venmarktec - Los Baños de Argel

EL RINCÓN DEL LIBRO
=> Nido de Avispas
=> El Club de los Martes
=> La casa del idolo de astarte
=> Lingotes de Oro
=> Manchas de sangre en el suelo
=> Poirot infringe la ley
=> Martín Rivas
=> El Lazarillo de Tormes
=> Carmina Burana
=> Poema de mio Cid
=> El Flaustista de Hamelin
=> Robin Hood
=> Calila y dimna
=> El poema de Gilgamesh
=> Cuerpos Superiores
=> Libro de Buen Amor
=> La Vida es Sueño
=> El Médico de su Honra
=> Romeo y Julieta
=> Hamlet
=> Otelo
=> La Fierecilla Domada
=> La Tempestad
=> Los Miserables
=> El Rey se divierte
=> Amante Liberal
=> El Coloquio de los Perros
=> Entremeses
=> La Española Inglesa
=> La Fuerza de la Sangre
=> La Gitanilla
=> La Ilustre Fregona
=> Licenciado Vidriera
=> Los Baños de Argel
=> Rinconete y Cortadillo
=> Niebla
=> La tía Tula
=> Abel Sánchez
=> San Manuel Bueno,Mártir
=> Verdad y Vida
=> El Médico a Palos
=> Las Preciosas Ridículas
=> El Vendedor más grande del mundo
=> El Milagro más grande del Mundo
=> Veinte poemas de amor y una canción desesperada
=> 100 Sonetos de Amor
=> Coplas de Jorge Manrique
=> El caballero de Olmedo
=> El arte de hacer Comedia
=> Noche de San Juan
=> El Vaso de Leche
=> Egloga I
=> Egloga III
=> Sonetos
=> Cuentos
=> El Hijo
=> Divina Comedia
=> La Vida Nueva
=> El Convivio
=> Corazón
=> Palomita Blanca
=> Bodas de Sangre
=> La casa de Bernarda Alba
=> La Zapatera Prodigiosa
=> Libro de Poemas
=> Poeta en Nueva York
=> Gitano
=> Viaje a la Luna
=> Yerma
=> Cuento de Navidad
=> Historia de dos Ciudades
=> Oliver Twist
=> Tiempos Difíciles
=> El Origen de las Especies
=> El Misterio de la Atlántida
=> Las Letanias de Satan
=> Poemas en Prosa
=> Los Cuatro Siete
=> Las Enseñanzas de Don Juan
=> Una Realidad Aparte
=> Viaje a Ixtlán
=> Relatos de Poder
=> Drácula
=> El Huésped de Drácula
=> La Joya de las siete Estrellas
=> Bailén
=> Miau
=> Misericordia
=> Trafalgar
=> Tristana
=> El Ahogado
=> El Rapto del Sol
=> En la Rueda
=> Irredención
=> Las Nieves eternas
=> Vísperas de Difuntos
=> La Chascuda
=> Bajo el Puente
=> El Trueno entre las Hojas
=> Kurupí
=> Sherlock Holmes
=> El Sabueso de los Baskerville
=> El Gato del Brasil
=> El experimento de Dr. Kleinplatz
=> El caso de Lady Sannox
=> El Carbunclo Azul
=> El aristócrata solterón
=> El Mundo Perdido
=> Memorias de una Pulga
=> Robinson Crusoe
=> La Celestina
=> El gran Inquisidor
=> El Jugador
=> El sueño del Príncipe
=> Memorias del Subsuelo
=> Noches Blancas
=> Novela en nueve cartas
=> El Alguacil Endemoniado
=> El Mundo por Dentro
=> Gracias y desgracias del ojo del culo
=> Juguetes de la Niñez
=> Poemas
=> Sueño de la Muerte
=> El artista del Hambre
=> Josefina la Cantora o el pueblo de los ratones
=> La Condena
=> La Metamorfosis
=> Ser Feliz
=> Un Medico Rural
=> Varios Cuentos
=> Brevísima relación de la destrucción de las indias
=> Crepúsculos de los ídolos
=> Chile, el golpe y los gringos
=> Crónica de una muerte anunciada
=> Cuentos de Camino
=> Del amor y otros demonios
=> Doce cuentos peregrinos
=> El amor en tiempos de cólera
=> El coronel no tiene quien le escriba
=> El olor de la Güayaba
=> El otoño del Patriarca
=> En Venezuela
=> Escritos Diversos
=> La Hojarasca
=> Eréndira y su Abuela Desalmada
=> La siesta de los Martes
=> Los funerales de la Mamá grande
=> Memoria de mis putas tristes
=> Muerte constante más allá del Amor
=> Ojos de perro azul
=> Relato de un náufrago
=> Todos los Cuentos
=> Un Hombre ha muerto de muerte natural
=> Alibech o la nueva conversa
=> de las mujeres ilustres en Romance
=> Madame Bovery
=> La leyenda de san Julian el Hospitalario
=> El Horla
=> El Lobo
=> El Miedo
=> ¿Fue un Sueño?
=> La Cabellera
=> La Mano
=> El nuevo acelerador
=> La Maquina del tiempo
=> Los depredadores del mar
=> Las Habichuelas Mágicas
=> Cuentos Indiscretos
=> La Conversión de Casanova
=> Demian
=> Siddaharta
=> Cuentos Maravillosos.
=> Narciso y goldmundo
=> La Ruta Interior
=> La explicación de la tabla de la esmeralda
=> El Zarco
=> Oye Dios!
=> 26 cuentos para pensar
=> La ilíada (parte 1)
=> La ilíada (parte 2)
=> La odisea (parte 1)
=> La odisea (parte 2)
=> Don Quijote de la Mancha (Resumen)
=> Metodo silva de control mental
=> EL CÓDIGO SECRETO DE LA BIBLIA
=> ROCKEROS CELESTES
INCREIBLE
ENIGMAS?
VENMARKTEC
GALERIA
EL RINCON DE LOS NIÑOS
EL RINCÓN DE LA ABUELA
PARIS HILTON
Contacto
Encuestas
web amigas
FOTOGRAFIAS



 

LOS BAÑOS DE ARGEL

Miguel de Cervantes

 

 

Personas que hablan en ella:

  • CAURALÍ, capitán de Argel
  • YZUF, renegado
  • Cuatro MOROS
  • Otro MORO
  • UNO
  • Dos OTROS
  • Un VIEJO
  • JUANICO, [un hijo suyo]
  • FRANCISQUITO, [otro hijo suyo]
  • Un SACRISTÁN
  • COSTANZA, cristiana
  • CAPITÁN cristiano
  • Dos ARCABUCEROS cristianos
  • Don FERNANDO
  • GUARDIÁN Bají
  • Un CAUTIVO
  • Un CRISTIANO cautivo
  • Don LOPE, cautivo
  • VIVANCO, cautivo
  • HAZÉN, renegado
  • ZARAHOJA, moro
  • HAZÁN Bají, rey de Argel
  • El CADÍ
  • HALIMA, mora, mujer de Cauralí
  • ZARA, mora
  • Tres MOR[ILL]OS pequeños
  • AMBROSIO
  • La señora CATALINA
  • Un JUDÍO
  • OSORIO
  • GUILLERMO, pastor

 

 

 

 

PRIMER ACTO

 

CAURALÍ, capitán de Argel; YZUF, renegado; otros

cuatro MOROS, que se señalan así: 1, 2, 3, 4

 

 

YZUF:                De en uno en uno y con silencio vengan,

                 que ésta es la trocha, y el lugar es éste,

                 y a la parte del monte más se atengan.

CAURALÍ:             Mira, Yzuf, que no yerres, y te cueste

                 la vida el no acertar.

YZUF:                                   Pierde cuidado;

                 haz que la gente el hierro y fuego apreste.

 

CAURALÍ:             ¿Por dó tienes, Yzuf, determinado

                 que demos el asalto?

YZUF:                                   Por la sierra,

                 lugar que, por ser fuerte, no es guardado.

                     Nací y crecí, cual dije, en esta tierra,

                 y sé bien sus entradas y salidas

                 y la parte mejor de hacerle guerra.

CAURALÍ:             Ya vienen las escalas prevenidas,

                 y están las atalayas hasta agora

                 con borrachera y sueño entretenidas.

YZUF:                Conviene que los ojos de la aurora

                 no nos hallen aquí.

CAURALÍ:                               Tú eres el todo:

                 guía, y embiste, y vence.

YZUF:                                      Sea en buen hora,

                     y no se rompa en cosa alguna el modo

                 que tengo dado; que con él, sin duda,

                 a daros la victoria me acomodo,

                     primero que socorro alguno acuda.

 

[Vanse].  Suena dentro vocería de moros; enciénde[n]se hachos,

pónese fuego al lugar, sale un VIEJO a la muralla medio desnudo

y dice

 

 

[VIEJO]:             ¡Válame Dios! ¿Qué es esto?

                 ¿Moros hay en la tierra?

                 ¡Perdidos somos, triste!

                 ¡Vecinos, que os perdéis; al arma, al arma!

                 De los atajadores

                 la diligencia ha sido

                 aquesta vez burlada;

                 las atalayas duermen, todo es sueño.

                 ¡Oh si mis prendas caras,

                 cual un cristiano Eneas,

                 sobre mis flacos hombros

                 sacase deste incendio a luz segura!

                 ¿Que no hay quien grite al arma?

                 ¿No hay quien haga pedazos

                 esas campanas mudas?

                 ¡A socorreros voy, amados hijos!

 

[Vase].  Sale el SACRISTÁN a la muralla, con una sotana vieja

y un paño de tocar

 

 

SACRISTÁN:           Turcos son, en conclusión.

                 ¡Oh torre, defensa mía!,

                 ventaja a la sacristía

                 hacéis en esta ocasión.

                     Tocar las campanas quiero,

                 y gritar apriesa al arma;

 

Toca la campana

 

 

                 el corazón se desarma

                 de brío, y de miedo muero.

                     Ningún hacho en la marina

                 ninguna atalaya enciende,

                 señal do se comprehende

                 ser cierta nuestra rüina.

                     Como persona aplicada

                 a la Iglesia, y no al trabajo,

                 mejor meneo el badajo

                 que desenvaino la espada.

 

Torna a tocar y éntrase.  Salen al teatro CAURALÍ,

YZUF y otros dos MOROS

 

 

YZUF:                Por esta parte acudirán, sin duda,

                 los que del monte quieran ampararse;

                 sosiégate, y verás medrosa y muda

                 gente que viene por aquí a salvarse;

                 y, antes que aquella del socorro acuda,

                 conviene que se acuda al retirarse.

CAURALÍ:         ¿Los bajeles no están bien a la orilla?

MORO 1:          Y estibados de gusto y de mancilla.

 

Sale el VIEJO que salió a la muralla, con un niño en brazos medio

desnudo y otro pequeño de la mano

 

 

VIEJO:               ¿Adónde os llevaré, pedazos vivos

                 de mis muertas entrañas? Si a ventura

                 tendría, antes que fuésedes cautivos,

                 veros en una estrecha sepultura.

CAURALÍ:         De aquesos tus discursos pensativos

                 te sacará mi espada, que procura,

                 sin acudir al gusto de tu muerte,

                 darte la vida y ensalzar mi suerte.

FRANCISQUITO:        ¿Para qué me sacó, padre, del lecho?

                 ¡Que me muero de frío! ¿Adónde vamos?

                 Llégueme a mí, como a mi hermano, al pecho.

                 ¿Cómo tan de mañana madrugamos?

VIEJO:           ¡Oh, deste inútil tronco ya y deshecho,

                 tiernos, amables y hermosos ramos!

                 No sé dó voy; aunque, si bien se advierte,

                 deste camino el fin será mi muerte.

CAURALÍ:             Llévalos tú, Bairán, a la marina,

                 y mira bien que esté la armada a punto,

                 porque, según os muestra la bocina,

                 la esposa de Titón ya viene junto.

 

[Vase] el VIEJO; sale el SACRISTÁN

 

 

VIEJO:           Huir el mal que el Cielo determina,

                 es trabajo excusado.

SACRISTÁN:                            Yo barrunto,

                 si el cielo mi agudeza no socorre,

                 que estaba más seguro yo en mi torre.

                     ¿Quién me engañó? Y más si, a dicha, yerro

                 el camino o atajo de la sierra.

CAURALÍ:         ¡Camina, perro, a la marina!

SACRISTÁN:                                    ¿Perro?

                 Agora sé que fue mi madre perra.

CAURALÍ:         Aguija tú con él, y zarpe el ferro

                 la capitana, y vaya tierra a tierra,

                 hasta la cala donde dimos fondo.

                

[Vase] el MORO y el SACRISTÁN

 

 

[YZUF]:          ¿Qué es lo que dices Cauralí?

MORO 2:                                        Yo no respondo.

YZUF:                Escucha, Cauralí, que me parece

                 que una trompeta a mis oídos suena.

CAURALÍ:         Sin duda, es el temor el que te ofrece

                 el son que tus bravezas desordena.

YZUF:            Toca tú a recoger, que ya amanece,

                 y está tu armada de despojos llena,

                 y creo que el socorro se avecina.

                 ¡A la marina!

CAURALÍ:                         ¡Hola, a la marina!

 

[Vanse].  Suena una trompeta bastarda; salen cuatro MOROS,

uno tras otro, cargados de despojos

 

 

[MORO] 1:            Aunque la carga es poca, es de provecho.

[MORO] 2:        Yo no sé lo que llevo, pero vaya.

[MORO] 3:        Lo que hasta aquí está hecho, está bien hecho.

[MORO] 4:        ¡Permita Alá que esté libre la playa!

 

Sale un MORO con una doncella, llamada COSTANZA, medio

desnuda

 

 

COSTANZA:        Saltos el corazón me da en el pecho;

                 falta el aliento, el ánimo desmaya.

                 Llévame más despacio.

MORO:                                  ¡Aguija, perra,

                 que el mar te aguarda!

COSTANZA:                               ¡Adiós, mi cielo y tierra!

 

[Vase] COSTANZA.  Sale UNO a la muralla

 

 

UNO:                 ¡A la marina, a la marina, amigos,

                 que los turcos se embarcan muy apriesa!

                 Si aguijáis, dejarán los enemigos

                 la mal perdida y mal ganada presa.

 

[Sale] un ARCABUCERO cristiano

 

 

ARCABUCERO:      Sólo habremos llegado a ser testigos

                 de que Troya fue aquí.

OTRO [1]:                             ¡Fortuna aviesa,

                 pon alas en mis pies, fuego en mis manos!

OTRO [2]:        Nuestros ahíncos han salido vanos,

                     porque ya los turcos son embarcados

                 y en jolito se están cerca de tierra.

 

[Sale] el CAPITÁN cristiano

 

 

CAPITÁN:         ¡Oh! ¡Mal hayan mis pies, acostumbrados,

                 más que a la arena, a riscos de la sierra!

                 ¿Qué han hecho los jinetes?

UNO:                                          Desmayados

                 llegaron los caballos tierra a tierra,

                 a tiempo que zarpaban las galeras,

                 y tras ellos llegaron tres banderas.

                     Los dos atajadores de la playa

                 muertos hallé de arcabuzazos, creo.

                 La oscuridad disculpa al atalaya

                 del mísero suceso que aquí veo.

