señora Ortigosa, hágame merced de traerme a mí un frailecico pequeñito

con quien yo me huelgue.

ORTIGOSA. Yo se lo traeré a la niña pintado.

CRISTINA. ¡Que no le quiero pintado, sino vivo, vivo, chiquito, como unas perlas!

LORENZA. ¿Y si lo vee tío?

CRISTINA. Diréle yo que es un duende, y tendrá dél miedo, y holgaréme yo.

ORTIGOSA. Digo que yo le trairé, y adiós.

(Vase ORTIGOSA. )

CRISTINA. Mire, tía: si Ortigosa trae al galán y mi frailecico, y si señor los viere, no

tenemos más que hacer sino cogerle entre todos y ahogarle, y echarle en el pozo o

enterrarle en la caballeriza.

LORENZA. Tal eres tú, que creo lo harías mejor que lo dices.

CRISTINA. Pues no sea el viejo celoso, y déjenos vivir en paz, pues no le hacemos

mal alguno, y vivimos como unas santas.

(Entranse.)

(Entran CAÑIZARES, Viejo, y UN COMPADRE suyo.)

CAÑIZARES. Señor compadre, señor compadre: el setentón que se casa con quince,

o carece de entendimiento, o tiene gana de visitar el otro mundo lo más presto que le sea

posible. Apenas me casé con doña Lorencica, pensando tener en ella compañía y regalo,

y persona que se hallase en mi cabecera y me cerrase los ojos al tiempo de mi muerte,

cuando me embistieron una turba multa de trabajos y desasosiegos; tenía casa, y busqué

casar; estaba posado, y desposéme.

COMPADRE. Compadre, error fue, pe ro no muy grande; porque, según el dicho del

Apóstol, mejor es casarse que abrasarse.

CAÑIZARES. ¡Qué no había que abrasar en mí, señor compadre, que con la menor

llamarada quedara hecho ceniza! Compañía quise, compañía busqué, compañía hallé;

pero Dios lo remedie, por quien él es.

COMPADRE. ¿Tiene celos, señor compadre?

CAÑIZARES. Del sol que mira a Lorencita, del aire que le toca, de las faldas que la

vapulan.

COMPADRE. ¿Dale ocasión?

CAÑIZARES. Ni por pienso, ni tiene por qué, ni cómo, ni cuándo, ni adónde: las

ventanas, amén de estar con llave, las guarnecen rejas y celosías; las puertas, jamás se

abren: vecina no atraviesa mis umbrales, ni los atravesará mientras Dios me diere vida.

Mirad, compadre: no les vienen los malos aires a las mujeres de ir a los jubileos ni a las

procesiones, ni a todos los actos de regocijos públicos; donde ellas se mancan, donde

ellas se estropean, y adonde ellas se dañan, es en casa de las vecinas y de las amigas. Más

maldades encubre una mala amiga que la capa de la noche; más conciertos se hacen en su

casa y más se concluyen que en una semblea.

COMPADRE. Yo así lo creo; pero, si la señora doña Lorenza no sale de casa, ni

nadie entra en la suya, ¿de qué vive descontento mi compadre?

CAÑIZARES. De que no pasará mucho tiempo en que no caya Lorencica en lo que le

falta; que será un mal caso, y tan malo, que en sólo pensallo le temo, y de temerle me

desespero, y de desesperarme vivo con disgusto.

COMPADRE. Y con razón se puede tener ese temor, porque las mujeres querrían

gozar enteros los frutos del matrimonio.

CAÑIZARES. La mía los goza doblados.

COMPADRE. Ahí está el daño, señor compadre.

CAÑIZARES. No, no, ni por pienso; porque es más simple Lorencica que una

paloma, y hasta agora no entiende nada de sas filaterías; y adiós, señor compadre, que me

quiero entrar en casa.

COMPADRE. Yo quiero entrar allá, y ver a mí señora doña Lorenza.

CAÑIZARES. Habéis de saber, compadre, que los antiguos lati nos usaban de un

refrán, que decía: Amicus us que ad aras, que quiere decir: «El amigo, hasta el altar»;

infiriendo que el amigo ha de hacer por su amigo todo aquello que no fuere contra Dios;

y yo digo que mi amigo, us que adportam, hasta la puerta; que ninguno ha de pasar mis

quicios; y adiós, señor compadre, y perdóneme.