OTRO [1]:        ¿Qué habemos de hacer?

CAPITÁN:                                La gente vaya

                 tomando por el monte algún rodeo,

                 y embósquese en la cala allí vecina,

                 por ver lo que el cosario determina.

UNO:                 ¿Qué ha de determinar, si no es tornarse

                 a Argel, pues que su intento ha conseguido?

CAPITÁN:         ¿Quién puede a tan gran hecho aventurarse?

OTRO [1]:        Si él es Morato Arráez, es atrevido;

                 cuanto más, que bien puede imaginarse

                 que de algún renegado fue traído,

                 plático desta tierra.

CAPITÁN:                                Désta hay uno

                 que en ser traidor no se le iguala alguno.

                     ¿Adónde está mi hermano?

UNO:                                          Llegó apenas,

                 cuando, despavorido y sin aliento,

                 se arrojó en el lugar.

CAPITÁN:                                Hallará estrenas

                 triste[s] de su esperado casamiento.

 

Parece en la muralla Don FERNANDO

 

 

D. FERNANDO:     Puntas de cristal claro, y no de almenas,

                 murallas de bruñido y rico argento

                 que guardastes un tiempo mi esperanza,

                 ¿dónde hallaré, decidme, a mi Costanza?

                     Techos que vomitáis llamas teosas,

                 calles de sangre y lágrimas cubiertas,

                 ¿adónde de mis glorias ya dudosas

                 está la causa, y de mis penas ciertas?

                 Descubre, ¡oh sol!, tus hebras luminosas;

                 abre ya, aurora, tus rosadas puertas;

                 dejadme ver el mar, donde navega

                 el bien que el cielo por mi mal me niega.

CAPITÁN:             Vámosle a socorrer, no desespere;

                 que en lo que dice da de loco indicio.

UNO:             Bien dices; vamos, que su mal requiere

                 fuerte y apresurado beneficio.

 

[Vanse]

 

 

D. FERNANDO:     Mas, ¿qué digo, cuitado? Bien se infiere

                 de las reliquias deste maleficio

                 que va cautiva mi querida prenda,

                 y es bien que a dalle libertad atienda.

 

[Vase] Don FERNANDO, y parece el CAPITÁN en la muralla con

otro soldado

 

 

                     Desde aquel risco levantado, quiero

                 hacer señal; quizá querrá el vil moro

                 trocar la hermosura por dinero

                 a quien no pagará ningún tesoro.

CAPITÁN:         Ya no está aquí mi hermano; el dolor fiero

                 temo que no le saque del decoro

                 que debe a ser quien es. ¡Oh caso extraño!

UNO:             Señor, por allí va, si no me engaño.

 

[Vase] el CAPITÁN; sale Don FERNANDO, y va subiendo por un

risco

 

 

D. FERNANDO:         Subid, ¡oh pies cansados!;

                 llegad a la alta cumbre

                 desta encumbrada y rústica aspereza,

                 si ya de mis cuidados

                 la inmensa pesadumbre

                 no os detiene en mitad de su maleza.

                 Ya a descubrir se empieza

                 la máquina terrible

                 que con ligero vuelo

                 la carga de mi cielo

                 lleva en su vientre tragador y horrible;

                 ya las alas estiende,

                 ya le ayudan los pies, ya al curso atiende.

                     No será de provecho

                 esta señal que muestro

                 de rescate, de paz y de alïanza;

                 ni la voz de mi pecho,

                 aunque a gritar me adiestro,

                 ha de alcanzar do mi deseo alcanza.

                 ¿Ah, mi amada Costanza!

                 ¡Ah, dulce, honrada esposa!

                 No apliques los oídos

                 a ruegos descreídos,

                 ni a la fuerza agarena poderosa

                 os entreguéis rendida,

                 que aún yo para la vía tengo vida.

                     Volved, volved, tiranos,

                 que de vuestra codicia

                 ofrezco de llenar con gusto y gloria

                 los senos; y las manos,

                 ajenas de avaricia,

                 sin duda aumentarán vuestra victoria.

                 Volved, que es vil escoria

                 cuanto lleváis robado,

                 si no lleváis los dones

                 que os ofrezco a montones

                 en cambio de mi sol, que va eclipsado

                 entre las pardas nubes

                 que tú del mar, ¡oh blando cierzo!, subes.

                     De Arabia todo el oro,

                 del Sur todas las perlas,

                 la púrpura de Tiro más preciosa,

                 con liberal decoro

                 ofrezco, aunque el tenerlas

                 os venga a parecer dificultosa.

                 Si me volvéis mi esposa,

                 un nuevo mundo ofrezco,

                 con todo cuanto encierra

                 todo el cielo y la tierra.

                 Locuras digo; mas, pues no merezco

                 alcanzar esta palma,

                 llevad mi cuerpo, pues lleváis mi alma.

 

Arrójase del risco. Sale el GUARDIÁN Bají y un

CAUTIVO con papel y tinta

 

 

GUARDIÁN:            ¡Hola; al trabajo, cristianos!

                 No quede ninguno dentro;

                 así enfermos como sanos,

                 no os tardéis, que, si allá entro,

                 pies os pondrán estas manos.

                     Que trabajen todos quiero,

                 ya [pá]paz, ya caballero.

                 ¡Ea, canalla soez!

                 ¿Heos de llamar otra vez?

 

Sale un CAUTIVO, y van saliendo de mano en mano los que

pudieren

 

 

UNO:             Yo quiero ser el primero.

GUARDIÁN:            Éste a la leña le asienta;

                 éste vaya a la marina;

                 ten en todo buena cuenta;

                 treinta aquel burche encamina,

                 y a la muralla sesenta;

                     veinte al horno, y diez envía

                 a casa de Cauralí.

                 Y abrevia, que se va el día.

[CAUTIVO]:E      Por cuarenta envió el cadí;

                 dárselos es cortesía.

GUARDIÁN:            Y aun fuerza. En eso no pares;

                 enviarás otros dos pares

                 a los ladrillos de ayer.

[CAUTIVO]:       Para todos hay qué hacer,

                 aunque fueran dos millares.

                     ¿Dónde irán los caballeros?

GUARDIÁN:        Déjalos hasta mañana,

                 que serán de los primeros.

[CAUTIVO]:       ¿Y si pagan?

GUARDIÁN:                      Cosa es llana

                 que hay sosiego do hay dineros.

[CAUTIVO]:           Yo con ellos me avendré,

                 de modo que se te dé

                 gusto y honesta pitanza.

GUARDIÁN:        Despacha a la maestranza.

[CAUTIVO]:       Ve con Dios, que sí haré.

 

[Vase].  Salen don LOPE y VIVANCO, cautivos, con sus cadenas a los

pies

 

 

D. LOPE:             Ventura, y no poca, ha sido

                 haber escapado hoy

                 del trabajo prevenido.

VIVANCO:         Cuando no trabajo, estoy

                 más cansado y más molido.

                     Para mí es grave tormento

                 este estrecho encerramiento,

                 y es alivio a mi pesar

                 ver el campo o ver la mar.

D. LOPE:         Pues yo en verlo me atormento,

                     porque la melanconía

                 que el no tener libertad

                 encierra en el alma mía,

                 quiere triste soledad

                 más que alegre compañía.

                     Trabajar y no comer,

                 bien fácil se echa de ver

                 que son pasos de la muerte.

 

Sale un CRISTIANO cautivo, que viene huyendo del GUARDIÁN,

que viene tras él dándole de palos

 

 

GUARDIÁN:        ¡Oh chufetre! ¿Desta suerte

                 siempre os habéis de esconder?

                     Que os crïastes en regalo,

                 inútil perro, barrunto.

CRISTIANO:       ¡Por Dios, fende, que estoy malo!

GUARDIÁN:        Pues yo os curaré en un punto

                 con el sudor deste palo.

CRISTIANO:           Con calentura contina,

                 que me turba y desatina,

                 estoy ha más de dos días.

 

[Vanse], dándole de palos, estos dos

 

 

GUARDIÁN:        ¿Y por eso te escondías?

CRISTIANO:       Sí, fende.

GUARDIÁN:                    ¡Perro, camina!

D. LOPE:             ¡Por Dios, que es un buen soldado,

                 y no lo hace de vicio

                 el mísero apaleado!

VIVANCO:         Mirad, pues, qué beneficio

                 ha en su enfermedad hallado.

                     ¿No es notable desatino

                 que está un cautivo vecino

                 a la muerte y no le creen?

                 Y, cuando muerto le ven,

                 dicen: "¡Gualá, que el mezquino

                     estaba malo, sin duda!"

                 ¡Oh canalla fementida,

                 de toda piedad desnuda!

                 ¿Quién, al perder de la vida,

                 queréis que al mentir acuda?

                     De nuestra calamidad

                 con vuestra incredulidad,

                 la muerte es testigo cierto;

                 más creéis a un hombre muerto,

                 que al vivo de más verdad.

D. LOPE:             Alza los ojos y atiende

                 a aquella parte, Vivanco,

                 y mira si comprehende

                 tu vista que un paño blanco

                 de una luenga caña pende.

 

Parece una caña, atado un paño blanco en ella, con un

bulto

 

 

VIVANCO:             Bien dices, y atado está.

                 Quiérome llegar allá

                 para ver esta hazaña.

                 ¡Por Dios, que se alza la caña!

D. LOPE:         Ve, quizá se abajará.

VIVANCO:             No es para mí esta aventura,

                 don Lope; ven tú a proballa,

                 que no sé quién me asegura

                 que han de venir a alcanzalla

                 las manos de tu ventura.

D. LOPE:             Algún muchacho habrá puesto

                 cebo o lazo allí dispuesto

                 para cazar los vencejos.

VIVANCO:         No está hondo, ni está lejos;

                 ven, y verémoslo presto.

                     ¿No ves cómo se te inclina

                 la caña? ¡Vive el Señor,

                 que ésta es cosa peregrina!

D. LOPE:         En el trapo está el favor.

VIVANCO:         Si es favor, desata aína.

D. LOPE:             Once escudos de oro son;

                 entrellos viene un doblón

                 que parece necesario

                 paternóster del rosario.

VIVANCO:         ¡Bien propria comparación!

D. LOPE:             La caña se tornó a alzar.

                 ¿Qué maná del cielo es ésta?

                 ¿Qué Abacuc nos vino a dar

                 en nuestra prisión la cesta

                 deste que es más que manjar?

VIVANCO:             ¿Por qué, don Lope, no acudes

                 a dar gracias y saludes

                 a quien hizo esta hazaña?

                 ¡Oh caña, de hoy más no caña,

                 sino vara de virtudes!

D. LOPE:             ¿A quién quieres que las dé,

                 si en aquella celosía

                 estrecha nadie se ve?

VIVANCO:         Pues alguien aquesto envía.

D. LOPE:         Claro está, mas quién, no sé.

                     Quizá será renegada

                 cristiana la que se agrada

                 de mostrarse compasiva,

                 o ya cristiana cautiva

                 en esta casa encerrada.

                     Mas, quienquiera que ella sea,

                 es bien que las apariencias

                 de agradecidos nos vea:

                 hazle dos mil reverencias,

                 porque nuestro intento crea;

                     yo a lo morisco haré

                 ceremonias, por si fue

                 mora la que hizo el bien.

                

[Sale] HAZÉN, renegado

 

 

D. LOPE:         Calla, porque viene Hazén.

VIVANCO:         ¡Noramala venga el pe...!

                     Las dos erres y la o

                 me como contra mi gusto.

D. LOPE:         Creo, por Dios, que te oyó.

VIVANCO:         Si él me oyó, por Dios, fue justo

                 no acabar su nombre yo.

HAZÉN:               Con vuestras dos firmas solas

                 pisaré alegre y contento

                 las riberas españolas;

                 llevaré propicio el viento,

                 manso el mar, blandas sus olas.

                     A España quiero tornar,

                 y a quien debo confesar

                 mi mozo y antiguo yerro;

                 no como Yzuf, aquel perro

                 que fue a vender su lugar.

 

Dales un papel escrito

 

 

                     Aquí va cómo es verdad

                 que he tratado a los cristianos

                 con mucha afabilidad,

                 sin tener en lengua o manos

                 la turquesca crüeldad;

                     cómo he a muchos socorrrido;

                 cómo, niño, fui oprimido

                 a ser turco; cómo voy

                 en corso, pero que soy

                 buen cristiano en lo escondido,

                     y quizá hallaré ocasión

                 para quedarme en la tierra,

                 para mí, de promisión.

D. LOPE:         Es la enmienda en el que yerra

                 arras de su salvación.

                     Echaremos de buen grado

                 las firmas que nos pedís,

                 que ya está experimentado

                 ser verdad cuanto decís,

                 Hazén, y que sois honrado.

                     Y quiera el cielo divino

                 que os facilite el camino

                 como vos lo deseáis.

VIVANCO:         A mucho os determináis.

HAZÉN:           Pues a más me determino;

                     que he de procurar alzar

                 la galeota en que voy.

D. LOPE:         ¿Cómo lo pensáis trazar?

HAZÉN:           Ya con otros cuatro estoy

                 convenido.

VIVANCO:                     Temo azar,

                     si es que entre muchos se sabe:

                 que no hay cosa que se acabe

                 aquí en Argel sin afrenta

                 cuando a muchos se da cuenta.

HAZÉN:           En los que digo, más cabe.

D. LOPE:             ¿Sabrías decir, Hazén,

                 quién mora en aquella casa?

HAZÉN:           ¿En aquella?

VIVANCO:                       Sí.

HAZÉN:                             Muy bien.

                 Un moro de buena masa,

                 principal y hombre de bien,

                     y rico en extremo grado;

                 y, sobre todo, le ha dado

                 el cielo una hija tal,

                 que de belleza el caudal

                 todo en ella está cifrado.

                     Muley Maluco apetece

                 ser su marido.

D. LOPE:                        Y el moro

                 ¿qué dice?

HAZÉN:                       Que la merece,

                 no por rey, mas por el oro

                 que en la dote el rey ofrece:

                     que en esta nación confusa

                 que dé el marido se usa

                 la dote, y no la mujer.

VIVANCO:         ¿Y ella está del parecer

                 del padre?

HAZÉN:                       No lo rehúsa.

D. LOPE:             ¿Está acaso alguna esclava,

                 ya renegada o cristiana,

                 en esta casa?

HAZÉN:                         Una estaba

                 años ha, llamada Juana.

                 Sí, sí; Juana se llama[ba],

                     y el sobrenombre tenía,

                 creo, que de Rentería.

D. LOPE:         ¿Qué se hizo?

HAZÉN:                          Ya murió,

                 y a aquesta mora crïó

                 que denantes os decía.

                     Ella fue una gran matrona,

                 archivo de cristiandad,

                 de las cautivas corona;

                 no quedó en esta ciudad

                 otra tan buena persona.

                     Los tornadizos lloramos

                 su falta, porque quedamos

                 ciegos sin su luz y aviso.

                 Por cobralla, el cielo quiso

                 que la perdiesen sus amos.

D. LOPE:             Vete en paz, y aquesta tarde

                 ven por tus firmas, Hazén.

 

Vane HAZÉN

 

 

HAZÉN:           La Trinidad toda os guarde.

VIVANCO:         Bien podemos deste bien

                 hacer otra vez alarde.

                     ¿Cuántos son?

D. LOPE:                           ¿Once no dije?

                 Pero lo que aquí me aflige

                 es no ver [a] quien los dio.

VIVANCO:         ¿Quién? Para mí tengo yo

                 que fue Aquél que el cielo rige,

                     que por no vistos caminos

                 su pródiga mano acorre

                 a los míseros mezquinos;

                 y ansí, a nosotros socorre,

                 aunque de tal gracia indignos.

 

Parece la caña otra vez, con otro paño de más

bulto

 

 

                     Mira que otra vez asoma

                 la caña.

D. LOPE:                   Trabajo toma

                 de ir a ver si se te inclina.

VIVANCO:         Aquesta pesca es divina,

                 aunque sea de Mahoma.

                     Mas, apenas muevo el pie

                 hacia allá, cuando levantan

                 la caña, y no sé por qué;

                 si es que de mí se espantan,

                 díganlo y me volveré.

                     Para ti, amigo, se guarda

                 esta ventura gallarda;

                 ven y veremos lo que es;

                 y no empereces los pies,

                 que, si el bien llega, no tarda.

 

Inclínase la caña a don LOPE, y desata el

paño

 

 

D. LOPE:             Más peso tiene, a mi ver,

                 que el de denantes aquéste.

VIVANCO:         Más numos debe de haber.

D. LOPE:         ¡Ta, ta, billetico es éste!

VIVANCO:         ¿Quiéresle agora leer?

                     Mira si es oro o argento,

                 primero, que de contento

                 estoy para reventar.

                 ¿Que no lo queréis mirar?

 

Pónese don LOPE a leer el billete; y, antes que le acabe de leer,

dice

 

 

D. LOPE:         ¡Por Dios, que pasan de ciento,

                     y son los más de a dos caras!

VIVANCO:         ¿Para qué a leer te paras?

                 A contarlos te apresura.

D. LOPE:         Cierto que es esta aventura

                 rarísima entre las raras.

VIVANCO:             ¿Qué es lo que dice el papel?

D. LOPE:         En lo poco que he leído,

                 milagros he visto en él.

VIVANCO:         Oye, que siento rüido.

D. LOPE:         Gente viene de tropel;

                     en el rancho nos entremos,

                 adonde a solas podremos

                 ver lo que el billete dice.

VIVANCO:         ¿Despedístete?

D. LOPE:                         Sí hice.

VIVANCO:         Desorejado tenemos.

 

Sale el GUARDIÁN Bají y un moro llamado CARAHOJA,

y un CRISTIANO atadas las orejas con un paño sangriento, como que las trae

cortadas

 

 

CARAHOJA:            ¿No os dije, perro insensato,

                 que, si huíades por tierra,

                 que os haría aqueste trato?

CRISTIANO:       Es grande el gusto que encierra

                 voz de libertad.

CARAHOJA:                        ¡Oh ingrato!

                     Por la mar te he aconsejado

                 que huyas; mas tú, malvado,

                 que en los estorbos no miras,

                 siempre a huir por tierra aspiras.

CRISTIANO:       Hasta quedar enterrado.

CARAHOJA:            Tres veces por tierra ha huido

                 este perro, y treinta doblas

                 di aquellos que le han traído.

CRISTIANO:       Si las prisiones no doblas,

                 haz cuenta que me has perdido:

                     que, aunque me desmoches todo,

                 y me pongas de otro modo

                 peor que éste en que me veo,

                 tanto el ser libre deseo,

                 que a la fuga me acomodo

                     por la tierra o por el viento,

                 por el agua y por el fuego;

                 que, a la libertad atento,

                 a cualquier cosa me entrego

                 que me muestre este contento.

                     Y, aunque más te encolerices,

                 respondo a lo que me dices,

                 que das en mi huida cortes,

                 que no importa el ramo cortes,

                 si no arrancas las raíces.

                     Si no me cortas los pies,

                 al huirme no hay reparo.

GUARDIÁN:        Carahoja, ¿éste no es

                 español?

CARAHOJA:                 ¿Pues no está claro?

                 ¿En su brío no lo ves?

GUARDIÁN:            Por Alá, que, aunque esté muerto,

                 estás de guardallo incierto.

                 ¡Éntrate, perro, a curar!

                 Aqueste le habrás de dar

                 a la limosna.

CARAHOJA:                      Está cierto.

 

[Vase] el CRISTIANO

 

 

GUARDIÁN:            Oye, que un tiro han tirado

                 en la mar.

CARAHOJA:                    No le he sentido.

 

[Sale] un CAUTIVO

 

 

CAUTIVO:         Fendi, Cauralí es llegado,

                 y viene, según he oído,

                 rico, próspero y honrado;

                     y el rey sale a la marina,

                 que ver allí determina

                 los cautivos y el despojo.

GUARDIÁN:        ¿Quieres venir?

CARAHOJA:                          Yo estoy cojo.

GUARDIÁN:        Pues poco a poco camina.

 

[Vanse].  Vuelven a salir Don LOPE y VIVANCO

 

 

VIVANCO:             Léele otra vez, que me admira

                 la sencillez que contiene

                 y el grande intento a que aspira.

D. LOPE:         Mira bien si alguno viene,

                 y a esta parte te retira.

                     El billete dice así;

                 en toda mi vida vi

                 razones así sencillas.

                 ¡Éstas son tus maravillas,

                 gran Señor!

VIVANCO:                     Acaba, di.

 

Lee el billete Don LOPE

 

 

[D. LOPE]:       Mi padre, que es muy rico, tuvo por cautiva

                 a una cristiana, que me dio leche y me enseñó

                 todo el cristianesco. Sé las cuatro oracio-nes,

                 y leer y escribir, que ésta es mi letra. Díjome

                 la cristiana que Lela Marién, a quien vosotros

                 llamáis Santa María, me quería mu-cho, y que un

                 cristiano me había de llevar a su tierra.

                 Muchos he visto en ese baño por los agujeros

                 desta celosía, y ninguno me ha parecido bien,

                 sino tú. Yo soy hermosa, y tengo en mi poder

                 muchos dineros de mi padre. Si quieres, yo te

                 daré muchos para que te rescates, y mira tú

                 cómo podrás llevarme a tu tierra, donde te has de

                 casar conmigo; y, cuando no quisieres, no se me

                 dará nada: que Lela Marién tendrá cuidado de

                 darme marido. Con la caña me podrás responder

                 cuando esté el baño sin gente. Envíame a decir

                 cómo te llamas, y de qué tierra eres, y si eres

                 casado; y no te fíes de ningún moro ni renegado.

                 Yo me llamo Zara, y Alá te guarde.

 

                     ¿Qué te parece?

VIVANCO:                              Que el cielo

                 se nos descubre en la tierra

                 en este tan santo celo.

D. LOPE:         Sin duda, en Zara se encierra

                 toda la bondad del suelo.

VIVANCO:             Quizá nos está mirando.

                 Vuelve, y haz, de cuando en cuando,

                 señales de agradecido.

                 Mas, ¿en qué te has suspendido?

D. LOPE:         La respuesta estoy pensando.

VIVANCO:             ¿Pues hay más que responder,

                 sino que harás todo cuanto

                 fuere al caso menester?

 

[Sale] HAZÉN

 

 

D. LOPE:         Hazén vuelve.

HAZÉN:                          Estimo en tanto

                 el bien que me habéis de hacer,

                     que, hasta tenerle en mi pecho,

                 no puedo tener sosiego.

                

Vuélvele el papel

 

 

D. LOPE:         Amigo Hazén, ya está hecho;

                 y, así como yo os lo entrego

                 con gusto, os haga el provecho.

VIVANCO:             ¿Es verdad que ya ha llegado

                 Cauralí?

HAZÉN:                      Ya se ha mostrado

                 al cabo de Metafús.

D. LOPE:         ¿En qué piensas?

HAZÉN:                            Ahora, ¡sus!,

                 yo he de ver al renegado

                     y decirle de mí a él

                 quién es.

VIVANCO:                     ¿Por Yzuf dirás?

HAZÉN:           Por ese perro crüel

                 digo.

D. LOPE:                 Pues muy mal harás

                 en tomarte, Hazén, con él.

VIVANCO:             Déjale; Dios le maldiga.

HAZÉN:           El alma se me fatiga

                 en ver que este perro infame

                 su sangre venda y derrame

                 como si fuera enemiga.

                     Dios me ayude, a Dios quedad,

                 que jamás no me veréis,

                 y Dios os dé libertad.

VIVANCO:         ¡Mirad, Hazén, lo que hacéis!

 

[Vase] HAZÉN

 

 

HAZÉN:           ¡Dios mueve mi voluntad!

VIVANCO:             ¿Apostaréis que se toma,

                 según la ira le doma,

                 con Yzuf?

D. LOPE:                     Ya le acabase,

                 porque del suelo quitase

                 este rayo de Mahoma.

                     ¿No será bien que escribamos,

                 por si otra vez se aparece

                 esta estrella que miramos?

VIVANCO:         Así a mí me lo parece,

                 ya, y ahora.

D. LOPE:                     Vamos.

VIVANCO:                            Vamos.

 

[Vanse].  Sale[n] Hazán BAJÁ, rey de Argel, y el CADÍ y CARAHOJA,

y HAZÉN, el GUARDIÁN bají y otros MOROS de acompañamiento;

suenan chirimías y grita de desembarcar

 

 

BAJÁ:                ¡Bueno viene Cauralí!

                 De alegría da gran muestra.

                 ¿Qué dices, guardián Bají?

GUARDIÁN:        De su industria y de su diestra

                 siempre estos efecto vi;

                     es valiente, y fue guïado

                 por un bravo renegado.

BAJÁ:            ¿No fue Yzuf?

GUARDIÁN:                      Yzuf se llama,

                 a quien pregona la fama

                 por buen moro y buen soldado.

 

[Salen] CAURALÍ y YZUF

 

 

CAURALÍ:             Dame tus pies, fuerte Hazán,

                 como mi rey y señor.

BAJÁ:            Mis pies por jamás se dan

                 a labios de tal valor

                 y a tan bravo capitán.

                     Del suelo os alzad.

YZUF:                                    A mí

                  darás lo que a Cauralí

                 niegas con justa razón.

BAJÁ:            De entrambos mis brazos son.

CADÍ:            Y también los del Cadí.

                     En buen hora seas venido.

CAURALÍ:         En la mesma estés.

CADÍ:                               Pues bien:

                 ¿haos España enriquecido?

                 Porque lo suele hacer bien

                 con el cosario atrevido.

YZUF:                Mi pueblo se saqueó,

                 y, aunque poca, en él se halló

                 ganancia y algún cautivo.

HAZÉN:           ¡Oh, más que Nerón esquivo,

                 ni al que a [S]icilia asoló!

BAJÁ:                Haz venir alguno dellos

                 en mi presencia, y advierte

                 que sean de los más bellos.

CAURALÍ:         Yo mesmo, por complacerte,

                 quiero ir, señor, a traellos.

 

[Vase] CAURALÍ

 

 

BAJÁ:                ¿Cuántos serán?

YZUF:                                Ciento y veinte.

BAJÁ:            ¿Hay entre ellos buena gente

                 para el remo? ¿Hay oficiales?

YZUF:            Yo creo que vienen tales,

                 que el más ruin más te contente.

CADÍ:                ¿Hay muchachos?

YZUF:                                Dos no más;

                 pero de belleza extraña,

                 como presto lo verás.

CADÍ             Hermosos los cría España.

[YZUF]:          Pues désto[s] te admirarás.

                     Y son, a lo que imagino,

                 uno y otro mi sobrino.

CADÍ:            Hasles hecho un gran favor.

HAZÉN:           ¿Que tal hiciste, traidor,

                 alma fiera de Ezino?

 

Vuelve CAURALÍ con el padre [VIEJO], que trae al niño de

la mano y otro chiquito en los brazos, que no ha de hablar;

y vienen asimismo el SACRISTÁN, Don FERNANDO y otros

dos CAUTIVOS

 

 

CAURALÍ:             De aquestos dos niños creo

                 que este honrado viejo es padre.

YZUF:            El mío en su rostro veo.

BAJÁ:            ¿Viene cautiva su madre?

CAURALÍ          No, señor.

CADÍ:                        Éste no es feo.

BAJÁ:                Son muy chiquitos.

CAURALÍ                                 Con todo,

                 con el tiempo me acomodo,

                 sin que lo estorbe su Roma,

                 dar dos pajes a Mahoma

                 que le sirvan a su modo.

[VIEJO]:             ¡Cuitado! ¿Qué es lo que escucho?

CADÍ:            Llegad éste acá.

[VIEJO]:                           Señor,

                 no nos aparte; ya lucho

                 con los brazos del temor,

                 y venceránme, que es mucho.

CAURALÍ:             Éste es un desesperado,

                 que él mismo al mar se arrojó

                 ya después de haber zarpado,

                 y un gancho que le eché yo

                 le pescó como pescado.

BAJÁ:                ¿Pues quién le movió a tal hecho?

CAURALÍ:         Amor que reina en su pecho

                 de un hijo que él se temía

                 que en nuestra armada venía.

BAJÁ:            Y el muchacho, ¿qué se ha hecho?

YZUF:                No parece.

CADÍ:                            ¿Cómo ansí?

CAURALÍ:         Debió de quedarse allá.

D. FERNANDO:     ¡Ay Costanza! ¿Qué es de ti?

BAJÁ:            ¿Qué es lo que dices?

D. FERNANDO:                          ¡Quizá

                 en el lugar le perdí!

BAJÁ:                Cordura fuera buscalle

                 primero, y, al no hallalle,

                 el rescate lo suplía;

                 y fue mala granjería

                 el perderte por ganalle.

                     ¿Éste quién es?

CAURALÍ:                                    No sé cierto.

CAUTIVO:         ¿Yo, señor? Soy carpintero.

HAZÉN:           ¡Oh cristiano poco experto!

                 No te sacará el dinero

                 desta tormenta a buen puerto.

                     El que es oficial, no espere,

                 mientras que vida tuviere,

                 verse libre destas manos.

CAURALÍ:         ¿Vendrán todos los cristianos?

BAJÁ:            Muestra alguno, y sea quien fuere.

 

[Sale] el SACRISTÁN

 

 

                     ¿Éste es pápaz?

SACRISTÁN:                                   No soy Papa,

                 sino un pobre sacristán

                 que apenas tuvo una capa.

CADÍ:            ¿Cómo te llaman?

SACRISTÁN:                         Tristán.

BAJÁ:            ¿Tu tierra?

SACRISTÁN:                   No está en el mapa.

                     Es mi tierra Mollorido,

                 un lugar muy escondido

                 allá en Castilla la Vieja.

                 (¡Mucho este perro me aqueja!   [Aparte]

                 ¡Guarde el cielo mi sentido!

BAJÁ:                ¿Qué oficio tienes?

SACRISTÁN:                               Tañer;

                 que soy músico divino,

                 como lo echaréis de ver.

HAZÉN:           O este pobre pierde el tino,

                 o él es hombre de placer.

BAJÁ:                ¿Tocas flauta o chirimía,

                 o cantas con melodía?

SACRISTÁN:       Como yo soy sacristán,

                 toco el din, el don y el dan

                 a cualquiera hora del día.