(Entrase CAÑIZARES.)

COMPADRE. En mi vida he visto hombre más recatado, ni más celoso, ni más

impertinente; pero éste es de aquellos que traen la soga arrastrando y de los que siempre

vienen a morir del mal que temen.

(Entrase el COMPADRE.)

(Salen DOÑA LORENZA y CRISTINA.)

CRISTINA. Tía, mucho tarda tío, y más tarda Ortigosa.

LORENZA. Mas que nunca él acá viniese, ni ella tampoco, porque él me enfada, y

ella me tiene confusa.

CRISTINA. Todo es probar, señora tía; y, cuando no saliere bien, darle del codo.

LORENZA. ¡ Ay, sobrina! Que estas cosas, o yo sé poco, o sé que todo el daño está

en probarlas.

CRISTINA. A fe, señora tía, que tiene poco ánimo, y que si yo fuera de su edad, que

no me espantaran hombres armados.

LORENZA. Otra vez torno a decir, y diré cien mil veces, que Satanás habla en tu

boca. Mas ¡ ay! ¿cómo se ha entrado señor?

CRISTINA. Debe de haber abierto con la llave maestra.

LORENZA. ¡Encomiendo yo al diablo sus maestrías y sus llaves!

(Entra CAÑIZARES.)

CAÑIZARES. ¿Con quién hablábades, doña Lorenza?

LORENZA. Con Cristinica hablaba.

CAÑIZARES. Miradlo bien, doña Lorenza.

LORENZA. Digo que hablaba con Cristina. ¿Con quién había de hablar? ¿Tengo yo,

por ventura, con quién?

CAÑIZARES. No querría que tuviésedes algún soliloquio con vos misma, que

redundase en mi perjuicio.

LORENZA. Ni entiendo esos circunloquios que decís, ni aun los quiero entender; y

tengamos la fiesta en paz.

CAÑIZARES. Ni aun las vísperas no querría yo tener en guerra con vos. ¿Pero quién

llama a aquella puerta con tanta priesa? Mira, Cristinica, quién es, y, si es pobre, dale

limosna y despídele.

CRISTINA. ¿Quién está ahí?

ORTIGOSA. La vecina Ortigosa es, señora Cristina. CAÑIZARES. ¿Ortigosa y

vecina? ¡Dios sea conmigo! Pregúntale, Cristina, lo que quiere, y dáselo, con condición

que no atraviese esos umbrales.

CRISTINA. ¿Y qué quiere, señora vecina?

CAÑIZARES. El nombre de vecina me turba y sobresalta. Llámala por su propio

nombre, Cristina.

CRISTINA. Responda: ¿y qué quiere, señora Ortigosa?

ORTIGOSA. Al señor Cañizares quiero suplicar un poco, en que me va la honra, la

vida y el alma.

CAÑIZARES. Decidle, sobrina, a esa señora, que a mí me va todo eso y más en que

no entre acá dentro.

LORENZA. ¡Jesús, y qué condición tan extravagante! ¿Aquí no estoy delante de vos?

¿Hanme de comer de ojo? ¿Hanme de llevar por los aires?

CAÑIZARES. ¡Entre con cien mil Bercebuyes, pues vos lo que réis!

CRISTINA. Entre, señora vecina.

CAÑIZARES. ¡Nombre fatal para mi es el de vecina!

(Entra ORTIGOSA, y tray un guadamecí, y en las pieles de las cuatro

esquinas han de venir pintados Rodamonte, Mandricardo, Rugero y

Gradaso; y Rodamonte venga pintado como arrebozado.)