CADÍ:                ¿Las campanas no son esas

                 que llamáis entre vosotros?

SACRISTÁN:       Sí, señor.

BAJÁ:                        Bien lo confiesas:

                 música para nosotros

                 divina es la que profesas.

                     ¿No sabrás tirar un remo?

SACRISTÁN:       No, mi señor, porque temo

                 reventar: que soy quebrado.

CADÍ:            Irás a guardar ganado.

SACRISTÁN:       Soy friolego en extremo

                     en i[n]vierno, y en verano

                 no puedo hablar de calor.

BAJÁ:            Bufón es este cristiano.

SACRISTÁN:       ¿Yo búfalo? No, señor:

                 antes soy pobre aldeano.

                     En lo que yo tendré maña

                 será en guardar una puerta

                 o en ser pescador de caña.

CADÍ:            Bien tus oficios concierta;

                 no fuérades vos de España.

 

[Sale] un MORO

 

 

MORO:                Los jenízaros están

                 aguardándote en palacio.

BAJÁ:            Vamos. ¡Adiós, capitán!,

                 y veámonos despacio.

CAURALÍ:          (¡Oh, qué bien mis cosas van!  [Aparte]

                     Escapado he la cristiana;

                 ya la fortuna me allana

                 los caminos de mi bien.)

 

[Vanse] todos; quedan HAZÉN y YZUF

 

 

YZUF:            Agora hablaré yo a Hazén.

HAZÉN:           De hablarte tengo gana.

                     Deja ir a Cauralí,

                 porque los cautivos lleve,

                 y quedémonos aquí.

YZUF:            En tus razones sé breve,

                 que tengo que hacer.

HAZÉN:                               Sea ansí.

                     Dejo aparte que no tengas

                 ley con quien tu alma avengas,

                 ni la de gracia ni escrita,

                 ni en iglesia ni en mezquita

                 a encomendarte a Dios vengas.

                     Con todo, de tu fiereza

                 no pudiera imaginar

                 cosa de tanta estrañeza

                 como es venirte a faltar

                 la ley de naturaleza.

                     Con sólo que la tuvieras,

                 fácilmente conocieras

                 la maldad que cometías

                 cuando a pisar te ofrecías

                 las esp[a]ñolas riberas.

                     ¿Qué Falaris agraviado,

                 qué Dionisio embravecido,

                 o qué Catilina airado,

                 contra su sangre ha querido

                 mostrar su rigor sobrado?

                     ¿Contra tu patria levantas

                 la espada? ¿Contra las plantas

                 que con tu sangre crecieron

                 tus hoces agudas fueron?

YZUF:            ¡Por Dios, Hazén, que me espantas!

HAZÉN:               ¿No te espanta haber vendido

                 a tu tío y tus sobrinos

                 y a tu patria, descreído,

                 y espántate...?

YZUF:                              Desatinos

                 dices, Hazén fementido.

                     Sin duda que eres cristiano.

HAZÉN:           Bien dices; y aquesta mano

                 confirmará lo que has dicho

                 poniendo eterno entredicho.

                 a tu proceder tirano.

 

Da HAZÉN de puñaladas a YZUF

 

 

YZUF:                ¡Ay, que me ha muerto! ¡Mahoma,

                 desde luego la venganza,

                 como es tu costumbre, toma!

HAZÉN:           ¡Tu llevas buena esperanza

                 a los lagos de Sodoma!

 

Vuelve el CADÍ

 

 

CADÍ:                ¿Qué es esto? ¿Qué grito oí?

HAZÉN:           ¡Por Dios, que vuelve el Cadí!

YZUF:            ¡Ay, señor! ¡Hazén me ha muerto,

                 y es cristiano!

HAZÉN:                             Aqueso es cierto:

                 cristiano soy, veisme aquí.

CADÍ:                ¿Por qué le mataste, perro?

HAZÉN:           No porque éste fue de caza

                 de la vida le destierro,

                 sino porque fue de raza

                 que siempre cazó por yerro.

CADÍ:                ¿Eres cristiano?

HAZÉN:                                 Sí soy;

                 y en serlo tan firme estoy,

                 que deseo, como has visto,

                 deshacerme y ser con Cristo,

                 si fuese posible, hoy.

                     ¡Buen Dios, perdona el exceso

                 de haber faltado en la fe,

                 pues, al cerrar del proceso,

                 si en público te negué,

                 en público te confieso!

                     Bien sé que aqueste conviene

                 que haga a aquél que te tiene

                 ofendido como yo.

CADÍ:            ¿Quién jamás tal cosa vio?

                 ¡Alto, su muerte se ordene!

                     ¡Ponedle luego en un palo!

HAZÉN:           Mientras yo tuviere aquéste,

                 con quien el alma regalo,

                 lecho será en que me acueste,

                 el tuyo, Sardanápalo.

                     Dame, enemigo, esa cama,

                 que es la que el alma más ama,

                 puesto que al cuerpo sea dura;

                 dámela, que a gran ventura

                 por ella el cielo me llama.

 

Saca una cruz de palo HAZÉ

 

 

                     No le mudes la intención,

                 buen Jesús; confirma en él

                 su intento y mi petición,

                 que en ser el cadí crüel

                 consiste mi salvación.

CADÍ:                Caminad; llevadle aína,

                 y empalalde en la marina.

HAZÉN:           Por tal palo, palio espero;

                 y así, correré ligero.

MORO:            ¡Camina, perro, camina!

HAZÉN:               Cristianos, a morir voy,

                 no moro, sino cristiano;

                 que aqueste descuento doy

                 del vivir torpe y profano

                 en que he vivido hasta hoy.

                     En España lo diréis

                 a mis padres, si es que os veis

                 fuera de aqueste destierro.

CADÍ:            ¡Cortad la lengua a ese perro!

                 ¡Acabad con él! ¿Qué hacéis?

                     Carga tú con éste, y mira

                 si ha acabado de expirar.

MORO:            Paréceme que aún respira.

CADÍ:            Tráele a mi casa a curar.

                 Este suceso me admira:

                     en él se ha visto una prueba

                 tan nueva al mundo, que es nueva

                 aun a los ojos del sol;

                 mas si el perro es español,

                 no hay de qué admirarme deba.

 

[Vanse] todos

 

 

FIN DEL PRIMER ACTO

 

 

 

 

 

 

SEGUNDO ACTO

 

 

HALIMA, mujer de CAURALÍ, y doña COSTANZA

 

 

HALIMA:              ¿Cómo te hallas, cristiana?

COSTANZA:        Bien, señora; que en ser tuya

                 mucho mi ventura gana.

HALIMA:          Que gana más la que es suya,

                 bien se ve ser cosa llana.

                     Al no tener libertad,

                 no hay mal que tenga igualdad:

                 sélo yo, sin ser esclava.

COSTANZA:        Yo, señora, esto pensaba.

HALIMA:          Piensas contra la verdad.

                     Sólo por estar sujeta

                 a mi esposo, estoy de suerte

                 que el corazón se me aprieta.

COSTANZA:        Blando del marido fuerte

                 hace la mujer discreta.

HALIMA:              ¿Eres casada?

COSTANZA:                          Pudiera

                 serlo, si lo permitiera

                 el cielo, que no lo quiso.

HALIMA:          Tu gentileza y aviso

                 corren igual la carrera.

 

[Salen] CAURALÍ y Don FERNANDO como

cautivo

 

 

CAURALÍ:             Ella es hermosa en extremo;

                 mas llega a su hermosura

                 su riguridad, que temo.

                 ¡Ya, amor, desta piedra dura

                 saca el fuego en que me quemo!

                     Hete dado cuenta desto,

                 para que en mi gusto el resto

                 eches de tu discreción.

D. [FERNANDO]:   Más pide la obligación,

                 buen señor, en que me has puesto.

                     Muéstrame tú la cautiva;

                 que, aunque más exenta viva

                 del grande poder de amor,

                 la has de ver de tu dolor,

                 o amorosa, o compasiva.

CAURALÍ:             Vesla allí; y ésta es Halima,

                 mi mujer y tu señora.

D. [FERNANDO]:   ¡A fe que es prenda de estima!

HALIMA:          Pues, amigo, ¿qué hay ahora?

CAURALÍ:         Más de un ¡ay! que me lastima.

HALIMA:              ¿Á:lzase el rey con la presa?

CAURALÍ:         No fuera desdicha aquésa.

HALIMA:          Pues, ¿qué daño puede haber?

CAURALÍ:         ¿No es mal mandarme volver

                 en corso con toda priesa?

                     Mas Alá lo hará mejor.

                 Aqueste esclavo os presento,

                 que es cristiano de valor.

D. [FERNANDO]:   (¿Juzgo, veo, entiendo, siento?  [Aparte]

                 ¿Éste es esfuerzo, o temor?

                     ¿No están mirando mis ojos

                 los ricos altos despojos

                 por quien al mar me arrojé?

                 ¿No es ésta, que el alma fue,

                 la gloria de sus enojos?)

CAURALÍ:             ¿Con quién hablas, di, cristi[a]no?

                 ¿Por qué no te echas por tierra

                 y Halima besas la mano?

D. [FERNANDO]:   Más acierta el q[ue] más yerra,

                 viendo un dolor sobrehumano.

                     Dame, señora, los pies,

                 que este que postrado ves

                 ante ellos es tu cautivo.

HALIMA:          Ahora esclavo recibo

                 que será señor después.

                     ¿Conoces a esta cautiva?

D. [FERNANDO]:   No, por cierto.

COSTANZA:                        (Bien dijiste;    [Aparte]

                 y si de memoria priva

                 un dolor, muera ésta triste,

                 porque olvidada no viva.

                     Pero quizá disimulas

                 y mentiras acomulas

                 que ser de provecho sientes.)

CAURALÍ:         ¿Por qué, hablando entre los dientes,

                 las razones no articulas?

D. [FERNANDO]:       ¿Cómo os llamáis?

COSTANZA:                              ¿Yo? Costanza.

D. [FERNANDO]:   ¿Sois soltera, o sois casada?

COSTANZA:        De serlo tuve esperanza.

D. [FERNANDO]:   ¿Y estáis ya desesperada?

COSTANZA:        Aún vive la confïanza;

                     que, mientras dura la vida,

                 es necedad conocida

                 desesperarse del bien.

D. [FERNANDO]:   ¿Quién fue vuestro padre?

COSTANZA:                                  ¿Quién?

                 Un Diego de la Bastida.

D. [FERNANDO]:       ¿No estábades concertada

                 con un cierto don Fernando

                 de sobrenombre de Andrada?

COSTANZA:        Así es; mas nunca el cuándo

                 llegó desa suerte honrada:

                     que mi señor Cauralí

                 del bien que en fe poseí,

                 merced a Yzuf el traidor,

                 trujo de su borrador

                 el original aquí.

D. [FERNANDO]:       Señora, trátala bien,

                 porque es mujer principal.

HALIMA:          Como ella me sirva bien,

                 no la trataré yo mal.

 

[Sale] ZAHARA, muy bien aderezada

 

 

ZAHARA:          Ya queda empalado Hazén.

HALIMA:              Señora Zara, ¿qué es esto?

                 No te esperaba tan presto.

ZAHARA:          No estaba el baño a mi gusto,

                 y víneme con disgusto

                 de aqueste caso funesto.

HALIMA:              ¿Pues qué caso?

ZAHARA:                               A Yzuf mató

                 Hazén, y el Cadí, al momento,

                 a empalarle sentenció.

                 Vile morir tan contento,

                 que creo que no murió.

                     Si ella fuera de otra suerte,

                 tuviera envidia a su muerte.

CAURALÍ:         ¿Pues no murió como moro?

ZAHARA:          Dicen que guardó un decoro

                 que entre cristianos se advierte,

                     que es el morir confesando

                 al Cristo que ellos adoran.

                 Y estúvemele mirando,

                 y, entre otros muchos que lloran,

                 también estuve llorando,

                     porque soy naturalmente

                 de pecho humano y clemente;

                 en fin, pecho de mujer.

CAURALÍ:         ¿Que tal te paraste a ver?

ZAHARA:          Soy curiosa impertinente.

CAURALÍ:             ¿Estarás aquí esta tarde,

                 Zahara?

ZAHARA:                   Sí, porque he de hacer

                 con Halima cierto alarde.

CAURALÍ:         ¿De soldados?

ZAHARA:                         Podrá ser.

CAURALÍ:         Quedad con Alá.

ZAHARA:                            Él te guarde.

 

Vase CAURALÍ

 

 

HALIMA:              No te vayas tú, cristiano.

CAURALÍ:         Quédate.

D. [FERNANDO]:            Término llano

                 es éste de Berbería.

COSTANZA:        ¡Dichosa desdicha mía!

HALIMA:          ¿Por qué?

COSTANZA:                    Porque en ella gano.

ZAHARA:              ¿Qué ganas?

COSTANZA:                        Un bien perdido

                 que cobré con la paciencia

                 de los males que he sufrido.

ZAHARA:          ¡Mucho enseña la experiencia!

COSTANZA:        Mucho he visto, y más sabido.

ZAHARA:              ¿Nuevos son estos cristianos?

HALIMA:          Sus rostros mira y sus manos,

                 que están limpios y ellas blandas.

D. [FERNANDO]:   Saldréme fuera si mandas.

HALIMA:          No tengas temores vanos,

                     porque no tiene recelo

                 de ningún cautivo el moro,

                 ni cristiano le dio celo.

                 Guarda ese honesto decoro

                 para tu tierra.

D. [FERNANDO]:                     Harélo.

HALIMA:              No hay mora que acá se abaje

                 a hacer algún moro ultraje

                 con el que no es de su ley,

                 aunque supiese que un rey

                 se encubría en ese traje.

                     Por eso nos dan licencia

                 de hablar con nuestros cautivos.

D. [FERNANDO]:   ¡Confïada impertinencia!

ZAHARA:          Matan los bríos lascivos

                 el trabajo y la dolencia,

                     y el gran temor de la pena

                 de la culpa nos refrena

                 a todos; que, según veo,

                 doquiera nace un deseo

                 que un buen pecho desordena.

                     Ven acá; dime, cristiano:

                 ¿en tu tierra hay quien prometa

                 y no cumpla?

D. [FERNANDO]:                  Algún villano.

ZAHARA:          ¿Aunque dé en parte secreta

                 su fe, su palabra y mano?

D. [FERNANDO]:       Aunque sólo sean testigos

                 los cielos, que son amigos

                 de descubrir la verdad.

ZAHARA:          ¿Y guardan esa lealtad

                 con los que son enemigos?

D. [FERNANDO]:       Con todos; que la promesa

                 del hidalgo o caballero

                 es deuda líquida expresa,

                 y ser siempre verdadero

                 el bien nacido profesa.

HALIMA:              ¿Qué te importa a ti saber

                 su buen o mal proceder

                 de aquéstos, que en fin son galgos?

ZAHARA:          Haz, ¡oh Alá!, que sean hidalgos

                 los que me diste a escoger.

HALIMA:              ¿Qué dices, Zara?

ZAHARA:                                Nonada;

                 déjame a solas, si quieres,

                 con esta tu esclava honrada.

HALIMA:          ¡Qué amiga de saber eres!

ZAHARA:          ¿A quién el saber no agrada?

HALIMA:              Habla tú con ella, y yo

                 con mi esclavo.

COSTANZA:                          Al fin salió

                 verdad lo que yo temía.

                 ¿Si ha de acabar Berbería

                 lo que España comenzó?

                     Allá comencé a perder,

                 y aquí me he de rematar;

                 porque bien se echa de ver

                 que este apartarse y hablar

                 se funda en un buen querer.

ZAHARA:              ¿Cómo te llamas, amiga?

COSTANZA:        Costanza.

ZAHARA:                      ¿Tendrás fatiga

                 de verte sin libertad?

COSTANZA:        Más, si va a decir verdad,

                 otra cosa me fatiga.

HALIMA:              La blandura o la aspereza

                 de las manos nos da muestra

                 de la abundancia o pobreza

                 de vosotros. Muestra, muestra:

                 no las huyas, que es simpleza,

                     porque, si eres de rescate,

                 será ocasión que te trate

                 con proceder justo y blando.

ZAHARA:          ¿Qué miras?

COSTANZA:                     Estoy mirando

                 un extraño disparate.

D. [FERNANDO]:       Señora, a mi amo toca

                 el hacer esa experiencia,

                 aunque a risa me provoca

                 que a tan engañosa ciencia

                 deis creencia mucha o poca;

                     porque hay pobres holgazanes

                 en nuestra tierra galanes

                 y del trabajo enemigos.

HALIMA:          Estas manos son testigos

                 de quién eres; no te allanes.

COSTANZA:            (¡Ay, embustera gitana!  [Aparte]

                 En esas rayas que miras

                 está mi desdicha llana.

                 ¡Qué despacio las retiras,

                 enemigo!)

ZAHARA:                     ¿Qué has, cristiana?

COSTANZA:            ¿Qué tengo de haber? Nonada.

ZAHARA:          ¿Fuiste, a dicha, enamorada

                 en tu tierra?

COSTANZA:                        Y aun aquí.

ZAHARA:          ¿Aquí dices? ¿Cómo ansí?

                 ¿Luego a moro estás prendada?

COSTANZA:            No, sino de un renegado

                 de fe poca y fe perjura.

D. [FERNANDO]:   Harto, señora, has mirado.

ZAHARA:          Has dado en una locura

                 en que cristiana no ha dado.

                     Amar a cristianos moras,

                 eso vese a todas horas;

                 mas que ame cristiana a moro,

                 eso no.

COSTANZA:                 Dese decoro

                 reniego.

HALIMA:                    ¿De qué te azoras?

                     Además eres esquivo.

D. [FERNANDO]:   Rico, pobre, blando o fuerte,

                 señora, soy tu cautivo,

                 y tengo a dichosa suerte

                 el serlo.

COSTANZA:                   ¡Muriendo vivo!

ZAHARA:              ¿Que tanto le quieres, triste?

                 ¿Hoy quieres, y ayer veniste?

                 ¡Cómo amor tu pecho enciende!

                 Mas, ¿cómo te reprehende

                 la que tan mal le resiste?

                     Lo que en esto siento, amiga,

                 es que me cansa y afana

                 sentir que tu lengua diga

                 que una tan bella cristiana

                 le causa un moro fatiga.

COSTANZA:            No es sino mora.

ZAHARA:                                Dislates

                 dices; de aqueso no trates,

                 que es locura y vano error.

COSTANZA:        Son en los casos de amor

                 extraños los disparates.

ZAHARA:              Bien el que has dicho lo allana.

HALIMA:          ¿Qué habláis las dos?

ZAHARA:                                 ¡Es de precio

                 y discreta la cristiana!

HALIMA:          ¡Pues el cristiano no es necio!

COSTANZA:        Es de fe perjura y vana.

HALIMA:              Entremos, que ya has oído

                 el azar, y el encendido

                 sol demedia su jornada.

D. [FERNANDO]:   ¡Oh, por mi bien, prenda hallada!

COSTANZA:        ¡Oh, por mi mal, bien perdido!

 

[Vanse] todos.  Sale el VIEJO, padre de los niños, y el SACRISTÁN.

El VIEJO con vestido de cautivo, y el SACRISTÁN con su mesmo vestido

y con un barril de agua

 

 

SACRISTÁN:           No hay sino tener paciencia

                 y encomendarnos a Dios;

                 porque es necia impertinencia

                 dejarse morir.

VIEJO:                         Ya vos

 

                 tenéis ancha la conciencia;

                     ya coméis carne en los días

                 vedados.

SACRISTÁN:                   ¡Qué niñerías!

                 Como aquello que me da

                 mi amo.

VIEJO:                    Mal os hará.

SACRISTÁN:       ¡Que no hay aquí teologías!

VIEJO:               ¿No te acuerdas, por ventura,

                 de aquellos niños hebreos

                 que nos cuenta la Escritura?

SACRISTÁN:       ¿Dirás por los Macabeos,

                 que, por no comer grosura,

                     se dejaron hacer piezas?

VIEJO:           Por ésos digo.

SACRISTÁN:                      Si empiezas,

                 en viéndome, a predicarme,

                 por Dios, que he [de] deslizarme

                 en viéndote.

VIEJO:                         ¿Ya tropiezas?

                     Que no caigas, plega al cielo.

SACRISTÁN:       Eso no, porque en la fe

                 soy de bronce.

VIEJO:                          Yo recelo

                 que si una mora os da el pie,

                 deis vos de mano a ese celo.

SACRISTÁN:           Luego, ¿no me han dado ya

                 más de dos lo que quizá

                 otro no lo desechara?

VIEJO:           Dádiva es que cuesta cara

                 a quien la toma y la da.

                     Pero dejémonos desto.

                 ¿Quién es vuestro amo?

SACRISTÁN:                              Mamí,

                 un jenízaro dispuesto

                 que es soldado y dabají,

                 turco de nación y honesto.

                     Dabají es cabo de escuadra

                 o alférez, y bien le cuadra

                 el oficio, que es valiente;

                 y es perro tan excelente,

                 que ni me muerde ni ladra.

                     Y así, a mi desdicha alabo

                 que, ya que me trujo a ser

                 cautivo, mísero esclavo,

                 vino a traerme a poder

                 de jenízaro, y que es bravo:

                     que no hay turco, rey ni Roque

                 que le mire ni le toque

                 de jenízaro al cautivo,

                 aunque a furor excesivo

                 su insolencia le provoque.

VIEJO:               Más cautiverio y más duelos

                 cupieron a mis dos niños,

                 por crecer mis desconsuelos.

                 Conservad a estos armiños

                 en limpieza, ¡oh limpios cielos!

                     Y si veis que se endereza

                 de Mahoma la torpeza

                 a procurar su caída,

                 quitadles antes la vida

                 que ellos pierdan su limpieza.

 

[Salen] dos o tres muchachos MORILLOS, aunque se tomen de la calle, los

cuales han de decir no más que estas palabras

 

 

MORILLO [1]:         ¡Rapaz cristïano,

                 non rescatar, non fugir;

                 don Juan no venir;

                 acá morir,

                 perro, acá morir!

SACRISTÁN:       ¡Oh hijo de una puta,

                 nieto de un gran cornudo,

                 sobrino de un bellaco,

                 hermano de un gran traidor y sodomita!

[MORILLO 2]:     ¡Non rescatar, non fugir;

                 don Juan no venir;

                 acá morir!

SACRISTÁN:       ¡Tú morirás, borracho,

                 bardaja fementido;

                 quínola punto menos,

                 anzuelo de Mahoma, el hideputa!

[MORILLO 3]:     ¡Acá morir!

VIEJO:           No mientes a Mahoma,

                 ¡mal haya mi linaje!,

                 que nos quemarán vivos.

SACRISTÁN:       Déjeme, pese a mí, con estos galgos.

[MORILLO 1]:     ¡Don Juan no venir;

                 acá morir!

VIEJO:           Bien de aqueso se infiera

                 que si él venido hubiera,

                 vuestra maldita lengua

                 no tuviera ocasión de decir esto.

[MORILLO 2]:     ¡Don Juan no venir;

                 acá morir!

SACRISTÁN:       Escuchadme, perritos;

                 venid, ¡tus, tus!, oídme,

                 que os quiero dar la causa

                 por que don Juan no viene: estadme atentos.

                 Sin duda que en el cielo

                 debía de haber gran guerra,

                 do el general faltaba,

                 y a don Juan se llevaron para serlo.

                 Dejadle que concluya,

                 y veréis cómo vuelve

                 y os pone como nuevos.

VIEJO:           ¡Gracioso disparate! Ya se han ido.

 

[Sale] un JUDÍO

 

 

                 ¿No es aquéste judío?

SACRISTÁN:       Su copete lo muestra,

                 sus infames chinelas,

                 su rostro de mezquino y de pobrete.

                 Trae el turco en la corona

                 una guedeja sola

                 de peinados cabellos,

                 y el judío los trae sobre la frente;

                 el francés, tras la oreja;

                 y el español, acémila,

                 que es rendajo de todos,

                 le trae, ¡válame Dios!, en todo el cuerpo.

                 ¡Hola, judío! Escucha.

JUDÍO:           ¿Qué me quieres, cristiano?

SACRISTÁN:       Que este barril te cargues,

                 y le lleves en casa de mi amo.

JUDÍO:           Es sábado, y no puedo

                 hacer alguna cosa

                 que sea de trabajo;

                 no hay pensar que lo lleve, aunque me mates.

                 Deja venga mañana,

                 que, aunque domingo sea,

                 te llevaré docientos.

SACRISTÁN:       Mañana huelgo yo, perro judío.

                 Cargaos, y no riñamos.

JUDÍO:           Aunque me mates, digo

                 que no quiero llevallo.

SACRISTÁN:       ¡Vive Dios, perro, que os arranque el hígado!

JUDÍO:           ¡Ay, ay, mísero y triste!

                 Por el Dío bendito,

                 que si hoy no fuera sábado,

                 que lo llevara. ¡Buen cristiano, basta!

VIEJO:           A compasión me mueve.

                 ¡Oh gente afeminada,

                 infame y para poco!

                 Por esta vez te ruego que le dejes.

SACRISTÁN:       Por ti le dejo; vaya

                 el circunciso infame;

                 mas, si otra vez le encuentro,

                 ha de llevar un monte, si le llevo.

JUDÍO:           Pies y manos te beso,

                 señor, y el Dío te pague

                 el bien que aquí me has hecho.

 

Vase el JUDÍO

 

 

VIEJO:           La pena es ésta de aquel gran pecado.

                 Bien se cumple a la letra

                 la maldición eterna

                 que os echó el ya venido,

                 que vuestro error tan vanamente espera.

SACRISTÁN:       Adiós, que ha mucho tiempo

                 que estoy contigo hablando,

                 y, aunque mi amo es noble,

                 temo no le avillane mi pereza.

 

Toma su barril y vase.  Salen JUANICO y FRANCIS[QUIT]O, que ansí se

han de llamar los hijos del VIEJO.  Vienen vestidos a la turquesca de

garzones, saldrá con ellos la señora CATALINA, vestida de garzón,

y un cristiano, como cautivo, COSTANZA y Don FERNANDO, de cautivo,

y JULIO, de cautivo, que traen las tersas y vestidos de los garzones,

y las guitarras y el rabel. Don FERNANDO ha de hacer salida

 

 

VIEJO:               ¿No son mis prendas aquéstas?

                 ¿Cómo vienen adornadas

                 de regocijo y de fiestas?

                 Prendas por mi bien halladas,

                 ¿qué bizarrías son estas?

                     Harto costoso ropaje

                 es éste. ¿Qué se hizo el traje

                 que mostraba en mil semejas

                 que érades de Cristo ovejas,

                 aunque de pobre linaje?

JUANICO:             Padre, no le pene el ver

                 que hemos vestido trocado,

                 que no se ha podido hacer

                 otra cosa; y, bien mirado,

                 de aquesto no hay que temer,

                     porque si nuestra intención

                 está con firme afición

                 puesta en Dios, caso es sabido

                 que no deshace el vestido

                 lo que hace el corazón.

FRANCISQUITO:        Padre, ¿tiene, por ventura,

                 qué darme de merendar?

VIEJO:           ¿Hay tan simple criatura?

JUANICO:         ¿Simple? Pues déjenlo estar,

                 que él mostrará su cordura.

JULIO:               Amigo, no nos detenga;

                 y, si gusta dello, venga

                 con nosotros.

JUANICO:                        No, señor;

                 quedarse será mejor.

FRANCISQUITO:    Padre mío, tome, tenga.

                     Una cruz que me han quitado

                 me ponga en este rosario.

VIEJO:           Yo os la pondré de buen grado,

                 depósito y relicario

                 de mi alma.

JUANICO:                     Padre honrado,

                     déjenos ir, que tardamos.

 

[Habla] Ambrosio, que es la señora CATALINA

 

 

[CATALINA]:      Pues, amigos, ¿Dónde vamos?

JULIO:           Aunque está de aquí un buen rato,

                 al jardín de Agimorato.

D. [FERNANDO]:   Pues, ¡sus!, no nos detengamos.

JULIO:               Allí podremos a solas

                 danzar, cantar y tañer

                 y hacer nuestras cabrïolas:

                 que el mar no suele tener

                 siempre alteradas sus olas.

                     Demos vado a la pasión,

                 cuanto más, que es la intención

                 del Cadí que nos holguemos,

                 y que los viernes tomemos

                 honesta recreación.

D. [FERNANDO]:       ¿Quién le dijo que tenía

                 yo buena voz?

JULIO:                          No sé, a fe;

                 algún cautivo sería,

                 y el cadí me dijo: "Ve,

                 y dile de parte mía

                     a Cauralí que me mande

                 a su cristiano el más grande,

                 de la buena voz." Yo fui,

                 habléle, envióos aquí;

                 no se más.

JUANICO:                     No se desmande,

                     padre, en venirnos a ver,

                 que se enojará nuestramo

                 y nos dará en qué entender.

FRANCISQUITO:    Padre, Francisco me llamo,

                 no Azán, Alí ni Ja[e]r;

                     cristiano soy, y he de sello,

 

                 aunque me pongan al cuello

                 dos garrotes y un cuchillo.

JUANICO:         ¿Veis cómo sabe decillo?

                 Pues mejor sabrá hacello.

D. [FERNANDO]:       No pasemos adelante,

                 que bien estamos aquí.

JULIO:           Sea ansí, y algo se cante.

 

[Habla] Ambrosio, que le ha de hacer la señora

CATALINA

 

 

[CATALINA]:      ¿Qué decís, que no os oí?

JULIO:           Que cantes, porque me encante.

D. [FERNANDO]:       ¿Es sordo?

JULIO:                             Un poco es teniente

                 de los oídos.

[CATALINA]:                    ¿No hay gente

                 que nos oiga? Bien decís;

                 y, pues que todos venís,

                 comencemos tristemente.

                     Aquel romance diremos,

                 Julio, que tú compusiste,

                 pues de coro le sabemos,

                 y tiene aquel tono triste

                 con que alegrarnos solemos.

 

Cantan este romance

 

 

                     A las orillas del mar,

                 que con su lengua y sus aguas,

                 ya manso, ya airado, llega

                 del perro Argel las murallas,

                 con los ojos del deseo

                 están mirando a su patria

                 cuatro míseros cautivos

                 que del trabajo descansan;

                 y al son del ir y volver

                 de las olas en la playa,

                 con desmayados acentos

                 esto lloran y esto cantan:

                 ¡Cuán cara e[re]s de haber, oh dulce España!