ORTIGOSA. Señor mío de mi alma, movida y incitada de la bue na fama de vuestra

merced, de su gran caridad y de sus muchas limosnas, me he atrevido de venir a suplicar

a vuestra merced me haga tanta merced, caridad y limosna y buena obra de comprarme

este guadamecí, porque tengo un hijo preso por unas heridas que dio a un tundidor, y ha

mandado la Justicia que declare el cirujano, y no tengo con qué paga-11e, y corre peligro

no le echen otros embargos, que podrían ser muchos, a causa que es muy travieso mi hijo;

y querría echarle hoy o mañana, si fuese posible, de la cárcel. La obra es buena, el

guadamecí nuevo, y, con todo eso, le daré por lo que vuestra merced quisiere darme por

él; que en más está la monta, y como esas cosas he perdido yo en esta vida. Tenga vuestra

merced desa punta, señora mía, y descojámosle, porque no vea el señor Cañizares que

hay engaño en mis palabras; alce más, señora mia, y mire cómo es bueno de caída y las

pinturas de los cuadros parece que están vivas.

(Al alzar y mostrar el guadamecí, entra por detrás dél UN GALÁN, y, como

CAÑIZARES ve los retratos, dice.)

CAÑIZARES. ¡Oh, qué lindo Rodamonte! ¿Y qué quiere el señor rebozadito en mi

casa? Aun si supiese que tan amigo soy yo destas cosas y destos rebocitos, espantarse ía.

CRISTINA. Señor tío, yo no sé nada de rebozados; y si él ha entrado en casa, la

señora Ortigosa tiene la culpa; que a mí, el diablo me lleve si dije ni hice nada para que él

entrase. No, en mi conciencia; aun el diablo sería si mi señor tío me echase a mí la culpa

de su entrada.

CAÑIZARES. Ya yo lo veo, sobrina, que la señora Ortigosa tiene la culpa; pero no

hay de qué maravillarme, porque ella no sabe mi condición, ni cuán enemigo soy de

aquestas pinturas.

LORENZA. Por las pinturas lo dice, Cristinica, y no por otra cosa.

CRISTINA. Pues por esas digo yo. ¡Ay, Dios sea conmigo! Vuelto se me ha el ánima

al cuerpo, que ya andaba por los aires.

LORENZA. ¡Quemado vea yo ese pico de once varas! En fin, quien con muchachos

se acuesta, etc.

CRISTINA. ¡Ay, desgraciada, y en qué peligro pudiera haber puesto toda esta baraja!

CAÑIZARES. Señora Ortigosa, yo no soy amigo de figuras rebozadas ni por rebozar.

Tome este doblón, con el cual podrá remediar su necesidad, y váyase de mi casa lo más

presto que pudiere; y ha de ser luego, y llévese su guadamecí.

ORTIGOSA. Viva vuestra merced más años que Matute el de Jerusalén, en vida de

mi señora doña..., no se cómo se llama, a quien suplico me mande, que la serviré de

noche y de día, con la vida y con el alma, que la debe de tener ella como la de una

tortolica simple.

CAÑIZARES. Señora Ortigosa, abrevie y váyase, y no se esté agora juzgando almas

ajenas.

ORTIGOSA. Si vuestra merced hubiere menester algún pegadillo para la madre,

téngolos milagrosos; y si para mal de muelas, sé unas palabras que quitan el dolor como

con la mano.

CAÑIZARES. Abrevie, señora Ortigosa, que doña Lorenza, ni tiene madre, ni dolor

de muelas; que todas las tiene sanas y enteras, que en su vida se ha sacado muela alguna.

ORTIGOSA. Ella se las sacará, placiendo al cielo, porque le dará muchos años de

vida; y la vejez es la total destruición de la dentadura.

CAÑIZARES.~Aquí de Dios! ¿Que no será posible que me deje esta vecina?

¡Ortigosa, o diablo, o vecina, o lo que eres, vete con Dios y déjame en mi casa!

ORTIGOSA. Justa es la demanda, y vuestra merced no se enoje, que ya me voy.

(Vase ORTIGOSA.)

CAÑIZARES. ¡Oh, vecinas, vecinas! Escaldado quedo aun de las buenas palabras

desta vecina, por haber salido por boca de vecina.

LORENZA. Digo que tenéis condición de bárbaro y de salvaje; ¿Y qué ha dicho esta

vecina para que quedéis con la ojeriza contra ella? Todas vuestras buenas obras las hacéis

en pecado mortal. ¡ Dístesle dos docenas de reales, acompañados con otras dos docenas

de injurias, ¡boca de lobo, lengua de escorpión y silo de malicias!

CAÑIZARES. No, no; a mal viento va esta parva. No me parece bien que volváis

tanto por vuestra vecina.