                     Tiene el cielo conjurado

                 con nuestra suerte contraria

                 nuestros cuerpos en cadenas,

                 y en gran peligro las almas.

                 ¡Oh si abriesen ya los cielos

                 sus cerradas cataratas,

                 ya en vez de agua aquí lloviesen

                 pez, resina, azufre y brasas!

                 ¡Oh, si se abriese la tierra,

                 y escondiese en sus entrañas

                 tanto Datán y Virón,

                 tanto brujo y tanta maga!

                 ¡Cuán cara eres de haber, oh dulce España!

 

 

FRANCISQUITO:        Padre, hágales cantar

                 aquel cantar que mi madre

                 cantaba en nuestro lugar.

                 ¿Qué dice? ¿No quiere, padre?

VIEJO:           ¿Cómo decía el cantar?

 

FRANCISQUITO:        Ando enamorado,

                 no diré de quién;

                 allá miran ojos

                 donde quieren bien.

 

VIEJO:               Bien al propósito fuera,

                 pues que los del alma miran

                 desde esta infame ribera

                 la patria por quien suspira[n],

                 que huye y no nos espera.

JULIO:               ¡Extremado es Francisquito!

                 Canta tú, Ambrosio, un poquito

                 lo que sueles a tus solas,

                 que te escucharán las olas

                 del mar con gusto infinito.

 

[CATALINA] cante solo

 

 

[CATALINA]:          Aunque pensáis que me alegro,

                 conmigo traigo el dolor.

                     Aunque mi rostro semeja

                 que de mi alma se aleja

                 la pena, y libre la deja,

                 sabed que es notorio error:

                 conmigo traigo el dolor.

                     Cúmpleme disimular

                 por acabar de acabar,

                 y porque el mal, con callar,

                 se hace mucho mayor,

                 conmigo traigo el dolor.

 

Entran el CADÍ y CAURALÍ

 

 

 

JUANICO:             No más, que viene el Cadí.

                 Padre, no os halle aquí a vos.

D. [FERNANDO]:   Con él viene Cauralí.

VIEJO:           ¡Queridas prendas, adiós!

CADÍ:            Perro, ¿vos estáis aquí?

                     ¿No te he dicho yo, malvado,

                 que te quites del cuidado

                 del ver tus hijos?

FRANCISQUITO:                       ¿Por qué?

                 ¿No es mi padre? ¡A buena fe,

                 que he de verle, mal su grado!

JUANICO:             Calla, Francisquito, hermano,

                 que, en lo que dices, incitas

                 en nuestro daño al tirano.

FRANCISQUITO:    ¿Ver nuestro padre nos quitas?

                 Nunca tú eres buen cristiano.

                     Padre, lléveme consigo,

                 que me dice este enemigo

                 tantas de bellaquerías.

CAURALÍ:         ¡Qué discretas niñerías!

                 Decid: ¿qué esperáis, amigo?

 

Vase el VIEJO

 

 

CADÍ:               Perro, si otra vez dejáis

                 que los hable aquel perrón,

                 vos veréis lo que lleváis.

JULIO:           Pedazos del alma son.

CADÍ:            Perro, ¿qué me replicáis?

CAURALÍ:             Tente, que no dice nada.

FRANCISQUITO:    ¡Válame Dios, qué alterada

                 está la mora garrida!

JUANICO:         ¡Calla, hermano, por tu vida!

CAURALÍ:         Él tiene gracia extremada.

CADÍ:                ¿Veisle? Sabed que le adoro,

                 y que pienso prohijalle

                 después que le vuelva moro.

FRANCISQUITO:    Pues sepa que he de burlalle,

                 aunque me dé montes de oro;

                     y, aunque me dé tres reales

                 justos, enteros, cabales,

                 y más dos maravedís.

CADÍ:            Destas gracias, ¿qué decís?

CAURALÍ:         Que son sobrenaturales.

CADÍ:                Veníos tras mí a la ciudad.

CAURALÍ:         Yo quiero hablar con mi esclavo.

CADÍ:            Pues, ¡sus!, con Alá os quedad.

CAURALÍ:         Con Él vais. Ya estáis al cabo

                 de mi gran necesidad.

 

Va[n]se el CADÍ y todos, sino Don FERNANDO [y

CAURALÍ]

 

 

D. [FERNANDO]:       Digo que yo la hablaré

                 en yendo a casa, y haré

                 por servirte lo posible,

                 aunque más dura o terrible

                 que un áspid o un monte est[é].

                     Dame lugar para hablalla,

                 y déjame hacer, señor.

CAURALÍ:         Si vienes a conquistalla,

                 llevarás, cual vencedor,

                 el premio de la batalla.

D. [FERNANDO]:       Yo lo creo.

CAURALÍ:                          Decir quiero

                 que, amén de mucho dinero,

                 te daré la libertad.

D. [FERNANDO]:   De tu liberalidad,

                 aun más mercedes espero.

 

[Vanse].  Salen Don LOPE y VIVANCO

 

 

D. LOPE:             Veisnos aquí en libertad

                 por el más estraño caso

                 que vio la cautividad.

VIVANCO:         ¿Pensáis que esto ha sido acaso?

                 ¡Misterio tiene, en verdad!

                     Dios, que quiere que esta mora

                 vaya a tierra do se adora

                 su nombre, movió su intento

                 para ser el instrumento

                 del bien que a los tres mejora.

D. LOPE:             Dijo en su postrer billete

                 que un viernes quizá saldría

                 al campo por Vavalvete,

                 y que se descubriría

                 con cierta industria promete.

                     También escribió en el fin

                 que sepamos el jardín

                 de su padre, Agimorato,

                 do a nuestra comedia y trato

                 se ha de dar felice fin.

VIVANCO:             Tres mil escudos han sido

                 los que en veces nos ha dado.

D. LOPE:         En libertarnos se han ido

                 los dos mil.

VIVANCO:                       Más se ha ganado

                 de lo que habemos perdido.

                     Y más, si acaso se gana

                 esta alma, en obras cristiana,

                 aunque en moro cuerpo mora.

                 ¿Mas, si fuese ésta la mora?

D. [LOPE]:       Si es ella, ¡a fe que es lozana!

 

[Salen] ZA[HA]RA y HALIMA, cubiertos los rostros con sus almalafas

blancas; y vienen con ellas, vestidas como moras, COSTANZA y la

señora CATALINA, que no ha de hablar sino dos o tres veces

 

 

                     Mas, ¿cuál será de las dos?

                 Que las otras son cautivas.

HALIMA:          Con todo, yo sé de vos

                 que si le habláis...

COSTANZA:                              No vivas

                 sin esperanza, por Dios,

                     que yo me ofrezco de hablalle,

                 de inclinalle y de forzalle

                 a que te venga a adorar;

                 mas hasme de dar lugar

                 para que pueda tratalle.

HALIMA:              Cuanto quisieres, amiga,

                 tendrás; por eso no quedes

                 de remediar mi fatiga.

ZAHARA:          Camina, [H]alima, si puedes.

COSTANZA:        A más tu bondad me obliga.

ZAHARA:              Mira, Costanza, y advierte

                 si de aquellos dos, por suerte,

                 es tu conocido alguno.

COSTANZA:        Yo no conozco ninguno.

VIVANCO:         Si es ella, es dichosa suerte,

                     porque parece en el brío

                 hermosa sobremanera.

ZAHARA:          Perritos son de buen brío.

                 ¡Oh, quién hablarlos pudiera!

HALIMA:          Como allí estuviera el mío,

                     yo me llegara a hablallos.

ZAHARA:          Costanza, vuelve a mirallos,

                 y dime si echas de ver

                 que es noble su parecer.

CATALINA:        ¿Para qué?

ZAHARA:                      Para comprallos.

COSTANZA:            Éste de la izquierda mano

                 me parece caballero;

                 y aun el otro no es villano.

ZAHARA:          Verlos de más cerca quiero.

HALIMA:          ¡Que no esté aquí mi cristiano!

ZAHARA:              Entrambos me satisfacen.

VIVANCO:         ¡Qué de represas me hacen!

                 Lleguémonos hacia allá.

D. LOPE:         No, que ellas vienen acá.

VIVANCO:         Su brío y su vista aplacen.

ZAHARA:              ¡Ay, Alá! ¿Quién me picó?

                 Mira por aquí, Costanza,

                 si es avispa. Amarga yo,

                 que parece que una lanza

                 por el cuello se me entró.

                     Sacude bien esa toca,

                 que casi me vuelvo loca

                 en ver lo que veo.¡Ay, triste!

                 ¿Matástela? ¿No la viste?

                 Sacude más; mira y toca.

                     ¡Si está aquí!

COSTANZA:                           Yo no veo nada.

ZAHARA:          ¡Llegado me ha al corazón

                 esta no vista picada!

COSTANZA:        Del avispa el aguijón

                 es cosa muy enconada;

                     mas temo no fuese araña.

ZAHARA:          Si fue araña, fue de España;

                 que las de Argel no hacen mal.

D. LOPE:         ¿Hase visto industria tal?

                 ¿Hay tan discreta maraña?

HALIMA:              Zara, no estés descompuesta;

                 torna a ponerte tu toca.

ZAHARA:          Aun el aire me molesta.

HALIMA:          Esta desgracia, aunque poca,

                 turbado nos ha la fiesta.

VIVANCO:             ¿Qué os parece?

D. [LOPE]:                           Que parece

                 que la ventura me ofrece

                 cuanto puedo desear.

VIVANCO:         Volvióse el sol a eclipsar;

                 ya su luz desaparece.

ZAHARA:              ¿No sabrás de aquel cautivo,

                 Costanza, si es español?

COSTANZA:        En eso, gusto recibo.

D. LOPE:         Torna a descubrirte, ¡oh sol!,

                 en cuyas luces avivo

                     el ser, el entendimiento,

                 la ventura y el contento

                 que en tu posesión se alcanza.

ZAHARA:          Pregúntaselo, Costanza.

HALIMA:          ¿Cómo estás?

ZAHARA:                       Mejor me siento.

COSTANZA:            Gentilhombre, ¿sois de España?

D. LOPE:         Sí, señora; y de una tierra

                 donde no se cría araña

                 ponzoñosa, ni se encierra

                 fraude, embuste ni maraña,

                     sino un limpio proceder,

                 y el cumplir y el prometer

                 es todo una misma cosa.

ZAHARA:          Pregúntale si es hermosa,

                 si es casado, su mujer.

COSTANZA:            ¿Sois casado?

D. LOPE:                           No, señora;

                 pero serélo bien presto

                 con una cristiana mora.

COSTANZA:        ¿Cómo es eso?

D. [LOPE]:                    ¿Cómo es esto?

                 Poco sabe quien lo ignora.

                     Mora en la incredulidad,

                 y cristiana en la bondad,

                 es la que ha de ser mi dueño.

COSTANZA:        Yo os entiendo como un leño.

ZAHARA:          ¡Plega Alá digáis verdad!

HALIMA:              Pregúntale si es esclavo,

                 o si es libre.

D. [LOPE]:                      Ya os entiendo;

                 de ser cautivo me alabo.

ZAHARA:          Cuanto dice comprehendo,

                 y de todo estoy al cabo.

D. [LOPE]:           Presto pisaré de España,

                 con gusto y con gloria extraña,

                 las riberas, y mi fe

                 firme entonces mostraré.

ZAHARA:          Gracias a Alá y a una caña.

HALIMA:              Cristianos, quedaos atrás,

                 porque en la ciudad entramos.

 

[Vanse] las MORAS

 

 

 

VIVANCO:         Obedecida serás.

D. [LOPE]:       En escuridad quedamos.

                 Sol bello, ¿cómo te vas?

                     De cautividad sacaste

                 el cuerpo que rescataste

                 con tu liberalidad;

                 pero más con tu beldad

                 al alma yerros echaste.

                     En fe de lo que en ti he visto,

                 del deseo que te doma,

                 de adorarte no resisto,

                 no por prenda de Mahoma,

                 sino por prenda de Cristo.

                     Yo te llevaré a do seas

                 todo aquello que deseas,

                 aunque mil vidas me cueste.

VIVANCO:         Vamos, que el dolor es éste;

                 no por ahí, que rodeas.

 

[Vanse].  Sale[n] el SACRISTÁN con una cazuela

mojí, y tras él el JUDÍO

 

 

JUDÍO:               Cristiano honrado, así el Dío

                 te vuelva a tu libre estado,

                 que me vuelvas lo que es mío.

SACRISTÁN:      No quiero, judío honrado;

                 no quiero, honrado judío.

JUDÍO:               Hoy es sábado, y no tengo

                 qué comer, y me mantengo

                 de aqueso que guisé ayer.

SACRISTÁN:       Vuelve a guisar de comer.

JUDÍO:           No, que a mi ley contravengo.

 

SACRISTÁN:           Rescátame esta cazuela,

                 y en dártela no haré poco,

                 porque el olor me consuela.

JUDÍO:           No puedo en mucho ni en poco

                 contratar.

SACRISTÁN:                   Pues llevaréla.

JUDÍO:               No la lleves; ves aquí

                 lo que costó.

SACRISTÁN:                     Sea ansí,

                 que a los dos es de provecho.

                 ¿Dó el dinero?

JUDÍO:                          Aquí, en el pecho

                 lo tengo, ¡amargo de mí!

SACRISTÁN:           Pues venga.

JUDÍO:                             Sácalo tú,

                 que mi ley no me concede

                 el sacarlo.

SACRISTÁN:                    ¡Bercebú

                 así te lleve cual puede,

                 decendiente de Abacú!

                     Aquí tienes quince reales

                 justos de plata y cabales.

JUDÍO:           No contrates tú conmigo;

                 conciértalo allá contigo.

SACRISTÁN:       Di, cazuela: ¿cuánto vales?

                     "Paréceme a mí que valgo

                 cinco reales, y no más."

                 ¡Mentís, a fe de hidalgo!

JUDÍO:           ¡Qué sobresaltos me das,

                 cristiano!

SACRISTÁN:                   Pues hable el galgo.

                     ¿Que no quieres alargarte?

                 Mas quiero crédito darte:

                 tomadla, y andad con Dios.

JUDÍO:           ¿Los diez?

SACRISTÁN:                   Son por otras dos

                 cazuelas que pienso hurtarte.

JUDÍO:               ¿Y pagaste adelantado?

SACRISTÁN:       Y, aun si bien hago la cuenta,

                 creo que voy engañado.

JUDÍO:           ¿Que hay Cielo que tal consienta?

SACRISTÁN:       ¿Que hay tan gustoso guisado?

                     No es carne de landrecillas,

                 ni de la que a las costillas

                 se pega el bayo que es trefe.

JUDÍO:           ¡Haced, cielos, que me deje

                 este ladrón de cosillas.

 

[Vase] el JUDÍO

 

 

SACRISTÁN:           ¿De cosillas? ¡Vive Dios,

                 que os tengo de hurtar un niño

                 antes de los meses dos;

                 y aun si las uñas aliño...!

                 ¡Dios me entiende! ¡Vámonos!

 

[Vase].  Salen Don FERNANDO y COSTANZA

 

 

D. FERNANDO:         Subí, cual digo, aquella peña, adonde

                 las fustas vi que ya a la mar se hacían.

                 Voces comencé a dar; mas no responde

                 ninguno, aunque muy bien todos me oían.

                 Eco, que en un peñasco allí se esconde,

                 donde las olas su furor rompían,

                 teniendo compasión de mi tormento,

                 respuesta daba a mi postrero acento.

                     Las voces reforcé; hice las señas

                 que el brazo y un pañuelo me ofrecía;

                 Eco tornaba, y de las mismas peñas

                 los amargos acentos repetía.

                 Mas, ¿qué remedio, Amor, hay que no enseñas

                 para el dolor que causa tu agonía?

                 Uno sé me enseñaste, de tal suerte,

                 que hallé la vida do busqué la muerte.

                     El corazón, que su dolor desagua

                 por los ojos en lágrimas corrientes,

                 humor que hace en la amorosa fragua

                 que las ascuas se muestren más ardientes;

                 el cuerpo hizo que arrojase al agua

                 sin peligros mirar ni inconvenientes,

                 juzgando que alcanzaba honrosa palma

                 si llegaba a juntarse con su alma.

                     Arrojando las armas, arrojéme

                 al mar, en amoroso fuego ardiendo,

                 y otro Leandro con más luz tornéme,

                 pues iba aquella de tu luz siguiendo.

                 Cansábanse los brazos, y esforcéme,

                 por medio de la muerte y mar rompiendo,

                 porque vi que una fusta a mí volvía

                 por su interese y por ventura mía.

                     Un corvo hierro un turco echó, y asióme,

                 inútil presa, y con muy gran fatiga

                 al bajel enemigo al fin subióme,

                 y de mi historia no sé más qué diga.

                 Entre los suyos Cauralí contóme;

                 su mujer me persigue y mi enemiga,

                 él te persigue a ti. ¡Mira si es cuento

                 digno de admiración y sentimiento!

 

COSTANZA:            Si tú a los ruegos de Halima

                 estás fuerte, cual espero,

                 yo me mostraré a la lima

                 de Cauralí duro acero,

                 impenetrable y de estima.

                     Aunque será menester,

                 para que nos dejen ver,

                 alivio de nuestro mal,

                 darles alguna señal

                 de amoroso proceder.

                     Rogóte a ti Cauralí

                 que me hablases, y Halima

                 me pidió que hablase a ti.

D. FERNANDO:     Otra cosa me lastima

                 más que su pena.

COSTANZA:                          Y a mí.

D. FERNANDO:         Pues rompan estos abrazos

                 sus designios en pedazos;

                 que, mientras esto se alcance,

                 no hay temer desvelo o trance,

                 pues tengo al cielo en mis brazos.

 

[Salen] CAURALÍ y HALIMA, y venlos

abrazados

 

 

                     Aprieta, querida esposa,

                 que, en tanto que en este cielo

                 mi afligida alma reposa,

                 no hay mal que me dé en el suelo

                 la Fortuna rigurosa.

CAURALÍ:             ¡Oh perro! ¿Tú con mi esclava?

                 ¿Cómo el cielo no te acaba?

HALIMA:          ¡Perra! ¿Tú con mi cautivo?

                 ¿Cómo sin matarte vivo?

                 ¡Esto es lo que yo esperaba,

                     perra!

CAURALÍ:                     ¡Perro!

HALIMA:                             ¡Perra!

CAURALÍ:                                   ¡Perro!

HALIMA:          Desta perra es la maldad;

                 que no nació dél el yerro.

CAURALÍ:         Dél nació, y esto es verdad,

                 y sé bien que no me yerro.

                     ¡Yo os sacaré el corazón,

                 perro!

HALIMA:                 ¡Perra, esta traición

                 me pagarás con la vida!

D. [FERNANDO]:   ¡Oh, cuán mal está entendida,

                 señores, nuestra intención!

                     Aquel abrazo que viste,

                 Costanza a ti le enviaba.

CAURALÍ:         ¿Qué dices?

D. [FERNANDO]:               Lo que oyes, triste.

COSTANZA:        En tu nombre se fraguaba

                 el favor que interrumpiste.

                     ¡Colérica eres, a fe!

D. [FERNANDO]:   Esto entiende y esto cree.

HALIMA:          ¿Qué dices, amiga mía?

COSTANZA:        Si éste se perdió, otro día

                 otros cuatro cobraré.

CAURALÍ:             ¿Es lo que has dicho verdad?

D. [FERNANDO]:   Pues, ¿a qué te he de mentir?

CAURALÍ:         Ten cierta tu libertad.

HALIMA:          Más os pudiera reñir

                 este amor o liviandad;

                     pero déjolo hasta ver

                 si proseguís en hacer

                 esto que he visto y no creo.

CAURALÍ:         Halima, en mil cosas veo

                 que eres prudente mujer,

                     y más en esto; que pienso

                 que éstos, cual nuevos cristianos,

                 dieron a su gusto el censo;

                 que a cautivos y paisanos,

                 les da el verse gusto inmenso;

                     y, como solos se hallaron,

                 sus penas comunicaron.

HALIMA:          Y aun las ajenas también.

CAURALÍ:         Esto no me suena bien.

COSTANZA:        Entrambos adivinaron.

CAURALÍ:             ¿Por ventura sabe Halima

                 cosa desto?

HALIMA:                      ¿Por ventura

                 a Cauralí le lastima

                 tu amor?

COSTANZA:                  ¡Aqueso es locura!

D. [FERNANDO]:   Tal sospecha no te oprima,

                     que no ha caído en la cuenta.

COSTANZA:        Señora, vive contenta

                 y sin sospecha en tu daño.

CAURALÍ:         Fácil se cae en un engaño.

COSTANZA:        Y tarde se alza una afrenta.

CAURALÍ:             Haz cuanto puedes y sabes.

HALIMA:          No te descuides en nada.

CAURALÍ:         Bien es tu cólera acabes.

HALIMA:          Tenla ya por acabada.

                 Entra y dame aquellas llaves.

 

[Vanse] HALIMA y COSTANZA

 

 

CAURALÍ:             Tú vente al Zoco conmigo.

D. [FERNANDO]:   ¡Amor, puesto que te sigo

                 con el alma y con los pasos,

                 tus enredos y tus pasos

                 bendigo en parte y maldigo!

 

[Vanse.  Salen] JUANICO y FRANCISQUITO, trompando con un

trompo

 

 

FRANCISQUITO:        Tú, que turbas mi quietud,

                 porque los sollozos rompo

                 que nacen de tu virtud,

                 ¿has visto más lindo trompo,

                 ansí Dios te dé salud?

JUANICO:             Deja de echar esos lazos,

                 que otros de más embarazos

                 esperan nuestras gargantas.

FRANCISQUITO:    ¿Pues desto, hermano, te espantas?

                 Yo los haré mil pedazos.

                     No pienses que he de ser moro,

                 por más que aqueste inhumano

                 me prometa plata y oro,

                 que soy español cristiano.

JUANICO:         Eso temo y eso lloro.

FRANCISQUITO:        Como tengo pocos días,

                 de mi valor desconfías.

JUANICO:         Ansí es.

FRANCISQUITO:             Pues imagina

                 que tengo fuerza divina

                 contra humanas tiranías.

                     No sé yo quién me aconseja

                 con voz callada en el pecho,

                 que no la siento en la oreja,

                 y de morir satisfecho

                 y con gran gusto me deja;

                     dícenme, y yo dello gusto,

                 que he de ser un nuevo Justo

                 y tú otro nuevo Pastor.

JUANICO:         Hazlo ansí, divino amor,

                 que con tu querer me ajusto.

                     Deja aquesta niñería

                 del trompo, ¡por vida mía!,

                 y repasemos los dos

                 las oraciones de Dios.

FRANCISQUITO:    Bástame el Avemaría.

JUANICO:             ¿Y el Padrenuestro?

FRANCISQUITO:                            También.

JUANICO:         ¿Y el Credo?

FRANCISQUITO:                  Séle de coro.

JUANICO:         ¿Y la Salve?

FRANCISQUITO:                 ¡Aunque me den

                 dos trompos, no seré moro!

JUANICO:         ¡Qué niñería!

FRANCISQUITO:                   Pues bien:

                     ¿Piensa[s] que me estoy burlando?

JUANICO:         Estamos cosas tratando

                 como si fuésemos hombres,

                 ¿y es bien que el trompo aquí nombres?

FRANCISQUITO:    ¿[He de] estar siempre llorando?

                     Mi fe, hermano, tened cuenta

                 con vos, y mirad no os hunda

                 de Mahoma la tormenta;

                 que yo encubro en esta funda

                 un alma de Dios sedienta;

                     y ni el trompo, ni el cordel,

                 ni las fuentes que en Argel

                 y en sus contornos están,

                 mi sed divina hartarán,

                 ni se ha de hartar sino en él.

                     Y así, os digo, hermano mío;

                 que, por ver mis niñerías,

                 no penséis que estoy sin brío,

                 porque en las entrañas mías

                 no hay lugar de Dios vacío.

                     Tened cuidado de vos,

                 y encomendaos bien a Dios

                 en la afrenta que amenaza;

                 si no, yo saldré a la plaza

                 a pelear por los dos.

                     Tengo yo el Ave María

                 clavada en el corazón,

                 y es la estrella que me guía

                 en este mar de aflicción

                 al puerto del alegría.

JUANICO:             Dios en tu lengua se mira,

                 y por eso no me admira

                 el ver que hables tan alto.

FRANCISQUITO:    No os turbará sobresalto

                 si en ella ponéis la mira.

JUANICO:             ¡Ay de nosotros, que viene

                 el Cadí con su porfía!

                 Mostrar ánimo conviene.

FRANCISQUITO:    Acude al Ave María;

                 verás qué fuerzas que tiene.

 

[Sale] el CADÍ y el CARAHOJA, amo del

desorejado

 

 

CADÍ:                Pues, hijos, ¿en qué entendéis?

JUANICO:         En trompear, como veis,

                 mi hermano, señor, entiende.

CARAHOJA:        Es niño y, en fin, atiende

                 a su edad.

CADÍ:                        Y vos, ¿qué hacéis?

JUANICO:             Rezando estaba.

CADÍ:                                ¿Por quién?

JUANICO:         Por mí, que soy pecador.

CADÍ:            Todo aqueso esta muy bien.

                 ¿Qué rezábades?

JUANICO:                           Señor,

                 lo que sé.

FRANCISQUITO:                Respondió bien.

                     Rezaba el Ave María.

 

Trompa FRANCIS[QUIT]O

 

 

CADÍ:            Dejar el trompo podría

                 delante de mí, Bairán.

FRANCISQUITO:    ¡Buen nombre puesto me han!

CARAHOJA:        Todo aquello es niñería.

CADÍ:                Este rapaz me da pena.

                 Deja, Bairán, la porfía,

                 que a gran daño te condena.

                 ¿Qué dices?

FRANCISQUITO:                 Ave María.

CADÍ:            ¿Qué respondes?

 

FRANCISQUITO:                      Gracia plena.

CARAHOJA:            Este mayor es maestro

                 del menor.

JUANICO:                     Yo no le muestro:

                 que él, por sí, habilidad tiene.

FRANCISQUITO:    ¡Oh, cuán de molde que viene

                 decir aquí el Padrenuestro!

JUANICO:             Pues faltan los de la tierra,

                 bien es acudir al cielo.

                 ¿Dó nuestro padre se encierra?

FRANCISQUITO:    A su tiempo llamarélo.

JUANICO:         Ya se comienza la guerra.

FRANCISQUITO:        Porque todo al justo cuadre,

                 lo postrero que mi madre

                 me enseñó quiero decir,

                 que es bueno para el morir.

CADÍ:            ¿Qué has de decir?

FRANCISQUITO:                       Creo en Dios Padre.

CADÍ:                ¡Por Alá, que a su rüina

                 me dispongo!

FRANCISQUITO:                 ¿Ya os turbáis?

                 Pues si es que aquesto os indina,

                 ¿qué hará cuando me oyáis

                 decir la Salve Regina?

                     Para vuestras confusiones,

                 todas las cuatro oraciones

                 sé, y sé bien que son escudos

                 a tus alfanjes agudos

                 y a tus torpes invenciones.

CARAHOJA:            Con no más de alzar el dedo

                 y decir: "Ilá, ilalá",

                 te librarás deste miedo.

FRANCISQUITO:    En la cartilla no está

                 eso, que decir no puedo.

JUANICO:             Ni quiero, has de añadir.

FRANCISQUITO:    Ya yo lo iba a decir.

CADÍ:            ¡Esto es cansarnos en balde!

                 Éste, a mi instancia llevadle,

                 y estotro, que han de morir.

 

Arroja el trompo y desnúdase [FRANCISQUITO]

 

 

FRANCISQUITO:        ¡Ea!, vaya el trompo afuera,

                 y este vestido grosero,

                 que me vuelve el alma fiera,

                 y es bien que vaya ligero

                 quien se atreve a esta carrera.

                     ¡Ea!, hermano, sed pastor

                 con esfuerzo y con valor,

                 que tras vos irá con gusto

                 un pecadorcito justo

                 por la gracia del Señor!

                     ¡Ea!, tiranos feroces,

                 mostrad vuestras manos listas,

                 y bien agudas las hoces,

                 para segar las aristas

                 destas gargantas y voces;

                     que en esta estraña porfía,

                 adonde la tiranía

                 toda su rabia convoca,

                 no sacaréis de mi boca

                 sino...

JUANICO:                 ¿Qué?

FRANCISQUITO:                  Un Avemaría.

CARAHOJA:            Entremos, que ya el regalo

                 les hará mudar de intento

                 más que el azote y el palo.

CADÍ:            Por cien mil señales siento

                 que va mi partido malo;

                     que el mayor es en extremo

                 callado y sagaz. ¡Blasfemo

                 seré del mismo Mahoma,

                 si estos rapaces no doma!

FRANCISQUITO:    ¿No le temes?

JUANICO:                        No le temo.

 

FIN DEL SEGUNDO ACTO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

TERCER ACTO

 

Salen [el] GUARDIÁN bají y otro MORO

 

 

GUARDIÁN:            Por diez escudos no daré mi parte.

                 Sentaos y no dejéis entrar alguno,

                 si no pagan dos ásperos muy buenos.

MORO:            La Pascua de Natal, como ellos llaman,

                 venticinco ducados se llegaron.

GUARDIÁN:        Los españoles, por su parte, hacen

                 una brava comedia.

MORO:                               Son saetanes;

                 los mismos diablos son; son para todo.

                 Ya descuelgan cristianos a su misa.

 

[Salen] Vivanco, don FERNANDO, don LOPE, el SACRISTÁN, el

[VIEJO] padre de los niños; trae Don FERNANDO los calzones

del SACRISTÁN

 

 

D. FERNANDO:     Veislos aquí, que no me los he puesto;

                 antes Costanza les echó un remiendo

                 en parte do importaba, y de su mano.

SACRISTÁN:       De molde vienen para la comedia;

                 agora me los chanto. ¡Sus, entremos!

GUARDIÁN:        ¿Adónde vais, cristiano?

[VIEJO]:                                  Yo, a oír misa.

MORO:            Pues paga.