CRISTINA. Señora tía, éntrese allá dentro y desenój ese, y deje a tío, que parece que

está enojado.

LORENZA. Así lo haré, sobrina, y aun quizá no me verá la cara en estas dos horas; y

a fe que yo se la dé a beber, por más que la rehuse.

(Entrase DOÑA LORENZA.)

CRISTINA. Tío, ¿no ve cómo ha cerrado de golpe? Y creo que va a buscar una tranca

para asegurar la puerta.

(DOÑA LORENZA, por dentro.)

LORENZA. ¿Cristinica? ¿Cristinica?.

CRISTINA. ¿Qué quiere, tía?

LORENZA. ¡Si supieses qué galán me ha deparado la buena suerte! Mozo, bien

dispuesto, pelinegro y que le huele la boca a mil azahares.

CRISTINA. ¡Jesús, y qué locuras y qué niñerías! ¿Está loca, tía?

LORENZA. No estoy sino en todo mi juicio; y en verdad que, si le vieses, que se te

alegrase el alma.

CRISTINA. ¡Jesús, y qué locuras y qué niñerías! Ríñala, tío, por que no se atreva, ni

aun burlando, a decir deshonestidades.

CAÑIZARES. ¿Bobeas, Lorenza? ¡Pues a fe que no estoy yo de gracia para sufrir

esas burlas!

LORENZA. Que no son sino veras; y tan veras, que en este géne ro no pueden ser

mayores.

CRISTINA. ¡Jesús, y qué locuras y qué niñerías! Y dígame, tía, ¿está ahí también mi

frailecito?

LORENZA. No, sobrina; pero otra vez vendrá, si quiere Ortigosa la vecina.

CAÑIZARES. Lorenza, di lo que quisieres, pero no tomes en tu boca el nombre de

vecina, que me tiemblan las cames en oírle.

LORENZA. También me tiemblan a mí por amor de la vecina.

CRISTINA. ¡Jesús, y qué locuras y qué niñerías!

LORENZA. ¡Ahora echo de ver quién eres, viejo maldito, que hasta aquí he vivido

engañada contigo!

CRISTINA. ¡Ríñala, tío; ríñala, tío; que se desvergüenza mucho!

LORENZA. Lavar quiero a un galán las pocas barbas que tiene con una bacía llena de

agua de ángeles, porque su cara es como la de un ángel pintado.

CRISTINA. ¡Jesús, y qué locuras y qué niñerías! ¡Despedácela, tío!

CAÑIZARES. No la despedazaré yo a ella, sino a la puerta que la encubre.

LORENZA. No hay para qué; véla aquí abierta. Entre, y verá como es verdad cuanto

le he dicho.

CAÑIZARES. Aunque sé que te burlas, sí entraré para de seno-j arte.

(Al entrar CAÑIZARES, dánle con una bacía de agua en los ojos; él vase a limpiar;

acuden sobre él CRISTINA y DOÑA LORENZA, y en este ínterin sale el galán y vase.)

CAÑIZARES. ¡Por Dios, que por poco me cegaras, Lorenza! ¡Al diablo se dan las

burlas que se arremeten a los ojos!

LORENZA. ¡Mirad con quién me casó mi suerte, sino con el hombre más malicioso

del mundo! ¡Mirad cómo dio crédito a mis mentiras, por su..., fundadas en materia de

celos, que menoscabada y asendereada sea mi ventura! ¡Pagad vosotros, cabellos, las

deudas deste viejo! ¡Llorad vosotros, ojos, las culpas deste maldito! ¡Mirad en lo que

tiene mi honra y mi crédito, pues de las sospechas hace certezas, de las mentiras

verdades, de las burlas veras y de los entretenimientos maldiciones! ¡Ay, que se me

arranca el alma!

CRISTINA. Tía, no dé tantas voces, que se juntará la vecindad.

ALGUACIL. (De dentro.) ¡Abran esas puertas! Abran luego; si no, echarélas en el

suelo.

LORENZA. Abre, Cristinica, y sepa todo el mundo mi inocencia y la maldad deste

viejo.

CAÑIZARES. ¡Vive Dios, que creí que te burlabas, Lorenza! Ca lla.