[VIEJO]:                     ¿Cómo, paga? ¿Aquí se paga?

GUARDIÁN:        ¡Bien parece que es nuevo el padre viejo!

MORO:            Dos ásperos, o apártate, camina.

[VIEJO]:         No los tengo, por Dios.

MORO:                                   Pues ve y ahórcate.

D. LOPE:         Yo pagaré por él.

MORO:                               Eso en buen hora.

SACRISTÁN:       Fende, déjeme entrar, y este pañuelo,

                 que no ha media hora que hurté a un judío,

                 tome por prenda, o déme lo que vale,

                 que lo daré no más de por el costo,

                 o muy poquito más.

GUARDIÁN:                           Con otros cuatro

                 quedas muy bien pagado.

SACRISTÁN:                              Vengan, y entro.

[MORO:]          ¡Ea!, acudid a entrar, que se hace tarde.

                 Con los del rey, yo apostaré que pasen

                 de dos mil los que están en el banasto.

                 Entremos a mirar desde la puerta

                 cómo dicen su misa, que imagino

                 que tienen grande música y concierto.

GUARDIÁN:        Poneos tras el postigo, y veréis todo

                 cuanto hacen los cristianos en el patio,

                 porque es cosa de ver.

MORO:                                   Ya los he visto.

                 Hoy dicen que tornó a vivir su Cristo.

 

[Vanse].  Salen al teatro todos los cristianos que haya, y

OSORIO entre ellos, y el SACRISTÁN, puestos los calzones

que le dio Don FERNANDO

 

 

OSORIO:              Misterio es éste no visto.

                 Veinte religiosos son

                 los que hoy la Resurreción

                 han celebrado de Cristo

                     con música concertada,

                 la que llaman contrapunto.

                 Argel es, según barrunto,

                 arca de Noé abreviada:

                     aquí están de todas suertes,

                 oficios y habilidades,

                 disfrazadas calidades.

VIVANCO:         Y aun otra cosa, si adviertes,

                     que es de más admiración,

                 y es que estos perros sin fe

                 nos dejen, como se ve,

                 guardar nuestra religión.

                     Que digamos nuestra misa

                 nos dejan, aunque en secreto.

OSORIO:          Más de una vez, con aprieto

                 se ha celebrado y con prisa;

                     que una vez, desde el altar,

                 al sacerdote sacaron

                 revestido, y le llevaron

                 por las calles del lugar

                     arrastrando; y la crueldad

                 fue tal que con él se usó,

                 que en el camino acabó

                 la vida y la libertad.

                     Mas dejémonos de aquesto,

                 y a nuestra holgura atendamos,

                 pues que nos dan nuestros amos

                 hoy lugar para hacer esto.

                     De nuestras Pascuas tenemos

                 los primeros días por nuestros.

D. LOPE:         ¿Y qué? ¿Hay músicos?

OSORIO:                                Y diestros;

                 los del Cadí llamaremos.

VIVANCO:             Aquí están.

OSORIO:                           Y aquél que ayuda

                 al coloquio ya está aquí.

D. FERNANDO:     ¡Bien cantan los del Cadí!

OSORIO:          Antes que más gente acuda,

                     el coloquio se comience,

                 que es del gran Lope de Rueda,

                 impreso por Timoneda,

                 que en vejez al tiempo vence.

                     No pude hallar otra cosa

                 que poder representar

                 más breve, y sé que ha de dar

                 gusto, por ser muy curiosa

                     su manera de decir

                 en el pastoril lenguaje.

VIVANCO:         ¿Hay pellicos?

OSORIO:                         De ropaje

                 humilde; y voime a vestir.

VIVANCO:             ¿Quién canta?

OSORIO:                            Aquí el sacristán,

                 que tiene donaire en todo.

VIVANCO:         ¿Hay loa?

OSORIO:                      ¡De ningún modo!

 

[Vanse] OSORIO y el SACRISTÁN

 

 

VIVANCO:         ¡Oh, qué mendigos están!

                     En fin: comedia cautiva,

                 pobre, hambrienta y desdichada,

                 desnuda y atarantada.

D. LOPE:         La voluntad se reciba.

 

[Sale] CAURALÍ

 

 

CAURALÍ:             Sentaos, no os alborotéis,

                 que vengo a ver vuestra fiesta.

D. FERNANDO:     Quisiera que fuera ésta,

                 fe[n]de, cual la merecéis.

D. LOPE:             Aquí os podéis asentar,

                 que yo me quedaré en pie.

CAURALÍ:         No, no, amigo, siéntate,

                 que salen a comenzar.

D. LOPE:             Ya salen; sosiego y chite,

                 que cantan.

VIVANCO:                      Mejor sería

                 que llorasen.

D. FERNANDO:                    Este día

                 lágrimas no las permite.

 

Canten lo que quisieren

 

 

VIVANCO:             La música ha sido hereje;

                 si el coloquio así sucede,

                 antes que la rueda ruede,

                 se rompa el timón y el eje.

 

En acabando la música, dice el SACRISTÁN (Todo cuanto dice agora el

SACRISTÁN, lo diga mirando al soslayo a CAURALÍ)

 

 

SACRISTÁN:           ¿Qué es esto? ¿Qué tierra es ésta?

                 ¿Qué siento? ¿Qué es lo que veo?

                 De réquiem es esta fiesta

                 para mí, pues un deseo

                 más que mortal me molesta.

                     ¿Dónde se encendió este fuego,

                 que tiene, entre burla y juego,

                 el alma ceniza hecha?

                 De Mahoma es esta flecha,

                 de cuya fuerza reniego.

                     Como cuando el sol asoma

                 por una montaña baja,

                 y de súbito nos toma

                 y con su vista nos doma

                 nuestra vista y la relaja;

                     como la piedra balaja,

                 que no consiente carcoma,

                 tal es el tu rostro, Aja,

                 dura lanza de Mahoma,

                 que las mis entrañas raja.

CAURALÍ:             ¿Es esto de la comedia,

                 o es bufón este cristiano?

SACRISTÁN:       Si mi dolor no remedia

                 su bruñida y blanca mano,

                 todo acabará en tragedia.

                     ¡Oh mora la más hermosa,

                 más discreta y más graciosa

                 que la fama nos ofrece,

                 desde do el alba amanece

                 hasta donde el sol reposa!,

 

Dice esto mirando a CAURALÍ

 

 

                     Mahoma en su compañía

                 te tenga siglos sin cuento.

CAURALÍ:         ¿Este perro desvaría,

                 o entra aquesto en el cuento

                 de la fiesta deste día?

D. FERNANDO:         Calla, Tristán, y ten cuenta,

                 porque ya se representa

                 el coloquio.

SACRISTÁN:                    Sí haré;

                 pero no sé si podré,

                 según el diablo me tienta.

 

Sale GUILLERMO, pastor

 

 

GUILLERMO:           Si el recontento que trayo,

                 venido tan de rondón,

                 no me le abraza el zurrón,

                 ¿cuales nesgas pondré al sayo,

                 y qué ensanchas al jubón?

SACRISTÁN:           ¡Vive Dios, que se me abrasa

                 el hígado, y sufro y callo!

GUILLERMO:       Si es que esto adelante pasa,

                 muy mejor será dejallo.

SACRISTÁN:       ¿Quién encendió aquesta brasa?

D. LOPE:             Tristán, amigo, escuchad,

                 pues sois discreto, y callad,

                 que ésa es grande impertinencia.

SACRISTÁN:       Callaré y tendré paciencia.

[GUILLERMO]:     ¿Comienzo?

D. LOPE:                     Sí, comenzad.

GUILLERMO:           Si el recontento que trayo,

                 venido tan de rondón,

                 no me lo abraza el zurrón,

                 ¿cuales nesgas pondré al sayo,

                 o qué ensanchas al jubón?

                     Y si, al contarlo estremeño,

                 con un donaire risueño,

                 ayer me miró Costanza,

                 ¿qué turba habrá ya o mudanza

                 que no le pase por sueño?

                     Esparcíos, las mis corderas,

                 por las dehesas y prados;

                 mordey sabrosos bocados,

                 no temáis las venideras

                 noches de nubros airados;

                     antes os and[áis] exentas,

                 brincando de recontentas.

                 No os aflija el ser mordidas

                 de las lobas desambridas,

                 tragantonas, malcontentas;

                     y, al dar de los vellocinos,

                 venid simpres, no ronceras,

                 rumiando por las laderas,

                 a jornaleros vecinos,

                 o al corte de sus tijeras;

                     que el sin medida contento,

                 cual no abarca el pensamiento,

                 os librará de lesión,

                 si al dar del branco vellón

                 barruntáis el bien que siento.

                     Mas, ¿quién es este cuitado

                 que asoma acá entellerido,

                 cabizbajo, atordecido,

                 barba y cabello erizado,

                 desairado y mal erguido?

SACRISTÁN:           ¿Quién ha de ser? Yo soy, cierto,

                 el triste y desventurado,

                 vivo en un instante y muerto,

                 de Mahoma enamorado.

                 ................... [-erto].

CAURALÍ:             ¡Echadle fuera a este loco!

SACRISTÁN:       ¡Tu divina boca invoco,

                 Ajá, de mil azahares,

                 boca de quitapesares

                 a quien desde lejos toco!

CAURALÍ:             ¡Dejádmele!

D. FERNANDO:                       No, señor,

                 que cuanto dice es donaire,

                 y es bufón el pecador.

SACRISTÁN:       ¡Dios de los vientos! ¿No hay aire

                 para templar tanto ardor?

GUILLERMO:           ¡Ya es mucha descortesía

                 y mucha bufonería!

                 ¡Échenle ya, y déjenos!

SACRISTÁN:       Yo me voy. ¡Quédate a Dios,

                 argelina gloria mía!

GUILLERMO:           ¿Dónde quedé?

VIVANCO:                            No sé yo.

D. LOPE:         Mas, ¿quién es este cuitado...?,

                 fue el verso donde paró.

D. FERNANDO:     Los calzones han obrado.

GUILLERMO:       ¿Vuelvo a comenzar?

D. FERNANDO:                         No, no;

                     no nos turben a deshora.

                 Prosigue el coloquio ahora.

                

Un MORO dice desde arriba

 

 

MORO:            ¡Cristianos, estad alerta;

                 cerrad del baño la puerta!

GUILLERMO:       ¡Vengas, perrazo, en mal hora!

 

MORO:                ¡Abrid aquese cristiano,

                 que va herido, y cerrad presto!

CAURALÍ:         ¡Válame Alá! ¿Qué es aquesto?

MORO:            ¡Oh santo Alá soberano!

                     Dos han muerto, y del rey son.

                 ¡Oh crueldad jamás oída!

                 A todos quitan la vida

                 sin ninguna distinción.

 

[Sale] un CRISTIANO herido, y otro [CRISTIANO] sin

herir

 

 

D. FERNANDO:         Pasad, hermano, adelante.

                 ¿Quién os ha herido?

CRISTIANO [1]:                          Un archí.

D. FERNANDO:     ¿La causa?

CRISTIANO [1]:               Ninguna di.

VIVANCO:         ¿Es la herida penetrante?

CRISTIANO [1]:       No sé; con manera fue,

                 y será mortal, sin duda.

CRISTIANO [2]:   Otra traigo yo más cruda,

                 y en parte do no se ve.

CAURALÍ:             ¿No dirás qué es esto, Alí?

MORO:            Grande armada han descubierto

                 por la mar.

D. FERNANDO:                 ¿Y aqueso es cierto?

                 ¿Vaste, fende Cauralí?

 

Vase CAURALÍ

 

 

MORO:                Y los jenízaros matan

                 si encuentran algún cautivo,

                 o con furor duro esquivo

                 malamente le maltratan;

                     y aquestas voces que oís

                 las dan judíos, de miedo.

GUILLERMO:       ¡Todo el mundo se esté quedo!

                 Yo creo, Alí, que mentís,

                     pues no ha mucho que en España

                 no había ninguna nueva

                 de armada.

MORO:                        Pues esta prueba

                 os desmiente y desengaña;

                     que a fe que dicen que asoman

                 más de trecientas galeras,

                 con flámulas y banderas,

                 y que el rumbo de Argel toman.

GUILLERMO:           Quizá por encant[a]mento

                 aquesta armada se ha hecho.

 

[Sale] el GUARDIÁN Bají

 

 

GUARDIÁN:        ¡El corazón en el pecho

                 no cabe, y de ira reviento!

OSORIO:              Pues, ¿qué hay, fendi?

GUARDIÁN:                                   Yo me alisto

                 a contar la crueldad,

                 igual de la necedad

                 mayor que jamás se ha visto.

 

                     Salió el sol esta mañana,

                 y sus rayos imprimieron

                 en las nubes tales formas,

                 que, aunque han mentido, las creo.

                 Una armada figuraron

                 que venía a vela y remo

                 por el sesgo mar apriesa,

                 a tomar en Argel puerto.

                 Tan claramente descubren

                 los ojos que la están viendo,

                 de las fingidas galeras

                 las proas, popas y remos,

                 que hay quien afirme y quien jure

                 que del cómitre y remero

                 vio el mandar y obedecer

                 hacerse todo en un tiempo.

                 Tal hay que dice haber visto

                 a vuestro profeta muerto

                 en la gavia de una nave,

                 en una bandera puesto.

                 Muestra tan al vivo el humo

                 su vano y escuro cuerpo,

                 y tan de cerca perciben

                 los oídos fuego y truenos,

                 que, por temor de las balas,

                 más de cuatro se pusieron

                 a abrazar la madre tierra:

                 tal fue el miedo que tuvieron.

                 Por estas formas que el sol

                 ha con sus rayos impreso

                 en las nubes, ha en nosotros

                 otras mil formado el miedo.

                 Pensamos que ese don Juan,

                 cuyo valor fue el primero

                 que a la otomana braveza

                 tuvo a raya y puso freno,

                 venía a dar fin honroso

                 al desdichado comienzo

                 que su valeroso padre

                 comenzó en hado siniestro.

                 Los jenízaros archíes,

                 que están siempre zaques hechos,

                 dieron en matar cautivos,

                 por tener contrarios menos;

                 y si acaso el sol tardara

                 de borrar sus embelecos,

                 no estábades bien seguros

                 cuantos estáis aquí dentro.

                 Veinte y más son los heridos,

                 y más de treinta los muertos.

                 Ya el sol deshizo la armada;

                 volved a hacer vuestros juegos.

OSORIO:          ¡Mal podremos proseguir

                 tan sangrientos pasatiempos!

CRISTIANO [2]:   Pues escuchad otra historia

                 más sangrienta y de más peso.

 

                     El Cadí, como sabéis,

                 tiene en su poder a un niño

                 de tiernos y pocos años,

                 el cual se llama Francisco.

                 Ha puesto toda su industria,

                 su autoridad y jüicio,

                 mil promesas y amenazas,

                 mil contrapuestos partidos,

                 para que de bueno a bueno

                 esta prenda del bautismo

                 se deje circuncidar

                 por su gusto y su albedrío.

                 Su industria ha salido vana;

                 su jüicio no ha podido

                 imprimir humanas trazas

                 en este pecho divino.

                 Por esto, según se entiende,

                 como afrentado y corrido,

                 su luciferina rabia

                 hoy ha esfogado en Francisco.

                 Atado está a una coluna,