(Entran el ALGUACIL y los MÚSICOS, y el BAILAR!N y

ORTIGOSA.)

ALGUACIL. ¿Qué es esto? ¿Qué pendencia es ésta? ¿Quién daba aquí voces?

CAÑIZARES. Señor, no es nada; pendencias son entre marido y mujer, que luego se

pasan.

MÚSICOS. ¡Por Dios, que estábamos mis compañeros y yo, que somos músicos, aquí

pared y medio, en un desposorio, y a las voces hemos acudido, con no pequeño

sobresalto, pensando que era otra cosa!

ORTIGOSA. Y yo también, en mi ánima pecadora.

CAÑIZARES. Pues en verdad, señora Ortigosa, que si no fuera por ella, que no

hubiera sucedido nada de lo sucedido.

ORTIGOSA. Mis pecados lo habrán hecho; que soy tan desdichada, que, sin saber

por dónde ni por dónde no, se me echan a mí las culpas que otros cometen.

CAÑIZARES. Señores, vuestras mercedes todos se vuelvan norabuena, que yo les

agradezco su buen deseo; que ya yo y mi esposa quedamos en paz.

LORENZA. Sí quedaré, como le pida primero perdón a la vecina, si alguna cosa mala

pensé contra ella.

CAÑIZARES. Si a todas las vecinas de quien yo pienso mal hu biese de pedir perdón,

sería nunca acabar; pero, con todo eso, yo se le pido a la señora Ortigosa.

ORTIGOSA. Y yo le otorgo para aquí y para delante de Pero García.

MÚSICOS. Pues, en verdad, que no habemos de haber venido en balde: toquen mis

compañeros, y baile el bailarín, y regocíjense las paces con esta canción.

CAÑIZARES. Señores, no quiero música; yo la doy por recebida.

MÚSICOS. Pues aunque no la quiera.

(Cantan.)

«El agua de por San Juan

Quita vino y no da pan.

Las riñas de por San Juan

Todo el año paz nos dan.

Llover el trigo en las eras,

Las viñas estando en cierne,

No hay labrador que gobierne

Bien sus cubas y paneras;

Mas las riñas más de veras,

Si suceden por San Juan,

Todo el añopaz nos dan.»

(Bailan.)

«Por la canícula ardiente

Está la cólera a punto;

Pero, pasando aquel punto,

Menos activa se siente.

Y así, el que dice no miente

Que las riñas por San Juan

Todo el año paz nos dan.»

(Bailan.)

«Las riñas de los casados

Como aquesta siempre sean,

Para que después se vean,

Sin pensar, regocijados.

Sol que sale tras nublados,

Es contento tras afán:

Las riñas de por San Juan,

Todo el año paz nos dan.»

CAÑIZARES. Porque vean vuesas mercedes las revueltas y vueltas en que me ha

puesto una vecina, y si tengo razón de estar mal con las vecinas.

LORENZA. Aunque mi esposo está mal con las vecinas, yo beso a vuesas mercedes

las manos, señoras vecinas.

CRISTINA. Y yo también; mas si mi vecina me hubiera traído mi frailecico, yo la

tuviera por mejor vecina; y adiós, señoras vecinas.

FIN

El sabio no dice lo que sabe, y el necio no sabe lo que dice.

Si los hombres han nacido con dos ojos, dos orejas y una sola lengua es porque se debe escuchar y mirar dos veces antes de hablar

Lo que importa verdaderamente en la vida no son los objetivos que nos marcamos, sino los caminos que seguimos para lograrlo.

Hay dos cosas que son infinitas: el universo y la estupidez humana; de la primera no estoy muy seguro.

Hay dos cosas que son infinitas: el universo y la estupidez humana; de la primera no estoy muy seguro.

El nacimiento y la muerte no son dos estados distintos, sino dos aspectos del mismo estado

Las personas son como la Luna. Siempre tienen un lado oscuro que no enseñan a nadie.

Las conversaciones son siempre peligrosas si se tiene algo que ocultar

El saber y la razón hablan, la ignorancia y el error gritan.

Todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de mofa

Algunas personas son tan falsas que ya no distinguen que lo que piensan es justamente lo contrario de lo que dicen.

Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no escucha.


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